«Canjeables e inadaptados» Mario Benedetti

Ilustración Moris Aldana

El dominio de un oficio es algo que siempre importa en un escritor. Pero ese oficio debe representar algo más que dejar caer el acento obligatorio en la sexta cuenta del endecasílabo o cuidar que un drama cumpla puntualmente con las exigencias de planteo, nudo y desenlace. Solo cuando llega a ser el instrumento adecuado para desarrollar un enfoque personal, solo cuando se convierte en el brazo ejecutor de un sentimiento o una idea originales, solo entonces el oficio del escritor adquiere su sentido, cumple verdaderamente su función. Pero cuando ese enfoque personal no existe, cuando el estilo se apabulla hasta el punto de convertirse en un desvaído y ajeno sonsonete, entonces el oficio pasa a refugiarse en un lenguaje híbrido, reseco, un lenguaje que, ni murmurado ni vociferado, habrá de provocar jamás la menor resonancia en el espíritu.

Por más que no se trata solo de ritmos o de estilos; se trata simplemente de jugarse o no en la propia obra. Ni siquiera es cuestión de comprometerse, con un fervor integral, en ordenaciones políticas, filosóficas o religiosas. Un escritor puede, a veces, salvar su nombre no comprometiéndose, sosteniendo porfiadamente su resistencia a dejar de ser él mismo. Pero lo menos que puede pedírsele a quien escribe es que crea en la literatura, y, en consecuencia, que esta le importe como medio de expresión, como forma de desbordar hacia el mundo.

Todo esto tiene un inevitable aire de manual (mejor dicho, de notas al pie de los manuales), pero consiente sin embargo cierta referencia a algo que no sabemos exactamente si somos, pero que por las dudas pregonamos ser. Este es un país de muchos escritores. Cierto. Un país de pocos enfoques personales. Más cierto aún. La consecuencia que podría extraer algún observador sin excesivos prejuicios, es que no alcanza con tener ganas de escribir. Es preciso, además, tener algo que decir.

Uno de los aspectos más patéticos de nuestro presente literario, lo constituye el hecho de que muchos escritores uruguayos no tengan nada que decir, y sobre todo, que ellos sean los primeros en saberlo. Pero no todas las culpas deben de caer sobre esas testas, tantas veces coronadas por los jurados ministeriales. En realidad, todos somos responsables.

Este es un país de muchos escritores. Cierto. Un país de pocos enfoques personales. Más cierto aún. La consecuencia que podría extraer algún observador sin excesivos prejuicios, es que no alcanza con tener ganas de escribir. Es preciso, además, tener algo que decir.

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Hasta los diputados suelen darse cuenta, por ejemplo, de que la sociedad es responsable principal en el arduo problema de los menores inadaptados. Y los mayores inadaptados? Acaso la sociedad no es responsable de estos poetas, desdoblados en un Doctor Jekyll, honorable ciudadano de la Arcadia, y un Míster Hyde que pichulea en cuanto acomodo se le pone a tiro? En rigor, la única inadaptada es la porción jekylliana (confunde abstracción con distracción), ya que se debe reconocer que la mitad hydiana se adapta como un guante al más autóctono de los camanduleos.

El pobre lector cree hacer lo que puede: es decir, niega su mirada. Pero con eso no basta, porque, naturalmente, los poetas gacelares no escriben para. Ellos escriben. Punto. De modo que al lector, representante social en esta circunstancia, también le toca una poción de responsabilidad. Si el lector no ignorara deliberadamente las corzas (+), si el lector fuera en su busca y dijera su opinión sobre las mismas, quizá todo cambiara, quizá aquellos poetas «desterrados de sí mismos» (como alguno de ellos reconoce serlo) se resolvieran por fin a escribir para. A nadie se le ha ocurrido pensar qué podría suceder en el panorama literario nacional el día en que los poetas gacelares encontraran su segundo lector.

Aunque, en definitiva, no es el tema lo que cuenta. Fue Sara de Ibáñez, creo, quien introdujo las corzas en la literatura nacional, y hay que reconocer que aquellas eran válidas. Por qué? Porque evidentemente la autora creía, tenía fe en sus propias imágenes; de ahí que estas aparecieran pulidas por el fervor del descubrimiento, por la consciente adopción de un lenguaje. Aun hoy, cubiertas por varias capas de sonetos de imitación, aquellas primeras corzas siguen manteniendo un único, irrepetido color. Es bastante obvia la explicación de que fueron las únicas que pasaron por el resguardo de un buen gusto personal; y también, de que todas las otras tienen menos de emulación que de abigeato.

Salvo excepciones, que suelen depender más del azar que de la deliberación, la incanjeabilidad es un rasgo significativo en la obra de un poeta. La incanjeabilidad no siempre garantiza la calidad de un poema, pero asegura en cambio que este solo puede tener un autor. Un librito (tan vulnerable en lo específicamente literario) como Tata Vizcacha, de Washington Benavides, resulta empero absolutamente incanjeable, y es seguro que esta cualidad bastará para salvarlo justicieramente del olvido. Versos como: «Cuando descalzo recién salí/ era época de música bailable» solo pueden ser de Humberto Megget, y otros como: «La noche pozo suave/ y atorado de sueños/ soporta aún la cuota/ de otro y la rebasa» son de Idea Vilariño y nadie más. Pero versos tan deliberadamente neutros como: «Nacida en el temblor de una gacela/ y rodeada de tenues amapolas/ vieja mi niebla, con sandalias de olas/ por el sueño que un hálito desvela» podrían ser indistintamente de Juvenal Ortiz Saralegui, Luis Alberto Caputi, Arsinoe Moratorio y quién sabe cuántos más; el hecho de que hayan sido autorizados por la poetisa nombrada en tercer término, parece obedecer mejor al cumplimiento de un trámite administrativo que al de una vivencia personal.

La lectura de estos poetas que pueden sustituirse y hasta superponerse sin mayor compromiso ni violencia, deja por lo general una sensación extraña. Cada uno de sus sonetos está rebosando palabras famosamente poéticas, pero es evidente que todas esas notas no llegan a constituir un acorde. Resulta obvio señalar que no es el derecho a equivocarse lo que aquí se cuestiona. ¿Quién de nosotros está libre de errores? Lo que aquí se objeta es el desinterés por lo literario que esa poesía, tan fácilmente canjeable, pone de manifiesto, ese desinterés que al final de cuentas se convierte en desprecio, y que no solo alcanza a lo estrictamente literario sino también a los valores humanos que la literatura suele arrastrar consigo. Escribir porque sí, sin una necesidad interior que fuerce a ello ni un impulso vital que justifique el esfuerzo, no parece en verdad una tarea ineludible sino un largo apagón de la conciencia. Alguna vez escribió el incanjeable George Orwell: «En una época como la nuestra, en que el artista es una persona enteramente excepcional, ha de permitírsele el goce de cierto grado de irresponsabilidad, así como se le permite a una mujer embarazada», cabría preguntarnos si ese grado de irresponsabilidad seguirá siendo lícito, en el caso de una extendida y falsa alarma.

(+ Nota de edición: La generación del 45, a la que pertenecía Benedetti, usaba esa expresión en contra del modernismo cursi imperante en la literatura anterior y fue precisamente él quien la popularizó).

Cinco minutos en el corazón de la catástrofe

Fotografía de EFE

Ese es el tiempo que se puede permanecer en la sala de control número 4 de Chernóbil, congelada en el tiempo desde la madrugada del 26 de abril de 1986. Fue aquí donde una cadena de errores humanos y fallos de diseño desencadenó el mayor accidente nuclear de la historia.

Es difícil sustraerse al miedo que provoca el escenario de la catástrofe, sentimiento que crece a medida que uno se despoja de sus pertenencias y se cubre con varias capas de ropa esterilizada, consulta los dos dosímetros que cuelgan del cuello y recorre pasillos kilométricos en semioscuridad hasta llegar al corazón del desastre.

La tenue iluminación de la sala no impide ver un polvo grisáceo por doquier. Parte de esa capa de polvo es aún altamente radiactiva y está mezclada con productos químicos rociados después de la avería para mitigar su peligrosidad.

Todo lo que queda son paneles incompletos, consolas vacías y cables arrancados con prisas en los días que siguieron a la explosión para minimizar los efectos de la radiación. Casi no queda ni rastro de los cientos de botones que servían para controlar el funcionamiento de la central. El único sonido que se escucha es el de los propios pasos. No hay tiempo para detenerse. Todo son prisas y nervios.

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NI UN PASO EN FALSO

Las autoridades ucranianas aseguran que la visita es segura. Insisten en que la dosis «posible» de exposición a la radiación es de un máximo de 0.1 milisieverts, una cantidad mil veces inferior a la considerada como dañina por la Comisión Internacional de Protección Radiológica.

La entrada a menores y mujeres gestantes o lactantes está prohibida y el visitante debe firmar varios formularios y aceptar una docena de estrictas normas de seguridad.

Nada más comenzar, hay que someterse a una medición de la radiación en todo el cuerpo supervisada por dos enfermeras. Un monitor cuelga del cuello durante toda la visita, al que se le añade un segundo dosímetro en las inmediaciones del reactor número 4.

Hay una decena de controles con detectores distribuidos a lo largo del recorrido. Cada detector muestra un diagrama con las áreas a escanear.

«Las mediciones cubren prácticamente todo el cuerpo, incluyendo la cara, las manos, la espalda y las piernas», explica Yulia Marusich, representante del departamento internacional de la central nuclear. Cinco segundos después, la máquina emite el veredicto: no contaminado.

La vestimenta para la visita se compone de dos juegos de pantalones, camisa, calcetines, guantes y gorro de tela, que se complementan con un casco y una mascarilla contra el polvo radiactivo.

Yulia conoce a la perfección los pasillos laberínticos de la central. Lleva 22 años recorriéndolos. Las puertas blindadas de acceso a los cuatro reactores durmientes se abren ante ella gracias a una combinación de llaves, claves de seguridad y llamadas de teléfono en circuito cerrado.

El tiempo y los movimientos en cada sala están controlados al milímetro. Un paso en falso puede implicar la interrupción de la visita. Dejar el bolso o la cámara en el suelo supone un riesgo de contaminación que, en caso de superar los límites establecidos, obligaría a un proceso de descontaminación e incluso en la destrucción de las pertenencias.

“Lo que ocurrió en este lugar supera a la ficción”, sentencia Ana Korolevska, una historiadora que lleva 28 años al frente del museo dedicado a la catástrofe, quien recuerda que durante mucho tiempo se habló de “los héroes del incendio de Chernóbil” para evitar llamarlo “accidente nuclear”.

