Sobre la migración

La primera vez que escuché la palabra «coyote» sin que hiciera alusión a un animal fue durante una conversación bastante casual entre algunos familiares: «¿Así que el Marito se fue para Estados Unidos?» «Sí, con un coyote. Todavía no sé si ya llegó, pero un tío lo iba a estar esperando, ojalá que llegue bien porque le tuvo que pedir dinero a montón de gente y es bien peligroso ese viaje».

Marito, según yo, era ya un adulto, pero ahora que lo pienso debe haber tenido unos 20 años. Lo veía muy de vez en cuando. Lo recuerdo muy delgado y sonriente, con bigote. Lo recuerdo moviendo bolsas de cemento, atendiendo gente y usando siempre una camisa blanca que le quedaba demasiado grande y cuyos primeros cuatro botones prefería no abrochar. Lo recuerdo trabajando. Pero, claramente, él estaba buscando una vida mejor.

Mi mente infantil no lograba procesar qué era un coyote y por qué Marito se había ido con uno, hasta que mi papá me explicó. Meses después supimos que Marito no había logrado cruzar, pero que lo iba a intentar otra vez. El coyote los había dejado abandonados a medio camino. «¡Y otra vez a juntar los mil dólares!» «Pues sí, ojalá que esta vez sí llegue».

Marito logró cruzar a la tercera vez. Eso supe como año y medio después de que inició toda esta historia. Siempre me impresionó saber que había personas que se atrevían a cruzar un desierto con tal de llegar a Estados Unidos.

Esto fue hace al menos 20 años.

¡Qué valientes los salvadoreños! Durante décadas miles han dejado su vida en manos de un coyote. Y ese, si lo logran, es solo el inicio de un viaje durísimo, que luego los enfrentará a un país incluso más desafiante, con otro clima, otro idioma, otras costumbres y, durante el último tiempo, un nivel de hostilidad hacia el inmigrante centroamericano que es especialmente severo. Pero todos esos inconvenientes son mejores que su vida actual.

Muchos han triunfado y ahora cuentan una historia de éxito, riqueza y libertad. Además, han conformado una red que inyecta millones de dólares al país a través de las remesas. Y es que la migración es un fenómeno sociológico milenario, es casi inherente al ser humano, así como el deseo de superación. Sin embargo, las condiciones que Donald Trump y su política migratoria han instalado han convertido el sueño americano en una pesadilla.

Si bien un país no tiene capacidad infinita de recibir inmigrantes, hay un rechazo particular al inmigrante centroamericano provocado por una característica generalizada: la pobreza. «Lo que molesta de los inmigrantes es que sean pobres», dice la filósofa Adela Cortina, quien ha ofrecido una explicación triste pero contundente, creando la palabra aporofobia para explicar esta fobia al pobre, que es capaz de describir la realidad de los cientos de personas que integran las caravanas.

¿Es evitable la inmigración? Lo posible es mejorar las condiciones de vida del país para entregar menos incentivos para querer abandonarlo.

Libra (la de Facebook, no la esterlina)

El pasado 18 de junio Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de Facebook, anunció que en 2020 lanzarían una nueva moneda llamada Libra. No es la primera vez que una empresa, o una entidad no pública, lanza una unidad de cambio. Ya hemos visto como otros tipos de moneda (o criptomonedas) como Bitcoin y Ethereum han tenido muchos problemas de eficiencia, riesgo y legitimidad.

Este es un sector relativamente nuevo, en el cual nadie ha logrado descifrar aún de manera muy eficiente. Bitcoin, por ejemplo, es una moneda que sufre de una volatilidad que asusta, no tiene un sustento o respaldo como lo tienen otras monedas con reservas de bancos centrales, y es muy ineficiente en su operación (cada transacción de Bitcoin usa una cantidad absurda de energía, por todas las computadoras que deben estar conectadas para sostener su ecosistema). Facebook, siendo una empresa enorme y con recursos suficientes, tiene una muy buena oportunidad de ser exitoso en este nuevo proyecto.

