Adiós

Cuando era pequeña aprendí a evitar decir adiós y que de alguna manera las despedidas eran menos dolorosas de esa manera. Recuerdo que mi tía vivía en una ciudad unas horas al norte de nosotros. A veces llegaba en moto, otras veces con sus perros y en otras ocasiones, con amigos. Sus visitas siempre estaban llenas de comida y energía alegre y yo la ponía al día con todas las cosas que se había perdido desde la última visita. En algún momento más tarde, simplemente me daba cuenta de que ya no estaba y que se había ido. Mi madre me explicó que a mi tía no le gustaban las despedidas.

Desde aquel entonces las despedidas nunca han sido fáciles. Quizás es porque decir adiós se trata de aceptar que los procesos de la vida tienen un principio, un medio y un final. Al mismo tiempo, el adiós significa que hemos aprendido a cerrar ciclos cuando un proceso se ha secado para que no continúe invocando nuestra energía de una manera que ya no nos sirve de la misma forma que antes. Adiós significa que sabemos liberarnos de fases y procesos para estar psíquicamente disponibles para asumir nuevos compromisos.

Como seres humanos, tendemos a ceñirnos a lo que sabemos y conocemos. Es un hábito muy fuerte que nos empuja a la inercia total. Consideramos que es más fácil seguir haciendo algo familiar que reflexionar sobre cómo mejor invertir el tiempo y la energía de una manera que valore nuestra autenticidad y el hecho de que el tiempo es finito. Cerrar un ciclo conscientemente significa reflexionar sobre quiénes somos en este momento y reconocer los procesos personales de evolución y de transformación.

Cuando empecé a escribir esta columna «Meridiano 89 oeste», con Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, estaba en medio del doctorado, animada con teorías, con las palabras y con los textos. Quería discutir ideas y argumentos, pero, a veces, pienso que de tanto leer se me secó el cerebro como Don Quijote que: «Se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro.» Cuando soy honesta conmigo misma, lo que anima mi creatividad ahora es el trabajo manual; la carpintería, el dibujo, la siembra, el arte y fijarme en las sombras de mi aguacatero mientras caminamos. Si pienso en mi trabajo ideal, después de tanto leer, estudiar y analizar textos, me fascinaría ser cartero y caminar distancias entregando cartas como las de antes; sobres llenos de palabras y textos pero sin escribir, leer, ni analizarlas.

Antes de morir, Don Quijote se vuelve hacía Sancho y le pide perdón por la ocasión que le había dado de parecer loco como él, haciéndole caer en el error en que él había caído de que su imaginación era la realidad y no una locura. Con esto mis queridos amigos también les pido perdón y les agradezco su lectura a lo largo de los cuatro años de Meridiano 89 oeste. Cierro esta columna con mucho agradecimiento y cariño.

El Panóptico en la era Covid

Aprendí sobre el panóptico de Foucault por primera vez en una clase de la Universidad. En ese momento tenía el lujo de tomarlo como nada más que una teoría interesante. La noción de que la arquitectura podía funcionar como metáfora de los sistemas modernos de poder, conocimiento y orden era fascinante, pero ultimamente como profesora y en mis intentos de trabajar con otros profesores para negociar las condiciones de trabajo con la junta directiva durante una crisis de salud global, he vuelto al panóptico como una metáfora útil para entender cómo los directores ejercen poder al manejar la comunicación entre los trabajadores. El panóptico es un modelo de construcción institucional y un sistema de control diseñado por el filósofo y teórico social inglés Jeremy Bentham en el siglo XVIII. El concepto del diseño es permitir que todos los presos de una institución sean observados por un solo guardia de seguridad, sin que los prisioneros sepan si están siendo observados. Si bien es físicamente imposible que un solo guardia observe todas las celdas a la vez, el hecho de que los prisioneros no saben cuándo están siendo vigilados los motiva a actuar como si los estuvieran vigilando en todo momento. Por lo tanto, los reclusos se ven efectivamente obligados a regular su propio comportamiento.

