La historia no escuchada

En su libro Literatura en las cenizas de la historia, Cathy Caruth analiza las experiencias traumáticas y cómo éstas siempre traen una pérdida secundaria; el de desaparecer del registro histórico. Son historias no escuchadas. Hoy en el caso de El Salvador, por ejemplo, la Catedral Metropolitana del centro ha quedado inquietante; blanca, lisa y simple. Su exterior sin adornos refleja una estética moderna que ya no hace referencia a la historia y la memoria que muchos aún asocian con el lugar. La fachada limpia parece reflejar mejor la cultura actual de silencio e impunidad del país. Meses después de la firma de los acuerdos de paz en 1992, una amnistía general blanqueó las violaciones de los derechos humanos de la guerra, evitando que se llevaran a cabo juicios y protegiendo a muchas personas de responsabilidad penal.

Al poco tiempo de la destrucción de la fachada empezaron a nacer nuevas imágenes de «Armonía de nuestra gente» de Llort en la producción cultural. Eran pequeños retos a la cultura de olvido e intentos de volver a contar la historia de la Catedral. Un mural público, Alegoría de la guerra civil y los Acuerdos de Paz de Antonio Bonilla, muestra imágenes claves de la guerra más reciente de El Salvador; el arzobispo Romero está al centro, el emblemático monumento Salvador del Mundo de la capital, la firma de los Acuerdos de paz y la Catedral Metropolitana con la fachada de Fernando Llort aún intacta. Así también en la obra de teatro de Jorgelina Cerritos Audiencia de los confines: Primer ensayo de la memoria (Índole 2014) los personajes juntan los azulejos rotos del mural de Llort como símbolo de la recuperación de la memoria colectiva. Como escribe la crítica argentina Elizabeth Jelin, «la memoria es obstinada, no se resigna a quedar en el pasado, insiste en su presencia».

Estas representaciones de la Catedral con la obra de Llort intacta cuenta el pasado; recrea los referentes locales reinstalando la cultura y la historia en el centro de San Salvador. Cada una representa un regreso al sitio original de memoria que refleja el retorno de la experiencia traumática, como lo enfatizan críticos como Cathy Caruth: «el revivir traumático, como las pesadillas de la víctima del accidente, parece un recuerdo lúcido; se regresa, repetidamente, solo en la forma del sueño». Así también hay muchos escritores y artistas salvadoreños a partir de 2009 que están haciendo el trabajo de la memoria de regresar al pasado para re-presentar en la producción cultural lo que ha desaparecido y lo que se ha borrado. Entre ellos están Jorgelina Cerritos, Jorge Avalos, Jorge Galán, Róger Lindo, Claudia Hernández y Miguel Huezo Mixco, y artistas como Antonio Bonilla y el colectivo Fire Theory.

Pero el trabajo de la memoria, para poder sanar, exige la complicidad de un público dispuesto a ver y escuchar historias de trauma. En El Salvador, hasta ahora, el público de la memoria traumática ha sido escaso. Por ejemplo, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación obtuvo testimonios de las víctimas de la guerra solo para que el estado perdonara las violaciones de derechos humanos recién documentadas. Era como si sus testimonios fueron elicitados, archivados y documentados como parte del registro «oficial» solo para eliminar la posibilidad misma de remembranza y justicia. Primo Levi narra una pesadilla recurrente en Auschwitz en la que da testimonio, pero la respuesta de sus oyentes solo le regresa al trauma:

Todos me están escuchando y es esta misma historia la que estoy contando: el silbido de tres notas, la cama dura, mi vecino a quien me gustaría mover, pero a quién tengo miedo de despertar porque es más fuerte que yo. También hablo difusamente de nuestra hambre y del control de piojos, y del Kapo que me golpeó en la nariz y luego me envió a lavarme mientras sangraba. Es un placer intenso, físico, inexpresable, estar en casa, entre personas amigables y tener tantas cosas que contar: pero no puedo evitar notar que mis oyentes no me siguen. De hecho, son completamente indiferentes … Mi hermana me mira, se levanta y se va sin decir una palabra. Un dolor desolador nace en mí. Ahora estoy bastante despierto y recuerdo que se lo conté a Alberto y que él me confió, para mi sorpresa, que también es su sueño y el sueño de muchos otros, quizás de todos. ¿Por qué sucede? ¿Por qué el dolor de lo cotidiano se traduce constantemente en nuestros sueños, en la escena que cada vez se repite más de la historia no escuchada?

