La comunicación en tiempos de virus

Comunicarse es conversar. Cuando lo hacemos conscientemente conseguimos reducir el estrés, el propio y el de nuestro interlocutor, porque enviamos señales al sistema nervioso de que en ese momento todo fluye.

Cuando conversamos conscientemente y con intención podemos traer al centro los temores y las ansiedades, las preocupaciones y el dolor conectándonos completamente con el otro y, sin darnos cuenta, estamos sanando en el proceso.

La comunicación siempre es importante, pero en momentos de crisis se vuelve aún más relevante. Hacerlo con claridad y constantemente es un ejercicio saludable en las familias, las organizaciones y las comunidades.

El Covid-19 todavía es una incertidumbre global. Hay tanta información y desinformación circulando que estamos experimentando ansiedad, miedo, desconsuelo, enojo, incertidumbre y de ahí hacia la depresión, los ataques de pánico y los exabruptos de violencia, solo hay unos cuantos pasos.

Además, la cuarentena, a los viajeros y a las familias, en un país en el que carecemos de viviendas dignas y espacios en contacto con la naturaleza generará un hacinamiento peligroso para la salud emocional, mental y física.

Por eso la comunicación se vuelve fundamental para que en las familias se expresen con claridad los límites en el uso de la música ruidosa, de la televisión y las noticias, así como del alcohol y otros elementos que solo nos disocian de la realidad, pero que no contribuyen a resolver nada.

Necesitamos establecer límites, con nosotros mismos y con los demás, para obtener, aunque sea pocos momentos de soledad en los que podamos recuperar energía. También es importante cultivar, en compañía de las personas con las que vivimos o estamos pasando el #QuedateEnCasa, conversaciones acerca de lo que nos preocupa y airear los sentimientos y las emociones para expresar transparentemente los miedos.

Escuchar para ser escuchados. Respetar para ser respetados. Escucharnos primero a nosotros mismos para saber cuando callar y apartarnos porque estamos a punto de desbordarnos, y guardar silencio y tener paciencia cuando sea otro el que está a punto de desbordarse.

Buscar actividades y entretenimiento saludables, que no inciten a la violencia ni a la haraganería, sino más bien que estimulen las actividades compartidas y el uso responsable de nuestros derechos y deberes.

Es el momento de que nos volvamos creativos. Todos contamos con esa habilidad de crear, es nato en el humano. Es momento de ser responsables con la energía que generamos para nosotros y para nuestras comunidades. Debemos cuidarnos y cuidar nuestras palabras, nuestros sentimientos y pensamientos. Sabemos que es en tiempos de crisis en donde las mejores características de los humanos surgen. Lo hemos experimentado durante muchas emergencias y desastres que hemos sobrevivido.

Es tiempo de permanecer tranquilos y descubrir esas habilidades que están en nosotros y que se manifiestan naturalmente si logramos calmarnos, guardar silencio, sentir nuestros cuerpos y fluir con ellos.

Respirar conscientemente, caminar, estirar el cuerpo, escuchar al cuerpo, ordenar de adentro hacia afuera o de afuera hacia adentro, limpiar, escribir y sobre todo aprender a soltar y a perdonarnos porque nos equivocaremos en este proceso, y de eso también aprenderemos.

Nos encontramos en un período que nos invita a soltar. Hay pocas certidumbres y es en esos momentos en donde se requiere mayor flexibilidad para permanecer en la incomodidad y el miedo. Es un fluir incierto y en la medida que lo aceptamos abrazamos la resiliencia, esa capacidad para afrontar la adversidad y levantarnos de ella.

Ojalá esto pase pronto y que el tiempo transcurrido nos permita recoger todas las lecciones que podamos. Que esta incertidumbre colectiva nos muestre, de una vez por todas, lo vulnerable que somos, lo mucho que nos necesitamos los unos a los otros y lo importante que es la comunidad.

El cuido de lo digital

Sí, estamos enfrentando una pandemia. Sí, debemos atender las medidas de higiene que decretan las autoridades de salud. Y podríamos agregar una más: cuidemos la información que divulgamos. Ya hemos puesto al común en este espacio la idea de la alfabetización informativa o digital, en donde la urgencia está puesta en aprender a distinguir cuál es aquella información que se vuelve una herramienta que nos permite actuar sobre el mundo. Creo que hoy toca volver a ponerlo en la discusión.