De cierta forma, Facebook está intentando resolver algunos de los riesgos o preocupaciones asociados con las criptomonedas. La manera en la que funcionaría, según explicó Zuckerberg en junio es que la Libra estaría respaldada por una combinación de monedas estables, mitigando la volatilidad y especulación que sufren otros instrumentos financieros. La plataforma de Libra sería mucho más rápida que Bitcoin, al procesar unas 1,000 transacciones por segundo en vez de 7. Libra también estaría controlada por un consorcio de potencialmente 100 empresas que tendrían igual poder decisión y votos, de las cuales 28 se han sumado hasta la fecha (Spotify, Uber, Visa, etcétera). Esto significa que Facebook no tendría control completo sobre la moneda, lo cual ayuda a disipar un poco la preocupación sobre los problemas de seguridad de información que Facebook ha tenido últimamente.

De ser exitoso, el proyecto de Libra tiene un potencial enorme que revolucionaría cómo funciona la banca tradicional en el mundo. Con una base de 2,400 millones de usuarios de Facebook, Libra podría convertirse en una de las monedas de mayor circulación en el mundo y facilitaría la bancarización de millones de personas que no tienen acceso a servicios financieros por limitantes económicas o geográficas, especialmente en mercados emergentes. También haría las transacciones de dinero mucho más fáciles y baratas. En vez de cobrar comisiones de alrededor de 5 % como lo hacen algunos bancos, transferir Libras costaría apenas centavos por transacción. De esta manera Facebook está diversificando su negocio más allá de las otras 72 empresas que ya ha comprado hasta hoy.

¿Qué significa esto para El Salvador? La implementación de este nuevo producto financiero (o tipo de cambio) sería operativamente fácil. Somos un país donde hay más teléfonos celulares que personas. La alta penetración de Facebook y WhatsApp haría que el proceso para sumarse a la plataforma de Libra sea muy simple. El verdadero desafío sería regulatorio. En un país con altos niveles de corrupción el dinero mal habido (pensemos en sobornos y extorsiones) podría cambiar de manos de manera más ágil. Será muy interesante ver cómo otros países van construyendo la estructura legal sobre la cual funcione Libra y cómo nosotros adaptamos nuestro marco legal para sumarnos a esta nueva herramienta.

Los mataniños

La fotografía provoca terror, el que se asocia a la muerte de cualquier niña. El terror de reconocer tantas fragilidades en un cuerpo que yace indefenso, muerto, ante la indolencia de quienes observamos. La fotografía también provoca náusea, la que nace al entender que los caprichos políticos de los funcionarios más poderosos del planeta se cuentan entre los principales responsables de la muerte de esa niña, que se llama Valeria y murió ahogada junto a su padre, Óscar, cuando intentaban cruzar el río Grande.

Esa fotografía, como ya sugirió algún periodista en Estados Unidos, tendrá que ser para nosotros, salvadoreños, la estampa que identifique la administración del republicano Donald Trump en Washington. Han sido las políticas públicas del trumpismo en torno a la migración las que han convertido a Estados Unidos en uno de los principales violadores de los derechos humanos de quienes migran.

La administración Trump ha llenado de niños con más suerte que Valeria centros de detención temporal que, según defensores, activistas y periodistas estadounidenses, tienen todos los rasgos de campos de concentración.

Ha sido esa administración la que, a través del uso draconiano de la legislación, la militarización de la frontera y el uso punitivo de la diplomacia, ha logrado criminalizar la migración como no se había visto antes en Estados Unidos.

Es cierto que la ruta que lleva del norte de Centroamérica al sur de la Unión Americana ha estado plagada de peligros, de asaltos sexuales, de muerte, y hasta masacres desde siempre, pero hay ahora una diferencia importante: hasta hoy todo eso era atribuible, en gran medida, al crimen organizado y a la corrupción de las autoridades mexicanas; desde hace tres años los principales artífices del odio visten de saco oscuro y corbata roja, de uniforme de guardia fronterizo o de ranchero texano. Hoy los mataniños migrantes son otros.

La xenofobia y la narrativa antinmigrante han sido el eje central del discurso político del trumpismo desde 2015, cuando el magnate neoyorquino lanzó la cruzada electoral que terminó sentándolo en el despacho oval de la Casa Blanca. Cercado por múltiples acusaciones de corrupción, nepotismo y misoginia, Trump acudió siempre a la narrativa antinmigrante para consolidar a su base política. Y le resultó.

