La terquedad por los libros

En 2007, recibí una distinción de la Fundación Guggenheim de Nueva York. Según informes, solo la hemos recibido dos personas en El Salvador. El otro es German Cáceres, la recibió en música (1989). Cáceres es compositor y director de orquesta, egresado de la Academia Julliard de Nueva York, de las mejores del mundo en su especialidad. Pero no todos los tiempos pasados fueron mejores. Roque Dalton dice una frase feliz en uno de sus poemas: “No siempre hemos sido feos…”. A veces lo parecemos cuando pensamos en el desempleo, en las injusticias, en las intolerancias políticas que producen muerte infinita; cuando, por la pequeñez geográfica, deberías construir un jardín de vida feliz.
Pero bien, en ese pasado no tan feo hice a un lado la poesía a favor de la novela, todo porque descubrí una carta de Pedro de Alvarado informando a Hernán Cortés la matanza de miles de pipiles en Acaxual (Acajutla) y Tacuscalco.

e asombra ahora que una carta de tres páginas me cambiara la vocación poética de niño. Jamás había pensado escribir novela hasta que a los 28 descubrí esa carta. Tuve suerte, esa primera obra ganó premio único centroamericano en Costa Rica (1967) y fue publicada en la editorial del llamado boom latinoamericano de literatura (en Buenos Aires, Argentina). Paso de animal grande siendo pequeño.

De ese cercano pasado enmarcaba la distinción arriba mencionada: la beca Guggenheim. Para ganarla, comencé a escribir (2005) “El sexto muro”. Ahora tiene otro nombre más poético: “La oscuridad de los rincones iluminados”. Pese a ser mi sexta novela, también necesité una motivación. Veamos: estaba investigando en internet ahí por 2003, cuando descubrí que en el famoso muro de Berlín, después de 28 años de construido, apenas habían muerto 120 personas, y que en el muro fronterizo entre México y Estados Unidos en sus pocos años y parcialmente construido había registrado más de 4,000 muertos (hasta 2005).

Además, reparé en otros cinco muros históricos, incluso murallas, por lo general casi todos para evitar invasiones guerreras. Y se me ocurrió el tema de la migración. Pensé en la necesidad de un sexto muro espiritual donde no muera nadie, solidario, que no implique temor, que no lleve a guerras, que defienda la dignidad humana.

Esta novela supera a los osos, ha invernado 11 años, cuando el mundo ha dado varias vueltas de gato; por eso le cambié nombre, menos violento, por lo menos el título, aunque la novela contiene violencia histórica como producto de una investigación que decidió promoverme la Guggenheim de Nueva York. Histórica, pero no de la que se habla en estos 25 años, sino tratando de buscar la violencia originaria; prefiero no revelarlo hasta que la publique. Por cierto, he encontrado el ofrecimiento de publicarla. Qué felicidad.

La escribí a saltos como todo promotor de la lectura, y eso me hizo ir cambiando los matices. Tiene validez aunque han surgieron otras verdades, como ocurre ahora que la realidad da vueltas de gato cada cinco años, producto de la tecnología. Incluso la guerra tiene otras variantes, puede ser comercial o contra la ignorancia, o contra la violencia de género (hay que bombardear esa cultura abonada por los siglos), guerra contra las tacañerías para el arte, para la educación.

Dar batalla como si fuera una guerra del fin del mundo aunque produzca la sensación de caer en el vacío. Una guerra sin muertos, ni gasto en armamentos. ¿Por qué no decirlo? Una guerra pacífica, valga este oxímoron; así como tenemos una paz cruenta, incluso con más bajas que las de un conflicto bélico.

En verdad, hacer la guerra por el libro y la lectura implica sacrificar tiempo que es grato gastarlo en escribir. No importa. Algunos justifican la inopia frente al libro alegando excesos de la tecnología informática. Nada cierto, apenas tienen 20 años de avance, pero ya Alberto Masferrer en la “La cultura por medio del libro” proponía una biblioteca en cada comunidad como elemento de desarrollo para El Salvador. ¡Hace 103 años! Es de los primeros tercos en repetirlo. Aunque se exprese la terquedad en el idioma del burro poco agradable, como dice con sarcasmo mi amigo Ricardo, refiriéndose a que los tercos rebuznan.

Sin embargo, pidamos peras al olmo, pues de acuerdo con la biotecnología, un olmo puede producir peras, manzanas y aguacates.

En ese apropiamiento del siglo de la información y el conocimiento, surge la necesidad de la lectura para conocer y recrearse, para cultivar una sociedad sensible al dolor ajeno; en resumen, humanismo, sin lo cual no hay desarrollo integral. El buen lector descubre lo que somos y reniega de los antivalores que asedian la vida.

Pero poco a poco despiertan los intereses positivos que cubren estos vacíos; surgen las redes sociales, los medios de todo tipo promueven que hay algo más allá del cataclismo social, nos informarnos para conocernos mejor, es el camino correcto hacia la convivencia. Los escritores salvadoreños conquistan mundo y hay apropiación mediática de los triunfos obtenidos en el exterior; pero no solo por los escritores, también por los jóvenes en el marco de la ciencia y diversas ramas del arte. Somos una moneda de dos caras y eso le da unidad cambiaria que debemos descubrir con inteligencia emocional lúcida.

Descubrir el valor del libro, sea digital o en papel, nos convierte como en beneficiarios de la botija del cuento de Salarrué. La principal riqueza está en la Biblioteca Nacional, cuya principal función es custodiar el patrimonio bibliográfico de la nación; aunque también sale a la calle con libros y recreación; también hay otras minas de astros en las bibliotecas municipales, en las públicas y las escolares.

La Biblioteca Nacional es diferente, pero eso no obvia que escudriñamos un cambio atendiendo a jóvenes, a niños, esto nos dignifica como alma mater del libro y fuente de la palabra, puerta que nos permite descubrir el pensamiento crítico.

Por nuestro patrimonio nacional

Hace unas semanas, un grupo de trabajadores descubrió una esfinge, mientras desarrollaba la construcción de una carretera entre los sitios arqueológicos de Karnak y Luxor, en Egipto.

De inmediato, las autoridades correspondientes tomaron medidas para proteger la estatua. No ha sido excavada en su totalidad, porque se busca la mejor manera de hacerlo sin dañar la pieza. La construcción de la carretera no solo ha sido detenida, sino que ya se estudian alternativas para cambiarla de dirección para no atrasar su construcción.
Descubrir esfinges, pirámides, sarcófagos y otros vestigios arqueológicos es pan de cada día en Egipto.

Teniendo consciencia de ser descendientes de una de las culturas más admiradas del mundo, los egipcios han sabido preservar y explotar sus joyas antiguas. Hay todo un protocolo de acción que permite detener una construcción si se encuentra un tesoro arqueológico más. Cualquiera diría que en Egipto sobran pirámides y esfinges, pero se siguen preservando y estudiando como si fueran un primer descubrimiento, justamente porque en el fondo lo son: cada pieza descubierta contiene información histórica invaluable.

Un ejemplo que habla mucho sobre la tensión entre el desarrollo y la preservación patrimonial fue lo ocurrido cuando se construyó la presa de Asuán. El complejo de Abu Simbel y algunos sitios de importancia arqueológica quedarían inundados por el lago que se formaría, el lago Nasser. Esto impulsó a los arqueólogos a movilizar esfuerzos para realizar lo insólito: trasladar de lugar estatuas monumentales y templos enteros.

