Moria: el horror que esconde Europa

Fotografía de EFE

Llovizna en el monte y comienza a refrescar. Cuatro personas duermen en una tienda de campaña para dos, y otras seis lo hacen en un diminuto habitáculo techado. Los primeros buscan una manta para evitar que el agua se cuele. Muchos se quejan, protestan por las condiciones. Cunde la indignación y elevan el tono. Safi, sin embargo, no.

«Nunca volveré a Somalia -asegura-. Esto es mejor que estar allí. Si puedo pasar aquí diez años, estaré bien. No quiero volver a escuchar el sonido de las balas y de los coches bomba. Quiero vivir».

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UN CÓCTEL EXPLOSIVO

Solo lleva unos días en suelo griego, pero sus ojos ya han visto lo que hay: verjas, alambradas, bolsas de basura amontonadas, peleas diarias, agresiones sexuales, intentos de suicidio y colas de tres horas para recibir un plato de comida. Bienvenido a Moria.

Ubicado en la isla de Lesbos, el campo, unas instalaciones militares preparadas para albergar a 3,000 soldados de forma temporal, acoge ya a cerca de 18,000. Está tan masificado que se extiende por dos laderas contiguas fuera del recinto. Y las llegadas no cesan.

La gravedad de la situación ha llevado al nuevo Gobierno griego, de signo conservador, a anunciar su cierre. ¿La solución? Construir varios Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE), uno de ellos en Lesbos, que sustituirán las deficientes instalaciones utilizadas ahora. El objetivo del Ejecutivo es restringir los movimientos de quienes piden asilo, que hasta hoy pueden moverse por la isla sin demasiados problemas.

«Moria está peor que nunca, vengo en shock», cuenta Philippa Kempson, quien trabaja junto a su marido Eric en la ONG británica Hope Project. Llevan más de cuatro años en Lesbos.

La llegada de refugiados marca el día a día de esta región, una pequeña isla bañada por el mar Egeo con cierto desarrollo turístico donde viven unas 80,000 personas. Cerca de 35,000 lo hacen en su capital Mytiline, con sus casitas blancas, sus bares, sus pubs de moda y su puerto náutico. Refugiados, voluntarios, locales y turistas conforman un ecosistema de contrastes. Hay tensión en el ambiente. Si el campo de Moria y sus aledaños fuera un núcleo poblacional, sería el segundo municipio más importante de una isla.

Solo en 2019 Lesbos ha recibido más de 27,000 nuevos solicitantes de asilo -en toda España, con una superficie 300 veces superior, se registraron 32,000-, según datos de la ONU, que reflejan cómo el flujo de pateras se disparó desde el verano hasta niveles que no se veían desde 2016.

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GEOPOLÍTICA COMO TRASFONDO

Safi es somalí, una minoría dentro del campo. Lo contrario que Zainab Mohammadi, de 19 años, nacida en Afganistán como el 80 % de los «vecinos» de Moria. Llegó hace once días procedente de la costa turca, en patera. Desde entonces duerme al raso junto a otros miembros de su familia, a la espera de conseguir una tienda de campaña. Unas mantas colocadas en el suelo delimitan su espacio. Están fuera del campo, en las laderas de la montaña, como otras miles de personas.

«Vinimos en un bote, fue aterrador… Tengo miedo al agua. Fueron dos horas de viaje, junto a otras 35 o 40 personas. Ahora mismo no sabemos dónde está nuestro padre, le perdimos el rastro en Turquía y no sabemos nada de él», relata.

La historia le suena. Es testigo cada noche. Se llama Edgar Garriga, tiene 29 años y es de Tarragona (España). Ingeniero informático, socorrista y patrón de barco. Colabora con la ONG Refugee Rescue, que rastrea a diario la costa en busca de pateras a las que guiar a tierra para que no encallen, como las que llevaron hasta allí a Zainab y Safi. En última instancia, se encargan de rescatar a quienes caen al agua.

No muy lejos de su cuartel general, en el norte de la isla, se encuentra el llamado «cementerio de chalecos», una suerte de vertedero con miles de estas prendas acumuladas junto a barcos y lanchas destrozados, ropas y restos. Erigido en un icono de la crisis humanitaria, incluso Google Maps señala el punto exacto donde se encuentra pese a la ausencia de indicaciones oficiales. Alejado de cualquier núcleo poblacional, solo las cabras y algún curioso transitan el lugar.

«En el mar vemos cómo guardacostas turcos entran en aguas territoriales griegas, retienen las embarcaciones de los refugiados y las devuelven a Turquía. Es un acto ilegal, pero se sienten impunes por el tratado firmado con la UE», denuncia Garriga. Aunque Safi y la mayoría de sus compañeros no sean conscientes, la geopolítica tiene mucho que ver en esta crisis. El acuerdo entre Bruselas y Ankara entró en vigor en 2016. Al país otomano llegan cientos de miles de sirios desplazados por la guerra, de acuerdo con estadísticas oficiales, pero también muchos afganos e iraquíes, entre otras nacionalidades. La UE aporta fondos a Turquía para ayudar a recibir a este contingente, a cambio de que no pase a su territorio. Las ONG coinciden al denunciar que las autoridades turcas regulan el flujo migratorio aus conveniencia, como mecanismo de presión.

«Moria está así porque es una forma de mandar un mensaje: no vengáis, permaneced lejos», lamenta la líder de otra ONG bajo condición de anonimato.

Desesperación. Los voluntarios que trabajan en Moria lo describen como un campo de concentración, como un lugar peligroso y una bomba de tiempo.

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«SIEMPRE HAY PELEAS»

«Campo de concentración», «peligroso» e «inseguro» son tres de los calificativos más repetidos por voluntarios y refugiados a la hora de definir Moria. «Siempre hay peleas. Siempre», repite como una letanía Mahmud, un niño palestino de 10 años.

Moria, controlado por las autoridades griegas y donde rara vez se permite la entrada a periodistas, tiene un perímetro delimitado por verjas y alambradas de espino. También dispone de una una prisión para los que van a ser deportados tras rechazar su petición de asilo. Pero su imagen de «fortín» se desvanece al dar la vuelta a una esquina, ya que en uno de sus lados hay varios agujeros en las vallas que dejan entrar y salir a todo aquel que quiere hacerlo sin pasar por la única puerta oficial y controlada. El trasiego por estas aberturas es constante, se produce incluso a la luz del día.

Contiguo se encuentra el llamado «olivar», una ladera donde se apiñan miles de personas. Se calcula que vive más gente fuera que dentro de las instalaciones. Las condiciones de unos y otros no difieren demasiado, salvo la existencia de partes techadas y cuartos de baño corrientes en el caso de los «afortunados» con hueco en Moria, frente a la intemperie y las duchas portátiles de quienes duermen fuera. El grado de masificación es tan elevado que, además del «olivar», hay decenas de pequeños asentamientos en las inmediaciones del recinto. Safi es solo un «inquilino» más en estos últimos.

La saturación tiene sus consecuencias en el reparto de comida, con esperas de hasta tres y cuatro horas para recibir un plato. «Cuando voy a la fila para conseguir alimento, siempre es muy larga y hay peleas porque no hay suficiente para todos. Además, la comida no es buena, hasta los médicos lo dicen (…) Vivir aquí es muy difícil», dice Ahmad Fajim, afgano de 30 años, antes de salir corriendo para llegar a tiempo de lograr una ración, algo que no siempre consigue.

“En el mar vemos cómo guardacostas turcos entran en aguas territoriales griegas, retienen las embarcaciones de los refugiados y las devuelven a Turquía. Es un acto ilegal, pero se sienten impunes por el tratado firmado con la UE», denuncia Garriga. Aunque Safi y la mayoría de sus compañeros no sean conscientes, la geopolítica tiene mucho que ver en esta crisis.

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NIÑOS QUE SE AUTOLESIONAN

Dentro del campo, la salud de Safi y del resto de refugiados está directamente en manos de ONG, que cuentan con una especie de hospital de reducido tamaño en su interior en el que decenas de personas esperan a ser atendidas. Fuera, justo enfrente, Médicos Sin Fronteras (MSF) atiende sobre todo a mujeres y niños. En los casos más graves, una ambulancia del sistema sanitario griego llega y se lleva al paciente al hospital, donde los medios son escasos y no siempre hay intérpretes.

«Hay mucha gente con ataques de pánico, la mayoría de los problemas de salud que vemos son psicológicos. El resto se solucionarían con comer y dormir bien», explica una médico británica voluntaria en el centro. «Vemos cada tarde a cuatro o cinco chicos jóvenes con cortes en los brazos, nos llega mucha gente con tendencias suicidas», apunta otra colaboradora de la misma ONG.

Lo constata el coordinador de MSF en Lesbos, Marco Sandrone: «Los números son increíblemente altos, vemos muchos casos de intentos de suicidio, incluso en nuestra clínica pediátrica, donde recibimos cada vez más niños que se quieren autolesionar». En su opinión, presentan «traumas» relacionados con lo vivido en su país de origen y durante el viaje hasta Europa, pero las condiciones de Moria y su insalubridad agravan la situación.

La falta de seguridad también se traduce en agresiones sexuales, tanto dentro como en los aledaños del campo. No hay cifras oficiales pero se trata de un secreto a voces. Tanto, que la ONG ya lo ha denunciado públicamente.

Clausura. La situación en la que viven los refugiados en Moria ha llevado al nuevo gobierno griego a anunciar el cierre de estas instalaciones.

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EL ARDUO PROCESO BUROCRÁTICO

El estatus de refugiado es una figura reconocida en el Derecho Internacional. Para recibir asilo es condición «sine qua non» estar perseguido o que la vida del solicitante corra peligro. En Lesbos, en torno al 40% de las solicitudes son rechazadas. Y el «no» significa la deportación.

El proceso para lograr el estatus de refugiado arranca nada más tocar suelo griego, pero la saturación y la burocracia hacen que el recién llegado tarde meses en recibir su tarjeta de demandante de asilo. Es el caso de Safi, quien durante ese período no recibirá la ayuda de 90 euros al mes que la UE entrega a cada uno de ellos -a través de Acnur-. Los comienzos son duros.

La clave del procedimiento es una entrevista en la que se pregunta al solicitante los motivos que le han llevado a salir de su país y se le pide documentación para comprobarlo, tras lo que cual se toma una decisión. Actualmente se están concediendo citas para esta entrevista a casi dos años vista (para 2022), según denuncian desde la ONG Legal Centre Lesvos.

Para la mayoría, el mejor escenario es lograr la condición de refugiado en un plazo de entre dos y tres años. Y después? Comienza a contar un plazo de seis meses, tras el cual se pierde el derecho de alojamiento y asignación mensual con la expectativa de que la persona encuentre trabajo y logre sus propios ingresos, algo extremadamente difícil en Grecia, con una de las tasas de paro más altas de la UE (hoy en torno al 17 %). Además, la documentación obtenida da derecho a residir en Grecia pero no a hacerlo en el resto de la UE.

«En Atenas ya se está viendo lo que provoca esta situación, con mucha gente viviendo en la calle, desesperada. Están atrapados, primero en Turquía, después en la isla de Lesbos y más tarde en Grecia (en la parte peninsular)», protesta Lorraine Leete, la responsable de Legal Centre Lesvos.

A la espera de la entrevista se encuentra Javad Emami, de 24 años, nacido en Afganistán. Pintor de profesión, colabora con una ONG como profesor de dibujo. Vive donde da clases, literalmente: cuenta con un pequeño camastro debajo de una especie de escenario que preside el espacio. El lugar está ambientado con centenares de cuadros hechos por refugiados que reflejan con crudeza la situación: barcos que encallan, verjas, cárceles, lágrimas.