La configuración básica del panóptico de Bentham es la siguiente: hay una torre central rodeada de celdas. En la torre central está el vigilante. En las celdas hay prisioneros, o trabajadores, o niños, según el uso del edificio. La torre emite una luz brillante para que el vigilante pueda ver a todos en las celdas. Sin embargo, las personas en las celdas no pueden ver al vigilante y, por lo tanto, deben asumir que siempre están bajo observación. Los prisioneros nunca se comunican. El vigilante controla la circulación de información y de conocimiento. Como obra de arquitectura, el panóptico permite que un vigilante observe a los ocupantes sin que los ocupantes sepan si están siendo observados o no. Como metáfora, el panóptico sirve como una forma de comprender las tendencias de vigilancia de las sociedades disciplinarias.

El panóptico de Jeremy Bentham fue originalmente idea de su hermano. Su hermano Samuel trabajaba en Rusia en una finca en Krichev y tenía una fuerza laboral poco calificada, por lo que organizó a su fuerza laboral en un círculo alrededor de su escritorio central para poder vigilar lo que todos hacían en cada momento. Bentham fue a visitar a su hermano a fines de la década de 1780 y decidió que el arreglo centralizado podría aplicarse a una variedad de situaciones, no solo a prisiones, sino a fábricas, escuelas y hospitales.

El filósofo francés Michel Foucault revitalizó el interés por el panóptico en su libro de 1975 «Disciplina y castigo». Foucault usó el panóptico como una forma de ilustrar la proclividad de las sociedades disciplinarias a subyugar a sus ciudadanos. Foucault describe al prisionero de un panóptico como el receptor de una vigilancia asimétrica: «Se le ve, pero no se ve; es un objeto de información, nunca un sujeto en comunicación».

La forma principal en que la junta escolar se comunica con los empleados es a través de un modelo de comunicación unidireccional similar al panóptico. En gran parte, recibimos encuestas para llenar en formularios de Google en lugar de oportunidades para dialogar y de conversar con otros trabajadores. Inicialmente, parecía que las encuestas eran una invitación a los trabajadores a aportar ideas e inquietudes, pero esta tecnología se ha convertido en un método para controlar la información y de silenciar a los empleados.

Con todo, los profesores hemos llenado decenas de encuestas desde marzo. Nos preguntan sobre problemas que vemos en los procesos de limpieza, para desinfectar las clases, el uso de mascarillas y la filtración del aire en las aulas. También hemos escrito decenas de cartas sobre las mismas condiciones de trabajo. La administración protege los datos sin permitirnos un consenso colectivo. Mientras tanto, el panóptico está lleno de trabajadores. La torre emite una luz brillante para que el vigilante pueda ver a todos en las celdas. Sin embargo, desde las celdas no podemos ver al vigilante ni comunicarnos con nadie más.

Cómo se va un aguacatero

Era una perra mayor, pero como la encontramos en un refugio de animales, nunca supimos su edad exacta. Había señales en los últimos meses de debilidad y de cansancio e incluso mi vecina, que trabaja en un hospital veterinario, se acercó para examinar a la perra. Me dijo que parecía tener algún decaimiento neurológico. Su consejo fue: «Se ve contenta y feliz. Mientras coma y tenga más ratos buenos que ratos malos, no hay remedio aparte de amarla y mimarla.» Yo prefería ver su desequilibrio y la forma en que inclinaba la cabeza como cosas normales en una perra mayor.

Cuando se caía en casa me preocupaba, pero siempre recuperaba el equilibrio y seguimos con nuestros días. Comprendí, en mi mente lógica, que la perderíamos, pero de alguna manera esa idea nunca entró en mi corazón. Me negué a aceptar la realidad porque todavía era posible huir de ella. No quería afrontar directamente el tiempo ni la muerte. Mientras tanto, la realidad me llamaba a ser consciente de ella y a entregarme a ella, a ceder a todos sus colores, olores y sonidos, a no rechazar nada, a aceptarla completamente sin reservas ni distracciones. Lo que habría ganado hubiera sido más aprecio por cada uno de esos últimos preciosos momentos fugaces.

