Escritores y acciones de vida

Aprovecho mis vacaciones de fin de año para escribir e investigar sobre la vida cotidiana del escritor. Escudriñando en mis lecturas he encontrado varios pasajes de escritores, periodistas y poetas sobre una vida que contrasta con el concepto que se tiene tradicionalmente sobre ellos, muchas veces producto de una sociedad no lectora y desde ese punto de vista inculta. Entendido el concepto como falencias en la integración con la vida, no tiene que ver si se es profesional o de escasas letras. El mejor ejemplo lo da José Saramago cuando dice que su gran maestro de sabiduría fue su abuelo analfabeto. La falta de vida origina que el calificativo de poeta se confunda con modoso, sin oficio, vagabundo, ajeno a su realidad. Prejuicio que a la larga tiene alto costo cultural.

Pero veamos unos pocos ejemplos, pues he encontrado muchos casos que ilustran lo contrario del prejuicio.

Gordon George Byron (1778-1824), poeta y escritor inglés, aristócrata, heredero de grandes propiedades. El liberalismo de su época lo llevó a involucrarse en la insurgencia de otros países, al grado de formar batallones militares para apoyar la independencia griega del imperio turco. Siguió su propósito y eso le costó la vida a los 36 años. Es considerado un clásico inglés.

William Walker (1864-1860), poeta (precisamente su preferido era Lord Byron), médico (graduado de la mejor universidad de Estados Unidos, Pensilvania), periodista, abogado, políglota y militar. Al llegar a Nicaragua con su mercenarios se entronizó como presidente por el poder de sus armas; su mira era apoderarse de Centroamérica y el Caribe. Afirmaba: “La raza mestiza es la decadencia. ¿Qué se debía hacer? A mí me tocaba americanizar Centroamérica… regenerar a las razas mestizas?” (New Herald, 7 de junio de 1857). “Acción que solo puede hacerlo un país poderoso y civilizado”. Su intervención guerrera costó la muerte de un aproximado de miles de centroamericanos, sin tomar en cuenta a sus mercenarios estadounidenses y de Europa. Incluso recibió elogios del gran poeta Walt Whitman por su valentía al invadir otros países atrasados (México, Cuba), que Walker calificó de ociosos y perversos (lo dice en sus memorias de guerra).

A propósito de esa gesta independentista centroamericana contra Walker, cito al capitán y poeta Francisco Iraheta, del ejército salvadoreño (no he encontrado referencias del escritor, solo históricas); aparece un parte que da la idea de esa guerra: “Señor, nada más debo darle parte que anoche murió el último soldado de mi compañía”, se dirige a su general en jefe, Ramón Belloso.

Amos Oz (escritor y periodista israelí, 1939-2018). “Novelista prolífico, laico pero con profundo conocimiento de la tradición religiosa y hondo sentido de la compasión, y controvertido pacifista en una tierra donde condenar la violencia suele considerarse traición… Su obra refleja la historia milenaria de un pueblo y el conflictivo parto de una nación contemporánea” (Armando González, Letras Libres, México). Está considerado el mejor prosista en lengua hebrea moderna, egresado de universidades de Jerusalén y Oxford. Fue oficial en el ejército israelí y participó en las guerras de los Seis Días (1967) y en la del Yom Kipur (1973) (Enciclopedia en Línea).

Amos Oz habló del compromiso de un escritor desde su primera obra hasta su desarrollo total como escritor. Posteriormente se convertiría en destacado militante por la paz y simpatizante de los movimientos insurgentes de América Latina. Dedico más líneas a este escritor, que hablaba español, porque nos vimos varias veces en conferencias internacionales. Como eterno candidato al Premio Nobel, no habérselo dado –dice la crítica literaria– privó del Nobel a uno de los escritores más sobresalientes de la literatura contemporánea.

Franz Kafka (1883-1924), judío checo. Sus libros que más me influyeron fueron “Carta al padre” y “Cartas a Milena”, aunque no son sus obras más representativas. Con casi todos sus libros sin publicar, en su lecho de muerte le dijo a su amigo y editor Max Brod que rompiera todos sus originales. Brod intuyó que la humanidad no podía perderse de su literatura y no le cumplió la promesa.

J. D. Salinger (1919-2010), su novela “El cazador oculto”, conocida también como el “Cazador en el centeno”, influyó en el asesinato de John Lennon, según lo manifestó el criminal. El hecho dio pie para hacer cine de tercera categoría de crímenes de carácter macabro.

A propósito, uno de los cuentos de Salinger, “Hace buen día para cazar el pez banana”, lo leí en una revista con temas del hogar en una peluquería de quinta categoría en el Centro Histórico. El peluquero me la ofreció mientras ejercía su labor. Jamás había escuchado sobre Salinger y lo descubrí de casualidad. Este hecho trivial me anonadó e inspiró para escribir y publicar mi primera narración en 1964, titulada “El nombre” (Revista Vida Universitaria). Un hecho tan casual me tiene escribiendo hasta ahora narrativa en vez de poesía.

Un ejemplo paradigmático sobre ejercer oficios disímiles fue el de Miguel de Cervantes (1547-1616), quien como capitán peleó cinco años, de tal manera que en su tiempo fue considerado “soldado y poeta”, por partes iguales en su vida. Combatió en Turquía y en Túnez. Fue prisionero y esclavo en las galeras, y casi pierde un brazo en la batalla de Lepanto.

Otro caso es la gran novela contemporánea: “Ulises“, de James Joyce (1882-1941). Sin embargo, cuando se la dieron a leer a la escritora y editora inglesa Virginia Woolf declaró que no había podido leer “semejante basura” (The Times). A propósito, años después, he tenido el honor de publicar dos novelas traducidas al inglés en esa editorial de Londres.

También pasó en España con “Cien años de soledad”, rechazada por considerarla baladí, lo cual creó resentimiento en el escritor colombiano Gabriel García Márquez, pero lo superó posteriormente. España respiraba el oscurantismo fascista de Franco, pero la editorial era propiedad de editores y escritores aperturistas (Seix Barral) frente a la censura. Consideraron que esa obra como novela jamás tendría futuro en España ni en Europa. “Cosa veredes, amigo Sancho”.

Un cuento de Navidad

Ebenezer Scrooge odia la Navidad. Es un tipo que no sonríe, no es benévolo ni comprensivo con nadie, ni siquiera con quienes convive a diario. Odia a los pobres y piensa que sería mejor que todos estuvieran muertos. Así se evitarían los problemas de sobrepoblación que afean tanto la ciudad de Londres. El trabajo es lo único importante para Scrooge. Para él es incomprensible que no se trabaje el día de Navidad. No hacerlo es perder dinero.

La felicidad y la ilusión de los niños que esperan regalos y golosinas para esa noche le parecen una estupidez.
Scrooge se va a casa a pasar la Nochebuena solo. No quiso aceptar la invitación de su sobrino para cenar con su familia y está molesto por haberle tenido que dar la tarde libre a Bob Cratchit, empleado de su oficina. Ya a punto de dormir, Scrooge recibe visitas.

Primero, lo visita el fantasma de su socio Jacob Marley, quien debido a su avaricia y maldad ha sido condenado a arrastrar una pesada cadena por toda la eternidad. Marley le advierte que si no enmienda su conducta en vida, correrá el mismo destino cuando le toque morir.