En WhatsApp circulan con facilidad audios, fotos y videos «de lo que ocurre» (sea eso que ocurre un asalto, una boda o el rumor del primer infectado de coronavirus en la ciudad en que vivimos). El asunto es cómo podemos verificar la información: ah, es que me lo mandó mi tía, y mi tía no me engañaría con esto… bueno, sin duda las tías son personas confiables, pero la cuestión es quién se lo mandó a nuestra tía primero. En estas redes, y me atrevo a pensar que en WhatsApp es más frecuente, solo presiono el botón de reenviar y la información va pasando de generación en generación en cinco minutos. ¿Y quién verificó que es cierto lo que ahí se dice?

Por eso vengo con dos sugerencias o peticiones específicas para estos días de cuarentenas y estados de excepción: la primera es que no divulguemos algo que no venga de un medio de comunicación confiable o de una fuente oficial. Evitemos que el miedo y el pánico se viralicen. La enfermedad no se evita si acaparamos artículos de primera necesidad, porque podemos contribuir a que estos no lleguen a quienes de verdad lo necesitan. ¿Para qué compartir imágenes de personas en cuarentena si no vamos a ayudar a que las autoridades realmente tomen cartas en el asunto? Compartamos solo si es parte de una denuncia. Sepamos distinguir, en medio del caos, si lo que vamos a publicar o a reenviar ayudará a alguien a tomar mejores decisiones o a evitar enfermarse.

Y la segunda es que compartamos, más bien, información que aporte al cuido de nuestros más pequeños o de nuestras personas amadas que están en la población más vulnerable. He visto en Twitter, por ejemplo, a personas compartiendo en documentos en PDF actividades que se pueden hacer con niños de entre 2 y 6 años con lo que se tiene en casa, por ejemplo. Sé de otras personas que a través de sus canales de Telegram o al crear nuevas carpetas de material compartido en Drive están poniendo al común libros que se pueden leer en estos días. Apoyemos también a las iniciativas ciudadanas (que también he visto en Twitter) que proponen crear centros de acopio y coordinar voluntarios para poder acuerpar a quienes nos necesitan.

Ocupemos, pues, estos días en reaprender a ocupar algunas herramientas digitales para informarnos con propiedad y para actuar de manera crítica y consciente. Dejemos unos minutos para reflexionar en lo individual y lo colectivo cómo podemos procurar que algunos de estos aprendizajes de trabajo remoto (o desde casa) se vuelvan más frecuentes. Que aprendamos a gestionar también nuestros aprendizajes con esta modalidad a distancia que muchos estamos profundizando a raíz de la coyuntura.

Que la alfabetización y lo tecnopolítico estén a favor nuestro en esta emergencia depende del uso que cada quien decida darle a estas redes. Así que ya saben: verifiquen los audios que mandan las tías, los papás, los colegas de la oficina; compartan maneras de cuidarnos y aprovechemos las redes para organizar ayuda a la población más vulnerable… y lavémonos bien las manos y limpiemos bien nuestros celulares. ¡Que todo sea leve y pase pronto!

Cosas imprescindibles

¿De qué nos sirven las leyes e instituciones? ¿Por qué le cedemos poder sobre nosotros a las autoridades? ¿De qué me beneficia la existencia de cosas tan abstractas como la República, la democracia, el orden constitucional?

Como humanos, tendemos a vivir en grupos. Con el paso de los siglos, la organización humana dio forma a sistemas políticos y a normas de convivencia plasmadas en leyes: qué se vale, qué no, qué me es permitido, qué definitivamente no se debe tolerar, qué merece castigo y cuál será ese castigo. Las reglas básicas del juego social y ciudadano.

Sin leyes, todo sería un caos. Imagine vivir en un entorno en el que no hubiera reglas que definieran qué es un crimen , su persecución y su castigo. Usted estaría bajo un constante sálvese-quien-pueda, expuesto a todo tipo de abusos y vejámenes, sin nadie a quien recurrir más que su propia fuerza y recursos. Los más débiles y pobres llevarían las de perder, bueno, más todavía.

Entonces es necesario ese código que diga que si alguien me roba, me agrede, atenta contra mi vida, lo puedo denunciar. Que si alguien pasa por mi dignidad humana o mis derechos fundamentales, puedo también ponerle un alto. ¿Quién aplica ese código? ¿Quién vela que las leyes se apliquen? Las diferentes instituciones.

En la historia de El Salvador hemos visto varios experimentos totalitarios, dictatoriales incluso, manoseos de la democracia en los que la voluntad de las mayorías se desechaba en forma de urnas que desaparecían en apagones el día de la votación, o en papeletas encontradas, días después, deshechas en algún río.

La transición entre ese estado de cosas y la democracia que actualmente conocemos —en la que la alternancia nos ha llevado de gobiernos de derecha a otros de izquierda y a la actual administración, que se ha autodenominado «sin ideología»— fue desgraciadamente un conflicto armado que dejó cientos de miles de muertes, un país en ruinas, desintegración familiar y social, y una polarización política que parece solo cambiar de colores.