Esta semana, la realidad por fin me agarró sin ninguna manera de zafarme de ella. La sensación de no poder esconderme de la muerte cuando nuestra querida perra moría en mis brazos fue intensa. Llamé a mi hijo a la habitación donde estaba con mi hija para que él también pudiera despedirse de ella. «Se está muriendo,» le dije rotundamente. Pronuncié las palabras y sentí que me envolvió de un solo una realidad que rápidamente me abrumaba. Esta vez, cuando traté de retirarme y alejarme de la situación, ya estaba inmersa en su tsunami. Ya no había nada que me distrajera de la realidad. No importaba que yo quisiera que fuera de otra manera. No quedaba nada que hacer aparte de seguir avanzando hacia la aceptación.

Al día siguiente, hice todas las cosas difíciles que acompañan a la muerte, pero las hice con la presencia de un corazón desgarrado. No había nada que hacer aparte de relajarme en la certeza del dolor y la pérdida. Mientras cavaba un hoyo en mi patio temprano en la mañana y mientras mis hijos dormían, salí del pequeño mundo egocéntrico que siempre me rodea y encontré un espacio más amplio. Dejé de sentirme atrapada por la realidad y me encontré al borde de una expansión. Era como salir de un carro apretado y pequeño en la cima de una montaña.

Los momentos y las experiencias de la vida son impermanentes, como la huella fugaz en el cielo del colibrí que comenzó a aparecer en los días posteriores a la muerte de mi perro. ¿Es posible amar y experimentar la vida sin proyectar constantemente nuestras preferencias en la realidad? Después de todo, a la realidad no le importa lo que pensemos de ella. Un colibrí es un colibrí sin importar si nos parece una belleza o si le asignamos otro significado. En los últimos meses de la vida de mi perra no vi las cosas con claridad por dejar que mi visión se empañara por reacciones emocionales. ¿Será posible amar sin volvernos dependientes y sin aferrarnos al amor?

Por ahora, he encontrado una organización local que recibe y acoge perros. Sacan perros de refugios llenos de animales y de centros de eutanasia y encuentran personas dispuestas a abrir sus hogares temporalmente mientras buscan familias para adoptarlos permanentemente. Cada hogar de acogida salva la vida de un perro y reduce el hacinamiento en el refugio de animales. Los perros que lleguen a mi casa serán transeúntes y no tendré nada a que aferrarme aparte de preciosos momentos fugaces, pero siempre fue así.

David y Goliat

Soy maestra de Español en una escuela pública en Wisconsin, EUA y espero no morir de COVID-19. Mis colegas y yo hemos estado pendientes de las noticias mientras la pandemia pasaba de ser un asunto distante a una amenaza local. También hemos observado cómo la negligencia, la imprudencia y el mal manejo de la pandemia por la administración de Trump le ha costado la vida a decenas de miles de estadounidenses que no necesitaban morir. Ahora, las más prudentes y prácticas de mis colegas han dejado de ver las noticias y están organizando huelgas y puliendo sus testamentos.

La semana pasada, el Presidente Trump dijo que «presionará mucho» a las escuelas para que abran en agosto incluso cuando los casos de coronavirus continúan aumentando. Esto lo dijo a pesar de que el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades ha declarado que hay un alto riesgo en abrir las escuelas de manera tradicional como si no hubiera pandemia y que la forma más segura de volver a abrir las escuelas es que los estudiantes y los maestros participen en clases virtuales. Con más de treinta estudiantes en cada aula, mantener la distancia social, los grupos pequeños y la buena ventilación es imposible, sobre todo en las temporadas de frío.

La reapertura de las escuelas públicas es una decisión del estado y, en el fondo, son las juntas directivas locales las que tienen la responsabilidad y el poder de proteger el bienestar de nuestras comunidades, pero en gran parte, no lo están haciendo. Al contrario, en vez de mostrar un verdadero temple y escuchar las pautas científicas, se están doblegando ante la presión del Presidente. Hay que tomar en cuenta que las juntas directivas de los distritos escolares son principalmente hombres blancos con un ingreso familiar de más de $100 mil al año. Presiden sobre distritos escolares como el mío con una mayoría de estudiantes latinos y negros y un índice de 80% que viven en condiciones de pobreza. Estos son datos claves para poder entender por qué las tasas de mortalidad entre negros e hispanos / latinos son al menos seis veces más altas que las de los blancos. Estas juntas directivas están reuniéndose con tranquilidad en salas virtuales, por el peligro de contagio, y votando para que los maestros y los estudiantes regresen a las aulas mientras la pandemia continúa en aumento. Discuten la equidad para proporcionar acceso a internet y tecnología, pero no hay mención del poder biopolítico, la fuerza directa que ejercen sobre los cuerpos humanos, en las decisiones sobre quién llega a tener salud y, en última instancia, quién vive y quién no.

