Dios mío, ¿qué estaremos pagando?

El título es una frase de mi madre en las diferentes etapas difíciles que algunas veces pasábamos. Momentos en los que su principal preocupación era cómo mantener nuestras vidas, escuela, alimentación, enfermedades, infecciones y desparasitaciones, para lo cual solo tenía sus manos y cabeza para sortear las dificultades. A propósito de desparasitaciones, mi madre designaba un día al año para esos efectos, el único día del año que no salía a trabajar.

Por supuesto que la tal desparasitación era una tortura por sus pócimas aceitosas y malolientes. Si la vomitábamos la amenaza era que había que tomar otra vez la medicina. Me hace traer a la mente protocolo de la actual pandemia: quien viola la cuarentena, incrementa los días. Parece lógico. De niños lo entendíamos y hacíamos esfuerzos para evitar el vómito para no repetir el mal momento. En estos días, ese mal momento es perder la vida y hacerla perder a otros, como únicos transmisores que somos del virus.

Con esas prevenciones anuales mi madre nos salvó la vida, pues nuestras condiciones que nunca fueron privilegiadas, excepto porque ella nos decía de memoria los poemas que se había aprendido en su juventud. Sin duda nos despertó cierta sensibilidad hacia los demás. Sin proponérselo nos despertaba valores sociales. Y sembraba la semilla de mi mundo literario, con sentimientos de generosidad, alegría, gratitud, y acción como nos recomiendan los neurocientíficos.

Todos estamos lastimados en diferentes grados, porque la pandemia es global; pero también los valores arriba mencionados, son un idioma entendible por todo el mundo. Pese a las limitaciones e inequidades, es importante no duplicar nosotros mismos los maltratos de la vida.

A propósito de gratitud recuerdo al poeta chicano Francisco Alarcón (QEPD), quien nos acompañó por ocho años, desde Estados Unidos, en el Festival de Literatura Infantil. Catedrático de una universidad californiana, se hospedaba en un lugar sencillo del Barrio San Jacinto, que ofrecía Jorge Argueta, donde se cocinaba para alimentar a los poetas visitantes que venían de los Estados Unidos a apoyarnos.

Pancho Alarcón era un excelente gourmet de comida popular, sabía las limitaciones de insumos alimenticios; un año nos trajo a un chef graduado para que con insumos alimenticios sencillos pudiera desplegar su creatividad cocinando platos variados. Tenía sus ocurrencias ingeniosas, por ejemplo le gustaba estar en San Jacinto porque no necesitaba usar teléfono para pedir delicatesen modalidad «delivery«. «A domicilio pasan vendiendo tortillas, pupusas, empanadas, tamales, elotes. ¡Qué rico!». Lo decía con una carcajada feliz.

Hemos aprendido mucho en esta pandemia, no solo recordar como expresión de gratitud, generosidad y disfrute, también a nivel global me ha gustado algunas frases aleccionadoras. Un profesor italiano: «En la Segunda Guerra Mundial, nos enviaban a morir en las trincheras, ahora con esta Tercera Guerra Planetaria nos ordenan guardarnos en casas, ante un enemigo invisible y asintomático».

También tiene gran riqueza esta frase de Aristóteles: «La esperanza es el sueño de los hombres (y mujeres) despierta(o)s», Sí, hay que estar despiertos para apoyar a la población sanitaria y de servicios diversos que se expone pese a naturales ansiedades y miedos. Nadie debería reaccionar con indiferencia ante los cuadros «dantescos» (así califica CNN) de Perú y Nueva York).

También hay hechos y frases constructivas. Un médico costarricense, cuando le preguntan sobre el éxito para combatir la pandemia, responde: «Cultura, educación, y sobre todo disciplina». Contar también, agrega con un buen sistema de salud.

La crisis golpea a todos, incluyo mi proyección de vida: los libros de la cotidianidad. También los representativos del patrimonio cultural, para lo cual ya se preparan protocolos relacionados con muebles e inmuebles. Sobre el libro analógico (en papel) de lectura recreativa o formativa, el hogar y la escuela los necesitará como necesidad básica, esto se aplica a cualquier modalidad que se adopte post pandemia. Atender en línea con los vacíos tecnológicos, cobertura y brecha digital, requerirá del libro como compañero fiel de apoyo solo para los estudiantes, sino para la población, a la que debemos hacer lectora para llenar vacíos educativos incluso de disciplina y cubrir vacíos de sensibilización social que incluye apropiamiento de la realidad, comportamientos y actitudes creativas.

La educación en línea no se contradice con el libro analógico. Está comprobado que ese tipo de educación requiere del libro, hay ejemplos de universidades a distancia cuyas editoriales superan a las tradicionales en la producción de obras. Esto deberá asimilarse a todos los niveles de grado escolar. Aun más, sería gran oportunidad, como ocurre en la crisis, aplicar cinco minutos para leer un libro literario en todas las asignaturas. El libro es el sueño despierto, la esperanza como dijo Aristóteles hace dos mil años.

En la formación de valores influye mucho la obra literaria. Mayor percepción y apropiamiento de la sinergia para resolver un problema no solo nacional sino mundial. Apoyo a la convivencia y la solidaridad. Respeto a quienes se sacrifican por mantenernos sanos: personal de salud, de seguridad, y servicios para cubrir necesidades varias.

Respecto a lo que podríamos estar pagando, según han dicho los expertos desde hace años, y reiterado con la actual pandemia, estamos recibiendo respuesta al maltrato de la naturaleza, y de los animales. La tierra, el agua no pueden ser vengativas; pero el deterioro ambiental y no reducción del cambio climático, están dando su respuesta global. De modo que esa esperanza aristotélica debe ser otro gran logro de los cambios que se anuncian post pandemia. Pero para lograr el sueño despierto, debemos tomar conciencia que cada contagiado, y peor el asintomático, es algo más que una bomba de tiempo si no se logra el distanciamiento social. o la cuarentena. Impulsemos entonces la educación y disciplina en casa.

Nota.- La salud mental preserva el sistema inmunológico, una defensa del convid-19: «Si sientes miedo, tristeza, enojos, o te sientes vulnerable y falta de control». El ISSS, ofrece dos teléfonos: lunes a viernes de 7 a.m. a 3 p.m. 2591-6522. Y las veinticuatro horas todos los días, llamar al 2591-6557

Ante pandemia, respuesta global

Cuando he mencionado la frase de la biblia: «No hay nada nuevo bajo el sol», es porque las pandemias nos han azotado desde siglos, con millones de muertos en Europa y millones de la población americana. Muchos desaparecieron en la conquista española, cuando trajeron la viruela a América y contaminaron al nuevo continente. Ahora, pese a la inteligencia artificial y avances científicos en salud, tenemos miedo. Con efectos anímicos que producen ira y rencor, que nos hace olvidar al enemigo mundial pandémico.

El riesgo es del planeta y los países con desarrollo precario son el sector más vulnerable. Pienso en el llamado Triángulo Norte, en la tragedia de las caravanas, en los indocumentados, los sin casa, ahora los más vulnerables. Aunque no solo estos son las víctimas, lo somos todos. El enemigo invisible circula en el entorno social, en aglomeraciones, por lo cual el distanciamiento es la única «medicina», mientras no se someta al virus.

Las personas somos logística y estrategia para vencer. No vale desarrollo económico, social, o avances en salud. El virus no hace distinciones. Un asintomático contagia a tres y estos a otros diez en una cadena interminable. Comenzó con uno y ya va por millones tras semanas y meses. Su objetivo alcanzará la humanidad sino se detiene.

