Tragedias letales que sobreviven

Cuando ocurrió la muerte de Roque Dalton, algunos defensores de ese crimen adujeron que no se explicaban tanto escándalo por una muerte cuando había miles de muertes. Igual sofisma podríamos pensar del Santo Óscar Romero, porque no todos los crímenes son magnicidios. Es que la lógica de los sentimientos humanos nos transporta a otra mecánica social, ya no por teoría sino por otras realidades, aunque todas las muertes sean un drama humano para quien lo sufre. De acuerdo con ese realismo de valores humanísticos Roque Dalton seguirá vivo y continúa vivo por muchos años más y admitido por nuevas, viejas, nuevas y futuras generaciones, no solo para quienes lo conocimos. Y de San Romero de América decimos que su asesinato lo convirtió en mártir eterno de fe universal.

Esos ejemplos explican por qué nos conmovió el incendio de esa medieval joya de piedra y granito que se conoce como la Catedral de Notre Dame, cuya deflagración llegó a encender las redes sociales con polémicas en pro y en contra. El mismo Víctor Hugo, en su novela “Nuestra Señora de París” resaltó esa obra histórica religiosa: “Cada piedra, cada imagen, es un reflejo de las ciencias y las artes”.

Aunque puede parecer grosera o caricaturesca la comparación, no es lo mismo si se quemara el mesón rembrandtiano donde yo viví de niño, allá en San Miguel, a que se incendiase un monumento nacional como el Palacio Nacional. Son temas diferentes, pese a valores humanitarios que nos obligan a conmovernos por toda pérdida, física o humana.

Tampoco nadie va a negar la crisis deplorable de los emigrantes centroamericanos que huyen en caravanas en busca del “sueño americano”, que de pronto se convierte en pesadilla; o negar los miles de muertos por hambre de algunos países africanos, o los muertos por guerras de posesión (o de posicionamiento geopolítico). Por igual razón es humano atender las exigencias laborales de los chalecos amarillos, que llevan ya 23 enfrentamientos violentos con las fuerzas policiales de Francia (189 detenidos en una nueva y tensa jornadas de protestas en París, el Domingo de Resurrección).

¿Cuántos millones necesita el fisco francés para satisfacer esas demandas laborales, y cuánto costará renovar Notre Dame? Los ejemplos expuestos tratan dramas diferentes, nos muestran realidades que no solo se miden por lo físico, también por su valor subjetivo: las conmociones que estremecen al mundo. Una bomba que destruye dos o más ciudades milenarias, o un niño africano atisbado por un ave carroñera esperando su muerte.

En el caso de Nuestra Señora de París, las redes sociales han divulgado estas posiciones contrapuestas, mezclando temas distintos, aunque pareciera lógico. Se refieren a ciudades desaparecidas y poblaciones enteras exterminadas.

En el caso de Notre Dame no solo se trata de un incendio, como hay miles en el mundo. Son pérdidas de valores universales; como son las sufridas, entre nosotros, con Tacuscalco, pipiles o Quelepa, y Morazán. Son expresiones de cultura lenca abandonadas a la buena de Dios. Se destruyen los valores de identidad que se vuelven irrecuperables. Permitirlo, haberlo permitido, dejarlo pasar, o esperar que el olvido apague las llamas de la impunidad es tan grave como el etnocidio de comunidades originarias americanas. Antes, quizás no alcanzó trascendencia, pero gracias a la era de la información tecnológica las depredaciones salen a flote, y hace difícil la vida a los responsables de conservar el patrimonio.

Eso es lo que ha evidenciado la libre opinión expresada en las redes sociales, cuyos deliberantes sobre Notre Dame traen a cuenta la depredación ambiental; la pobreza, las injusticias. Situaciones precarias por un lado y despilfarro por otro. Hasta hacernos creer a cada quien que la sobrevivencia hay que buscarla en otras partes, no importa si a riesgo de perder la vida, como es el caso de las migraciones masivas, las caravanas de mujeres y hombres jóvenes acompañados de sus hijos incluso recién nacidos. No creo que ignoren que en esas caravanas marchan a enfrentarse con un crematorio, con el riesgo de perder la vida.

Detrás de las indiferencias existe el vacío que nos dejó el cultivo de las emociones, y reproducimos la tesis centenaria de que el hombre es el lobo del hombre. Recuerdo que en 2001, la cooperación española decidió apoyar a la remodelación de la Biblioteca Nacional, para lo cual tenía presupuestado 7 millones de dólares. Un año trabajó un ingeniero español en las oficina de la Biblioteca, supervisado por el presidente de la Asociación de Ingenieros de El Salvador. Pero, por desgracia, ocurrieron los dos terremotos de enero y febrero, y la institucionalidad no se comprometió a dar la contrapartida, pues la prioridad era solventar los problemas de reconstrucción debido a las pérdidas de los terremotos. Los sueños se esfumaron. Se construirían casas a las víctimas.

Creo que todos recordamos esas casas de media docena de láminas y cuatro postes para algunos damnificados. Láminas para las paredes y para el techo, sostenidas por cuatro postes. Los famosos hornos microondas, infierno de día, frío polar de noche. Lo dicho es solo para registro histórico. Ignoro si la cooperación española otorgó ese financiamiento. Nada de emociones frente a la tragedia, carencia absoluta de principios humanísticos, fallas de nuestro sistema educativo.

En mi caso, Notre Dame es un emblema literario de adolescencia. Carente de libros (referencias de mi madre), que hubiera querido leer, tuve que leer repetidas veces las mismas obras, en mi infancia de San Miguel. Así conocí bastante bien esa catedral a los 14 años, gracias las descripciones de su novela “Notre Dame de París”, de Víctor Hugo; la emoción privó por sobre cualquier realidad presencial.

Años después, cuando era estudiante universitario, tuve la oportunidad de entrar a la Catedral de Nuestra Señora. Las emociones de la infancia se volvieron estremecimientos al recorrer las naves centenarias. Aunque en esos momentos no sabía que cada piedra, cada vitral y cimientos, eran historia universal de las ciencias y las artes, como escribió Víctor Hugo.

Abril y la fiesta del libro

Este mes está dedicado a las celebraciones del libro, de la propiedad intelectual, de la creatividad y la innovación. Lo celebramos con el entusiasmo que se merece. Un festejo que incluye música, artes plásticas, fotografía, clown-mimos, teatro convencional y experimental. En abril florece la primavera desde el Centro Histórico de San Salvador.

Para comenzar el mes, la Biblioteca Nacional dio un paso adelante para incorporarse, desde sus instalaciones ya patrimoniales, a los festejos de la Noche Blanca (Nuit Blanche), fiesta nocturna con música y presencia cultural y artística. Se trata de un evento colectivo promovido por la Alianza Francesa y que la Alcaldía de San Salvador retomó para el Centro Histórico. También participaron entidades del Ministerio de Cultura.

Se sumaron a la convocatoria artistas independientes, cafés culturales, comercios aledaños y entidades que le dan espacio a acciones artísticas desde esa zona renovada, ombligo de identidad, que se fortalece mediante una inédita transformación; todos dispuestos a recuperar un valor urbano que por muchos años fue disminuido, ese núcleo rico en tradición política, social e histórica.

La iniciativa de celebrar la fiesta nocturna de la Nuit Blanche se tomó desde hace tres años en las zonas del poniente de San Salvador, y realizados sus eventos en esos mismos sectores. Pero en 2019 se coordinó una interacción de visitantes de ambas zonas para reconocer las expresiones patrimoniales y de recreación. En ese concepto, desde el poniente de San Salvador miles de personas llegaron a reconocer los espacios relegados desde el terremoto de 1986 del Centro Histórico. Una oportunidad de encuentro de dos realidades bajo el júbilo de una fiesta popular.

