En noviembre del año pasado fue asesinado en su casa un becario de la Fundación Forever. Alejandro Gutman habla acerca de cómo se gestiona el riesgo que corren los jóvenes que buscan abrirse una ventana de desarrollo por medio del estudio en la universidad o en un instituto técnico.

«Sería una locura dejar que el miedo nos inmovilice»

Una entrevista de Glenda Girón

Fotografías de Érika Chávez

Alejandro Gutman, fundador de Forever

Su apuesta es por algo a lo que llama integración, que no es otra cosa que reconectar los tejidos sociales para construir comunidades menos homogéneas. Es decir, que los extremos de la sociedad se encuentren en un ambiente que permita el intercambio de manera estable y libre de prejuicios. Los salvadoreños, dice Alejandro Gutman, argentino, “nos estamos perdiendo del gusto de conocernos entre nosotros”.
Gutman, quien hace 15 años instaló en Soyapango un proyecto al que primero llamó Fútbol Forever y luego acortó a Forever, insiste en que lo primero que hay que abrir son las instituciones educativas para que estas sean el escenario de esa interacción entre los que desde siempre se han sentido dueños del derecho a desarrollarse y los que nunca creyeron en la movilidad social como algo alcanzable. “No es lo mismo la universidad para alguien que se cría pensando en ella, que para alguien que nunca la ha visto como algo cercano”, dice. El riesgo que se corre en las calles es significativo, y Gutman reconoce que ha sido la razón para que se realicen cambios de universidad en algunos casos.
Con 1,500 jóvenes en universidades, busca que los políticos y los organismos internacionales hagan propia la idea de la integración y sirvan como puente para conseguir financiamiento institucionalizado al proyecto.

A 15 años de haber arrancado con la Fundación Forever, está en una etapa en la que quiere incluir a más actores. ¿Por qué?
La realidad es que el gran mal que aqueja al país es la desintegración.

¿No es la desigualdad?
Es un paso más profundo que la desigualdad, este es un resultado de aquella desintegración. Pero la desigualdad uno la asocia constantemente con lo económico. Y la desintegración es mucho más que eso.

Pero la desigualdad también incluye un componente de acceso a la educación y las oportunidades.
Lo tiene, pero en general se lo termina asociando con una cuestión económica. Concentrar, como se ha puesto de moda, que en la desigualdad reside el gran problema me parece que es ver una buena parte de la película, pero no toda. Porque la desintegración tiene que ver con todo en la vida, con esa violencia invisibilizada generada por aquellas instituciones que están cerradas y en donde existen carceleros que por uno u otro motivo han cerrado las universidades y el sistema de salud. Han cerrado la posibilidad de trabajar en una empresa y de capacitarse. En El Salvador hay tres tipos de violencia. La primera es la intracomunitaria.

¿Una especie de segregación?
La de los pandilleros que tienen en un muy malvivir a los que residen ahí. La segunda violencia es la intercomunitaria, que para aquellos que viven en una comunidad salir de ella o ingresar a ella los convierte en un blanco de algún acto de violencia, se compromete la vida o sus bienes y el tercer círculo concéntrico es el de estas instituciones que están cerradas a la mitad de la población que no encuentra la posibilidad del desarrollo y de la educación.

Esa también viene dada por la cuestión económica, en el sentido de que las instituciones ponen sus cuotas a un nivel prohibitivo para, como usted dice, más de la mitad de la población.
Esa es una posibilidad, como un ente privado es natural que quiera cobrar. Pero hay maneras de abrir esto, como las que se vienen demostrando, de reemplazar el sistema de becas en el que se premia al mejor, al del 9 o 10 y al resto se le deja con un “siga participando”. Lo que proponemos a las diferentes instituciones de todo el país es un fortalecimiento de la educación. Cuando la universidad se empieza a enredar con el resto de la población que no tenía acceso a esa casa de estudios, se empieza a tejer una realidad mucho más adecuada a la del país. Se forman profesionales para atender y para transformar la realidad del país, la integración los va formando en eso. Porque si nosotros pensáramos al joven con el único objetivo de graduarse, entonces mostramos solo la mitad de la película. Necesitamos formar profesionales para que mañana, cuando doña María vaya al hospital, sea atendida como corresponde. Por gente conocedora de la realidad de la que viene doña María.

