Chichigalpa es un municipio de Chinandega, Nicaragua. Aquí es imposible separar las zonas de residencia de las áreas agrícolas. Las casas han crecido entre los cultivos de, principalmente, caña de azúcar. El dilema es que lo que le hace bien a la producción no beneficia por igual a los residentes. En este contexto, Enfermedad Renal Crónica ha marcado las vidas de los pobladores de la zona.

Vivir y morir entre cultivos La Enfermedad Renal Crónica en Chichigalpa

Un reportaje de Glenda Girón

Fotografías de Glenda Girón

imagen de casa de agricultores
Fotografía de Glenda Girón

Una empresa, productora azúcar y sus derivados, les daba vivienda y también servicios básicos a colonias enteras de gente. Eran colonos, miles de colonos que convivían con el humo de la quema de la caña para corta, lo mismo que con el rocío de agroquímicos que tiraban las avionetas. Así era hace poco más de 20 años, cuando los braceros, los paileros, los fumigadores y sus familias vivían adentro del ingenio San Antonio, hacia la costa del Pacífico de Nicaragua. Ahí, había mercaditos los fines de semana, había jornadas de limpieza de las casas y también médicas. Ahí, la gente celebraba cumpleaños y bodas. Ahí, la gente tenía casa, trabajo y familia. Eran comunidad, la comunidad que vivía y mantenía vivo al ingenio San Antonio, de la Nicaragua Sugar Estates, en Chichigalpa, Chinandega.

A Chichigalpa, este municipio caliente de calles angostas, la cambiaron por completo tres acontecimientos. La erupción del volcán Casitas, en octubre de 1998, que dejó cientos de muertos y desplazados, fue el primero. En noviembre de ese año, el huracán Mitch llegó a inundar y arrastrar entre lodo lo poco que quedaba en pie. La tercera fue de carácter poblacional, un movimiento sin precedentes hasta ese momento: el ingenio San Antonio sacó de los terrenos del ingenio a todos los colonos, a los miles. Era 1999.

«Pongámoslo así, Chichigalpa, originalmente, tenía 100 manzanas. La cantidad de terreno que el ingenio compró para la gente que sacó fue, primero 60 manzanas. Pero llegaron a comprar 100. Entonces, Chichigalpa, prácticamente, se duplicó cuando fue fundada La Candelaria», así lo dice Víctor Sevilla, quien fue alcalde de este municipio durante tres períodos. Esos lotes que el ingenio compró, además, explica el exalcalde, fueron divididos. Por cada lote, se colocaron dos familias. «Las letrinas quedaron pegaditas, y, con las lluvias, eso rebalsaba», y el exalcalde junta las manos para ilustrar las distancias y las extiende lo más que puede para ilustrar los rebalses.

El impacto no fue solo de densidad demográfica. La gente en esos nuevos asentamientos comenzó a enfermar. El diagnóstico común: Enfermedad Renal Crónica (ERC). La gente recién mudada desde el ingenio San Antonio hasta La Candelaria, y otros asentamientos menores dispersos, empezó a ver que su función renal se deterioró rápidamente. De aquel inicio de la década de los 2000, la gente recuerda que venían de enterrar a uno, cuando ya había que llevar al cementerio a otra persona más.

El exalcalde Sevilla no quiere que se le hagan fotos, tampoco se baja de su carro para realizar esta entrevista en algún punto de la carretera, afuera de la ciudad. Pero expone con seguridad una cosa: «A la gente la sacaron del ingenio, porque se iba a empezar a morir y así fue».

«Nuestras casas, nuestras comarcas, nuestras ciudades como Chichigalpa, El Viejo, Posoltega, Quezalguaque, y el mismo León, todas están en medio de la caña. El entorno natural de esas poblaciones es la caña de azúcar», explica el exalcalde Sevilla.

***

NICARAGUA ES UN PAÍS QUE EL 2018 SE PARTIÓ.
Las protestas en contra de las decisiones del gobierno en cuanto a seguridad social llenaron las calles. Hubo violencia y represión. De ese acontecimiento, queda el miedo y la polarización política llevada al extremo. Desde que Daniel Ortega recuperó el poder presidencial en 2007, el gobierno oscureció toda su gestión. Y, tras la reciente jornada de protestas, la actividad gubernamental se hizo todavía más opaca. En este contexto, las instituciones gubernamentales no acostumbran a dar datos. Ocurre con las estadísticas de violencia y también con las de los hospitales. Los datos, si los hay, no son información pública.