Nos dimos una nueva oportunidad como nación cuando decidimos dialogar para poner fin al conflicto armado. No me meteré en esta columna al debate sobre si se le debe llamar o no «la firma de la paz», sino al hecho de que se dejaron atrás las armas como método de imposición sobre el adversario político y decidimos apostarle, nuevamente, a la democracia.

Es difícil que quienes no vivieron el conflicto armado o los regímenes militares que le antecedieron le den la misma importancia a lo que ahora tenemos, que quienes sí sufrieron de represión y persecución. La falta de memoria histórica es una falla de nuestra sociedad y ahora vemos los resultados: se aplauden y defienden prácticas y actitudes que recuerdan a lo ya sufrido en los 70 y que dio pie a la guerra en los 80.

Sobre todo, hay un enorme desdén por cosas que se perciben abstractas y lejanas, y que ya mencionaba al principio: la República, la democracia, la institucionalidad. Y se les resta importancia pese a que son imprescindibles, a que nos han costado mucho y a que apenas comenzamos el proceso de perfeccionarlas.

Necesitamos leyes, e instituciones fuertes y probas que las apliquen, para defendernos a cada uno de los ciudadanos que cohabitamos este país. Requerimos de un sistema en el que el poder no se concentre para evitar los abusos que ha hemos vivido en el pasado. Urgimos de defender la democracia para que las decisiones no sean impuestas por sectores, sino reflejo de la voluntad popular, sin dejar de trabajar por mejorarla, por corregir lo que se ha venido haciendo mal y por volverla cada vez más representativa.

Hace falta trabajar para que los ciudadanos participemos y decidamos basados en el conocimiento, y no el rumor o el miedo. La salud, la educación, la protección de los más necesitamos deben dejar de ser temas marginales o apuestas de coyuntura electoral, para que crezcamos como país, como seres humanos, como tomadores de decisiones y como forjadores de nuestro propio futuro.

El miedo, la confrontación y la intimidación son precisamente todo lo contrario a este propósito.

Desmemoria nacional

Cuando el presidente Bukele entró al Palacio Legislativo con escolta militar fue como si un sismo de alta intensidad sacudiera a la política criolla. Hubo quienes simplemente se quedaron petrificados y hubo diputados que incluso abandonaron el edificio con cara de pánico. Y como sucede cuando nos sacude un terremoto, las réplicas del 9 de febrero se han sentido por semanas. Una a una se han sumado las voces e interpretaciones que reviven lo que pasó la tarde de aquel domingo. E incluso, El Salvador volvió a figurar en los noticieros internacionales por lo sucedido. La mayoría condenaba el uso de la Fuerza Armada para intentar amedrentar al Congreso. Pero esa, como todo en la vida, no fue una postura unánime y también hubo quienes minimizaron la incursión de los militares en el salón Azul de la Asamblea.

El escenario de estas voces no fue otro que el mundo virtual, donde parece que se dirimen todas las discusiones y pleitos de hoy. Y no todos son «troles» o fanáticos del político de moda, sino que son gente común, incluidos muchos jóvenes, que en realidad creen que no hay problema en que los militares y policías se desplegaran a sus anchas, con fusiles en mano, en el Órgano Legislativo. Muchos ni siquiera habían nacido cuando terminó la guerra civil y han crecido en un país donde la clase política dominante ha decidido enterrar la historia o modificarla según su conveniencia. Entonces ven lo sucedido el 9 de febrero como la puesta en escena de una película de Hollywood. «Los diputados se lo merecen», escriben, y como en las películas gringas -y fiel a la doctrina militar- los problemas se resuelven «por la razón o por la fuerza».

Pero este no es un juego. La represión militar ha marcado la historia de El Salvador. Esa misma que ahora parece tan lejana para algunos jóvenes y que asusta tanto a los viejos. Los conflictos bélicos nos han dado nuestras principales tragedias como país. Nada bueno sale de ese pozo. Y llenar de militares el salón Azul de la Asamblea es anacrónico e innecesario. Buena parte del alto nivel de aceptación de la población hacia la Fuerza Armada es porque se ha mantenido alejada de la política después del fin del conflicto armado. El domingo, 9 de febrero primó el afán de deslumbrar y tener el apoyo de los que piensan que los uniformes verde olivo son «cool«, y que tenemos que ocupar a las filas militares para algo más que proteger la Soberanía Nacional, como lo manda la Constitución de la República.

