El «millennial» salvadoreño

Dicen que los «millennials» o la Generación Y, conformada por quienes nacimos entre finales de los ochenta y 2000, aproximadamente, nos hemos tomado el mundo, reinventando las formas de comunicación (desde lo digital hasta el cara a cara). Somos más contestatarios, más «rebeldes», menos conformistas, disruptivos, innovadores e inquietos.

Nos atribuyen, sin embargo, un excesivo individualismo y egocentrismo expresado en selfis, perfiles en redes sociales y celulares de última generación que cuestan demasiado. Protestamos por todo pero desde la seguridad que nos ofrecen Twitter y los «me gusta» de Facebook. Acumulamos firmas llenando formularios por internet para apoyar causas benéficas en lugares que quizá ni conocemos.

Dicen que trabajar con los «millennials» es difícil porque, aunque somos muy creativos e innovadores, nos desmotivamos con facilidad. Nuestro compromiso con una empresa no supera los dos años y buscamos crecer rápido profesionalmente, pero esperando a cambio excelentes beneficios laborales, flexibilidad en los horarios, tiempo para disfrutar, viajar y un buen sueldo.

Queremos vivirlo todo ahora, que nuestras interacciones con las marcas sean una experiencia de gran calidad, pero sin dañar el medio ambiente. Y si no nos gusta, lo decimos, sin miedo, y lo reproducimos a todos nuestros conocidos en las redes sociales; quienes, además, comentan y discuten con nosotros sin miedo a discrepar.

Además, dicen que somos más incluyentes, que aceptamos la diversidad y a quienes son distintos a nosotros con más naturalidad: gays, extranjeros, tatuajes, piercings y demás no nos molestan ni nos alegran. No tenemos que esforzarnos por «aceptarlos», porque consideramos que son parte de la sociedad.

Dicen también que para nosotros aquello de las jerarquías no aplica. Las figuras de autoridad desaparecen y se convierten en uno más, al mismo nivel, que puede ser juzgado, criticado y tratado en igualdad de condiciones que uno mismo. Los jefes, los sacerdotes, los maestros y sobre todo los políticos dejan de ser intocables, e incluso están más propensos al escrutinio por su relevancia social como figuras de poder y autoridad.

Para los «millennial», la transparencia es un valor imprescindible. Esto aplica para la vida personal y para el Estado. Requieren información, buscan políticos distintos, personajes abiertos, menos estructurados, más Obamas –o Nayib Bukeles para llevarlo al plano nacional–, en el sentido de la naturalidad, la cercanía y la interacción a través de aquellos medios con los que se comunican (no sé si aquí entran los calcetines excéntricos, pero bueno).

Y por último, los «millennial» no tienen como prioridad tener hijos. Por tanto, son una generación multitudinaria que se ha convertido en la gran fuerza laboral del mundo y está dispuesta a disfrutar la vida sin grandes responsabilidades, como criar a otro ser humano.

Mi reflexión en torno de todas las características de esta interesante generación tiene que ver con que muchísimos de los integrantes de las maras en nuestro país son «millennial». Lastimosamente, es imposible decir que calzan con el perfil.

No soy socióloga y no quiero predecir que sea una «generación perdida», porque El Salvador es más que las maras y, por tanto, el llamado es: «millennials» salvadoreños, hagámonos sentir, somos la generación disruptiva.

La primera versión de esta columna fue publicada en febrero de 2018.

Los próximos cinco años

El próximo 1.º de junio tenemos nuevo presidente de la república, el primero en la posguerra en ser elegido fuera de uno de los partidos tradicionales. Gran parte del éxito o fracaso de la próxima administración será definida por cómo se identifiquen, prioricen y se enfrenten los distintos desafíos que tenemos como país en este momento.

Los problemas en El Salvador abundan. En 2018 se cerró con una tasa de homicidios de más de 50 por cada 100,000 habitantes, lo cual nos posiciona como el país más violento del Triángulo Norte. Tenemos una deuda pública que sobrepasa el 50 % del PIB. Alrededor de 15 % de estudiantes graduados de bachillerato se matricula para educación superior, y muchos menos logra concluir sus estudios universitarios (cosa que ni el mismo presidente electo logró completar a pesar de tener recursos para hacerlo). Y como estos podemos comenzar a nombrar muchos datos alrededor de la violencia, salud, educación y finanzas públicas que sugieren que las cosas tienen que comenzar a cambiar para bien. Es importantísimo que se sepa muy bien a lo que nos enfrentamos como país y qué lo está causando. Esto se puede coordinar con universidades, ONG y tanques de pensamiento que llevan décadas en este esfuerzo. La lucha no es contra los medios, contra la democracia o contra rivales políticos.

