Memoria histórica y voz poética

Naciones Unidas tiene un programa (Memoria del Mundo) en el que participan la Biblioteca Nacional; bibliotecas universitarias, que suman nueve instituciones, en que se prioriza a promotores de la palabra. La memoria histórica rescata la voz literaria en tanto tiene de historia del pasado trascendente memoria de valores para conservar y recopilar documentación, visibilizar las personas que con su voz se convirtieron en testigos o protagonistas de su tiempo. Rescatarlas del olvido es fortalecer el desarrollo de los valores que sostienen una nación.

Esta vez quiero referirme a dos escritores, hermanos de la voz creativa.

Son dos escritores que conocí muy bien, aunque los ámbitos de encuentros fueron diferentes: como estudiantes en la universidad con Roque Dalton; y Escobar Velado como conversador de poesía alrededor de una taza de café. Con el primero predominaba la vocación organizativa del joven por participar como civiles en buscar soluciones sociales y políticas, al grado que ya a los 23 años se experimentaron las primeras expulsiones forzosas del país. Explico mejor para quienes no conocen esa época en la que las organizaciones partidarias eran inadmisibles, y si lo permitían, se consideraba una misión imposible, había que sustituirla por foros universitarios y expresiones públicas; porque la primera legislación sobre partidos se dio a principios de los sesenta del siglo pasado y la dictadura venía desde 1932. Escobar Velado murió en 1961, a los 42 años. No vivió esa legalidad política buscada. Antes de esos años organizar un partido político era labor de soñadores que terminaba en pesadilla.

Cuando menciono mis diferentes ámbitos de encuentro con uno y otro, lo relaciono con el hecho de que con Dalton éramos de la misma edad, mientras Escobar Velado era un abogado establecido, como hermano mayor nos duplicaba la edad. Pero ambos tuvieron como punto común que hicieron del poema una razón de vivir. Cualquier encuentro culminaba en la temática poética.

No importaba si Dalton le diera más relevancia a escribir poesía de ideas, razón por lo cual muchos críticos más de alguna vez lo han marginado cuando se refieren a poetas latinoamericanos, aun sus mismos promotores como Mario Benedetti (hizo una antología fundamental, pero no se arriesgó a hacerle un prólogo). Pienso que analizar a nuestro compatriota implica un compromiso, requiere el manejo de un entorno específico. De mi parte, por entender mejor ese entorno (tan diferente al Uruguay de Benedetti) le he prologado dos antologías. Aunque en el país hay escritores (Roberto Paz Manzano y Luis Melgar Brizuela) que han ido a fondo para descubrir el valor literario del poeta; pues hay discrepancias nacionales por parte de voces críticas, escasas, que juzgan al poeta en su contenido político.

«Lo importante en un poema es decir cosas», afirmaba Dalton al dialogar con sus hermanos de literatura. Significaba expresar una idea por sobre la estética formal; lo cual implicaba conocer las claves del lenguaje poético, por lo cual no es válido de aplicar el calificativo de poesía panfletaria.

Ese insistir en ideas lo llevaron a un final trágico, porque los jóvenes lo vieron como un competidor teórico para lo cual no tenían argumentos («Memorias de un guerrillero», de Juan Ramón Medrano). Lo acusaban de haber escrito poesía («Poemas clandestinos») para repartirlas al público y ganar notoriedad, cuando él ya la tenía con creces. «Nosotros no teníamos ni siquiera una idea cercana del enorme error político e histórico que se había cometido», dice Medrano. Similar testimonio nos da Carlos Eduardo Rico en su libro «En silencio tenía que ser, testimonio de guerra». Tanto Medrano como Rico estuvieron con la organización que cometió el crimen.

Casi tres décadas antes Escobar Velado fue expulsado de su país hacia Guatemala, Nicaragua, Costa Rica («Diccionario de autores salvadoreños», Carlos Cañas Dinarte). Pese a escribir una poesía más emocional: «lo que duele en el corazón». Pero aspiraba a multiplicar su voz más allá del poema, en búsqueda de una concientización nacional.

Sin pretender comparaciones, y en otro contexto, Alberto Masferrer y el arzobispo Óscar Arnulfo Romero hicieron de su voz un medio para la redención social.

De generaciones distintas, pero de formación similar (ambos se formaron en el Externado de San José y en la universidad). Sin embargo, la voz poética de Dalton expresaba lógica formativa, quizás didáctica. Igual Escobar Velado, pero predominaba la sencillez paternal. Y así, ambos fueron víctimas propiciatorias de la realidad que quisieron cambiar. Velado partía desde su corazón; Dalton desde su intelectualidad poética y lógica. Con esas diferencias los dos poetas fueron blancos de la cultura autoritaria, porque ambos demostraron que la poesía era capaz de hacer ver los vacíos del país. El uno desde su sensibilidad emotiva. El otro convencido de que la poesía no estaba hecha solo de emociones y palabras, sino también de ideas.

Escobar Velado trazó la ruta de su poesía hacia sus ensueños (Ver «Patria exacta»). Dalton aspiraba al cambio de la realidad. Pero los dos fueron los «ciervos perseguidos», nunca perseguidores, aunque su voz aspirase a borrar mordazas de su tiempo en una sociedad de disparos y silencios. Escobar, un activista de su poesía, parte desde sus vulnerabilidades hacia la compasión, soñador al fin siguió a sus maestros trágicos de la poesía: los poetas Nazim Hikmet, el español Miguel Hernández, muerto en la cárcel; y el peruano César Vallejo, los más cercanos a la personalidad del salvadoreño. Mientras Dalton pasó de la poesía de Neruda y Vallejo a la poesía francesa, muy cercano a posiciones lógicas de la poesía.

Su compañero de organización política Juan Ramón Medrano afirma: «Varios años después… (reparé que) Dalton trascendía toda diferencia política e ideológica… al asesinarlo… (mi organización) se había inmortalizado» (op. cit.). Es así como vida y obra de Velado y Dalton son parte de nuestra memoria histórica.

Pero no basta, es imprescindible escuchar la voz de su familia para resarcir los daños y, de esa manera, completar una obra fundamental hacia la memoria del mundo. Un homenaje meritorio de su patria para los dos poetas.

Reflexiones desde una literatura personal

En 1986 tuve la oportunidad de publicar en inglés la primera edición de mi novela «Cuzcatlán donde bate la mar del sur». Salió al mismo tiempo en Londres y en Nueva York y, posteriormente, en Bonn, Alemania. Algo inusual para un escritor centroamericano. Posteriormente se editó en español, en Costa Rica y Honduras. Y 12 años después se publicó en El Salvador, aunque sin mi autorización; no lo reclamo, solo señalo una paradoja, dada nuestras realidades, por lo general trágicas, por lo cual no es fácil ponderar el júbilo.

Pese a todo, debemos reconocer que los salvadoreños estamos en todas partes, y más ahora con los nuevos tiempos de cuarta y quinta generación tecnológica que el pensamiento transgrede fronteras, nos consideramos ciudadanos del mundo por capacidades propias u obligados a huir de los dramas vitales, para buscar un destino, llámese felicidad o desgracias (pienso en la niñez, pienso en Valeria y Óscar Martínez).

Esa vocación de éxodo me hace recordar en la India a dos parejas salvadoreñas con sus respectivos niños y niñas, propietarias de una escuelita en español, cuyos estudiantes y maestros me concedieron el honor de invitarme a un almuerzo. «Somos biólogos, pero la necesidad nos hizo maestros en Calcuta«, me dijeron en una visita que hice para presentar un libro en aquel país. Como vemos, nuestra gente es bella.

