(Re)visión cultural

Un escueto comunicado emitido el pasado 19 de enero por la Secretaría de Cultura anunció que el actual presidente, Salvador Sánchez Cerén, aprobó junto al Consejo de Ministros el decreto para la creación del Ministerio de Cultura, que entrará en vigencia 90 días después de publicado en el Diario Oficial.
La noticia pasó sin pena ni gloria en el complejo entramado noticioso nacional. Tampoco causó ninguna reacción de júbilo o interés entre los mismos artistas y trabajadores de cultura. El motivo de dicho desinterés puede ser la fuerte sospecha de que la creación del ministerio no significará más que un cambio de nombre a la actual dependencia y que las políticas del Gobierno en referencia al área cultural continuarán siendo las mismas. Esto es otro reflejo de las decepciones que como ciudadanía tenemos con varios aspectos de la actual administración.
Una serie de ambiciosas promesas fueron planteadas por el FMLN como parte de la campaña presidencial, promesas que se trabajaron y discutieron entre artistas y gestores culturales, entusiasmando a muchos de nosotros con la idea de que por fin la cultura saldría del sótano del olvido en este país. Pero si examinamos el quehacer cultural de años recientes, veremos que la gestión se ha limitado a mantener lo que ya estaba funcionando. Recordemos que aproximadamente el 90 % del presupuesto de la Secretaría de Cultura es utilizado para pagar salarios, dejando muy poco espacio para el financiamiento de proyectos nuevos o de mayor envergadura.
Parte del problema es un asunto de concepción. El actual gobierno ha utilizado algunas manifestaciones culturales como actividades de entretenimiento en sus actos oficiales o propagandísticos. También ha incorporado lo cultural a sus programas de prevención de la violencia, dándole al arte y a la cultura, en general, un matiz recreativo pero distorsionado y limitado, que aleja los procesos creativos de su verdadero potencial: el de crear espacios de expresión y reflexión personal plena desde donde comprender y cuestionar la realidad que nos rodea.
Esto no debería sorprender. La relación que hay entre el pensamiento de izquierda y el arte siempre ha sido conflictiva. En el pensamiento de izquierda, el arte y la cultura tienen una función ideológica que, en el mejor de los casos, debe servir para exaltar las dificultades del pueblo y las bondades sociales que un gobierno “revolucionario” brinda a todos. El arte, según las experiencias del realismo socialista soviético o la revolución cultural china, solo podían ser válidos si servían al partido gobernante, obviando todo lo que andaba mal. Quien se atreviera a cuestionar o a dudar de las bondades del partido pasaba a ser sospechoso de “diversionismo ideológico”. Esto dio lugar a incontables casos de persecución, censura y muerte. También dio lugar a numerosas manifestaciones dizque artísticas que, con el paso del tiempo, se han desvanecido porque sus contenidos eran panfletos de exaltación a un sistema, ideología o personaje políticos.
Cuando el FMLN asumió el poder, tuvo la intención de revigorizar y darle un empuje al quehacer cultural nacional. Pero poco a poco vimos cómo dicho quehacer se ha visto disminuido en diferentes áreas. Hay varios ejemplos pero examinemos uno, el quehacer literario. Comencemos por los Juegos Florales. Estos son los únicos concursos literarios que existen en el país, fuera de la rara y ocasional convocatoria realizada desde alguna institución privada.
Desde hace pocos años se suprimió de dichos juegos la competencia en las categorías de novela y novela corta y se ha favorecido los géneros infantiles (cuento, poesía y teatro), aunque también se convoca a cuento, ensayo y testimonio. Según las bases, todos los originales deberán tener un máximo de 40 páginas.
Parte del premio es la publicación, algo de lo cual se encarga la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), que durante algunos años publicó un catálogo recopilatorio con las obras ganadoras de todos los géneros, en un solo volumen. De manera reciente, la DPI publica libritos individuales por ganador, aunque son hechos con el mínimo de inversión económica y con tirajes de apenas 300 ejemplares, sin versión electrónica. Lo habitual es que una editorial publique ediciones de 800 a 1,000 ejemplares.
A lo único que la DPI parece meterle algo de empeño es a la literatura infantil, pero desde una concepción desfasada del género, que no dialoga con las tendencias internacionales ni con la realidad local. Importantes colecciones como la Biblioteca de Historia Salvadoreña, Ficciones (de narrativa contemporánea), Orígenes (obras completas de autores clásicos nacionales), la Biblioteca Básica y los Cuadernos de Música han quedado para el recuerdo y los coleccionistas.
Las mejores propuestas culturales estatales de años recientes han surgido de instituciones ajenas a la Secretaría de Cultura. Una de ellas es el Premios Pixels, del Ministerio de Economía, un fondo para la creación de animaciones, juegos y audiovisuales. Otra es el FOMCASS (Fondo Municipal para la Cultura y las Artes de San Salvador) de la alcaldía, que recién cerró convocatoria para la producción de audiovisuales, artes escénicas y movilidad de nuestros artistas a eventos internacionales. Ambos proyectos pueden mejorar su ejecución pero no por ello dejan de ser valiosos. Ojalá ambos tengan continuidad, a pesar del inminente relevo político.
Será muy difícil que la actual administración logre remediar en un año lo que no ha podido resolver, organizar ni cumplir durante dos periodos de gobierno seguidos. Eso incluye la gestión cultural. Si bien es comprensible que lograr este tipo de cambios toma tiempo, el tema cultural no debe ser dejado atrás en los asuntos de país ni seguir siendo castigado con un presupuesto miserable.
Los resultados electorales del pasado domingo imponen también una reflexión sobre este tema, porque mientras se siga tratando lo cultural como una actividad menor, apta solo para el entretenimiento dominical o como herramienta de contención social, continuaremos en lo mismo. Es obvio que hacen faltan políticos y gobernantes con visión de futuro, que comprendan lo que podría lograrse en dicha área, si se hiciera una buena inversión presupuestaria y se creara una institución con empleados eficientes.