Éste es su segundo intento. El primero le llevó como «ilegal» a Noruega, Alemania y Francia, entre 2015 y 2017, hasta que fue deportado a su país de origen. Ahora regresa. «Yo ya le dije a mi abogado que yo no quiero volver. Ahí no tengo nada».

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VIVIR EN LA EDAD DE PIEDRA

Safi, el somalí de 32 años que no quiere volver, era camionero en su país natal. Acaba de llegar hace cinco días a Moria y ya ha sido víctima de un robo junto a varios de sus amigos, lo que les lleva a buscar cobijo fuera del campo «oficial». Con el cielo cubierto de nubes y las gotas de lluvia comenzando a caer, reconoce que no se esperaba una situación tan dantesca. Aún así, pone al mal tiempo buena cara: «Si no hay comida, puedo ser paciente. Si no hay agua, puedo ser paciente. Si no tengo un techo, puedo ser paciente. Aunque tenga que estar al raso, con conseguir unas mantas ya está bien. Gracias a Grecia, ahora soy libre. Vivir como en la Edad de Piedra no es el problema». Y suelta una carcajada.

Respuesta. El gobierno griego espera aplacar la scríticas con al construcción de varios Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE), uno de ellos en Lesbos.

La naturaleza, una gran farmacia cargada de remedios

Fotografía de EFE

Jabier Herreros Lamas es un apasionado de las plantas medicinales en las que lleva investigando más de treinta años para lograr su objetivo, la consecución de una vida saludable para los seres humanos y la naturaleza.

La finca Azaroa, ubicada en el Valle de Lecrín, en Granada (Andalucía, España), constituye la base de su gran proyecto hecho realidad y donde desde hace 15 años el ingeniero agrícola experimenta con las plantas para «obtener resultados en el organismo a niveles físicos, cognitivos y emocionales».

En Azaroa, explica Herreros Lamas, «he podido cultivar, investigar y divulgar los beneficios del uso de las plantas medicinales y de la relación y contacto con la naturaleza para nuestro organismo. Ahora este proyecto ha llegado a su fin y sigo en el mundo de los cuidados, ya no sólo de las plantas sino, sobre todo, de las personas».

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ALEJARNOS DE LA NATURALEZA

Para el técnico agrícola esta labor «quizás tenga un poco que ver con eso que se llama biofilia. Esto no es otra cosa que el amor por la vida y el mundo vivo. Tenemos una necesidad innata, debido a que hemos evolucionado conjuntamente con la naturaleza, de contactar con ella. Nos sentimos bien, en situaciones normales (no de peligro) inmersos en ella».

«En la actualidad el problema es que parece que no necesitamos la naturaleza para sobrevivir o eso es lo que parece que creemos con nuestro comportamiento».

En los planes de diseño urbanístico de las ciudades superpobladas, la naturaleza no ha sido incluida, sino que, al contrario, mantiene Herreros, ha supuesto un obstáculo para ellas.

Sin embargo, piensa que es más bien la implantación de un modelo del pensamiento del ser humano que se ha extendido, que es la ambición de querer ser urbano y considera que también se ha propagado por el mundo rural, «donde la batalla contra la naturaleza no lo es menos que en la ciudad».

Herreros Lamas indica que “la terapia hortícola es una herramienta sociosanitaria que propone que, mediante el trabajo en un huerto o en un jardín en contacto con el aire libre podemos, no solamente trabajar en el desarrollo y estimulación de nuestros sentidos, sino lograr unos efectos muy positivos en el tratamiento para la mejora de enfermedades a nivel psicomotriz, a nivel cognitivo y a nivel emocional”.

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EFECTOS DEL ALEJAMIENTO

«Desde mi punto de vista, estamos condicionados genéticamente para vivir con la naturaleza. Nuestros ritmos respiratorios, cardíacos y de actividad están también muy condicionados por sus propios ritmos estacionales, electromagnéticos y cósmicos. Nuestro estilo de vida nos impone reglas nuevas que entran en desfase con estos ritmos», indica. Y subraya que el estrés crónico es uno de los más graves efectos al que debemos hacer frente.

Herreros Lamas argumenta que «la terapia hortícola es una herramienta sociosanitaria que propone que, mediante el trabajo en un huerto o en un jardín, en contacto con el aire libre, podemos trabajar en el desarrollo y estimulación de nuestros sentidos y lograr unos efectos muy positivos en el tratamiento para la mejora de enfermedades a nivel psicomotriz, a nivel cognitivo y a nivel emocional».

Mediante la realización de actividades orientadas y centradas para diversas problemáticas, según el experto, podemos conseguir una reducción significativa del dolor, de la ansiedad, de la fatiga física y mental, de la frecuencia cardíaca y respiratoria, así como la recuperación de habilidades físicas, emocionales y cognitivas.

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¿QUÉ ES UN BAÑO DE BOSQUE?

Herreros Lamas explica en qué consiste el baño de bosque del que habla en sus libros: «Si en la terapia hortícola la acción es la del hacer (sembrar, plantar, regar, recolectar,…), en el baño de bosque la acción es la «no acción». Un baño de bosque es un paseo tranquilo por un bosque en el que nos marcamos como uno de nuestros objetivos centrarnos en el momento que estamos viviendo».

«Observamos, no analizamos, no buscamos causas, miramos desde dentro, no desde fuera, nos concentramos en lo que vemos, en lo que tocamos, en los que oímos, en lo que probamos o en lo que olemos. Precisamente uno de los responsables de los efectos que produce en nosotros un baño de bosque se centra en la acción de las fitoncidas o esencias de los árboles», mantiene el ingeniero agrícola.

Fotografía de EFE

Para Herrero Lamas, estas esencias son fundamentalmente terpenos como el limoneno (con acción antioxidante y estimuladora del sistema inmunológico) o el beta pineno (con acción broncodilatadora, antiinflamatoria o fortalecedora de la memoria). Estas esencias se concentran también en el resto de la vegetación del bosque y en sus rocas.

Según el especialista, «cuando llueve, las esencias se dispersan de un modo especial. La tierra, debido a la presencia de unas bacterias que fortalecen nuestro sistema inmunológico, las Mycobacterium vaccae, también desprenden sus esencias. Cuando paseamos por un bosque ingerimos bacterias, fortalecemos nuestra flora intestinal y gracias a ellas mejoramos nuestro sistema defensivo y segregamos serotonina, la hormona de la felicidad».

«Sería fabuloso contar con un sistema de salud que pensara en huertos, jardines, bosques y granjas como partes de un sistema sanitario que orientara hacia ellos prescripciones médicas y tratamiento para múltiples afecciones. No digo que sea una panacea y que con esto solucionamos todo el problema. De lo que sí estoy seguro es de que, al menos, se conseguiría reducir de forma importante la cantidad de medicación con la que nos alimentamos diariamente», concluye Jabier Herreros Lamas.

Condenados al racismo perpetuo en Brasil

Fotografía de EFE

Un cementerio de esclavos enterrados bajo un puñado de piedras sin nombre ni fecha, en la espesura de la mata atlántica, muestra los primeros vestigios de un racismo ignorado que aún mata y segrega en Brasil.

La población negra, mayoritaria (56 % de 210 millones de habitantes), es la más golpeada por el desempleo, la que más muere en operaciones policiales y la menos representada en las esferas de poder.

El mayor país latinoamericano se formó por sucesivas oleadas de migrantes europeos y asiáticos, los esclavos venidos de frica y las etnias indígenas, pero la integración nunca funcionó en el último país de América en abolir la esclavitud (1888).

Hoy, en pleno Gobierno de la ultraderecha, el presidente Jair Bolsonaro afirma que el racismo es una cosa poco frecuente en Brasil, pero las estadísticas dicen lo contrario: el 73 % de los 52.5 millones de pobres que había el año pasado eran negros, según datos del propio Ejecutivo.

RACISMO QUE MATA Y TORTURA

Fabio Pereira Campos recuerda el día en el que cuatro jóvenes negros, como él, fueron abatidos por la Policía en la calle de atrás de su casa, en la humilde barriada de Americanópolis, en la zona sur de Sao Paulo.

También cuando dos presuntos traficantes asesinaron a balazos a un amigo suyo, negro también, que se disponía a celebrar su dieciocho cumpleaños. «Nos pidieron que nos levantáramos las camisetas, dijimos que no teníamos nada y ahí ellos simplemente descargaron las cuatro pistolas que llevaban en la cara del chico», relata.

Hoy, con 41 años, Fabio es uno de los pocos de su pandilla que no está muerto o en la cárcel.

En la periferia de Sao Paulo, de mayoría negra, frente a pudientes barrios como Pinheiros, de amplia mayoría blanca, escasean las oportunidades para escapar de la espiral de violencia, drogas y pobreza.

La Policía actúa en estas regiones con extrema dureza. A inicios de diciembre, en Paraisópolis, la segunda mayor favela de Sao Paulo, una incursión de un grupo de agentes terminó en tragedia.

En plena madrugada, unos 5,000 jóvenes disfrutaban de una fiesta de funk -un estilo de música que mezcla el rap y la música electrónica muy popular en estas barriadas-, cuando la patrulla irrumpió con bombas de gas lacrimógeno y balas de perdigones. Aseguraron que buscaban a dos sospechosos que se habían escondido entre la multitud.

La acción provocó una estampida que dejó nueve jóvenes muertos, cuatro de ellos menores de edad. La mayoría de las víctimas eran negras.

Según el Atlas de la Violencia de 2019, un informe elaborado a partir de datos oficiales, el 75.5 % de las víctimas de los homicidios registrados en 2017 (65,602) fueron personas negras. La tasa de homicidios por cada 100,000 negros fue de 43.1, casi el triple que la registrada entre la población blanca (16).

Fabio, hoy estudiante de Trabajo Social en la universidad y miembro de la Asociación de Amigos y Familiares de Presos (Amparar), es uno de los muchos que aseguran que existe un genocidio contra ellos.

Él también fue víctima de esa marginación en la que se mezcla color de la piel, pobreza, narcotráfico, corrupción y una educación extremadamente precaria.

Empezó a usar drogas cuando tenía tan solo 14 años y no paró hasta los 31: La calle es más atractiva para un chaval de suburbio que no tiene otras perspectivas.

En 2004, veinte gramos de crack le costaron una condena de cuatro años de cárcel, tres en régimen cerrado y uno en la condicional.

Los negros también son mayoría en las cárceles brasileñas, representan el 61.6 % de la vasta población carcelaria del país, que es de unas 812,000 personas, la tercera mayor del mundo.

Cuando salió de prisión, volvió a Americanópolis y al mundo de las drogas.

Tras casi morir de sobredosis y vivir bajo la amenaza de unos policías que le extorsionaban para evitar un nuevo arresto, Fabio, el menor de seis hermanos, es la excepción que confirma la regla. Rehizo su vida y estudió en la universidad.

El racismo volvió a sacudir Americanópolis en julio de este año, cuando un adolescente negro de 17 años fue torturado durante cerca de 40 minutos por dos agentes de seguridad privados en el interior de un supermercado de la red Ricoy, tras robar unas chocolatinas. Las imágenes, grabadas por uno de los agentes y que circularon por las redes sociales, conmocionaron al país. En ellas se ve al joven desnudo, amordazado y recibiendo latigazos con unos cables eléctricos.

El racismo volvió a sacudir Americanópolis en julio de este año, cuando un adolescente negro de 17 años fue torturado durante cerca de 40 minutos por dos agentes de seguridad privados en el interior de un supermercado de la red Ricoy, tras robar unas chocolatinas. Las imágenes, grabadas por uno de los agentes y que circularon por las redes sociales, conmocionaron al país. En ellas se ve al joven desnudo, amordazado y recibiendo latigazos con unos cables eléctricos.