Un estudio fechado en el 2003 incluye, para ilustrar la cantidad de diagnósticos, un mapa en el que cada punto es una persona muerta. Los puntos están concentrados en los departamentos de León, Chinandega y Managua, en el costado que este país le da al océano pacífico. La misma franja en la que también se concentran los casos de Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica. Ese estudio fue realizado por el Ministerio de Salud nicaragüense y es de los pocos documentos oficiales que se encuentran disponibles al respecto. En aquel momento, la alerta saltó porque de los 200 fallecidos por esta causa que hubo en 1990, se pasó a 500 en el 2000. «En 2004-2006 llegaron a ser más, pero no sabemos qué tantos», explica una fuente médica que prefiere el anonimato.

Los primeros afectados por la Enfermedad Renal Crónica (ERC) en Nicaragua fueron hombres, trabajadores agrícolas, con escaso acceso a agua potable. Un perfil descrito ya en varios de los estudios científicos realizados que buscan definir por qué, en esta región, la ERC no es solo consecuencia de enfermedades como la diabetes o la hipertensión (que es el comportamiento tradicional de la enfermedad), sino que afecta a gente más joven y sin padecimientos previos. Pero, sobre todo, por qué si la ERC no es una enfermedad transmisible, tiene un nicho específico en las comunidades agrícolas.

Sin distancia. Pedro está parado en la vereda que divide su casa de los cultivos. En Chichigalpa, es imposible segregar las zonas residenciales.

A Juan de Dios Guzmán, esta calurosa mañana de febrero de 2020, no le alcanzan las manos, ni la memoria, para hacer una lista de a cuánta gente de la Candelaria ha visto morir por esta enfermedad. Prefiere resumir: «Aquí todos estamos con la creatinina«, así se le conoce a la ERC. Está reunido con otros vecinos en el patio de su casa, una superficie de tierra y algunas piedras en donde, a base de plásticos y palos torcidos, ha hecho una especie de terraza muy precaria. Juan está sin camisa, el calor, el viento y el polvo casi no dejan ni hablar. En los brazos se le ven las marcas de la hemodiálisis. Son unas venas abultadas como pelotas.

Juan fue pailero. Juan está enfermo desde 2002. Juan asegura que enfermó por trabajar en el ingenio y por vivir en esta zona. Juan tiene hijos. Los hijos de Juan son paileros. Dos de los hijos de Juan tienen Enfermedad Renal Crónica. «Es que aquí no tenemos para dónde agarrar, si no es ahí, no hay trabajo», cuenta mientras encoge los hombros. Este ciclo es el mismo en la mayoría de casas de La Candelaria. Las mujeres de la casa no es que no estén enfermas. No se sabe, porque nunca se han hecho una prueba. No cuentan con seguro médico.

Comunidad. La Candelaria es el asentamiento creado para las personas que fueron trasladas desde los terrenos del Ingenio San Antonio. Aquí, Juan de Dios toma el bus que lo lleva a recibir tratamiento por Enfermedad Renal Crónica en León.

«Es una tragedia», describe uno de los médicos citados por investigadores de la Universidad de Boston en un informe independiente publicado en 2011. Uno de los médicos estima que el número de casos se incrementa en un 10-15% cada año, y un farmacéutico sugiere que los casos aumentan de forma exponencial: «Hace como cinco años que han empezado a caer como moscas, casi a diario aparece una persona muerta, o grave con esa enfermedad». Este documento recoge las impresiones de médicos y farmacéuticos que están en la primera línea de batalla de los diagnósticos y de los tratamientos.

En 2019, un grupo de 17 científicos de diferentes países publicó otro estudio en el que analizaron, durante un año, los casos de 34 pacientes de El Salvador, Sri Lanka, India y Francia. Los profesionales encontraron en común unas «lesiones lisosómicas de células de túbulos proximales asociadas con diversos grados de atrofia epitelial y desprendimiento de fragmentos celulares presentes en el 81.3% de las muestras de biopsia renal de pacientes».

Carlos Orantes, nefrólogo salvadoreño y uno de los 17 investigadores de este estudio señala: «La persona que padece este tipo particular de ERC tiene como elemento de desarrollo tres características: pobreza, contaminación ambiental y condiciones laborales insalubres». Este documento relaciona la exposición a agroquímicos con la propensión a el deterioro renal. «Es muy importante la procedencia geográfica o residencial en esto; dónde vives, a qué te dedicas, dónde creciste, cómo te desarrollaste son las determinantes sociales de esta enfermedad», agrega desde la sede del Ministerio de Salud en San Salvador, capital de El Salvador.