Pero volviendo a «Cuzcatlán donde bate la mar del sur», mi tendencia a hacer novela histórica me ha vuelto en cierta forma un privilegiado, pues por ellas despierto un afán por conocer un país pequeño y de corazón grande, pero también desfallecido por dramas y tragedias.

La obra, poco conocida en El Salvador, despertó emoción en las editoriales arriba mencionadas, incluso se produjo una película documental con apoyo de la BBC de Londres y Channel Four de Inglaterra. Se trató de una época de oro literario propiciada desde Costa Rica. Por eso decía, las diásporas (el éxodo, las huidas) producen hallazgos y tragedias. Es como jugar a la ruleta rusa, caso de las caravanas que parten de nuestro llamado Triángulo Norte.

De mi parte he aprendido a fortalecer mi espíritu regional después de descubrir la Guerra Patria Centroamericana que me llevó a escribir la novela «Así en la Tierra como en las aguas», (EUNED, 2018). En fin, los recuerdos son historia, y es una veta para el escritor. Permiten descubrir con propiedad que el pasado es presente y futuro a la vez (es el actual milagro de los pueblos asiáticos, hace poco asolados, y ahora de reconocido desarrollo). Pero hay algo más, esos recuerdos deben culminar con la búsqueda de la trascendencia social, y de ahí la importancia de la obra literaria que por lo general no tiene edad (excepto los llamados «best seller«, que pueden ser flor de un año).

Esas evocaciones me han llevado a escribir novela histórica sin proponérmelo, pues partí hacia dicho género desde mi posición de conocer la poesía desde niño. También es histórica «Caperucita en la zona roja», y una última novela que tuvo reconocimiento de trascendencia en Nueva York (2007). Libro que se mantiene inédito, dadas nuestras explicables y lastimosas penurias en el ramo de las publicaciones. Esa obra tiene que ver con los orígenes de una violencia que se vuelve difícil afrontarla por su gran permanencia en nuestra rutas siniestras de tragedias y que por eso hacen parecer la violencia como una señal arraigada de cultura nacional. Creo que no nos hemos apropiado de lo que mencioné arriba: que los tiempos pasados son los tiempos de siempre. El cohete que nos lleve al futuro no va a arrancar sin el combustible fósil del pasado y el presente.

Con esos antecedentes un amigo, maestro universitario y fundador de talleres de literatura, me aconsejó dedicarme a escribir, agradezco el consejo pero esa labor me apropié desde mis 12 años, en San Miguel, cuando en cuarto grado comencé a descubrir las claves del poema hasta llegar a la novela. Por ejemplo, esa obra mencionada de 2007, no hubiera sido posible sin escribir en mis viajes y en mis fines de semana. En otra de ellas: «Los poetas del mal», decidí cerrar con una nota final que dice: «Noches de Antigua Guatemala, aeropuertos y hoteles de Chicago, Lisboa, Managua, Panamá, Bogotá, Estocolmo, Chile, Argentina, Madrid. Y días aciagos de San Salvador, 2001-2003″. Lo escribí para mis colegas directores de Bibliotecas Nacionales por mi aparente insociabilidad, por no poder acompañarlos a las recreaciones nocturnas después de largas horas de trabajo en reuniones iberoamericanas. Dada su fraternidad, me entendieron. Gracias por comprender mis horas de trabajo literario.

Por supuesto que comprendo la sugerencia, escribo los fines de semana, asuetos, en «fiesta de guardar»; para escribir aunque sea una obra cada cinco u ocho años una obra sobre las realidades que me asombran. Por eso no es contradictorio escribir para no publicar. Hay que resguardar algo para el futuro, para que los nietos del jaguar conozcan su pasado, aunque no siempre fue mejor; pero ayuda a reconstruir en todas sus dimensiones el bien común, relacionado con el sueño de lograr una Centroamérica distinta, sin niños y niñas prisioneros en el extranjero por huir de la muerte nacional.

Reflexión primera: pese a las dificultades que tiene el oficio de escribir es importante fomentar el poder de la palabra. Poder que me permite reiterar: nunca he viajado con viáticos, ni pasaporte oficial, ni pasajes pagados por GOES. Mis gastos deben ser financiados por la entidad organizadora. Consciente de nuestras penurias culturales.

Reflexión dos: ante la tragedia de Angie Valeria y Óscar Martínez, repienso ¿qué estamos haciendo todos para dignificar a nuestra gente, niños, jóvenes o ancianos?

Reflexión tres: ¿por qué decido donar mi biblioteca para el Museo Roque Dalton? Porque él debe estar con sus hermanos de literatura, no solo mi persona sino Escobar Velado, López Vallecillos y Roberto Armijo. Todos con un lema para su vocación «no puede haber estética sin ética social». Autenticidad hasta el fin.

Educación ambiental o no sobrevivimos

Recién regresado a El Salvador después de 21 años de ausencia, un amigo ingeniero, mientras departíamos, me confirmaba que tenía consolidado un proyecto para construir una residencial, pero que para eso tenía que botar casi cien árboles. Le dije, sin afán de aconsejarlo, que eso le dificultaría su empresa. Me dio una respuesta que no olvido: «En nuestro país esos detalles ya están incluidos en el presupuesto». Eso fue hace más de 25 años. Y por ahí han caminado las prácticas de pasar por sobre lo legal, a partir de una frase del antiguo Derecho Romano: «Inventa lege, inventa fraude» («hecha la ley, hecha la trampa»).

Por lo general no me refiero a este tipo de acciones, aunque espero que a estas alturas han ido desapareciendo poco a poco, no importa si nos tardamos dos o tres décadas para superarlo, pero es hora de continuar con fuerza desde ya, ahora que los partidos políticos plantean renovarse. En esta época de las redes de comunicación que ni los «baby boomers» (nacidos en los años 1946 al 64) y menos los anteriores que no estamos clasificados en esos grupos de cultura tecnológica podemos entender sin profunda reflexión, si no comprendemos los pasos planetarios que casi alcanzan la cuarta revolución industrial. Significa transformar la industria como aún no lo concebimos en su totalidad. Con gran papel en primer plano de la inteligencia artificial.

En «el siglo de la información y el conocimiento» no habría motivo para las sorpresas, toda vez haya lucidez formativa sin importar generaciones actuales o pasadas. Recuerdo la posición de Rita Levi Montalcini cuando le preguntaron, al cumplir 90 años, qué haría si tuviera 25. Respondió que en su edad actual, de la entrevista, hacía mucho más, «ni compararlo», afirmó. Lo explicó según sus estudios del cerebro por los que ganó el Premio Nobel.

Pero bien, siempre tengo que irme por las ramas (lo visible) para llegar a la raíz del árbol (lo esencial pero oculto). Estas notas me las inspiran el desconcierto y el asombro ante la afirmación de los pasos agigantados de la depredación planetaria: el envenenamiento de los mares por el plástico, que comienza contaminando los ríos.

Mi tristeza y asombro comenzó cuando en el verano vi convertido el río Grande de San Miguel, reducido a un riachuelo de miasmas. Donde aprendí a nadar a mis 10 años (los de mi generación recordarán el puente de Urbina en San Miguel: «la peñita», «la peña» y «la peñona»). Se aprendía a nadar lanzándose de la altura escogida según la edad. Ahora el río es un basurero. No solo de plásticos. ¿Quién ha hecho algo para salvarlo, así como no lo hemos hecho con el Acelhuate, que es más sencillo y fácil renovarlo? ¿Es porque sabemos que pasarán los años y nadie nos reclamará? o ¿porque los vacíos culturales nos hacen inimputables?

