El accidente nuclear ocurrido el 26 de abril de 1986 en Chernóbil, la central nuclear al norte de Ucrania, todavía es considerado uno de los mayores golpes que ha sufrido la humanidad. La radiactividad desprendida de una cadena de fallas hizo que personas perdieran su salud, su familia y sus vidas. La explosión esparció el equivalente a 500 bombas atómicas como la lanzada en Hiroshima en 1945.

Cinco minutos en el corazón de la catástrofe

Un reportaje de EFE

Fotografías de EFE

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Ese es el tiempo que se puede permanecer en la sala de control número 4 de Chernóbil, congelada en el tiempo desde la madrugada del 26 de abril de 1986. Fue aquí donde una cadena de errores humanos y fallos de diseño desencadenó el mayor accidente nuclear de la historia.

Es difícil sustraerse al miedo que provoca el escenario de la catástrofe, sentimiento que crece a medida que uno se despoja de sus pertenencias y se cubre con varias capas de ropa esterilizada, consulta los dos dosímetros que cuelgan del cuello y recorre pasillos kilométricos en semioscuridad hasta llegar al corazón del desastre.

La tenue iluminación de la sala no impide ver un polvo grisáceo por doquier. Parte de esa capa de polvo es aún altamente radiactiva y está mezclada con productos químicos rociados después de la avería para mitigar su peligrosidad.

Todo lo que queda son paneles incompletos, consolas vacías y cables arrancados con prisas en los días que siguieron a la explosión para minimizar los efectos de la radiación. Casi no queda ni rastro de los cientos de botones que servían para controlar el funcionamiento de la central. El único sonido que se escucha es el de los propios pasos. No hay tiempo para detenerse. Todo son prisas y nervios.

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NI UN PASO EN FALSO

Las autoridades ucranianas aseguran que la visita es segura. Insisten en que la dosis «posible» de exposición a la radiación es de un máximo de 0.1 milisieverts, una cantidad mil veces inferior a la considerada como dañina por la Comisión Internacional de Protección Radiológica.

La entrada a menores y mujeres gestantes o lactantes está prohibida y el visitante debe firmar varios formularios y aceptar una docena de estrictas normas de seguridad.

Nada más comenzar, hay que someterse a una medición de la radiación en todo el cuerpo supervisada por dos enfermeras. Un monitor cuelga del cuello durante toda la visita, al que se le añade un segundo dosímetro en las inmediaciones del reactor número 4.

Hay una decena de controles con detectores distribuidos a lo largo del recorrido. Cada detector muestra un diagrama con las áreas a escanear.

«Las mediciones cubren prácticamente todo el cuerpo, incluyendo la cara, las manos, la espalda y las piernas», explica Yulia Marusich, representante del departamento internacional de la central nuclear. Cinco segundos después, la máquina emite el veredicto: no contaminado.

La vestimenta para la visita se compone de dos juegos de pantalones, camisa, calcetines, guantes y gorro de tela, que se complementan con un casco y una mascarilla contra el polvo radiactivo.

Yulia conoce a la perfección los pasillos laberínticos de la central. Lleva 22 años recorriéndolos. Las puertas blindadas de acceso a los cuatro reactores durmientes se abren ante ella gracias a una combinación de llaves, claves de seguridad y llamadas de teléfono en circuito cerrado.

El tiempo y los movimientos en cada sala están controlados al milímetro. Un paso en falso puede implicar la interrupción de la visita. Dejar el bolso o la cámara en el suelo supone un riesgo de contaminación que, en caso de superar los límites establecidos, obligaría a un proceso de descontaminación e incluso en la destrucción de las pertenencias.

“Lo que ocurrió en este lugar supera a la ficción”, sentencia Ana Korolevska, una historiadora que lleva 28 años al frente del museo dedicado a la catástrofe, quien recuerda que durante mucho tiempo se habló de “los héroes del incendio de Chernóbil” para evitar llamarlo “accidente nuclear”.

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TENSIÓN EN EL REACTOR 3

Una vez que se deja atrás la sala de control número cuatro, la tensión no disminuye. Tampoco lo hacen las medidas de seguridad. La siguiente parada es, ni más ni menos, que el reactor número 3, donde los niveles de radiación en determinadas zonas son incluso superiores a los de la fatídica sala de control.

