Cloaca legislativa

La corrupción y el nepotismo nos son prácticas recientes en el sector público. Ya sea desde el ejecutivo o el legislativo, año tras año vemos tal seguidilla de escándalos que es difícil mantenerse pendiente de cada uno. Más allá del daño que estas prácticas hacen a la institucionalidad, vale la pena estimar de alguna manera el impacto monetario que esto tiene en el bolsillo de los contribuyentes.

Uno de los casos más recientes es el de Cristina López, la exdiputada por el PCN. La exdiputada ha estado cobrando un salario de $2,000 dólares mensuales desde mayo sin siquiera residir en El Salvador. La exdiputada denunció en Twitter el caso de al menos otras cuatro personas allegadas al PCN que también cobran un salario sin llegar a trabajar.

También tenemos el caso del diputado Gallegos de GANA (partido con el cual ganó la presidencia Nayib Bukele) a quien el Tribunal de Ética Gubernamental (TEG) le abrió una investigación por nepotismo. Se le acusa de haber contratado al menos a unas 7 personas con algún vínculo familiar a su esposa. El TEG ya había abierto otra investigación contra Gallegos por más de $500,000 dólares que se concedieron desde la Asamblea Legislativa a APDEMES, una asociación donde trabajaban su esposa y otros asesores legislativos.

Tenemos el caso del expresidente de la Asamblea Legislativa, Sigfrido Reyes, a quien esta semana se le giró una orden de captura. Se le acusa de lavar $781,000 dólares a través de varias sociedades donde estarían involucrados familiares, empleados del IPSFA y empleados de la Corte de Cuentas. Reyes está ahora fuera del país y a su esposa se le ha dado libertad bajo fianza (entre $20,000 y $30,000) además de tener que usar un brazalete electrónico.

Así como estos casos seguramente podemos encontrar muchos más dentro de la Asamblea Legislativa. En 2008, la Asamblea tenía un total de 864 empleados estatales, número que ascendió a 2,367 empleados (300 de los cuales eran del área de «comunicación») en 2019, un aumento del 174%. Esto se traduce en unos $31 Millones de dólares adicionales que estamos pagando de manera anual para que parásitos estén viviendo de los fondos que el resto de la población genera. Además del impacto monetario también hay otro en la moral de algunos funcionarios públicos. Estoy seguro de que entre los empleados de la Asamblea Legislativa hay muchos que están muy bien preparados y con credenciales para estar en su puesto. No debe ser fácil para ellos ver esta invasión de gente incompetente, y al mismo tiempo ver que quienes están creciendo y subiendo de puestos de manera más rápida son los «compadres» de quienes los pusieron ahí y no quienes están agregando verdadero valor al trabajo legislativo.

Esperemos que estas investigaciones y acusaciones de corrupción a figuras importantes en la política salvadoreña dejen un buen precedente. Según el Fondo Monetario internacional, la corrupción en El Salvador nos cuesta unos $500 millones al año. Por lo menos ya vamos dimensionando el tamaño del problema del lado legislativo. Vale la pena hacer un ejercicio similar en el resto de los órganos del Estado. No me extrañaría que encontráramos un fenómeno similar en el ejecutivo, donde su líder tiene una definición bastante flexible y conveniente de la palabra nepotismo.

Silva Pereira y el Chele Tórrez

El asunto no termina en el exdiputado del PCN, acusado por lavado de dinero en El Salvador y de participar en el asesinato de cuatro diputados salvadoreños en Guatemala, y quien recién llegó deportado a tierras salvadoreñas desde Estados Unidos. El asunto empieza en Silva Pereira y se extiende al sistema político salvadoreño que lo dejó hacer y que ha posibilitado la infiltración del crimen organizado en la Asamblea Legislativa, en el Ejecutivo a través de la Policía Nacional Civil, en la Fiscalía general, por mencionar solo tres instituciones.

Un repaso rápido a esta historia, al menos a los momentos y personajes más importantes que la rodean sirve para entender la profundidad de aquella infiltración.

La subtrama más importante en el caso Silva Pereira es la que involucra a Adolfo Tórrez, el «Chele», hombre fuerte de Arena al que ahora algunos areneros asocian exclusivamente al saquismo, cuando su ascenso ocurrió mucho antes. Es cierto, sí, que el poder de Tórrez alcanzó su punto máximo durante el quinquenio de Antonio Saca, pero su influencia en la maquinaria electoral de Arena también fue clave para la consolidación del voto que favoreció a otros candidatos del partido de derecha.

