Viajes y saudade

Para muchos, la vida siempre será un viaje. Es recorrer un camino hasta encontrar el mejor lugar posible o a una persona añorada. Un viaje que te puede salvar la vida o es el último recurso. Un viaje para llevar una encomienda. Muchas de las cosas en la vida comienzan así. Y nunca se le dio tanto valor y se extrañó como ahora, en medio de una pandemia global que limita esa libertad.

Ante la imposibilidad de salir de casa, muchos se han sumergido en la nostalgia. Buscando fotos viejas y recuerdos de antiguos viajes. La nostalgia ha sido un pilar de la cuarentena. La saudade, como le llaman los portugueses, a ese sentimiento difícil de definir, que es próximo a la melancolía y es estimulado por la distancia, temporal o espacial, a algo que se ama y que implica el deseo de resolver ese camino.

Dicen que un largo viaje inicia con el primer paso, para los portugueses navegar por el mundo, hace 500 años, significó el nacimiento y profundización de su saudade. Tantos años más tarde, en un contexto radicalmente opuesto, una pandemia como la del Covid-19 nos ha obligado a quedarnos en casa y comenzar a padecerla. Añorando lo de afuera y los caminos para llegar a ello.

Después de tantos días de cuarentena, para muchos solo se va profundizando. En el último siglo, se dio un esfuerzo monumental por conectar el mundo. Se construyeron carreteras y aeropuertos. Viajar se volvió un gran negocio. Y, muchas veces, ante tanta trivialidad, se pierde el afán que hubo entre los viajeros antiguos.

Hay viajes que son un descubrimiento. Como los primeros documentados en el actual territorio nacional, entre ellos el de Diego García de Palacio, quien entre 1573 y 1579 recorrió las provincias de Guatemala e hizo una minuciosa descripción de los pipiles que habitaban El Salvador en el momento de la conquista y su flora y fauna; e incluso compara los venados silvestres que encuentra en los bosques de Ataco con los de la vieja Goa, el dominio portugués en la India.

Describe emocionado a los osos hormigueros, las dantas blancas y una infinidad de árboles y hierbas. Se asusta cuando encuentra aguas termales en otra latitud de Ahuachapán. Apuntes de una tierra que ha cambiado mucho y que al leerlos es como viajar al pasado. Ya lo dejó escrito José Saramago, el pasado es como «un inmenso pedregal que a muchos les gustaría recorrer como si fuera una autopista, mientras otros, pacientemente, van de piedra en piedra, y las levantan, porque necesitan saber qué hay debajo de ellas».

Igual con la literatura criolla que retoma viajeros y forajidos siempre en el camino, como el Siete Pañuelos de Roberto Armijo, un justiciero que vivía cabalgando entre las montañas de Chalatenango y Honduras. Huyendo del jefe expedicionario de turno que lo andaba cazando como su presa. Era un viajero perpetuo. Llevaba en bandolera sus armas y la melancolía propia de los vaqueros. Nunca estaba quieto ni tenía un lugar de residencia.

En los viajes también soñamos con llegar más lejos. Como el escritor salvadoreño Waldo Chávez Velasco, que en su cuento «La Placa» coloca a su personaje principal, Rocney, en un viaje interestelar directo al planeta Marte. Es un periodista en busca de una historia en las burbujas gigantes ideadas para albergar a las colonias humanas en ese planeta rojo. Un viaje que, en realidad, es una oportunidad para enmendar su rumbo errático en la tierra. Un viaje como el último reducto posible para madurar.

¿Te das permiso de sentir?

Hace más de diez años me encontraba en uno de mis múltiples procesos de transformación. Había construido mi identidad alrededor de la profesión que ejercía y eso limitaba mis posibilidades para crear e innovar en mi vida personal.

Empecé a contemplar la idea de emprender, llevaba en el mundo corporativo por lo menos 15 años. El primer paso fue buscar en Google un modelo de plan de negocios y utilizar la herramienta de autoconocimiento que me ha acompañado buena parte de mi vida: escribir a mano.

Recuerdo haber llegado a un punto en el que estaba lista, pero el miedo era una emoción permanente y paralizante que había aprendido a esconder porque mostrarlo, en ciertos ámbitos, era percibido como un signo de debilidad. Pero la sabia en mí, esa voz suave que siempre ofrece la indicación correcta me dijo que debía acercarme al miedo y conversar con él.