El siguiente paso después de un diagnóstico adecuado de los problemas de país es priorizarlos. Si en algo fue bueno el FMLN es en sacarle más dinero a la población por medio de impuestos. El Estado ahora ingresa mucho más dinero de lo que ha ingresado históricamente (un crecimiento de más del 20 % en los últimos tres años). Si bien esto le da mucho más recursos al Estado, estos no dejan de ser limitados. No podemos resolver todos los problemas del país en cinco años, pero sí se puede hacer algo por lo que más está aquejando a la población. El dinero no solo alcanza cuando nadie roba, el dinero alcanza cuando sabemos invertirlo adecuadamente en proyectos que van a tener un impacto positivo. Cada dólar invertido en una iniciativa es un dólar menos que se pudo invertir en otra. Es esencial saber dónde sí y dónde no dirigir los fondos públicos.

De nada sirve que tengamos identificados y priorizados los problemas de El Salvador, si no implementamos acciones concretas para enfrentarlos. Casi tan importante como la implementación de los planes son quienes serán responsables por impulsarlos. Por lo menos en este sentido hemos visto algunas elecciones de personas que parecen competentes, que están más y mejor preparadas que el presidente electo. Vale la pena darles el beneficio de la duda; exigir en los desaciertos y reconocer cuando se avanza. Al final serán ellos quienes decidan cómo invertir los fondos públicos. Algo muy importante es saber distinguir entre gasto e inversión. El gasto es algo que no traerá ningún beneficio futuro, como pagar electricidad, un carro nuevo para un funcionario o una cena. La prioridad debería ser dirigir lo más que se pueda fondos públicos a inversión o proyectos donde podamos medir un impacto a futuro, y sepamos que lo que se invirtió resultó en algo de más valor para la sociedad.

La situación en la que la administración Bukele hereda el país no es fácil, pero sería un gran error enfocarse en apuntar dedos a culpables. Ya todos sabemos dónde está el país y quienes lo llevaron a la situación actual. Lo que necesitamos es tener más soluciones y trabajo, menos revanchismo y marketing político. Para la oposición también sería un error intentar boicotear cualquier iniciativa solo porque venga de un rival político. Cada iniciativa debe ser discutida y contemplada por sus propios méritos, si beneficia a la población o no, no por quienes la impulsan.

Gabinete de Seguridad

El primer asunto que debe de enfrentar el presidente electo, Nayib Bukele, en el tema de seguridad pública es el de las pandillas.

A estas alturas, después de las treguas de la administración Funes y las más locales auspiciadas por alcaldes y candidatos de los principales partidos políticos, y después de las políticas de exterminio impulsadas por la administración Sánchez Cerén, el de las pandillas es un tema impostergable.

Las treguas, legítimas si se entiende que la negociación desde el Estado es una política plausible en una democracia, siempre y cuando el Estado imponga el tono, y siempre y cuando lo haga desde la legalidad, no fueron solución porque se hicieron desde la oscuridad.

Los actores políticos que emprendieron las treguas tuvieron casi siempre como norte beneficios electorales o partidarios, no el bien público; por eso las hicieron desde la oscuridad, de espaldas a los ciudadanos afectados por la violencia pandillera.

El uso ilegal de la fuerza pública, cuyas principales expresiones durante la administración saliente del FMLN fueron las ejecuciones extrajudiciales, la persecución ilegal de jóvenes en zonas dominadas por pandillas y la tolerancia de esas ilegalidades desde altas jefaturas en la Policía y el Ejército, ha producido resultados mixtos.

Viendo las cifras de homicidios en los últimos años es imposible negar que ha habido una reducción de asesinatos desde 2015, cuando en los albores de la administración Sánchez Cerén, las pandillas respondieron con violencia brutal al fin de cualquier posibilidad de diálogo con el Gobierno. No puede decirse lo mismo del delito de extorsión. Las pandillas habían aprendido que los asesinatos son su principal capital político.