Según LPG Datos, basados en datos de la Dirección General de Estadística y Censos, el 55% de los salvadoreños no había nacido o estaba en pañales cuando se firmó el cese al fuego entre la guerrilla y el Ejército en 1992. Una generación que ha vivido gobernada por partidos políticos que han hecho lo posible por ocultar lo que ocurrió en las décadas del conflicto armado. Han ignorado a las víctimas y minimizado su sufrimiento. Lo último fue aprobar, tan solo unas semanas después, una ley de reconciliación nacional que busca prolongar esa desmemoria y que todo siga su curso a su propia conveniencia. «El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla», reza el gastado dicho popular y que aplica en el círculo –que parece interminable– de la violencia salvadoreña.

Rodeado de militares, sentado en el lugar del presidente de la Asamblea Legislativa, el presidente Bukele parecía atrapado en su propio juego. Rezó, lloró y se levantó de su silla seguido por sus escoltas armados. Para los que no recordamos lo vivido en la guerra civil fue un domingo extraño. Más parecido a días que solo existen en la memoria de nuestros padres y abuelos. Pareciera que nos perdimos en el bosque de la posguerra y ahora caminamos en círculos. El poeta Dante Alighieri ideó su infierno como si fuera un gigantesco embudo en el que uno va descendiendo hasta las profundidades. Quizás no tenga importancia o quizás simbolice que no hay nada peor que estar en un lugar destinado a vivir sus tormentos una y otra vez.

«Un grito de esperanza»

En El Salvador es fácil perder la esperanza. Cada día somos testigos, desde hace demasiados años, de los malabares realizados por políticos corruptos que han saqueado al Estado y se han robado buena parte del futuro de los salvadoreños impidiendo la inversión en educación, salud e innovación. A ese circo grotesco se suma el manoseo peligroso de las fuerzas de Seguridad del actual Gobierno, que solo trae al presente los ecos del autoritarismo que ha dirigido los destinos de este país por siglos.

La corrupción, la impunidad y el autoritarismo tienen una influencia directa en la violencia que se ejerce en contra de niñas, niños y mujeres en un país en el que las cifras de abuso físico y sexual son tan altas que se consideran una «epidemia». Y esas estadísticas no están completas porque sabemos que las agresiones están presentes en todos los niveles socioeconómicos. Control a través del dinero, palabras hirientes, golpes y violación son algunas formas de la crueldad que se ejerce contra las mujeres día con día.

Las estadísticas asustan, pero no tanto como las historias personales de muchas mujeres que han conocido todas las formas de violencia posibles, incluso desde el vientre materno. Ellas nacieron y muy pronto se convirtieron en madres, perpetuando el ciclo de víctima y victimaria, repitiendo esas prácticas crueles que observaron y sufrieron en carne propia desde pequeñas y que, lamentablemente, son las únicas maneras que conocen para relacionarse con ellas mismas y con sus hijas e hijos.

En ese contexto apareció, en 2011, como una brisa fresca el grupo de teatro La Cachada, una compañía compuesta por vendedoras informales y dirigida por Egly Larreynaga, que sirvió de inspiración para que la cineasta Marlén Viñayo rodara un documental donde retrata parte de la dura vida de sus integrantes: Ruth, Wendy, Magda, Chileno y Magaly.

En la cinta de 81 minutos de duración, esas mujeres no solo presentan sus historias de violencia, sino que demuestran que es posible realizar un viaje de retorno a la sanidad a través de su arte.

El teatro les facilitó conectar, de una forma saludable y terapéutica, con el dolor profundo, producto de sus historias de violencia. En el documental somos testigos de cómo, en cada ensayo, las protagonistas observan y experimentan sus emociones a través del recuerdo de dolorosos sucesos que marcaron para siempre sus vidas: los golpes de un padre y un esposo, la violación y el parir un hijo producto de esa violencia, el estrés de un trabajo extenuante en las calles de San Salvador y la sobrecarga del cuido de múltiples hijos sin una figura masculina que asuma también la parte que le corresponde.

Es a través de esta observación aguda, llena de rabia, dolor y liberación, que dan sentido a sus historias y, además, entienden que el ciclo de violencia puede detenerse a partir de esa profundización, en la que conectan con sus sentimientos más reprimidos y que cargan listos para explotar a la menor provocación. Es desde ese espacio oscuro que consiguen escribir un nuevo libreto para ellas y sus familias; en un proceso difícil en el que «…se descubren a sí mismas como víctimas y victimarias» señala Egly.

Presenciamos en el documental cómo el arte y las conversaciones honestas y transparentes, aunque no por eso fáciles, son la entrada a un espacio donde es posible sanar las heridas emocionales y espirituales de las actrices. Y además nos muestra cómo en un país extremadamente violento y misógino, con las niñas y las mujeres, contar esas historias es relevante y sanador. Egly escribe, en el sitio web de La Cachada, que esas historias nos permiten hablar de «…miles de mujeres salvadoreñas que por lo general no tienen voz».

