David y Goliat

Soy maestra de Español en una escuela pública en Wisconsin, EUA y espero no morir de COVID-19. Mis colegas y yo hemos estado pendientes de las noticias mientras la pandemia pasaba de ser un asunto distante a una amenaza local. También hemos observado cómo la negligencia, la imprudencia y el mal manejo de la pandemia por la administración de Trump le ha costado la vida a decenas de miles de estadounidenses que no necesitaban morir. Ahora, las más prudentes y prácticas de mis colegas han dejado de ver las noticias y están organizando huelgas y puliendo sus testamentos.

La semana pasada, el Presidente Trump dijo que «presionará mucho» a las escuelas para que abran en agosto incluso cuando los casos de coronavirus continúan aumentando. Esto lo dijo a pesar de que el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades ha declarado que hay un alto riesgo en abrir las escuelas de manera tradicional como si no hubiera pandemia y que la forma más segura de volver a abrir las escuelas es que los estudiantes y los maestros participen en clases virtuales. Con más de treinta estudiantes en cada aula, mantener la distancia social, los grupos pequeños y la buena ventilación es imposible, sobre todo en las temporadas de frío.

La reapertura de las escuelas públicas es una decisión del estado y, en el fondo, son las juntas directivas locales las que tienen la responsabilidad y el poder de proteger el bienestar de nuestras comunidades, pero en gran parte, no lo están haciendo. Al contrario, en vez de mostrar un verdadero temple y escuchar las pautas científicas, se están doblegando ante la presión del Presidente. Hay que tomar en cuenta que las juntas directivas de los distritos escolares son principalmente hombres blancos con un ingreso familiar de más de $100 mil al año. Presiden sobre distritos escolares como el mío con una mayoría de estudiantes latinos y negros y un índice de 80% que viven en condiciones de pobreza. Estos son datos claves para poder entender por qué las tasas de mortalidad entre negros e hispanos / latinos son al menos seis veces más altas que las de los blancos. Estas juntas directivas están reuniéndose con tranquilidad en salas virtuales, por el peligro de contagio, y votando para que los maestros y los estudiantes regresen a las aulas mientras la pandemia continúa en aumento. Discuten la equidad para proporcionar acceso a internet y tecnología, pero no hay mención del poder biopolítico, la fuerza directa que ejercen sobre los cuerpos humanos, en las decisiones sobre quién llega a tener salud y, en última instancia, quién vive y quién no.

Para ganar fuerza para la lucha por delante, estoy leyendo el libro de Malcolm Gladwell, David y Goliat. Según el autor, la victoria de David sobre Goliat en el relato bíblico se considera una anomalía. No lo es. Cuando los desvalidos eligen estrategias poco convencionales, ganan el 63.6% del tiempo. La clave está en no jugar según las reglas de Goliat. Cuando los desvalidos de la historia han jugado según las reglas de aquellos en posiciones de poder, han perdido el 72% del tiempo. Para mí, en este momento, eso significa que los maestros, las familias y los estudiantes no podemos esperar ganar esta batalla si nuestra estrategia es defender nuestras vidas durante los tres minutos asignados a los comentarios de los ciudadanos en las reuniones de las juntas de los distritos escolares. Esta batalla va a requerir estrategias no convencionales. La lucha continúa…

Los signos y símbolos luego de George Floyd

Hace unos días, en una página de internet dedicada a la historia local, se subió una foto de un grupo de niños blancos con las caras pintadas de negros. El curador explicó que era una foto histórica de juglares que mostraba lo mucho que habíamos progresado como sociedad desde ese momento histórico. Otras personas comentaron que la foto, luego de la muerte de George Floyd, era ofensiva. Criticaron la decisión de subir la foto histórica ahora. Esta semana he visto además dos camionetas con la bandera de los estados confederados de los Estados Unidos. Para unos es un símbolo de orgullo sureño y para otros es un símbolo de racismo y esclavitud. No es que estos símbolos no fueran polémicos antes de la muerte de George Floyd, pero a lo que quiero llegar es a que han cobrado un significado distinto ahora.

