Cómo romper concreto

El concreto espeso aúlla como un animal. Toca quebrar el concreto del patio de la casa y al principio la losa rechaza los golpes de la almádena con un eco cavernoso. Con más esfuerzo los bordes y la superficie del hormigón comienzan a desmoronarse y liberar polvo, pero la piedra sigue intacta e impenetrable. Sigo sin avances notables y casi me doy por vencida hasta que, con un golpe entre tantos, aparece un hilo en el concreto, una grieta casi invisible. Esa grieta es el punto clave de inflexión. Con el próximo golpe se hunde la daga en carne. Ahora, con cada martillazo la progresión es geométrica.

Romper el hormigón es un trabajo riguroso y me da mucho tiempo para pensar. Es una buena metáfora además de los momentos en que nos atascamos y nos encontramos en proyectos o caminos que parecen difíciles y que no llevan a ninguna parte. Hasta el trabajo creativo se puede convertir en una disciplina de avivar chispas que niegan a prenderse fuego. Ahí terminan miles de poemas desconocidos, cuadros en montones, artículos que nunca se publican y cuadrados de tejer que nunca llegan a ser colchas. Hay etapas en que uno se cansa y hasta escribir o hacer arte se convierten en empeños agotadores. Parece que estás cincelando un muro de piedra que no quiere ceder.

Con un golpe entre tantos, hay un pequeño avance; otra grieta en el hormigón. Mientras trabajo, estoy escuchando un libro en audio de Michael Singer llamado El alma sin ataduras. Allí, el autor analiza la inspiración y los momentos sublimados en que sentimos que la energía creativa y la motivación se mueven libremente en nosotros. Nos sentimos ligeros, capaces y productivos. Creamos arte por el puro gozo de crear arte.

Singer pregunta si hay algo externo que podría sucederle a una persona que cambiaría su perspectiva de una manera que le haría dejar de sentirse bloqueado o atascado en la vida. Quizás si te compraran un cuadro, si tuvieras contrato para publicar un libro de poemas o si te ofrecieran algún trabajo deseado. Si es así, y un hecho externo fuera capaz de producir tal cambio interno, entonces liberar tu energía es una decisión que puedes tomar ahora conscientemente de dejar fluir esa energía que emana de uno mismo. Con el próximo golpe se hunde la almádena y se quiebra el hormigón. El punto clave es entender que abrir el corazón y pensar de alguna forma que permita fluir la creatividad e inspiración a través de ti ahora y en todo momento es una decisión.

El amor en los tiempos del corona

Mi primer crush fue Jimmy Carter, el Presidente de los Estados Unidos entre 1977 y 1981. Fue en esos años que salimos de El Salvador como migrantes y nos establecimos en Wisconsin. Tiene lógica que su persona marcara mi niñez porque, a los cuatro años de edad, Carter era quizás de las pocas personas públicas que veía con alguna regularidad que no fuera dibujo animado. Recuerdo verlo y pensar, con la psicología de una niña, que era benévolo y determinado, rebelde, sincero, amable y cariñoso; un Luke Skywalker en la vida real.

No me había vuelto a suceder una infatuación así por una figura pública hasta llegar la pandemia. Ahora, confieso haber pasado las primeras semanas del mes de abril enamorada de Andrew Cuomo, el Gobernador demócrata de Nueva York. Paso atenta a sus conferencias de prensa de cada día a las 10 y media de la mañana en que presenta la evolución del virus y la respuesta del estado en saco y con Powerpoint. Su forma de ser comunica lealtad, autodisciplina y desinterés. Quizás también tiene algo de Luke Skywalker su manera de luchar a favor de la gente de Nueva York, muchas veces en contra del gobierno federal. Otros políticos hablan con cautela y prudencia, pero Andrew Cuomo habla claro, incluso cuando lo que dice es un ataque directo al Presidente; es admirable. También hay algo entrañable y reconfortante en la manera en que Andrew cuenta historias de su familia y bromea con su hermano Chris en CNN: «Acabo de llamar a mamá, justo antes de venir a este programa», le informó Andrew a Chris, «y por cierto, ella me dijo que yo soy su hijo favorito. La buena noticia es que dijo que tú eres su segundo favorito.»