La Biblioteca Nacional puso su Libro de Oro para ser firmado y alcanzó la cantidad de 572 firmas; aunque a veces el ingreso fue de grupos grandes que no lograron firmar. El Palacio Nacional pasó de los 2 mil visitantes; los nuevos cafés de los alrededores organizaron atractivas presentaciones artísticas y, entre todos, incluyendo La Dalia, tuvieron más de 2 mil visitantes. El museo del Banco Hipotecario recibió 900; la iglesia del Rosario registró 600; el museo del Banco Central de Reserva 2,773 visitas. De la cripta de san Óscar Romero no tengo estadísticas.

Como se demuestra, una ley naranja (arte y señas de identidad como eje turístico y por consiguiente económico) puede funcionar, como lo mencioné en un trabajo reciente. Y en esa perspectiva se recupera la zona más emblemática de San Salvador. La inversión para renovarla repercute en beneficio de la economía del país y en dignificación de la patria.

En ese marco de fiesta nocturna, la Biblioteca Nacional organizó varias exposiciones: una de carácter gráfico de Roque Dalton, facilitada por el MUPI; otra de fotografía artística de la Compañía Nacional de Danza, dos más de pintura. Se agregaron dos muestras de libros y periódicos antiguos; y una última de libros traducidos o publicados en el extranjero del director de la Biblioteca Nacional.

De ese modo las iniciativas mencionadas han dado sus primeros saltos de gigante. La biblioteca, además de su Libro de Oro, puso un cuaderno para recibir opiniones sobre los contenidos expuestos. Las opiniones son positivas y de sorpresa, pues gran parte de visitantes conocía por primera vez la Biblioteca Nacional, esa especie de museo no solo para observarlo sino para ofrecerlo al lector e investigador. Considerada la catedral del libro por ser fuente espiritual para reconocer valores; repositorio de información y conocimiento de la nación, que con sus libros digitales se traslada al mundo y asume su papel de alma mater de las bibliotecas del país, como le corresponde.

Las palabras y opiniones, además de motivadoras, confirman lo que siempre habíamos divulgado: un centro renovado de San Salvador deja de ser gueto de la informalidad para convertirse en atractivo de turismo nacional. Se rompe el gueto y se libera a su población relegada. Y emergen también el Palacio y Teatro Nacional, y la cripta sagrada de san Óscar Arnulfo Romero. Transformar esa zona hace verdadero el orgullo por la patria.

Aunque no termina ahí la fiesta de abril, que no es «el mes más cruel», como decía T. S. Eliot, el poeta de lengua inglesa más importante del siglo XX, en su libro «La tierra baldía». No, para la bibliografía nacional y la lectura, en cualquiera de sus soportes, abril es para conmemorar y dar gracias al criterio humanístico que escogió estas fechas para concelebración laica del conocimiento.

De modo que continúa la fiesta del espíritu: el 21 de abril es el Día Mundial del Libro, y el 23 se conmemora el Día Internacional del Derecho de Autor; agregamos un taller de diseño de libros el 26, Día de la Creatividad y de la Innovación. En todas esas conmemoraciones sumamos lo que hemos llamado la «Biblioteca en la calle».

Entre otras cosas, el sábado 27, apoyado por la organización civil Yancor & Coaching, hemos organizado la Caravana del Libro: desde la Biblioteca Cuscatlán hasta la plaza del Salvador del Mundo, y continuará el domingo 28 con una exposición de artesanías para estimular los emprendimientos subyacentes con las innovaciones. En este evento nos acompañan grupos de clown, mimos y artistas, amigos cercanos de la Biblioteca Nacional. También recibimos cooperación de amigos y de empresas amigas.

Sí, la «Biblioteca en la calle» revierte el concepto de abril como el mes más cruel para moldearlo como festejo público ofrecido a quienes hacen posible esta tarea colateral de la educación con el libro, los autores, editores, promotores de lectura. Convencidos todos que la lectura es la calistenia mental para fortalecer el pensamiento crítico.

Agradecemos a la Alcaldía de San Salvador por ofrecernos los espacios. Y a todos los participantes en estas acciones de llevar el aula a la calle. Nos acompañan también los espíritus benignos de Salarrué, Claudia Lars, Masferrer, Chente Rosales y Rosales, Ítalo López Vallecillos, Roque Dalton, Oswaldo Escobar Velado, amantes de la poesía y la literatura como fuente de humanidad y sabiduría.

Lectura, creatividad y desarrollo sostenible

El fenómeno de creatividad relacionado con la expresión literaria es bastante incomprensible por los profanos, ya sea porque no han estudiado el tema o no han ejercitado la práctica de escribir literatura. Y será menos comprendida sobre su aplicación a todos los órdenes de la vida, como debe ser, que debe cultivarse en todos los niveles educativos. Se dice que el niño y la niña son creativos hasta que entran a la escuela. Posición con suficiente base. De mi parte, conozco mejor los mecanismos creativos en mi labor literaria y en las experiencias laborales: sacar como acto de magia los recursos, casi siempre míseros, en el área cultural.

Pero la destreza creativa no nace del aire, ni de seres abstractos que fecundan al artista en las diversas manifestaciones de la vida. Por ejemplo, en varios países asiáticos han logrado la magia del desarrollo porque ponen énfasis en preparar profesionales no para desempeñarse en un puesto público o privado, sino para ser creativos para lograr sus oportunidades, un medio para combatir la pobreza extrema que puede llegar a los 400 millones en la India o a los 300 millones en China. Al profesional se le educa para prever una escasa oferta laboral. Entre nosotros ya hay organizaciones civiles o instituciones con programas de innovación emprendedora.

Pero quiero centrarme en lo literario: desde mi niñez y continuando por mis lecturas; o fortaleciendo la sensibilidad con música; conociendo a escritores universales, no en los pocos ambiciosos textos escolares. Me refiero a los que me atrajeron por una formación temprana: novela francesa, rusa, norteamericana, especialmente.

Esas prácticas me permiten advertir que la palabra se enriquece con la lectura y esta, a la vez, transforma esa palabra para crear otro tipo de realidades. La lectura es fundamental para hacer sencillo el ejercicio artístico. Permite saber si un poema es un poema. La lectura da un gran sentido crítico a la efectividad literaria, sin olvidar que lo creativo es un proceso orgánico que comienza desde los sentidos, luego procesa conceptos hasta despertar emociones en el receptor de arte.

Pero la lectura, al fortalecer los alojamientos neuronales para lograr el hallazgo estético, descubre también los problemas diversos de la vida, nos permite transformar el entorno de la realidad. Y si adquirimos esa posibilidad seremos capaces de transformar con la palabra nuestra propia realidad. Entre más megas o gigabits neuronales poseamos, adquiridas por la lectura, mayor capacidad para proponer o tener respuestas ante lo imprevisto de la vida, ante lo inesperado, lo sorpresivo. Nos hace menos vulnerables para subsistir en una sociedad trágica. Si no tengo empleo, descubro con creatividad mis oportunidades.