La imagen de la policía también ha cambiado de manera drástica en las últimas semanas y lo que puede esperarse de sus interacciones con el público. Hace unos días, por ejemplo, una mujer policía esperaba en el drive thru de un Mcdonalds en el estado de Georgia. Había pedido un café y un sándwich de desayuno. Cuando su orden se tardó demasiado ella empezó a desconfiar de los trabajadores de Mcdonalds y del servicio. Cuando llegó su comida no se atrevió a comerlo por miedo de que los trabajadores le hubieran hecho algo dañino a su orden. La agente de policía grabó un video que se hizo viral en Twitter en que llora por sentir que la sociedad la desprecia; comparte su paranoia y el inconveniente de su experiencia, el no sentirse valorada como agente de policía y su frustración.

Los nombres personales Karen y Becky se han vuelto icónicos y representativos del privilegio racista. Hasta hace poco «Karen» y «Becky» eran nombres comunes con connotaciones neutrales, pero ahora más que nunca se usan de manera peyorativa para referirse a las mujeres blancas de mediana edad que expresan su privilegio sobre otras personas. Por ejemplo, antes de que el público en general supiera el nombre de una mujer blanca que llamó a la policía por un hombre negro que observaba aves en Central Park, el apodo Central Park «Karen» pudo identificar su postura fácilmente. El caso se volvió viral después de que el observador de aves, Christian Cooper, la filmó llamando a la policía, diciéndole que iba a «decirles que hay un hombre afroamericano está amenazando mi vida.» Este caso es parte de un largo patrón histórico de llamar a la policía y poner en peligro las vidas de personas morenas como Rashon Nelson y Donte Robinson, que fueron arrestados en un Starbucks de Filadelfia en 2018 por nada más que esperar que llegara un socio de negocios y una familia negra en Oakland por reunirse y hacer una barbacoa en un parque público.

Con todo, estamos viendo emerger una nueva guerra simbólica de imágenes, palabras y connotaciones en los Estados Unidos con la muerte de George Floyd. En las calles de la ciudad donde vivo se impuso durante varias noches una serie de protestas y manifestaciones. Los manifestantes rompieron las vitrinas de varias tiendas y llenaron las paredes de grafitis críticas de la policía y a favor del movimiento Black Lives Matter. Por el día, llegaban personas para limpiar las paredes y artistas para pintar imágenes de protesta sobre la madera contrachapada que protegía los negocios de daños adicionales. En vez de una narrativa de consumismo y normalidad, en que el racismo se ignora como algo real y contundente, la calle ahora se lee como un palimpsesto de sufrimiento, conflicto y de protesta.

Cómo romper concreto

El concreto espeso aúlla como un animal. Toca quebrar el concreto del patio de la casa y al principio la losa rechaza los golpes de la almádena con un eco cavernoso. Con más esfuerzo los bordes y la superficie del hormigón comienzan a desmoronarse y liberar polvo, pero la piedra sigue intacta e impenetrable. Sigo sin avances notables y casi me doy por vencida hasta que, con un golpe entre tantos, aparece un hilo en el concreto, una grieta casi invisible. Esa grieta es el punto clave de inflexión. Con el próximo golpe se hunde la daga en carne. Ahora, con cada martillazo la progresión es geométrica.

Romper el hormigón es un trabajo riguroso y me da mucho tiempo para pensar. Es una buena metáfora además de los momentos en que nos atascamos y nos encontramos en proyectos o caminos que parecen difíciles y que no llevan a ninguna parte. Hasta el trabajo creativo se puede convertir en una disciplina de avivar chispas que niegan a prenderse fuego. Ahí terminan miles de poemas desconocidos, cuadros en montones, artículos que nunca se publican y cuadrados de tejer que nunca llegan a ser colchas. Hay etapas en que uno se cansa y hasta escribir o hacer arte se convierten en empeños agotadores. Parece que estás cincelando un muro de piedra que no quiere ceder.

Con un golpe entre tantos, hay un pequeño avance; otra grieta en el hormigón. Mientras trabajo, estoy escuchando un libro en audio de Michael Singer llamado El alma sin ataduras. Allí, el autor analiza la inspiración y los momentos sublimados en que sentimos que la energía creativa y la motivación se mueven libremente en nosotros. Nos sentimos ligeros, capaces y productivos. Creamos arte por el puro gozo de crear arte.

