Y acá estamos otra vez, compungidos, sin saber qué tiempo usar para contar esto. ¿Pasado? Cuando no lo hemos superado. ¿Presente? Cuando hablamos de ausencias. ¿Futuro? Ojalá que no.
Y acá estamos otra vez, compungidos, sin saber qué tiempo usar para contar esto. ¿Pasado? Cuando no lo hemos superado. ¿Presente? Cuando hablamos de ausencias. ¿Futuro? Ojalá que no.
La laguna de Alegría, como se lee en el reportaje realizado por el periodista Stanley Luna, es el corazón de una población. De ella emanan historias que se han hecho eternas en la tradición oral de los residentes de la zona.
Es un triste símil de cómo nuestra cosa cultural va desapareciendo en el más doloso de los silencios.
No existe para dar seguridad, educación, vivienda, salud. No existe para quedarse. No existe para volver. No existe para levantar la voz ante las constantes violaciones a los derechos humanos.
“Cada persona cuenta”, pregona hoy la Fiscalía General de la República y, en eso, tiene toda la razón. Cada persona cuenta.
Estos textos no son una confrontación. Son más un espejo que nos hace ver que en las rutinas hay mucho de interesante y mágico para contar.
Ya son varias las generaciones que hemos aprendido a sentirnos seguros solo mientras estamos encerrados, cercados, alejados.
Llegaron a la conclusión de que la ruta más corta y efectiva hacia el desarrollo común era la educación.
El capítulo de hoy es una deuda añeja, la que más. Sofía es una mujer de 73 años que lleva 40 buscando a sus cuatro familiares que desaparecieron en el marco del conflicto armado.
El FSLN ahora simboliza solo el poder desmedido al que se quieren aferrar Daniel Ortega y Rosario Murillo.