Pero vuelvo a mi fuerte que es la lectura y lo creativo aplicado a lo literario. Comencé a leer a autores contemporáneos desde mi tercer ciclo gracias a Tarquino Argueta, mi tío, abogado; enorme lector que, al trasladarse como profesor de Matemática en San Salvador, me heredó, en San Miguel, sus libros que yo había leído en parte cuando visitaba su casa: novelas de autores universales, cuentos, filosofía, autobiografías, y revistas: Life en español; Billiken de Argentina; Carteles y Bohemia, de Cuba; Selecciones de EUA. Pronto, mi inocencia descubrió que la palabra enriquecida me daba ventajas aun sobre algunos de mis maestros. Lo cual algunas veces me dio problemas. Recuerdo que en mi 5.º grado cuando mencioné la palabra fluorescente, el profesor me reclamó, con prepotencia, que de dónde sacaba palabras inventadas. Quise explicarle, pero me interrumpió diciendo que lo correcto era fosforescente. Como niño me sentí agredido. Así caminaron mis oportunidades tempranas de manejar la palabra escrita en mi medio provinciano. Tarquino Argueta me abrió el camino que había iniciado mi madre al decirme poemas de memoria desde mi niñez.

Después le di continuidad a mi formación gracias al intercambio de experiencias con Roque Dalton, Roberto Armijo, Ítalo López Vallecillos y Oswaldo Escobar Velado, principalmente. Con Dalton fuimos inseparables desde esos 19 años; con Ítalo nos relacionamos más de cerca cuando nos dio cabida como editores en la editorial universitaria, que él dirigía; con tolerancia aceptaba nuestras sugerencias creativas sobre las publicaciones.

Roque Dalton había tenido grandes experiencias literarias aun antes de la mayoría de edad, que contrastaba con el chalateco Armijo, y el miguelense que escribe estas letras. Como estudiantes iniciales del Derecho, y por las comunes acciones culturales en esa misma universidad fui asiduo visitante de la casa de Dalton, en la reconocida tienda Royal, cuando ya era padre temprano de Roquito (muerto en la guerra civil) y de Juan José; Jorge no había nacido.

En casa de Dalton escuché por primera vez los conciertos de Rachmaninov y Tchaikovsky. A Armijo continué contactándolo en los años ochenta, en sus 30 años de residencia en París, fue la época de mis traducciones en que fui invitado varias veces por casi toda Europa. A Dalton lo perdí de vista después de su secuestro y escape en 1965. Los tres poetas de ejercicios de creatividad temprana fuimos inseparables, aunque geográficamente distantes. La amistad con Armijo lo llevó a bautizar a su segundo hijo con mi nombre (también muerto en la guerra), y este heredó dicho nombre a su nieto.

Algo más sobre innovación creativa: invertir en renovar el Centro Histórico que ha traído resultados emprendedores, como es el caso de los cinco cafés gurmé con apenas 5 manzanas recuperadas. Lo mejor: en estos espacios recuperados todas las tardes hay fiesta bajo el impulso de la dignidad recuperada. Amamos esos espacios de identidad y disfrutamos el cambio de calles calificadas de violentas a espacios que se disfrutan con música, bailes y tranquilidad. Visítenlo y lo comprobarán.

P. D. Este trabajo ha sido inspirado porque el 21 de abril es el Día Mundial de la Creatividad y la Innovación, designado por las Naciones Unidas que llama a celebrarlo enfocados en 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). La Biblioteca Nacional y organizaciones amigas nos preparamos para responder, por tercera vez, a la iniciativa mundial.

Todos los días, el día

Escribo estas notas pensando que todos los días deben ser el Día de las Mujeres. Por lo menos en lo que escribo es así. Tengo una novela autobiográfica que titulé «Siglo de o(g)ro» pero originalmente nominé «Mis cuatro mujeres», dedicada a quienes me ofrecieron una educación inicial que repercutió a mi favor en la escuela.

Esa novela cuenta mi infancia temprana, hasta mi sexto grado; aunque agregué un colofón referido a mi regreso al país, cuando voy a ver a mi madre, luego de casi 20 años sin verla. Esta, ese día, invitó a la casa a otra de mis cuatro mujeres, aún con vida.

Una de esas mujeres, por supuesto, fue mi madre. Los recuerdos de niñez inician con una diáspora de la casa familiar que había adquirido mi abuela, situada en una zona casi rural de la ciudad de San Miguel. Adelina, con dos niñas y un niño (mayor de cinco años), se escapó de la casa fingiendo un paseo vespertino. No avisó a nadie que no regresaría a la casa familiar.

Fue mi primera diáspora, que incluyó a mi hermana de tres años y a otra de año y medio, que Adelina llevaba en brazos. Nos fuimos caminando desde la casa (5.ª calle poniente, que ahora lleva mi nombre. Aunque de esta nominación solamente sabe mi familia y un exalcalde migueleño, quien tuvo la gentileza de nominarla así en una fiesta de cachiporristas y desfiles con bandas de paz, pero continúa siendo la 5.ª calle porque el presupuesto no alcanzó para rotularla con mi nombre).

La fuga encubierta como paseo se dio caminando 100 metros por la calle Manlio Argueta, doblamos hacia la Calle de la Amargura (la 9.ª avenida sur), que no tiene nada que ver con el tema religioso. Dejo a la imaginación del porqué de esa nominación.

Una amiga de Adelina le había ofrecido un cuarto para pasar la noche, que se prolongó por tres meses más. Con esas limitaciones mágicas inició mi relación con la poesía; Adelina me decía poemas en la oscuridad rembrantiana del humilde cuarto. O nos dormía con canciones de cuna. En esas circunstancias yo ni siquiera conocía qué era un libro.

Días después la abuela llegó a ver a su hija y nietos, y al retirarse me llevó a la casa que habíamos abandonado. Me hacía falta jugar con los primos. En casa de la abuela comencé a interesarme por los números. La hierba crecía en la calle no transitada por vehículos. Me tiraba boca arriba con curiosidad de ver cómo aparecían las estrellas, y me dio por contarlas según aparecían antes de oscurecer. También mi abuela me ponía a darle 10 «patadas» imaginarias al volcán, cuando por razones de niñez campestre se me inflamaban los ganglios de la ingle. Así, estrellas y ganglios iniciaron mi otra vocación: los números, hasta llegar a adulto, pues para costear mis estudios de Derecho me certifiqué como profesor de Matemática, que con la poesía fortalecía mis dos vocaciones de niño.

Al morir mi abuela, Adelina –mi otra mujer– compró el derecho a sus hermanos, y pasó a ser mi casa de infancia. En estos tiempos está situada a 200 metros de un polo de desarrollo urbano: estadio, clínicas, tribunales y el mejor hotel de la ciudad.

Pero vuelvo a mi historia central y mis cuatro mujeres. Después de la firma de los Acuerdos de Paz, avisé a mi madre que iría a visitarla. Esta tomó la iniciativa de invitar a Herminia que yo no había visto desde mi infancia, mi tercera mujer que nos acompañó en las buenas y las malas. Ella se encargaba de cocinar para toda la familia, incluidos sus tres hijos; también satisfacía mis gustos gurmé. Me guisaba iguanas y tacuacines que por ser, como decía, una casa de medio rural, yo los cazaba por los alrededores o en el propio «solar» (patio grande). Los platos de cacería los departía con Herminia y sus hijos. Mi madre y mis hermanas los rechazaban.

La emoción de encontrar otra de mis mujeres, Herminia, fue doble: su hijo mayor, Miguel, con quien departí la niñez, la fue a dejar en carro; pero no quiso bajarse para verme. Mi madre me dio la noticia de que Herminia se había ganado la lotería, y eso había cambiado su situación de extrema pobreza. En esta posguerra fatal Miguel fue asesinado. Nunca volví a verlo.

