Guerra de desinformación

El año 1895 fue trascendental para el periodismo salvadoreño. Ese año nació el Diario del Salvador, dirigido por el escritor Román Mayorga Rivas. En sus páginas escribirían Arturo Ambrogi, David J. Guzmán, Francisco Gavidia, entre muchos otros. La publicación era diferente a lo que los lectores salvadoreños estaban acostumbrados. El Diario del Salvador emulaba al periodismo norteamericano: en formatos, imprentas y hasta en su sistema de distribución a través de niños «canillitas«. Incluso sus oficinas estuvieron ubicadas en el céntrico edificio Ambrogi, que fue, por mucho tiempo, el edificio más alto de la ciudad de San Salvador y era llamado «el primer rascacielos de Centroamérica» con sus cuatro pisos.

Irónicamente, el 1895 también sería un año bisagra para el periodismo norteamericano que se trataba de replicar en el país. Ese año, en la ciudad de Nueva York, se desató una guerra abierta entre el New York Journal y el New York World, dos de los periódicos con mayor circulación de la ciudad estadounidense. Una batalla sin cuartel que enfrentó a Joseph Pulitzer –propietario del World– con William Randolph Hearst –dueño del Journal–. Ambos se pelearon periodistas, compitieron por tener el precio más bajo por edición y su lucha por ganar lectores conllevó el nacimiento y uso sistemático del amarillismo.

Obsesionados por superar a su rival, cada edición era una lucha por contar las historias más truculentas, encontrar los personajes más bizarros y hacer las críticas más injustificadas. Hasta que todo se fue desbordando y comenzaron a inventar historias completas para sacarle ventaja a la competencia. Una guerra de desinformación en la que los lectores quedaron en el medio y sin saber distinguir entre lo que era real y lo falso. Un escenario con bastantes similitudes a lo que se vive ahora con las redes sociales y muchos «medios» que tergiversan noticias para beneficiar a determinado político, partido o Gobierno.

Y hoy, como a finales del siglo XIX, la guerra mediática llegó a su punto más álgido en medio de una crisis. Después de estar enfrascados en su particular guerra por casi tres años, Hearst usó la crisis en Cuba, en el contexto de su revolución independentista contra España, para manipular a la opinión pública y presionar a Estados Unidos a que incursionara en el conflicto. El 15 de febrero de 1898, una explosión fortuita al interior del acorazado de segunda clase Maine, que estaba en el puerto de La Habana, mató a 256 tripulantes y fue la excusa perfecta para Hearst y su New York Journal.

Aunque desde el primer momento se indicó que todo había sido un accidente, el periódico vendió la noticia falsa de que, en realidad, fue un ataque de los españoles. En los días siguientes, alimentó la teoría de una conspiración contra los Estados Unidos hasta que los norteamericanos atacaron a los europeos. Hearst pasó años presumiendo de que Estados Unidos decidió ir a la guerra por él. Era un multimillonario megalómano con un ego tan grande que incluso mandó a construirse su propio castillo. Las autoridades siempre lo desmintieron, pero él se enorgullecía de la máquina de desinformación que había creado.

Ahora, en el 2020 y en medio de una crisis como la pandemia del Covid-19, parecemos vivir en otra guerra de desinformación. Una con herramientas mucho más sofisticadas y que transcurre en el mundo digital. Tras el escándalo de Cambridge Analytica, hay gobiernos que han calificado estas estrategias en las redes sociales como armas de manipulación psicológica. La crisis por el Covid-19 ha sido solo la excusa perfecta para utilizarlas a granel. Pero su objetivo, en 1895 y 2020, siempre será el mismo: manipular a la mayor cantidad de personas posibles para cumplir sus intereses. El manual no cambia: crear enemigos, difundir miedo y entender la comunicación como una batalla. Siempre hay alguien que se beneficia del caos.

La relevancia de las emociones

Las emociones y su manejo no son un tema común ni cotidiano. Mas bien lo usual es ver de forma extraña a quien se atreve a expresarlas abiertamente, y pareciera que lo «correcto» es ocultarlas como si sentir fuera antinatural y se pudiera eliminar.

En términos generales, me atrevería a decir que la mayoría somos analfabetas emocionales, que buscamos consistentemente ocultar lo que sentimos porque hemos aprendido que es vergonzoso mostrarnos frente a situaciones difíciles, como la perdida de un ser querido, una enfermedad, una injusticia, el abuso verbal o físico, el acoso escolar, nuestros propios pensamientos y creencias, entre otros, que nos producen, como resultado, emociones complejas.

