La mítica plaza de los encantadores de serpientes se resiste al orden tarifario

Tarifa. La decisión fue tomada recientemente por el gobernador de la ciudad tras constatar la multiplicación de las quejas de los turistas.

Las autoridades de la ciudad turística de Marrakech han decidido poner orden en la mítica plaza de Yemaa el Fna y obligar a la exhibición pública de precios de los encantadores de serpientes, tatuadoras, adivinadoras y todas las profesiones que pululan en esta anárquica explanada.

Pero los «proveedores de servicios» de la plaza no acaban de entender esta medida disciplinaria.

La decisión fue tomada recientemente por el wali (gobernador) de la ciudad ocre tras constatar la multiplicación de las quejas de los turistas por las redes sociales sobre las malas experiencias, los abusos y los timos que sufren allí.

El incidente que motivó las nuevas medidas fue una turista que denunció a un encantador de serpientes en la plaza por exigirle 450 dirhams (unos 45 euros) por una simple foto con el ofidio colgado del cuello. La denuncia se hizo viral y fue comentada en el mundo entero.

En los alrededores de la plaza aún no se ven exhibidas las tarifas y, de momento, son solo objeto de discusión entre profesionales y vecinos de la zona que se preguntan sobre si será factible imponer el orden a un lugar cuya naturaleza es el desorden.

Comerciantes. Encantadores de serpientes exigen más de la tarifa y han llegado a cobrar a los turistas 45 euros por fotografía.

Declarada patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO en 2008 gracias a la labor del escritor español Juan Goytisolo, esta plaza fue en el siglo XII un lugar de exhibición de ejércitos antes de pasar a ser en el siglo XVI un zoco comercial.

Esta particular «corte de los milagros» cobra su encanto por el variopinto estilo de oficios que acoge, sobre todo cuando llega la noche y los humos de los puestos de comida conviven con el constante ambiente de chalanería y trapicheo donde no faltan toda suerte de pícaros.

Encantadores de serpientes, adiestradores de monos, aguadores tradicionales, danzantes travestidos, músicos gnawa y tatuadoras de la henna ofrecen sus servicios a cambio de una contrapartida que depende de la voluntad de cada cliente.

Mohamed, un veterano encantador de serpientes, defiende la importancia del entretenimiento que ofrece con su trabajo, y el dinero que ganan como recompensa a la peligrosidad que supone su oficio.

«Dependemos de la generosidad de los clientes. Somos un grupo de personas que arriesgamos la vida para ofrecer un espectáculo que entretiene a la gente», cuenta a Efe Mohamed, mientras explica los viajes que realizan por el desierto en las regiones del sur y sureste del país en busca de reptiles.

“Es una plaza única en el mundo, pero desgraciadamente hay unos personajes que empiezan desaparecer, como el cuentacuentos”.

Debajo de una sombrilla, Mohamed y sus compañeros esperan a que se acerquen turistas para comenzar su espectáculo: mientras el encantador realiza arriesgadas maniobras con una cobra, el resto de compañeros tocan al son de panderos y mizmar melodías para hipnotizar al ofidio.

Simultáneamente, algunos compañeros de Mohamed se acercan con otras serpientes, generalmente no venenosas, para animar a los espectadores a tomarse fotos con el reptil al cuello, una de las fotos que más reclaman los turistas.

Pero cuidado: todo el grupo vigila siempre la presencia de celulares o cámaras de «intrusos» que graben el espectáculo sin pagar, pues todo el mundo tiene que pasar por caja, y hasta los periodistas no escapan al negocio si quieren conseguir imágenes.

«Constituimos el espíritu mismo de esta plaza», dijo a Efe Hakim, otro encantador de serpientes, mientras discutía las nuevas medidas sobre la exhibición de tarifas con otros profesionales.

A pocos metros de los encantadores de serpientes, los maestros de monos y las tatuadoras de la henna también expresan sus reticencias sobre las nuevas medidas.

Plaza Yemaa. Encantadores de serpientes, adiestradores de monos, aguadores tradicionales, danzantes travestidos, músicos gnawa y tatuadoras de la henna ofrecen sus servicios.

«No exageramos en los precios, pero si alguna tatuadora se pasa, la turista puede recurrir a la Brigada de Turismo en la plaza, que interviene para devolver el dinero a la interesada, y se resuelve el problema», explicó a Efe Jadiya, que ejerce de tatuadora en la plaza desde hace cinco años.

Con la cara tapada –forma a la que recurren esas mujeres para evitar que sus fotos recorran el mundo y que sean estigmatizadas en sus barrios– Jadiya subrayó que una comisión formada por las autoridades locales les visitó recientemente para anunciarles las nuevas medidas y exhortarlos a descubrirse la cara para que sean reconocidas por los turistas en caso de timos.

El responsable de Comunicación en el Consejo Regional de Turismo (CRT) en Marrakech, Abdellatif Abouricha, explicó a Efe que la instauración de las nuevas medidas irá por etapas.

«El turista tiene derecho a conocer las tarifas, y hay turistas que no saben regatear. Tenemos en Marrakech una buena reputación que hay que mantener», señaló.

Marrakech recibe a 2.6 turistas al año, con un aumento del 6 %, indicó Abouricha, quien añadió que el objetivo es alcanzar 5 millones de turistas.

Queda por ver cómo se puede compaginar entre la exhibición de precios y el mantenimiento del espíritu de este lugar.

«Es una plaza única en el mundo, pero desgraciadamente hay unos personajes que empiezan desaparecer, como el cuentacuentos«, lamentó un profesional de Turismo, que añadió: «No por nada Goytisolo propuso destinar un salario a los personajes de Yamaa el Fna«.

Mohamed VI, veinte años de un reinado que ha cambiado Marruecos

Mohamed VI

A Mohamed VI comenzaron llamándolo «el rey de los pobres», pero tras 20 años en el trono y una fortuna superior a los 2,000 millones de dólares, tiene una imagen de «rey empresario».

El joven monarca que se daba baños de masas con su pueblo más humilde ha ido virando hacia una posición distante. Su vida personal se ha vuelto un secreto, nadie sabe con certeza si sigue casado. Han dicho de él que está enfermo o cansado de sus obligaciones, pero todo son rumores. El Palacio Real y su entorno solo contestan con el silencio.

Mohamed VI ascendió al trono con 35 años, el 30 de julio de 1999. La sombra de su padre, Hasán II, una personalidad autoritaria que superó dos golpes de Estado y ejerció una represión implacable contra sus oponentes, sobrevolaba por encima del joven rey, que pronto supo poner distancias.

Fue en los primeros años cuando el monarca dio los pasos más audaces por la modernización de Marruecos: un nuevo Código de Familia, mucho más favorable para las mujeres, un proceso de reconciliación con las víctimas de la represión y una libertad de prensa antes nunca sentida.

Pero el atentado terrorista múltiple perpetrado en 2003 por 12 suicidas que mataron a más de 20 personas en distintos puntos de Casablanca (la mayoría en la «Casa de España») supuso el fin de la época aperturista y una apuesta por la seguridad y el desarrollo económico.

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UNA ECONOMÍA EMERGENTE PERO INSUFICIENTE

A diferencia de su padre, que jugó con cierto éxito a la política exterior, Mohamed VI se volcó en las cuestiones internas, condicionadas por la falta de recursos naturales propios. Apostó entonces por el turismo (con 12 millones de visitantes anuales, es actualmente el primer destino africano), la agricultura, la industria automovilística y, sobre todo, por el desarrollo de unas infraestructuras que iban a cambiar el país: una extensa red de autopistas, aeropuertos modernizados, un tren de alta velocidad único en África y, la joya de la corona, el puerto de Tanger Med, inaugurado en 2007, que en solo 10 años se convirtió en el mayor de África en tráfico de contenedores.

Según explica a Efe el presidente de la Confederación General de Empresas Marroquíes, Salaheddine Mezouar, con Mohamed VI «el país ha aprovechado sus ventajas estratégicas para atraer inversión y desarrollar su economía y su sociedad. El cambio ha venido acompañado con más apertura: más acuerdos comerciales, integración en la cadena de valor económica mundial, y todo acompañado por una visión de desarrollo industrial».

Uno de los ejes de esta estrategia ha sido el desarrollo preferente del eje atlántico que va desde Tánger hasta Casablanca: en este «Marruecos útil» se ha concentrado el esfuerzo en infraestructuras y desarrollo, en detrimento del interior del país, relegado en inversiones y en todos los indicadores, lo que ha creado un Marruecos de dos velocidades.

El PIB del país ha ido creciendo de forma ininterrumpida durante los últimos 20 años, aunque siempre por debajo del 4 % anual. Según el FMI, esto es insuficiente para considerarlo un país emergente y, sobre todo, para crear empleo: de los 200,000 jóvenes que anualmente han llegado al mercado de trabajo en la última década, solo una cuarta parte ha encontrado empleo. En consecuencia, hay un desempleo juvenil crónico en la ciudad superior al 25 %.

Esto explica en gran parte que el reinado de Mohamed VI no haya logrado acabar con la pobreza, que según cifras oficiales afecta a más de cuatro millones de marroquíes (un millón de ellos en pobreza extrema). Solo un 46 % de la población nacional tiene algún tipo de cobertura médica, y solo un 26 % de los mayores de 60 años cuenta con una pensión de jubilación.

El economista Fouad Abdelmoumni es muy crítico con el modelo de desarrollo: «Tras pasar por la escolarización, la urbanización y la apertura al mundo, la población esperaba una revolución también en su nivel de vida, pero el Estado no les da una respuesta, ni siquiera en lo mínimo».

Esto explica la conflictividad social, cada vez más frecuente en las calles de Marruecos, protagonizada por licenciados en paro, médicos y maestros en prácticas o trabajadores de minas cerradas, por citar los más recientes. El Gobierno no siempre las tolera. A veces opta por la vía represiva, como en el caso de la región del Rif, donde las revueltas por la marginación histórica de la zona acabaron con una represión que llevó a la cárcel a cientos de personas.

Dos décadas. El reinado de Mohamed VI ha tenido sus aciertos y desaciertos, según analistas. Pese a que han existido avances en el desarrollo de Marruecos, la desigualdad persiste en el país.

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UN VAIVÉN POLÍTICO

El tratamiento de la crisis del Rif es indicativo del cambio de la política en los últimos años. Las protestas surgieron de un movimiento espontáneo bautizado com Hirak Chaabi (movimiento popular), que consiguió sacar a la calle a decenas de miles de personas antes de que el Gobierno decidiera cortar cualquier manifestación. Los partidos políticos tradicionales no tuvieron ningún protagonismo, ni para alimentar las protestas ni para frenarlas.

De los cientos de rifeños arrestados, juzgados y condenados a duras penas de cárcel, el rey indultó a la mayor parte de ellos en varias tandas, corrigiendo así la dureza mostrada por los tribunales y dejando claro que él tiene el dominio de los tiempos políticos y judiciales.

El paisaje político marroquí ha cambiado mucho a lo largo del reinado de Mohamed VI. La clase política del siglo XX, muy desacreditada por sus continuas concesiones a una monarquía que se ha guardado una gran parte del Poder Ejecutivo (además del religioso, militar, policial y diplomático), fue perdiendo popularidad e influencia. El único que creció en estos años fue el islamista Partido Justicia y Desarrollo, una formación conservadora en lo religioso y lo político y levemente reformista en lo social.