Después aparecen otros fantasmas que llevarán a Scrooge en viajes por el tiempo. El fantasma de la Navidad Pasada lo hará revivir la muerte de su madre; su infancia en internados; la frialdad de su padre; el matrimonio de Scrooge y el subsiguiente abandono de su esposa cuando aquel se convierte en un adicto al trabajo. Finalmente revive la muerte de su hermana, el último afecto que le quedaba. Cada uno de esos eventos dolorosos supuso el encierro en sí mismo y la dureza que Scrooge manifiesta ante los demás.

La Navidad Presente le hace darse cuenta de que Cratchit tiene un hijo, a quien llaman Tiny Tim, quien es cojo y enfermizo. El bajo salario que le paga Scrooge no es suficiente para cuidar mejor de él. La Navidad Futura le muestra la alegría, la indiferencia y el pronto olvido que causará su muerte, debido a su mezquindad y dureza de corazón.
Esa noche de visitas fantasmales impacta a Scrooge de tal manera que al día siguiente cambia de forma radical. Ayuda a Tiny Tim, el hijo de Cratchit, y celebra de nuevo una Navidad, ante el asombro y la sorpresa de quienes conocieron su amargura.

“Cuento de Navidad” es la historia de la redención de un villano. De un milagro que solamente la potencia del espíritu navideño podría consumar. El escritor inglés Charles Dickens la escribió en el transcurso de 6 semanas (entre octubre y diciembre de 1843), por varios motivos. Por un lado, quería apoyar la renovación de la celebración y tradiciones navideñas inglesas que habían caído en desuso. Dickens además era crítico del capitalismo y la industrialización. Darle a todo un valor económico había desvalorado valores como la generosidad, dando importancia a quien acumula mayor cantidad de bienes y menospreciando a quien tiene menos.

Apoyar la renovación de las tradiciones navideñas implicaba también una crítica al consumismo que el capitalismo promovía. La compra de regalos suponía una transacción económica donde predominaba el factor dinero y donde lo emocional (el nivel de importancia afectiva que tenía el receptor del regalo) determinaba el valor en metálico que se estaba dispuesto a pagar por dicho objeto.

Dickens, que por su propia infancia de niño trabajador conocía a profundidad las miserias y carencias de la clase obrera, quiso que aquella nueva narración pudiera ser leída ese mismo fin de año por todos sus lectores. Para lograrlo, debía imprimirse en forma de libro, y debería tener un precio razonable para que personas de diferentes capacidades económicas pudieran comprarlo.

En ese momento, Dickens tenía 31 años y atravesaba problemas monetarios. Pensó que, invirtiendo parte de su propio dinero para realizar la impresión de acuerdo con sus especificaciones, las ventas le permitirían recibir alguna ganancia que aliviara su situación. Trabajó la primera edición con la editorial Chapman & Hall y el libro salió publicado el 19 de diciembre de 1843, luego de descartar una primera impresión cuyo color de portada y otros detalles no dejaron satisfecho a Dickens.

La edición de 6,000 ejemplares se agotó en los cinco días siguientes de salir a la venta. Pero cuando el escritor se sentó a hacer cuentas con la editorial, al ser deducidos todos los gastos de la edición fallida y los materiales invertidos, recibió solamente 137 libras. Dickens esperaba hacer una ganancia de 1,000 libras para compensar su inversión y resolver sus asuntos. Al año siguiente se haría una nueva edición que también se agotó. Pero incluso con la venta de esa nueva edición, Dickens no logró recibir más de 726 libras.

La historia de Ebenezer Scrooge no salvó a Charles Dickens de sus problemas financieros, pero alcanzó esa ambición secreta de los escritores de que alguna de sus historias trascienda las páginas del libro e incluso, su propio tiempo. Son numerosas las representaciones teatrales, obras musicales, dibujos animados y películas que se han realizado basados en esta historia. En algunos países, la palabra “scrooge” sirve para definir a una persona que no le gustan las fiestas de fin de año y a la que le fastidian todos los ritos y costumbres que la época impone.

Por desgracia, la percepción que tenía Dickens de su tiempo, quien pensaba que el capitalismo y la revolución industrial habían mercantilizado todo y que los valores humanos estaban relegados a la invisibilidad, pervive hasta el día de hoy. Persisten la desigualdad económica y los corazones endurecidos que no se conmueven ante el dolor ajeno. Corazones tan duros que ni la visita de algunos fantasmas ni la lectura de esta u otras historias, podría ablandarlos.

A pesar de ello, seguimos soñando con que algún día, pronto, algo cambie. Es la esperanza implícita que trae cada cambio de año.

¡Ah! Si todo fuera tan fácil como en los cuentos de Navidad…

Migración, educación y habilidades blandas

Sobre los temas mencionados arriba, se hace más evidente la necesidad de comenzar a solventarlos desde ya, aunque existen algunos programas tocados con timidez. Tímidos porque se invierte con lástima pese a conocer la clave del desarrollo: la educación. Se necesita mucho más para cultivar en el tiempo una sociedad de convivencia que mitigue las tormentas sociales, incluye también desplegar iniciativas para ofrecer oportunidades a los jóvenes, a los que no tuvieron más opción que emigrar o delinquir para existir.

Esos se convierten en los eslabones de una cadena de la cual no es fácil liberarse. Y en el tema educativo, en las áreas básica y superior, se dejaron de un lado cultivar habilidades creativas. Pero la sociedad global nos fue alucinando con un pragmatismo que renunció a crear talento asertivo que permitieran enriquecernos con destrezas y talento en la formación de nuestros recursos humanos.

Lo reiteramos: cultura y educación. Entendido esto como formar en comportamientos sociales, en sensibilidad frente al otro, en proyectar conocimientos profesionales para una función pública orientada al bien de la comunidad. Es fácil plantearlo, pero necesitamos saber cómo implementarlo. Pensar a largo plazo. Si en estos momentos otros países en desarrollo lo emprenden, nosotros también podríamos lograrlo. Toda vez dejemos de vernos el ombligo en el espejo del tiempo y comencemos desde ya. Iniciemos con la niñez. Reflexionemos si el arte y la lectura son fundamentos para contar con una sociedad culta, entendido en su concepto amplio que implica respeto y convivencia, reconocimiento de derechos propios y ajenos.

Algo inmediato por fortalecer es formar a docentes que puedan recibir a los niños que ya se están por sí mismos formando en uso de medios informáticos, ofrecerles continuidad en esos aprendizajes. Toda vez no caigamos en el formalismo de currículos academicistas, para no llegar a puntos de partida del estancamiento.

Es prioritario perder el concepto del aula como encierro, y pensar que la vida está en todas partes, e interpretar esto como una forma de aprender y educarse para ser cultos. En algunos países ya se dan esos pasos relacionados con la vida presente, para lo cual se enfoca la reducción del período semanal de clases, en supresión de tareas, en la creación de espacios abiertos donde el docente comparte con el estudiante. Las investigaciones de la neurociencia educativa nos darán las respuestas acertadas si procedemos correctamente en esta búsqueda de adecuar la formación educativa acorde con las proyecciones de desarrollar las inteligencias artificiales.

Recuerdo años atrás cómo los discos duros se transportaban en vehículos pesados, y ahora podemos guardar en los bolsillos de la camisa su equivalente en información. No lucubro: hace 10 años era inconcebible ver a personas humildes de cualquier edad usando nuevas tecnologías para comunicarse. Lo veo cada día en la universidad de la calle, en humildes comerciantes informales.