Control es la palabra favorita en esas situaciones. Porque «controlarnos» es comúnmente aceptado como una fortaleza. Se espera que los pequeños se dominen a sí mismos cuando están aburridos o frustrados, o que una empleada que ha sido humillada o maltratada por un jefe permanezca callada, o que frente al abuso de autoridad de un padre de familia, un policía o un político no se muestre enojo.

Sin embargo, el coronavirus ha traído consigo cambios y retos, y uno de los más importantes es una saludable gestión de las emociones frente al miedo y a la incertidumbre de esta situación desconocida.

Pero, ¿qué son las emociones? ¿Qué significa «manejarlas» adecuadamente? ¿Por qué de repente resultan tan importantes para la vida de las personas?

Dejar de sentir no es una opción. Porque las emociones son señales en respuesta a nuestros pensamientos o circunstancias externas y están íntimamente vinculadas con nuestra esencia. Solo sintiéndolas podemos entender qué necesitamos, qué nos agrada o desagrada, qué valoramos y dónde necesitamos protegernos estableciendo límites.

Las emociones son fundamentales para el desarrollo adecuado de una persona. Pretender que una persona no sienta es como pedirle que no respire.

La red de Inteligencia Emocional «6seconds», que utiliza el modelo de las emociones del científico Robert Plutchik, destaca que ellas se manifiestan a través de nuestros cuerpos para alcanzar un propósito. Por ejemplo, explica que el enojo surge de un problema y su propósito es que una persona se mueva para luchar o para presionar un cambio en esa situación; el miedo se manifiesta frente a una amenaza y su motivación es proteger; y la alegría muestra una oportunidad e indica que es necesario hacer más de eso que la causa.

Marc Bracket, director del Instituto de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, señala en su libro «Permission to feel» (Permiso para sentir) que reconocer las emociones sin juzgarlas es relevante para comunicarnos, para saber qué valoramos y qué nos causa daño, también, para sentir empatía propia y hacia otros, y para regular los comportamientos asociados a las mismas.

Brackett enfatiza que las emociones nos permiten experimentar la vida, porque «cuando no tenemos palabras para expresar nuestros sentimientos, no solo carecemos de capacidad descriptiva. Nos hace falta dominio para crear nuestras propias vidas».

En este momento desafiante necesitamos reconectar con la esencia que nos hace humanos y que se expresa a través de lo que sentimos. Para hacerlo, Brackett señala que se vuelve fundamental reconocer, entender, nombrar y regular las emociones a través de dos aspectos que facilitan este proceso, que son el confort y la energía que generan las emociones.

Cuando nos volvemos conscientes de la comodidad o incomodidad y de la alta o baja energía que una emoción provoca, se alcanza claridad sobre el espacio emocional en el que nos encontramos. Y cuando sentimos y nombramos la emoción es que podemos identificar la causa que la genera, y desde ese entendimiento es posible tomar mejores decisiones para regular y ajustar los comportamientos que surgen de ella.

#YaVoyxTi

«Voluntarios en tiempos de emergencia». Es uno de mis ejemplos favoritos para pensar en la innovación que podemos hacer como ciudadanía en esta emergencia sanitaria. Porque el ejercicio de la ciudadanía es cada vez más urgente: ante unos Estados que no siempre explican con claridad los pasos que estamos llevando a cabo como parte de las cuarentenas establecidas, la contraloría por parte nuestra es esencial. El equilibrio de los poderes debería potencializarse con la transparencia y rendición de cuentas que exige un Estado abierto.

Y en esa dinámica, la ciudadanía activa es imprescindible, y la innovación que puede promover se define también por su capacidad de incluir (o de acoger, más bien) a más personas: en este caso, para quienes están en situación de dependencia. Ahora vamos con dos casos.

El primero, cuya iniciativa da nombre a esta columna, está formado por un equipo multidisciplinario (cómo no) que a través de las tecnologías digitales coordina voluntarios para ayudar a quienes, por distintas razones, no pueden moverse de su casa. Se dan lineamientos de seguridad, de cómo cuidarse para no contagiarse y para no contagiar, pero que también garantiza que son personas que van a cumplir en esa rutina de ayuda (es decir, que no van a estafar a quienes necesitan el apoyo). Es un equipo que pone al común conocimientos de marketing, comunicaciones, diseño, soporte técnico, marcos legales y demás.

Toda la documentación de este y otros trece proyectos está disponible de manera pública en el apartado de Laboratorios Ciudadanos de Frena La Curva (www.frenalacurva.net), una plataforma ciudadana que canaliza y organiza la resiliencia cívica frente a la COVID 19, para complementar la respuesta de los Gobiernos y servicios públicos esenciales.