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TENSIÓN EN EL REACTOR 3

Una vez que se deja atrás la sala de control número cuatro, la tensión no disminuye. Tampoco lo hacen las medidas de seguridad. La siguiente parada es, ni más ni menos, que el reactor número 3, donde los niveles de radiación en determinadas zonas son incluso superiores a los de la fatídica sala de control.

Los pasillos que conducen hasta él carecen de iluminación y el resto del camino se hace en la oscuridad, alumbrado tan sólo por la pantalla del teléfono móvil de la guía. «Por favor no toques nada e intenta no tropezar», insiste mientras avanzamos bajo un circuito de tuberías oxidadas.

Resultaría casi imposible hacer el camino de vuelta en solitario. La desorientación, la oscuridad y las numerosas compuertas incrementan el miedo al fantasma de la radiación.

Encontrarse cara a cara con el corazón del reactor número 3 intimida. Uno puede acercarse a tan solo unos centímetros y ver la parte superior de los cientos de columnas verticales hechas de grafito que sirvieron en su día para canalizar el combustible nuclear.

«Estás en lo alto del reactor. No se te ocurra dar un paso en falso,» advierte Yulia. A unos metros del reactor, la guía advierte que a día de hoy la radiación gamma puede alcanzar 500 milisieverts. Instintivamente, uno retrocede.

El reactor 3 fue puesto en marcha por última vez en el año 2000. La sala donde se encuentra el mosaico de láminas de grafito, con una altura de un edificio de cinco plantas, sigue severamente afectada por la radiación.

Caos. Este desastre humano desencadenó una serie de daños de los cuales todavía hay repercusiones. La radioctividad sigue presente en la planta nuclear.

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2,500 ROENTGENS POR HORA

De aquellos que estuvieron en primera línea tras el accidente sólo quedan vivos unos 1,500, según los datos del Museo Nacional de Chernóbil en Kiev.

Alexander Logachev e Iliá Susnov son dos de los más de 4,000 liquidadores que trabajaron las primeras semanas para mitigar los efectos del accidente.

Sobre las tres de la mañana del 26 de abril, una hora y media después de la explosión, Alexander recibió una llamada urgente para acudir a la central. A sus 27 años, este oficial del regimiento de defensa civil de Kiev fue la primera persona en elaborar un mapa detallando los niveles de radiación en las instalaciones.

«Durante cuatro días y sin apenas dormir realizamos el reconocimiento tanto de la central como de la ciudad vecina de Prípiat, el núcleo urbano más afectado por la radiación», relata.

El mapa muestra niveles de hasta 2,500 roentgens por hora en las salas aledañas al reactor número 4, donde se produjo la explosión.

El roentgen es una de las unidades estándar para medir la radiación, y se considera letal a partir de los 400 roentgens por hora.

«Trabajábamos incomunicados la mayor parte del tiempo, casi a ciegas. La radio deja de funcionar a partir de los 1,000 roentgens«, explica.

El mapa radioactivo fue usado por las autoridades para justificar la evacuación masiva de la zona, que tuvo lugar dos días después de las primeras mediciones.

Con 25 años, Iliá Susnov se presentó como voluntario y trabajó durante dos meses para levantar un primer muro de contención alrededor del reactor dañado. «Quise verlo con mis propios ojos. Me fascinaba la idea de ser testigo de lo que había pasado», recuerda. Cada día de los que estuvo allí recibió un nivel de radiación diez veces superior a lo permitido. Desde entonces cobra una pensión de 10 euros al mes como compensación.

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2,800 OPERARIOS ACTIVOS

Actualmente, trabajan 2,800 operarios en la central nuclear de Chernóbil. Muchos de ellos llegan cada día en tren desde Slavutich, una ciudad dormitorio construida a toda prisa para albergar a los evacuados y los involucrados en las labores de liquidación. Trabajan en un entorno de radiación ionizante que en algunas áreas supera en miles de veces las dosis permitidas.

Circulan de un extremo a otro de la central enfundados en uniformes blancos. Cada jueves revisan los protocolos de seguridad y practican simulacros de evacuación.

El día de la explosión, los cuatro reactores RBMK operativos, o reactores de condensador de alta potencia, suministraban el 10 % de la energía eléctrica de lo que hoy se conoce como Ucrania. La planta estaba destinada a ampliar su capacidad con hasta ocho reactores más y convertirse así en la instalación nuclear más potente de Europa.

La fiabilidad de este tipo de reactores para las autoridades soviéticas estaba fuera de toda duda. «Se pensaba que este tipo de reactor era tan seguro que era imposible que estallase», señala Vladímir, un ingeniero de 55 años que trabaja en la central.

La explosión esparció el equivalente a 500 bombas atómicas como la lanzada en Hiroshima en 1945, y la radiación sigue afectando a los habitantes de las zonas aledañas de Ucrania, Bielorrusia y Rusia.

El accidente causó unos daños valorados en 8,000 millones de rublos soviéticos, unos 18,000 millones de euros de hoy, según los datos de la administración de la central.

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DISTRIBUIDOR DE ELECTRICIDAD

Ya no hay reactores funcionando en la central. Los miles de trabajadores que acuden a diario a la misma se dedican a su desmantelamiento paulatino, al almacenaje de combustible radiactivo y al mantenimiento de las instalaciones. La limpieza nuclear se completará en 2065. Al día de hoy, la radiación gamma ha disminuido a la mitad desde el día del accidente.

La central no produce energía desde el año 2000, pero continúa siendo parte del sistema eléctrico de Ucrania. Desde la sala de control número 1 se gestiona la transmisión de potencia eléctrica de las otras cuatro plantas nucleares y 15 reactores del país.

Vladímir hace turnos de 12 horas en la sala de control número 1. «Muchos no lo saben, pero desde Chernóbil nos aseguramos de que la electricidad llegue a todas partes de Ucrania, hasta el consumidor», cuenta mientras observa con atención los paneles junto a sus dos compañeros de turno.

Todo es analógico en la sala, desde los botones a los paneles de control hasta los medidores y parámetros que miden el pulso a la central.

Un nuevo sarcófago de contención, una barrera física tan grande como cuatro estadios de fútbol, ha reducido 10 veces la radiación gamma alrededor de la central. Está diseñado para durar 100 años y ha costado 1.500 millones de euros.

Explosión. La explosión ocurrió el 28 de abril de 1986 en la sala de control número 4 de Chernóbil.

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TURISMO CONTRA EL MIEDO

«Lo que ocurrió en este lugar supera a la ficción», sentencia Ana Korolevska, una historiadora que lleva 28 años al frente del museo dedicado a la catástrofe, quien recuerda que durante mucho tiempo se habló de «los héroes del incendio de Chernóbil» para evitar llamarlo «accidente nuclear».

El museo expone unos 9,000 objetos de los más de 100,000 que se acumula en sus fondos. «Muestra aspectos de la tragedia silenciados por la KGB durante años», destaca la responsable.

El Gobierno ucraniano quiere revertir la imagen negativa de la central nuclear, y una de las vías para lograrlo es el turismo. Está impulsando viajes a la zona y pretende crear una especie de «corredor verde».

En realidad, el lugar nunca ha dejado de atraer a curiosos. Hace 13 años la aparición de S.T.A.L.K.E.R, un videojuego ambientado en la Zona de Exclusión que recrea las consecuencias de una segunda explosión nuclear causada por un grupo de científicos soviéticos, dio un primer empujón al turismo.

Durante el último lustro, el número de turistas se ha multiplicado por 12. Y la serie «Chernóbil«, producida por HBO, ha renovado el interés por la catástrofe.

Más de 100,000 turistas han visitado el lugar en 2019, según el organismo estatal ucraniano para la Gestión de la Zona de Exclusión, área que abarca unos 30 kilómetros alrededor de la central. La mitad son extranjeros.

«Éste es un tipo de turismo único y asumimos altos riesgos. Como negocio, tenemos que lidiar con estrictos controles de seguridad, numerosas normas y permisos», advierte Konstantin Vlasov, director de Chernobyl Exclusive Tours, una de las doce agencias turísticas acreditadas que operan en la zona de exclusión.

Junto a las visitas que se pueden efectuar ahora a sala de control número 4, la central de Chernóbil prepara ya nuevas rutas en barco y en helicóptero. Por ahora se han aprobado cinco rutas acuáticas y tres aéreas en la zona de exclusión que comenzarán a operar este año.

Mona, una estudiante eslovaca de 22 años no consigue sobreponerse de la visita. «Siento emociones muy fuertes aquí, no puedo evitarlo. Creo que todo el mundo debería ver este lugar», cuenta.

«El llanto y la risa nerviosa son reacciones comunes», remarca Yulia. «La gente perdió todo aquí: su salud, su hijos, su vida».

Los otros cuidadores del clima

Vida. La sabiduría de las comunidades mayas resiste a través del tiempo. Consideran que la tierra es la proveedora de la vida y por esto es importante cuidarla.

La sabiduría de los indígenas mayas lacandones dice que cuando un árbol cae, cae una estrella del cielo, y con esa filosofía los pueblos descendientes de la antigua civilización mesoamericana mantienen hoy en día un concepto de sostenibilidad basado en el cuidado a la naturaleza.

Los actuales mayas, asentados en comunidades a lo largo de cuatro países centroamericanos – Guatemala, Honduras, El Salvador y Belice-, además del sur de México, guardan celosamente el legado de sus ancestros, para quienes la madre tierra era la fuente proveedora de vida, y por eso la respetaban.

Un respeto al que se intenta regresar ahora, cuando los efectos del cambio climático se dejan notar en el mundo, y suponen una amenaza para la subsistencia de estos pueblos, donde los meses de lluvias se han visto acortados por periodos de fuertes sequías que amenazan sus cosechas.

LA MILPA, EL CULTIVO SOSTENIBLE

En cada uno de los países que forman el Mundo Maya, las comunidades mantienen como forma de cultivo la milpa, un término derivado del náhualt que significa «lo que se siembra encima de la parcela», y que consiste en una porción de tierra en la que se plantan distintos tipos de semillas, como maíz, frijol o calabaza, que constituyen su dieta básica.

«Hacer milpa» significa realizar todo el proceso productivo, desde la selección del terreno hasta la cosecha, usando los conocimientos de la naturaleza, entre ellos la influencia de la luna sobre la tierra para la recolección, o los tiempos de lluvia para la siembra, «aunque eso con el cambio climático ha variado mucho», explica a Efe Juan Diego Ramos, de la comunidad tzutujil maya de San Juan La Laguna, en Guatemala, situada a los pies del lago Atitlán.

En esa localidad, la asociación Rupalaj Kistalin viene desarrollando desde 2005 un plan de educación destinado a crear conciencia en las nuevas generaciones sobre la importancia de respetar el entorno natural en el que viven. Y lo hacen mediante proyectos de recolección de semillas de árboles nativos, que pasó luego a un vivero especializado en el cuidado de las plantas.

