Nuestro Tiempo: ¿Licuadora Ideológica?

Desde la separación de Johnny Wright y Juan Valiente de ARENA, muchos hemos seguido con interés la formación de su nuevo partido: Nuestro Tiempo. Guiados por la constante decepción de ARENA y el FMLN, muchos vimos en este nuevo esfuerzo una oportunidad para quebrar con las malas prácticas de hacer política del pasado y comenzar a llenar el espacio público de perfiles honestos y capaces.

Ha sido muy alentador ver perfiles de gente muy preparada y con espíritu de servicio (Leonor Selva, Aída Betancourt, Javier Cándido, etc.) en las elecciones internas de Nuestro Tiempo. Hay que tener mucha valentía en estos tiempos de acoso virtual y abusos de poder para animarse a participar en puestos de elección pública. Sin embargo, algo que siempre me ha inquietado sobre el partido, como lo comenté en una columna en 2019, es la falta de claridad en cuando a posturas e ideología. Pienso que vale la pena revisitarlo, y preguntarse qué postura tiene Nuestro Tiempo sobre temas relevantes como el manejo del sistema de pensiones, o sobre la protección deliberada a ciertos sectores económicos como el azúcar, o sobre el rol del Estado para el desarrollo de la economía, y muchos temas más.

Reconozco que la diversidad de pensamiento siempre es saludable dentro de cualquier organización. El debate sano ayuda no solo a que surjan mejores soluciones, también fomenta valores democráticos que tanta falta hacen en la política salvadoreña. Sin embargo, hay perfiles que tienen posturas diametralmente opuestas en aspectos tanto económicos como sociales dentro del partido. El ejemplo más claro que se me ocurre es el de Bertha DeLeón, quien tiene muchísimas credenciales como abogada y activista social, pero, probablemente, tiene posturas muy distintas a otros perfiles dentro del partido. Esto hace que sea difícil trazar una línea de pensamiento clara o una idea que una al partido completo.

Leonor Selva explicó esta semana, en una columna publicada en este periódico, lo que ella piensa que une a todos los candidatos de Nuestro Tiempo: «Una vocación democrática irrenunciable e innegociable», «un profundo desprecio a la corrupción, el abuso de poder y el ejercicio de la función pública para el beneficio propio y no de la sociedad» y «una visión centro-humanista, que no es más que la convicción de que la libertad y el bienestar de la persona es el fin y el origen del Estado». Todas me parecen excelentes guías para el ejercicio de la política, aunque, a mi parecer, no dejan de ser muy genéricas. Es un poco triste que un partido destaque por expresar explícitamente ideales tan básicos que deberían estar presentes en un país democrático, lo cual habla muy mal del resto de partidos políticos.

Tal vez ahora no sea el momento para tirar líneas partidarias sobre los temas más relevantes del país, después de todo, las elecciones que se vienen son de diputados y alcaldes, y, afortunadamente, podemos evaluar y votar por cada candidato por sus credenciales y posturas. Sin embargo, la dilución de posturas claras le puede jugar mal a Nuestro Tiempo de cara a elecciones Presidenciales en el futuro, donde se vota por una persona que, en teoría, debería reflejar las posturas y principios del partido a la hora de hacer política. Como votante, pienso que es necesario saber en qué exactamente cree Nuestro Tiempo, más allá de los principios democráticos.

Fracasos

Las respuestas de los tres gobiernos del Triángulo Norte centroamericano a la pandemia del coronavirus han estado marcadas por la corrupción, delirios autoritarios e importantes dosis de incompetencia. En los tres países las cifras de infecciones y muertes no baja mientras los sistemas de salud colapsan y el estancamiento económico está a pocos pasos de la recesión.

Guatemala, Honduras y El Salvador recibieron la llegada del coronavirus con medidas estrictas de confinamiento que, en general, recibieron elogios. Al final, sin embargo, los encierros regentados por los tres gobiernos no previnieron ni evitaron mucho.

En El Salvador, detrás de la estridente narrativa del presidente Nayib Bukele, que anunciaba el encierro como la única medida posible ante el advenimiento de un escenario apocalíptico plagado de miles de muertos en las calles, no hubo nunca un plan consistente para utilizar la cuarentena para lo que, según los epidemiólogos, debe servir, como cortafuegos para evitar la propagación del virus.