Esto ya está poniéndose en práctica en España, y articula esfuerzos de 16 países. Uno de los países ahí representados, Alemania, también cuenta con una hackatón virtual de ideas innovadoras para hacer frente a la COVID 19, organizada por el Gobierno: Karmakurier es el proyecto de Nelson Javier Mejía, salvadoreño, quien es uno de los 130 seleccionados (de 1,500) como idea innovadora. Un ingeniero en desarrollo de productos junto a un bioneurólogo (Andreas Chiocchetti) son apenas dos de las disciplinas que se unen para el desarrollo de esta idea, que se está concretando en una página web que permita apoyar a la tercera edad en los mandados que esta necesita durante la emergencia.

Jorge Rastrilla, de Empodera x los ODS (España), afirmaba hace cinco años que las tecnologías digitales eran una herramienta para que las personas pongamos al común nuestros talentos en función de proyectos colaborativos que mejoren la vida de todos en una sociedad, como una suerte de inteligencia colectiva (que también ya hemos reflexionado acá en varios momentos).

Ya en ese entonces lo nombraban «innovación ciudadana», y era parte de los beneficios de una Sociedad del Conocimiento (reconocida por la Unesco en el 2005), que implica la producción de un conocimiento que será compartido y accesible para que toda la ciudadanía pueda acceder a él y, a través de él, mejorar las condiciones de vida de todos.

Por eso el mensaje central de esta vez es «ya voy por ti». Ya voy a llevarte lo que necesitas, ya voy a apoyarte. Y en estos días, insisto, es un acto de conciencia cívica, humana, ética. Ocupar las tecnologías para mejorar e incidir en nuestro entorno inmediato es también ejercer nuestra ciudadanía digital. Unirnos (como personas particulares, ONG o colectivo, ayuntamiento o institución) a un esfuerzo como Frena La Curva es, además, ejercer nuestra ciudadanía digital en el mundo. ¿Nos sumamos?

¿Hora de reactivar?

El covid-19 mantiene actualmente bajo medidas de confinamiento a una cuarta parte de la población mundial. La pandemia ha superado los 3 millones de casos confirmados, ha costado decenas de miles de vidas, y ha borrado años de crecimiento económico.

Por la alta virulencia de esta enfermedad, la principal medida de prevención es el aislamiento: millones de personas permanecen en sus casas por orden de sus respectivos gobiernos, en un intento desesperado por frenar la propagación de este nuevo tipo de coronavirus.

Como consecuencia, buena parte de la actividad económica ha parado, y algunas industrias, como la aeronáutica y el petróleo, se han llevado la peor parte. Con aeropuertos cerrados y nadie viajando, las aerolíneas han frenado sus operaciones, y con una población mundial que se transporta poco, el petróleo llegó en abril a negociarse a precios negativos, es decir, los productores llegaron a pagar porque se retirara el producto de sus almacenes.

Paralelamente, la Organización Internacional del Trabajo calcula que se perderán unos 50 millones de empleos, y que el mayor impacto -un 80 % en el caso de América Latina- se lo llevarán los trabajadores independientes. La población más pobre no ha podido salir a ganarse el sustento y la previsión global es que la desaceleración económica supera a la que se tuvo para la crisis de 2008.

Entre el temor natural por la enfermedad, y la crisis económica que han ya generado el covid-19 y las medidas de confinamiento asociadas al mismo, la gran pregunta es cuándo reabrir las economías. En Estados Unidos, el país con mayor impacto por el coronavirus, este proceso ya inició, en medio de críticas por una posible segunda ola de contagios al permitir que más gente salga a las calles para retomar las labores en industrias y comercios que, durante las últimas semanas, permanecieron cerrados.

El economista Ricardo Hausmann, director del Centro para el Desarrollo Internacional y profesor en la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, fue uno de los primeros en advirtir que la pandemia tendrá serias implicaciones macroeconómicas para la mayoría de loa países. Hausmann está a favor de las medidas que lleven a aplanar la curva de contagios, como el confinamiento, pero aclara que para reducir los efectos de estas medidas sobre las empresas y el empleo, como aplicar medidas de alivio a negocios y personas.

Un punto clave, y en el que se centra actualmente el debate en el país, es cómo volver a retomar la actividad normal después de una cuarentena como la aplicada en El Salvador. El experto aboga por mantener aislados a los adultos mayores antes de levantar la cuarentena, y retomar de forma gradual las diferentes actividades económicas, y ajustar el ritmo de reapertura de las empresas a medida que se cuente con mayor información sobre la evolución de la enfermedad.

El experto sugiere movilizar todos los recursos que sean posibles hacia la lucha contra la enfermedad, aun cuando esto implique adquirir nueva deuda. La prioridad del gasto debe ser el rubro de salud, seguido por la protección de los individuos y, en tercer lugar, de las empresas.