Reitero que cada quien -sin distinciones- debe proponerse construir consensos frente al enemigo invisible. Quiero insistir en la peste del cólera en la época de la guerra centroamericana contra los filibusteros dirigidos por William Walker (1856), declarado Presidente de Nicaragua por la fuerza de sus armas. Este hecho logró unificar a Centroamérica para combatirlo. Los filibusteros habían sido contratados en Nicaragua por el partido opositor (liberales) para «eliminar» al partido gobernante (conservadores). Ambos partidos, desde la independencia centroamericana, produjeron polarización y guerras civiles.

Sin embargo, al darse cuenta que los mercenarios contratados tenían otro plan, que implicaba reprimir a los mismos aliados liberales y apoderarse de Centroamérica, partidos y gobiernos, se reunificaron para combatir a Walker. Sin la distinción de tintes políticos acudieron a Nicaragua a combatir a la Falange Americana (como se hacían llamar los mercenarios). Solo la unidad logró derrotar a los filibusteros que pretendían imponer la esclavitud y supremacía blanca y terminar con «los mestizos» centroamericanos. Aquella sinergia emergente, salvó la soberanía de la región cuyos países estaban en las primeras etapas de conformarse a tres décadas de haber logrado su independencia.

Pero en los primeros combates entre costarricenses y filibusteros, ciudad nicaragüense de Rivas, apareció el cólera morbus, que causó la segunda mortandad similar a la viruela traída por los conquistadores, de los siglos pasados. Las pestes no hacen distinción; sin embargo, por ser Walker un médico sobresaliente, pudo intuir que el origen podría estar en guardar ciertas normas de higiene. El origen y conocimiento de virus y bacterias eran desconocidos como causas de la epidemias. De ese modo la población costarricenses fue diezmada y luego el cólera fue llevada a los respectivos países por sus ejércitos.

Esa alegoría puede servirnos para ver la oportunidad de los consensos, única forma de controlar el COVID– 19 que azota a la humanidad. Y cada país tiene las posibilidades de aminorar la mortandad; y más será necesaria la unificación social si pensamos en la depresión económica posterior. Aunque ahora la prioridad es salvar las vidas. Para esto hay que construir una sinergia mundial. Apropiarnos de esa visión; aprender de errores, de las experiencias en Italia, España, Alemania, los Estados Unidos y Ecuador. Y las inesperadas consecuencias en Brasil y México. No podemos desconocer esas crónicas anunciadas de la pandemia. La vacuna estará lista en un año, pero el virus trabaja en semanas y meses, acaba con personal médico y sanitario.

No hay duda que los efectos mundiales van a repercutir con fuerza en nuestra región, en especial los llamados del Triángulo Norte; por su población emigrada, y por sus vulnerabilidades. Quizás ya no seremos los mismos, pese a que ya sufrimos pandemias seculares. Salvemos las vidas que construirán las nuevas visiones. Decía una experta psicóloga que la estrategia de distanciamiento social, por ahora, es la única «medicina» y requiere cuatro aspectos: aceptación, paciencia, confianza y gratitud.

El escritor guatemalteco, Marlon Meza, residente en Francia, narra cómo comenzó a multiplicarse en Francia. Después de muerto un turista, se descubrió 12 contaminados. Sin embargo, una semana después hubo una concentración religiosa con casi dos mil personas que se abrazaban y tomaban de las manos. «De regreso a sus hogares todos empezaron a padecer malestares que despertaron sospechas». Nadie sabía por qué. «Y en menos de 48 horas se multiplicó la epidemia en todo el territorio». Ante eso, el Presidente Macron ordenó el cierre de toda reunión pública: hoteles, cines, festivales, museos. Además, acciona con ayuda psicológica en línea para la población.

Comienza en Europa esa guerra de repercusiones impredecibles; llega a los Estados Unidos con miles de fallecidos donde residen millones de salvadoreños (hace ocho días hubo más de 39 fallecidos solo en Nueva York). La muerte está en Centroamérica, motivo suficiente para reunificar criterios respecto al distanciamiento social, sin obviar estrategias psicológicas. Solo quien no acciona no comete errores. Dice un médico español: «Nadie supo ver llegar a este enemigo invisible, todos hemos fallado».

Pero debemos aprender a crear y descubrir la necesidad de cuidar el planeta, redescubrirnos por dentro; respetar a los nuevos héroes de la salud y de seguridad ciudadana. No somos perfectos, pero si perfectibles. Solo quien no acciona no comete errores. Necesitamos accionar ahora y en la postguerra viral.

Nota. Mi pesar a la familia de dos grandes amigos escritores chilenos: Luis Sepúlveda, promotor de la Literatura Iberoamericana en España, víctima de la pandemia; y a Sergio Román Lagunas, gran promotor y divulgador de las letras centroamericanas, fallecido hace un año por otras causas. Román Lagunas desde el Congreso Internacional de Literatura Centroamericana (CILCA), logró reunirnos en universidades de todos los países de América Central, Europa y los Estados Unidos. Mi respeto profundo a ambos en esta Semana Mundial del Libro.

Y, sobre todo, ánimo

Quizás habré tenido unos nueve años, en segundo grado, escuela pública «Antonio Rosales», de San Miguel, cuando llegaba a conversar a la barbería «La flor»; a unas cuatro cuadras frente al parque del cementerio. Además, el barbero tenía los periódicos para servicio de sus clientes, yo era uno de ellos, y a él le gustaba conversar conmigo. En ese entonces ya leía los diarios en una venta de granos cerca del mercado. El propietario, don Chico Estrada, me permitía pasar por su negocio a leer, los días de semana, al regresar de la escuela a mi casa. De modo que, a esa edad ya estaba informado en temas de mi interés, tiras cómicas en primer lugar. Todo un paraíso para un niño que podía defenderse solo en la calle, ¿Edad de Oro de la época?

Al barbero don Saúl le interesaban las noticias internacionales. «Y a vos cipote, ¿qué clase de noticias te gusta leer?». Le respondía que las nacionales porque las internacionales eran noticias muy lejanas. Yo le repreguntaba «¿Y a usted porqué le gustan las internacionales?». Me respondía que los barberos usaban instrumentos fabricados en Alemania, y en tiempos de guerra (Segunda Guerra Mundial), era difícil conseguir navajas y tijeras, marca Solingen. «Son las mejores del mundo», me decía.

Reflexionando sobre uno de los elementos de mi trabajo humanista, como es el periodismo cultural, he tenido tiempo de reflexionar sobre la vocación no solo de la lectura, sino la de estar informado. Gracias a ello quise conocer la realidad desde chiquillo, pude experimentar escritura creativa a temprana edad, y alternar con mayores.

Sin información es difícil adivinar, pese a profundidades teóricas: se debe convivir con las realidades terrestres. Conocer y formarse con libros, informarse con periódicos, analógicos o digitales, incluso con redes sociales, todo es viable para la lectura. Por ella se conocen desánimos, pasiones, ira social; para descubrir la otra realidad del pensamiento creativo, no dogmático, sin prejuicios.

Todos esos medios formativos propician diferentes grados de conocimiento: se reflexiona para fortalecer el espíritu crítico, que conlleva proponer ideas constructivas. Aunque en los primeros veinte años de paz, pocos ocupamos los espacios reflexivos para sanar las iras sociales, provenientes de lesiones físicas o sicológicas, propio de un país con tantas tragedias históricas.

Y por lo general, esas limitaciones del pasado reciente se revierten en negativismo para la convivencia; dichos vacíos producen animosidades muchas veces injustificadas: problemas sicológicos producto de exclusiones e inequidad que afectan la convivencia y la paz social.