Desde entonces se han sembrado 30,000 árboles, de los cuales el 50 % se ha destinado a la reforestación del área circundante a los nacimientos de agua, mientras que la otra mitad se entrega a la cooperativa de café de la comunidad para crear parcelas demostrativas de ese cultivo.

«De los árboles del bosque se hace un censo y se identifican y no todos se pueden extraer, tan solo uno por hectárea y tienen que haber cumplido su ciclo de vida, es decir tienen que tener unas dimensiones específicas. También hay algunos que son maderables pero que se dejan para cumplir la labor de semilleros», indica Juan Ariel Pop.

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EL XATE Y LA MADERA

En Uaxactúm, a 25 kilómetros al norte del impresionante sitio arqueológico de Tikal, sus 963 habitantes censados viven fundamentalmente de la producción del Xate, una planta decorativa que exportan a Estados Unidos, y de la madera.

Esta comunidad, ubicada en el corazón de la Reserva de la Biosfera Maya, es una de las beneficiarias de las 9 concesiones forestales -la más grande- que el Gobierno de Guatemala ha repartido en el área del de Petén. 83,558 hectáreas de bosque que permanece intacto desde hace 100 años.

«El bosque nos da vida y hace que nos mantengamos acá de una manera sostenible y también para las futuras generaciones», señala a Efe Melvin Barrientos, representante legal de organización encargada del manejo y la conservación del bosque.

La comercialización del Xate constituye «el pan diario» para los habitantes de Uaxactúm, indica Juan Ariel Pop, guía y coordinador de la comisión de turismo de la zona, y ha supuesto una oportunidad laboral para las mujeres y los jóvenes de la comunidad, que trabajan en la planta de producción en turnos rotatorios para pagarse los estudios.

Esos jóvenes son también los encargados de llevar a cabo la reforestación del Xate cada año, con el cultivo de 40,000 nuevas semillas.

La caoba y el cedro son dos de las maderas que se trabajan en el aserradero de la comunidad, pero «siempre de una manera sostenible«, remarca Pop, porque la tala de los árboles se realiza en un área específica durante cinco años, y luego se reforesta.

«De los árboles del bosque se hace un censo y se identifican y no todos se pueden extraer, tan solo uno por hectárea y tienen que haber cumplido su ciclo de vida, es decir tienen que tener unas dimensiones específicas. También hay algunos que son maderables pero que se dejan para cumplir la labor de semilleros», indica.

Reforestación. En San Juan La Laguna, en Guatemala, se han sembrado 30,000 árboles de los cuales el 50 % se destina a la reforestación del área cercana a nacimientos de agua.

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LOS LACANDONES, CUIDADORES DE LA SELVA

En el estado mexicano de Chiapas, los indígenas que conforman la Comunidad Lacandona decidieron en asamblea prohibir la actividad pecuaria en la zona para evitar la desforestación de su selva.

Ellos sienten una «simbiosis con la selva» y por eso la comunidad lucha para que no se divida y reparta. «Todo es comunitario y no se puede vender», señala a Efe Enrique Chankin, indígena lacandón que regenta con su familia el centro de ecoturismo Top Ché.

Pocos kilómetros más allá, junto al río Usumacinta, se establecieron los Choles, a quienes el Gobierno mexicano dio tierras de cultivo para asentarse, y que ahora trabajan en el mantenimiento del entorno agrupados en una cooperativa mediante el programa gubernamental «Sembrando vida».

Sin embargo, «si llega otro Gobierno y no le da seguimiento al proyecto de nada servirá», señala Pascual Sánchez, presidente de la cooperativa Nueva Alianza, quien alerta también de la gravedad de la desforestación de la selva.

«Si no hay árboles se incrementa el calor y la lluvia es torrencial», advierte, pero los apoyos para evitarlo «deben llegar directos al pueblo».

«Son las ONG las que trabajan para eso, pero al pueblo llega un tanto por ciento muy pequeño de las ayudas. Sólo una quinta parte. Hay que aportar de forma directa, para que también el cambio sea directo», concluye.

Efectos. Los efectos del cambio climático ya se hacen sentir en esta región, donde existen mayores períodos de sequía.

Venezuela a ciegas y a empujones hacia unas elecciones inminentes

Fotografía de EFE
Elección. Venezuela está próxima a elegir a nuevos miembros de la Asamblea Nacional, controlada numéricamente, por la oposición chavista.

En la convocatoria de las elecciones legislativas que corresponde este año en Venezuela se asoma un doble rasero que, según los pronósticos más esperanzadores, puede destrabar la crisis política o, por las últimas movidas de cada bando, atizar la confrontación entre el Gobierno y la oposición.

En 2020, por ley, el país debe elegir a nuevos miembros de la Asamblea Nacional (AN, Parlamento) que, al menos numéricamente, la oposición controla por amplio margen desde enero de 2016, sin que esto se haya traducido en un poder real contra el Ejecutivo de Nicolás Maduro que considera a la Cámara en desacato.

Esta apreciación, sin embargo, está a punto de cambiar, pues no hay nadie más interesado en reconquistar el dominio parlamentario que el oficialismo y en ese afán el Gobierno inició una hambrienta precampaña en todo el país aunque hasta ahora los ciudadanos no saben cuándo votarán, con cuáles garantías ni por quién.

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NUEVO ENTE ELECTORAL

Lo más definitorio del año será la elección de una nueva directiva del Consejo Nacional Electoral (CNE), el árbitro de las votaciones que hasta ahora integran una mayoría cercana al Gobierno que han sido acusados dentro y fuera de Venezuela de favorecer a la llamada revolución bolivariana, en el poder desde 1999.

La designación de los rectores electorales es una competencia exclusiva del Parlamento que parece escapársele de las manos debido a la reciente disputa por la presidencia legislativa entre el líder opositor Juan Guaidó y el disidente de su coalición Luis Parra, respaldado por el chavismo.

Esto favorece al Ejecutivo, pues entraría en juego la controvertida idea de «omisión legislativa», según la cual la AN fue incapaz de acordar con 112 de los 167 votos las designaciones y por ende, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), que ha cerrado filas en torno a Maduro, asumiría ese rol por tercera vez.

Desde el año pasado, el Parlamento trabaja, con todas las de la ley y participación de oficialistas, en esta tarea que podía llegar a buen puerto en febrero, pero ahora quienes respaldan a Parra como jefe de la Cámara descartan la viabilidad de este mecanismo.

El portavoz del oficialismo en el Legislativo, Francisco Torrealba, ya dijo que no hay condiciones para que se logre un acuerdo dentro del Parlamento por lo que la comisión de diputados que venía trabajando en el tema «ha quedado en el limbo».

«Estamos buscando una negociación con la finalidad de conseguir nombres que representen al pueblo, no a nosotros, y que esas nuevas autoridades (del CNE) hagan la convocatoria para las elecciones parlamentarias», dijo el pastor evangélico y excandidato presidencial, Javier Bertucci.

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MESA DE DIÁLOGO

El Gobierno y un minúsculo sector opositor participan desde hace meses en una mesa de diálogo, cuya funcionalidad o representatividad no es reconocida por el grueso del antichavismo pero que ha venido debatiendo en paralelo lo relacionado con los comicios legislativos.

El pastor evangélico y excandidato presidencial Javier Bertucci, que participa en estas conversaciones, explicó a Efe que esta instancia ya considera innegable la omisión legislativa y por ello la tarea ahora «queda en manos del TSJ«.

«Estamos buscando una negociación con la finalidad de conseguir nombres que representen al pueblo, no a nosotros, y que esas nuevas autoridades (del CNE) hagan la convocatoria para las elecciones parlamentarias», dijo.

Bertucci se dice confiado en que el llamado a las urnas para unos comicios legislativos y no presidenciales como demanda la oposición «va a destrabar» la reyerta entre Maduro, cuya legitimidad no es reconocida por buena parte de la comunidad internacional, y las fuerzas que respaldan a Guaidó como presidente encargado de Venezuela.

«Tenemos que avanzar en las cosas que podemos hacer, no ofrecer cosas que no puedes cumplir», sostuvo.

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VOTAR: CUÁNDO Y CÓMO

Aunque el chavismo insiste en acudir a las urnas cuanto antes y está desplegado en mítines como si las elecciones fueran mañana, la organización de estos comicios requiere un tiempo que, aun cuando las nuevas autoridades del CNE actúen de manera expedita, no será menor a 120 días.

Bertucci y los otros participantes no oficialistas de las negociaciones esperan que las nuevas autoridades electorales y la fecha de los comicios sean conocidas lo más pronto posible, probablemente en febrero, pero que esa contienda se dispute en el último trimestre del año.

El Gobierno, en cambio, ha mostrado su lado más conciliador este mes al proponer que las votaciones se realicen a más tardar en el tercer trimestre y no en el primer semestre del año como temía la oposición que ocurriera en vista de la sed electoral que ha mostrado el oficialismo hasta ahora.

Maduro ha ofrecido «las más amplias garantías» para tal jornada, así como que esta transcurra con «puertas abiertas al acompañamiento internacional» de Naciones Unidas y la Unión Europea (UE), excepto la Organización de Estados Americanos (OEA) a la que el chavismo acusa de injerencia en el país sudamericano.

Los negociadores que hacen contrapeso al Ejecutivo, señalados de colaboracionistas del régimen por la mayoría opositora, exigen que todos los partidos políticos sean habilitados para participar en las votaciones y se tomen otras medidas, todavía en discusiones, para evitar el ventajismo oficialista que han denunciado en el pasado.

Fotograf'ia de EFE
Chavismo. Desde 1999,. el país suramericano es gobernado por la denominada revolución bolivariana.

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EL CAMINO DE GUAIDÓ

Guaidó, reelegido este año como presidente del Parlamento con 100 de los 167 votos en juego, no ha dado señales de cambios en el camino que ya emprendió la cámara para designar a los rectores electorales, y que puede convertirse en letra muerta en vista de la imposibilidad del Legislativo de materializar sus decisiones.

A juicio de Bertucci, si la mayoría opositora que respalda a Guaidó como líder de la cámara nombra un nuevo CNE, esos designados «están presos al otro día», como ocurrió en el pasado cuando el Parlamento escogió nuevos magistrados para el TSJ que terminaron presos o exiliados.

Mientras tanto, algunos de los partidos más grandes de la oposición se han venido preparando para ir a las urnas, y aunque públicamente aseguran que su meta es repetir las cuestionadas presidenciales de 2018 en las que Maduro fue reelegido, el chavismo asegura que acudirán a las legislativas de este año.