Los jóvenes tienen la palabra

La Biblioteca Nacional ha recibido la trilogía “El país que viene”, obra coordinada por David Echegoyen Rivera que en sus tres tomos hacen más de 1,500 páginas. Una primera parte se publicó en 2015, con el subtítulo de “Una generación comprometida”. Una segunda obra está subtitulada “Jóvenes en el exterior” (2016); y una tercera se subtitula “Un horizonte común” (2018). Difícil abarcar en este comentario el contenido que nos informa con lucidez las voces de una juventud refiriéndose a un futuro país. En este caso los que hablan son 81 jóvenes profesionales y creativos, todos destacados con logros concretos. La obra fue financiada por la Embajada de Taiwán, la Asamblea Legislativa y la Fundación Cristiana Hanns Seidel, de Alemania. En este trabajo me refiero al último tomo, “La búsqueda de un horizonte común”.
Es importante lo afirmado por los jóvenes sobre el camino para resolver las situaciones negativas que asfixian el crecimiento nacional: “Nuestro futuro está marcado por las cosas que hagamos hoy, por las decisiones que tomemos y por los diálogos que provoquemos”, dicen y coinciden la mayoría de los que escriben en esta obra. “Se debe hablar y debatir para obtener las respuestas que borren las preocupaciones por un futuro incierto de El Salvador”.
Lo novedoso es que “El país que viene” está avalado por los partidos políticos representados en la Asamblea Legislativa, se incluye prólogos de los más altos directivos, y personalidades políticas que en estos momentos participan en la contienda electoral.
La trilogía es un gran paso para fortalecer la idea de crear nuevos liderazgos, mejor si se obtiene el aval de los partidos tradicionales. “El país que viene. Un horizonte común” es un llamado a los oídos sordos de la confrontación ideológica que debe transformarse en concertación a favor de los millones de salvadoreños tanto dentro como fuera de El Salvador. En este respecto el libro expresa ideas reveladoras de por qué para el desarrollo es necesaria la participación activa de los jóvenes, por qué se debe respetar las mentalidades acordes con los tiempos de la creatividad, la información y el conocimiento. Para asegurarnos de que no haya retrocesos sino avances. “Un país puede significar regresión, si no hay diálogo abierto que neutralice la polaridad”.
Al leer lo expresado por los jóvenes nos damos cuenta del aporte que pueden hacer como profesionales de la cultura, del arte, de las ciencias políticas y sociales. Desde ya se destacan y han recibido distinciones como empresarios pequeños y medianos, y como emprendedores creativos, convencidos de que deben fortalecer el liderazgo y socializarlo con el país, comprometerse y entregarse desde donde quiera que estén. Dentro o fuera del territorio, son parte de los 9 millones de salvadoreños, sumando los desplegados en el mundo. Están dispuestos a compartir ideales que incluye aprovechar oportunidades y luchar por obtenerlas. Una de las jóvenes habla de cómo obtuvo financiamiento residiendo en el exterior y que con nosotros se le cerraron las puertas. Ahora tiene un reconocimiento internacional, y se dispone a venir a El Salvador y compartir sus logros.
Lo anterior me hace recordar a un amigo con alto cargo en el Gobierno. Hace unos 12 años me decía: “¿Cómo podemos hacer para que los salvadoreños dentro del territorio tengan el mismo empuje que tienen afuera?” Se refería a los compatriotas que habían crecido económicamente en Estados Unidos. Mi respuesta fue inmediata: “Somos los mismos, pero en el exterior obtienen oportunidades para crecer”. Es por eso que la política debe tener bien abiertos los ojos del conocimiento para no obligar a los jóvenes a emigrar y morir en el camino. Por paradoja, las oportunidades que se les niegan lo retribuyen con remesas.
Por otro lado “El país que viene” es una expresión propositiva gracias al Acuerdo de Paz, casi todos coinciden en que se debe “buscar la armonía de pensamientos políticos diversos poniendo a El Salvador en primer lugar, y no en las ideas que dividen”. Es lo que se llama sinergia, para buscar solución a los grandes problemas y resolverlos en común. Ser coherentes con lo que entonamos en el himno nacional. Una mística que nos permita sentirnos orgullosos como nación, estar a su servicio y no al revés.
Los jóvenes se han apropiado de expresar con libertad su pensamiento, y coinciden en que una forma de consolidar acuerdos es recorriendo el camino escabroso del perdón, pero antes de llegar a esa meta debe aceptarse las acciones trágicas. Agregan: “El voto es importante, pero resulta negativo si quien lo emite no se informa por quién está votando… Al escuchar a un diputado que no podía leer, me di cuenta de que debemos exigir preparación para ejercer ese cargo, pues ellos legislan para todos”. Sostienen: “Que los recursos económicos que percibimos sean el producto de un trabajo honesto y ejercido de modo responsable”.
“Donde quiera que estés El Salvador está en tus manos, ya sea en el territorio o en el extranjero, somos más de 9 millones de salvadoreños”. Es otra gran coincidencia en las 1,500 páginas de El Salvador que viene: “Convencidos de nuestra entrega a El Salvador en cualquier lugar del mundo donde nos encontremos”.
El mérito de estos tres grandes volúmenes es referirse a un país que siempre tuvimos frente a nuestros rostros, con el que nos identificamos pese a que la institucionalidad cerrase los ojos, o los abrió muy bien para no aceptar la palabra constructiva, ni dar oportunidades para crecer, porque se interpuso el esquema, el prejuicio y el irrespeto a los derechos.
En fin, se ofrece la palabra a los que nunca tuvieron posibilidades de hacerlo, sino bajo riesgo de su seguridad, y optaron por emigrar. El libro abre sus puertas a los que distantes o cercanos, que por su dedicación no tuvieron espacio para promover sus logros, o por su edad no fueron considerados aptos para proponer posibilidades de transformación nacional. Pero en “El país que viene” los jóvenes tienen la palabra.