Esta operación de rescate, liderada por la UNESCO, ocurrió en 1960. Ladrillo por ladrillo fueron levantados templos y estatuas de faraones, para ser reconstruidos a pocos kilómetros de distancia. Un total de 24 monumentos pudieron ser salvados, entre ellos los templos de File, Kalabsha y Amada.

El descubrimiento de la mencionada esfinge me hizo sentir envidia. Pensé primero en esos trabajadores. No sé si reciben algún entrenamiento tipo “Qué hacer en caso de encontrar una esfinge o una pirámide”, pero el hecho de que los mismos obreros tengan la intuición de no seguir picando piedra ante algo que puede ser una antigüedad, es admirable. Luego, la velocidad de reacción de diferentes autoridades que permiten preservar el lugar, parar las obras y cambiar el sitio de la construcción para preservar el descubrimiento. El patrimonio no es sacrificado, sino salvado y restaurado.

Nada de eso ocurriría aquí en El Salvador. De hecho, la noticia del descubrimiento de la esfinge coincidió con el Dictamen N.º 1 emitido por la comisión especial de la Asamblea Legislativa que estudia el caso del sitio arqueológico Tacuscalco. El dictamen de dicha comisión busca hacer modificaciones a la Ley Especial de Protección al Patrimonio Cultural de El Salvador (LEPPCES), mediante lo que la citada comisión llama una “interpretación auténtica” del Artículo 8 de la ley. Esto permitiría continuar con la construcción de una urbanización en el lugar mencionado.

En pocas palabras, la modificación que se busca hacer a la LEPPCES es que solamente obras que estén “vinculadas directamente con un bien cultural así declarado” (según dice el dictamen) necesitarán de la autorización previa del Ministerio de Cultura. Esto deja por fuera cualquier sitio o bien patrimonial que apenas esté siendo identificado o descubierto, o que haya sido identificado como inmueble o sitio de valor cultural, pero cuya declaración oficial como patrimonio nacional esté en gestión.

Según el Ministerio de Cultura, en una nota de prensa publicada en su página web, alrededor de 160 iglesias de carácter monumental, al igual que 137 centros y conjuntos históricos (que comprenden un estimado de 10,336 inmuebles con valor cultural) quedarían expuestos a posible pérdida y destrucción, si se implementa esta modificación en la ley.

La historia de nuestro patrimonio nacional es penosa. Son numerosos los casos de sitios e inmuebles destruidos en un mal entendido empuje del progreso. La reflexión sobre el valor de nuestra cultura, nuestros antepasados y nuestra historia ha estado ausente entre amplios sectores de la sociedad, incluyendo a la clase política y nuestros gobernantes. El Estado mismo, al perpetuar un enfoque desfasado y limitante de la cultura, reduciéndola a actividades de entretenimiento o a usarla como herramienta para la prevención de conductas antisociales, ha colaborado a la formación de la indiferencia social hacia nuestros bienes.

La ciudadanía no ha sido educada para apreciar el valor de los espacios patrimoniales, y en consecuencia cuando ocurren situaciones como la de Tacuscalco no existe el empuje ni la determinación para defender dichos espacios como propios. No se tiene claro que estos representan no solo fragmentos de nuestra historia, sino que también contienen elementos para la construcción de nuestra identidad nacional.

Para muchos está claro desde hace años que la LEPPCES es una ley deficiente que necesita reformas, de manera que el patrimonio quede protegido de forma indiscutible y contundente. Pero también necesita herramientas adicionales para hacerla efectiva como la creación de un presupuesto que permita al Estado comprar los terrenos o inmuebles de interés patrimonial, invertir en ellos para que sean estudiados y preservados de la mejor forma posible, y poder transformarlos luego en centros de estudio e investigación de nuestras poblaciones ancestrales.

Cada espacio patrimonial destruido es una pérdida irreparable para el país, que deja incógnitas sobre nuestra historia. De seguir así, la construcción de nuestra identidad nacional se irá distorsionando hasta que nuestras raíces sean borradas por el cemento y la avaricia, hasta llegar al día en que no tengamos ni la más remota idea de por qué nos hacemos llamar salvadoreños.

El 21 de agosto, el presidente de la república vetó el dictamen de la comisión, argumentando que este viola las normas de protección y promoción de los derechos culturales, transgrede tratados internacionales de cumplimiento obligatorio y que dicho decreto es “un exceso de las atribuciones constitucionales”. La Asamblea tiene ahora la opción de enmendar el error, hacer una nueva propuesta o superar el veto con mayoría calificada de 56 votos (de 84).

Esperemos prevalezcan la sensatez y el interés nacional por la preservación de nuestro patrimonio histórico.

Libros por tierra y aguas espaciales

El título del presente trabajo lo he tomado de mi última novela histórica publicada por la EUNED (Costa Rica). Pero aún no quiero hablar de esta recién nacida, lanzada hace dos semanas. Dejo los temas históricos centroamericanos para otra ocasión. Ahora me refiero a libros y lectura que la Biblioteca Nacional de El Salvador está echando a volar y navegar por tierra, aguas y espacio.

Vuelvo a usar el concepto de “la biblioteca en la calle”. Quiero decir llegar hasta las poblaciones, llegar a tierra y atravesar ríos y quebradas hasta encontrar comunidades; también traspasar océanos con el clic informático. Los que más se emocionan son los niños. Así nos hemos sumado a otras iniciativas institucionales con visión del cambio estratégico por una nación digna.

Sí, con dificultades y limitaciones las iniciativas siguen adelante, no se detienen para hacer un justo equilibrio con lo que el novelista, Premio Nobel, Mario Vargas Llosa llamó sociedad del espectáculo. Además, para todos da Dios. Y da para los niños. Ahora y siempre habrá que hablar de la necesidad de llevar lectura y libros a los rincones del país, a los centros educativos, que también lo están haciendo a pautas, incluso por medio de plataformas informáticas. Ya pocos pueden oponerse a que el libro es educación, conocimiento cultural, mensaje educativo y medio para conocimiento de valores hacia un desarrollo sostenible.

Pienso en los niños y niñas cuando un analista ha dicho muy bien: la sociedad necesita comida, escuelas dignas, pero también necesita del arte. Cada uno de estos elementos produce resultados que producen riqueza nacional; incluyendo sobrevivencia. Algunos resultados son inmediatos, por ejemplo, satisfacer el hambre o cumplir con la responsabilidad de la formación escolar. Pero los resultados del arte son más a largo plazo, indetectables por los sentidos. Lo vemos en otros países de sociedad culta, plenas, para satisfacer necesidades ciudadanas y de convivencia. En pocas palabras, sociedades felices que sí tienen oportunidades.

En orden a contribuir con las iniciativas en lo que nos corresponde, la Biblioteca Nacional cuenta con plataformas informáticas que nos permiten llegar más allá de los océanos. Con más razón si casi un cuarto de salvadoreños se encuentra viviendo fuera de su territorio, alejados de una realidad cultural solo sostenida por la nostalgia de los adultos, pero que no podemos decir lo mismo de las nuevas generaciones nacidas en el exterior.

