30 años

Lo que sabemos sobre la noche del 15 de noviembre y la madrugada del 16 de noviembre de 1989 lo sabemos, en gran medida, por el valor de Lucía Barrera de Cerna, la empleada de los sacerdotes jesuitas de la UCA que, hace 30 años, vio que fueron efectivos de la Fuerza Armada de El Salvador quienes entraron a la universidad para masacrar a seis religiosos y a otras dos empleadas.

Sin el valor de Lucía, las «fake news» que intentaron esparcir el ejército y la administración de Alfredo Cristiani hubiesen sido más exitosas. Primero, ese poder político creó, a través del conglomerado de medios de propaganda que manejaba el publicista Mauricio Sandoval, un ambiente de odio a los sacerdotes y, luego, utilizó esos medios y los privados de comunicación masiva para decir que el FMLN había planificado y ejecutado la masacre. Después, el aparato también intentó desprestigiar a Lucía Barrera y su testimonio.

Lucía fue, en 1989, víctima de la violencia desatada por la ofensiva del FMLN y la respuesta del ejército. Las balaceras la sacaron de su casa en Soyapango, como a miles de salvadoreños en la ciudad y su periferia. Fue a parar, con su esposo e hija, al recinto universitario, donde durmió la noche de la matanza.

Desde la ventana de un habitación prestada vio lo que pasaba en el jardín de al lado, en las afueras de la casa donde dormían Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Joaquín López, Juan Ramón Moreno, Elba Ramos y su hija Celina. Vio los uniformes de los soldados del batallón Atlacatl que, dirigidos por los tenientes Ricardo Espinoza Guerra y Yusshy Mendoza Vallecillos, habían sido enviados a la UCA con órdenes de matar a Ellacuría sin dejar testigos.

Aquella órdenes las dieron miembros del estado mayor conjunto de la Fuerza Armada de El Salvador y del alto mando del ejército. Las investigaciones judiciales posteriores, ordenadas por la Audiencia Nacional y la fiscalía de España, de donde eran nacionales varios de los sacerdotes, han descubierto también que hubo un intento masivo de la administración Cristiani por encubrir a los asesinos intelectuales y a los materiales.

En los próximos meses, si todo termina como lo ha pedido la fiscalía española, en Madrid enfrentará juicio por estos hechos el coronel Inocente Orlando Montano, viceministro de la defensa en 1989 y, cuando eso ocurra, toda la prueba recabada, incluido el testimonio de Lucía Barrera de Cerna, será del dominio público.

Treinta años han pasado desde que aquellos soldados a los que vio Lucía ejecutaron, sin reparos, con toda la brutalidad que la guerra les había enseñado, las órdenes de matar a sangre fría a civiles que nunca les opusieron resistencia. Y poco menos desde que el estado de El Salvador, sus elites políticas, utilizaran sin reparos al sistema de justicia para encubrir y proteger a los culpables. Ayer, sábado 16 de noviembre de 2019, la Universidad Centroamericana conmemoró, como lo hace desde 1990, estos martirios.

Uno de los actos iniciales de la conmemoración de este año fue la presentación de «La Verdad», el libro que Lucía Barrera escribió junto a la académica estadounidense Mary Jo Ignoffo. Ahí está escrita la primera verdad sobre la masacre, la que el poder quiso ocultar y a la que Lucía se aferró a pesar del hostigamiento y a las torturas psicológicas a las que la sometieron los gobiernos de El Salvador y Estados Unidos en las postrimerías de la masacre.

En ese libro está la verdad de Lucía, que abrió la ventana a otras verdades sobre aquello. Es vital, hoy, que las nuevas generaciones de salvadoreños conozcan aquellas verdades. La generación de los hijos de quienes, peinando apenas los 20 años, vivimos de cerca aquella masacre y aquel país desangrado, tiene que saber cómo mata el poder a quienes se le oponen, como intenta denigrarlos, empequeñecerlos, hasta asesinarlos. Ese poder, en 1989, mataba, como mató a Ignacio, a Segundo, a Nacho, a Amando, a Joaquín, a Juan Ramón, a Elba y a Celina.

Collage de recuerdos

La memoria es rara. Recordamos, a veces, cosas y a personas que nunca nos pertenecieron. Mi bisabuela, Lillie Emma Elizabeth Pohl Müller Galindo es así para mí. Nunca haberla conocido parece un detalle mínimo, porque la puedo imaginar. En varios momentos he preguntado sobre su vida y persona y la he rastreado por internet en sitios de archivos de los antepasados. He logrado juntar, de piezas de su vida y de su persona, un cuadro tipo collage de «recuerdos.» Sé, por ejemplo, que era escorpio y que este mes cumple años. Mi bisabuela nació en 1888 y fue una joven estadounidense que, por circunstancias de la vida, llegó a El Salvador y terminó quedándose ahí hasta el día de su muerte. Ser inmigrante marcó su vida, como había también marcado la de sus papás, que llegaron a Nuevo México tras salir de Bonn, Alemania unas tres décadas antes.

