Hiroko Kishida estaba a 1.5 kilómetros de donde explotó la bomba atómica en Hiroshima, en 1945. Ahora se dedica a contar cómo sobrevivió y a apelar para que los gobiernos firmen el tratado en contra de las armas nucleares.

¿Que no haya guerra es la paz? ¿Es así de simple?

Una entrevista de Glenda Girón

Fotografías de Glenda Girón

Hiroko Kishida sobreviviente de la bomba de Hiroshima.

Hiroko Kishida tenía seis años cuando la bomba atómica explotó a 1.5 kilómetros de la casa en la que residía. Era la Hiroshima de un Japón que el 6 de agosto de 1945 estaba a punto de ponerle nombre a una de las grandes tragedias humanas de la guerra.

Kishida es parte de un legado oral que se está extinguiendo. La media de edad de los sobrevivientes de la bomba atómica es 80 años. Aunque la salud de ella es fuerte y procura mantenerse, escucharla es, cada vez más, un privilegio.

Su voz no se quiebra ni en los pasajes más oscuros. La ha adecuado para que lo que impacte no sea la emotividad temporal, sino que la disciplina constante de un relato sin fisuras. Kishida da testimonio desde hace 10 años y lo hace a públicos distintos: desde estudiantes de primaria que repasan la guerra como parte del pénsum hasta un grupo de periodistas latinoamericanos. Desde hace tres años, la municipalidad la contactó y le pidió hacer estas charlas testimoniales ya de manera oficial.

De lo único que se ayuda durante sus relatos es de imágenes en un proyector. «Ahora estamos viendo una pintura de óleo de la cúpula del Centro de Promoción Industrial, que pintó una estudiante de secundaria superior. Voy a ir dando mi testimonio y mostrando unas pinturas que hicieron mis estudiantes de secundaria basados en lo que yo les he ido contando», resume.

La cúpula, como se le se conoce hoy, es la única estructura que, a menos de 200 metros, sobrevivió al bombardeo. Y también sobrevivió, en su momento, a una oleada de críticas de quienes manifestaron que la estructura debía ser destruida por ser un doloroso recordatorio de la guerra. Para explicar la polémica, Kishida cuenta la anécdota de una adolescente que enfermó de leucemia cuando estaba en secundaria. Ella tenía un año cuando la bomba explotó. Y escribió un ensayo en el que manifestó que «solamente la cúpula transmite el mensaje que yo quiero llevar al mundo», poco después, murió. «Los planes cambiaron después de eso. La cúpula se preservó. Yo estoy de acuerdo con que la reliquia se mantenga», cuenta.

Kishida laboró como docente. Y de ahí le ha quedado un gusto por el orden y los datos. Antes de contar cómo vivió durante y después del bombardeo, busca dar una idea de lo que sucedió en Hiroshima aquel 6 de agosto de 1945, cuando el soldado estadounidense Paul Tibbets pilotaba el Boeing B-29 superfortress al que bautizó «Enola Gay» en honor de su madre. Desde esa aeronave soltó a «Little Boy», la bomba.

Con la explosión, los rayos de calor y la radiación se distribuyeron en todas las direcciones. La temperatura de la superficie llegó a los 4,000 centígrados. Y las ráfagas alcanzaron una velocidad de 440 metros por segundo. «El infierno», le dice Kishida.

No se conoce con exactitud la cantidad de personas que se encontraba en Hiroshima durante el bombardeo, pero el Gobierno registraba 350 mil habitantes. «Little Boy» mató en un primer momento a 80,000. En los días posteriores se calcula que otras 140,000 personas llegaron a la zona del desastre a buscar a sus familiares o amigos. Ellos también se expusieron a la radiación. Cuando 1945 terminó, la bomba de Hiroshima había matado a cerca de 170,000 personas.

***

Yo tenía 6 años y vivía con mi abuelo, mi madre, mi hermano de ocho años y mi hermano menor, de cuatro. Mi padre estaba destacado en China, como soldado.

Ese día, a las 7 de la mañana, sonó la sirena de bombardeo. Nos fuimos al refugio antibombas. Pero, a las 7: 30, es decir, media hora después, se levantó la alarma. Todos salimos y, por eso, mi hermano mayor, que estaba en el segundo grado de primaria, se fue a la escuela.

Pasaban 15 minutos de las 8, y, entonces, mi mamá me dijo: «Qué extraño que ya se apagó la sirena, pero todavía suena un avión». Y como desde el baño se veía mejor el cielo, porque la casa tenía una forma de L, yo me metí ahí para asomarme a la ventana y ver el cielo.

El ruido del avión sí se escuchaba, pero no se veía por ningún lado. Y pensé ‘tal vez se dio vuelta y se fue a otro lado’. En ese momento me agaché y sonó un ruido muy fuerte. Y todo quedó totalmente oscuro. Me desmayé. Cuando recobré la conciencia, no sabía si estaba viva o muerta. Sacudí mi cabeza. Supe que estaba por debajo de la tierra. Mi casa estaba hecha de arcilla roja y tras la explosión, me quedé enterrada. Cada vez que sacudía la cabeza caían tierra y escombros. Grité sin pensar: ‘Mamá, socorro, ayúdame’. Y sí, mi mamá vino corriendo.