Sin duda, La Cachada es un rayo de luz porque como atestigua Egly «…cinco mujeres se han convertido en un grito de esperanza. Han demostrado que se puede interrumpir un ciclo de violencia…han pateado fuerte las tablas y reclamado el derecho de contar su historia».

Multitudes conectadas

En una sociedad con acceso a internet, hay una manera de autocomunicarnos de manera masiva: redes sociales digitales. Yo pongo un tuit y me hablo a mí misma así como a las personas que me siguen en Twitter. Incluso a personas que no usan esta red pero que, de distintas maneras (sea porque una persona les cuenta o porque un periódico que registra conversaciones digitales), pueden enterarse de lo que dije.

Esa conexión a Internet nos permite potenciar esa habilidad de conectarnos con más personas. De coincidir ‘en tiempo real’ en ese espacio digital en que se llevan a cabo luchas y reivindicaciones por derechos humanos, conocimiento libre, democracia y organización en red (una de las maneras de entender lo tecnopolítico para Arnau Monterde). Aunque Twitter, como plataforma, no es realmente tecnopolítica, creo que el uso que le hemos dado sí lo es.

Primero, en El Salvador, desde que el 9 de febrero el presidente Bukele militarizara la Asamblea Legislativa. A partir de ahí la cantidad de información que ha circulado en Twitter es inmensa: la única manera de seguirla es hacer lecturas ‘colectivas’, en donde alguien comparte entrevistas y comenta frases clave, o suma un dato histórico que nos ayuda a leer la gravedad de la situación.

Pero también es un territorio en que se disputa la veracidad de lo que se dice y por lo simbólico. Por ver quién tiene de su lado el discurso más democrático y quién tiene mayor respaldo. Por ver quién puede salir de las redes al espacio físico y tener más apoyo: si una concentración afuera de la Asamblea Legislativa donde #ElPuebloManda o una en el Salvador del Mundo donde pedimos #PazSinDictadura e insistimos: #YaDijimosNuncaMás.

Ha sido después de todo esto que baja la popularidad de Nayib Bukele: Vivian Francos Marketing presentó un reporte esta semana en su página web y expone que las emociones mayormente asociadas en las conversaciones en redes sociales es de desconfianza e impotencia hacia el presidente. En apenas 10 horas la combinación de ‘hashtag’ #BukeleDictador #BukeleVSCongress #Bukele alcanza más 6 millones de impresiones.

En otro caso simbólico de esta semana, en México se conoce el feminicidio de Ingrid Escamilla. Una chica de 25 años que fue desollada y asesinada por su pareja de 46 años. Autoridades filtraron imágenes a periodistas, y de pronto en Twitter atestiguamos mensajes de asco ante las bromas y memes que se habían creado sobre el caso. Apenas era martes. Al final del miércoles alguien sugirió compartir fotos de ‘cosas bonitas’ para sabotear la búsqueda morbosa que personas hacían de ‘Ingrid Escamilla fotos’, ‘Ingrid Escamilla cuerpo’ e ‘Ingrid Escamilla desollada’. Ante el horror, calma. Ante la muerte, poesía.

Así, de manera espontánea, utilizamos la red como una manera de evitar la revictimización de Ingrid, y honrar su memoria (la de al menos una de las diez mujeres diarias que son asesinadas en México) con más de los 120 mil tuits con hermosas fotografías (según registra Infoactivismo). Esa solidaridad colectiva es ejemplo de lo que se puede potenciar.

Esa es la potencia de las multitudes conectadas de las que habla el Internet Interdisciplinary Institute (IN3), centro catalán de investigación, cuando habla de tecnopolítica. Esa es la potencia en la que creo. Y por eso siempre insisto en la urgencia la alfabetización digital y la conciencia sobre el ejercicio de nuestra ciudadanía digital: esa potencialidad de lo que alcanza la conexión nos necesita críticos, con posturas claras ante los derechos humanos y la democracia. Porque eso no debería ser negociable.

Así, por aprovechar esa potencia tuiteo contra la militarización del Salón Azul de la Asamblea y comparto mis mejores fotos para Ingrid, y voy al Salvador del Mundo. Ejerzo mi ciudadanía en lo digital y en lo físico. Me conecto a multitudes, a grupos de personas, en lo digital y en lo físico. ¿Y ustedes?

Penumbras

Todo lo que se escoge ocultar o hacer en las sombras, bajo la mesa, indefectiblemente genera sospechas. ¿Qué necesidad hay de ocultar algo que se está haciendo dentro de los límites de la legalidad, la ética y, vaya, si lo quiere agregar, de la moralidad? Si se escogen las penumbras o la oscuridad total, pocas veces es justificable.