La información, que tiene como fuente todo tipo de lectura, podría reconstruir nuestros sistemas biológicos, incluyendo defensas inmunológicas, porque recrea, y produce actitudes sensibles, importantes para adquirir una cultura de reconstrucción. Con lo cual ganamos porque podemos disfrutar de buen ánimo, incluso alegría, para anteponerse a la ira, a ansiedades y al estrés que destruye el sistema inmunológico, explicables por los vacíos que tenemos a lo largo de la historia. La idea es neutralizar el círculo sin fin que afecta nuestro bienestar físico y psíquico.

Recuerdo que leí en el Washington Post (mediados de los años 80) sobre una visita hecha por psicólogos norteamericanos que conocieron la zona de guerra en Guazapa, decía la nota que «de no parar el conflicto en estos momentos, El Salvador sufrirá graves consecuencias por las tres generaciones futuras». La prisa por cubrir grandes vacíos institucionales no permitió atender las secuelas. Como consecuencia, el costo ha sido trágico en los últimos treinta años.

¿Qué podemos decir ahora que nos asola una guerra global como una pandemia asintomática hasta presentar resultados impredecibles? Si con una guerra tradicional ya no fuimos los mismos, desde ese punto de vista anímico, ¿que podría suceder con un virus inesperado, destructivo en sus efectos inmediatos, al grado que analistas internacionales lo asimilan a una tercera guerra mundial? Por esa razón el mundo está obligado a ganarla juntos. Los humanos la transmitimos, los humanos estamos obligados a ganarla. Todos formamos parte de esas «fuerzas aliadas». Por eso, ahora más que nunca requerimos solidaridad planetaria.

Es la hora de crear pensamiento efectivo que nos lleve a las renovaciones que nunca fueron posibles a cabalidad, un esfuerzo intelectual (concepto tan detestado), cuya bandera concilie todos los matices. Somos pasajeros asociados de un planeta que se expande al futuro.

Sabemos que subsisten otras tres pandemias que provocan hasta tres millones de muertes anuales: la tuberculosis, la malaria y el VIH; pero la característica de la actual, que muchos minimizaron como una gripe agravada, es la velocidad con que afecta al mundo antes de reacomodarnos para combatirla. Todo pareciera impredecible, y la incertidumbre se vuelve negativa para el buen ánimo defensivo.

La preocupación en nuestro país tiene dos frentes sensibles: el comercio informal, que responde a pobreza centenaria (hace cien años lo escribió Alberto Masferrer y murió por intentar resolverla); y las remesas. Ante eso vamos a requerir madurez participativa y sensibilidad hacia los demás. Si queremos salir de la crisis hacia la renovación social y económica del país futuro, debemos cultivar motivaciones, y sueños con el deseo de vivir.

Economía y educación: estructuran el bienestar de las naciones, mantienen la armonía social. El teórico de la economía capitalista Adam Smith en su libro «Teoría de los Sentimientos Morales» (1759), afirma: «Por más egoísta que parezcamos los humanos, hay elementos que nos hace interesarnos en la felicidad de los otros (…) ni el mayor malhechor, o transgresor de las leyes carece del todo de estos sentimientos». Son palabras maestras para darnos aliento. Pensamientos, algunos milenarios, dirigidos a la humanidad con gran intuición para remontarse sobre los siglos. Palabras y advertencias base de la cultura occidental.

Veámoslo si no con Salomón, (hace unos 6 mil años): donde figura la frase conocida: «Nihil novum sub soli», es decir: «¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; no hay nada nuevo bajo el sol», Libro del Eclesiastés. Demos gracias entonces a la vida. Quedemos en casa. Socialicemos con tecnología.

Pandemia y cultura ciudadana

En agosto de 1970, se publicó mi primera novela «El Valle de las Hamacas». Recibí tres reseñas de diarios de Buenos Aires, una de ellos elogiosa de Camilo José Cela, muchos años después Premio Nobel, escritor español, exiliado en Argentina. Las otras dos reseñas no estuvieron de acuerdo. Entre estas, me llamó la atención la que decía: «Se nota que el escritor no tiene nada que decir». Y resulta que para cualquier país centroamericano, era decir bastante. Y, además, necesitamos decir mucho. Igual, cincuenta años después.

Todo escritor de América Latina tiene mucha responsabilidad social, el problema es cómo abordarla, qué decir y qué grado de cultura lectora hay en el entorno para dirigirse a él. En esa época éramos un país inadvertido en el Sur de nuestro continente, excepto por una publicación de la época: «La Pájara Pinta», revista literaria. Cuando muchos no sabían de la existencia de El Salvador. Ni aun los escritores.

Y esto no es parcialismo político: nos decían los poetas de «la pájara pinta», lo único que conocían del país. Dos décadas después, cuando iba rumbo a la Universidad de Stanford, me encontré con el presidente de la Unión de Escritores de Chile, y me decía de ignorar la existencia de nuestro país excepto porque a veces desde México le publicaban a Roque Dalton y entre paréntesis escribían «salvadoreño». Son verdades increíbles: ellos comenzaron a saber del país por el drama de la guerra civil.

Esta introducción me la impulsó escribir la realidad del virus global. Muchos en el primer mundo no lo creyeron, hasta que llegó la muerte. Pese a que el Viejo Continente sufrió mortandades por pandemias y pestes desde hace siglos, cuando se desconocían las causas por lo cual se atribuía a castigo de Dios. Así la Peste Negra causó en aquellos continentes la muerte de 200 millones (años 1347-1341). Se calcula que causó la muerte de la mitad de la población mundial. Más reciente, en el siglo pasado, la Gripe Española (1918-1919), causó 40 millones de muertos en dos años. Y el VIH/SIDA, desde 1981, lleva un aproximado de 30 millones de fallecidos.

En Centroamérica, la más conocida es la epidemia del cólera morbus, en 1856, comenzó con la guerra contra los filibusteros que en esos momentos se oponía luchando la fracción conservadora de Nicaragua y sobre todo los milicianos de Costa Rica, bajo la jefatura del presidente Juan Rafael Mora.

En las primeras batallas que se dieron entre costarricenses y los filibusteros, la más trágica y heroica fue en la ciudad de Rivas, Nicaragua, (1856). El jefe filibustero William Walker había invadido Costa Rica, fueron derrotados y perseguidos hasta Rivas, territorio nicaragüense en la costa del Pacífico. Y los mercenarios invasores fueron derrotados de nuevo.

Pero los costarricenses no pudieron culminar la derrota con la eliminación de Walker que dirigía el combate, y fue porque la peste del cólera comenzó a fulminar a los costarricenses que peleaban al mando de los generales José Joaquín Mora y José María Cañas (salvadoreño).

En esa batalla sobresalió el soldado Juan Santamaría, reconocido héroe de Costa Rica. Posteriormente los cuatro, incluyendo al que fuera tres veces presidente, Juanito Mora, han sido declarados en las últimas décadas héroes de la Guerra Patria Centroamericana. Aunque en esa primera batalla de Rivas aun no participaban los ejércitos de la región.

Me he extendido en ese punto porque, después de esa batalla, el ejército costarricense, al rescatar los soldados heridos y enfermos por la peste, contagió a todo el país. Así un acto de humanidad y heroico, dicho rescate», llevó la epidemia a casi toda Costa Rica causando la mortandad de la décima parte de su población. Una vez ampliada la guerra a toda Centroamérica, la epidemia causó cientos de víctimas, incluyendo el general Mariano Paredes, expresidente de Guatemala, jefe del ejército que combatía en Nicaragua.

Esa epidemia las ignoramos en El Salvador, igual otros países hermanos, a excepción de Costa Rica. Hasta hace poco ni siquiera hay placas o monumentos conmemorativos, de una épica que incluyo grandes pérdidas por la guerra y el cólera. Es el drama centroamericano del silencio, del olvido, de la ingratitud histórica.