Por cultura generacional, soy un aficionado al Centro Histórico, y observo con admiración a vendedoras de frutas en carretillas comunicándose con esos medios avanzados que llamamos “teléfonos inteligentes”, que dentro de un par de años serán ruinas del pasado. Porque la ciencia se acerca cada día más a proyectar sus novedades tecnológicas a la velocidad de la luz.

Algunas de estas reflexiones me las despertaron al leer una noticia de Costa Rica, que pese a sus problemas fiscales, ocupa un lugar relevante en desarrollo dentro de los países de América Latina; en siete o 10 décadas emprendió una educación cultural ciudadana que no se mide solo con un título de educación superior, sino con educación y cultura socializados. Comenzó con el denominado Estado Benefactor, creado por un político distinto en su época: don Pepe Figueres.

Eso fue permitiendo cambios sociales que se manifestaron en uno de los tres mejores sistemas de salud de América Latina; agregado el tema ocupacional, que permitió reducir el desempleo formando mano de obra calificada en función de un plan nacional de desarrollo a la vez que se emprendía una formación cultural ciudadana desplegando políticas públicas para beneficio social.

La clave estaría en una educación ciudadana que pueda incidir en decisiones públicas, una ciudadanía participante no solamente para ir a colocar su voto en unas urnas. Hace unos 25 años, entre nosotros, se llegó a decir que no se necesitaba poner énfasis en la formación superior, idea que surgió porque habíamos descubierto el boom de las maquilas necesitadas de obra barata, no necesitaba habilidades calificadas. Fracasado el proyecto, se dio como por arte de magia la migración hacia los países desarrollados. Porque desde antes esa migración masiva solo buscaba a Honduras para tener los salarios de las bananeras o migraba a Guatemala en procura de una moneda equivalente al dólar en esa época.

Volviendo de nuevo a Costa Rica, hace unos 12 años visité el Tecnológico de Cartago para ofrecer una conferencia de orden cultural. Previo tuve breve charla con su rector (había sido mi alumno en la Universidad de Costa Rica, UCR), me decía que el problema en ese momento era convencer a los estudiantes de graduarse como técnicos para ingresar al mercado de trabajo y que la universidad les daría facilidades para quienes quisieran sacar con posterioridad el título de ingenieros.

Actualmente ese problema lo han resuelto con visión de desarrollo, creando una quinta universidad nacional: la Universidad Técnica Nacional. Las otras cuatro son la Universidad Nacional de Heredia, la Universidad Nacional a Distancia (por cierto, con la editorial más desarrollada de toda Centroamérica) y la Tecnológica de Cartago, tres instituciones que vi nacer en el hermano país; además de trabajar en la universidad histórica, incluida entre las mejores universidades de América Latina, la UCR.

En fin, la educación con las llamadas habilidades blandas pone énfasis en forjar a personalidades para cultivar liderazgos mediante aprendizajes centrados en estimular destrezas comunicativas y propositivas, propiciando la creatividad y disciplina como normas de aprendizaje, sin caer en la cultura gamonal o principesca de mando y obediencia, equivocado o no, ante el silencio del educando o del subalterno.

Blues del freelancer

Un día amanecés desempleado. De inmediato comenzás a buscar algo. Te hacés a la idea de trabajar para mientras, por cuenta propia, ser freelancer para poder subsistir un tiempo, porque todo está miserable y no hay trabajo ni abundante ni bien pagado y como vivís a coyol quebrado, coyol comido, no podés darte el lujo de no trabajar.

Aquello se torna en un asunto de angustia permanente. Preocupación, insomnio. Tu currículo circula en todas partes, como si fuera un virus. Se lo mandás incluso a gente que tenés años de no ver. Algunos contestan, prometen que sí, que cualquier cosa te avisan. Otros ni se dignan. Alguno te da una palmadita en la espalda. Te dicen que ni te preocupés, que con tu experiencia encontrarás algo rápido, que siempre hay trabajo para gente como vos, que saldrás adelante. Sabés que la intención es buena, pero también sabés que la realidad es otra.

Comprás periódicos, hacés listas (de gastos, de contactos, de fotocopias que hacer), llamás a Menganito y a Sutanita, tratás de no dar imagen de desesperación. Apenas has pasado un mes y 12 días sin trabajo, estás administrando con buen tino lo de tu cancelación. No podés hacer más. La información está circulando. Ya saldrá algo. Te dan un contacto para que llamés porque el amigo de un primo de un conocido avisó que hay una plaza libre en equis lugar, con un salario magro para el nivel de tareas, pero no estás para discriminar, lo agarrarías pero seguirías buscando algo mejor, algo más de acuerdo con tu experiencia, a tus estudios, a tus cualidades personales. Pero cuando llamás por el empleo, ya está tomado. Desilusión. Escuchás el ruido que hacen tus ilusiones al romperse.

Te da dolor de estómago recordar que casi es fin de mes y que hay que pagar el alquiler y que, si no conseguís dinero pronto, el próximo no vas a tener para pagar los servicios ni tu vivienda y entonces ¿qué? Pensás en la gente que te puede prestar dinero a plazo relajado porque no tenés ni (beep) idea de cuándo te vaya a salir algo y hacés cuentas, pensás qué es lo que vas a cortar. Varios caprichitos quedan suspendidos hasta nuevo aviso.

No. A ver. Tranquilidad. Keep calm y tomate otro café. Hacés cálculos de las reservas de comida que tenés, organizás los 10 pesos que te quedan, hacés un cronograma, establecés un plazo antes de entrar en plan emergencia. No sabés cuál es el plan de emergencia, pero esperás no tener que llegar a eso.

Entonces ocurre un milagro. Un trabajito. Un freelance. Lo que te pagarán apenas alcanzará para pasar un par de meses en modo monje trapense y es tedioso y la fecha de entrega es para ayer, es decir, es urgente, pero no estás para exquisiteces porque hay que comer, pagar cuentas. Volvés a fumar del puro estrés, trabajás como poseído, día y noche, picheles de café, ponés una alarma para hacer 20 sentadillas cada hora porque tenés tullidas las nalgas y las piernas de estar sobre una silla y te llama gente que nunca te busca, que mirá, vamos a tomar algo, porque creen que ser freelancer es estar en casa rascándose la panza todo el día porque estás desocupado, y vos: no men, fijate que estoy trabajando en algo urgente que debo entregar mañana.

Te quedás en casa envidiando esa vida que otros tienen, esos rostros felices del Feis, las excursiones, los paisajes, los paseos dominicales, las cervecitas y las ostras, pero concentrate, por favor, terminá el trabajo, mañana es el plazo y querés entregar antes de la hora, para impresionar, para que te recomienden, para que te vuelvan a llamar, para seguir la cadena de trabajitos freelance hasta que aparezca alguna cosa estable, con un sueldo que te permita pasar menos angustias y tener la estúpida ilusión de que algún día tendrás el dinero suficiente como para no preocuparte nunca más por plata. Jajajajaja. Eso fue tu risa histérica. Tu risa nerviosa.

Tu risa para disimular la preocupación porque ya entregaste el trabajo y están tardando mucho para pagarte y te quedan tres pesos, pero bueno, con una cora de pan francés y unos frijolitos te alcanza para un par de tiempos al día, por suerte no tenés a nadie que mantener, antojo brutal de cerveza, pero no hay pisto, cantás la canción de JLo “yo quiero, yo quiero dinero, ay”.