Que el encierro hubiese servido para cortarle los caminos al virus dependía, en buena medida, de estudios epidemiológicos que determinasen focos críticos de propagación, rutas de contagio o políticas de aislamientos escalonados. Nada de eso acompañó, en El Salvador, al confinamiento.

El encierro siempre fue, en los casos que hoy son considerados exitosos en este tema -como España o Corea del Sur-, solo un componente de respuestas mucho más complejas, pensadas por salubristas, médicos y científicos, no por políticos estridentes.

En el caso salvadoreño, centenares de ciudadanos fueron encerrados en albergues improvisados donde, según decenas de testimonios, no existían condiciones higiénicas para, en efecto, contener al virus.

Otro guion común, en los casos de Guatemala y El Salvador, fue el del gobernante como víctima. Bukele lo hizo sobre todo en sus redes sociales, donde volcó una de las líneas preferidas de sus propagandistas: recibí al país en la ruina, pero soy un gobernante esforzado, un líder que está haciendo todo lo posible con lo poco que me dejaron. Giammattei prefirió la televisión para recitar, domingo a domingo, la misma perorata: recibimos mal el país… Y así. La culpa siempre fue de alguien más.

Para Juan Orlando Hernández ese argumento era muy difícil. El hondureño va para su séptimo año en el poder -cuestionada reelección de por medio-, con lo que buscar culpables antes que él no parece viable.

La gestión de JOH también acudió al encierro estricto desde el principio de la pandemia y, si se escucha a organismos locales e internacionales de Derechos Humanos, esto le ha servido para desplegar aún más al ejército y la policía en todas las ciudades y pueblos del país. Para este presidente, arrinconado como está por múltiples acusaciones de ser parte de una red internacional de narcotráfico, los militares siempre han sido un sostén vital.

Bukele también ha utilizado la pandemia para extender su impronta en la fuerza armada de su país, a la que acude para todo, desde cercar pueblos y ciudades que no cumplen la cuarentena hasta utilizar a los militares para repartir víveres con logos de su gobierno o para que combatan una epidemia de langostas en el campo. No es poco para un presidente que, un mes antes de la llegada del virus, había entrado a la Asamblea Legislativa escoltado por soldados con armas largas.

Al coronavirus lo ha acompañado otra plaga que ya es endémica en Centroamérica, la de la corrupción. En Honduras, un empresario designado por la presidencia para hacer las compras de emergencia pagó sobreprecios de hasta 40 millones de dólares por hospitales móviles que nunca llegaron. En El Salvador, familiares del ministro de Salud vendieron insumos al Estado. Y así.

Casi cinco meses después, con la economía en serio riesgo y las desigualdades históricas a flor de piel, Centroamérica debe lidiar, una vez más, con lo que deja la incompetencia de sus líderes.

David y Goliat

Soy maestra de Español en una escuela pública en Wisconsin, EUA y espero no morir de COVID-19. Mis colegas y yo hemos estado pendientes de las noticias mientras la pandemia pasaba de ser un asunto distante a una amenaza local. También hemos observado cómo la negligencia, la imprudencia y el mal manejo de la pandemia por la administración de Trump le ha costado la vida a decenas de miles de estadounidenses que no necesitaban morir. Ahora, las más prudentes y prácticas de mis colegas han dejado de ver las noticias y están organizando huelgas y puliendo sus testamentos.

La semana pasada, el Presidente Trump dijo que «presionará mucho» a las escuelas para que abran en agosto incluso cuando los casos de coronavirus continúan aumentando. Esto lo dijo a pesar de que el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades ha declarado que hay un alto riesgo en abrir las escuelas de manera tradicional como si no hubiera pandemia y que la forma más segura de volver a abrir las escuelas es que los estudiantes y los maestros participen en clases virtuales. Con más de treinta estudiantes en cada aula, mantener la distancia social, los grupos pequeños y la buena ventilación es imposible, sobre todo en las temporadas de frío.