Nuestros libros históricos, gracias a apoyos institucionales educativos, los hemos podido alojar en la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano (en España) y de REDICCES, en El Salvador, a ambas he citado antes. Como vemos, el concepto de “biblioteca en la calle” es mucho más amplio de lo que hubiera podido concebirse hace 20 años. Ahora navegamos por las calles del mundo, transportados por los libros y sus valores. Con limitaciones pero viajamos.

Sí, nada de desesperarse, las amenazas de naufragios no siempre terminan en naufragio. Y por si acaso, debemos creer en los equipos de salvación formados por quienes piensan que evitar el naufragio del barco es salvarnos todos.

Ahora más que nunca, y siempre, nuestra función bibliotecaria debe extenderse a la creación de sensibilidad y conocimiento sin limitaciones espaciales, rompiendo muros con la oportunidad que nos permite la tecnología, la voluntad y la conciencia de saber el papel formativo que juega la lectura en todas las personas, no solo las que van a universidades o centros educativos, o los que no han tenido posibilidad de traspasar un centro educativo. Así en la tierra como en las aguas. Ese es el concepto amplio de “la biblioteca en la calle”, que poco a poco nos hemos ido apropiando de sus contenidos y resultados para hacer de los rincones oscuros espacios iluminados. Romper los síndromes que nos acongojan, combatir el “burnout” laboral que incinera y repercute en relaciones destructivas; la visión que produce el arte literario de neutralizar la desesperación. Nunca es tarde para que llegue la mañana por oscura que parezca la noche.

El futuro está en los jóvenes, porque pertenecen a la etapa en que son aptos para participar en la vida pública y debatir. Pero la filosofía de una biblioteca de quinto mundo, como la nuestra, es ofrecer espacio prioritario al niño y la niña. Ellos significan y aseguran ciento por ciento el cambio social. Para lograrlo, tenemos que poner dinamismo creativo en las iniciativas culturales. Si los atendemos esta noche, tendremos el día de mañana una sociedad mejor.

Parto desde el punto de vista de que el adulto, para bien o para mal, ya está formado en sus comportamientos positivos o negativos. Cada quien tiene el lugar o la oportunidad de ser constructivo frente a los demás; y si el adulto se retrasó o se desvió no será fácil encausarlo hacia el bienestar de la nación. Inclusive, ni siquiera basta un título, si no tiene un respaldo en humanismo y equidad integral. De modo que el cambio está en la niñez, ahí debemos buscarlo por todos los medios que permite la educación, formal e informal. Cuando hablamos de cambio pensemos niños y niñas, porque son el seguro de vida de nuestro país. No los dejemos morir.

Termino este trabajo citando a los que posibilitan que podamos celebrar este noviembre el Noveno Festival de Literatura Infantil dedicado a los niños emigrantes del mundo. Menciono a quienes se hacen suyo este pequeño universo infantil que nos permite atender con lectura y libros, útiles escolares y atenciones (en cuanto nos visitan de comunidades distantes del país). Gracias ONG, empresa privada, centros escolares e instituciones educativas superiores.

También agradecemos las palabras de la embajadora de Estados Unidos, Jean Elizabeth Manes, por reconocer los esfuerzos del Bibliobús y Extensión Cultural: “El impacto que ya se está logrando a través de la sede central de la Biblioteca Nacional de El Salvador… Y por continuar realizando esta valiosa labor de llevar educación y desarrollo a la sociedad salvadoreña”. Palabras encomiables que merecen reconocimiento.

La tentación de callar

Me siento a observar el mundo, a escucharlo. Cada día lo entiendo menos. Cada día me gusta menos. Tengo emociones contradictorias al leer o escuchar a mis congéneres. Al verlos actuar. Al ver cómo se hacen las cosas. Al comprender cómo funciona el mundo y asumir con asco que muchas decisiones de su funcionamiento se dictan desde la sombra. Poderes demasiado grandes están ahí, decidiendo nuestros destinos y los del planeta mismo.
No sé qué hacer con tanto hartazgo, frustración, impotencia. Lucho contra mí misma, todos los días, para no dejarme arrastrar por el cinismo y el escepticismo generalizados. Lucho para no ceder a la resignación, a pensar que nada de esto cambiará, que resistir es inútil.

No sé qué hacer con el desaliento de quien ya ha visto pasar estas cosas aquí o en otras partes, en otro tiempo, en otros idiomas. Las mismas guerras y luchas, los mismos traidores, los mismos aprovechados, los mismos sacrificados. Nunca escarmentamos. Nunca aprendemos.

La historia se copia a sí misma porque no sabemos o no queremos hacer las cosas de otra manera. Todos queremos cambiar el mundo pero pocos se atreven a poner manos a la obra. Repetimos un montón de frases bonitas y bienintencionadas, leídas y escuchadas con tanta frecuencia que ya no tienen sentido ni valor alguno.

Pocos tienen decencia. Una decencia originada no en la imposición de creencias opresivas que nos han condicionado a actuar en función de obtener una recompensa o de rehuir un castigo. Una decencia que se trae y que se cultiva día a día. Una decencia que sufrirá constantes retos y que pondrá a prueba nuestra ética y nuestras lealtades.

No hemos aprendido nada como especie. No sabemos nada, pero tenemos la arrogancia y la pretensión de creer que sí. Peor aún nos creemos dueños de todo. En función de nuestra propia satisfacción y comodidad hemos ido destruyendo nuestro planeta, los legados de nuestros antepasados, nuestro hábitat, nuestra humanidad, nuestra compasión, ver con ojos amables no solo a los demás, sino también a los animales y las plantas. Nada escapa a nuestra ansia de posesión y de dominación.

En esta tierra nacemos y bebemos nuestro primer alimento de la mano de la muerte. Caminamos con ella. Comemos con ella. Dormimos con ella. La saludamos todos los días mientras esperamos nuestro propio turno. A pocos les tiembla la mano para matar o para dar la orden de hacerlo. A pocos les da asco la idea de morir.

Miro fotografías de islotes de basura que crecen sin remedio flotando en medio del océano o inundando kilómetros de costas y ríos, cuyo detritus termina en la panza de los peces que luego ponemos sobre nuestra mesa. Nos estamos hartando nuestros desechos químicos y plásticos. Nos asfixiaremos en nuestra propia basura.

Veo a un orangután enfrentarse a una máquina aplanadora que está a punto de destruir su árbol, el único que queda en la selva, el único hogar que ha conocido. Veo a un koala desconcertado que vuelve al bosque con los suyos para darse cuenta de que lo único que queda es un lugar pelado, y no quiere moverse porque sabe, su entraña sabe, que ahí era su hogar. Veo a tortugas enredadas en bolsas y redes de pescadores. Veo a ballenas que mueren con sus inmensos estómagos llenos de basura humana.

Ciudades en ruinas, guerras que nunca terminan, cuerpos descuartizados, caravanas de gentes que huyen a países vecinos, montados en trenes o pateras, alentados por la desesperación de cambiar las cosas, movidos por el motor de una esperanza. Una esperanza así tiene que ser muy grande para poder sobrellevar el dejarlo todo y hacer un viaje donde se sabe que la vida, ay, la vida no vale nada.

