El espejo real

Dicen que hace poco inventaron un espejo real que le permite a uno verse no como estamos acostumbrados, es decir, con la imagen invertida, sino con una óptica perfecta, tal y como nos veríamos nosotros si estuviéramos mirándonos a nosotros mismos desde ese espejo, como si ese espejo fuera una ventana y no nuestra imagen al revés. Hay la posibilidad ya de vernos a nosotros mismos de la misma manera que nos mira la sociedad y el mundo externo. Sin embargo, ¿Esa imagen es una representación más precisa de quiénes somos? O, ¿una proyección externa falsa? Y, ¿cuál es el yo real?

En su concepto del «estadio del espejo» el psicoanalista Jacques Lacan asocia al espejo con una fase del desarrollo psicológico del niño comprendida aproximadamente entre los seis y los dieciocho meses de edad. Se trata de aquella etapa en la cual el niño se encuentra por primera vez capacitado para percibirse, o más exactamente, para percibir su reflejo completo en el espejo. En esta fase, de acuerdo a la teoría lacaniana, se desarrollaría el yo como instancia psíquica. Resulta la identidad personal; el conocimiento de que uno es un sujeto que existe por su propia cuenta en el mundo. Existe el individual separado de su ambiente y de la gente que lo rodea. Es a través del espejo entonces que llegamos a conocernos a nosotros mismos y a desarrollar un concepto del yo y de la identidad personal.

Es por eso quizás que muchos comentan que las fotos parecen distorsionar la cara o el cuerpo o que no se reconocen en las fotos. Curiosamente, los selfies logran sacar fotos como un «espejo real» con la cámara frontal del móvil. Una vez saca el selfie la imagen resultante es real: el texto aparece del derecho, y también la imagen y el resto de los objetos y personas que capta en ella. Al mismo tiempo hay que tener en cuenta que hay muchas formas en que una foto distorsiona una imagen por el ángulo de vista, el acercamiento y la luz. También la falta de movimiento capta un instante de naturaleza muerta pero no logra captar la totalidad del ser humano. Esta imagen «real» de cómo y quiénes somos quizás tenga que ver con otra subjetividad relacionada con la conciencia de un público; una subjetividad construida en el proceso de ser vista y percibida por los demás. El subtexto es siempre, «No soy así, pero es así que me ven los demás.» Es el yo público.

Jorge Luis Borges comenta este desdoblamiento del yo y la diferencia entre la identidad personal y el yo público en su mini-cuento ‘Borges y yo’: «Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico.» Hoy hice un experimento para ver hasta qué punto conozco mi yo público, esa otra Evelyn. Escogí dos fotos; una que creo que capta bien mi personalidad y la otra que siento que es una imagen superficial y forzada. Hay un sitio web en que uno puede subir fotos así y la gente en el internet vota y le dice las características que perciben en las fotos. Subí dos fotos y la que siento que me capta más recibió menos votos que la otra. La otra foto no capta bien mi identidad personal pero recibió más acogimiento público. Total que comparto ese sentimiento de Borges del desdoblamiento del yo, de no reconocerse en el yo público y de perderse por ratos en cuál es el yo «real.» Tampoco sé cuál de las dos escribe esta página.

Edgardo Vega: ¿Desencanto o trauma?

La crítica ha propuesto El asco (1997) del escritor Horacio Castellanos Moya como un ejemplo representativo de desencanto, desilusión y cinismo de la producción cultural de «posguerra.» Revisando este libro, me pregunto si no hemos sido injustos en la evaluación de su protagonista, Edgardo Vega, como cínico. Quizás los comportamientos y actitudes excesivas en él, que la crítica llama cinismo, sean parte de la expresión de trauma.

En mi parecer, el trauma es el proverbial elefante en la habitación que no se aborda explícitamente como un marco crítico en los estudios actuales sobre El Salvador. Muchos estudios han examinado la producción cultural de «posguerra,» pero el impacto del trauma en sí rara vez se toma en cuenta directamente en estos análisis. Por ejemplo, Beatriz Cortez ha propuesto una sensibilidad de «desencanto» en la literatura de la «posguerra» e identifica este tono como «cinismo» en contraste con el tono utópico que anteriormente había caracterizado a los procesos revolucionarios. El problema está en que el cinismo como marco y lente crítico deja el trauma fuera de la conversación, a pesar de que es el trauma muchas veces lo que altera las opiniones de una persona sobre el mundo y la autoimagen y puede llevar al desarrollo de una perspectiva cínica.