El poder de la apatía

Cada vez que hay elecciones, me resulta inevitable recordar a mi padre. Él jamás fue a votar. Alguna vez le pregunté por qué no lo hacía. Me contestó, sin molestarse en levantar la vista de su periódico: “Porque todos son ladrones”.
Para él era un asunto zanjado que no merecía ni el beneficio de la duda. Su apatía era la consecuencia de vivir durante años con fraudes electorales, viendo a candidatos militares del mismo partido político ganando cada elección y a funcionarios corruptos que se enriquecían a manos llenas de las arcas públicas. En domingos de elecciones, mi padre prefería quedarse en casa, con la precaución de abastecernos de comida para 15 días, por si hubiera protestas y balaceras por los resultados de los comicios.
Estamos a pocos días de votar y mi apatía actual es similar a la de mi padre. Ningún candidato, ningún partido político, ninguna propuesta me llama la atención. La campaña política, bastante desabrida por cierto, no me brinda ningún tipo de entusiasmo ni esperanza.
He creído demasiadas veces y demasiadas veces me he visto defraudada. Pongo de ejemplo la Ley de Cultura, promesa de campaña del actual gobierno y que, al ser aprobada en la Asamblea Nacional, terminó reducida a algo muy básico. También pongo de ejemplo la promesa de la pensión y el seguro social para los artistas, algo de lo cual ya ni se habla y que, hasta donde sé, no veremos pasar.
La apatía también es notoria entre los seleccionados a integrar las juntas receptoras de Votos, muchos de los cuales han planteado todo tipo de situaciones para evitar participar en ellas. Esto debería hacernos reflexionar sobre la ausencia absoluta de espíritu cívico a escala nacional. Si esto fuera un país donde las instituciones funcionaran de manera eficiente y donde los funcionarios no abusaran de sus cargos, de seguro tendríamos otro ánimo. Pero es difícil tenerlo cuando pasan tantas cosas equivocadas.
Vemos cómo múltiples funcionarios hacen negocios turbios, se roban millonadas y abusan de su poder con toda impunidad posible. Vemos cómo han incrementado plazas públicas y cómo algunas instituciones dedican la mayor parte de su presupuesto a pagar salarios, mientras el trabajo y los resultados continúan siendo deficientes. Vemos las planillas de candidatos pero aunque hay rostros nuevos ya se sabe que actuarán por obediencia a los mandatos de sus partidos y no por iniciativa o consciencia personal.
En las encuestas de opinión sobre las elecciones, muchos han manifestado la idea de anular el voto. Eso ha hecho surgir una satanización del voto nulo, como algo “antipatriótico”, según le escuché decir a algún candidato. Lo cierto es que anular el voto es una alternativa ciudadana y lo considero el verdadero voto de castigo: no darle mi voto de confianza a nadie; no darle mi aprobación a ninguno; no ceder el poder a nadie para llegar al Gobierno. ¿Cómo, si no, vamos a expresar nuestra profunda rabia y descontento actual contra los políticos? La opción podría ser salir a la calle a manifestarnos, pero la gravedad de nuestra apatía nos mantiene paralizados… por el momento.
Los votos anulados y las abstenciones son una postura política válida, aunque algunos lo califiquen como un gesto antidemocrático. De hecho, el voto nulo o en blanco puede ser tomado en cuenta en los resultados si, junto con las abstenciones, superan el número de votos válidos. De ocurrir esto, se tendrían que repetir las elecciones. Puede verificarlo en el Código Electoral vigente (capítulo IV, De la nulidad; título X, De las nulidades de urna y elecciones, art. 273, inciso D).
Repetir las elecciones con los mismos candidatos sería inútil pero, sobre todo, una tensión presupuestaria mayúscula para el Estado. Aunque en mis fantasías electorales, me gustaría verlo ocurrir. Quizás así, por una vez en la vida, los partidos políticos nos tomarían, a la ciudadanía y nuestro voto, con el respeto y la seriedad que merecemos.
Hay señales de que pronto el sistema partidario y sus rostros comenzarán a cambiar. Un puñado de candidatos independientes se apuntó para estas elecciones, aunque hay que mencionar que se les impusieron muchos obstáculos y al final no todos pudieron ser inscritos. También se anunció ya la fundación de un par de nuevos partidos. Por ello suponemos que la elección presidencial de 2019 planteará novedades, algo necesario para refrescar un panorama político de polarización partidaria y apatía extrema.
Cada vez que hay elecciones recuerdo también la primera vez que fui a votar. Me tocó hacerlo en Panchimalco, después de la firma de los Acuerdos de Paz. Era un domingo soleado y me emocionaba la idea de votar. Mi padre, quien todavía vivía, trató de convencerme de no ir. Le resultó incomprensible que yo quisiera votar. Pero mi emoción era más fuerte que sus argumentos. El fin de la guerra había planteado la posibilidad de que ahora la institucionalidad sí iba a funcionar y tomaría en cuenta a la ciudadanía y sus necesidades. Que la guerra nos había enseñado que de ahí en adelante íbamos a hacer bien las cosas. No hay necesidad de repetir todo lo que ha pasado desde entonces, y que nos ha sumido en la decepción colectiva actual.
Una de las herramientas más importantes que tenemos como ciudadanía para intentar cambiar el panorama actual es el voto. Los políticos lo saben. Por eso nos enamoran con grandes promesas. Pero ya puestos en el poder son como aquellos sinvergüenzas que primero te seducen y después, cuando lograron tu amor, te mandan al diablo y se hacen los que no ha pasado nada.
Todavía no he decidido qué haré el día de las elecciones. Pero de lo que estoy segura es que ya no le daré a ningún candidato o partido el poder de seguirme defraudando. Ya no creo en palabras. Que demuestren con hechos su viabilidad como gobernantes, y quizás después me animo a concederles mi voto.

¿Son los muertos cada día más indóciles?

Hace unas semanas uno de mis lectores me pidió que escribiera sobre la muerte, le respondí que nunca había tocado ese tema y que no podía atender su pedido. Nunca lo he pensado –le respondí con gran seguridad–. Pero su petición me hizo recordar varias experiencias de vida y de lecturas.
La muerte está en mi poema “Infancia 1942” (“Poesías completas”, Editorial Hispamérica, Maryland, EUA, 2007). Este poema fue inspirado por mi madre y en los niños muertos de mi barrio modesto de San Miguel. Cito los versos finales: “Preguntamos por qué tanta desgracia /Por qué la muerte infame se llevaba a los buenos y a los malos, /pero siempre a los pobres, eso sí. /Y se echaban los padres, los abuelos y tíos /un trago. Más que trago era copa de lágrimas. /Mientras tanto los niños debajo de las sábanas /oíamos retumbos que venían del fondo del volcán”.
Es un recuerdo de cuando veía pasar las cajitas blancas de niños muertos de mi barrio. Le pedía a Adelina que si podía ir al funeral, (atraído por los niños vestidos de blanco y gorritos de papel del mismo color). Tenía seis años y ella se negaba a mi pedido. Yo replicaba: “Cuando nosotros muramos nadie va a ir a nuestro ‘entierro’. “No importa, respondía Adelina, los muertos duermen sin soñar y no les importa quiénes los acompañan, lo mejor que podemos hacer es que nosotros soñemos por ellos”.
También reflexioné sobre “Los sonetos de la muerte”, de la Premio Nobel Gabriela Mistral; pero ella toca el tema fuera de nuestros contextos centroamericanos. Sin embargo, me atraían dos versos de la chilena: “Del nicho helado en que los hombres te pusieron/ te bajaré a la tierra humilde y soleada. /Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, /y que hemos de soñar sobre la misma almohada”.
Luego, hace 15 días, leí un reportaje en esta revista: El calabozo: retorno de una denuncia 26 años después. Me hizo reparar que existe el tema en mis tiempos de poeta (dejé de escribir versos a mis 30 años para dedicarme a la novela). En el poema lo emocional priva sobre lo real. Tampoco que en la novela no exista el tema de la muerte.
Agradezco al lector que me hizo revisar los poemas escritos en aquellas épocas. Por ejemplo “Promesa”, dentro de la escuela del antipoema (del fallecido chileno Nicanor Parra). Cito mis versos finales: “Después morir/ tranquilamente libre de pecados, /de bronconeumonía o de un callo/ en el pie o de un catarro en el alma”. Dentro de la misma línea escribí “Birth control”; lo cierro así: “No beses esta piel de perro en celo. /No me hagas caer en tentación, /podrías concebir lo que no quiero. /Además, mejor vivir sin hijos /¡por Dios! con tanta mala muerte.
Quien ha sido reiterativo en esta temática en El Salvador, a veces de forma premonitoria, es Roque Dalton. Incluso el título de este trabajo lo saqué de versos escritos por el poeta asesinado: “Los muertos están cada día más indóciles… /(el cadáver) marchaba al compás de nuestra música… /Hoy se ponen irónicos/ preguntan. /Me parece que caen en la cuenta de ser cada vez más la mayoría”. En otro de sus libros dice: “Cuando sepas que he muerto /no pronuncies mi nombre /porque se detendría la muerte y el reposo /…di sílabas extrañas, pronuncia, flor, abeja, lágrima /pan, tormenta. /flor. He ganado el silencio”.
En Dalton se da lo que dice el Premio Nobel Camilo José Cela: “Todas las frases ante la muerte tienen un inequívoco aire de despedida”. Dalton no solo se despide sino que advierte que será un muerto invisible entre miles de muertos.
Otro crimen injusto y de carácter trascendental es el de Federico García Lorca, un poeta niño que tuvo un final explicable por el horror que se quiso sembrar en esa época, el odio cultivado por quien tiene poder es más atroz. Lorca murió fusilado por el ejército de Franco, una época en que las muertes gratuitas estuvieron a la orden del día. Ya antes escribí sobre fusilamiento de la directivos del club Barcelona, capturados en una carretera y fusilados ahí mismo por el ejército franquista.
García Lorca nunca adivinó que su muerte sería producto del odio por las ideas expuestas en los poemas. Quizás por eso afirma irónico: “Como no me he preocupado por nacer, tampoco me preocupo por morir”. Otro Nobel español: Antonio Machado: “La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Pese a ser una expresión que hace énfasis en el manejo estético, su frase nos llama a la reflexión. En verdad, los españoles con sus contradicciones sociales y trágicas son los que más han tocado poéticamente el tema de la muerte.
El novelista y filósofo inglés Arthur Köestler es más real en el tema: “La incredulidad ante tu propia muerte crece en proporción a su proximidad”, porque la mente, añade, “se vale de mecanismos para alejarse del pensamiento de la muerte”.
Otra motivación para escribir sobre la muerte fue el reportaje publicado en esta misma revista hace 15 días. Me refiero a los niños y ancianos asesinados en el cantón El Calabozo (1981), donde hay expresiones vividas, no solo bajo interpretación universal del arte. Veintiséis años después (2017) el juez pregunta a un sobreviviente: “Déjeme entender, ¿estas personas tenían tres días de estar aquí?” (en el lugar donde fueron masacrados). “Estábamos esperando a la orilla del río”, responde el campesino. “Usted me dice esperando, ¿esperando qué?” El campesino le dice al juez: “Esperando la muerte, niños y ancianos”.
Así es, la muerte real se espera, con más o menos horror. ¿Qué harían los miles de misiles atómicos esperando ser descargados sobre las ciudades en una “guerra caliente”? Cada misil es 300 veces más poderoso que los caídos en Hiroshima y Nagasaki. ¿La muerte de la humanidad valdría escribir un poema? Opto por no hacerlo, pues la poesía tiene mucho de premonitoria.