Tórrez, además de operador territorial, fue operador de la corrupción judicial. Así lo reveló una nota de El Faro en abril de 2009, la cual descubrió una llamada telefónica en la que el arenero ofreció a Silva Pereira influir en el sistema judicial para favorecerlo a cambio de medio millón de dólares.

A poco de aquella llamada, en la víspera de la toma de posesión de Mauricio Funes como presidente de la república, Tórrez apareció muerto. La Fiscalía, en tiempos de Félix Garrid Safie primero y de Ástor Escalante luego -ambos aupados por Arena-, aseguró que había sido un suicidio y cerró el caso.

En 2009 entrevisté a varios excolaboradores de Tórrez, entre ellos algunos que hoy ocupan puestos importantes en el gobierno de Nayib Bukele; todos, sin excepción, dudaron de la versión del suicidio. Dos de ellos me contaron que el diputado Guillermo Gallegos, muy cercano al «chele», fue uno de los últimos que lo vio con vida: ambos tomaron copas en la ex Panetiere de Santa Elena. Eventualmente, Gallegos confirmó esa reunión.

Como sea, la muerte de Tórrez fue muy conveniente para quienes, desde la política, lo habían acompañado en las operaciones que incluyeron buena parte del trabajo sucio que Arena hizo a principios de este siglo en campañas electorales.

Entre 2012 y 2013, un operativo de la banda Los Perrones -muy cercano a Reynerio Flores Lazo- me dijo que Tórrez era el encargado de cobrar sobornos a los narcos, incluso de conectarlos con traficantes de Guatemala. Publiqué esas historias en el libro «Infiltrados», sobre la corrupción en la Policía Nacional Civil.

También fue conveniente para exsocios de Los Perrones la huida de Roberto Silva Pereira a Estados Unidos en 2007, en parte gracias a la complicidad del sistema judicial y de la PNC: con Silva fuera del escenario se imponía el silencio sobre todo lo que el pecenista sabía acerca de negocios como los de Tórrez y sobre los vínculos entre políticos y la banda de narcos de oriente -el director de la PNC, Mauricio Arriaza, dijo esta semana que se han reactivado las viejas investigaciones sobre esos nexos.

Silva Pereira volvió, deportado. Es una buena oportunidad para la Fiscalía de Raúl Melara de desempolvar los indicios de aquellas relaciones entre la política y el crimen organizado de la que el exdiputado y Adolfo Tórrez formaron parte. Es importante: hay quienes vivieron al lado del Chele cuando fue el hombre fuerte de Arena y de Silva Pereira cuando manejaba un Maserati que aún viven en la política salvadoreña.

Edgardo Vega: ¿Desencanto o trauma?

La crítica ha propuesto El asco (1997) del escritor Horacio Castellanos Moya como un ejemplo representativo de desencanto, desilusión y cinismo de la producción cultural de «posguerra.» Revisando este libro, me pregunto si no hemos sido injustos en la evaluación de su protagonista, Edgardo Vega, como cínico. Quizás los comportamientos y actitudes excesivas en él, que la crítica llama cinismo, sean parte de la expresión de trauma.

En mi parecer, el trauma es el proverbial elefante en la habitación que no se aborda explícitamente como un marco crítico en los estudios actuales sobre El Salvador. Muchos estudios han examinado la producción cultural de «posguerra,» pero el impacto del trauma en sí rara vez se toma en cuenta directamente en estos análisis. Por ejemplo, Beatriz Cortez ha propuesto una sensibilidad de «desencanto» en la literatura de la «posguerra» e identifica este tono como «cinismo» en contraste con el tono utópico que anteriormente había caracterizado a los procesos revolucionarios. El problema está en que el cinismo como marco y lente crítico deja el trauma fuera de la conversación, a pesar de que es el trauma muchas veces lo que altera las opiniones de una persona sobre el mundo y la autoimagen y puede llevar al desarrollo de una perspectiva cínica.

El asco es una diatriba de ochenta y tres páginas en que el paranoico y neurótico protagonista se ve obligado a regresar a El Salvador después de vivir muchos años fuera y éste responde con un monólogo criticando la cultura salvadoreña. Sospechoso y aterrorizado de sus compatriotas, Edgardo Vega ve en todas partes «tipos que sin duda fueron torturadores y participaron en masacres durante la guerra civil». Cada conductor de autobús, jugador de fútbol y cantinero es, para Vega, cómplice de los crímenes de guerra más horribles. Sin embargo, no se detiene acusando a ciudadanos de El Salvador. Para él las atrocidades de la guerra son la culpa de la cultura; los hábitos alimenticios, los prejuicios y las actividades de ocio de la gente salvadoreña. Al final, Vega niega su propio nombre y procedencia y adquiere una nueva identidad como un ciudadano canadiense cuyo nombre es Thomas Bernhard. Aquí, propongo que el marco de cinismo es insuficiente para explicar la naturaleza extrema de las reacciones neuróticas y paranoicas de Edgardo Vega hacia las personas, la sociedad, la política y la cultura de su país natal. La actitud y el comportamiento de Vega va más allá de caer en la trampa del pensamiento negativo y en la distorsión cognitiva. ¿Qué pasa si Edgardo Vega es un víctima no debidamente comprendido del trauma y shock emocional vividos en la guerra y en los procesos de desplazamiento y migración?