El asco es una diatriba de ochenta y tres páginas en que el paranoico y neurótico protagonista se ve obligado a regresar a El Salvador después de vivir muchos años fuera y éste responde con un monólogo criticando la cultura salvadoreña. Sospechoso y aterrorizado de sus compatriotas, Edgardo Vega ve en todas partes «tipos que sin duda fueron torturadores y participaron en masacres durante la guerra civil». Cada conductor de autobús, jugador de fútbol y cantinero es, para Vega, cómplice de los crímenes de guerra más horribles. Sin embargo, no se detiene acusando a ciudadanos de El Salvador. Para él las atrocidades de la guerra son la culpa de la cultura; los hábitos alimenticios, los prejuicios y las actividades de ocio de la gente salvadoreña. Al final, Vega niega su propio nombre y procedencia y adquiere una nueva identidad como un ciudadano canadiense cuyo nombre es Thomas Bernhard. Aquí, propongo que el marco de cinismo es insuficiente para explicar la naturaleza extrema de las reacciones neuróticas y paranoicas de Edgardo Vega hacia las personas, la sociedad, la política y la cultura de su país natal. La actitud y el comportamiento de Vega va más allá de caer en la trampa del pensamiento negativo y en la distorsión cognitiva. ¿Qué pasa si Edgardo Vega es un víctima no debidamente comprendido del trauma y shock emocional vividos en la guerra y en los procesos de desplazamiento y migración?

De hecho, Edgardo Vega caracteriza el trauma psicosocial que el jesuita y socio-psicólogo Ignacio Martín Baró identifica durante la guerra en la población salvadoreña. En 1989, éste publicó un artículo en el que destaca los efectos de la guerra violenta prolongada y la «destrucción psicosocial» y las «relaciones deshumanizadas» de la población salvadoreña: «Se niega la naturaleza humana de los ‘enemigos’; se rechaza la posibilidad de cualquier interacción constructiva con ellos, viéndolos como algo que le gustaría destruir. La prolongación indefinida de la guerra en El Salvador supone la normalización de este tipo de relaciones deshumanizadas, cuyo impacto en las personas va desde el estrés somático hasta el desgarro de las estructuras mentales y el debilitamiento de la personalidad, que no puede encontrar una manera de afirmar auténticamente su propia identidad». La descripción de Martín Baró de los cambios cognitivos y del comportamiento que resultan del trauma están en línea con lo que los lectores encuentran en Edgardo Vega. Muchas veces las víctimas del trauma, como Vega, se aferran a los prejuicios, al absolutismo, a la idealización, a la rigidez ideológica, al escepticismo evasivo, a la defensa paranoica, a la venganza y al odio.

Hay otros casos de conflictos bélicos en que los psicólogos hablan del trastorno de estrés postraumático o de las dificultades de reintegración social luego de la guerra. En Rusia, por ejemplo, muchos lo llaman síndrome de Afganistán o de Chechenia. ¿Por qué es que en el análisis del arte y la literatura de la «posguerra» de El Salvador, no estamos hablando de la representación del trauma?

La mujer salvadoreña en la lucha armada

«Eugenia» es el apodo de Ana María Castillo Rivas. Nace el 7 de mayo de 1950 en San Salvador y es la hija mayor de una familia de clase media acomodada. En el colegio empieza a participar con la organización Juventud de Estudiantes Cristianos (JEC). Ahí, por su trabajo con las clases menos favorecidas y con los indígenas, se va concientizando políticamente. En 1975 es estudiante de psicología en la UCA y deja pendiente su tesis para meterse del todo a trabajar con organizaciones que en ese momento incorporan los campesinos a la revolución. Se casa con Javier, otro revolucionario, en 1976. Deciden esperar dos años antes de tener una hija (Ana Patricia) que nace en 1979. El 17 de enero de 1981, a ocho días de ofensiva general, Eugenia cae junto a tres compañeros mientras transportan armas. Aunque los últimos momentos de su vida son difíciles de reconstruir, Alegría y Flakoll sugieren que Eugenia se mata disparándose con una subametralladora como una última muestra de su compromiso absoluto, «!Por el terramplén de la izquierda! –gritó Eugenia-. ¡Qué no nos agarren vivos!»

No me agarran viva: La mujer salvadoreña en la lucha de Claribel Alegría y D.J. Flakoll (UCA, 1987) se enfoca en reconstruir la vida de Eugenia, una militante en las Fuerzas Populares de Liberación. Recoge los testimonios de militantes y de parientes y las cartas de Eugenia a su marido. En el prólogo, los autores recalcan que Eugenia no es un caso excepcional y que es típica de tantas mujeres salvadoreñas que dedicaron sus vidas a la lucha armada de modo que Alegría y Flakoll proponen a Eugenia como una metáfora para la mujer salvadoreña en la revolución.