El plan de alivio económico presentado por el Gobierno, que requiere una inversión de $1,000 millones, no aborda la reapertura de la actividad económica, sino más bien medidas para dar liquidez a las empresas, como una prórroga de plazos fiscales, préstamos a bajo interés, y un subsidio a las planillas.

El cómo y cuándo retomar la actividad económica está, por el momento, fuera de la discusión oficial, pese a que el mismo Ministerio de Trabajo ha trabajado ya, junto a gremiales como la de los industriales, protocolos para retomar los procesos productivos de forma más segura.

El covid-19 cambió la forma en la que debemos hacer las cosas. Empresas y gobiernos deben pensar en maneras creativas de reabrir las economías, sin que esto implique volver a dar especio a la pandemia.

Del paludismo al covid-19

Es la historia de un poblado que es diezmado por una enfermedad. Sus habitantes van cayendo, uno por uno, víctimas de un padecimiento que puede ser letal. Es un mal extraño que los postra rápidamente y deja a sus familias llenas de incertidumbre. El protagonista de esta historia es el pescador Marcos Vallecillos, a quien le toca ver como enferman los que lo rodean, incluyendo su esposa Eulogia. Es el cuento «Fiebre en la costa» del salvadoreño Hugo Lindo, autor nacido en La Unión en 1917, unos meses antes de que comenzara la pandemia de la gripe española que azotó el planeta.

En su texto, Lindo ilustra cómo los pobres de El Salvador se enfrentaban a las enfermedades en la primera mitad del siglo XX. Y tristemente se parece mucho a la actualidad. En este caso se enfoca en el paludismo y las penurias que se vivían para hacerle frente. Cuando la esposa de Marcos enferma, a él no solo le toca sufrir por ver a Eulogia muerta de frío, envuelta en colchas chapinas, en cama, durante los mediodías costeños; sino que saber que tiene menos de cinco colones y una olla de frijoles para sobrevivir. Una situación que lo obliga a salir a pescar a mar adentro y dejar sola a su esposa enferma.

Marcos se arriesga como se arriesga la gente que vive del día a día. Si no hay pesca, no hay nada para llenar el estómago. En las últimas semanas, hemos sido testigos de esa misma encrucijada. Miles de salvadoreños se juegan su salud y la de sus familias para tratar de sobrellevar su precaria economía en el marco de una pandemia como la de la covid-19. Salen por su misma necesidad y la de los suyos. Así son las crisis, siempre desnudan a los más pobres y se puede ver con mayor claridad el verdadero rostro del país, surcado por la precariedad y demacrado por el estrés de no tener que comer.

Y en ese contexto, el pescador –como el agricultor o el obrero– es el salvadoreño luchador por antonomasia. El que arriesga mucho por tan poco. A bordo de sus lanchas, que muchas veces son muy básicas, se enfrenta a tempestades que lo pueden hacer naufragar en cualquier momento. Todo solo para subsistir. Marcos se arriesga acompañado de su ahijado de doce años. Los dos salen a remo, al atardecer, hacia el amplio mar. De entrada, la suerte parece sonreírles, cuando pescan un enorme «boca colorada» que a duras penas logran subir al bote. El gran pez era un salvavidas económico ante la enfermedad de Eulogia.

Pero en ese momento que sabe a gloria, la enfermedad les da otro revés. A bordo del bote, el niño de doce años comienza a temblar del frío y, por el esfuerzo de la pesca, cae con fiebre en ese preciso momento. El mar se comienza a picar y Marcos rema como loco, pero no puede avanzar por la fuerte marea. Es como «una cáscara de mangle a merced de la reventazón». Cae la noche y cada vez parecen más lejos de la costa. El niño delira por la fiebre acostado junto al gran pez. Marcos llora amargamente, pero no deja de remar y, al amanecer, logra llegar a la orilla.

Cuando vuelve a casa, Eulogia se siente mejor después de ser atendida por una fortuita brigada médica que llegó a la comunidad. Pero su ahijado de 12 años está mal y muere a los pocos días por el paludismo. Los médicos no pueden hacer nada por él después de lo que pasó mar adentro. El niño fallece víctima de la enfermedad, pero también de sus circunstancias. Las mismas que no han cambiado para miles de salvadoreños que enfrentan con incertidumbre a la covid-19. En plena pandemia, aún sin tener claro el alcance de la crisis socioeconómica que conlleva, la precariedad nos sigue matando.