El problema con el uso ilegal de la fuerza pública como política de Estado es, primero, ese: es ilegal. Ninguna democracia puede esperar resultados positivos de la ilegalidad. Incubar escuadrones de la muerte en las fuerzas policiales y militares solo significa que el Estado ha renunciado a todos los principios de convivencia social que, se supone, ordenan la convivencia democrática. Y, en la práctica, esto implica que cualquiera de nosotros, al final, puede ser víctima de un Estado capaz de violar los derechos de sus ciudadanos desde el derecho a la privacidad hasta el derecho a la vida.

Al final, y como bien lo prueban las escaladas de violencia protagonizadas como las pandillas con regularidad, esta política de violencia estatal ha probado ser ineficiente. Las autoridades viven diciendo que han debilitado a la MS-13 y al Barrio 18, que han empezado a recuperar los territorios que ambos grupos controlan. Pero a juzgar por la situación que aún se vive en esas comunidades, y por la capacidad intacta de los pandilleros para matar, aun policías y militares, está claro que esas afirmaciones gubernamentales aceptan muchísimos matices.

Nayib Bukele, quien ha llegado al poder abanderado en buena medida por un discurso de alejamiento con las formas políticas tradicionales en el país, tiene el inmenso reto de abordar el asunto de las pandillas desde la creatividad, la valentía y el compromiso con las normas esenciales de la democracia. Esto pasa, primero, por definir con claridad cómo interactuará su gobierno con la MS-13 y el Barrio 18.

La primera señal, en esto, debe de ser el nombramiento de su Gabinete de Seguridad: la vuelta a comisionados de la PNC comprometidos con la ilegalidad y la corrupción sería fatal. Ya dio, Bukele, una señal positiva sobre su gabinete al nombrar a Alexandra Hill como canciller (una profesional sin pasado político oscuro y con experiencia real en Washington, capital del más importante socio político del país). Si es cierto que, en el caso de Relaciones Exteriores, Bukele trascendió a las demandas de los grupos de influencia que le rodean, es imperativo que lo mismo aplique en el tema de seguridad pública. Ese es el asunto más urgente.

La ficción y los derechos humanos

La ficción y los derechos humanos tienen una conexión fundamental pero conflictiva. En su libro “La invención de los derechos humanos” (2007) Lynn Hunt sostiene que el cambio cultural relacionado con el nacimiento de los derechos humanos en Europa en el siglo XVIII estuvo ligado al auge de la novela epistolar en la década de 1740. Los lectores cultivaron una sensibilidad de igualdad, ya que simpatizaban con los personajes “comunes” de novelas como “Pamela” (1740), de Samuel Richardson, en la que la protagonista es una criada y su patrón intenta seducirla, y “Julie” (1761), de Rousseau, sobre una mujer de clase media. En el elogio de Denis Diderot para Samuel Richardson, publicado en 1762, Diderot explica que la escritura de Richardson lo llevó a identificarse profundamente con el personaje central.

En el caso de El Salvador la influencia del discurso de los derechos humanos más directa y reciente se puede atribuir en parte a la fase documental de los Acuerdos de Paz de 1992, que incluía un mandato para investigar las violaciones de los derechos humanos cometidos durante la guerra más reciente. Desde julio de 1992 hasta marzo de 1993, la Comisión de la Verdad escuchó más de 2,000 testimonios y recopiló información de 20,000 declaraciones de testigos adicionales. El proceso público de narrar la experiencia personal, dar testimonio oral a una organización internacional, tener esto registrado en términos del discurso universal de los derechos humanos y, luego, almacenar estas narraciones en un “archivo oficial” es un proceso que continúa siendo representado en múltiples formas en la literatura salvadoreña.

Un creciente número de obras en Centroamérica después de las guerras más recientes en El Salvador y Guatemala se pueden incluir en esta categoría de literatura sobre los derechos humanos como “Insensatez” (2004), “Tirana memoria” (2012), y “Moronga”, de Horacio Castellanos Moya (2018), y “Material humano”, de Rodrigo Rey Rosa (2009). Estas son obras de “ficción” pero, en cada caso, hacen uso del documento histórico como base estructural del relato. Las tramas tienen que ver con protagonistas que hurgan en archivos llenos de documentos históricos o en el caso de “Tirana memoria”, el relato se basa en un diario histórico ficticio y los eventos siguen la línea de tiempo del martinato en El Salvador. El documento histórico se vuelve aún más importante con el paso del tiempo, puesto que hay más escritores que no fueron protagonistas directos en esas guerras por ser niños en los años ochenta o por nacer después. A esta categoría se suman “Noviembre” (2015), de Jorge Galán; y “Roza tumba quema” (2017), de Claudia Hernández, dos novelas de escritores que no vivieron directamente las historias que narran; retoman los eventos de la guerra más reciente pero dependen ya más de documentos históricos y de los testimonios de otras personas para poder contar esas historias.