Veamos el mapa actual. La opinión pública respecto a la migración, aún entre los latinos, está más polarizada que antes. El irrespeto a los derechos de los migrantes en instituciones públicas estadounidenses, que ya existía y se había profundizado durante la administración humanos, ha alcanzado cotas inéditas. Y el panorama de políticas públicas que se puede esperar a un año de la próxima presidenciable y de un posible segundo término de Trump es el mismo. O peor.

Atrás, muy atrás, ha quedado el tímido intento de la administración Obama de utilizar el poder de la diplomacia estadounidense para embarcar a los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras –orígenes de la mayoría de migrantes indocumentados que llegan a la frontera sur de Estados Unidos– en un plan regional que atacara la violencia, la desigualdad, el estancamiento económico, la corrupción, que son las causas principales de las migraciones centroamericanas.

Cuando Donald Trump llegó al poder, los gobiernos del Triángulo Norte no estaban para planes. Sumidos en vorágines de corrupción, de alianzas con el crimen organizado o simplemente de ineficacia, las administraciones de Jimmy Morales, de Salvador Sánchez Cerén y de Juan Orlando Hernández utilizaron todos sus espacios políticos para protegerse a sí mismos y a los suyos. Los migrantes no fueron, nunca, su prioridad. Y por no tener no tuvieron nunca ni el diálogo mínimo con Washington para hablar del tema con un mínimo de dignidad.

En El Salvador hay un nuevo gobierno, el de Nayib Bukele. También en México, el de López Obrador. La canciller del primero ha dicho que le duele mucho la muerte de Valeria y su padre; hasta ahí. El segundo es, por hoy, el que ha llevado hasta la frontera norte de Guatemala la fuerza antinmigrante de Washington.

12 reglas para la vida

Desde que descubrí el canal de YouTube de Jordan Peterson este mes, me he quedado completamente asombrada por la cantidad, y el valor, del contenido producido por este individuo. Su libro, «12 reglas para la vida: un antídoto para el caos» (2018) es uno de solo 14 libros que he sentido la necesidad de comprar en audiolibro en los últimos cinco años para poder escuchar y reflexionar sobre sus propuestas aprovechando del tiempo que manejo al trabajo y hago otras cosas.

Para aquellos que no están familiarizados con el Dr. Peterson, esta es una introducción rápida a su persona y trabajo. Jordan B. Peterson es un psicólogo canadiense, crítico cultural y profesor de Psicología. Ha enseñado en Harvard y en la Universidad de Toronto. El Dr. Peterson se especializa en psicología de la personalidad con un interés especial en la psicología de las creencias religiosas e ideológicas. Ha publicado más de cien artículos científicos, transformando la comprensión moderna de la personalidad, mientras que su libro de texto, «Mapas de significado», revolucionó la psicología de la religión. En los últimos años, el Dr. Peterson se ha convertido en uno de los pensadores públicos más populares del mundo debido a sus charlas en YouTube, y su canal que cuenta con más de 1 millón de suscriptores, donde describe las profundas conexiones entre la neurociencia, la psicología y analiza algunas de las historias más antiguas de la humanidad.

En su libro, «12 reglas para la vida», Peterson escribe de una manera útil y práctica sobre la necesidad de hacerse cargo de la vida propia. En lugar de ver la responsabilidad como algo que uno necesita aceptar a regañadientes, Peterson demuestra que la responsabilidad es una herramienta subutilizada y fundamental para vivir bien. Ayuda a los lectores a encontrar la disciplina, el coraje, la fuerza y la claridad necesaria para vivir adecuadamente, dado el sufrimiento y el caos inherentes en la vida.

Aquí les dejo las 12 citas de Peterson que más me han impactado este mes:

1. «¿Puede imaginarse a sí mismo en 10 años si, en lugar de evitar las cosas que sabe que debería hacer, realmente las hiciera todos los días? Eso es fuerte».

2. «Vas a pagar un precio por todo lo que haces y por todo lo que no haces. No puedes elegir no pagar un precio. Lo único que se elige es el veneno que vas a tomar. Solo eso».

3. «Si cumple con sus obligaciones todos los días, no necesita preocuparse por el futuro».

4. «Hay muchas veces en la vida que no va a sentirse feliz… Uno no puede depender de eso ni orientarse por la felicidad. Hay que tener un propósito, ese es el barco que te llevará a través de la tormenta».