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LA HUELLA DE LA ESCLAVITUD

Se estima que Brasil recibió cerca de cinco millones de cautivos africanos de los 12.5 millones que embarcaron rumbo a América a lo largo de más de tres siglos.

Los que llegaban vivos eran subastados o enviados directamente a su nuevo dueño.

Algunos lograron huir y fundaron sus propios asentamientos, hoy conocidos como quilombos, lugares de resistencia. Ivaporunduva es el más antiguo de la región del Vale do Ribeira, en el estado de Sao Paulo. Data del siglo XVI y en este viven unas 110 familias, rodeadas de una explosión de verde y varios ríos que dificultan el acceso a ellos.

Viven de la pesca y los cultivos de arroz, frijol, maíz, caña de azúcar y banana, el principal motor económico de la zona. Para los ciclos de la cosecha se guían por las fases de la Luna, una de sus muchas tradiciones centenarias.

La Iglesia, centro de esta comunidad, fue construida en el siglo XVII por los propios esclavos, obligados a convertirse a la fe católica.

Cuando sus descendientes necesitan recargar energías realizan la ruta del oro, un camino repleto de ríos, puentes hechos con troncos y enormes árboles de palmito, hasta llegar al cementerio de sus ancestros, donde se erigen montículos de piedra a modo de lápidas.

Mi sangre también está ahí derramada, dice Vandir Rodrigues, de 69 años.

Ahí, en medio del bosque atlántico, están enterrados decenas de esclavos, algunos de ellos, sepultados poco después de morir de puro agotamiento mientras bateaban en busca de oro.

Si moría una persona, la ponían ahí debajo y lo llenaban de piedras, por qué?.

Porque habiendo piedras encima, era una señal de que ahí no se podía revolver más, narra.

Se estima que de esta zona salieron unas 400 arrobas de oro, equivalente a unas seis toneladas, rumbo a Lisboa, capital del entonces imperio colonial.

Durante décadas, los quilombos estuvieron aislados del progreso. Esa segregación forzosa propició que hasta hace pocas décadas tuvieran que hacer fuego chascando piedras.

Las personas de la región del Vale do Ribeira dicen que el quilombo dificulta el desarrollo de la región. «Para las empresas somos un problema porque quieren explotar estas tierras», explica Benedito Alves, de 64 años, uno de los líderes de la comunidad.

La Constitución de 1988 reconoció el derecho de propiedad sobre sus tierras (artículo 68) y obligó al Estado a emitir tales títulos, pero la demora en el reconocimiento oficial se cuenta por años.

En 2017, siendo diputado federal, Bolsonaro aseguró que visitó un quilombo y dijo que sus habitantes no hacían «nada» y que no servían «ni para procrear».

El hoy presidente fue condenado en primera instancia a pagar una multa.

Insatisfecho, recurrió a la Corte Suprema y el máximo tribunal del país rechazó las acusaciones de racismo.

Antes de las elecciones del año pasado que le llevaron al poder, Bolsonaro atribuyó a los propios negros; la responsabilidad del tráfico de personas en la época colonial y aseguró que los portugueses ni pisaron frica.

Sin opciones. En las zonas pobladas por mayoría negra escasean las oportunidades de empleo, educación y desarrollo en general.

RACISMO EN EL TRABAJO

Adriana Aparecida vivió con su madre en la zona para empleados domésticos del apartamento de una familia de clase alta en el barrio noble de Moema, en Sao Paulo.

No le estaba permitido entrar por la puerta principal del bloque de vecinos. Tampoco podía utilizar el ascensor de los propietarios ni la piscina de la urbanización. «Me afectaba mucho», reconoce.

Los niños con los que jugaba, hijos de propietarios, todos blancos, le recordaban constantemente el color de su piel. La primera ofensa era llamarme mono, o decían negrita sal de aquí, eso era normal.

Su madre, Benita, trabajó toda la vida como sirvienta de personas blancas. A sus 71 años, recuerda amargamente su paso por una hacienda de Baurú cuando era una adolescente.

Yo era una esclava. Me despertaba en la madrugada, aún era de noche para trabajar, lavar aquel enorme jardín, cuidar de los perros, ir por el pan… Yo era muy pequeña, hacía las cosas, pero me maltrataban mucho y fue una época en la que intenté suicidarme, narra.

Adriana está desempleada desde septiembre.

Cuando hacemos entrevistas de trabajo, si hay diez personas blancas y yo soy la única negra o hay algún negro más, a la hora de conocer el resultado, vemos que entre los seleccionados no hay ninguno de los negros que estábamos allí presentes, asegura.

Según datos oficiales del año pasado, dos de cada tres personas sin trabajo en Brasil eran negras (64.2 %). La tasa de analfabetismo es de 3.9 % entre blancos y del 9.1 % en la población negra del país. Adriana tuvo que dejar la facultad por falta de recursos.

La divergencia en salarios también es grande. En 2018, el sueldo medio mensual de las personas ocupadas blancas llegó hasta los casi 2,800 reales (680 dólares), un 73.9 % más que el de los negros (1,608 reales o 390 dólares).

La Ley urea de 1888 abolió la esclavitud sobre el papel, pero socialmente se mantuvo, especialmente en las relaciones laborales.

El proyecto antinegro continúa funcionando. Lo antinegro es una política, una insignia, un proyecto, asegura Regina Marques, investigadora sobre los efectos psíquicos del racismo y profesora de la Universidad Federal de Bahía.

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RACISMO EN LA POLÍTICA

«Me dijo que no iba a jugar conmigo porque sus padres le habían dicho que las personas de mi color robábamos juguetes». Fernando Holiday tuvo que escuchar ese comentario de boca de uno de sus compañeros blancos de la guardería.

Convertido en el concejal más joven de la historia de Sao Paulo, la mayor ciudad de Brasil, aún tiene que seguir escuchando, a sus 23 años, ese tipo de injurias en el pleno municipal.

Esta vez el autor del ataque no fue un niño, sino el concejal Camilo Cristófaro, del Partido Socialista Brasileño (PSB), un político veterano. Le llamó mono de auditorio, una expresión antigua que en Brasil se usa para designar a una persona fanática, pero que en este caso tuvo un sentido racista.

Holiday es un rara avis. Su ideología, de derechas y contraria a las cotas raciales en las universidades, le ha generado problemas entre los militantes de izquierda y del movimiento negro, quienes le consideran un traidor a la causa.

Él sostiene que las cotas raciales -que han permitido que en 2018, por primera vez, los negros sean mayoría en las instituciones de educación superior (50,3 %)- ayudan a reforzar el prejuicio y los estereotipos en relación a los negros.

Por ello defiende legislar en función de criterios socio-económicos y no por el color de la piel. Naturalmente los mayores beneficiados serían los negros porque ellos forman la mayoría de esa población.

La presencia de negros en la política está lejos de ser mayoritaria en Brasil.

Representan apenas un 24.4 % de los diputados federales, un 28.9 % de los diputados regionales y un 42.1 % de los concejales.

Tampoco lo son en el Poder Judicial, donde el 83,8 % de los magistrados son blancos, según datos del Consejo Nacional de Justicia, ni en el Ejecutivo. De los 22 ministros que componen el Gobierno de Bolsonaro, ninguno es negro.

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LA RESISTENCIA

Frente a la discriminación, resistencia, como la que propone Black Money, un movimiento que nació en Estados Unidos y que poco a poco gana adeptos en Brasil.

El objetivo es conectar a empresarios, trabajadores y consumidores negros e intentar que el dinero circule el mayor tiempo posible entre ellos. Pero, además, impulsar proyectos educativos y en definitiva crear una red de «afroempresariado«.

Nina Silva, nacida en una favela de Río de Janeiro hace 37 años, es fundadora de la versión brasileña de Black Money. A ella también la llamaron «macaco» cuando iba a la escuela. Estudió Administración en la Universidad Federal Fluminense y se convirtió en consultora de tecnología, un sector donde «las mujeres eran pocas y las personas negras, cero».

Tras una temporada en Estados Unidos, en 2017 conoció a su socio, Alan Soares, del área de finanzas, y fundaron Black Money Brasil pensando en esa «falta de espacios negros de poder».

Nina fue elegida por la prestigiosa revista Forbes como una de las 20 mujeres más poderosas de Brasil y es taxativa contra aquellos que la acusan de fomentar la segregación.

«A esos les digo que vayan a su restaurante preferido y observen dónde está la segregación, observen quién les está atendiendo y quién está siendo servido. Que miren en la calle y vean quién está en los bancos de la plaza, quién está encarcelado, quién está desempleado, quién está muriendo…».

Analfabetismo. La discriminación sí se puede medir: la tasa de analfabetismo entre blancos es de 3.9 % entre blancos y del 9.1 % en la población negra de Brasil.

Torturador por vocación: hablan las víctimas de expolicía franquista español

Agresiones. Los testimonios de las víctimas de este torturador están llenos de golpes, pero también de un maltrato emocional intenso.

La tortura no era un mecanismo para hacer méritos sino un «placer» tangible ejecutado con un mimo «vocacional» por un policía del régimen franquista (1939-1975) que se valió de amenazas, humillaciones, golpes y terror para labrarse uno de los perfiles más negros de España. Así le recuerdan sus víctimas. Es «Billy el Niño».

Tres de los torturados por Antonio González Pacheco, «Billy el Niño», narraron a Efe su paso a principios de los años setenta por la extinta Dirección General de Seguridad (DGS) en la madrileña Puerta del Sol, rehabilitada como sede del gobierno regional de Madrid, pero en cuyas entrañas aún se conserva un aroma de tiempos pretéritos, del que ninguno de los protagonistas se puede descolgar.

Rosa María García, José María «Chato» Galante y Luis Suárez-Carreño son tres de las 18 víctimas –habrá más en septiembre– que recurrieron a la Justicia con la esperanza de agotar la «impunidad» –término utilizado por la Audiencia de Madrid– de un personaje que esquiva a jueces y fiscales españoles al no prosperar ninguna de las querellas por torturas en un contexto de lesa humanidad.

Luis fue el pionero. Tras un primer paso que define de «benigno» por la DGS en 1970, fue detenido tres años después en su casa ante la presencia de González Pacheco que, junto con sus compañeros, ya le iba «preparando» para lo que le esperaba. Eran los prolegómenos, un estadio previo por el que pasaron los tres protagonistas de esta historia, extensible al resto de las víctimas.

Generalmente arrestaban de noche, en plena calle o derribando la puerta de casa. No informaban jamás de los cargos ni tampoco del paradero del detenido. Su estatus para el mundo exterior era el de desaparecido.

«Mi padre iba a preguntar a la DGS y le decían que allí no estaba. Y estaba», cuenta Rosa. Pasaban días sin saber de ellos. Veintidós «Chato» entre sus cuatro detenciones, seis Rosa y seis Luis. Ni familia ni abogados. Una vez en sus manos, «eras suyo».

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EL ENCUENTRO CON «BILLY»

González Pacheco no siempre esperaba en la DGS, iba a buscarlos a sus casas. «Cuando entró por la puerta, ya sabía lo que iba a pasar», cuenta «Chato». Ni él ni los demás lo conocían, pero sí sus hazañas. «Le gustaba que se conocieran sus méritos», dice Rosa.

Precisamente de ahí procede su apodo, de su afición a pasearse por la universidad enseñando su pistola. «Chato» relata que «una de sus gracias era apuntarte con ella y disparar con el cargador vacío». Era, como ellos le definen, «un exhibicionista». De ahí que aunque físicamente no le conocieras, su hoja de servicios era su mejor carta de presentación. «Ya sabes quién soy», solía decir.

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LAS TORTURAS

Accedían a la DGS por una calle lateral de la Puerta del Sol y allí todo podía pasar. Tras ficharlos, los subían a los despachos donde «Billy» se presentaba a base de bofetadas, puñetazos, insultos, amenazas, gritos y humillaciones. Aquello era «una barra libre».