Para ganar fuerza para la lucha por delante, estoy leyendo el libro de Malcolm Gladwell, David y Goliat. Según el autor, la victoria de David sobre Goliat en el relato bíblico se considera una anomalía. No lo es. Cuando los desvalidos eligen estrategias poco convencionales, ganan el 63.6% del tiempo. La clave está en no jugar según las reglas de Goliat. Cuando los desvalidos de la historia han jugado según las reglas de aquellos en posiciones de poder, han perdido el 72% del tiempo. Para mí, en este momento, eso significa que los maestros, las familias y los estudiantes no podemos esperar ganar esta batalla si nuestra estrategia es defender nuestras vidas durante los tres minutos asignados a los comentarios de los ciudadanos en las reuniones de las juntas de los distritos escolares. Esta batalla va a requerir estrategias no convencionales. La lucha continúa…

Los signos y símbolos luego de George Floyd

Hace unos días, en una página de internet dedicada a la historia local, se subió una foto de un grupo de niños blancos con las caras pintadas de negros. El curador explicó que era una foto histórica de juglares que mostraba lo mucho que habíamos progresado como sociedad desde ese momento histórico. Otras personas comentaron que la foto, luego de la muerte de George Floyd, era ofensiva. Criticaron la decisión de subir la foto histórica ahora. Esta semana he visto además dos camionetas con la bandera de los estados confederados de los Estados Unidos. Para unos es un símbolo de orgullo sureño y para otros es un símbolo de racismo y esclavitud. No es que estos símbolos no fueran polémicos antes de la muerte de George Floyd, pero a lo que quiero llegar es a que han cobrado un significado distinto ahora.

La imagen de la policía también ha cambiado de manera drástica en las últimas semanas y lo que puede esperarse de sus interacciones con el público. Hace unos días, por ejemplo, una mujer policía esperaba en el drive thru de un Mcdonalds en el estado de Georgia. Había pedido un café y un sándwich de desayuno. Cuando su orden se tardó demasiado ella empezó a desconfiar de los trabajadores de Mcdonalds y del servicio. Cuando llegó su comida no se atrevió a comerlo por miedo de que los trabajadores le hubieran hecho algo dañino a su orden. La agente de policía grabó un video que se hizo viral en Twitter en que llora por sentir que la sociedad la desprecia; comparte su paranoia y el inconveniente de su experiencia, el no sentirse valorada como agente de policía y su frustración.

Los nombres personales Karen y Becky se han vuelto icónicos y representativos del privilegio racista. Hasta hace poco «Karen» y «Becky» eran nombres comunes con connotaciones neutrales, pero ahora más que nunca se usan de manera peyorativa para referirse a las mujeres blancas de mediana edad que expresan su privilegio sobre otras personas. Por ejemplo, antes de que el público en general supiera el nombre de una mujer blanca que llamó a la policía por un hombre negro que observaba aves en Central Park, el apodo Central Park «Karen» pudo identificar su postura fácilmente. El caso se volvió viral después de que el observador de aves, Christian Cooper, la filmó llamando a la policía, diciéndole que iba a «decirles que hay un hombre afroamericano está amenazando mi vida.» Este caso es parte de un largo patrón histórico de llamar a la policía y poner en peligro las vidas de personas morenas como Rashon Nelson y Donte Robinson, que fueron arrestados en un Starbucks de Filadelfia en 2018 por nada más que esperar que llegara un socio de negocios y una familia negra en Oakland por reunirse y hacer una barbacoa en un parque público.