5. «No subestime el poder de la visión y la dirección en la vida. Estas son fuerzas irresistibles, capaces de motivar acción a pesar de lo que parecen ser obstáculos invencibles».

6. «Observe a la gente como si usted fuera un halcón, y cuando alguien hace algo bueno, tome nota y dígale».

7. «Ningún ambiente de aprendizaje es cómodo, por cierto. En mi caso, cada cosa importante en la vida que tuve que aprender fue dolorosa».

8. «Un hombre inofensivo no es un buen hombre. Un buen hombre es un hombre muy peligroso que tiene esa potencia bajo control voluntario».

9. «Si cree que los hombres fuertes son peligrosos, no se imagina las capacidades de los hombres débiles».

10. «El enfoque que uno tiene determina lo que uno ve».

11. «Hay algunos juegos que uno no puede jugar a menos que se compromete del todo».

12. «Es en la responsabilidad que la mayoría de las personas encuentra el significado que las sustenta a lo largo de la vida. No está en la felicidad. No está en el placer impulsivo».

Fondo y forma

Se hizo oficial, ahora Nayib Bukele, ese joven y disruptivo otrora dueño de discotecas, es ahora el flamante presidente de El Salvador. Sus detractores y admiradores continúan en una batalla de dimes y diretes en redes sociales que lo único que logran es acentuar las luces y sombras de este personaje que está en permanente escrutinio.

Sus fanáticos, porque en realidad, los nayilibers se asemejan más a un club de fans al más puro estilo de algunos adolescentes adoradores de su estrella de rock, aparecen como acérrimos defensores de su ídolo ante cualquier comentario que no aparente ser 100 % aprobatorio de Bukele.

Esto genera una dinámica que pone al nuevo mandatario en una discusión pública permanente: «atacado» y «defendido». Este juego lo mantiene en la palestra, y se traduce en quienes solo somos espectadores, en un interminable espectáculo –bastante cuestionable– de opiniones y críticas.

Desde el inicio de su carrera política como alcalde de Nuevo Cuscatlán, y en sus consecuentes cargos públicos, el estilo de Bukele ha estado marcado por una clara intención de hacerse notar y verse diferente: el celeste, la gorra, los calcetines, los Facebook Live, Twitter.

Este estilo de comunicación ha logrado generar una sensación de cercanía con una masa crítica de personas que ve en su «performance» una esperanza, una forma diferente de hacer las cosas.

El tema es precisamente la gran diferencia que existe entre el «fondo» y la «forma». La forma, por muy relevante que sea, se limita a la superficialidad de las cosas, puede resultar interesante, pero vacía. El fondo, sin embargo, es lo que hará la real diferencia. El fondo trasciende, es el largo plazo, son las consecuencias, las implementaciones, los cambios reales. Y me refiero a gobernar.

Es fácil dejarse llevar por las formas, sobre todo si tenemos décadas de estar enfrentados a decepciones y tradicionalismos; a numerosos reportajes de corrupción y despilfarros. En ese contexto, obviamente esas formas de hacer las cosas que marcan una clara distinción, que se muestran atractivas, novedosas, que cuentan con seguidores y personas que las aprueban y aplauden, convencen. Por ejemplo, esos despidos públicos a través de Twitter.

Pero ojo, las formas son algo que Nayib tiene dominadas hace muchos años. Nadie puede negar que ha sabido manejar magistralmente su marca, desligándose desde el primer minuto de su expartido, el FMLN, con el simple hecho de usar colores e insignias diferentes: el celeste y la «N» que lo han acompañado durante varios años.

El reto de este nuevo gobierno será lograr profundidad: fondo. Que sus cambios trasciendan el Twitter o la pintura de los edificios de gobierno. Sí, las formas son importantes, pero no lo son todo.

Yo deseo lo mejor para mi país. Por eso, espero que este nuevo gobierno dirigido por Bukele trascienda las formas y sea capaz de generar los cambios profundos que El Salvador necesita en términos de seguridad, salud, educación, empleo, inversión, infraestructura, calidad de vida… y tantas otras dimensiones que van más allá de la persona que está ahora a la cabeza del Ejecutivo.

Nayib, mucha gente cree en vos, miles de personas han puesto su confianza en tus «Nuevas Ideas» y tenés un país lleno de necesidades y también de potenciales. Demostranos con hechos que sos más que tus formas y tus tuits.