El miedo se comunicó claramente. Me urgió a preparar un fondo de emergencia para los primeros meses de operación, pagar la mayor parte de las deudas contraídas y buscar opiniones de potenciales clientes para validar mi idea.

Una vez lo escuché perdió fuerza y la parálisis desapareció.

Huimos de las emociones incómodas y nos asusta la fuerza que traen consigo. Porque, ¿quién no ha experimentado la energía de la rabia que moviliza todo a su paso o la sensación de congelamiento cuando la tristeza se estaciona en nuestra vida?

Marc Brackett, director del Instituto de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, señala en su libro «Permiso para sentir» que hace 40 años la mayoría de los psicólogos veían a las emociones como si fueran «ruido extraño, estática inútil».

Fue hasta1990, hace apenas 30 años, que el término Inteligencia Emocional fue introducido por Peter Salovey, profesor de psicología y actual presidente de la Universidad de Yale, y Jack Mayer, profesor de psicología de la Universidad de New Hampshire; y tan solo 25 años atrás que Daniel Goleman publicó su libro «Inteligencia Emocional» y popularizó el concepto.

Brackett y los estudios realizados por el Instituto que dirige señalan que «las emociones y los estados emocionales juegan un rol esencial en los procesos de pensamiento, juicio y comportamiento».

Además, el autor indica que nuestras emociones impactan en cinco áreas, principalmente: en la determinación de hacia dónde dirigimos nuestra atención «qué recordamos y qué aprendemos»; en la toma de decisiones; en nuestras relaciones sociales; en nuestra salud; y finalmente en «la creatividad, la efectividad y el desempeño»

Hemos sido educados para creer que las emociones son un estorbo o que una persona «muy emocional» no es confiable y además es poco productiva. Muchos todavía creen que las emociones «son cosa de mujeres». He escuchado a hombres expresar que «las mujeres están diseñadas para ser el sostén emocional y los hombres el sostén económico», afirmación que les evita asumir la responsabilidad de su vida emocional y la conexión con sus principales relaciones.

Ahora es reconocido entre científicos de las neurociencias, psicólogos e investigadores de las inteligencias humanas, que las emociones y el buen juicio o cognición trabajan de la mano para generar procesos sofisticados de creación de información y toma de decisiones efectivas.

La crisis de deshumanización o esa incapacidad de experimentar empatía proviene precisamente de evadir las emociones y las sensaciones asociadas a ellas. Al hacerlo nos disociamos de la realidad y de la vida, dificultando la posibilidad de conectar con otros. Y al no hacerlo nuestra comunicación es inefectiva y por lo tanto también lo es nuestro liderazgo.

Bracket es enfático al concluir que las emociones «poseen un propósito extremadamente práctico: aseguran nuestra sobrevivencia. Nos hacen más inteligentes. Si no las necesitáramos ellas no existirían».

¿Los hombres tenemos privilegios?

Empecemos por algo básico: Todos los hombres, solo por el hecho de serlo, tenemos privilegios. La visión androcéntrica bajo la cual se ha constituido esta sociedad, nos ha posicionado en una escala jerárquica más elevada que a las mujeres. Y los valores machistas bajo los que nos han educado han normalizado esta situación.

Hablando desde mi experiencia, a mí nunca se me han increpado por la forma en cómo me visto, tampoco he recibido acoso callejero, mucho menos mi integridad física o psicológica ha sido violentada por una mujer. Si me enojo, o ando de malhumor, nadie me dirá que es por culpa de la menstruación. Si consigo un empleo, o un ascenso, nadie pensará que ha sido porque me encamé con mi jefe.

Un hombre heterosexual jamás recibirá discriminación o ataques de odio por su heterosexualidad. La vida de un hombre heterosexual jamás estará en peligro por amar a una mujer. La vida de un hombre heterosexual no correrá peligro simplemente por ser quien es. ¿Por qué? Porque hay un sistema heteronormativo y patriarcal que ha impuesto relaciones heterosexuales y excluye a la población LGBTIQ+. Debido a esto, se reproducen patrones y conductas de discriminación y odio que pueden ir desde la negación de su identidad, hasta poner en peligro su integridad física. Y, así, hay una larga lista de privilegios que los hombres tenemos y que muchas veces ignoramos tener.