Zona productiva. El municipio de Chichigalpa, en Chinandega, en la costa del Pacífico de Nicaragua, es una zona de alta producción agrícola.

En el documento, publicado en revistas científicas, se profundiza más en el perfil de los pacientes: «Son hombres jóvenes, principalmente trabajadores agrícolas, con determinantes socioeconómicas y ocupacionales comunes que incluyen un clima tropical cálido, pobreza y exposición a sustancias potencialmente tóxicas, principalmente agroquímicos a través de la ingestión de alimentos contaminados, por beber agua de pozos contaminados poco profundos, inhalación y contacto directo con la piel. Se ha hallado entre personas menos expuestas, incluidos trabajadores no agrícolas, mujeres y niños que viven en el mismo ambiente».

La ERC de causas no tradicionales está sembrada en las comunidades agrícolas, y, al margen de que lo que la provoca aún no esté determinado, el componente geográfico es inocultable.

Juan está enfermo desde 2002. Juan asegura que enfermó por trabajar en el ingenio y por vivir en esta zona. Juan tiene hijos. Los hijos de Juan son paileros. Dos de los hijos de Juan tienen Enfermedad Renal Crónica. «Es que, aquí, no tenemos para dónde agarrar, si no es ahí, no hay trabajo», cuenta mientras encoge los hombros. Este ciclo es el mismo en la mayoría de casas de La Candelaria.

***

La Candelaria es una nube de polvo color café claro. En medio, están las casas precarias en donde es imposible que haya limpieza. La fina tierra se cuela por todos lados. Y el calor intenso obliga a salir, a descamisarse, a crear sombras con plásticos para poder estar.

Así está Juan de Dios, cuando recibe la visita de Jorge Romero. La ERC, como el polvo, se mete en toda conversación.

—Los sacaron por compromiso, para no tener problemas, pero sabían que toda esa gente venía pegada con creatinina-, cuenta Romero, que tiene 65 años, trabajó 14 zafras en el ingenio, también vive aquí cerca y también tiene daño en los riñones, pero aún no necesita la terapia de sustitución, esa en la que una máquina hace la función que los riñones pierden.

—Nosotros tenemos 20 años sin respuesta por la mentada creatinina-, apunta Juan de Dios.

Entre vecinos. Pedro es una de las personas que vive en La Isla y que comparte espacio con macrocultivos, en este caso, caña de azúcar.

La Candelaria es el punto de partida de buses, llenos a tope de gente, que salen hacia el hospital de León todos los días. La gente va por turnos, porque cada uno debe, al menos dos veces por semana, someterse al único tratamiento que funcionó entre la gente de Nicaragua: la Hemodiálisis. La otra alternativa, la diálisis peritonial no se hizo masiva, ya que es domiciliar y requiere de condiciones de vivienda e higiene básicas que, en este asentamiento, no se cumplen.

En La Candelaria hay electricidad, pero no hay alcantarillados. Tal y como lo describió el exalcalde Sevilla, las letrinas están pegadas unas con otras. Y así, también, está la gente que vive con ERC.

Juan de Dios es uno de los usuarios de estos buses que son un servicio que presta la alcaldía de Chichigalpa. Son tantos, que Juan pertenece al tercer grupo y, todavía después, hay uno más. Cada día, cuatro buses con entre 60 y 80 personas salen de La Candelaria rumbo a León, esa ciudad blanca y turística, pero ellos poco ven, van directo al hospital.

No son solo ellos. Aquí, en Chichigalpa, también hay gente que recibe el tratamiento en Chinandega o en Managua, la capital. Son varios ejércitos de gente con los riñones marchitos. «Y esos son los enfermos, pero vivos. De los paileros viejos ya no queda casi nadie», cuenta Jorge mirando al suelo. Juan de Dios asiente.

Nicaragua ha sido siempre agrícola. Cuando no era la caña de azúcar, era el algodón. Y, específicamente, estas tierras costeras del Pacífico han estado siempre sembradas, siempre en cosecha, siempre ocupadas. Solo la industria azucarera celebró ya su centésimo aniversario. La gente trabaja aquí y, para vivir, le ha ido peleando espacio a los cultivos.

«Nuestras casas, nuestras comarcas, nuestras ciudades como Chichigalpa, El Viejo, Posoltega, Quezalguaque, y el mismo León, todas están en medio de la caña. El entorno natural de esas poblaciones es la caña de azúcar», explica el exalcalde Sevilla. En lugares como estos, en especial en Chichigalpa, separar las zonas residenciales de las agroindustriales es, prácticamente, imposible. «Las casas están en medio de la caña», dice Sevilla. No exagera.