En mi última visita a Costa Rica, una amiga, por cierto exministra de Cultura de aquel país, me invitó a visitar el barrio Escalante, remodelado (algo así como la Flor Blanca), las residencias fueron ofrecidas a emprendedores jóvenes de las áreas artísticas para transformarlo en polo de desarrollo turístico. Entre cientos de cosas se ha vedado usar pajillas y utensilios plásticos. «Las víctimas inmediatas son las tortugas y los peces; las mediatas somos nosotros por contaminación con la bacteria del plástico al consumir mariscos».

Claro, si gota a gota se horada una piedra, palabra a palabra se podría instalar una «aplicación» mental. De modo que no pensemos en que tirar un vaso solo es un vaso. Error. Son millones de vasos y bolsas plásticas. La bolsa que lanzo a mi paso me hace el mayor depredador del planeta.

«La producción de plásticos a escala mundial aumenta sin medida, actualmente se consume 1 millón de botellas de plástico desechable por minuto y el 91 % de ellas no se recicla. En el caso de las pajillas, su fabricación dura 1 minuto y tardan hasta 200 años en nuestros mares», MarViva (organización ecologista tica).

La educación cultural sobre desechos contaminantes del planeta comienza desde las licencias para la proliferación industrial del plástico, continúa con falencias de formación ciudadana, al que se deja a la deriva (por comodidad pública o falta de dinero). Hace poco vi el documental de Michael Jackson «This Is It» («Es todo»). Volví a recordar «La canción de la tierra», que reitera con anáforas: «¿qué será de nosotros?» Y al exponer las imágenes repite la frase: «Dime ¿qué hay de eso». Jackson lo amplió en una entrevista: «En Brasil cada segundo se deforesta el equivalente a una cancha de fútbol». Y anunció (en 2010) el comienzo de la extinción del planeta «dentro de cuatro años», es decir, para 2014. «¿Qué será de nosotros?», canta Jackson.

Volviendo al plástico, me afecta cuando el patrimonio cultural en una biblioteca se expone a inundaciones permanentes; la última vez fue por causa de bolsas y botellas de ese material. Se encontraron cuatro barriles de desechos, recogidos solo en 300 metros. «Dime, ¿qué hay de eso?»

Lo que buscamos es «promover que el compromiso con nuestros mares no sea de un mes o un año»… «¿Qué será de nosotros?»

Alberto Quesada, asesor de la fundación MarViva, alertó sobre una «moda peligrosa», que confunde a los consumidores al hacerles creer que algo es biodegradable sin serlo. Al fabricante le basta agregar el prefijo «bio» para ocultar el problema causado con ese material. «Este tipo de productos solo hace referencia a la materia prima orgánica, pero (el elemento químico) tiene el mismo impacto negativo en el ambiente», ratificó Quesada.

«La contaminación por plásticos afecta la salud animal y humana, así como la calidad del aire, los suelos, los ríos y las aguas. Se estima que hay más de 150 millones de toneladas de desechos plásticos en los océanos y que cada año se suman entre 8 y 13 millones de toneladas más». (InformaTico, 07/06/2019). «¿Qué será de nosotros? Dígannos, ¿qué hay de eso?»

Centro Histórico y genética nacional

A propósito de la relevancia que ha tenido el Centro Histórico de San Salvador, desde su proyecto para revitalizarlo hasta promoverlo en lo internacional con la toma de posesión del nuevo presidente, se ha despertado mi interés por el tema de rescatar un espacio histórico, raíz de nuestra identidad. Pero también me impulsa el elemento emocional que recuerda parte de mi vida de joven universitario, transcurrido en esta zona, con todos los avatares que guardo solo para mí. Fue el espacio que me acogió desde que llegué a estudiar de San Miguel, mi patria inicial («la infancia es la patria de la poesía», cito una de mis novelas).

Son elementos intelectivos y emocionales los que me hacen escribir sobre la riqueza que tiene la ciudad capital como para merecer una crónica de la zona histórica urbana. Recordarla es acudir a sus señales de vida a lo largo de los años, y más si se testimonian sus abandonos.

Además porque a medida que nos adentramos en la modernización global los centros de valor histórico tienden a relegarse. No obstante, que es donde «se pueden advertir los genes de su verdadera identidad… donde si bien es cierto que los conquistadores construyeron nuestras ciudades con un patrón común, cada uno de ellos carga un conjunto de huellas que los hace únicos e irreproducibles… volviéndose así en los auténticos ADN de las ciudades». Es decir, que se trata de un material genético de historia viva (revista INVI. Sahady Villanueva y Felipe Gallardo. Especializada en estudios sobre hábitat residencial al referirse a temáticas históricas y urbanas de América Latina. Chile).

Parte se debe a ineptitud por apreciar el fenómeno cultural, pero también por abandono a causa de la naturaleza implacable de nuestras zonas volcánicas, que ofrecen belleza pero estremecen con sus efectos dramáticos.

Pero volviendo a la revitalización de estos espacios de historia, hemos confirmado que revitalizarlos requiere gran inversión, aunque esto se retribuye con desarrollo económico. Por ejemplo, en nuestro caso, con apenas dos sectores rescatados de sus calles, la reconversión ha despertado un interés popular que, poco a poco, crece en importancia a medida que se avanza en el rescate de las auténticas señales de identidad cultural.

«La cultura es antesala del desarrollo económico», dije en una entrevista de hace 10 años (revista del BCR. Periodista Regina Vásquez). Porque sobre cultura y desarrollo económico sobran ejemplos, como el caso de los resultados obtenidos en Panamá, Bogotá, México o en la zona histórica de La Habana que se logró por iniciativa pública. Aunque también estos emprendimientos urbanos pueden lograrse con apoyos privados, por cooperación internacional y por iniciativas asociadas.

El proyecto de revitalización demuestra que no es tarde para continuar con un rescate del valor histórico, que incluye personajes notables y empresas de todo tipo que dieron vida a esas zonas.

Si se trata de hacer un mapa de nuestra zona histórica, debemos comenzar identificando la casa donde Francisco Gavidia recibió a Rubén Darío a finales del siglo XIX, para crear así las bases del modernismo en la poesía, que dio ubicación a Centroamérica por sobre Europa. Está en la esquina donde se ubica un banco, entre av. España y 1.ª calle poniente. También aludo al lugar de nacimiento de un clásico literario guatemalteco, José Batres Montúfar: 4.ª calle poniente y av. Cuscatlán, contiguo a nuestra Biblioteca Nacional.

Es una lástima que varias casas de presidentes de la república hayan desaparecido ante la mirada de quienes tuvieron a su cargo la preservación de nuestras raíces culturales, porque no vieron en estas recuperaciones su factor de desarrollo. Aunque no se trata solo de un interés economicista, sino que es obligación del Estado preservar el patrimonio nacional, en el entendido de que «el desarrollo urbano debe apoyarse en los cimientos de la memoria para poder construir el futuro», dice un experto francés del Programa Serchel (sic), para la salvación de estos bienes patrimoniales, un programa relacionado con la UNESCO y el BID, para estos salvamentos nacionales.

Pensando en posibilidades de aperturas financieras, retomo aspectos puntuales sobre el Centro Histórico relacionado con mis experiencias emotivas que me impulsan a pelear contra los olvidos. Para un intento de mapa o rutas, como ha mencionado el periodista Juan José Dalton y el actual alcalde de San Salvador cito, no en orden de su relevancia sino por lo que dicta el recuerdo: el Café Izalco, dentro del hotel del mismo nombre cuyo edificio de arquitectura con calidad estética, aún está intacto, ahora perece por el humo de cocinas informales en su interior. Enfrente de este se ubicó la Librería Claridad, de Ana Rosa Ochoa, secretaria privada de Masferrer. Gracias a su calidad de librera los escritores jóvenes de la época pudimos conocer la gran literatura contemporánea del siglo XX.