Fueron sucesos de mediados del siglo XIX. Podemos imaginarnos el terror que se producía entre los combatientes por falta de conocimiento de las causas letales, de la que solo se conocían los efectos: una muerte dolorosa, horrible, en el mundo, era el cólera morbus.

Y en el entorno de la cuarta revolución industrial, es un pecado desconocer la trascendencia de una pandemia que por mutación tiene su origen en los años 80 del siglo pasado. Precisamente por desconocer los efectos, o cura de esa mutación, el prevenir juega un papel fundamental que evitará una mortandad incontenible, si recordamos las pestes de la Edad Media. Claro, eso implica un costo hasta ahora incalculable que afectará la economía mundial.

Y si bien es cierto que el tabaco origina 8 millones de muertes al año, es un mal conocido y depende de la voluntad de cada quien; pero el virus que nos tiene en cuarentena familiar por ser exponencial, es decir de efecto multiplicador, puede producir en pocos meses un exterminio impredecible, podemos mencionar las casi ochocientos muertos en 24 horas, en Italia, y por dos días más no bajaron de 500 fallecidos. O los más de quinientos en España, cuando escribo estas líneas.

La diferencia es que la ciencia actual puede descubrir y combatir los orígenes de toda peste, que en el pasado europeo originó millones de muertos. Para mientras se descubre la vacuna, la prevención es quedarse en casa y otras indicaciones promovidas.

No es pesimismo, ni aventura hacia lo desconocido, conocemos sus efectos. Como se dice en estos días en Italia, «calma, en la Segunda Guerra Mundial nos llamaron para partir hacia la muerte en la guerra, ahora solo previenen quedarnos en casa».

Así es, la esperanza para cualquier edad es prevenir, la vida es hoy con la responsabilidad de mañana.

Héroes, heroínas y pensamiento literario

Cuando escribí mi novela «Un Día en la Vida», novela ganadora de un premio nacional (1980), nunca imaginé que una pieza literaria salvadoreña podría tener trascendencia internacional. Eran hechos de ficción y realidad, como los que enfrentó el departamento de Chalatenango, en un marco limitado como para llamar la atención fuera de nuestras fronteras. Letras escritas sin pretensiones de impactar, excepto por la propia situación de violencia civil y represión institucional.

Una obra sin personajes heroicos, como se conoce tradicionalmente, nada de líderes y personajes con un poder ganado por acciones extraordinarias. Por el contrario, se trataba de escribir desde las voces más excluidas, sobre los que tenían lo justo para sobrevivir, los que habitaban en un rancho de palos y zacate y sobre los que aún trabajan de sol a sol, aman a sus perros, disfrutan sus humildes pertenencias. Los más vulnerable a las injusticias. En fin, los descalzos en sentido real y figurado.

Se les da voz a las mujeres que expresan, sin ocultar, los impactos de su dolor y, que, en el hombre, debe ocultarse para ser hombre. En fin, descubrirlas como actoras sin el sensacionalismo llamativo del personaje objeto.

Fue en los Países Bajos (Holanda) donde se descubrió, en 1981, una novela que, para el escritor, estaba destinada a plasmar hechos de la cotidianidad que ni siquiera podrían merecer calificación de históricos; producto de catarsis e intuición, despertadas por un sentido de compasión y rechazo al horror que golpeaba a la población civil, a aquellos que «nadie sabe de dónde son». No se necesitaba residir en El Salvador para conocer e interpretar aquellas emociones.

El escritor lo logra mediante concentración y reflexión, nacidas de una lectura humanística que se sumerge en las limitaciones nacionales y que veinte o treinta años después, comparte su mismo dolor. A veces, haberlo descubierto pareciera obra de la casualidad.

Pero en arte no hay casualidades, sino trabajo mental que desde los griegos antiguos lo asimilaron al ocio, para diferenciarlo del neg-ocio producto del trabajo predominantemente físico, sin desconocer que este es la fuente del pensamiento, y la filosofía, sin lo cual «no habría políticos ni ciudadanos», según conceptos del padre fundador de las ideas-base (vivas aún) de la cultura occidental (Aristóteles, 322 años A. de Cristo).

Para esa producción mental, ociosa, es necesario información y conocimiento de la realidad universal, que no se contradice con la nacional, incluso provinciana, pero que origina el estereotipo del arte como labor improductiva. De ahí vienen los vacíos y las carencias de interés por las expresiones artísticas en lo que llamamos: tercer mundo.

Estas ideas que expongo me hacen recordar una vieja anécdota que me gusta repetir: el escritor inglés Bernard Shaw está sentado en el porche de su casa, pasa un vecino, lo saluda y le dice: Mr. Shaw, ¿descansando?. El humanista le responde: No, trabajando. Otro día pasa el mismo vecino mientras Shaw poda su jardín. Le pregunta ¿Mr. Shaw, trabajando?, Shaw la responde: No, descansando. Para el vecino Shaw era un iluso o un excéntrico. Pero es así como surgen los prejuicios y exclusiones sociales.

Por otro lado, el escritor que escribe con intuiciones, como decir: «adivinaciones», sin ser tales, no son resultados de conocimiento físico y emotivo. No siempre será consciente de cómo se alcanzó aquel producto. El ejemplo más conocido es Van Gogh, quien no pudo entender su pintura y no pudo vender un cuadro en su vida, y el no sabía la razón, ni su hermano que era experto vendedor de arte. Luego se descubrió la calidad de su obra.

Me pasó con «Un día en la vida», estaba de visita en Costa Rica cuando un periódico anunciaba que se iba a defender públicamente la tesis doctoral titulada «Un día en la vida y la Biblia». No quise perderme algo que ignoraba; y descubrí que no siempre se es consciente del resultado de una idea creativa.

En ese propósito me refiero a una crítica que no logró descubrir las intenciones de un escritor. Me refiero a una reseña sobre «El Coronel no tiene quien le escriba», de Gabriel García Márquez. El reseñista publicó que el gallo abrazado por el coronel, final de la obra, era el pueblo colombiano. El periodista y escritor colombiano con esa ironía letal le contradijo: «suerte tuve con el fin de esa novela pues quise terminarla degollando al gallo, ¡imagínense, hubiera quedado como un magnicida del pueblo» (cito de memoria). Y el escritor explica en sus biografía que «el gallo era gallo, pero el reseñista quiso interpretarlo ideológicamente como a él le hubiera gustado».

Sí, porque la novela es ficción desde la realidad. En la escritura creativa no se advierte la diferencia entre lo real y lo imaginario.

Por esa razón, volviendo a los Países Bajos, en una conferencia de prensa (1981) este escritor, que respondía las preguntas, hizo él preguntar a los periodistas: «Quisiera saber por qué ha gustado tanto esta obra al lector holandés». Su respuesta dio tres razones: lenguaje sencillo acorde con la sencillez de los personajes; se tomó como personaje principal a una mujer; y tercero, por provenir los contenidos de un centroamericano; la periodista se extendió sobre la fama de la cultura patriarcal de los latinoamericanos. Y agregó: «Usted descubrió una heroína donde otros no lo ven».

Nota de Duelo.- Mi pesar por un héroe de la poesía. Ernesto Cardenal, sacerdote y poeta, ha partido a reunirse con el cosmos, al que cantó. Cito mi gran recuerdo cuando lo visité siendo Ministro de Cultura, lo vi sentado en la grama, bajo un árbol de la zona verde, rodeado de visitantes extranjeros. Otro recuerdo: coincidimos en el Aeropuerto de Costa Rica. Lo noté preocupado porque tenía una hora de esperar y no habían llegado por él. Lo invité para que nos fuéramos juntos. No volví a ver el esplendor creativo de su persona. Del gran heredero de Rubén Darío.