El ámbito de la administración pública representa un ejemplo lleno de contrastes. Se trata de un aparataje amplio y complejo que funciona mayormente con los fondos que se obtienen de los tributos de toda la población, junto con préstamos que eventualmente serán igualmente pagados con impuestos de la gente. Además, las decisiones que se toman, las políticas, planes y proyectos que se definen, tienen una incidencia directa en el funcionamiento del país y en la calidad de vida de quienes lo habitan.

En la cosa pública, aunque suene a pleonasmo, no cabe lo oculto. Con contadas excepciones, como los casos en los que se alega riesgo de la seguridad nacional, el ciudadano debería poder saber cómo está operando la administración pública, qué hacen sus funcionarios, hacia dónde va el dinero, pero esto es aún, en muchos casos, una utopía.

El seguimiento a la formulación, aprobación y ejecución del presupuesto general del Estado, el instrumento de política fiscal por excelencia donde además se definen los recursos para ejecutar el resto de políticas, sigue siendo una tarea difícil.

En la fase de formulación, muy pocas personas pueden saber cuánto, cómo y por qué se asigna a cada rubro. Es hasta que el proyecto del presupuesto llega a la Asamblea que se logra una mayor difusión de este, y acceso a su contenido. Sin embargo, el proyecto presentado y el aprobado suelen diferir, y requiere un trabajo muy minucioso encontrar las diferencias.

Finalmente, el presupuesto votado y el ejecutado también varían. Las transferencias entre partidas son difíciles de seguir y rastrear. La semana recién pasada, la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE) lanzó una herramienta para hacer este tipo de seguimiento que, sin embargo, presenta serias limitantes: la fuente de los datos es el mismo Gobierno, los mismos entes ejecutores, y no ha sido fácil obtener la información. Y es allí, en esos constantes movimientos entre partidas, donde pueden encontrarse los primeros indicios de mal manejo o corrupción. Hacerlo a ciegas, con la luz apagada, es casi imposible.

Luego vemos el debilitamiento al trabajo de entidades como el Instituto de Acceso a la Información Pública, cuyas órdenes y decisiones son abiertamente desobedecidas por los funcionarios, que optan por enfrentar las sanciones económicas o ampararse ante la Sala de lo Contencioso Administrativo para no tener que dar la información que el IAIP ha solicitado. Más obscuridad. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cuál es el temor a la transparencia y a la rendición de cuentas?

Acá podrían agregarse ejemplos como el de los procesos abiertos a funcionarios de la Corte de Cuentas de la República, o a los casos en los que la corrupción ha enquistado al mismo poder judicial. Los obstáculos para que la luz brille se acumulan, haciendo más densa la penumbra.

En El Salvador el combate a la corrupción se sigue limitando a juzgar y procesar, en el mejor de los casos y cuando no han huído del país, a ex funcionarios, una vez han dejado sus cargos y el dinero ha desaparecido. El verdadero reto es cerrar los espacios para que se den estos malos manejos, y la mejor forma de hacerlo es con las luces encendidas.

Lo que trae el río Lempa

Sus aguas son un espejo. Nuestro espejo. Un espejo de fracasos, luchas y búsquedas. Un reflejo de lo que intentamos ser y de lo que desechamos. Hay muchos ríos grandes y caudalosos, el Magdalena, el Usumacinta, el San Juan, el río Coco, el nuestro siempre ha sido el Lempa. Casi todos los caminos parecen morir, tarde o temprano, en el río. Y de vez en cuando nos llegan noticias suyas. Las últimas dicen que hay algas que han enturbiado su cauce más de lo normal. Los que comunican las noticias lo dicen tristes, como si estuviera peor de lo que ya sabíamos que estaba.

Es grave: el Lempa nunca ha sido un problema, sino que una solución. Como una fuente de respuestas a la hora de beber, sembrar, iluminarnos, pescar o simplemente estar. Ha funcionado así desde mucho antes que El Salvador fuera nombrado de ese modo. Sus 422 kilómetros –el mayor de los ríos que desembocan en el Pacífico centroamericano– son el raquis que sostiene esta tierra. Su afluente dibuja límites administrativos del país desde que entra por Citalá, Chalatenango, después de nacer en las montañas de Chiquimula, en Guatemala, y discurrir por 31 kilómetros en Honduras.

Su cauce caprichoso está al alcance de la mano, en el celular, basta con teclear su nombre y buscar su mapa. La línea azul que serpentea entre Chalatenango y Santa Ana y llega cerca del lago de Güija, ahora lleno de algas, las mismas que, según una hipótesis de las autoridades, pudieron llegar al Lempa a través del río El Desagüe. Este fenómeno no hubiera sido de tal magnitud si río abajo no se usaran esas aguas para suplir a más de un millón y medio de personas. La planta potabilizadora de «Las Pavas», la más grande del país, no fue capaz de revertir el estado del afluente.