Las etapas reales de mi vida han sido fundamentales para narrar historias de mis novelas, donde las mujeres con quienes he convivido en mi infancia me dan pie para darles voz.

Mi madre me dio la poesía y las novelas que había leído en su adolescencia. La abuela me dio las leyendas. Con Herminia aprendí la sabiduría de los humildes.

La cuarta mujer fue Chela, quien me despertó otras curiosidades literarias al contarme los cuentos de «Las mil y una noches», y las aventuras con sus novios; y describirme el Cadejo y el Cipitío que le salían en aquellas calles oscuras de camino a su casa. Lo mejor de ella: me contó algunas novelas ejemplares de Cervantes, y me cantaba los tangos de Gardel mientras hacía su trabajo. Me quedó el misterio de cómo una mujer sencilla, jornalera, pudo darme esa riqueza infantil. Chela ayudaba a mi madre en la elaboración de ropa para venderles a los campesinos que bajaban del volcán. Nunca la volví a ver. Toda su familia murió durante la guerra. Fue uno de mis grandes desconsuelos, pues siempre quise saber ese origen de hada mágica que alumbraba con literatura oral mis noches de oscuridades rembrantianas; porque carecíamos de las mínimas comodidades hogareñas: energía eléctrica ni agua potable, y menos libros. Mi cultura posterior de niño se alimentó de los periódicos desfasados que mi madre al ver mi afán por saber de cuentos y lecturas me los compraba por libras. Es así como esas cuatro mujeres han sido fuente de mis realizaciones literarias.

Levemente odioso o gran humorista

Lo de levemente odioso lo tomo de Roque Dalton, quien tituló así un poemario de rasgos autobiográficos. En este hay un verso que más he repetido por su mensaje subliminal respecto a precarias limitaciones sociales. Dalton dice: «No siempre hemos sido feos». Lo he utilizado como lema que acompaña a una fotografía de lo que fue el complejo edificado de nueve y ocho plantas de la Biblioteca Nacional, que ocupaban tres cuartos de manzana, frente al conocido mercado ex-Cuartel, ahora espacio para ventas informales. Esa foto histórica la envío como saludo navideño: destacan los dos edificios, uno de ocho plantas; y otro de nueve, con una plaza adornada con dos grandes esculturas en piedra: de Cervantes y de Gavidia. La fotografía recuerda la década de los años sesenta, de los gobiernos militares, y muestra que no «siempre fuimos feos». Una biblioteca digna a la altura de su función, como es la de resguardar el patrimonio bibliográfico de la nación. Los edificios cayeron con el terremoto de 1986.

Esa imagen de la Biblioteca Nacional permite reflexionar sobre un pasado relativamente reciente y un presente congelado en esas épocas sin avances en nuestro ombligo urbano. Después del terremoto preferimos huir y ausentarnos de la «ciudad patria»: el Centro Histórico, y lo dejamos convertido en gueto para los sectores marginales. Al parecer zona sin esperanzas ni redención. Olvidamos que el futuro, aunque parezca un galimatías, es 24 horas después que el lector está leyendo estas líneas. Concluyo: el futuro es ya. El presente fue ayer. Y el pasado solo un pretexto para pensar en una utopía que, pese a experimentos teórico-políticos, se vuelve cada día más inalcanzable. Aunque sí existe, pues cada quien tiene la suya. Yo tengo la mía. Leer posdata al final.

La frase poética de Dalton me hace reflexionar todo lo que podríamos haber evitado si ayer y los días siguientes hubiéramos emprendido un rescate social y darle dignidad urbana a San Salvador. Quizás no existirían esas caravanas trágicas que poco a poco vamos olvidando su crisis humanitaria (la última noticia que nos llega es que ha habido más de mil niños y niñas abusados sexualmente en sus refugios de la frontera del Norte). Y lo más trágico es que se hace tan usual que nuestros compatriotas se vuelven invisibles, pese a que solo tratan de salvar sus vidas y proteger sus familias; además de contribuir al desarrollo del país por las vías de las remesas. Reflexionemos. ¿Qué seríamos en nuestro territorio sin esa diáspora de tragedia cotidiana?

Y ya en nuestro territorio tenemos riesgo de muerte futura, si no se toman medidas por las bacterias del plástico, un genocidio lento para las próximas generaciones que tendrán un alimento mortal en los sabrosos mariscos. ¿Quién prohíbe los envoltorios plásticos?, ¿cuándo vamos a escuchar los dientes afilados de las motosierras destruyendo los pocos bosques remanentes en nuestro país, miserable de bosques? «No te preocupes me decía un amigo, ingeniero civil, cuando se talan árboles en los costos va incluido un rubro para convencer a quienes creen que hecha la ley hecha la trampa».

Volviendo a Dalton hay otro libro que nadie pensó que tendría aceptación y menos una divulgación fuera de El Salvador: «Las historias prohibidas del pulgarcito», donde el poeta despliega su potencial de humor. Recuerdo que cuando lo propuse para una editorial de Costa Rica, su director, salvadoreño y amigo fraterno de Dalton, me dijo que ese libro no tendría aceptación en ese país, «ni siquiera en El Salvador», pues usaba muchas historias y el caliche propio de San Salvador, «su mercado se relegaría a esa ciudad». Estuve de acuerdo. Error: el libro fue publicado por Siglo XXI de México, y la última edición que leí hace unos 20 años llegaba casi a 30 ediciones. Error. Porque, como me decía hace un mes un amigo extranjero, en política y en la literatura no hay sorpresas, solo hay sorprendidos.

Este libro es de un humor literario que ilumina lo sombrío de las realidades aplastantes. A ese propósito quiero referirme a un relato contenido en esa obra. Su título: «Dos retratos de la patria» (Obras completas, III volumen, página 353, DPI).

En el segundo relato Dalton narra una historia real del zoológico. Del mandril que el pueblo bautizó Pavián, como nombre propio. Este quedó viudo, (pues como animales, que también somos los humanos, hay límites de vida). Bueno, para apagar los apetitos sexuales del mandril que se exhibía haciendo cosas indebidas ante niños, (usuarios sagrados de un zoológico) se decidió comprar un mandril hembra. A un matutino local, que no es este, se le ocurrió celebrar un matrimonio público de los dos mandriles, para lo cual promovió un concurso para ponerle nombre a la hembra, pues «sin nombre propio no hay matrimonio». Ganó quien envió el nombre de la canción popular del momento: «Reinalda, la de la minifalda».

Después de bautizada se convocó públicamente para el matrimonio. Según la noticia llegaron al zoológico unas 200 mil personas, algo que Dalton consideró exagerado, «pese a tener en esa época un zoológico, tan grande como cualquier zoo de América Latina», y lo comparó con el de La Habana. Dalton habla de la década del sesenta, siglo XX.

O sea que si ahora nos quedamos feos es por falta de inversión cultural. De pronto, escribe Dalton, en medio de la ceremonia matrimonial, un chusco gritó: «Se escaparon los leones». Y se armó el gran despelote que «terminó en robos, 30 violaciones, 40 heridos y hasta capturados por comunistas, cuando alguien gritó: ‘Vamos a Casa Presidencial’». Quien quiera confirmar el hecho, leer los periódicos de mayo 1969. Claro, un escritor está obligado a imaginar desde su realidad.

Posdata. Mi utopía es fundar una biblioteca-museo para escritores. Ahí está la casa donde vivió Dalton, ofrecida por unos buenos amigos propietarios. Pongo como contraparte mi biblioteca de escritor con más de 60 años de libros y lecturas.