Singer pregunta si hay algo externo que podría sucederle a una persona que cambiaría su perspectiva de una manera que le haría dejar de sentirse bloqueado o atascado en la vida. Quizás si te compraran un cuadro, si tuvieras contrato para publicar un libro de poemas o si te ofrecieran algún trabajo deseado. Si es así, y un hecho externo fuera capaz de producir tal cambio interno, entonces liberar tu energía es una decisión que puedes tomar ahora conscientemente de dejar fluir esa energía que emana de uno mismo. Con el próximo golpe se hunde la almádena y se quiebra el hormigón. El punto clave es entender que abrir el corazón y pensar de alguna forma que permita fluir la creatividad e inspiración a través de ti ahora y en todo momento es una decisión.

El amor en los tiempos del corona

Mi primer crush fue Jimmy Carter, el Presidente de los Estados Unidos entre 1977 y 1981. Fue en esos años que salimos de El Salvador como migrantes y nos establecimos en Wisconsin. Tiene lógica que su persona marcara mi niñez porque, a los cuatro años de edad, Carter era quizás de las pocas personas públicas que veía con alguna regularidad que no fuera dibujo animado. Recuerdo verlo y pensar, con la psicología de una niña, que era benévolo y determinado, rebelde, sincero, amable y cariñoso; un Luke Skywalker en la vida real.

No me había vuelto a suceder una infatuación así por una figura pública hasta llegar la pandemia. Ahora, confieso haber pasado las primeras semanas del mes de abril enamorada de Andrew Cuomo, el Gobernador demócrata de Nueva York. Paso atenta a sus conferencias de prensa de cada día a las 10 y media de la mañana en que presenta la evolución del virus y la respuesta del estado en saco y con Powerpoint. Su forma de ser comunica lealtad, autodisciplina y desinterés. Quizás también tiene algo de Luke Skywalker su manera de luchar a favor de la gente de Nueva York, muchas veces en contra del gobierno federal. Otros políticos hablan con cautela y prudencia, pero Andrew Cuomo habla claro, incluso cuando lo que dice es un ataque directo al Presidente; es admirable. También hay algo entrañable y reconfortante en la manera en que Andrew cuenta historias de su familia y bromea con su hermano Chris en CNN: «Acabo de llamar a mamá, justo antes de venir a este programa», le informó Andrew a Chris, «y por cierto, ella me dijo que yo soy su hijo favorito. La buena noticia es que dijo que tú eres su segundo favorito.»

Traigo mi Cuomo Crush a colación aquí porque he empezado a darme cuenta de que no soy la única extrañamente fascinada por el gobernador. En un artículo para Jezebel titulado, «¿Ayuda, creo que estoy enamorada de Andrew Cuomo?», Rebecca Fishbein escribió: «Parece que he sido víctima del síndrome de Estocolmo, que MerriamWebster define como «la tendencia psicológica de un rehén para vincularse, identificarse o simpatizar con su captor». Explicó Fishbein: «Cuomo no me tiene como rehén tanto como el coronavirus, pero él es el único que me dice qué hacer, dónde yo puedo ir (a ningún lado), a quién puedo ver (a nadie), a quién no puedo escuchar (al Presidente Trump ni al Alcalde Bill de Blasio), lo que no puedo comer (cualquier cosa que no sea pasta)».

Más que síndrome de Estocolmo, creo que el fenómeno del Cuomo Crush tiene más que ver con sentirnos desesperados con la falta de héroes y del heroísmo en la vida política de los Estados Unidos. Por una parte, estamos luchando contra el coronavirus y por otra, contra nosotros mismos con la sociedad inmersa en un debate sobre reabrir la economía a toda costa y si vale más la economía o la vida humana. En el poema épico «La Odisea», que se escribió en el siglo VIII a. C., el guerrero griego Odiseo se pierde de camino a casa después de la Guerra de Troya de 10 años y pasa otros 10 años luchando, sin miedo, por regresar a casa para salvar a los que ama. Para los griegos, Odiseo era un héroe, una palabra que se deriva del término griego antiguo para «protector». Pero él era más que eso. El valiente capitán encarnaba las virtudes y atributos que la sociedad griega apreciaba, y proporcionó un modelo para que los griegos emularan. En el momento que vivimos ahora en los Estados Unidos, necesitamos héroes humanos como Andrew Cuomo más que nunca.