De por sí, las mujeres, solo por el hecho de serlo, tienen obstáculos en diferentes ámbitos, como el laboral, político, familiar. No obstante, existen otros factores de discriminación que aumentan su vulnerabilidad. Nos quedaríamos cortos si pretendiéramos analizar las desigualdades y abordar sus soluciones tomando en cuenta solo una arista. En un país tan desigual como El Salvador, existen estructuras de dominación que generan desigualdad de género, etnia, clase social, religión, edad, entre otros. Entender y analizar estos problemas de desigualdad, conlleva el realizar un análisis desde la interseccionalidad.

Es decir, entender las desventajas que tiene una persona o una población específica no se puede hacer de forma aislada (especialmente, cuando son desigualdades sistémicas). Diferentes estructuras de poder se interrelacionan y generan exclusión: el patriarcado, androcentrismo, colonialismo, xenofobia, racismo, el capitalismo, entre otros. Así, por ejemplo, las ventajas sociales que pueda tener un hombre, blanco, heterosexual, y clase alta, no serán las mismas que pueda tener una mujer trans, indígena, lesbiana, y clase baja.

Admitir y reconocer estos privilegios puede que no sea un proceso fácil, sobre todo, cuando nos beneficiamos de ellos. De hecho, está tan normalizado que cuando se nos increpa, automáticamente nos defendemos y buscamos de alguna forma victimizarnos. El privilegio «per sé» no es malo, el problema está en mantenernos dentro de esa burbuja de ecpatía y pasividad. El problema está en no querer hacer nada con nuestros privilegios. No basta con ser solidario, también implica empatía y acciones acordes a la forma en cómo pensamos.

Organicémonos

En El Salvador hay una infinidad de necesidades. A veces, cómodos dentro de nuestras respectivas realidades ?que pueden llegar a constituir verdaderas burbujas de privilegio?, nos cuesta estar conscientes de la magnitud de la pobreza y carencias en las que sobrevive una gran cantidad de gente en nuestro país.

Estas carencias van desde la ausencia total de lo que podemos considerar servicios básicos, como electricidad, agua potable y un sistema de aguas negras adecuado, hasta desnutriciones crónicas que minan calidad de vida de familias enteras, de generación en generación.

Sin embargo, también existe una gran cantidad de presonas, entidades, organizaciones, fundaciones, que no solo son conscientes de todo esto, sino que se dedican a tratar de ayudar a mejorar la situación. ¿Cuántos de nosotros no conocemos a un grupo de personas que dedican su tiempo, recursos y esfuerzos a ayudar al prójimo de alguna manera?

En el espectro de la solidaridad encontramos desde las organizaciones más básicas que cuentan cada centavo para poder seguir trabajando, hasta aquellas que tienen años de operar y logran canalizar importantes cantidades de recursos hacia diferentes tipos de programas.

Nutrición, educación, salud, agua, derechos de la infancia, de la mujer, usted nombre el área de acción, y encontrará mucha gente trabajando para tratar de mejorar la realidad, con resultados más o menos visibles, pero con impactos innegables.

En medio de la crisis por la covid-19, toda la vulnerabilidad de nuestra población con menores oportunidades e ingresos se vio potenciada. Esta situación sin precedentes hizo que un grupo de estas organizaciones decidiera que era momento de hacer las cosas de forma distinta, y crearon una plataforma que se llama +UNIDOS SOMOS+.

De esta iniciativa me llaman la atención varias cosas. La primera, es la pluralidad de sus integrantes. La red va desde grandes fundaciones, cooperación internacional y el mismo sistema de Naciones Unidas, hasta pequeñas organizaciones que tienen su área de acción bien delimitada en zonas aisladas, de difícil acceso, y donde la necesidad es aún mayor. Han integrado a ADESCOS, ONG, grupos de iglesias, todo el que quiera ayudar, y así suman ya 140 integrantes, número que crece semana a semana.

Lo segundo, y que creo que marcará una diferencia importante en el impacto de esta red, es que han decidido sistematizarse, organizarse. La plataforma incluye un mapa de las necesidades que hay en el territorio, de los niveles de pobreza multidimensional y de lo que más se requiere en cada lugar. El mapa también integra las capacidad, áreas de especialización y de influencia de las decenas de organizaciones que se han sumado a la iniciativa. La idea es hacer ese calce entre necesidades y ayuda, para no duplicar esfuerzos y lograr abarcar la mayor cantidad de población posible.

¿Cómo se organizan? Un ejemplo fue la entrega de alimentos y otros productos de primera necesidad, que están realizando desde ya, y con las que esperan llegar a 80,000 familias. Esto involucra a unas 20 organizaciones, la mayoría, ADESCOS. Si bien el donante principal es la Fundación Gloria de Kriete, la cobertura territorial que se pretende solo puede realizarse gracias a las organizaciones más pequeñas.