La reapertura de las escuelas públicas es una decisión del estado y, en el fondo, son las juntas directivas locales las que tienen la responsabilidad y el poder de proteger el bienestar de nuestras comunidades, pero en gran parte, no lo están haciendo. Al contrario, en vez de mostrar un verdadero temple y escuchar las pautas científicas, se están doblegando ante la presión del Presidente. Hay que tomar en cuenta que las juntas directivas de los distritos escolares son principalmente hombres blancos con un ingreso familiar de más de $100 mil al año. Presiden sobre distritos escolares como el mío con una mayoría de estudiantes latinos y negros y un índice de 80% que viven en condiciones de pobreza. Estos son datos claves para poder entender por qué las tasas de mortalidad entre negros e hispanos / latinos son al menos seis veces más altas que las de los blancos. Estas juntas directivas están reuniéndose con tranquilidad en salas virtuales, por el peligro de contagio, y votando para que los maestros y los estudiantes regresen a las aulas mientras la pandemia continúa en aumento. Discuten la equidad para proporcionar acceso a internet y tecnología, pero no hay mención del poder biopolítico, la fuerza directa que ejercen sobre los cuerpos humanos, en las decisiones sobre quién llega a tener salud y, en última instancia, quién vive y quién no.

Para ganar fuerza para la lucha por delante, estoy leyendo el libro de Malcolm Gladwell, David y Goliat. Según el autor, la victoria de David sobre Goliat en el relato bíblico se considera una anomalía. No lo es. Cuando los desvalidos eligen estrategias poco convencionales, ganan el 63.6% del tiempo. La clave está en no jugar según las reglas de Goliat. Cuando los desvalidos de la historia han jugado según las reglas de aquellos en posiciones de poder, han perdido el 72% del tiempo. Para mí, en este momento, eso significa que los maestros, las familias y los estudiantes no podemos esperar ganar esta batalla si nuestra estrategia es defender nuestras vidas durante los tres minutos asignados a los comentarios de los ciudadanos en las reuniones de las juntas de los distritos escolares. Esta batalla va a requerir estrategias no convencionales. La lucha continúa…

Y soy rebelde

A riesgo de ser súper simplista, la figura más tradicional de un político era un hombre de mediana edad (lamentablemente, la participación femenina en política nunca ha sido mayoritaria), de saco y corbata, con facilidad de palabra, de buen contexto socio-económico, con peinado impecable y una familia feliz. Entre menos escándalos y disidencias adornaran su currículo, mejor; por algo hace sentido aquella frase de ser políticamente correctos.

Pero esta figura de perfección está siendo desafiada. Parece que estamos en la era de los políticos antisistema. Es decir, entre más excéntricos, poco convencionales y desobedientes de la norma, mejor.

Esta es, obviamente, una respuesta a la precariedad de políticos a los que nos hemos enfrentado en el pasado y que han sido protagonistas de irreparables actos de corrupción, promesas sin cumplir y rupturas de confianza.

Esta no es solo una realidad nacional. Basta ver a Brasil y Estados Unidos, por ejemplo, con figuras presidenciales cuyo factor común es ser una opción distinta a la tradición nacional: un ultraderechista contrario a la tradición de izquierda brasileña, y un empresario millonario sin experiencia en política, en contraste a la tradición partidista americana.

Como diría McLuhan, uno de los grandes profetas y teóricos de la comunicación: «La política es asistida por la imagen. El político se conforma solamente con una buena imagen, ese será el mayor logro que obtendrá».

En nuestros tiempos esa «buena imagen» requiere demostrar que no se es igual a los políticos fallidos de antes, es decir, separarse visualmente de ellos.

Además, en la era de las redes sociales, la diferenciación cobra aún más relevancia: es necesario sobresalir en el mar de estímulos que se presentan en Twitter, Instagram o Facebook. Es ahí donde hay que estar presente.

Esto explica muchos rasgos del presidente actual, quien se esfuerza por demostrar que no es «como los mismos de siempre» a través de simbolismos e imágenes: desde su vestimenta, fotos poco convencionales -como aquella en la que aparece sentado en el escritorio presidencial- y el uso de twitter como plataforma oficial de comunicación.

El Presidente domina a la perfección el arte de la comunicación y la propaganda. Tanto, que ha logrado que miles de personas repitan sus sloganes con mucha convicción y un fiel club de fans que lo defienden a capa y espada.

Nada de esto es tradicional. Sin decirlo, constantemente comunica: soy diferente. Pero, ¿es realmente diferente?

Hace falta más que ponerse la gorra hacia atrás o saber usar Twitter para demostrar ser diferente a «los mismos de siempre». Su integridad política se demostrará cuando los procesos de compra sean transparentes, cuando su familia ya no sea parte del gobierno, cuando deje de pelearse con todo aquel que tenga una opinión diferente a la suya, cuando ofrezca conferencias de prensa con más que monólogos rabiosos, cuando tenga un plan de gobierno, etc.