Paz y prosperidad con innovación social

Siempre me ha preocupado el tema de educación como base del desarrollo integral de nuestro país, del cual nuestro país ha adquirido el compromiso de cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), planteados por la ONU, que incluye el cultivo de la creatividad en todos los aspectos de la vida, a la vez de buscar innovaciones acordes con la época, y estimular conocimiento con información tecnológica. Son 17 los objetivos cuyo logro de metas se establece en la agenda al 2030. Prácticamente, es un compromiso planetario.

Dentro de la tercera generación industrial, tanto niños, adolescentes y jóvenes se han adentrado a un aprendizaje informático y digital como práctica cotidiana. Esto obliga a cambiar enfoques educativos tomando en cuenta esa realidad. Compromiso a cumplir en el plazo establecido en la Agenda. Veamos lo que dice la ONU al plantear los ODS.

«(Hacer del planeta tierra) la casa común de la humanidad». Significa encontrar soluciones asociadas para aceptar los retos de sobrevivencia, entre ellos paz y prosperidad, que se debe lograr en alianzas «entre Estado, gobierno y sociedad». Algunas metas ya tienen un avance en El Salvador (Ver Informe 2019 sobre esos compromisos y cumplimientos, Cooperación Española, 2019, AECID).

Para abordar los temas relacionados con cambio y tecnología aplicados a la educación se necesita formación especializada, y ese reto deben retomarlo las universidades prepararse para recibir «el futuro», representado por esos geniecitos de las generaciones Alpha y centenial (entre 9 y 23 años), que nacieron con el chip tecnológico incorporado. Igualmente deben prepararse las bibliotecas (4º. Objetivo), libro, lectura, investigación, y creatividad.

Cuando se pensó que cada estudiante debería tener una computadora se olvidó que gran porcentaje de la población carece de energía eléctrica y de Internet, de agua, y asistencia en salud. Son las instancias educativas y culturales las que deben prepararse para guiar al usuario planetario en el uso de las «aplicaciones» tecnológicas.

Recuerdo una frase en «Edipo Rey», Sófocles (496 a.C., y 406 a.C.): «Nada es la nave, nada la torre, sin alguien dentro que la habite» (una frase para mí inolvidable), porque bromeamos tras bambalinas en la obra presentada en el Gimnasio Nacional, entre otros con Roque Dalton, uno de los actores de la producción del «Teatro Universitario» ¿1963?), a mi persona la habían rebajado a ayudante. Del un elenco de 25 personas recuerdo a Elisa Mesa, a Orlando Castro de la Cotera, a Miguel Parada (+), a Raúl Monzón (+) a Roque Dalton (+).a Arístides Larín (+); Carmencita de Vides (+), todos fueron después profesionales y académicos.

Estas son las reflexiones a partir de mis experiencias:

1. Deponer intereses personales para formular e implementar políticas públicas en el ramo educativo para no partir de cero en cada gestión institucional. El compromiso lo tenemos con las tiernas generaciones Alpha (nacidos después del 2010), un compromiso que corresponde cumplir a las generaciones adultas sin distinción edad, pues el uso de las nuevas tecnologías, involucran a la familia.

2. ¿Cómo apropiarnos de la torre y la nave tecnológica para que sean habitadas por un cerebro creativo? E informar al mundo e informarnos. Para ello requerimos investigación, inventivas, conocimiento técnico integral de los ejecutivos, y presupuesto de inversión.

3. Casi siempre atendemos en la Biblioteca a grupos preadolescentes y adolescentes, con sus respectivos maestros. En el pasado mes de enero uno de los docentes preguntó cuáles eran los Países Bajos (yo había hecho mención por ser el holandés la primera traducción de Un Día en la Vida). Devolví la pregunta. «¿Alguien lo sabe?». Algunos profesores mencionaron varios países de Europa, incluyendo Suecia, Bélgica, Holanda, Finlandia, incluso Groenlandia. «¿Nadie sabe?»

Entonces un chico de unos once años levantó la man para responder: «Los Países Bajos es solo un país llamado Holanda». Y explicó que tiene varias provincias (doce) dos de ellas llevan el nombre de Holanda. «Perfecto», respondí. El nombre del estado soberano es Países Bajos. No Holanda. A esta estas respuestas le llamo efecto generacional.

Comparé con otro error similar cuando decimos hablar el español. En verdad es el castellano, pues en España hay seis comunidades con su propia lengua cooficial, además del castellano, idioma oficial del país.

4. Para innovar necesitamos socializar entre sectores diversos y estimular formación creatividad para que nos tome desprevenidos la cuarta generación industrial y nos convirtamos en precarios consumidores. Para ello debemos fomentar y promover la investigación, el libro, las bibliotecas, la lectura, medios de conocimiento como pueden serlo las aplicaciones tecnológicas para apoyar el aprendizaje.

5. Tenemos que apropiarnos de esa realidad digital para orientar a niños y niñas y rescatar así su futuro. El futuro de todos. No dejarles como solución las caravanas, las deserciones o los barrotes por falta de inversión estratégica.

6. Innovar las bibliotecas y la escuela en todos sus niveles, con criterio amplio, hacerlas atractivas para el nuevo usuario generacional. Sin olvidar que entre las innovaciones está la lectura y la investigación; incluye las mismas Bibliotecas Nacionales, cuyo objetivo histórico es recopilar el patrimonio bibliográfico de la Nación, organizarlo, preservarlo y ponerlo a disponibilidad.

Por su lado, las Bibliotecas Públicas (BPs), tienen función adicional de la lectura la prevención de violencia. Ejemplo es Medellín, donde se crearon jardines bibliotecarios pensando en la familia, incluyen talleres, anfiteatros, y juegos recreativos. .

En Costa Rica se informa que sus Bibliotecas Públicas cuentan con un millón de usuarios anuales, inclusive imparten sesiones de zumba gimnastica, yoga, juegos en línea, cursos de inglés (Daniela Cerdas, La Nación, 14/01/2018). Creo que debemos incorporar la prohibición de guardar silencio en una biblioteca. En fin, implementar creatividad para promover la lectura como último fin hacia el conocimiento formativo. También las bibliotecas nacionales deben contar con sus propias modalidades culturales y tecnológicas para fomentar la investigación.

Resumo: crear e Innovar con sensibilidad social. Los robots, que ya en China manejan algunos restaurantes, son producto demostrable que «nada es la torre y la nave» si adentro no hay un cerebro que la habite.

Hacia una ruta histórica urbana

La naturaleza y el humano no permitieron preservar las señales de identidad en los centros urbanos, vacío que dio paso al deterioro arquitectónico, obviando así una expresión estética y a veces pérdida de patrimonio edificado. Uno de los fundadores de la Generación Comprometida dice: «En San Salvador los mejores urbanistas han sido el fuego y los terremotos». Y eso produjo «una ciudad marchita, desconsolada». («Ciudad Casa de todos», MINED, 1968, Álvaro Menén Desleal).

Sin embargo, mucho se está salvando en los dos últimos gobiernos locales de San Salvador, otros en el pasado lo intentaron, pero se revirtió en triste devaluación de la riqueza edificada. Un San Salvador llamado «pequeño París de Centroamérica» terminó con el terremoto de 1915.

No solo la naturaleza, también el hombre quiso renovar provocando incendios ilegales en las década del 50 del siglo pasado. Escribí un libro con este tema de piromanía que a las nuevas generaciones lo real les parecería irreal. Pero también son experiencias para el aprendizaje. Tomando en cuenta que la humanidad no es un bebé generacional sino una anciana de sabiduría milenaria. Así, hemos perdido por inopia, la arquitectura emblemática, perdida a pausas que ha dado paso a parqueos, gasolineras. Por vacíos de planificación.