Traigo mi Cuomo Crush a colación aquí porque he empezado a darme cuenta de que no soy la única extrañamente fascinada por el gobernador. En un artículo para Jezebel titulado, «¿Ayuda, creo que estoy enamorada de Andrew Cuomo?», Rebecca Fishbein escribió: «Parece que he sido víctima del síndrome de Estocolmo, que MerriamWebster define como «la tendencia psicológica de un rehén para vincularse, identificarse o simpatizar con su captor». Explicó Fishbein: «Cuomo no me tiene como rehén tanto como el coronavirus, pero él es el único que me dice qué hacer, dónde yo puedo ir (a ningún lado), a quién puedo ver (a nadie), a quién no puedo escuchar (al Presidente Trump ni al Alcalde Bill de Blasio), lo que no puedo comer (cualquier cosa que no sea pasta)».

Más que síndrome de Estocolmo, creo que el fenómeno del Cuomo Crush tiene más que ver con sentirnos desesperados con la falta de héroes y del heroísmo en la vida política de los Estados Unidos. Por una parte, estamos luchando contra el coronavirus y por otra, contra nosotros mismos con la sociedad inmersa en un debate sobre reabrir la economía a toda costa y si vale más la economía o la vida humana. En el poema épico «La Odisea», que se escribió en el siglo VIII a. C., el guerrero griego Odiseo se pierde de camino a casa después de la Guerra de Troya de 10 años y pasa otros 10 años luchando, sin miedo, por regresar a casa para salvar a los que ama. Para los griegos, Odiseo era un héroe, una palabra que se deriva del término griego antiguo para «protector». Pero él era más que eso. El valiente capitán encarnaba las virtudes y atributos que la sociedad griega apreciaba, y proporcionó un modelo para que los griegos emularan. En el momento que vivimos ahora en los Estados Unidos, necesitamos héroes humanos como Andrew Cuomo más que nunca.

Ya no estamos en Kansas

Decía el científico Carl Sagan que no se puede convencer de nada a aquel cuyas creencias están basadas en una arraigada necesidad de creer. Suena a una gran parte de la población de los Estados Unidos y a su fe en la potencia e invulnerabilidad del país. Una pandemia y miles de gente muerta por una enfermedad sin piedad es algo que pasa solo en las noticias y en países lejanos. Así piensa la gente. Aún viendo cómo se extendía el virus a los países de Europa, nadie realmente pensaba que nos tocaría. Ya llegó a las costas de esta tierra y los casos empiezan a inundar los hospitales de Nueva York y de California y muchos escapan la cuarentena y siguen insistiendo en celebrar sus vacaciones de primavera haciendo fiestas en las playas. Hay jóvenes que se burlan de las medidas de seguridad y suben videos a TikTok y a Snapchat en que llegan a los supermercados a toser sobre la comida. Otros todavía hacen fiestas de corona para contaminarse a sí mismos y a los demás. Ninguno de ellos cuestiona el poder del «Gran sueño americano,» ven la cortina pero no quieren saber lo que oculta, simplemente quieren seguir creyendo en la magia.

Es Totó que primero se fija en la actividad detrás de una cortina y revela que el Mago de Oz no es un mago sino un hombre común y corriente que no les puede salvar. En la película, el Mago desesperado ordena: «No presten atención al hombre detrás de la cortina» («El Mago de Oz», 1939). Es lo que estamos experimentando como país, solo que aquí lo que está detrás de la cortina es algo mucho más nefasto. Es una política vacía de valores que prioriza al dinero por sobre la vida humana. Siempre lo ha hecho pero no queríamos verlo, es más, no teníamos que verle la cara, hasta ahora. Ahora estamos en una crisis y hay que tomar decisiones difíciles. La gente ha querido creer en la nobleza del liderazgo de los Estados Unidos cuando no hay ética ninguna. Por eso el vicegobernador Dan Patrick de Texas propuso el martes que la gente mayor debe sacrificarse para salvar la economía de los Estados Unidos: «Volvamos a trabajar, a vivir, seamos inteligentes. Y los que tenemos más de 70 años, ya nos cuidamos, pero no sacrifiquen el país, no lo hagan, no sacrifiquen el gran sueño americano», expresó. Las controversiales palabras de Patrick fueron emitidas en una entrevista con la cadena Fox News, en la que agregó «estoy dispuesto a jugarme mi supervivencia a cambio de mantener América tal y como es».

Tras hacerse públicas sus palabras, las críticas comenzaron a llegar y miles de usuarios en redes sociales lamentaron el sentir del político, viendo quizás por primera vez la cara diabólica de nuestro Oz. El presidente de los Estados Unidos Donald Trump ya advirtió este lunes que «el remedio no puede ser peor que el problema» y subrayó que no se puede permitir que siga deteriorándose la economía. Su postura quedó clara; hay que reanimar la economía cueste lo que cueste en vidas humanas. El Gobernador de Nueva York Andrew Cuomo preguntó incrédulo en una conferencia de prensa, «¿Qué es esto, alguna teoría darwiniana de la selección natural? Si alguien ya no puede mantener el paso, entonces dejamos a los ser humanos en los márgenes de la vida humana?» Sí, desgraciadamente así es, cabalito, Totó. Ya no estamos en Kansas.