Representar el pasado como ficción constituye una trampa potencial para los derechos humanos, dado que la introducción de la imaginación en el ámbito de la memoria puede desacreditar el testimonio personal como una representación fiel del pasado. Al mismo tiempo hay que reconocer que siempre ha habido intersecciones y puntos de fricción entre la ficción y el documento histórico. Por ejemplo, está el caso del testimonio de “Miguel Mármol” (1972), de Roque Dalton, en que Dalton revela que su compromiso en dar a conocer la vida de Mármol no es contar la verdad histórica, sino transformar la realidad. El punto focal se convierte, entonces, en la fusión de la ficción y el documento histórico, el espacio liminal entre la narración y el archivo y las prácticas experimentales que desafían la comprensión tradicional de qué es la ficción y de lo que este medio puede hacer para crear una cultura de derechos humanos.

Salvadoreños: capital humano en el mundo

En esta época del año, las redes sociales y el WhatsApp se empiezan a llenar de fotos de playas, viajes, torrejas, alfombras… ¡vacaciones!

Y entonces, a uno le dan ganas de estar –bebida en mano–, disfrutando junto a todos los salvadoreños que hacen de esta semana una festividad que ya es una tradición casi patrimonial a lo largo y ancho del país. En Chile, el día libre se limita al viernes y las actividades religiosas son poco vistosas y poco concurridas, o al menos esa ha sido mi sensación durante los últimos seis años.

Para aprovechar los días libres, cientos de salvadoreños salen del país extendiendo una ola de compatriotas por el mundo. Este ejercicio de recordar las costumbres y celebraciones propias del país e imaginar a quienes estarán recorriendo diferentes lugares me hizo recordar el libro «El país que viene: jóvenes en el extranjero».

Entre sus páginas, más de 60 jóvenes que han emigrado cuentan sus historias de vida desde la perspectiva que solo vivir fuera del país de origen entrega. Algunos de los participantes han superado barreras de lenguaje, miles de kilómetros de distancia y diferencias culturales relevantes con diversas motivaciones: estudiar, mejorar su calidad de vida, superarse profesionalmente, cumplir un sueño.

Algunos de los protagonistas son parte de una segunda generación cuyos padres emigraron, sin embargo, sienten como propia la nacionalidad salvadoreña.

Una de las grandes contribuciones de este libro, editado por Diego Echegoyén, es que logró reunir, a pesar de la distancia, las historias de decenas de jóvenes que representan el talento salvadoreño distribuido por el mundo.

Desde sus ámbitos de acción, estos jóvenes autores contribuyen con llevar el nombre de nuestro país a escala internacional, posicionándolo desde una mirada positiva y relevante en temas como tecnología, historia, deporte, música, pedagogía, derechos humanos y emprendimiento, entre otras actividades.

Reconocer el talento que se encuentra distribuido en diversas partes del mundo, con ADN salvadoreño, va mucho más allá de ser excesivamente patriótico. En un contexto de país complejo, en el que es más fácil encontrar historias de violencia, delincuencia y pobreza, es importante darnos cuenta de que también contamos con un capital humano valioso y reconocido a escala internacional.

Tal como afirma el editor del texto, «crear conciencia sobre el capital social que representan los salvadoreños en el exterior proyectando la imagen y el posicionamiento que significan para nuestro país es uno de los objetivos del libro».

La relevancia de este compilado de historias –y uno de los aspectos que, a mi juicio, le agrega valor–, tiene que ver con la transparencia y el espíritu transversal de superación de sus protagonistas. El libro está construido por diferentes individuos motivados por un sueño personal enlazado con una visión de país que comprueba que es posible ir más allá de los colores políticos, al sumar los talentos individuales, con un sueño común.

Las 60 historias que este libro recoge hacen un maravilloso recorrido por las vidas de personas comunes y corrientes, como yo, que por alguna razón no viven en El Salvador. Las distintas visiones de cada uno enriquecen de manera excepcional lo que significa ser salvadoreño y, lo más importante, nos permiten reunirnos en torno de un tema común, que se construye a partir de la suma de experiencias diferentes.