Entrás en modo cobrador, primero escribís correos, luego llamás. Hacés notar que el trabajo fue entregado antes de tiempo y ya han pasado siete semanas y no te dicen nada del pago y sí, pero es que fíjese que falta la firma de Quien Manda, pero dicha persona se encuentra fuera del país y no vuelve hasta dentro de dos semanas. Te imaginás al tal Quien Manda en una playa de arenas blancas en la Polinesia, tomándose una piña colada y soplándose el sudor con un fajo de puros benjamines mientras vos te alegrás como un demente porque encontraste un billete de $5 en el bolsillo del pantalón, te sentís millonario, “¡soy ricooooooo!”, gritás histérico, vas a estar bien, todo se va a arreglar, hiperventilás de la emoción, pensás con un positivismo que te desconocés, revisás los bolsillos de todos los pantalones para ver si hay suerte y encontrás otro billete, pero volvés a escuchar el ruido de tus ilusiones rompiéndose.

Con esos $5 podés comer y transportarte para por fin recoger el cheque que trae el descuento de impuestos (aquí emitís profusas y floridas maldiciones contra Hacienda), un cheque cuyo valor solo sirve para pagar deudas, un dinero al que no le ves ni la vuelta mientras comienza de nuevo el ciclo de buscar, preguntar, mandar currículo, hacer el trabajito, cobrar, ir a buscar el cheque, el ciclo de odiar ese calvario interminable, esa agotadora y absurda carrera de hámster, esa profesionalización de la esclavitud que llamamos “trabajo” y que dicen dignifica al ser humano.

Muros y contramuros culturales

Hace una semana leía del novelista Juan Villoro que no sabe si es periodista o novelista, y que se siente más dentro de la ética si hace periodismo. El problema es que lo ético pareciera estar más emparentado con la objetividad, y la novela, como ficción, debe inventar, le respondo. Es su gran fuerza. El periodismo es verdad cotidiana que llega a la gente en el momento puntual, aunque las hemerotecas sean grandes fuentes de historia. Pero la novela, aun siendo ficción, se convierte en verdad por encima del tiempo. De acuerdo con una frase del Premio Nobel Vargas Llosa, “la novela es una mentira verdadera”.

De mi parte hago periodismo que no solo sea puntual en la cotidianidad, sino como memoria cuya principal característica es la búsqueda de sobrepasar el tiempo. Así, cuando Fedor Dostoievski escribe “Crimen y castigo”, jamás imaginó que su obra sería considerada de gran aporte a la ciencia de la psicología, tan importante como los trabajos de Sigmund Freud. Y menos se imaginaría que luego de estar en las cárceles de Siberia, donde escribió su novela “El sepulcro de los vivos”, continuaría siendo leído 150 años después y recordado históricamente, aunque no pretendía escribir una novela histórica que retratase a la Rusia zarista que maltrató su figura relevante en la literatura universal, porque Dostoievski representa su idioma como Cervantes el castellano. Y James Joyce, Wolfgang Goethe, Gustave Flaubert y Víctor Hugo, maestros de su idioma inglés, alemán, respectivamente, y los dos últimos del idioma francés.

Además, sus escritos representan expresiones multiculturales. Unen al mundo. Nos hacen respetar culturas diferentes, que es forma de supervivencia. Los que escribimos español debemos sentirnos orgullosos de tener el segundo idioma con más hablantes originarios, superado solo por el mandarín, con más hablantes que el inglés.

Pongo ejemplos sencillos: viajo en tren desde Francia, pasando por Suiza, hacia el Norte de Italia. En los vagones solo se oye el leve sonido de la máquina de alta velocidad, nada de bullicio, como un tren fantasma. Muchos ciclistas y personas transitan en la tarde dorada que ilumina la calle paralela. Las ventanas van cerradas. El silencio en el vagón es interrumpido por un altoparlante que anuncia la cercanía de la frontera suizo-italiana. Al entrar lentamente a Italia, la mayoría de pasajeros, en su mayoría italianos, salen de sus camarotes al pasillo y abren las ventanas que dan a la calle. Piropean con bullicio a las muchachas jóvenes. Confirmo la lección aprendida de mi abuela, “dondequiera que fueres, haz lo que vieres”. Los italianos respetaron el silencio en su tránsito por Alemania y Suiza, pero al llegar a su país se convierten en italianos.

Uno de los problemas que detecté en mi reciente viaje –julio de 2007– al área de Maryland, Virginia y D. C. es que muchos salvadoreños quieren seguir siendo salvadoreños “a la salvadoreña”, lo cual choca con la intolerancia actual, incluso contra el idioma español, porque después de la tragedia en Nueva York el 11 de septiembre, Estados Unidos ya no es el mismo, aunque la mayor parte de salvadoreños o centroamericanos se asimilan a nuevos modelos educativos y de conducta.

Esos modelos deben comenzar adentro, pues somos migrantes por antonomasia. He leído, en esta revista donde escribo, sobre las increíbles matanzas de civiles, incluyendo a niños menores de un año en las zonas campesinas (El Mozote, El Calabozo, Las Tres Calles, etcétera); y sobre el irrespeto a los derechos de la mujer que culmina en feminicidios, de los índices más altos en América Latina; patriarcalismo fatal que culmina en crimen e intolerancia ante las opciones sexuales.

No se puede medir qué es lo más trágico, si las matanzas o la violación de derechos humanos, que, sin una educación cultural, culminan en crimen. Tenemos que aprender de la vida, educar para aprender a asumir nuevos valores y conductas, donde impunidad y hegemonismo culminan en delitos dramáticos por insensibilidad ante los excluidos.

El tiempo nos tomó por sorpresa y de pronto nos damos cuenta de que deponemos el bien social a favor de ambiciones y privilegios; estamos asfixiándonos en las cámaras de grandes vacíos culturales. No se trata de dar lecciones a nadie, sino de hacer reflexionar sobre la importancia de conocer el curso de nuestra vida republicana que no va a comenzar mañana, sino que pronto cumplirá 200 años. Y no estamos sentados en un lecho de rosas, como decía el emperador azteca mientras los conquistadores le quemaban los pies.

Vuelvo a recordar a mi abuela –”haz lo que vieres”. Recuerdo también a unos 15,000 campesinos pobres que llegaron a Costa Rica provenientes del departamento de Chalatenango y del norte de El Salvador, y con una humildad más acentuada porque huían de masacres, dejaban atrás a niños, hermanos y abuelos calcinados; sin embargo, su resiliencia vital les permitió deponer conductas “nacionales” para asimilar que cultura y educación se complementan con documentos migratorios. Luego, al final de la guerra en nuestro país, las familias refugiadas optaron por emigrar de Costa Rica a Australia y Canadá. Por experiencia sé que aquellas personas con las que trabajé, acompañado de personalidades costarricenses, transformaron la vida a su favor.

“¿Crees que la renuencia política estadounidense para apoyar la emigración sea de tipo cultural?”, le pregunto a un amigo. Me responde que la persecución se centra en los latinoamericanos –centroamericanos y mexicanos en especial– no solo por ser los que más emigran en busca de oportunidades de vida o huyendo de la muerte, influye el prejuicio racial que es cultura deprimida.

Preguntémonos por qué los pueblos asiáticos han crecido en las últimas cuatro décadas después de sufrir guerras que han costado millones y millones de víctimas, casi convertida en cenizas su geografía original. Comencemos por reconocer que el problema es nuestro, sin distinciones, y que las tragedias podrían continuar si no nos abrimos y damos pensamiento a nuevas visiones y reflexiones si queremos encontrar las respuestas a la tragedia interminable.