La primavera árabe que derrumbó regímenes en Túnez, Egipto y Libia no golpeó a Marruecos de la misma manera, pero se dejó sentir. Las calles se llenaron en febrero de 2011, pero los manifestantes marroquíes no aspiraban a derrocar al régimen, sino a reformarlo. El monarca, en un inteligente movimiento táctico, promovió una reforma constitucional que desinfló las protestas y convocó elecciones que ganó el PJD, aunque necesitó aliarse con cuatro partidos más para gobernar.

La inexperiencia del PJD, su cohabitación en el Gobierno con partidos hostiles y las continuas fricciones con el Palacio hicieron fracasar el proyecto islamista «light», y con el paso de los años quedó en evidencia que la nueva Constitución no había cambiado el eje del poder: el rey, apoyado en un núcleo duro de consejeros elegidos por él mismo, seguía tomando decisiones cruciales sin escuchar a su Gobierno, como la participación en la guerra del Yemen o la restauración del servicio militar.

Por otra parte, Mohamed VI ha sabido interpretar las prioridades de Europa, de la que Marruecos siempre ha dependido económicamente. Marruecos es gendarme de la frontera del sur conteniendo la emigración (89,000 salidas interceptadas en 2018), y ha cooperado estrechamente en materia antiterrorista, lo que servido para vigilar a yihadistas de origen marroquí. Con estas dos bazas, y el ofrecimiento de un entorno seguro para las inversiones, Marruecos ha sabido hacerse perdonar el déficit democrático.

“Si el rey tuviera una visión a largo plazo –reflexiona el economista Fouad Abdelmoumni–, conllevaría aceptar compartir el poder y la riqueza, aceptar una verdadera alternancia en el poder, la separación del rey y la fortuna, el fin de la sacralidad del monarca y la revisión de dónde estamos invirtiendo toda nuestra sangre: en el costoso Sahara, la militarización y el cierre de las fronteras con Argelia. Pero las élites marroquíes son incapaces de ver más allá de sus narices”.

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LOS DERECHOS HUMANOS

Los que ven el vaso medio lleno siempre dicen que Mohamed VI ha acabado con las ignominias del pasado: los desaparecidos, las cárceles secretas o las torturas sistemáticas, atrocidades que marcaron la imagen exterior del país en la época de Hasán II.

Comenzó su reinado liberando al histórico izquierdista Abraham Serfaty y a la familia Oufkir. También permitió una libertad de prensa inédita en el país, que incluían atrevidas investigaciones sobre su fortuna cada vez más abultada (en 2014, el rey acumulaba 2,100 millones de dólares, según el listado de Forbes).

La tortura comenzó a ser un hecho excepcional, según los organismos independientes pro derechos humanos y las manifestaciones sin intervención policial pasaron a ser moneda corriente (con la excepción del Sahara Occidental). Pero junto a eso, los partidos y cualquier otra organización tenían prohibido cuestionar los poderes del monarca, criticar la política militar, protestar por el rumbo diplomático o discrepar de la versión oficial del islam.

Una vez pasada la fiebre de la primavera árabe, el país entró en conflictos constantes con las organizaciones internacionales pro derechos humanos (Amnesty, Human Rights Watch o Reporteros Sin Fronteras), cuyos informes contestaba de forma sistemática, mientras promovía las visitas de relatores de la ONU, pero siempre con una agenda previamente pactada con el Gobierno.

La crisis del Rif (2016-2017) supuso un grado más en la represión: tras la detención de toda la cúpula del movimiento «Hirak», en su gran mayoría sin delitos violentos pero acusados de poner en peligro «la seguridad del Estado», la policía prohibió todo tipo de manifestación y extendió su persecución hasta las redes sociales, llegando a detener y juzgar a jóvenes por meros comentarios en Facebook, incluso a menores de edad.

Sin embargo, para la presidenta del Consejo Nacional de Derechos Humanos, Amina Bouayach, el país ha tomado «la opción en favor de los derechos humanos, que es irreversible y está consolidada en el plano legislativo y la creación de mecanismos institucionales». Según ella, los jueces nunca actúan contra la persona, sino en respuesta a unos hechos, y si hay leyes consideradas injustas, existen procedimientos para cambiarlas como en todo estado de derecho.

El balance del reinado de Mohamed VI se presta a análisis contradictorios. El Marruecos de 2019 ya poco se parece al que el rey heredó en 1999.

«Si el rey tuviera una visión a largo plazo –reflexiona el economista Fouad Abdelmoumni–, conllevaría aceptar compartir el poder y la riqueza, aceptar una verdadera alternancia en el poder, la separación del rey y la fortuna, el fin de la sacralidad del monarca y la revisión de dónde estamos invirtiendo toda nuestra sangre: en el costoso Sahara, la militarización y el cierre de las fronteras con Argelia. Pero las élites marroquíes son incapaces de ver más allá de sus narices», lamenta.

Escuchando al jefe de la patronal, es como si hablara de otro país: «Marruecos ha hecho muchas reformas fundamentales para adaptarse al mundo actual, un mundo abierto y globalizado donde son fundamentales el respeto a los derechos humanos y el papel de la mujer. El Marruecos de 2019 no es el del siglo pasado. Hemos cambiado por completo: ahora hay apertura, tolerancia y una lucha contra el extremismo, valores todos fundamentales en un mundo que se mueve».

Mohamed VI

Un sector del poder económico bloquea la paz en Colombia

Rodrigo Londoño, Líder de las FARC

Tres años después de la firma del acuerdo de paz, Rodrigo Londoño destaca de ese periodo, en una extensa entrevista con Efe, que fue un «error político» presentarse a las elecciones legislativas de 2018, en las que su partido, la Fuerza Alternativa Revolucionaria de Colombia (FARC), cosechó apenas 55,000 votos.

También lamenta que quienes retomaron las armas y crearon disidencias lo hicieron movidos por «la plata fácil» y que Luciano Marín Arango, alias «Iván Márquez»; y Seuxis Pausias Hernández, alias «Jesús Santrich«, quedaran fuera «de la construcción de la paz» y se encuentren en paradero desconocido.

En la firma del acuerdo de paz el 24 de noviembre de 2016 usted dijo: «Que la palabra sea la única arma de los colombianos». ¿Qué balance hace del cambio de las botas por los votos?

El balance es bien complejo, porque tiene su parte positiva, logramos terminar un conflicto que llevaba más de 50 años; desafortunadamente, no logramos la paz completa y, desafortunadamente, todavía queda un sector de la clase dirigente de este país que quiere impedir que la palabra se escuche, que hace oídos sordos a la palabra y que todavía quiere usar la violencia como la forma de dirimir conflictos, y la violencia como un instrumento de la política en Colombia.

¿Qué cree que mueve a ese sector que está en contra del proceso de paz?

El poder económico.

¿El poder económico no quiere la paz de Colombia?

No todo, un sector; porque no es todo el sector, toda la clase económica y dirigente del país. Gracias a que un sector de la clase dirigente abrió las compuertas, abrió ese espacio para llegar al acuerdo que llegamos. Hicimos varios intentos y fue en el de (el expresidente Juan Manuel) Santos en que lo logramos.

Antes no, porque ese sector nunca había abierto la compuerta. Esta vez la abrieron pero quedó un pequeño sector que no quiso, que se quiere mantener ahí porque los acuerdos son la letra pero también el espíritu. Hay que entender el espíritu que acompaña a esa letra y que ese sector no ha querido asimilar.

La pregunta que me hago es: ¿el presidente (Iván) Duque y su partido habrán estudiado estos acuerdos, los habrán estudiado en su letra y en su espíritu? Porque a estos acuerdos los acompañó un espíritu. Fue un pulso muy duro con ese sector de la clase dirigente que asumió y que dio esa apertura, esa posibilidad.

El acuerdo se hizo con el expresidente Santos. Hoy hay un presidente de un signo muy distinto, ¿confía en el presidente Duque para llevar adelante la paz?

El problema con el presidente Duque es que está representando un partido que ha levantado las banderas de ese sector que se opone a los acuerdos, que se opone a la reconciliación sobre la base de lo que acordamos en La Habana: sobre la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición. A eso le tiene mucho miedo.

Desde el principio he dicho que es el presidente de los colombianos, él ya no puede ser el presidente de un partido político, él tiene que recoger el sentir de los colombianos y espero que reflexione y no siga en ese camino al que lo están conduciendo los sectores más poderosos de ese partido.

Dicho de otro modo, ¿espera que el presidente Duque haga un cambio de 180 grados con respecto a la paz?

Que recoja el clamor de la gente, que asuma un acuerdo que hizo un grupo insurgente como las FARC con el Estado colombiano. Un acuerdo que ya no es de las FARC, que la mayoría de los colombianos han asumido como suyo. La reflexión que debería hacer él es que en ese acuerdo están las bases mínimas para que comencemos a construir la Colombia que cada uno piensa, pero en paz, sin la violencia.

¿Cómo ha observado la respuesta de la ciudadanía frente a sus propuestas en la política legal, esperaban más apoyo? Por ejemplo, en las elecciones al Senado obtuvieron unos 55,000 votos.

Lo primero, fue un error nuestro político, habernos lanzado a la campaña electoral de la forma en que nos lanzamos y en unas condiciones sumamente complejas. Estamos recién nacidos a la política abierta, estamos aprendiendo, pero además lo estamos haciendo sin haber cambiado las normas de juego que están en los acuerdos; aquí, salvo el punto sobre la reforma política, prácticamente no se ha cumplido ninguno. Estaba el estatuto de oposición que la Constitución del 91 lo había ordenado y es gracias al acuerdo de paz que se logra establecer. Del resto, las reglas de juego siguen siendo las mismas que impiden a cualquier sector alternativo llegar a posiciones de poder.

Para mí fue un error gravísimo y me parece que el resultado no refleja (la situación actual). Estábamos comenzando a insurgir en la vida política legal del país; y yo creo que ahora que hemos ido avanzando y hemos ido a más sectores explicando a la gente nuestro proyecto, mucha gente ha cambiado de forma de llegar.

Pero sigue habiendo, y se ve en las encuestas, un rechazo no hacia la paz, sino hacia las propuestas del partido FARC.

Creo que venimos haciendo una experiencia interesante en el Congreso, se viene haciendo un trabajo. No teníamos ningún conocimiento de cómo funciona (el Congreso) que es una maquinaria política para poder estar inmersa en ella. Creo que este primer año ha permitido conocerla, pero también llegar a muchos sectores con propuestas políticas, hemos hecho varios debates de control muy importantes, se han planteado iniciativas importantes y ahora comienza una nueva legislatura que nos va a traer mayores beneficios políticos.

Ustedes han tenido este año 10 congresistas.

Nueve (Por el encarcelamiento de «Jesús Santrich«).

Nueve, pero en este primer año apenas han presentado propuestas de ley, ¿a qué obedece eso, están aprendiendo o tomando el pulso?

Tengo entendido que se han presentado algunas, pero no tengo aquí bien claro (el caso). Por ejemplo, Sandra (Ramírez) viene trabajando el tema de carreteras terciarias (rurales), es un tema muy interesante para el campo colombiano.

Un elemento muy interesante en este escenario político es que no somos ya los nueve compañeros nuestros allá representándonos, sino que somos 40 y pico de senadores que más o menos coincidimos con el objetivo de consolidar la paz en Colombia.

¿Ustedes aspiran a conformar un bloque o a hacer parte de un bloque alternativo en que haya fuerzas de izquierda, de centro-izquierda o verdes?

Estamos trabajando en eso y no ha sido fácil.

¿Han notado muchas reticencias en fuerzas política propaz hacia ustedes?