De hecho, Edgardo Vega caracteriza el trauma psicosocial que el jesuita y socio-psicólogo Ignacio Martín Baró identifica durante la guerra en la población salvadoreña. En 1989, éste publicó un artículo en el que destaca los efectos de la guerra violenta prolongada y la «destrucción psicosocial» y las «relaciones deshumanizadas» de la población salvadoreña: «Se niega la naturaleza humana de los ‘enemigos’; se rechaza la posibilidad de cualquier interacción constructiva con ellos, viéndolos como algo que le gustaría destruir. La prolongación indefinida de la guerra en El Salvador supone la normalización de este tipo de relaciones deshumanizadas, cuyo impacto en las personas va desde el estrés somático hasta el desgarro de las estructuras mentales y el debilitamiento de la personalidad, que no puede encontrar una manera de afirmar auténticamente su propia identidad». La descripción de Martín Baró de los cambios cognitivos y del comportamiento que resultan del trauma están en línea con lo que los lectores encuentran en Edgardo Vega. Muchas veces las víctimas del trauma, como Vega, se aferran a los prejuicios, al absolutismo, a la idealización, a la rigidez ideológica, al escepticismo evasivo, a la defensa paranoica, a la venganza y al odio.

Hay otros casos de conflictos bélicos en que los psicólogos hablan del trastorno de estrés postraumático o de las dificultades de reintegración social luego de la guerra. En Rusia, por ejemplo, muchos lo llaman síndrome de Afganistán o de Chechenia. ¿Por qué es que en el análisis del arte y la literatura de la «posguerra» de El Salvador, no estamos hablando de la representación del trauma?

Aterrizar en El Salvador

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo. Sobretodo cuando el que viaja ya no vive ahí. Pero llega el día en que uno se reencuentra con su país y entonces, empieza un viaje que va más allá de un boleto aéreo.

Después de muchas horas de pasearse entre nubes e infinito, a través de la ventana de un avión, uno alcanza a ver un oasis. Ese lugar tiene nombre: se llama El Salvador.

El primer paso es sobrevolar la costa. Ver desde esa misma ventanita una línea infinita de espuma blanca dando la bienvenida a este paraíso que muy pocos tenemos el placer de haber descubierto, es enternecedor.

Casi se puede escuchar, incluso arriba del avión, el sonido de las olas, mientras la brisa del mar mueve disimuladamente las palmeras que conforman un paisaje de esos que parecen sacados de revistas, pero que en nuestro país, no son ninguna novedad.

Incluso el cielo cambia de color, parece más celeste, más grande, más lindo.

El volcán de San Salvador le advierte a uno que está a punto de llegar, y para aquellos que tenemos algunos años sin verlo, una sonrisita se nos empieza a dibujar en los labios, a medida que el picacho se eleva en el paisaje.

Si uno pone suficiente atención, empieza a darse cuenta del maravilloso contraste que se forma entre la abundancia de las palmeras ondeantes, el verde de los árboles y la tímida cordillera que se levanta en paralelo a la costa, intercalándose entre nubes y cielo.

Entonces, como para sacarlo a uno del trance, una voz advierte que hay que prepararse para el aterrizaje. «Enderecen sus asientos», dice junto a otro discurso inentendible en español y en inglés. Las lucecitas de seguridad se encienden, arriba, en el techo del frío avión. Y las cosquillitas en el estómago son inevitables: en solo unos minutos volverá uno a sentir aquel calor tan peculiar que solo en este país se experimenta. En solo unos minutos, volverá uno a disfrutar de unas deliciosas pupusas auténticas, con todo y quesito quemado. En solo unos minutos, uno volverá a ver a sus amigos de toda la vida. En solo unos minutos, por fin, uno podrá abrazar a su familia.

El avión ha seguido avanzado y la costa, con su infinita línea de espuma perfecta, queda atrás. Uno siente que empieza a volar sobre una cama de árboles frondosos que reúnen un sinfín de tonos verdes; algunas plantaciones de caña con sus flores blancas que parecen flotar se hacen presentes, atravesadas por una que otra callecita donde pasan carros que parecen de juguete. Uno se acerca cada vez más.