Exageraciones de la corrección política

El viernes 26 de enero de este año, el cuadro “Hilas y las ninfas”, del pintor británico John William Waterhouse, fue retirado de exhibición en la Manchester Art Gallery de Inglaterra. En su lugar, los visitantes encontraron un letrero explicando que el cuadro había sido retirado de manera temporal para impulsar la conversación sobre cómo se exhiben e interpretan las obras de arte en su museo.
Junto al letrero que anunciaba el retiro del cuadro había papelitos Post-it para que el público pudiera dejar un comentario. No solo fue retirado el lienzo sino también las postales de la misma imagen que se vendían en la tienda del museo.
El cuadro en cuestión es una representación del momento en que Hilas, uno de los argonautas, acompañante y sirviente de Heracles, es abducido por un grupo de ninfas en la fuente Pegea, de Misia. Las ninfas están desnudas, semisumergidas en el agua e incitan al joven a sumergirse con ellas.
La indignación que esto causó entre los visitantes del museo se convirtió muy pronto en noticia internacional. Clare Gannaway, la curadora, salió al paso diciendo que no se trataba de un acto de censura, sino de una forma de impulsar una discusión necesaria en la actualidad. De hecho, la situación es parte de una acción artística de Sonia Boyce, quien analiza los “problemas de género” en la pintura y la cultura del siglo XIX. Durante el retiro del cuadro estuvieron presentes varios curadores y artistas. El evento fue filmado y el video será presentado en la retrospectiva de la obra de Boyce, que tendrá lugar de marzo a septiembre de este año.
El cuadro de Waterhouse se encontraba en un salón llamado “En busca de la belleza”, un nombre que a Gannaway le parece incorrecto porque contiene “artistas masculinos persiguiendo el cuerpo femenino, representado en forma decorativa o de ‘femme fatale’”. Gannaway admitió que los actuales movimientos de #MeToo y Time’s Up la habían hecho reflexionar sobre el contenido del museo.
El asunto hace recordar otro caso ocurrido hace poco. La empresaria Mia Merrill encabezó una colecta de firmas para que el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York bajara el cuadro “Teresa soñando” del pintor franco-polaco Balthus. En el cuadro, una niña está sentada con las manos apoyadas sobre la cabeza, los ojos cerrados y la pierna izquierda flexionada, apoyada en un banco, mientras un gato come en el suelo. La posición de la pierna de la niña, que está vestida con blusa manga corta y falda, permite ver una parte de su ropa interior.
Merrill decía que el cuadro era una incitación a la pedofilia. Pedía que si se iba a continuar exhibiendo, que por lo menos se colgara una advertencia diciendo que algunos espectadores se sienten perturbados o insultados ante dicho cuadro. El museo se negó a ambas peticiones, reiterando su deseo de contribuir en la continua evolución de la cultura “a través de la discusión informada y el respeto a la expresión creativa”.
Descalificar como arte o retirar el acceso público a obras cuyo contenido resulta incómodo de acuerdo con nuestras creencias particulares es no comprender los mecanismos de la representación artística. No se pueden leer las obras del pasado aplicando la visión política e interpretaciones ideológicas del presente sin que algo se tuerza en el camino. Es necesario conocer el contexto en el que la obra fue creada para comprender los elementos que la componen y los motivos por los cuales fue representada de esa manera.
Retirar obras de arte de museos por ser políticamente incorrectas es una forma de censura. Se convierte en tal desde el momento en que quien tiene el poder de decisión sobre lo que vemos teme o desconfía de la interpretación que haga el espectador de la obra, que es precisamente una de las particularidades del arte: el nulo control del artista sobre la interpretación de su obra. Esta se complementa, se nutre y se enriquece con las múltiples interpretaciones surgidas entre los receptores. Cuando una institución o ideología pretende “explicar el mensaje de la obra” y plantearlo como una interpretación única, lo que hay es imposición ideológica, no un ejercicio pleno del derecho de cada individuo de tener y formar una opinión propia.
La lucha feminista actual está haciendo visibles las diversas maneras en que las mujeres han sido (y siguen siendo) abusadas, violentadas, subestimadas, invisibilizadas y discriminadas. Ojalá que las denuncias ya realizadas y las que estén por venir logren cimentar los cambios sociales que se necesitan para que las desigualdades de diversa índole que rigen las relaciones entre hombres y mujeres lleguen a fundar prácticas y manifestaciones de auténtica igualdad. Pero para lograr esos cambios es imprescindible cambiar conductas y pensamientos de manera estructural. Eso se logrará con educación e información, no con censura; con discusión e intercambio de opiniones, no con la imposición de verdades absolutas.
Para quienes concebimos el arte como un espacio de libertad plena, el impulso creativo es una herramienta que nos permite explorar al ser humano, plantear preguntas sobre nuestra realidad y nuestro presente, reflexionar sobre nuestro tiempo y nuestra circunstancia. Pero para que la obra resultante manifieste plenamente lo que queremos decir, es importante no pensar en la corrección política, es decir, no autocensurarse.
El exceso de corrección podrá afectar la creación artística y literaria forzando narrativas y contenidos si el artista se doblega ante ello, pero también forzará la lectura del espectador o receptor de la obra de arte, como en los casos de los cuadros de Waterhouse y Balthus.
Justo hoy que escribo esto, 3 de febrero, la Manchester Art Gallery anunció que ha vuelto a colgar el cuadro de Waterhouse en su lugar, luego de las incontables acusaciones de censura recibidas desde todas partes del mundo.
Hay una fina línea que separa la corrección política del fanatismo. La exageración y la censura son dos maneras de cruzarla.