Este libro nos revela cómo se construye el ideal militante de la mujer salvadoreña en la lucha armada. Uno de los principios de la vida de un revolucionario es desprenderse de su familia para dedicarse a la lucha. Vemos como Eugenia, primero, pospone ser madre por su compromiso político y, luego, cuando decide tener hijos, conceptualiza la maternidad como una obra colectiva y depende de los demás compañeros para criar a su hija: «… ella, comprendiendo la vida del revolucionario, integraba emocionalmente a la niña al colectivo» (111). Los testimonios sobre su persona enfatizan la disciplina, la capacidad de trabajo, y el compromiso absoluto de Eugenia. A pesar de trabajar muchas veces de la madrugada hasta muy tarde, Eugenia es una madre cariñosa: «Ese cariño contrastaba con la disciplina, con la firmeza que siempre tuvo en sus tareas revolucionarias ni éstas fueron un obstáculo en la educación de la niña» (112). Sin embargo, entiende que en cualquier momento puede caer así que trata de acostumbrar a su hija a que la cuiden los demás y a la distancia emocional. Ella combina integralmente las tareas de una revolucionaria, de una madre y de una compañera. Con la construcción del heroísmo de Eugenia, No me agarran viva presenta un modelo femenino ejemplar de abnegación, de sacrificio y de heroísmo revolucionario.

No me agarran viva presenta varios problemas éticos. Primero, Eugenia no solo se sacrifica personalmente sino que exige que su hija también sacrifique por la revolución. Cuando Eugenia muere Ana Patricia pierde su madre y crece con el conocimiento de que el compromiso absoluto de Eugenia no era con ella sino con la lucha armada. De ahí, la experiencia de Ana Patricia es un silencio notable en No me agarran viva. Obviamente, como Ana Patricia era una niña pequeña, su perspectiva sobre el involucramiento de su madre no entra en los testimonios. Sin embargo, hoy, más de treinta años después, sería necesario recoger el testimonio clave de Ana Patricia para darle voz a los niños cuyas relaciones con sus madres se sacrificaron por la lucha armada. Por otra parte, Eugenia es un ejemplo inalcanzable para muchas mujeres que no pudieron reconciliar su compromiso como madre con su compromiso político. Tienen que haber muchas que optaron por no tener hijos y otras que se salieron de la lucha para dedicarse a la familia. ¿Cómo darle voz a estas experiencias de auto-sacrificio que no encajan dentro del modelo de heroísmo que se construye en la persona de Eugenia?

Collage de recuerdos

La memoria es rara. Recordamos, a veces, cosas y a personas que nunca nos pertenecieron. Mi bisabuela, Lillie Emma Elizabeth Pohl Müller Galindo es así para mí. Nunca haberla conocido parece un detalle mínimo, porque la puedo imaginar. En varios momentos he preguntado sobre su vida y persona y la he rastreado por internet en sitios de archivos de los antepasados. He logrado juntar, de piezas de su vida y de su persona, un cuadro tipo collage de «recuerdos.» Sé, por ejemplo, que era escorpio y que este mes cumple años. Mi bisabuela nació en 1888 y fue una joven estadounidense que, por circunstancias de la vida, llegó a El Salvador y terminó quedándose ahí hasta el día de su muerte. Ser inmigrante marcó su vida, como había también marcado la de sus papás, que llegaron a Nuevo México tras salir de Bonn, Alemania unas tres décadas antes.

Llegó a Acajutla, El Salvador, en barco, desde un remoto puerto norteño. Me la imagino saliendo de San Diego, o de alguna ciudad mexicana, con un sombrero modesto y un traje al estilo vintage conservador. Sé, además, que antes de irse, daba clases en un colegio y que dejó ese trabajo para hacerse cargo de una plantación de caña de azúcar en El Salvador, que le dejó como herencia un pariente. Dicen que Lilian era una joven pensativa y seria, con ojos claros y pelo color de paja. Quizás, de niña, mi bisabuela se parecía a mi hija Lillian, que lleva ahora el mismo nombre. Igual que muchos inmigrantes, Lilian no sabía por cuánto tiempo le tocaría permanecer en el istmo centroamericano. No creo que se imaginara que pasaría ahí la vida entera, ni que su nieta, mi madre, sería la que emprendiera el viaje de retorno a los Estados Unidos. También, sin saber por cuánto tiempo ni imaginándose que sería por la vida entera.

En un tiempo, Lilian vivió con la escritora Claudia Lars y formaron un fuerte lazo de amistad entre las dos. En Tierra de infancia*, Lars habla de ella: «Debo a la joven extranjera el conocimiento de muchos libros de la literatura inglesa, y le agradezco todavía su inteligente compañerismo, que estimuló mis primeros intentos de escritora y que me abrió luminosos caminos hacia el porvenir. Mi dormitorio –vecino al de ella- se fue llenando de revistas ilustradas y de periódicos de Nueva York y San Francisco, y la gran república del norte –cuna de Lincoln y del libérrimo Walt Whitman- se me volvió más familiar y próxima. Un vivo deseo de conocer parte de su grandeza empezó a crecer en mi corazón.»