Vacíos de campaña

Estamos a dos meses de las próximas elecciones presidenciales pero las diferentes candidaturas han planteado propuestas vagas y generales para solucionar los problemas urgentes del país. Parece que los candidatos no aprendieron nada del desencanto y el hartazgo generalizado de la ciudadanía, que ha señalado en diversos espacios las fallas de los gobiernos anteriores y las necesidades reales que tenemos.

Hay muchos temas que han quedado fuera y que deberían de tomarse en cuenta, si pretenden lograr el voto de ese amplio sector de la población que está harto de promesas no cumplidas, de abusos, sinvergüenzadas e ineptitudes. Se habla de defender el medio ambiente, por ejemplo, pero lo que dicen todos es que habrá campañas de reforestación sembrando equis cantidades de árboles, cuando el problema ambiental es mucho más complejo y grave.

En tiempos de cambio climático y de contaminación ambiental crítica, ¿cuáles son las medidas que se tomarán para reducir el impacto de los fenómenos naturales, ¿qué se le exigirá a las empresas, establecimientos comerciales y ciudadanía para reducir sustancialmente la producción y uso de plásticos y otros contaminantes?, ¿cómo se va a proteger el bosque existente en el segundo país más deforestado en América Latina, después de Haití?, ¿cómo se van a proteger las fuentes de agua de los desechos de las industrias contaminantes?, ¿qué se hará con las empresas mineras?, ¿se seguirán aprobando indiscriminadamente construcciones de edificios, carreteras, centros comerciales, campos de golf, residenciales y monumentos que destruyan las reservas naturales del país y nuestro patrimonio arqueológico?, ¿dónde están los programas de preservación de nuestra fauna?

Tampoco se escucha ninguna palabra sobre un sector poblacional con una problemática propia, como es la de las personas mayores, y no me refiero estrictamente al adulto mayor (de los 65 años en adelante), sino a la franja de personas que son despedidas a partir de los 45 años de sus empleos, porque las empresas e instituciones prefieren contratar a personal más joven.

El enfoque casi exclusivo de la solución de problemas nacionales sobre la juventud, si bien es importante, ha dejado en el descuido a una amplia franja de población que se ve obligada al autoempleo, con consecuencias económicas duras. El fracaso del plan de pensiones obliga a muchos a continuar trabajando o a buscar otras formas de ingreso económico. Gente que ganaba un sueldo promedio de $1,000 mensuales, recibe una pensión de entre $230 a $300. En otras palabras, pensionarse es sinónimo de pobreza, de degradar la calidad de vida del ciudadano, en un país con un altísimo costo de subsistencia, con servicios públicos deficientes, salarios miserables y un sistema bancario que no premia el ahorro sino que estimula el endeudamiento.

Mucho se habla de las pensiones, pero más grave es el hecho de que la mayoría de la población no cotiza ni para el seguro social ni para el retiro. Debe trabajar hasta morir. ¿Por qué nadie se preocupa por esa mayoría? ¿Por qué se le anula y expulsa de la vida económica, cuando todavía hay muchos que están en capacidad de trabajar o emprender? ¿Por qué en los discursos de gobierno esta gente es invisible y no existente? ¿Por qué no se asume que esa población no atendida está en peligro de pobreza real?

Si a esto sumamos la fragmentación familiar, heredada desde la guerra e intensificada por los fenómenos migratorios y delincuenciales que atravesamos, no se puede confiar en que las personas mayores tendrán amparo en sus familias al llegar los años finales. Fíjese cuántos están pidiendo en los semáforos o en otros lugares. Fíjese también en las ofertas de empleo, limitadas hasta los 35 años, las más generosas. ¿Quién dignifica a las personas mayores de 45 años? ¿Dónde están las organizaciones que trabajan para ellas? ¿Dónde los programas que no sean recreativos o de terapia ocupacional para un segmento de población que sigue lúcido, saludable, con necesidades y con deseos, no solo de trabajar, sino de compartir ideas y propuestas de acuerdo a su experiencia? ¿Dónde están los programas educativos y sociales que terminen con el prejuicio y el estigma de que las personas mayores son enfermas, tontas, inútiles y que todo lo que dicen y hacen es intrascendente?

Por último, aunque no por ello menos importante, ningún candidato ha hablado sobre el tema cultural. Un par lo ha mencionado de manera veloz, pero siempre con el limitado enfoque de utilizar el arte como herramienta preventiva de la violencia o como terapia ocupacional, cuando cultura es un tema transversal que impregna todo nuestro quehacer cotidiano y no se limita a lo artístico.
El tema es tanto más importante porque existen un ministerio y una ley de cultura, fundados por el gobierno actual, que si bien es cierto no han funcionado como deberían y tienen toda suerte de limitantes y carencias, están ahí y han sido resultado de los esfuerzos de un gremio que lo viene empujando y discutiendo desde hace años. Lo logrado, aunque deficiente, debe seguirse desarrollando y consolidando. No lo podemos dejar perder.

Sigue pendiente la promesa de campaña del actual presidente, de conceder seguro social y pensión para los artistas, un gremio que suele tener graves altibajos económicos. Numerosos son los casos de artistas que murieron en la pobreza y el abandono, para que después, con la hipocresía social que nos caracteriza, alabemos su obra sin habernos preocupado por ellos en vida. El patrimonio cultural (material e intangible), los pueblos indígenas, la literatura y la memoria son algunos de los muchos temas pendientes de atención en lo cultural.

El trabajo y las soluciones para estas áreas no pueden seguirse posponiendo hasta un hipotético mañana que nunca llega. Un buen gobernante debe ser capaz de comprender que el entramado de la problemática nacional es complejo y que los temas mencionados son transversales a toda nuestra realidad.

Subestimar la importancia de estos temas es como pegarle un tiro en el pie al país. Siempre andaremos cojos, caminando en desequilibrio, si no los atendemos con la prioridad que merecen.

La patria centroamericana en éxodo

El éxodo de los tres países llamados Triángulo Norte, aún no termina ni está en la voluntad de hondureños, guatemaltecos y salvadoreños ponerle punto final, por considerarlo cuestión de vivir o morir; o vivir muriendo. No quiero ser dramático. Pero solo veamos las fotografías en los medios de prensa que nos hace ver hasta dónde llega la desesperación de la gente para buscar oportunidades. Algo que en 25 años de pacificación regional no se pudo prever pese a que, caso de El Salvador, tuvimos emigraciones desde el primer tercio del siglo XX hacia Honduras, con graves consecuencias, pues culminó en una guerra entre hermanos. Fue menos dramática hacia Guatemala.

Ahora nos toca ver impávidos las fotografías que nos trae la prensa diaria, incluyendo llamados en México a que los carteles actúen con sus sicarios para acabar con el éxodo centroamericano, o amenazar con disparar a nuestra gente si osa cruzar las fronteras. Aunque la sensibilidad humana nos dice que eso no va a suceder. Sin embargo, el escarnio y el trato indigno ofende la razón de ser de la nación centroamericana, en especial Honduras, El Salvador y Guatemala. Las fotografías de la prensa diaria nos dicen de la desesperación ante una desesperanza ingrata. Y ello incluye niños de brazos, hombres y mujeres jóvenes. Saltan desde los puentes al río, evaden bardas, se exasperan. Lo cual justifica que se les llame personas violentas e incluso criminales. Ignoran que el éxodo busca la vida aun enfrentado la muerte.

