Pensión mínima

Vengo con malas noticias: pocos, muy poquísimos salvadoreños alcanzarán a tener una pensión por vejez, y la mayoría de quienes lo logren llegarán apenas a la pensión mínima.

Si usted es un lector que ha seguido por algún tiempo mis columnas, sabrá que el de las pensiones es un tema recurrente en este espacio, y es así porque me preocupa. A veces me siento como una voz solitaria que grita en el desierto, pero no, por dicha hay entidades como la Fundaungo, donde trabaja gente del talento de María Elena Rivera, que están constantemente llamando la atención, con datos y estudios en mano, del serio problema económico y social que las pensiones representan.

Tampoco es algo exclusivo de El Salvador. Los sistemas previsionales enfrentan una crisis en todo el mundo. Los sistemas de reparto –en los que todo el ahorro de los trabajadores va a una sola bolsa de la que se saca el dinero para las pensiones de quienes se van retirando– se agotan, y con los cambios demográficos se vuelven más insostenibles. Las deudas previsionales en países como Japón son tan grandes que da entre risa y miedo la cantidad de ceros que hay que escribir.

Por otra parte, los sistemas de capitalización individual, en los que cada trabajador tiene su cuenta de ahorro para pensión, tampoco han sido la panacea. Distorsiones como las que ha habido en El Salvador –$9 de cada $10 están invertidos en títulos estatales, con bajísimo rendimiento, de modo que el dinero crece muy poco– son una muestra de cómo estos también llegan a ser insostenibles. En Chile, país en el que El Salvador se inspiró para hacer su propia reforma en 1996, ya van en una tercera generación de cambios en su sistema, aún buscando la fórmula más adecuada.

Pero volvamos al punto que quiero destacar en este texto: las pensiones de hambre que nos esperan a los pocos afortunados que las lleguemos a tener. Piense en su ahorro para pensión, ¿cuánto tiene? Supongamos que son $100,000. La fórmula para calcular su pensión es más o menos así: eso que tiene ahorrado debe durarle para 20 años, así que dividimos $100,000 entre 20, y nos da $5,000. Esto ahora hay que dividirlo entre sus 12 pagos mensuales de pensión y su «aguinaldo», así: $5,000 entre 12.5, lo que nos da $400. Así que su pensión sería de $400.

Antes de la reforma de 2017, además, se caía a pensión mínima una vez que el dinero del ahorro individual se agotaba. Ahora la pensión será estable, en teoría, porque hay una Cuenta de Garantía Solidaria que la mantiene hasta el momento en que usted muera.

Son en realidad muy pocas personas las que logran ahorrar $100,000 para su vejez. Veamos el caso de alguien con un salario de $1,100. Esto, considerado un sueldo alto para los estándares del país, basta para ahorrar aproximadamente $60,000 durante toda su vida laboral. Hagamos el mismo cálculo y entonces la pensión cae a $240. Así es, una persona con un salario de $1,100 se jubila con $240. El panorama es peor si usted gana de $600 para abajo, tiene asegurada la pensión mínima de $207 mensuales, porque su ahorro cubrirá mucho menos que eso, pero por ley no puede tener una pensión inferior.

Ahora creo que el respetable lector entiende mejor mi preocupación con este tema. ¿Otro dato tétrico? La cantidad de gente que realmente llegará a pensionarse. De los 4 millones salvadoreños aptos para trabajar, hay solo 600,000 cotizando en la AFP. Apenas la mitad de estos cumplirá los requisitos de ley para pensionarse, y el resto tendrá nada más devolución de saldos.

La reforma de 2017 dejó muchos puntos pendientes, entre ellos, precisamente, la cobertura del sistema. No es posible que solo 300,000 de los 6 millones de salvadoreños tengan actualmente la seguridad de una pensión. Además, un problema está ya estallando en el rostro de miles de salvadoreños que buscan jubilarse: la suficiencia de las pensiones.

El clamor de quienes vean que sus salarios de $1,000 apenas alcanzan para una pensión de poco más de $200 crecerá cada vez más. ¿Qué respuesta dará nuestra clase política? Ojalá una que sea sostenible y financiable. Parches temporales ya hemos tenido muchos.

México y su perdón

México es el hermano mayor de El Salvador y Centroamérica. Con una poderosa influencia en tantos aspectos: música, comida, gustos, casi toda la cotidianidad. La influencia mexicana siempre ha sido transversal. De las últimas noticias que llegan del hermano mayor hay una que parece querer reabrir los libros de historia: el presidente de México solicita al rey de España que pida perdón por las atrocidades contra los pueblos originarios en la conquista y la época colonial. Fue «trending topic» rápidamente. Una noticia con contexto de hace 500 años. Se vino una avalancha de burlas y reclamos por la solicitud al rey y que también se derivó a la Iglesia católica. En una época en la que las víctimas tienen más visibilidad que nunca antes, a nadie le gusta ser el victimario. Menos por algo que sucedió hace tanto tiempo.