Dos cuadras hacia el parque Libertad, al costado norte de la iglesia El Rosario, estaba una de las dos cafeterías de café (valga la redundancia, pues se iba agotando la práctica popular de tomar café de maíz o de cáscaras de café o el famoso café soluble): el Café Doreña, ubicado en la primera planta de la cafetalera. Y casi frente a catedral, en la avenida España, estuvo la Cafetería Americana. Ambos edificios permanecen, incluso se ha recuperado ya el edificio de la Cafetalera, Diagonal al Izalco; frente al parque San José estaba la cervecería y café La Ronda, donde se reunían poetas, periodistas y policías encubiertos en su trabajo o en espera de atender las fuentes institucionales situadas en el Palacio Nacional. Se hablaba de política y de literatura.

Cierro estas ideas con palabras del papa Francisco, dichas en Panamá: «El mañana exige respetar el presente dignificando y empeñándose en valorar las culturas de vuestros pueblos; cuidar las raíces es cuidar el rico patrimonio histórico, cultural y espiritual que esta tierra durante siglos ha sabido mestizar. Empéñense y levanten la voz contra la desertificación cultural y espiritual de vuestros pueblos». Esto vale para El Salvador.

El Tacuscalco y el Espíritu Santo

Hablando de patrimonio cultural, esta vez me refiero al tema de Tacuscalco y a la ciudad de Corinto, departamento de Morazán, donde se encuentra la cueva del Espíritu Santo. Aludo a ellos como temas de mi vida como escritor, los dos casos. Explico: desde niño escribí poemas, y a los 28 años me pasé a la novela. Todo porque me encontré una carta de don Pedro de Alvarado dirigida a Hernán Cortés, que jamás la había visto incluso en mis estudios superiores, llamado Doctorado de Jurisprudencia y Ciencias Sociales.

En esa carta supe de Tacuscalco, que me inclinó a escribir mi primera novela: “El valle de las hamacas”, publicada en la editorial donde a García Márquez le habían aceptado publicar la primera edición de “Cien años de soledad”, cuatro años antes.

Aunque también tuvo que ver mi madre: “Verba volant scripta manent”, me decía, porque el poema despierta emociones constructivas; la palabra de la novela revela realidades cambiantes. De ahí proviene mi pesar por la destrucción de Tacuscalco, bajo silencios inexplicables.

Pero veamos la carta de Alvarado refiriéndose a Acaxual (Acajutla) y Tacuzcalco (¿Izalco?) que me introdujo al oficio de novelista. Alvarado, una personalidad sicopática, describe sus matanzas. Su mismo jefe, Hernán Cortés, lo acusó y lo envió como castigo al sur, porque había asesinado a los príncipes aztecas de Tenochtitlán, dejados bajo su custodia mientras Cortés iba a Veracruz a sofocar una rebelión.

Alvarado pasó por Guatemala para llegar a El Salvador de hoy, zona occidental y central, con tres mil años de cultura náhuat-pipil. Según escribe Alvarado, se encontró con guerreros protegidos con chalecos de algodón, pero vulnerables al guerrear con hombres a caballo, ballestas y armas de fuego. Las frases de la carta las cito entre comillas, pero recreadas para mejor comunicación del castellano de la época (contenido exacto buscarlo entre paréntesis en páginas 135 y 141 de mi novela citada).

“Ninguno salió vivo, caían al suelo, no se podían levantar debido a sus casacas de algodón que les llegaban a los pies, atacaban cargados de lanzas, flechas y arcos… caían y les era difícil levantarse; y nuestra gente los mataba a todos”. También narra el famoso flechazo que lo dejó cojo para siempre: “Me dieron un flechazo que me pasó la pierna y quedé lisiado, con una pierna más corta que la otra”. Continúa insistiendo “… ahí se hizo una gran matanza y castigo”. Luego se encaminó a Miahuaclán y después a Atehuán, y luego a Cuscatlán, donde sus señores le “enviaron mensajeros y yo les pedí que fueran mis vasallos y se pusieran al servicio de su majestad, o serían esclavizados; sin embargo, ellos me recibieron con todo el pueblo alzado, pero como conocían ya nuestros poderes se fueron a las sierra”.

Desde la sierra dijeron que “si quería avasallarlos y someterlos que ahí me esperaban con sus armas”. Continúa: “Entonces los vi como traidores y ordené dar muerte a los señores de Cuscatlán que estaban en mis manos”. Sin embargo, “nunca los pude someter, pues toda esta costa del sur es muy montosa y por eso acordé volver a Guatemala donde hay mejor condición para conquistar, pacificar y poblar”.

Este fue mi impulso para dejar el poema y optar por la novela. Tacuscalco me hizo reflexionar ¿hasta dónde desconocemos o sobreestimamos nuestras señales de identidad, nuestra historia, que para muchas sociedades son sagradas? Para muchos tiene importancia, pero la generalidad no asume esa inspiración de identidad, no se advierte el significado de valores: costumbres, pasado, dramas, para evitar que las tragedias se repitan. Porque las épicas inspiran para ser mejores, las riquezas históricas originarias sensibilizan al ciudadano.

También explico por qué aludo a la cueva del Espíritu Santo, ciudad de Corinto, departamento de Morazán, con sus pinturas rupestres como patrimonio nacional, por testimoniar más de diez mil años de existencia lenca en un área limitada con la náhuat-pipil por el río Lempa. Significa que la cultura lenca penetra el norte de Chalatenango, aunque su mayor representatividad está en la zona oriental, con sus peculiaridades, incluyendo idioma, que por nuestros vacíos casi se ha perdido; a diferencia del idioma náhuat en proceso de rescate.

Antes he dicho que comencé a escribir desde el nivel básico, cuarto grado; pero fue en el nivel medio cuando inicié el aprendizaje de la poesía tal como se expresaba en países avanzados en literatura. Mientras en mi medio, San Miguel, solo se conocía la poesía romántica de los años veinte, escrita especialmente en Colombia y México. De mi parte, como lector precoz descubrí una poesía contemporánea, de Asunción Silva, Barba Jacob, hasta conocer en segundo de bachillerato a Pablo Neruda y a García Lorca.

Estos fueron clave para escribir sin más mentores que mis lecturas mínimas, y lanzarme como escritor desde mi ciudad natal. Me atreví a competir con los poetas mayores: “Canto a Huistaluxilt”, publicado precisamente en LPG. Trata del jefe lenca que para no caer prisionero prefiere suicidarse lanzándose al cráter del volcán Chaparrastique (primer tercio del siglo XVI, San Miguel fue fundada en 1530).

Por eso en mis redes sociales escribo de las cuevas del Espíritu Santo, en Corinto, testimonio de cultura lenca milenaria, más antigua que la maya y la pipil. Y lo triste: esas pinturas están siendo borradas por el descuido, pese a que pueden compararse a las pinturas de la cueva de Altamira, España, atractivo de turismo mundial. Más que indiferencia deberíamos sentirnos desafiados a sensibilizarnos ante las señales de identidad para rebuscar nuestras raíces que de verdad nos hagan sentir orgullosos. Apelar a una formación nacional de calidad asumiendo esos valores. Tendríamos mejor inserción planetaria.

Porque en el desarrollo hacia la meta económica y política no puede estar ausente el elemento cultural, que no implica contradicción con el hecho de ser consumidores de tecnología. Con un siglo XXI, que ya nos come y carcome en estas dos primeras décadas. Valgan estas intuiciones educativas desde mi generación de compromisos incumplidos.