Llegó a Acajutla, El Salvador, en barco, desde un remoto puerto norteño. Me la imagino saliendo de San Diego, o de alguna ciudad mexicana, con un sombrero modesto y un traje al estilo vintage conservador. Sé, además, que antes de irse, daba clases en un colegio y que dejó ese trabajo para hacerse cargo de una plantación de caña de azúcar en El Salvador, que le dejó como herencia un pariente. Dicen que Lilian era una joven pensativa y seria, con ojos claros y pelo color de paja. Quizás, de niña, mi bisabuela se parecía a mi hija Lillian, que lleva ahora el mismo nombre. Igual que muchos inmigrantes, Lilian no sabía por cuánto tiempo le tocaría permanecer en el istmo centroamericano. No creo que se imaginara que pasaría ahí la vida entera, ni que su nieta, mi madre, sería la que emprendiera el viaje de retorno a los Estados Unidos. También, sin saber por cuánto tiempo ni imaginándose que sería por la vida entera.

En un tiempo, Lilian vivió con la escritora Claudia Lars y formaron un fuerte lazo de amistad entre las dos. En Tierra de infancia*, Lars habla de ella: «Debo a la joven extranjera el conocimiento de muchos libros de la literatura inglesa, y le agradezco todavía su inteligente compañerismo, que estimuló mis primeros intentos de escritora y que me abrió luminosos caminos hacia el porvenir. Mi dormitorio –vecino al de ella- se fue llenando de revistas ilustradas y de periódicos de Nueva York y San Francisco, y la gran república del norte –cuna de Lincoln y del libérrimo Walt Whitman- se me volvió más familiar y próxima. Un vivo deseo de conocer parte de su grandeza empezó a crecer en mi corazón.»

Vivió con Lars hasta casarse. De ahí, se fue a vivir a la capital y el relato de Claudia Lars pierde vista de mi bisabuela. Son apenas dos páginas de la vida de ella que recoge en su libro y se las agradezco mucho. «Cuando llegué esta vez a mi casa, no encontré en ella a Lilian. Estaba en San Salvador, arreglando un asunto que siempre tiene importancia para cualquier mujer: iba a contraer matrimonio… No puedo negar que la noticia de su viaje a la capital me causó más dolor que regocijo, pues, en un pueblo como el mío, la pérdida de una compañera tan dulce era casi una tragedia. Sin embargo, pronto comprendí que ella tenía derecho a escapar del fastidio de su aislamiento, y deseé que la vida le regalara los siete secretos de la buena suerte.»

** Lars, Claudia. Tierra de infancia, UCA Editores, 2005, 203-205.

Días de furia

Nunca, ni siquiera en El Salvador, había sido testigo de una revolución social tan masiva, profunda e histórica como la que actualmente vive Chile.

La primera etapa fue excesivamente violenta. Puedo tratar, pero sé que no lograría describir el impacto que me causó ver en directo, por la televisión, la forma en que hordas de personas enfurecidas destruían todo a su paso: semáforos, bancas, barandas, señales de alto, cualquier cosa que significara dañar el espacio público. Lo más impactante, en definitiva, fue ser testigo de cómo varias estaciones de metro se incendiaban, literalmente.

¡Ah! Y cómo dejar de lado los saqueos. Los supermercados fueron el blanco favorito. Algunos salían lavadora al hombro del establecimiento, mientras que los más organizados llegaban en carro y se podían llevar más cosas: televisores, computadores, colchones…

Ni los periodistas daban crédito a lo que veían. «¡Es indescriptible!», decían, mientras en otra parte de la ciudad se reportaba otro incendio, esta vez en el edificio administrativo de la compañía de electricidad ENEL. Al mismo tiempo, una estación de metro más se incendiaba, y, desde otro extremo de Santiago, se reportaban más saqueos. La ciudad estaba ardiendo, la policía estaba superada, el Presidente no aparecía por ningún lado, los alcaldes pedían al ejército y, al unísono, como música de fondo, se escuchaban cientos de cacerolas golpeadas por los ciudadanos furiosos.

¿Por qué?

Una semana antes, el gobierno había anunciado un nuevo aumento al pasaje de metro que sería aplicado durante la hora más transitada. Ofrecía, además, condiciones de ahorro bastante ridículas si es que uno prefería despertarse más temprano y salir más tarde del trabajo para evitar el alza. Casi una burla.