Con todo, estamos viendo emerger una nueva guerra simbólica de imágenes, palabras y connotaciones en los Estados Unidos con la muerte de George Floyd. En las calles de la ciudad donde vivo se impuso durante varias noches una serie de protestas y manifestaciones. Los manifestantes rompieron las vitrinas de varias tiendas y llenaron las paredes de grafitis críticas de la policía y a favor del movimiento Black Lives Matter. Por el día, llegaban personas para limpiar las paredes y artistas para pintar imágenes de protesta sobre la madera contrachapada que protegía los negocios de daños adicionales. En vez de una narrativa de consumismo y normalidad, en que el racismo se ignora como algo real y contundente, la calle ahora se lee como un palimpsesto de sufrimiento, conflicto y de protesta.

Cómo romper concreto

El concreto espeso aúlla como un animal. Toca quebrar el concreto del patio de la casa y al principio la losa rechaza los golpes de la almádena con un eco cavernoso. Con más esfuerzo los bordes y la superficie del hormigón comienzan a desmoronarse y liberar polvo, pero la piedra sigue intacta e impenetrable. Sigo sin avances notables y casi me doy por vencida hasta que, con un golpe entre tantos, aparece un hilo en el concreto, una grieta casi invisible. Esa grieta es el punto clave de inflexión. Con el próximo golpe se hunde la daga en carne. Ahora, con cada martillazo la progresión es geométrica.

Romper el hormigón es un trabajo riguroso y me da mucho tiempo para pensar. Es una buena metáfora además de los momentos en que nos atascamos y nos encontramos en proyectos o caminos que parecen difíciles y que no llevan a ninguna parte. Hasta el trabajo creativo se puede convertir en una disciplina de avivar chispas que niegan a prenderse fuego. Ahí terminan miles de poemas desconocidos, cuadros en montones, artículos que nunca se publican y cuadrados de tejer que nunca llegan a ser colchas. Hay etapas en que uno se cansa y hasta escribir o hacer arte se convierten en empeños agotadores. Parece que estás cincelando un muro de piedra que no quiere ceder.

Con un golpe entre tantos, hay un pequeño avance; otra grieta en el hormigón. Mientras trabajo, estoy escuchando un libro en audio de Michael Singer llamado El alma sin ataduras. Allí, el autor analiza la inspiración y los momentos sublimados en que sentimos que la energía creativa y la motivación se mueven libremente en nosotros. Nos sentimos ligeros, capaces y productivos. Creamos arte por el puro gozo de crear arte.

Singer pregunta si hay algo externo que podría sucederle a una persona que cambiaría su perspectiva de una manera que le haría dejar de sentirse bloqueado o atascado en la vida. Quizás si te compraran un cuadro, si tuvieras contrato para publicar un libro de poemas o si te ofrecieran algún trabajo deseado. Si es así, y un hecho externo fuera capaz de producir tal cambio interno, entonces liberar tu energía es una decisión que puedes tomar ahora conscientemente de dejar fluir esa energía que emana de uno mismo. Con el próximo golpe se hunde la almádena y se quiebra el hormigón. El punto clave es entender que abrir el corazón y pensar de alguna forma que permita fluir la creatividad e inspiración a través de ti ahora y en todo momento es una decisión.

El amor en los tiempos del corona

Mi primer crush fue Jimmy Carter, el Presidente de los Estados Unidos entre 1977 y 1981. Fue en esos años que salimos de El Salvador como migrantes y nos establecimos en Wisconsin. Tiene lógica que su persona marcara mi niñez porque, a los cuatro años de edad, Carter era quizás de las pocas personas públicas que veía con alguna regularidad que no fuera dibujo animado. Recuerdo verlo y pensar, con la psicología de una niña, que era benévolo y determinado, rebelde, sincero, amable y cariñoso; un Luke Skywalker en la vida real.