Escribir, mi ancla perfecta

Algunos oran, otros meditan, o pintan, bailan o hacen ejercicio. Yo, escribo. Lo hago como si no hubiera mañana. Escribir me conecta con el momento presente y me lleva a poner, sólidamente, los pies en el piso. Y, desde que mi mente recuerda, ha sido un ejercicio que me ha permitido observarme y observar al mundo que me rodea.

Escribiendo me descubro y, en este encierro obligado, escribir es la actividad que realizo con mayor empeño durante el día. Mi reloj biológico se ha desordenado. Estoy durmiendo hasta bien entrada la noche y me doy cuenta de que no estoy descansado bien. Me levanto con el cuerpo adolorido y el cuello tenso. Todas, señales de que hay un hilo de estrés latente y permanente rondando por mi cabeza.

Desde hace mucho decidí que a mi mente y a mis emociones las dirijo yo. Hacerlo es sencillo cuando la vida sigue la ruta que he establecido; porque, al igual que la mayoría de los humanos, yo también busco certeza y estabilidad. Deseo creer que mañana todo saldrá como lo he planificado. Pero en cuanto las cosas se desvían, la ansiedad me alerta acerca de lo que se está moviendo hacia un lugar diferente del que habíamos acordado.

Experimento en mi cuerpo los primeros signos provocados por el estrés. Percibo angustia e incomodidad. La angustia se siente como cientos de libras sobre mi pecho, la incomodidad, es como un acompañante del que solo deseo apartarme, como energía que me impulsa a moverme de ese lugar. Sé que es momento de sentarme a escribir cuando esa incomodidad persiste y se queda estacionada en mi cuerpo.

Naturalmente huimos de la incomodidad porque hemos aprendido en esta cultura, obsesionada con la productividad, el consumo y los resultados instantáneos, que esas sensaciones y emociones incómodas pueden evitarse. Vivimos escapando del dolor y de la angustia, tan naturales como la vida misma, para perseguir afuera una «felicidad» empaquetada en cosas o experiencias. Y así, huimos a través del consumo desesperado de drogas, prohibidas o aceptadas socialmente, de ropa, relaciones, éxito, televisión, noticias, redes sociales, o discusiones eternas sobre política.

Evadimos esos espacios incómodos, pero es ahí donde habitan micro o macro traumas, duelos no vividos, heridas emocionales; y, paradójicamente, es en esos lugares donde se encuentran las claves para procesar, sanar y progresar desde el ser y no desde el hacer o el tener.

Sanar es como la tierra y sus ciclos, porque es en sus profundidades a oscuras desde donde se alimenta la semilla y surgen los mejores colores de la flor.

Distraernos no resuelve nada y, por el contrario, solo nos aleja de las soluciones y la creatividad que resultan de atravesar la incomodidad, el dolor y la angustia. Porque, al otro lado de esas emociones difíciles, es donde convergen la consciencia, el entendimiento de lo que nos afecta, la resolución y el bienestar.

Creo en la salud mental y para obtenerla es necesario el acompañamiento de profesionales que caminen junto a las personas en sus procesos de sanación. Y también creo en la autogestión y en la responsabilidad personal que cada uno ejerce consigo mismo, una vez se convierte en persona adulta. Y es en esos procesos, ya sea acompañados o en solitario, que se vuelve fundamental escribir para reconocer y gestionar a la mente y a las emociones.

Escribir me facilita trasladar a un papel el continuo diálogo mental que me cuesta observar si no es a través de las letras. Escribir es como activar a un investigador que escarba en mi cerebro y descubre las pruebas para resolver los dilemas.

Escribir es mi arte personal. Y en este momento, en el que enfrentamos una amenaza real y desconocida, es cuando hacerlo se ha convertido en mi ancla perfecta.

La pandemia, la ciudadanía y la democracia

«Eres del lugar en el que recoges la basura» es (palabras más, palabras menos) una frase de Juan Villoro. Si la adapto a estos tiempos pandémicos, diría que somos del lugar al que buscamos ayudar a superar la emergencia… y ese lugar puede ser una casa, una red sociodigital, un país, una región o un planeta. Dependerá de desde dónde estemos ejerciendo nuestra ciudadanía y dónde queremos incidir.

De la cultura digital retomo siempre la noción de inteligencia colectiva; de las humanidades digitales, el trabajo multidisciplinario en red; y de la tecnopolítica, la innovación ciudadana. El poner nuestros saberes y nuestra experticia al común, y lograr aportar desde distintos campos de acción (el derecho, la informática, las comunicaciones, la economía, las relaciones internacionales) ha logrado que se democraticen iniciativas innovadoras: que se hagan propuestas para enfrentar tanto la pandemia como lo que viene después, construidas desde lo colectivo y buscando escalar lo suficiente hasta llegar a los tomadores de decisiones es parte de las ventajas de una sociedad red o conectada. Voy con dos ejemplos.