¿Pero qué se puede hacer cuando nadie quiere escuchar, cuando nadie quiere ceder? ¿Qué se hace cuando nadie quiere hablar? ¿Qué se hace cuando nos domina el orgullo? ¿Qué se hace cuando nadie quiere, ni por un momento, acariciar la posibilidad de que su postura puede modificarse, de que no siempre se tiene la razón? ¿Qué se hace ante la evidente necesidad de transformar nuestra conducta, de corregir hábitos que ahora resultan mortales, una muerte lenta que vamos imponiendo sobre nuestro entorno y nuestro prójimo, sin percatarnos de ello o incluso a sabiendas?

¿Qué pasaría si nos sentáramos a escuchar, a hablar (no a imponer nuestra razón, no a pelear, no a acusar ni a humillar)? ¿Qué pasaría si dejáramos de concentrar la medida de las cosas y de la vida misma en el dinero? ¿Qué pasaría si le diéramos su verdadero valor, el intangible, a las personas, a la confianza, a la lealtad, a la honestidad, al afecto? ¿Qué pasaría si dejáramos de ser tan crueles?

Si nadie habla, si nadie escucha, si nadie admite sus equivocaciones, si nadie quiere ceder ni un poquito en su postura, si nadie dialoga, si no hay buena fe; si hay mentira, si hay malicia y engaño, si hay mezquindad, si siempre procuro lo mejor nada más que para mí, si todos hacemos lo mismo, ¿cómo esperamos que todo cambie, que todo mejore?

¿Dónde pongo la rabia, el desaliento, la impotencia, la decepción, el dolor, la tristeza, la sensación de pérdida, el desánimo, esto que me causan todos esos eventos que me hacen sentir vergüenza y pena de mis congéneres?
No puedo hacer más que ponerlo aquí, a la vista de todos. No sé qué hacer más que esto, ponerlo en palabras. Escribir. Solo puedo escribir. Decirlo. Para no ceder a la tentación de callar. Para no ceder a la comodidad de hacerme la loca. Para no ceder a la tentación de dejarlo pasar. De ignorarlo. De no hacer nada. Puedo escribirlo. Decirlo. Es algo minúsculo, pero es algo.

Me siento a observar el mundo, a escucharlo. Cada día lo entiendo menos. Como si no supiera que la vida, al igual que la escritura, son oficios que nunca se terminan de aprender.

Valentín Estrada y su Atlacatl

Escribo estas líneas inspirado por los artistas invisibles que algunas veces llamé del mal, siguiendo la nominación europea de íconos inmortales: Verlaine, Baudelaire, Rimbaud, y los norteamericanos Bukowski y Henry Miller. Creo que entre nosotros cabe mejor hablar de condenados al silencio. Se sabe que la llamada Generación Comprometida, cuyo nombre se lo puso el periodista y escritor Ítalo López Vallecillos, se inició con la publicación del libro “Bomba hidrógena”, de Orlando Fresedo, Eugenio Martínez Orantes, Waldo Chávez Velasco, entre otros; uno de esos otros, el periodista José Luis Urrutia, ha sido olvidado. Algunos artistas tienen ese sino, como si no hubiesen existido. Y con eso se priva de formación sensible al entorno social.

Muchas veces el arte puede proyectarse con inocencia destructiva. En El Salvador podemos citar a quienes manejan la palabra, caso del “poeta salvaje” Antonio Gamero, y en menor recuerdo a Oswaldo Escobar Velado, y Vicente Rosales y Rosales. El mismo Quino Caso, aunque recibió el privilegio del bienestar político, y Serafín Quiteño, ambos poetas, tienen ya su sitio en el olvido; quizá prefirieron la comodidad de la que gozaron y prefirieron optar ellos mismos por su relegamiento literario.

Este concepto del olvido me hizo pensar en el escultor Valentín Estrada, creador de la escultura de Atlacatl, obra original erigida en la residencial del mismo nombre, aunque se ha hecho una réplica en antiguo Cuscatlán.

Pocos hemos conocido que el escultor mencionado estudió en la Academia San Fernando, España, de las mejores del mundo; y que realizó aventuras estéticas por varios años en la Europa de museos maravillosos.

Estrada fue becado en 1918; pero creyó que aprovecharía mejor su beca si abandonaba la academia de pintura, quizás porque su vocación desde niño fue la escultura. Para un joven trabajador de 16 años recorrer ciudades europeas fue un deslumbramiento, un afán de apropiarse de la universalidad desde el trópico ignoto. “Me equivoqué de academia”, expresa en una entrevista. También afirma que se equivocó de edad. Roma y París fueron mucho para un niño que había comenzado a trabajar con su padre a los 10 años. Hasta ahí todo iba bien para Valentín Estrada.

El olvido llega cuando retorna a su pueblo desde Europa. Es una historia triste. Regresó con una de sus pocas obras conocidas: Atlacatl, escultura que se vio como una mala réplica de los indios pieles rojas de Estados Unidos; con el demérito de que Atlacatl nunca existió. Mentiras históricas aparte, Estrada se inspiró en Miguel Ángel: los torsos, la tensión de los músculos, fueron captados de ese maestro universal.

Para los jóvenes de 1950 en adelante, Atlacatl solo era un adorno en la zona de las trabajadoras del sexo, la avenida Independencia. En los planes de urbanización no había otro espacio para concederle; igual ha sucedido con diversos murales y obras de arte.

Pero bien, Valentín Estrada terminó haciendo muñequitos de barro para vender a los niños, o fabricando piscuchas para los pobres del barrio. De remate se le hizo juicio de desahucio de su casucha de láminas en una barranca de Soyapango. Esto me hace pensar en una pesadilla que tuve con Claudia Lars: soñé que su casa era cateada y sus muebles destruidos, buscaban artilugios ilegales o subversivos. La pesadilla la tuve al saber de su muerte, cuando estuve fuera del país.

Volviendo al Atlacatl, de Valentín Estrada, ya en su patria real, los políticos de barrio lo hicieron desfilar en carrozas disfrazado del cacique inexistente en la historia. Pero algo que no supieron los políticos y urbanistas de barriada es que Estrada posó de modelo frente a un espejo. ¡Y Atlacatl es Valentín Estrada! Él lo asumió ante sus vecinos, y el olvidado se eterniza mientras dure el bronce de su obra, no importa entonces si se olvidan de sus 200 esculturas, como las que están en Atecozol y en Los Planes de Renderos.

La vida de Valentín Estrada debe hacernos reflexionar, por su inocencia; pero más por la ingratitud cultural. Estrada seguirá siendo un desconocido en su país, un hombre de este tiempo pero de otro mundo que quiso hacer de la escultura su expresión de vida y terminó como hermano lejano en su propia patria. ¿Tuvo patria verdadera Valentín Estrada? Inclusive, fue sometido a las peores incomprensiones que puede sufrir un artista al negarle el derecho a hacer su obra, que él asumía con grandeza y humildad, no como maldición de anonimidad.

No olvidemos que Van Gogh nunca pudo vender ninguno de sus cuadros, y tres años después del suicidio comenzó a ser reconocido. Sin embargo, muchos, como Valentín Estrada, van por el camino tortuoso del olvido, privan así al artista de contribuir a forjar conciencia de país, memoria de nación.

Que nada nos extrañe en el mundo de las artes: en los últimos días de Rubén Darío, en Nicaragua, el eminente médico que le hace la autopsia se escabulle por la ventana para preservar de otras manos el cerebro privilegiado que ha extraído de su cuenca. El médico es perseguido por la viuda; el primero tropieza y el frasco de vidrio y su contenido terminan salpicando el empedrado. La idea era averiguar sobre su brujería poética genial.