México, con una historia tan parecida a la nuestra. Tan llena de imposiciones y repleta de frases del estilo «el fuerte siempre gana» y de «eso ya pasó». A muchos les pareció molestar que quien hiciera la solicitud de perdón no fuera un indígena sino que una persona con apellidos españoles y hablando castellano. Alguien que le debe algo a la colonia. Pero nadie está renegando de la herencia cultural. Ni México ni El Salvador, ningún país de Latinoamérica serían lo que son sin el sincretismo cultural. El mestizaje entre las distintas culturas, incluida la española, que quede claro, se le deben: las raíces del país que tanto se añora, las tradiciones de los pueblos, la comida típica. Todas tienen elementos traídos por los primeros hombres que vinieron de la península ibérica. Así como otros elementos de los esclavos africanos que ellos trajeron consigo en tiempos coloniales (África, un continente saqueado y humillado y al que nadie le ha pedido perdón).

Otros menoscabaron la petición de Andrés Manuel López Obrador indicando que posterior a la colonia, el Gobierno mexicano no ha hecho nada por reintegrar a los pueblos originarios. Algo absolutamente cierto en un país con una marcada desigualdad y un sistema de castas y clasismo que arrastran todos los países latinoamericanos. Pero el mandatario no solo habló acerca de que España y la Iglesia católica tenían que pedir perdón, sino que el Gobierno de México haría lo mismo por la desidia y marginalidad en la que han tenido a los indígenas. Dijo que esta es una época de hermandad entre pueblos pero que, antes que eso, se debía pedir perdón por el pasado. Nada de revanchismo. El perdón para dar la vuelta a la página. Reconocer los actos que ocurrieron y asumir el mal hacer.

¿Es tan complejo pedir perdón? Más cuando se tiene una historia común que se remonta a 500 años de la caída de Tenochitlán. Hay en esto tanta cercanía y familiaridad. El perdón se sigue asociando a los débiles cuando se predica el «lo hice por tu bien». Trascendió que la propuesta de México fue rechazada desde el primer momento en Europa. Nada sorprendente. Hay tantos rasgos comunes en Iberoamérica. Lo extraño hubiera sido evaluar la idea, analizar y, finalmente, reconocer los abusos a los que se ha sometido a los pueblos originarios. Así fue como se construyeron sociedades que solo se acuerdan de ellos para utilizarlos en afiches turísticos. No hay un solo responsable. Hay que dejar de lado la dicotomía de España contra Latinoamérica. Y, por primera vez, asumir un verdadero ejercicio de igualdad.

Poder y equilibrio

La mayoría de salvadoreños nacimos y crecimos en ambientes machistas. Esa ha sido y aún es la estructura social predominante en la que muchos aprendemos un modelo de relaciones que ha demostrado no solo que está obsoleto, sino que es extremadamente peligroso porque cultiva vínculos violentos en los que el poder está desequilibrado.

Personalmente, fue a partir de los 35 años cuando algunos eventos me llevaron a tomar consciencia de dónde había crecido, a recordar cómo desde muy pequeña había rechazado expresiones y prácticas sobre lo que significaba ser niña o mujer y que había observado en ese espacio inicial de mi vida. Reconozco que tuve que vivir, integrar y cambiar muchas de las enseñanzas de papá y mamá. El primero, repetía a sus hijas mujeres: «Tienen que trabajar, ser responsables y profesionales. Ser las primeras en llegar y las últimas en retirarse. Pero sobre todo no deben remover las aguas». Esto último significaba mantenerse calladas, sin cuestionar, y comportarse «suavemente». Luego mamá tuvo su oportunidad para sembrar sus ideas. Recuerdo que me decía que debía tener autosuficiencia económica y jamás depender de un hombre.

Estos mensajes sellaron muchos de mis comportamientos y dirigieron buena parte de mi vida. Me convertí en una profesional que trabajó durante muchísimos años hasta el agotamiento extremo, tratando de demostrar, a través de ello, mi valor y buscando no depender jamás de nadie, ni en lo económico ni en lo emocional.