El mercado de videojuegos

La industria de videojuegos generó más de $138 mil millones en 2018, un aumento de más del 13 % respecto al año anterior. El conglomerado chino Tecent, dueño de Epic Games (creadores del juego Fortnite), y Supercell (creadores de juegos como Clash of Clans y Clash Royale) tiene un valor de mercado de unos $450 mil millones. Para ponerlo en perspectiva, el valor de Tencent es 18 veces el tamaño de la economía total de El Salvador. Activision Blizzard tiene un valor de mercado de unos $36 mil millones y genera alrededor de 10 mil empleos.

Así como Tencent y Activision Blizzard, hay muchas empresas parecidas que han venido creciendo y evolucionando desde que los videojuegos comenzaron a propagarse comercialmente a finales de los años ochenta.

Los «millennials» fuimos la primera generación que nació junto a los videojuegos. Juegos como Super Mario Bros y Duck Hunt tocaron la vida de muchos y nos entretuvieron por miles de horas. Sin embargo, la industria ha tenido una serie de ciclos de innovación desde que comenzaron a propagarse en el mercado con empresas como el Nintendo y Atari.

La experiencia alrededor de los videojuegos en los años noventa era mucho más «offline» que ahora. Era usual que grupos de amigos se juntaran en una casa a jugar Mortal Kombat, Street Fighter o Mario Kart. No siempre todos jugaban al mismo tiempo, y aun así el simple hecho de ver a uno de tus amigos pasando algún mundo de Super Mario World era suficiente entretenimiento, siempre y cuando el control te llegara eventualmente cuando fuera tu turno. De alguna forma, y aunque todo era proyectado en un televisor, al final siempre terminaba siendo una experiencia social.

Las consolas fueron evolucionando, de tal manera, que más gente podía interactuar al mismo tiempo. Títulos como Mario Party y Mario Kart permitían que cuatro personas pudieran jugar simultáneamente conectadas en la misma consola. Sin embargo, paralelo a la evolución de las consolas, a finales de los años noventa, los juegos de PC, que no necesitaban ser jugados en una consola como un Playstation o Nintendo 64, también iban evolucionando, integrando el internet. Temas como Age of Empires permitían que hasta ocho personas pudieran estar jugando el mismo juego, cada uno desde su casa, en su computadora por medio del internet.

Eventualmente las consolas también incorporaron la conexión a internet, lo cual comenzó a modificar la dinámica de juego. Aunque los grupos de amigos se reunían físicamente a jugar juntos, los partidos en línea comenzaron a ser más populares. Naturalmente es mucho más cómodo y fácil de coordinar que la alternativa «offline».

La industria de videojuegos tuvo su última gran transformación con la llegada de los «smartphones». Desde la introducción del iPhone al mercado, los teléfonos han servido para mucho más que solo hacer llamadas por teléfono, y las empresas de videojuegos han sabido capitalizar muy bien esta oportunidad. Solamente en 2018, entre las tiendas virtuales de Apple y de Google Play, se descargaron más de 113 mil millones de juegos para «smartphones». Lo curioso es que la distribución demográfica también ha ido evolucionando. Mientras que antes la mayoría de consumidores de videojuegos eran hombres, ahora las mujeres son mayoría en cuanto a descargas de juegos para «smartphones».

Sin duda es una industria fascinante, la cual provee a millones de personas alrededor del mundo un canal de entretenimiento. De cierta forma, los videojuegos compiten contra otras industrias de entretenimiento como eventos deportivos, televisión por cable, el cine y hasta la vida nocturna. Con la adopción de procesamiento en la nube y a medida vamos teniendo conexiones más rápidas al internet, la industria seguramente tendrá otro ciclo de evolución en la próxima década, fortaleciendo su modelo de negocios y encontrando nuevos nichos de mercado.

Veinte años de nada

Cuando el 4 de abril de 1999 la niña Katya Natalia Miranda Jiménez fue violada y asesinada en la Costa del Sol, la Fiscalía General de la República (FGR), la Policía Nacional Civil (PNC) y los tribunales eran, en esencia, instrumentos de las élites políticas para salvaguardar su impunidad. Eso hacía de ambas instituciones cuerpos muy deficientes en el cumplimiento de sus deberes constitucionales.

Katya Miranda, violada y asesinada a pocos metros de un rancho de playa en el que había dormido junto a su padre y su familia paterna, se convirtió desde su muerte en un doloroso recordatorio de esa impunidad perenne que 20 años después sigue ahí, intratable, carcomiendo a las cortes, a la Policía, a la FGR.