Vivió con Lars hasta casarse. De ahí, se fue a vivir a la capital y el relato de Claudia Lars pierde vista de mi bisabuela. Son apenas dos páginas de la vida de ella que recoge en su libro y se las agradezco mucho. «Cuando llegué esta vez a mi casa, no encontré en ella a Lilian. Estaba en San Salvador, arreglando un asunto que siempre tiene importancia para cualquier mujer: iba a contraer matrimonio… No puedo negar que la noticia de su viaje a la capital me causó más dolor que regocijo, pues, en un pueblo como el mío, la pérdida de una compañera tan dulce era casi una tragedia. Sin embargo, pronto comprendí que ella tenía derecho a escapar del fastidio de su aislamiento, y deseé que la vida le regalara los siete secretos de la buena suerte.»

** Lars, Claudia. Tierra de infancia, UCA Editores, 2005, 203-205.

Filosofía práctica de una maestra zen

Muchas veces estoy con mis estudiantes en medio de una lección y, de ellos, siento surgir una ola de energía caótica y fuerte. Con los años, he aprendido que es imposible luchar en contra de esa ola. Las opciones son quedarte ahí de pie y esperar a que te noquee, o lanzarte de lleno a ella y dejar que te lleve, uniéndote con su fuerza; buscando la manera de utilizar su poder.

Lo peor que puedes hacer es dejarte llevar por el pánico de que estás perdiendo el control de la clase. Esos son los profesores que les gritan a sus estudiantes como los perros pequeños que ladran de miedo y ansiedad. En las mejores condiciones el profesor está presente como un guía para proveer cierta estructura dándoles a los estudiantes la oportunidad de construir su propio conocimiento alrededor del sujeto o materia.

No puedo elegir cómo va a romper la ola, pero sí como surfearla. Por ejemplo, hay días en que vengo con una lección bien preparada y mis clases se oponen a trabajar o a concentrarse. Sobre todo, al final del día, los estudiantes más jóvenes y con menos autodisciplina se dejan vencer por la hambre, el cansancio y las frustraciones y se cierran al aprendizaje. Sacan los celulares y se ocupan de sus «streaks» en Snapchat o quieren ponerse audífonos para ver videos en Youtube.

Me piden comida, me piden permiso para ir al baño, para ir a tomar agua, o para cualquier cosa que se les ocurra que los saque de la clase. No es que no quieran ser buenos estudiantes, sino que, por varias razones complejas y enredadas, no pueden ser exitosos en ese momento. Doy clases en una escuela pública, en un distrito donde el 65% de los estudiantes viven en condiciones de pobreza.

Según el examen más reciente del Estado, la tasa de alfabetización es el 23% y solo el 18% de los estudiantes es competente en las matemáticas. Sin embargo, mi distrito no es una anomalía, al contrario, representa bien la condición de la mayor parte de las escuelas públicas de los Estados Unidos.

Muchos de los estudiantes viven en condiciones precarias, con familias que les dan poca estabilidad o apoyo. Muchas veces, se portan de mala manera porque están buscando hacer una conexión con un profesor o con otros estudiantes.

Hace poco puse a la clase a leer algo y a escribir una práctica y se quejaron de que era aburrido hacerlo. Luego, les di instrucciones para otra actividad y muchos no entendieron lo que estábamos haciendo, porque no habían prestado atención. Habían otros que ya estaban revisando mejor las últimas notificaciones en sus celulares.

Sentí subir la ola. Un estudiante levantó la mano y me comentó: «Señora, usted quiere que seamos clutch, en la clase de español.» No sabía entonces qué era ser «clutch», pero la clase me dio el ejemplo de Tracy McGrady, un jugador de baloncesto para los Houston Rockets, y la noche en que anotó 13 puntos en los últimos 33 segundos contra los San Antonio Spurs para ganar el partido.

La lección ese día constó en poner el video y, juntos, analizar la concentración y la atención de Tracy McGrady. Se veía que estaba el cien por ciento, absolutamente enfocado en lo que estaba haciendo. Esos 33 segundos fueron la culminación de tantas horas de tedio, de trabajo, de años de entrenamiento, de enfoque y de disciplina. Algunos entendieron que eso es lo que nos exige la vida para ser «clutch».