Muchas cosas serían diferentes si lográramos organizarnos mejor. Esta crisis se profundiza en la medida que no alcanzamos acuerdos mínimos para avanzar, sino más bien nos concentramos en nuestras diferencias, o en anular al otro, al que no piensa como yo, al que me cae mal, al que ha sido mi enemigo desde siempre.

El covid-19 nos está costando vidas y empleos, está profundizando la pobreza y nos ha hecho retroceder décadas en cuanto a desarrollo humano, pero pasará. Sí, la crisis pasará y debemos empezar ya a pensar en cómo vamos a levantarnos, a sentar las bases de nuestra recuperación y para ello, qué mejor que comenzar a organizarnos. Lo de +UNIDOS SOMOS+ es un ejemplo que ojalá se retome en otros ámbitos.

El camino de Masferrer

Alberto Masferrer siempre será viejo. Esa es la imagen de él que ha llegado hasta nuestros días. Su estampa de un hombre de bigote frondoso, mirada triste y mayor de cincuenta años de edad. Esa imagen que está pintada en las fachadas de los centros escolares que llevan su nombre y aparece en algunas contraportadas de sus obras. Se reproduce su pinta de escritor sosegado y docente pulcro. Pareciera que Masferrer siempre fue viejo y hay pocas fotos divulgadas de sus años de intempestiva juventud.

Antes de ser Masferrer simplemente fue Alberto. Un niño que a sus trece años desafiaba a sus maestros y ya reportaba fugas de los internados de la ciudad de San Salvador donde su papá lo había inscrito. Primero del colegio de la educadora francesa Agustina Charvin y luego del colegio del maestro cubano Hildebrando Martí, como se retoma en un minucioso ensayo escrito sobre la vida del escritor por la brillante Matilde Elena López, y que recopila detalles sobre la accidentada infancia de Masferrer.

Opuesto a la rígida disciplina educativa, incluso se hirió en una de sus fugas. «Salté un tapial cuyos bordes se hallaban cubiertos de polvo y telarañas…y me destrocé la mano. Debajo de las telarañas había desgarrados y enconados vidrios, trozos de botella…fueron a un tiempo nueve heridas, de las cuales hubo que extraer puntas de vidrio, entre la sangre que salía impetuosa», escribió Masferrer, años después, sobre el episodio de aquellos años en los que no se adaptaba al modelo educativo de la época.

Desesperado, su papá lo mandó a otro internado en Guatemala, al que ya asistían dos de sus hermanos mayores del lado paterno. Pero ocurrió lo mismo y el joven Vicente Alberto terminó sin graduarse de bachillerato. ¿Cómo ocurrió que uno de los hombres que se convertiría en un escritor de referencia del país no pudo terminar su educación media? No era un problema de capacidad, sino que no encajaba en el sistema. Y tras su triste paso por las aulas, Masferrer hizo realidad el plan que pensó por años: simplemente huir.

Pasó tres años en el camino, recorriendo diversos lugares de Honduras y Nicaragua. Para sobrevivir, hizo los oficios de buhonero, escribiente e, irónicamente, se inició en la docencia. Tanto en escuelas como en un presidio en la isla de Ometepe, en el lago de Nicaragua. En esos años, Masferrer aprendió a su manera y leyó mucho. «Pocas veces he visto un lector tan tremendo como Alberto», escribiría, años después, Arturo Ambrogi sobre él. Pero más que estar encerrado en un internado, el joven Masferrer aprendió del mundo.

Encontró su propio camino al aprendizaje y avanzó como autodidacta. Después de su viaje por la región, regresó a El Salvador convertido en docente y ensayista de la cruel realidad centroamericana. «Busca ayuda aquí y allá, pero para el padre no es más que un muchacho soñador, que prefirió vagar en vez de estudiar», escribió Matilde Elena López sobre su retorno al país. A Masferrer le tocó forjar su carrera a contracorriente, pero su juventud es un eco que resuena hasta nuestros días: en la vida hay otras formas de aprender.

Quizás nunca se había pensado tanto en la manera de enseñar/aprender como ahora, en medio de una pandemia como la del COVID-19. Una coyuntura que ha representando retos para maestros, alumnos, madres y padres. Desterrados de los centros escolares, ha habido una introspección sobre cómo enseñar y con qué herramientas hacerlo. Además de las siempre polémicas maneras de calificar. En medio de esta vorágine, el próximo 24 de julio de 2020 se cumplen 152 años del nacimiento de Alberto Masferrer, que más que una aburrida efeméride se piense un poco en los urgentes nuevos tipos de enseñanza.