La imaginación frente al poder

En los movimientos juveniles de la década del sesenta del siglo pasado, en Woodstock (USA), en París (mayo 68); los Beatles, y luego proyectados en México, Tlatelolco (octubre 1968), se creyó mucho en la frase emblemática de los jóvenes: “La imaginación toma el poder”. Bueno, la imaginación es subjetiva, el poder es real. No pareciera que lo imaginativo prevalezca sobre lo real del poder, aunque se le puede enfrentar (en Tlatelolco murieron 500 jóvenes). Porque se insiste en hacer reflexionar a las cúpulas, pese al costo en vidas y en desilusión. En los casos mencionados, la imaginación perdió, culmina con el asesinato de John Lennon.
Escribo poesía desde educación básica, y cuando alcancé la mayoría de edad, ya había descubierto la clave musical necesaria del verso, sin cual es difícil lograr un buen poema. Obtuve algunos premios centroamericanos, incluyendo el Rubén Darío, pero al llegar a los 28 años, decidí que mi ruta era una comunicación directa, como es la narrativa donde imaginar es enfrentar lo real para descubrir otro tipo de realidad. Y así, pasé del género poético, más difícil, porque significa descubrirse a uno mismo, para pasar a la novela que es conocer a los demás. Los novelistas pretendemos transformar estéticamente lo real en algo creíble aunque se base en lo ficticio, en lo increíble. En ninguno de los dos casos se trata de magia ni de ser iluminado por musas o duendes. En la poesía se trata de desnudar las emociones, en la narrativa se requiere percepción, informarse, conocimiento.
De ese modo conocí a mujeres campesinas, caso de “Un día en la vida”; o campesinos en general, como en “Cuzcatlán donde Bate la Mar del Sur”; o bien conocí la vida de jóvenes, caso en “Caperucita en la Zona Roja”; y descubrí a un niño poeta en San Miguel de “Siglo de O(g)ro”. El reto es que la irrealidad se vuelva creíble.
Hace unos dos años este suplemento cultural publicó una entrevista de Jorge Tetl Argueta (con más de 22 libros infantiles bilingües publicados en Estados Unidos). La entrevista llevó por título: “La poesía me salvó la vida”. Conozco a Argueta desde cafetines hispanos de San Francisco, California, y lo entiendo muy bien, por su fuerza imaginativa lúcida que le ha hecho ganar varios premios (acaba de ganar dos premios más en este enero), envía un mensaje que llega desde nuestro agujero de flores, de lagos, montañas, lluvias de estrellas y volcanes. Antes estuvo a punto de perder la vida en el desierto y desde sus vicisitudes prometió a los dioses dedicarse a la poesía. En otro contexto conozco casos de empresarios en el área de Washington y Virginia que salvaron su vida y ahora contribuyen a salvar la vida a muchos emigrantes. Es otra cosa, aunque no cabe duda de que en los dos casos la imaginación crea vida.
Recalco lo imaginativo en el arte. No me imagino a Picasso pidiendo permiso a Dora Maar o a Fernande Olivier (parejas del genial pintor) para pintarlas como las imaginó, no con los rasgos clásicos de un retrato, sino descubriendo la belleza en la aparente fealdad. No pedir permiso también es propio del periodismo cuyo límite es no difamar ni manipular. ¿Caso del llamado panfleto? ¿Es panfletario César Vallejo en su poemario “España aparte de mí este cáliz” o Neruda en “España en el corazón”? Hay que analizarlos literariamente y no con los prejuicios. Tampoco me imagino a Rubén Darío pidiendo permiso a las bellas damas nicaragüenses para hacerles un poema (a Margarita Debayle), o a Becquer pidiendo permiso a su amada Julia Espín.
Podemos asegurar que la clave de la obra literaria es transformarla con la emoción de modo que pasados los años, lo que perdure sea el poema, como la imagina cada uno de los miles de lectores que lo han leído a través de los años. La obra de arte sobrevive más allá de la realidad que le dio origen, y del poder real.
A veces, la imaginación crea realidades que son inentendibles por una sociedad contemporánea del artista, caso emblemático es Mozart, genio cósmico, y Van Gogh, que nunca se explicó por qué sus cuadros no gustaban a nadie. Pasaron cinco años para comprender al genial holandés, aunque ya estaba muerto. Van Gogh y Mozart viven más allá del poder que les negó aceptación, al igual que Rubén Darío; al gobernador político que lo envió a empedrar las calles nada más se le recuerda como un idiota. Y Darío es el príncipe en Nicaragua.
La clave para aclarar estas incomprensiones es saber que el artista mira, escucha y percibe historias de la oralidad o bien tienen origen en libros (casos de la novela histórica) o en periódicos (la llamada novela negra). O recibe inspiración de otros autores. Por ejemplo, mi “Cuzcatlán donde bate la mar del sur” no la hubiera concebido como quedó al final si no hubiera leído la novela de H. D. Lawrence “Mujeres apasionadas”, ¡una novela del siglo XIX! Y no habría escrito mi novela “El valle de las hamacas” de no haber descubierto una carta de Pedro de Alvarado a Hernán Cortés donde se narra la batalla de Tacuscalco, la primera masacre de los guerreros pipiles. A propósito esa localidad, ha sido recordada estos días por encontrarse en riesgo su destrucción. Una gran señal de identidad nacional.
Muchas de las obras artísticas hacen conocer una época, una personalidad, un suceso, de no haber sido rescatadas por una escritora, caso de Rigoberta Menchú, nadie sabría la existencia de esta. Tampoco conoceríamos “La ilíada” ni la “La odisea”, transcritas desde la oralidad.
La imaginación descubre temas que para el poder son invisibles. Sin embargo, sin ese imaginario, no tendríamos todo el conocimiento que exige advertir nuestra razón de ser, cómo somos, que descubriría cómo podríamos transformarnos a partir de lo que hemos sido. No existiría la Nación, un concepto abstracto y vital que otorga fuerzas para sobreponernos a pobrezas, guerras y calamidades.