En fin, a lo que quiero llegar es a que, a veces, mis estudiantes están dispuestos a aprender algo y, otras veces, yo soy la que termina aprendiendo más que los estudiantes. Pase lo que pase en una clase, a lo largo de los años mis estudiantes me han enseñado a mantener un estado de calma y de atención, dejando que la pedagogía se guíe por la intuición, más que por el esfuerzo consciente. Tal vez ese sea el zen de los profesores: uno se convierte en un solo organismo con la clase, perdido en el ritmo del momento y en la energía en cuestión.

La historia no escuchada

En su libro Literatura en las cenizas de la historia, Cathy Caruth analiza las experiencias traumáticas y cómo éstas siempre traen una pérdida secundaria; el de desaparecer del registro histórico. Son historias no escuchadas. Hoy en el caso de El Salvador, por ejemplo, la Catedral Metropolitana del centro ha quedado inquietante; blanca, lisa y simple. Su exterior sin adornos refleja una estética moderna que ya no hace referencia a la historia y la memoria que muchos aún asocian con el lugar. La fachada limpia parece reflejar mejor la cultura actual de silencio e impunidad del país. Meses después de la firma de los acuerdos de paz en 1992, una amnistía general blanqueó las violaciones de los derechos humanos de la guerra, evitando que se llevaran a cabo juicios y protegiendo a muchas personas de responsabilidad penal.

Al poco tiempo de la destrucción de la fachada empezaron a nacer nuevas imágenes de «Armonía de nuestra gente» de Llort en la producción cultural. Eran pequeños retos a la cultura de olvido e intentos de volver a contar la historia de la Catedral. Un mural público, Alegoría de la guerra civil y los Acuerdos de Paz de Antonio Bonilla, muestra imágenes claves de la guerra más reciente de El Salvador; el arzobispo Romero está al centro, el emblemático monumento Salvador del Mundo de la capital, la firma de los Acuerdos de paz y la Catedral Metropolitana con la fachada de Fernando Llort aún intacta. Así también en la obra de teatro de Jorgelina Cerritos Audiencia de los confines: Primer ensayo de la memoria (Índole 2014) los personajes juntan los azulejos rotos del mural de Llort como símbolo de la recuperación de la memoria colectiva. Como escribe la crítica argentina Elizabeth Jelin, «la memoria es obstinada, no se resigna a quedar en el pasado, insiste en su presencia».

Estas representaciones de la Catedral con la obra de Llort intacta cuenta el pasado; recrea los referentes locales reinstalando la cultura y la historia en el centro de San Salvador. Cada una representa un regreso al sitio original de memoria que refleja el retorno de la experiencia traumática, como lo enfatizan críticos como Cathy Caruth: «el revivir traumático, como las pesadillas de la víctima del accidente, parece un recuerdo lúcido; se regresa, repetidamente, solo en la forma del sueño». Así también hay muchos escritores y artistas salvadoreños a partir de 2009 que están haciendo el trabajo de la memoria de regresar al pasado para re-presentar en la producción cultural lo que ha desaparecido y lo que se ha borrado. Entre ellos están Jorgelina Cerritos, Jorge Avalos, Jorge Galán, Róger Lindo, Claudia Hernández y Miguel Huezo Mixco, y artistas como Antonio Bonilla y el colectivo Fire Theory.

Pero el trabajo de la memoria, para poder sanar, exige la complicidad de un público dispuesto a ver y escuchar historias de trauma. En El Salvador, hasta ahora, el público de la memoria traumática ha sido escaso. Por ejemplo, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación obtuvo testimonios de las víctimas de la guerra solo para que el estado perdonara las violaciones de derechos humanos recién documentadas. Era como si sus testimonios fueron elicitados, archivados y documentados como parte del registro «oficial» solo para eliminar la posibilidad misma de remembranza y justicia. Primo Levi narra una pesadilla recurrente en Auschwitz en la que da testimonio, pero la respuesta de sus oyentes solo le regresa al trauma:

Todos me están escuchando y es esta misma historia la que estoy contando: el silbido de tres notas, la cama dura, mi vecino a quien me gustaría mover, pero a quién tengo miedo de despertar porque es más fuerte que yo. También hablo difusamente de nuestra hambre y del control de piojos, y del Kapo que me golpeó en la nariz y luego me envió a lavarme mientras sangraba. Es un placer intenso, físico, inexpresable, estar en casa, entre personas amigables y tener tantas cosas que contar: pero no puedo evitar notar que mis oyentes no me siguen. De hecho, son completamente indiferentes … Mi hermana me mira, se levanta y se va sin decir una palabra. Un dolor desolador nace en mí. Ahora estoy bastante despierto y recuerdo que se lo conté a Alberto y que él me confió, para mi sorpresa, que también es su sueño y el sueño de muchos otros, quizás de todos. ¿Por qué sucede? ¿Por qué el dolor de lo cotidiano se traduce constantemente en nuestros sueños, en la escena que cada vez se repite más de la historia no escuchada?