Este aumento fue la gota que rebalsó el vaso de una ciudadanía que había estado reclamando -de manera más pacífica- inconformidades profundas sobre el sistema de pensiones, abusos en los cobros de la electricidad, el costo de las autopistas y, en general, el costo de la vida.

A solo minutos de haber iniciado el sábado 19 de octubre y superado por la situación violenta y destructiva, el Presidente Piñera declaró estado de emergencia, sacando al ejército a las calles. Muy contrario a lo que se podría pensar, esto generó incluso más molestia en un país donde el período de la dictadura militar es aun reciente.

Los días siguientes han sido un debate permanente entre formas de manifestación pacíficas y violentistas: unos marchan con cacerolas y pancartas; otros hacen barricadas y saquean lo que esté a su paso. La solicitud, que hasta hace poco no estaba tan clara: una reforma constitucional. ¿Para qué? Para garantizar una sociedad más equitativa.

Hace casi 7 años llegué a Chile. En cuanto llegué a este angosto país, me di cuenta de que había sido una buena decisión. Era ordenado, limpio, las cosas funcionaban, el transporte público era seguro, se podía caminar. También me di cuenta de que era bastante caro, pero supuse que ese era el costo de vivir en un lugar como era Santiago en aquel momento.

Chile ha dejado de ser el lugar que conocí. El 18 de octubre marcó el fin de una era. Mientras tanto, yo seguiré envuelta en una contradicción permanente entre lo que pienso y siento sobre este levantamiento. ¿Están los chilenos a punto de abandonar un modelo que ha sido exitoso en Latinoamérica?

Migrantes, remesas y nuestra fuga de talentos

Hoy en día se estima que alrededor de 1.4 millones de salvadoreños viven en Estados Unidos, eso significa que, por cada 5 salvadoreños que viven en El Salvador, hay uno que vive en EUA. La mayoría de los salvadoreños conocemos a alguien o tenemos a algún pariente que migró hacia el norte. Este fenómeno migratorio ha sido constante desde hace décadas.Y, aunque sus causas son variadas, ha tenido un gran impacto social y económico en El Salvador.

La mayoría no emigra porque quiere. En nuestro caso, la pobreza y la violencia naturalmente obligan. La tasa de pobreza que tenemos en el país es de 35% (¡Más de 2.3 millones de personas!) y una tasa de desempleo del 7%. Las tasas de homicidio, aunque han mejorado recientemente, todavía están a niveles altísimos: unos 50 homicidios por cada 100,000 habitantes. Solo Honduras y Venezuela nos superan en términos de homicidios. Esta combinación de pobreza, falta de oportunidades, exclusión y violencia hace que, para muchos, el exponerse a los peligros de emigrar ilegalmente a Estados Unidos sea una decisión racional, pero, básicamente, obligada.

Hay otro grupo que también ha tomado la decisión de emigrar por razones un poco distintas al grupo descrito anteriormente. Jóvenes profesionales y con preparación no encuentran espacios ni oportunidades en el mercado laboral salvadoreño. Saben que sus competencias y habilidades son mejor remuneradas en otras economías y que hay muy pocos trabajos en El Salvador que puedan valorar esas competencias a un nivel similar. Y, en mi opinión, no es tanto un tema de que las empresas no quieran pagar más y mejores salarios, es un tema de costos y beneficios. Nuestra economía es simplemente muy pequeña y el mercado está muy poco desarrollado como para poder sostener la oferta de talento preparado que tenemos en el país.

El impacto más medible e inmediato por este fenómeno migratorio es el de las remesas, las cuales son, básicamente, un motor de consumo para la economía salvadoreña. Para dar un poco de contexto, la economía de El Salvador (Medida por el «PIB» o Producto Interno Bruto) asciende a unos $27.5 mil millones, mientras que las remesas ascienden a unos $5.5 mil millones, representado un 20% de la economía nacional. Esto trae consigo beneficios y complicaciones. Por un lado, es una fuente de consumo que beneficia a un 20% de los hogares del país; por otro, hace resaltar la incómoda realidad de que somos un país poco productivo y mayormente consumista. El tener una fuente de ingresos externa tan grande hace que importemos mucho más de lo que exportamos, en detrimento de nuestra balanza comercial.

Sin embargo, no todo el dinero de las remesas se va a consumo, muchos de los hogares (especialmente en aquellos donde la cabeza de la familia es una mujer) destinan mucho de ese dinero a educación, lo cual tiene un impacto positivo en el ingreso esperado de los hogares en el futuro. Un segundo impacto menos visible es el costo de la fuga de talentos que tenemos. Estos profesionales que están trabajando, no sólo en EUA, pero también en otras economías como España, México, Chile y más, están innovando y generando riqueza fuera del país. Por el momento, parece que muy poco está cambiando social y económicamente, para motivar a estos profesionales a regresar o para lograr que los que se quieren ir se queden.