Al final, cuando se echa la vista atrás sobre las instituciones que forman el sistema de justicia salvadoreño lo único que se observa es un inmenso valle de impunidad. Habrá, acaso, algún par de picos marcados por la gestión de un puñado de funcionarios independientes que algo intentaron a pesar del poder político. Pero en general el paisaje es desolador.

Para entender por qué la muerte y violación de Katya Miranda fue un reflejo de todo eso hay que volver, siempre, a las circunstancias de los crímenes.

A la niña la sacaron de un rancho en el que dormían su padre, que era entonces escolta del presidente de la república; y su tío, que era el segundo al mando de la División de Investigación Criminal, una de las unidades más letales de la PNC. A la niña la sacaron de un rancho en el que había mucha gente armada. Nunca, ni por un instante, creí que alguien ajeno a ese rancho haya podido sacar a Katya de ahí.

La segunda circunstancia, esencial a todo acto de impunidad, tiene que ver con el encubrimiento. Y en esto el rol de la Fiscalía es muy importante. La Fiscalía, primero bajo las órdenes de Manuel Córdova Castellanos y luego bajo las de Belisario Artiga, se aseguró de que todo se hiciera para que el crimen no fuera resuelto; para que no hubiera justicia. Desde la intervención inicial en la escena del crimen hasta la fabricación de testimonios falsos, la FGR aplicó, íntegro, el manual del encubrimiento que en El Salvador de la guerra había escrito uno de sus puntos más dolorosos tras la masacre de la UCA en 1989, 10 años antes.

Y, como en el caso de los jesuitas, en el de Katya se involucró todo el Estado, no solo el ministerio público, los tribunales y la PNC. La Presidencia de la República, entonces en manos de Armando Calderón Sol del partido ARENA, hizo lo propio a través del Organismo de Inteligencia del Estado. El OIE abrió una investigación paralela cuyo único objetivo fue, de nuevo, obstaculizar la procuración de justicia.

En la década que siguió a la muerte de Katya Miranda, el crimen organizado acompañó al poder político, haciendo simbiosis con él, para apoderarse del aparato salvadoreño de investigación criminal y del de justicia. La década de 2000 fue el periodo en que el narco y los operadores políticos que le servían dejaron su huella en esas instituciones. Muchos de los protagonistas fueron los mismos. Muchos siguen vigentes en la política.

En la segunda década después de la muerte de Katya, la Fiscalía se convirtió, bajo el liderazgo de Luis Martínez, en un lupanar al servicio de narcos, políticos y empresarios corruptos y de cualquiera que pudiera pagar por hacer lo mismo que ocurrió en 1999: encubrir crímenes, inventar pruebas, perseguir a inocentes.

Buena parte de eso último está documentado en el expediente judicial de la llamada Operación Corruptela, en la que, por cierto, aparece el nombre del actual fiscal adjunto como sospechoso de recibir sobornos. Nada ha cambiado en 20 años.

El pensamiento mágico

Cuando mi hija se pasó a dormir en su propio cuarto le colgué un crucifijo de bronce en la pared, arriba de su cuna, sobre una placa de madera. Y eso que no soy religiosa. Lo hice porque había sido mío de niña, me parecía hermoso y porque era un símbolo de protección. La placa estaba suspendida por una cinta amarilla y sobre la madera estaba pintada la imagen de un ángel querubín. Cada noche, antes de acostarme, entraba a revisar la respiración de mi hija, a ver que estaba tapada bien, pero no sé cuando me empecé a fijar tanto en la cruz. Mi gran temor era que alguna noche entraría a su cuarto y encontraría invertido el crucifijo, como en películas de mi juventud, como «La profecía» o «La maldición de Damien», y a saber qué caja de pandora se abriría entonces. En mi mente lógica sabía que eran temores que no correspondían a la realidad y, por eso mismo, pasó mucho tiempo en que no le comenté nada de esa rutina a nadie. Entender que no era lógico no me ayudaba en esos momentos y, a veces, revisaba su cuarto, me calmaba, y tenía que volver en algunos momentos para ver que seguía colgado el crucifijo de la misma forma. Nunca se me ocurrió quitarlo de la pared y evitar todo ese proceso, porque eso habría dejado a mi hija sola y expuesta a todas esas fuerzas potenciales del mal sin, ni siquiera, cualquier mínima protección que le aportaba esa placa católica. Repito, no soy religiosa, pero lo que pasa es que mi escepticismo se extiende hasta los campos de la ciencia y la razón. No creo que nadie tenga las respuestas absolutas ni la perspectiva necesaria para entender ni explicar cómo funciona la experiencia humana.