Mi esfuerzo por convertirme en una profesional y alcanzar independencia económica rindieron algunos frutos. Sin embargo, llevé estos comportamientos hasta un lugar en el que nada ni nadie era más importante que el trabajo y la independencia. Esta fue la primera ruptura de ese sistema, que, aunque me permitía trabajar, me ceñía a ciertos comportamientos «aceptables» para una mujer. Al convertirme en adulta busqué desaprender, equilibrar e integrar nuevas formas de percibir mi valor como persona, así como los significados de éxito y de poder bajo mis propios términos.

Muchas cosas han cambiado desde esos primeros aprendizajes y rupturas. Ahora, cada vez más las mujeres nos incorporamos al mundo laboral, ganando nuevas y mejores posiciones, generando excelentes resultados en las áreas en las que nos desempeñamos, emprendiendo de acuerdo con nuestros deseos y necesidades, y modificando el concepto tradicional de poder en las familias y en los negocios.

Vivimos un cambio de época y muchos cuestionamos el sistema de creencias alrededor de varios temas como la vida en pareja, la independencia económica de las mujeres y su rol de cuidadoras de la familia; un proceso que nos confronta y que hace sentir, principalmente a las mujeres, culpa, desequilibrio y frustración, entre un amplio arco iris de emociones que muchas veces nos cuesta digerir y comunicar abiertamente.

Los cambios nunca son fáciles de transitar, ni a escala personal ni social. Pero estos llegan por más que nos resistamos. Necesitamos modificar esos convencionalismos sobre los roles de lo masculino y lo femenino; así como el poder unidireccional y autoritario, y las relaciones opresivas que surgen de este.

La gran ventaja de estos procesos de cambio es que nuestras relaciones se vuelven más reales y honestas; establecemos modelos más saludables para vincularnos y sobre todo que ayudamos a mostrar con el ejemplo a las nuevas generaciones, para que ellas a su vez reconozcan su capacidad, sus derechos, y establezcan límites sanos.

Todo esto nos deja como resultado un concepto de poder más amplio; uno que viene de adentro, más equilibrado, fluido y menos opresor.

¿Vamos por un #GobiernoAbierto?

Hoy, domingo 17 de marzo, cierra la semana del #GobiernoAbierto en el mundo: durante estos siete días ha habido actividades en distintos países para que sigamos repensando la transparencia, la rendición de cuentas, la participación ciudadana (colaboración y cocreación) y la innovación tecnológica, los cuatro pilares de esta manera de gobernar. (Pueden rastrearlo a través de #OpenGovWeek en Twitter, Instagram o Facebook, aunque en esta última busquen en los filtros de búsqueda del lado izquierdo que la fecha de publicación sea 2019).

El Salvador es uno de los 14 países latinoamericanos que conforman la Alianza para el Gobierno Abierto, que en total son 68 países en el mundo. ¿Pero qué significa esta alianza? Es una iniciativa voluntaria que ofrece una plataforma internacional para apoyar reformas locales que impulsen la rendición de cuentas, apertura en los gobiernos y una mayor capacidad de respuesta a la contraloría ciudadana. Nosotros entramos en la «tercera ola», en 2012, al igual que Guatemala, Honduras, Chile y otros; además, participamos del Programa Interamericano de Facilitadores Judiciales de la Organización de Estados Americanos (OEA), junto a Guatemala de nuevo, Argentina y Colombia, entre otros.

Este viernes, por ejemplo, Chile presentó el Cuarto Plan de Acción de Gobierno Abierto, así como un portal dedicado exclusivamente a esto. Dentro del plan, por ejemplo, la Defensoría Penal Pública (DPP) asumió el liderazgo de una #JusticiaAbiertaDPP a partir de cinco compromisos: una mesa de coordinación institucional para una justicia abierta, más datos abiertos, un lenguaje claro, más atención a usuarios y ser parte de la política de gobierno abierto.

Y allá, en esos confines del mundo, anda Álvaro Ramírez-Alujas (@RamirezAlujas) para contarnos siempre y desde cualquier plataforma de la importancia de estas prácticas para fortalecer lo colectivo. De hecho, este #OpenGovJedi, junto a Alejandra Naser (@AlejandraNaser) y Daniela Rosales (@danitar83), nos plantea la idea más bien hacia un Estado abierto, donde la premisa fundamental de la cocreación es «nada sobre nosotros sin nosotros». Ellos tres, en la presentación del documento «Desde el gobierno abierto al Estado abierto en América Latina y el Caribe», hablan de promover «la creación de espacios de encuentro y diálogo que favorezcan el protagonismo, el involucramiento y la deliberación de los ciudadanos en los asuntos públicos».