¿Cuál es la actitud de las escuelas públicas ante la fundación?
Antes cerraban, ahora están interesadas. Antes había desinterés basado en que para qué iban a querer ir a la universidad, si de todos modos iban a terminar en el mercado informal. Para eso, si hacen la tabla del nueve o la del ocho es lo mismo. Pero ahora empiezan a ver a cientos de jóvenes exalumnos que han abierto un futuro distinto y la escuela empieza a fortalecerse con eso. Empieza a profundizarse y a tener una relación más cercana con la universidad.

Ha sido una reacción basada en resultados.
Claro, les dan más ganas, estar en un ámbito donde uno sabe que tiene un futuro; porque eso es al final el desarrollo, tener la oportunidad de luchar por lo que usted desea. Y ver que puede lograrlo.

Hace cuatro años hablábamos de un acuerdo necesario con las pandillas para que los dejaran trabajar. La situación de la seguridad pública no ha mejorado, el riesgo es todavía mayor. ¿Cómo hacen ahora?
No diría que la situación en ese sentido ha empeorado. Diría que ahora son más jóvenes los que se involucran, y cada vez son más. Son 1,500 estudiantes. Ahora, la violencia pandilleril, con el tratamiento que se le da desde el punto de vista político, es imposible de atacar. Usted no puede tomar un programa aislado y pensar que con eso se va a disminuir la violencia en las comunidades. Eso es utópico. Las comunidades están con una presencia importante de pandillas que condiciona la vida de la gente.

¿Les cuesta convencer a la gente para que integre el programa?
No, no somos nosotros, son los resultados. Ahora hay otros jóvenes, otros maestros, otros directores, han cambiado los padres, los mismos vecinos ven en esto una salida. Y llegan de escuelas de una gran cantidad de lugares del país donde no damos abasto. Cientos de jóvenes semanalmente quisieran entrar en este proceso formativo, pero lamentablemente, es imposible. Lo que es importante entender es que hoy el flujo sociocultural que va por las comunidades es débil, no está fortalecido es un poco el “sálvese quien pueda”, porque no hay una presencia fuerte de los que viven afuera como para que se encuentre un ámbito propicio para el desarrollo. Hoy cualquiera que se destaca lo que hace es crecer hacia adentro.

¿E irse?
Sí, irse. Hay un común denominador entre los que tienen dinero y los que no tienen dinero, y es que todos se quieren ir. Los hijos se quieren ir. Los padres quieren que los hijos se vayan y eso es una gran desgracia. Y cuando a alguien le va bien en algo, no va a contar que le va bien, como haría cualquiera de nosotros con derechos. No dan ganas de contar lo bueno, porque es un blanco fácil.

Presumir es peligroso.
Sí, si no hacemos una red para que la escuela sea una institución más fortalecida, esto no va a cambiar. Hasta que las escuelas públicas no tenga al 20 o 25 % de sus chicos en las universidades o en escuelas técnicas, nada bueno va a ocurrir. Porque a los que les va bien van a seguir siendo minoría y un blanco de los que no consiguen nada. Necesitamos que se involucren los partidos políticos y las instituciones internacionales. Yo no hablo de medidas represivas, porque no entiendo de ese tema y es otra cosa. Hablo de transformar las medidas que se toman y los recursos que se invierten en las medidas de prevención, que son solo pan para hoy y hambre para mañana. Esos programas se acaban cuando el flash deja su luz.

¿Cómo se interviene una comunidad?
Me encantaría poder decirle que los pandilleros van dejando sus vidas delictivas, pero no es así. Los pandilleros gracias a Dios que nos dejan trabajar desde hace 15 años. Son cosas muy extrañas, porque ellos reconocen que lo que quieren es algo bueno, un futuro mejor para los suyos; aunque por el otro lado hagan un enorme daño.

Estamos hablando de gente para la que las fronteras que establecen las pandillas no son imaginarias.
Sí, esa es la violencia social intercomunitaria.

¿Qué es lo que los impulsa a ellos a atravesar esas fronteras para ir a estudiar? ¿Qué respuestas han encontrado ustedes a ese acto que suma tanto riesgo?
Esos son los sorteos del día a día. Tenemos esos problemas.