No me había vuelto a suceder una infatuación así por una figura pública hasta llegar la pandemia. Ahora, confieso haber pasado las primeras semanas del mes de abril enamorada de Andrew Cuomo, el Gobernador demócrata de Nueva York. Paso atenta a sus conferencias de prensa de cada día a las 10 y media de la mañana en que presenta la evolución del virus y la respuesta del estado en saco y con Powerpoint. Su forma de ser comunica lealtad, autodisciplina y desinterés. Quizás también tiene algo de Luke Skywalker su manera de luchar a favor de la gente de Nueva York, muchas veces en contra del gobierno federal. Otros políticos hablan con cautela y prudencia, pero Andrew Cuomo habla claro, incluso cuando lo que dice es un ataque directo al Presidente; es admirable. También hay algo entrañable y reconfortante en la manera en que Andrew cuenta historias de su familia y bromea con su hermano Chris en CNN: «Acabo de llamar a mamá, justo antes de venir a este programa», le informó Andrew a Chris, «y por cierto, ella me dijo que yo soy su hijo favorito. La buena noticia es que dijo que tú eres su segundo favorito.»

Traigo mi Cuomo Crush a colación aquí porque he empezado a darme cuenta de que no soy la única extrañamente fascinada por el gobernador. En un artículo para Jezebel titulado, «¿Ayuda, creo que estoy enamorada de Andrew Cuomo?», Rebecca Fishbein escribió: «Parece que he sido víctima del síndrome de Estocolmo, que MerriamWebster define como «la tendencia psicológica de un rehén para vincularse, identificarse o simpatizar con su captor». Explicó Fishbein: «Cuomo no me tiene como rehén tanto como el coronavirus, pero él es el único que me dice qué hacer, dónde yo puedo ir (a ningún lado), a quién puedo ver (a nadie), a quién no puedo escuchar (al Presidente Trump ni al Alcalde Bill de Blasio), lo que no puedo comer (cualquier cosa que no sea pasta)».

Más que síndrome de Estocolmo, creo que el fenómeno del Cuomo Crush tiene más que ver con sentirnos desesperados con la falta de héroes y del heroísmo en la vida política de los Estados Unidos. Por una parte, estamos luchando contra el coronavirus y por otra, contra nosotros mismos con la sociedad inmersa en un debate sobre reabrir la economía a toda costa y si vale más la economía o la vida humana. En el poema épico «La Odisea», que se escribió en el siglo VIII a. C., el guerrero griego Odiseo se pierde de camino a casa después de la Guerra de Troya de 10 años y pasa otros 10 años luchando, sin miedo, por regresar a casa para salvar a los que ama. Para los griegos, Odiseo era un héroe, una palabra que se deriva del término griego antiguo para «protector». Pero él era más que eso. El valiente capitán encarnaba las virtudes y atributos que la sociedad griega apreciaba, y proporcionó un modelo para que los griegos emularan. En el momento que vivimos ahora en los Estados Unidos, necesitamos héroes humanos como Andrew Cuomo más que nunca.

Ya no estamos en Kansas

Decía el científico Carl Sagan que no se puede convencer de nada a aquel cuyas creencias están basadas en una arraigada necesidad de creer. Suena a una gran parte de la población de los Estados Unidos y a su fe en la potencia e invulnerabilidad del país. Una pandemia y miles de gente muerta por una enfermedad sin piedad es algo que pasa solo en las noticias y en países lejanos. Así piensa la gente. Aún viendo cómo se extendía el virus a los países de Europa, nadie realmente pensaba que nos tocaría. Ya llegó a las costas de esta tierra y los casos empiezan a inundar los hospitales de Nueva York y de California y muchos escapan la cuarentena y siguen insistiendo en celebrar sus vacaciones de primavera haciendo fiestas en las playas. Hay jóvenes que se burlan de las medidas de seguridad y suben videos a TikTok y a Snapchat en que llegan a los supermercados a toser sobre la comida. Otros todavía hacen fiestas de corona para contaminarse a sí mismos y a los demás. Ninguno de ellos cuestiona el poder del «Gran sueño americano,» ven la cortina pero no quieren saber lo que oculta, simplemente quieren seguir creyendo en la magia.