En internet en estos días hemos visto, además de «fake news» y peleas, iniciativas ciudadanas que sí vale replicar y a las que vale la pena sumarse. Uno de los modelos es El Salvador Conectado, que se define como «una iniciativa ciudadana, sin fines de lucro, apolítica y multidisciplinaria de profesionales que buscamos aportar soluciones tecnológicas» para acercarse a la población más vulnerable y que no suele tener acceso a estas redes. Por ejemplo, «en menos de 72 horas la comunidad completó el prototipo de servicio de consulta del beneficio de los $300USD accesible vía SMS y llamada automatizada», contaron en su Facebook el último día de marzo, mientras compartían un video de un minuto sobre cómo funciona su propuesta. ¿Quieren aportar? Escriban a [email protected] o búsquelos en Facebook, Twitter, Instagram o su web ElSalvadorConectado.org (las mayúsculas son solo para facilitar la lectura).

El segundo es el respirador mecánico desarrollado por el Laboratorio de Nanotecnología de la Universidad Francisco Gavidia: «Funciona con un motor y elementos elaborados con una impresora 3D que presionan una bomba manual de asistencia respiratoria usada en las áreas de emergencia», según dijo Óscar Picardo, director del Instituto de Ciencia, Tecnología e Invocación de la UFG, a una nota publicada en este periódico hace unos días.

Busco provocar para que más personas nos sumemos a distintas iniciativas. Acá coloco dos, pero no son las únicas: hay otras enfocadas en la labor de hacer llegar canastas básicas a personas que necesitan nuestro apoyo; otras más, están enfocadas a profesionales ofreciendo sus servicios gratis para que salgamos adelante ahora y después.

Pero también busco, como siempre con este espacio, que volvamos la mirada hacia la urgencia de que, desde los espacios de educación (formal e informal), promovamos una alfabetización digital que permita que convirtamos la información que consumimos de los medios de comunicación (digitales) sea nuestra herramienta para transformar el mundo. Y que, ante ello, lo público y lo privado promuevan espacios de innovación pública, ciudadana y democrática. Que no viralicemos ni el virus ni el miedo. Que viralicemos un pensamiento crítico y un trabajo colaborativo. Ante el temor de un virus que se contagia rápido, una inteligencia colectiva que se conecta más rápido aún. De esta pandemia nuestra democracia saldrá fortalecida si nos conectamos para que estas iniciativas ciudadanas escalen y se vuelvan permanentes.

Quedémonos en casa

El mundo enfrenta una situación sin precedentes. En pocos meses, una enfermedad ha puesto bajo cuarentena a una cuarta de la población mundial, ha paralizado buena parte de la economía y ha cobrado decenas de miles de vidas. Cada día se reportan nuevos contagios, y pese a que la carrera por encontrar un tratamiento eficaz o una vacuna avanza a todo vapor, no se tendrá fármacos aprobados y viables hasta dentro de unos 18 meses.

El COVID-19 es la enfermedad causada por un tipo de coronavirus descubierto a finales de 2019 en China. En pocas semanas se esparció por el mundo y se convirtió en pandemia. Es altamente contagiosa, y la evidencia recabada hasta hoy muestra que un 20 % de los casos termina necesitando atención médica. La mortalidad, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) es del 2 %.

Para una gran parte de quienes se contagian, no pasa de manifestarse como una gripe. En personas con condiciones preexistentes, como diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, males renales o incluso obesidad, suele ser más grave.

La propagación del COVID-19 se da principalmente por la exposición a pequeñas gotas de secreción que el portador del virus expulsa al estornudar o toser. El virus también puede sobrevivir en distintos tipos de superficies, principalmente sobre acero y plástico, por lo que las principales medidas de prevención que los expertos aconsejan son el lavado constante de manos y el aislamiento social.

En El Salvador se decretó cuarentena domiciliar obligatoria el pasado mes de marzo, cuando aún no se registraban muertes por la enfermedad. La medida, que generó polémica en cuanto su ejecución y el efecto que tendría sobre la economía y los ingresos de las personas, es la más acertada y la que están recurriendo cada vez más países.

No hay, por el momento, una cura probada para el coronavirus. Los casos reportados como recuperaciones van desde personas en las que los síntomas no fueron tan agudos, hasta pacientes que sí debieron estar incluso con respiración asistida por complicaciones en la neumonía que les generó el COVID-19.

