Frases maestras que fortalecen

En estos momentos de acontecimientos impredecibles, además de leer por entretenimiento, o por acceso a conocimientos, me gustaría comentar algunas lecturas de actualidad, frases que nos enseñan a comportarnos en esta escabrosa marcha mundial. Leo referencias sobre importancia de la literatura, no solo para recrearse y conocer sino para fortalecer el cerebro en valores humanos. Prevalece el protocolo de salvar la propia vida y las ajenas por el distanciamiento social. O muero o mato, ese riesgo de convertimos en suicidas y en victimarios, sin intención. Un virus que hasta ahora los científicos ignoran hasta dónde va a llegar. La idea «no es solo mantenerse vivo sino ser humanos», dice George Orwell.

A propósito de humanos, rememoro, no para revivir tragedias, sino porque siento pena por los riesgos de personas necesitadas aglomerándose en los espacios del Centro Histórico. Esa parte de la ciudad que desde el terremoto de 1986 fue convertido en gueto de los pobres, aunque poco a poco se ha ido recuperando. Ya antes escribí sobre las funciones de teatro en el Teatro Nacional que terminaban a las once de la noche, cuando los poetas fuimos actores (Dalton, Armijo, Argueta, Hildebrando Juárez, Saúl Monzón, Miguel Parada, ninguno está ya con nosotros); pero los recordamos en momentos gratos y en tiempos difíciles. Éramos actores de primera, o de segunda categoría. Los amigos y vecinos de esos barrios iban a vernos en «Edipo rey», de Sófocles; «La alondra», de Jean Anouilh, «La cantante calva», de Becket; o «Un enemigo del Pueblo», de Ibsen.

Pero fuera nostalgias y veamos frases puntuales. Comienzo con Oscar Wilde: «Lo que nos parecen pruebas amargas pueden ser muchas veces bendiciones». Entiendo como bendiciones las oportunidades que surgen tras toda crisis, como la trágica actual. Donde el virus exige educación para mantenerse a distancia o acaba con familias enteras. Solo en un día, viernes pasado, más de 55,000 contagiados en el país más rico del mundo.

Necesitamos intuiciones, creatividad, aventurarse a triunfar sobre la tragedia. Y esto me trae a la mente otra frase de UNESCO, desde CERLALC: Leer para producir buen ánimo involucrándonos con los personajes, los diálogos, disfrutando el impacto narrativo de un cuento, la interiorización por la poesía; la emoción de una novela. Es como hablarle a nuestro cerebro. «Mírame, estoy vivo porque me cuido y al cuidarme no me convierto en amenaza para mi familia, hijos, amigos, y aun para quienes ni siquiera conozco».

Leer literatura de calidad, dice UNESCO. Sí, porque como afirma un profesor de George Washington University, «la pandemia va para largo, es posible que en noviembre y diciembre se duplique». No basta la educación para lograr el distanciamiento social, el virus tiene mucho espacio que le dan las prácticas culturales: ir a la playa, celebrar fiestas, salir sin necesidad.

Muchos se sorprenden porque en todo el Primer Mundo, (disculpas por anterior concepto y el ejemplo de fútbol). «El virus nos llegó en el segundo tiempo, y no nos preparamos, fue difícil hacer creer en la prevención. Caso de Italia, y casi toda Europa. Y en el continente americano nos llegó en el tiempo complementario del segundo tiempo, pero no creímos que íbamos a perder. Perder vidas. Y en estos momentos nuestro continente es asolado por el virus, al grado que no se sabe, el mes del año se logrará dominar los contagios. No creímos en lo que estábamos viendo: fue triste en Ecuador y Perú, pero cerramos los ojos y la mente. Pese a las escenas apocalípticas.

Nuestra cultura occidental despreció los llamados de alerta, dice un científico norteamericano. Y pone los casos de los países asiáticos que jugaron el primer tiempo, y permitieron examinar las jugadas, caso de Corea, Japón, Singapur, China, incluso la India, con sus cuatro mil millones de habitantes. Y ahora duplicamos los fallecidos y contagiados.

En otra frase de científicos epidemiológicos del primer mundo, leo que la diferencia está en la cultura ancestral. La influencia de las enseñanzas de Confucio (551 años a. de C): creó grandes enseñanzas que influyo un cultura milenaria, de comportamientos apropiados, «ver al humano como ser social» («íntegros, intuitivos, sabios y tenaces»).

¿Será posible que nuestra cultura occidental se haya acostumbrado a ver los efectos pandémicos en los países del Quinto Mundo? Africa, Asia, América Latina. Pero el virus confundió con sus efectos impredecibles.

Pero para no irnos tan lejos en el tiempo, cito a Steve Jobs genio creador del Apple y del iPhone que nos tiene navegando en el mar tempestuoso o apacible de las redes sociales: «No tengas miedo, atrévete, sé fuerte, no seas conformista, y haz todo lo que puedas hacer sin importar lo que otros piensen de ti, sé auténtico, y único, aventúrate a hacer lo que otros no se atreverán a hacer jamás».

A la lectura debe acompañarse por la educación superior y media. En unidades básicas vamos bien. Cito frase que se relaciona con Centroamérica, la propuesta presentada por la Universidad de Costa Rica ante la Asamblea: «La Universidad, del presente y del futuro debe cultivar la ciencia, las artes y la cultura, sin predominio de una sobre otras». Esto sería una oportunidad o bendiciones, los cambios que podría producir una crisis.

Hay una verdad sobre guardar las prevenciones. Cito a Tedros Adhanom, Director de la Organización Mundial de la Salud: «prevenir hasta estar todos a salvo, porque ningún país puede él solo combatir la pandemia… esto no termina, y hemos perdido mucho, pero no la esperanza, necesitamos solidaridad mundial».

Nota. Este día la Biblioteca Nacional de El Salvador, cumple su 150 Aniversario, la fundó el presidente Francisco Dueñas (05 de julio de 1870). Así, el 2020 es aun año de honor para el libro, la educación, la cultura, para el patrimonio bibliográfico nacional. Refresquémonos leyendo, investigando en línea nuestras raíces de identidad: libros y revistas antiguas (finales del siglo XIX), Diario Patria donde Masferrer hizo su labor social y educativa. Visitemos: www.redicces.org.sv (CBUES) O la «Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano», desde Google.

Más anécdotas sobre la lectura

En mi trabajo anterior mencioné los vacíos abismales relacionados con lectura y libros. Para no abundar, dejé para nuevas ocasiones otras anécdotas con esos vacíos. Aclaro, todas las historias son del período de paz; demostrando que superar costumbres, hábitos o «idiosincrasias» no necesariamente responde a disposiciones, no. Más que todo son temas de educación y cultura cuyos cambios se consolidan con el tiempo.

Continúo: fui invitado a San Miguel a una fiesta familiar. Ahí me encontré con un jovencito, ahora un analista político. Por sus palabras, lo noté con una militancia política: «Yo tengo una ideología muy firme, pero con Roque Dalton y vos, no lo tomo en cuenta. A ustedes les respeto por su obra». Sus palabras me llamaron la atención, porque quien las decía no era escritor (los del mismo oficio nos perdonamos ciertos pecados).