Ya no estamos en Kansas

Decía el científico Carl Sagan que no se puede convencer de nada a aquel cuyas creencias están basadas en una arraigada necesidad de creer. Suena a una gran parte de la población de los Estados Unidos y a su fe en la potencia e invulnerabilidad del país. Una pandemia y miles de gente muerta por una enfermedad sin piedad es algo que pasa solo en las noticias y en países lejanos. Así piensa la gente. Aún viendo cómo se extendía el virus a los países de Europa, nadie realmente pensaba que nos tocaría. Ya llegó a las costas de esta tierra y los casos empiezan a inundar los hospitales de Nueva York y de California y muchos escapan la cuarentena y siguen insistiendo en celebrar sus vacaciones de primavera haciendo fiestas en las playas. Hay jóvenes que se burlan de las medidas de seguridad y suben videos a TikTok y a Snapchat en que llegan a los supermercados a toser sobre la comida. Otros todavía hacen fiestas de corona para contaminarse a sí mismos y a los demás. Ninguno de ellos cuestiona el poder del «Gran sueño americano,» ven la cortina pero no quieren saber lo que oculta, simplemente quieren seguir creyendo en la magia.

Es Totó que primero se fija en la actividad detrás de una cortina y revela que el Mago de Oz no es un mago sino un hombre común y corriente que no les puede salvar. En la película, el Mago desesperado ordena: «No presten atención al hombre detrás de la cortina» («El Mago de Oz», 1939). Es lo que estamos experimentando como país, solo que aquí lo que está detrás de la cortina es algo mucho más nefasto. Es una política vacía de valores que prioriza al dinero por sobre la vida humana. Siempre lo ha hecho pero no queríamos verlo, es más, no teníamos que verle la cara, hasta ahora. Ahora estamos en una crisis y hay que tomar decisiones difíciles. La gente ha querido creer en la nobleza del liderazgo de los Estados Unidos cuando no hay ética ninguna. Por eso el vicegobernador Dan Patrick de Texas propuso el martes que la gente mayor debe sacrificarse para salvar la economía de los Estados Unidos: «Volvamos a trabajar, a vivir, seamos inteligentes. Y los que tenemos más de 70 años, ya nos cuidamos, pero no sacrifiquen el país, no lo hagan, no sacrifiquen el gran sueño americano», expresó. Las controversiales palabras de Patrick fueron emitidas en una entrevista con la cadena Fox News, en la que agregó «estoy dispuesto a jugarme mi supervivencia a cambio de mantener América tal y como es».

Tras hacerse públicas sus palabras, las críticas comenzaron a llegar y miles de usuarios en redes sociales lamentaron el sentir del político, viendo quizás por primera vez la cara diabólica de nuestro Oz. El presidente de los Estados Unidos Donald Trump ya advirtió este lunes que «el remedio no puede ser peor que el problema» y subrayó que no se puede permitir que siga deteriorándose la economía. Su postura quedó clara; hay que reanimar la economía cueste lo que cueste en vidas humanas. El Gobernador de Nueva York Andrew Cuomo preguntó incrédulo en una conferencia de prensa, «¿Qué es esto, alguna teoría darwiniana de la selección natural? Si alguien ya no puede mantener el paso, entonces dejamos a los ser humanos en los márgenes de la vida humana?» Sí, desgraciadamente así es, cabalito, Totó. Ya no estamos en Kansas.

El amor después del amor

El amor después del primer gran amor lleva siempre la huella del desengaño; como una camisa de segunda mano que viene con una vida anterior. Hay un poema de Charles Bukowski en que llega al meollo de la experiencia de las parejas que se unen ya luego de tener hijos y del divorcio. Ahí Bukowski habla de las mujeres pero se aplica de igual forma a los hombres. Dice «Todas las mujeres…tienen automóviles…y ex maridos…y llevan caras de desilusión; todas han sido decepcionadas. No sé bien qué hacer por ellas.» Todos los hombres también. Es la cuestión del amor luego del amor.

Hay esas personas que buscan pareja como si existiera una sola persona que es su destino y su alma gemela en el mundo. Nadie se para a pensar que si fuera así y que el destino te hubiera apartado una sola persona en el continuo de espacio y tiempo, las posibilidades de encontrarse serían casi nulas y el ser humano como especie quedaría en extinción. Más de alguna vez he sospechado que ese primer amor romántico, más que ser un misterio espiritual, es un proceso tan común y universal como el ciclo de la vida de un insecto; huevo, pupa, larva y mariposa. Ya con el tiempo, uno se da cuenta de que muchas veces ese amor romántico idealizado termina cumpliendo con el ciclo y la mariposa deja atrás al capullo. Y no pasa nada.