En El Salvador hay, hasta este viernes 3 de abril, medio centenar de casos confirmados y tres muertes a raíz de la enfermedad. A poco más de dos semanas de haberse iniciado la cuarentena obligatoria, las cifras comienzan a despuntar y, extrañamente, la población parece más relajada, se ven más personas y vehículos circulando por la calle, pese a que las autoridades han advertido que a quien se encuentre violando la cuarentena sin una justificación válida, se le trasladará a los centros de contención, donde poco más de 4,000 salvadoreños están recluidos.

Hay varias excepciones de circulación aún, como los empleados de sectores como los alimentos y el área de salud, los medios de comunicación y los trabajadores de diferentes ámbitos del aparato estatal, así como la Corte Suprema y la Asamblea Legislativa.

La cuarentena y otras medidas aplicadas durante la emergencia están amparadas en diferentes decretos ejecutivos, que en su momento también han generado polémica. Realmente la situación es sumamente seria y grave. Más allá de estar pensando en que un decreto va a dejar de estar vigente para irme para la calle, todos deberíamos estar pensando en forma para reducir nuestras salidas al mínimo posible. El Salvador es un país con un sistema de salud con muchísimas carencias, y el gran reto debe ser reducir al máximo el riesgo de contagio, para no saturar el sistema.

El encierro es desesperante; sí, veremos reducidos nuestros ingresos económicos, sí; la economía sufrirá, sí, pero será todavía peor que no logremos reducir la propagación de la enfermedad, que nuestro sistema de salud colapse y que se dispare la cifra de fallecidos.

Más allá de los decretos y las órdenes desde el Ejecutivo, más allá de lo que apruebe el Legislativo, si le es posible, quédese en casa. Hay aún miles y miles de salvadoreños que deben seguir circulando, porque de ellos depende que aún contemos con los servicios básicos y de alimentos a disposición, pero si no es su caso, no se guíe por los legalismos, guíese por el sentido común, por la razón, por el amor a los suyos.

Lo del COVID-19 es grave y va para largo, la OMS calcula que América alcanzará el pico de casos en dos meses. Más lejana aún está la esperanza de una cura o una vacuna. Por el momento, nuestra única arma es exponernos lo menos posible. Muchos no podrán, pero los que sí, por favor, quédense en casa.

Presos del miedo

Estamos en el año 2020 y son días aciagos. Apenas van tres meses y hemos vivido largos días que van a ser difíciles de olvidar. Millones de personas en todo el mundo están en cuarentena domiciliar por la pandemia del Covid-19. Las avenidas de las ciudades lucen desoladas, como muchos guionistas visualizaron el principio del fin del mundo. Casi con exactitud a 100 años de la «gripe española» que mató a más de 20 millones de personas. Encerrados en casa, vemos las noticias que llegan de China, Italia, España y Estados Unidos; principales focos de la infección. Como si fuéramos presos que en el lugar de contar los días que faltan de la condena cuentan los contagiados y fallecidos por la enfermedad. Estos son días de incertidumbre, pero, sobre todo, son los días del miedo.

En El Salvador, la gente ya se agolpó a los supermercados y vació lo que pudo en las que llaman «compras de pánico». Empujados por el miedo a quedarse sin comida mucho antes que se hiciera oficial el primer caso de coronavirus en el país. En una prisión del norte del Perú, se esparció el rumor de que había un preso con Covid-19 y ocurrió un intento masivo de fuga que terminó con heridos que tuvieron que ser hospitalizados. En Honduras, la policía dispersó con gases lacrimógenos a personas que se comenzaban a manifestar por la falta de alimentos. En toda la región, la ansiedad crece para muchas personas que están en el sector informal de la economía y viven del día a día. Con la urgente necesidad de ganarse el sustento diario, pero con miedo a enfermar.

Y somos más vulnerables cuando sentimos miedo. Las personas están dispuestas a creer cualquier cosa que les dé un poco de tranquilidad. Incluso información falsa que circula por redes sociales. Los políticos también saben que, en el contexto de una emergencia, la población es más sensible ante los temas que conlleven su bienestar. Muchos solo tratan de aprovecharse y llevar agua para su molino. Hay quienes se visten de salvadores y otros que tratan de dar seguridad al decir que el coronavirus está bajo control y que la vida puede seguir su curso normal –como en Nicaragua o en México–. Pero en el caso de la Presidencia salvadoreña se ha buscado infundir más miedo ante la pandemia.

Incluso en cadena nacional, transmitiendo el video de un médico español al borde de las lágrimas o proyectando las gráficas del peor escenario posible de contagios. Como si el único objetivo fuera manipular a las personas a través del temor. Y los salvadoreños sabemos lo que es el miedo. Nos lo siembran desde pequeños. Hay cosas que no se pueden hacer, lugares a los que no se puede ir, personas que se deben evitar, el miedo al otro, a lo distinto, parece que la consigna es que se debe tener cierta dosis de miedo para sobrevivir. Prevenir es, en realidad, asustar. Así ha sido el manejo que se ha dado a la pandemia del Covid-19 desde el Gobierno. El temor masivo como una poderosa arma de persuasión.