Su antología de la tortura pasaba por golpear las plantas de los pies, esposar a los radiadores y a la puerta, desnudarte, abrigarte mucho cuando hacía calor o colgarte de las manos, como le sucedió a «Chato». «Se dedicaba a darme patadas de kárate dando grititos a lo Bruce Lee. Pensé: esto es un esperpento».

«Te dabas cuenta de que eras un pedazo de carne en manos de unos tipos cuyo único objetivo era darte el máximo posible para sacarte la máxima información y marcarse un éxito policial», afirma Luis.

Esa sensación, «Chato» la experimentó cuatro veces por sus cuatro detenciones. «La primera es un shock muy fuerte, pero la segunda ya sabes todo lo que te espera, haces el recorrido, sabes cuándo las cosas se van a poner duras…». Lo peor ocurría en el último piso.

Había una variable sentimental que complicaba aún más las cosas, porque a Luis y a Rosa los arrestaron con sus respectivas parejas. Al marido de ella, «Billy el Niño» le llegó a mostrar cómo le pegaban. Y a Luis le decía: «Fíjate lo que le estamos haciendo».

Él ha borrado las torturas de su mente, pero no así la angustia que le producían los gritos de Merche, su pareja, llamándole en los calabozos. «Aquello fue otra tortura adicional para mí».

Su plan no era otro que «romperte y desarmarte psicológicamente para que cantaras (confesaras). Que te vieras en una situación tan agobiante y te desesperaras. Es el método de la tortura, no lo ha inventado él».

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UN PERFIL VOCACIONAL

Pero sí «lo disfrutaba», porque tenía mucho afán de protagonismo, era un tipo «entregado» a su trabajo. Los detenidos no paraban de recibir golpes, «Billy» de darlos. No descansaba. Hacía «horas extra en la DGS».

Sus víctimas trazan un perfil de «un torturador compulsivo, ambicioso, sádico y morboso» que «planteaba cosas siniestras y enfermizas»; un policía «sin ningún escrúpulo y psicológicamente insano».

Pero ante todo subrayan un aspecto: el placer. «Billy» torturaba «con bastante placer» y lo obtenía «produciendo ese daño, lo que dejaba ver que había una cosa muy vocacional en ello».

Lo que él decía, se hacía. Sus policías le tenían consideración, respeto y miedo por igual. Era el más mediático, pero no el único.

Porque las tres víctimas coinciden en que al torturar, torturaban todos. Luis lo resume así: «Los otros policías iban allí a darte de hostias a ver si te rompían moralmente, pero él tenía este otro componente, una parte perversa». Lo que ocurría, precisa «Chato», es que en «la policía política del régimen franquista se encargaba de que torturaran todos», para que así «nadie pudiera acusar a otro».

“Chato” no da crédito. “El que me torturó es un ciudadano ejemplar que cobra un 50 % más de su jubilación en función del trabajo que hizo, ¡que consistió en torturarme a mí!” A sus víctimas no les basta con una declaración del Congreso, una comisión de la verdad o una investigación que no culmine en un juicio para reparar el daño.

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MORIR O SUICIDARSE

En ocasiones era la idea que les pasaba por la cabeza. ¿Me matarán o mejor me mato yo? Luis narra que en esa eternidad en la DGS «llega un momento en que incluso quieres desfallecer, morirte, lo que sea». En su caso tuvo varias tentaciones de autolesionarse.

«Recuerdo mirar el pico de la mesa metálico y del radiador y decir: como esto siga así voy a tener que estrellarme contra ahí y eso va a ser lo mejor que me va a pasar. O la próxima vez a ver si me coloco bien, me tiro y consigo abrirme la cabeza».

«Chato» vio el final. Ocurrió en su tercera detención. Había perdido la noción del tiempo y el espacio. Llevaba 14 días detenido. «Hubo un momento que pensé que me podían matar». Fue cuando hablaron de darle un paseo.

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LOS PASEOS

Era la palabra más temida por los detenidos. Un punto y final. Un juego semántico para terminar con tu vida. Te llevaban a un parque y te pegaban dos tiros. «Chato» tiene clavado en la memoria cuando escuchó: «A este lo que hay que darle es un paseo y ya, y listo».

A Rosa la subieron en un coche con Pacheco para que fuera a identificar «un piso franco». «Me fueron amenazando con llevarme a la Casa de Campo y hacerme desaparecer», cuenta. Y cuando lo hace aún se le entrecorta la voz. Ella no solo responsabiliza a «Billy».

«Se habla de los torturadores, pero no se habla de los que colaboraban»; y cita como ejemplo a los médicos de la DGS que no daban parte de las lesiones, o a los jueces de los Tribunales de Orden Público, garantes de la represión política del régimen.

Luis y «Chato» apuntan a estos jueces para justificar el porqué no denunciaron en los ochenta. «¡Cómo íbamos a denunciar eso a los mismos jueces que nos habían llevado a esas situaciones!», exclama «Chato», quien tiene presente que «lo que pasó es que la policía política, los jueces de tribunales especiales y carceleros pasaron a la democracia sin tener que dar cuenta ninguna de sus actos».

Rosa simplemente quería pasar página. «Lo que quería era olvidarme del tema». Se fue de Madrid, dejó familia, amigos, estudios. Lo dejó todo.

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CONDECORADO TRES VECES EN DEMOCRACIA

«Eso nos ofende», dicen. Rosa no alcanza a explicar cómo «ha sido más condecorado en la democracia (a partir de 1977) que en la dictadura» –tres de sus cuatro medallas–, lo que a ojos de Luis evidencia que «ha gozado de todo tipo de beneficios en este país».

«Chato» no da crédito. «El que me torturó es un ciudadano ejemplar que cobra un 50 % más de su jubilación en función del trabajo que hizo, ¡que consistió en torturarme a mí!» A sus víctimas no les basta con una declaración del Congreso, una comisión de la verdad o una investigación que no culmine en un juicio para reparar el daño.

Tiene que ser juzgado. No les sirve de nada que Pacheco sea considerado un torturador, algo «que nadie pone en duda ya». Quieren que pague por sus delitos. Quieren una sentencia para que «Billy», de 73 años, deje de pasearse impunemente por España.

Reclaman una respuesta a la altura de la democracia, un respuesta que no llega. Y ya han pasado 44 años.

Solo el inicio. A las 18 personas que han iniciado este proceso se les podrían unir más después de septiembre.

Turismo con animales: crueldad por una foto

Cadenas. Turista posa para una foto junto a un tigre encadenado en el Templo del Tigre, de la provincia de Kanchanaburi, Tailandia.

Con teclear en un buscador «vacaciones con animales» se puede encontrar una variada oferta de planes de ocio que incluyen animales: desde hoteles en los que admiten a las mascotas hasta granjas escuelas.

Otras opciones incluyen la interacción con especies exóticas o salvajes y, aunque puedan resultar atractivas, en ocasiones se incurre en situaciones crueles para los animales.

No es extraño ver en redes sociales o folletos promocionales fotos de personas a lomos de un elefante en un paraje paradisíaco como reclamo vacacional. Esta es una de las prácticas que, aunque puede parecer inofensiva, esconde una historia de maltrato.

Las estadísticas dicen que en Tailandia hay alrededor de 10,000 elefantes en cautividad. Algunos de ellos son los que, explotados por sus dueños, pasean a los turistas.

Estos animales son apartados de sus madres cuando son crías y son domesticados con técnicas dudosas. También es normal verlos encadenados o encerrados cuando no están «prestando el servicio».

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ESPECTÁCULO Y CRUELDAD

La asociación World Animal Protection lleva años recogiendo en sus campañas algunas de las atracciones turísticas más dañinas para los animales y documenta los logros en materia de protección del entorno en el sector turístico.

Además de la de los elefantes, World Animal Protection señala otras prácticas crueles: sacarse fotografías con crías de tigre y león; sostener y fotografiarse con tortugas marinas; o los espectáculos de delfines.

Tanto las crías de leones como de tigres son apartadas de sus madres y sus manadas y encadenadas para que el turista, tras pagar el precio convenido, las abrace y se lleve la fotografía a casa.

La protectora, según informa en su web, contabilizó en un informe, hace tres años, que había alrededor de 830 tigres retenidos en locales para fines turísticos.

Los animales que son usados para estas atracciones no pueden ser devueltos nunca a la naturaleza porque han sido criados para convivir con los humanos, por lo que, cuando crecen, les espera una vida en cautividad, probablemente de espectáculo en espectáculo.

Los animales marinos siempre han resultado atractivos para las personas. En las últimas décadas del siglo pasado proliferaron centros de entretenimiento en el que la diversión la ponían animales como los delfines.

Estos centros están prohibidos en algunos países; en otros se aplican leyes restrictivas, pero en otros siguen siendo legales y operativos.

Salpicar, saludar, nadar con niños, atravesar aros y hacer otras piruetas es lo que espera a los delfines en estas funciones. Permanecen toda su vida en espacios acotados y sufriendo los pases una y otra vez.

Desde hace años se está apoyando un tipo de turismo sostenible que busca minimizar el impacto de los viajeros en otras comunidades y ecosistemas. Se lucha contra la crueldad animal, pero la responsabilidad comienza por uno mismo y es necesario viajar con conciencia.

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COMPORTAMIENTOS ALTERADOS

Al teclear en búsqueda de imágenes «tiburón ballena», de las primeras que aparecerán en la pantalla son de estos impresionantes animales con alguna persona nadando cerca.

«Convivencia con tiburón ballena», «nadar con tiburones ballena», «¿cuánto cuesta nadar con tiburón ballena?» es una práctica turística en alza, pero ¿cómo de recomendable es para los animales envueltos en ella?

Según publica la Agencia SINC –Servicio de Información y Noticias Científicas–, los tiburones ballena están en peligro de extinción y sus poblaciones en aguas asiáticas han disminuido un 63 % en las últimas tres generaciones.

Esta atracción bajo la etiqueta de ecoturismo no parece serlo tanto. Un equipo de Royal Society Open Science ha investigado cómo la práctica de alimentar a los tiburones ballena en Oslob, en Filipinas, está alterando el comportamiento natural de estos animales que podrían desarrollar una dependencia alimentaria en otras fases de su vida.

Recorrido. Así se pasean los turistas: sobre un elefante al suroccidente de Bangkok, Tailandia.

«Esta práctica ha dado lugar a una gran industria de observación de tiburones que brinda importantes ingresos a una comunidad remota gracias al turismo, pero el impacto a largo plazo sobre los escualos sigue siendo poco conocido», explica el informe de los científicos.

La alteración del comportamiento natural del animal por la interacción del hombre también se ha documentado en otras especies, como las rayas, otra de las especies predilectas para viajeros e «instagrammers».

Desde hace años se está apoyando un tipo de turismo sostenible que busca minimizar el impacto de los viajeros en otras comunidades y ecosistemas. Se han desarrollado leyes de protección y, poco a poco, se lucha contra la crueldad animal, pero la responsabilidad comienza por uno mismo y es necesario viajar con conciencia.

Los animales no están para satisfacer la curiosidad de los turistas o para que sus fotografías obtengan más «like». Y para saber cómo actuar, diferentes asociaciones han redactado consejos a la hora de viajar.

También ofrecen una gran recomendación para cuando se regresa: compartir con los amigos y familiares las experiencias y reportar a las autoridades correspondientes si ha sido testigo de algún caso de maltrato en los animales.

Los pisos granja. Un nuevo sistema de construcción modular

Hasta arriba. El sistema constructivo The Farmhouse, desarrollado por el matrimonio Precht, consta de módulos de madera prefabricados que pueden acumularse hasta conformar un rascacielos.