Hay de todo un poquito, hay oportunismo político. Hay gente que tiene un discurso de paz, pero cuando se va a concretar se ve que en la práctica es otra cosa distinta. Pero esa es la práctica de la política. Aquí lo importante es que cada vez más sectores incluso de los partidos tradicionales en determinados momentos han apoyado iniciativas de la Fuerza Alternativa que van encaminadas a consolidar el proceso de paz.

El tema que lo deja a uno satisfecho es que se hundieron las objeciones que presentó el presidente a la (Jurisdicción Especial de Paz) JEP.

¿Hay algún modelo político en el mundo que puedan reconocer como propio?

Lo estamos trabajando, en enero vamos a realizar el congreso con representación de toda la militancia y estamos trabajando una serie de tesis; entre ellas una tesis programática, porque pensamos que un programa y más en las actuales circunstancias no se construye de un día para otro.

Hay que escuchar más a la gente, tenemos que conocer más a Colombia. A pesar de que lo conocemos en las profundidades hay que relacionarse más con la gente para interpretar de verdad en un programa el sentir y el querer de la gente.

¿A usted individualmente quién lo inspira? En una ocasión mencionó los países escandinavos, también está ahí Venezuela o Bolivia en la región.

Creo que de todo se puede aprender, de cada parte se puede extraer lo positivo, porque debemos construir algo a la colombiana. Los colombianos debemos decidir teniendo el espíritu de la justicia social, a acabar con la inequidad y buscar la mayor igualdad posible, el mayor bienestar social.

En aquel 24 de noviembre, tras usted estaba Jesús Santrich y a su lado Iván Márquez, dos personas que están en paradero desconocido y fundamentales en el proceso de paz, uno de ellos el jefe negociador de paz. ¿Usted sabe dónde están ellos?

Ni idea de dónde están.

¿De algún modo responden ante usted como líder del partido?

Ellos se marginaron del partido alegando, por lo menos Iván Márquez, inicialmente problemas de seguridad, alegando temores, pero al partido no dijo absolutamente nada, desapareció del panorama.

Conocemos las cartas que todo el mundo conoce que ha publicado; y de Santrich sé lo que saben todos, el proceso (judicial por un presunto caso de narcotráfico) que pasó, lo acompañamos, fuimos solidarios con él, hicimos toda una pelea para que se le respetaran sus derechos. Lo liberaron y la reacción fue la que todo el mundo conoce (desaparecer y no responder ante la justicia), la cual nosotros no compartimos, la cual condenamos, y de ahí para adelante no sé en qué andan ni qué están haciendo.

¿Está decepcionado?

Da mucha tristeza, da mucha tristeza, da pesar porque gente con la que uno compartió, con la que trabajó, este proceso, a veces se especula y si algo me da seguridad y fortaleza es saber que esto lo construimos entre todos, es una construcción colectiva.

Santrich es un hombre que en toda esta letra (del acuerdo de paz) tiene que ver. Aquí está la mano de Santrich. Todo eso a uno le duele, pero 50 años de confrontación lo tienen a uno preparado para afrontar una situación de este tipo.

¿Entiende que Santrich y Márquez hayan desertado del proceso de paz?

A mí no me gusta esa palabra (desertar), ellos se quedaron.

¿Se quedaron por fuera del proceso?

Ya lo he dicho, se quedaron y el que se quedó, pues se quedó.

¿Usted puede decir que ellos están fuera del proceso de paz?

Yo puedo decir lo que todo el mundo está viendo, no tengo más elementos de juicio más allá de los mismos elementos que tiene toda la gente. No volvieron a reuniones, no volvieron a aparecer, no comparecen ante la JEP. Ahora Santrich no le responde a la Corte Suprema de Justicia, cuando se comprometió con ellos. Se han hecho a un lado.

¿A un lado de la paz?

A un lado de este carro de la historia de la construcción de la paz en Colombia.

Pero hay un temor latente de que vuelvan a tomar las armas, ¿cree que las FARC con ese u otro nombre pueden volver a las armas liderados por hombres como Márquez o Santrich?

Si yo hubiera creído y nosotros, a nombre de la organización, creyéramos que con las armas podíamos lograr las transformaciones por las que hemos luchado, no hubiéramos llegado hasta donde hemos llegado, hubiéramos seguido (en armas).

Lo hacemos porque estamos convencidos de que el camino es este, hicimos con las armas en la mano todo lo posible. Logramos un objetivo que estaba planteado desde el surgimiento de las FARC que era la solución política. La logramos en función de esos mismos objetivos ya sin las armas en la mano.

¿Comparte el temor de una parte de la sociedad colombiana de que Santrich, Márquez o Hernán Velásquez, alias «el Paisa«, tomen las armadas de nuevo?

Temor, ¿en qué sentido?

En el sentido de que un nuevo grupo insurgente nazca o renazca en Colombia con ellos al frente.

Es un aventura y es contribuirle a la derecha en sus propósitos de mantener a Colombia en un conflicto, de mantener el ejercicio de la violencia en la práctica política, y creo que cualquier cosa en ese sentido es hacerle un favor a la gente de la derecha que no quiere la paz como es planteada, que no quiere que se plasme en la práctica los acuerdos que logramos en La Habana.

Deduzco de sus palabras que contempla la posibilidad de que tomen las armas de nuevo.

No, usted me la platea como una posibilidad y es especular. Allá ellos. Cada loco con su locura. Estamos convencidos de que el camino es este (el de la paz), cualquier otro camino es una aventura.

Si Santrich o Márquez leen o ven esta entrevista, ¿qué mensaje les manda?

Hicieron mucho por este proceso, no vale la pena que pierdan la oportunidad de seguir construyendo y que la gente los reconozca. En la marcha en que estábamos (por los líderes sociales el pasado viernes) con esa pancarta de defendamos la paz me imaginaba a Iván Márquez pegado en la pancarta marchando por las calles de Bogotá.

¿Quiere que vuelva?

Sería lo mejor para el proceso.

Al menos 140 excombatientes han sido asesinados desde la firma del acuerdo de paz. ¿Qué cree usted que hay detrás de esos asesinatos?

Y no solamente los excombatientes, que preocupan y duelen, también los líderes sociales, que duelen, preocupan y con ellos están rompiendo el tejido social en las regiones. Cosa sumamente riesgosa y peligrosa. Es lo que estamos exigiendo al gobierno Duque y es lo que le dijo buena parte de Colombia en ese grito, ¿por qué nos están matando? Creo que la respuesta nos la tiene que dar el presidente Duque.

¿Esos asesinatos fortalecen la posibilidad de que excombatientes integren grupos disidentes como sucedió con algunos miembros de la Unión Patriótica (UP) que ante la posibilidad de ser asesinados tomaron las armas?

Las circunstancias son otras. La gran mayoría de los farianos estamos convencidos de que por encima de esas dificultades y de esas muertes el camino es este. Incluso la forma de parar las muertes es esta. Hay que seguir uniéndonos, hay que seguir con la denuncia, con la pelea política, motivándose, sensibilizando al mundo entero para que nos acompañe y que el presidente nos diga ¿por qué nos están matando? Es el Gobierno colombiano el que tiene que responder a esa pregunta.

Deja un mensaje, las armas no son la respuesta aunque estén matando a excombatientes.

Esto que estamos haciendo es la respuesta.

¿El diálogo?

El diálogo y la movilización.

Rodrigo Londoño, Líder de las FARC.

¿Qué cree que mueve a esos excombatientes que han vuelto a tomar las armas, esos grupos de disidentes? Por ejemplo, en la región del Catatumbo, una zona en que usted tuvo un liderazgo cuando tenía las armas, el Frente 33 que usted comandó tiene otra vez fuerte presencia allí.

Yo siempre he dicho que no son disidentes, son desertores del proceso. Fue gente que levantó la mano en la X Conferencia (Guerrillera en que las FARC aprobaron la paz), gente que en las asambleas de frentes levantaron la mano apoyando el acuerdo de paz.

¿Pero qué les mueve?

Les mueve la plata fácil. No la vida fácil, porque tampoco es una vida fácil. La plata fácil, no hacer el esfuerzo, gente que se asustó, algunos de ellos, cuando vieron que esto era complicado. Que tal vez no creía. Incluso esos muchachos del Catatumbo que buena parte estaba conmigo, y yo iba a La Habana (sede de las negociaciones de paz) y volvía y les decía «esto va a ser difícil, no va a ser fácil, pero aquí, ¿qué nos da optimismo?, que logremos que los acuerdos la gente los coja como suyos, es la prenda de garantía para que esto se haga realidad».

¿Es la plata fácil la que mueve a esos desertores del acuerdo, Márquez, Santrich o «el Paisa«?

Bueno, usted me está hablando del grupito de desertores, no de Iván Márquez. Yo sé del grupo de desertores. No fueron lo mejor. Lo mejor de las FARC está en el proceso, asumiendo las tareas, escogiendo la vida y hasta muriendo.

En el caso de «el Paisa«, ¿cree que es la plata fácil?

Tampoco está en ese grupo, tampoco sé. A «el Paisa» lo asustaron, lo llenaron de cuentos, de que los gringos iban por él, que era el objetivo número uno de los gringos y el miedo no tiene pantalones.

¿Cree que el miedo ha podido mover a Santrich y a Márquez?

Es posible, sí. Somos seres humanos todos. Hay casos de compañeros, de cuadros importantes que nos hemos dado cuenta de montajes, incluso con la DEA.

¿Montajes para detenerlos?

Claro, claro. Para entramparlo a uno y acusarlo de lo que uno no ha hecho. A un compañero lo han dicho en una reunión «le van a caer ahora en la tarde, le van allanar».

¿Y lo allanaron?

No, carreta (mentira). Juega mucho eso, hay gente queriendo hacer daño y hay gente que no aprendió en la guerra que ese es un instrumento también.

Hace dos años afirmaba que a usted lo podían asesinar tras la firma del acuerdo de paz, ¿sigue teniendo ese miedo?

Eso siempre ha estado latente y más mientras exista ese sector que no quiere que esto avance.

Si miramos el panorama general de la paz en Colombia con grupos de exguerrilleros que no se han acogido al proceso, Márquez y Santrich desaparecidos, incumplimientos del Gobierno, asesinatos de excombatientes, en varias regiones no se percibe que haya llegado la paz, ¿se puede decir que la paz de Colombia se está diluyendo?

La estamos construyendo, está al borde de hacerla realidad en la medida en que más y más gente nos apoya.

¿Prefiere ver el vaso medio lleno?

No me gusta mucho esa figura del vaso medio lleno. Es que soy optimista. Creo en la gente, en el pueblo en concreto, como con toda Colombia marchando (por los líderes sociales). Hay que hacer mucha más pedagogía. Se está usando mucho la desinformación, la mentira, la distorsión; y estamos en un elemento que tenemos que denunciar todos los días, que es la estigmatización que va generando ese ambiente porque no es cierto que no haya paz en las regiones.

Incluso en las zonas en que hoy se vive el conflicto con más dureza, ¿cree que hay una semilla de paz que puede germinar?

Va a germinar, pero hay que abonarla, hay que rodearla. Como dicen los campesinos, hay que arrimarle tierra para que el árbol se desarrolle y crezca.

Y si no se abona, ¿qué puede pasar?

Tenemos que abonarla ya, aquí estamos liderando esa tarea y esa lucha.

Pero, y ¿si no se abona?

Nos van a condenar a otros cien años de soledad.

La tragedia y la agonía de la desnutrición infantil en Guatemala

Desventaja. Los niños de las comunidades indígenas son los que más desventaja tienen para acceder a alimentos de forma estable.