Después de algunos minutos, el avión toca tierra firme y el aeropuerto se hace más grande a medida que la máquina se detiene y uno trata de contener su emoción. Pero, entonces, aquella voz vuelve a hablar y esta vez dice: «Bienvenidos a El Salvador».

Ahí es imposible no sentir una alegría inmensa: felicidad mezclada con nostalgia, añoranza e incluso tristeza, cuando uno se da cuenta, que se tuvo que ir de ese lugar que tantas emociones le provoca. Yo creo que más de alguno intenta dominar las lágrimas, porque es profundamente movilizador volver al país que uno tanto quiere.

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo, pero no solo para la vista, sino para el corazón.

Recuperando la conversación

Seguramente todos hemos estado en una situación similar, estás intentando platicar con alguien y esa otra persona tiene su atención dividida entre tu conversación y su teléfono, a veces al punto de estar escribiendo y hablando al mismo tiempo. Cada vez más este comportamiento de tener nuestra atención dividida entre el mundo y una pantalla es más normal. En su libro «Reclaiming Conversation» (Algo así como «Recuperando la conversación», en español), Sherry Turkle escribe sobre el impacto que la hiper conectividad está teniendo en la formación y desarrollo de una generación entera que ha crecido con la tecnología.

Una de las observaciones que Turkle hace en su libro es que hoy en día, niños de 12 años se comportan socialmente como niños de 8 años al momento de interactuar unos con otros cuando están jugando. Son más propensos a hacer bullying en parte porque les es más difícil construir y practicar habilidades de empatía. Al tener conversaciones cara a cara, un niño puede ver la reacción de la otra persona al decirle un comentario grosero, y puede ver cómo lo que está diciendo puede lastimar a esa persona. Esto es mucho más difícil si se hace detrás de una pantalla, donde no se puede leer e interpretar el lenguaje corporal de otra persona. Además de esto Turkle también habla sobre como los niños están cada vez menos expuestos al aburrimiento y cómo esto tiene un efecto negativo en habilidades creativas y en desarrollar ansiedades en la vida.

Un segundo punto del libro es el impacto de la atención dividida en el desempeño laboral. Gran parte de la fuerza laboral ya es millennial, y poco a poco los centennials también se van insertando como fuerza productiva en la economía. En un ambiente profesional muchos se sienten orgullosos de poder hacer «multi-tasking», cambiando entre actividad y actividad con frecuencia. Pasamos de revisar nuestro correo, a contestar un mensaje, a trabajar en un reporte y así tenemos nuestra atención dividida entre muchas cosas a la vez, y aunque muchos sienten que así hacen más la realidad es que, entre tanta transición, se sacrifica tanto calidad de trabajo como cantidad de lo que se hace. De igual manera le huimos a las interacciones cara e incluso a llamadas telefónicas, en detrimento de la cohesión de equipos y la productividad.

Finalmente, esto también impacta nuestras relaciones personales con nuestra familia y amigos. En casa, en cenas familiares cada vez más tenemos distracciones en estímulos como los teléfonos y la televisión. En vez de todos estar en una conversación puede haber hasta siete o diez conversaciones ocurriendo al mismo tiempo. Cada vez menos se están teniendo conversaciones completas cara a cara, y cada vez más se recurre a los mensajes de texto para tener conversaciones difíciles para la resolución de conflictos. De nuevo, como en el ejemplo de los niños, esto dificulta el poder leer el lenguaje corporal de las personas y desarrollar empatía.

El libro tiene una variedad de ejemplos sustentados por estudios que se han hecho alrededor de estos comportamientos, estos tan solo son algunos de los ejemplos que se cubren. «Reclaiming Conversation» no está haciendo un argumento radical en el que nos sugiere separarnos de la tecnología completamente, por el contrario, sugiere que pongamos atención en cómo una herramienta puede tener repercusiones negativas y qué podemos hacer o cambiar para poder aprovecharla mejor sin sacrificar las habilidades sociales que construimos y desarrollamos al interactuar cara a cara.

Seguridad pública en 2019

El año termina y en El Salvador hay una tendencia clara: la reducción en las cifras de homicidios, que empezó con el ascenso de Nayib Bukele a la jefatura del Ejecutivo. Eso es, por donde se le vea, una buena noticia. Cualquiera que sea la explicación, esto implica que hoy menos salvadoreños mueren de forma violenta.

La buena noticia no quita que haya que buscar, con todo el afán necesario, las explicaciones al descenso. Entre otras cosas, para sistematizar las causas y usarlas como insumos para una política de seguridad pública sostenible.