«Van a participar todos los partidos políticos de la oposición, anótelo, nosotros aspiramos a recuperar la Asamblea Nacional con votos, y lo vamos a lograr», dijo esta semana Maduro que pronosticó al menos 104 escaños oficialistas (desde 2016 tienen 55).

¿Participar o no en las elecciones legislativas será un dilema para las fuerzas contrarias al Gobierno? «Decididamente no», respondió a Efe uno de los más altos representantes opositores que prefirió el anonimato, no sin adelantar que la «estrategia» de lucha de este año está puliendo sus últimos detalles.

Moria: el horror que esconde Europa

Fotografía de EFE

Llovizna en el monte y comienza a refrescar. Cuatro personas duermen en una tienda de campaña para dos, y otras seis lo hacen en un diminuto habitáculo techado. Los primeros buscan una manta para evitar que el agua se cuele. Muchos se quejan, protestan por las condiciones. Cunde la indignación y elevan el tono. Safi, sin embargo, no.

«Nunca volveré a Somalia -asegura-. Esto es mejor que estar allí. Si puedo pasar aquí diez años, estaré bien. No quiero volver a escuchar el sonido de las balas y de los coches bomba. Quiero vivir».

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UN CÓCTEL EXPLOSIVO

Solo lleva unos días en suelo griego, pero sus ojos ya han visto lo que hay: verjas, alambradas, bolsas de basura amontonadas, peleas diarias, agresiones sexuales, intentos de suicidio y colas de tres horas para recibir un plato de comida. Bienvenido a Moria.

Ubicado en la isla de Lesbos, el campo, unas instalaciones militares preparadas para albergar a 3,000 soldados de forma temporal, acoge ya a cerca de 18,000. Está tan masificado que se extiende por dos laderas contiguas fuera del recinto. Y las llegadas no cesan.

La gravedad de la situación ha llevado al nuevo Gobierno griego, de signo conservador, a anunciar su cierre. ¿La solución? Construir varios Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE), uno de ellos en Lesbos, que sustituirán las deficientes instalaciones utilizadas ahora. El objetivo del Ejecutivo es restringir los movimientos de quienes piden asilo, que hasta hoy pueden moverse por la isla sin demasiados problemas.

«Moria está peor que nunca, vengo en shock», cuenta Philippa Kempson, quien trabaja junto a su marido Eric en la ONG británica Hope Project. Llevan más de cuatro años en Lesbos.

La llegada de refugiados marca el día a día de esta región, una pequeña isla bañada por el mar Egeo con cierto desarrollo turístico donde viven unas 80,000 personas. Cerca de 35,000 lo hacen en su capital Mytiline, con sus casitas blancas, sus bares, sus pubs de moda y su puerto náutico. Refugiados, voluntarios, locales y turistas conforman un ecosistema de contrastes. Hay tensión en el ambiente. Si el campo de Moria y sus aledaños fuera un núcleo poblacional, sería el segundo municipio más importante de una isla.

Solo en 2019 Lesbos ha recibido más de 27,000 nuevos solicitantes de asilo -en toda España, con una superficie 300 veces superior, se registraron 32,000-, según datos de la ONU, que reflejan cómo el flujo de pateras se disparó desde el verano hasta niveles que no se veían desde 2016.

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GEOPOLÍTICA COMO TRASFONDO

Safi es somalí, una minoría dentro del campo. Lo contrario que Zainab Mohammadi, de 19 años, nacida en Afganistán como el 80 % de los «vecinos» de Moria. Llegó hace once días procedente de la costa turca, en patera. Desde entonces duerme al raso junto a otros miembros de su familia, a la espera de conseguir una tienda de campaña. Unas mantas colocadas en el suelo delimitan su espacio. Están fuera del campo, en las laderas de la montaña, como otras miles de personas.

«Vinimos en un bote, fue aterrador… Tengo miedo al agua. Fueron dos horas de viaje, junto a otras 35 o 40 personas. Ahora mismo no sabemos dónde está nuestro padre, le perdimos el rastro en Turquía y no sabemos nada de él», relata.

La historia le suena. Es testigo cada noche. Se llama Edgar Garriga, tiene 29 años y es de Tarragona (España). Ingeniero informático, socorrista y patrón de barco. Colabora con la ONG Refugee Rescue, que rastrea a diario la costa en busca de pateras a las que guiar a tierra para que no encallen, como las que llevaron hasta allí a Zainab y Safi. En última instancia, se encargan de rescatar a quienes caen al agua.

No muy lejos de su cuartel general, en el norte de la isla, se encuentra el llamado «cementerio de chalecos», una suerte de vertedero con miles de estas prendas acumuladas junto a barcos y lanchas destrozados, ropas y restos. Erigido en un icono de la crisis humanitaria, incluso Google Maps señala el punto exacto donde se encuentra pese a la ausencia de indicaciones oficiales. Alejado de cualquier núcleo poblacional, solo las cabras y algún curioso transitan el lugar.

«En el mar vemos cómo guardacostas turcos entran en aguas territoriales griegas, retienen las embarcaciones de los refugiados y las devuelven a Turquía. Es un acto ilegal, pero se sienten impunes por el tratado firmado con la UE», denuncia Garriga. Aunque Safi y la mayoría de sus compañeros no sean conscientes, la geopolítica tiene mucho que ver en esta crisis. El acuerdo entre Bruselas y Ankara entró en vigor en 2016. Al país otomano llegan cientos de miles de sirios desplazados por la guerra, de acuerdo con estadísticas oficiales, pero también muchos afganos e iraquíes, entre otras nacionalidades. La UE aporta fondos a Turquía para ayudar a recibir a este contingente, a cambio de que no pase a su territorio. Las ONG coinciden al denunciar que las autoridades turcas regulan el flujo migratorio aus conveniencia, como mecanismo de presión.

«Moria está así porque es una forma de mandar un mensaje: no vengáis, permaneced lejos», lamenta la líder de otra ONG bajo condición de anonimato.

Desesperación. Los voluntarios que trabajan en Moria lo describen como un campo de concentración, como un lugar peligroso y una bomba de tiempo.

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«SIEMPRE HAY PELEAS»

«Campo de concentración», «peligroso» e «inseguro» son tres de los calificativos más repetidos por voluntarios y refugiados a la hora de definir Moria. «Siempre hay peleas. Siempre», repite como una letanía Mahmud, un niño palestino de 10 años.

Moria, controlado por las autoridades griegas y donde rara vez se permite la entrada a periodistas, tiene un perímetro delimitado por verjas y alambradas de espino. También dispone de una una prisión para los que van a ser deportados tras rechazar su petición de asilo. Pero su imagen de «fortín» se desvanece al dar la vuelta a una esquina, ya que en uno de sus lados hay varios agujeros en las vallas que dejan entrar y salir a todo aquel que quiere hacerlo sin pasar por la única puerta oficial y controlada. El trasiego por estas aberturas es constante, se produce incluso a la luz del día.

Contiguo se encuentra el llamado «olivar», una ladera donde se apiñan miles de personas. Se calcula que vive más gente fuera que dentro de las instalaciones. Las condiciones de unos y otros no difieren demasiado, salvo la existencia de partes techadas y cuartos de baño corrientes en el caso de los «afortunados» con hueco en Moria, frente a la intemperie y las duchas portátiles de quienes duermen fuera. El grado de masificación es tan elevado que, además del «olivar», hay decenas de pequeños asentamientos en las inmediaciones del recinto. Safi es solo un «inquilino» más en estos últimos.

La saturación tiene sus consecuencias en el reparto de comida, con esperas de hasta tres y cuatro horas para recibir un plato. «Cuando voy a la fila para conseguir alimento, siempre es muy larga y hay peleas porque no hay suficiente para todos. Además, la comida no es buena, hasta los médicos lo dicen (…) Vivir aquí es muy difícil», dice Ahmad Fajim, afgano de 30 años, antes de salir corriendo para llegar a tiempo de lograr una ración, algo que no siempre consigue.

“En el mar vemos cómo guardacostas turcos entran en aguas territoriales griegas, retienen las embarcaciones de los refugiados y las devuelven a Turquía. Es un acto ilegal, pero se sienten impunes por el tratado firmado con la UE», denuncia Garriga. Aunque Safi y la mayoría de sus compañeros no sean conscientes, la geopolítica tiene mucho que ver en esta crisis.

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NIÑOS QUE SE AUTOLESIONAN

Dentro del campo, la salud de Safi y del resto de refugiados está directamente en manos de ONG, que cuentan con una especie de hospital de reducido tamaño en su interior en el que decenas de personas esperan a ser atendidas. Fuera, justo enfrente, Médicos Sin Fronteras (MSF) atiende sobre todo a mujeres y niños. En los casos más graves, una ambulancia del sistema sanitario griego llega y se lleva al paciente al hospital, donde los medios son escasos y no siempre hay intérpretes.

«Hay mucha gente con ataques de pánico, la mayoría de los problemas de salud que vemos son psicológicos. El resto se solucionarían con comer y dormir bien», explica una médico británica voluntaria en el centro. «Vemos cada tarde a cuatro o cinco chicos jóvenes con cortes en los brazos, nos llega mucha gente con tendencias suicidas», apunta otra colaboradora de la misma ONG.

Lo constata el coordinador de MSF en Lesbos, Marco Sandrone: «Los números son increíblemente altos, vemos muchos casos de intentos de suicidio, incluso en nuestra clínica pediátrica, donde recibimos cada vez más niños que se quieren autolesionar». En su opinión, presentan «traumas» relacionados con lo vivido en su país de origen y durante el viaje hasta Europa, pero las condiciones de Moria y su insalubridad agravan la situación.

La falta de seguridad también se traduce en agresiones sexuales, tanto dentro como en los aledaños del campo. No hay cifras oficiales pero se trata de un secreto a voces. Tanto, que la ONG ya lo ha denunciado públicamente.

Clausura. La situación en la que viven los refugiados en Moria ha llevado al nuevo gobierno griego a anunciar el cierre de estas instalaciones.

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EL ARDUO PROCESO BUROCRÁTICO

El estatus de refugiado es una figura reconocida en el Derecho Internacional. Para recibir asilo es condición «sine qua non» estar perseguido o que la vida del solicitante corra peligro. En Lesbos, en torno al 40% de las solicitudes son rechazadas. Y el «no» significa la deportación.

El proceso para lograr el estatus de refugiado arranca nada más tocar suelo griego, pero la saturación y la burocracia hacen que el recién llegado tarde meses en recibir su tarjeta de demandante de asilo. Es el caso de Safi, quien durante ese período no recibirá la ayuda de 90 euros al mes que la UE entrega a cada uno de ellos -a través de Acnur-. Los comienzos son duros.