Nayib Bukele añora ser un político diferente ¡y eso está muy bien! pero no basta solamente con la imagen. Es su gestión lo que realmente lo hará alcanzar su propósito. Ojalá que sea la integridad el elemento que lo distinga del resto y que lo convierta en una figura memorable.

Aun quedan 4 años de gobierno del joven Bukele, donde puede demostrar que es más que un político rebelde, sin profundidad, producto de una genial campaña de marketing político.

Enjaranados

La deuda pública parece una cifra fuera de nuestro entorno. Se habla de la deuda como si fuera algo que no nos afectara. El tener deuda alta se ve como algo preocupante, pero no realmente urgente, pareciera que son números que no se traducen a la vida del ciudadano de a pie, no es algo más que un tema de discusión para analistas políticos o economistas. Sin embargo, vale la pena entender como funciona la emisión de deuda externa y qué es lo que estamos sacrificando como sociedad.

Conceptualmente, el crédito es consumir un poco más ahora sacrificando el consumo del futuro. Es conseguir esos fondos hoy, con la promesa de pagarlo el día de mañana. No toda la deuda es mala. El tener deuda nos permite invertir hoy en proyectos que generan rendimientos que pueden ser mayores que los costos, aumentando el consumo total a través del tiempo. El nivel de deuda usualmente se ve en relación con el Producto Interno Bruto. Esta es una buena manera de estimar qué tanto «aguanta» nuestra economía con el nivel de deuda. El Salvador históricamente ha sido un buen acreedor de deuda, ya que siempre hemos pagado a tiempo y hemos tenido un nivel saludable de deuda.

Otro elemento importante a entender sobre la deuda es que esta se hace más cara a medida va aumentando. Cada dólar extra de endeudamiento incrementa el riesgo del país de caer en default, riesgo que de alguna manera está reflejado en la tasa de interés. No es lo mismo cuando el país toma prestados $100 millones teniendo un 50 % de deuda a PIB, que cuando esos mismos $100 millones se coman con un 80 % de deuda a PIB. El pago de esta deuda, junto con intereses, va acaparando más de los ingresos del Estado, el cual tiene muchos otros gastos más que mantener, como el salario de empleados públicos (profesores, médicos, policías, diputados, etc.) u otros gastos recurrentes (mantenimiento de carreteras, oficinas públicas, puertos, etc.).

En El Salvador, estamos llegando a niveles alarmantes de deuda contra PIB. Incluso antes de la pandemia, ya rondábamos niveles cercanos al 75 % de deuda sobre PIB (hace 20 años no llegábamos ni al 30 %). Obviamente, con la pandemia se ha necesitado de fondos de emergencia para poder hacerle frente a la crisis sanitaria en el país. Si las cosas siguen como hasta ahora, podríamos llegar a una deuda cercana al 90 % del PIB para el final del año. Con o sin pandemia, es importantísimo que cada emisión de deuda sea justificada con un proyecto que dé rendimientos positivos. Ya sean proyectos sociales o de infraestructura, cada centavo debe ir destinado a inversiones que generen beneficios para la población.

Aunque sea difícil verlo, el impacto será más evidente en un futuro. El tener problemas para repagar la deuda se traduce en peores servicios del Estado y en presión para subir impuestos. En algunos países la presión ha sido tal que ha resultado en la estatización industrias (obvio siempre con el discurso barato que estas empresas son enemigas del pueblo) para de alguna manera generar más ingresos. ¿Estamos nosotros cerca de eso? Yo pensaría que no, pero tampoco pensé que en El Salvador, luego de sobrevivir a dos cambios de gobierno desde los Acuerdos de Paz, tuviéramos una administración a la que le incomodara tanto la Constitución y la balanza de poderes.

El factor Biden

Los números indican, al menos por ahora, que Donald Trump terminará su controvertido paso por la Casa Blanca en enero próximo. Si eso ocurre es muy previsible que las olas del cambio lleguen hasta las playas y casas presidenciales de Centroamérica, El Salvador incluido.

Aún es pronto, pero casi todas las encuestas hechas en el último mes dan a Joe Biden, potencial candidato demócrata a la presidencia de EUA, una ventaja sólida. La más reciente, publicada por el New York Times el miércoles pasado, pone al exvicepresidente de Barack Obama 14 puntos arriba del republicano.