Además, en un país en que el aparato de propaganda y desinformación del gobierno navega con facilidad, es indispensable que el periodismo, la academia, la sociedad civil en general -mencionar a la oposición política parece ya inútil- busquen lo que el barullo triunfalista del oficialismo pretende esconder.

Empecemos.

Estuve este año, como parte de una investigación amplia sobre seguridad y crimen organizado, en seis de los departamentos del país con mayores índices de violencia. Con matices, y a falta de ordenar toda la información, dos conclusiones son ya posibles. Una, el estado salvadoreño sigue sin ejercer control en amplias porciones de su territorio. Dos, los operadores políticos vinculados a la corrupción y al crimen organizado siguen siendo protagonistas en el manejo de la seguridad pública.

En La Unión, por ejemplo, los grupos de exterminio, algunos integrados por miembros de la PNC, fueron autores de un porcentaje importante de los homicidios registrados en ese departamento. En una franja significativa de la frontera entre La Unión y San Miguel, estos grupos son los que ejercen el control.

En toda la costa unionense, desde El Tamarindo hasta El Icacal, aun hasta los límites con playa El Cuco, grupos criminales ejercen un control silencioso pero efectivo en carreteras, manglares, cantones y, sobre todo, en las decenas de entradas del Golfo de Fonseca en tierra salvadoreña. Ahí sigue habiendo extorsión, ajustes de cuentas y, de acuerdo con autoridades locales, entrada regular de cocaína procedente de Nicaragua y Honduras.

Ante panoramas como este, y a falta de un diálogo serio entre el poder formal de la administración Bukele y la ciudadanía, el alegato del gobierno de que la baja de homicidios está relacionada a una estrategia basada en el despliegue masivo de la fuerza pública no se sostiene. Me inclino más por el análisis que pone en la voluntad de los grupos criminales, llámense pandillas o bandas de narcotráfico, el descenso en las cifras.

En corto: animados por la eficiencia del control territorial que ellos ejercen, los grupos criminales decidieron bajarle a la violencia para favorecer un escenario en que pactos políticos con el gobierno de turno -como los que hicieron con las tres últimas administraciones- son posibles. Negociar en lugar de confrontar. Esto, se ha dicho hasta la saciedad, es la política pública más peligrosa, no solo porque facilita la paz mafiosa que, al final, suele ser el prólogo de un estado criminal, sino también porque alienta la evolución de los grupos criminales a estadios más sofisticados.

2019 trajo una buena noticia, sí, pero también muestras de un ejercicio político que privilegia la opacidad para vender como exitosa una reducción de homicidios que no se explica solo con el despliegue de más soldados y policías en las calles.

Al lado de El Salvador, en Guatemala y Honduras, las bajas de homicidios también ocurrieron durante administraciones que facilitaron pactos con grupos criminales, en esos casos, de narcotraficantes y mafias políticas.

De nuevo, en países donde el abandono del estado y la tolerancia al crimen han sido fórmulas comunes de ejercicio político, las bajas sostenibles en las cifras de violencia con estrategias que no minen la gobernabilidad democrática nunca se lograrán con atajos o recorriendo callejones oscuros.

La mujer salvadoreña en la lucha armada

«Eugenia» es el apodo de Ana María Castillo Rivas. Nace el 7 de mayo de 1950 en San Salvador y es la hija mayor de una familia de clase media acomodada. En el colegio empieza a participar con la organización Juventud de Estudiantes Cristianos (JEC). Ahí, por su trabajo con las clases menos favorecidas y con los indígenas, se va concientizando políticamente. En 1975 es estudiante de psicología en la UCA y deja pendiente su tesis para meterse del todo a trabajar con organizaciones que en ese momento incorporan los campesinos a la revolución. Se casa con Javier, otro revolucionario, en 1976. Deciden esperar dos años antes de tener una hija (Ana Patricia) que nace en 1979. El 17 de enero de 1981, a ocho días de ofensiva general, Eugenia cae junto a tres compañeros mientras transportan armas. Aunque los últimos momentos de su vida son difíciles de reconstruir, Alegría y Flakoll sugieren que Eugenia se mata disparándose con una subametralladora como una última muestra de su compromiso absoluto, «!Por el terramplén de la izquierda! –gritó Eugenia-. ¡Qué no nos agarren vivos!»