Sumas y restas

El encierro comenzó en marzo. Llevamos casi cuatro meses de estira y encoge sin precedentes para cualquiera de nosotros: desde las luchas intestinas de la política local, pasando por la desinformación, la confusión y el miedo como herramientas de manipulación de la ciudadanía, hasta la falta de atención para quienes cuidan de nuestra salud y de nuestra seguridad. Una espiral a la que se han agregado además las pérdidas más dolorosas, las de nuestros familiares, amigos y conocidos.

A muchos salvadoreños nos tocó sumarnos a miles y miles que ya vivían en condiciones de precariedad, enrollarnos las mangas y simple y sencillamente sobrevivir un día a la vez.

Cualquier sensación o idea de control se fue por un tubo o se la llevó la corriente de la tormenta Amanda, que vino a recordarnos lo vulnerable que somos como país y como sociedad a causa de la corrupción instalada por quienes, en algún momento del pasado y del presente, han llegado a dirigir los destinos políticos y económicos del país.

No voy a escribir sobre ningún político. Desde hace muchísimos años perdí la fe en esas falsas figuras todopoderosas, porque al convertirme en adulta entendí que de esos espacios no surgirán las soluciones, porque a la gestión política muchos llegan a aprovecharse de nuestros impuestos, a beneficiar amigos y familiares o cuidar a patrocinadores. No tengo ni una tan sola palabra positiva acerca de los políticos salvadoreños. Y pensar en ellos me genera agruras. Así es que intencionalmente los evitaré.

De lo que sí quiero escribir es acerca de que no podemos obviar la realidad que nos rodea y mucho menos evadir el dolor de las pérdidas, porque son demasiadas y muy importantes. Familiares, amigos, conocidos, proyectos, trabajos, mucho se ha perdido y no podremos recuperarlo jamás. Y por ello no podemos huir ni ignorar la frustración y la pena que vienen con las pérdidas; más bien nos toca honrar la vida, la energía y los sueños de todo lo que se fue.

Porque descubrimos la sabiduría y las lecciones que surgen del caos y que suelen revelarse cuando nos detenemos, observamos y escuchamos la manifestación de la vida en un constante fluir de sumas y restas.

En diferente medida nos ha tocado soltar sin opción. En ese dejar ir hay mucho pesar por las pérdidas humanas, y también por situaciones y relaciones que no daban para más, que operaban en obsolescencia, que nos robaban energía y que, a pesar de que aún no lo entendemos completamente, han tocado punto final.

Dejar ir las agendas llenas, una relación o varias, ciertos proyectos o ideas que permanecían estancados ocupando espacios que ahora están libres para permitir el ingreso de aire fresco y nuevos impulsos, suma.

También al abrazar el dolor hemos reconocido que estamos llenos de emociones que no teníamos idea que éramos capaces de experimentar. Ellas nos muestran fibras humanas inexploradas, que nos impulsan a manifestar lo mejor que poseemos, la unidad y la ayuda desinteresada, acompañar en silencio. Estar presente para los demás.

Todavía es pronto para sacar conclusiones. Aún no sabemos en dónde terminará y dónde terminaremos. Aún es tiempo de duelo y también momento para cultivar la esperanza y para reconocer que cada día es una nueva oportunidad para continuar, para crear, para acompañar, para conversar, para cambiar.

Una sociedad más inclusiva y diversa

En nuestro país existe una gran resistencia, sobre todo de sectores más conservadores, para garantizar los derechos de la población LGBTIQ+. Esta negación y violación a sus derechos sucede porque hemos construido una sociedad de exclusión, basada en un sistema heteropatriarcal, que defiende preceptos religiosos antes que principios democráticos y derechos humanos.

Usualmente, se ocupa el término «LGBTfobia» para describir toda conducta negativa hacia esa población pero, probablemente, lo más adecuado sea usar la palabra odio, ya que no es temor lo que se expresa. La mayoría de las veces, el odio se transmite por comentarios que niegan la identidad y orientación sexual de la población LGBTIQ+. Muchas personas, para validar y legitimar su odio, se respaldan de la pseudo ciencia, con el objetivo de deshumanizar. Lo que es un hecho, es que la ciencia ha demostrado que el sexo y el género, son todo menos binario. El sexo biológico es más complicado que XX o XY, y tal como explica la neurocientífica Simón(e) D Sun, «el sexo biológico no está tallado en piedra, sino, es un sistema vivo con potencial de cambio».