El amor después del amor

El amor después del primer gran amor lleva siempre la huella del desengaño; como una camisa de segunda mano que viene con una vida anterior. Hay un poema de Charles Bukowski en que llega al meollo de la experiencia de las parejas que se unen ya luego de tener hijos y del divorcio. Ahí Bukowski habla de las mujeres pero se aplica de igual forma a los hombres. Dice «Todas las mujeres…tienen automóviles…y ex maridos…y llevan caras de desilusión; todas han sido decepcionadas. No sé bien qué hacer por ellas.» Todos los hombres también. Es la cuestión del amor luego del amor.

Hay esas personas que buscan pareja como si existiera una sola persona que es su destino y su alma gemela en el mundo. Nadie se para a pensar que si fuera así y que el destino te hubiera apartado una sola persona en el continuo de espacio y tiempo, las posibilidades de encontrarse serían casi nulas y el ser humano como especie quedaría en extinción. Más de alguna vez he sospechado que ese primer amor romántico, más que ser un misterio espiritual, es un proceso tan común y universal como el ciclo de la vida de un insecto; huevo, pupa, larva y mariposa. Ya con el tiempo, uno se da cuenta de que muchas veces ese amor romántico idealizado termina cumpliendo con el ciclo y la mariposa deja atrás al capullo. Y no pasa nada.

Sin embargo no es que se pierda la posibilidad de amar después del amor, sino que uno ve el amor por lo que es. Lo aprecia y al mismo tiempo le da su lugar dentro de una vida llena de otras responsabilidades y cosas. Le da un 15% de la energía vital, que es bastante. Lo evalúa, lo cultiva y lo respeta. Es una versión del amor sin la necesidad de hacer una fusión completa; en que uno reconoce que la pareja sigue existiendo fuera de la relación y que hay que complementarse sin girar sobre un mismo eje. Es un amor que acepta límites y entiende que el otro existe sin ti, porque ya hay varias décadas de constancia. Uno reconoce la subjetividad del otro y en este sentido es un amor menos egoísta y más ético. Algo que debe estar desde un principio en cualquier relación.

Bukowski no sabía qué hacer por estas mujeres con las miradas claras. Las que han amado antes, dieron el corazón una vez ya y saben que si se han equivocado una vez que vos también podrías ser un error. Son las mujeres que no te necesitan. Las que aman ahora conscientes del terrible secreto del amor; que no siempre dura, que se acaba y que no es indestructible. Son mujeres y hombres como Don Manuel, el protagonista de San Manuel Bueno Mártir de Miguel de Unamuno que es el párroco de su pueblo pero no tiene fe, no puede creer en Dios, y si finge creer ante sus fieles es por mantener en ellos la paz que da la creencia en otra vida, esa esperanza consoladora de la que él carece. Cierro con Fito Páez que tiene una canción, ‘El amor después del amor’, donde aconseja que «nadie puede y nadie debe vivir sin amor.» No estoy de acuerdo con el músico. El amor después del amor es una respuesta, pero no es la única y no pasa nada.

El espejo real

Dicen que hace poco inventaron un espejo real que le permite a uno verse no como estamos acostumbrados, es decir, con la imagen invertida, sino con una óptica perfecta, tal y como nos veríamos nosotros si estuviéramos mirándonos a nosotros mismos desde ese espejo, como si ese espejo fuera una ventana y no nuestra imagen al revés. Hay la posibilidad ya de vernos a nosotros mismos de la misma manera que nos mira la sociedad y el mundo externo. Sin embargo, ¿Esa imagen es una representación más precisa de quiénes somos? O, ¿una proyección externa falsa? Y, ¿cuál es el yo real?

En su concepto del «estadio del espejo» el psicoanalista Jacques Lacan asocia al espejo con una fase del desarrollo psicológico del niño comprendida aproximadamente entre los seis y los dieciocho meses de edad. Se trata de aquella etapa en la cual el niño se encuentra por primera vez capacitado para percibirse, o más exactamente, para percibir su reflejo completo en el espejo. En esta fase, de acuerdo a la teoría lacaniana, se desarrollaría el yo como instancia psíquica. Resulta la identidad personal; el conocimiento de que uno es un sujeto que existe por su propia cuenta en el mundo. Existe el individual separado de su ambiente y de la gente que lo rodea. Es a través del espejo entonces que llegamos a conocernos a nosotros mismos y a desarrollar un concepto del yo y de la identidad personal.