De esa visita surgió la propuesta de invitarme a una charla literaria en mi ciudad, a la que tenía más de veinte años de no visitar. Concertamos la invitación: «¿Podrías venir a dar una charla sobre lectura en el Teatro Nacional?». Como a ese tema no digo que no, acordamos fecha. «Nosotros nos encargaremos de la promoción por radio y mantas». En ese entonces, no había ni twitter, ni TV en mi ciudad natal. Era el año 2001.

Llegó la fecha, me fui directo a San Salvador, Teatro Nacional, mi familia llegaría por su lado. La charla sería a la mera hora del calor en la ciudad, a la que mi abuela le decía «la hora del diablo». Así fue. Ese día el parquecito frente al Teatro Nacional estaba fresco y había unas 50 personas sentadas en la grama del parque, esperando la charla, más mujeres que hombres. Me dicen que son maestras y que vienen a escuchar mi conferencia. Les aclaro que yo converso, no doy conferencias, aunque casi es lo mismo. La conferencia es más magistral. Les digo coloquialmente: «Pese a la hora caliente, veo que han venido muchas personas». Responden: «Y hubieran venido más docentes, pero les dio miedo». Tuve un sobresalto y pensé: y eso que mis amigos me consideran de carácter más que suave.

«¿Miedo?». Me dicen: «Usted debe saber que en San Miguel los maestros fueron los que más sufrimos en tiempo de pre guerra». Yo lo sabía, muchas muertes de maestros antes de 1980. Hechos de gran conmoción, algo inusitado en la historia miguelense. Aunque estuve 20 años fuera del país, mis hermanas fueron maestras en esa ciudad. Ellas me cuentan: «En la zona paracentral y occidental fueron los campesinos, estudiantes y campesinos los más sufridos».

Ese día de la conferencia, el Teatro Nacional estaba cerrado. No veía a mis familiares ni al joven político que me había invitado, solo los maestros y una hermana. «Algo habrá pasado», dije después de casi media hora esperando que llegara mi anfitrión. Algunas maestras me dijeron: «Imagínese y hemos pagado dos colones para gastos de local, para propaganda y por escucharlo». Les muestro extrañeza que no lleguen los organizadores. Alguien detectó una puertecita a un costado del teatro que podía estar abierta. Fui a ver y reparé que era una puerta mal cerrada con una cadena, sin candado, y les dije: «Miren, ustedes han pagado para venir a escucharme, no a verme, ¿qué les parece si hacemos un intento de entrar?».

En el parque daba mucho el sol para dar la charla. Todos de acuerdo. Fuimos a la puertecita y «cabal dijo Varela, y le faltaron cien mil pesos» (este es un dicho migueleño). Logramos abrir y entramos a la segunda planta que ya estaba preparada con una mesa, agua y sillas.

«Bien, comenzamos, porque ustedes han pagado». A los veinte minutos de iniciada la charla mi joven anfitrión llegó agitado y molesto. Hice una pausa mientras se acercaba a la mesa. «Discúlpame he estado peleándome con el comandante departamental, no permitían abrir el teatro». El joven anfitrión le dijo al comandante que él sabía del evento. «Lo anunciamos por radio y con mantas en el parque». Pero él le respondió: «Sí, pero a última hora me llegó orden de no abrir el teatro». Al fin, convenció al coronel y llegó corriendo. «Te disculpo, conozco mi país», le digo.

Calmé al joven y admirable amigo. «No te preocupes, ya tengo 20 minutos de charla». Continué con los maestros.

Semanas después recibí invitación del centro escolar más grande de mi ciudad. Terco hasta el absurdo cuando se trata de hablar de literatura; y luego de 20 años, de no visitar San Miguel, de dar giras por universidades de Europa y los Estados Unidos, doy prioridad a visitar comunidades de El Salvador. La terquedad puede ser explicable. En todo caso es un honor visitar mi ciudad natal.

Para aquella visita al centro escolar, llegué, pero me encontré con el portón cerrado. Por una ventanilla le dije al vigilante que era un invitado y me respondió que no sabía. Le digo que si esa es la escuela tal por cual, y me dice que sí. Luego abre el portón.»Dígale al director que soy el escritor invitado». Regresa: «Dice que no sabe nada, quizá lo sepa la profesora de literatura». Sin más, me abro paso y le digo que voy a buscarla. Me dirigí a las zonas de bachilleratos. Encuentro a la profesora, nos habíamos conocido en el Teatro Nacional. Azorada, me expresa de inmediato: «Disculpe, la directora no se opone a la charla, pero me pidió discreción, por eso no salimos a su encuentro».

Aprendí una lección, como abogado sin abogar, sé que las leyes no bastan, ni los sagrados Acuerdos de Paz. Obedecer instructivos, cumplirlos, requiere de prácticas culturales y costumbres que pueden tomarse como leyes no escritas. Pero las buenas prácticas y la disciplina social están relacionadas con educación íntegra. Los cambios no son automáticos, menos en situaciones impredecibles.

Se puede pasar por universidades y centros educativos, se puede ganar un pergamino. Pero no significa que podamos apropiarnos de la sensibilidad social, respeto al interés comunitario, en fin, de humanismo. Un cultivo de la creatividad, de ser mejores personas, justos y solidarios.

Lectura, libros y cambios

En estos tres meses del 2020, de estricta cuarentena, tuvimos que limitarnos en conmemoraciones, relacionadas con cultura, libros y autores. Entre ellas: Celebración del 85 cumpleaños de Roque Dalton, y aniversario de su muerte (10 y 14 de mayo, respectivamente); Día Internacional de la Poesía (marzo 21); Día de la Diversidad Cultural para el Diálogo y Desarrollo; Día de la Innovación y la Creatividad (21 de abril); Día del Bibliotecario (mayo 25). Son detalles para un registro histórico de este año de pandemia. Los analistas internacionales auguran cambios post crisis mundial.

Algo he mencionado otras veces sobre cambios y reitero anécdotas, porque adquieren actualidad, nos llaman a pensar en prioridades y decisiones relacionadas con políticas públicas. Por vocación y funciones, los cambios que me interesan son en lectura y libros. En el futuro dicen los expertos «ya no seremos los mismos», en todas las áreas de la sociedad. Para no teorizar, apropiándome de Goethe en su famosa frase sobre lo teórico y la vida, reitero relatos críticos sobre vacíos en lectura.

Veamos algunos ejemplos que, si los analizamos con sensibilidad educativa, debemos ocuparnos: un poeta, maestro, y promotor de talleres literarios viene cada mes desde Morazán a San Salvador. Uno de sus pasatiempos es visitar librerías, aunque su sueldo solo alcanza para leer las solapas. Un día se vuelve sospechoso, porque no compra. «Mire director –me dice refiriéndose a mi cargo de Director de la Biblioteca Nacional-, me amenazaron con que no volviera, porque llamarían a las autoridades». Lo habían reportado como visitante que solo llegaba a curiosear los libros.