De nuevo, aún es pronto.

Por el sistema de colegios electorales en Estados Unidos no siempre quien obtiene la mayoría del voto popular termina en el Despacho Oval, la oficina del presidente. Trump lo sabe bien: su contrincante en la elección de 2016, la demócrata Hillary Clinton, obtuvo más votos que él y aun así perdió.

Como sea, Trump está en una encrucijada difícil. Según la encuesta del NYT, los votantes desaprueban la forma en que el presidente ha manejado la pandemia por coronavirus en su país, así como sus políticas raciales. De aquí a noviembre parece muy poco lo que Trump pueda hacer en ambos apartados: en el asunto de la raza es difícil que modere su discurso racista cuando su principal base de apoyo se siente tan atraída por esa narrativa; en el tema del coronavirus, Estados Unidos sigue contando por miles los contagios diarios.

En Washington, fuentes legislativas y de la sociedad civil con las que converso desde principios de la década sobre la política interna estadounidense empiezan a considerar que es muy posible que Trump pierda en noviembre, algo que no se asomaba en su análisis a finales del año pasado.

¿Y? ¿Qué pasa si Trump pierde? ¿Cómo afecta eso a El Salvador? ¿A Centroamérica? La política exterior de Trump en el Triángulo Norte de Centroamérica, que no ha sido más que una extensión de su política interna antiinmigrante, puede describirse con una palabra: nefasta.

El único interés del Departamento de Estado en nuestra región fue asegurarse de que los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras llevaran adelante el despropósito de recibir, en sus territorios, migrantes que pretendían solicitar asilo en Estados Unidos y que los tres países siguieran recibiendo hasta cuatro vuelos de deportados semanales, sin importar que los aviones aterrizaran en medio de la pandemia con personas sospechosas de estar contagiadas de coronavirus, como en su momento denunció el gobierno de Alejandro Giammattei en Guatemala.

Los mandatarios centroamericanos cumplieron y recibieron a cambio espaldarazos políticos que les han dado el oxígeno indispensable para navegar sus atribuladas presidencias.

En Honduras, Juan Orlando Hernández (JOH), señalado por el Departamento de Justicia en Nueva York de participar en una operación internacional de narcotráfico, se aferra al poder aupado por el Departamento de Estado.

Con todo y su impresionante popularidad, Nayib Bukele tiene que agradecer a Ronald Johnson, el embajador estadounidense, que aparezca con él en público y lo apoye en Twitter en los momentos en que el presidente salvadoreño recibe críticas de todos lados por sus tendencias antidemocráticas y sus arremetidas al orden constitucional.

Y en Guatemala el silencio de Washington fue clave para que las élites corruptas del país se deshicieran de la Comisión Internacional contra la Impunidad (CICIG) para volver a apropiarse, sin obstáculos, de los sistemas político y judicial.

Con Biden trabajan ya, en el apartado latinoamericano, diplomáticos que apoyaron a la CICIG en Guatemala, que en privado y en público han advertido de los retrocesos en El Salvador y que no suelen disimular el gesto de disgusto cuando se les pregunta por JOH.

Aún faltan semanas largas para noviembre y si algo ha demostrado Trump en los últimos cuatro años es que tras la fachada de matón se esconden dosis de habilidad que le han permitido sobrevivir días duros. Por ahora, sin embargo, la posibilidad de su salida es real. Que él se vaya es bueno para los centroamericanos.

Los signos y símbolos luego de George Floyd

Hace unos días, en una página de internet dedicada a la historia local, se subió una foto de un grupo de niños blancos con las caras pintadas de negros. El curador explicó que era una foto histórica de juglares que mostraba lo mucho que habíamos progresado como sociedad desde ese momento histórico. Otras personas comentaron que la foto, luego de la muerte de George Floyd, era ofensiva. Criticaron la decisión de subir la foto histórica ahora. Esta semana he visto además dos camionetas con la bandera de los estados confederados de los Estados Unidos. Para unos es un símbolo de orgullo sureño y para otros es un símbolo de racismo y esclavitud. No es que estos símbolos no fueran polémicos antes de la muerte de George Floyd, pero a lo que quiero llegar es a que han cobrado un significado distinto ahora.