Es por eso quizás que muchos comentan que las fotos parecen distorsionar la cara o el cuerpo o que no se reconocen en las fotos. Curiosamente, los selfies logran sacar fotos como un «espejo real» con la cámara frontal del móvil. Una vez saca el selfie la imagen resultante es real: el texto aparece del derecho, y también la imagen y el resto de los objetos y personas que capta en ella. Al mismo tiempo hay que tener en cuenta que hay muchas formas en que una foto distorsiona una imagen por el ángulo de vista, el acercamiento y la luz. También la falta de movimiento capta un instante de naturaleza muerta pero no logra captar la totalidad del ser humano. Esta imagen «real» de cómo y quiénes somos quizás tenga que ver con otra subjetividad relacionada con la conciencia de un público; una subjetividad construida en el proceso de ser vista y percibida por los demás. El subtexto es siempre, «No soy así, pero es así que me ven los demás.» Es el yo público.

Jorge Luis Borges comenta este desdoblamiento del yo y la diferencia entre la identidad personal y el yo público en su mini-cuento ‘Borges y yo’: «Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico.» Hoy hice un experimento para ver hasta qué punto conozco mi yo público, esa otra Evelyn. Escogí dos fotos; una que creo que capta bien mi personalidad y la otra que siento que es una imagen superficial y forzada. Hay un sitio web en que uno puede subir fotos así y la gente en el internet vota y le dice las características que perciben en las fotos. Subí dos fotos y la que siento que me capta más recibió menos votos que la otra. La otra foto no capta bien mi identidad personal pero recibió más acogimiento público. Total que comparto ese sentimiento de Borges del desdoblamiento del yo, de no reconocerse en el yo público y de perderse por ratos en cuál es el yo «real.» Tampoco sé cuál de las dos escribe esta página.

Edgardo Vega: ¿Desencanto o trauma?

La crítica ha propuesto El asco (1997) del escritor Horacio Castellanos Moya como un ejemplo representativo de desencanto, desilusión y cinismo de la producción cultural de «posguerra.» Revisando este libro, me pregunto si no hemos sido injustos en la evaluación de su protagonista, Edgardo Vega, como cínico. Quizás los comportamientos y actitudes excesivas en él, que la crítica llama cinismo, sean parte de la expresión de trauma.

En mi parecer, el trauma es el proverbial elefante en la habitación que no se aborda explícitamente como un marco crítico en los estudios actuales sobre El Salvador. Muchos estudios han examinado la producción cultural de «posguerra,» pero el impacto del trauma en sí rara vez se toma en cuenta directamente en estos análisis. Por ejemplo, Beatriz Cortez ha propuesto una sensibilidad de «desencanto» en la literatura de la «posguerra» e identifica este tono como «cinismo» en contraste con el tono utópico que anteriormente había caracterizado a los procesos revolucionarios. El problema está en que el cinismo como marco y lente crítico deja el trauma fuera de la conversación, a pesar de que es el trauma muchas veces lo que altera las opiniones de una persona sobre el mundo y la autoimagen y puede llevar al desarrollo de una perspectiva cínica.

El asco es una diatriba de ochenta y tres páginas en que el paranoico y neurótico protagonista se ve obligado a regresar a El Salvador después de vivir muchos años fuera y éste responde con un monólogo criticando la cultura salvadoreña. Sospechoso y aterrorizado de sus compatriotas, Edgardo Vega ve en todas partes «tipos que sin duda fueron torturadores y participaron en masacres durante la guerra civil». Cada conductor de autobús, jugador de fútbol y cantinero es, para Vega, cómplice de los crímenes de guerra más horribles. Sin embargo, no se detiene acusando a ciudadanos de El Salvador. Para él las atrocidades de la guerra son la culpa de la cultura; los hábitos alimenticios, los prejuicios y las actividades de ocio de la gente salvadoreña. Al final, Vega niega su propio nombre y procedencia y adquiere una nueva identidad como un ciudadano canadiense cuyo nombre es Thomas Bernhard. Aquí, propongo que el marco de cinismo es insuficiente para explicar la naturaleza extrema de las reacciones neuróticas y paranoicas de Edgardo Vega hacia las personas, la sociedad, la política y la cultura de su país natal. La actitud y el comportamiento de Vega va más allá de caer en la trampa del pensamiento negativo y en la distorsión cognitiva. ¿Qué pasa si Edgardo Vega es un víctima no debidamente comprendido del trauma y shock emocional vividos en la guerra y en los procesos de desplazamiento y migración?