La cueva negra de la biopsia

Necesitamos hacerte una biopsia. No esperabas oír esas palabras. Has venido a la visita médica para que te den alguna receta fácil, para saber que no es nada y para confirmarte que estás bien. No para meterte a esta cueva negra. La palabra biopsia está compuesta y procede del griego bio, «vida»; y opsía, «observar», e implica que hay una parte de tu propio ser que no se puede ver con claridad. El hecho de ser y reconocer que somos en el fondo un organismo biológico vulnerable nos reduce a lo más corporal. De hecho, esas cuatro palabras te transportan al umbral, a punto de entrar a tu propio tejido como si fueras un forastero.

Tratas de ser positivo. Que te hagan una biopsia quiere decir, primero, que uno tiene el acceso al cuidado preventivo necesario para mantener la buena salud; eso en sí es un privilegio que no hay que dar por hecho, dado que una gran parte de la población mundial ni recibe atención médica. Tenés suerte de estar en esta situación, pensás, pero en estos espacios esa lógica vacila y falla.

Entramos a la cueva opaca que son esos días de esperar los resultados. Son días en los que uno empieza a desprenderse de la trayectoria hacia el futuro porque tenemos muy presente que ese porvenir no le es prometido a nadie. Interesante es ver la facilidad con que soltamos hasta nuestros objetivos profesionales más claros sin mayores inconvenientes y cómo deja de tener tanta urgencia estar al tanto de las novedades de Facebook y Twitter. Lo único que interesa del internet es buscar síntomas, eso sí. Y qué anhelo de estar con tus seres más queridos para que estén cerca, pero que no te pregunten nada de nada. Guardas tus pensamientos, dudas y sospechas en silencio porque todavía crees que las palabras tienen algún control sobre la realidad. Como si fuera la diagnosis y no el mal en sí que te hiciera daño con palabras y conceptos malignos que identifican «genus», especie y fenómeno.

La ventaja de la oscuridad de estos días es que ya no eres ni vieja, ni gorda, ni imperfecta. Te ves en el espejo como un organismo bello que nunca has podido ver bien, ni apreciar, hasta hoy. A saber por qué. Pero ahora sí, ahora que tu reflexión te mira con esa expresión de zombi.

Y bueno, de ahí, todo lo más feo; pánico, ansiedad, puro cortisol. De hecho, según un estudio de Harvard publicado en la revista médica Radiology, esperar los resultados de una biopsia afecta los niveles de hormonas del estrés igual como recibir la mala noticia de un cáncer. En ese mismo estudio 126 mujeres se hicieron biopsias mamarias y después de cinco días 73 todavía no tenían los resultados de sus biopsias. Las que no sabían los resultados tenían los mismos niveles de cortisol que las 16 a quienes les diagnosticaron un cáncer. Total que esperar los resultados de biopsias mamarias no es nada chiche.

Al fin y al cabo hay que dar gracias por las veces que logramos encontrar la salida y zafarnos de las cuevas negras de la vida. Hay que salir de ese espacio tenebroso y saber apreciar el cielo despejado y la luz del día. En fin, lo más curioso que aprendes de esos espacios oscuros es que nos dilatan la experiencia humana dejándonos con más posibilidades de ver y entender qué es lo esencial de la vida. Terminan siendo fuentes de luminosidad.

Los primeros cincuenta días de Nayib Bukele

Me he puesto hoy una camiseta de Nayib, recién llegada de Amazon.com. En la camiseta aparece su cara pixelada con lentes y cachucha y abajo el texto, «Se les ordena comer pupusas de loroco». La referencia a las pupusas de loroco y la imagen en arte digital es una mezcla de nostalgia y futurismo. Capta algo del espíritu con que observamos los primeros 50 días de la presidencia de Nayib Bukele, desde acá.

Según las estadísticas más recientes de ONU, un 20 % de los salvadoreños vivimos fuera del país en diáspora. Somos los hijos de un país que continuamente nos expulsa y que nunca se ha hecho cargo de esa situación. Por eso llamó tanto la atención que Bukele asumiera responsabilidad por el hecho de que tantos salvadoreños nos sentimos obligados a irnos del país. En los primeros días de julio de este año, Bukele fue entrevistado por la periodista Cordelia Lynch, de Sky News, quien lo interrogó sobre la crisis migratoria de centroamericanos que buscan entrar a Estados Unidos. En esa entrevista el presidente reconoció lo que ningún líder salvadoreño había reconocido antes, que El Salvador tiene una responsabilidad por las condiciones que impulsan la migración. Ante dicha noticia, Bukele aseguró hacer todo lo posible por construir un país donde irse a Estados Unidos sea una opción y no una obligación. Fue la primera vez que un presidente salvadoreño nos haya dado alguna esperanza de poder, algún día, volver.