La imagen de la policía también ha cambiado de manera drástica en las últimas semanas y lo que puede esperarse de sus interacciones con el público. Hace unos días, por ejemplo, una mujer policía esperaba en el drive thru de un Mcdonalds en el estado de Georgia. Había pedido un café y un sándwich de desayuno. Cuando su orden se tardó demasiado ella empezó a desconfiar de los trabajadores de Mcdonalds y del servicio. Cuando llegó su comida no se atrevió a comerlo por miedo de que los trabajadores le hubieran hecho algo dañino a su orden. La agente de policía grabó un video que se hizo viral en Twitter en que llora por sentir que la sociedad la desprecia; comparte su paranoia y el inconveniente de su experiencia, el no sentirse valorada como agente de policía y su frustración.

Los nombres personales Karen y Becky se han vuelto icónicos y representativos del privilegio racista. Hasta hace poco «Karen» y «Becky» eran nombres comunes con connotaciones neutrales, pero ahora más que nunca se usan de manera peyorativa para referirse a las mujeres blancas de mediana edad que expresan su privilegio sobre otras personas. Por ejemplo, antes de que el público en general supiera el nombre de una mujer blanca que llamó a la policía por un hombre negro que observaba aves en Central Park, el apodo Central Park «Karen» pudo identificar su postura fácilmente. El caso se volvió viral después de que el observador de aves, Christian Cooper, la filmó llamando a la policía, diciéndole que iba a «decirles que hay un hombre afroamericano está amenazando mi vida.» Este caso es parte de un largo patrón histórico de llamar a la policía y poner en peligro las vidas de personas morenas como Rashon Nelson y Donte Robinson, que fueron arrestados en un Starbucks de Filadelfia en 2018 por nada más que esperar que llegara un socio de negocios y una familia negra en Oakland por reunirse y hacer una barbacoa en un parque público.

Con todo, estamos viendo emerger una nueva guerra simbólica de imágenes, palabras y connotaciones en los Estados Unidos con la muerte de George Floyd. En las calles de la ciudad donde vivo se impuso durante varias noches una serie de protestas y manifestaciones. Los manifestantes rompieron las vitrinas de varias tiendas y llenaron las paredes de grafitis críticas de la policía y a favor del movimiento Black Lives Matter. Por el día, llegaban personas para limpiar las paredes y artistas para pintar imágenes de protesta sobre la madera contrachapada que protegía los negocios de daños adicionales. En vez de una narrativa de consumismo y normalidad, en que el racismo se ignora como algo real y contundente, la calle ahora se lee como un palimpsesto de sufrimiento, conflicto y de protesta.

Fondo y forma

Hace un año, luego del nombramiento de Nayib Bukele como presidente, escribí la columna «Fondo y forma». Ahí hacía énfasis en la novedad del gobernante y sus curiosas «formas», sin embargo, planteaba que habría que comprobar el «fondo» de sus acciones.

Creo que vale la pena recordar dicha columna para luego reflexionar al respecto:

«Desde el inicio de su carrera política como alcalde de Nuevo Cuscatlán, y en sus consecuentes cargos públicos, el estilo de Bukele ha estado marcado por una clara intensión de hacerse notar y verse diferente: el celeste, la gorra, los calcetines, los Facebook Live, Twitter.

Este estilo de comunicación ha logrado generar una sensación de cercanía con una masa crítica de personas que ven en su performance una esperanza, una forma diferente de hacer las cosas.

El tema es precisamente la gran diferencia que existe entre el «fondo» y la «forma». La forma, por muy relevante que sea, se limita a la superficialidad de las cosas, puede resultar interesante, pero vacía. El fondo, sin embargo, es lo que hará la real diferencia. El fondo trasciende, es el largo plazo, son las consecuencias, las implementaciones, los cambios reales. Y me refiero a gobernar.

Es fácil dejarse llevar por las formas. Sobre todo, si tenemos décadas de estar enfrentados a decepciones y tradicionalismos; a numerosos reportajes de corrupción y despilfarros. En ese contexto, obviamente esas formas de hacer las cosas que marcan una clara distinción, que se muestra atractivas, novedosas, que cuentan con seguidores y personas que las aprueban y aplauden, convencen. Por ejemplo, esos despidos públicos a través de Twitter.

Pero ojo, las formas son algo que Nayib tiene dominadas hace muchos años. Nadie puede negar que ha sabido manejar magistralmente su marca, desligándose desde el primer minuto de su ex partido, el FMLN, con el simple hecho de usar colores e insignias diferentes: el celeste y la «N» que lo han acompañado durante varios años.