El ocaso del donjuán

Tan pronto como las acusaciones de acoso sexual se hicieron públicas, se cancelaron las presentaciones de Plácido Domingo en Nueva York, Filadelfia y San Francisco. El golpe fuerte, sin embargo, vendría un poco después en Los Ángeles, donde la presión pública y privada obligó al tenor a renunciar a su puesto como director de la Ópera de Los Ángeles.

Las acusaciones de una veintena de mujeres que trabajaron con él son ya conocidas en todo el mundo. Insinuaciones indeseadas, manoseos y besos furtivos, infidelidades ocasionales y, sobre todo, abuso de poder. Para Domingo fueron tres décadas en las que se esmeró por colocar a la Ópera de Los Ángeles en un sitio privilegiado en el horizonte de la ópera internacional.

Domingo respondió a las acusaciones en su contra describiendo algunas de ellas como inexactas. También intentó, aunque débilmente, explicarlas, quizá justificarlas, como «conductas del pasado que hoy se ven con otros ojos».

Su justificación no convenció a nadie; sin embargo, y sin condonar su conducta, su explicación tiene un sustento histórico. Si algo nos enseñaron Tirso de Molina (1630), Molière (1665), Carlo Goldoni (1734), Wolfgang Amadeus Mozart (1787), Giacomo Casanova (1822), Lord Byron (1824) o José Zorrilla (1844), es que la leyenda de Don Juan ha servido por siglos como arquetipo a la mayoría de los hombres. Ser un donjuán fue, antes del #MeToo, quizá el mejor elogio que se le podía hacer a un hombre no solo por su capacidad para seducir mujeres, sino como signo de virilidad.

El seductor se veía a sí mismo como un artista. Otra característica del Don Juan literario, que convenientemente ignoran los donjuanes modernos, es que el personaje, en tanto que transgresor de las costumbres y las reglas, al final de sus aventuras sufría un castigo por su conducta y su desenfrenada lujuria terminaba destruyéndolo. Curiosamente, la reacción de la opinión pública en Estados Unidos ha sido condenatoria y fulminante contra el tenor, mientras que en Europa parecería que la reacción a su donjuanismo ha sido vista como extrema.

«Para todos en la profesión la fama de seductor de Domingo era conocida, general y absoluta. Su talento inigualable, su poderío escénico, su talante de galán, su encanto personal y su caballerosidad lo convertían en un semidiós, escriben en El Periódico de Cataluña. Y es esta adoración al ídolo la que ha posibilitado que Domingo mantenga programados 17 conciertos en Europa para este año y el próximo. De estos se destaca uno en La Scala de Milán, el 15 de diciembre, en el que celebrará el 50.° aniversario de su debut en la insigne institución milanesa.

También se mantienen en la agenda sus presentaciones en Zúrich, Londres y Ginebra. La postura del Teatro Real de Madrid ha sido de apoyo total al cantante, a quien consideran un artista incuestionable con un historial de más de medio siglo que lo acredita como una de las voces más importantes del género lírico. Y aunque en su comunicado reitera su repudio a la violencia contra las mujeres, argumenta que este tipo de asuntos deben dirimirse en los tribunales.

Yo no tengo duda del talento del artista y reconozco que a diferencia de otros casos de famosos en el mundo del espectáculo, como por ejemplo el director de cine Roman Polanski, quien violó a una muchacha menor de edad; o del productor Harvey Weinstein, que obligó a infinidad de actrices a satisfacer su infinita lujuria a cambio de un papel, hasta ahora nadie acusa a Domingo de violación. Se lo denuncia por acoso sexual y por abuso de poder. Según los testimonios que se han recogido, todas las mujeres que lo han denunciado temían que desairarlo perjudicaría su situación laboral o sus carreras como cantantes.

Filosofía práctica de una maestra zen

Muchas veces estoy con mis estudiantes en medio de una lección y, de ellos, siento surgir una ola de energía caótica y fuerte. Con los años, he aprendido que es imposible luchar en contra de esa ola. Las opciones son quedarte ahí de pie y esperar a que te noquee, o lanzarte de lleno a ella y dejar que te lleve, uniéndote con su fuerza; buscando la manera de utilizar su poder.