La Candelaria es el asentamiento de donde más salen enfermos a recibir tratamiento. Hay otra población de donde han salido los muertos. Recibió atención mediática por ello. Se llama La Isla, pero en los periódicos de varias partes del mundo, desde hace unos cinco años, se le conoce como La Isla de las Viudas. Así sucede en los países de esta región, la atención llega con la muerte, no con las injusticias sociales sostenidas, como el acceso a vivienda sin riesgo.

Pedro Amador lleva sucia la venda que cubre el catéter. Se le sale de la camiseta cuando extiende los brazos, como ahora que intenta hacer un listado de sus vecinos de La Isla que han muerto: «No termino ahorita. Solo aquí, al otro lado, se fueron tres casi al mismo tiempo». Con otros de sus familiares presentes en esta casa, arma una lista en menos de dos minutos: «Tino Calderón, Pedro Calderón, Felipe Calderón, ellos eran hermanos; Julio Altamirano, el otro Julio, Salomón, Chepe Luis, Tomás Calderón, Aurelio, Virgilio…». Ellos son solo los que han muerto en los últimos años.

La Isla es una comunidad añadida a un cañal. La casa de Pedro está frente a una extensión enorme de caña recién sembrada. Los divide, tan solo, una vereda de tierra. La caña tiene sus propias rutinas. Se siembra, se abona, se le aplica un agroquímico que sirve para madurar. Aquí no hay muros ni ningún tipo de frontera. El madurante llega a los árboles de mango, coco y aguacate de la casa de Pedro y, cuando eso pasa, pudre la fruta. Después, llega la quema, necesaria para vencer la textura resistente de la caña para, luego, poder cortarla. En esta etapa, Pedro, su familia, la vecindad, el municipio, toda la costa, respiran humo.

Pedro Amador dejó de trabajar en el ingenio San Antonio en el año 2001, cuando en la misma empresa se le diagnosticó el daño renal. Desde el 23 de mayo de 2019, su cuadro se complicó y comenzó a formar parte de las decenas de hombres que, en La Isla, viven con un catéter en el cuello que les sirve para conectarlos a una máquina que cumple con la función que sus riñones ya no pueden ejecutar.

Hoy, cuando nos vio a dos mujeres llegar, Pedro se alegró. Pensó que éramos representantes de la asociación a la que solicitó un préstamo para comprar las láminas y arreglar su casa. Y no, solo somos dos periodistas a las que él les cuenta cómo es vivir y morir entre cultivos.

Acceso a agua. La esposa de Pedro recoge agua del pozo. Las familias de La Isla se abastecen por este medio. No tienen acceso a controles sobre la calidad del líquido que utilizan.

Pedro quiere mostrar la parte del techo de su casa que está dañada. Hace cuentas, son 22 hojas de lámina las que necesita para sustituir todo y que le quede una hoja para dejar un alero. Las láminas -que por el momento están sostenidas en cuatro paredes y cubren el sueño de él, su esposa, hijo, hija y nieto- están corrídas, rotas. No sirven. Pero, de poder quitarlas, Pedro no las botaría. Planea usarlas para cubrir la cocina, que está afuera. Porque, adentro, solo caben camas, refrigeradora, una mesa, un biombo y un par de muebles para colocar la ropa.

Pedro necesita, también, algunos ladrillos de cemento. Hace cuentas, suma, multiplica y, al final, divide la cantidad de dinero que quiere pedir prestada entre todos los meses en los que podría pagar. No ajusta. Cuando habla de remodelar su casa, el rostro de le cubre de ilusión y frustración. «No le digo cuánto vale cada lámina, porque no la he cotizado. Me da miedo ir a preguntar, no tengo valor de ir», cuenta una mañana de febrero, cuando lleva puesta una camiseta blanca con un corazón rojo.

Aunque quiere creer que le pueden prestar los 20,000 córdobas que le hacen falta para que en la siguiente lluvia no se le moje todo, o para que el madurante que se riega sobre la caña no se le impregne en cada una de sus pertenencias, reconoce que vive de una pensión de 4,600 córdobas. Pedro habla con mucho pudor de estas cifras. Al hacer el cambio a dólar, se trata de $585 de un préstamo que quiere pagar con una pensión de $134 mensuales.