La renta básica universal

Desde hace algunos años se viene hablando con insistencia sobre las ventajas y desventajas que tendría la implementación de una Renta Básica Universal (RBU). La discusión surge a propósito de la eventual necesidad de repensar el concepto del trabajo como eje fundamental del quehacer humano y de las economías nacionales.
Para quienes no estén familiarizados con el concepto, la RBU (también conocida como Ingreso Básico Universal, ingreso ciudadano o subsidio universal garantizado) es una cantidad de dinero otorgado por el Estado a cada ciudadano o residente legal de un país, por el mero hecho de serlo. Ese ingreso no tiene ningún condicionamiento y puede usarse para lo que el beneficiario estime conveniente. El destinatario puede seguir trabajando o no, invertir el dinero en montar un negocio, estudiar o dedicar su tiempo a hobbies o aficiones que de otra manera no podría desarrollar.
Con la acelerada automatización de algunos puestos de trabajo y el desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial, es posible que cientos de empleos se vean sustituidos por máquinas o algoritmos que podrán ejecutar el trabajo de varias personas con un solo botón o código. Esto supondrá una disminución de plazas de trabajo y salarios más bajos para las que queden disponibles.
Por otro lado, la extensión del promedio de vida humana ha puesto a tambalear el actual concepto de pensión de retiro, que está probando ya no ser eficaz para la realidad actual y que no podrá seguir funcionando de la misma manera a futuro. Las personas viven más y el cálculo de la pensión de retiro no alcanza para ese “tiempo extra”, de manera que muchos mayores de 65 años deberán continuar trabajando para nivelar lo que la pensión no alcanza a cubrir. Esto supone tensiones en el mercado laboral al incrementar el personal laboral pero reducirse las plazas de trabajo.
El tema de la RBU comenzó a aparecer en las discusiones del Foro Económico Mundial hace menos de una década. Tan en serio se ha tomado esta posibilidad que en algunos países se han realizado pruebas piloto en poblaciones pequeñas para probar su implementación. Pero el tema es polémico. Quienes están a favor aseguran que mejoraría la condición de quienes están desempleados o tienen ingresos más bajos, reduciendo con ello la pobreza; que las personas podrían seleccionar sus trabajos y que las tareas más duras tendrían salarios más elevados. Sus detractores aseguran que un ingreso garantizado promovería el parasitismo y que las personas utilizarían ese dinero para satisfacer frivolidades y comprar alcohol. También señalan que sería dañino para las economías nacionales pues causaría inflación y el ineludible aumento en los impuestos, aunque estos serían diferenciados y más altos para los de más altos ingresos.
Un comité de ciudadanos a favor de una Renta Básica Universal en Suiza impulsó un referéndum en 2016, de aceptación o rechazo a la misma. La iniciativa proponía garantizar un ingreso para todos los residentes en aquel país, durante toda la vida, siempre y cuando la persona no tuviera un ingreso mensual equivalente o mayor. La propuesta incluía asignar 2,254 euros por adulto y 565 euros por cada menor de 18 años. Pero fue rechazada por un 78 % de los votantes. A pesar de ello, quienes apoyaron la iniciativa piensan continuar impulsando las discusiones en torno del tema. Están convencidos de que, tarde o temprano, las sociedades tendrán que adoptar un sistema similar debido a las transformaciones profundas que están teniendo los mercados laborales.
Finlandia ya está llevando a cabo un experimento en este sentido. Seleccionaron a 2,000 desempleados para recibir una RBU de 560 euros al mes, sin compromiso alguno. El proyecto comenzó el año pasado y terminará este año. Se piensan publicar las conclusiones finales en 2019. Algunos entrevistados han afirmado que aunque esa cantidad no es suficiente para sobrevivir al mes, les permite ampliar su rango de búsqueda de empleo e intentar trabajos en áreas u oficios no tradicionales.
Otro lugar donde se está experimentando con el ingreso fijo es en una comunidad rural de Kenia. La organización GiveDirectly comenzó un programa el año pasado en el que dará a sus habitantes $22 mensuales durante los próximos 12 años. Aunque la cifra suena pequeña, contar con la certeza de dicho ingreso ha permitido a las familias organizar su economía de mejor manera.
GiveDirectly no ha querido compartir el nombre de la comunidad, para proteger la identidad de los beneficiarios, pero publicaciones como Business Insider y The New York Times han visitado el lugar y hablado con los participantes del proyecto. Uno de ellos comentaba que tener esos $22 garantizaba poder pagar la mensualidad de la escuela de su hijo y poder comprar leche de manera constante. Su esposa, quien también recibe el beneficio, ha invertido su ingreso en su propio negocio de venta de ropa de segunda mano.
La experiencia de Kenia apenas comienza, pero después de un año de implementación ha servido para callar algunas de las críticas que se hacen a la RBU, como que la gente dejará de trabajar, se convertirá en holgazana, desperdiciará el dinero o se dedicará al vicio.
Múltiples personalidades, como Bernie Saunders, Elon Musk, Mark Zuckerberg y Bill Gates, se han mostrado a favor de la RBU. Insisten en que sería el mejor medio para solucionar las desigualdades económicas pero también para dignificar actividades como las labores domésticas, siendo justamente las mujeres que se limitan a estas actividades uno de los sectores que se verían beneficiados al recibir la RBU. Sin embargo, una de las grandes preocupaciones es cómo financiar un programa así a largo plazo sin afectar o desequilibrar el sistema económico, no solo a escala local, sino también a escala internacional.
¿Qué haría usted con un ingreso de estos? ¿En qué lo utilizaría? ¿Lo invertiría en algo que le fuera útil a mediano plazo o lo derrocharía hasta acabárselo y quedarse al final con nada?

Aldea global y nave azul

A propósito de la noticia bomba antiinmigrante, que llega al mismo tiempo que el huracán bomba, me llama a reflexionar, más convencido, sobre la necesidad de abonar por una cultura universal de contenido humanista. Antes lo pensé para Centroamérica, ahora extiendo la idea más allá ante el riesgo de una deformación global.
La película de Stanley Kubrick “Odisea del espacio” (2001) comienza mostrando un mono que lanza un palo al espacio, y el madero se convierte en nave espacial, una simbología de la evolución humana. También podría ocurrir una involución: la nave espacial, mono y palo desaparecen. La disyuntiva es riesgosa, cuando el poder tiene la llave de la vida planetaria.
La propuesta de enriquecer el área humanística podría verse como boutade (equivalente en español: mofa, gracejada, ocurrencia); pero el problema es que de fallar como broma lo de apretar un botón que origine una lluvia nuclear se vuelve cada vez más un peligro sicótico, una gracejada, que de fallar abriría las puertas de la desaparición humana. En estos momentos existen bombas 3,000 veces más poderosas que las lanzadas en Hiroshima y Nagasaki. Una sola es capaz de borrar un país entero. No pongo ejemplos porque parecería de mal gusto. Pero digámoslo sin ofender: toda Centroamérica desaparecería con un solo misil nuclear, y lo peor es que son indetectables. Ha dejado de ser válido que en el aire se pueden derribar con otro misil. Y hay países que tienen más de 1,000 bombas de este tipo en sus arsenales.
Yo mismo pretendí una “broma graciosa” en mi última novela publicada: “Los poetas del mal”, cuando digo que si 1,300 millones de chinos, con un salta cuerda de nailon y un reloj, saltan al mismo tiempo en caso de un misil en camino, al darse una señal sincronizada, el salto podría evitar el misil nuclear pero se desviaría nuestra bella nave azul hasta perderse en un agujero negro; en ambos casos desaparecería la humanidad; volando hacia la infinitud espacial o quedando como polvo, mas no polvo enamorado como dice el poeta clásico Quevedo al hablar de la muerte: “Serán ceniza, mas tendrá sentido/ polvo serán, mas polvo enamorado”. No seríamos polvo de amor sino de terror, pues haría desaparecer los 7,500 millones de habitantes terrestres de todos los colores de piel y etnias, toda la bella nave azul.
Ya otras veces se ha jugado con liquidar pueblos enteros, y esto no es boutade, caso de Hitler contra Europa y Estados Unidos. Su idea de superioridad racial aria costó entre 55 a 70 millones de terrestres, incalculable, entre ellos un gran porcentaje considerado inferior por el Führer.
Pero la historia tiene varios ejemplos, y solo quiero referirme a Centroamérica, que estuvo al borde de una hecatombe cultural. Nuestra región se salvó hace 163 años del exterminio por una idea providencial que apoyó la predominancia del pueblo civilizado (significado de poderoso) para someter a los pueblos atrasados.
Hace más de siglo y medio, el filibustero William Walker quiso formar una “falange americana”, como él la llamó, para apoderarse de nuestra región. Comenzó con Nicaragua e intentó seguir con Costa Rica. Walker era originario del sur de Estados Unidos. Sostenía, entre otras cosas perversas, que nuestra región era atrasada y ociosa porque necesitaba de la esclavitud para tener un desarrollo económico basado en la agricultura. Su idea era traer africanos como mano de obra esclava, pues para él la inferioridad de los centroamericanos era tanta que ni siquiera les concedía capacidad laboral. Solo en tres estados del sur: Georgia, Alabama y Mississippi había millón y medio de esclavos de África.
Esto es real. Veamos lo que escribió Walker en el diario oficial de Nicaragua, una vez que se impuso presidente por la fuerza: “Los hombres no son todos iguales. La maldita raza mestiza es la perdición de Centroamérica… el mestizo es demasiado perezoso para que (merezca) vivir” (periódico oficial El Nicaragüense, Granada). Otra idea de Walker y su “falange americana” era tener en Centroamérica una zona de reserva por estar cercana en Estados Unidos una guerra civil. Por eso su primer decreto como presidente ficticio fue establecer la esclavitud (1856); en nuestra región se había abolido en 1824. Para Walker solo existían dos razas puras: los blancos (propietarios) y los negros (esclavos productivos). Los centroamericanos éramos híbridos, es decir, mezclados, ociosos, ilegítimos.
Como podría ser lógico, la idea de la esclavitud está ligada a la economía, de modo que los sureños al defender la esclavitud, defendían su modelo económico agrícola basado en los esclavos africanos, emigrantes forzosos que traían encadenados desde África luego de ser “cazados”. (Sobre cacerías en África, leer novela histórica de Mario Vargas Llosa: “El sueño del celta”).
Era la época en que el sur de Estados Unidos se oponía al modelo industrial del norte. Esto produjo la guerra civil secesionista (1861-65), que ocasionó la muerte de 750,000, entre los dos bandos, esclavistas y abolicionistas. Los primeros se lo cobraron asesinando (1864) al líder de los abolicionistas: Abraham Lincoln después de la gran derrota sureña en la batalla histórica de Gettysburg. Donde Lincoln dio el famoso discurso que comienza así: “Hace ocho décadas y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación; concebida en libertad y consagrada al principio de que todos los hombres son creados iguales”.
Conozco unos 15 estados de Estados Unidos y por lo menos unas 40 universidades, y jamás sentí disminuida mi hibridez lenca-pipil-iberoafro. Nunca me pidieron un documento en esas visitas (años ochenta del siglo pasado hasta 2016). Fue una gran casualidad que en mi última visita, el rector de una universidad tuvo la valentía de arriar la bandera símbolo del bando esclavista luego de permanecer izada 150 años después de ser vencidos por el norte. Como vemos la idea supremacista sigue vigente. Pero ese es otro Estados Unidos, no el de Lincoln.