Junio es considerado como el Mes del Orgullo LGBTIQ+, y sirve para visibilizar la lucha diaria que vive esta población en contra de la discriminación y la negación de sus derechos fundamentales. Pero junio ya finalizó, y los derechos de este gran segmento de la población se continúan atropellando, ya que no existe un marco jurídico que reconozca su derecho a definir de manera autónoma su identidad de género. Por si no fuese poco, la Asociación Comunicando y Capacitando a Mujeres Trans en El Salvador (COMCAVIS TRANS) ha registrado más de 600 asesinatos de personas LGBTIQ+ desde 1993 en El Salvador, en donde los hombres son los principales victimarios.

Construir una sociedad más inclusiva y diversa depende de todas las personas que le integran pero, en ello hay grandes cuotas de responsabilidad para los grupos más privilegiados y que gozamos libremente de nuestros derechos. A quienes nos corresponde cambiar y asumir responsabilidades, es a la población cisgénero, especialmente a los hombres y quienes viven su masculinidad de forma agresiva, violenta y tóxica.

Pero no se puede construir, si no destruimos antes. Nuestro deber es botar estereotipos y patrones machistas, y plantarle cara a la discriminación en los espacios de socialización de los que somos parte (amigos, en casa, colegio, universidad, iglesia, trabajo, etc.). Esto lo podemos hacer reeducándonos, no permitiendo «bromas» que fomentan odio en chats, y conductas violentas hacia la población LGBTIQ+. En Latinoamérica existen buenas prácticas, como es el caso del Instituto de Machos a Hombres en México, o el Instituto de Masculinidades y Cambio Social, en Argentina, que promueven programas de re educación y contribuyen a construir masculinidades más conscientes y positivas.

A los hombres se nos educó bajo la premisa de «ser hombre es ser macho», cuando, en realidad, existen diversas masculinidades. Como varones cishetero, debemos sensibilizarnos y cambiar el enfoque de cómo entendemos la masculinidad, promoviendo el respeto, la libertad y fomentando la inclusión e igualdad. Sin embargo, también hay que comprender que sentirse «deconstruido» es un autoengaño y lleva al acomodamiento. Tal como lo señala Nicko Nogués, esta acción debe ser asumida cada día en un presente continuo infinito, no como un participio pasado.

Avanzando a ciegas

El Salvador reporta actualmente más de 5,000 casos confirmados de covid-19, poco más de un centenar de fallecidos, y un ritmo diario de nuevos contagios que se acerca a los 200. Estamos en lo que se puede considerar la etapa más crítica de la pandemia en el país, con una curva que sigue en crecimiento.

Pero, ¿qué tan confiables son realmente los datos oficiales? Las dudas y críticas vienen de diferentes sectores, desde alcaldes preocupados porque realizan varios entierros al día bajo protocolo covid-19, hasta expertos que afirman que los datos presentados no pasan las pruebas metodológicas para garantizar su validez, e incluso los mismos ciudadanos que están perdiendo seres queriendos debido al virus y que no ven estos fallecimientos reflejados en las cifras de los informes diarios.

El mismo ministro de Salud, Francisco Alabí, ha admitido que hay un subregistro, asegurando que es algo que sucede en todas partes. ¿Qué tan grande es la brecha entre la fotografía diaria de la situación del covid-19 en el país que nos presenta el Gobierno, y lo que realmente está sucediendo?

Hacerle frente a una pandemia de esta magnitud sin datos certeros es como avanzar en un campo minado con los ojos cerrados. Contar con información real, confiable, actualizada, permitirá tomar mejores decisiones a quienes están dirigiendo esta batalla.

Saber dónde hay más casos es básico para focalizar los esfuerzos para menguar los nuevos contagios. En El Salvador hay municipios que han logrado sortear estos 90 días sin mayor afectación, y otros, como San Salvador, que se han llevado la peor parte. Uno puede caer en el simplismo de decir que es lógico, por la densidad poblacional, pero con la información adecuada se pueden tomar las acciones pertinentes precisamente en estos lugares con mayor afectación.

