Al menos 18 personas han acudido a instancias legales para declararse víctimas. Iniciaron procesos para intentar acabar con la impunidad de un hombre que, afirman, los torturó. Estos son los testimonios de Rosa María García, José María «Chato» Galante y Luis Suárez-Carreño.

Torturador por vocación: hablan las víctimas de expolicía franquista español

Un reportaje de EFE

Fotografías de EFE

Agresiones. Los testimonios de las víctimas de este torturador están llenos de golpes, pero también de un maltrato emocional intenso.

La tortura no era un mecanismo para hacer méritos sino un «placer» tangible ejecutado con un mimo «vocacional» por un policía del régimen franquista (1939-1975) que se valió de amenazas, humillaciones, golpes y terror para labrarse uno de los perfiles más negros de España. Así le recuerdan sus víctimas. Es «Billy el Niño».

Tres de los torturados por Antonio González Pacheco, «Billy el Niño», narraron a Efe su paso a principios de los años setenta por la extinta Dirección General de Seguridad (DGS) en la madrileña Puerta del Sol, rehabilitada como sede del gobierno regional de Madrid, pero en cuyas entrañas aún se conserva un aroma de tiempos pretéritos, del que ninguno de los protagonistas se puede descolgar.

Rosa María García, José María «Chato» Galante y Luis Suárez-Carreño son tres de las 18 víctimas –habrá más en septiembre– que recurrieron a la Justicia con la esperanza de agotar la «impunidad» –término utilizado por la Audiencia de Madrid– de un personaje que esquiva a jueces y fiscales españoles al no prosperar ninguna de las querellas por torturas en un contexto de lesa humanidad.

Luis fue el pionero. Tras un primer paso que define de «benigno» por la DGS en 1970, fue detenido tres años después en su casa ante la presencia de González Pacheco que, junto con sus compañeros, ya le iba «preparando» para lo que le esperaba. Eran los prolegómenos, un estadio previo por el que pasaron los tres protagonistas de esta historia, extensible al resto de las víctimas.

Generalmente arrestaban de noche, en plena calle o derribando la puerta de casa. No informaban jamás de los cargos ni tampoco del paradero del detenido. Su estatus para el mundo exterior era el de desaparecido.

«Mi padre iba a preguntar a la DGS y le decían que allí no estaba. Y estaba», cuenta Rosa. Pasaban días sin saber de ellos. Veintidós «Chato» entre sus cuatro detenciones, seis Rosa y seis Luis. Ni familia ni abogados. Una vez en sus manos, «eras suyo».

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EL ENCUENTRO CON «BILLY»

González Pacheco no siempre esperaba en la DGS, iba a buscarlos a sus casas. «Cuando entró por la puerta, ya sabía lo que iba a pasar», cuenta «Chato». Ni él ni los demás lo conocían, pero sí sus hazañas. «Le gustaba que se conocieran sus méritos», dice Rosa.

Precisamente de ahí procede su apodo, de su afición a pasearse por la universidad enseñando su pistola. «Chato» relata que «una de sus gracias era apuntarte con ella y disparar con el cargador vacío». Era, como ellos le definen, «un exhibicionista». De ahí que aunque físicamente no le conocieras, su hoja de servicios era su mejor carta de presentación. «Ya sabes quién soy», solía decir.

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LAS TORTURAS

Accedían a la DGS por una calle lateral de la Puerta del Sol y allí todo podía pasar. Tras ficharlos, los subían a los despachos donde «Billy» se presentaba a base de bofetadas, puñetazos, insultos, amenazas, gritos y humillaciones. Aquello era «una barra libre».

Su antología de la tortura pasaba por golpear las plantas de los pies, esposar a los radiadores y a la puerta, desnudarte, abrigarte mucho cuando hacía calor o colgarte de las manos, como le sucedió a «Chato». «Se dedicaba a darme patadas de kárate dando grititos a lo Bruce Lee. Pensé: esto es un esperpento».

«Te dabas cuenta de que eras un pedazo de carne en manos de unos tipos cuyo único objetivo era darte el máximo posible para sacarte la máxima información y marcarse un éxito policial», afirma Luis.

Esa sensación, «Chato» la experimentó cuatro veces por sus cuatro detenciones. «La primera es un shock muy fuerte, pero la segunda ya sabes todo lo que te espera, haces el recorrido, sabes cuándo las cosas se van a poner duras…». Lo peor ocurría en el último piso.

Había una variable sentimental que complicaba aún más las cosas, porque a Luis y a Rosa los arrestaron con sus respectivas parejas. Al marido de ella, «Billy el Niño» le llegó a mostrar cómo le pegaban. Y a Luis le decía: «Fíjate lo que le estamos haciendo».

Él ha borrado las torturas de su mente, pero no así la angustia que le producían los gritos de Merche, su pareja, llamándole en los calabozos. «Aquello fue otra tortura adicional para mí».

Su plan no era otro que «romperte y desarmarte psicológicamente para que cantaras (confesaras). Que te vieras en una situación tan agobiante y te desesperaras. Es el método de la tortura, no lo ha inventado él».