De ahí y de acuerdo con el refrán, «dime con quién andas, y te diré quién eres», Bukele le pidió a Estados Unidos un trato migratorio distinto a Honduras y Guatemala, nuestros vecinos del llamado Triángulo Norte de Centroamérica. El presidente declaró en una rueda de prensa, «que no se nos meta en la buchaca (bolsa de mesa de billar)». En el caso de la droga, hizo ver que El Salvador incauta el 75 % de la cocaína que grupos criminales pretenden llevar a Estados Unidos, mientras que en Honduras es el 2 o 3 %, y que cuando se establece el promedio del Triángulo Norte se dice injustamente que los decomisos son del 30 %. Este comentario también nos dio alguna esperanza de poder zafarnos de los problemas que acometen a Centroamérica como una región.

Los pasos que ha tomado Nayib Bukele para buscar reducir la delincuencia y la violencia de pandillas como equipar bien a policías, cortar el wifi en las cárceles y lanzar una campaña mediática y cultural para educar a los jóvenes nos han dejado pensando, desde acá, por qué nadie lo había hecho ya antes.

Sin embargo, y aunque Bukele esté haciendo muchas cosas bien, nadie es perfecto. La periodista Beatriz Calderón le hizo un llamado al presidente para no dejar al feminicidio fuera de su Plan de Control Territorial y para también hacerse cargo de esta crisis. Quiero también hacerle eco a la crítica constructiva de Calderón aquí cuando Bukele se refirió al caso de Keni Guadalupe Larios como un crimen pasional difícil de controlar fuera de la seguridad pública. El presidente caracterizó al caso de la mujer asesinada por su pareja como un caso doméstico que tenía «más que ver con la salud mental y con la cultura que con las pandillas». Claro, es un problema cultural que la sociedad salvadoreña siempre se ha hecho la vista gorda ante el problema de la violencia contra las mujeres. A pesar de lo difícil que pueda ser combatir al feminicidio, también es necesario hacerlo para mejorar las condiciones de muchas mujeres del país.

Muchos dicen que por fin se siente que hay un líder en El Salvador y una visión para el país que nos inspira. Lo claro es que nunca hemos pasado tanto tiempo en Twitter por las noches. Falta ver cómo responden las pandillas a las nuevas medidas del Plan de Control Territorial y cómo responden los jóvenes a las nuevas oportunidades que se les presentan. También falta ver cómo Bukele se enfrenta con la violencia de género. Con todo, y desde acá toda la evidencia de los primeros 50 días sugiere que tenemos razón de sentir que hay, por primera vez, mucha esperanza.

12 reglas para la vida

Desde que descubrí el canal de YouTube de Jordan Peterson este mes, me he quedado completamente asombrada por la cantidad, y el valor, del contenido producido por este individuo. Su libro, «12 reglas para la vida: un antídoto para el caos» (2018) es uno de solo 14 libros que he sentido la necesidad de comprar en audiolibro en los últimos cinco años para poder escuchar y reflexionar sobre sus propuestas aprovechando del tiempo que manejo al trabajo y hago otras cosas.

Para aquellos que no están familiarizados con el Dr. Peterson, esta es una introducción rápida a su persona y trabajo. Jordan B. Peterson es un psicólogo canadiense, crítico cultural y profesor de Psicología. Ha enseñado en Harvard y en la Universidad de Toronto. El Dr. Peterson se especializa en psicología de la personalidad con un interés especial en la psicología de las creencias religiosas e ideológicas. Ha publicado más de cien artículos científicos, transformando la comprensión moderna de la personalidad, mientras que su libro de texto, «Mapas de significado», revolucionó la psicología de la religión. En los últimos años, el Dr. Peterson se ha convertido en uno de los pensadores públicos más populares del mundo debido a sus charlas en YouTube, y su canal que cuenta con más de 1 millón de suscriptores, donde describe las profundas conexiones entre la neurociencia, la psicología y analiza algunas de las historias más antiguas de la humanidad.

En su libro, «12 reglas para la vida», Peterson escribe de una manera útil y práctica sobre la necesidad de hacerse cargo de la vida propia. En lugar de ver la responsabilidad como algo que uno necesita aceptar a regañadientes, Peterson demuestra que la responsabilidad es una herramienta subutilizada y fundamental para vivir bien. Ayuda a los lectores a encontrar la disciplina, el coraje, la fuerza y la claridad necesaria para vivir adecuadamente, dado el sufrimiento y el caos inherentes en la vida.