La clave del procedimiento es una entrevista en la que se pregunta al solicitante los motivos que le han llevado a salir de su país y se le pide documentación para comprobarlo, tras lo que cual se toma una decisión. Actualmente se están concediendo citas para esta entrevista a casi dos años vista (para 2022), según denuncian desde la ONG Legal Centre Lesvos.

Para la mayoría, el mejor escenario es lograr la condición de refugiado en un plazo de entre dos y tres años. Y después? Comienza a contar un plazo de seis meses, tras el cual se pierde el derecho de alojamiento y asignación mensual con la expectativa de que la persona encuentre trabajo y logre sus propios ingresos, algo extremadamente difícil en Grecia, con una de las tasas de paro más altas de la UE (hoy en torno al 17 %). Además, la documentación obtenida da derecho a residir en Grecia pero no a hacerlo en el resto de la UE.

«En Atenas ya se está viendo lo que provoca esta situación, con mucha gente viviendo en la calle, desesperada. Están atrapados, primero en Turquía, después en la isla de Lesbos y más tarde en Grecia (en la parte peninsular)», protesta Lorraine Leete, la responsable de Legal Centre Lesvos.

A la espera de la entrevista se encuentra Javad Emami, de 24 años, nacido en Afganistán. Pintor de profesión, colabora con una ONG como profesor de dibujo. Vive donde da clases, literalmente: cuenta con un pequeño camastro debajo de una especie de escenario que preside el espacio. El lugar está ambientado con centenares de cuadros hechos por refugiados que reflejan con crudeza la situación: barcos que encallan, verjas, cárceles, lágrimas.

Éste es su segundo intento. El primero le llevó como «ilegal» a Noruega, Alemania y Francia, entre 2015 y 2017, hasta que fue deportado a su país de origen. Ahora regresa. «Yo ya le dije a mi abogado que yo no quiero volver. Ahí no tengo nada».

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VIVIR EN LA EDAD DE PIEDRA

Safi, el somalí de 32 años que no quiere volver, era camionero en su país natal. Acaba de llegar hace cinco días a Moria y ya ha sido víctima de un robo junto a varios de sus amigos, lo que les lleva a buscar cobijo fuera del campo «oficial». Con el cielo cubierto de nubes y las gotas de lluvia comenzando a caer, reconoce que no se esperaba una situación tan dantesca. Aún así, pone al mal tiempo buena cara: «Si no hay comida, puedo ser paciente. Si no hay agua, puedo ser paciente. Si no tengo un techo, puedo ser paciente. Aunque tenga que estar al raso, con conseguir unas mantas ya está bien. Gracias a Grecia, ahora soy libre. Vivir como en la Edad de Piedra no es el problema». Y suelta una carcajada.

Respuesta. El gobierno griego espera aplacar la scríticas con al construcción de varios Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE), uno de ellos en Lesbos.

La naturaleza, una gran farmacia cargada de remedios

Fotografía de EFE

Jabier Herreros Lamas es un apasionado de las plantas medicinales en las que lleva investigando más de treinta años para lograr su objetivo, la consecución de una vida saludable para los seres humanos y la naturaleza.

La finca Azaroa, ubicada en el Valle de Lecrín, en Granada (Andalucía, España), constituye la base de su gran proyecto hecho realidad y donde desde hace 15 años el ingeniero agrícola experimenta con las plantas para «obtener resultados en el organismo a niveles físicos, cognitivos y emocionales».

En Azaroa, explica Herreros Lamas, «he podido cultivar, investigar y divulgar los beneficios del uso de las plantas medicinales y de la relación y contacto con la naturaleza para nuestro organismo. Ahora este proyecto ha llegado a su fin y sigo en el mundo de los cuidados, ya no sólo de las plantas sino, sobre todo, de las personas».

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ALEJARNOS DE LA NATURALEZA

Para el técnico agrícola esta labor «quizás tenga un poco que ver con eso que se llama biofilia. Esto no es otra cosa que el amor por la vida y el mundo vivo. Tenemos una necesidad innata, debido a que hemos evolucionado conjuntamente con la naturaleza, de contactar con ella. Nos sentimos bien, en situaciones normales (no de peligro) inmersos en ella».

«En la actualidad el problema es que parece que no necesitamos la naturaleza para sobrevivir o eso es lo que parece que creemos con nuestro comportamiento».

En los planes de diseño urbanístico de las ciudades superpobladas, la naturaleza no ha sido incluida, sino que, al contrario, mantiene Herreros, ha supuesto un obstáculo para ellas.

Sin embargo, piensa que es más bien la implantación de un modelo del pensamiento del ser humano que se ha extendido, que es la ambición de querer ser urbano y considera que también se ha propagado por el mundo rural, «donde la batalla contra la naturaleza no lo es menos que en la ciudad».

Herreros Lamas indica que “la terapia hortícola es una herramienta sociosanitaria que propone que, mediante el trabajo en un huerto o en un jardín en contacto con el aire libre podemos, no solamente trabajar en el desarrollo y estimulación de nuestros sentidos, sino lograr unos efectos muy positivos en el tratamiento para la mejora de enfermedades a nivel psicomotriz, a nivel cognitivo y a nivel emocional”.

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EFECTOS DEL ALEJAMIENTO

«Desde mi punto de vista, estamos condicionados genéticamente para vivir con la naturaleza. Nuestros ritmos respiratorios, cardíacos y de actividad están también muy condicionados por sus propios ritmos estacionales, electromagnéticos y cósmicos. Nuestro estilo de vida nos impone reglas nuevas que entran en desfase con estos ritmos», indica. Y subraya que el estrés crónico es uno de los más graves efectos al que debemos hacer frente.

Herreros Lamas argumenta que «la terapia hortícola es una herramienta sociosanitaria que propone que, mediante el trabajo en un huerto o en un jardín, en contacto con el aire libre, podemos trabajar en el desarrollo y estimulación de nuestros sentidos y lograr unos efectos muy positivos en el tratamiento para la mejora de enfermedades a nivel psicomotriz, a nivel cognitivo y a nivel emocional».

Mediante la realización de actividades orientadas y centradas para diversas problemáticas, según el experto, podemos conseguir una reducción significativa del dolor, de la ansiedad, de la fatiga física y mental, de la frecuencia cardíaca y respiratoria, así como la recuperación de habilidades físicas, emocionales y cognitivas.

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¿QUÉ ES UN BAÑO DE BOSQUE?

Herreros Lamas explica en qué consiste el baño de bosque del que habla en sus libros: «Si en la terapia hortícola la acción es la del hacer (sembrar, plantar, regar, recolectar,…), en el baño de bosque la acción es la «no acción». Un baño de bosque es un paseo tranquilo por un bosque en el que nos marcamos como uno de nuestros objetivos centrarnos en el momento que estamos viviendo».

«Observamos, no analizamos, no buscamos causas, miramos desde dentro, no desde fuera, nos concentramos en lo que vemos, en lo que tocamos, en los que oímos, en lo que probamos o en lo que olemos. Precisamente uno de los responsables de los efectos que produce en nosotros un baño de bosque se centra en la acción de las fitoncidas o esencias de los árboles», mantiene el ingeniero agrícola.

Fotografía de EFE

Para Herrero Lamas, estas esencias son fundamentalmente terpenos como el limoneno (con acción antioxidante y estimuladora del sistema inmunológico) o el beta pineno (con acción broncodilatadora, antiinflamatoria o fortalecedora de la memoria). Estas esencias se concentran también en el resto de la vegetación del bosque y en sus rocas.

Según el especialista, «cuando llueve, las esencias se dispersan de un modo especial. La tierra, debido a la presencia de unas bacterias que fortalecen nuestro sistema inmunológico, las Mycobacterium vaccae, también desprenden sus esencias. Cuando paseamos por un bosque ingerimos bacterias, fortalecemos nuestra flora intestinal y gracias a ellas mejoramos nuestro sistema defensivo y segregamos serotonina, la hormona de la felicidad».

«Sería fabuloso contar con un sistema de salud que pensara en huertos, jardines, bosques y granjas como partes de un sistema sanitario que orientara hacia ellos prescripciones médicas y tratamiento para múltiples afecciones. No digo que sea una panacea y que con esto solucionamos todo el problema. De lo que sí estoy seguro es de que, al menos, se conseguiría reducir de forma importante la cantidad de medicación con la que nos alimentamos diariamente», concluye Jabier Herreros Lamas.

Condenados al racismo perpetuo en Brasil

Fotografía de EFE

Un cementerio de esclavos enterrados bajo un puñado de piedras sin nombre ni fecha, en la espesura de la mata atlántica, muestra los primeros vestigios de un racismo ignorado que aún mata y segrega en Brasil.

La población negra, mayoritaria (56 % de 210 millones de habitantes), es la más golpeada por el desempleo, la que más muere en operaciones policiales y la menos representada en las esferas de poder.

El mayor país latinoamericano se formó por sucesivas oleadas de migrantes europeos y asiáticos, los esclavos venidos de frica y las etnias indígenas, pero la integración nunca funcionó en el último país de América en abolir la esclavitud (1888).

Hoy, en pleno Gobierno de la ultraderecha, el presidente Jair Bolsonaro afirma que el racismo es una cosa poco frecuente en Brasil, pero las estadísticas dicen lo contrario: el 73 % de los 52.5 millones de pobres que había el año pasado eran negros, según datos del propio Ejecutivo.

RACISMO QUE MATA Y TORTURA

Fabio Pereira Campos recuerda el día en el que cuatro jóvenes negros, como él, fueron abatidos por la Policía en la calle de atrás de su casa, en la humilde barriada de Americanópolis, en la zona sur de Sao Paulo.

También cuando dos presuntos traficantes asesinaron a balazos a un amigo suyo, negro también, que se disponía a celebrar su dieciocho cumpleaños. «Nos pidieron que nos levantáramos las camisetas, dijimos que no teníamos nada y ahí ellos simplemente descargaron las cuatro pistolas que llevaban en la cara del chico», relata.

Hoy, con 41 años, Fabio es uno de los pocos de su pandilla que no está muerto o en la cárcel.

En la periferia de Sao Paulo, de mayoría negra, frente a pudientes barrios como Pinheiros, de amplia mayoría blanca, escasean las oportunidades para escapar de la espiral de violencia, drogas y pobreza.

La Policía actúa en estas regiones con extrema dureza. A inicios de diciembre, en Paraisópolis, la segunda mayor favela de Sao Paulo, una incursión de un grupo de agentes terminó en tragedia.

En plena madrugada, unos 5,000 jóvenes disfrutaban de una fiesta de funk -un estilo de música que mezcla el rap y la música electrónica muy popular en estas barriadas-, cuando la patrulla irrumpió con bombas de gas lacrimógeno y balas de perdigones. Aseguraron que buscaban a dos sospechosos que se habían escondido entre la multitud.