Los pasillos que conducen hasta él carecen de iluminación y el resto del camino se hace en la oscuridad, alumbrado tan sólo por la pantalla del teléfono móvil de la guía. «Por favor no toques nada e intenta no tropezar», insiste mientras avanzamos bajo un circuito de tuberías oxidadas.

Resultaría casi imposible hacer el camino de vuelta en solitario. La desorientación, la oscuridad y las numerosas compuertas incrementan el miedo al fantasma de la radiación.

Encontrarse cara a cara con el corazón del reactor número 3 intimida. Uno puede acercarse a tan solo unos centímetros y ver la parte superior de los cientos de columnas verticales hechas de grafito que sirvieron en su día para canalizar el combustible nuclear.

«Estás en lo alto del reactor. No se te ocurra dar un paso en falso,» advierte Yulia. A unos metros del reactor, la guía advierte que a día de hoy la radiación gamma puede alcanzar 500 milisieverts. Instintivamente, uno retrocede.

El reactor 3 fue puesto en marcha por última vez en el año 2000. La sala donde se encuentra el mosaico de láminas de grafito, con una altura de un edificio de cinco plantas, sigue severamente afectada por la radiación.

Caos. Este desastre humano desencadenó una serie de daños de los cuales todavía hay repercusiones. La radioctividad sigue presente en la planta nuclear.

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2,500 ROENTGENS POR HORA

De aquellos que estuvieron en primera línea tras el accidente sólo quedan vivos unos 1,500, según los datos del Museo Nacional de Chernóbil en Kiev.

Alexander Logachev e Iliá Susnov son dos de los más de 4,000 liquidadores que trabajaron las primeras semanas para mitigar los efectos del accidente.

Sobre las tres de la mañana del 26 de abril, una hora y media después de la explosión, Alexander recibió una llamada urgente para acudir a la central. A sus 27 años, este oficial del regimiento de defensa civil de Kiev fue la primera persona en elaborar un mapa detallando los niveles de radiación en las instalaciones.

«Durante cuatro días y sin apenas dormir realizamos el reconocimiento tanto de la central como de la ciudad vecina de Prípiat, el núcleo urbano más afectado por la radiación», relata.

El mapa muestra niveles de hasta 2,500 roentgens por hora en las salas aledañas al reactor número 4, donde se produjo la explosión.

El roentgen es una de las unidades estándar para medir la radiación, y se considera letal a partir de los 400 roentgens por hora.

«Trabajábamos incomunicados la mayor parte del tiempo, casi a ciegas. La radio deja de funcionar a partir de los 1,000 roentgens«, explica.

El mapa radioactivo fue usado por las autoridades para justificar la evacuación masiva de la zona, que tuvo lugar dos días después de las primeras mediciones.

Con 25 años, Iliá Susnov se presentó como voluntario y trabajó durante dos meses para levantar un primer muro de contención alrededor del reactor dañado. «Quise verlo con mis propios ojos. Me fascinaba la idea de ser testigo de lo que había pasado», recuerda. Cada día de los que estuvo allí recibió un nivel de radiación diez veces superior a lo permitido. Desde entonces cobra una pensión de 10 euros al mes como compensación.

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2,800 OPERARIOS ACTIVOS

Actualmente, trabajan 2,800 operarios en la central nuclear de Chernóbil. Muchos de ellos llegan cada día en tren desde Slavutich, una ciudad dormitorio construida a toda prisa para albergar a los evacuados y los involucrados en las labores de liquidación. Trabajan en un entorno de radiación ionizante que en algunas áreas supera en miles de veces las dosis permitidas.

Circulan de un extremo a otro de la central enfundados en uniformes blancos. Cada jueves revisan los protocolos de seguridad y practican simulacros de evacuación.

El día de la explosión, los cuatro reactores RBMK operativos, o reactores de condensador de alta potencia, suministraban el 10 % de la energía eléctrica de lo que hoy se conoce como Ucrania. La planta estaba destinada a ampliar su capacidad con hasta ocho reactores más y convertirse así en la instalación nuclear más potente de Europa.

La fiabilidad de este tipo de reactores para las autoridades soviéticas estaba fuera de toda duda. «Se pensaba que este tipo de reactor era tan seguro que era imposible que estallase», señala Vladímir, un ingeniero de 55 años que trabaja en la central.