Agradezco al pintor Armando Solís que escribió la autobiografía de Valentín Estrada (“Yo, Atlacatl, memorias de un escultor”), en 1996, y que me estimuló a escribir unas líneas para esa biografía. Un espejo para las nuevas generaciones que tratan de romper estigmas. Una última reflexión: ¿por qué tenemos tantos poetas jóvenes? No hay duda: por vocación educativa, cuyos resultados solo se detectan con el corazón, como dice “El Principito”.

Los sucesos de Nicaragua

Una de las cosas que más me impresionó cuando llegué a Nicaragua fue el ambiente generalizado de euforia y entusiasmo, de alegría contagiosa que se vivía en el país. Fue a inicios de la década de los ochenta. Comenzaba la revolución sandinista. Nacía una esperanza: la de poder construir un país más justo, con igualdad de derechos para todos.

El entusiasmo se impuso a pesar de la realidad. Surgieron retos, obstáculos y opositores poderosos casi de inmediato. El entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, declaró un embargo económico y comercial. Nicaragua entró en guerra y en escasez extrema.

Fueron tiempos duros, sobre todo para quienes vivían en las zonas de conflicto en el norte y el sur del país. La amenaza de una intervención militar estadounidense era permanente. La euforia inicial fue degradándose ante la comprensión generalizada de que transformar una sociedad es una tarea más compleja de lo que nadie imaginó.

La revolución sandinista entró en agonía en el instante mismo en que altos dirigentes y sus allegados cedieron a todas las tentaciones que les ofreció el poder. En ese instante, en el momento de aceptar cualquier prebenda o de autorizar cualquier abuso, dichas personas traicionaron sus ideales y dejaron de ser de izquierda. Se convirtieron en lo mismo que un día criticaron y combatieron.

Muchos no admitieron ni manifestaron en público sus críticas a la revolución o al Frente Sandinista para la Liberación Nacional (FSLN). No era conveniente para nadie que se dudara de su lealtad política. Dudar de la revolución, de los dirigentes y del partido era echarse encima la sospecha de simpatizar con la contrarrevolución. No había términos medios: se estaba a favor o en contra.

Callar las críticas a la revolución era también una forma de evadir la realidad. Fue frustrante y doloroso para muchos asumir que todo se había ido al carajo desde hacía años. Nadie quería o tenía el valor de admitirlo. Algunos militantes sandinistas que habían luchado durante la insurrección comenzaron a renunciar al partido, decepcionados de lo que estaba pasando. Los resultados de las elecciones de 1990 fueron la lápida sobre la tumba de la revolución.

Cuando Daniel Ortega regresó al poder en 2007, luego de años de alianzas con todo tipo de corruptos, oportunistas y personajes oscuros de la política nicaragüense, intentó retomar el lenguaje y el proyecto original del sandinismo, más para aprovecharse de los rezagos románticos de la revolución que por una intención real de transformar la sociedad. Nicaragua se decía de nuevo revolucionaria, además de “socialista, cristiana y solidaria”.

Desde abril de este año, amplios sectores de la sociedad nicaragüense realizan protestas que han provocado una ola de represión gubernamental que no se vivía desde hace décadas. Numerosos organismos internacionales, la OEA, personalidades de diferentes procedencias y 13 gobiernos latinoamericanos han condenado la represión, exigiendo el cese de la misma para instaurar un diálogo y encontrar una solución al conflicto.

Mientras tanto, el FMLN y el presidente Salvador Sánchez Cerén han manifestado, en más de una ocasión, su respaldo a Daniel Ortega. En el reciente XXIV Encuentro del Foro de Sao Paulo, Sánchez Cerén dijo apoyar al pueblo y Gobierno de Nicaragua “ante los intentos desestabilizadores para alterar el orden constitucional, derrocar por la fuerza al Gobierno legítimamente electo y arrebatar a la población los grandes avances sociales y económicos en uno de los países que alcanzó el mayor crecimiento y estabilidad en la región”.

Es fácil comprender que entre ambas organizaciones, el FMLN y el FSLN, existen lealtades políticas de vieja data. Pero es de sentido común pensar que lo que se necesita lograr de inmediato es el cese de la represión ejecutada por los paramilitares progobierno y la Policía. No puede haber diálogo mientras se siga matando gente, mientras cualquiera y toda persona que levante su voz en contra de lo que está ocurriendo sea desaparecida, torturada y encarcelada.

Nadie puede ni debe avalar la represión en Nicaragua. Amenazar, denigrar, amedrentar y asesinar a los opositores y críticos políticos no puede volver a ser práctica común en nuestra región. Es doloroso ver las numerosas escenas que han circulado en redes sociales sobre los sucesos en Nicaragua. Doloroso porque son malditamente similares a los eventos que propiciaron las guerras centroamericanas en los ochenta.

Doloroso porque cuando todos los involucrados fumaron sus pipas de la paz juraron que eso no volvería a ocurrir nunca más. Y está ocurriendo. Tanto más decepcionante resulta cuando quien lo comete fue alguno de los luchadores del pasado.

Cuando un gobernante accede al poder y comienza a manejar la presidencia como un espacio para favorecerse a sí mismo y a los suyos traiciona a su partido y a su ideología. Cuando lo que mueve a un gobernante es la avaricia, la mezquindad y la acumulación de riqueza y poder a costa de la explotación social, de la violación de los derechos humanos y de las libertades individuales, ese gobernante ya no representa a nadie ni tiene ideología alguna. Es un corrupto, un represor. No es un político, es un traidor de la causa, alguien que se sirve a sí mismo y nada más. Traiciona su condición de funcionario público, defraudando con ello la confianza que los votantes depositaron en su persona. Eso lo hace inútil para seguir ocupando su cargo.

En ese sentido, exigir el cese de la represión en Nicaragua no implica traicionar ningún pensamiento de izquierda, ni estar del lado de ninguna conspiración internacional. Es un acto de decencia ante el retorno de prácticas que se consideraban superadas y desterradas para siempre de nuestros países.

Para quien se identifique con el pensamiento de izquierda, los sucesos de Nicaragua deben hacernos reflexionar sobre la urgente necesidad de un debate franco y honesto; un debate que permita la renovación y modernización de la izquierda, sus conceptos, su discurso y su práctica.

Nadie le debe lealtad incondicional a un dictador. Nadie le debe obediencia a quien ordena robar, torturar, secuestrar, violar, aterrorizar y matar. Sea de la ideología que sea.

Experiencias sobre la educación conectada

Este título e ideas surgieron con la lectura del libro de Seymour Papert, “La educación conectada”, que, como usuario de la tecnología informática y participante de un equipo institucional interesado en el conocimiento y la información global, me hizo reflexionar.

Ahí por 1987, durante una permanencia en Londres en casa de una escritora inglesa (A. Hopkins), esta recibió la visita de una empresaria joven. Me incorporé en la conversación con el tema de creación literaria (había presentado en universidades de Gran Bretaña dos de mis libros en inglés). En la plática mencioné que mi sueño era tener una computadora para avanzar con comodidad en el poco tiempo disponible que tiene un escritor de quinto o sexto mundo. “Tengo una, pero es como un tractor de Pedro Picapiedra”. La empresaria al escucharme dijo de inmediato: “Yo puedo cumplirte ese sueño”. Imagínense. Pensé en que era un ofrecimiento diplomático; y, como parte de mi carácter, lo dejé fluir con la frescura de un río frío. Y ya no la volví a ver, aunque en mi mente hervía la promesa.