El reto de este nuevo gobierno será lograr profundidad: fondo. Que sus cambios trasciendan el Twitter o la pintura de los edificios de gobierno. Sí, las formas son importantes, pero no lo son todo.

Yo deseo lo mejor para mi país. Por eso, espero que este nuevo gobierno dirigido por Bukele trascienda las formas y sea capaz de generar los cambios profundos que El Salvador necesita en términos de seguridad, salud, educación, empleo, inversión, infraestructura, calidad de vida… y tantas otras dimensiones que van más allá de la persona que está ahora a la cabeza del ejecutivo.

Nayib, mucha gente cree en vos, miles de personas han puesto su confianza en tus «Nuevas Ideas» y tenés un país lleno de necesidades y también de potencias. Demostranos con hechos que sos más que tus formas y tus tuits.»

Tristemente, un año después, lejos de profundizar en el fondo, hemos visto cómo las formas de Nayib se han ideo tornando cada vez más violentas, pendencieras, derrochadoras e incluso, berrinchudas. Todo esto, muy alejado de cualquier contenido sustancial que esté en pos de políticas públicas que sean relevantes para los salvadoreños.

Por eso, en un escenario más que retador, animo a todos los sectores de la sociedad: pymes, grandes empresas, emprendedores, ONGs, tanques de pensamiento, movimientos de la sociedad civil, a estar más unidos que nunca para entregar el «fondo» que a Nayib le ha faltado.

Cuando esto pase

Es difícil verle fin a la situación actual. Apenas vamos viendo cómo algunos países están controlando la velocidad de contagio. Sin tener pruebas masivas, tanto de diagnóstico como de anticuerpos, y sin vacuna para el COVID-19, parece que nos queda algo de tiempo por recorrer. Sin embargo, vale la pena comenzar a pensar en cómo elementos, tanto de la vida personal como profesional, van a cambiar.

Algunas industrias serán más afectadas que otras. Esto ya lo estamos viendo en aerolíneas, hotelería y turismo, y otras industrias donde existe constante contacto entre muchas personas. Es difícil imaginar, aún en un escenario donde reabrimos la economía de manera «normal» otra vez. Ver salas de cine o el Estadio Cuscatlán llenos, sin que esto represente una verdadera amenaza para un rebrote, parece poco realizable a mediano plazo.

Sí, el desempleo está empeorando, la actividad económica está bajando. La gente y los negocios están haciendo malabares para seguir llevando sustento a sus hogares. Ahora, cuando más necesitamos a un gobierno conciliador y capaz es cuando desafortunadamente tenemos la mala suerte de haber elegido a uno que prioriza las guerras mediáticas y el armar «planes» pegados con saliva, más que diseñar una estrategia que vele por la salud y economía (enfoques que no son mutuamente excluyentes).

A pesar de esto, siempre podemos detectar oportunidades que surgen a partir de las crisis. Muchos de los comportamientos van a cambiar y con esto cambia lo que demanda el mercado y de qué manera lo demanda. Todo lo que tenga base sobre tecnología y comunicación tiene potencial de ampliarse. Trabajos como diseño, consultoría y asistencia virtual tiene la gran ventaja de no necesitar un contacto permanente con su clientela. Lo vamos ahora con casos como el de Zoom, que ha visto sus ingresos multiplicarse al ver cómo la demanda por sus servicios explota por la necesidad de las empresas y personas de seguirse comunicando por medio de plataformas virtuales. Ahora más que nunca, de cara al futuro, debemos entender lo importante de invertir en educación y tecnología en el país.

Además de un período de disrupción en la manera de hacer negocios, también se viene un período de oportunidad para financiar nuevos proyectos. Ya comenzamos a ver estímulos fiscales en algunas economías, lo cual se puede traducir en alta liquidez, acceso al crédito, y bajas tasas de interés. Esto baja las barreras a la inversión y tiene el potencial de traducirse en nuevos polos de desarrollo para el país.

Nuestro entorno personal también se ha visto afectado. El encierro extendido tiene impactos sicológicos serios para muchos, especialmente para las familias que no pueden verse. También hay compatriotas que no pueden regresar al país por miedo a terminar en los centros de contención del Estado, que, lejos de brindar seguridad, parecen más una sentencia a muerte. Ojalá también aprendamos de esto. Ojalá valoremos la compañía de la familia y de los seres queridos. Que aprendamos a ignorar el celular y a estar más presentes cuando estamos hablando cara a cara con otros. Que no hay tecnología que pueda sustituir al contacto humano.