Biblioteca Nacional del siglo XXI

Cuando pensamos en nuevas tecnologías, pareciera paradójico que las Bibliotecas Nacionales hayan tenido la misma proyección desde hace más de 2,000 años. En función de proteger y conservar el patrimonio documental o bibliográfico de las naciones, además de facilitar la bibliografía al lector o investigador. Por eso es obligado contar con un Departamento de Conservación, porque el libro de las bibliotecas nacionales debe preservarse para subsistir cientos de años. Por eso no cabe hablar de libros viejos, sino de libros antiguos. En cierta forma una Biblioteca Nacional es un museo en que se permite tocar su contenido. Frente a ese deber es fundamental ese departamento que preserva de daños a los libros que por siglos custodian ideas y el poder de las palabras.

Fue la clave mágica que los grupos humanos descubrieron para el resguardo del pasado histórico que es presente y futuro. Porque el tiempo es uno solo, medido en milenios, en años, meses o minutos. “Todo fluye, nada permanece”, decía Heráclito hace 2,540 años. Esa característica del tiempo podría aplicarse a las Bibliotecas Nacionales: porque cambian y siguen siendo las mismas, aún cuando la tecnología nos alcance como consumidores en la etapa que estamos experimentamos para lograr una nueva era industrial, por la cual compiten Asia, China en particular, y EUA, dos potencias en la carrera por crear las redes G5, que permitirán información rápida y que tendrán aplicación, incluyendo la robotización, en todas las manifestaciones de la vida.

Significará despedirse de combustibles fósiles, que ya se avizora en el primer cuarto del siglo XXI. Incidirá en la cultura y la educación, no importa si de países de tercer o quinto desarrollo (por no decir mundo). Por ahora somos consumidores, y si negamos en que todo fluye, dejaríamos de “ser”. Y la humanidad reconoce que nada permanece, todo cambia, según propuesta visionaria de Heráclito.

Cuando me refiero a Bibliotecas Nacionales de quinto desarrollo pero en crecimiento, aludo a todas las de Iberoamérica, agrupadas en ABINIA, preparándose para crecer con inversiones educativas y culturales. En búsqueda de no paralizarnos como las bíblicas estatuas de sal.

Reitero entonces: contamos con nuestros libros históricos, al alcance de un clic de internet 640 obras en España y casi 750 en el Consorcio de Bibliotecas Universitarias (CBUES); además promovemos resultados por Twitter, Facebook, boletín electrónico, ofrecemos internet gratuito y una página web, la pobre, que no ha sido bien comprendida, pese a nuestros esfuerzos de consolidarla desde 2007, gracias a ABINIA y Suecia que facilitaron becas a cuatro de nuestros bibliotecarios, en México, en España o en Brasil

A propósito doy una primicia: en junio próximo daremos alojamiento en la biblioteca a los textos educativos desde parvularia hasta segundo año de bachillerato, gracias al apoyo de nuestros amigos que nos facilitan el equipo, así como el derecho de dichas obras, para ofrecerlas gratuitamente.

Adoptar las nuevas tecnologías, no desdice de nuestra misión de preservar el patrimonio bibliográfico por años y años, cuyos originales el tiempo los convierte en piezas de museo como ahora los vestigios arqueológicos. Por eso creemos en la perennidad del libro en papel, tiene siglos hacia adelante. Y para ser consecuentes promovemos esa realidad al sacar la Biblioteca Nacional a las comunidades (Bibliobús); y a la calle, (hablamos de vida y de libros con la gente). Porque si la montaña no viene a ti, vamos a la montaña. Eso ha hecho que tengamos cientos de jóvenes en un mes que visitan la biblioteca, no tanto para leer sino para conocerla, conversar y estimular el libro y la trascendencia bibliotecaria.

Para continuar en búsqueda de ese pequeño salto tecnológico decidimos intercambiar experiencias visitando bibliotecas del asocio bibliotecario y su red de bibliotecas, emprendimos con nuestro equipo informático de Biblioteca Nacional una búsqueda de modelos ya en funcionamiento con la idea de ofrecer servicios a las necesidades usuarias a quienes nos debemos, porque queremos facilitar información a la velocidad de la luz, como lo exigen los nuevos tiempos. En una visita nos esperaban según la cita; pero llegamos una hora antes de que la abrieran (9 de la mañana) y eso nos permitió observar, a los 5 minutos de haberse abierto (10 de la mañana), que ya estaba llena de usuarios, no de lectores de libros, pese a lo novedoso de los llamados “best seller”, sino que fueron directamente a las computadoras, gente incluso de la tercera edad (los baby boomers). Señal de nuestro tiempo, me dije.

Reflexión: para un aporte al desarrollo no nos enfocamos solo en los investigadores, como corresponde a una Biblioteca Nacional (fuente principalmente para investigadores). Nos interesa igual la lectura de los niños, sea en papel o digital.

Segunda reflexión: procedimos entonces a elaborar el proyecto “Una computadora por usuario”, que incluirá conexiones de “laptop” y recarga de teléfono, interruptores, puntos de acceso, cableado eléctrico y de datos, licencias, “firewall” adecuados, anchos de banda para acceso óptimo de internet, y otros. Inversión elevada que se recupera con creces en desarrollo integral y bienestar social.

Casi lo tenemos listo después de dos décadas en la BN, porque aunque dando bandazos corremos hacia un real siglo XXI, aprovechando experiencias de gestión nacional e internacional. De otra manera no funcionaríamos ante los exiguos presupuestos. Nos relegaríamos a mostrar libros, y hacer estadísticas anuales.

Será un legado y regalo para la Biblioteca Nacional que dentro de un año cumplirá su 150 aniversario (julio 2020). Heredaremos los proyectos y los apoyaremos para echarlos adelante. La precariedad social es fuente de grandes sueños.

Tampoco olvidamos los Objetivos del Milenio trazados por UNESCO que incluye a las bibliotecas, por dar acceso libre a la información, en los planes de desarrollo nacionales y regionales. Contribuir de esa forma al logro de una meta global a 2030 hacia el desarrollo sostenible. Estos objetivos fueron hechos suyos por la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA): identificar historias de éxito en cada país; dándoselas a los políticos cuando tengan reuniones para demostrarles la contribución de las bibliotecas a escala nacional.

Tragedias letales que sobreviven

Cuando ocurrió la muerte de Roque Dalton, algunos defensores de ese crimen adujeron que no se explicaban tanto escándalo por una muerte cuando había miles de muertes. Igual sofisma podríamos pensar del Santo Óscar Romero, porque no todos los crímenes son magnicidios. Es que la lógica de los sentimientos humanos nos transporta a otra mecánica social, ya no por teoría sino por otras realidades, aunque todas las muertes sean un drama humano para quien lo sufre. De acuerdo con ese realismo de valores humanísticos Roque Dalton seguirá vivo y continúa vivo por muchos años más y admitido por nuevas, viejas, nuevas y futuras generaciones, no solo para quienes lo conocimos. Y de San Romero de América decimos que su asesinato lo convirtió en mártir eterno de fe universal.

Esos ejemplos explican por qué nos conmovió el incendio de esa medieval joya de piedra y granito que se conoce como la Catedral de Notre Dame, cuya deflagración llegó a encender las redes sociales con polémicas en pro y en contra. El mismo Víctor Hugo, en su novela “Nuestra Señora de París” resaltó esa obra histórica religiosa: “Cada piedra, cada imagen, es un reflejo de las ciencias y las artes”.