Aquí les dejo las 12 citas de Peterson que más me han impactado este mes:

1. «¿Puede imaginarse a sí mismo en 10 años si, en lugar de evitar las cosas que sabe que debería hacer, realmente las hiciera todos los días? Eso es fuerte».

2. «Vas a pagar un precio por todo lo que haces y por todo lo que no haces. No puedes elegir no pagar un precio. Lo único que se elige es el veneno que vas a tomar. Solo eso».

3. «Si cumple con sus obligaciones todos los días, no necesita preocuparse por el futuro».

4. «Hay muchas veces en la vida que no va a sentirse feliz… Uno no puede depender de eso ni orientarse por la felicidad. Hay que tener un propósito, ese es el barco que te llevará a través de la tormenta».

5. «No subestime el poder de la visión y la dirección en la vida. Estas son fuerzas irresistibles, capaces de motivar acción a pesar de lo que parecen ser obstáculos invencibles».

6. «Observe a la gente como si usted fuera un halcón, y cuando alguien hace algo bueno, tome nota y dígale».

7. «Ningún ambiente de aprendizaje es cómodo, por cierto. En mi caso, cada cosa importante en la vida que tuve que aprender fue dolorosa».

8. «Un hombre inofensivo no es un buen hombre. Un buen hombre es un hombre muy peligroso que tiene esa potencia bajo control voluntario».

9. «Si cree que los hombres fuertes son peligrosos, no se imagina las capacidades de los hombres débiles».

10. «El enfoque que uno tiene determina lo que uno ve».

11. «Hay algunos juegos que uno no puede jugar a menos que se compromete del todo».

12. «Es en la responsabilidad que la mayoría de las personas encuentra el significado que las sustenta a lo largo de la vida. No está en la felicidad. No está en el placer impulsivo».

La pérdida del espacio público

Por los medios de comunicación supe de la triste muerte esta semana de la corredora apuñalada en Santa Elena el 23 de abril, María Olimpia Escobar. Sin conocerla personalmente sentí cierta identificación con ella por también ser corredora, mujer y por tener casi la misma edad.

Recordé antes en mis idas al país buscar espacios comunes para correr y que era difícil encontrarlos; me metía al campus de la UCA para correr en la pista de atletismo o llegaba al parque de la colonia Maquilishuat para dar vueltas en esos caminos encerrados y, otras veces, me resignaba a hacer ejercicios dentro de la casa. Nunca me atrevía a salir a correr sola en las calles por llegar siempre de pseudoturista, haber perdido el contacto directo con la cotidianidad del país y no poder evaluar bien el peligro real que implicaba ocupar el espacio público.

Hoy cuando llego a El Salvador siempre siento que asumo un miedo prostético prestado de los demás y nutrido de medios artificiales, de las noticias y avisos públicos. Confío siempre en los que conocen bien el país y viven permanentemente ahí para saber si en cierta zona se puede andar sola, si se puede ir de pie, si ir en taxi, o en carro para hacer algunos mandados. Evalúo el riesgo de viajar a ciertas partes del país y la gente siempre me recuerda que el tráfico es agresivo, que puede haber una llanta pacha u otro inconveniente inesperado. Hay amigos que me recomiendan solo salir a lo más necesario y dicen que ya no se puede andar por placer o de paseo en El Salvador. Lo tomo en cuenta y cuando salgo siempre entiendo que no hay ninguna garantía de seguridad en la ciudad ni en el país.

Algo más que noto al leer sobre el caso es la jerarquía que se establece entre los traumas en El Salvador. Por ejemplo, entre los pésames que se le dieron a la familia estaban los comentarios de los que percibieron la noticia principalmente a través de la clase social.

Recordaban que hay gente humilde que a diario sufre: “Gente humilde que a diario es asesinada, extorsionada y desaparecida en ciudades como Mejicanos, Lourdes, San Martín, Ciudad Delgado y toda la zona donde vivimos los plebeyos…”. El comentario sugiere que escribir sobre esta muerte y sentirse indignado por ella es en cierta forma una negación de las muertes de la gente humilde en el país y de la inseguridad que se vive a diario en otras zonas.

Quizás es verdad que representar públicamente la muerte de una persona o de cierta experiencia traumática implica no representar otro trauma o muerte, pero el problema con esta manera de ver las cosas es que hace de los traumas una competencia entre lo que se representa y lo que se deja al olvido.