No me agarran viva: La mujer salvadoreña en la lucha de Claribel Alegría y D.J. Flakoll (UCA, 1987) se enfoca en reconstruir la vida de Eugenia, una militante en las Fuerzas Populares de Liberación. Recoge los testimonios de militantes y de parientes y las cartas de Eugenia a su marido. En el prólogo, los autores recalcan que Eugenia no es un caso excepcional y que es típica de tantas mujeres salvadoreñas que dedicaron sus vidas a la lucha armada de modo que Alegría y Flakoll proponen a Eugenia como una metáfora para la mujer salvadoreña en la revolución.

Este libro nos revela cómo se construye el ideal militante de la mujer salvadoreña en la lucha armada. Uno de los principios de la vida de un revolucionario es desprenderse de su familia para dedicarse a la lucha. Vemos como Eugenia, primero, pospone ser madre por su compromiso político y, luego, cuando decide tener hijos, conceptualiza la maternidad como una obra colectiva y depende de los demás compañeros para criar a su hija: «… ella, comprendiendo la vida del revolucionario, integraba emocionalmente a la niña al colectivo» (111). Los testimonios sobre su persona enfatizan la disciplina, la capacidad de trabajo, y el compromiso absoluto de Eugenia. A pesar de trabajar muchas veces de la madrugada hasta muy tarde, Eugenia es una madre cariñosa: «Ese cariño contrastaba con la disciplina, con la firmeza que siempre tuvo en sus tareas revolucionarias ni éstas fueron un obstáculo en la educación de la niña» (112). Sin embargo, entiende que en cualquier momento puede caer así que trata de acostumbrar a su hija a que la cuiden los demás y a la distancia emocional. Ella combina integralmente las tareas de una revolucionaria, de una madre y de una compañera. Con la construcción del heroísmo de Eugenia, No me agarran viva presenta un modelo femenino ejemplar de abnegación, de sacrificio y de heroísmo revolucionario.

No me agarran viva presenta varios problemas éticos. Primero, Eugenia no solo se sacrifica personalmente sino que exige que su hija también sacrifique por la revolución. Cuando Eugenia muere Ana Patricia pierde su madre y crece con el conocimiento de que el compromiso absoluto de Eugenia no era con ella sino con la lucha armada. De ahí, la experiencia de Ana Patricia es un silencio notable en No me agarran viva. Obviamente, como Ana Patricia era una niña pequeña, su perspectiva sobre el involucramiento de su madre no entra en los testimonios. Sin embargo, hoy, más de treinta años después, sería necesario recoger el testimonio clave de Ana Patricia para darle voz a los niños cuyas relaciones con sus madres se sacrificaron por la lucha armada. Por otra parte, Eugenia es un ejemplo inalcanzable para muchas mujeres que no pudieron reconciliar su compromiso como madre con su compromiso político. Tienen que haber muchas que optaron por no tener hijos y otras que se salieron de la lucha para dedicarse a la familia. ¿Cómo darle voz a estas experiencias de auto-sacrificio que no encajan dentro del modelo de heroísmo que se construye en la persona de Eugenia?

Chile despertó

Atrás quedó el país al que miles de venezolanos, haitianos, peruanos y otros migrantes latinoamericanos elegían como un destino que prometía seguridad, estabilidad económica y prosperidad.

Hoy, diariamente se vive una situación tensa y violenta en las calles. No hay semáforos en cruces estratégicos de la capital, fueron destruidos. En su lugar, algunos emprendedores se ponen chalecos amarillos y con pitos de colores dirigen el caótico tránsito a cambio de monedas.

Los comercios operan en horarios irregulares. Es necesario cerrar de improviso cuando avisan de alguna marcha, o del cierre del metro, para que los trabajadores puedan buscar alguna forma de llegar a sus hogares.

Los bancos, supermercados, farmacias y centros comerciales que han sido el blanco de los ataques más violentos están blindados con láminas de metal para evitar ser -o volver a ser- víctimas de saqueos e incendios. Pequeños cartelitos que dicen «Soy Pyme» cuelgan de las vitrinas de los locales más pequeños en son de paz, como un susurro para que los vándalos no se desquiten con ellos.

El metro anuncia cada cierto tiempo que cerró alguna estación por «desmanes». Si hay suerte, algunos minutos después volverá abrir, sino pueden pasar horas. De lo contrario, simplemente no abrirá otra vez hasta el día siguiente, cuando la misma historia se vuelva a repetir.

Por whatsapp llega el itinerario de las marchas diarias, con hora, punto de encuentro y demanda exigida: «No más TAG», es decir el pago de las carreteras; «No más AFP»; «Derechos Humanos»; «Aumento a las pensiones»; «Aumento al salario mínimo»; y la lista continúa.

Por la mañana, las noticias hacen el recuento de los locales incendiados y saqueados, de los lesionados en las protestas, de los carabineros heridos y de los reportes sobre derechos humanos.