De hecho, Edgardo Vega caracteriza el trauma psicosocial que el jesuita y socio-psicólogo Ignacio Martín Baró identifica durante la guerra en la población salvadoreña. En 1989, éste publicó un artículo en el que destaca los efectos de la guerra violenta prolongada y la «destrucción psicosocial» y las «relaciones deshumanizadas» de la población salvadoreña: «Se niega la naturaleza humana de los ‘enemigos’; se rechaza la posibilidad de cualquier interacción constructiva con ellos, viéndolos como algo que le gustaría destruir. La prolongación indefinida de la guerra en El Salvador supone la normalización de este tipo de relaciones deshumanizadas, cuyo impacto en las personas va desde el estrés somático hasta el desgarro de las estructuras mentales y el debilitamiento de la personalidad, que no puede encontrar una manera de afirmar auténticamente su propia identidad». La descripción de Martín Baró de los cambios cognitivos y del comportamiento que resultan del trauma están en línea con lo que los lectores encuentran en Edgardo Vega. Muchas veces las víctimas del trauma, como Vega, se aferran a los prejuicios, al absolutismo, a la idealización, a la rigidez ideológica, al escepticismo evasivo, a la defensa paranoica, a la venganza y al odio.

Hay otros casos de conflictos bélicos en que los psicólogos hablan del trastorno de estrés postraumático o de las dificultades de reintegración social luego de la guerra. En Rusia, por ejemplo, muchos lo llaman síndrome de Afganistán o de Chechenia. ¿Por qué es que en el análisis del arte y la literatura de la «posguerra» de El Salvador, no estamos hablando de la representación del trauma?

La mujer salvadoreña en la lucha armada

«Eugenia» es el apodo de Ana María Castillo Rivas. Nace el 7 de mayo de 1950 en San Salvador y es la hija mayor de una familia de clase media acomodada. En el colegio empieza a participar con la organización Juventud de Estudiantes Cristianos (JEC). Ahí, por su trabajo con las clases menos favorecidas y con los indígenas, se va concientizando políticamente. En 1975 es estudiante de psicología en la UCA y deja pendiente su tesis para meterse del todo a trabajar con organizaciones que en ese momento incorporan los campesinos a la revolución. Se casa con Javier, otro revolucionario, en 1976. Deciden esperar dos años antes de tener una hija (Ana Patricia) que nace en 1979. El 17 de enero de 1981, a ocho días de ofensiva general, Eugenia cae junto a tres compañeros mientras transportan armas. Aunque los últimos momentos de su vida son difíciles de reconstruir, Alegría y Flakoll sugieren que Eugenia se mata disparándose con una subametralladora como una última muestra de su compromiso absoluto, «!Por el terramplén de la izquierda! –gritó Eugenia-. ¡Qué no nos agarren vivos!»

No me agarran viva: La mujer salvadoreña en la lucha de Claribel Alegría y D.J. Flakoll (UCA, 1987) se enfoca en reconstruir la vida de Eugenia, una militante en las Fuerzas Populares de Liberación. Recoge los testimonios de militantes y de parientes y las cartas de Eugenia a su marido. En el prólogo, los autores recalcan que Eugenia no es un caso excepcional y que es típica de tantas mujeres salvadoreñas que dedicaron sus vidas a la lucha armada de modo que Alegría y Flakoll proponen a Eugenia como una metáfora para la mujer salvadoreña en la revolución.

Este libro nos revela cómo se construye el ideal militante de la mujer salvadoreña en la lucha armada. Uno de los principios de la vida de un revolucionario es desprenderse de su familia para dedicarse a la lucha. Vemos como Eugenia, primero, pospone ser madre por su compromiso político y, luego, cuando decide tener hijos, conceptualiza la maternidad como una obra colectiva y depende de los demás compañeros para criar a su hija: «… ella, comprendiendo la vida del revolucionario, integraba emocionalmente a la niña al colectivo» (111). Los testimonios sobre su persona enfatizan la disciplina, la capacidad de trabajo, y el compromiso absoluto de Eugenia. A pesar de trabajar muchas veces de la madrugada hasta muy tarde, Eugenia es una madre cariñosa: «Ese cariño contrastaba con la disciplina, con la firmeza que siempre tuvo en sus tareas revolucionarias ni éstas fueron un obstáculo en la educación de la niña» (112). Sin embargo, entiende que en cualquier momento puede caer así que trata de acostumbrar a su hija a que la cuiden los demás y a la distancia emocional. Ella combina integralmente las tareas de una revolucionaria, de una madre y de una compañera. Con la construcción del heroísmo de Eugenia, No me agarran viva presenta un modelo femenino ejemplar de abnegación, de sacrificio y de heroísmo revolucionario.