Corazón abierto y cerebro desabrochado

André, de cinco años y medio, acostumbra jugar Nintendo con su padre. Antes de comenzar el juego, su padre, Leonardo, quiso siempre que el niño ganara el derecho a ser primero en el juego. Uno de estos días quiso ver las reacciones del pequeño y se propuso ganar el primer lugar. Y así fue. «Gané, me toca jugar primero», dijo el padre. Y André de inmediato le reclamó: «Me troleaste, papi».

Una palabra que este ni la madre nunca habían usado, pero sin duda mi nieto lo escuchó de otros amigos mayores e incorporó el concepto en su chip mental. Este tipo de formación hacia nuevos conocimientos se ha hecho normal con el uso de estas tecnologías: en la calle, en la escuela, y en la escuela parvularia, a los de la Generación Alfa (nacidos en 2010 en adelante), hasta los llamados nativos digitales (nacidos en 1982-1994). Este tipo de habilidades parecieran ser «innatas», como si el cerebro tuviera por nacimiento el chip incorporado, listo para hacer clic. Así lo he percibido en las nuevas generaciones y, en especial en mis pequeños nietos, como lo observé en mis hijos, ahora profesionales.

Tengo una fotografía del padre de André, ahora un profesional de alta vocación: observa el manejo de mi primera laptop elemental, que me donaron en Londres; aunque solo se llamaba en ese tiempo computadora portátil, allá por 1987. El padre de André ya hacía sus tareas de aritmética, porque desde niño había trabajado en una computadora tradicional que le llamábamos en ese tiempo «el tractor». Ahora ese padre es doctor en Veterinaria de la Universidad Nacional de Costa Rica. En la actualidad otro nieto menor hace multiplicaciones al cálculo por uso tecnológico desde los tres años.

En verdad, las herramientas informáticas ya se extendieron a todos los niveles. Cada vez es más sorprendente su presencia en la vida familiar sin distinción de posiciones sociales, de niveles de estudio y, menos, de edades. Ha habido un manejo del usuario por la promoción mundial, cuyo mercadeo incluso es motivo de guerra económica entre las potencias avanzadas en el ramo.

Ante esa realidad falta incorporar ese uso a todo el sistema educativo, pero proyectando esos equipos informáticos y su conexión con el mundo hacia la creatividad, no se trata de consumir información sino de generar conocimiento y para eso hay que saber buscar. Pensar que los profesores van a «enseñar» la concepción digital es negar a la niñez y juventud su avance tecnológico. Hay otra manera de aprendizaje: debe ser entre iguales; se puede mediar o dialogar. En mi caso propongo y aprendo, incluso a la Generación Alfa (nacidos después de 2010). No para enseñarles sino para facilitarles el camino apto a las «aplicaciones», orientadas a crear las posibilidades de cambiar una sociedad conviviente, pacífica, democrática, equitativa e inclusiva. Hacer ver que el juego informático con acceso a imágenes recreativas es también una forma de relacionarse de acuerdo al mundo tecnológico irrebatible.

Para los niños y niñas de ahora es más fácil hacer el trabajo que dar o recibir explicaciones (tenemos que entender esa ruta creativa), porque no es que tengan conductas absolutistas, sino que buscan con autonomía propiciada por su incorporación como nativos digitales a los avances de la ciencia y la tecnología.

Creer que los docentes van a enseñar un mundo digitalizado es un desacierto. Debemos apropiarnos de la tradición que desaparece ante nuevas modalidades informativas, que incluso borra el concepto de territorialidad porque la informática ha globalizado el conocimiento. Ya no son los 20,000 km cuadrados de nuestro mapa: el territorio es el mundo.

Esta verdad afecta las ideologías tradicionales. Por eso insistimos en una educación inclinada a la creatividad. Los procesos mentales se van renovando en la medida que el tiempo generacional transforma las comunicaciones que van más allá de nuestros deseos como Generación Silenciosa (nacidos antes de 1946), o incluso los llamados Baby Boomers (nacidos después de 1946). Elementos generacionales que no necesariamente inciden en los aprendizajes, también influyen diferencias regionales: no es lo mismo los que residen en el quinto mundo con los que viven en el primero. Pero el mercado es global. Por eso no es de extrañar los usos comunicacionales aun en las zonas deprimidas.

Y si esa es la realidad pongamos atención en el modo en que se está invirtiendo en las capacitaciones a los docentes, los contenidos, los recursos, los espacios de aprendizaje, y si estos responden a lo que pasa en la escuela. La tecnología es una valiosa herramienta, sí puede formar al usuario desde edades tempranas aceptando los usos como recreación, pero sin olvidar orientaciones creativas que harán una sociedad desarrollada. Aquí radica la importancia del diálogo entre generaciones.

A propósito cito una frase de las redes sociales: «Sueña tan grande que los demás crean que te falta un tornillo ¡o varios!» Así podría pensarse de los hallazgos tecnológicos cuando parecen incomprensibles hasta que llegan a nuestras manos. La idea es aprovechar sus «aplicaciones» al servicio de los sueños. Lo he comprobado desde la Generación Silenciosa (de 1946 para abajo, hasta ver a Dios. Es mi caso). Pero me siento satisfecho de haber propiciado el uso tecnológico para facilitar aprendizajes, crear y recrear, como primer paso a favor de mis nietos de la Generación Alfa (nacidos después de 2010); o los «posmillennials» (1995-2010). Ambos sectores representan el 32 % de la población mundial. El reto es reforzar los nuevos conocimientos incluyendo familia, educadores, comunicadores, catedráticos, facilitadores. A los de primera infancia y «posmillennials» debemos esperarlos con los brazos y el corazón abiertos, también con el cerebro desabrochado. Es la mejor forma de descubrir la realidad antes que la humanidad futura sea apabullada por la «niñofobia».

Concluyo: se requiere percepciones lúcidas, no importa la edad, desde los Baby Boomers hasta los Alfa, como mi nieto, André. Los que deciden tienen que cambiar, en especial, para entender la pequeña infancia, sin olvidar que la tecnología es fuente de comunicación intergeneracional.

Historia centroamericana oculta

Razones de peso me llevaron a escribir por primera vez una novela histórica cuyos hechos me llevaron de la mano, como al ciego privado de luz, por una épica insólita y asombrosa que ha pasado por alto en Centroamérica; y no creo que por razones políticas contemporáneas, pues todo ocurrió entre 1855 y 1860. Pero ni los especialistas la proyectan de acuerdo con el significado para la región centroamericana. En ese entonces un estadounidense de nombre William Walker quiso establecer la esclavitud en Centroamérica por considerarla fuente de riqueza económica de cultura superior. Sin embargo, la vastedad de esa gesta histórica ha quedado reducida a los especialistas en historia, aun para Costa Rica y Nicaragua, pese a que fueron los dos países que más sufrieron la guerra.

Se trató de una épica libertadora donde participaron en primer lugar el presidente costarricense de ese entonces Juan Rafael Mora, como estratega político, y el general salvadoreño José María Cañas, como el combatiente de primera línea en contra de los que llamaron filibusteros, y que se auto llamaron falange americana. En el transcurso del tiempo se convirtió en historia oral plagada de mitos, no obstante, que ha sido la historia más cruenta y más dramática que ha vivido nuestra Centroamérica, en una pelea por lo que quería ser. No hay otra gesta similar por lo heroica y por lo trágica para cientos de centroamericanos. Por ese heroísmo somos como somos, de otra manera se hubiera impuesto el esclavismo para “civilizar” a una región habitada por “mestizos indolentes”, decía Walker.