¿Le gustaría residir en un edificio que vive y respira gracias a la presencia masiva de plantas integradas en su estructura, y donde pueda obtener las verduras para una ensalada sin salir a la calle?

Esto será posible gracias a un nuevo concepto de construcción basado en módulos triangulares con vegetación incorporada, que podrán acoplarse unos a otros y que permitirán construir desde casas sencillas y viviendas unifamiliares hasta torres residenciales. Todos destinados a reconectar a los residentes con el circuito alimentario y con la naturaleza.

Este sistema llamado The Farmhouse (La casa-granja) lo ha desarrollado la firma Studio Precht, SP, (www.precht.at) del matrimonio de arquitectos Chris Precht y Fei Tang Precht, inspirados en su propia experiencia de vivir en un sitio remoto en las montañas de Austria y de manera lo más autosuficiente posible con conexión directa a la naturaleza.

Estos jóvenes arquitectos llevan trabajando desde 2017 en este innovador sistema constructivo y ahora están buscando asociados para «convertir esta visión en realidad», adelantan.

«Creo que los seres humanos extrañan su conexión física y mental con la naturaleza y este proyecto podría servir para volver a conectarlos, así como unir la arquitectura y la agricultura, cambiando y mejorando ambas», señala Chris Precht.

«Vivimos y trabajamos fuera de la red y cultivamos la mayoría de nuestros alimentos, obteniendo el resto de los agricultores vecinos, pero somos conscientes de que este estilo de vida no es una opción para todos, por lo que tratamos de desarrollar proyectos como The Farmhouse que traigan comida a las ciudades», señala Fei Precht.

«Las granjas verticales podrán producir más y mejor. Además, el clima interior de sus invernaderos protegerá a los alimentos de las condiciones climáticas variables y ofrecerá diferentes ecosistemas para plantas también distintas», recalcan los Precht.

«Nuestra granja funcionará como un ciclo de vida orgánico de subproductos situado dentro del edificio, donde un proceso de producción da entrada a otro proceso; por ejemplo, reutilizando gran cantidad de calor que se genera en su interior para que crezcan plantas como patatas, nueces o alubias», apuntan.

Esta granja y residencia vertical funcionará como un ciclo de vida orgánico dentro del edificio, donde un proceso de producción dará entrada a otro proceso, por ejemplo reutilizando la gran cantidad de calor que se genera en su interior para que crezcan plantas como patatas, nueces o alubias, apunta SP.

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MÓDULOS DE MADERA LLENOS DE VIDA

Un sistema de tratamiento filtrará el agua de lluvia y las aguas residuales, y enriquecerá el agua filtrada con nutrientes. Después la enviará de regreso a los invernaderos, en tanto que los desperdicios de comida podrán ser recolectados en el sótano del edificio y transformados en compost (abono natural terroso) para cultivar más alimentos, según SP.

«La comida es una parte importante de nuestra vida diaria y su proceso de producción se hará visible en The Farmhouse, entrando en nuestras ciudades y en nuestras mentes», asegura Fei Tang Precht.

Explica que las estructuras, acabados y jardineras de los módulos estarán hechos con paneles prefabricados de madera laminada cruzada o CLT, los cuales se empaquetarán y entregarán mediante camiones en el lugar de construcción, donde se montarán y ensamblarán de acuerdo al plano del edificio.

Este sistema de construcción modular se basa en las casas tradicionales con estructura en forma de A y las paredes de cada módulo constan de tres estratos: una capa interior con acabados, electricidad y tuberías; una capa intermedia con la estructura propiamente dicha y aislamiento; y una capa exterior con elementos de jardinería y suministro de agua.

Este sistema permitirá construir torres de apartamentos o viviendas unifamiliares, que los propietarios podrán diseñar e incluso montar con sus propias manos al estilo «hágalo usted mismo».

De madera. El sistema constructivo The Farmhouse está inspirado en la naturaleza y en la sostenibilidad. Las habitaciones son adecuadas a la estructura de madera que conforma el piso.

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UN ECOSISTEMA DENTRO DE UN EDIFICIO

Los elementos estructurales y de jardinería, las unidades de gestión de residuos y tratamiento de aguas, los sistemas alimentados por energía solar y la hidroponía (cultivo de plantas en agua sin necesidad de tierra) podrán seleccionarse de un catálogo de módulos y ofrecerán una cierta flexibilidad para diseñar distintos tipos de construcciones, según los Precht.

Las estructuras podrán ensamblarse con los marcos en A formando dúplex, que proporcionarán un gran espacio abierto en el primer piso para situar una sala de estar y la cocina; y un espacio más reducido en el segundo piso para situar allí los dormitorios y baños, según los arquitectos.

Apuntan que las paredes anguladas de los módulos darán espacio para instalar la jardinería en su exterior, y en las torres crearán una zona de amortiguación en forma de V entre unos apartamentos y otros, lo cual también permitirá la ventilación natural y la entrada de luz natural en el edificio.

Los residentes podrán utilizar los jardines de manera privada para cultivar sus propios alimentos, o para plantar vegetales y hierbas para una comunidad de vecinos más amplia.

Después de la cosecha, los alimentos se podrán compartir o vender en un mercado de agricultores en los pisos inferiores del edificio, que contará con un sótano con unidades de compostaje, como parte del circuito ecológico de The Farmhouse.

La configuración de vivienda más pequeña disponible es de 9 metros cuadrados con un balcón de 2.5 metros cuadrados y, como este sistema es adaptable para edificar distintas estructuras, en teoría podrían construirse torres de CLT tan altas como lo permitieran las regulaciones de una ciudad, según SP.

«Para que las personas se preocupen por el medio ambiente, necesitamos traer el medio ambiente a las ciudades, construyendo edificios que se puedan ‘escuchar’, porque las aves y las abejas serán parte de su ecosistema, y ‘oler’ gracias al aroma de sus vegetales, y que en parte se puedan ‘comer’, al incluir la producción de alimentos», señalan los Precht.

«The Farmhouse será un edificio que vivirá, respirará, crecerá y formará parte de nuestro ecosistema y de un vecindario mucho más amplio en lugar de ser una isla en la ciudad», concluyen.

La mítica plaza de los encantadores de serpientes se resiste al orden tarifario

Tarifa. La decisión fue tomada recientemente por el gobernador de la ciudad tras constatar la multiplicación de las quejas de los turistas.

Las autoridades de la ciudad turística de Marrakech han decidido poner orden en la mítica plaza de Yemaa el Fna y obligar a la exhibición pública de precios de los encantadores de serpientes, tatuadoras, adivinadoras y todas las profesiones que pululan en esta anárquica explanada.

Pero los «proveedores de servicios» de la plaza no acaban de entender esta medida disciplinaria.

La decisión fue tomada recientemente por el wali (gobernador) de la ciudad ocre tras constatar la multiplicación de las quejas de los turistas por las redes sociales sobre las malas experiencias, los abusos y los timos que sufren allí.

El incidente que motivó las nuevas medidas fue una turista que denunció a un encantador de serpientes en la plaza por exigirle 450 dirhams (unos 45 euros) por una simple foto con el ofidio colgado del cuello. La denuncia se hizo viral y fue comentada en el mundo entero.

En los alrededores de la plaza aún no se ven exhibidas las tarifas y, de momento, son solo objeto de discusión entre profesionales y vecinos de la zona que se preguntan sobre si será factible imponer el orden a un lugar cuya naturaleza es el desorden.

Comerciantes. Encantadores de serpientes exigen más de la tarifa y han llegado a cobrar a los turistas 45 euros por fotografía.

Declarada patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO en 2008 gracias a la labor del escritor español Juan Goytisolo, esta plaza fue en el siglo XII un lugar de exhibición de ejércitos antes de pasar a ser en el siglo XVI un zoco comercial.

Esta particular «corte de los milagros» cobra su encanto por el variopinto estilo de oficios que acoge, sobre todo cuando llega la noche y los humos de los puestos de comida conviven con el constante ambiente de chalanería y trapicheo donde no faltan toda suerte de pícaros.

Encantadores de serpientes, adiestradores de monos, aguadores tradicionales, danzantes travestidos, músicos gnawa y tatuadoras de la henna ofrecen sus servicios a cambio de una contrapartida que depende de la voluntad de cada cliente.

Mohamed, un veterano encantador de serpientes, defiende la importancia del entretenimiento que ofrece con su trabajo, y el dinero que ganan como recompensa a la peligrosidad que supone su oficio.

«Dependemos de la generosidad de los clientes. Somos un grupo de personas que arriesgamos la vida para ofrecer un espectáculo que entretiene a la gente», cuenta a Efe Mohamed, mientras explica los viajes que realizan por el desierto en las regiones del sur y sureste del país en busca de reptiles.

“Es una plaza única en el mundo, pero desgraciadamente hay unos personajes que empiezan desaparecer, como el cuentacuentos”.

Debajo de una sombrilla, Mohamed y sus compañeros esperan a que se acerquen turistas para comenzar su espectáculo: mientras el encantador realiza arriesgadas maniobras con una cobra, el resto de compañeros tocan al son de panderos y mizmar melodías para hipnotizar al ofidio.

Simultáneamente, algunos compañeros de Mohamed se acercan con otras serpientes, generalmente no venenosas, para animar a los espectadores a tomarse fotos con el reptil al cuello, una de las fotos que más reclaman los turistas.

Pero cuidado: todo el grupo vigila siempre la presencia de celulares o cámaras de «intrusos» que graben el espectáculo sin pagar, pues todo el mundo tiene que pasar por caja, y hasta los periodistas no escapan al negocio si quieren conseguir imágenes.

«Constituimos el espíritu mismo de esta plaza», dijo a Efe Hakim, otro encantador de serpientes, mientras discutía las nuevas medidas sobre la exhibición de tarifas con otros profesionales.

A pocos metros de los encantadores de serpientes, los maestros de monos y las tatuadoras de la henna también expresan sus reticencias sobre las nuevas medidas.

Plaza Yemaa. Encantadores de serpientes, adiestradores de monos, aguadores tradicionales, danzantes travestidos, músicos gnawa y tatuadoras de la henna ofrecen sus servicios.

«No exageramos en los precios, pero si alguna tatuadora se pasa, la turista puede recurrir a la Brigada de Turismo en la plaza, que interviene para devolver el dinero a la interesada, y se resuelve el problema», explicó a Efe Jadiya, que ejerce de tatuadora en la plaza desde hace cinco años.

Con la cara tapada –forma a la que recurren esas mujeres para evitar que sus fotos recorran el mundo y que sean estigmatizadas en sus barrios– Jadiya subrayó que una comisión formada por las autoridades locales les visitó recientemente para anunciarles las nuevas medidas y exhortarlos a descubrirse la cara para que sean reconocidas por los turistas en caso de timos.

El responsable de Comunicación en el Consejo Regional de Turismo (CRT) en Marrakech, Abdellatif Abouricha, explicó a Efe que la instauración de las nuevas medidas irá por etapas.

«El turista tiene derecho a conocer las tarifas, y hay turistas que no saben regatear. Tenemos en Marrakech una buena reputación que hay que mantener», señaló.

Marrakech recibe a 2.6 turistas al año, con un aumento del 6 %, indicó Abouricha, quien añadió que el objetivo es alcanzar 5 millones de turistas.

Queda por ver cómo se puede compaginar entre la exhibición de precios y el mantenimiento del espíritu de este lugar.

«Es una plaza única en el mundo, pero desgraciadamente hay unos personajes que empiezan desaparecer, como el cuentacuentos«, lamentó un profesional de Turismo, que añadió: «No por nada Goytisolo propuso destinar un salario a los personajes de Yamaa el Fna«.