Por nuestra salud mental

Los lamentables sucesos ocurridos a finales del año pasado entre miembros de la Policía Nacional Civil pueden discutirse y analizarse desde varios enfoques. Me interesa hacer una reflexión desde uno que en nuestro país siempre termina relegado, ignorado o en el peor de los casos tomado en son de burla, y es el de la salud mental.
Ser policía en un país con los índices de violencia que tenemos es un trabajo no solo de alto riesgo, sino también con altos niveles de estrés personal. La exposición permanente al peligro sumada a la posibilidad de que incluso los miembros de sus familias sean afectados por la violencia es una realidad con la que tienen que convivir todos los días. Las condiciones de trabajo (horarios extraordinarios, bajos salarios y en algunos casos, hasta falta de equipo adecuado) se suman a las preocupaciones de nuestros agentes. Los aumentos salariales y los bonos que el Gobierno otorga a este sector no son suficiente paliativo para el nivel de tensión psicológica al que permanecen sometidos.
Existen apenas 33 psicólogos para atender a una población de 28,500 agentes. Es fácil hacer la matemática correspondiente y darse cuenta de que es humanamente imposible para dichos profesionales atender de manera adecuada a tanto personal.
La función policial misma exige una actitud de frialdad, fuerza y ecuanimidad. Un policía no puede llegar a la escena de una masacre o ver un cadáver desmembrado, quebrarse y ponerse a llorar, por ejemplo. Imagine el lector lo que este tipo de escenario constante supone para un ser humano en su constitución psicológica, aunque dicha persona haya sido entrenada para mantenerse incólume en las situaciones más adversas.
Los casos de suicidio, violencia, alcoholismo y drogadicción entre los mismos agentes no son nuevos. Vienen ocurriendo desde hace algunos años. Por desgracia, vivimos en un país lleno de prejuicios e ignorancia de toda índole. Los prejuicios que tiene nuestra sociedad en torno a la salud mental son de los más arraigados. Estos prejuicios, al no ser superados, se convierten en un elemento de riesgo para la sociedad en su conjunto.
Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, cuyo 26.º aniversario se conmemora justo en estos días, a nadie se le ocurrió incorporar un componente obligatorio de atención psicológica para todos los desmovilizados, tanto del ejército como de la guerrilla. Estamos hablando de miles de hombres y mujeres que se pasaron más de una década de sus vidas en el campo de batalla. Pero no solo quienes fueron combatientes activos necesitaban atención. También lo necesitó la población civil, sobre todo la que sobrevivió aquel tiempo en lugares donde los combates y las matanzas ocurrían con frecuencia.
Los Acuerdos de Paz no borraron por arte de magia las heridas psicológicas y emocionales que la perversión de la guerra dejó en muchos. Venimos arrastrando ese peso hasta el día de hoy. La dinámica de la guerra impidió la elaboración de neurosis, psicosis y duelos provocados por los muertos, los exiliados, los desaparecidos, las pérdidas materiales, la brutalidad, la tensión y el peligro permanente. No había tiempo para llorar, solamente para sobrevivir. El dolor se reprimió y se postergó indefinidamente. Pero eso no significa que esos males desaparecieran o se “resetearan” con el cese al fuego. Los seres humanos no somos máquinas y las emociones no se encienden y apagan a voluntad. Siguen ahí y se manifestarán, tarde o temprano, a través de nuestra conducta, a veces en explosiones de ira, violencia o auto destrucción.
Encima de eso, las enfermedades mentales siempre han sido vistas como algo vergonzoso. No hablamos de la depresión, de la ansiedad, de la bipolaridad, de la esquizofrenia, de la neurosis y de otros desórdenes mentales porque nadie quiere ser tachado de “loco”.
La moda actual del positivismo “new age” insiste en hacernos creer que todo es un asunto de actitud y subestimamos los desórdenes mentales profundos como algo serio que merece atención profesional. Se piensa que la depresión o un ataque de pánico se solucionan con un par de palmaditas en la espalda y con frases de cajón: “Hay que pensar en positivo, debemos ser fuertes ante los embates de la vida, el tiempo todo lo cura, todo pasa, no pensés en eso, dejá de llorar, hacé algo útil para distraerte”. Peor aún, quien sufre de algún trastorno mental termina siendo señalado muchas veces como el causante de su propio mal, pese a que existen estudios científicos que demuestran que la genética juega un rol indiscutible en su condición.
Otro de los grandes prejuicios que existen en torno a estos males es que “son enfermedades burguesas”. Los pobres no tienen tiempo para deprimirse porque tienen que buscar la sobrevivencia a toda costa y “no tienen tiempo” para llorar o ponerse tristes. El limitado acceso a profesionales e instituciones de salud mental de calidad en el país viene a sumarse al problema. Solo el que tiene recursos económicos abundantes y garantizados puede darse el lujo de un tratamiento psicológico o psiquiátrico constante.
No solo los agentes de la corporación policial necesitan apoyo psicológico. De hecho lo necesitamos la gran mayoría de la población debido a un sinnúmero de factores. Somos receptores de múltiples manifestaciones de violencia, agresividad, injusticia, impunidad y cinismo en el día a día. Es difícil mantenerse ecuánime y no sentir ganas de manifestar esa frustración que nos va creciendo por dentro. Muchos la dejan escapar en agresiones domésticas o en ataques de ira durante el tráfico. Otros, impotentes y abandonados en la soledad extrema de quien no encuentra ni siquiera un interlocutor con quien desahogarse, optan por el suicidio.
Los índices de violencia y agresividad con los que vivimos son una manifestación de esa salud mental que no tenemos. Su normalización también es un mal síntoma.
Informarnos sobre los desórdenes mentales ayudará a que superemos nuestros prejuicios y a ser empáticos con los demás. Tener una actitud de comprensión y de respeto ante los males ajenos hasta podría servir para salvar la vida de alguien.