Ante todo esto cabe preguntarse ¿qué hacer? ¿Cómo vamos a reaccionar? ¿Culparemos solo al país que construyó su riqueza con emigrantes europeos? Ellos que ya cubrieron sus necesidades históricas huyendo de las devastaciones y miserias producidas por la guerra o por los exterminios étnicos y por buscar oportunidades ante los cataclismos europeos.

Ante esa realidad reiteremos con cuatro preguntas lo que recalcan los medios mundiales. Primero, ¿quién sufraga estas caravanas? Entre varias explicaciones se llegó a decir que el financista era un multimillonario (un originario de Hungría que llegó a Estados Unidos al huir del nazismo que pretendía el predominio étnico por mil años); ahora opositor del actual presidente de Estados Unidos, también descendiente de emigrante en busca de oportunidades. De modo que si nos liberamos de prejuicios, la migración no es pecado mortal, por el contrario, llegar a América fue la bendición para el europeo deprimido.

Segundo, ¿violan las leyes los migrantes y se les debe exigir legalidad para entrar al país que los recibe? Tercero, ha habido un engaño delincuencial que ofreció facilidades de entrar a Estados Unidos. Cuarto, ¿Hubo fallas de políticas públicas de ofrecer una educación orientada hacia el desarrollo del país? O bien no la hubo, o fue muy precaria. Países pequeños que no pudimos salir de nuestras limitaciones económicas, pese a haber sido grandes luchadores a lo largo de su historia.

Para homologar, no puedo dejar de referirme a la presidenta de Finlandia, un país con un poco más de 5 millones de habitantes. Le preguntan a ella el “milagro” de tener un desarrollo mundial avanzado en la producción de tecnología informática. La presidenta responde que hay tres grandes razones: “educación, educación, educación”. Milagro que está en nuestras manos realizar como se ha repetido tantas veces. Claro, educación en el sentido amplio que incluye desarrollo cultural. El siglo de la información y del conocimiento nos dice que desarrollo económico implica tener una sociedad culta, preparada. Es aquí donde cojea la mesa de cuatro patas. El milagro lo han experimentado también países asiáticos que en menos de 40 años están a la cabeza del desarrollo. Menciono solamente dos para no sobreabundar: Corea (51.5 millones de habitantes) que resurgió de una guerra que implicó millones de muertos el siglo pasado y que ahora hasta coopera con los países deprimidos; y Singapur (5.7 millones) con inesperados saltos desde la pobreza y que ahora sorprende al mundo.

En el siglo pasado, entre nosotros, la caldera social estalló en levantamientos por exigencias de mejor vida; desde los genocidios de las etnias mayas en Guatemala a la guerra civil en El Salvador, en la medida que no se encontraron las salidas justas para superar las desigualdades. Honduras no se salvó de estas tragedias genocidas, menos dramáticas aunque más constantes hasta nuestro tiempo, como una gota de agua que horada la piedra. La paradoja está en que los tres países anunciamos estar a las puertas de la abundancia, pues el fin de los conflictos dictatoriales implicaba democratización, equidad y bienestar integral.

Reflexiono un caso de El Salvador: han salido unos 80 mil bachilleres promedio en los últimos 10 años, de ellos solo 40 mil pueden entrar a estudios superiores. Ingresan unos 10 mil a la Universidad de El Salvador. El resto entra a universidades privadas. Si ponemos un período desde 2008 a 2018 han quedado en el aire 400 mil jóvenes con menos de 30 años de edad. Y entre los que lograron graduarse, gran porcentaje, por no recibir orientaciones vocacionales, sacan un título y quedan en la calle. Muchos de esos graduados se han sumado al actual éxodo.

El fenómeno no es nuevo, y eso nos obliga a preocuparnos y buscar salidas en cada país.

En 1990, 1,300 centroamericanos emigraron para huir de la pobreza o la guerra. La paradoja fue que al fin del conflicto se aumentó en un millón más (a 2000). En 2006, el éxodo se incrementó en millón y medio. Al 2010 subió en medio millón más. En 2015 el total de emigrados centroamericanos es de 3,385,000, de los cuales El Salvador contribuye al éxodo con 40 %. Guatemala tiene 27.4 %. y Honduras 17.7, continúa en porcentajes Nicaragua, con 7.6; Panamá, 3.1; y Costa Rica, 2.7 %, esto según datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos.

Frente a esa irrealidad, nadie está exento de ofrecer luces, proponer políticas públicas educativas y culturales. O podría arrasarnos un maremágnum de tragedias irreversibles.

Naturaleza versus cemento

El 5 de noviembre pasado comenzaron las labores de Mejoramiento y acondicionamiento del Parque Recreativo Puerta del Diablo, un proyecto impulsado por el Ministerio de Turismo (MITUR) y que ha causado molestias entre vendedores, visitantes, vecinos de la zona y ciudadanía en general, por diversos motivos.

El video con la animación de la obra programada es preocupante. El “mejoramiento” pretende construir una explanada de concreto, donde se ubicarán el parqueo, negocios, servicios higiénicos y miradores. Viendo el video da la impresión de que también serán afectados los senderos metiéndoles cemento, pero no encontré información que confirme esto. Construir la explanada significará derribar una buena cantidad de árboles. Según la maqueta presentada en el video del MITUR, toda la explanada, que incluye la zona comercial y el parqueo, estarán bajo pleno sol.

Aunque el proyecto dice incluir la reforestación del lugar, es un oxímoron pensar que un espacio natural puede “mejorarse” al botar árboles y sustituirlos por varios metros de concreto, cuando justamente el atractivo del lugar tiene que ver con la vegetación, con el microclima creado por esta, que además sirve de hábitat para especies de animales, aves e insectos. Para el visitante y los comerciantes que se mantienen en el lugar provee también sombra y frescura. Los árboles sirven como barrera natural para evitar los deslizamientos y derrumbes de tierra, frecuentes en la zona debido al alto nivel de humedad. Cabe agregar que los árboles también alimentan los mantos acuíferos, que en dicho lugar son escasos y que es parte del histórico problema de desabastecimiento de agua en Los Planes de Renderos.

No hay absolutamente nada de malo en la idea de querer acondicionar el espacio. ¿Pero por qué, en vez de pensar en un “parque recreativo”, no se piensa mejor en un “jardín botánico” o en un “parque natural”, para resaltar y preservar justamente la flora y fauna del lugar? ¿Por qué no se formuló un proyecto con remodelaciones integradas al espacio, utilizando materiales como la piedra y el bambú, sin afectar tan drásticamente el preciso motivo por el cual nos gusta ir a la Puerta del Diablo?

Lo incomprensible de este proyecto es que se nos quiere imponer (¡de nuevo!) un espacio público encementado que atenta contra la esencia del lugar, y que a su vez contradice lo que escuchamos del mismo gobierno sobre la preservación del medio ambiente. Este tipo de decisiones desvirtúa dicho discurso y confirman que es pura retórica. De hecho, no se han conocido (hasta el momento de escribir esta columna) las reacciones del Ministerio de Cultura ni del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales ante esta obra.
El Salvador es, después de Haití, uno de los tres países más deforestados de Latinoamérica. Somos además el país con el mayor nivel de estrés hídrico en la región centroamericana. El cambio climático nos está afectando más cada año y de diferentes maneras. Este 2018 tuvimos sequía e inundaciones en una misma temporada.