Mohamed VI, veinte años de un reinado que ha cambiado Marruecos

Mohamed VI

A Mohamed VI comenzaron llamándolo «el rey de los pobres», pero tras 20 años en el trono y una fortuna superior a los 2,000 millones de dólares, tiene una imagen de «rey empresario».

El joven monarca que se daba baños de masas con su pueblo más humilde ha ido virando hacia una posición distante. Su vida personal se ha vuelto un secreto, nadie sabe con certeza si sigue casado. Han dicho de él que está enfermo o cansado de sus obligaciones, pero todo son rumores. El Palacio Real y su entorno solo contestan con el silencio.

Mohamed VI ascendió al trono con 35 años, el 30 de julio de 1999. La sombra de su padre, Hasán II, una personalidad autoritaria que superó dos golpes de Estado y ejerció una represión implacable contra sus oponentes, sobrevolaba por encima del joven rey, que pronto supo poner distancias.

Fue en los primeros años cuando el monarca dio los pasos más audaces por la modernización de Marruecos: un nuevo Código de Familia, mucho más favorable para las mujeres, un proceso de reconciliación con las víctimas de la represión y una libertad de prensa antes nunca sentida.

Pero el atentado terrorista múltiple perpetrado en 2003 por 12 suicidas que mataron a más de 20 personas en distintos puntos de Casablanca (la mayoría en la «Casa de España») supuso el fin de la época aperturista y una apuesta por la seguridad y el desarrollo económico.

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UNA ECONOMÍA EMERGENTE PERO INSUFICIENTE

A diferencia de su padre, que jugó con cierto éxito a la política exterior, Mohamed VI se volcó en las cuestiones internas, condicionadas por la falta de recursos naturales propios. Apostó entonces por el turismo (con 12 millones de visitantes anuales, es actualmente el primer destino africano), la agricultura, la industria automovilística y, sobre todo, por el desarrollo de unas infraestructuras que iban a cambiar el país: una extensa red de autopistas, aeropuertos modernizados, un tren de alta velocidad único en África y, la joya de la corona, el puerto de Tanger Med, inaugurado en 2007, que en solo 10 años se convirtió en el mayor de África en tráfico de contenedores.

Según explica a Efe el presidente de la Confederación General de Empresas Marroquíes, Salaheddine Mezouar, con Mohamed VI «el país ha aprovechado sus ventajas estratégicas para atraer inversión y desarrollar su economía y su sociedad. El cambio ha venido acompañado con más apertura: más acuerdos comerciales, integración en la cadena de valor económica mundial, y todo acompañado por una visión de desarrollo industrial».

Uno de los ejes de esta estrategia ha sido el desarrollo preferente del eje atlántico que va desde Tánger hasta Casablanca: en este «Marruecos útil» se ha concentrado el esfuerzo en infraestructuras y desarrollo, en detrimento del interior del país, relegado en inversiones y en todos los indicadores, lo que ha creado un Marruecos de dos velocidades.

El PIB del país ha ido creciendo de forma ininterrumpida durante los últimos 20 años, aunque siempre por debajo del 4 % anual. Según el FMI, esto es insuficiente para considerarlo un país emergente y, sobre todo, para crear empleo: de los 200,000 jóvenes que anualmente han llegado al mercado de trabajo en la última década, solo una cuarta parte ha encontrado empleo. En consecuencia, hay un desempleo juvenil crónico en la ciudad superior al 25 %.

Esto explica en gran parte que el reinado de Mohamed VI no haya logrado acabar con la pobreza, que según cifras oficiales afecta a más de cuatro millones de marroquíes (un millón de ellos en pobreza extrema). Solo un 46 % de la población nacional tiene algún tipo de cobertura médica, y solo un 26 % de los mayores de 60 años cuenta con una pensión de jubilación.

El economista Fouad Abdelmoumni es muy crítico con el modelo de desarrollo: «Tras pasar por la escolarización, la urbanización y la apertura al mundo, la población esperaba una revolución también en su nivel de vida, pero el Estado no les da una respuesta, ni siquiera en lo mínimo».

Esto explica la conflictividad social, cada vez más frecuente en las calles de Marruecos, protagonizada por licenciados en paro, médicos y maestros en prácticas o trabajadores de minas cerradas, por citar los más recientes. El Gobierno no siempre las tolera. A veces opta por la vía represiva, como en el caso de la región del Rif, donde las revueltas por la marginación histórica de la zona acabaron con una represión que llevó a la cárcel a cientos de personas.

Dos décadas. El reinado de Mohamed VI ha tenido sus aciertos y desaciertos, según analistas. Pese a que han existido avances en el desarrollo de Marruecos, la desigualdad persiste en el país.

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UN VAIVÉN POLÍTICO

El tratamiento de la crisis del Rif es indicativo del cambio de la política en los últimos años. Las protestas surgieron de un movimiento espontáneo bautizado com Hirak Chaabi (movimiento popular), que consiguió sacar a la calle a decenas de miles de personas antes de que el Gobierno decidiera cortar cualquier manifestación. Los partidos políticos tradicionales no tuvieron ningún protagonismo, ni para alimentar las protestas ni para frenarlas.

De los cientos de rifeños arrestados, juzgados y condenados a duras penas de cárcel, el rey indultó a la mayor parte de ellos en varias tandas, corrigiendo así la dureza mostrada por los tribunales y dejando claro que él tiene el dominio de los tiempos políticos y judiciales.

El paisaje político marroquí ha cambiado mucho a lo largo del reinado de Mohamed VI. La clase política del siglo XX, muy desacreditada por sus continuas concesiones a una monarquía que se ha guardado una gran parte del Poder Ejecutivo (además del religioso, militar, policial y diplomático), fue perdiendo popularidad e influencia. El único que creció en estos años fue el islamista Partido Justicia y Desarrollo, una formación conservadora en lo religioso y lo político y levemente reformista en lo social.

La primavera árabe que derrumbó regímenes en Túnez, Egipto y Libia no golpeó a Marruecos de la misma manera, pero se dejó sentir. Las calles se llenaron en febrero de 2011, pero los manifestantes marroquíes no aspiraban a derrocar al régimen, sino a reformarlo. El monarca, en un inteligente movimiento táctico, promovió una reforma constitucional que desinfló las protestas y convocó elecciones que ganó el PJD, aunque necesitó aliarse con cuatro partidos más para gobernar.

La inexperiencia del PJD, su cohabitación en el Gobierno con partidos hostiles y las continuas fricciones con el Palacio hicieron fracasar el proyecto islamista «light», y con el paso de los años quedó en evidencia que la nueva Constitución no había cambiado el eje del poder: el rey, apoyado en un núcleo duro de consejeros elegidos por él mismo, seguía tomando decisiones cruciales sin escuchar a su Gobierno, como la participación en la guerra del Yemen o la restauración del servicio militar.

Por otra parte, Mohamed VI ha sabido interpretar las prioridades de Europa, de la que Marruecos siempre ha dependido económicamente. Marruecos es gendarme de la frontera del sur conteniendo la emigración (89,000 salidas interceptadas en 2018), y ha cooperado estrechamente en materia antiterrorista, lo que servido para vigilar a yihadistas de origen marroquí. Con estas dos bazas, y el ofrecimiento de un entorno seguro para las inversiones, Marruecos ha sabido hacerse perdonar el déficit democrático.

“Si el rey tuviera una visión a largo plazo –reflexiona el economista Fouad Abdelmoumni–, conllevaría aceptar compartir el poder y la riqueza, aceptar una verdadera alternancia en el poder, la separación del rey y la fortuna, el fin de la sacralidad del monarca y la revisión de dónde estamos invirtiendo toda nuestra sangre: en el costoso Sahara, la militarización y el cierre de las fronteras con Argelia. Pero las élites marroquíes son incapaces de ver más allá de sus narices”.

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LOS DERECHOS HUMANOS

Los que ven el vaso medio lleno siempre dicen que Mohamed VI ha acabado con las ignominias del pasado: los desaparecidos, las cárceles secretas o las torturas sistemáticas, atrocidades que marcaron la imagen exterior del país en la época de Hasán II.

Comenzó su reinado liberando al histórico izquierdista Abraham Serfaty y a la familia Oufkir. También permitió una libertad de prensa inédita en el país, que incluían atrevidas investigaciones sobre su fortuna cada vez más abultada (en 2014, el rey acumulaba 2,100 millones de dólares, según el listado de Forbes).

La tortura comenzó a ser un hecho excepcional, según los organismos independientes pro derechos humanos y las manifestaciones sin intervención policial pasaron a ser moneda corriente (con la excepción del Sahara Occidental). Pero junto a eso, los partidos y cualquier otra organización tenían prohibido cuestionar los poderes del monarca, criticar la política militar, protestar por el rumbo diplomático o discrepar de la versión oficial del islam.

Una vez pasada la fiebre de la primavera árabe, el país entró en conflictos constantes con las organizaciones internacionales pro derechos humanos (Amnesty, Human Rights Watch o Reporteros Sin Fronteras), cuyos informes contestaba de forma sistemática, mientras promovía las visitas de relatores de la ONU, pero siempre con una agenda previamente pactada con el Gobierno.

La crisis del Rif (2016-2017) supuso un grado más en la represión: tras la detención de toda la cúpula del movimiento «Hirak», en su gran mayoría sin delitos violentos pero acusados de poner en peligro «la seguridad del Estado», la policía prohibió todo tipo de manifestación y extendió su persecución hasta las redes sociales, llegando a detener y juzgar a jóvenes por meros comentarios en Facebook, incluso a menores de edad.

Sin embargo, para la presidenta del Consejo Nacional de Derechos Humanos, Amina Bouayach, el país ha tomado «la opción en favor de los derechos humanos, que es irreversible y está consolidada en el plano legislativo y la creación de mecanismos institucionales». Según ella, los jueces nunca actúan contra la persona, sino en respuesta a unos hechos, y si hay leyes consideradas injustas, existen procedimientos para cambiarlas como en todo estado de derecho.

El balance del reinado de Mohamed VI se presta a análisis contradictorios. El Marruecos de 2019 ya poco se parece al que el rey heredó en 1999.

«Si el rey tuviera una visión a largo plazo –reflexiona el economista Fouad Abdelmoumni–, conllevaría aceptar compartir el poder y la riqueza, aceptar una verdadera alternancia en el poder, la separación del rey y la fortuna, el fin de la sacralidad del monarca y la revisión de dónde estamos invirtiendo toda nuestra sangre: en el costoso Sahara, la militarización y el cierre de las fronteras con Argelia. Pero las élites marroquíes son incapaces de ver más allá de sus narices», lamenta.

Escuchando al jefe de la patronal, es como si hablara de otro país: «Marruecos ha hecho muchas reformas fundamentales para adaptarse al mundo actual, un mundo abierto y globalizado donde son fundamentales el respeto a los derechos humanos y el papel de la mujer. El Marruecos de 2019 no es el del siglo pasado. Hemos cambiado por completo: ahora hay apertura, tolerancia y una lucha contra el extremismo, valores todos fundamentales en un mundo que se mueve».

Mohamed VI

Un sector del poder económico bloquea la paz en Colombia

Rodrigo Londoño, Líder de las FARC

Tres años después de la firma del acuerdo de paz, Rodrigo Londoño destaca de ese periodo, en una extensa entrevista con Efe, que fue un «error político» presentarse a las elecciones legislativas de 2018, en las que su partido, la Fuerza Alternativa Revolucionaria de Colombia (FARC), cosechó apenas 55,000 votos.

También lamenta que quienes retomaron las armas y crearon disidencias lo hicieron movidos por «la plata fácil» y que Luciano Marín Arango, alias «Iván Márquez»; y Seuxis Pausias Hernández, alias «Jesús Santrich«, quedaran fuera «de la construcción de la paz» y se encuentren en paradero desconocido.