Y es que solíamos asociarlo únicamente al Órgano Ejecutivo, por lo que ahora (al menos en algunos países, como Chile) se va nombrando como Estado abierto: deben de ser los tres poderes y sus diferentes instancias las que se unan en esta tarea. Para ello, es muy importante recordar que los cuatro actores de estas prácticas son el Gobierno, la ciudadanía, la empresa privada y la academia. Es decir, es una responsabilidad colectiva. O sea, entre todos. Nadie se escapa a esto. Y obviamente las tecnologías digitales, las tecnologías cívicas son fundamentales para lograr mayor participación, mayor contraloría y mayor incidencia en las políticas públicas de cada país. De este lado del continente, nuestros compromisos como El Salvador en el Plan de Gobierno Abierto son cinco, divididos por cuatro áreas de trabajo. Son la ciudadanización de las finanzas públicas (transparencia fiscal); procedimiento para participación ciudadana en consultas públicas para el MARN (participación en medio ambiente); anteproyecto de ley de no discriminación más rescate de memoria histórica (derechos humanos), y propuesta para un anteproyecto de ley de rendición de cuentas (fiscalidad integral). ¿Avances? Podemos revisarlos en http://alianza.gobiernoabierto.gob.sv/2018-2020/aga_challenges Datos abiertos, hackatones, gobiernos locales abiertos, herramientas y aplicaciones de fiscalización cívica. Hay mucho por hacer. ¿Qué dicen? ¿Vamos (juntos y cocreando herramientas) por un #ElSalvadorAbierto?

El mundo que queremos

¿Se ha pensado cómo sería su mundo ideal? En el mío, entre otras cosas, habría más comunicación: hablaríamos en lugar de asumir, y argumentaríamos en lugar de atacar. Se vería a la violencia como algo a evitar a toda costa, y la empatía sería un valor inherente a cada persona.

Sé que un mundo ideal no existe, que la utopía es como la inyección de combustible que mantiene funcionando al motor, necesaria para avanzar. Sin embargo, cada día pienso en los cambios necesarios para que nuestra realidad sea mejor, más equitativa y más justa para todos.

Entre los pilares de estos cambios está la equidad de género. Las mujeres, relegadas por siglos como seres de segunda categoría, no éramos consideradas ciudadanas ni sujetas de derechos. No podíamos hacer casi nada sin el permiso de un esposo o del padre, ni siquiera tener propiedades, y mucho menos votar. Poco a poco esto fue cambiando, pero no de forma espontánea, sino gracias a la lucha de mujeres que en muchos casos tuvieron que sacrificar su libertad o hasta su vida para conquistarlos.

En nuestra época, el avance es tal que muchos creen que los feminismos ya no son necesarios. Se acuñan términos como «feminazi» y entre las mismas mujeres se repiten aseveraciones de que «no las representan». Se vincula a los movimientos feministas con extremismo, con violencia, con burlas, con extravagancias, y se deja de lado el verdadero valor de sus conquistas.

Los feminismos –sí, en plural, porque son variados, y conceptual y teóricamente distintos entre ellos– son necesarios. Lo son porque aún hay millones de niñas alrededor del mundo que son explotadas, abusadas, violadas, menospreciadas o vendidas. La realidad de la gran mayoría de niñas pobres es soportar todo esto dentro de sus mismos núcleos familiares, estar expuestas al abandono o a que se les vea como una carga.

Cientos de miles de niñas no tienen acceso a la educación en regiones como América Latina, porque los padres lo consideran un desperdicio, y solo se envía a la escuela a los hijos varones. Estas mismas niñas crecen sin la preparación necesaria para obtener un trabajo que les permita tener un ingreso digno con el que atender y criar mejor a sus hijos. Por ello, la mayoría de «ninis» –jóvenes que ni estudian ni trabajan– de la región son mujeres (Banco Mundial, R. de Hoyos, 2016).

Las mujeres pobres son además las más expuestas a abusos y maltratos, y las mujeres, sin importar su nivel de ingreso, tienen un mayor riesgo a sufrir de violencia intrafamiliar. En El Salvador, una abrumadora mayoría de los casos de violaciones son mujeres, y de cada 10 casos, seis son menores de edad.

En cuanto a la violencia homicida, pese a que los hombres jóvenes constituyen el mayor porcentaje de víctimas, el victimario es también mayoritariamente del sexo masculino. En los feminicidios, el perpetrador no es solamente siempre un hombre, sino alguien con una relación de poder sobre la víctima.

Y si una mujer fue lo suficientemente privilegiada como para estudiar y contar con un trabajo, se enfrenta con la brecha de ingreso: un hombre en El Salvador gana, en promedio, un 17 % más que una mujer con la misma calificación y en un puesto con la misma responsabilidad.