María tiene cuatro años y a mediodía ha vuelto a comer tortillas con sal. Solo con sal. Esta es una muestra de la tragedia que supone la desnutrición crónica infantil en Guatemala. Una lacra que afecta a uno de cada dos niños menores de cinco años.

Así lo ha vuelto a recordar esta semana un nuevo informe, «La desnutrición crónica infantil en Guatemala: una tragedia que el debate político no debe evadir», elaborado juntamente com el Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales, Oxfam y la Embajada de Suecia en Guatemala.

El objetivo de este documento, que analiza la realidad social y técnica de este problema, es dar material práctico con sustento técnico sólido a los dos finalistas de la elección presidencial, la socialdemócrata Sandra Torres y el candidato de centroderecha Alejandro Giammattei, y a los 160 ciudadanos que integrarán la próxima legislatura (2020-2024).

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LOS DATOS SON LOS QUE SON

En términos generales, la desnutrición crónica en menores de cinco años disminuyó de un 49.8 % en el periodo 2008-2009 a un 46.5 % en 2014-2015, mientras que la incidencia de la desnutrición crónica severa pasó de un 21.2 % a un 16.6 % en el mismo período.

Pero este descenso es «demasiado lento» y provoca que en la actualidad, según las estimaciones de este documento, se calcule que hay unos 890,000 menores de cinco años padeciendo desnutrición crónica en Guatemala, con un aumento del 6.7 % de incidencia en siete municipios del corredor seco, una de las áreas más afectadas por la crisis climática.

La situación es peor en las comunidades rurales e indígenas, donde los índices son aún más elevados y donde la desigualdad se ceba con ellos: son las poblaciones más pobres las que padecen más desnutrición infantil.

Ya lo decía un informe de UNICEF el año pasado: de los 7 millones niños y adolescentes menores de 17 años que hay en el país, unos 3 millones se identifican como indígenas y la mayoría de ellos está en condiciones de desventaja. Las desigualdades en la niñez indígena son recurrentes durante todo su ciclo de vida y en todos los ámbitos, incluso desde antes de nacer. Ocho de cada 10 viven en situación de pobreza y el 60 % de los menores de cinco años tiene desnutrición crónica, en comparación con el 35 % que afecta a la población mestiza.

Las tasas de escolaridad, en las que también influye la hambruna, en todos los niveles son siempre inferiores. De cada 10 niñas y adolescentes indígenas, solo seis terminan la primaria, dos la secundaria y una accede a la universidad.

Y esto se debe, entre otros factores, a la poca distribución de la riqueza y la baja inversión del Estado: $1 por cada niño, $0.30 centavos si es indígena.

Ya lo decía un informe de UNICEF el año pasado: de los 7 millones niños y adolescentes menores de 17 años que hay en el país, unos 3 millones se identifican como indígenas y la mayoría de ellos está en condiciones de desventaja. Las desigualdades en la niñez indígena son recurrentes durante todo su ciclo de vida y en todos los ámbitos, incluso desde antes de nacer.

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LOS ÚLTIMOS 15 AÑOS

Al analizar la acción del Gobierno durante los últimos 15 años, el informe concluye que las medidas y políticas adoptadas han sido «insuficientes». Desde el programa «Creciendo bien» de 2004 hasta el de «Crecer sano» de 2019 la problemática se ha mantenido cercenando los derechos de los más pequeños.

Una baja talla, daños estructurales en el cerebro, una reducida tasa de escolaridad o el incremento de las posibilidades de perder cursos son algunos de los efectos palpables en el día a día.

El gasto público en Seguridad Alimentaria y Nutricional no ha sido una prioridad en los últimos años: cayó de su máximo histórico en 2010, el 1.78 % del PIB, al 0.94 % en 2016. Y aunque se revirtió en los últimos años, hasta volver a subir al 1.49 % para este curso, la «ineficiencia y dificultad» del Gobierno para ejecutarlo de manera transparente «apuntan a un nivel menor».

De hecho, Oxfam y el Instituto Nacional de Salud Pública de México han calificado de «inefectiva» la Estrategia Nacional para la Reducción de la Desnutrición Crónica, del gobierno del presidente Jimmy Morales.

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FUTURO DESALENTADOR

Aunque la conciencia sobre esta problemática ha aumentado, resulta «desalentador» que ninguna de las medidas políticas presentadas por los candidatos a dirigir el país tenga sustento técnico: sin metas, sin detallar costes y sin saber cómo conseguirán la financiación para su implementación. Es por ello que las califican de «poco creíbles» y «peligrosamente cercanas a la demagogia».

Es por esto que el documento propone una serie de medidas a tener en cuenta por el futuro Gobierno. Entre este pliego de propuestas está un mayor compromiso tanto de las próximas autoridades como de los diputados de la siguiente legislatura, expresando su apoyo al Frente Parlamentario Contra el Hambre.

También piden al futuro presidente crear una política pública para erradicar la desnutrición crónica, en la que tengan cabida todos los sectores de la sociedad, transparentar el gasto público o establecer como prioridad «revisar, fortalecer y, si es el caso, recuperar la institucionalidad estatal con mandatos, facultades y responsabilidades» en materia de seguridad alimentaria nutricional.

Y el fortalecimiento de los programas pasa por un aumento del gasto público. En este sentido, establece como primera meta para 2020 alcanzar y superar el gasto público en seguridad alimentaria y nutricional del 1.78 % del PIB ejecutado en 2010, el máximo histórico reciente.

Sin políticas integrales. Los gobiernos guatemaltecos de los últimos 15 años no han dirigido políticas encaminadas a reducir la desnutrición infantil.

Una generación sin límites

Al ritmo actual Guatemala necesitaría hasta 90 años para alcanzar la tasa de desnutrición crónica infantil de 14 % que tuvo El Salvador en 2014.

El «Quinto Informe Estado de la Región», presentado en 2016, decía que en las próximas décadas Centroamérica tendrá el porcentaje de población en edad productiva más elevado de su historia, el conocido como bono demográfico, y esta es una «oportunidad única» para que la región impulse el crecimiento económico y social para lograr el ansiado desarrollo.

Este bono demográfico, en el que la población activa crece de manera sostenida y con mayor rapidez que las personas dependientes, se prolongará hasta 2020 en Costa Rica y Panamá, 2030 en El Salvador, 2035 en Belice, Honduras y Nicaragua y 2050 en Guatemala.

Los gunas, la etnia panameña marcada por el albinismo

Probabilidades. Cuando dos padres portadores de albinismo se juntan hay un 25 % de probabilidades de que el niño salga albino, un 50 % de que sea portador y un 25 % de que salga sano.

Yaili, Aydili y Ceily se apretujan bajo un mismo paraguas para caminar por la calle, se han olvidado en casa la otra sombrilla. El sol es inclemente y sus pieles son casi transparentes. Aunque van tapadas hasta arriba y se han embadurnado de crema. La radiación en Panamá es muy intensa y traspasa la ropa.

En su barrio, habitado en su mayoría por indígenas guna, las conocen como «las hermanas fulas», el apelativo cariñoso con el que los panameños se refieren a los rubios. Yaili, Aydili y Ceily son hermanas, las dos primeras gemelas, y las tres son albinas.

«Nuestra mamá nació muy blanquita y creían que era albina, pero luego se fue oscureciendo. Nuestro bisabuelo siempre le decía que iba a tener hijos blancos, de alguna forma lo presintió», cuenta a Efe Ceily, de 18 años y la menor de las tres.

No son las únicas en su familia que sufren este trastorno hereditario que se caracteriza por la ausencia parcial o total de pigmentación en la piel, los ojos y el pelo. También tienen un primo y un tío albinos.

«Normalmente no salimos a la calle a esta hora. Esperamos a que caiga el sol», dice una de las gemelas.

Su caso podría parecer una anomalía genética, pero es una realidad bastante común en esta etnia indígena: los expertos dicen que tiene una de las tasas de albinismo más altas del mundo y calculan que hay un albino por cada 150 gunas.

En Estados Unidos, por ejemplo, la proporción es de uno sobre 18,000 personas, mientras que en Mali es de uno sobre 1,000.

ENDOGAMIA Y AISLAMIENTO

La antropóloga francesa Pascale Jeambrun lleva décadas estudiando esta condición genética y nunca ha visto un caso así: «El gen del albinismo está presente en América desde la migración de Bering (cuando se pobló el continente) y hay 10 etnias amerindias que lo tienen, pero en ninguna es tan fuerte como en esta».

La endogamia y el aislamiento geográfico son su principal explicación. Los gunas, una de las siete etnias que viven en Panamá, son un pueblo de 60,000 personas, originario de un archipiélago de pequeñas islas en el Caribe panameño.

Muchos islotes están a más de 5 horas en lancha de la costa y los más poblados no tienen más de un millar de habitantes. Aunque la mitad de la población vive en la capital panameña, se siguen casando con gunas de su misma isla y uno de cada siete es portador del gen.

«Cuando se juntan dos progenitores portadores, hay un 25 % de probabilidades de que el niño salga albino, un 50 % de que sea portador y un 25 % de que salga sano», explicó a Efe Jeambrun, que recientemente viajó a Panamá para seguir con sus investigaciones.

La antropóloga francesa Pascale Jeambrun lleva décadas estudiando esta condición genética y nunca ha visto un caso así: “el gen del albinismo está presente en América desde la migración de Bering (cuando se pobló el continente) y hay 10 etnias amerindias que lo tienen, pero en ninguna es tan fuerte como en esta”.

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CUIDADOS DE POR VIDA

El tipo de albinismo de los gunas (AOC2) no es el más grave de todos porque se desarrolla cierta melanina con la edad. Pero sí requiere cuidados de por vida para evitar el cáncer de piel, sobre todo en países tropicales.

Brenda está a punto de cumplir siete años, pero tiene muy claro el ritual que debe repetir todas las mañanas: impregnarse de crema y ponerse la gorra. Pese a su corta edad, ha terminado aceptando que no puede salir al recreo a jugar con sus compañeros.

El único momento del día que sus maestros le dejan estar en el patio es cuando toca cantar el himno nacional, pero lo hace en una esquina y a la sombra.

«Es una niña muy madura. Los albinos de la ciudad suelen estar más concienciados con el sol», reconoce su madre, Yamilca Guerrero, quien preside la Fundación SOS Albinos Panamá, con la que hacen giras dermatológicas y reparten cremas en el archipiélago, especialmente entre los más pequeños porque son los más reacios a echarse bloqueador.

«En las islas he visto niños con manchitas muy oscuras y quemaduras muy feas. Nosotras vamos a revisión cada seis meses», asegura Yaili, la otra gemela y voluntaria de la asociación.

Además de las lesiones cutáneas, los albinos sufren un sinfín de problemas oculares como nistagmo (movimiento involuntario de los ojos), estrabismo, fotofobia o miopía, lo que les obliga a revisarse la vista constantemente.

«Mi esposo y yo decidimos no tener más hijos porque no nos podemos arriesgar a que nos salga otro albino. Los cuidados son demasiados costosos y el dinero no alcanza», lamenta Guerrero.

Tipo de albinismo. El tipo de albinismo de los gunas (AOC2) no es el más grave de todos, ya que desarrolla cierta melanina con la edad, sin embargo, requiere cuidados de por vida.

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UNA BENDICIÓN PARA LOS GUNAS

A diferencia de algunos países de África donde mutilan a los albinos o de otras etnias americanas donde los discriminan, los gunas han mitificado esta condición genética. De hecho, tienen hasta una palabra para referirse a ellos: «sibbu».