Esos vacíos me inclinaron a escribir una obra narrativa que califico como novela histórica basada en bibliografía existente, aunque poco conocida en nuestro medio, pese a que se enviaron de El Salvador más de 2,000 soldados, y que el jefe de los ejércitos aliados centroamericanos era el general salvadoreño Ramón Belloso, además de los generales Bracamonte y Asturias, este último de San Miguel. Incluso estuvo Gerardo Barrios con 800 hombres, pero por arribar tarde no se incorporó a la guerra, pues ya los aliados tenían derrotados a los filibusteros, y Barrios iba a sustituir a las cansadas y destruidas tropas de Belloso; vencida la llamada falange americana fue obligada por la misma marina norteamericana a su repatriación, pues una derrota total sería cruenta y humillante para el Gobierno de Estados Unidos, además que oficialmente Walker no estaba autorizado para emprender ese tipo de guerra de invasión.

Cuando llega Gerardo Barrios, muchos filibusteros habían desertado debido al cerco implantado por los centroamericanos. Se habían quedado sin medicinas y sin alimentos y perdido el sueño de dominar la región. Y todo porque los costarricenses en una jugada creativa del presidente Juan Rafael Mora lograron cortar las vías interminables de abastecimientos para los auto llamados falange americana, que recibían de California o de Nueva Orleans. Se hizo por medio de un comando de 200 hombres cuya misión era cortar los abastecimientos recibidos desde los dos océanos. Walker pretendía también como objetivo, además de apoderarse de los cinco países centroamericanos, manejar el canal interoceánico que la naturaleza proveyó a Nicaragua con su gran lago y el río San Juan, desde el Pacífico en San Juan del Sur hasta el Atlántico en San Juan del Norte.

Este es el tema que manejo en la novela histórica donde la realidad supera la ficción. Como Walker tenía casi toda su fuerza en San Juan del Sur, el comando invadió por un río, el San Carlos, casi virgen, situado en la región norte de Costa Rica y que desemboca en el San Juan. Esto permitió sorprender a los vapores que circulaban libremente con armas, medicinas y más relevos de hombres ante las bajas de heridos. Ya en esa etapa de la guerra se habían integrado cientos de tropas guatemaltecas y hondureñas, además de los tres países antes mencionados. Porque la lucha fue regional ante un peligro común, no obstante, que en ese tiempo privaban diversas ideologías entre los cinco países, entre liberales y conservadores, y que dificultaba vencer a Walker.

En verdad, se trata de una historia novelada para que cada quien, como lector cómplice defina lo que debe creer o no creer o investigar ante lo inverosímil. Porque hay dos clases de realidades: la que se cree porque se percibe por la razón; y la que, por ser literatura, se acepta por las emociones que produce. Personalmente, como escritor, descubrí que se trata de una historia con mucha conmoción y emotividad donde la verdad histórica compite con la ficción.

Mi obra lista para entrar en prensa, escrita a partir de quienes investigaron esa épica y nos dieron a conocer sucesos que fueron ocultados en la región; se trata de revelaciones históricas que, pese a lo dicho por Benedetto Croce, “toda investigación sobre el pasado es historia contemporánea”. Me digo entonces que es el momento de vivir esa historia para tratar de aprender que la violencia impuesta por un poder solo trae desgracias e inhumanidad.

En otras novelas me negué a ser real para no parecer irreal, en esta por lo contrario opté por buscar al lector protagonista, que reflexione sobre una verdad histórica que pudo hacer de Centroamérica una región que retrocediera a un pasado de esclavitud abolida 55 años antes (1821); porque los mercenarios, como extraños, quisieron imponer la forma esclavista del sur de Estados Unidos; lo que implicaba traer otra religión, otro idioma y el “exterminio del mestizo”, como decía Walker para imponer sus ideas de supremacía blanca.

Costa Rica ha declarado héroes de la patria y les ha erigido un monumento en Ciudad Puntarenas. Por tal motivo, todos los 30 de noviembre, fecha en Mora y Cañas, fueron fusilados al llegar desde Santa Tecla a esa ciudad. A partir de 2017, el Gobierno y cuerpo diplomático se trasladará ese día a la ciudad de Puntarenas. Agradezco el privilegio de ser nombrado huésped de honor para esa gran celebración al ser reconocido mi trabajo literario.

Las chifladuras de la creatividad

Recuerdo que en horas del atardecer, cuando niño me gustaba acostarme sobre la grama de la calle, porque mi casa tenía características rurales. No había electricidad ni agua potable, para dar una idea. Pero sí había mucha alegría de vivir que transmitía mi modesto grupo familiar. En ese entonces, quizá en primer grado, me propuse contar las estrellas, boca arriba. La idea era descubrir la primera, comenzar la cuenta. Pensaba sorprender al cielo si las contaba a medida que iban apareciendo, pues mi maestra de parvularia me había dicho que el número de astros era infinito. En San Miguel, de cielo limpio, era fácil el conteo, pero a medida que se tachonaba de parpadeos de luz se volvía difícil contar. Y así comenzó mi interés por los números.

Ya más crecidito, en educación básica, me dio por hacer operaciones sobre la distancia en kilómetros entre el planeta Tierra y el Sol; o los lejanos soles. Supe que la luz solar tarda en llegar a la Tierra 8 minutos. Me asombró saber que la medida de longitud entre los astros era el segundo-luz; y que Alfa del Centauro, la estrella o sol más cercano de la Tierra está a 4.36 años luz, y si en segundos equivalía a 299,792 kilómetros, en una hora la distancia-luz sería de 1,080 millones de kilómetros. Desconocía que existen otros medios de medición de distancias astronómicas para ahorrarse papel y dígitos… y locura infantil.

¿Se pueden imaginar la distancia calculada a Alfa del Centauro, si está a cuatro años y medio-luz? Comenzaba a multiplicar cuántos segundos hay en una hora, y en cuatro años y pico. Si el segundo equivale a casi 300,000 kilómetros por segundo. Un asombro hermoso.

Comencé a calcular distancias de otros soles, a puro lápiz. Hasta ahora sé que las chifladuras tienen que ver con la creatividad, esa capacidad de generar ideas propias a partir de ideas ajenas o estrafalarias que el oficio de escritor me permitió. Me gusta, por ejemplo, lo de mi novela “Los poetas del mal”, donde hablo del arma de destrucción masiva de los chinos: una cuerda de nylon y un reloj, para que cuando venga por el aire la lluvia atómica, saltar la cuerda al mismo tiempo y desviar la ruta del planeta. Y que la bomba se pierda en las galaxias. O la posibilidad masculina de salir embarazado.

Después reparé que la Tierra viaja unos 210 kilómetros por segundo hacia las galaxias, como ir en un vehículo a la velocidad de 12,600 kilómetros por minuto, es trasladarse de Nueva York a Pekín (China) en 45 segundos. Y tenemos millones de años moviéndonos en el espacio interestelar. Inimaginable lo que recorre en una hora, en un mes, o en 100 siglos si en un segundo recorre casi 13,000 kilómetros.
Como estudiante de educación media hacía operaciones por recreación, medir la distancia de la Tierra a una estrella a 100 años-luz. ¿Cuántos segundos hay en un año, esto se multiplica por la cantidad de segundos que hay en 100 años-luz. En esos intríngulis mi madre que su hijo era raro, “me das miedo”, me dijo un día. Quizá porque para tales experimentos necesitaba estar solo, aunque más tarde me iba a jugar fútbol y a hacer maldades de niños con mis primos Éver Cristo y Ennio de Jesús: cazar garrobos o sustraer frutas del cercado ajeno.