La primera vez que oí mencionar el «pensamiento mágico» fue en un libro de Joan Didion, en que la autora describe cómo los rituales de su vida cambiaron cuando lidiaba con las enfermedades y, al fin, el fallecimiento de su marido e hija dentro del espacio de dos años. Para Didion, el hecho de no deshacerse de los zapatos de su marido, por ejemplo, aun después de su muerte, significaba que de alguna forma seguía existiendo la posibilidad de que él iba a volver y poder usarlos otra vez. La forma de razonar de la autora en ese tiempo iba en contra de la realidad empírica y todo ese libro tiene que ver con la misma insensatez que, de cierta forma, le da orden a la vida humana, sobre todo en momentos así, de crisis o de agobio.

Cuando encontré ese libro de Joan Didion sentí que la autora había puesto por escrito algo que yo ya había experimentado en mi propia vida. El crucifijo de mi hija quedó guardado en una caja en alguna cambiada de casa. El pensamiento mágico ahora tiene que ver con el acto de buscar señas en las cosas que uno encuentra en la calle o en las cosas que mira en el camino, pero también en tratar de actuar sobre ese mismo universo y de negociar con él. Es el acto de colgar un amuleto contra el mal de ojo o usar una pulsera de pita roja para la protección. Es cuando alguien te da un collar o unos aretes y perderlos o deshacerse de ellos significa, de alguna forma, perder algo de la conexión con esa persona. Es cuando se cae una fotografía y uno se preocupa que algo le ha sucedido a esa persona en ese instante. Es el silencio que sigue después de romper un espejo o cuando uno experimenta el «déjà vu». En fin, Joan Didion dice que la experiencia humana no se corresponde con explicaciones lógicas, cuando pierdes a alguien lo percibes con el corazón, no con el cerebro: «Es una sola persona que ya no está, pero es el mundo entero que ahora está vacío».

Una herramienta hacia el desarrollo sostenible

Las empresas y organizaciones son actores clave en nuestro entorno. De ellas dependen muchos factores de crecimiento económico, desarrollo social y situación ambiental de los países. Por tanto, son entidades sumamente relevantes que pueden contribuir o afectar el desarrollo sostenible.

Por tanto, se han creado diversas iniciativas para incentivar internacionalmente el monitoreo de la gestión integral de las empresas y su aporte al desarrollo sostenible. Los reportes de sostenibilidad y memorias integradas son instancias que las empresas modernas y conscientes de su rol en la sociedad pueden utilizar para hacer un ejercicio de análisis y evaluación interna de gestión a escalas social, económica y ambiental de su quehacer.

Usualmente, a partir de marzo, las empresas u organizaciones empiezan a publicar sus memorias anuales, documentos donde dan cuenta de su gestión financiera. Algunas entidades también publican reportes de sostenibilidad, informes adicionales donde relatan cómo abordan los temas sociales y medioambientales que se convierten en poderosas herramientas de comunicación.

Esta práctica de reportabilidad ha ido evolucionando y, actualmente, la tendencia es publicar un único documento llamado «memoria integrada» en el que se entrelazan los ámbitos de gestión económica, social y ambiental de la organización.

Estos informes son herramientas que, más allá de lo que exigen las leyes de cada país, tienen como objetivo generar una cultura de transparencia y diálogo de las empresas, instituciones u organizaciones con sus respectivos grupos de interés: inversionistas, accionistas, autoridades, trabajadores, proveedores, sociedad en general, entre otros.

La idea es contar con un documento de acceso público, muchas veces auditado por un tercero independiente, que entregue información relevante y verificada sobre la administración de las organizaciones. Estos documentos incluyen los focos estratégicos de la organización, sus resultados, compromisos y metas como un ejercicio de autoevaluación anual con una mirada transversal, es decir, que no se enfoca únicamente en el desempeño económico y los resultados financieros, sino que reúne la información de cómo se administran los recursos sociales y ambientales para llegar a dichos resultados.