Lo peor que puedes hacer es dejarte llevar por el pánico de que estás perdiendo el control de la clase. Esos son los profesores que les gritan a sus estudiantes como los perros pequeños que ladran de miedo y ansiedad. En las mejores condiciones el profesor está presente como un guía para proveer cierta estructura dándoles a los estudiantes la oportunidad de construir su propio conocimiento alrededor del sujeto o materia.

No puedo elegir cómo va a romper la ola, pero sí como surfearla. Por ejemplo, hay días en que vengo con una lección bien preparada y mis clases se oponen a trabajar o a concentrarse. Sobre todo, al final del día, los estudiantes más jóvenes y con menos autodisciplina se dejan vencer por la hambre, el cansancio y las frustraciones y se cierran al aprendizaje. Sacan los celulares y se ocupan de sus «streaks» en Snapchat o quieren ponerse audífonos para ver videos en Youtube.

Me piden comida, me piden permiso para ir al baño, para ir a tomar agua, o para cualquier cosa que se les ocurra que los saque de la clase. No es que no quieran ser buenos estudiantes, sino que, por varias razones complejas y enredadas, no pueden ser exitosos en ese momento. Doy clases en una escuela pública, en un distrito donde el 65% de los estudiantes viven en condiciones de pobreza.

Según el examen más reciente del Estado, la tasa de alfabetización es el 23% y solo el 18% de los estudiantes es competente en las matemáticas. Sin embargo, mi distrito no es una anomalía, al contrario, representa bien la condición de la mayor parte de las escuelas públicas de los Estados Unidos.

Muchos de los estudiantes viven en condiciones precarias, con familias que les dan poca estabilidad o apoyo. Muchas veces, se portan de mala manera porque están buscando hacer una conexión con un profesor o con otros estudiantes.

Hace poco puse a la clase a leer algo y a escribir una práctica y se quejaron de que era aburrido hacerlo. Luego, les di instrucciones para otra actividad y muchos no entendieron lo que estábamos haciendo, porque no habían prestado atención. Habían otros que ya estaban revisando mejor las últimas notificaciones en sus celulares.

Sentí subir la ola. Un estudiante levantó la mano y me comentó: «Señora, usted quiere que seamos clutch, en la clase de español.» No sabía entonces qué era ser «clutch», pero la clase me dio el ejemplo de Tracy McGrady, un jugador de baloncesto para los Houston Rockets, y la noche en que anotó 13 puntos en los últimos 33 segundos contra los San Antonio Spurs para ganar el partido.

La lección ese día constó en poner el video y, juntos, analizar la concentración y la atención de Tracy McGrady. Se veía que estaba el cien por ciento, absolutamente enfocado en lo que estaba haciendo. Esos 33 segundos fueron la culminación de tantas horas de tedio, de trabajo, de años de entrenamiento, de enfoque y de disciplina. Algunos entendieron que eso es lo que nos exige la vida para ser «clutch».

En fin, a lo que quiero llegar es a que, a veces, mis estudiantes están dispuestos a aprender algo y, otras veces, yo soy la que termina aprendiendo más que los estudiantes. Pase lo que pase en una clase, a lo largo de los años mis estudiantes me han enseñado a mantener un estado de calma y de atención, dejando que la pedagogía se guíe por la intuición, más que por el esfuerzo consciente. Tal vez ese sea el zen de los profesores: uno se convierte en un solo organismo con la clase, perdido en el ritmo del momento y en la energía en cuestión.

Ver el mundo arder

Todo el mundo está hablando de cambio climático. ¿Por qué? ¿De dónde viene tanto interés por el tema? ¿Qué es el acuerdo de Paris? ¿Qué es la COP? ¿Qué es el calentamiento global? ¿Y por qué debería importarme? Bueno, trataré de ser muy sintética y contarle.

Para esto, tendremos que remontarnos a la era industrial…

El boom de la producción industrial implicó la generación de emisiones al medio ambiente -CO2, bióxido de azufre, clorofluorocarbonos, metano, etc., mejor conocidos como Gases de Efecto Invernadero (GEI)-. Aunque todos asumíamos que esa gran humazón era contaminante, se volvió parte de lo normal. Hasta que estudios revelaron que la acumulación de estas sustancias en el ambiente provocaban un fenómeno al que se llamó «calentamiento global». Es decir, el aumento de las temperaturas de la tierra. ¿Y cuál sería el problema, pues?

Básicamente que, a largo plazo, el cambio en las condiciones climáticas del planeta tendría implicaciones en la producción de alimentos, en los desastres naturales y en el desarrollo económico: ¡falta de agua, falta de comida, inundaciones, sequías!