A pesar del discurso sobre la preservación de los espacios naturales y de la urgencia de reconsiderar nuestros hábitos y nuestra relación con el entorno, vemos cómo se aprueba y emprende la ejecución de proyectos que no toman en cuenta la preservación del medio ambiente. Las regulaciones sobre la tala de árboles y la conservación de los espacios naturales no corresponden al nivel de gravedad de la emergencia real que estamos enfrentando.

Hay numerosos parques naturales alrededor del mundo, que ofrecen a los visitantes espacios donde la intervención humana garantiza al visitante una experiencia de inmersión en el entorno, sin por ello sacrificar las áreas adecuadas para su bienestar. En algunos parques se han diseñado y construido obras arquitectónicas sorprendentes, como miradores o puentes hechos de vidrio y acero, que procuran líneas modernistas en espacios como el Gran Cañón en Estados Unidos; el Glacier Skywalk, en Canadá; o el Parque Nacional Longgang en China. La utilización de dicho tipo de materiales permite el flujo del aire y la visibilidad continua. A la distancia, su vista resulta curiosa, pero el tipo de arquitectura desentona menos con el espacio gracias a la no disrupción del paisaje que brindan los materiales y los diseños utilizados.

A pesar de numerosos reclamos sobre el proyecto de la Puerta del Diablo, el Ministerio de Turismo se mostró inflexible en torno a la prórroga de la obra. Dicen tener ya contratada a la empresa constructora y que si no se empezaba el día 5, el Gobierno tendría que ir pagando una multa diaria por retrasos o incumplimiento de contrato.

Con esto podemos entender que para el Gobierno, el valor de la Puerta del Diablo, una de nuestras joyas naturales y culturales, no merece ni la multa de postergación de la obra para escuchar a la ciudadanía que se pronuncia, no en contra de una mejora del espacio, sino de reconsiderar la naturaleza de estas obras, tan faltas de consideraciones ambientales y de gusto arquitectónico alguno. Es imposible creer que en este país no hay arquitectos con imaginación y criterio ambiental como para hacer una propuesta más atractiva y menos agresiva contra el paisaje.

Las pocas zonas naturales que todavía quedan en el país deben ser protegidas y no trasquiladas para su explotación económica. La esencia del lugar debe ser preservada y no transformada en lo que fácilmente puede encontrarse en cualquier espacio urbano, es decir, otro centro comercial, otro food court, otro parlante escupiendo reguetón. En un país sobrepoblado, con poca extensión territorial, con alto nivel de deforestación y con propensión a deslaves e inundaciones, es imperativo que los espacios públicos sean convertidos en parques y áreas verdes, que sirvan como pulmones de nuestras ciudades, donde la población pueda convivir con la naturaleza y encontrar lugares de sosiego entre el bullicio urbano.

Valoremos todos, Gobierno y ciudadanía, los lugares que aún quedan intactos. La vida también habita ahí, en las sorprendentes bellezas naturales de nuestra tierra, espacios que debemos defender y preservar

Desde la patria del niño

Esta semana que se inicia celebramos el IX Festival de Literatura Infantil. Gracias a quienes nos alentaron para llegar a esta versión que ha favorecido a niños y niñas de comunidades vulnerables. Difícil citar a los que nos favorecen con su comprensión y sensibilidad hacia un evento tan necesario para nuestros pequeñitos invitados. Agradecemos a algunas universidades y empresas privadas de todo tipo, a editoriales, y en especial a poetas y artistas que creen que la lectura y el libro se asocian si se les da un momento de alegría.

La lectura a esa edad es inolvidable. Recuerdo que en mi primer grado, el director de la escuela pública de San Miguel, en la formación general, nos decía un poema de Espino, y visitaba el grado para leernos cuentos del libro “Corazón” de Edmundo de Amicis. Así supe de la nieve en aquel calor migueleño, y de juegos con bolas de nieve. Por eso relacionamos libros y lectura con recreación artística. En fin, un festival es fiesta, sencilla; con hondura educativa.

Escribo esta columna conmocionado por los niños y adultos que dejan su país, la patria a la que se dedica la oración a la bandera y en la que se le rinden honores a los que declararon la independencia. Si al escribir temblara la voz, estas líneas serían ininteligibles. Pero la palabra escrita permite plantear con serenidad reflexiva propuestas de solución, más que discursos o lamentos.

A propósito el 30 de octubre conversé con uno de los poetas visitantes al IX Festival de Literatura Infantil, además cofundador: Jorge Tetl Argueta, de raíces náhuat (traduce poemas a ese idioma); por interés adquirido desde su infancia en Santo Domingo de Guzmán, y porque como emigrante hacia el Norte convivió por cuatro años en la reserva indígena de los Paiute Shoshone, Nevada, huésped en sus cabañas piramidales de cuero. Quiso encontrarse a sí mismo y encontró la poesía. Ha ganado varios premios en EUA y publicado allá 22 libros de literatura infantil.

Conversamos sobre las dificultades que pasamos para organizar desde la Biblioteca Nacional el Festival Infantil; de pronto surgió el tema de los emigrantes que salieron el 28 de octubre del monumento al Salvador del Mundo. Jorge Tetl los visitó la noche previa para leerles poemas a los salvadoreños que se reunían en dicha Plaza. Hicimos a un lado los problemas económicos del festival y pasamos a un tema ultrapreocupante.

Decidí entrevistarlo con un café y un cachito salado, siempre lo disfrutamos en nuestros encuentros. Me dice que algunos observadores ajenos a los emigrantes le aconsejaron hacerlos desistir por lo peligroso, sobre una iniciativa tan riesgosa como encaminarse a las fronteras del Norte. Le pregunto: “¿Qué le respondiste?” Respondió que él había llegado a leer poemas, a ofrecerles café, no a opacarles las esperanzas que les han sido borradas, no iba a frustrarles el sueño que cada quien tiene sobre su vida, aun enfrentando la muerte. “Como me ocurrió a mí cuando emigré, casi pierdo la vida en el trayecto”.

Ente otras cosas, me dijo que se encontró con una señora adulta mayor acostada en el suelo sobre su bolsa negra, donde lleva su ropa, tamales y tortillas. “La bolsa de plástico es para no mojar la ropa ni la comida, porque vamos a cruzar ríos”. Jorge repregunta: “¿Y por qué se decidió por algo tan difícil como viajar a pie en caravana?” La respuesta es digna de figurar en una antología como la del argentino Jorge Luis Borges “Historia universal de la infamia”. La señora respondió: “Aunque estoy mal de la artritis, me duele la muerte, me duele el hambre, me duele la miseria y me duele El Salvador”. Pausa de Jorge Tetl: “Se me salieron las lágrimas”. Me dijo: “Hay que ser muy duro de corazón y de mentalidad para escuchar impávido, pues estoy seguro de que no entrará al paraíso perdido; serán concentrados en campos especiales antes de deportarlos”.

A otro de la tercera edad le preguntó: “¿Por qué se va?” El señor le respondió: “Porque he llegado a viejo y no quiero que se me mueran las esperanzas, todavía creo que merezco trabajar para ganarme la vida”.

Jorge Tetl interrogó a una joven, tenía un nene sentado en las piernas (tirados en la grama del monumento al Salvador del Mundo), y otro mayor de nueve años dormido en su regazo de madre. Preguntó: “¿De dónde viene usted?” “De Santa Ana”. Repreguntó: “¿Por qué no esperó la caravana en Santa Ana? Se hubiera ahorrado kilómetros”. Respuesta: “Porque pensaba viajar sola y si esperaba al grupo en mi ciudad, podía arrepentirme de dejar a mis hijos. Para no retroceder, viajé a San Salvador, tomé a mis dos hijos pequeños, ellos son mi vida”.