Sin embargo no es que se pierda la posibilidad de amar después del amor, sino que uno ve el amor por lo que es. Lo aprecia y al mismo tiempo le da su lugar dentro de una vida llena de otras responsabilidades y cosas. Le da un 15% de la energía vital, que es bastante. Lo evalúa, lo cultiva y lo respeta. Es una versión del amor sin la necesidad de hacer una fusión completa; en que uno reconoce que la pareja sigue existiendo fuera de la relación y que hay que complementarse sin girar sobre un mismo eje. Es un amor que acepta límites y entiende que el otro existe sin ti, porque ya hay varias décadas de constancia. Uno reconoce la subjetividad del otro y en este sentido es un amor menos egoísta y más ético. Algo que debe estar desde un principio en cualquier relación.

Bukowski no sabía qué hacer por estas mujeres con las miradas claras. Las que han amado antes, dieron el corazón una vez ya y saben que si se han equivocado una vez que vos también podrías ser un error. Son las mujeres que no te necesitan. Las que aman ahora conscientes del terrible secreto del amor; que no siempre dura, que se acaba y que no es indestructible. Son mujeres y hombres como Don Manuel, el protagonista de San Manuel Bueno Mártir de Miguel de Unamuno que es el párroco de su pueblo pero no tiene fe, no puede creer en Dios, y si finge creer ante sus fieles es por mantener en ellos la paz que da la creencia en otra vida, esa esperanza consoladora de la que él carece. Cierro con Fito Páez que tiene una canción, ‘El amor después del amor’, donde aconseja que «nadie puede y nadie debe vivir sin amor.» No estoy de acuerdo con el músico. El amor después del amor es una respuesta, pero no es la única y no pasa nada.

El espejo real

Dicen que hace poco inventaron un espejo real que le permite a uno verse no como estamos acostumbrados, es decir, con la imagen invertida, sino con una óptica perfecta, tal y como nos veríamos nosotros si estuviéramos mirándonos a nosotros mismos desde ese espejo, como si ese espejo fuera una ventana y no nuestra imagen al revés. Hay la posibilidad ya de vernos a nosotros mismos de la misma manera que nos mira la sociedad y el mundo externo. Sin embargo, ¿Esa imagen es una representación más precisa de quiénes somos? O, ¿una proyección externa falsa? Y, ¿cuál es el yo real?

En su concepto del «estadio del espejo» el psicoanalista Jacques Lacan asocia al espejo con una fase del desarrollo psicológico del niño comprendida aproximadamente entre los seis y los dieciocho meses de edad. Se trata de aquella etapa en la cual el niño se encuentra por primera vez capacitado para percibirse, o más exactamente, para percibir su reflejo completo en el espejo. En esta fase, de acuerdo a la teoría lacaniana, se desarrollaría el yo como instancia psíquica. Resulta la identidad personal; el conocimiento de que uno es un sujeto que existe por su propia cuenta en el mundo. Existe el individual separado de su ambiente y de la gente que lo rodea. Es a través del espejo entonces que llegamos a conocernos a nosotros mismos y a desarrollar un concepto del yo y de la identidad personal.

Es por eso quizás que muchos comentan que las fotos parecen distorsionar la cara o el cuerpo o que no se reconocen en las fotos. Curiosamente, los selfies logran sacar fotos como un «espejo real» con la cámara frontal del móvil. Una vez saca el selfie la imagen resultante es real: el texto aparece del derecho, y también la imagen y el resto de los objetos y personas que capta en ella. Al mismo tiempo hay que tener en cuenta que hay muchas formas en que una foto distorsiona una imagen por el ángulo de vista, el acercamiento y la luz. También la falta de movimiento capta un instante de naturaleza muerta pero no logra captar la totalidad del ser humano. Esta imagen «real» de cómo y quiénes somos quizás tenga que ver con otra subjetividad relacionada con la conciencia de un público; una subjetividad construida en el proceso de ser vista y percibida por los demás. El subtexto es siempre, «No soy así, pero es así que me ven los demás.» Es el yo público.