Es Totó que primero se fija en la actividad detrás de una cortina y revela que el Mago de Oz no es un mago sino un hombre común y corriente que no les puede salvar. En la película, el Mago desesperado ordena: «No presten atención al hombre detrás de la cortina» («El Mago de Oz», 1939). Es lo que estamos experimentando como país, solo que aquí lo que está detrás de la cortina es algo mucho más nefasto. Es una política vacía de valores que prioriza al dinero por sobre la vida humana. Siempre lo ha hecho pero no queríamos verlo, es más, no teníamos que verle la cara, hasta ahora. Ahora estamos en una crisis y hay que tomar decisiones difíciles. La gente ha querido creer en la nobleza del liderazgo de los Estados Unidos cuando no hay ética ninguna. Por eso el vicegobernador Dan Patrick de Texas propuso el martes que la gente mayor debe sacrificarse para salvar la economía de los Estados Unidos: «Volvamos a trabajar, a vivir, seamos inteligentes. Y los que tenemos más de 70 años, ya nos cuidamos, pero no sacrifiquen el país, no lo hagan, no sacrifiquen el gran sueño americano», expresó. Las controversiales palabras de Patrick fueron emitidas en una entrevista con la cadena Fox News, en la que agregó «estoy dispuesto a jugarme mi supervivencia a cambio de mantener América tal y como es».

Tras hacerse públicas sus palabras, las críticas comenzaron a llegar y miles de usuarios en redes sociales lamentaron el sentir del político, viendo quizás por primera vez la cara diabólica de nuestro Oz. El presidente de los Estados Unidos Donald Trump ya advirtió este lunes que «el remedio no puede ser peor que el problema» y subrayó que no se puede permitir que siga deteriorándose la economía. Su postura quedó clara; hay que reanimar la economía cueste lo que cueste en vidas humanas. El Gobernador de Nueva York Andrew Cuomo preguntó incrédulo en una conferencia de prensa, «¿Qué es esto, alguna teoría darwiniana de la selección natural? Si alguien ya no puede mantener el paso, entonces dejamos a los ser humanos en los márgenes de la vida humana?» Sí, desgraciadamente así es, cabalito, Totó. Ya no estamos en Kansas.

El amor después del amor

El amor después del primer gran amor lleva siempre la huella del desengaño; como una camisa de segunda mano que viene con una vida anterior. Hay un poema de Charles Bukowski en que llega al meollo de la experiencia de las parejas que se unen ya luego de tener hijos y del divorcio. Ahí Bukowski habla de las mujeres pero se aplica de igual forma a los hombres. Dice «Todas las mujeres…tienen automóviles…y ex maridos…y llevan caras de desilusión; todas han sido decepcionadas. No sé bien qué hacer por ellas.» Todos los hombres también. Es la cuestión del amor luego del amor.

Hay esas personas que buscan pareja como si existiera una sola persona que es su destino y su alma gemela en el mundo. Nadie se para a pensar que si fuera así y que el destino te hubiera apartado una sola persona en el continuo de espacio y tiempo, las posibilidades de encontrarse serían casi nulas y el ser humano como especie quedaría en extinción. Más de alguna vez he sospechado que ese primer amor romántico, más que ser un misterio espiritual, es un proceso tan común y universal como el ciclo de la vida de un insecto; huevo, pupa, larva y mariposa. Ya con el tiempo, uno se da cuenta de que muchas veces ese amor romántico idealizado termina cumpliendo con el ciclo y la mariposa deja atrás al capullo. Y no pasa nada.

Sin embargo no es que se pierda la posibilidad de amar después del amor, sino que uno ve el amor por lo que es. Lo aprecia y al mismo tiempo le da su lugar dentro de una vida llena de otras responsabilidades y cosas. Le da un 15% de la energía vital, que es bastante. Lo evalúa, lo cultiva y lo respeta. Es una versión del amor sin la necesidad de hacer una fusión completa; en que uno reconoce que la pareja sigue existiendo fuera de la relación y que hay que complementarse sin girar sobre un mismo eje. Es un amor que acepta límites y entiende que el otro existe sin ti, porque ya hay varias décadas de constancia. Uno reconoce la subjetividad del otro y en este sentido es un amor menos egoísta y más ético. Algo que debe estar desde un principio en cualquier relación.