No me agarran viva presenta varios problemas éticos. Primero, Eugenia no solo se sacrifica personalmente sino que exige que su hija también sacrifique por la revolución. Cuando Eugenia muere Ana Patricia pierde su madre y crece con el conocimiento de que el compromiso absoluto de Eugenia no era con ella sino con la lucha armada. De ahí, la experiencia de Ana Patricia es un silencio notable en No me agarran viva. Obviamente, como Ana Patricia era una niña pequeña, su perspectiva sobre el involucramiento de su madre no entra en los testimonios. Sin embargo, hoy, más de treinta años después, sería necesario recoger el testimonio clave de Ana Patricia para darle voz a los niños cuyas relaciones con sus madres se sacrificaron por la lucha armada. Por otra parte, Eugenia es un ejemplo inalcanzable para muchas mujeres que no pudieron reconciliar su compromiso como madre con su compromiso político. Tienen que haber muchas que optaron por no tener hijos y otras que se salieron de la lucha para dedicarse a la familia. ¿Cómo darle voz a estas experiencias de auto-sacrificio que no encajan dentro del modelo de heroísmo que se construye en la persona de Eugenia?

Collage de recuerdos

La memoria es rara. Recordamos, a veces, cosas y a personas que nunca nos pertenecieron. Mi bisabuela, Lillie Emma Elizabeth Pohl Müller Galindo es así para mí. Nunca haberla conocido parece un detalle mínimo, porque la puedo imaginar. En varios momentos he preguntado sobre su vida y persona y la he rastreado por internet en sitios de archivos de los antepasados. He logrado juntar, de piezas de su vida y de su persona, un cuadro tipo collage de «recuerdos.» Sé, por ejemplo, que era escorpio y que este mes cumple años. Mi bisabuela nació en 1888 y fue una joven estadounidense que, por circunstancias de la vida, llegó a El Salvador y terminó quedándose ahí hasta el día de su muerte. Ser inmigrante marcó su vida, como había también marcado la de sus papás, que llegaron a Nuevo México tras salir de Bonn, Alemania unas tres décadas antes.

Llegó a Acajutla, El Salvador, en barco, desde un remoto puerto norteño. Me la imagino saliendo de San Diego, o de alguna ciudad mexicana, con un sombrero modesto y un traje al estilo vintage conservador. Sé, además, que antes de irse, daba clases en un colegio y que dejó ese trabajo para hacerse cargo de una plantación de caña de azúcar en El Salvador, que le dejó como herencia un pariente. Dicen que Lilian era una joven pensativa y seria, con ojos claros y pelo color de paja. Quizás, de niña, mi bisabuela se parecía a mi hija Lillian, que lleva ahora el mismo nombre. Igual que muchos inmigrantes, Lilian no sabía por cuánto tiempo le tocaría permanecer en el istmo centroamericano. No creo que se imaginara que pasaría ahí la vida entera, ni que su nieta, mi madre, sería la que emprendiera el viaje de retorno a los Estados Unidos. También, sin saber por cuánto tiempo ni imaginándose que sería por la vida entera.

En un tiempo, Lilian vivió con la escritora Claudia Lars y formaron un fuerte lazo de amistad entre las dos. En Tierra de infancia*, Lars habla de ella: «Debo a la joven extranjera el conocimiento de muchos libros de la literatura inglesa, y le agradezco todavía su inteligente compañerismo, que estimuló mis primeros intentos de escritora y que me abrió luminosos caminos hacia el porvenir. Mi dormitorio –vecino al de ella- se fue llenando de revistas ilustradas y de periódicos de Nueva York y San Francisco, y la gran república del norte –cuna de Lincoln y del libérrimo Walt Whitman- se me volvió más familiar y próxima. Un vivo deseo de conocer parte de su grandeza empezó a crecer en mi corazón.»