Por la noche, se anuncia otra vez que el dólar volvió a superar su máximo precio en la historia y el titular ya pierde relevancia. Mientras tanto, las cámaras de los noticieros empiezan a mostrar dónde están generándose las primeras concentraciones de la noche, con grupitos de encapuchados que tiran piedras a los carros lanza agua de carabineros que hacen el intento por dispersarlos.

Capas y capas de grafiti cubren las paredes de la ciudad, se han vuelto un muro de lamentos donde pueden leerse frases como: «Renuncia Piñera», «acos asesinos», «Chile despertó», «me paseo tu normalidad» y alguno que otro improperio.

Los editorialistas explican en sus columnas las razones de la crisis y, los políticos, discuten en el congreso el proceso para cambiar la Constitución. Ni unos ni otros dan con soluciones concretas al nuevo Chile que exige un cambio profundo, estructural e inmediato a sus demandas.

Las grandes tiendas, como H&M anuncian desesperadas promociones de «3×2 en toda la tienda» y «liquidación total» en un intento por vender. Los restaurantes de las zonas otrora turísticas permanecen cerrados y, si logran abrir, miran con cierta súplica a los transeúntes para que decidan entrar y comer algo.

Los torneos de fútbol han sido cancelados y los jugadores se niegan a entrar a las canchas por motivos de seguridad.

Hace calor, pero ya nadie habla de eso. El tema de conversación está acaparado por la contingencia.

Esta es la nueva normalidad, la que muchos defienden porque durante años fue su propia normalidad y ahora es la de todos.

Chile despertó.

Tiempo de compromisos y posturas claras

Si algo quedó demostrado en las últimas elecciones presidenciales es que el bipartidismo en nuestro país está muerto. 20 años de ARENA y 10 del FMLN han dejado mucho que desear en lo económico y social. Como reacción a repetidos actos de corrupción, pobre desempeño, exclusión y falta de pluralidad, han surgido nuevos proyectos políticos en el país. Uno de los más nuevos, el partido Nuestro Tiempo, fue recién avalado como partido político por el Tribunal Supremo Electoral en junio de este año.

Esta semana Nuestro Tiempo lanzó una campaña dirigida al resto de partidos políticos en el país. Desde afuera del edificio de la Asamblea Legislativa, Juan Valiente, Johnny Wright y Aida Betancourt presentaron un documento en donde de una manera clara, aterrizada y hasta un poco humorística, Nuestro Tiempo destaca prácticas básicas para operar como un partido político decente y democrático. Al mismo tiempo critican prácticas nocivas que por mucho tiempo han sido manera tradicional de operar de los partidos tradicionales en el país.

En resumen, hacen un llamado a la transparencia del origen de los fondos de un partido político y el uso de estos (mesura en la contratación de asesores, guardaespaldas, etc.), a que los funcionarios de los partidos, una vez en el poder, respondan a los intereses de la población y no solamente a los intereses de los miembros o el liderazgo de sus partidos, y a evitar el nepotismo. También se hace un llamado a respetar los tiempos electorales y a no llenar de pinta y pega los espacios públicos en tiempos de campaña. Esta serie de recomendaciones (o exigencias) no son mucho que pedir, sin embargo, es lo que tanto ha faltado en la dinámica partidaria durante toda la posguerra.

Este manual está alineado con los valores establecidos en los estatutos de Nuestro Tiempo. La libertad, dignidad, empatía, diversidad, solidaridad, transparencia y coherencia son elementos básicos de una democracia. Sin embargo, Nuestro Tiempo menciona poco o nada sobre sus principios o creencias económicas. Como votante quiero tener la mayor información sobre en qué cree un partido en lo económico y lo social, y así tener una idea de sus posturas ante problemas de país. ¿Qué piensa Nuestro Tiempo sobre las AFP y el sistema de pensiones? ¿Cuál es su postura frente a industrias históricamente (y de manera deliberada) protegidas por el Estado como el azúcar? ¿Cuáles piensan que deberían ser los polos de desarrollo económico?

Responder esta y otras preguntas relacionadas es importantísimo. Ningún partido es monedita de oro para caerle bien a todo mundo, ni debería intentar serlo. Superar el miedo a generar oposición es indicador que se tiene posturas definidas. La ausencia de estas posturas, y el peligro de en un futuro rodearse de gente deshonesta, eventualmente termina en populismo. Y de eso ya tenemos suficiente, pues no se trata de votar por una nueva opción solo por el hecho de ser nueva, es así como terminamos con gobernantes con complejo de dictadorcitos, de esos que se abren camino creando división y viendo a la Constitución como un obstáculo para sus objetivos antidemocráticos.