Elimina la posibilidad de diálogo sobre el sufrimiento de diferentes grupos de personas en el país, entre la gente humilde y la gente con más recursos y entre la violencia que sufren los hombres y las mujeres. En fin, la muerte de esta mujer es una trágica e innecesaria muerte más que confirma que avanza la crisis nacional de la pérdida del espacio público. Sin darnos cuenta se ha perdido lo que era propio. La calle y el derecho de transitarla con seguridad ya no son nuestros.

La ficción y los derechos humanos

La ficción y los derechos humanos tienen una conexión fundamental pero conflictiva. En su libro “La invención de los derechos humanos” (2007) Lynn Hunt sostiene que el cambio cultural relacionado con el nacimiento de los derechos humanos en Europa en el siglo XVIII estuvo ligado al auge de la novela epistolar en la década de 1740. Los lectores cultivaron una sensibilidad de igualdad, ya que simpatizaban con los personajes “comunes” de novelas como “Pamela” (1740), de Samuel Richardson, en la que la protagonista es una criada y su patrón intenta seducirla, y “Julie” (1761), de Rousseau, sobre una mujer de clase media. En el elogio de Denis Diderot para Samuel Richardson, publicado en 1762, Diderot explica que la escritura de Richardson lo llevó a identificarse profundamente con el personaje central.

En el caso de El Salvador la influencia del discurso de los derechos humanos más directa y reciente se puede atribuir en parte a la fase documental de los Acuerdos de Paz de 1992, que incluía un mandato para investigar las violaciones de los derechos humanos cometidos durante la guerra más reciente. Desde julio de 1992 hasta marzo de 1993, la Comisión de la Verdad escuchó más de 2,000 testimonios y recopiló información de 20,000 declaraciones de testigos adicionales. El proceso público de narrar la experiencia personal, dar testimonio oral a una organización internacional, tener esto registrado en términos del discurso universal de los derechos humanos y, luego, almacenar estas narraciones en un “archivo oficial” es un proceso que continúa siendo representado en múltiples formas en la literatura salvadoreña.

Un creciente número de obras en Centroamérica después de las guerras más recientes en El Salvador y Guatemala se pueden incluir en esta categoría de literatura sobre los derechos humanos como “Insensatez” (2004), “Tirana memoria” (2012), y “Moronga”, de Horacio Castellanos Moya (2018), y “Material humano”, de Rodrigo Rey Rosa (2009). Estas son obras de “ficción” pero, en cada caso, hacen uso del documento histórico como base estructural del relato. Las tramas tienen que ver con protagonistas que hurgan en archivos llenos de documentos históricos o en el caso de “Tirana memoria”, el relato se basa en un diario histórico ficticio y los eventos siguen la línea de tiempo del martinato en El Salvador. El documento histórico se vuelve aún más importante con el paso del tiempo, puesto que hay más escritores que no fueron protagonistas directos en esas guerras por ser niños en los años ochenta o por nacer después. A esta categoría se suman “Noviembre” (2015), de Jorge Galán; y “Roza tumba quema” (2017), de Claudia Hernández, dos novelas de escritores que no vivieron directamente las historias que narran; retoman los eventos de la guerra más reciente pero dependen ya más de documentos históricos y de los testimonios de otras personas para poder contar esas historias.

Representar el pasado como ficción constituye una trampa potencial para los derechos humanos, dado que la introducción de la imaginación en el ámbito de la memoria puede desacreditar el testimonio personal como una representación fiel del pasado. Al mismo tiempo hay que reconocer que siempre ha habido intersecciones y puntos de fricción entre la ficción y el documento histórico. Por ejemplo, está el caso del testimonio de “Miguel Mármol” (1972), de Roque Dalton, en que Dalton revela que su compromiso en dar a conocer la vida de Mármol no es contar la verdad histórica, sino transformar la realidad. El punto focal se convierte, entonces, en la fusión de la ficción y el documento histórico, el espacio liminal entre la narración y el archivo y las prácticas experimentales que desafían la comprensión tradicional de qué es la ficción y de lo que este medio puede hacer para crear una cultura de derechos humanos.