Esta misma mujer encontrará que, al momento de jubilarse, tendrá una pensión inferior a la de un hombre, porque ahorró menos dinero —ganaba menos— y cotizó por menos tiempo, pese a que su expectativa de vida es mayor.

Le pido al lector, pero sobre todo a la lectora de estas líneas, que piense un poco sobre la realidad que viven sobre todo las niñas y mujeres de los sectores menos privilegiados. Allí donde hay pobreza, marginación, promiscuidad, donde el incesto se normaliza y se perdona, allí la lucha está apenas empezando, allí el camino es larguísimo por recorrer, y allí las conquistas son tan urgentes y difíciles como lo fueron para las primeras feministas hace más de un siglo.

Un mundo con mejores condiciones para las niñas y las mujeres es un mejor mundo para todos.

Macondo en El Salvador

Embriagado por la nostalgia, él me hizo una pregunta que, en ese momento, parecía de ciencia ficción. Me dijo si alguna vez había visto a los gitanos. Abrió bien los ojos y se inclinó un poco para esperar mi respuesta. Le dije que no. Nunca. Entonces, él se volvió a acomodar en su silla y aseguró que si hubiera una cosa en este mundo que le gustaría volver a ver sería a los gitanos. Eran altos, de tez muy blanca y solo hablaban un idioma que para él era indescifrable. Llegaban al poblado de Ereguayquín, en Usulután, y armaban su campamento. Después de unos días lo desarmaban y se largaban. Pasaron los años, la guerra, los celulares, tantas cosas, y él seguía pensando en los gitanos. Al menos esa tarde lluviosa de 2012 pensaba en ellos. Como José Arcadio Buendía, que nunca perdió la esperanza que Melquiades regresara a Macondo a pesar de que pasó años sin retornar al poblado.

Fue la primera vez que parecía encontrarme con un personaje de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (que el 6 de marzo cumpliría 92 años de su natalicio), en pleno reporteo. Tampoco sería la última. El mismo autor aseguró que perfiló a muchos de sus personajes inspirado en las pláticas que de niño tenía con sus abuelos. Un mundo donde –contrario a la actualidad– se escuchaba más antes de opinar. Y así sigue siendo en muchos de nuestros pueblos, cuando un extraño llega a preguntar sobre cualquier tema, siempre lo llevan donde un viejo. Como cuando Álvaro buscó al Tata Higinio en la obra «Pobrecito poeta que era yo», de Roque Dalton. Solo para recordar «las dos mil y dos historias de los hijos de la noche» de la boca de aquel viejito sabio que bajaba del Ilamatepec y que sabía del uso de la yerba de toro, de la flor de infundia, de la ipecacuana, del anís del monte y muchas otras hierbas medicinales.

Lo mismo me ocurrió en Metapán en 2014 –por los días en los que se anunciaba el fallecimiento del escritor colombiano–. Buscando la historia de los obrajes de hierro de la época colonial, llegué al cantón de San Miguel Ingenio, que también tiene algo del Macondo de García Márquez. Fundado por los españoles, el asentamiento pasó más de 100 años abandonado en las montañas hasta que, en 1934, se inauguró un beneficio de café y una fábrica de hielo. Ahí, el octogenario Eliseo Leal tuvo una niñez marcada por ello. Como cuando el coronel Aureliano Buendía recordó la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo. La vivienda de Leal estaba empotrada en un bordo sobre el antiguo ingenio de hierro.

Ese mismo 2014 en Tejutepeque, Cabañas, Santiago Raful me habló sobre su padre, un buhonero árabe que viajaba de pueblo en pueblo hasta que se encontró con su mamá y se estableció en ese pueblo. Ella murió al dar a luz y el palestino se quedaría regentando un almacén frente al parque central del poblado. Viviendo con aquella pena bajo el calor sofocante y refunfuñando palabras en árabe. Algo así como los moros que llegaron a darle vida al asentamiento inventado por los Buendía y un puñado de familias más. Un génesis tan parecido al de tantos otros pueblos en el país, y donde sobran las historias que parecen mezclar la fantasía con la realidad.

En 2017, en un colegio tecleño, me topé con un mural en honor del escritor colombiano. Era el mes de marzo. Estaba decorado con flores y mariposas amarillas. La promoción 2014 de ese colegio fue la autora del mural. «Lo único que me duele de morir es que no sea de amor» fue la frase que eligieron para encabezarlo. También dibujaron un listón con la inscripción de Macondo, aquel pueblo del realismo mágico que parece tan cercano a El Salvador. Recordé al viejo de Ereguayquín y su añoranza de los gitanos. Mi abuela decía que uno no tiene que peinarse de noche porque se vuelve desmemoriado. Pero supongo que hay cosas en la vida que, a pesar de todo, nunca se pueden olvidar.