Por tanto, en 1992 y preocupada por esta situación, la ONU invitó a sus países miembros a adoptar la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) que buscaba estabilizar la emisión de GEI para detener el calentamiento global. De este marco surgieron las COP, o «Conferencias de las Partes», donde los involucrados adoptaron varias iniciativas; como el Protocolo de Kioto, en 1997, y el Acuerdo de París, en 2015, que se aplicaría a partir de 2020.

En París, 97 partes acordaron preparar las medidas para mantener al planeta dentro del rango de los 1.5 a los 2 grados Celsius sobre las temperaturas preindustriales. Pero resulta que, en octubre de 2018, se publicaron los resultados de la investigación del Grupo Intergubernamental de Expertos Sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), que advirtieron que el aumento no debería ser mayor a 1.5 ºC, lo que claramente implica mayores esfuerzos de mitigación.

Este informe también advertía que la situación es ya irreversible, que el tiempo se está agotando y la crisis climática es una realidad: «El mundo no está actuando lo suficientemente rápido para evitar las futuras condiciones extremas de temperatura; mientras, el tiempo se agota velozmente.»

En 2017, Donald Trump retiró a EUA -uno de los mayores emisores de GEI- del Acuerdo de París.

En noviembre de 2018, otro estudio reveló que la proyección de las emisiones de C02 –el principal gas de efecto invernadero– para todos los países del mundo está muy cerca del límite establecido en el Acuerdo de París. Incluso proyecta que los objetivos de emisión actuales de todas las naciones terminarían en un aumento de la temperatura global promedio de 3.2 grados Celsius para 2100. Es decir que las metas planteadas en París no son suficientes.

Por eso, la COP 25 será clave para dar urgencia a la aplicación de los compromisos que ahora trascienden a los gobiernos: empresas, organizaciones, individuos. Todos debemos generar cambios rotundos para alcanzar las metas planteadas y, además, prepararnos para vivir las consecuencias del cambio climático.

Esta es la crisis adaptativa más profunda que deberemos atravesar. Es un escenario desconocido y por lo mismo, países como el nuestro que son ya vulnerables, deberán redoblar sus mecanismos de protección.

Démosle la urgencia que tiene.

El cambio climático y las vacas

El cambio climático es, probablemente, el mayor desafío al que nos enfrentaremos como generación en las próximas décadas. Cada vez tenemos más evidencia que la actividad humana tiene un impacto significativo en el clima. Glaciares se han derretido y hay un aumento acelerado en el nivel del mar. A raíz de esto, han surgido muchas organizaciones que empujan por lograr cambios en legislación en distintos países con el objetivo de reducir la emisión de gases y el consumo o producción de plástico y otros materiales no biodegradables.

También hay países que se han preocupado un poco más por tener legislación más estricta, y empresas que han pagado el precio de hacer trampa para poder vender más. Volkswagen, por ejemplo, estuvo por mucho tiempo vendiendo en el mercado estadounidense algunos de sus modelos (Jetta, Beetle, Golf y Passat) con un motor diesel que podía detectar cuando le estaban haciendo una prueba de emisiones. Al detectar que estaba en una prueba, el motor reducía considerablemente las emisiones a niveles por debajo del límite permitido por ley. Para cuando los reguladores se enteraron de esto, Volkswagen ya había vendido unos 482,000 carros con este tipo de motor. Martin Winkertorn, el entonces director ejecutivo de Volkswagen, renunció a su puesto. Y Volkswagen se vio obligada a retirar estos modelos del mercado y a pagar una multa de $2,800 millones de dólares.

Aunque esto no habla muy bien del mercado, también hay quienes están usando el mismo como herramienta para tener un impacto ambiental positivo. Pat Brown, profesor de bioquímica de la universidad de Stanford y director ejecutivo de la empresa «Impossible Foods», está emprendiendo su lucha ambiental reduciendo el consumo de carne de res mientras genera ganancias en el proceso.

¿Cómo tiene esto un impacto en el medio ambiente? La vaca es uno de los animales que más contribuyen al cambio climático. En primer lugar, la producción de carne involucra demasiados recursos. Para producir una libra de carne de res se necesitan unos 1,800 galones de agua. Un tercio de las tierras dedicadas a la agricultura son para crecer alimento para vacas. Adicionalmente, las vacas producen gas metano, el cual es 25 veces más dañino para el efecto invernadero que el dióxido de carbono. El consumir 4 libras de carne de res tiene el mismo impacto ambiental que volar desde Nueva York a Londres. Si las vacas fueran un país, emitirían más gases que toda la Unión Europea. Más que reciclar, o reducir el consumo de plástico o compartir carro (lo cual está muy bien), el consumir menos carne de res es una de las acciones que puede hacer más por reducir nuestro impacto individual en el medio ambiente.