Agradezco esas chifladuras porque desde niño fui cultivando una vocación por los números (en sexto grado daba clases de aritmética a las niñas del barrio, no sé por qué solo a niñas). Cuando vine a San Salvador a estudiar jurisprudencia (el famoso doctorado de siete años), pese a tener a temprana edad dos primeros premios de poesía, y gran amor por la literatura, opté por certificarme en el MINED como profesor de Matemáticas. Di clases de álgebra en Santa Tecla, el Damián Villacorta, hasta que por “orden superior” fui despedido.

La razón: antes de comenzar la clase de álgebra, daba unos 3 minutos de educación cívica, y el único que me protestaba era un niño de 13 años que después fue un reconocido oficial, blanco de amor y odio, según la gente se considere víctima o victimaria. Cuando las autoridades se dieron cuenta de mis 3 minutos cívicos, después de tres años de impartir la materia, me prohibieron continuar como profesor por hablar temas ajenos a las Matemáticas (aunque solo eran 2 o 3 minutos). O bien por poeta de versos excedidos en ideas, pues ya era reconocido por los premios. Me quedé sin trabajo, dejé de ser “poeta rico”, como me decían mis compañeros de generación literaria, pues como profesor joven (desde 18 a los 21 años), los podía invitar al estilo de los jóvenes de la época, a café o bohemia sana con intercambio de ideas y libros de literatura.

Cuando ingresé a la universidad, un talentoso catedrático, mi gran amigo Pepe, me decía que yo le preocupaba pues me encontraba ciertos rasgos de retraso mental. Claro, si desde niño me proponía a hacer esas investigaciones sin mayores fuentes de investigación, excepto por lecturas periódicas (diarios y revistas), me imagino que como poeta o estudiante de derecho planteaba problemas chiflados (nunca referido a las ciencias jurídicas), esto lo dejábamos para las aburridas horas de clase.

Estas experiencias nos formaron una cultura propositiva precoz. Por ejemplo, Roberto Armijo ya había publicado libros de ensayos sobre T. S. Eliot y sobre Rubén Darío antes de los 24 años; Roque Dalton, a los 25 años, conoció la penitenciaría central, siendo reconocido poeta, periodista y polemista inteligente; mi persona conoció la expatriación, o expulsión, a los 23 años; Ítalo López Vallecillos era director de un periódico nacional a los 26 años; y a la misma edad, Álvaro Menéndez Leal fundaba el primer TV periódico y dirigía un semanario escrito (verlo en la Biblioteca Nacional). Precocidades y chifladuras demasiado riesgosas por romper con el aullido de la palabra los conformismos del silencio.

Ocio y reflexiones literarias

Desde hace varios años me ha llamado la atención el poco interés de la crítica latinoamericana sobre los escritores de Centroamérica; pero también suplementos literarios y críticos de nuestro país, que optan por estudiar a los “grandes” escritores. No falta ni García Márquez, ni Mario Vargas Llosa (para mí, uno de los mejores narradores contemporáneos) o Julio Cortázar (uno de mis maestros). A veces se menciona al argentino Ernesto Sábato o al uruguayo Juan Carlos Onetti. Jorge Luis Borges es omnipresente, en especial por las influencias europeas.

Por lo demás, poco a poco se está excluyendo a Pablo Neruda, casi olvidado; Octavio Paz, a punto del olvido; Miguel Ángel Asturias (totalmente invisible). Sin embargo, los dos primeros mencionados por tener un entorno cultural y educativo avanzado (Chile y México respectivamente) no afecta mucho, por lo menos no son marginados en su propio país. Con Asturias ha comenzado su resurrección, en la actual Guatemala. Los tres son Premio Nobel, y su obra los hace permeables a su estudio, quizás el futuro los salve.

Aquí es donde vienen algunas de las preguntas relacionadas con la crítica: ¿cuándo se habla de “grandes” será por provenir de países grandes? ¿Grandes por tener editoriales muy profesionales que les interesa comercializar al libro y al autor como corresponde a toda editorial? ¿Qué pasaría si Gabriela Mistral o García Márquez hubiesen nacido en El Salvador o en Honduras o Haití, se habrían congelado en sus propios países? A propósito recuerdo el consejo de Juan J. Cañas cuando le dijo, en El Salvador, al adolescente Rubén Darío (la gran excepción): “Debes salir de estos países si quieres desarrollar el talento que tienes para la poesía”. Darío acogió el consejo, previas cartas de recomendación de su “maestro” y exdiplomático para que pudiera ubicarse en Chile o en Argentina. Se ve que desde aquellas épocas existió gueto literario en los países pequeños, donde la palabra no se vende o se vuelve prisionera.
Respecto de los encierros también hay países centroamericanos que se liberan fortaleciendo la capacidad lectora, caso de Costa Rica y Panamá. Creo que Ecuador, Venezuela y Perú han decrecido si comparamos la literatura actual con su literatura de la última mitad del siglo XX. Colombia es un caso especial con gran promoción de la poesía, el despliegue de narradores tiene pujante presencia.

De acuerdo con una tendencia de mediados del siglo XX se dijo que antes de pensar en libros, en lectura y aun en educación lo primero es comer; les pareció inocuo o riesgoso liberar la palabra. Se hizo caso omiso de que el libro es complemento educativo, produce mentalidades de cambio, forma conductas propositivas y creativas e implica desarrollo. Porque educa al ciudadano para conseguir su comida y la de otros, tiene “armas” imperecederas que nadie va a pensar en destruir o a entregar (“armas” de papel o digitales), diferentes a las otras armas de coyuntura. Veamos si no, en el pasado, a Napoleón Bonaparte, o Hitler, y entre nosotros Barrios y Morazán. Masferrer ya planteaba en 1915 esta idea de manera muy fuerte: la lectura educa “para no ser manipulado”.

Es posible que el prejuicio provenga desde la antigüedad porque tanto “escuela” como “filosofía” y “literatura” tienen origen lingüístico en el ocio. Los guerreros eran los propiciadores de la riqueza por medio de invasiones y despojos. A propósito, repito la conocida anécdota sobre el escritor inglés Bernard Shaw, sentado en el porche de su casa, quien es saludado por un vecino: “Mr. Shaw, ¿descansando? El humanista le responde: “No, trabajando”. Otro día pasa el mismo vecino mientras Shaw limpia su jardín. El vecino: “¿Mr. Shaw, trabajando? Shaw la responde: “No, descansando”. Para el vecino Shaw era además de ocioso un loco.

Me hago la pregunta en la modernidad, ¿se aprovechan los escritores del trabajo de los demás? ¿Sirve escribir un libro que nadie va a leer? Preguntas del millón. ¿O es para ganar honores mientras otros sudan la gota gorda? Por ahí, el prejuicio cultivado desde la antigüedad.

A medida que avanzaron los tiempos, el ocio se volvió visible al surgir el humanismo, la literatura; la imprenta revoluciona al mundo, puso el libro fuera de las catacumbas religiosas, rompe las ataduras oscuras de la herejía y las brujas para ir avanzando la civilización con ideas transformadoras y deja atrás la sociedad basada en el garrote, la guerra y las hechicerías. Todo parecía inamovible. Iba bien sin imprenta, sin libros… y sin Gutenberg.