Aunque puede parecer grosera o caricaturesca la comparación, no es lo mismo si se quemara el mesón rembrandtiano donde yo viví de niño, allá en San Miguel, a que se incendiase un monumento nacional como el Palacio Nacional. Son temas diferentes, pese a valores humanitarios que nos obligan a conmovernos por toda pérdida, física o humana.

Tampoco nadie va a negar la crisis deplorable de los emigrantes centroamericanos que huyen en caravanas en busca del “sueño americano”, que de pronto se convierte en pesadilla; o negar los miles de muertos por hambre de algunos países africanos, o los muertos por guerras de posesión (o de posicionamiento geopolítico). Por igual razón es humano atender las exigencias laborales de los chalecos amarillos, que llevan ya 23 enfrentamientos violentos con las fuerzas policiales de Francia (189 detenidos en una nueva y tensa jornadas de protestas en París, el Domingo de Resurrección).

¿Cuántos millones necesita el fisco francés para satisfacer esas demandas laborales, y cuánto costará renovar Notre Dame? Los ejemplos expuestos tratan dramas diferentes, nos muestran realidades que no solo se miden por lo físico, también por su valor subjetivo: las conmociones que estremecen al mundo. Una bomba que destruye dos o más ciudades milenarias, o un niño africano atisbado por un ave carroñera esperando su muerte.

En el caso de Nuestra Señora de París, las redes sociales han divulgado estas posiciones contrapuestas, mezclando temas distintos, aunque pareciera lógico. Se refieren a ciudades desaparecidas y poblaciones enteras exterminadas.

En el caso de Notre Dame no solo se trata de un incendio, como hay miles en el mundo. Son pérdidas de valores universales; como son las sufridas, entre nosotros, con Tacuscalco, pipiles o Quelepa, y Morazán. Son expresiones de cultura lenca abandonadas a la buena de Dios. Se destruyen los valores de identidad que se vuelven irrecuperables. Permitirlo, haberlo permitido, dejarlo pasar, o esperar que el olvido apague las llamas de la impunidad es tan grave como el etnocidio de comunidades originarias americanas. Antes, quizás no alcanzó trascendencia, pero gracias a la era de la información tecnológica las depredaciones salen a flote, y hace difícil la vida a los responsables de conservar el patrimonio.

Eso es lo que ha evidenciado la libre opinión expresada en las redes sociales, cuyos deliberantes sobre Notre Dame traen a cuenta la depredación ambiental; la pobreza, las injusticias. Situaciones precarias por un lado y despilfarro por otro. Hasta hacernos creer a cada quien que la sobrevivencia hay que buscarla en otras partes, no importa si a riesgo de perder la vida, como es el caso de las migraciones masivas, las caravanas de mujeres y hombres jóvenes acompañados de sus hijos incluso recién nacidos. No creo que ignoren que en esas caravanas marchan a enfrentarse con un crematorio, con el riesgo de perder la vida.

Detrás de las indiferencias existe el vacío que nos dejó el cultivo de las emociones, y reproducimos la tesis centenaria de que el hombre es el lobo del hombre. Recuerdo que en 2001, la cooperación española decidió apoyar a la remodelación de la Biblioteca Nacional, para lo cual tenía presupuestado 7 millones de dólares. Un año trabajó un ingeniero español en las oficina de la Biblioteca, supervisado por el presidente de la Asociación de Ingenieros de El Salvador. Pero, por desgracia, ocurrieron los dos terremotos de enero y febrero, y la institucionalidad no se comprometió a dar la contrapartida, pues la prioridad era solventar los problemas de reconstrucción debido a las pérdidas de los terremotos. Los sueños se esfumaron. Se construirían casas a las víctimas.

Creo que todos recordamos esas casas de media docena de láminas y cuatro postes para algunos damnificados. Láminas para las paredes y para el techo, sostenidas por cuatro postes. Los famosos hornos microondas, infierno de día, frío polar de noche. Lo dicho es solo para registro histórico. Ignoro si la cooperación española otorgó ese financiamiento. Nada de emociones frente a la tragedia, carencia absoluta de principios humanísticos, fallas de nuestro sistema educativo.

En mi caso, Notre Dame es un emblema literario de adolescencia. Carente de libros (referencias de mi madre), que hubiera querido leer, tuve que leer repetidas veces las mismas obras, en mi infancia de San Miguel. Así conocí bastante bien esa catedral a los 14 años, gracias las descripciones de su novela “Notre Dame de París”, de Víctor Hugo; la emoción privó por sobre cualquier realidad presencial.

Años después, cuando era estudiante universitario, tuve la oportunidad de entrar a la Catedral de Nuestra Señora. Las emociones de la infancia se volvieron estremecimientos al recorrer las naves centenarias. Aunque en esos momentos no sabía que cada piedra, cada vitral y cimientos, eran historia universal de las ciencias y las artes, como escribió Víctor Hugo.

Abril y la fiesta del libro

Este mes está dedicado a las celebraciones del libro, de la propiedad intelectual, de la creatividad y la innovación. Lo celebramos con el entusiasmo que se merece. Un festejo que incluye música, artes plásticas, fotografía, clown-mimos, teatro convencional y experimental. En abril florece la primavera desde el Centro Histórico de San Salvador.

Para comenzar el mes, la Biblioteca Nacional dio un paso adelante para incorporarse, desde sus instalaciones ya patrimoniales, a los festejos de la Noche Blanca (Nuit Blanche), fiesta nocturna con música y presencia cultural y artística. Se trata de un evento colectivo promovido por la Alianza Francesa y que la Alcaldía de San Salvador retomó para el Centro Histórico. También participaron entidades del Ministerio de Cultura.

Se sumaron a la convocatoria artistas independientes, cafés culturales, comercios aledaños y entidades que le dan espacio a acciones artísticas desde esa zona renovada, ombligo de identidad, que se fortalece mediante una inédita transformación; todos dispuestos a recuperar un valor urbano que por muchos años fue disminuido, ese núcleo rico en tradición política, social e histórica.

La iniciativa de celebrar la fiesta nocturna de la Nuit Blanche se tomó desde hace tres años en las zonas del poniente de San Salvador, y realizados sus eventos en esos mismos sectores. Pero en 2019 se coordinó una interacción de visitantes de ambas zonas para reconocer las expresiones patrimoniales y de recreación. En ese concepto, desde el poniente de San Salvador miles de personas llegaron a reconocer los espacios relegados desde el terremoto de 1986 del Centro Histórico. Una oportunidad de encuentro de dos realidades bajo el júbilo de una fiesta popular.

La Biblioteca Nacional puso su Libro de Oro para ser firmado y alcanzó la cantidad de 572 firmas; aunque a veces el ingreso fue de grupos grandes que no lograron firmar. El Palacio Nacional pasó de los 2 mil visitantes; los nuevos cafés de los alrededores organizaron atractivas presentaciones artísticas y, entre todos, incluyendo La Dalia, tuvieron más de 2 mil visitantes. El museo del Banco Hipotecario recibió 900; la iglesia del Rosario registró 600; el museo del Banco Central de Reserva 2,773 visitas. De la cripta de san Óscar Romero no tengo estadísticas.

Como se demuestra, una ley naranja (arte y señas de identidad como eje turístico y por consiguiente económico) puede funcionar, como lo mencioné en un trabajo reciente. Y en esa perspectiva se recupera la zona más emblemática de San Salvador. La inversión para renovarla repercute en beneficio de la economía del país y en dignificación de la patria.