Esto nos trae al esfuerzo de Pat Brown y su empresa «Impossible Foods». En vez de ir por el tortuoso y difícil camino de querer cambiar la legislación, Pat se ha ido al origen del problema: las preferencias de consumo de la gente. La torta de hamburguesa creada por Pat tiene un impacto ambiental muchísimo más bajo que las de carne de res, además de tener un sabor muy similar a la carne de verdad, a tal punto que este producto ahora se vende en más de 17,000 restaurantes en el mundo.

El Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) el cual agrupa a unos 1,300 científicos pronostica un aumento de entre 1.4 a 5.6 grados Centígrados en temperatura promedio en el próximo siglo. Entre otros efectos pronosticados están el aumento de intensidad de huracanes, cambios en los patrones de lluvias, sequías más prolongadas, aumento del nivel del mar de entre 30 y 120 centímetros para el año 2100. El cambio climático es un problema real. Es imperativo hacer algo por mitigar los efectos que estamos provocando.

Ramiro

Corrían los últimos meses de 2008. José Luis Merino me mandó un mensaje con mi padre: quería, le dijo, hablar conmigo para aclararme algunas cosas sobre los textos que otros colegas y yo habíamos escrito en LA PRENSA GRÁFICA sobre los correos electrónicos del comandante Raúl Reyes de las FARC, donde Merino aparece nombrado como mediador en la compra de armas para la guerrilla colombiana.

Le dije a mi padre que le diera mi teléfono celular. Ramiro me llamó. Y se identificó así: «Habla Ramiro». Y me citó en una casa de la colonia Flor Blanca, cerca del Gimnasio Nacional. Fui a la hora que me dijo al lugar que me indicó. Me bajé del carro, pero ahí solo había dos personas que cuidaban un garaje lleno de cajas viejas. Ramiro, me dijeron, solía llegar a esa casa, pero ese día no lo haría. Marqué al teléfono y nadie me contestó.

Aquella fue la única vez que hablé, en teléfono o en persona, con José Luis Merino, el comandante Ramiro. He escrito mucho sobre él después del episodio de las FARC, y siempre busqué entrevistarlo, a menudo a través de funcionarios del partido. Nunca contestó. Esa es una de las características de este líder efemelenista: es escurridizo; prefiere hablar desde la comodidad que le otorgan los medios partidarios para asegurarse de que no haya preguntas incómodas y que su discurso llega, sin molestias, al coro fiel de sus seguidores.

Para escribir lo del nexo con las FARC viajé a Bogotá a entrevistar a los fiscales colombianos que procesaron los correos de Raúl Reyes y a los agentes estadounidenses y europeos que certificaron que las computadoras del comandante fariano no habían sido manipuladas.

En el marco de aquella investigación, asesores cercanos al entonces presidente Saca me dijeron que Merino había sido pieza importante en la negociación política que siguió al 5 de julio de 2006, cuando Mario Belloso, un francotirador asociado al FMLN, mató a dos agentes de la PNC durante una manifestación.

Aquel año, asociados de Merino fundaron ALBA Petróleos con dinero proveniente de Venezuela. En los meses siguientes, ALBA Petróleos se diversificó y llegó a servir de paraguas a una docena de empresas, varias de ellas afincadas en Panamá. Para 2014, los ingresos del grupo rozaban los $1,000 millones. Años después, el conglomerado está al borde de la bancarrota, como lo demuestran la quiebra de la aerolínea VECA y comentarios públicos de algunos de sus operativos.

En 2017, al calor del caos en Venezuela, el senador estadounidense Marco Rubio, republicano de Florida, acusó a Merino de lavar dinero del narcotráfico y pidió sanciones en su contra. La reacción del FMLN entonces fue acuerpar a Ramiro y escudarse en que lo de Rubio era una pataleta más del lobby cubano-americano de Florida, asociado con la derecha salvadoreña.

Después vino la carta de los 14 congresistas de la cámara baja, entre ellos demócratas identificados con la izquierda que no han dudado en apoyar en Washington la agenda de los gobiernos efemelenistas, y que, durante la gestión de Funes, incluso ayudaron a abrir las puertas del Capitolio al primer gobierno del FMLN.

Ya no es solo Rubio, son más los que ven con mucha preocupación la lista de sospechas que se suman en torno de Ramiro.

El FMLN, después de esa carta, optó por cerrar filas y asegurar el blindaje a Merino. Todos en el partido corrieron a defenderlo, y usaron los recursos del Estado para hacerlo: cancillería creó, ad hoc, un puesto de viceministro.

El ruido en torno del comandante es demasiado, y los indicios suficientes como para que la Fiscalía salvadoreña lo investigue en serio. Pero no, al menos en El Salvador, Ramiro Vásquez sigue siendo intocable. Y, con su caso, el FMLN ha dejado claro que la impunidad es también un asunto que se tiñe de rojo.