Este mismo docente trajo a la Biblioteca Nacional a sus alumnos de noveno grado para hacerme una presentación privada del primer cuadro de «Luz Negra», de Alvaro Menén Desleal. Impecables los jóvenes, sin vacilaciones en los diálogos. Ofrecieron presentarla al público una vez tuvieran preparada toda la obra .

Tuve una experiencia similar a mis catorce años. Visitaba la Biblioteca Pública de San Miguel porque comenzaba a interesarme en leer novelas, después de conocer Los Miserables y Crimen y Castigo, etc. Pedí al bibliotecario novelas de esos dos autores, pero mi petición, a los 13 años, me hacía sospechoso, y él me ofrecía libros acordes a mi edad. Insistí en mis peticiones. Pero creyó que el joven desgreñado se burlaba de él, quien sí andaba bien peinadito. El problema fue que me ofrecía revistas como «Selecciones» o «Life» en español. A las que mi tío – el abogado y matemático, Tarquino Argueta-, estaba suscrito y yo, al salir de la escuela, pasaba a leer a su casa. «Gracias, esas revistas ya las leí». En San Miguel de la época, eso parecía imposible. Mi respuesta lo llevó a prohibirme entrar a la biblioteca.

Otra: le pregunte a la directora de la Cámara del Libro de nuestro país por qué en Panamá se pagaba un dólar por entrar a la Feria del Libro, y, entre nosotros, ni gratis teníamos visitantes. Me respondió molesta: «Cómo vamos a compararnos con Panamá, si su Feria es inaugurada por el presidente, y, en El Salvador, no la inaugura ningún funcionario de jerarquía». Otra vez, en Nicaragua, me presentaron a varios ministros en los festivales de poesía realizados en la calle. Luego, departimos una recepción escuchando chascarrillos «colorados» del presidente Arnoldo Alemán, en Casa Presidencial de Managua.

Una maestra de un Instituto Nacional de Occidente, incluyó una acción innovadora, entusiasmando a sus estudiantes de bachillerato de hacer una película. Los jóvenes seleccionaron mi novela Un día en la vida. Consultaron en Internet para conocer técnicas de tomas, sonido, y detalles básicos para su trabajo de graduación. Los coordinaba su maestra, Yessenia.

Me cuenta: «Una noche, me sonó el teléfono». «Si, diga». «¿Es usted la profesora Yessenia?». «A la orden». «Le hablo de la policía, aquí tenemos detenidos a sus alumnos por andar promoviendo la guerra. Debe venir a dar declaraciones». Se quedó sin voz, era su mejor grupo en su tiempo de maestra. «Me explicaron: y por vocación y por funciones estaban realizando un simulacro de guerrilla con armas de juguete y uniformes militares en la casa de uno de los jóvenes». Alguien llamó a la policía y capturaron a los adolescentes haciéndolos desfilar en calzoncillos. Antes, en la casa, los golpearon y tiraron al suelo ante el horror de sus familiares.

«Fue una noche terrible. Fui al cuartel policial, yo vivía en Santa Ana, y lloré con mis estudiantes». La acusaron de promover la violencia al leer esas obras. «Me obligaron a mostrar los programas de estudio o me acusarían de delito». Sucedió después de la firma de los Acuerdos de Paz, 2011. «Desde entonces odio el cine», me dice.

Lo mismo ocurrió con técnicos y universitarios de la UCLA, EUA. Visitaban El Salvador para filmar el documental «Poetas y volcanes», sobre mis poemas y literatura. Aquí no había disfrazados de soldado, ni armas de juguete, les llamaron la atención las cámaras de cine y los «cheles» entrando y saliendo de una casa de los padres de la productora salvadoreña-americana; la casa fue cateada y los capturaron. Nunca explicaron el motivo (2010), en pleno siglo de la información y el conocimiento.

Por último, para no cansar, fui invitado por la Academia Nacional de Seguridad para ofrecer una charla sobre lectura. Llegué a la Academia y desde el portón de entrada me llevaron a una habitación. «Espere ahí, vamos a consultar». Comencé a preocuparme, recordé los tiempos de pre guerra. Llegaron varios agentes y me dijeron que no podía dar ninguna charla. Les dije que tenía una carta de invitación, se las mostré. «El director revocó el permiso». Y yo había viajado desde San Salvador a otra provincia. Un año después, me llegó nueva carta de invitación. Acepté. Apropiado de que «todo cambia». Se disculparon. Vemos ahora su sacrificio por la seguridad en emergencia y el futuro que nos pide trabajar juntos por la cultura con objetivos claros; hay que sensibilizarnos con educación integral e invertir para ahorrarnos costos económicos de una crisis mundial.

Formación educativa y las generaciones

Mi infancia se desarrolló en un barrio suburbano de San Miguel, lo que me permitió estar cerca de la fauna y flora vernáculas, escuela indisoluble de mí infancia. Con el auge del algodón dijimos adiós a pájaros, garrobos y tacuacines. El algodón representó un «boom» de ingresos a las familias algodoneras, pero los plaguicidas asolaron el edén vegetal. Después llegó el auge de las remesas, el espacio suburbano se revirtió en progreso: Avenida Roosevelt, tránsito y contaminación, construcciones, comercios, residenciales. Transformación y progreso, éxito urbano.

Pero la casa de mi infancia con calle de tierra y sus flores silvestres, las mariposas, desaparecieron, incluyendo árboles, jardín de rosas, y los pájaros del patio solariego. Lo que mi madre nos cultivó junto al amor por la poesía.

Me pregunto si, con los cambios post pandemia anunciados por expertos, será posible que las nuevas generaciones tengan la posibilidad de hermanarse con la tierra y su entorno. Si será posible reapropiarnos de ello.

También pienso en el río Grande de San Miguel, en cuyas pozas aprendí a nadar, convertido ahora en arroyo de miasmas y venenos. El precio del progreso es caro cuando no hay gratitud por los frutos que otorga la naturaleza.

Me pregunto si una quinta generación industrial eliminará poluciones venenosas y gases de efecto invernadero que ya cuecen el planeta. Si los intereses se revertirán hacia las energías renovables. O si solo seremos consumidores y focos de epidemias, como respuesta de la naturaleza a las ofensas humanas, no como castigo sino por no respetar el ambiente y su desarrollo. Porque la modernidad ha optado por la auto flagelación, pese a la tecnología, con posibilidades de interponerse al deterioro climático.

Pero sigo con la educación en estilo de relato: fui a una escuela pública cuyo local había sido cuartel. En segundo grado teníamos a compañero de mayor edad, niño también, fornido, ante la mayoría enclenque de sus compañeros. De sobrenombre le decíamos «Churchill«. De modo que estábamos informados de la existencia de ese personaje mundial. La escuela, ex cuartel, tenía una celda en donde Churchill aprovechaba para encerrarnos: «Si no pagan, les toca cárcel». Y lo más que cargábamos los niños eran tres centavos de colón. Nunca le pagué, porque me ingenié el mejor escondite para cuando nos «bolseaba«. Preferí perder libertad recreativa al capital que facilitaba humildes golosinas. Ese escondite lo revelo en la novela sobre mi niñez: Siglo de O(g)ro.