En ese marco de fiesta nocturna, la Biblioteca Nacional organizó varias exposiciones: una de carácter gráfico de Roque Dalton, facilitada por el MUPI; otra de fotografía artística de la Compañía Nacional de Danza, dos más de pintura. Se agregaron dos muestras de libros y periódicos antiguos; y una última de libros traducidos o publicados en el extranjero del director de la Biblioteca Nacional.

De ese modo las iniciativas mencionadas han dado sus primeros saltos de gigante. La biblioteca, además de su Libro de Oro, puso un cuaderno para recibir opiniones sobre los contenidos expuestos. Las opiniones son positivas y de sorpresa, pues gran parte de visitantes conocía por primera vez la Biblioteca Nacional, esa especie de museo no solo para observarlo sino para ofrecerlo al lector e investigador. Considerada la catedral del libro por ser fuente espiritual para reconocer valores; repositorio de información y conocimiento de la nación, que con sus libros digitales se traslada al mundo y asume su papel de alma mater de las bibliotecas del país, como le corresponde.

Las palabras y opiniones, además de motivadoras, confirman lo que siempre habíamos divulgado: un centro renovado de San Salvador deja de ser gueto de la informalidad para convertirse en atractivo de turismo nacional. Se rompe el gueto y se libera a su población relegada. Y emergen también el Palacio y Teatro Nacional, y la cripta sagrada de san Óscar Arnulfo Romero. Transformar esa zona hace verdadero el orgullo por la patria.

Aunque no termina ahí la fiesta de abril, que no es «el mes más cruel», como decía T. S. Eliot, el poeta de lengua inglesa más importante del siglo XX, en su libro «La tierra baldía». No, para la bibliografía nacional y la lectura, en cualquiera de sus soportes, abril es para conmemorar y dar gracias al criterio humanístico que escogió estas fechas para concelebración laica del conocimiento.

De modo que continúa la fiesta del espíritu: el 21 de abril es el Día Mundial del Libro, y el 23 se conmemora el Día Internacional del Derecho de Autor; agregamos un taller de diseño de libros el 26, Día de la Creatividad y de la Innovación. En todas esas conmemoraciones sumamos lo que hemos llamado la «Biblioteca en la calle».

Entre otras cosas, el sábado 27, apoyado por la organización civil Yancor & Coaching, hemos organizado la Caravana del Libro: desde la Biblioteca Cuscatlán hasta la plaza del Salvador del Mundo, y continuará el domingo 28 con una exposición de artesanías para estimular los emprendimientos subyacentes con las innovaciones. En este evento nos acompañan grupos de clown, mimos y artistas, amigos cercanos de la Biblioteca Nacional. También recibimos cooperación de amigos y de empresas amigas.

Sí, la «Biblioteca en la calle» revierte el concepto de abril como el mes más cruel para moldearlo como festejo público ofrecido a quienes hacen posible esta tarea colateral de la educación con el libro, los autores, editores, promotores de lectura. Convencidos todos que la lectura es la calistenia mental para fortalecer el pensamiento crítico.

Agradecemos a la Alcaldía de San Salvador por ofrecernos los espacios. Y a todos los participantes en estas acciones de llevar el aula a la calle. Nos acompañan también los espíritus benignos de Salarrué, Claudia Lars, Masferrer, Chente Rosales y Rosales, Ítalo López Vallecillos, Roque Dalton, Oswaldo Escobar Velado, amantes de la poesía y la literatura como fuente de humanidad y sabiduría.

Lectura, creatividad y desarrollo sostenible

El fenómeno de creatividad relacionado con la expresión literaria es bastante incomprensible por los profanos, ya sea porque no han estudiado el tema o no han ejercitado la práctica de escribir literatura. Y será menos comprendida sobre su aplicación a todos los órdenes de la vida, como debe ser, que debe cultivarse en todos los niveles educativos. Se dice que el niño y la niña son creativos hasta que entran a la escuela. Posición con suficiente base. De mi parte, conozco mejor los mecanismos creativos en mi labor literaria y en las experiencias laborales: sacar como acto de magia los recursos, casi siempre míseros, en el área cultural.

Pero la destreza creativa no nace del aire, ni de seres abstractos que fecundan al artista en las diversas manifestaciones de la vida. Por ejemplo, en varios países asiáticos han logrado la magia del desarrollo porque ponen énfasis en preparar profesionales no para desempeñarse en un puesto público o privado, sino para ser creativos para lograr sus oportunidades, un medio para combatir la pobreza extrema que puede llegar a los 400 millones en la India o a los 300 millones en China. Al profesional se le educa para prever una escasa oferta laboral. Entre nosotros ya hay organizaciones civiles o instituciones con programas de innovación emprendedora.

Pero quiero centrarme en lo literario: desde mi niñez y continuando por mis lecturas; o fortaleciendo la sensibilidad con música; conociendo a escritores universales, no en los pocos ambiciosos textos escolares. Me refiero a los que me atrajeron por una formación temprana: novela francesa, rusa, norteamericana, especialmente.

Esas prácticas me permiten advertir que la palabra se enriquece con la lectura y esta, a la vez, transforma esa palabra para crear otro tipo de realidades. La lectura es fundamental para hacer sencillo el ejercicio artístico. Permite saber si un poema es un poema. La lectura da un gran sentido crítico a la efectividad literaria, sin olvidar que lo creativo es un proceso orgánico que comienza desde los sentidos, luego procesa conceptos hasta despertar emociones en el receptor de arte.

Pero la lectura, al fortalecer los alojamientos neuronales para lograr el hallazgo estético, descubre también los problemas diversos de la vida, nos permite transformar el entorno de la realidad. Y si adquirimos esa posibilidad seremos capaces de transformar con la palabra nuestra propia realidad. Entre más megas o gigabits neuronales poseamos, adquiridas por la lectura, mayor capacidad para proponer o tener respuestas ante lo imprevisto de la vida, ante lo inesperado, lo sorpresivo. Nos hace menos vulnerables para subsistir en una sociedad trágica. Si no tengo empleo, descubro con creatividad mis oportunidades.

Pero vuelvo a mi fuerte que es la lectura y lo creativo aplicado a lo literario. Comencé a leer a autores contemporáneos desde mi tercer ciclo gracias a Tarquino Argueta, mi tío, abogado; enorme lector que, al trasladarse como profesor de Matemática en San Salvador, me heredó, en San Miguel, sus libros que yo había leído en parte cuando visitaba su casa: novelas de autores universales, cuentos, filosofía, autobiografías, y revistas: Life en español; Billiken de Argentina; Carteles y Bohemia, de Cuba; Selecciones de EUA. Pronto, mi inocencia descubrió que la palabra enriquecida me daba ventajas aun sobre algunos de mis maestros. Lo cual algunas veces me dio problemas. Recuerdo que en mi 5.º grado cuando mencioné la palabra fluorescente, el profesor me reclamó, con prepotencia, que de dónde sacaba palabras inventadas. Quise explicarle, pero me interrumpió diciendo que lo correcto era fosforescente. Como niño me sentí agredido. Así caminaron mis oportunidades tempranas de manejar la palabra escrita en mi medio provinciano. Tarquino Argueta me abrió el camino que había iniciado mi madre al decirme poemas de memoria desde mi niñez.

Después le di continuidad a mi formación gracias al intercambio de experiencias con Roque Dalton, Roberto Armijo, Ítalo López Vallecillos y Oswaldo Escobar Velado, principalmente. Con Dalton fuimos inseparables desde esos 19 años; con Ítalo nos relacionamos más de cerca cuando nos dio cabida como editores en la editorial universitaria, que él dirigía; con tolerancia aceptaba nuestras sugerencias creativas sobre las publicaciones.