Aterrizando lo macro

El país está pasando por una racha negativa de indicadores macroeconómicos que nos afectan a todos, en gran parte resultado de una irresponsable gestión. La deuda pública que nos deja el FMLN es más grande y cara (vamos cayendo en la calificación de riesgo), el crecimiento de la economía es tan solo una fracción de lo que crecíamos hace años, el desempleo y subempleo tampoco van por buen camino. Y, a pesar de que el Estado recauda más dinero de ciudadanos como usted y yo, no hemos visto esos ingresos traducidos en obras y servicios palpables para la población.

En ocasiones los indicadores macroeconómicos parecen ser muy fríos o etéreos. Hablar de inflación, deuda, PIB y más datos macro suele ser algo que a escala individual no lo percibimos de manera tan directa ni nos llama mucho la atención ¿Qué le va a importar al microempresario que es extorsionado a diario si el país se endeudó más o no? ¿Qué le va a importar a la madre soltera que tiene que decidir entre comer o mandar a sus hijos a la escuela si el PIB creció menos que toda la región? Con tantas necesidades y dificultades es un reto difícil aterrizar estos temas y hacerlos parecer importantes.

Sin embargo es necesario destacar que sí nos afectan. Los errores y aciertos de nuestros funcionarios sí afectan al ciudadano de a pie. Los anteriores impagos de la deuda a las pensiones y el deterioro de la calificación de riesgo harán que los intereses de la deuda que adquiera el Gobierno (ultimadamente pagada por usted, contribuyente), sea más cara. ¿Qué significa eso? Menos dinero disponible para inversión pública. Adicionalmente, esto también se traduce en el ajuste de varias carteras como Educación y Salud, ministerios importantísimos para el desarrollo de la población. Y es así como se van olvidando algunas promesas de campaña, como la del exprofesor Sánchez Cerén, quien prometió en campaña elevar la inversión en educación pública al 6 %, y lejos de eso le quitó más de $5 millones en su momento.

Y es en estas acciones donde se detona el efecto directo a la población: ¿en cuántos docentes debidamente remunerados se transforman esos $5 millones? ¿Cuántas diálisis se pueden ofrecer con los más de $4 millones que se le quitaron a Salud? ¿Cuántas medicinas pudieron haber sido compradas? Estemos de acuerdo o no con la ejecución de algunas de las políticas sociales del Gobierno estas reducciones son servicios que deja de gozar la población. Las cifras dan aún más rabia cuando vemos que de su dinero (el de usted, contribuyente) están dedicando más de $4 millones a seguros médicos privados para los diputados de la Asamblea Legislativa.

A pesar de los aprietos por los que podamos estar pasando como población es importante informarnos. Es difícil cuando hay quienes sus condiciones les exigen que trabajen siete días a la semana y sus dificultades disminuyen la relevancia de preocuparse por los temas de país, pero entre más nos estemos informando más probable es que exijamos resultados. Piense que a los funcionarios que hacen una mala gestión les conviene tener a una población desinformada: entre menos enterados estemos nosotros ellos tienen más margen de hacer tan mal trabajo como su mediocridad e incapacidad se los permita.

Narcoestado

Varios documentos judiciales en Estados Unidos y una investigación de la misión internacional contra la impunidad en Honduras dejan indicios bastante claros de que la presidencia de ese país lleva por lo menos una década penetrada por el narcotráfico. No parece posible aplicar eufemismos aquí: la casa presidencial de Tegucigalpa está empatada con el narco.

Lo que las investigaciones dicen, en breve, es que la organización hondureña de narcotráfico conocida como Los Cachiros recibió dinero del gobierno del presidente Porfirio Lobo Sosa (2010-2014) a través de una empresa llamada INRIMAR, la cual obtuvo contratos amañados para construir obras públicas; que los narcos establecieron contactos con el actual presidente, Juan Orlando Hernández, cuando este era líder del Congreso hondureño; y que Los Cachiros lavaron dinero a través de empresas vinculadas a la familia Rosenthal, una de las más poderosas del país.

La Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA), de hecho, consideró al actual presidente hondureño como «objetivo» de una investigación abierta en 2013 a una organización dedicada al tráfico de drogas y al lavado de dinero. En un comunicado que emitió el pasado viernes, el gobierno de Hernández dice que todo se trata de un intento hecho por narcotraficantes hondureños juzgados en Estados Unidos para acusar a otros y buscar rebajas a sus penas de cárcel.

Lo cierto es que estas últimas revelaciones solo añaden a una lista de indicios que apuntan a la casa de gobierno en Tegucigalpa. Ya antes Devis Leonel Rivera Maradiaga, líder de Los Cachiros; y Fabio Lobo, hijo del expresidente Lobo y procesado por narcotráfico en Nueva York, habían testificado que el segundo sirvió como intermediario entre los narcotraficantes y Hernández. La extradición a Estados Unidos de Antonio Hernández, hermano del presidente, para que responda por narcotráfico también ha ensombrecido la presidencia hondureña por un buen rato.

Honduras es, de los tres países del llamado Triángulo Norte de Centroamérica, donde la penetración del crimen organizado en la política parece más flagrante. En Guatemala, el dinero ilícito ha penetrado las campañas políticas desde hace rato y en El Salvador operadores políticos al servicio de los gobiernos de Antonio Saca y Mauricio Funes también han cobrado peaje a narcotraficantes como Los Perrones para dejarlos mover droga. En Honduras, por lo visto, el narco ha despachado desde los círculos más íntimos de las dos últimas presidencias.

Lo único que lo anterior quiere decir es que, si en Honduras los diques de la legalidad llevan rotos ya buen rato, en El Salvador y Guatemala existen todas las condiciones de impunidad y corrupción para llegar a donde los hondureños están ahora.

En la base de la penetración del narco está, primero, el desdén por la legalidad y, producto de ello, la impunidad que narcotraficantes y políticos requieren para operar tranquilos, para lucrarse del Estado y para utilizarlo como plataforma y cobertura de sus economías criminales.

Ya entre 2002 y 2008, Los Perrones fueron capaces de operar sin problemas, y de mover toneladas de cocaína por tierras salvadoreñas gracias en buena medida a la aquiescencia de policías, fiscales, jueces y operadores como el fallecido Adolfo Tórrez, quien de acuerdo con múltiples testimonios que recogí para mi libro «Infiltrados», de 2014, era el encargado de cobrar la extorsión a Reynerio Flores Lazo, el líder de Los Perrones hoy condenado a prisión.

Hay que ver a Honduras y entender que la penetración absoluta del Estado nacional por el crimen organizado está a la vuelta de la esquina. Y en El Salvador basta ver hacia adentro: en un país en el que, en los últimos meses, las mafias políticas mataron a la Sección de Probidad de la Corte Suprema y se han asegurado una fiscalía bastante dócil, las puertas al narco, a las mafias políticas y a otros tipos de crimen organizado están abiertas.

La pérdida del espacio público

Por los medios de comunicación supe de la triste muerte esta semana de la corredora apuñalada en Santa Elena el 23 de abril, María Olimpia Escobar. Sin conocerla personalmente sentí cierta identificación con ella por también ser corredora, mujer y por tener casi la misma edad.

Recordé antes en mis idas al país buscar espacios comunes para correr y que era difícil encontrarlos; me metía al campus de la UCA para correr en la pista de atletismo o llegaba al parque de la colonia Maquilishuat para dar vueltas en esos caminos encerrados y, otras veces, me resignaba a hacer ejercicios dentro de la casa. Nunca me atrevía a salir a correr sola en las calles por llegar siempre de pseudoturista, haber perdido el contacto directo con la cotidianidad del país y no poder evaluar bien el peligro real que implicaba ocupar el espacio público.

Hoy cuando llego a El Salvador siempre siento que asumo un miedo prostético prestado de los demás y nutrido de medios artificiales, de las noticias y avisos públicos. Confío siempre en los que conocen bien el país y viven permanentemente ahí para saber si en cierta zona se puede andar sola, si se puede ir de pie, si ir en taxi, o en carro para hacer algunos mandados. Evalúo el riesgo de viajar a ciertas partes del país y la gente siempre me recuerda que el tráfico es agresivo, que puede haber una llanta pacha u otro inconveniente inesperado. Hay amigos que me recomiendan solo salir a lo más necesario y dicen que ya no se puede andar por placer o de paseo en El Salvador. Lo tomo en cuenta y cuando salgo siempre entiendo que no hay ninguna garantía de seguridad en la ciudad ni en el país.