Por el momento, el monopolio de esta información la tiene el Ejecutivo. La base de datos de las pruebas se encuentra en el Laboratorio Central «Dr. Max Bloch«. ¿Sería muy descabellado pedir que esta base se abra para el análisis de grupos independientes de expertos, que ayuden a validarla? ¿No sería positivo a estas alturas de la pandemia permitir que expertos apoyen en el análisis de dichos datos para enfocar mejor los ya escasos recursos de la red pública de salud? ¿Es demasiado aventurado pensar que con un poco de transparencia y colaboración se lograría salvar más vidas?

Varios gobiernos han echado ya mano de comisiones de especialistas en diferentes áreas para poder combatir mejor la pandemia. El covid-19 es una enfermedad nueva de la que no se sabía prácticamente nada, pero de la que cada día surgen nuevos descubrimientos, tanto en su diagnóstico y prevención como en su tratamiento.

Si bien los esfuerzos en el plano internacional se centran en buscar un tratamiento efectivo y una vacuna, con lo que se espera por fin frenar la pandemia, no se debe descuidar la labor de evitar más contagios e impedir el colapso definitivo de los sistemas de salud.

Nuestros médicos, enfermeros, laboratoritas y especialistas necesitan que se encienda la luz para dar una mejor batalla. Y por supuesto que necesitan además toda la protección que se les pueda ofrecer. Es realmente indignante que a estas alturas un tercio de los contagios corresponda a personal de salud, porque no contarios con el equipo de protección personal adecuado.

Pero tan importante como esto es contar con directrices adecuadas, con un liderazgo que esté a la altura, y con lineamientos basados en evidencia científica. Sus vidas, y las de los miles de salvadoreños en riesgo de contagio del covid-19, no pueden depender de la improvisación y, para esto, se necesita que los pasos a dar no sean pasos en falso, sino bien planificados sobre un escenario lo más claro posible.

Un día sin políticos

Un día sin políticos sería un día festivo. En lugar de amarguras se destacaría todo lo positivo. Algo así como: celebremos un día sin proselitismo, sin discusiones y en el que ningún político –ninguno– estuviera invitado a opinar. Se podría mercadear como un día sin falsedades. Pelear o defender a un político en este día sería tan mal visto como insultar a la madre en el día de la madre. Sería un día, tan solo 24 horas, para platicar de otra cosa: del azul del cielo, de la existencia de los pumas en las montañas de Morazán o del aroma del café en los desayunos de los domingos.

En los programas de televisión no se invitarían a analistas ni funcionarios de gobierno, sino que –todo lo contrario– a niñas y niños para que nos contaran de sus sueños y anhelos. Qué quieren que sea El Salvador y de qué escribirían un libro ilustrado si tuvieran la oportunidad. Simplemente que digan sus videos favoritos en YouTube. Un día para escuchar más que para opinar. En un día sin politiquería, no se le preguntaría su «ideología» a nadie. Tampoco hubiera bandos y mucho menos cambios de partido ni tránsfugas. De hecho, fuera un día para destacar la lealtad y evitar las promesas vacías.

En un día sin políticos sería mal visto que los políticos o cualquier funcionario de Gobierno usara sus redes sociales. Se haría un silencio oficial de su parte. Tampoco pasarían spots de su gestión en la televisión ni cuñas de radio. Muchos verían películas clásicas u organizarían caminatas a los cerros cercanos a su casa, que siempre ven, pero que no tienen tiempo para ir. Nadie competiría con otro. Habría un ejército de ciclistas en las calles de las ciudades y en los callejones polvosos de nuestros cantones y caseríos. Nadie pudiera comprar voluntades ni inventarse excusas absurdas por lo que dejó de hacer.

Un día sin políticos nunca funcionaría, porque después la gente pediría todo un mes. Algo así como un mes conmemorativo sin políticos. En esas semanas se organizarían concursos de arte y de ambiciosos proyectos para desarrollar en salud, educación, tecnología. Serían planes excelentes porque no buscarían beneficiar a un proveedor específico o a un determinado partido político ni un grupo familiar. Se escucharía a los académicos, diversas voces antes opacadas y se estudiaría la historia, desde distintas ópticas, para saber en qué nos hemos equivocado. La gente del campo iría a la ciudad y los de la ciudad al campo.

Después hubiera descontento porque ya no alcanzaría un mes. La gente pediría cuarentena eterna para los partidos políticos como los conocemos. Todo se rompería, porque las personas comenzarían a cuestionar aspectos más profundos del sistema en que vivimos. ¿Por qué hay tantas personas que sufren para llegar a fin de mes? ¿Cuál es la clave para romper la desigualdad? A más de alguno se le ocurriría fundar otros partidos y, por supuesto, que surgirían liderazgos mesiánicos, pero pocos los escucharían, porque antes se estudió la historia y se sabe que eso no lleva a nada bueno.