Ustedes, como institución que anima a cruzar esas fronteras en búsqueda de desarrollo y oportunidades, también son responsables de si algo sale mal.
Pero es que es inevitable. La realidad del país es la realidad del país. Nosotros no vivimos en una burbuja. Los que viven en burbuja son los otros que no se animan a hacer lo que nosotros sí. Estos problemas hay que tratar de sortearlos de distintas maneras. Por eso la familia es fundamental en estos procesos. Lo que apunta usted es real, pero las ganas de estar mejor también. ¿Usted cree que no tienen miedo los chicos? Claro que tienen y los padres también. Pero sería una locura dejar que el miedo nos inmovilice.
Acá también es importante que cuando lleguen a la universidad, no sea una universidad fría, que sea cálida. Y no estamos diciendo que se les ocurra regalar notas. Pero que sí sea una universidad que esté dispuesta a acompañar este proceso. Porque no es lo mismo crecer pensando en ir a la universidad porque es lo que hicieron papá y mamá, o haber ido a una escuela en donde a la universidad se llega casi como si fuera un embudo, que haberse criado en ámbitos absolutamente ajenos a la realidad de la educación a ese nivel.

¿Han cambiado protocolos de seguridad por el aumento del riesgo?
Hemos tenido que cambiar chicos de universidades por casos así. Permanentemente sucede que cuando cambian de buses, ahí están muchas veces los pandilleros para molestar a estos jóvenes que estudian. Claro que es una realidad, pero la gente quiere salir, la mayoría quiere salir.

¿Qué cambió tras la muerte de uno de sus becarios en noviembre del año pasado?
Eso ocurrió en casa de ellos. Pero nosotros, desde el primer día, hacemos reportes.

¿Reportes de qué?
De nuestros coordinadores que trabajan con 1,500 alumnos, más los miles del proceso formativo de escuelas, más los becados.

¿Esos reportes son como un protocolo de seguridad?
No, no, no, no, no, dice cómo van estos, cómo van a aquellos, cómo les va a estos chicos, las dificultades que encontramos acá, cómo está esta empresa, cómo hace la universidad esto, en qué nos está apoyando, qué nos falta, los artistas, etc. Incluyen todo lo que tiene que ver con la integración. Y no hay un día en que no haya alguien que encuentre algún problema en esta ida y vuelta, porque así es la realidad del país, desgraciadamente.
Hay veces en que los padres no quieren que los hijos vayan a alguna universidad, y entonces tratamos de cambiar las rutas, de cambiar las universidades, si se puede, alguna vez han tenido que abandonar.
Esto es de todos los días. Pensar que alguien puede evitarlo de manera aislada es utópico y eso es justamente el llamado de atención que venimos haciendo desde hace varios años. No hay ningún programa que pueda, por sí solo cambiar esta realidad. Si no hacemos un proyecto de integración de país en serio, esto va a seguir sucediendo porque quienes están para delinquir van a encontrar espacios donde no está el Estado presente o no está nadie presente para instalarse.
Y cuantos más vacíos creemos, cuanto más nos alejamos las instituciones, cuanto más vacías se quedan las comunidades, cuando más vacíos son los profesionales que se forman más se deteriora la dinámica social. No es de loco, esa violencia existe, pero hay maneras de sacarla y eso es lo que queremos tratar de explicarle a los políticos y a las organizaciones internacionales.

¿Cómo se gana terreno?
¿Usted cree que yo podría hablar con pandilleros y decirles pórtense bien y ellos me van a hacer caso? Pensar eso sería un loco. Pido que cada ciudadano entienda que es fundamental involucrarse y participar para convertir esto en una verdadera opción y manifestación política de su propio desarrollo y del de todos los que vienen atrás.

¿Por qué pide involucrar a políticos?, ¿contempla el riesgo de que el proyecto se convierta en una bandera propagandística más?
Tengo miedo a la burocracia gelatinosa de los políticos y de los organismos internacionales, porque uno empieza proponiendo una cosa y termina con una figura distinta. Pero si no les mostramos a los políticos el camino para institucionalizar y para que los recursos maravillosos que hay en la sociedad sean para crear integración de país, no vamos a cambiar mucho. O los obligamos o los guiamos de algún modo para demostrarles que este es el camino. Nadie regala nada, es una lucha que hay que hacer entre todos.

¿Tiene alguna manera de vacunar el proyecto en contra de la utilización partidaria?
No podemos vivir sin los políticos para que institucionalicemos esto. Sí debemos consolidarlos de una mejor manera para que cuando lleguemos a ellos y a las organizaciones internacionales esté sólido y no les quede más opción que tomarlo así. Cuando me veo con ellos me muestran gran respeto y admiración, pero no saben nada de esto que se viene construyendo desde hace más de 15 años.