Algo más que noto al leer sobre el caso es la jerarquía que se establece entre los traumas en El Salvador. Por ejemplo, entre los pésames que se le dieron a la familia estaban los comentarios de los que percibieron la noticia principalmente a través de la clase social.

Recordaban que hay gente humilde que a diario sufre: “Gente humilde que a diario es asesinada, extorsionada y desaparecida en ciudades como Mejicanos, Lourdes, San Martín, Ciudad Delgado y toda la zona donde vivimos los plebeyos…”. El comentario sugiere que escribir sobre esta muerte y sentirse indignado por ella es en cierta forma una negación de las muertes de la gente humilde en el país y de la inseguridad que se vive a diario en otras zonas.

Quizás es verdad que representar públicamente la muerte de una persona o de cierta experiencia traumática implica no representar otro trauma o muerte, pero el problema con esta manera de ver las cosas es que hace de los traumas una competencia entre lo que se representa y lo que se deja al olvido.

Elimina la posibilidad de diálogo sobre el sufrimiento de diferentes grupos de personas en el país, entre la gente humilde y la gente con más recursos y entre la violencia que sufren los hombres y las mujeres. En fin, la muerte de esta mujer es una trágica e innecesaria muerte más que confirma que avanza la crisis nacional de la pérdida del espacio público. Sin darnos cuenta se ha perdido lo que era propio. La calle y el derecho de transitarla con seguridad ya no son nuestros.

El «millennial» salvadoreño

Dicen que los «millennials» o la Generación Y, conformada por quienes nacimos entre finales de los ochenta y 2000, aproximadamente, nos hemos tomado el mundo, reinventando las formas de comunicación (desde lo digital hasta el cara a cara). Somos más contestatarios, más «rebeldes», menos conformistas, disruptivos, innovadores e inquietos.

Nos atribuyen, sin embargo, un excesivo individualismo y egocentrismo expresado en selfis, perfiles en redes sociales y celulares de última generación que cuestan demasiado. Protestamos por todo pero desde la seguridad que nos ofrecen Twitter y los «me gusta» de Facebook. Acumulamos firmas llenando formularios por internet para apoyar causas benéficas en lugares que quizá ni conocemos.

Dicen que trabajar con los «millennials» es difícil porque, aunque somos muy creativos e innovadores, nos desmotivamos con facilidad. Nuestro compromiso con una empresa no supera los dos años y buscamos crecer rápido profesionalmente, pero esperando a cambio excelentes beneficios laborales, flexibilidad en los horarios, tiempo para disfrutar, viajar y un buen sueldo.

Queremos vivirlo todo ahora, que nuestras interacciones con las marcas sean una experiencia de gran calidad, pero sin dañar el medio ambiente. Y si no nos gusta, lo decimos, sin miedo, y lo reproducimos a todos nuestros conocidos en las redes sociales; quienes, además, comentan y discuten con nosotros sin miedo a discrepar.

Además, dicen que somos más incluyentes, que aceptamos la diversidad y a quienes son distintos a nosotros con más naturalidad: gays, extranjeros, tatuajes, piercings y demás no nos molestan ni nos alegran. No tenemos que esforzarnos por «aceptarlos», porque consideramos que son parte de la sociedad.

Dicen también que para nosotros aquello de las jerarquías no aplica. Las figuras de autoridad desaparecen y se convierten en uno más, al mismo nivel, que puede ser juzgado, criticado y tratado en igualdad de condiciones que uno mismo. Los jefes, los sacerdotes, los maestros y sobre todo los políticos dejan de ser intocables, e incluso están más propensos al escrutinio por su relevancia social como figuras de poder y autoridad.

Para los «millennial», la transparencia es un valor imprescindible. Esto aplica para la vida personal y para el Estado. Requieren información, buscan políticos distintos, personajes abiertos, menos estructurados, más Obamas –o Nayib Bukeles para llevarlo al plano nacional–, en el sentido de la naturalidad, la cercanía y la interacción a través de aquellos medios con los que se comunican (no sé si aquí entran los calcetines excéntricos, pero bueno).