Jorge Tetl conoció esa ruta dolorosa de los desiertos cuando migró desde los 16 años. Años después se ha consolidado como escritor de literatura infantil con temas salvadoreños para dar a conocer su cultura originaria en Estados Unidos.

Explico estos testimonios: porque constituyen un aprendizaje para mirar con el corazón (según “El principito”).

Pienso en mi novela “Siglo de O(g)ro”: “La patria de la poesía es la inocencia”. La patria se lleva en los pies hacia el infierno o al paraíso. Esto me hace pensar en ciertos poemas de hace cinco décadas dedicados a niños:

Roberto Armijo: “Los niños nos exigen un mañana/ y el que quiere a sus hijos/ oye el llamado de los hijos del mundo”. Oswaldo Escobar Velado: “Te regalo una paz iluminada./ Un racimo de paz y de gorriones./ Una Holanda de mieses aromada y California de melocotones”. Manlio Argueta: “Y quedábamos solos, hijos de Dios, abandonados a la noche y los candiles,/ preguntándonos por qué tanta desgracia…/ Los niños debajo de las sábanas,/ mientras tanto, oíamos retumbos/ que venían del fondo del volcán”.

Esta es mi primera propuesta: educarnos en sensibilidad, utilizar los recursos en educación, en arte, deportes. Gritarlo con terquedad hasta abrir el corazón a visiones humanas abonadas con cultura humanística.

Los caminantes

Escribo esta columna justo el domingo en que una caravana de compatriotas emprende caminata hacia la frontera con Guatemala. Se sumarán al camino que ya emprendieron miles de hondureños en semanas recientes. El viaje al Norte en busca de otra vida, porque la que aquí nos toca no es realmente vida.

Por aquí pasaron los caminantes. A la orilla de la Panamericana. Eran muchos. Cientos. De todas las edades. Con todo tipo de equipaje. Carritos para niños, muñecos, pichingas de agua, toallas, cachuchas, mochilas, bolsas plásticas. Hombres y mujeres, niños y adolescentes, personas mayores, algunos en silla de ruedas, con bastón o con muletas.

Hay que estar muy desesperado para pensar que se va a llegar desde San Salvador hasta Estados Unidos en silla de ruedas o caminando con un bebé de meses o caminar tanta distancia a los setenta y pico de años. Muy desesperado. Quien se acerca a escuchar sus historias, escuchará lo mismo, repetido hasta el cansancio: no hay trabajo, no hay oportunidades, la violencia nos agobia, la extorsión de las maras es impagable, o nos hacemos de la mara o nos matan, nos sacaron de nuestra casa, perdimos la cosecha, no tenemos nada.

Es inevitable ver en ello un gesto de desesperación. Un poderoso grito de protesta y disconformidad contra los gobiernos del Triángulo Norte de Centroamérica. Un grito en contra de un sistema que, a pesar de guerras y gobiernos con retórica conciliatoria pero falaz, no hace nada para lograr que la desigualdad social sea reducida. Un grito contra una sociedad que critica desde su sofá pero que no se moviliza para reclamar sus derechos ni para protestar frente a tanta porquería que vemos ocurrir porque lo único que le preocupa es su propia satisfacción.

Mientras políticos corruptos hicieron fiesta con los fondos públicos, estos caminantes, esos mismos que hoy se van, no tuvieron para comer o para comprar una medicina, vieron sus casas caerse en pedazos con las primeras tormentas, vieron a sus hijas violadas o a sus hijos asesinados por la violencia de las pandillas, vieron perdidas sus cosechas por las sequías. Mientras los corruptos negociaron y lograron una pena mínima y la no devolución de millones de dólares saqueados de nuestro erario, los que robaron una gallina o un canasto de jocotes fueron refundidos en la cárcel con penas máximas y sin derecho a negociación alguna, como si se tratara de criminales altamente peligrosos.

Es contradictorio que los informes y números de gobierno emitan cifras triunfales de creación de empleos y a la baja en violencia, mientras miles de salvadoreños tienen como única expectativa de futuro largarse del país. Pese a los riesgos. Pese a que muchos se endeudan y prácticamente se esclavizan para poder pagar un coyote.

Estas caravanas de migrantes dicen mucho de nuestro fracaso como país, de cómo esta nación es incapaz de garantizarle una vida digna a todos los sectores de la población, en particular a los menos favorecidos; de cómo nuestros gobiernos han sido incapaces de trascender lo estrictamente partidario y trabajar por el bien común; de cómo las instituciones públicas no han sido capaces de ofrecer respuestas ni alternativas concretas, estables o dignas a problemas que, desde hace décadas, solo reciben tratamientos cosméticos pero que no llegan a la raíz, ahí donde deben atacarse, ahí donde deben solucionarse.

Esto debería calar hondo en la clase política salvadoreña. La caravana de migrantes debería hacerlos tomar consciencia de que no basta con tirar migajas, mentiras y placebos a la gente. No es suficiente prometer cientos de empleos cuando los salarios son menores que el mínimo establecido, que, por cierto, no alcanza para cubrir una canasta básica. No basta enfocar todo el esfuerzo del gobierno solamente en la juventud, porque en este país también vivimos personas de diferentes edades que necesitamos trabajar hasta la muerte, venga a la edad que venga, porque no hay un sistema público de salud ni de pensiones que vele por la ciudadanía adulta. Nuestros problemas son económicos y de falta de empleo, sí, pero también están cruzados por múltiples formas de violencia, colectivas o individuales, públicas y privadas, que afectan nuestra calidad de vida y también nuestra salud mental y emocional.

Este flujo incontenible de nuestra gente saliendo del país debe parar. Es natural pensar en quedarse, en hacer vida en su tierra, en dedicarse a sus cosas, en salir adelante. Pero también es natural decidir irse si el entorno es hostil y si pasa el tiempo sin mejoría alguna de su situación o problemas. No hay argumentos para pedir que se queden cuando aquí no encuentran lo que necesitan para continuar con sus vidas.

La gente está harta. No solo de no encontrar trabajo, de ser extorsionada y asesinada por las pandillas y de sentirse defraudada por las instituciones estatales, sino también por no ser escuchada, porque sus dificultades no son reconocidas en su gravedad y porque por más que se haga y se diga, las soluciones nunca llegan.

Cuando estos caminantes ya no contaron con nadie, cuando reconocieron que lo único que podían hacer era buscar soluciones propias, se echaron al camino, como los miles de hondureños que también salieron en caravana, como miles de africanos, como miles de asiáticos, como miles de personas de todas partes que buscan una vida digna y una forma de brindársela a los suyos. ¿Acaso es demasiado pedir? ¿No es lo mínimo que merecemos todos?

El país se desangra en ríos de gente que se va todos los días. En avión o en bus, y ahora hasta en caravanas. Son cientos. Lo que está ocurriendo casi no sorprende. Por algún lado tenía que explotar la insatisfacción pública. Estas personas que marcharon en la caravana hacia el norte no tienen ni la paciencia ni el tiempo ni la ilusión de esperar un nuevo gobierno para ver si les cambia la suerte.

Ya no más. Ya no pueden esperar más. Para muchos es, literalmente, un asunto de vida o muerte.