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UN PERFIL VOCACIONAL

Pero sí «lo disfrutaba», porque tenía mucho afán de protagonismo, era un tipo «entregado» a su trabajo. Los detenidos no paraban de recibir golpes, «Billy» de darlos. No descansaba. Hacía «horas extra en la DGS».

Sus víctimas trazan un perfil de «un torturador compulsivo, ambicioso, sádico y morboso» que «planteaba cosas siniestras y enfermizas»; un policía «sin ningún escrúpulo y psicológicamente insano».

Pero ante todo subrayan un aspecto: el placer. «Billy» torturaba «con bastante placer» y lo obtenía «produciendo ese daño, lo que dejaba ver que había una cosa muy vocacional en ello».

Lo que él decía, se hacía. Sus policías le tenían consideración, respeto y miedo por igual. Era el más mediático, pero no el único.

Porque las tres víctimas coinciden en que al torturar, torturaban todos. Luis lo resume así: «Los otros policías iban allí a darte de hostias a ver si te rompían moralmente, pero él tenía este otro componente, una parte perversa». Lo que ocurría, precisa «Chato», es que en «la policía política del régimen franquista se encargaba de que torturaran todos», para que así «nadie pudiera acusar a otro».

“Chato” no da crédito. “El que me torturó es un ciudadano ejemplar que cobra un 50 % más de su jubilación en función del trabajo que hizo, ¡que consistió en torturarme a mí!” A sus víctimas no les basta con una declaración del Congreso, una comisión de la verdad o una investigación que no culmine en un juicio para reparar el daño.

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MORIR O SUICIDARSE

En ocasiones era la idea que les pasaba por la cabeza. ¿Me matarán o mejor me mato yo? Luis narra que en esa eternidad en la DGS «llega un momento en que incluso quieres desfallecer, morirte, lo que sea». En su caso tuvo varias tentaciones de autolesionarse.

«Recuerdo mirar el pico de la mesa metálico y del radiador y decir: como esto siga así voy a tener que estrellarme contra ahí y eso va a ser lo mejor que me va a pasar. O la próxima vez a ver si me coloco bien, me tiro y consigo abrirme la cabeza».

«Chato» vio el final. Ocurrió en su tercera detención. Había perdido la noción del tiempo y el espacio. Llevaba 14 días detenido. «Hubo un momento que pensé que me podían matar». Fue cuando hablaron de darle un paseo.

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LOS PASEOS

Era la palabra más temida por los detenidos. Un punto y final. Un juego semántico para terminar con tu vida. Te llevaban a un parque y te pegaban dos tiros. «Chato» tiene clavado en la memoria cuando escuchó: «A este lo que hay que darle es un paseo y ya, y listo».

A Rosa la subieron en un coche con Pacheco para que fuera a identificar «un piso franco». «Me fueron amenazando con llevarme a la Casa de Campo y hacerme desaparecer», cuenta. Y cuando lo hace aún se le entrecorta la voz. Ella no solo responsabiliza a «Billy».

«Se habla de los torturadores, pero no se habla de los que colaboraban»; y cita como ejemplo a los médicos de la DGS que no daban parte de las lesiones, o a los jueces de los Tribunales de Orden Público, garantes de la represión política del régimen.

Luis y «Chato» apuntan a estos jueces para justificar el porqué no denunciaron en los ochenta. «¡Cómo íbamos a denunciar eso a los mismos jueces que nos habían llevado a esas situaciones!», exclama «Chato», quien tiene presente que «lo que pasó es que la policía política, los jueces de tribunales especiales y carceleros pasaron a la democracia sin tener que dar cuenta ninguna de sus actos».

Rosa simplemente quería pasar página. «Lo que quería era olvidarme del tema». Se fue de Madrid, dejó familia, amigos, estudios. Lo dejó todo.

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CONDECORADO TRES VECES EN DEMOCRACIA

«Eso nos ofende», dicen. Rosa no alcanza a explicar cómo «ha sido más condecorado en la democracia (a partir de 1977) que en la dictadura» –tres de sus cuatro medallas–, lo que a ojos de Luis evidencia que «ha gozado de todo tipo de beneficios en este país».

«Chato» no da crédito. «El que me torturó es un ciudadano ejemplar que cobra un 50 % más de su jubilación en función del trabajo que hizo, ¡que consistió en torturarme a mí!» A sus víctimas no les basta con una declaración del Congreso, una comisión de la verdad o una investigación que no culmine en un juicio para reparar el daño.

Tiene que ser juzgado. No les sirve de nada que Pacheco sea considerado un torturador, algo «que nadie pone en duda ya». Quieren que pague por sus delitos. Quieren una sentencia para que «Billy», de 73 años, deje de pasearse impunemente por España.

Reclaman una respuesta a la altura de la democracia, un respuesta que no llega. Y ya han pasado 44 años.

Solo el inicio. A las 18 personas que han iniciado este proceso se les podrían unir más después de septiembre.

 


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