Bukowski no sabía qué hacer por estas mujeres con las miradas claras. Las que han amado antes, dieron el corazón una vez ya y saben que si se han equivocado una vez que vos también podrías ser un error. Son las mujeres que no te necesitan. Las que aman ahora conscientes del terrible secreto del amor; que no siempre dura, que se acaba y que no es indestructible. Son mujeres y hombres como Don Manuel, el protagonista de San Manuel Bueno Mártir de Miguel de Unamuno que es el párroco de su pueblo pero no tiene fe, no puede creer en Dios, y si finge creer ante sus fieles es por mantener en ellos la paz que da la creencia en otra vida, esa esperanza consoladora de la que él carece. Cierro con Fito Páez que tiene una canción, ‘El amor después del amor’, donde aconseja que «nadie puede y nadie debe vivir sin amor.» No estoy de acuerdo con el músico. El amor después del amor es una respuesta, pero no es la única y no pasa nada.

El espejo real

Dicen que hace poco inventaron un espejo real que le permite a uno verse no como estamos acostumbrados, es decir, con la imagen invertida, sino con una óptica perfecta, tal y como nos veríamos nosotros si estuviéramos mirándonos a nosotros mismos desde ese espejo, como si ese espejo fuera una ventana y no nuestra imagen al revés. Hay la posibilidad ya de vernos a nosotros mismos de la misma manera que nos mira la sociedad y el mundo externo. Sin embargo, ¿Esa imagen es una representación más precisa de quiénes somos? O, ¿una proyección externa falsa? Y, ¿cuál es el yo real?

En su concepto del «estadio del espejo» el psicoanalista Jacques Lacan asocia al espejo con una fase del desarrollo psicológico del niño comprendida aproximadamente entre los seis y los dieciocho meses de edad. Se trata de aquella etapa en la cual el niño se encuentra por primera vez capacitado para percibirse, o más exactamente, para percibir su reflejo completo en el espejo. En esta fase, de acuerdo a la teoría lacaniana, se desarrollaría el yo como instancia psíquica. Resulta la identidad personal; el conocimiento de que uno es un sujeto que existe por su propia cuenta en el mundo. Existe el individual separado de su ambiente y de la gente que lo rodea. Es a través del espejo entonces que llegamos a conocernos a nosotros mismos y a desarrollar un concepto del yo y de la identidad personal.

Es por eso quizás que muchos comentan que las fotos parecen distorsionar la cara o el cuerpo o que no se reconocen en las fotos. Curiosamente, los selfies logran sacar fotos como un «espejo real» con la cámara frontal del móvil. Una vez saca el selfie la imagen resultante es real: el texto aparece del derecho, y también la imagen y el resto de los objetos y personas que capta en ella. Al mismo tiempo hay que tener en cuenta que hay muchas formas en que una foto distorsiona una imagen por el ángulo de vista, el acercamiento y la luz. También la falta de movimiento capta un instante de naturaleza muerta pero no logra captar la totalidad del ser humano. Esta imagen «real» de cómo y quiénes somos quizás tenga que ver con otra subjetividad relacionada con la conciencia de un público; una subjetividad construida en el proceso de ser vista y percibida por los demás. El subtexto es siempre, «No soy así, pero es así que me ven los demás.» Es el yo público.

Jorge Luis Borges comenta este desdoblamiento del yo y la diferencia entre la identidad personal y el yo público en su mini-cuento ‘Borges y yo’: «Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico.» Hoy hice un experimento para ver hasta qué punto conozco mi yo público, esa otra Evelyn. Escogí dos fotos; una que creo que capta bien mi personalidad y la otra que siento que es una imagen superficial y forzada. Hay un sitio web en que uno puede subir fotos así y la gente en el internet vota y le dice las características que perciben en las fotos. Subí dos fotos y la que siento que me capta más recibió menos votos que la otra. La otra foto no capta bien mi identidad personal pero recibió más acogimiento público. Total que comparto ese sentimiento de Borges del desdoblamiento del yo, de no reconocerse en el yo público y de perderse por ratos en cuál es el yo «real.» Tampoco sé cuál de las dos escribe esta página.