La cueva negra de la biopsia

Necesitamos hacerte una biopsia. No esperabas oír esas palabras. Has venido a la visita médica para que te den alguna receta fácil, para saber que no es nada y para confirmarte que estás bien. No para meterte a esta cueva negra. La palabra biopsia está compuesta y procede del griego bio, «vida»; y opsía, «observar», e implica que hay una parte de tu propio ser que no se puede ver con claridad. El hecho de ser y reconocer que somos en el fondo un organismo biológico vulnerable nos reduce a lo más corporal. De hecho, esas cuatro palabras te transportan al umbral, a punto de entrar a tu propio tejido como si fueras un forastero.

Tratas de ser positivo. Que te hagan una biopsia quiere decir, primero, que uno tiene el acceso al cuidado preventivo necesario para mantener la buena salud; eso en sí es un privilegio que no hay que dar por hecho, dado que una gran parte de la población mundial ni recibe atención médica. Tenés suerte de estar en esta situación, pensás, pero en estos espacios esa lógica vacila y falla.

Entramos a la cueva opaca que son esos días de esperar los resultados. Son días en los que uno empieza a desprenderse de la trayectoria hacia el futuro porque tenemos muy presente que ese porvenir no le es prometido a nadie. Interesante es ver la facilidad con que soltamos hasta nuestros objetivos profesionales más claros sin mayores inconvenientes y cómo deja de tener tanta urgencia estar al tanto de las novedades de Facebook y Twitter. Lo único que interesa del internet es buscar síntomas, eso sí. Y qué anhelo de estar con tus seres más queridos para que estén cerca, pero que no te pregunten nada de nada. Guardas tus pensamientos, dudas y sospechas en silencio porque todavía crees que las palabras tienen algún control sobre la realidad. Como si fuera la diagnosis y no el mal en sí que te hiciera daño con palabras y conceptos malignos que identifican «genus», especie y fenómeno.

La ventaja de la oscuridad de estos días es que ya no eres ni vieja, ni gorda, ni imperfecta. Te ves en el espejo como un organismo bello que nunca has podido ver bien, ni apreciar, hasta hoy. A saber por qué. Pero ahora sí, ahora que tu reflexión te mira con esa expresión de zombi.

Y bueno, de ahí, todo lo más feo; pánico, ansiedad, puro cortisol. De hecho, según un estudio de Harvard publicado en la revista médica Radiology, esperar los resultados de una biopsia afecta los niveles de hormonas del estrés igual como recibir la mala noticia de un cáncer. En ese mismo estudio 126 mujeres se hicieron biopsias mamarias y después de cinco días 73 todavía no tenían los resultados de sus biopsias. Las que no sabían los resultados tenían los mismos niveles de cortisol que las 16 a quienes les diagnosticaron un cáncer. Total que esperar los resultados de biopsias mamarias no es nada chiche.

Al fin y al cabo hay que dar gracias por las veces que logramos encontrar la salida y zafarnos de las cuevas negras de la vida. Hay que salir de ese espacio tenebroso y saber apreciar el cielo despejado y la luz del día. En fin, lo más curioso que aprendes de esos espacios oscuros es que nos dilatan la experiencia humana dejándonos con más posibilidades de ver y entender qué es lo esencial de la vida. Terminan siendo fuentes de luminosidad.

Los primeros cincuenta días de Nayib Bukele

Me he puesto hoy una camiseta de Nayib, recién llegada de Amazon.com. En la camiseta aparece su cara pixelada con lentes y cachucha y abajo el texto, «Se les ordena comer pupusas de loroco». La referencia a las pupusas de loroco y la imagen en arte digital es una mezcla de nostalgia y futurismo. Capta algo del espíritu con que observamos los primeros 50 días de la presidencia de Nayib Bukele, desde acá.

Según las estadísticas más recientes de ONU, un 20 % de los salvadoreños vivimos fuera del país en diáspora. Somos los hijos de un país que continuamente nos expulsa y que nunca se ha hecho cargo de esa situación. Por eso llamó tanto la atención que Bukele asumiera responsabilidad por el hecho de que tantos salvadoreños nos sentimos obligados a irnos del país. En los primeros días de julio de este año, Bukele fue entrevistado por la periodista Cordelia Lynch, de Sky News, quien lo interrogó sobre la crisis migratoria de centroamericanos que buscan entrar a Estados Unidos. En esa entrevista el presidente reconoció lo que ningún líder salvadoreño había reconocido antes, que El Salvador tiene una responsabilidad por las condiciones que impulsan la migración. Ante dicha noticia, Bukele aseguró hacer todo lo posible por construir un país donde irse a Estados Unidos sea una opción y no una obligación. Fue la primera vez que un presidente salvadoreño nos haya dado alguna esperanza de poder, algún día, volver.