Desde antes del segundo grado ya escuchaba poesía dicha de memoria por mi madre, aunque no teníamos libros, por razones económicas. Su memoria fue mi biblioteca de novelas y poemas. Además, ella había descubierto mi pasión de leer desde que saqué la parvularia y me procuraba periódicos de segunda mano donde mi mentalidad infantil tuvo sus primeras informaciones y formación intelectual. Era mi laptop.

No, no todo tiempo pasado es mejor. Pero todo tiempo pasado emula con el presente, en educación y cultura que no se miden por generaciones, pues se trata de procesos continuos y acumulables en la mentalidad.

La mente es capaz de desarrollarse pese a las limitaciones o carencia de recursos. En el tiempo pasado o el presente. Para el cerebro no hay etapas superiores en el transcurso del tiempo. Pese a grandes diferencias entre el caduco pizarrón y la tiza, y los medios tecnológicos actuales.

Y pasando a estos tiempos mágicos de la tecnología, me pregunto si los videos juegos de ahora equivaldrían a los juegos de ayer en cuanto a resultados formativos. Si la pelota de trapo, el trompo, el capirucho, los «arranca cebolla» y el «ladrón librado» puedan compararse, en sus efectos neuronales, a los videos juegos. No sabemos, pese a disímiles análisis técnicos. Pero juego es juego.

Cierro con las evaluaciones de estudiantes a nivel internacional (PISA), en edades entre quince y dieciséis años, de ochenta países, donde Finlandia ha ocupado el primer lugar, seguidos por los asiáticos, sin ser grandes potencias. Es un oasis de ejemplo pensar en Finlandia (5 y medio millón de habitantes, medio millón más que Costa Rica y millón menos que Nicaragua): el horario de clases, de lunes a viernes, es de cinco horas, la mitad de esas horas es para que los niños jueguen. Se agrega que la prioridad curricular se enfoca en la lectura y la matemática; pero todos los docentes practican una disciplina artística; además no hay tareas.

Lo anterior choca con la tradición, pero si hablamos de cambios, comencemos por los educativos, por la formación integral de los estudiantes, que de seguro repercutirá en bienestar económico y formativo, significa que los adultos debemos cambiar de enfoque, especialmente el cuerpo directivo y docente. Y de políticas públicas, por supuesto.

Aludir estos temas pareciera atreverse a tocar el cielo con las manos contaminadas. Pese a saber que la educación repercute en la conciencia necesaria para vencer al actual enemigo pandémico, donde disciplina y educación redundan en salvar vidas y riesgos de contagio.

No es fácil, pero tampoco imposible si el cambio favorece la fortaleza sinérgica con equidad, pese al sacrificio, sin importar diferencias políticas ante objetivos comunes en defensa del bienestar social. En fin, es ganarse el respeto nuestro y de los otros. Los analistas hablan de cambios post pandemia, otros ya los iniciaron, para asegurar el presente y futuro del soberano. Un futuro que ya nos golpea la cara.

Retomo mi relato personal: pese a las dificultades logré diez años de estudios de Jurisprudencia y Ciencias Sociales (aunque no era mi vocación). Para ello me acredité a los diecinueve años como profesor de matemática e impulsaba lectura en el aula. Intuía ya la vinculación de lecturas tempranas de literatura con la creatividad y plasticidad neuronal.

Muchos años después, un niño se mira en el espejo de Finlandia, sus políticas educativas que priorizan lectura y matemática. Sí, las generaciones cambian, pero girando alrededor de un eje: el tiempo, en espiral, hacia la infinitud.

Nota. Mi reconocimiento a docentes y familias que con limitaciones tecnológicas e incertidumbres trabajan educando al niño, al joven y adultos.

Dios mío, ¿qué estaremos pagando?

El título es una frase de mi madre en las diferentes etapas difíciles que algunas veces pasábamos. Momentos en los que su principal preocupación era cómo mantener nuestras vidas, escuela, alimentación, enfermedades, infecciones y desparasitaciones, para lo cual solo tenía sus manos y cabeza para sortear las dificultades. A propósito de desparasitaciones, mi madre designaba un día al año para esos efectos, el único día del año que no salía a trabajar.

Por supuesto que la tal desparasitación era una tortura por sus pócimas aceitosas y malolientes. Si la vomitábamos la amenaza era que había que tomar otra vez la medicina. Me hace traer a la mente protocolo de la actual pandemia: quien viola la cuarentena, incrementa los días. Parece lógico. De niños lo entendíamos y hacíamos esfuerzos para evitar el vómito para no repetir el mal momento. En estos días, ese mal momento es perder la vida y hacerla perder a otros, como únicos transmisores que somos del virus.

Con esas prevenciones anuales mi madre nos salvó la vida, pues nuestras condiciones que nunca fueron privilegiadas, excepto porque ella nos decía de memoria los poemas que se había aprendido en su juventud. Sin duda nos despertó cierta sensibilidad hacia los demás. Sin proponérselo nos despertaba valores sociales. Y sembraba la semilla de mi mundo literario, con sentimientos de generosidad, alegría, gratitud, y acción como nos recomiendan los neurocientíficos.

Todos estamos lastimados en diferentes grados, porque la pandemia es global; pero también los valores arriba mencionados, son un idioma entendible por todo el mundo. Pese a las limitaciones e inequidades, es importante no duplicar nosotros mismos los maltratos de la vida.

A propósito de gratitud recuerdo al poeta chicano Francisco Alarcón (QEPD), quien nos acompañó por ocho años, desde Estados Unidos, en el Festival de Literatura Infantil. Catedrático de una universidad californiana, se hospedaba en un lugar sencillo del Barrio San Jacinto, que ofrecía Jorge Argueta, donde se cocinaba para alimentar a los poetas visitantes que venían de los Estados Unidos a apoyarnos.

Pancho Alarcón era un excelente gourmet de comida popular, sabía las limitaciones de insumos alimenticios; un año nos trajo a un chef graduado para que con insumos alimenticios sencillos pudiera desplegar su creatividad cocinando platos variados. Tenía sus ocurrencias ingeniosas, por ejemplo le gustaba estar en San Jacinto porque no necesitaba usar teléfono para pedir delicatesen modalidad «delivery«. «A domicilio pasan vendiendo tortillas, pupusas, empanadas, tamales, elotes. ¡Qué rico!». Lo decía con una carcajada feliz.

Hemos aprendido mucho en esta pandemia, no solo recordar como expresión de gratitud, generosidad y disfrute, también a nivel global me ha gustado algunas frases aleccionadoras. Un profesor italiano: «En la Segunda Guerra Mundial, nos enviaban a morir en las trincheras, ahora con esta Tercera Guerra Planetaria nos ordenan guardarnos en casas, ante un enemigo invisible y asintomático».

También tiene gran riqueza esta frase de Aristóteles: «La esperanza es el sueño de los hombres (y mujeres) despierta(o)s», Sí, hay que estar despiertos para apoyar a la población sanitaria y de servicios diversos que se expone pese a naturales ansiedades y miedos. Nadie debería reaccionar con indiferencia ante los cuadros «dantescos» (así califica CNN) de Perú y Nueva York).