«El bienestar de un país no debe ser un concurso de popularidad», titularía algún medio de comunicación que también se vería obligado a cambiar. Apareciera alguien, no se, cualquiera, que diría que una clave para sacar al país adelante es dejarnos de pelear. Discutir no tiene que ser igual que atacar al otro. Que se pueden tener diferencias e igual seguir respetando a los demás. Diría que las generaciones van pasando y nosotros no pasamos de lo mismo por peleas estériles. Diría que la vida es demasiado corta, más aún, si somos incapaces de llegar a acuerdos por el bien de la mayoría.

Racismo y liderazgo femenino

El cambio personal toma tiempo y toma más tiempo si este es activado por lo que sucede afuera y no por lo que sucede en el interior, desde los auténticos deseos y propósitos establecidos a voluntad por una persona.

Cambiar una sociedad es todavía más complejo porque en ese proceso interminable, de evolución e involución, se entrecruzan los intereses de todo tipo, las ideas y creencias de las personas y de las épocas, y los traumas personales y colectivos, que la ciencia de la epigenética nos ha demostrado que se trasladan de generación en generación. Porque una sociedad es el cúmulo de la vida y de la historia de cada individuo.

Recientemente, hemos sido testigos de la crisis social que viven los estadounidenses debido al racismo presente en ese país desde su fundación. Por siglos, ese sistema de creencias y formas de operar en la vida cultural, política y económica ha provocado, en dicha sociedad, la marginación de afroamericanos, latinos y otros grupos étnicos que no «caben» en el modelo de supremacía blanca o en su «destino manifiesto», que dicta que esa nación tiene por predestinación, casi divina, «dirigir y cuidar» a la humanidad; una humanidad que no está compuesta por todos, sino solo por aquellos que, según sus estándares, son «dignos» de pertenecer.

El mundo empresarial y digital de los Estados Unidos cuenta con numerosas mujeres blancas que dirigen imperios económicos de educación en línea. Líderes reconocidas como Marie Forleo, Amy Porterfield, Broke Castillo y Kate Northrup, entre otras, que administran comunidades de cientos de miles de mujeres entre las que se encuentran clientas negras. En los últimos días, estas confrontaron a las primeras, demandando de ellas una postura antirracista frente a la violencia y a los asesinatos de varias personas negras sucedidos recientemente y emplazándolas a pasar del discurso políticamente correcto a la confrontación de su propio racismo internalizado. Algo que se manifiesta en sus comportamientos y políticas empresariales, los cuales perpetúan la supremacía blanca, como, por ejemplo, la falta de espacios en sus canales de comunicación para expresiones de mujeres de diferentes grupos étnicos.

Este proceso, una vez más, está siendo dirigido por mujeres, y de él sacaremos lecciones que impactarán en los estilos de liderazgo femeninos y también en los masculinos, a través de nuevas formas de pensar, actuar y dictar transformaciones sociales y empresariales que aceleren y afiancen el cambio.

La discusión que se está desarrollando en Estados Unidos nos importa a los salvadoreños porque, además de ser el nuestro un país claramente racista, la confrontación personal a la que están siendo empujados los liderazgos blancos tendrá impacto en la cultura antirracista del mundo entero; ya que muchos de ellos han aceptado finalmente la necesidad de cambiar el sistema de creencias a nivel personal para modificar al sistema en lo externo.

También, es importante entender de qué está conformado el racismo y qué significa ser antirracista, porque la marginación que sufren en El Salvador amplios grupos de la sociedad se ha alimentado de ese sistema de creencias y prácticas sociales y económicas. Para verlo solo hace falta profundizar en la historia nacional para descubrir un velado sistema de esclavitud al que han sido sometidos millones de salvadoreños pobres o indígenas a través de los siglos.

Con todo, es de hacer notar que el cambio en lo externo y la confrontación personal e íntima van de la mano y son procesos que no terminan jamás. Porque la injusticia, el abuso, la inequidad, el racismo y la corrupción están profundamente enraizados en la forma en cómo vivimos, y para cambiar sostenidamente la realidad externa necesitamos entender cómo las decisiones de nuestros antepasados y las nuestras han contribuido y todavía contribuyen a alimentar el estado de injusticia e inequidad de las cosas.