La explosión esparció el equivalente a 500 bombas atómicas como la lanzada en Hiroshima en 1945, y la radiación sigue afectando a los habitantes de las zonas aledañas de Ucrania, Bielorrusia y Rusia.

El accidente causó unos daños valorados en 8,000 millones de rublos soviéticos, unos 18,000 millones de euros de hoy, según los datos de la administración de la central.

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DISTRIBUIDOR DE ELECTRICIDAD

Ya no hay reactores funcionando en la central. Los miles de trabajadores que acuden a diario a la misma se dedican a su desmantelamiento paulatino, al almacenaje de combustible radiactivo y al mantenimiento de las instalaciones. La limpieza nuclear se completará en 2065. Al día de hoy, la radiación gamma ha disminuido a la mitad desde el día del accidente.

La central no produce energía desde el año 2000, pero continúa siendo parte del sistema eléctrico de Ucrania. Desde la sala de control número 1 se gestiona la transmisión de potencia eléctrica de las otras cuatro plantas nucleares y 15 reactores del país.

Vladímir hace turnos de 12 horas en la sala de control número 1. «Muchos no lo saben, pero desde Chernóbil nos aseguramos de que la electricidad llegue a todas partes de Ucrania, hasta el consumidor», cuenta mientras observa con atención los paneles junto a sus dos compañeros de turno.

Todo es analógico en la sala, desde los botones a los paneles de control hasta los medidores y parámetros que miden el pulso a la central.

Un nuevo sarcófago de contención, una barrera física tan grande como cuatro estadios de fútbol, ha reducido 10 veces la radiación gamma alrededor de la central. Está diseñado para durar 100 años y ha costado 1.500 millones de euros.

Explosión. La explosión ocurrió el 28 de abril de 1986 en la sala de control número 4 de Chernóbil.

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TURISMO CONTRA EL MIEDO

«Lo que ocurrió en este lugar supera a la ficción», sentencia Ana Korolevska, una historiadora que lleva 28 años al frente del museo dedicado a la catástrofe, quien recuerda que durante mucho tiempo se habló de «los héroes del incendio de Chernóbil» para evitar llamarlo «accidente nuclear».

El museo expone unos 9,000 objetos de los más de 100,000 que se acumula en sus fondos. «Muestra aspectos de la tragedia silenciados por la KGB durante años», destaca la responsable.

El Gobierno ucraniano quiere revertir la imagen negativa de la central nuclear, y una de las vías para lograrlo es el turismo. Está impulsando viajes a la zona y pretende crear una especie de «corredor verde».

En realidad, el lugar nunca ha dejado de atraer a curiosos. Hace 13 años la aparición de S.T.A.L.K.E.R, un videojuego ambientado en la Zona de Exclusión que recrea las consecuencias de una segunda explosión nuclear causada por un grupo de científicos soviéticos, dio un primer empujón al turismo.

Durante el último lustro, el número de turistas se ha multiplicado por 12. Y la serie «Chernóbil«, producida por HBO, ha renovado el interés por la catástrofe.

Más de 100,000 turistas han visitado el lugar en 2019, según el organismo estatal ucraniano para la Gestión de la Zona de Exclusión, área que abarca unos 30 kilómetros alrededor de la central. La mitad son extranjeros.

«Éste es un tipo de turismo único y asumimos altos riesgos. Como negocio, tenemos que lidiar con estrictos controles de seguridad, numerosas normas y permisos», advierte Konstantin Vlasov, director de Chernobyl Exclusive Tours, una de las doce agencias turísticas acreditadas que operan en la zona de exclusión.

Junto a las visitas que se pueden efectuar ahora a sala de control número 4, la central de Chernóbil prepara ya nuevas rutas en barco y en helicóptero. Por ahora se han aprobado cinco rutas acuáticas y tres aéreas en la zona de exclusión que comenzarán a operar este año.

Mona, una estudiante eslovaca de 22 años no consigue sobreponerse de la visita. «Siento emociones muy fuertes aquí, no puedo evitarlo. Creo que todo el mundo debería ver este lugar», cuenta.

«El llanto y la risa nerviosa son reacciones comunes», remarca Yulia. «La gente perdió todo aquí: su salud, su hijos, su vida».

 


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