También hay hechos y frases constructivas. Un médico costarricense, cuando le preguntan sobre el éxito para combatir la pandemia, responde: «Cultura, educación, y sobre todo disciplina». Contar también, agrega con un buen sistema de salud.

La crisis golpea a todos, incluyo mi proyección de vida: los libros de la cotidianidad. También los representativos del patrimonio cultural, para lo cual ya se preparan protocolos relacionados con muebles e inmuebles. Sobre el libro analógico (en papel) de lectura recreativa o formativa, el hogar y la escuela los necesitará como necesidad básica, esto se aplica a cualquier modalidad que se adopte post pandemia. Atender en línea con los vacíos tecnológicos, cobertura y brecha digital, requerirá del libro como compañero fiel de apoyo solo para los estudiantes, sino para la población, a la que debemos hacer lectora para llenar vacíos educativos incluso de disciplina y cubrir vacíos de sensibilización social que incluye apropiamiento de la realidad, comportamientos y actitudes creativas.

La educación en línea no se contradice con el libro analógico. Está comprobado que ese tipo de educación requiere del libro, hay ejemplos de universidades a distancia cuyas editoriales superan a las tradicionales en la producción de obras. Esto deberá asimilarse a todos los niveles de grado escolar. Aun más, sería gran oportunidad, como ocurre en la crisis, aplicar cinco minutos para leer un libro literario en todas las asignaturas. El libro es el sueño despierto, la esperanza como dijo Aristóteles hace dos mil años.

En la formación de valores influye mucho la obra literaria. Mayor percepción y apropiamiento de la sinergia para resolver un problema no solo nacional sino mundial. Apoyo a la convivencia y la solidaridad. Respeto a quienes se sacrifican por mantenernos sanos: personal de salud, de seguridad, y servicios para cubrir necesidades varias.

Respecto a lo que podríamos estar pagando, según han dicho los expertos desde hace años, y reiterado con la actual pandemia, estamos recibiendo respuesta al maltrato de la naturaleza, y de los animales. La tierra, el agua no pueden ser vengativas; pero el deterioro ambiental y no reducción del cambio climático, están dando su respuesta global. De modo que esa esperanza aristotélica debe ser otro gran logro de los cambios que se anuncian post pandemia. Pero para lograr el sueño despierto, debemos tomar conciencia que cada contagiado, y peor el asintomático, es algo más que una bomba de tiempo si no se logra el distanciamiento social. o la cuarentena. Impulsemos entonces la educación y disciplina en casa.

Nota.- La salud mental preserva el sistema inmunológico, una defensa del convid-19: «Si sientes miedo, tristeza, enojos, o te sientes vulnerable y falta de control». El ISSS, ofrece dos teléfonos: lunes a viernes de 7 a.m. a 3 p.m. 2591-6522. Y las veinticuatro horas todos los días, llamar al 2591-6557

Ante pandemia, respuesta global

Cuando he mencionado la frase de la biblia: «No hay nada nuevo bajo el sol», es porque las pandemias nos han azotado desde siglos, con millones de muertos en Europa y millones de la población americana. Muchos desaparecieron en la conquista española, cuando trajeron la viruela a América y contaminaron al nuevo continente. Ahora, pese a la inteligencia artificial y avances científicos en salud, tenemos miedo. Con efectos anímicos que producen ira y rencor, que nos hace olvidar al enemigo mundial pandémico.

El riesgo es del planeta y los países con desarrollo precario son el sector más vulnerable. Pienso en el llamado Triángulo Norte, en la tragedia de las caravanas, en los indocumentados, los sin casa, ahora los más vulnerables. Aunque no solo estos son las víctimas, lo somos todos. El enemigo invisible circula en el entorno social, en aglomeraciones, por lo cual el distanciamiento es la única «medicina», mientras no se someta al virus.

Las personas somos logística y estrategia para vencer. No vale desarrollo económico, social, o avances en salud. El virus no hace distinciones. Un asintomático contagia a tres y estos a otros diez en una cadena interminable. Comenzó con uno y ya va por millones tras semanas y meses. Su objetivo alcanzará la humanidad sino se detiene.

Reitero que cada quien -sin distinciones- debe proponerse construir consensos frente al enemigo invisible. Quiero insistir en la peste del cólera en la época de la guerra centroamericana contra los filibusteros dirigidos por William Walker (1856), declarado Presidente de Nicaragua por la fuerza de sus armas. Este hecho logró unificar a Centroamérica para combatirlo. Los filibusteros habían sido contratados en Nicaragua por el partido opositor (liberales) para «eliminar» al partido gobernante (conservadores). Ambos partidos, desde la independencia centroamericana, produjeron polarización y guerras civiles.

Sin embargo, al darse cuenta que los mercenarios contratados tenían otro plan, que implicaba reprimir a los mismos aliados liberales y apoderarse de Centroamérica, partidos y gobiernos, se reunificaron para combatir a Walker. Sin la distinción de tintes políticos acudieron a Nicaragua a combatir a la Falange Americana (como se hacían llamar los mercenarios). Solo la unidad logró derrotar a los filibusteros que pretendían imponer la esclavitud y supremacía blanca y terminar con «los mestizos» centroamericanos. Aquella sinergia emergente, salvó la soberanía de la región cuyos países estaban en las primeras etapas de conformarse a tres décadas de haber logrado su independencia.

Pero en los primeros combates entre costarricenses y filibusteros, ciudad nicaragüense de Rivas, apareció el cólera morbus, que causó la segunda mortandad similar a la viruela traída por los conquistadores, de los siglos pasados. Las pestes no hacen distinción; sin embargo, por ser Walker un médico sobresaliente, pudo intuir que el origen podría estar en guardar ciertas normas de higiene. El origen y conocimiento de virus y bacterias eran desconocidos como causas de la epidemias. De ese modo la población costarricenses fue diezmada y luego el cólera fue llevada a los respectivos países por sus ejércitos.

Esa alegoría puede servirnos para ver la oportunidad de los consensos, única forma de controlar el COVID– 19 que azota a la humanidad. Y cada país tiene las posibilidades de aminorar la mortandad; y más será necesaria la unificación social si pensamos en la depresión económica posterior. Aunque ahora la prioridad es salvar las vidas. Para esto hay que construir una sinergia mundial. Apropiarnos de esa visión; aprender de errores, de las experiencias en Italia, España, Alemania, los Estados Unidos y Ecuador. Y las inesperadas consecuencias en Brasil y México. No podemos desconocer esas crónicas anunciadas de la pandemia. La vacuna estará lista en un año, pero el virus trabaja en semanas y meses, acaba con personal médico y sanitario.

No hay duda que los efectos mundiales van a repercutir con fuerza en nuestra región, en especial los llamados del Triángulo Norte; por su población emigrada, y por sus vulnerabilidades. Quizás ya no seremos los mismos, pese a que ya sufrimos pandemias seculares. Salvemos las vidas que construirán las nuevas visiones. Decía una experta psicóloga que la estrategia de distanciamiento social, por ahora, es la única «medicina» y requiere cuatro aspectos: aceptación, paciencia, confianza y gratitud.

