Opinión

por Manlio Argueta, Escribiviendo

 

Manlio Argueta
Escritor

Creatividad, innovación y conocimiento

El paso de gigante para tomar decisiones, para proponer e innovar, entendido este último concepto como cambio, no se dará si no se comprende la realidad global por vacíos de conocimiento.

Esta semana la Biblioteca Nacional y otros amigos que nos apoyaron celebramos con la Segunda Caravana del Libro el Día Mundial del Libro (20 de abril). Agradezco a la agencia consultora que promueve la creatividad, que nos permitió involucrarnos en el “Foro de la creatividad y la innovación en el sistema educativo”. Agradecimientos a la empresa de bebidas que nos acompaña siempre, al Proyecto de Arte y Circo Social; a Innovaciones Educativas Centroamericanas y a la prensa de TV. Por razones atendibles, no logramos obtener acompañamiento de las instituciones que nos cooperaron en la Primera Caravana (2017). Pese a todo, la celebración del libro y de la creatividad e innovación fue un éxito completo.

Quizá estas prisas organizativas me llevaron a soñar dos noches antes del evento. Soñé con mi madre. Ya antes he escrito de ella. En mi casa de infancia no había ningún libro (en otra ocasión me extenderé sobre este tema), pero mi madre lo solventó usando un recurso intuitivo que permitió educarnos desde la primera infancia. En aquel hogar de una sola habitación nos decía poemas, también nos contaba novelas (recuerdo “María” y “Los miserables”), narrados con su prodigiosa memoria, producto de sus lecturas juveniles. Y me estoy refiriendo a las primeras cuatro décadas del siglo pasado, cuando no se había investigado el papel maravilloso de los aprendizajes a edad temprana, una época en que ciudad San Miguel solo contaba con un semanario de cuatro páginas. No había más, ni radio y menos TV.

El sueño me atrajo lo “depositado” en el cerebro: el título de un libro que había olvidado: “Ollendorf for Been Good”, método de aprendizaje del inglés. En las conversaciones con sus hijos hablaba de gramática, de aritmética recreativa, decía poemas en francés y nos enseñaba palabras en inglés, lo elemental de la comida. La humildad de nuestro hogar me hizo preguntar cómo había aprendido idiomas, tan inusitado en ese tiempo de tan extremadas limitaciones. En el sueño con ella me mencionó ese título en inglés que había olvidado después de tantos años. Al despertar, me fui directo a internet y ahí encontré el libro. Lo maravilloso del cerebro es que no “extravía” lo aprendido, queda ahí.

En otro contexto, repito la conversación con mi nieto de nueve años, me dice que si yo sé que no todos los planetas del sistema solar giran en la misma dirección. Mi respuesta es negativa, imagino que se trata de algún video. Me explica que todos los planetas giran en dirección a las agujas del reloj, solo Venus gira al contrario. No estuve satisfecho y acudí al internet y lo confirmé. Este es uno de los sorprendentes aprendizajes en la era tecnológica, pueden provenir de cualquier fuente sin importar edad ni niveles.

Es el mismo nieto que a los cinco años y medio me mostró los planetas del sistema solar que había hecho en plastilina. También me sorprendido esa vez. Le pregunté si conocía los nombres de los planetas. Me los dijo. Al terminar, le digo: “Te faltó Plutón”. Su respuesta me impactó: “Pero abuelo, si Plutón no existe”. De nuevo me fui al internet y encuentro: “Desde 2006 se descubrió que Plutón dejó de ser un planeta”. Esta última anécdota ya la había dicho en anterior ocasión, pero la repito por el significado de un logro en la continuidad de los aprendizajes y del conocimiento.
En ocasión reciente mi nieto menor de tres años y meses juega con un teléfono, va subido en la carretilla del supermercado. Protesta: “Mamá, ya no vengamos a este súper”. ¿Por qué? Y responde: “Porque aquí no hay wifi”.

Otra anécdota ilustrativa con mi nieta de cinco años y medio, quien al visitarme del extranjero se sorprende porque estoy escuchando la música que ella oye para dormirse. Le pregunto si conoce la música. Sin vacilar me responde: “Es Mozart”. Meses después visito su país y me pregunta si me gusta el break dance. Respondo afirmativo. Entonces trae un pequeño equipo que cabe en sus manitos, aprieta unos botones y comienza a sonar Shakira. Al momento la niña inicia su baile saltando de un sillón a otro o dando vueltas sobre su cuerpo en el suelo. Un año después, ha escogido como deporte colegial el “parkour (“salto base”).

¿Niños con talento? No, dice el profesor Gorka Garate, del MINED, en su participación del foro que mencioné arriba. “Todos los niños son talentosos, aunque otros pueden tener alto rendimiento; talento lo tienen todos”.

Estos ejemplos me permiten reflexionar que las innovaciones son producto creativo. Si no tengo acceso a conocimientos, me privo de insumos para crear. Eso es la experiencia, que se va a incrementar si soy lector, si me informo a la altura de los tiempos, es difícil ser creativo e innovador si evado estos aprendizajes. Innovar como resultado creativo proviene de la imaginación, y esta se enriquece de las realidades, de lo que se apropia el cerebro. El paso de gigante para tomar decisiones, para proponer e innovar, entendido este último concepto como cambio, no se dará si no se comprende la realidad global por vacíos de conocimiento.

Promover la creatividad y la innovación no es un “reto de país”, parto de otra idea de Gorka, representante del MINED en el foro. Innovar es un reto de la gente, porque “país” es un agente encubierto de la abstracción, nadie lo identifica en lo concreto, por consiguiente, no se evidencia como elemento que asuma responsabilidades. Son las personas concretas quienes deciden y emprenden.

Y algo más: la tecnología no es innovación, como tampoco lo es el libro, siendo dos puntos extremos entre modernidad y tradición. Ambos son medios que facilitan crear e innovar. Y como capitán de la nave está el sistema educativo que nos debe llevar al puerto de las capacidades transformativas, para no tener que hablar de cambio sin saber lo que se debe cambiar y cómo en este mundo de descubrimientos acelerados y continuos.

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  • 29 abril, 2018 / Opinión de Manlio Argueta  (SÉPTIMO SENTIDO)

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