La herida de la que estamos hechos

El Salvador está roto. Roto desde hace demasiado tiempo. No hemos querido explorar esa herida de la que está hecho este país. Muy pocos nos interesamos por ella, y los que lo hacemos intuimos que es por ahí, en ese espacio de dolor, vergüenza y culpa, donde están muchas de las claves para salir del infierno en el que diariamente viven miles y miles de salvadoreños.

En esa herida profunda, podrida y descuidada, nacen y crecen niños y niñas, cada día, que se convierten en miles cada año y en millones a lo largo del tiempo. Una buena parte ha fallecido víctima del abandono y de la violencia, otros han huido o viven como esclavos de redes de trata y prostitución. Algunos logran insertarse en algún espacio laboral y otros intentan reconstruir sus vidas fuera de esta tierra; mientras algunos se convierten en delincuentes.

Lo más increíble de este pequeño país es que todos los días podemos ser testigos de la fortaleza de esas miles de personas que, a pesar de las duras circunstancias, deciden sobrevivir, levantarse y hacer lo que tengan que hacer –aunque eso signifique ir en contra de su misma gente– para darle sentido a sus vidas.

Vivimos distraídos de la realidad de los otros. Nos creemos diferentes y algunos piensan que “son los buenos” y el resto los malos. Pero esas diferencias pasan únicamente por cuánto dinero se tiene, por los títulos o cargos obtenidos o por la zona en la que viven y, también, por el color de la piel. Diferencias ridículas en un país tan pequeño, pero que hacen muchísimo daño al tejido social, a la construcción de confianza que debería existir en un lugar con una historia tan común, tan clara y transparente que muestra que todos, indistintamente, tenemos cuotas de responsabilidad, unos más que otros, por lo que hemos construido.

En El Salvador, los paradigmas acerca del trabajo, el dinero, los indígenas, izquierdas y derechas, la vida y la muerte, el color de la piel, entre otros, están presentes en cada uno de nosotros; y los vivimos la mayoría de las veces sin hacernos conscientes de lo que decimos, de las decisiones que tomamos y de cómo estas afectan directa y profundamente a otros. Los salvadoreños nos tomamos a pecho las ideologías y hemos sido y aún somos capaces de matar en nombre de esas “creencias” tóxicas con las que hemos construido el ideario de “nación”.

Los salvadoreños nos distraemos pensando en exceso, hablando en exceso, sin reflexionar, sin evaluar, sin intentar observar, mucho menos comprender la realidad de otros, esos que consideramos tan diferentes y que juzgamos tan fácilmente.

Gritamos que deseamos paz, seguridad y trabajo. Pero nos olvidamos que esas tres aspiraciones son imposibles si para obtenerlas tenemos que aprovecharnos de los demás; si tenemos que sacrificar a muchos para el beneficio de pocos. Si construimos muros y barreras para creer que así estaremos seguros, cuando en realidad lo que hacemos es aislarnos.

¿Cómo nos humanizamos? ¿Cómo entendemos en profundidad que detrás de cada persona, cada empleado, cada socio, colaborador o aliado hay historias personales de dolor, de lucha, de ilusiones? ¿Cómo entendemos que detrás de cada mujer y de cada hombre, con los que entramos en algún tipo de relación, existen hijos, familias que requieren atención, tiempo, compañía y respeto, y que sin esa dedicación las familias se diluyen y se dañan, y con ese daño estamos sembrando más dolor en esta sociedad? ¿Cómo entendemos de una vez por todas que solo el trabajo y solo el dinero no construyen tejido social, no alimentan las buenas relaciones, si detrás de ellos está el estrés, el esfuerzo extremo, el maltrato y el irrespeto?

¿Cómo reconstruimos a esta nación?

#CiutatiCiencia

Ciudad y Ciencia es el nombre de la bienal de Barcelona que durante cinco días acercó la investigación científica a la gente de a pie. Desde el jueves 7 de febrero, más de 70 actividades con 138 especialistas se llevaron a cabo “para orientar la mirada al futuro, a los retos a que nos enfrentamos y para participar del pensamiento científico”, según se narra en su página web.

Conferencias sobre la tabla periódica como referente cultural; diálogos sobre si más inteligencia artificial es menos inteligencia humana; talleres sobre mujeres, género y ciencia; exposiciones de fotografía para explicar la ciencia; instalaciones de arte y ciencia (que mezclan teatro, música y cine)… ¿Se imaginan hablar de la ciudad como un ente vivo, desde la arquitectura viva? Así se diseñan soluciones sostenibles de manera natural al trabajar de forma multidisciplinaria desde las tecnologías avanzadas en la biología sintética, ingeniería de sistemas vivos y química inteligente.