No estaríamos completos si no se diera el rescate de esos espacios de la capital, que implica darle espacio al que camina a pie en unas calles que se hicieron para que transitaran recuas de mulas (hay fotos de mulas «parqueadas» en el antiguo Palacio Nacional, finales del siglo XIX). Los vacíos urbanos provienen por no contar o no cumplir con las políticas arquitectónicas, por ejemplo no se tomó en cuenta el crecimiento de la población; además, por una descentralización urbana a raíz de las catástrofes o el desinterés.

Si queremos promover las zonas históricas debemos hacer una renovación. No retomar estos temas por pura nostalgia, sino por respeto a nuestra historia, que sea un tema que permita apropiarnos de nuestras realidades de identificación nacional, no permitir que el olvido se convierta en cien años de ingratitud (parodio a García Márquez).

En verdad, la imaginación nos permite considerar nuestro presente de modo que este día que la gente camina por las calles, o cuando escribo este trabajo, dentro de veinticuatro horas ya será historia, porque el cordón umbilical, oferente de vida, no se corta sino hasta la muerte. Esto asegura el futuro que seremos, en un tiempo que es como el río de Heráclito, que fluye en constante cambio y crecimiento, las aguas que miramos correr, en el momento de observación no son las mismas cada segundo que pasa; pero sigue siendo el mismo río.

Derruido y olvidado, es un deber rescatar lo que nos queda en esas 50 o 40 manzanas históricas de San Salvador. Y me refiero a espacios relegados. Ahí donde se desarrollaron acciones de la vida cotidiana, y que por razones de la naturaleza se cambió de localización el transcurso de esa vida. Ahí estuvieron centros escolares, lugares comerciales, sitios de recreación, instituciones gubernamentales, medios de información. Ahí se dio una práctica política limitada casi siempre por el autoritarismo.

Además, ese rescate de identidad permite generar conocimiento, y este a la vez repercute en la economía por turismo cultural. De modo que la modernización urbana o global no se contradice con el respeto a las señales históricas, como es el centro de una ciudad. Entre otras cosas, invertir en placas rememorativas, en monumentos conmemorativos relacionados con la cultura en general. No solo para salir del paso, pues algunos más parecen adefesios, excepto los que tuvieron financiamiento por razones políticas no siempre meritorias.

Es cierto, tenemos situaciones por resolver como es el deterioro económico que produjo proliferación de comercio informal, hacinamiento, inseguridad, además de la marginalidad y exclusión de gran parte de la población que produce un problema que contribuye a la depreciación del ambiente urbano.

Porque no es que todo tiempo pasado fue mejor, pero esas edificaciones son históricas por producir vida en todas sus manifestaciones. Por ejemplo se podía asistir al Teatro Nacional a presenciar obras en horarios nocturnas. O visitar restaurantes como El Migueleño, El Mercedes, el México, los panes Gutiérrez, los Frijolitos Carlota. Bares como La Praviana, El Paraíso de Adán, el Chipilín, Chalo´s, el Lutecia, el Gambrinus. Y los cafés que mencioné en trabajo anterior.

O bien sitios de disfrute familiar y restaurantes como el Mercedes, el Sorbelandia, el Bengoa, todos alrededor del Teatro Nacional o a inmediaciones de la Segunda Avenida, ahora Monseñor Romero. O bien entidades culturales como Editorial Benjamín Cisneros (ahí resurgieron la Revista Universidad, La Pájara Pinta, Vida Universitarias y las primeras colecciones literarias proyectadas al mercado(. También estuvo el Centro Social Universitario, donde salían los famosos «desfiles bufos». Agregamos cines como el Apolo, el Izalco, el París, el América, el Follies, Cinelandia, Cine Popular, Principal, todo un mapa cultural.

O librerías que comercializaron obras de editoriales extranjeras. Cito la Cultural (de don Kurt Whalen) y la Claridad de Ana Rosa Ochoa (escritora y secretaria de Alberto Masferrer). También tuvo sede el Teatro Universitario, cercano a la Rectoría y Facultad de Humanidades, contiguo a lo que fue el Colegio Sagrado Corazón (a tres cuadras al Poniente de lo que fue ANTEL). Por cierto ambos centros fueron invadidos y objeto de vandalismo, además de golpear a estudiantes, incluyendo autoridades universitarias, entre ellas el Rector Napoleón Rodríguez Ruiz, el único novelista de la época con su obra «Jaragua». Este drama político lo narro en mi obra «El Valle de las Hamacas» (Argentina, 1970: y UCA Editores, 1992). En fin, tantas cosas para no echar al olvido la historia patria

Nota.- Un saludo al cineasta Alfonso Quijada que próximamente inaugurará «Apex Studios» y presentará el rodaje de su primera obra como director de cine, «El suspiro del silencio». En el Café «Luz Negra», reunido Quijada con varios cineastas europeos y canadienses, me dio a conocer una sinopsis general de su película cuya temática es El Salvador.

Centro histórico, nostalgia y cultura

Una de las sorpresas que se lleva quien pertenece a las nuevas generaciones de adultos es descubrir que el Centro Histórico es la «gran casa de todos», es decir, la «sala museo» de la ciudad. Lástima que fue abandonada después del terremoto de 1986. Fue por temor a la falla tectónica del centro de San Salvador. Desde entonces, se dejó su existencia a la buena de Dios; solo apto para los que, con resignación, aceptaron quedarse.

Abandonado, es cierto, por nuestras etapas dramáticas y sociales, pero no desaparecido. Desde ese abandono, me he dedicado por dos décadas, cada día, por lo menos los laborales, a recorrerlo y a reencontrarme. Es como convivir, que es conocer. Si no conocemos resulta arduo tomar decisiones acertadas.

No obstante el trauma de años pasados, no exento de temores y explicable para nuevas y anteriores generaciones, me dio por recorrer sus calles como lo hace cualquier ciudadano para ganar el sustento diario. Como los niños que han hecho suyo el Centro Histórico, como cuando alguien carente de juguetes se encuentra uno tirado en la calle.

Sí, nos hemos fortalecido en esta zona histórica. Y, a contrario sensu, hemos ganado el derecho a sentirnos de su propiedad. No sorprenda entonces que, pese al embellecimiento actual y al atractivo despertado en los últimos tres o cuatro años, sobrevive el vendedor informal. Que no moleste esa realidad, paciencia hermanos, ya alcanzará el presupuesto para reubicaciones en centros comerciales populares. Por no llamarlos mercados.

Pese a todo lo anterior, agrego que mi vida, una vez emigrado como estudiante universitario desde San Miguel, fue también por muchos años parte de mi entorno vital. Porque aquí crecimos y nos desarrollamos en todos los sentidos, económica y culturalmente hablando. Cultura originaria, raíz donde creció ese sentimiento que algunos llaman nostalgia cuando se está fuera de su país, lejos de lo que llamamos patria, de la cual afirmamos sentirnos orgullosos.

He tenido la suerte de recorrer las locaciones que forman el Centro Histórico y puedo hablar con propiedad sobre su riqueza edificada, convertida en patrimonio de la ciudad y de la Nación. Son 50 o 40 manzanas que nos atan al fervor nacional (entendido como fervor patriótico, aunque esto no suene tan bien).

Se fue perdiendo el amor por ese espacio, pero, desde ese rechazo, ha ido surgiendo como el Ave Fénix alzar vuelo sobre un novedoso San Salvador. Libre de aprisionamiento por quienes lo prefirieron invisible, feo, destinado a la cultura de los marginales. Solamente los hados de la historia pudieron salvar el patrimonio edificado con sus muestras emblemáticas como Catedral, Teatro y Palacio Nacional, los dos portales frente a la plaza Libertad y las iglesias del Rosario y Calvario. Posteriormente llegó la Biblioteca Nacional.