La acción provocó una estampida que dejó nueve jóvenes muertos, cuatro de ellos menores de edad. La mayoría de las víctimas eran negras.

Según el Atlas de la Violencia de 2019, un informe elaborado a partir de datos oficiales, el 75.5 % de las víctimas de los homicidios registrados en 2017 (65,602) fueron personas negras. La tasa de homicidios por cada 100,000 negros fue de 43.1, casi el triple que la registrada entre la población blanca (16).

Fabio, hoy estudiante de Trabajo Social en la universidad y miembro de la Asociación de Amigos y Familiares de Presos (Amparar), es uno de los muchos que aseguran que existe un genocidio contra ellos.

Él también fue víctima de esa marginación en la que se mezcla color de la piel, pobreza, narcotráfico, corrupción y una educación extremadamente precaria.

Empezó a usar drogas cuando tenía tan solo 14 años y no paró hasta los 31: La calle es más atractiva para un chaval de suburbio que no tiene otras perspectivas.

En 2004, veinte gramos de crack le costaron una condena de cuatro años de cárcel, tres en régimen cerrado y uno en la condicional.

Los negros también son mayoría en las cárceles brasileñas, representan el 61.6 % de la vasta población carcelaria del país, que es de unas 812,000 personas, la tercera mayor del mundo.

Cuando salió de prisión, volvió a Americanópolis y al mundo de las drogas.

Tras casi morir de sobredosis y vivir bajo la amenaza de unos policías que le extorsionaban para evitar un nuevo arresto, Fabio, el menor de seis hermanos, es la excepción que confirma la regla. Rehizo su vida y estudió en la universidad.

El racismo volvió a sacudir Americanópolis en julio de este año, cuando un adolescente negro de 17 años fue torturado durante cerca de 40 minutos por dos agentes de seguridad privados en el interior de un supermercado de la red Ricoy, tras robar unas chocolatinas. Las imágenes, grabadas por uno de los agentes y que circularon por las redes sociales, conmocionaron al país. En ellas se ve al joven desnudo, amordazado y recibiendo latigazos con unos cables eléctricos.

El racismo volvió a sacudir Americanópolis en julio de este año, cuando un adolescente negro de 17 años fue torturado durante cerca de 40 minutos por dos agentes de seguridad privados en el interior de un supermercado de la red Ricoy, tras robar unas chocolatinas. Las imágenes, grabadas por uno de los agentes y que circularon por las redes sociales, conmocionaron al país. En ellas se ve al joven desnudo, amordazado y recibiendo latigazos con unos cables eléctricos.

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LA HUELLA DE LA ESCLAVITUD

Se estima que Brasil recibió cerca de cinco millones de cautivos africanos de los 12.5 millones que embarcaron rumbo a América a lo largo de más de tres siglos.

Los que llegaban vivos eran subastados o enviados directamente a su nuevo dueño.

Algunos lograron huir y fundaron sus propios asentamientos, hoy conocidos como quilombos, lugares de resistencia. Ivaporunduva es el más antiguo de la región del Vale do Ribeira, en el estado de Sao Paulo. Data del siglo XVI y en este viven unas 110 familias, rodeadas de una explosión de verde y varios ríos que dificultan el acceso a ellos.

Viven de la pesca y los cultivos de arroz, frijol, maíz, caña de azúcar y banana, el principal motor económico de la zona. Para los ciclos de la cosecha se guían por las fases de la Luna, una de sus muchas tradiciones centenarias.

La Iglesia, centro de esta comunidad, fue construida en el siglo XVII por los propios esclavos, obligados a convertirse a la fe católica.

Cuando sus descendientes necesitan recargar energías realizan la ruta del oro, un camino repleto de ríos, puentes hechos con troncos y enormes árboles de palmito, hasta llegar al cementerio de sus ancestros, donde se erigen montículos de piedra a modo de lápidas.

Mi sangre también está ahí derramada, dice Vandir Rodrigues, de 69 años.

Ahí, en medio del bosque atlántico, están enterrados decenas de esclavos, algunos de ellos, sepultados poco después de morir de puro agotamiento mientras bateaban en busca de oro.

Si moría una persona, la ponían ahí debajo y lo llenaban de piedras, por qué?.

Porque habiendo piedras encima, era una señal de que ahí no se podía revolver más, narra.

Se estima que de esta zona salieron unas 400 arrobas de oro, equivalente a unas seis toneladas, rumbo a Lisboa, capital del entonces imperio colonial.

Durante décadas, los quilombos estuvieron aislados del progreso. Esa segregación forzosa propició que hasta hace pocas décadas tuvieran que hacer fuego chascando piedras.

Las personas de la región del Vale do Ribeira dicen que el quilombo dificulta el desarrollo de la región. «Para las empresas somos un problema porque quieren explotar estas tierras», explica Benedito Alves, de 64 años, uno de los líderes de la comunidad.

La Constitución de 1988 reconoció el derecho de propiedad sobre sus tierras (artículo 68) y obligó al Estado a emitir tales títulos, pero la demora en el reconocimiento oficial se cuenta por años.

En 2017, siendo diputado federal, Bolsonaro aseguró que visitó un quilombo y dijo que sus habitantes no hacían «nada» y que no servían «ni para procrear».

El hoy presidente fue condenado en primera instancia a pagar una multa.

Insatisfecho, recurrió a la Corte Suprema y el máximo tribunal del país rechazó las acusaciones de racismo.

Antes de las elecciones del año pasado que le llevaron al poder, Bolsonaro atribuyó a los propios negros; la responsabilidad del tráfico de personas en la época colonial y aseguró que los portugueses ni pisaron frica.

Sin opciones. En las zonas pobladas por mayoría negra escasean las oportunidades de empleo, educación y desarrollo en general.

RACISMO EN EL TRABAJO

Adriana Aparecida vivió con su madre en la zona para empleados domésticos del apartamento de una familia de clase alta en el barrio noble de Moema, en Sao Paulo.

No le estaba permitido entrar por la puerta principal del bloque de vecinos. Tampoco podía utilizar el ascensor de los propietarios ni la piscina de la urbanización. «Me afectaba mucho», reconoce.

Los niños con los que jugaba, hijos de propietarios, todos blancos, le recordaban constantemente el color de su piel. La primera ofensa era llamarme mono, o decían negrita sal de aquí, eso era normal.

Su madre, Benita, trabajó toda la vida como sirvienta de personas blancas. A sus 71 años, recuerda amargamente su paso por una hacienda de Baurú cuando era una adolescente.

Yo era una esclava. Me despertaba en la madrugada, aún era de noche para trabajar, lavar aquel enorme jardín, cuidar de los perros, ir por el pan… Yo era muy pequeña, hacía las cosas, pero me maltrataban mucho y fue una época en la que intenté suicidarme, narra.

Adriana está desempleada desde septiembre.

Cuando hacemos entrevistas de trabajo, si hay diez personas blancas y yo soy la única negra o hay algún negro más, a la hora de conocer el resultado, vemos que entre los seleccionados no hay ninguno de los negros que estábamos allí presentes, asegura.

Según datos oficiales del año pasado, dos de cada tres personas sin trabajo en Brasil eran negras (64.2 %). La tasa de analfabetismo es de 3.9 % entre blancos y del 9.1 % en la población negra del país. Adriana tuvo que dejar la facultad por falta de recursos.

La divergencia en salarios también es grande. En 2018, el sueldo medio mensual de las personas ocupadas blancas llegó hasta los casi 2,800 reales (680 dólares), un 73.9 % más que el de los negros (1,608 reales o 390 dólares).

La Ley urea de 1888 abolió la esclavitud sobre el papel, pero socialmente se mantuvo, especialmente en las relaciones laborales.

El proyecto antinegro continúa funcionando. Lo antinegro es una política, una insignia, un proyecto, asegura Regina Marques, investigadora sobre los efectos psíquicos del racismo y profesora de la Universidad Federal de Bahía.

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RACISMO EN LA POLÍTICA

«Me dijo que no iba a jugar conmigo porque sus padres le habían dicho que las personas de mi color robábamos juguetes». Fernando Holiday tuvo que escuchar ese comentario de boca de uno de sus compañeros blancos de la guardería.

Convertido en el concejal más joven de la historia de Sao Paulo, la mayor ciudad de Brasil, aún tiene que seguir escuchando, a sus 23 años, ese tipo de injurias en el pleno municipal.

Esta vez el autor del ataque no fue un niño, sino el concejal Camilo Cristófaro, del Partido Socialista Brasileño (PSB), un político veterano. Le llamó mono de auditorio, una expresión antigua que en Brasil se usa para designar a una persona fanática, pero que en este caso tuvo un sentido racista.

Holiday es un rara avis. Su ideología, de derechas y contraria a las cotas raciales en las universidades, le ha generado problemas entre los militantes de izquierda y del movimiento negro, quienes le consideran un traidor a la causa.

Él sostiene que las cotas raciales -que han permitido que en 2018, por primera vez, los negros sean mayoría en las instituciones de educación superior (50,3 %)- ayudan a reforzar el prejuicio y los estereotipos en relación a los negros.

Por ello defiende legislar en función de criterios socio-económicos y no por el color de la piel. Naturalmente los mayores beneficiados serían los negros porque ellos forman la mayoría de esa población.

La presencia de negros en la política está lejos de ser mayoritaria en Brasil.

Representan apenas un 24.4 % de los diputados federales, un 28.9 % de los diputados regionales y un 42.1 % de los concejales.

Tampoco lo son en el Poder Judicial, donde el 83,8 % de los magistrados son blancos, según datos del Consejo Nacional de Justicia, ni en el Ejecutivo. De los 22 ministros que componen el Gobierno de Bolsonaro, ninguno es negro.

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LA RESISTENCIA

Frente a la discriminación, resistencia, como la que propone Black Money, un movimiento que nació en Estados Unidos y que poco a poco gana adeptos en Brasil.

El objetivo es conectar a empresarios, trabajadores y consumidores negros e intentar que el dinero circule el mayor tiempo posible entre ellos. Pero, además, impulsar proyectos educativos y en definitiva crear una red de «afroempresariado«.

Nina Silva, nacida en una favela de Río de Janeiro hace 37 años, es fundadora de la versión brasileña de Black Money. A ella también la llamaron «macaco» cuando iba a la escuela. Estudió Administración en la Universidad Federal Fluminense y se convirtió en consultora de tecnología, un sector donde «las mujeres eran pocas y las personas negras, cero».

Tras una temporada en Estados Unidos, en 2017 conoció a su socio, Alan Soares, del área de finanzas, y fundaron Black Money Brasil pensando en esa «falta de espacios negros de poder».

Nina fue elegida por la prestigiosa revista Forbes como una de las 20 mujeres más poderosas de Brasil y es taxativa contra aquellos que la acusan de fomentar la segregación.