Jorge Luis Borges comenta este desdoblamiento del yo y la diferencia entre la identidad personal y el yo público en su mini-cuento ‘Borges y yo’: «Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico.» Hoy hice un experimento para ver hasta qué punto conozco mi yo público, esa otra Evelyn. Escogí dos fotos; una que creo que capta bien mi personalidad y la otra que siento que es una imagen superficial y forzada. Hay un sitio web en que uno puede subir fotos así y la gente en el internet vota y le dice las características que perciben en las fotos. Subí dos fotos y la que siento que me capta más recibió menos votos que la otra. La otra foto no capta bien mi identidad personal pero recibió más acogimiento público. Total que comparto ese sentimiento de Borges del desdoblamiento del yo, de no reconocerse en el yo público y de perderse por ratos en cuál es el yo «real.» Tampoco sé cuál de las dos escribe esta página.

Edgardo Vega: ¿Desencanto o trauma?

La crítica ha propuesto El asco (1997) del escritor Horacio Castellanos Moya como un ejemplo representativo de desencanto, desilusión y cinismo de la producción cultural de «posguerra.» Revisando este libro, me pregunto si no hemos sido injustos en la evaluación de su protagonista, Edgardo Vega, como cínico. Quizás los comportamientos y actitudes excesivas en él, que la crítica llama cinismo, sean parte de la expresión de trauma.

En mi parecer, el trauma es el proverbial elefante en la habitación que no se aborda explícitamente como un marco crítico en los estudios actuales sobre El Salvador. Muchos estudios han examinado la producción cultural de «posguerra,» pero el impacto del trauma en sí rara vez se toma en cuenta directamente en estos análisis. Por ejemplo, Beatriz Cortez ha propuesto una sensibilidad de «desencanto» en la literatura de la «posguerra» e identifica este tono como «cinismo» en contraste con el tono utópico que anteriormente había caracterizado a los procesos revolucionarios. El problema está en que el cinismo como marco y lente crítico deja el trauma fuera de la conversación, a pesar de que es el trauma muchas veces lo que altera las opiniones de una persona sobre el mundo y la autoimagen y puede llevar al desarrollo de una perspectiva cínica.

El asco es una diatriba de ochenta y tres páginas en que el paranoico y neurótico protagonista se ve obligado a regresar a El Salvador después de vivir muchos años fuera y éste responde con un monólogo criticando la cultura salvadoreña. Sospechoso y aterrorizado de sus compatriotas, Edgardo Vega ve en todas partes «tipos que sin duda fueron torturadores y participaron en masacres durante la guerra civil». Cada conductor de autobús, jugador de fútbol y cantinero es, para Vega, cómplice de los crímenes de guerra más horribles. Sin embargo, no se detiene acusando a ciudadanos de El Salvador. Para él las atrocidades de la guerra son la culpa de la cultura; los hábitos alimenticios, los prejuicios y las actividades de ocio de la gente salvadoreña. Al final, Vega niega su propio nombre y procedencia y adquiere una nueva identidad como un ciudadano canadiense cuyo nombre es Thomas Bernhard. Aquí, propongo que el marco de cinismo es insuficiente para explicar la naturaleza extrema de las reacciones neuróticas y paranoicas de Edgardo Vega hacia las personas, la sociedad, la política y la cultura de su país natal. La actitud y el comportamiento de Vega va más allá de caer en la trampa del pensamiento negativo y en la distorsión cognitiva. ¿Qué pasa si Edgardo Vega es un víctima no debidamente comprendido del trauma y shock emocional vividos en la guerra y en los procesos de desplazamiento y migración?

De hecho, Edgardo Vega caracteriza el trauma psicosocial que el jesuita y socio-psicólogo Ignacio Martín Baró identifica durante la guerra en la población salvadoreña. En 1989, éste publicó un artículo en el que destaca los efectos de la guerra violenta prolongada y la «destrucción psicosocial» y las «relaciones deshumanizadas» de la población salvadoreña: «Se niega la naturaleza humana de los ‘enemigos’; se rechaza la posibilidad de cualquier interacción constructiva con ellos, viéndolos como algo que le gustaría destruir. La prolongación indefinida de la guerra en El Salvador supone la normalización de este tipo de relaciones deshumanizadas, cuyo impacto en las personas va desde el estrés somático hasta el desgarro de las estructuras mentales y el debilitamiento de la personalidad, que no puede encontrar una manera de afirmar auténticamente su propia identidad». La descripción de Martín Baró de los cambios cognitivos y del comportamiento que resultan del trauma están en línea con lo que los lectores encuentran en Edgardo Vega. Muchas veces las víctimas del trauma, como Vega, se aferran a los prejuicios, al absolutismo, a la idealización, a la rigidez ideológica, al escepticismo evasivo, a la defensa paranoica, a la venganza y al odio.