Al regresar a mi país, después de décadas de ausencia, decidí congraciarme con esas 40 o 50 manzanas. Ahí donde presentábamos obras dramáticas en el Teatro Nacional, con directores como los maestros André Moureau, o Edmundo Barbero, y a teatro lleno. Pese a que las obras terminaban a las diez u once de la noche, con actores improvisados como Roque Dalton, Roberto Armijo, Hildebrando Juárez, Miguel Parada (después Rector de la UES). Este último era el único que hacía papeles principales; mi persona y otros poetas hacíamos papeles secundarios: verdugos, soldados, sirvientes, sin decir palabras; quizás un grito (solo éramos parte del marketing, pero cumplíamos con desenfado).

De esas realidades nació mi última novela publicada: «Los Poetas del Mal», o Generación Comprometida. En horas del día nos encontrábamos como periodistas cercanos las fuentes: Asamblea Legislativa y Ministerios, alojados en el Palacio Nacional. Cerca estaban los cafés para esperar las noticias: El Izalco, el Doreña, la Bella Nápoles, el Americano, y España. Ninguno de estos locales sobrevive. Como advierten, los lugares visitados lo fueron por razones de trabajo, o para departir sobre poesía alrededor de una taza de café. Los periodistas hacían lobby mientras llegaba la noticia. También eran sitios frecuentados por policías encubiertos para ver si descubrían pláticas contra el orden establecido por los gobiernos militares de turno.

Los «poetas del mal», además de escribir, también hacíamos periodismo radial. E incluso televisivo, pues uno de nosotros, Álvaro Menén Desleal, tuvo el primer telenoticiero en un edificio que retó el derrumbe del 1986 (Edificio Central), aun está ahí diagonal a Plaza Libertad, depreciado pero vivo.

Todo esto lo recupera mi nostalgia, entorno de mi vida de estudiante universitario y ciudadano especial, digo, porque fue ahí donde creció lo que la historia cultural conoce como Generación Comprometida, que ha ido dejando las señales de su presencia futura con su obra literaria.

Sobre el Centro Histórico recuerdo las palabras del investigador español Antonio Espada, quien escribió (2007) que «la parte más bella de San Salvador está en esa zona depreciada por la catástrofe del 1986». Lo demuestra con fotos publicadas en un medio digital.

Otro español, en el mismo año, exaltó a la Iglesia del Rosario como una bella escultura: «Cuando entro, dan deseos de quedarse como huésped toda la vida». Es extraño, pero las palabras de dos españoles me hicieron recapacitar en que yo pasaba todas las semana en ese lugar, después de haber vivido ausente de mi país por más de 21 años; pero fui a lo mío: mi compromiso laboral. Fueron esos dos testimonios de los europeos que me retaron a recobrar lo que fue parte de una vida intelectual, por la cual los escritores arriesgaron bienestar y beneplácitos.

Con los dos españoles comenzó la ruptura de traumas dramáticos por intolerancias y muertes. En aquellas épocas, originadas desde la institucionalidad. Y valoré las causas de quienes solo vieron fealdad: calles llenas de humo vehicular venenoso y violencia social. No por la guerra, sino por paz cotidiana. Cuando, según estadísticas de hace unas dos décadas, nuestra ciudad orgullo se había convertido en las tres más violentas del mundo. Pese a todo, «o tempora, o mores» (Catilinarias, Cicerón). Oh, dolores y amores.

Alfabetización, libros, pensamiento y desarrollo

Cuando se habla de suprimir el analfabetismo, las estadísticas incluyen a quienes apenas aprendieron a escribir su nombre, su firma y conocer los números. No obstante, la gente humilde es feliz.

Recuerdo que le pregunté a una señora de una comunidad, allá por La Unión (el Caulotillo): «¿Qué importancia le da al hecho de haber recibido clases para alfabetizarse?». Me respondió: «Conocer los números del teléfono y poner mi firma, pues así puedo llamar a mi gente que vive en el exterior, y eso me permite firmar por las remesas».

Por supuesto que mealfabe sentí bien con su respuesta. Pero no basta, es grato que la población rural, alejada del mundanal ruido, tenga un conocimiento elemental para sobrevivir y defenderse de la pobreza. Es un primer paso, lo peor sería no darlo. Aunque esto no basta.

Otra vez, en San Miguel, recibí una demostración del aprendizaje de una señora de un barrio de alta vulnerabilidad (Milagro de la Paz), y cuando le pregunté al alfabetizador si los alfabetizados conocían los números, pidió una voluntaria, una mujer sencilla que mientras recibía las clases sus pequeños hijos jugaban en el corredor de la escuelita. El instructor le dictó una cantidad superior al millón. Me quedé sorprendido que la señora escribió la cantidad de inmediato.

Mi asombro va más allá, cuando he conocido casos de quienes reciben educación formal en niveles más altos, inclusive superiores, que no pueden escribir de inmediato una cantidad dictada, superior al millón. Hay más ejemplos pero no quiero parecer ofensivo señalando malas prácticas de aprendizaje. Aunque eso ya es sabido: que un título no es suficiente para evaluar calidad formativa. Pero esto último es otro tema.

Sin embargo, si no hay sostenibilidad repercute en falta de oportunidades para emprender, para vencer realidades, para defenderse de la pobreza. Y lo mismo se aplica cuando hay analfabetismo funcional, quienes sabiendo leer y escribir, no alcanzan a percibir la importancia de una educación autodidacta mediante el libro y la lectura. La carencia de ese hábito, no le permite contar con medios que le lleven a beneficiarse en su vida laboral, o cae en desempleo y en dificultad para sus emprendimientos de sobrevivencia.

Además, hay alto porcentaje de analfabetos por desuso, que retroceden en su capacidad de lectura y escritura porque jamás van a tener un libro en sus manos. Incluyo el libro en los tres soportes: digital, analógico y audiolibro. En algunos de nuestros países regionales hemos descuidado el factor público de continuidad, sea por inopia, por carencia de recursos financieros para esos rubros, no obstante que contamos con recursos humanos preparados para dar la luz verde para vencer esos vacíos. Se ha avanzado, en parte, implementando programas de formación alternativa, pero se nos hace tarde para asimilarnos con efectividad al siglo XXI, y la era tecnológica. Países de otras regiones tuvieron condiciones de retraso, en las últimas cuatro décadas y sin embargo son ahora ejemplo de un desarrollo que casi pareciera inexplicable. Y cuya visión ha sido de la información tecnológica que lleva al conocimiento y a la inventiva.

Asia es el ejemplo palpable; pero igual en países pequeños europeos, que han sufrido las consecuencias de dos aterradoras guerras mundiales, tales como Finlandia, Islandia, o Países Bajos. Los conflictos bélicos y dictaduras padecidos por cuatro países de América Central, no justifica permitir la paralización. Pese, repito, a contar con recursos humanos calificados.

¿Qué faltaría? Políticas de Estado; racionalización del gasto público para que cultura, salud y educación sean prioritarios. Más aun se está volviendo una necesidad la reforma a las leyes obsoletas no adecuadas a la era tecnológica. De no ser así será difícil cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), como lo plantean las Naciones Unidas para superar todos los retrasos e inequidades. Y cultivar así una cultura de convivencia, a partir del respeto a las leyes.

En América Latina, hay por lo menos 10 países que tienen más del 98% de alfabetizados, por América Central se incluye Costa Rica en quinto lugar, después de Cuba, Chile, Uruguay y Argentina, en ese orden; pero no se trata de evaluar el hecho de leer y escribir, sino que han partido de esas acciones estratégicas para los logros educativos que incluye publicación de libros y fomento de esa industria que incluye promoción de lectura.