El escritor guatemalteco, Marlon Meza, residente en Francia, narra cómo comenzó a multiplicarse en Francia. Después de muerto un turista, se descubrió 12 contaminados. Sin embargo, una semana después hubo una concentración religiosa con casi dos mil personas que se abrazaban y tomaban de las manos. «De regreso a sus hogares todos empezaron a padecer malestares que despertaron sospechas». Nadie sabía por qué. «Y en menos de 48 horas se multiplicó la epidemia en todo el territorio». Ante eso, el Presidente Macron ordenó el cierre de toda reunión pública: hoteles, cines, festivales, museos. Además, acciona con ayuda psicológica en línea para la población.

Comienza en Europa esa guerra de repercusiones impredecibles; llega a los Estados Unidos con miles de fallecidos donde residen millones de salvadoreños (hace ocho días hubo más de 39 fallecidos solo en Nueva York). La muerte está en Centroamérica, motivo suficiente para reunificar criterios respecto al distanciamiento social, sin obviar estrategias psicológicas. Solo quien no acciona no comete errores. Dice un médico español: «Nadie supo ver llegar a este enemigo invisible, todos hemos fallado».

Pero debemos aprender a crear y descubrir la necesidad de cuidar el planeta, redescubrirnos por dentro; respetar a los nuevos héroes de la salud y de seguridad ciudadana. No somos perfectos, pero si perfectibles. Solo quien no acciona no comete errores. Necesitamos accionar ahora y en la postguerra viral.

Nota. Mi pesar a la familia de dos grandes amigos escritores chilenos: Luis Sepúlveda, promotor de la Literatura Iberoamericana en España, víctima de la pandemia; y a Sergio Román Lagunas, gran promotor y divulgador de las letras centroamericanas, fallecido hace un año por otras causas. Román Lagunas desde el Congreso Internacional de Literatura Centroamericana (CILCA), logró reunirnos en universidades de todos los países de América Central, Europa y los Estados Unidos. Mi respeto profundo a ambos en esta Semana Mundial del Libro.

Y, sobre todo, ánimo

Quizás habré tenido unos nueve años, en segundo grado, escuela pública «Antonio Rosales», de San Miguel, cuando llegaba a conversar a la barbería «La flor»; a unas cuatro cuadras frente al parque del cementerio. Además, el barbero tenía los periódicos para servicio de sus clientes, yo era uno de ellos, y a él le gustaba conversar conmigo. En ese entonces ya leía los diarios en una venta de granos cerca del mercado. El propietario, don Chico Estrada, me permitía pasar por su negocio a leer, los días de semana, al regresar de la escuela a mi casa. De modo que, a esa edad ya estaba informado en temas de mi interés, tiras cómicas en primer lugar. Todo un paraíso para un niño que podía defenderse solo en la calle, ¿Edad de Oro de la época?

Al barbero don Saúl le interesaban las noticias internacionales. «Y a vos cipote, ¿qué clase de noticias te gusta leer?». Le respondía que las nacionales porque las internacionales eran noticias muy lejanas. Yo le repreguntaba «¿Y a usted porqué le gustan las internacionales?». Me respondía que los barberos usaban instrumentos fabricados en Alemania, y en tiempos de guerra (Segunda Guerra Mundial), era difícil conseguir navajas y tijeras, marca Solingen. «Son las mejores del mundo», me decía.

Reflexionando sobre uno de los elementos de mi trabajo humanista, como es el periodismo cultural, he tenido tiempo de reflexionar sobre la vocación no solo de la lectura, sino la de estar informado. Gracias a ello quise conocer la realidad desde chiquillo, pude experimentar escritura creativa a temprana edad, y alternar con mayores.

Sin información es difícil adivinar, pese a profundidades teóricas: se debe convivir con las realidades terrestres. Conocer y formarse con libros, informarse con periódicos, analógicos o digitales, incluso con redes sociales, todo es viable para la lectura. Por ella se conocen desánimos, pasiones, ira social; para descubrir la otra realidad del pensamiento creativo, no dogmático, sin prejuicios.

Todos esos medios formativos propician diferentes grados de conocimiento: se reflexiona para fortalecer el espíritu crítico, que conlleva proponer ideas constructivas. Aunque en los primeros veinte años de paz, pocos ocupamos los espacios reflexivos para sanar las iras sociales, provenientes de lesiones físicas o sicológicas, propio de un país con tantas tragedias históricas.

Y por lo general, esas limitaciones del pasado reciente se revierten en negativismo para la convivencia; dichos vacíos producen animosidades muchas veces injustificadas: problemas sicológicos producto de exclusiones e inequidad que afectan la convivencia y la paz social.

La información, que tiene como fuente todo tipo de lectura, podría reconstruir nuestros sistemas biológicos, incluyendo defensas inmunológicas, porque recrea, y produce actitudes sensibles, importantes para adquirir una cultura de reconstrucción. Con lo cual ganamos porque podemos disfrutar de buen ánimo, incluso alegría, para anteponerse a la ira, a ansiedades y al estrés que destruye el sistema inmunológico, explicables por los vacíos que tenemos a lo largo de la historia. La idea es neutralizar el círculo sin fin que afecta nuestro bienestar físico y psíquico.

Recuerdo que leí en el Washington Post (mediados de los años 80) sobre una visita hecha por psicólogos norteamericanos que conocieron la zona de guerra en Guazapa, decía la nota que «de no parar el conflicto en estos momentos, El Salvador sufrirá graves consecuencias por las tres generaciones futuras». La prisa por cubrir grandes vacíos institucionales no permitió atender las secuelas. Como consecuencia, el costo ha sido trágico en los últimos treinta años.

¿Qué podemos decir ahora que nos asola una guerra global como una pandemia asintomática hasta presentar resultados impredecibles? Si con una guerra tradicional ya no fuimos los mismos, desde ese punto de vista anímico, ¿que podría suceder con un virus inesperado, destructivo en sus efectos inmediatos, al grado que analistas internacionales lo asimilan a una tercera guerra mundial? Por esa razón el mundo está obligado a ganarla juntos. Los humanos la transmitimos, los humanos estamos obligados a ganarla. Todos formamos parte de esas «fuerzas aliadas». Por eso, ahora más que nunca requerimos solidaridad planetaria.

Es la hora de crear pensamiento efectivo que nos lleve a las renovaciones que nunca fueron posibles a cabalidad, un esfuerzo intelectual (concepto tan detestado), cuya bandera concilie todos los matices. Somos pasajeros asociados de un planeta que se expande al futuro.

Sabemos que subsisten otras tres pandemias que provocan hasta tres millones de muertes anuales: la tuberculosis, la malaria y el VIH; pero la característica de la actual, que muchos minimizaron como una gripe agravada, es la velocidad con que afecta al mundo antes de reacomodarnos para combatirla. Todo pareciera impredecible, y la incertidumbre se vuelve negativa para el buen ánimo defensivo.