Pero fue un milagro que mi mamá pudiera rescatarme, porque casi todas las viviendas volaron debido a las ráfagas. Nuestra casa se quedó de pie sostenida solo por una columna inclinada que dejaba un espacio por debajo. Ahí se salvaron mi mamá, mi hermano menor y mi abuelo. Mi mamá acudió al baño y tuvo que escarbar para sacarme. Me llevó a la sala donde estaban mi abuelo y mi hermano.

Todavía me acuerdo de la conversación que tuvieron mi madre y mi abuelo. Mi abuelo dijo ‘huyan, no se preocupen por mí; ya va a caer otra bomba’. Mi abuelo tenía incapacidad en la mitad del cuerpo a causa de una enfermedad. Por eso estaba consciente de que no podía huir con nosotros con facilidad. Mi mamá le dijo que íbamos a volver sin falta, pero nunca pudo volver.

Salimos de la casa y fuimos caminando hacia el Norte, porque había una cola de personas huyendo en esa dirección. Una de mis estudiantes, muchos años más tarde, cuando conté esta historia, pintó esa escena. Aparecemos mi mamá, mi hermano menor y yo caminando con la mirada perdida.

En esa cola de gente, nadie llevaba zapatos. Andábamos descalzos porque salimos con mucho apuro. Caminamos pisando escombros, piedras y vidrios. Y después de andar como por 10 minutos, comenzó a llover. Eran gotas negras.

Un gran número de personas se puso en riesgo a causa de esta lluvia que estaba llena de sustancias radioactivas. Nosotros, afortunadamente, pudimos encontrar unas esteras de paja en un campo de tomate, de las que se utilizaban para cobertura del cultivo. Con eso nos tapamos y así no quedamos expuestos a la lluvia, por eso no nos enfermamos. Me acuerdo muy bien de esos chorros de agua negros que bajaban por las superficies de los tomates brillantes y rojos.

Después de un rato, dejó de llover. Nosotros seguíamos avanzando hacia el Norte. Caminamos hasta el atardecer.

Entonces, encontramos una casa de un agricultor y ahí unas personas estaban preparando muchas bolitas de arroz para ofrecer a los refugiados, a nosotros.

Todavía me acuerdo bien del sabor tan rico de la bolita de arroz. La recuerdo como la bolita de arroz más rica del mundo. En aquel tiempo, nosotros recibíamos el racionamiento de comida y nos alcanzaba solo para dos tiempos al día. Consistía en papilla de arroz muy aguada mezclada con nabo, cebada y un tipo de grano misceláneo. Ni siquiera se podía agarrar con palillos esa comida.

En ese lugar nos juntamos muchos y recuerdo especialmente a una madre muy joven. Una estudiante también pintó esa escena. Se trató de una madre que cargaba a un bebé de unos dos años en la espalda. Y para todos era muy claro que estaba muerto, pero la madre decía que por favor alguien le diera algo de comer a su bebé. Pedía que por favor le dieran agua. Pero nosotros no podíamos hacer nada, ni nadie.

Ahí, en la casa de esos agricultores donde nos brindaron alimento, nos encontramos con una amiga de mi madre. Y ella nos dijo: ‘No sabemos qué pasó en la ciudad de Hiroshima, pero voy a una casa de un pariente’. Nos invitó a ir. Vivimos ahí durante tres años.

Desde el siguiente día que llegamos a esa casa, mi mamá comenzó a hacer viajes a Hiroshima, que nos quedaba a unos 20 kilómetros. Ella buscaba a mi hermano y a mi abuelo. Pero todavía había peligro porque quedaba el calor de los incendios. Mi mamá pudo volver a nuestra casa hasta tres días después de la explosión. Resulta que, cuando por fin llegó, solo halló ceniza. Todo había quedado en ceniza.

Por la paz. Este es el lugar en el estalló la bomba atómica el 6 de agosto de 1945, es el hipocentro. En la actualidad es el Parque Conmemorativo de la Paz, en Hiroshima.

En el lugar en el que cayó la bomba, ahora está el Parque Conmemorativo de la Paz. El hipocentro es muy visitado. Quienes llegan suelen inclinar con respeto la cabeza, algunos juntan las manos ante el pecho. Colocan ofrendas, pero ninguno le da la espalda a este arco a través del cual se mira la cúpula, ubicada a 150 metros, esta fue la única estructura que, a esa distancia, se mantuvo en pie tras la explosión. El edificio es en donde funcionó el Centro de Promoción Industrial. Marcaba el lugar con más actividad de Hiroshima antes de la bomba. Para Kishida, «era en donde podía conseguir de todo, ahí nos abastecíamos». Un corazón comercial que, tras la huella de la guerra, ahora es el corazón de un ejercicio de memoria y de compromiso.