De ahí y de acuerdo con el refrán, «dime con quién andas, y te diré quién eres», Bukele le pidió a Estados Unidos un trato migratorio distinto a Honduras y Guatemala, nuestros vecinos del llamado Triángulo Norte de Centroamérica. El presidente declaró en una rueda de prensa, «que no se nos meta en la buchaca (bolsa de mesa de billar)». En el caso de la droga, hizo ver que El Salvador incauta el 75 % de la cocaína que grupos criminales pretenden llevar a Estados Unidos, mientras que en Honduras es el 2 o 3 %, y que cuando se establece el promedio del Triángulo Norte se dice injustamente que los decomisos son del 30 %. Este comentario también nos dio alguna esperanza de poder zafarnos de los problemas que acometen a Centroamérica como una región.

Los pasos que ha tomado Nayib Bukele para buscar reducir la delincuencia y la violencia de pandillas como equipar bien a policías, cortar el wifi en las cárceles y lanzar una campaña mediática y cultural para educar a los jóvenes nos han dejado pensando, desde acá, por qué nadie lo había hecho ya antes.

Sin embargo, y aunque Bukele esté haciendo muchas cosas bien, nadie es perfecto. La periodista Beatriz Calderón le hizo un llamado al presidente para no dejar al feminicidio fuera de su Plan de Control Territorial y para también hacerse cargo de esta crisis. Quiero también hacerle eco a la crítica constructiva de Calderón aquí cuando Bukele se refirió al caso de Keni Guadalupe Larios como un crimen pasional difícil de controlar fuera de la seguridad pública. El presidente caracterizó al caso de la mujer asesinada por su pareja como un caso doméstico que tenía «más que ver con la salud mental y con la cultura que con las pandillas». Claro, es un problema cultural que la sociedad salvadoreña siempre se ha hecho la vista gorda ante el problema de la violencia contra las mujeres. A pesar de lo difícil que pueda ser combatir al feminicidio, también es necesario hacerlo para mejorar las condiciones de muchas mujeres del país.

Muchos dicen que por fin se siente que hay un líder en El Salvador y una visión para el país que nos inspira. Lo claro es que nunca hemos pasado tanto tiempo en Twitter por las noches. Falta ver cómo responden las pandillas a las nuevas medidas del Plan de Control Territorial y cómo responden los jóvenes a las nuevas oportunidades que se les presentan. También falta ver cómo Bukele se enfrenta con la violencia de género. Con todo, y desde acá toda la evidencia de los primeros 50 días sugiere que tenemos razón de sentir que hay, por primera vez, mucha esperanza.

12 reglas para la vida

Desde que descubrí el canal de YouTube de Jordan Peterson este mes, me he quedado completamente asombrada por la cantidad, y el valor, del contenido producido por este individuo. Su libro, «12 reglas para la vida: un antídoto para el caos» (2018) es uno de solo 14 libros que he sentido la necesidad de comprar en audiolibro en los últimos cinco años para poder escuchar y reflexionar sobre sus propuestas aprovechando del tiempo que manejo al trabajo y hago otras cosas.

Para aquellos que no están familiarizados con el Dr. Peterson, esta es una introducción rápida a su persona y trabajo. Jordan B. Peterson es un psicólogo canadiense, crítico cultural y profesor de Psicología. Ha enseñado en Harvard y en la Universidad de Toronto. El Dr. Peterson se especializa en psicología de la personalidad con un interés especial en la psicología de las creencias religiosas e ideológicas. Ha publicado más de cien artículos científicos, transformando la comprensión moderna de la personalidad, mientras que su libro de texto, «Mapas de significado», revolucionó la psicología de la religión. En los últimos años, el Dr. Peterson se ha convertido en uno de los pensadores públicos más populares del mundo debido a sus charlas en YouTube, y su canal que cuenta con más de 1 millón de suscriptores, donde describe las profundas conexiones entre la neurociencia, la psicología y analiza algunas de las historias más antiguas de la humanidad.

En su libro, «12 reglas para la vida», Peterson escribe de una manera útil y práctica sobre la necesidad de hacerse cargo de la vida propia. En lugar de ver la responsabilidad como algo que uno necesita aceptar a regañadientes, Peterson demuestra que la responsabilidad es una herramienta subutilizada y fundamental para vivir bien. Ayuda a los lectores a encontrar la disciplina, el coraje, la fuerza y la claridad necesaria para vivir adecuadamente, dado el sufrimiento y el caos inherentes en la vida.