Vivió con Lars hasta casarse. De ahí, se fue a vivir a la capital y el relato de Claudia Lars pierde vista de mi bisabuela. Son apenas dos páginas de la vida de ella que recoge en su libro y se las agradezco mucho. «Cuando llegué esta vez a mi casa, no encontré en ella a Lilian. Estaba en San Salvador, arreglando un asunto que siempre tiene importancia para cualquier mujer: iba a contraer matrimonio… No puedo negar que la noticia de su viaje a la capital me causó más dolor que regocijo, pues, en un pueblo como el mío, la pérdida de una compañera tan dulce era casi una tragedia. Sin embargo, pronto comprendí que ella tenía derecho a escapar del fastidio de su aislamiento, y deseé que la vida le regalara los siete secretos de la buena suerte.»

** Lars, Claudia. Tierra de infancia, UCA Editores, 2005, 203-205.

Filosofía práctica de una maestra zen

Muchas veces estoy con mis estudiantes en medio de una lección y, de ellos, siento surgir una ola de energía caótica y fuerte. Con los años, he aprendido que es imposible luchar en contra de esa ola. Las opciones son quedarte ahí de pie y esperar a que te noquee, o lanzarte de lleno a ella y dejar que te lleve, uniéndote con su fuerza; buscando la manera de utilizar su poder.

Lo peor que puedes hacer es dejarte llevar por el pánico de que estás perdiendo el control de la clase. Esos son los profesores que les gritan a sus estudiantes como los perros pequeños que ladran de miedo y ansiedad. En las mejores condiciones el profesor está presente como un guía para proveer cierta estructura dándoles a los estudiantes la oportunidad de construir su propio conocimiento alrededor del sujeto o materia.

No puedo elegir cómo va a romper la ola, pero sí como surfearla. Por ejemplo, hay días en que vengo con una lección bien preparada y mis clases se oponen a trabajar o a concentrarse. Sobre todo, al final del día, los estudiantes más jóvenes y con menos autodisciplina se dejan vencer por la hambre, el cansancio y las frustraciones y se cierran al aprendizaje. Sacan los celulares y se ocupan de sus «streaks» en Snapchat o quieren ponerse audífonos para ver videos en Youtube.

Me piden comida, me piden permiso para ir al baño, para ir a tomar agua, o para cualquier cosa que se les ocurra que los saque de la clase. No es que no quieran ser buenos estudiantes, sino que, por varias razones complejas y enredadas, no pueden ser exitosos en ese momento. Doy clases en una escuela pública, en un distrito donde el 65% de los estudiantes viven en condiciones de pobreza.

Según el examen más reciente del Estado, la tasa de alfabetización es el 23% y solo el 18% de los estudiantes es competente en las matemáticas. Sin embargo, mi distrito no es una anomalía, al contrario, representa bien la condición de la mayor parte de las escuelas públicas de los Estados Unidos.

Muchos de los estudiantes viven en condiciones precarias, con familias que les dan poca estabilidad o apoyo. Muchas veces, se portan de mala manera porque están buscando hacer una conexión con un profesor o con otros estudiantes.

Hace poco puse a la clase a leer algo y a escribir una práctica y se quejaron de que era aburrido hacerlo. Luego, les di instrucciones para otra actividad y muchos no entendieron lo que estábamos haciendo, porque no habían prestado atención. Habían otros que ya estaban revisando mejor las últimas notificaciones en sus celulares.

Sentí subir la ola. Un estudiante levantó la mano y me comentó: «Señora, usted quiere que seamos clutch, en la clase de español.» No sabía entonces qué era ser «clutch», pero la clase me dio el ejemplo de Tracy McGrady, un jugador de baloncesto para los Houston Rockets, y la noche en que anotó 13 puntos en los últimos 33 segundos contra los San Antonio Spurs para ganar el partido.

La lección ese día constó en poner el video y, juntos, analizar la concentración y la atención de Tracy McGrady. Se veía que estaba el cien por ciento, absolutamente enfocado en lo que estaba haciendo. Esos 33 segundos fueron la culminación de tantas horas de tedio, de trabajo, de años de entrenamiento, de enfoque y de disciplina. Algunos entendieron que eso es lo que nos exige la vida para ser «clutch».

En fin, a lo que quiero llegar es a que, a veces, mis estudiantes están dispuestos a aprender algo y, otras veces, yo soy la que termina aprendiendo más que los estudiantes. Pase lo que pase en una clase, a lo largo de los años mis estudiantes me han enseñado a mantener un estado de calma y de atención, dejando que la pedagogía se guíe por la intuición, más que por el esfuerzo consciente. Tal vez ese sea el zen de los profesores: uno se convierte en un solo organismo con la clase, perdido en el ritmo del momento y en la energía en cuestión.