*Una versión de esta columna fue publicada en julio de 2017.

La historia no escuchada

En su libro Literatura en las cenizas de la historia, Cathy Caruth analiza las experiencias traumáticas y cómo éstas siempre traen una pérdida secundaria; el de desaparecer del registro histórico. Son historias no escuchadas. Hoy en el caso de El Salvador, por ejemplo, la Catedral Metropolitana del centro ha quedado inquietante; blanca, lisa y simple. Su exterior sin adornos refleja una estética moderna que ya no hace referencia a la historia y la memoria que muchos aún asocian con el lugar. La fachada limpia parece reflejar mejor la cultura actual de silencio e impunidad del país. Meses después de la firma de los acuerdos de paz en 1992, una amnistía general blanqueó las violaciones de los derechos humanos de la guerra, evitando que se llevaran a cabo juicios y protegiendo a muchas personas de responsabilidad penal.

Al poco tiempo de la destrucción de la fachada empezaron a nacer nuevas imágenes de «Armonía de nuestra gente» de Llort en la producción cultural. Eran pequeños retos a la cultura de olvido e intentos de volver a contar la historia de la Catedral. Un mural público, Alegoría de la guerra civil y los Acuerdos de Paz de Antonio Bonilla, muestra imágenes claves de la guerra más reciente de El Salvador; el arzobispo Romero está al centro, el emblemático monumento Salvador del Mundo de la capital, la firma de los Acuerdos de paz y la Catedral Metropolitana con la fachada de Fernando Llort aún intacta. Así también en la obra de teatro de Jorgelina Cerritos Audiencia de los confines: Primer ensayo de la memoria (Índole 2014) los personajes juntan los azulejos rotos del mural de Llort como símbolo de la recuperación de la memoria colectiva. Como escribe la crítica argentina Elizabeth Jelin, «la memoria es obstinada, no se resigna a quedar en el pasado, insiste en su presencia».

Estas representaciones de la Catedral con la obra de Llort intacta cuenta el pasado; recrea los referentes locales reinstalando la cultura y la historia en el centro de San Salvador. Cada una representa un regreso al sitio original de memoria que refleja el retorno de la experiencia traumática, como lo enfatizan críticos como Cathy Caruth: «el revivir traumático, como las pesadillas de la víctima del accidente, parece un recuerdo lúcido; se regresa, repetidamente, solo en la forma del sueño». Así también hay muchos escritores y artistas salvadoreños a partir de 2009 que están haciendo el trabajo de la memoria de regresar al pasado para re-presentar en la producción cultural lo que ha desaparecido y lo que se ha borrado. Entre ellos están Jorgelina Cerritos, Jorge Avalos, Jorge Galán, Róger Lindo, Claudia Hernández y Miguel Huezo Mixco, y artistas como Antonio Bonilla y el colectivo Fire Theory.

Pero el trabajo de la memoria, para poder sanar, exige la complicidad de un público dispuesto a ver y escuchar historias de trauma. En El Salvador, hasta ahora, el público de la memoria traumática ha sido escaso. Por ejemplo, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación obtuvo testimonios de las víctimas de la guerra solo para que el estado perdonara las violaciones de derechos humanos recién documentadas. Era como si sus testimonios fueron elicitados, archivados y documentados como parte del registro «oficial» solo para eliminar la posibilidad misma de remembranza y justicia. Primo Levi narra una pesadilla recurrente en Auschwitz en la que da testimonio, pero la respuesta de sus oyentes solo le regresa al trauma:

Todos me están escuchando y es esta misma historia la que estoy contando: el silbido de tres notas, la cama dura, mi vecino a quien me gustaría mover, pero a quién tengo miedo de despertar porque es más fuerte que yo. También hablo difusamente de nuestra hambre y del control de piojos, y del Kapo que me golpeó en la nariz y luego me envió a lavarme mientras sangraba. Es un placer intenso, físico, inexpresable, estar en casa, entre personas amigables y tener tantas cosas que contar: pero no puedo evitar notar que mis oyentes no me siguen. De hecho, son completamente indiferentes … Mi hermana me mira, se levanta y se va sin decir una palabra. Un dolor desolador nace en mí. Ahora estoy bastante despierto y recuerdo que se lo conté a Alberto y que él me confió, para mi sorpresa, que también es su sueño y el sueño de muchos otros, quizás de todos. ¿Por qué sucede? ¿Por qué el dolor de lo cotidiano se traduce constantemente en nuestros sueños, en la escena que cada vez se repite más de la historia no escuchada?