Casi el 50 % del agua del Gran San Salvador se tiñó de color amarillento y olor fétido. Parecía una venganza, no un sabotaje político en busca de desestabilizar al Gobierno, sino de la misma naturaleza. Por casi tres décadas, esa planta en San Pablo Tacachico, La Libertad, ha tomado agua del Lempa para llevarla a miles de hogares. ¿Qué se le regresa al río? Aguas abajo, el Lempa se encuentra con una vertiente de aguas negras que llamamos río Acelhuate y llega desde el mismo San Salvador. Es un pacto cruel con el río: nos da vida, nosotros se la quitamos de una manera ingrata.

Con el agravante que no es lo único que nos da, desde que el norteamericano George A. Fleming convenció a los gobiernos militares, a finales de los cuarenta, que era viable generar electricidad construyendo represas a lo largo del Lempa. Lo que devino en la construcción de la presa 5 de noviembre (1954), Guajoyo (1963), Cerrón Grande (1976) y la 15 de septiembre (1983). Tan icónicas del «desarrollo» que la Cerrón Grande fue estampada en los billetes de 1 colón, como si la fuerza del Lempa fuera un motivo de orgullo nacional. La energía hidroeléctrica aún alimenta a por lo menos 3 de cada 10 hogares del país.

Pero en otro revés, llegamos a una época que nunca se pensó. Hace tan solo tres años, las autoridades de Ambiente indicaban que después de temporadas lluviosas raquíticas, el caudal del Lempa había disminuido en un 60%. El mayor de nuestros 590 ríos y riachuelos se debilita. Algo que afecta directamente el modo de subsistencia de miles de familias que viven en la ribera de su cuenca media y baja, que viven de la pesca y otras actividades agrícolas que necesitan del riego. Y también amenazando a las más de 40 especies de peces que habitan en su caudal.

Los científicos han establecido que el río Lempa tiene aproximadamente 2 millones de años. Primero fue un lago que estuvo en el actual Chalatenango. Una etapa que cuesta imaginarse, rodeado de frondosa naturaleza y paz. Después llegó el hombre, fue frontera entre pipiles y lencas, y solo en el siglo XX, el río fue testigo de masacres, la guerra civil y la construcción de puentes que unieron sus orillas. El río Lempa existió mucho antes de El Salvador, pero El Salvador no puede existir sin el Lempa.

Creadores de significados

Me relaciono con ciertas palabras de una forma cercana porque al pensarlas, hablarlas y sentirlas estas generan significados importantes que me impulsan. Tres de las más relevantes son: límites, tiempo y rendición.

Los humanos somos creadores de significados. Nuestra mente está permanente lanzándonos frases, oraciones y palabras para interpretar lo que nos sucede. Si alguien me dirige una mirada mi mente genera variadas representaciones o conceptos para ese simple acto de ver. Puede deducir que esa persona busca acercarse para conversar, o que no le caigo bien, o incluso puede advertirme que esa mirada «luce» amenazante. ¿Verdades? Depende.

En términos generales lo que la mente produce, en forma de lenguaje, son percepciones basadas en nuestras experiencias. Y sabiendo que somos creadores de significados procuro no dejar a la mente sola a la hora de diseñar el diálogo que se produce en mi interior.

Por ejemplo, a la palabra tiempo me gusta verla como una idea y un espacio en el que me organizo, priorizo y avanzo. Es decir, decido ser la dueña de mi tiempo y evito expresarme con frases del tipo «no me alcanza», «es escaso» o «no me pertenece».

Algunos pensarán que soy dueña de mi tiempo porque administro mi negocio. A esto respondo inmediatamente recordando la historia del creador de la logoterapia, Viktor Flankl, que, mientras estuvo recluido en un campo de concentración nazi, decidió convertirse en un observador para identificar hasta dónde es capaz de llegar un ser humano en condiciones extremas. Su decisión le permitió mantenerse cuerdo, sobrevivir y crear una terapia psicológica.

Frankl demostró que aún en circunstancias extremas se puede dirigir a la mente. Y si existe al menos un humano que puede, eso significa que nosotros también estamos dotados con las mismas posibilidades.

Por otro lado, la palabra límite es un concepto útil a la hora de proteger nuestro espacio y tiempo ya que se convierte en una especie de «contenedor» que facilita el enfoque y el avance.