Impunidad: la historia de la agente Sherill Hernández en Honduras

Sherill Yubissa Hernández Mancía, de 28 años, era la jefa de la unidad especial de la fiscalía hondureña a cargo de investigar narcotráfico y corrupción en el departamento de Copán, centro de una de las rutas de tráfico de droga más importantes de Centroamérica. El 11 de junio de 2018 compañeros de Hernández encontraron su cadáver.

Luego, el estado hondureño dio dos explicaciones sobre esa muerte.

Las más altas autoridades del Ministerio Público (MP), incluidos el fiscal general Óscar Chinchilla y el jefe de la unidad élite de investigación criminal, han sostenido desde el principio que la agente se suicidó por problemas económicos y personales.

Julissa Villanueva, exjefa del departamento de medicina forense del MP, sostiene que a la joven la asesinaron. Y, por sostener eso, a Villanueva la persiguieron, la amenazaron de muerte, la removieron de su puesto y, por último, la despidieron.

Hace poco publiqué, junto a investigadores de la Fundación InSight Crime, un reportaje que explora todas las inconsistencias en las investigaciones oficiales que apoyan la tesis del suicidio, así como las versiones de agentes antidrogas y funcionarios hondureños según quienes a Hernández la mataron por las investigaciones que realizaba en Copán a pandilleros, políticos y narcotraficantes.

El camino hacia ese reportaje empezó en Tegucigalpa en agosto de 2019. Habíamos escuchado varias veces, de varias fuentes, retazos de la historia de Sherill Yubissa Hernández. En una de esas pláticas, con mujeres de una organización feminista, alguien mostró una foto de la escena del crimen. Había algo que no cuadraba: la cama y las almohadas sobre las que yacía el cadáver de la gente estaban limpias; la sangre no estaba donde debía de estar.

Empezó, entonces, la búsqueda de más detalles. En Copán oímos sobre los reacomodos del narco tras las capturas de los líderes de los grandes clanes locales de la droga -La familia Valle y el exalcalde Alexander Ardón, aliado político del presidente Juan Orlando Hernández. Y oímos que Sherill Hernández investigaba justo eso, a los narcos, cuando murió.

Las pruebas definitivas para dar vida al texto periodístico llegaron en forma de fotos y documentos -actas de la policía y la fiscalía- relacionados con la escena del crimen. Todo apunta a la comprobación de una hipótesis, la que defiende la exjefa forense de Honduras: en un intento más bien torpe, agentes del estado contaminaron el cadáver, la habitación, el arma para hacer pasar por suicidio un asesinato.

Hay tres historias en esta historia. La primera, más evidente, es la del suicidio que, según todos los indicios, no lo es. La segunda, más profunda, la inmensa capacidad del estado hondureño para, amparado en campañas mediáticas inverosímiles y actuaciones ilegales de sus funcionarios, encubrir crímenes que comprometen sus nexos con el crimen organizado.

La tercera historia tiene que ver con algo igual de grave: el desprecio absoluto del sistema por la vida, sobre todo la de las mujeres. Tras las explicaciones oficiales de la fiscalía hondureña –»se mató por problemas sentimentales», «era una mujer joven con muchos problemas económicos»- se esconden todos los rasgos misóginos que suelen existir en las fiscalías centroamericanas.

Cuando escribía sobre Sherill Hernández volvía a todos esos crímenes encubiertos por el estado de El Salvador sobre los que he escrito a lo largo de mi carrera. El Chele Tórrez. Katya Miranda. La masacre de la UCA. Con todos ellos se consolidó la incapacidad de las instituciones salvadoreñas para llevar justicia a los muertos y para descubrir las intrincadas redes de poder que suelen tejerse alrededor de esos crímenes.

El Salvador no es Honduras. Aún.

Acaso porque el poder del narcotráfico está, por razones geográficas e históricas, mucho más presente en las oficinas del estado, la vida de quienes buscan la verdad es mucho más frágil en Honduras.

La capacidad del estado salvadoreño para encubrir, inventar pruebas y desviar a la justicia es, sin embargo, tan posible como lo fue en Honduras en el caso de la agente Sherill Hernández.