Nuestra clase política no es íntegra. ¿Qué quiere conseguir usted de políticos como los nuestros?, ¿dinero, sedes, impulso para alguna ley?
Ellos son cada día más responsables del statu quo que vive el país, por omisión, comodidad o por lo que sea, no han hecho cambios ante lo que ellos saben que son programas que no impactan. Son tranquilizadores de situaciones. Si ellos empezaran a descubrir el proyecto, paulatinamente van a entender que tienen que hacer esa transformación.

¿Incluso con políticos como el presidente de la Asamblea Legislativa cuyo discurso está lleno de represión?
Eso de represión para todos es una locura, una cosa es la lucha contra los pandilleros y otra es ver de qué manera transformamos las comunidades. El problema de El Salvador no son solo los pandilleros. No es que se terminan estos pandilleros y la vida vuelve a florecer. En la medida en que todo siga igual, habrá otra violencia peor, que es el país que ya está naciendo y que es el país desintegrado, desinteresado de lo público, de lo político y de lo partidario. En una guerra como en la que estamos en estos momentos, me preocupa más que haya gente al mando de programas de prevención que no está preparada para el desarrollo. Tenemos que desatar esos embudos sociales, si no vamos a las causas reales que generan esto, estamos mal. Aquí, los que deberían ser considerados delincuentes son los carceleros que mantienen a la gente alejada de universidades, escuelas y empresas, porque son los que cierran las puertas a que su gente encuentre el desarrollo; porque eso los sacaría a ellos de su posición de privilegio.

¿Qué pasa con los financistas de proyectos como el suyo, pueden llegar también a tener actitudes de carceleros?
No podemos ir pensando en la típica posibilidad de que va a venir un empresario y va a hacer esto o lo otro. Es preferible que ellos se ocupen de arreglar, porque sus planes de responsabilidad social empresarial, que está mal diseñada. Sería mejor que le dieran a su gente, a su empresa y a su pueblo una oportunidad de abrirse hacia la integración.

¿A qué se compromete una empresa que quiere transitar hacia la integración?, ¿a dar trabajo a jóvenes de Forever, a pasar una cantidad de dinero, qué buscan de los empresarios?
Se compromete a facilitar esos procesos formativos de los jóvenes antes de empezar la universidad o las carreras técnicas. Tiene que recibir al chico ocho o 10 semanas. No cuesta casi nada. Y lo qué significa para esa posibilidad de conocer lo que solo habían dibujado por medio del prejuicio es invaluable. La empresa debe dar apertura a pasantías a los que estén en cuarto o quinto año. El objetivo no es que se queden trabajando, como tampoco es que todo lazo se corte después de la semana del proceso. Eso sería como ir al zoológico: se acordará de una buena experiencia y ya. No, esto es una evolución, un aprendizaje que no termina. Y pedimos apoyo económico para que más chicos puedan seguir estudiando.

¿Tras estos 15 años les cuesta más o menos convencer empresas u ONG a que participen?
Este es el tercer año de CEL y estamos muy felices. Ha entrado el BID y ha donado $750 mil que está en un fideicomiso y va a las instituciones. Lo del BID nos va a servir para pagar por un año. De ahí no tenemos más.

¿No tienen para los pagos de universidad o para funcionamiento?
Para pagar todo. Nosotros queremos que el otro año entren 3,500 jóvenes, para eso tenemos que hacer un proceso formativo de casi 5,000, en el que participan padres, vecinos y estamos hablando de 20 mil personas con impacto directo y para eso necesitamos casi $3 millones que son cifras que pueden asustar a muchos, pero es casi nada, los recursos están, los proyectos están, para lo que se está haciendo esa cifra es nada. Si no lo conseguimos, nos vamos a comer una camada de jóvenes por falta de recursos. Si no nos escuchan ahora, iremos a la Asamblea, porque queremos que los 84 diputados nos escuchen y nos entiendan de qué se trata la integración. Pero no con que solo nos escuchen y que con eso nos tengan contentitos. Queremos que hagan algo en serio.

¿Busca ser una ONG de las que reciben parte del presupuesto de la nación?
Es que los recursos que ellos tienen no se pueden descontar. Son muchos cientos de millones de dólares y en conjunto de línea deciden los destinos. El que da tiene sus intereses. Y queremos que vean que usan de manera ineficiente los recursos que no son propios, que son de los ciudadanos. He sido siempre muy respetuoso y no he dicho que se roban la plata, pero se mal utiliza. Hay otras formas de construcción que son más eficientes y que son las que hemos venido probando en estos 15 años.

 


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