Él calcula que podría pagar una cuota de 1,600 al mes. Son unos $46. Y esto significaría apretarse a tope el cinturón y mantener a su familia con $88 al mes. A la gente con enfermedad renal se le alarga la vida con el tratamiento. Pero no se le resuelven todas las otras necesidades básicas, como un techo seguro.

Pedro quiere mostrar la parte del techo de su casa que está dañada. Hace cuentas, son 22 hojas de lámina las que necesita para sustituir todo y que le quede una hoja para dejar un alero. Las láminas -que por el momento están sostenidas en cuatro paredes y cubre el sueño de él, su esposa, hijo, hija y nieto- están corrídas, rotas. No sirven.

***

En la Isla, mientras Pedro ha estado hablando, su esposa se la ha pasado preparando un perol de sopa. La va a vender. Ya cortó la verdura y puso a hervir la carne. Pero lo que más ha hecho es sacar agua del pozo. Esta es la forma de abastecimiento que hay aquí en la mayoría de casas. Este es un pozo apenas cubierto y no se le hacen pruebas para encontrar químicos dañinos al ser humano. Alguna vez hubo un intento por introducir el servicio de agua potable por cañería, pero la institución que dirigía el proyecto ni siquiera pudo ofrecer un servicio sin interrupciones largas. La gente, como Pedro, prefirió seguir con su pozo.

En La Candelaria, cuando Juan de Dios y Jorge hablan, la esposa de Juan lava la ropa. Acá sí hay servicio de agua por tubería. Pero tampoco se le hacen controles de forma sistemática. Y, si se hacen, los resultados de esos controles, no se hacen públicos. La gente no sabe con qué lava, cn qué se baña, con qué cocina o qué bebe.

La cara de esta enfermedad son los hombres agricultores. Pero es un rostro hecho con base en datos incompletos. Un médico nefrólogo que trabaja de cerca con ellos desde hace décadas explica: «Llegan más pacientes hombres, porque entre los asegurados hay más hombres. Esa estadística da un valor ficticio, no uno real».

Contar con tratamiento. El sistema sanitario de Nicaragua ha fortalecido la red de tratamiento por la Enfermedad Renal Crónica.

Con el estallido de la crisis por Enfermedad Renal Crónica a inicios de los 2000, también se promovieron cambios en la seguridad social. «En ese tiempo la gente murió en sus casas; era horrible verlos con las bocas secas, entre fiebres altas, decían que se quemaban y que tenían como arena en la garganta. Fallecían frente a sus seres queridos, en el mismo cuarto y en el mismo catre donde dormían», recuerda el exalcalde Sevilla.

Entonces, la ley exigía 750 semanas de trabajo para poder tener derecho a pensión por vejez reducida. La ley se reformó en 2013 y luego en 2015. Ahora exige 250 semanas para poder tener una pensión de 1,910 córdobas ($55) a personas que no alcanzan los 60 años de edad que exige el retiro. Con esto, la cobertura de seguro médico se extendió y más trabajadores pudieron alargar sus vidas gracias a los tratamientos. Pero no se frenó la aparición de casos.

El ingenio San Antonio mantiene estrictas medidas de seguridad, de acuerdo con quienes han laborado ahí. Entre ellas, están los prediagnósticos, la prohibición de trabajar en la empresa si se tiene daño renal, descansos programados, y la indicación de solo beber agua de la que hay adentro de las instalaciones, los empleados no pueden llevar líquido de afuera. A los representantes del ingenio San Antonio se les solicitó entrevista, pero no fue programada, hasta el cierre de esta nota.

Entre Pedro y Juan hay una característica en común. Hablan a corto plazo. Cada vez que se figuran el futuro de esposa e hijos, lo hacen desde su propia ausencia. Juan solo quiere que sus hijos, ya enfermos, reciban una mejor asistencia sanitaria que él. Y Pedro quiere apurarse a heredar una casa con el techo en mejores condiciones, sin hoyos, pues. Es lo que queda.

Glenda Girón es becaria 2019-2020 de Bertha Foundation.

 


Generic placeholder image
Séptimo Sentido

Séptimo Sentido les invita a que nos hagan llegar sus opiniones, críticas o sugerencias sobre cualquiera de los temas de la revista. Una selección de correos se publicará cada semana. Las cartas, en las que deberá constar quien es el autor, podrán ser editadas o abreviadas por razones de espacio o claridad.

[email protected]

Encuéntranos en Facebook (Revista 7S) y Twitter (@revista7S)

MIEMBRO DE GRUPO DE DIARIOS AMÉRICA

© 2020 Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica. Diseño de Hashtag. | Programación y mantenimiento Diseño Web LPG