El pensamiento mágico

Cuando mi hija se pasó a dormir en su propio cuarto le colgué un crucifijo de bronce en la pared, arriba de su cuna, sobre una placa de madera. Y eso que no soy religiosa. Lo hice porque había sido mío de niña, me parecía hermoso y porque era un símbolo de protección. La placa estaba suspendida por una cinta amarilla y sobre la madera estaba pintada la imagen de un ángel querubín. Cada noche, antes de acostarme, entraba a revisar la respiración de mi hija, a ver que estaba tapada bien, pero no sé cuando me empecé a fijar tanto en la cruz. Mi gran temor era que alguna noche entraría a su cuarto y encontraría invertido el crucifijo, como en películas de mi juventud, como «La profecía» o «La maldición de Damien», y a saber qué caja de pandora se abriría entonces. En mi mente lógica sabía que eran temores que no correspondían a la realidad y, por eso mismo, pasó mucho tiempo en que no le comenté nada de esa rutina a nadie. Entender que no era lógico no me ayudaba en esos momentos y, a veces, revisaba su cuarto, me calmaba, y tenía que volver en algunos momentos para ver que seguía colgado el crucifijo de la misma forma. Nunca se me ocurrió quitarlo de la pared y evitar todo ese proceso, porque eso habría dejado a mi hija sola y expuesta a todas esas fuerzas potenciales del mal sin, ni siquiera, cualquier mínima protección que le aportaba esa placa católica. Repito, no soy religiosa, pero lo que pasa es que mi escepticismo se extiende hasta los campos de la ciencia y la razón. No creo que nadie tenga las respuestas absolutas ni la perspectiva necesaria para entender ni explicar cómo funciona la experiencia humana.

La primera vez que oí mencionar el «pensamiento mágico» fue en un libro de Joan Didion, en que la autora describe cómo los rituales de su vida cambiaron cuando lidiaba con las enfermedades y, al fin, el fallecimiento de su marido e hija dentro del espacio de dos años. Para Didion, el hecho de no deshacerse de los zapatos de su marido, por ejemplo, aun después de su muerte, significaba que de alguna forma seguía existiendo la posibilidad de que él iba a volver y poder usarlos otra vez. La forma de razonar de la autora en ese tiempo iba en contra de la realidad empírica y todo ese libro tiene que ver con la misma insensatez que, de cierta forma, le da orden a la vida humana, sobre todo en momentos así, de crisis o de agobio.

Cuando encontré ese libro de Joan Didion sentí que la autora había puesto por escrito algo que yo ya había experimentado en mi propia vida. El crucifijo de mi hija quedó guardado en una caja en alguna cambiada de casa. El pensamiento mágico ahora tiene que ver con el acto de buscar señas en las cosas que uno encuentra en la calle o en las cosas que mira en el camino, pero también en tratar de actuar sobre ese mismo universo y de negociar con él. Es el acto de colgar un amuleto contra el mal de ojo o usar una pulsera de pita roja para la protección. Es cuando alguien te da un collar o unos aretes y perderlos o deshacerse de ellos significa, de alguna forma, perder algo de la conexión con esa persona. Es cuando se cae una fotografía y uno se preocupa que algo le ha sucedido a esa persona en ese instante. Es el silencio que sigue después de romper un espejo o cuando uno experimenta el «déjà vu». En fin, Joan Didion dice que la experiencia humana no se corresponde con explicaciones lógicas, cuando pierdes a alguien lo percibes con el corazón, no con el cerebro: «Es una sola persona que ya no está, pero es el mundo entero que ahora está vacío».

Tóxico

Estaba sentada en la mesa de comedor en la casa de mis padres. Discutía con ellos la novedad de que el papá de mis hijos se había mudado al estado lejano de Arizona. Era curioso porque se había ido sin avisarle a nadie abandonando las responsabilidades inmediatas que tenía con los niños. Recuerdo detalles del cuarto mientras conversábamos; el sonido de la mesa cuando crujía contra el linóleo, la densidad de las viejas sillas de madera y la luz rosada del atardecer que poco a poco llenaba el espacio.

Ahí fue que entró al comedor un desconocido; un hombre joven sonriente y con un aire de confianza que me dejó perpleja. Sin romper la zancada nos tiró sobre la mesa una carta postal que quedó sin abrir y me dio la mano anunciando que tenía algo para mí de mi exmarido. Supe entonces la razón detrás de su huida repentina a Arizona. Sentí como que el joven me presionaba güishtes en la palma de la mano y sabía que venían llenos de alguna toxina letal. Antes de morir solo tuve chance de pensar que se quedarían solos mis hijos. Desperté.

Decidí que el año entrante no volvería a programar las lecturas de Borges y Cortázar para mis estudiantes en la misma semana. Leíamos en estos días ‘El sur’ y ‘La noche boca arriba’, dos cuentos en que se cruza el mundo de sueño con la realidad y el protagonista en cada caso sueña su muerte. Quizás por eso había terminado soñando la mía. Y sin embargo me quedé con la inquietud de la vividez de ese sueño y de lo que me habría querido comunicar aparte de la plena animosidad del divorcio.