Roque Dalton había tenido grandes experiencias literarias aun antes de la mayoría de edad, que contrastaba con el chalateco Armijo, y el miguelense que escribe estas letras. Como estudiantes iniciales del Derecho, y por las comunes acciones culturales en esa misma universidad fui asiduo visitante de la casa de Dalton, en la reconocida tienda Royal, cuando ya era padre temprano de Roquito (muerto en la guerra civil) y de Juan José; Jorge no había nacido.

En casa de Dalton escuché por primera vez los conciertos de Rachmaninov y Tchaikovsky. A Armijo continué contactándolo en los años ochenta, en sus 30 años de residencia en París, fue la época de mis traducciones en que fui invitado varias veces por casi toda Europa. A Dalton lo perdí de vista después de su secuestro y escape en 1965. Los tres poetas de ejercicios de creatividad temprana fuimos inseparables, aunque geográficamente distantes. La amistad con Armijo lo llevó a bautizar a su segundo hijo con mi nombre (también muerto en la guerra), y este heredó dicho nombre a su nieto.

Algo más sobre innovación creativa: invertir en renovar el Centro Histórico que ha traído resultados emprendedores, como es el caso de los cinco cafés gurmé con apenas 5 manzanas recuperadas. Lo mejor: en estos espacios recuperados todas las tardes hay fiesta bajo el impulso de la dignidad recuperada. Amamos esos espacios de identidad y disfrutamos el cambio de calles calificadas de violentas a espacios que se disfrutan con música, bailes y tranquilidad. Visítenlo y lo comprobarán.

P. D. Este trabajo ha sido inspirado porque el 21 de abril es el Día Mundial de la Creatividad y la Innovación, designado por las Naciones Unidas que llama a celebrarlo enfocados en 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). La Biblioteca Nacional y organizaciones amigas nos preparamos para responder, por tercera vez, a la iniciativa mundial.

Todos los días, el día

Escribo estas notas pensando que todos los días deben ser el Día de las Mujeres. Por lo menos en lo que escribo es así. Tengo una novela autobiográfica que titulé «Siglo de o(g)ro» pero originalmente nominé «Mis cuatro mujeres», dedicada a quienes me ofrecieron una educación inicial que repercutió a mi favor en la escuela.

Esa novela cuenta mi infancia temprana, hasta mi sexto grado; aunque agregué un colofón referido a mi regreso al país, cuando voy a ver a mi madre, luego de casi 20 años sin verla. Esta, ese día, invitó a la casa a otra de mis cuatro mujeres, aún con vida.

Una de esas mujeres, por supuesto, fue mi madre. Los recuerdos de niñez inician con una diáspora de la casa familiar que había adquirido mi abuela, situada en una zona casi rural de la ciudad de San Miguel. Adelina, con dos niñas y un niño (mayor de cinco años), se escapó de la casa fingiendo un paseo vespertino. No avisó a nadie que no regresaría a la casa familiar.

Fue mi primera diáspora, que incluyó a mi hermana de tres años y a otra de año y medio, que Adelina llevaba en brazos. Nos fuimos caminando desde la casa (5.ª calle poniente, que ahora lleva mi nombre. Aunque de esta nominación solamente sabe mi familia y un exalcalde migueleño, quien tuvo la gentileza de nominarla así en una fiesta de cachiporristas y desfiles con bandas de paz, pero continúa siendo la 5.ª calle porque el presupuesto no alcanzó para rotularla con mi nombre).

La fuga encubierta como paseo se dio caminando 100 metros por la calle Manlio Argueta, doblamos hacia la Calle de la Amargura (la 9.ª avenida sur), que no tiene nada que ver con el tema religioso. Dejo a la imaginación del porqué de esa nominación.

Una amiga de Adelina le había ofrecido un cuarto para pasar la noche, que se prolongó por tres meses más. Con esas limitaciones mágicas inició mi relación con la poesía; Adelina me decía poemas en la oscuridad rembrantiana del humilde cuarto. O nos dormía con canciones de cuna. En esas circunstancias yo ni siquiera conocía qué era un libro.

Días después la abuela llegó a ver a su hija y nietos, y al retirarse me llevó a la casa que habíamos abandonado. Me hacía falta jugar con los primos. En casa de la abuela comencé a interesarme por los números. La hierba crecía en la calle no transitada por vehículos. Me tiraba boca arriba con curiosidad de ver cómo aparecían las estrellas, y me dio por contarlas según aparecían antes de oscurecer. También mi abuela me ponía a darle 10 «patadas» imaginarias al volcán, cuando por razones de niñez campestre se me inflamaban los ganglios de la ingle. Así, estrellas y ganglios iniciaron mi otra vocación: los números, hasta llegar a adulto, pues para costear mis estudios de Derecho me certifiqué como profesor de Matemática, que con la poesía fortalecía mis dos vocaciones de niño.

Al morir mi abuela, Adelina –mi otra mujer– compró el derecho a sus hermanos, y pasó a ser mi casa de infancia. En estos tiempos está situada a 200 metros de un polo de desarrollo urbano: estadio, clínicas, tribunales y el mejor hotel de la ciudad.

Pero vuelvo a mi historia central y mis cuatro mujeres. Después de la firma de los Acuerdos de Paz, avisé a mi madre que iría a visitarla. Esta tomó la iniciativa de invitar a Herminia que yo no había visto desde mi infancia, mi tercera mujer que nos acompañó en las buenas y las malas. Ella se encargaba de cocinar para toda la familia, incluidos sus tres hijos; también satisfacía mis gustos gurmé. Me guisaba iguanas y tacuacines que por ser, como decía, una casa de medio rural, yo los cazaba por los alrededores o en el propio «solar» (patio grande). Los platos de cacería los departía con Herminia y sus hijos. Mi madre y mis hermanas los rechazaban.

La emoción de encontrar otra de mis mujeres, Herminia, fue doble: su hijo mayor, Miguel, con quien departí la niñez, la fue a dejar en carro; pero no quiso bajarse para verme. Mi madre me dio la noticia de que Herminia se había ganado la lotería, y eso había cambiado su situación de extrema pobreza. En esta posguerra fatal Miguel fue asesinado. Nunca volví a verlo.

Las etapas reales de mi vida han sido fundamentales para narrar historias de mis novelas, donde las mujeres con quienes he convivido en mi infancia me dan pie para darles voz.

Mi madre me dio la poesía y las novelas que había leído en su adolescencia. La abuela me dio las leyendas. Con Herminia aprendí la sabiduría de los humildes.

La cuarta mujer fue Chela, quien me despertó otras curiosidades literarias al contarme los cuentos de «Las mil y una noches», y las aventuras con sus novios; y describirme el Cadejo y el Cipitío que le salían en aquellas calles oscuras de camino a su casa. Lo mejor de ella: me contó algunas novelas ejemplares de Cervantes, y me cantaba los tangos de Gardel mientras hacía su trabajo. Me quedó el misterio de cómo una mujer sencilla, jornalera, pudo darme esa riqueza infantil. Chela ayudaba a mi madre en la elaboración de ropa para venderles a los campesinos que bajaban del volcán. Nunca la volví a ver. Toda su familia murió durante la guerra. Fue uno de mis grandes desconsuelos, pues siempre quise saber ese origen de hada mágica que alumbraba con literatura oral mis noches de oscuridades rembrantianas; porque carecíamos de las mínimas comodidades hogareñas: energía eléctrica ni agua potable, y menos libros. Mi cultura posterior de niño se alimentó de los periódicos desfasados que mi madre al ver mi afán por saber de cuentos y lecturas me los compraba por libras. Es así como esas cuatro mujeres han sido fuente de mis realizaciones literarias.