Reflexionar sobre la nanociencia y la salud fue posible en esta conferencia en que se discutió sobre nanoterapia (o liberación controlada de ciertos fármacos), nanomedicina regenerativa o nanorobótica. O sobre la nanomedicina del futuro, porque dicen que “la nanobioingeniería es la medicina del futuro”, y en este taller se experimentó en el diseño de fármacos o medicinas.

Ya no digamos organizar una hackatón de ciencia ciudadana, que ya en aquellos lares es una temática relevante en lo científico, lo social y lo político. El Liquen Data Lab estuvo al frente de este espacio para hackear el formato de una simulación parlamentaria desde los principios del ‘design justice’, que busca “asegurar una distribución más equitativa de los beneficios y las cargas que conllevan los procesos de diseño, una participación justa y significativa, y el reconocimiento de las tradiciones en cuanto al diseño, conocimiento y prácticas de las comunidades implicadas”, según se indica en el dosier de materiales didácticos del evento.

Dentro de lo que se busca es un diseño centrado en el usuario, en las comunidades que recibirían lo que se está creando, para lo que retoman también prácticas tradicionales o indígenas. Por ello, lo que se busca con actividades como esta es generar políticas públicas que mejoren la calidad de vida de la ciudadanía y de las diversas comunidades que se forman.

Esta bienal cerró el 11 de febrero, cuando se conmemoró por tercera vez el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia. La celebración busca visibilizar la labor de las científicas en diversas áreas para contribuir a que las más pequeñas tomen conciencia de labores que quizás aún no imaginan y que podrían ser su vocación profesional.

En Barcelona, como parte de las actividades que se programaron está 100tíficas a 100 escuelas de Cataluña, donde más de cien mujeres científicas y tecnológicas hicieron charlas simultáneas en sendos centros educativos en favor de las vocaciones científico-técnicas. La conferencia inaugural fue hecha por Ada Yonath, la doctora en cristalografía de rayos X, que hace 10 años ganó el Premio Nobel de Química.

Mujeres. Ciencia. Ciudades. Ciencia. Nanotecnología. Ciencia. Hackatones. Ciencia. #InteligenciaColectiva. Ciencia. ¿A cuánto estamos de que en El Salvador y en Centroamérica tengamos estos espacios de discusión y de celebración de todo lo que hemos alcanzado, pero sobre todo de lo que podemos alcanzar si trabajamos juntos?

El Gobierno sí importa

¿Ha escuchado usted que «no importa el gobierno que quede, si uno no trabaja, no come»? De seguro lo oyó repetir recién esta misma semana, tras conocerse los resultados de las elecciones presidenciales, o lo dijo usted mismo, incluso lo posteó en sus redes, como una forma de afirmar que nuestro bienestar está en nuestras propias manos y que no hay gobierno –o funcionario– que venga y mágicamente nos resuelva la vida.

Sí y no. Definitivamente no hay modo de que alguien desde el poder, desde ese espacio etéreo, lejano y con alcances poco claros para la mayoría de nosotros cambie mi vida o resuelva mis problemas de un día para otro. Pero también es cierto que un buen gobierno, una buena administración pública, puede mejorar las condiciones de vida de la población que lo ha elegido.

De hecho, ese es el deber ser del funcionario: la búsqueda del bien común. En nuestro sistema democrático se elige a quien creemos que está capacitado para llevar a cabo de mejor forma esta misión. Estas personas tendrán la potestad de definir cómo se harán las cosas, de proponer y aprobar las reglas que regirán el juego, qué modelo se seguirá para conciliar el crecimiento económico con desarrollo social y humano, cuáles serán las prioridades de la política pública.

Tendrán bajo su responsabilidad el manejo del dinero público, el diseño del presupuesto, eje transversal de cómo el Estado se vuelve agente de desarrollo. Deben decidir cómo recaudar más y mejor, y luego las áreas en las que se invertirán estos fondos.

Con un buen gobierno, el estado de bienestar deja de ser un concepto de libro y se materializa en más y mejores servicios para la población, especialmente los más necesitados. Los servicios públicos deberían ser de calidad y con amplia cobertura. Con los funcionarios adecuados, no importa qué tan pobre sea una persona, tiene acceso a servicios de salud y a educación.