“Un gran número de personas se puso en riesgo a causa de esta lluvia que estaba llena de sustancias radioactivas. Nosotros, afortunadamente, pudimos encontrar unas esteras de paja en un campo de tomate, de las que se utilizaban para cobertura del cultivo. Con eso nos tapamos y así no quedamos expuestos a la lluvia, por eso no nos enfermamos. Me acuerdo muy bien de esos chorros de agua negros que bajaban por las superficies de los tomates brillantes y rojos”.

***

Este parque se terminó de construir en 1954. El diseño estuvo a cargo de Tang Kenzo. Uno de los espacios que genera más emotividad es la Campana de la Paz, que cualquier visitante puede hacer sonar. Sobre la estructura que resguarda la campana fue colocada una estatua que representa a todos los niños que murieron en ese bombardeo.

El 13 de agosto, mi madre volvió cargando a mi hermano mayor.

Mi madre se enteró de que mi hermano estaba refugiado en un jardín infantil gracias a una ficha que estaba pegada en un poste. Estaba gravemente quemado. Cerca de donde estábamos refugiados había un doctor, pero se hacían colas muy largas de gente que necesitaba atención y no podíamos recibir ahí los medicamentos.

En el momento de la bomba, mi hermano estaba en la escuela a 1.8 kilómetros del centro. Y estaba sentado al lado de la ventana. Por eso sufrió una quemadura muy grave en el brazo derecho, llevaba manga corta; y en la pierna derecha, porque estaba con pantalón corto.

¿Qué que aplicábamos en la quemada en lugar de medicamento? Un agricultor que vivía cerca de donde estábamos nos regaló pepinos y nos dijo que eso era bueno para curar. Y nosotros rayamos esos pepinos y aplicamos en la herida. Tengo grabado en la memoria esa experiencia de rayar todos los días el pepino con mi hermano menor.

El pepino, cuando se aplica por cierto tiempo, ayuda que se enfríe la herida y no se siente tanto dolor. Así mi hermano se dormía y descansaba. Aunque siempre era por poco tiempo. Decía que le dolía y le picaba.

La herida supuraba, y estábamos en verano. Atraía moscas. Y las moscas ponían huevos y de ahí nacían larvas y eso sí le dolía a él. Le dolía demasiado y tuvimos que, al final, llevarlo al hospital para que pusieran desinfectante. Tuvimos que ir una vez cada 10 días, durante seis meses.

La ayuda de muchos países llegó. Y el siguiente año, pude entrar en la primaria. Empecé a ir con mi hermano a la escuela y recuerdo que sus compañeros le decían qué asco y qué fea su herida con queloides. Él creció apartado de todos, pero seguía siendo muy optimista. No se quejaba. Iba conmigo, silencioso, a la escuela.

En el Parque Conmemorativo de la Paz, en Hiroshima, una llama permanece encendida. Estará así hasta que la amenaza de las armas nucleares deje de existir. Representa un anhelo de paz y de seguridad que Kishida, como sobreviviente, sigue exigiendo a su gobierno y a los gobiernos de todo el mundo.

Hace 74 años, cuando azotó el infierno, yo estaba ahí. Pero sobreviví y es por eso que siento que tengo que vivir para la abolición de las armas nucleares.

Siempre que doy charlas a los niños pregunto ‘¿qué piensan que es la paz? ¿Que no haya guerra es la paz? ¿Es así de simple?’

Yo pienso que la paz es una condición en que la persona brilla. La paz es que todos tengan la oportunidad para sentirse felices. Y, contrario, la guerra es una condición en que el ser humano deja de serlo y las personas que matan a otras personas permanecen impunes. Nunca debemos permitir otra guerra. Nunca debemos permitir el uso de otra bomba atómica.

Nosotros, las víctimas, sentimos mucho coraje contra el gobierno central, porque siendo el único país víctima de un bombardeo atómico, no ha firmado el acuerdo para la abolición de las armas nucleares. Y siempre que viene a Hiroshima el primer ministro, tratamos de dialogar este tema con él. Pero no se ha cambiado. El Gobierno japonés tiene un problema en ese sentido.

Yo tengo un resentimiento muy fuerte porque todavía no se ha logrado la abolición de las armas nucleares. En mi caso, más que nada quiero fortalecer más el intercambio con otros países para un logro de un mundo sin fronteras, como dice la Campana de la Paz que tenemos. Y, tal vez sería imposible, pero quiero ir dando pasos hacia el logro de ese tipo de mundo.

Sobreviviente. Hiroko Kishida da su testimonio acerca de cómo pudo sobrevivir a la bomba atómica y a la guerra misma. “Mi historia es para que no se repita la guerra”, explica.

 


Generic placeholder image
Séptimo Sentido

Séptimo Sentido les invita a que nos hagan llegar sus opiniones, críticas o sugerencias sobre cualquiera de los temas de la revista. Una selección de correos se publicará cada semana. Las cartas, en las que deberá constar quien es el autor, podrán ser editadas o abreviadas por razones de espacio o claridad.

[email protected]

Encuéntranos en Facebook (Revista 7S) y Twitter (@revista7S)

MIEMBRO DE GRUPO DE DIARIOS AMÉRICA

© 2020 Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica. Diseño de Hashtag. | Programación y mantenimiento Diseño Web LPG