En la firma del acuerdo de paz el 24 de noviembre de 2016 usted dijo: «Que la palabra sea la única arma de los colombianos». ¿Qué balance hace del cambio de las botas por los votos?

El balance es bien complejo, porque tiene su parte positiva, logramos terminar un conflicto que llevaba más de 50 años; desafortunadamente, no logramos la paz completa y, desafortunadamente, todavía queda un sector de la clase dirigente de este país que quiere impedir que la palabra se escuche, que hace oídos sordos a la palabra y que todavía quiere usar la violencia como la forma de dirimir conflictos, y la violencia como un instrumento de la política en Colombia.

¿Qué cree que mueve a ese sector que está en contra del proceso de paz?

El poder económico.

¿El poder económico no quiere la paz de Colombia?

No todo, un sector; porque no es todo el sector, toda la clase económica y dirigente del país. Gracias a que un sector de la clase dirigente abrió las compuertas, abrió ese espacio para llegar al acuerdo que llegamos. Hicimos varios intentos y fue en el de (el expresidente Juan Manuel) Santos en que lo logramos.

Antes no, porque ese sector nunca había abierto la compuerta. Esta vez la abrieron pero quedó un pequeño sector que no quiso, que se quiere mantener ahí porque los acuerdos son la letra pero también el espíritu. Hay que entender el espíritu que acompaña a esa letra y que ese sector no ha querido asimilar.

La pregunta que me hago es: ¿el presidente (Iván) Duque y su partido habrán estudiado estos acuerdos, los habrán estudiado en su letra y en su espíritu? Porque a estos acuerdos los acompañó un espíritu. Fue un pulso muy duro con ese sector de la clase dirigente que asumió y que dio esa apertura, esa posibilidad.

El acuerdo se hizo con el expresidente Santos. Hoy hay un presidente de un signo muy distinto, ¿confía en el presidente Duque para llevar adelante la paz?

El problema con el presidente Duque es que está representando un partido que ha levantado las banderas de ese sector que se opone a los acuerdos, que se opone a la reconciliación sobre la base de lo que acordamos en La Habana: sobre la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición. A eso le tiene mucho miedo.

Desde el principio he dicho que es el presidente de los colombianos, él ya no puede ser el presidente de un partido político, él tiene que recoger el sentir de los colombianos y espero que reflexione y no siga en ese camino al que lo están conduciendo los sectores más poderosos de ese partido.

Dicho de otro modo, ¿espera que el presidente Duque haga un cambio de 180 grados con respecto a la paz?

Que recoja el clamor de la gente, que asuma un acuerdo que hizo un grupo insurgente como las FARC con el Estado colombiano. Un acuerdo que ya no es de las FARC, que la mayoría de los colombianos han asumido como suyo. La reflexión que debería hacer él es que en ese acuerdo están las bases mínimas para que comencemos a construir la Colombia que cada uno piensa, pero en paz, sin la violencia.

¿Cómo ha observado la respuesta de la ciudadanía frente a sus propuestas en la política legal, esperaban más apoyo? Por ejemplo, en las elecciones al Senado obtuvieron unos 55,000 votos.

Lo primero, fue un error nuestro político, habernos lanzado a la campaña electoral de la forma en que nos lanzamos y en unas condiciones sumamente complejas. Estamos recién nacidos a la política abierta, estamos aprendiendo, pero además lo estamos haciendo sin haber cambiado las normas de juego que están en los acuerdos; aquí, salvo el punto sobre la reforma política, prácticamente no se ha cumplido ninguno. Estaba el estatuto de oposición que la Constitución del 91 lo había ordenado y es gracias al acuerdo de paz que se logra establecer. Del resto, las reglas de juego siguen siendo las mismas que impiden a cualquier sector alternativo llegar a posiciones de poder.

Para mí fue un error gravísimo y me parece que el resultado no refleja (la situación actual). Estábamos comenzando a insurgir en la vida política legal del país; y yo creo que ahora que hemos ido avanzando y hemos ido a más sectores explicando a la gente nuestro proyecto, mucha gente ha cambiado de forma de llegar.

Pero sigue habiendo, y se ve en las encuestas, un rechazo no hacia la paz, sino hacia las propuestas del partido FARC.

Creo que venimos haciendo una experiencia interesante en el Congreso, se viene haciendo un trabajo. No teníamos ningún conocimiento de cómo funciona (el Congreso) que es una maquinaria política para poder estar inmersa en ella. Creo que este primer año ha permitido conocerla, pero también llegar a muchos sectores con propuestas políticas, hemos hecho varios debates de control muy importantes, se han planteado iniciativas importantes y ahora comienza una nueva legislatura que nos va a traer mayores beneficios políticos.

Ustedes han tenido este año 10 congresistas.

Nueve (Por el encarcelamiento de «Jesús Santrich«).

Nueve, pero en este primer año apenas han presentado propuestas de ley, ¿a qué obedece eso, están aprendiendo o tomando el pulso?

Tengo entendido que se han presentado algunas, pero no tengo aquí bien claro (el caso). Por ejemplo, Sandra (Ramírez) viene trabajando el tema de carreteras terciarias (rurales), es un tema muy interesante para el campo colombiano.

Un elemento muy interesante en este escenario político es que no somos ya los nueve compañeros nuestros allá representándonos, sino que somos 40 y pico de senadores que más o menos coincidimos con el objetivo de consolidar la paz en Colombia.

¿Ustedes aspiran a conformar un bloque o a hacer parte de un bloque alternativo en que haya fuerzas de izquierda, de centro-izquierda o verdes?

Estamos trabajando en eso y no ha sido fácil.

¿Han notado muchas reticencias en fuerzas política propaz hacia ustedes?

Hay de todo un poquito, hay oportunismo político. Hay gente que tiene un discurso de paz, pero cuando se va a concretar se ve que en la práctica es otra cosa distinta. Pero esa es la práctica de la política. Aquí lo importante es que cada vez más sectores incluso de los partidos tradicionales en determinados momentos han apoyado iniciativas de la Fuerza Alternativa que van encaminadas a consolidar el proceso de paz.

El tema que lo deja a uno satisfecho es que se hundieron las objeciones que presentó el presidente a la (Jurisdicción Especial de Paz) JEP.

¿Hay algún modelo político en el mundo que puedan reconocer como propio?

Lo estamos trabajando, en enero vamos a realizar el congreso con representación de toda la militancia y estamos trabajando una serie de tesis; entre ellas una tesis programática, porque pensamos que un programa y más en las actuales circunstancias no se construye de un día para otro.

Hay que escuchar más a la gente, tenemos que conocer más a Colombia. A pesar de que lo conocemos en las profundidades hay que relacionarse más con la gente para interpretar de verdad en un programa el sentir y el querer de la gente.

¿A usted individualmente quién lo inspira? En una ocasión mencionó los países escandinavos, también está ahí Venezuela o Bolivia en la región.

Creo que de todo se puede aprender, de cada parte se puede extraer lo positivo, porque debemos construir algo a la colombiana. Los colombianos debemos decidir teniendo el espíritu de la justicia social, a acabar con la inequidad y buscar la mayor igualdad posible, el mayor bienestar social.

En aquel 24 de noviembre, tras usted estaba Jesús Santrich y a su lado Iván Márquez, dos personas que están en paradero desconocido y fundamentales en el proceso de paz, uno de ellos el jefe negociador de paz. ¿Usted sabe dónde están ellos?

Ni idea de dónde están.

¿De algún modo responden ante usted como líder del partido?

Ellos se marginaron del partido alegando, por lo menos Iván Márquez, inicialmente problemas de seguridad, alegando temores, pero al partido no dijo absolutamente nada, desapareció del panorama.

Conocemos las cartas que todo el mundo conoce que ha publicado; y de Santrich sé lo que saben todos, el proceso (judicial por un presunto caso de narcotráfico) que pasó, lo acompañamos, fuimos solidarios con él, hicimos toda una pelea para que se le respetaran sus derechos. Lo liberaron y la reacción fue la que todo el mundo conoce (desaparecer y no responder ante la justicia), la cual nosotros no compartimos, la cual condenamos, y de ahí para adelante no sé en qué andan ni qué están haciendo.

¿Está decepcionado?

Da mucha tristeza, da mucha tristeza, da pesar porque gente con la que uno compartió, con la que trabajó, este proceso, a veces se especula y si algo me da seguridad y fortaleza es saber que esto lo construimos entre todos, es una construcción colectiva.

Santrich es un hombre que en toda esta letra (del acuerdo de paz) tiene que ver. Aquí está la mano de Santrich. Todo eso a uno le duele, pero 50 años de confrontación lo tienen a uno preparado para afrontar una situación de este tipo.

¿Entiende que Santrich y Márquez hayan desertado del proceso de paz?

A mí no me gusta esa palabra (desertar), ellos se quedaron.

¿Se quedaron por fuera del proceso?

Ya lo he dicho, se quedaron y el que se quedó, pues se quedó.

¿Usted puede decir que ellos están fuera del proceso de paz?

Yo puedo decir lo que todo el mundo está viendo, no tengo más elementos de juicio más allá de los mismos elementos que tiene toda la gente. No volvieron a reuniones, no volvieron a aparecer, no comparecen ante la JEP. Ahora Santrich no le responde a la Corte Suprema de Justicia, cuando se comprometió con ellos. Se han hecho a un lado.

¿A un lado de la paz?

A un lado de este carro de la historia de la construcción de la paz en Colombia.

Pero hay un temor latente de que vuelvan a tomar las armas, ¿cree que las FARC con ese u otro nombre pueden volver a las armas liderados por hombres como Márquez o Santrich?

Si yo hubiera creído y nosotros, a nombre de la organización, creyéramos que con las armas podíamos lograr las transformaciones por las que hemos luchado, no hubiéramos llegado hasta donde hemos llegado, hubiéramos seguido (en armas).

Lo hacemos porque estamos convencidos de que el camino es este, hicimos con las armas en la mano todo lo posible. Logramos un objetivo que estaba planteado desde el surgimiento de las FARC que era la solución política. La logramos en función de esos mismos objetivos ya sin las armas en la mano.

¿Comparte el temor de una parte de la sociedad colombiana de que Santrich, Márquez o Hernán Velásquez, alias «el Paisa«, tomen las armadas de nuevo?

Temor, ¿en qué sentido?

En el sentido de que un nuevo grupo insurgente nazca o renazca en Colombia con ellos al frente.

Es un aventura y es contribuirle a la derecha en sus propósitos de mantener a Colombia en un conflicto, de mantener el ejercicio de la violencia en la práctica política, y creo que cualquier cosa en ese sentido es hacerle un favor a la gente de la derecha que no quiere la paz como es planteada, que no quiere que se plasme en la práctica los acuerdos que logramos en La Habana.

Deduzco de sus palabras que contempla la posibilidad de que tomen las armas de nuevo.

No, usted me la platea como una posibilidad y es especular. Allá ellos. Cada loco con su locura. Estamos convencidos de que el camino es este (el de la paz), cualquier otro camino es una aventura.

Si Santrich o Márquez leen o ven esta entrevista, ¿qué mensaje les manda?

Hicieron mucho por este proceso, no vale la pena que pierdan la oportunidad de seguir construyendo y que la gente los reconozca. En la marcha en que estábamos (por los líderes sociales el pasado viernes) con esa pancarta de defendamos la paz me imaginaba a Iván Márquez pegado en la pancarta marchando por las calles de Bogotá.

¿Quiere que vuelva?

Sería lo mejor para el proceso.

Al menos 140 excombatientes han sido asesinados desde la firma del acuerdo de paz. ¿Qué cree usted que hay detrás de esos asesinatos?