Héroes literarios y prejuicios indignos

“No conozco al joven Darío. He oído decir que es poeta, y como para mí poeta es sinónimo de vago, declaro que lo es”, dijo el gobernador de Managua; y como un político escasamente cultivado lo condenó a empedrar y barrer calles. Cuando con recomendaciones del general Juan J. Cañas, autor de la letra del himno nacional, llega a Chile, relata el mismo Darío en su autobiografía, “vi un gran desencanto, cuando me fueron a recibir, ¿es acaso usted Rubén Darío?”, le dijo al joven de 19 años, “al ver mi cuerpo flaco y melena grande, mis problemáticos zapatos y mis pantalones estrechos”. Otro día lo enviaron donde el sastre y al zapatero. Por lo menos.

¿Y cómo le fue en España? Dos grandes escritores, pese a sus triunfos literarios en Suramérica con su libro “Azul”, lo vieron con desdén eurocentrista. Leopoldo Alas, conocido como “Clarín”, expresó: “No tiene en su cabeza más que una indigestión cerebral… desvaríos de los poetas franceses… que quieren hacerse inmortales persignándose con los pies”. El poeta Luis Cernuda se refirió a Darío como el que “cambia su oro por cuentas de vidrio, como sus antepasados”. Tampoco el gran Miguel de Unamuno ocultó su rechazo y se refirió a “plumas en su cabeza” para eludir a la sangre chorotega del poeta. Aquí se demuestra como una conducta vulgar, (empleo el concepto en el sentido originario, lo que no va más allá del conocimiento cotidiano, no solamente lo popular), pudo anteponer la calidad poética a la sangre india de Darío.

Con mi amigo novelista y ensayista nicaragüense, además economista, Francisco Bautista Lara, hemos conversado y escrito columnas periodísticas sobre el tema: héroes de la palabra y la vida. Héroes en el sentido de maestros de la sabiduría creativa relacionados con crudas realidades. Un caso muy interesante al respecto es el de Cervantes, que arriesgó su vida como soldado del rey de España, fue por cinco años prisionero de los enemigos extranjeros, y tantas veces intentó escapar para librarse de la esclavitud a la que le destinarían sus captores. Esa vida heroica de Cervantes la revierte en espiritualidad de la palabra, y desde su pobreza nos da la biblia de nuestro idioma universal. El héroe con su conducta social, de militar se convirtió en “Príncipe de los ingenios”.

Dentro de ese marco concentramos nuestra conversación literaria con Bautista Lara para referirnos a héroes centroamericanos de la belleza y la vida. Y derivamos en Rubén Darío, sobre quien mi amigo ha escrito tres voluminosos libros de ensayos. Y me explicaba por qué a Darío se le nomina héroe en Nicaragua. En ese marco, un día me preguntó si entre nosotros teníamos un héroe dentro de categoría universal. Sorprendido por su pregunta solo se me ocurrió uno: Alberto Masferrer; aunque tuve en mente, sin mencionarlos, a Francisco Gavidia y Salarrué.

Ahora más con más espacio reflexivo –soy lento para responder– menciono en segundo lugar a Roque Dalton, por su calidad literaria; aunque aún no lo hemos apropiado profundamente, pese a los libros escritos sobre él (obras exhaustivas de Roberto Paz Manzano, Luis Melgar Brizuela, Luis Alvarenga, James Iffland, tratando con sus dotes doctorales y académicas la personalidad literaria de Dalton).

Pero veamos el porqué me centré en Alberto Masferrer, en esa conversación con el escritor nicaragüense Bautista Lara; porque ambos pensamos en su permanencia en el tiempo, sus ideas del “Mínimum vital” compartidas desde diferentes posiciones ideológicas. Es posible que Masferrer estuviera influenciado por una filosofía de origen quechua, ancestral, desde nuestros orígenes americanos. Que en ese idioma (sumak kawsay) se puede traducir como ‘vida en plenitud’, y en idioma aimara (de los incas, Perú, Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador) viene de suma qamaña: ‘vivir bien, vida digna’. Estos conceptos también usaron los mayas y los chilenos mapuches: ‘buen modo de ser y de vivir’. Y que Bautista Lara los encuentra en su Nicaragua actual: ‘vivir limpio, vivir sano, vivir bonito, vivir bien’, http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/432330-buen-vivir/.

En ese marco es que conversamos sobre Masferrer y su “Mínimum vital”, que en sus viajes pudo haber conocido esa filosofía originaria, es decir, “lo mínimo para vivir bien”. Y de ahí proviene el concepto mínimo para referirse al salario desde los antiguos imperios egipcio y romano, cuando se pagaba con sal a los soldados y esclavos. Pero caemos en lo mismo, la sal mínima para vivir bien en aquellas épocas que tienen un poco más de 2,000 años. Masferrer resume en su conocida obra, escrita en 1928, ideas que también retoma la revolución obrera europea del siglo XIX, y llega a El Salvador con la Constitución de 1950.

“El Mínimum vital” consistente en “derechos del niño, trabajo, alimentación sana, casa, vestido, agua, salud, justicia, educación y recreación, zapatos”. Siguiendo al escritor, economista y amigo, en la actualidad se podría agregar a la doctrina masferreriana: “Seguridad, transparente y medio ambiente”. Claro, todo esto ocasionó que se le calificara de idealista y soñador, los más benignos; los menos, lo obligaron a asilarse en Guatemala donde murió solitario (1932), lo acompañó en sus horas terminales una escritora y librera que dio a conocer en El Salvador, años cincuenta y sesenta del siglo pasado, los libros de literatura universal más avanzados de la época (Nazim Hikmet, Kafka, Vallejo, Maiakovski, Amado, Neruda, Beckett, etc.) me refiero a Ana Rosa Ochoa, su secretaria privada.

Otros grandes escritores reconocieron así a Masferrer. Claudia Lars: “Maestro de multitudes”; Miguel Ángel Espino lo llamó “apóstol de la armonía social”; Salarrué lo calificó como “gran espíritu de enorme atracción”. Y la doctora en Ciencias Políticas y Sociología Marta Elena Arzú, catedrática de universidades europeas, guatemalteca, que creía que Masferrer era catalán, escribió el libro más fundamental sobre nuestro compatriota. Dice de Masferrer: “Pensador universal que hizo un diagnóstico certero sobre El Salvador… (ahora) es en su país una escuela, una universidad y un redondel”.

Un ejemplo de heroica grandeza en contra del prejuicio indigno