La preocupación en nuestro país tiene dos frentes sensibles: el comercio informal, que responde a pobreza centenaria (hace cien años lo escribió Alberto Masferrer y murió por intentar resolverla); y las remesas. Ante eso vamos a requerir madurez participativa y sensibilidad hacia los demás. Si queremos salir de la crisis hacia la renovación social y económica del país futuro, debemos cultivar motivaciones, y sueños con el deseo de vivir.

Economía y educación: estructuran el bienestar de las naciones, mantienen la armonía social. El teórico de la economía capitalista Adam Smith en su libro «Teoría de los Sentimientos Morales» (1759), afirma: «Por más egoísta que parezcamos los humanos, hay elementos que nos hace interesarnos en la felicidad de los otros (…) ni el mayor malhechor, o transgresor de las leyes carece del todo de estos sentimientos». Son palabras maestras para darnos aliento. Pensamientos, algunos milenarios, dirigidos a la humanidad con gran intuición para remontarse sobre los siglos. Palabras y advertencias base de la cultura occidental.

Veámoslo si no con Salomón, (hace unos 6 mil años): donde figura la frase conocida: «Nihil novum sub soli», es decir: «¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; no hay nada nuevo bajo el sol», Libro del Eclesiastés. Demos gracias entonces a la vida. Quedemos en casa. Socialicemos con tecnología.

Pandemia y cultura ciudadana

En agosto de 1970, se publicó mi primera novela «El Valle de las Hamacas». Recibí tres reseñas de diarios de Buenos Aires, una de ellos elogiosa de Camilo José Cela, muchos años después Premio Nobel, escritor español, exiliado en Argentina. Las otras dos reseñas no estuvieron de acuerdo. Entre estas, me llamó la atención la que decía: «Se nota que el escritor no tiene nada que decir». Y resulta que para cualquier país centroamericano, era decir bastante. Y, además, necesitamos decir mucho. Igual, cincuenta años después.

Todo escritor de América Latina tiene mucha responsabilidad social, el problema es cómo abordarla, qué decir y qué grado de cultura lectora hay en el entorno para dirigirse a él. En esa época éramos un país inadvertido en el Sur de nuestro continente, excepto por una publicación de la época: «La Pájara Pinta», revista literaria. Cuando muchos no sabían de la existencia de El Salvador. Ni aun los escritores.

Y esto no es parcialismo político: nos decían los poetas de «la pájara pinta», lo único que conocían del país. Dos décadas después, cuando iba rumbo a la Universidad de Stanford, me encontré con el presidente de la Unión de Escritores de Chile, y me decía de ignorar la existencia de nuestro país excepto porque a veces desde México le publicaban a Roque Dalton y entre paréntesis escribían «salvadoreño». Son verdades increíbles: ellos comenzaron a saber del país por el drama de la guerra civil.

Esta introducción me la impulsó escribir la realidad del virus global. Muchos en el primer mundo no lo creyeron, hasta que llegó la muerte. Pese a que el Viejo Continente sufrió mortandades por pandemias y pestes desde hace siglos, cuando se desconocían las causas por lo cual se atribuía a castigo de Dios. Así la Peste Negra causó en aquellos continentes la muerte de 200 millones (años 1347-1341). Se calcula que causó la muerte de la mitad de la población mundial. Más reciente, en el siglo pasado, la Gripe Española (1918-1919), causó 40 millones de muertos en dos años. Y el VIH/SIDA, desde 1981, lleva un aproximado de 30 millones de fallecidos.

En Centroamérica, la más conocida es la epidemia del cólera morbus, en 1856, comenzó con la guerra contra los filibusteros que en esos momentos se oponía luchando la fracción conservadora de Nicaragua y sobre todo los milicianos de Costa Rica, bajo la jefatura del presidente Juan Rafael Mora.

En las primeras batallas que se dieron entre costarricenses y los filibusteros, la más trágica y heroica fue en la ciudad de Rivas, Nicaragua, (1856). El jefe filibustero William Walker había invadido Costa Rica, fueron derrotados y perseguidos hasta Rivas, territorio nicaragüense en la costa del Pacífico. Y los mercenarios invasores fueron derrotados de nuevo.

Pero los costarricenses no pudieron culminar la derrota con la eliminación de Walker que dirigía el combate, y fue porque la peste del cólera comenzó a fulminar a los costarricenses que peleaban al mando de los generales José Joaquín Mora y José María Cañas (salvadoreño).

En esa batalla sobresalió el soldado Juan Santamaría, reconocido héroe de Costa Rica. Posteriormente los cuatro, incluyendo al que fuera tres veces presidente, Juanito Mora, han sido declarados en las últimas décadas héroes de la Guerra Patria Centroamericana. Aunque en esa primera batalla de Rivas aun no participaban los ejércitos de la región.

Me he extendido en ese punto porque, después de esa batalla, el ejército costarricense, al rescatar los soldados heridos y enfermos por la peste, contagió a todo el país. Así un acto de humanidad y heroico, dicho rescate», llevó la epidemia a casi toda Costa Rica causando la mortandad de la décima parte de su población. Una vez ampliada la guerra a toda Centroamérica, la epidemia causó cientos de víctimas, incluyendo el general Mariano Paredes, expresidente de Guatemala, jefe del ejército que combatía en Nicaragua.

Esa epidemia las ignoramos en El Salvador, igual otros países hermanos, a excepción de Costa Rica. Hasta hace poco ni siquiera hay placas o monumentos conmemorativos, de una épica que incluyo grandes pérdidas por la guerra y el cólera. Es el drama centroamericano del silencio, del olvido, de la ingratitud histórica.

Fueron sucesos de mediados del siglo XIX. Podemos imaginarnos el terror que se producía entre los combatientes por falta de conocimiento de las causas letales, de la que solo se conocían los efectos: una muerte dolorosa, horrible, en el mundo, era el cólera morbus.

Y en el entorno de la cuarta revolución industrial, es un pecado desconocer la trascendencia de una pandemia que por mutación tiene su origen en los años 80 del siglo pasado. Precisamente por desconocer los efectos, o cura de esa mutación, el prevenir juega un papel fundamental que evitará una mortandad incontenible, si recordamos las pestes de la Edad Media. Claro, eso implica un costo hasta ahora incalculable que afectará la economía mundial.

Y si bien es cierto que el tabaco origina 8 millones de muertes al año, es un mal conocido y depende de la voluntad de cada quien; pero el virus que nos tiene en cuarentena familiar por ser exponencial, es decir de efecto multiplicador, puede producir en pocos meses un exterminio impredecible, podemos mencionar las casi ochocientos muertos en 24 horas, en Italia, y por dos días más no bajaron de 500 fallecidos. O los más de quinientos en España, cuando escribo estas líneas.

La diferencia es que la ciencia actual puede descubrir y combatir los orígenes de toda peste, que en el pasado europeo originó millones de muertos. Para mientras se descubre la vacuna, la prevención es quedarse en casa y otras indicaciones promovidas.

No es pesimismo, ni aventura hacia lo desconocido, conocemos sus efectos. Como se dice en estos días en Italia, «calma, en la Segunda Guerra Mundial nos llamaron para partir hacia la muerte en la guerra, ahora solo previenen quedarnos en casa».