Cuenta la mitología que los «sibbus» eran los descendientes directos del sol y los encargados de dispararle flechas al dragón que trataba de comerse la luna durante los eclipses. Por eso también se les conoce como «hijos de la luna» o «nietos del sol».

«Los albinos ocupan un lugar preferencial en la cosmovisión guna y tener uno en la familia se considera una bendición», aseguró la antropóloga francesa, que acaba de publicar el ensayo «Hijos de la luna: el albinismo en los amerindios».

Sentado tras la mesa de su despacho, Maxilimano Ferrer, de 63 años, ordena papeles y se pone al día con la agenda después de varios días de gira por las islas. Es uno de los tres «saglas» o máximos líderes del pueblo guna y viene de una familia llena de albinos, entre ellos su madre y su abuelo.

Criado en un ambiente de «amor y respeto por (ser) el diferente», se le tuerce el gesto cuando habla del drama que viven «muchos hermanos» en el mundo, pero también cuando recuerda un capítulo negro de la historia de su pueblo: «No siempre fuimos inclusivos».

Tras la llegada de los españoles, cuenta, los gunas acusaron a los albinos de ser descendientes de los crueles colonizadores y ejecutaron cientos de infanticidios.

«Gracias a Dios superamos esa etapa y hoy estamos totalmente integrados en nuestra sociedad. Le pido al mundo que haga lo mismo», dice el «sagla», consciente de la suerte de haber nacido un «hijo de luna».

Rizos y «espendrús» para reivindicar la cultura afrocubana

“Pelo malo”. En Cuba, los jóvenes abrazan la africanidad con cambios en su apariencia, como usar el cabello afro que es considerado como un cabello que hay que arreglar.

«A veces me preguntan si se me perdió el peine», sonríe Leydis, que hace casi tres años decidió «liberarse de la tortura del laciado» y llevar con estilo su gran afro, una imagen que poco a poco ha dejado de ser rara en las calles de Cuba.

Aunque en la isla caribeña todos aceptan que «el que no tiene de congo, tiene de carabalí», como muestra la gran mayoría mestiza de su población, paradójicamente la cultura afrocubana ha sido relegada a un estatus casi marginal que una nueva generación se ha propuesto revertir comenzando por lo más visible: el cabello.

Para los jóvenes cubanos, abrazar su africanidad empieza por cambiar su apariencia para romper con siglos de colonización y cánones de belleza que han provocado que en el país caribeño el cabello afro se vea como «pelo malo» que hay que arreglar.

En coincidencia con el auge del «black power» en Estados Unidos a fines de 1960 y principios de 1970, en la isla se vieron los primeros «espendrús» –término popular cubano para el peinado afro–, pero la moda no sobrevivió mucho tiempo y fue sustituida por trenzas y «desrices» diseñados para domesticar el cabello.

«A pesar de que muchas personas se identifican con las raíces afro desde el punto de vista de la religión, existe una desconexión con la forma en la que te sientes como afrodescendiente», aseguró a Efe Adriana Heredia, coordinadora del proyecto «Beyond Roots» («Más allá de las raíces»).

Esta propuesta, que comenzó como una serie de «experiencias» en la web Airbnb dedicadas a mostrar facetas de la cultura afrocubana a visitantes extranjeros, ha mutado en una iniciativa social que «enseña los valores positivos» de la identidad afro.

Lo que empezó con llaveros, tazas y camisetas con frases como «Yo amo la cultura afrocubana» diseñados por los miembros del proyecto, derivó en alianzas con emprendedores para fabricar productos dirigidos específicamente a la comunidad afrocubana que fueran más allá de la bisutería religiosa.

Además de contactar a artesanos, «Beyond Roots» –que espera abrir la primera tienda de productos afrocubanos en los próximos meses– se asoció con iniciativas que defienden la afroestética y el cabello natural, uno de los primeros pasos para dejar atrás «estereotipos europeos que tristemente todavía persisten», precisó Heredia.

«La gente me dice: ‘Me encanta la cultura afro. Yo practico la santería’. Pero cuando preguntas por qué lleva el pelo lacio responde: ‘Imagínate, con el pelo así (natural) no me veo linda’», señala la joven profesora de Economía, que alterna su trabajo en la Universidad de La Habana con la coordinación de «Beyond Roots».

Para «descolonizar mentes», el proyecto organiza talleres y encuentros donde comparten consejos de belleza y enseñan técnicas del cuidado del cabello natural ante un público cada vez mayor, más ávido de información y que no solo se limita a las mujeres.

“La gente me dice: ‘Me encanta la cultura afro. Yo practico la santería’. Pero cuando preguntas por qué lleva el pelo lacio responde: ‘Imagínate, con el pelo así (natural) no me veo linda’”, señala Adriana Heredia, coordinadora del proyecto “Beyond Roots” (“Más allá de las raíces”).

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PRODUCTOS NATURALES

Erlys Pennycook, peluquera autodidacta y creadora de ¡Que Negra!, una línea de productos naturales para el cabello afro, se asombra «para bien» de un interés «que ha superado expectativas» en volver a las raíces y mostrar con orgullo el «pelo natural, con rizos pero hidratado, lindo y con toque».

Pennycook comenzó a investigar sobre plantas y productos naturales para cuidar el cabello porque desde que hace unos años sufrió «una experiencia bien fea» cuando enfermó y comenzó a sufrir «alopecia por tracción» por llevar trenzas durante más de 15 años y usar «desriz» con químicos fuertes como el hidróxido de potasio.

“Beyond Roots”. Surgió como una serie de “experiencias” en la web Airbnb para mostrar facetas de la cultura afrocubana a los visitantes extranjeros, pero hoy es una iniciativa social.

«Usamos la moringa, el romero, la albahaca, que es un excelente anticaída. Empezamos a experimentar, lo usé en mí; a un vecino mío le encantó y me dijo: deberías compartir estos conocimientos con el resto del país», explicó la estilista, que vive y trabaja a domicilio en la ciudad de Ciego de Vila (centro del país).

Sus productos: una crema definidora y un spray hidratante completamente artesanales. Ambos se han vuelto muy populares entre la comunidad afrodescendiente, que se identifica con el eslogan «Sé tú misma, sé natural» impreso en las etiquetas de ¡Qué Negra!

Confesó que aunque ahora se ha despojado de los «complejos», ha sufrido «discriminación por los dos lados: demasiado blanca para andar con las negras y demasiado negra para andar con las blancas», un «estigma» del que decidió desprenderse cuando se apropió del término despectivo con que la llamaban.

«Yo soy jabá, que es una expresión despectiva, pero lo soy y voy orgullosa (…) Me involucré más en este tipo de eventos porque no quería que las adolescentes pasaran por lo que yo pasé y supieran que pueden lucir hermosas, por ejemplo, en su fiesta de 15, con su pelo natural», insistió.

Dos años atrás, a los 17, Arla decidió dejarse el pelo natural por primera vez.

«Mi mamá me lo laciaba a pesar de las protestas de mi padre. Al principio no sabía cómo rizármelo, la transición fue horrible porque se me rizaban algunas partes y otras no», explica la estudiante.

A su lado, Sheyla (19 años) admite que por el contrario «siempre lo ha llevado así», aunque se quejó de que aún no existen suficientes salones de belleza dedicados al cabello afro.

«Yo me identifico con mi pelo rizo, con toda la melanina que mi piel tiene, con toda la historia que tiene que contar, por qué me voy a laciar el pelo y ser una más del montón. La vida es muy corta para llevar el pelo aburrido», sentenció.

Raíz. Erlys Pennycook es la creadora de la línea de productos naturales ¡Qué Negra! para el cabello afro; que según ella, “ha superado expectativas” de volver a la raíz al pelo natural.

La rebelión del Stonewall, la noche que cambió la historia LGTBI

Por el mundo. Las marchas del Orgullo Gay se organizan en las principales ciudades del mundo y se han convertido en punto de encuentro de activistas.

Era como un «arca homosexual de Noé», un tugurio regentado por la mafia, un refugio nocturno donde a finales de los años sesenta los gays de Nueva York podían ser ellos mismos, liberarse y bailar como en muy pocos lugares de la ciudad.

Era el Stonewall Inn, un bar situado en los números 51 y 53 de la calle Christoper, en el barrio neoyorquino de Greenwich Village.

Su fama se remonta a la noche del 28 de junio de 1969, cuando una redada de la policía desembocó en enfrentamientos entre agentes y clientes, que dijeron basta.

«Lo cambió todo. Los gays tenían orgullo, pero no era un orgullo de ser gay, era un orgullo de ser ellos mismos, era un orgullo individual». Después del Stonewall «se convirtió en orgullo colectivo», cuenta Martin Boyce, uno de los habituales del bar que participó en aquellos disturbios.

Los altercados no fueron los primeros ni serían los últimos, pero fueron el catalizador del todavía tímido movimiento por los derechos civiles de la comunidad LGTBI en EUA, que, un año después, convocó la que acabaría siendo la primera marcha del Orgullo Gay para conmemorar aquella rebelión y condenar la brutalidad policial.

«El Stonewall convirtió un movimiento pequeño y localizado en un gran movimiento nacional que se expandió por todo el mundo», explica Eric Marcus, escritor del libro «Making History: The Struggle for Gay and Lesbian Equal Rights 1945-1990» (Haciendo historia: La lucha por la equidad de derechos para gais y lesbianas 1945-1990).

El local actual, reabierto en 2007, es un recuerdo de aquel símbolo de la explosión del movimiento LGTBI. Sus actuales dueños Kurt Kelly y Stacy Lentz lo describen como «una iglesia gay», como «un circo con mucha diversión» con el que quieren «recuperar la maltratada historia» del antiguo local.

Para Boyce, el Stonewall es algo más que un lugar para el recuerdo: «Es un verbo, una palabra de acción».

UNA CIUDAD OSCURA

«Antes del Stonewall, era muy arriesgado salir del armario. En los años cincuenta y sesenta podías perder tu trabajo, a tu familia, incluso tu casa», cuenta Marcus desde el salón de su casa, en el acomodado barrio de Chelsea.

«Nueva York era completamente diferente. Era como una película de cine negro, una ciudad oscura, no tan brillante como ahora, y en la que todas las leyes estaban dirigidas contra la gente homosexual», recuerda Boyce.

La homosexualidad fue considerada en EUA una enfermedad mental hasta 1973 y, en Nueva York, los tratamientos con descargas eléctricas no fueron abolidos de manera oficial hasta ese mismo año.

Las relaciones homosexuales, las muestras públicas de afecto y vestirse con ropa de sexo opuesto estaban prohibidas.

Por el mundo. Las marchas del Orgullo Gay se organizan en las principales ciudades del mundo y se han convertido en punto de encuentro de activistas.

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UN TUGURIO DE LA MAFIA, UN OASIS GAY

«El bar era un tugurio, feo, sin agua corriente detrás de la barra. Si conocías el bar y tenías una botella de cerveza o una lata, las limpiabas porque podías pillar hepatitis por las bebidas. No era mucho, pero estábamos contentos», cuenta Boyce, que en aquellos días acudía al bar vestido de «drag queen» aterradora.

Casi todos los bares similares estaban cerca de los puertos, en calles solitarias y peligrosas, pero el Stonewall estaba en mitad del vibrante Greenwich Village y tenía una pista para bailar, algo que también tenían prohibido los homsexuales.

«Todo el mundo iba al Stonewall por lo inusual que era un sitio con música y en el que se pudiera bailar». Boyce recuerda especialmente a las «drag queens» negras que controlaban la máquina de música, supervisaban las canciones y mantenían la pista viva. «Si pinchabas algo que no les gustaba nunca volvías a acercarte al tocadiscos», dice.