«A esos les digo que vayan a su restaurante preferido y observen dónde está la segregación, observen quién les está atendiendo y quién está siendo servido. Que miren en la calle y vean quién está en los bancos de la plaza, quién está encarcelado, quién está desempleado, quién está muriendo…».

Analfabetismo. La discriminación sí se puede medir: la tasa de analfabetismo entre blancos es de 3.9 % entre blancos y del 9.1 % en la población negra de Brasil.

Torturador por vocación: hablan las víctimas de expolicía franquista español

Agresiones. Los testimonios de las víctimas de este torturador están llenos de golpes, pero también de un maltrato emocional intenso.

La tortura no era un mecanismo para hacer méritos sino un «placer» tangible ejecutado con un mimo «vocacional» por un policía del régimen franquista (1939-1975) que se valió de amenazas, humillaciones, golpes y terror para labrarse uno de los perfiles más negros de España. Así le recuerdan sus víctimas. Es «Billy el Niño».

Tres de los torturados por Antonio González Pacheco, «Billy el Niño», narraron a Efe su paso a principios de los años setenta por la extinta Dirección General de Seguridad (DGS) en la madrileña Puerta del Sol, rehabilitada como sede del gobierno regional de Madrid, pero en cuyas entrañas aún se conserva un aroma de tiempos pretéritos, del que ninguno de los protagonistas se puede descolgar.

Rosa María García, José María «Chato» Galante y Luis Suárez-Carreño son tres de las 18 víctimas –habrá más en septiembre– que recurrieron a la Justicia con la esperanza de agotar la «impunidad» –término utilizado por la Audiencia de Madrid– de un personaje que esquiva a jueces y fiscales españoles al no prosperar ninguna de las querellas por torturas en un contexto de lesa humanidad.

Luis fue el pionero. Tras un primer paso que define de «benigno» por la DGS en 1970, fue detenido tres años después en su casa ante la presencia de González Pacheco que, junto con sus compañeros, ya le iba «preparando» para lo que le esperaba. Eran los prolegómenos, un estadio previo por el que pasaron los tres protagonistas de esta historia, extensible al resto de las víctimas.

Generalmente arrestaban de noche, en plena calle o derribando la puerta de casa. No informaban jamás de los cargos ni tampoco del paradero del detenido. Su estatus para el mundo exterior era el de desaparecido.

«Mi padre iba a preguntar a la DGS y le decían que allí no estaba. Y estaba», cuenta Rosa. Pasaban días sin saber de ellos. Veintidós «Chato» entre sus cuatro detenciones, seis Rosa y seis Luis. Ni familia ni abogados. Una vez en sus manos, «eras suyo».

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EL ENCUENTRO CON «BILLY»

González Pacheco no siempre esperaba en la DGS, iba a buscarlos a sus casas. «Cuando entró por la puerta, ya sabía lo que iba a pasar», cuenta «Chato». Ni él ni los demás lo conocían, pero sí sus hazañas. «Le gustaba que se conocieran sus méritos», dice Rosa.

Precisamente de ahí procede su apodo, de su afición a pasearse por la universidad enseñando su pistola. «Chato» relata que «una de sus gracias era apuntarte con ella y disparar con el cargador vacío». Era, como ellos le definen, «un exhibicionista». De ahí que aunque físicamente no le conocieras, su hoja de servicios era su mejor carta de presentación. «Ya sabes quién soy», solía decir.

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LAS TORTURAS

Accedían a la DGS por una calle lateral de la Puerta del Sol y allí todo podía pasar. Tras ficharlos, los subían a los despachos donde «Billy» se presentaba a base de bofetadas, puñetazos, insultos, amenazas, gritos y humillaciones. Aquello era «una barra libre».

Su antología de la tortura pasaba por golpear las plantas de los pies, esposar a los radiadores y a la puerta, desnudarte, abrigarte mucho cuando hacía calor o colgarte de las manos, como le sucedió a «Chato». «Se dedicaba a darme patadas de kárate dando grititos a lo Bruce Lee. Pensé: esto es un esperpento».

«Te dabas cuenta de que eras un pedazo de carne en manos de unos tipos cuyo único objetivo era darte el máximo posible para sacarte la máxima información y marcarse un éxito policial», afirma Luis.

Esa sensación, «Chato» la experimentó cuatro veces por sus cuatro detenciones. «La primera es un shock muy fuerte, pero la segunda ya sabes todo lo que te espera, haces el recorrido, sabes cuándo las cosas se van a poner duras…». Lo peor ocurría en el último piso.

Había una variable sentimental que complicaba aún más las cosas, porque a Luis y a Rosa los arrestaron con sus respectivas parejas. Al marido de ella, «Billy el Niño» le llegó a mostrar cómo le pegaban. Y a Luis le decía: «Fíjate lo que le estamos haciendo».

Él ha borrado las torturas de su mente, pero no así la angustia que le producían los gritos de Merche, su pareja, llamándole en los calabozos. «Aquello fue otra tortura adicional para mí».

Su plan no era otro que «romperte y desarmarte psicológicamente para que cantaras (confesaras). Que te vieras en una situación tan agobiante y te desesperaras. Es el método de la tortura, no lo ha inventado él».

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UN PERFIL VOCACIONAL

Pero sí «lo disfrutaba», porque tenía mucho afán de protagonismo, era un tipo «entregado» a su trabajo. Los detenidos no paraban de recibir golpes, «Billy» de darlos. No descansaba. Hacía «horas extra en la DGS».

Sus víctimas trazan un perfil de «un torturador compulsivo, ambicioso, sádico y morboso» que «planteaba cosas siniestras y enfermizas»; un policía «sin ningún escrúpulo y psicológicamente insano».

Pero ante todo subrayan un aspecto: el placer. «Billy» torturaba «con bastante placer» y lo obtenía «produciendo ese daño, lo que dejaba ver que había una cosa muy vocacional en ello».

Lo que él decía, se hacía. Sus policías le tenían consideración, respeto y miedo por igual. Era el más mediático, pero no el único.

Porque las tres víctimas coinciden en que al torturar, torturaban todos. Luis lo resume así: «Los otros policías iban allí a darte de hostias a ver si te rompían moralmente, pero él tenía este otro componente, una parte perversa». Lo que ocurría, precisa «Chato», es que en «la policía política del régimen franquista se encargaba de que torturaran todos», para que así «nadie pudiera acusar a otro».

“Chato” no da crédito. “El que me torturó es un ciudadano ejemplar que cobra un 50 % más de su jubilación en función del trabajo que hizo, ¡que consistió en torturarme a mí!” A sus víctimas no les basta con una declaración del Congreso, una comisión de la verdad o una investigación que no culmine en un juicio para reparar el daño.

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MORIR O SUICIDARSE

En ocasiones era la idea que les pasaba por la cabeza. ¿Me matarán o mejor me mato yo? Luis narra que en esa eternidad en la DGS «llega un momento en que incluso quieres desfallecer, morirte, lo que sea». En su caso tuvo varias tentaciones de autolesionarse.

«Recuerdo mirar el pico de la mesa metálico y del radiador y decir: como esto siga así voy a tener que estrellarme contra ahí y eso va a ser lo mejor que me va a pasar. O la próxima vez a ver si me coloco bien, me tiro y consigo abrirme la cabeza».

«Chato» vio el final. Ocurrió en su tercera detención. Había perdido la noción del tiempo y el espacio. Llevaba 14 días detenido. «Hubo un momento que pensé que me podían matar». Fue cuando hablaron de darle un paseo.

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LOS PASEOS

Era la palabra más temida por los detenidos. Un punto y final. Un juego semántico para terminar con tu vida. Te llevaban a un parque y te pegaban dos tiros. «Chato» tiene clavado en la memoria cuando escuchó: «A este lo que hay que darle es un paseo y ya, y listo».

A Rosa la subieron en un coche con Pacheco para que fuera a identificar «un piso franco». «Me fueron amenazando con llevarme a la Casa de Campo y hacerme desaparecer», cuenta. Y cuando lo hace aún se le entrecorta la voz. Ella no solo responsabiliza a «Billy».

«Se habla de los torturadores, pero no se habla de los que colaboraban»; y cita como ejemplo a los médicos de la DGS que no daban parte de las lesiones, o a los jueces de los Tribunales de Orden Público, garantes de la represión política del régimen.

Luis y «Chato» apuntan a estos jueces para justificar el porqué no denunciaron en los ochenta. «¡Cómo íbamos a denunciar eso a los mismos jueces que nos habían llevado a esas situaciones!», exclama «Chato», quien tiene presente que «lo que pasó es que la policía política, los jueces de tribunales especiales y carceleros pasaron a la democracia sin tener que dar cuenta ninguna de sus actos».

Rosa simplemente quería pasar página. «Lo que quería era olvidarme del tema». Se fue de Madrid, dejó familia, amigos, estudios. Lo dejó todo.

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CONDECORADO TRES VECES EN DEMOCRACIA

«Eso nos ofende», dicen. Rosa no alcanza a explicar cómo «ha sido más condecorado en la democracia (a partir de 1977) que en la dictadura» –tres de sus cuatro medallas–, lo que a ojos de Luis evidencia que «ha gozado de todo tipo de beneficios en este país».

«Chato» no da crédito. «El que me torturó es un ciudadano ejemplar que cobra un 50 % más de su jubilación en función del trabajo que hizo, ¡que consistió en torturarme a mí!» A sus víctimas no les basta con una declaración del Congreso, una comisión de la verdad o una investigación que no culmine en un juicio para reparar el daño.

Tiene que ser juzgado. No les sirve de nada que Pacheco sea considerado un torturador, algo «que nadie pone en duda ya». Quieren que pague por sus delitos. Quieren una sentencia para que «Billy», de 73 años, deje de pasearse impunemente por España.

Reclaman una respuesta a la altura de la democracia, un respuesta que no llega. Y ya han pasado 44 años.

Solo el inicio. A las 18 personas que han iniciado este proceso se les podrían unir más después de septiembre.

Turismo con animales: crueldad por una foto

Cadenas. Turista posa para una foto junto a un tigre encadenado en el Templo del Tigre, de la provincia de Kanchanaburi, Tailandia.

Con teclear en un buscador «vacaciones con animales» se puede encontrar una variada oferta de planes de ocio que incluyen animales: desde hoteles en los que admiten a las mascotas hasta granjas escuelas.

Otras opciones incluyen la interacción con especies exóticas o salvajes y, aunque puedan resultar atractivas, en ocasiones se incurre en situaciones crueles para los animales.

No es extraño ver en redes sociales o folletos promocionales fotos de personas a lomos de un elefante en un paraje paradisíaco como reclamo vacacional. Esta es una de las prácticas que, aunque puede parecer inofensiva, esconde una historia de maltrato.