A medida que se acercaba mi retorno a Costa Rica, seguí pensando en que quizás lo ofrecido era como las promesas electorales. Le dije a mi amiga Hopkins que su amiga me había alegrado el corazón, y le insinué si acaso sería posible recordarle su ofrecimiento. “Si ella te lo prometió, lo va a cumplir, palabra de inglesa”, fue su respuesta. Preferí callar para darle espacio a mi alegría interior.

A dos días del retorno a Costa Rica, preferí no insistir para no crearle problemas a mis emociones. Mi sorpresa fue que mientras preparaba mis maletas, la escritora Hopkins anunció la visita de la empresaria. Llegaba con su regalo: de las primeras laptops. Veinticinco años después, veo por internet, en una venta de antigüedades, que mi laptop tiene un valor de 900 euros. Como recuerdo guardo a esa hermanita gemela.

El tiempo avanza, y ahora es difícil concebir el trabajo sin la tecnología, con nuevas laptops que no pesan las 10 libras de mi primera Amstrad inglesa, recién salida del horno, y que me obligó a matricularme en un taller para manejar estas computadoras, pues apenas sabía escribir textos. Pero desde años antes (1985) ya había adquirido un armatoste en EUA; un armatoste de escritorio que me hizo seguir usando la typewriter tradicional. Esa computadora la dejé para que la curiosearan mis pequeños hijos y amigos vecinos entre ocho a 12 años, pues habían descubierto juegos electrónicos; ni la sombra de los de ahora. Por otro lado, abandoné mis talleres teóricos por no entender ni jota, y acudí a los hijos y amiguitos vecinos. Santo remedio.

Los más avanzados eran mis sobrinos chileno-salvadoreños, los Ruiz, pues su padre, por ser profesor universitario, tenía derecho a una computadora para usar en casa, que –por cierto– solo la usaban los niños, que no sobrepasaban los 10 años, pero que habían descubierto los trucos de la tecnología, bruja de esos tiempos. Eran los mismos que para la generación “baby boomers” se trataba de cuestiones indescifrables. Les hacía consulta por teléfono y ellos me orientaban dirigidos por el monitor encendido para que me guiaran los pasos a seguir.

Años más tarde, de regreso en El Salvador, hice algunas visitas a Medellín (2000), y reparé en que había poca cultura informática en los docentes. A una maestra se le ocurrió que sus alumnos podían darle el aprendizaje de la caja mágica, y se le ocurrió que todo el grupo de docentes recibiera clases con los jóvenes estudiantes. La mayoría se opuso, era una falta de respeto recibir clases de los adolescentes. ¿Qué van a decir los padres y nuestros jefes? Por fin se decidieron, para no quedar rezagados de las nuevas generaciones. En verdad se trata de una “cultura” generacional no solo relacionada con la tecnología, sino que descubre nuevas actitudes en lo educativo e incluso en lo político; un fenómeno generacional de resultados concretos, con incidencia en las ideologías que proponen utopías, cuando se necesitan hechos concretos: empleo, convivencia, curiosidad frente al mundo al alcance de sus dedos.

Ahora parecerá increíble, sucedió con mi hijo Leonardo (año 2000), estudiante de una de las facultades de Ingeniería: descubrió que había un laboratorio de computadoras. Dada su experiencia desde niño en Costa Rica, solicitó permiso al que cuidaba los equipos (sin uso visible). Este dijo que solo era para uso de profesores, y la orden era tenerlos bajo llave. A Leo le pareció extraño que no se tuviera acceso al área de equipos, algo tan natural que había cultivado de niño. Me pasó algo similar. Fui lector desde niño y en la pequeña biblioteca de mi escuela me extasiaba con los títulos, pero me dijeron que solo el director manejaba la llave. Por cierto nunca la vi abierta.

Las historias se repiten, porque solo aceptamos procesos evolutivos. No aguzamos la visión desde el presente para enfrentar al futuro con tecnologías en constante e indetenible movimiento y que nos llegan en tren de vapor o rápido, según sean las políticas públicas.

Seymour Papert habla de los ciberavestruces, padres o docentes que no admiten compartir nuevas actitudes para conocer. Apoyar al hijo es aprendizaje para el adulto. El problema es que la sociedad corre el riesgo de quedar relegada, sin encontrar el origen de la violencia. La contribución del medio digital es que cada quien encuentre su propio camino para aprender, dice Papert.

Él se refiere también a ciberutópicos (creyentes absolutos de la tecnología informática) y a cibercríticos (que la desechan); estos obvian que el medio tecnológico permite la emoción de descubrir lo que no encuentran en el aula. Papert recomienda a la familia o la escuela como corresponsables de “construir un futuro” en las nuevas generaciones. Ciertas luces actuales de aprendizajes pueden provenir de niños que no sobrepasan los 10 años, y debemos compartir las curiosidades del descubrimiento sin sentirnos disminuidos como adultos. Porque lo que trae la generación pos “millennial” es aún impredecible.

Mosaico mundialista

Es posible que al momento de leer esto, usted ya sepa quién es el nuevo campeón mundial de fútbol. Hoy se juega el partido final de Rusia 2018. A la hora de entregar esta columna a edición, solamente conozco los cuatro finalistas. No diré “que gane el mejor”, porque en el juego, al igual que en la vida muchas veces es la suerte la que termina decidiendo las cosas, a pesar de nuestro mejor esfuerzo e intenciones.

No tengo la menor idea de quién ganará. Quizás sea Croacia, pero ya no apuesto por nadie. Si algo tuvo este mundial fue sorpresas y eliminaciones inesperadas. Viendo los primeros partidos, me gustaron los equipos de Islandia, Senegal y Egipto, pero terminaron marchándose. Mi favorito permanente, Alemania, no pasó ni a octavos de final. Otros favoritos míos (Brasil y Argentina) también quedaron en el camino. Esas eliminaciones me hicieron perder interés para el resto del campeonato.

Durante cada mundial, me resulta inevitable recordar los vistos durante mi infancia y adolescencia. En casa nadie era seguidor de ningún deporte. Pero las competencias internacionales como peleas de boxeo, las Olimpíadas y la Copa de Fútbol eran sucesos importantes en un tiempo en que la comunicación estaba limitada al teléfono de línea fija, los periódicos en papel y las ocasionales transmisiones televisivas vía satélite. Para un país como el nuestro donde la televisión transmitía pocas horas al día, ver en directo un evento internacional era de las escasas oportunidades en que parecíamos conectar con el resto del mundo.