Aquí les dejo las 12 citas de Peterson que más me han impactado este mes:

1. «¿Puede imaginarse a sí mismo en 10 años si, en lugar de evitar las cosas que sabe que debería hacer, realmente las hiciera todos los días? Eso es fuerte».

2. «Vas a pagar un precio por todo lo que haces y por todo lo que no haces. No puedes elegir no pagar un precio. Lo único que se elige es el veneno que vas a tomar. Solo eso».

3. «Si cumple con sus obligaciones todos los días, no necesita preocuparse por el futuro».

4. «Hay muchas veces en la vida que no va a sentirse feliz… Uno no puede depender de eso ni orientarse por la felicidad. Hay que tener un propósito, ese es el barco que te llevará a través de la tormenta».

5. «No subestime el poder de la visión y la dirección en la vida. Estas son fuerzas irresistibles, capaces de motivar acción a pesar de lo que parecen ser obstáculos invencibles».

6. «Observe a la gente como si usted fuera un halcón, y cuando alguien hace algo bueno, tome nota y dígale».

7. «Ningún ambiente de aprendizaje es cómodo, por cierto. En mi caso, cada cosa importante en la vida que tuve que aprender fue dolorosa».

8. «Un hombre inofensivo no es un buen hombre. Un buen hombre es un hombre muy peligroso que tiene esa potencia bajo control voluntario».

9. «Si cree que los hombres fuertes son peligrosos, no se imagina las capacidades de los hombres débiles».

10. «El enfoque que uno tiene determina lo que uno ve».

11. «Hay algunos juegos que uno no puede jugar a menos que se compromete del todo».

12. «Es en la responsabilidad que la mayoría de las personas encuentra el significado que las sustenta a lo largo de la vida. No está en la felicidad. No está en el placer impulsivo».

La pérdida del espacio público

Por los medios de comunicación supe de la triste muerte esta semana de la corredora apuñalada en Santa Elena el 23 de abril, María Olimpia Escobar. Sin conocerla personalmente sentí cierta identificación con ella por también ser corredora, mujer y por tener casi la misma edad.

Recordé antes en mis idas al país buscar espacios comunes para correr y que era difícil encontrarlos; me metía al campus de la UCA para correr en la pista de atletismo o llegaba al parque de la colonia Maquilishuat para dar vueltas en esos caminos encerrados y, otras veces, me resignaba a hacer ejercicios dentro de la casa. Nunca me atrevía a salir a correr sola en las calles por llegar siempre de pseudoturista, haber perdido el contacto directo con la cotidianidad del país y no poder evaluar bien el peligro real que implicaba ocupar el espacio público.

Hoy cuando llego a El Salvador siempre siento que asumo un miedo prostético prestado de los demás y nutrido de medios artificiales, de las noticias y avisos públicos. Confío siempre en los que conocen bien el país y viven permanentemente ahí para saber si en cierta zona se puede andar sola, si se puede ir de pie, si ir en taxi, o en carro para hacer algunos mandados. Evalúo el riesgo de viajar a ciertas partes del país y la gente siempre me recuerda que el tráfico es agresivo, que puede haber una llanta pacha u otro inconveniente inesperado. Hay amigos que me recomiendan solo salir a lo más necesario y dicen que ya no se puede andar por placer o de paseo en El Salvador. Lo tomo en cuenta y cuando salgo siempre entiendo que no hay ninguna garantía de seguridad en la ciudad ni en el país.

Algo más que noto al leer sobre el caso es la jerarquía que se establece entre los traumas en El Salvador. Por ejemplo, entre los pésames que se le dieron a la familia estaban los comentarios de los que percibieron la noticia principalmente a través de la clase social.

Recordaban que hay gente humilde que a diario sufre: “Gente humilde que a diario es asesinada, extorsionada y desaparecida en ciudades como Mejicanos, Lourdes, San Martín, Ciudad Delgado y toda la zona donde vivimos los plebeyos…”. El comentario sugiere que escribir sobre esta muerte y sentirse indignado por ella es en cierta forma una negación de las muertes de la gente humilde en el país y de la inseguridad que se vive a diario en otras zonas.

Quizás es verdad que representar públicamente la muerte de una persona o de cierta experiencia traumática implica no representar otro trauma o muerte, pero el problema con esta manera de ver las cosas es que hace de los traumas una competencia entre lo que se representa y lo que se deja al olvido.

Elimina la posibilidad de diálogo sobre el sufrimiento de diferentes grupos de personas en el país, entre la gente humilde y la gente con más recursos y entre la violencia que sufren los hombres y las mujeres. En fin, la muerte de esta mujer es una trágica e innecesaria muerte más que confirma que avanza la crisis nacional de la pérdida del espacio público. Sin darnos cuenta se ha perdido lo que era propio. La calle y el derecho de transitarla con seguridad ya no son nuestros.