La historia no escuchada

En su libro Literatura en las cenizas de la historia, Cathy Caruth analiza las experiencias traumáticas y cómo éstas siempre traen una pérdida secundaria; el de desaparecer del registro histórico. Son historias no escuchadas. Hoy en el caso de El Salvador, por ejemplo, la Catedral Metropolitana del centro ha quedado inquietante; blanca, lisa y simple. Su exterior sin adornos refleja una estética moderna que ya no hace referencia a la historia y la memoria que muchos aún asocian con el lugar. La fachada limpia parece reflejar mejor la cultura actual de silencio e impunidad del país. Meses después de la firma de los acuerdos de paz en 1992, una amnistía general blanqueó las violaciones de los derechos humanos de la guerra, evitando que se llevaran a cabo juicios y protegiendo a muchas personas de responsabilidad penal.

Al poco tiempo de la destrucción de la fachada empezaron a nacer nuevas imágenes de «Armonía de nuestra gente» de Llort en la producción cultural. Eran pequeños retos a la cultura de olvido e intentos de volver a contar la historia de la Catedral. Un mural público, Alegoría de la guerra civil y los Acuerdos de Paz de Antonio Bonilla, muestra imágenes claves de la guerra más reciente de El Salvador; el arzobispo Romero está al centro, el emblemático monumento Salvador del Mundo de la capital, la firma de los Acuerdos de paz y la Catedral Metropolitana con la fachada de Fernando Llort aún intacta. Así también en la obra de teatro de Jorgelina Cerritos Audiencia de los confines: Primer ensayo de la memoria (Índole 2014) los personajes juntan los azulejos rotos del mural de Llort como símbolo de la recuperación de la memoria colectiva. Como escribe la crítica argentina Elizabeth Jelin, «la memoria es obstinada, no se resigna a quedar en el pasado, insiste en su presencia».

Estas representaciones de la Catedral con la obra de Llort intacta cuenta el pasado; recrea los referentes locales reinstalando la cultura y la historia en el centro de San Salvador. Cada una representa un regreso al sitio original de memoria que refleja el retorno de la experiencia traumática, como lo enfatizan críticos como Cathy Caruth: «el revivir traumático, como las pesadillas de la víctima del accidente, parece un recuerdo lúcido; se regresa, repetidamente, solo en la forma del sueño». Así también hay muchos escritores y artistas salvadoreños a partir de 2009 que están haciendo el trabajo de la memoria de regresar al pasado para re-presentar en la producción cultural lo que ha desaparecido y lo que se ha borrado. Entre ellos están Jorgelina Cerritos, Jorge Avalos, Jorge Galán, Róger Lindo, Claudia Hernández y Miguel Huezo Mixco, y artistas como Antonio Bonilla y el colectivo Fire Theory.

Pero el trabajo de la memoria, para poder sanar, exige la complicidad de un público dispuesto a ver y escuchar historias de trauma. En El Salvador, hasta ahora, el público de la memoria traumática ha sido escaso. Por ejemplo, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación obtuvo testimonios de las víctimas de la guerra solo para que el estado perdonara las violaciones de derechos humanos recién documentadas. Era como si sus testimonios fueron elicitados, archivados y documentados como parte del registro «oficial» solo para eliminar la posibilidad misma de remembranza y justicia. Primo Levi narra una pesadilla recurrente en Auschwitz en la que da testimonio, pero la respuesta de sus oyentes solo le regresa al trauma:

Todos me están escuchando y es esta misma historia la que estoy contando: el silbido de tres notas, la cama dura, mi vecino a quien me gustaría mover, pero a quién tengo miedo de despertar porque es más fuerte que yo. También hablo difusamente de nuestra hambre y del control de piojos, y del Kapo que me golpeó en la nariz y luego me envió a lavarme mientras sangraba. Es un placer intenso, físico, inexpresable, estar en casa, entre personas amigables y tener tantas cosas que contar: pero no puedo evitar notar que mis oyentes no me siguen. De hecho, son completamente indiferentes … Mi hermana me mira, se levanta y se va sin decir una palabra. Un dolor desolador nace en mí. Ahora estoy bastante despierto y recuerdo que se lo conté a Alberto y que él me confió, para mi sorpresa, que también es su sueño y el sueño de muchos otros, quizás de todos. ¿Por qué sucede? ¿Por qué el dolor de lo cotidiano se traduce constantemente en nuestros sueños, en la escena que cada vez se repite más de la historia no escuchada?