Como no estaba permitido servir alcohol a gente de «conducta desordenada» –definición que las autoridades empleaban para referirse a los homosexuales que arrestaban–, la mafia se fue haciendo con el control de estos lugares. «Siempre nos manteníamos alejados de la gente de la mafia que veíamos en el bar, aunque su presencia no era muy evidente», cuenta con nostalgia Boyce, que entonces tenía 20 años.

El Stonewall abrió sus puertas en 1967 como un negocio «privado», denominación bajo la que se conocían los locales frecuentados por la comunidad homosexual. Entre 1934 y 1964 fue un bar restaurante con el mismo nombre, pero cerró tras un incendio que destrozó su interior. Los nuevos dueños se limitaron a pintar de negro las paredes y las ventanas antes de reabrirlo para los gays de Nueva York.

Entre sus parroquianos, había desde ejecutivos con traje, que solían estar junto a la entrada, hasta las «drag queens», pasando por los «chicos de la calle» como Boyce, jóvenes adolescentes, muchos de los cuales habían sido repudiados por sus familias y que habían hecho de la calle y de la noche su vida en la ciudad.

«Había diferentes tipos de gente homosexual (…) Era como el arca homosexual de Noé, había un poco de toda clase de personas. Si hubiera habido una inundación, los gays se habrían salvado», resume Boyce.

“Hubo bajas, pero muchas de las bajas”, dice riendo, “desafortunadamente fueron de fuego amigo, porque no nos habían enseñado a jugar al béisbol o cosas como esas, así que cuando lanzábamos un ladrillo solíamos golpear a otro gay”. En aquella época, estaban en pie de guerra los pacifistas, los negros, las feministas, pero el colectivo LGTBI nunca se pensó a sí mismo como tal.

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LA MECHA

Dada la situación, con disturbios en otros locales, asesinatos de personas LGTBI y un contexto de movimientos sociales en defensa de los colectivos desfavorecidos, lo ocurrido el 28 de junio de 1969 en el Stonewall no fue una sorpresa. «Simplemente fue la noche en la que se encendió la mecha», relata.

Boyce no estaba allí cuando irrumpió la policía, pero sí que llegó, junto con un amigo, cuando empezaron a evacuar a la clientela. «Fuimos a mirar. Pude ver a las ‘drag queens’ saliendo del bar y saludando con la mano. Después siempre salía la gente que se sentía avergonzada, la que había sido pillada de improviso y temía quedar expuesta».

Todo iba como en ocasiones anteriores en otros tantos garitos de la ciudad. Pero, entonces, cuando un policía estaba empujando a alguien hacia el interior del furgón, «un zapato con tacones apareció y le respondió con una patada».

Tras un momento de indecisión, el agente entró y, desde fuera, los testigos escucharon el ruido de «carne y huesos golpeando contra el metal» del interior del vehículo. «Ya habéis visto el espectáculo, ahora fuera de aquí», dijo el policía, confiando en que se marcharían, como siempre ocurría. Pero esta vez no fue así.

«Por alguna razón que ni siquiera ahora puedo explicar, empezamos a dar pasos hacia él. No sé qué pinta teníamos porque ninguno de nosotros se giró para ver las caras de los demás. El policía agarró su porra e iba a hablar de nuevo, pero no lo hizo. Vio algo en nosotros que le asustó. Pestañeó, tragó saliva y se dirigió hacia dentro del bar», relata.

Algunos activistas recuerdan a la «drag queen» Stormé DeLarverie como la primera en resistirse, pero, según Boyle, los disturbios ocurrieron en diferentes puntos al mismo tiempo y en un espacio reducido, «porque había habido suficiente provocación por parte de la policía para que todo comenzara».

Cuando los policías corrieron hacia el interior del Stonewall, la situación se descontroló: «Todos nos volvimos locos. Primero les lanzamos peniques, que eran de cobre (copper) y era también el nombre de pila de la policía («coppers»), y después empezamos a lanzar cosas más serias hasta que nuestros bolsillos se quedaron vacíos».

Cientos de personas se unieron a la protesta y aparecieron las fuerzas antidisturbios. «Nada es más ruidoso en unos disturbios que el silencio, y toda la calle se quedó en silencio. Solo se escuchó una marcha, un fuerte ruido de tropas. Toda la gente que había se abrió y ahí estaban», cuenta Boyle, como si reviviera aquella noche y no la hubiera narrado en los últimos años.

Fue entonces –prosigue– cuando tuvo lugar uno de los momentos más memorables: «Cuando llegaron los refuerzos, los manifestantes se agarraron unos a otros formando una fila y, ante la mirada atónita de los agentes, comenzaron a bailar levantando la piernas mientras cantaban la canción ‘We Are the Villages Girls’ (Nosotras somos las chicas del Greenwich Village)».

Antes de terminar la canción, se produjo la temida carga policial en la que Boyle recibió un golpe en la espalda del que no fue consciente hasta la mañana siguiente. Los altercados continuaron y no llegaron a su fin hasta que «comenzó la luz del día».

«Hubo bajas, pero muchas de las bajas», dice riendo, «desafortunadamente fueron de fuego amigo, porque no nos habían enseñado a jugar al béisbol o cosas como esas, así que cuando lanzábamos un ladrillo solíamos golpear a otro gay». En aquella época, estaban en pie de guerra los pacifistas, los negros, las feministas, pero el colectivo LGTBI nunca se pensó a sí mismo como tal. «No teníamos un libro o un credo o algo así, y éramos tan diversos que ni siquiera estábamos unidos, así que no había ninguna manera de encontrar un camino para salir de esa situación».

Según Boyle, «si no hubiera sido por los organizadores que aparecieron después del Stonewall, que planearon la primera marcha (del orgullo gay en conmemoración de las revueltas) y que formaron algunas de las organizaciones militantes, muy probablemente el Stonewall hubiera desaparecido de la historia».

Se refiere a la primera marcha, la que catapultó lo ocurrido en este bar y mantuvo para siempre encendida la llama del movimiento por los derechos de los LGTBI. «Esa protesta de 1970 en Central Park fue la mayor concentración de homosexuales en toda la historia», rememora Marcus.

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EL NUEVO STONEWALL

Kurt Kelly y Stacy Lentz, dos de los dueños del actual Stonewall, que ocupa parte del espacio del viejo antro gay, aseguran que quieren preservar y mantener su espíritu y la lucha del movimiento LGTBI.

«Queríamos recuperar la historia, que fuera tratado y respetado como debía, porque no lo estaba siendo», cuenta Kurt, sentado en la barra del bar del piso superior, un añadido al espacio original. Desde que reabrió bajo su gestión, en 2007, el objetivo es mantenerlo «en primera línea de la lucha por los derechos del movimiento gay», añade Lentz, activista lesbiana que se ocupó de que en el nuevo bar tuvieran cabida las mujeres.

«El Stonewall no era un lugar al que iban las mujeres, ni siquiera en los noventa, cuando reabrió como un bar gay. Pero, afortunadamente, nosotros como grupo hemos trabajado para dejar que las lesbianas entren aquí y darles un lugar», cuenta la activista, que asegura que en Nueva York hay 55 bares que se definen como locales homosexuales para hombres, dos «como una especie de mezcla» y otro con «puramente de lesbianas».

«Somos un movimiento. Cuando nos hicimos cargo, nuestro objetivo era hacer de esto una iglesia gay, donde todo el mundo pudiera venir y regocijarse y donde todo el mundo pudiera lamentarse», agrega Kelly. Aunque también es como un «circo», con espectáculos de «drag queens», conciertos y cabaré, recuerda.

Hoy, el Stonewall está reluciente, con una planta baja recubierta de madera y con un billar; un piso superior con otra barra de bar y banderas arcoíris colgadas del techo negro y una fachada repleta también de pequeños estandartes multicolores del movimiento LGTBI.

Las visitas de personalidades como el primer ministro irlandés Leo Varadakar y su pareja, Matt Barret, en 2018 o la actuación de la cantante Madonna, la pasada Nochevieja, no han hecho más que impulsar su popularidad.

Una fama que sus dueños esperan que no les sobrepase con la llegada de millones de turistas a Nueva York para participar en la celebración de la marcha mundial del Orgullo, este 30 de junio, que marcará también el 50 aniversario de la rebelión de los clientes de aquel antro gay.

En agenda. La visibilidad que se gana en la marcha sirve para poner en agenda temas de derechos humanos, acceso a oportunidades y erradicación de la discriminación.

Venezolanos en Ecuador, radiografía del hambre que emigra por Latinoamérica

Fotografía de EFE

Un hombre famélico, con sus vestimentas color hollín y zapatillas roídas, camina solo, con paso firme y portando un petate, en dirección al puente de Rumichaca, entre Ecuador y Colombia; es una de esas tantas puertas de la esperanza para los venezolanos que huyen del hambre y la pobreza.

Con dos hendiduras a ambos lados del rostro, que dibujan el contorno de su mandíbula y la piel quemada por el sol y las inclemencias de la cordillera andina, este venezolano de nombre Fredy Ramón Castillo, de 60 años, ha recorrido más de 2,000 kilómetros desde Valencia, estado de Carabobo, hasta el principal acceso a Ecuador y lleva ocho días caminando.

«El sueldo no me alcanzaba para comprar medicinas y decidí salir de Venezuela para ayudar a mi mamá», afirma antes de romper a llorar por su situación, que comparten los cerca de 2,000 a 3,000 compatriotas, hasta 5,000 en los días álgidos, que cruzan este límite.

Es una frontera que solo en 2018 fue atravesada por más de un millón de venezolanos, de los que más de 220,000 no registraron su salida del país por puertos oficiales, según datos oficiales.

Venezuela afronta en el último lustro una grave crisis económica, agravada por la escasez de comida, medicinas, productos básicos y servicios como electricidad o agua potable, inseguridad, que ha llevado a más de 4 millones a dejar su país y engrosar el movimiento más grande y rápido de personas en la historia reciente de Latinoamérica.

Ecuador. Es el país que recibe a más emigrantes en proporción a su extensión territorial y número de habitantes de la región. Para finales de año se estima que su población llegará a medio millón de personas.

Ecuador es el cuarto receptor de venezolanos en América Latina después de Colombia, Perú y Chile, y tiene una población estimada de más de 300,000, cifra que podría acercarse al medio millón para finales de año, según vaticina su cancillería.

Es además el país que recibe a más emigrantes en proporción a su extensión territorial y número de habitantes de la región.

Cada día cerca de una veintena de autobuses llega a la divisoria con Ecuador procedente de Colombia, donde comienza el éxodo por la región suramericana, aunque numerosos individuos solos o en grupo hacen el recorrido a pie.

Es el caso de media docena de hombres y mujeres en la veintena, que alcanzan casi desmayados el límite territorial con dos bebés y sus vidas en apenas dos maletas con ruedas y varios bultos que se han ido turnando en cargar en su largo trecho.

«Comenzamos hace 19 días», refiere a Efe Edison Mendoza, del estado de Lara, con su hija de año y medio dormida en su regazo.

Ecuador. Es el país que recibe a más emigrantes en proporción a su extensión territorial y número de habitantes de la región. Para finales de año se estima que su población llegará a medio millón de personas.

Su objetivo también es llegar a la capital peruana, donde tienen familiares, tras haber descartado Ecuador. «Porque no tener nada que comer nos ha motivado a recorrer todo esto, y lo que nos falta», comenta.