Las estadísticas dicen que en Tailandia hay alrededor de 10,000 elefantes en cautividad. Algunos de ellos son los que, explotados por sus dueños, pasean a los turistas.

Estos animales son apartados de sus madres cuando son crías y son domesticados con técnicas dudosas. También es normal verlos encadenados o encerrados cuando no están «prestando el servicio».

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ESPECTÁCULO Y CRUELDAD

La asociación World Animal Protection lleva años recogiendo en sus campañas algunas de las atracciones turísticas más dañinas para los animales y documenta los logros en materia de protección del entorno en el sector turístico.

Además de la de los elefantes, World Animal Protection señala otras prácticas crueles: sacarse fotografías con crías de tigre y león; sostener y fotografiarse con tortugas marinas; o los espectáculos de delfines.

Tanto las crías de leones como de tigres son apartadas de sus madres y sus manadas y encadenadas para que el turista, tras pagar el precio convenido, las abrace y se lleve la fotografía a casa.

La protectora, según informa en su web, contabilizó en un informe, hace tres años, que había alrededor de 830 tigres retenidos en locales para fines turísticos.

Los animales que son usados para estas atracciones no pueden ser devueltos nunca a la naturaleza porque han sido criados para convivir con los humanos, por lo que, cuando crecen, les espera una vida en cautividad, probablemente de espectáculo en espectáculo.

Los animales marinos siempre han resultado atractivos para las personas. En las últimas décadas del siglo pasado proliferaron centros de entretenimiento en el que la diversión la ponían animales como los delfines.

Estos centros están prohibidos en algunos países; en otros se aplican leyes restrictivas, pero en otros siguen siendo legales y operativos.

Salpicar, saludar, nadar con niños, atravesar aros y hacer otras piruetas es lo que espera a los delfines en estas funciones. Permanecen toda su vida en espacios acotados y sufriendo los pases una y otra vez.

Desde hace años se está apoyando un tipo de turismo sostenible que busca minimizar el impacto de los viajeros en otras comunidades y ecosistemas. Se lucha contra la crueldad animal, pero la responsabilidad comienza por uno mismo y es necesario viajar con conciencia.

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COMPORTAMIENTOS ALTERADOS

Al teclear en búsqueda de imágenes «tiburón ballena», de las primeras que aparecerán en la pantalla son de estos impresionantes animales con alguna persona nadando cerca.

«Convivencia con tiburón ballena», «nadar con tiburones ballena», «¿cuánto cuesta nadar con tiburón ballena?» es una práctica turística en alza, pero ¿cómo de recomendable es para los animales envueltos en ella?

Según publica la Agencia SINC –Servicio de Información y Noticias Científicas–, los tiburones ballena están en peligro de extinción y sus poblaciones en aguas asiáticas han disminuido un 63 % en las últimas tres generaciones.

Esta atracción bajo la etiqueta de ecoturismo no parece serlo tanto. Un equipo de Royal Society Open Science ha investigado cómo la práctica de alimentar a los tiburones ballena en Oslob, en Filipinas, está alterando el comportamiento natural de estos animales que podrían desarrollar una dependencia alimentaria en otras fases de su vida.

Recorrido. Así se pasean los turistas: sobre un elefante al suroccidente de Bangkok, Tailandia.

«Esta práctica ha dado lugar a una gran industria de observación de tiburones que brinda importantes ingresos a una comunidad remota gracias al turismo, pero el impacto a largo plazo sobre los escualos sigue siendo poco conocido», explica el informe de los científicos.

La alteración del comportamiento natural del animal por la interacción del hombre también se ha documentado en otras especies, como las rayas, otra de las especies predilectas para viajeros e «instagrammers».

Desde hace años se está apoyando un tipo de turismo sostenible que busca minimizar el impacto de los viajeros en otras comunidades y ecosistemas. Se han desarrollado leyes de protección y, poco a poco, se lucha contra la crueldad animal, pero la responsabilidad comienza por uno mismo y es necesario viajar con conciencia.

Los animales no están para satisfacer la curiosidad de los turistas o para que sus fotografías obtengan más «like». Y para saber cómo actuar, diferentes asociaciones han redactado consejos a la hora de viajar.

También ofrecen una gran recomendación para cuando se regresa: compartir con los amigos y familiares las experiencias y reportar a las autoridades correspondientes si ha sido testigo de algún caso de maltrato en los animales.

Los pisos granja. Un nuevo sistema de construcción modular

Hasta arriba. El sistema constructivo The Farmhouse, desarrollado por el matrimonio Precht, consta de módulos de madera prefabricados que pueden acumularse hasta conformar un rascacielos.

¿Le gustaría residir en un edificio que vive y respira gracias a la presencia masiva de plantas integradas en su estructura, y donde pueda obtener las verduras para una ensalada sin salir a la calle?

Esto será posible gracias a un nuevo concepto de construcción basado en módulos triangulares con vegetación incorporada, que podrán acoplarse unos a otros y que permitirán construir desde casas sencillas y viviendas unifamiliares hasta torres residenciales. Todos destinados a reconectar a los residentes con el circuito alimentario y con la naturaleza.

Este sistema llamado The Farmhouse (La casa-granja) lo ha desarrollado la firma Studio Precht, SP, (www.precht.at) del matrimonio de arquitectos Chris Precht y Fei Tang Precht, inspirados en su propia experiencia de vivir en un sitio remoto en las montañas de Austria y de manera lo más autosuficiente posible con conexión directa a la naturaleza.

Estos jóvenes arquitectos llevan trabajando desde 2017 en este innovador sistema constructivo y ahora están buscando asociados para «convertir esta visión en realidad», adelantan.

«Creo que los seres humanos extrañan su conexión física y mental con la naturaleza y este proyecto podría servir para volver a conectarlos, así como unir la arquitectura y la agricultura, cambiando y mejorando ambas», señala Chris Precht.

«Vivimos y trabajamos fuera de la red y cultivamos la mayoría de nuestros alimentos, obteniendo el resto de los agricultores vecinos, pero somos conscientes de que este estilo de vida no es una opción para todos, por lo que tratamos de desarrollar proyectos como The Farmhouse que traigan comida a las ciudades», señala Fei Precht.

«Las granjas verticales podrán producir más y mejor. Además, el clima interior de sus invernaderos protegerá a los alimentos de las condiciones climáticas variables y ofrecerá diferentes ecosistemas para plantas también distintas», recalcan los Precht.

«Nuestra granja funcionará como un ciclo de vida orgánico de subproductos situado dentro del edificio, donde un proceso de producción da entrada a otro proceso; por ejemplo, reutilizando gran cantidad de calor que se genera en su interior para que crezcan plantas como patatas, nueces o alubias», apuntan.

Esta granja y residencia vertical funcionará como un ciclo de vida orgánico dentro del edificio, donde un proceso de producción dará entrada a otro proceso, por ejemplo reutilizando la gran cantidad de calor que se genera en su interior para que crezcan plantas como patatas, nueces o alubias, apunta SP.

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MÓDULOS DE MADERA LLENOS DE VIDA

Un sistema de tratamiento filtrará el agua de lluvia y las aguas residuales, y enriquecerá el agua filtrada con nutrientes. Después la enviará de regreso a los invernaderos, en tanto que los desperdicios de comida podrán ser recolectados en el sótano del edificio y transformados en compost (abono natural terroso) para cultivar más alimentos, según SP.

«La comida es una parte importante de nuestra vida diaria y su proceso de producción se hará visible en The Farmhouse, entrando en nuestras ciudades y en nuestras mentes», asegura Fei Tang Precht.

Explica que las estructuras, acabados y jardineras de los módulos estarán hechos con paneles prefabricados de madera laminada cruzada o CLT, los cuales se empaquetarán y entregarán mediante camiones en el lugar de construcción, donde se montarán y ensamblarán de acuerdo al plano del edificio.

Este sistema de construcción modular se basa en las casas tradicionales con estructura en forma de A y las paredes de cada módulo constan de tres estratos: una capa interior con acabados, electricidad y tuberías; una capa intermedia con la estructura propiamente dicha y aislamiento; y una capa exterior con elementos de jardinería y suministro de agua.

Este sistema permitirá construir torres de apartamentos o viviendas unifamiliares, que los propietarios podrán diseñar e incluso montar con sus propias manos al estilo «hágalo usted mismo».

De madera. El sistema constructivo The Farmhouse está inspirado en la naturaleza y en la sostenibilidad. Las habitaciones son adecuadas a la estructura de madera que conforma el piso.

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UN ECOSISTEMA DENTRO DE UN EDIFICIO

Los elementos estructurales y de jardinería, las unidades de gestión de residuos y tratamiento de aguas, los sistemas alimentados por energía solar y la hidroponía (cultivo de plantas en agua sin necesidad de tierra) podrán seleccionarse de un catálogo de módulos y ofrecerán una cierta flexibilidad para diseñar distintos tipos de construcciones, según los Precht.

Las estructuras podrán ensamblarse con los marcos en A formando dúplex, que proporcionarán un gran espacio abierto en el primer piso para situar una sala de estar y la cocina; y un espacio más reducido en el segundo piso para situar allí los dormitorios y baños, según los arquitectos.

Apuntan que las paredes anguladas de los módulos darán espacio para instalar la jardinería en su exterior, y en las torres crearán una zona de amortiguación en forma de V entre unos apartamentos y otros, lo cual también permitirá la ventilación natural y la entrada de luz natural en el edificio.

Los residentes podrán utilizar los jardines de manera privada para cultivar sus propios alimentos, o para plantar vegetales y hierbas para una comunidad de vecinos más amplia.

Después de la cosecha, los alimentos se podrán compartir o vender en un mercado de agricultores en los pisos inferiores del edificio, que contará con un sótano con unidades de compostaje, como parte del circuito ecológico de The Farmhouse.

La configuración de vivienda más pequeña disponible es de 9 metros cuadrados con un balcón de 2.5 metros cuadrados y, como este sistema es adaptable para edificar distintas estructuras, en teoría podrían construirse torres de CLT tan altas como lo permitieran las regulaciones de una ciudad, según SP.

«Para que las personas se preocupen por el medio ambiente, necesitamos traer el medio ambiente a las ciudades, construyendo edificios que se puedan ‘escuchar’, porque las aves y las abejas serán parte de su ecosistema, y ‘oler’ gracias al aroma de sus vegetales, y que en parte se puedan ‘comer’, al incluir la producción de alimentos», señalan los Precht.

«The Farmhouse será un edificio que vivirá, respirará, crecerá y formará parte de nuestro ecosistema y de un vecindario mucho más amplio en lugar de ser una isla en la ciudad», concluyen.