Hay otros casos de conflictos bélicos en que los psicólogos hablan del trastorno de estrés postraumático o de las dificultades de reintegración social luego de la guerra. En Rusia, por ejemplo, muchos lo llaman síndrome de Afganistán o de Chechenia. ¿Por qué es que en el análisis del arte y la literatura de la «posguerra» de El Salvador, no estamos hablando de la representación del trauma?

La mujer salvadoreña en la lucha armada

«Eugenia» es el apodo de Ana María Castillo Rivas. Nace el 7 de mayo de 1950 en San Salvador y es la hija mayor de una familia de clase media acomodada. En el colegio empieza a participar con la organización Juventud de Estudiantes Cristianos (JEC). Ahí, por su trabajo con las clases menos favorecidas y con los indígenas, se va concientizando políticamente. En 1975 es estudiante de psicología en la UCA y deja pendiente su tesis para meterse del todo a trabajar con organizaciones que en ese momento incorporan los campesinos a la revolución. Se casa con Javier, otro revolucionario, en 1976. Deciden esperar dos años antes de tener una hija (Ana Patricia) que nace en 1979. El 17 de enero de 1981, a ocho días de ofensiva general, Eugenia cae junto a tres compañeros mientras transportan armas. Aunque los últimos momentos de su vida son difíciles de reconstruir, Alegría y Flakoll sugieren que Eugenia se mata disparándose con una subametralladora como una última muestra de su compromiso absoluto, «!Por el terramplén de la izquierda! –gritó Eugenia-. ¡Qué no nos agarren vivos!»

No me agarran viva: La mujer salvadoreña en la lucha de Claribel Alegría y D.J. Flakoll (UCA, 1987) se enfoca en reconstruir la vida de Eugenia, una militante en las Fuerzas Populares de Liberación. Recoge los testimonios de militantes y de parientes y las cartas de Eugenia a su marido. En el prólogo, los autores recalcan que Eugenia no es un caso excepcional y que es típica de tantas mujeres salvadoreñas que dedicaron sus vidas a la lucha armada de modo que Alegría y Flakoll proponen a Eugenia como una metáfora para la mujer salvadoreña en la revolución.

Este libro nos revela cómo se construye el ideal militante de la mujer salvadoreña en la lucha armada. Uno de los principios de la vida de un revolucionario es desprenderse de su familia para dedicarse a la lucha. Vemos como Eugenia, primero, pospone ser madre por su compromiso político y, luego, cuando decide tener hijos, conceptualiza la maternidad como una obra colectiva y depende de los demás compañeros para criar a su hija: «… ella, comprendiendo la vida del revolucionario, integraba emocionalmente a la niña al colectivo» (111). Los testimonios sobre su persona enfatizan la disciplina, la capacidad de trabajo, y el compromiso absoluto de Eugenia. A pesar de trabajar muchas veces de la madrugada hasta muy tarde, Eugenia es una madre cariñosa: «Ese cariño contrastaba con la disciplina, con la firmeza que siempre tuvo en sus tareas revolucionarias ni éstas fueron un obstáculo en la educación de la niña» (112). Sin embargo, entiende que en cualquier momento puede caer así que trata de acostumbrar a su hija a que la cuiden los demás y a la distancia emocional. Ella combina integralmente las tareas de una revolucionaria, de una madre y de una compañera. Con la construcción del heroísmo de Eugenia, No me agarran viva presenta un modelo femenino ejemplar de abnegación, de sacrificio y de heroísmo revolucionario.