Adicionalmente, organizaciones como Pacto Global de las Naciones Unidas apoyan este tipo de prácticas porque es una forma de generar trazabilidad sobre cómo las empresas aportan al desarrollo sostenible. Estos documentos se construyen según diversas metodologías. Una de las más conocidas es el GRI o Global Reporting Initiative (por sus siglas en inglés), que ofrece una serie de indicadores en aspectos relevantes de gestión como gobierno corporativo, personas, proveedores, comunidades, medio ambiente, etc. De esta manera, las organizaciones y sus grupos de interés, pueden monitorear anualmente los resultados de su accionar en estos ámbitos. Esta metodología tiene la virtud de incorporar a estos últimos como parte del proceso.

Las memorias integradas también cuentan con lineamientos internacionales, como los que brinda el International Integrated Reporting Council (IIRC), que ofrecen definiciones universales sobre cómo elaborar una memoria integrada. El IIRC exige un énfasis especial en la gestión de riesgos, con una mirada a largo plazo.

Los ejercicios de reportabilidad son también una herramienta interna de las organizaciones para monitorear sus riesgos, para escuchar a sus grupos de interés y para contribuir con el desarrollo sostenible.

En Latinoamérica, esta práctica es aún incipiente, pero ha ido ganando terreno en los últimos años. La invitación es a que cada vez más empresas salvadoreñas se sumen a esta buena práctica, y reporten con estándares internacionales con el objetivo de sumarse al desarrollo sostenible.

Latinos y gringos

Trabajando en varios países de Latinoamérica uno se da cuenta que hay diferencias entre nosotros, la mayoría son pequeñas, pero se notan. Pienso que en promedio la mayoría de latinos tenemos más o menos los mismos vicios y las mismas virtudes. Eso hace que adaptarse a cualquiera de estos países no tenga mayor complicación.

Desde hace unos seis meses he estado estudiando una maestría en Estados Unidos, y si bien no es lo mismo que trabajar, la dinámica académica tiene destellos de cómo se desenvuelve la cultura «anglosajona» en lo laboral. Las diferencias acá son varias, más marcadas. Estas son algunas de las diferencias que he notado en seis meses conviviendo con latinos y gringos (vale la pena destacar que esta lista es con base en nadita más que mi mera percepción y no pretende ser un estudio serio).

Reuniones: se trata de tener las menos posibles, el coordinar que varias personas se junten es bastante difícil. Se dedica poco tiempo para conversaciones de temas no relevantes a la reunión y se va al grano casi desde el principio. A la hora de describir una historia o de contar algo, por lo general, un gringo es mucho más estructurado: «Pasó A por las razones B y C. Para resolverlo vamos a hacer D». Por otro lado, cuando los latinos empezamos una reunión nos gusta comenzar con un «¿y cómo estás? ¿Qué tal el fin de semana?» y así. A la hora de contar una historia nos gusta construir narrativa y ser más descriptivos. Todo esto, pienso, nos lleva a construir relaciones y amistades más cercanas con nuestros equipos y compañeros de trabajo, y también a que nuestras relaciones sean menos transaccionales.

Puntualidad: aunque siempre hay excepciones, a los gringos les gusta mucho la frase «If you’re on time, you’re late» que es algo como «si llegás a la hora exacta, ya estás tarde». La puntualidad es la norma y no la excepción. La gente es muy respetuosa del tiempo de los demás. Esto, me parece, es reflejo de una cultura más rígida y estricta. Nosotros, por el contrario, pocas veces somos puntuales, pero también pienso que podemos ser más flexibles; y eso puede ser una gran ventaja tanto en lo personal como en lo profesional.

Orientación al servicio: este es un atributo más complejo y he notado que cambia de ciudad en ciudad. La amabilidad con la que te pueden tratar en un comercio no es la misma en Austin que en Nueva York. Sin embargo, la atención al cliente tiene altos estándares; si se trata de una devolución, cambio o cualquier problema con el envío de algún artículo casi siempre tratan de enmendarlo y de darte algo extra por la dificultad que tuviste. Esto es algo más difícil de encontrar en Latinoamérica. Si un cliente tiene algún inconveniente solo algunas empresas tratan de enmendarlo, con otras (muchas más) es muy probable que solo te llevés la mala experiencia. En lo que sí pienso que nadie nos gana es en el carisma. El trato humano, por lo general, es mucho más agradable y detallista en Latinoamérica.

De nuevo, esto no tiene fundamento más que el de mi experiencia. Nunca cae mal dar un paso atrás y fijarse un poquito en las diferencias culturales que podemos tener. Para bien o mal esas diferencias son reflejo de nuestra identidad y hacen un proceso de adaptación muy interesante.