Y por último, los «millennial» no tienen como prioridad tener hijos. Por tanto, son una generación multitudinaria que se ha convertido en la gran fuerza laboral del mundo y está dispuesta a disfrutar la vida sin grandes responsabilidades, como criar a otro ser humano.

Mi reflexión en torno de todas las características de esta interesante generación tiene que ver con que muchísimos de los integrantes de las maras en nuestro país son «millennial». Lastimosamente, es imposible decir que calzan con el perfil.

No soy socióloga y no quiero predecir que sea una «generación perdida», porque El Salvador es más que las maras y, por tanto, el llamado es: «millennials» salvadoreños, hagámonos sentir, somos la generación disruptiva.

La primera versión de esta columna fue publicada en febrero de 2018.

Los próximos cinco años

El próximo 1.º de junio tenemos nuevo presidente de la república, el primero en la posguerra en ser elegido fuera de uno de los partidos tradicionales. Gran parte del éxito o fracaso de la próxima administración será definida por cómo se identifiquen, prioricen y se enfrenten los distintos desafíos que tenemos como país en este momento.

Los problemas en El Salvador abundan. En 2018 se cerró con una tasa de homicidios de más de 50 por cada 100,000 habitantes, lo cual nos posiciona como el país más violento del Triángulo Norte. Tenemos una deuda pública que sobrepasa el 50 % del PIB. Alrededor de 15 % de estudiantes graduados de bachillerato se matricula para educación superior, y muchos menos logra concluir sus estudios universitarios (cosa que ni el mismo presidente electo logró completar a pesar de tener recursos para hacerlo). Y como estos podemos comenzar a nombrar muchos datos alrededor de la violencia, salud, educación y finanzas públicas que sugieren que las cosas tienen que comenzar a cambiar para bien. Es importantísimo que se sepa muy bien a lo que nos enfrentamos como país y qué lo está causando. Esto se puede coordinar con universidades, ONG y tanques de pensamiento que llevan décadas en este esfuerzo. La lucha no es contra los medios, contra la democracia o contra rivales políticos.

El siguiente paso después de un diagnóstico adecuado de los problemas de país es priorizarlos. Si en algo fue bueno el FMLN es en sacarle más dinero a la población por medio de impuestos. El Estado ahora ingresa mucho más dinero de lo que ha ingresado históricamente (un crecimiento de más del 20 % en los últimos tres años). Si bien esto le da mucho más recursos al Estado, estos no dejan de ser limitados. No podemos resolver todos los problemas del país en cinco años, pero sí se puede hacer algo por lo que más está aquejando a la población. El dinero no solo alcanza cuando nadie roba, el dinero alcanza cuando sabemos invertirlo adecuadamente en proyectos que van a tener un impacto positivo. Cada dólar invertido en una iniciativa es un dólar menos que se pudo invertir en otra. Es esencial saber dónde sí y dónde no dirigir los fondos públicos.

De nada sirve que tengamos identificados y priorizados los problemas de El Salvador, si no implementamos acciones concretas para enfrentarlos. Casi tan importante como la implementación de los planes son quienes serán responsables por impulsarlos. Por lo menos en este sentido hemos visto algunas elecciones de personas que parecen competentes, que están más y mejor preparadas que el presidente electo. Vale la pena darles el beneficio de la duda; exigir en los desaciertos y reconocer cuando se avanza. Al final serán ellos quienes decidan cómo invertir los fondos públicos. Algo muy importante es saber distinguir entre gasto e inversión. El gasto es algo que no traerá ningún beneficio futuro, como pagar electricidad, un carro nuevo para un funcionario o una cena. La prioridad debería ser dirigir lo más que se pueda fondos públicos a inversión o proyectos donde podamos medir un impacto a futuro, y sepamos que lo que se invirtió resultó en algo de más valor para la sociedad.

La situación en la que la administración Bukele hereda el país no es fácil, pero sería un gran error enfocarse en apuntar dedos a culpables. Ya todos sabemos dónde está el país y quienes lo llevaron a la situación actual. Lo que necesitamos es tener más soluciones y trabajo, menos revanchismo y marketing político. Para la oposición también sería un error intentar boicotear cualquier iniciativa solo porque venga de un rival político. Cada iniciativa debe ser discutida y contemplada por sus propios méritos, si beneficia a la población o no, no por quienes la impulsan.