Para justificar cualquier abuso que se pueda dar –ya sacaron a los militares a las calles– o cualquier millonario desembolso. El miedo siempre será un mal consejero. Dicen que las crisis pueden sacar lo mejor y lo peor de las personas. Todo en el mismo contexto: las muestras de solidaridad más genuinas o los robos a los pobres que se dan después de un desastre como un terremoto. Lo hemos vivido con anterioridad, hay que exigir que la historia no se repita. Parte de crecer es aprender a dominar el miedo, aunque este siempre nos acompañe.

La comunicación en tiempos de virus

Comunicarse es conversar. Cuando lo hacemos conscientemente conseguimos reducir el estrés, el propio y el de nuestro interlocutor, porque enviamos señales al sistema nervioso de que en ese momento todo fluye.

Cuando conversamos conscientemente y con intención podemos traer al centro los temores y las ansiedades, las preocupaciones y el dolor conectándonos completamente con el otro y, sin darnos cuenta, estamos sanando en el proceso.

La comunicación siempre es importante, pero en momentos de crisis se vuelve aún más relevante. Hacerlo con claridad y constantemente es un ejercicio saludable en las familias, las organizaciones y las comunidades.

El Covid-19 todavía es una incertidumbre global. Hay tanta información y desinformación circulando que estamos experimentando ansiedad, miedo, desconsuelo, enojo, incertidumbre y de ahí hacia la depresión, los ataques de pánico y los exabruptos de violencia, solo hay unos cuantos pasos.

Además, la cuarentena, a los viajeros y a las familias, en un país en el que carecemos de viviendas dignas y espacios en contacto con la naturaleza generará un hacinamiento peligroso para la salud emocional, mental y física.

Por eso la comunicación se vuelve fundamental para que en las familias se expresen con claridad los límites en el uso de la música ruidosa, de la televisión y las noticias, así como del alcohol y otros elementos que solo nos disocian de la realidad, pero que no contribuyen a resolver nada.

Necesitamos establecer límites, con nosotros mismos y con los demás, para obtener, aunque sea pocos momentos de soledad en los que podamos recuperar energía. También es importante cultivar, en compañía de las personas con las que vivimos o estamos pasando el #QuedateEnCasa, conversaciones acerca de lo que nos preocupa y airear los sentimientos y las emociones para expresar transparentemente los miedos.

Escuchar para ser escuchados. Respetar para ser respetados. Escucharnos primero a nosotros mismos para saber cuando callar y apartarnos porque estamos a punto de desbordarnos, y guardar silencio y tener paciencia cuando sea otro el que está a punto de desbordarse.

Buscar actividades y entretenimiento saludables, que no inciten a la violencia ni a la haraganería, sino más bien que estimulen las actividades compartidas y el uso responsable de nuestros derechos y deberes.

Es el momento de que nos volvamos creativos. Todos contamos con esa habilidad de crear, es nato en el humano. Es momento de ser responsables con la energía que generamos para nosotros y para nuestras comunidades. Debemos cuidarnos y cuidar nuestras palabras, nuestros sentimientos y pensamientos. Sabemos que es en tiempos de crisis en donde las mejores características de los humanos surgen. Lo hemos experimentado durante muchas emergencias y desastres que hemos sobrevivido.

Es tiempo de permanecer tranquilos y descubrir esas habilidades que están en nosotros y que se manifiestan naturalmente si logramos calmarnos, guardar silencio, sentir nuestros cuerpos y fluir con ellos.

Respirar conscientemente, caminar, estirar el cuerpo, escuchar al cuerpo, ordenar de adentro hacia afuera o de afuera hacia adentro, limpiar, escribir y sobre todo aprender a soltar y a perdonarnos porque nos equivocaremos en este proceso, y de eso también aprenderemos.

Nos encontramos en un período que nos invita a soltar. Hay pocas certidumbres y es en esos momentos en donde se requiere mayor flexibilidad para permanecer en la incomodidad y el miedo. Es un fluir incierto y en la medida que lo aceptamos abrazamos la resiliencia, esa capacidad para afrontar la adversidad y levantarnos de ella.

Ojalá esto pase pronto y que el tiempo transcurrido nos permita recoger todas las lecciones que podamos. Que esta incertidumbre colectiva nos muestre, de una vez por todas, lo vulnerable que somos, lo mucho que nos necesitamos los unos a los otros y lo importante que es la comunidad.