He leído sobre casos de sueños proféticos, o premonitorios, que de alguna manía del subconsciente abren ventanas hacia el futuro que le permiten a uno acceder a una determinada información. Está el caso de Abraham Lincoln, por ejemplo, el presidente que soñó su muerte días antes de ser asesinado.

La respuesta me llegó el siguiente día cuando mi hijo me preguntó si yo no había recibido un correo que me había querido hacer llegar su papá. Me entró la sensación fugaz de haber estado en esa situación antes. No, no lo había encontrado en el buzón de email y de qué se trataba, le pregunté. Ernesto me explicó que su papá tenía programado un viaje inmediato a otro estado y que era referente a eso y al plan de tiempo compartido con ellos. Pensé en la carta postal no leída del sueño que había quedado sobre la mesa del comedor y no contesté nada ese día, que fue jueves.

Ha quedado pendiente una respuesta a esa carta que quedó perdida entre el umbral de dos mundos y ya sé lo que le voy a contestar. Que me encargo yo esa semana de los niños, que no hay problema y que goce sus días de vacaciones. En fin, hay que hacer el esfuerzo para encontrar el antídoto al veneno lastimoso de esa relación. Mando el correo electrónico, cierro la página de web y encuentro en otra página abierta un poema de Rumi del siglo 13. Lo leo y siento que leo el contenido de esa primera carta como si formara parte de un sueño lúcido:

«Más allá de las ideas de los males y las cosas buenas que nos hicimos,

hay un campo. Encontrémonos allí.

Cuando el alma se acuesta en esa grama,

El mundo está demasiado lleno para poder discutir.

Ideas, lenguaje, incluso la frase «nosotros»

Pierde todo sentido

La brisa del amanecer tiene secretos que contarte.

No te vuelvas a dormir…

La gente cruza el umbral

donde los dos mundos se juntan.

La puerta es redonda y está abierta

No te vuelvas a dormir».

El arte de robar libros

Hay quien se apropia de los libros para venderlos, hay quien lo hace por el placer de tener bibliotecas cada vez más completas y está quien se adentra en el crimen para poder leer. En mi caso fue por la condición material de no estar en el país y por vivir, una gran parte del tiempo, fuera. Se trataba de dos libros, uno de la autoría de Ricardo Lindo sobre la pintura en El Salvador y, el otro, un catálogo de una exposición de Antonio Bonilla. Hace un tiempo, el dueño de los libros me concedió una entrevista y, antes de salir, recuerdo pagarle algo de dinero por su tiempo y que me prestó los dos libros.

Las primeras dos veces que me escribió por Facebook pidiendo el regreso de sus libros, le respondí que la próxima vez que llegara al país me los traía conmigo. Quizás tiene algún dato que quiera revisar en uno de los libros pensé, y por eso le urge tenerlos. Ya para la última vez que se comunicó conmigo, hace un par de semanas, el tono de sus mensajes se había deteriorado con brusquedad, como el clima agresivo donde vivo. Me advirtió: «Luego escribiré estados en mi muro (me siento puro marero extorsionando por algo que es mío)». Como no le podía cumplir, pensé en las cosas que él publicaría en su muro: «Denuncio a Évelyn Galindo, ladrona de libros». No estaba tan mal; o quizás, no era yo la única. Quizás formaría parte de un elenco de gente que le habían ido desvalijando poco a poco los estantes. De todos modos, y pusiera lo que pusiera en su muro, le tuve que responder lo mismo, que hasta no estar de nuevo en el país, me era imposible cumplir con su demanda. Y así fue que, sin querer, me convertí en ladrona de libros.

La situación me hizo pensar en la novela «Los detectives salvajes», del escritor chileno Roberto Bolaño. Ahí, uno de los narradores de la historia, el joven García Madero, se deja caer en un abismo de mala conducta; entra a las librerías a robar libros de autores como Roque Dalton, Lezama Lima y Jorge Luis Borges, entre muchos otros. En su caso lo hace principalmente por anárquico y por el gusto de tener una biblioteca cada vez más amplia. Me fui dando cuenta al buscar un poco por internet que hay cierta cultura de robar libros. Vi que los libros más robados son los de Charles Bukowski y de William Burroughs, y que muchas veces las librerías ponen estos textos detrás del mostrador para desanimar a los ladrones. En una entrevista, Bolaño reconoció que, siendo joven, robó libros por los mismos motivos que García Madero: «Yo veía cómo mis amigos robaban libros y sus bibliotecas iban creciendo, menos la mía. Entonces me decidí a entrar en el gremio de los ladrones». Bolaño agrega: «Yo creo que es algo que todos los jóvenes hacen y me parece, además, buenísimo que lo hagan. Robar libros no es un delito».