De acuerdo a un reciente informe de seguimiento del flujo de la población venezolana en Ecuador de la Organización Internacional (OIM), el 54.4 % de los venezolanos inició su viaje entre uno y siete días antes de llegar a los principales puestos fronterizos, donde el costo promedio del mismo fue entre $100 y $500.

Asimismo, el 46.3 % viaja solo, el 42.9 % con familiares y el 10.6 % con un grupo no familiar; y el 33.8 % de los encuestados en la frontera expresó su deseo de permanecer en el país, el 52.3 % planea radicarse en Perú y el 12.4 % en Chile.

Con una economía dolarizada y un envío regular de remesas a Venezuela que promedia los $20, Ecuador se ha tornado para muchos en una opción donde empezar de cero.

El perfil de los que en estos momentos ingresan a este país está cambiando respecto a los últimos años, según subrayan los organismos internacionales, con un aumento de las mujeres (44.7 %), y en su gran mayoría con el bachillerato acabado (43.6 %), cuando en años precedentes solía hacerlo un mayor número de licenciados.

«Podemos decir que en una primera etapa de la movilidad fueron los cabezas de familia, y ahora desde hace un año tuvieron sus recursos económicos y pueden hacer la reunificación familiar», indica a Efe Vladimir Velasco, director distrital del Ministerio de Inclusión Económica y Social de Ecuador (MIES), en la ciudad fronteriza de Tulcán, aledaña a Rumichaca.

A escasos metros del puente internacional, en la divisoria común, un autobús fletado por la OIM efectúa su última parada del trayecto desde Colombia y a sus escalerillas, un trabajador del organismo informa a los pasajeros venezolanos que descienden que se separen en grupos en función de los que se quedan en Ecuador y los que siguen recorrido a Perú, que desde el sábado exige visado humanitario.

Junto con el grupo de recién llegados, tres jóvenes maleteros venezolanos esperan sacarse unas monedas ayudándoles a cargar sus pertenencias hasta el área donde deben proceder a regular su documentación.

Reciben pesos y dólares de la nueva modalidad de pasajeros emigrantes, que les dan para tirar, «algunos días llegamos, otros no», refiere Lewis Cuello, de Caracas, si tienen suerte incluso envían algo a la familia en la República Bolivariana.

A ambos lados del cruce varios habitáculos de organizaciones internacionales, como ACNUR, UNICEF, Cruz Roja Internacional, Programa Mundial de Alimentos, ONG, gobiernos locales y cancillerías, se han convertido para muchos de los viajeros en parada y fonda en su trayecto.

Los niños juegan en espacios lúdicos y los mayores cargan sus celulares en un punto habilitado, chequean su salud o simplemente reciben alimentos en una espera que puede demorarse varias horas.

La mayor parte de los viajeros que atraviesan la frontera ecuatoriana lo hacen con cédulas de identidad y pasaportes, aunque el 2.5 % no posee documentos, especialmente menores, constatan las entidades responsables.

Entre inicios de febrero y finales de marzo de 2019, el Gobierno ecuatoriano exigió la presentación de antecedentes penales apostillados a los venezolanos que ingresaron en el país, medida suspendida por la justicia.

El viaje. El 46.3 % de los venezolanos que viaja a Ecuador lo hace solo, el 42.9 % con familiares y el 10.6 % con un grupo no familiar.

Pese a liderar esfuerzos regionales para hacer frente al fenómeno, abogando por una flexibilización y políticas de «brazos abiertos» a la población vulnerable, el presidente, Lenín Moreno, ha anunciado que se exigirá una visa humanitaria, siguiendo con el ejemplo peruano.

Desde Rumichaca parten al día en función de la demanda, entre cuatro y ocho autobuses humanitarios con destino a Huaquillas, en la divisoria con Perú, flujo que podría frenarse una vez que ha entrado en vigor la disposición adoptada por Lima.

Una plazoleta que alberga las instalaciones humanitarias en el cruce con Colombia se ha tornado en un gran recinto de espera donde se agolpan las familias venezolanas con sus pertrechos.

Génesis Camacho, de 24 años y oriunda de Zulia, espera su turno para poder alimentar a su hijo pequeño gracias al Banco de Alimentos. Viajó con su marido en autobús y piensa radicarse en Ecuador donde ya se encuentra toda su familia. «Éramos los últimos», asegura.

Cada vez se observan más casos de madres que migran con sus hijos, mayores o personas con discapacidad que en una primera etapa no se lo planteaban.

Una tendencia «creciente», según la alta comisionada adjunta de la ONU para los Refugiados (ACNUR), Kelly Clements, que en su primera visita al país andino advirtió a Efe que la mayoría de los venezolanos en situación de movilidad por la región requiere de «protección internacional».

El éxodo masivo de venezolanos se aceleró a partir de 2016, se agudizó en los últimos dos años, en paralelo al pulso de poder entre el líder chavista Nicolás Maduro y el opositor Juan Guaidó, reconocido como presidente interino por más de 50 países.

Como en casi todo el continente, muchos comienzan en un cruce de caminos con un cartel que reza: «Soy venezolano, tengo hambre, por favor ayúdame».

Donbás, la guerra olvidada

Fotografía de EFE

Bombardeos diarios, cazas de zinc, corredores humanitarios, campos de minas y odio, mucho odio. El conflicto del Donbás tiene todos los ingredientes de una guerra fratricida, pero el resto del mundo mira para otro lado. Sin hidrocarburos de por medio, las hostilidades en el este de Ucrania son vistas casi como rencillas entre vecinos.

Cada vez son menos los políticos occidentales que sacan a la luz el sufrimiento de millones de ucranianos que lo han perdido todo: sus familias, sus propiedades, su país, su libertad. Los acuerdos de paz de Minsk se firmaron en febrero de 2015, pero ninguno de los bandos ha cumplido con su parte. El resultado son más de 10,000 muertos, entre soldados del Ejército ucraniano, milicianos prorrusos y civiles, según la ONU.

El apagón informativo es cada vez mayor. El hartazgo se ha extendido a la opinión pública internacional, más preocupada por otras cuestiones. Mientras, los horrores del Donbás se han convertido en un lugar común para los ucranianos, que empiezan a entender que solo podrán salir del infierno en el que se han metido por sus propios medios.

El Donbás, que recibe su nombre de la cuenca del río Donets en el este de Ucrania y adquirió fama mundial por sus ricos yacimientos hulleros, incluye a las regiones de Donetsk y Lugansk, ambas limítrofes con Rusia. La guerra ha partido en dos ambas regiones, una mitad controlada por los separatistas prorrusos y la otra bajo dominio del Ejército ucraniano. Los Acuerdos de Minsk de febrero de 2015 estabilizaron el frente y trazaron una línea de separación de fuerzas entre ambos bandos. La guerra a gran escala cesó entonces, pero las hostilidades y escaramuzas son constantes.

SLAVIANSK, EL CORAZÓN DE LA SUBLEVACIÓN

«Gracias por acordaros de nosotros», grita uno de los policías apostados a la entrada de la comisaría de Slaviansk, región de Donetsk, donde el 12 de abril de 2014 estalló la sublevación prorrusa. Los residentes del Donbás tienen la impresión de que el mundo se ha olvidado de ellos y temen que la guerra se convierta en un conflicto congelado, sin vencedores ni vencidos.

No es causalidad que el retirado oficial ruso Ígor Strelkov, líder de la rebelión prorrusa, eligiera Slaviansk como centro de operaciones. «Recibimos el apoyo total de la población. El 90 % de los habitantes de Slaviansk quería unirse a Rusia y, además, todos hablaban en ruso, no en ucraniano», comenta a Efe. Slaviansk está orgullosa de su pasado, estrechamente vinculado al imperio ruso desde su fundación a finales del siglo XVII.

El Ejército ucraniano intenta ganar adeptos en las zonas de Donetsk y Lugansk bajo su control, como Slaviansk, pero las heridas de la guerra aún supuran y las huellas de la destrucción son latentes. Cinco años después, la pequeña localidad de Semiónovka, escenario de una de las primeras batallas de la guerra, recuerda a Dresde después del bombardeo aliado de 1945, o a Grozni tras la ofensiva rusa contra Chechenia en 1994.

Fotografías de EFE

No hay un alma en sus calles. Los escombros de lo que antaño era un hospital y las viviendas de la zona son ahora hogar de ratas y alimañas. Todas las paredes están agujereadas por balas de ametralladora de grueso calibre. Ningún tejado aguantó el incesante bombardeo con mortero. Las únicas señales de vida son dos viviendas reconstruidas por vecinos con cara de pocos amigos y una nueva clínica para niños con deficiencia.

«Aquí no hay futuro», señala Misha, un veinteañero que antes trabajaba para los ferrocarriles y que cuenta que la mitad de sus compañeros de clase emigró a la vecina Rusia. A la entrada del pueblo hay un memorial, pero está dedicado exclusivamente a la media docena de militares ucranianos caídos en los combates en Semiónovka. Nadie se atreve a profanarlo, pero son muchos los que no entienden por qué no hay un monumento a los civiles muertos. Lo que ellos ven como una conflicto civil contra la opresión del Gobierno nacionalista, en Kiev lo ven como una guerra contra separatistas apoyados por el jefe del Kremlin, Vladímir Putin.

«Un amigo mío murió aquí. Y no era un miliciano. Iba por la calle y una bomba lo mató», recuerda Alexandr, un taxista que rebosa rencor hacia Kiev.

“Aquí no hay futuro”, señala Misha, un veinteañero que antes trabajaba para los ferrocarriles y que cuenta que la mitad de sus compañeros de clase emigró a la vecina Rusia. A la entrada del pueblo hay un memorial, pero está dedicado exclusivamente a la media docena de militares ucranianos caídos en los combates en Semiónovka. Nadie se atreve a profanarlo, pero son muchos los que no entienden por qué no hay un monumento a los civiles muertos.

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ODIO QUE NO CICATRIZA

El Gobierno ha llenado la ciudad de carteles en ucraniano, un idioma que casi nadie habla. El ruso es la lengua franca para todos. «Vivimos bajo ocupación», comentan muchos vecinos. En el centro de Slaviansk ha aparecido un iglesia autocéfala, pero todos acuden al templo vinculado al Patriarcado de Moscú. También ha cambiado el nombre de las ciudades, de «Limán Rojo» a solo Limán, de Artiomovsk a Bajmut, aunque todo el mundo está apegado a los viejos nombres. «Hasta retiraron la estatua de Lenin de la plaza», insiste Alexandr.

Tampoco se celebra el 12 de abril, sino el 5 de julio, cuando los soldados ucranianos liberaron la ciudad del yugo ruso. Todos los años, el Ayuntamiento recuerda a los 63 soldados que perdieron la vida en la batalla de Slaviansk. «Con Strelkov se vivía mucho mejor. Fusilaba en el acto a los ladrones y bandidos», contraviene Vasili, un joven oriundo de Slaviansk, sobre los dos meses de control prorruso.

El miedo atenaza a muchos. Algunos lo tienen porque participaron activamente en la sublevación, cuentan con familiares en el bando separatista o porque estuvieron en Rusia.

«La situación es pacífica, pero sufrimos las secuelas de la guerra», comenta a Efe Vadim Liaj, alcalde de Slaviansk. Y es que Slaviansk está a apenas cien kilómetros del frente. Reconoce que Kiev «no es muy popular» entre los habitantes de la zona, pero cree que la principal demanda del pueblo no es la independencia, sino la mejora del nivel de vida. «La gente no está contenta porque los frigoríficos están vacíos y no hay nada que comer. Lo que pasa es que cuando en el Donbás se quejan de las altas tarifas, en Kiev ven la mano de Moscú. La gente se va a Polonia y Rusia no porque se sienta perseguida o no pueda hablar en ruso, sino porque quiere ganar dinero para mantener a su familia», apunta.