Si hay libros hay lectura, si no hay editoriales perdemos una base fundamental de desarrollo. México lo hace desde hace casi un siglo: publicación masiva para distribución en centros escolares.

A propósito, Alberto Fernández, presidente de Argentina, da una grata noticia: los programas educativos deben incluir la lectura de 183 libros en el año, entre ellos obras literarias. La lectura crea una cadena de resultados para favorecer el pensamiento crítico, hace comprender los problemas nacionales, y facilita la sinergia que permitirá una sociedad democrática y pacífica. Los países del mundo se fijaron una agenda de 30 años para cumplir los ODS.

Y al hablar de libros no debe hacerse distinción entre uno y otro soporte. En España, referente de desarrollo más cercano a nuestra cultura, el libro digital alcanza el primer renglón porcentual de lectura, seguido del audiolibro, y relegando a gran distancia al libro en papel, que no resta su importancia en la educación formal.

La idea es saltar la brecha que obstaculiza el camino hacia el logro del desarrollo sostenible según lo indica el PNUD. Aplicarlo en El Salvador es un compromiso para arribar a un país viable que priorice en programas hacia un país «productivo, educado, y seguro». Significa nuevo pensamiento, cambios de mentalidad hacia las limitaciones de los sectores más pobres.

Sobretodo visión de futuro, donde la calidad se valore a partir del conocimiento para adquirir habilidades creativas, valores y comprensión de la cultura contra las desigualdades; contar con agua potable, salud, educación de calidad, convivencia, igualdad de género. Son 17 objetivos planteados por las Naciones Unidas. Nuestro reto para salir del retraso secular.

Transporte público, idea al vuelo

A finales de diciembre leí en redes sociales reclamos por el subsidio del transporte, me llamó la atención una persona con espíritu crítico que solicitaba se hicieran propuestas, no solo desahogos e insultos. Es un tema político que preferiría no tocar, pero por tratarse de educación al ciudadano presento algunas ideas. Parto de una frase del escritor clásico alemán Goethe: «Gris es toda teoría amigo mío, pero verde es el árbol florido de la vida».

Estoy casi seguro de que quienes definen el problema no conocen el interior de un bus, aunque quizás lo conocieron en su época de limitaciones económicas; pero lo olvidaron. Para comprender las quejas del transporte público deben conocerlo por dentro quienes definen las políticas públicas. Me imagino la satisfacción del usuario, el de a pie, atestiguando la presencia de quienes definen esas políticas, en especial quienes nos legislan.

Una práctica territorial, sería valedera para solucionar el problema; conocer en directo el malestar ciudadano. Inclusive sería un acto mediático favorable al político partidario.

Cuando estudiaba Derecho (significa muchísimos años), me preguntaban cómo creía que podría solucionarse el tema del transporte urbano: «¿Crees que en un futuro utópico la clave para mejorarlo sería que cada familia tuviera un automóvil, o si la clave sería mejorar el transporte público?». Caí en la trampa. Respondí: «El automóvil, por supuesto». Después de visitar varios países de América Latina y los EE.UU., y Europa, reparo que el resultado beneficioso, utópico, es el transporte público. Expongo al respecto ideas partiendo del punto de vista de Goethe: Conozcamos la realidad. El tema es complejo por circunstancias propias del país después que negociaron la paz las partes en conflicto. Por razones de espacio reduzco las ideas:

Después de 21 años de ausencia, regresé a mi país, y me llamó la atención, viajando a San Miguel, mi ciudad, el caos vehicular, en especial en el bulevar del Ejército. Reparé en la zona verde desde San Martín hasta el «reloj de flores». Entonces escribí que la solución del transporte público sería un metro elevado. Bastaban dos rutas para comenzar: San Martín-Santa Tecla; Apopa-San Jacinto. La zona verde divisoria de los carriles era propicia. Aminoraba la inversión. Por supuesto que se debía invertir para ganar espacios en el abandonado centro de San Salvador. Por la vulnerabilidad sísmica del Valle de las Hamacas un subterráneo se ve inviable.

Es que al hablar de Metro pensamos en los subterráneos de Nueva York, Londres, México; y el de Moscú, considerado como un palacio bajo tierra, con 44 estaciones declaradas patrimonio cultural. En cualquiera de estos circulan millones de personas al día.

También hay otros metros de ciudad pequeñas, como el de Medellín y Panamá, financiados con préstamos blandos y su prestigio es tal que a la gente incluso lo ha convertido en atractivo turístico. ¿Nosotros por qué no? ¿Faltó visión cuando enviamos el tren a un museo?

Volver al tren implica invertir, pero se recupera con el rendimiento y productividad. La masa laboral, no tendría que madrugar al trabajo, sin el estrés bestial de los embotellamientos, accidentes, muertes (más ahorro en hospitales y medicinas). Evitaríamos enfermedades del pulmón y cáncer. ¿Se ha tomado en cuenta que es otro subsidio cuando se hace llover humo venenoso en las calles? Solo eso ya sería ganancia: menos enfermos pulmonares, más productividad laboral. Más cultura humanitaria, menos odios y resentimientos. Más respeto a la Constitución, cuando ordena propiciar el bienestar humano.

He viajado en bus en casi todos los países que he visitado. En los años 80 visité muchas veces Holanda y Europa, viajé en trenes y buses urbanos e interurbanos, con tarifas diversas: para estudiantes, para turistas y adultos mayores. Incluso se permite que el usuario haga pago «voluntario». Pagar es deber ciudadano. El usuario marca su tarjeta mensual o semanal, o inserta la moneda sin control directo del conductor. También lo observé en San Francisco, California, este año que pasó. Se puede viajar gratis; solo con riesgo que esporádicamente suba un inspector; si no tiene registro de pago en su ticket recibe una multa.

Tuve un agente literario en Nueva York, vivía en los suburbios y por razones editoriales nos tocaba viajar a Manhattan. «Iremos en tren», me decía. En el transcurso le pregunto si no tiene auto, y me responde que sí, pero que solo la usa los fines de semana, para distancias cortas fuera de la ciudad, para paseos con la familia. «En tren llegamos en media hora; en auto llegaríamos a la cita en 4 horas, por el tráfico y por la búsqueda parqueo. Además, the time is gold. El tren nos dejaba a dos cuadras de la editorial.

A propósito de países hermanos, en Costa Rica se está preparando 45 estaciones de trenes de alta tecnología que cubrirán la gran Área Metropolitana, con proyecciones de llegar a provincias alejadas, incluye tren elevado en la ciudad, para lo cual se calcula una inversión de $52 millones. Para variar, las máquinas se están construyendo en China. ¿No contamos con nuestros impuestos para esos 52 millones, pagados a largo plazo? ¡Ah!, y el adulto mayor no paga pasaje urbano, que comprende recorridos de hasta 25 km. El ingreso se controla con ojo electrónico, sin los primitivos trompos, para evitar trato indigno al ciudadano, al discapacitado, cultura inclusiva contemplada en nuestras leyes y Constitución. Es triste ver a los niños arrasarse debajo del torno o trompo.

Transcribo palabras de un millennial costarricense: «Nosotros pagamos con gusto la tarifa urbana, pues de ese modo favorecemos a nuestros padres y abuelos, y cuando nosotros lleguemos a esa edad, habrá otros jóvenes que pagarán un precio para subsidiarnos como adultos mayores. Además, que pagamos por la comodidad y calidad del transporte». Sus palabra expresan una alta educación ciudadana.

¿Podemos alcanzar esa formación cultural y educativa? Claro que sí, pero las nuevas generaciones deben comenzar desde ya, o nos come el tigre. Sin un futuro político humanista.