A pesar de esto, el documento cae como mensaje refrescante en un entorno donde lo único que escuchamos de los partidos son escándalos de corrupción, viajes en jets privados y acusaciones de acoso sexual. Espero que este documento, aparte de ser considerado por el resto de los partidos políticos (peco de tonto optimista), sirva como compromiso para los integrantes de Nuestro Tiempo para no cometer ni practicar los mismos comportamientos que ellos mismos achacan en este documento.

30 años

Lo que sabemos sobre la noche del 15 de noviembre y la madrugada del 16 de noviembre de 1989 lo sabemos, en gran medida, por el valor de Lucía Barrera de Cerna, la empleada de los sacerdotes jesuitas de la UCA que, hace 30 años, vio que fueron efectivos de la Fuerza Armada de El Salvador quienes entraron a la universidad para masacrar a seis religiosos y a otras dos empleadas.

Sin el valor de Lucía, las «fake news» que intentaron esparcir el ejército y la administración de Alfredo Cristiani hubiesen sido más exitosas. Primero, ese poder político creó, a través del conglomerado de medios de propaganda que manejaba el publicista Mauricio Sandoval, un ambiente de odio a los sacerdotes y, luego, utilizó esos medios y los privados de comunicación masiva para decir que el FMLN había planificado y ejecutado la masacre. Después, el aparato también intentó desprestigiar a Lucía Barrera y su testimonio.

Lucía fue, en 1989, víctima de la violencia desatada por la ofensiva del FMLN y la respuesta del ejército. Las balaceras la sacaron de su casa en Soyapango, como a miles de salvadoreños en la ciudad y su periferia. Fue a parar, con su esposo e hija, al recinto universitario, donde durmió la noche de la matanza.

Desde la ventana de un habitación prestada vio lo que pasaba en el jardín de al lado, en las afueras de la casa donde dormían Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Joaquín López, Juan Ramón Moreno, Elba Ramos y su hija Celina. Vio los uniformes de los soldados del batallón Atlacatl que, dirigidos por los tenientes Ricardo Espinoza Guerra y Yusshy Mendoza Vallecillos, habían sido enviados a la UCA con órdenes de matar a Ellacuría sin dejar testigos.

Aquella órdenes las dieron miembros del estado mayor conjunto de la Fuerza Armada de El Salvador y del alto mando del ejército. Las investigaciones judiciales posteriores, ordenadas por la Audiencia Nacional y la fiscalía de España, de donde eran nacionales varios de los sacerdotes, han descubierto también que hubo un intento masivo de la administración Cristiani por encubrir a los asesinos intelectuales y a los materiales.

En los próximos meses, si todo termina como lo ha pedido la fiscalía española, en Madrid enfrentará juicio por estos hechos el coronel Inocente Orlando Montano, viceministro de la defensa en 1989 y, cuando eso ocurra, toda la prueba recabada, incluido el testimonio de Lucía Barrera de Cerna, será del dominio público.

Treinta años han pasado desde que aquellos soldados a los que vio Lucía ejecutaron, sin reparos, con toda la brutalidad que la guerra les había enseñado, las órdenes de matar a sangre fría a civiles que nunca les opusieron resistencia. Y poco menos desde que el estado de El Salvador, sus elites políticas, utilizaran sin reparos al sistema de justicia para encubrir y proteger a los culpables. Ayer, sábado 16 de noviembre de 2019, la Universidad Centroamericana conmemoró, como lo hace desde 1990, estos martirios.

Uno de los actos iniciales de la conmemoración de este año fue la presentación de «La Verdad», el libro que Lucía Barrera escribió junto a la académica estadounidense Mary Jo Ignoffo. Ahí está escrita la primera verdad sobre la masacre, la que el poder quiso ocultar y a la que Lucía se aferró a pesar del hostigamiento y a las torturas psicológicas a las que la sometieron los gobiernos de El Salvador y Estados Unidos en las postrimerías de la masacre.

En ese libro está la verdad de Lucía, que abrió la ventana a otras verdades sobre aquello. Es vital, hoy, que las nuevas generaciones de salvadoreños conozcan aquellas verdades. La generación de los hijos de quienes, peinando apenas los 20 años, vivimos de cerca aquella masacre y aquel país desangrado, tiene que saber cómo mata el poder a quienes se le oponen, como intenta denigrarlos, empequeñecerlos, hasta asesinarlos. Ese poder, en 1989, mataba, como mató a Ignacio, a Segundo, a Nacho, a Amando, a Joaquín, a Juan Ramón, a Elba y a Celina.