En casa le íbamos a Alemania en el fútbol, primero porque es el país de mi madre, pero también porque tenían equipos excelentes. Luego caigo en la cuenta de que tuve el privilegio de ver el fútbol de una época dorada. Recuerdo a Pelé. Recuerdo a la holandesa “Naranja Mecánica” de Johan Cruyff. Recuerdo la selección argentina de César Luis Menotti con Kempes, Fillol, Passarella, Tarantini y Luque. Recuerdo a Món Martínez y a Pipo Rodríguez con la selección salvadoreña que viajó a México 70. Recuerdo a Franz Beckenbauer y a Gerd Müller. Recuerdo la lluvia de confeti celeste y blanco que cayó en las graderías del estadio Monumental de Buenos Aires, cuando Argentina venció a Holanda 3 a 1, motivo por el que mi enojada madre nos dejó de hablar un par de días a mi padre y a mí, porque ella le iba a los europeos y nosotros a los argentinos.

Desde aquel tiempo, he seguido de vez en cuando los mundiales, pero no he sentido mayor afinidad por ningún equipo, quizás porque el deporte mismo ha cambiado. El fútbol de los años setenta era más movido, más rápido, más agresivo y a veces hasta rudo. Era menos frío, menos calculado que el de hoy en día. O por lo menos, así me parece.
Pero no todo ha sido pérdida. Una de las cosas divertidas que tuvo Rusia 2018 fueron los memes en internet. Mi favorito: el del director técnico de Brasil, Tite, corriendo. Otros graciosos fueron los de Neymar con sus interminables caídas y exageradas muecas de dolor. Podría ser el capitán de una selección llamada los “Drama Kings” o competir para ganar un Óscar.
Siempre hay personas que reniegan de este tipo de eventos y que además confrontan a quienes los siguen acusándonos de muchas cosas, desde “solo gente tonta pierde el tiempo viendo a 22 hombres correr detrás de una pelota” hasta “estás viendo fútbol mientras en equis país están matando gente”. No creo que ver a 22 hombres correr detrás de una pelota haga más tonto a nadie ni que agrave la situación mundial.

Por lo contrario, estos eventos me hacen reflexionar sobre la humanidad, sobre por qué nos gusta jugar y competir contra otros; sobre cómo se desbordan las pasiones cuando se gana o se pierde; sobre la pureza en las lágrimas de los niños que lloran la derrota de sus equipos con auténtico dolor y que le parte el corazón hasta al más duro; sobre los miembros de las barras que, después de terminados los partidos, se quedaban para limpiar la basura de las graderías; y sobre cómo, de muchas maneras, un deporte puede ser también una metáfora sobre la vida.

Gustar del fútbol no tiene por qué ser excluyente de nuestras preocupaciones sociales ni nos convierte en insensibles. Gritar un gol no significa que no estemos pendientes de los niños enjaulados por el gobierno de Donald Trump, de la represión de las protestas civiles en Nicaragua o de la falta de información sobre el caso de la agente policial Carla Ayala.
Es cierto que no se puede idealizar el mundo del fútbol profesional. Al igual que en cualquier institución que mueve miles de millones de dólares, el deporte saca a relucir lo peor del ser humano en forma de corrupción, mafias y abusos de poder, pero también saca a flote algo de lo mejor que somos, de maneras insospechadas.

Un ejemplo de esto es la historia de los colombianos José Richard Gallego y César Daza. Gallego quedó sordo y ciego desde hace años a consecuencia de una enfermedad. Pero Daza aprendió lenguaje de señas y entre ambos inventaron un sistema para que Gallego pueda enterarse de lo que pasa: Daza mira los partidos y mueve las manos de Gallego dentro de un tablero que representa el engramado, según se van dando las jugadas reales. Si meten gol, ambos levantan los brazos. Cuando eso ocurre, la expresión de júbilo en el rostro de ambos, no tiene precio.
Un juego que logre cultivar gestos de camaradería, amistad y lealtad como el mencionado, no atonta a nadie. Por el contrario, es el fanatismo la causa de la estupidez y la ofuscación que nos impide dialogar, escucharnos y convivir como iguales, y no como enemigos de nosotros mismos, sin importar el deporte, la ideología o el asunto que está en discusión.

Los profetas de su tierra

Reiterar una y otra vez es de nobleza. El congelamiento en promover libros y lectura retrasará la creación de una conciencia social. Hay que descongelar el acceso al conocimiento, promover la efectividad que produce participar en la vida nacional, no conformarnos como sujetos representados, sino agentes participativos. Por eso promover la lectura es una obligación desde todos los ámbitos de la vida. También promover el trabajo de los nuevos talentos.
Esto lo han visto profetas de esta tierra, como Alberto Masferrer, que lo percibió desde 1913.

Muestra de esto es su libro “La cultura por medio del libro”, con claras propuestas que, 100 años después, viven todavía en la irrealidad.

Eso lo narra Francisco Gavidia, considerado el humanista salvadoreño por antonomasia. Dice: “En 1880 estudié francés con Augustine Charvine, con ella comencé a formarme en la lectura de los clásicos franceses. Viajé a San Miguel (el adolescente vivía en Ciudad Barrios con su familia). Quería probar suerte con los primeros versos escritos… ¡Qué desilusión! Todos fueron rechazados por los poetas de las redacciones migueleñas. Aunque la experiencia me dolió, no bajaron mis ánimos, continué firme”.

Esta escena podría ser muy actual para los jóvenes que comienzan a destacarse, como si la historia cultural y educativa fuera un tornillo sin fin que nos adormece.

Esas falencias de los siglos pasados no han sido superadas. Pasa lo mismo en lo que respecta a la educación. Veía en las redes sociales un video que ilustra el cambio permanente en los objetos de uso: un automóvil de los años veinte, un teléfono de los años cincuenta, un avión de los años setenta. Pero lo que se niega a cambiar es la educación. El video nos presenta un aula de este tiempo y un aula de hace medio siglo: pizarrón, los niños escuchando y el docente exponiendo su sapiencia. Todo permanece igual, a pesar de que muchos educadores están tratando de cambiar esta realidad, por lo menos en el área de la lectura, que consideran el primer paso hacia la creatividad, hacia una cultura propositiva; no de reacciones vandálicas o de queja eterna.

Gavidia lo vio en 1882, Masferrer en 1915.

A propósito de lo dicho por Gavidia y para visualizar esas irrealidades, me pasó una experiencia similar a mí en San Miguel en 1955. El único docente que aceptaba lo que escribía en el instituto nacional donde estudié educación media dirigía una página literaria en un periódico de esa ciudad y aprovechó para publicar dos páginas de mis poemas. Como jefe de la sección, no debía someter los poemas a la dirección, por eso, al ser publicados, mi profesor fue llamado para decirle que lo escrito por el joven autor no era poesía. El maestro renunció.

De esos poemas solo recuerdo el verso de un poema al río Lempa: “y los peces de la tarde agonizan en sus aguas”. Esta vez, como narra Gavidia, no se trató de un equipo de poetas que rechazaba, sino del director del periódico, que no entendía lo de los “peces de la tarde”, y menos su agonía. Dos meses después sometí a dos concursos esos poemas juveniles, escritos en mis cuadernos escolares, y en cada uno de ellos gané el primer lugar. Fueron publicados en este periódico.

Respecto de las transformaciones culturales, me refiero al ejemplo citado arriba, de las aulas que no han cambiado en 100 o 200 años (mientras “todo cambia”, según la canción de Mercedes Sosa), en similares contenidos se refiere el gran educador y psiquiatra chileno Claudio Naranjo.