Y no solamente los excombatientes, que preocupan y duelen, también los líderes sociales, que duelen, preocupan y con ellos están rompiendo el tejido social en las regiones. Cosa sumamente riesgosa y peligrosa. Es lo que estamos exigiendo al gobierno Duque y es lo que le dijo buena parte de Colombia en ese grito, ¿por qué nos están matando? Creo que la respuesta nos la tiene que dar el presidente Duque.

¿Esos asesinatos fortalecen la posibilidad de que excombatientes integren grupos disidentes como sucedió con algunos miembros de la Unión Patriótica (UP) que ante la posibilidad de ser asesinados tomaron las armas?

Las circunstancias son otras. La gran mayoría de los farianos estamos convencidos de que por encima de esas dificultades y de esas muertes el camino es este. Incluso la forma de parar las muertes es esta. Hay que seguir uniéndonos, hay que seguir con la denuncia, con la pelea política, motivándose, sensibilizando al mundo entero para que nos acompañe y que el presidente nos diga ¿por qué nos están matando? Es el Gobierno colombiano el que tiene que responder a esa pregunta.

Deja un mensaje, las armas no son la respuesta aunque estén matando a excombatientes.

Esto que estamos haciendo es la respuesta.

¿El diálogo?

El diálogo y la movilización.

Rodrigo Londoño, Líder de las FARC.

¿Qué cree que mueve a esos excombatientes que han vuelto a tomar las armas, esos grupos de disidentes? Por ejemplo, en la región del Catatumbo, una zona en que usted tuvo un liderazgo cuando tenía las armas, el Frente 33 que usted comandó tiene otra vez fuerte presencia allí.

Yo siempre he dicho que no son disidentes, son desertores del proceso. Fue gente que levantó la mano en la X Conferencia (Guerrillera en que las FARC aprobaron la paz), gente que en las asambleas de frentes levantaron la mano apoyando el acuerdo de paz.

¿Pero qué les mueve?

Les mueve la plata fácil. No la vida fácil, porque tampoco es una vida fácil. La plata fácil, no hacer el esfuerzo, gente que se asustó, algunos de ellos, cuando vieron que esto era complicado. Que tal vez no creía. Incluso esos muchachos del Catatumbo que buena parte estaba conmigo, y yo iba a La Habana (sede de las negociaciones de paz) y volvía y les decía «esto va a ser difícil, no va a ser fácil, pero aquí, ¿qué nos da optimismo?, que logremos que los acuerdos la gente los coja como suyos, es la prenda de garantía para que esto se haga realidad».

¿Es la plata fácil la que mueve a esos desertores del acuerdo, Márquez, Santrich o «el Paisa«?

Bueno, usted me está hablando del grupito de desertores, no de Iván Márquez. Yo sé del grupo de desertores. No fueron lo mejor. Lo mejor de las FARC está en el proceso, asumiendo las tareas, escogiendo la vida y hasta muriendo.

En el caso de «el Paisa«, ¿cree que es la plata fácil?

Tampoco está en ese grupo, tampoco sé. A «el Paisa» lo asustaron, lo llenaron de cuentos, de que los gringos iban por él, que era el objetivo número uno de los gringos y el miedo no tiene pantalones.

¿Cree que el miedo ha podido mover a Santrich y a Márquez?

Es posible, sí. Somos seres humanos todos. Hay casos de compañeros, de cuadros importantes que nos hemos dado cuenta de montajes, incluso con la DEA.

¿Montajes para detenerlos?

Claro, claro. Para entramparlo a uno y acusarlo de lo que uno no ha hecho. A un compañero lo han dicho en una reunión «le van a caer ahora en la tarde, le van allanar».

¿Y lo allanaron?

No, carreta (mentira). Juega mucho eso, hay gente queriendo hacer daño y hay gente que no aprendió en la guerra que ese es un instrumento también.

Hace dos años afirmaba que a usted lo podían asesinar tras la firma del acuerdo de paz, ¿sigue teniendo ese miedo?

Eso siempre ha estado latente y más mientras exista ese sector que no quiere que esto avance.

Si miramos el panorama general de la paz en Colombia con grupos de exguerrilleros que no se han acogido al proceso, Márquez y Santrich desaparecidos, incumplimientos del Gobierno, asesinatos de excombatientes, en varias regiones no se percibe que haya llegado la paz, ¿se puede decir que la paz de Colombia se está diluyendo?

La estamos construyendo, está al borde de hacerla realidad en la medida en que más y más gente nos apoya.

¿Prefiere ver el vaso medio lleno?

No me gusta mucho esa figura del vaso medio lleno. Es que soy optimista. Creo en la gente, en el pueblo en concreto, como con toda Colombia marchando (por los líderes sociales). Hay que hacer mucha más pedagogía. Se está usando mucho la desinformación, la mentira, la distorsión; y estamos en un elemento que tenemos que denunciar todos los días, que es la estigmatización que va generando ese ambiente porque no es cierto que no haya paz en las regiones.

Incluso en las zonas en que hoy se vive el conflicto con más dureza, ¿cree que hay una semilla de paz que puede germinar?

Va a germinar, pero hay que abonarla, hay que rodearla. Como dicen los campesinos, hay que arrimarle tierra para que el árbol se desarrolle y crezca.

Y si no se abona, ¿qué puede pasar?

Tenemos que abonarla ya, aquí estamos liderando esa tarea y esa lucha.

Pero, y ¿si no se abona?

Nos van a condenar a otros cien años de soledad.

La tragedia y la agonía de la desnutrición infantil en Guatemala

Desventaja. Los niños de las comunidades indígenas son los que más desventaja tienen para acceder a alimentos de forma estable.

María tiene cuatro años y a mediodía ha vuelto a comer tortillas con sal. Solo con sal. Esta es una muestra de la tragedia que supone la desnutrición crónica infantil en Guatemala. Una lacra que afecta a uno de cada dos niños menores de cinco años.

Así lo ha vuelto a recordar esta semana un nuevo informe, «La desnutrición crónica infantil en Guatemala: una tragedia que el debate político no debe evadir», elaborado juntamente com el Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales, Oxfam y la Embajada de Suecia en Guatemala.

El objetivo de este documento, que analiza la realidad social y técnica de este problema, es dar material práctico con sustento técnico sólido a los dos finalistas de la elección presidencial, la socialdemócrata Sandra Torres y el candidato de centroderecha Alejandro Giammattei, y a los 160 ciudadanos que integrarán la próxima legislatura (2020-2024).

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LOS DATOS SON LOS QUE SON

En términos generales, la desnutrición crónica en menores de cinco años disminuyó de un 49.8 % en el periodo 2008-2009 a un 46.5 % en 2014-2015, mientras que la incidencia de la desnutrición crónica severa pasó de un 21.2 % a un 16.6 % en el mismo período.

Pero este descenso es «demasiado lento» y provoca que en la actualidad, según las estimaciones de este documento, se calcule que hay unos 890,000 menores de cinco años padeciendo desnutrición crónica en Guatemala, con un aumento del 6.7 % de incidencia en siete municipios del corredor seco, una de las áreas más afectadas por la crisis climática.

La situación es peor en las comunidades rurales e indígenas, donde los índices son aún más elevados y donde la desigualdad se ceba con ellos: son las poblaciones más pobres las que padecen más desnutrición infantil.

Ya lo decía un informe de UNICEF el año pasado: de los 7 millones niños y adolescentes menores de 17 años que hay en el país, unos 3 millones se identifican como indígenas y la mayoría de ellos está en condiciones de desventaja. Las desigualdades en la niñez indígena son recurrentes durante todo su ciclo de vida y en todos los ámbitos, incluso desde antes de nacer. Ocho de cada 10 viven en situación de pobreza y el 60 % de los menores de cinco años tiene desnutrición crónica, en comparación con el 35 % que afecta a la población mestiza.

Las tasas de escolaridad, en las que también influye la hambruna, en todos los niveles son siempre inferiores. De cada 10 niñas y adolescentes indígenas, solo seis terminan la primaria, dos la secundaria y una accede a la universidad.

Y esto se debe, entre otros factores, a la poca distribución de la riqueza y la baja inversión del Estado: $1 por cada niño, $0.30 centavos si es indígena.

Ya lo decía un informe de UNICEF el año pasado: de los 7 millones niños y adolescentes menores de 17 años que hay en el país, unos 3 millones se identifican como indígenas y la mayoría de ellos está en condiciones de desventaja. Las desigualdades en la niñez indígena son recurrentes durante todo su ciclo de vida y en todos los ámbitos, incluso desde antes de nacer.

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LOS ÚLTIMOS 15 AÑOS

Al analizar la acción del Gobierno durante los últimos 15 años, el informe concluye que las medidas y políticas adoptadas han sido «insuficientes». Desde el programa «Creciendo bien» de 2004 hasta el de «Crecer sano» de 2019 la problemática se ha mantenido cercenando los derechos de los más pequeños.

Una baja talla, daños estructurales en el cerebro, una reducida tasa de escolaridad o el incremento de las posibilidades de perder cursos son algunos de los efectos palpables en el día a día.

El gasto público en Seguridad Alimentaria y Nutricional no ha sido una prioridad en los últimos años: cayó de su máximo histórico en 2010, el 1.78 % del PIB, al 0.94 % en 2016. Y aunque se revirtió en los últimos años, hasta volver a subir al 1.49 % para este curso, la «ineficiencia y dificultad» del Gobierno para ejecutarlo de manera transparente «apuntan a un nivel menor».

De hecho, Oxfam y el Instituto Nacional de Salud Pública de México han calificado de «inefectiva» la Estrategia Nacional para la Reducción de la Desnutrición Crónica, del gobierno del presidente Jimmy Morales.

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FUTURO DESALENTADOR

Aunque la conciencia sobre esta problemática ha aumentado, resulta «desalentador» que ninguna de las medidas políticas presentadas por los candidatos a dirigir el país tenga sustento técnico: sin metas, sin detallar costes y sin saber cómo conseguirán la financiación para su implementación. Es por ello que las califican de «poco creíbles» y «peligrosamente cercanas a la demagogia».

Es por esto que el documento propone una serie de medidas a tener en cuenta por el futuro Gobierno. Entre este pliego de propuestas está un mayor compromiso tanto de las próximas autoridades como de los diputados de la siguiente legislatura, expresando su apoyo al Frente Parlamentario Contra el Hambre.

También piden al futuro presidente crear una política pública para erradicar la desnutrición crónica, en la que tengan cabida todos los sectores de la sociedad, transparentar el gasto público o establecer como prioridad «revisar, fortalecer y, si es el caso, recuperar la institucionalidad estatal con mandatos, facultades y responsabilidades» en materia de seguridad alimentaria nutricional.

Y el fortalecimiento de los programas pasa por un aumento del gasto público. En este sentido, establece como primera meta para 2020 alcanzar y superar el gasto público en seguridad alimentaria y nutricional del 1.78 % del PIB ejecutado en 2010, el máximo histórico reciente.

Sin políticas integrales. Los gobiernos guatemaltecos de los últimos 15 años no han dirigido políticas encaminadas a reducir la desnutrición infantil.

Una generación sin límites

Al ritmo actual Guatemala necesitaría hasta 90 años para alcanzar la tasa de desnutrición crónica infantil de 14 % que tuvo El Salvador en 2014.

El «Quinto Informe Estado de la Región», presentado en 2016, decía que en las próximas décadas Centroamérica tendrá el porcentaje de población en edad productiva más elevado de su historia, el conocido como bono demográfico, y esta es una «oportunidad única» para que la región impulse el crecimiento económico y social para lograr el ansiado desarrollo.

Este bono demográfico, en el que la población activa crece de manera sostenida y con mayor rapidez que las personas dependientes, se prolongará hasta 2020 en Costa Rica y Panamá, 2030 en El Salvador, 2035 en Belice, Honduras y Nicaragua y 2050 en Guatemala.