Quizás el señor de los libros se veía víctima de un tipo como García Madero, un vagabundo, vanguardista que vulneraba los límites establecidos por la sociedad. Quizás por eso, su reacción tan molesta. Mentiría si no confieso que me pareció algo romántica la acusación de roba-libros. Y sin embargo, fui a buscarlos en el estante y los coloqué en una mesa cerca de la puerta principal para no olvidar de llevarle los libros en la próxima oportunidad. Para mí, apropiarme de los textos prestados no es que sea un delito, pero si una carga de conciencia que no me interesa asumir solo por guardar un par de libros más en el estante.

La tela del tiempo

«Uno solo es capaz de notar que el pasado es hermoso porque nunca comprende la totalidad de una experiencia en su momento. Se expande más tarde, y por lo tanto no tenemos emociones completas en el presente, solo en relación al pasado». Leo este comentario de Virginia Woolf en el tercer volumen de su diario. Ella lo anota unos momentos antes de cenar, la noche del 18 de marzo de 1925.

Me la puedo imaginar luego de cerrar el diario, guardarlo y de ahí levantarse del escritorio antes de dirigirse al comedor. Mientras me cuesta entender las propuestas sobre el tiempo de los físicos teóricos como Stephen Hawking y Einstein, esta frase de Woolf sobre la simultaneidad del pasado, el presente y el futuro y el hecho que la experiencia humana no se limita al presente me parece lógica y muy cierta.

Pienso en la idea de Woolf de no poder comprender la totalidad de una experiencia en su momento mientras limpio una mancha pequeña en una pared de la cocina, que parece ser salsa de tomate seca de hace años. Lo más probable es que nació de alguna vez que mi (ahora ex) marido cocinaba los espaguetis italianos que tanto le gustaban.

Ahí quedó grabada la mancha en el continuo espacio-temporal. Quién iba a poder deducir entonces que esa gota de salsa de tomate duraría más que mi matrimonio o que el significado de esa mancha seguiría expandiéndose en el tiempo, cobrando un significado mayor en el futuro. Ahora la veo y esa manchita es un símbolo perfecto de la impermanencia de algunas relaciones y la acabo de borrar con un trapo.

Hace poco tuve otra experiencia parecida del tiempo cuando volví a ojear un libro sobre la artista Camille Claudel, que me regaló mi abuela, Stella, luego de un viaje a París. Ella siempre firmaba los libros con dedicatoria y por eso sé que consiguió el libro en una librería que se llamaba Bretanos, Avenue de l’Opéra, en noviembre de 1994. Mi abuela vivía su presente pero con la consciencia de que en algún momento futuro no me iba a poder comunicar más lo que estaba en ese mensaje; lo mucho que pensó en mí durante su viaje y que me quería mucho, muchísimo.

Aparte de saber que me fascinaba la escultora, ella intuía que en algún momento futuro, que ella no alcanzaría a conocer, yo iba a volver a abrir el tapete de ese libro sobre Camille Claudel y recordarla. Así como decía Virginia Woolf, la experiencia se expande más tarde y es hasta entonces que logramos notar lo hermoso que es el pasado. En este caso, lo bello que es tener entre mis manos un mensaje de mi abuela de hace 24 años como una muestra tangible de su vida y de su amor en el presente.

La experiencia humana se expande en el tiempo como estelas en el mar. Puedo pensar en otro ejemplo de hace un par de años cuando a mi hija se le clavó la idea de cultivar un jardín con vegetales y flores, y lo hicimos en el patio de la casa de mis papás. Durante ese proceso de cavar hoyos en la tierra recordé que la última vez que había cultivado un jardín fue con mi papá en el mismo lugar del patio cuando yo misma era niña.

Ahora yo era madre y lo hacía con mi hija. Pensé que para la tierra lo que apenas fue un instante de tiempo, fueron para mí 35 años. La experiencia de cultivar un jardín de niña al lado de mi papá se expandió en ese momento. Noto lo hermoso que fue el proceso de hacer el jardín con mi papá hasta 35 años después cuando lo repito con Lilli. Virginia Woolf tenía toda la razón.