Naranjo, gran luchador por transformar el sistema educativo, en sus conferencias por Estados Unidos y el mundo ha procurado influir en los cambios de la personalidad, en forjar nuevas actitudes hacia la superación social. La educación es ese medio para transformarnos: “nada es más esperanzador en términos de evolución social que el cultivo de la sabiduría individual, la compasión y la libertad”.

A propósito de Gavidia y Masferrer, ese camino pareciera irreparable y tortuoso hasta lo eterno, pese a nuevas modalidades de lectura impuestas por la realidad tecnológica. En ese reto estamos al cumplir el 148.º aniversario de la Biblioteca Nacional. Las bibliotecas existen desde hace 2,000 años y continuarán existiendo, pese a los cambios en los formatos, pese a transformaciones en la cultura de la información.

Así pasó en los siglos pasados y pasará en lo porvenir, desde el invento de la imprenta a la lectura digital en monitores, en laptops o en teléfonos. Mientras haya vida terrestre, habrá bibliotecas y libros. La sociedad mundial se irá adaptando a lo nuevo en beneficio del desarrollo económico y social.

A ese propósito pronto reprogramaremos una exposición de logros para celebrar este aniversario (por fuerza mayor tuvo que suspenderse). En todo caso, importa prepararnos para darle la bienvenida al siglo y medio de existencia de la Biblioteca Nacional, para 2020.

El proceso de divulgación del conocimiento debe ir de la mano con la tecnología, y esto no rivaliza con el esfuerzo de seguir adelante con nuestras iniciativas por la lectura y el libro bajo el lema de que “si la montaña no viene a ti, debes ir a la montaña”.

Ha nacido una ceiba

Ha nacido una ceiba en el fondo de mi jardín. En realidad, no es un jardín. Es un pequeño patio interior, que está embaldosado. Ahí tengo macetas con plantas variadas. Debido a la altura de los muros y las paredes de la casa, el patio no recibe sol por las mañanas. Por ello, no siempre se dan bien las plantas de flores.

Las que han prosperado son una begonia roja y otra que conozco con el nombre de “gotas de sangre”. Pero eso ha tomado años de cuido y han sufrido más de algún altibajo. También han floreado unas orquídeas blancas, pequeñas, por las cuales nadie daba un centavo, nadie más que yo, quien insistió en cuidarlas hasta que brotaron unas flores en forma de estrellas blancas y amarillas.

La falta de sol en el patio me obligó a sembrar plantas de sombra, sobre todo helechos, mala madre y papiros. Cuando llueve, los helechos se ponen espectaculares. Los verdes son más intensos. Todo crece a una velocidad pasmosa. Exuberante, salvaje, frondoso. La llamada mala yerba brota en las macetas y todo rebalsa de retoños y hojas nuevas que se enredan y confunden entre sí.

En medio de ese desorden vegetal, en la maceta donde intento desde hace más de un año resucitar a una hortensia (que cada tanto tiempo le cae una plaga y que jamás ha dado una buena flor), descubrí una planta nueva que fue creciendo y echando hojas bastante rápido. No podía identificarla, pero algo me decía que era una planta útil. Parecía yuca, parecía papaya, pero siempre había un detalle que descartaba mis suposiciones.

Le pregunté a don Héctor, mi jardinero. Me dijo que es una ceiba. No me lo podía creer. “¿Está seguro?”, insistí. Sin dudar me dijo que sí y me lo demostró: el tronquito tiene espinas verdes, detalle que no había notado. Seguía sin creerlo. ¿Cómo es posible que surja una ceiba en una maceta? Me explicó que las semillas son pequeñas y livianas, que vuelan fácilmente con el viento.

En centésimas de segundo imaginé el desarrollo completo del árbol. Aunque me encantaba la idea de tener una ceiba en el patio de mi casa, la burbuja de mi ensueño reventó rápido y volví a la realidad. Tener una ceiba en mi patio es imposible. No hay espacio. Resignada le pedí que la sacara, que se la llevara y la sembrara en un lugar donde pudiera crecer a sus anchas.

Me dijo que podía cultivar la ceiba en maceta. Que se podía utilizar la misma técnica del bonsái y que se le podían ir cortando las raíces de manera que quedara pequeño. La idea me pareció genial, pero volví a dudar. Dijo que ya lo había hecho alguna vez, que funcionaba, que la ceiba crecería pero se mantendría pequeña. Todo es cosa de comprarle una maceta más grande y trasplantarla. Acordamos hacerlo.

Terminamos hablando sobre la ceiba del parque de Antiguo Cuscatlán. Sobre la enfermedad que tiene. Me explica que las ceibas, aunque son grandes y se miran fuertes, tienen una madera muy porosa, lo que las hace susceptibles a los hongos. Además, agrega, la ahogó el cemento y el asfalto de las construcciones a su alrededor.

Originario de Antiguo, don Héctor me cuenta que conoce ese árbol desde años atrás, cuando había menos urbanización en la zona. Quién sabe los recuerdos que se le cruzaron por la mente, porque entonces me dice: “Imagínese ese árbol, cuántos años tiene”. Hace una pausa. “Ése árbol nos conoce las historias a todos los que han pasado por aquí y a todos los que hemos vivido aquí. Imagínese eso”.

Hice caso e imaginé a los antiguos ir y venir de esta zona, y a la ceiba, como un testigo vegetal, mudo y magnífico, de nuestro minúsculo paso por este tiempo y por esta franja de suelo. Acaso la larga vida de estos árboles fue la que hizo que los mayas lo consideraran un árbol sagrado, cuyas raíces podían llegar hasta el inframundo y cuyas ramas podían crecer y elevarse hasta alcanzar la morada de los dioses.

Luego hablamos de murciélagos y colibríes. Hablamos de pájaros que ahora hacen sus nidos en lugares insólitos, porque nosotros los humanos, el más grande depredador de la naturaleza, estamos destruyendo todos los espacios verdes con nuestro retorcido concepto de “progreso y desarrollo”. Me contó de cómo, cuando almuerza, siempre pide una ración doble de arroz: una para comérsela él y otra para dársela a un grupo de pájaros que lo esperan cada mediodía y se alborotan si no está puntual con la comida.

Cuando el poeta y cineasta francés Jean Cocteau estuvo internado en la clínica de Saint Claud, escribió un diario que publicó en 1930, con el título de “Opio, diario de una desintoxicación”. De ese libro, siempre me impresiona cuando Cocteau habla de su relación con el opio y de cómo eso le permitió comprender el estado vegetal: “A través de él (el opio) obtendremos una idea de la velocidad distinta de las plantas”.

Siempre pienso en esa velocidad y de cómo quienes se relacionan de cerca con la naturaleza pueden sentirla y comprenderla. Estoy convencida de que algo de esa velocidad vegetal se contagia al espíritu de quienes cuidan jardines, quienes suelen emanar una serenidad que (imagino) les es transmitida por el frecuente contacto con la tierra, con las plantas y con toda la vida animal que amparan a su alrededor. A su vez, ese contacto les ha permitido acumular un tipo de sabiduría que subestimamos por sencilla, pero que encierra pequeñas y grandes verdades de la vida.

Recuerde el lector las ceibas que ha visto en su vida, las más antiguas, las más altas, las de tronco más grueso. Deténgase a observar una. Y reflexione sobre eso que dijo don Héctor, en el tiempo que tienen de estar ahí, observándonos ir y venir, testigos centenarios y mudos de nuestros quebrantos y alegrías.