Según como respondamos estas preguntas, podemos complicarnos las respuestas. Pero mis reflexiones son para preguntarse si acaso la literatura joven y la contemporánea servirán para algo. Y si vamos a considerar ociosas las proyecciones de este oficio ahora relacionado con la imagen y la palabra y el pensamiento volando a la velocidad de la luz.

Continuemos preguntándonos: ¿Qué pasará con nuestra narrativa de inicios del siglo XXI? ¿Será borrada con la prisa de los nuevos tiempos? ¿Seremos los primeros en desaparecer, los grandes y pequeños de América Latina? La pregunta pareciera boba, pero recordemos que a Francisco Gavidia ya lo tenemos guardado en el clóset. Masferrer sí logra sacar la cabeza. Conste, a ninguno de los dos se les desconoce el nombre y hasta se les hace algún afiche para no olvidar los rostros. A Claudia Lars, pese a su dimensión, se desconoce más allá de El Salvador. A Alfredo Espino por lo menos gusta a los neófitos de la literatura y los niños lo disfrutan, perciben su sencillez y musicalidad.

Pese a todos las nuevas generaciones de escritores de alguna manera se regeneran y hacen despertar los fantasmas, porque el libro y la lectura nos recuerdan a cada quien –lectores o no lectores– que existimos. Sin duda la obra actual es contrapropuesta a la obra del pasado. Los invisibles subsisten en la nueva literatura, respiran al unísono. El escritor necesita del ocio y siendo el oficio más solitario del mundo aparece como un asocial. No importa, propone y contribuye a un mundo distinto.

Personajes: Escobar Velado y Láscaris (II)

Cuando me refiero al poeta Oswaldo Escobar Velado y al filósofo Constantino Láscaris no pretendo un boceto biográfico, sino verlos a ellos desde mi persona, como cuando uno está frente a un espejo. Comenzar por ellos tiene que ver con la distancia que nos separa desde su ausencia, antes que el tiempo empañe el cristal y desaparezcan sus imágenes en las que me observo.

Porque cuando se escribe para hacer trascender un hecho, no solo para exponerlo, la clave para lograrlo se puede graficar en la famosa frase atribuida al novelista francés Gustave Flaubert: “Madame Bovary c’est moi” (“la señora Bovary soy yo”) refiriéndose al personaje de esa gran novela. Esa asimilación no incluye solo la escritura de ficción, sino también al periodismo, donde quien escribe se encuentra a sí mismo en un relato que va más allá de exponer el hecho. En pocas palabras, escribir siempre con el propio sentimiento. La emoción soy yo.

Esto me impulsó a pensar en la posibilidad de escribir dos partes sobre mis personajes: Oswaldo Escobar Velado y Constantino Láscaris. Porque siempre he encontrado una interacción entre ambas disciplinas: poesía y filosofía. Con más razón si son disciplinas donde las ideas y los sentimientos se imbrican para explicar otra realidad, la óptima, la que se está redescubriendo en el desarrollo humano, desde el uso del palo y el grito, hasta la fusión nuclear y las amenazas de exterminio humano.

Eso me hace unir a los dos personajes. Cada uno mira la vida en su peculiar modo de interpretar su papel social. Escobar Velado, un profesional de la jurisprudencia, escribe para decir “moriré, morirás, pero conmigo continuará mi grito…”. Con eso explica el deseo de hacer resonar su voz en favor de los demás, y espera que otros lo escuchen.

Láscaris escribe para conocer el país ajeno (Costa Rica) que hace suyo y para ello debe escribir sobre él para comprenderlo mejor. Importa que los escuchen diez o cien o mil personas, pero quiere dejar constancia que pasó por un mundo centroamericano buscando una verdad. Hace uso de la palabra “no solo para comunicar sino para sensibilizar”, (Heidegger). Cómo somos, cómo pensamos, tanto el costarricense, como el centroamericano, y por eso escribe sobre las ideas de Centroamérica, y se apropia de esa realidad, cómo convivimos, cómo somos. Y en el caso específico de su país de adopción lo reconoce como país de cultura campesina, sencillo en su origen, sin que signifique perder esa raíz. Al auscultar un alma nacional también debe juzgar o merodear entre bienestar y malestar social para construir. Se construye revelando identidad.

Escobar Velado escribe “Cristo América” (Venid a ver mi mapa desgarrado.

Ved el cuerpo del Cristo y sus venas azules); el poeta no solo molesta; punza el dolor mismo. Cada quien con las particularidades de la palabra de acuerdo con su disciplina trata de descubrir el destello entre las flores y las espinas. Los riesgos de la búsqueda.

Recuerdo cuando trabajé con Láscaris en el Instituto de Estudios Centroamericanos, Universidad de Costa Rica. Bajábamos acompañándolo, su equipo de trabajo, de la segunda planta hacia la primera planta del edificio de la facultad (Estudios Generales), a tomar café, ahí conversábamos. ¿Qué se puede conversar mientras se toma café a las 10 de la mañana? Cuando un equipo está por consolidarse se tiene que ser muy suelto, conversar sobre los temas, desde cómo proyectarse con la revista de poesía (que me tocaba a mí), y con ella tener canje para enriquecer la biblioteca inicial que quería construir sin presupuesto para libros; o bien planear un programa radial sobre antropología centroamericana.

Con esa soltura propia del que ve en la vida los problemas, Láscaris nos dice: “La gente pensará que estamos sentados en el café ganando fácil un salario, lo que no saben es que estamos haciendo filosofía”. Lo expresaba con sentido de humor y a la vez nos defendía con ironía crítica. Como decir no se preocupen, están con el sabio Láscaris. De esa manera, nos daba una lección antiburocrática, no se trata solo de calentar la silla de un escritorio. Para el filósofo la vida estaba en todas partes.

Constantino Láscaris desde lejanos ancestros, una noble familia griega originaria de Constantinopla, cuyo abolengo y apellidos se carga desde el siglo XIII, se enamoró de un país cuando aún no le llegaban los atisbos de modernización. Por eso había que participar en el cambio de una universidad relativamente nueva, mediante una reforma universitaria. Parte de un equipo académico que vio la educación como la clave de cambio (1956). “Hombre de buena fe que nunca se negaba a nada… Era una persona generosa que jamás haya conocido”, dicen sus colegas españoles.

Escobar Velado se dispersaba en diversas actividades, podía desarrollar diferentes disciplinas en coherencia con su palabra, siempre buscando tres pies al gato. Desde una revista (Gallo Gris) o un programa radial, ambos literarios, hasta la formación de un partido político, en una época que era una aventura ese tipo de manifestaciones. Incluso se unió a un militar reconocido, con lo cual ambos, militar y poeta, terminaron marginados de una vida normal, era un enemigo.

Pero no dejaba de participar en certámenes literarios, que por ser un maestro de la poesía era el usual ganador de premios, que él calificaba como “municipales y espesos”; y le cantaba a las reinas de las fiestas de las comunidades donde llegaba como poeta laureado. Así, jugando con la poesía, en la búsqueda de la democratización estuvo en el exilio en Costa Rica y Guatemala. ¿Cómo era posible una oveja negra en una familia de ovejas blancas? De Costa Rica trajo hermosos poemas de amor dedicados a Urania, y desde Guatemala nos trajo la palabra para “seguir cantando lo que nos duele cotidianamente, y cae como una gota amarga en el corazón”. Murió (1961) interno en un hospital siquiátrico, porque quiso estar solo, víctima de un cáncer; fomentemos un árbol de ceiba como monumento. Láscaris muere en 1979. Sin embargo, ambas vidas sobreviven.