No me agarran viva presenta varios problemas éticos. Primero, Eugenia no solo se sacrifica personalmente sino que exige que su hija también sacrifique por la revolución. Cuando Eugenia muere Ana Patricia pierde su madre y crece con el conocimiento de que el compromiso absoluto de Eugenia no era con ella sino con la lucha armada. De ahí, la experiencia de Ana Patricia es un silencio notable en No me agarran viva. Obviamente, como Ana Patricia era una niña pequeña, su perspectiva sobre el involucramiento de su madre no entra en los testimonios. Sin embargo, hoy, más de treinta años después, sería necesario recoger el testimonio clave de Ana Patricia para darle voz a los niños cuyas relaciones con sus madres se sacrificaron por la lucha armada. Por otra parte, Eugenia es un ejemplo inalcanzable para muchas mujeres que no pudieron reconciliar su compromiso como madre con su compromiso político. Tienen que haber muchas que optaron por no tener hijos y otras que se salieron de la lucha para dedicarse a la familia. ¿Cómo darle voz a estas experiencias de auto-sacrificio que no encajan dentro del modelo de heroísmo que se construye en la persona de Eugenia?

Collage de recuerdos

La memoria es rara. Recordamos, a veces, cosas y a personas que nunca nos pertenecieron. Mi bisabuela, Lillie Emma Elizabeth Pohl Müller Galindo es así para mí. Nunca haberla conocido parece un detalle mínimo, porque la puedo imaginar. En varios momentos he preguntado sobre su vida y persona y la he rastreado por internet en sitios de archivos de los antepasados. He logrado juntar, de piezas de su vida y de su persona, un cuadro tipo collage de «recuerdos.» Sé, por ejemplo, que era escorpio y que este mes cumple años. Mi bisabuela nació en 1888 y fue una joven estadounidense que, por circunstancias de la vida, llegó a El Salvador y terminó quedándose ahí hasta el día de su muerte. Ser inmigrante marcó su vida, como había también marcado la de sus papás, que llegaron a Nuevo México tras salir de Bonn, Alemania unas tres décadas antes.

Llegó a Acajutla, El Salvador, en barco, desde un remoto puerto norteño. Me la imagino saliendo de San Diego, o de alguna ciudad mexicana, con un sombrero modesto y un traje al estilo vintage conservador. Sé, además, que antes de irse, daba clases en un colegio y que dejó ese trabajo para hacerse cargo de una plantación de caña de azúcar en El Salvador, que le dejó como herencia un pariente. Dicen que Lilian era una joven pensativa y seria, con ojos claros y pelo color de paja. Quizás, de niña, mi bisabuela se parecía a mi hija Lillian, que lleva ahora el mismo nombre. Igual que muchos inmigrantes, Lilian no sabía por cuánto tiempo le tocaría permanecer en el istmo centroamericano. No creo que se imaginara que pasaría ahí la vida entera, ni que su nieta, mi madre, sería la que emprendiera el viaje de retorno a los Estados Unidos. También, sin saber por cuánto tiempo ni imaginándose que sería por la vida entera.

En un tiempo, Lilian vivió con la escritora Claudia Lars y formaron un fuerte lazo de amistad entre las dos. En Tierra de infancia*, Lars habla de ella: «Debo a la joven extranjera el conocimiento de muchos libros de la literatura inglesa, y le agradezco todavía su inteligente compañerismo, que estimuló mis primeros intentos de escritora y que me abrió luminosos caminos hacia el porvenir. Mi dormitorio –vecino al de ella- se fue llenando de revistas ilustradas y de periódicos de Nueva York y San Francisco, y la gran república del norte –cuna de Lincoln y del libérrimo Walt Whitman- se me volvió más familiar y próxima. Un vivo deseo de conocer parte de su grandeza empezó a crecer en mi corazón.»

Vivió con Lars hasta casarse. De ahí, se fue a vivir a la capital y el relato de Claudia Lars pierde vista de mi bisabuela. Son apenas dos páginas de la vida de ella que recoge en su libro y se las agradezco mucho. «Cuando llegué esta vez a mi casa, no encontré en ella a Lilian. Estaba en San Salvador, arreglando un asunto que siempre tiene importancia para cualquier mujer: iba a contraer matrimonio… No puedo negar que la noticia de su viaje a la capital me causó más dolor que regocijo, pues, en un pueblo como el mío, la pérdida de una compañera tan dulce era casi una tragedia. Sin embargo, pronto comprendí que ella tenía derecho a escapar del fastidio de su aislamiento, y deseé que la vida le regalara los siete secretos de la buena suerte.»

** Lars, Claudia. Tierra de infancia, UCA Editores, 2005, 203-205.