EL CORREDOR DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

En ningún lugar es tan evidente el odio como en Stanitsia Lukanska, el único corredor humanitario en 150 kilómetros de frente en la provincia de Lugansk. Debido a la voladura del puente sobre el río Severski Donets por las milicias prorrusas, que querían evitar una posible incursión con blindados del enemigo, más de 10,000 personas deben recorrer diariamente los 5 kilómetros de corredor para comprar alimentos o cobrar salarios y pensiones.

La peregrinación incluye a personas de todas las edades y a familias enteras, ya que la escasez es la nota predominante en territorio prorruso debido al bloqueo impuesto por el Gobierno ucraniano sobre este territorio separatista. Es por eso por lo que la promesa que hizo Vladímir Putin de reducir a menos de tres meses la espera para obtener el pasaporte ruso ha animado a muchos, que confían en salir de una vez por todas del círculo vicioso del odio, la guerra y la destrucción.

Entre todos, quienes peor lo pasan son los jubilados, ya que deben recorrer este paso libre cada dos meses para demostrar que están vivos, de lo contrario no cobrarán su pensión. La caminata es especialmente ardua en invierno, ya que la nieve y las bajas temperaturas lo convierten en una odisea. Algunos pensionistas se ven obligados a contratar a jóvenes porteadores que, a cambio de unas 300 grivnas (unos $12) les llevan en sillas de ruedas, en trineos o en improvisados carritos de metal.

Alimentos. Un anciano transporta alimentos en un carro por el corredor humanitario de Stanitsia Luhanska.

«Es una forma honrada de ganarse la vida. No hay nada de qué avergonzarse», asegura Azot, un pequeño oseta de espalda encorvada que empuja un carrito con fruta y legumbres. Le miran un adulto y un joven, que esperan a un par de ancianas para llevarlas de regreso a su casa y cobrar su dinero.

Los caminantes culpan a Kiev de su sufrimientos. Los comparan con los nazis por bombardear con saña sus casas. Muchos se tapan la cara ante la proximidad de un reportero. Según explica a Efe una portavoz del Ejército ucraniano, los que se cubren son colaboradores de los «sépar» (separatistas, según la jerga militar) o trabajan para la autoproclamada república popular de Lugansk. «¿Es normal que una abuela como yo tenga que andar tantos kilómetros para cobrar su pensión?», lamenta una anciana de 78 años, que se queja de dolor de ciática y cojea ostensiblemente.

La guerra ha roto vidas y familias, pero alguien debe armarse de valor y de paciencia para recorrer los 5 kilómetros para visitar a sus seres queridos «al otro lado» de la zona de separación de fuerzas. Lo hacen de manera ordenada y sin abandonar el camino, ya que a ambos lados el territorio está minado. Además, los francotiradores prorrusos están apostados al otro lado del puente, por lo que nadie debe hacer movimientos en falso. También han dejado atrás casas y propiedades, por lo que deben visitarlas para evitar que sean desvalijadas.

Como en todas las guerras, siempre hay algunos que hacen negocio con la escasez. Algunos cruzan al lado controlado por Kiev para adquirir alimentos, productos o equipos electrónicos, cuyo precio en territorio separatista es mucho mayor. También están los porteadores que se ganan la vida haciendo un viaje al día y cargando hasta 75 kilogramos, el máximo permitido por el Ejército para evitar el colapso del puesto fronterizo, ya que cada persona debe mostrar su pasaporte y sus bártulos deben ser registrados minuciosamente.

Aunque las hostilidades tienen lugar a cientos de kilómetros de distancia, la guerra también se libra en la retaguardia. En Kiev, una pizzería situada en una calle aledaña a la plaza de la Independencia (Maidán) recoge donativos y contribuciones para los soldados que combaten en el frente. En la capital ucraniana cruzarse con gente de uniforme está a la orden del día.

Con todo, las elecciones presidenciales, en las que el actor Vladímir Zelenski arrasó a Poroshenko con su propuesta de diálogo con Rusia para acallar los cañones en el Donbás, demostraron que los ucranianos no quieren seguir combatiendo y muriendo y que, pese a que muchos consideran a Rusia un Estado agresor, quieren normalizar sus relaciones con Moscú, conscientes de que de ello dependen no solo la paz, sino el fin del infierno.

Negocio y necesidad. Sillas utilizadas para transportar a personas con dificultades de movimiento a la largo del corredor humanitario Stanitsia Luhanska. Los portadores cobran hasta 12 euros por trayecto.

El lujo de tener casa propia en Guatemala

Hacia arriba. Vista de la construcción de un edificio en la capital guatemalteca.

De unidades unifamiliares a viviendas verticales. La construcción se transforma y evoluciona en Guatemala, donde es un lujo tener una residencia. No solo por los bajos salarios mínimos –de unos $390 al mes–, sino también por la falta de créditos inmobiliarios de una banca conservadora.

El país está en un proceso de urbanización con grandes migraciones del área rural a la urbana porque las municipalidades, que antes no hicieron nada, ahora empiezan a ser conscientes de la baja densidad habitacional que tienen. Es por ello que empezaron a generar nuevos reglamentos de construcción que permiten edificios de apartamentos de seis niveles sin ascensor y sin parquímetros para vehículos.

LA IMPOSIBILIDAD DE ACCEDER A VIVIENDA

Esta combinación de factores, explica a Acan-Efe el constructor Eduardo Tabush –que cuenta con 19 años de experiencia en el sector–, permite el desarrollo de viviendas sociales urbanas con un valor de $32,700, incluida la exoneración del Impuesto al Valor Agregado (IVA).

Eso representa que un guatemalteco tendría que destinar todo su salario durante 83.8 meses para adquirir su casa porque la informalidad en la que se encuentra la mayoría de la población no le permite acceder a la financiación bancaria para bienes inmobiliarios.

De los casi siete millones de personas que pertenecen a la población económicamente activa (PEA), 4.01 millones trabajan como asalariados, pero solo 1.31 millones de ellos están registrados como trabajadores formales en el seguro social.

Y la banca privada guatemalteca, comenta Tabush, es «demasiado conservadora» y le tiene una tremenda aversión al riesgo. Con poca liquidez para dar créditos a largo plazo debido a que no hay programas de ahorro obligatorio en el país, las entidades financieras únicamente hacen préstamos a los clientes de mayor recurso: los más seguros y rentables.

Impulsor de una iniciativa para crear el Instituto de Ahorro para la Vivienda (AVI), que en su opinión es una versión moderna y mejorada del Fondo Nacional del Ahorro en Colombia, del Central Fund de Singapur y del Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (Infonavit) de México, el experto sostiene que a la banca guatemalteca le falta «agresividad» porque no quiere prestar para vivienda de bajo costo.

Los precios varían, incluso en una misma zona con varios proyectos de vivienda. Porque un metro cuadrado de un apartamento puede valer entre $1,500 y $2,300, pero el de las casas cuesta entre $150 y $500.

La oferta de vivienda y la financiera que la acompaña se ha concentrado en el país a atender a familias de mayores ingresos y durante los últimos 20 o 30 años se han desarrollado proyectos de casas en la periferia, creciendo la «mancha urbana».

LOS ATASCOS

Entrar a la capital desde esos «suburbios» y zonas residenciales es cada vez más complicado y tardado. La poca infraestructura vial y un parque de vehículos en aumento complica la situación y hace que el guatemalteco promedio pierda entre 2 y 3 horas en el tráfico cada día.

La Entidad Metropolitana Reguladora de Transporte y Tránsito (EMETRA) dice que en Ciudad de Guatemala circulan al menos 1.5 millones de vehículos. Y para evitar esas grandes colas la mayoría de las familias están comprando el apartamento urbano y no la casa en la periferia, pagando más pero por un producto completamente diferente y no por un alza de precios, según el experto.

LAS LICENCIAS

Para el presidente de la Cámara Guatemalteca de la Construcción (CGC), Javier Ruiz, desde 2015 se inició la promoción de apartamentos, es decir, de viviendas verticales.

En 2018, la Ventanilla Única aprobó 55 licencias de complejos verticales con un total del 1,917,226 metros cuadrados, 28 de esos proyectos en la zona 15, una de las áreas residenciales con mayor ampliación de edificios de oficinas y apartamentos en los últimos tres años.

Mientras que en 2017 solo fueron 33 licencias de complejos habitacionales verticales, es decir, que el año pasado hubo un incremento de 66 %.

Sin embargo, la totalidad de construcciones de viviendas en 2018 superó los 3.8 millones de metros cuadrados, con una alza del 41 % en relación con 2017.

En 2018, la Ventanilla Única aprobó 55 licencias de complejos verticales con un total del 1,917,226 metros cuadrados, 28 de esos proyectos en la zona 15, una de las áreas residenciales con mayor ampliación de edificios de oficinas y apartamentos en los últimos tres años.

En el retraso de la construcción incide la burocracia. Para conseguir una licencia una empresa debe presentar unos 250 documentos y dar 170 pasos con un costo aproximado de 60,000 quetzales ($7,800). Y eso no solo tiene un impacto en la economía, sino también en la generación de empleo.

Son nueve las instituciones del Estado, además de la municipalidad, las que deben avalar una licencia en Guatemala. Sin embargo, se ha puesto en marcha el ejercicio sobre la implementación de la Ventanilla Única de Construcción en la que en menos de 48 horas se autorizaron 20 licencias.

«Estamos seguros de que la ventanilla será un claro aporte al clima de negocios en el país, lo que se reflejará en la mejora del indicador de Licencias de Construcción medido por el Banco Mundial», sostiene el ministro de Economía, Acisclo Valladares.

Una vez inaugurada esa ventanilla, los interesados llevarán un único expediente físico al que dará seguimiento una sola persona, que se encargará de obtener los 14 documentos previos requeridos para llegar a la Municipalidad de Guatemala.

DÉFICIT HABITACIONAL

Pero el impacto de la falta de vivienda en Guatemala sigue siendo alto, ya que se considera que se necesitan construir 1.7 millones de unidades con espacios que incluyan áreas verdes, transporte público, seguridad y reducción de contaminación en las ciudades.

La propuesta de la cámara es la aprobación de la ley de interés preferencial para el acceso a la vivienda, con la que esperan, en un plazo de 10 años, reducir en 50 % el déficit.

Según proyecciones del Banco de Guatemala (central), durante este año el sector de la construcción tendrá un crecimiento del 3 %.

Unas cifras que permiten concluir que el sector vivienda es un importante dinamizador de la economía nacional y una fuente de generación de empleo. Por cada 500 metros cuadrados de construcción se generan alrededor de 100 empleos, según la Asociación Nacional de Constructores de Viviendas (ANACOVI).

BURBUJA INMOBILIARIA

Pese a la «sobreoferta», en Guatemala se descarta que se pueda registrar una burbuja como la ocurrida en Estados Unidos, Irlanda o España, o como está ocurriendo en Australia.

«Es imposible» porque para ello, asegura a Acan-Efe Tabush, se necesita que se otorguen «grandes créditos» a personas con insolvencia económica o tener una banca «semi o completamente cómplice» en el acto y un mercado secundario hipotecario que compre esos préstamos.

Aire. Expertos han descartado que, por el momento, se pueda dar un fenómeno de “burbuja inmobiliaria” en Guatemala.