Las decisiones que se toman desde el Gobierno son la diferencia entre si se deja drenar el erario público en dirección al pozo sin fondo de la corrupción, el uso ineficiente de los recursos y el despilfarro, o si se hace un esfuerzo porque cada dólar tenga un efecto multiplicador.

El gobernante es también el responsable de dar los lineamientos para que las políticas de seguridad garanticen el respeto a los derechos humanos, que se prevengan los abusos, la discriminación y la persecución por cualquier causa. Y definitivamente tiene un papel vital para que la Policía sea un ente de aplicación de la ley y no un organismo al margen de esta.

El presidente debe, además, armarse de un equipo probo, preparado y capaz para dirigir de la mejor manera los distintos ramos, desde la economía hasta la cultura y el medio ambiente; un equipo que sume, proponga, que ejecute y que sepa administrar los recursos a su cargo, humanos o materiales, en lugar de solo llegar a servirse.

Un buen gobierno hace que el ciudadano no se sienta estafado cada vez que paga impuestos, porque ve el fruto de estos aportes en buenos servicios y en obras de desarrollo, y no los ve esfumarse en lujos, camionetas, viajes, contrataciones innecesarias, plazas fantasmas o asesores que solo aparecen el día de pago.

El ciudadano de un país con un buen gobierno percibe mejoras en su calidad de vida, y viceversa: la incapacidad al frente de los gobiernos provoca corrupción, violencia, estancamiento y pobreza. Una mala gestión se traduce en poblaciones desatendidas, inconformes y apáticas.

Entonces sí, si uno no trabaja, no come. Pero si además se tiene un buen gobierno, se puede ir a trabajar en un ambiente de relativa seguridad, teniendo un salario justo y sabiendo que a los más vulnerables no les hará falta la protección social básica. Los gobiernos sí importan.

Votar, a pesar de todo

No solo fue la carencia de propuestas sobre cómo afrontar los graves problemas del país, el último suspiro de la carrera presidencial también dejó el sinsabor de muchas farsas. Varias y sobre los principales candidatos en la contienda. Lo que incluye sobresueldos, contratos adjudicados para amigos cercanos y negocios que contradicen el discurso manejado públicamente. Ni siquiera se necesitó que uno de los candidatos terminara de llegar a Casa Presidencial para que perdieran la máscara que llevaron durante los últimos meses.

Una vez más: la política salvadoreña no es cuestión de ideologías ni discursos, sino de intereses. Y no es un solo bando, ni dos, hay muchos y todos van enmascarados con buenas intenciones. Pertenecer a un grupo tampoco significa no poder negociar con otros tras bambalinas. Al final, nunca se sabe la cadena de favores que llevan a cuestas ni en quién pensarán al tomar decisiones cuando asuman el cargo. Esto no es más que un perpetuo déjà vu que se repite en cada elección y que hace crecer y crecer el ejército de indecisos que no saben por quién votar.

Para el ciudadano común es como estar en una de las películas de Alfred Hitchcock, esperando que un asesino salte de imprevisto desde un rincón y ataque por la espalda y a traición. Un escenario en donde lo único seguro parece ser que todos tienen algo que ocultar. Esto hace que cuatro meses de campaña abierta caigan en un sinsentido, sobre todo después de que los partidos han gastado alrededor de $20 millones en propaganda –con campaña sucia incluida–. Pero, inevitablemente, es la hora de decidir. Hay que votar.

Y de nuevo toca autoflagelarse y pensar cuál es el que menos mal le puede hacer al país. Con todo y sus vicios de origen, los grupos que los rodean. Algunas veces, vivir en El Salvador parece que es como estar a bordo del barco fantasma del cuento del alemán Wilhelm Hauff, un navío embrujado cuya tripulación está condenada a repetir el mismo trayecto una y otra vez. Navegando en una dirección durante el día y yendo en contrasentido durante la noche para terminar, básicamente, en el mismo sitio. Incapaces de llegar a ningún puerto y presos de la desazón de repetir la historia una y otra vez. Como la clase política, que parece llevarnos a ningún lado.

Ante este panorama, de entrada, hay que exigir más al nuevo inquilino de la Casa Presidencial. Dudar. Siempre dudar. No dejarse manipular y, sobre todo, que rinda cuentas. Si hay algo que ha caracterizado a los salvadoreños –de a pie– es la lucha por intentar hacer un mejor país. Nadie ha regalado nada en ese afán. Mucho menos las clases que siempre han dominado el aparato estatal. Hay que estar listos para navegar contracorriente. Está prohibido rendirse. El cambio que necesitamos como país no vendrá de cualquiera que sea elegido el 3 de febrero. Al final es la ciudadanía la que tiene la última palabra.