Al establecer mis límites sé que algunas personas experimentarán incomodidad. Yo misma me observo sintiendo esa sensación al expresarlos, pero su significado es tan importante –porque me permiten mantener mi centro, poner un alto a relaciones desgastantes, descansar y avanzar—que acepto la incomodidad al practicarlos.

La tercera palabra es rendición. Durante mucho tiempo asumí la creencia que como mujer debía ser perfecta. Una idea llevada al extremo por muchas mujeres, a las que se nos enseña desde pequeñas que debemos mostrarnos amables y hacer todo lo que esté en nuestras manos y más para lucir siempre jóvenes, o para solucionar los problemas que se nos presentan. Conceptos irreales e inútiles.

Desmontar esa creencia ha sido desafiante porque no solo he tenido que aceptar que ser perfecta es completamente irreal, sino que, además, he tenido que reconocer que a ese concepto lo acompaña otro que es todavía más tóxico: «si no soy perfecta, tampoco soy digna de amor».

Y en ese proceso quirúrgico con mi mente y con mis emociones había dado muchas vueltas buscando desarmar esas percepciones. Los resultados no habían sido satisfactorios. Y lo único que me faltaba experimentar era simplemente rendirme. En otras palabras, aceptar totalmente y sin posibilidad de escape el efecto que esos pensamientos tenían en mí vida. Esa rendición soltó el nudo que mantenía fuertes a esas ideas dañinas.

Los significados que nos auto generamos son filtros que inciden en nuestras decisiones y acciones, por lo que se vuelve estratégico y saludable revisar el estado de esos mensajes que nuestra mente nos envía. Vale la pena ajustar los lentes con los que salimos a la vida todos los días.

Innovación para la democracia

Pensar, debatir, actuar. O pensar, investigar, prototipar y diseñar «nuevas formas de construir una ciudad más democrática. O desde la democracia y la colaboración, explorar «la intersección entre democracia, tecnologías y ciudad». ¿Conocen una entidad en nuestro país cuya misión sea esa? Pues el Laboratorio de Innovación Democrática del Ayuntamiento de Barcelona la tiene.

De hecho, uno de sus objetivos es «prototipar modelos de ciencia ciudadana, innovación social y co-gestión y gobernanza de laboratorios urbanos». ¿Qué tan familiarizados estamos con la posibilidad de mejorar la gobernanza de nuestros espacios locales a partir de investigaciones académicas o institucionales hechas junto a la ciudadanía? ¿O de que podemos trabajar con metodologías participativas y experienciales para solucionar problemas de nuestras ciudades? ¿Les parece esto lo suficientemente disruptivo?

En Barcelona se está planteando este proyecto desde Decidim, plataforma de la que hablamos en esta misma columna en junio del 2019 («¿Qué podemos hacer desde la ciudadanía digital?»). Esto implica que podemos entrar a la plataforma digital y conocer los planteamientos, los tiempos y las propuestas que las personas han ido brindando a lo largo del desarrollo de esta idea, lo que la vuelve un ejemplo de esa innovación para la democracia: el ocupar las tecnologías como una manera de potenciar la participación ciudadana.

Sin embargo, no es tan nuevo. Hace exactamente cinco años se formó el Laboratorio de Innovación Democrática (LID), «una comunidad de académicos y practicantes interesados en incrementar la calidad de la ciudadanía y fortalecer los espacios participativos. Con sede en Guadalajara, México, los integrantes del LID conformamos una organización de la sociedad civil sin fines de lucro, apartidista e independiente». En enero del 2015. En Barcelona, este laboratorio es parte de un proceso que, según se documenta en Decidim, inició en diciembre del 2015. ¿Y en El Salvador, estamos listos para (iniciar/planificar/ejecutar) un proyecto como este?

El Centro Cultural de España en El Salvador ha formado el Experimenta Ciudad, un proyecto de Medialab Prado lanzado en la red de centros culturales de la AECID y coordinado desde acá, que incluyen propuestas para mejorar San Salvador y el centro histórico. Vale la pena acercarse y unirse a la red.

Hoy más que nunca debemos «pensar globalmente y actuar localmente». Y eso implica que seamos capaces de repensar nuestras maneras de democratizar toda la toma de decisiones y de considerar cómo podemos innovar en estos procesos. Igual implica también el estudio y desarrollo de tecnologías (cívicas y tecnopolíticas) que pongan al usuario/ciudadano al centro para ayudarnos a (re)hacer juntos lo público. Así que vuelvo a insistir en que creo que podemos (re)crear un círculo virtuoso al tejer con esta perspectiva nuestras redes sociales físicas (humanas, institucionales) que mejoren la incidencia que tenemos en nuestras comunidades políticas con la ayuda de las redes sociales digitales, tecnopolíticas. Nuestra democracia también necesita innovación.