Así es, la esperanza para cualquier edad es prevenir, la vida es hoy con la responsabilidad de mañana.

Héroes, heroínas y pensamiento literario

Cuando escribí mi novela «Un Día en la Vida», novela ganadora de un premio nacional (1980), nunca imaginé que una pieza literaria salvadoreña podría tener trascendencia internacional. Eran hechos de ficción y realidad, como los que enfrentó el departamento de Chalatenango, en un marco limitado como para llamar la atención fuera de nuestras fronteras. Letras escritas sin pretensiones de impactar, excepto por la propia situación de violencia civil y represión institucional.

Una obra sin personajes heroicos, como se conoce tradicionalmente, nada de líderes y personajes con un poder ganado por acciones extraordinarias. Por el contrario, se trataba de escribir desde las voces más excluidas, sobre los que tenían lo justo para sobrevivir, los que habitaban en un rancho de palos y zacate y sobre los que aún trabajan de sol a sol, aman a sus perros, disfrutan sus humildes pertenencias. Los más vulnerable a las injusticias. En fin, los descalzos en sentido real y figurado.

Se les da voz a las mujeres que expresan, sin ocultar, los impactos de su dolor y, que, en el hombre, debe ocultarse para ser hombre. En fin, descubrirlas como actoras sin el sensacionalismo llamativo del personaje objeto.

Fue en los Países Bajos (Holanda) donde se descubrió, en 1981, una novela que, para el escritor, estaba destinada a plasmar hechos de la cotidianidad que ni siquiera podrían merecer calificación de históricos; producto de catarsis e intuición, despertadas por un sentido de compasión y rechazo al horror que golpeaba a la población civil, a aquellos que «nadie sabe de dónde son». No se necesitaba residir en El Salvador para conocer e interpretar aquellas emociones.

El escritor lo logra mediante concentración y reflexión, nacidas de una lectura humanística que se sumerge en las limitaciones nacionales y que veinte o treinta años después, comparte su mismo dolor. A veces, haberlo descubierto pareciera obra de la casualidad.

Pero en arte no hay casualidades, sino trabajo mental que desde los griegos antiguos lo asimilaron al ocio, para diferenciarlo del neg-ocio producto del trabajo predominantemente físico, sin desconocer que este es la fuente del pensamiento, y la filosofía, sin lo cual «no habría políticos ni ciudadanos», según conceptos del padre fundador de las ideas-base (vivas aún) de la cultura occidental (Aristóteles, 322 años A. de Cristo).

Para esa producción mental, ociosa, es necesario información y conocimiento de la realidad universal, que no se contradice con la nacional, incluso provinciana, pero que origina el estereotipo del arte como labor improductiva. De ahí vienen los vacíos y las carencias de interés por las expresiones artísticas en lo que llamamos: tercer mundo.

Estas ideas que expongo me hacen recordar una vieja anécdota que me gusta repetir: el escritor inglés Bernard Shaw está sentado en el porche de su casa, pasa un vecino, lo saluda y le dice: Mr. Shaw, ¿descansando?. El humanista le responde: No, trabajando. Otro día pasa el mismo vecino mientras Shaw poda su jardín. Le pregunta ¿Mr. Shaw, trabajando?, Shaw la responde: No, descansando. Para el vecino Shaw era un iluso o un excéntrico. Pero es así como surgen los prejuicios y exclusiones sociales.

Por otro lado, el escritor que escribe con intuiciones, como decir: «adivinaciones», sin ser tales, no son resultados de conocimiento físico y emotivo. No siempre será consciente de cómo se alcanzó aquel producto. El ejemplo más conocido es Van Gogh, quien no pudo entender su pintura y no pudo vender un cuadro en su vida, y el no sabía la razón, ni su hermano que era experto vendedor de arte. Luego se descubrió la calidad de su obra.

Me pasó con «Un día en la vida», estaba de visita en Costa Rica cuando un periódico anunciaba que se iba a defender públicamente la tesis doctoral titulada «Un día en la vida y la Biblia». No quise perderme algo que ignoraba; y descubrí que no siempre se es consciente del resultado de una idea creativa.

En ese propósito me refiero a una crítica que no logró descubrir las intenciones de un escritor. Me refiero a una reseña sobre «El Coronel no tiene quien le escriba», de Gabriel García Márquez. El reseñista publicó que el gallo abrazado por el coronel, final de la obra, era el pueblo colombiano. El periodista y escritor colombiano con esa ironía letal le contradijo: «suerte tuve con el fin de esa novela pues quise terminarla degollando al gallo, ¡imagínense, hubiera quedado como un magnicida del pueblo» (cito de memoria). Y el escritor explica en sus biografía que «el gallo era gallo, pero el reseñista quiso interpretarlo ideológicamente como a él le hubiera gustado».

Sí, porque la novela es ficción desde la realidad. En la escritura creativa no se advierte la diferencia entre lo real y lo imaginario.

Por esa razón, volviendo a los Países Bajos, en una conferencia de prensa (1981) este escritor, que respondía las preguntas, hizo él preguntar a los periodistas: «Quisiera saber por qué ha gustado tanto esta obra al lector holandés». Su respuesta dio tres razones: lenguaje sencillo acorde con la sencillez de los personajes; se tomó como personaje principal a una mujer; y tercero, por provenir los contenidos de un centroamericano; la periodista se extendió sobre la fama de la cultura patriarcal de los latinoamericanos. Y agregó: «Usted descubrió una heroína donde otros no lo ven».

Nota de Duelo.- Mi pesar por un héroe de la poesía. Ernesto Cardenal, sacerdote y poeta, ha partido a reunirse con el cosmos, al que cantó. Cito mi gran recuerdo cuando lo visité siendo Ministro de Cultura, lo vi sentado en la grama, bajo un árbol de la zona verde, rodeado de visitantes extranjeros. Otro recuerdo: coincidimos en el Aeropuerto de Costa Rica. Lo noté preocupado porque tenía una hora de esperar y no habían llegado por él. Lo invité para que nos fuéramos juntos. No volví a ver el esplendor creativo de su persona. Del gran heredero de Rubén Darío.

Paz y prosperidad con innovación social

Siempre me ha preocupado el tema de educación como base del desarrollo integral de nuestro país, del cual nuestro país ha adquirido el compromiso de cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), planteados por la ONU, que incluye el cultivo de la creatividad en todos los aspectos de la vida, a la vez de buscar innovaciones acordes con la época, y estimular conocimiento con información tecnológica. Son 17 los objetivos cuyo logro de metas se establece en la agenda al 2030. Prácticamente, es un compromiso planetario.

Dentro de la tercera generación industrial, tanto niños, adolescentes y jóvenes se han adentrado a un aprendizaje informático y digital como práctica cotidiana. Esto obliga a cambiar enfoques educativos tomando en cuenta esa realidad. Compromiso a cumplir en el plazo establecido en la Agenda. Veamos lo que dice la ONU al plantear los ODS.

«(Hacer del planeta tierra) la casa común de la humanidad». Significa encontrar soluciones asociadas para aceptar los retos de sobrevivencia, entre ellos paz y prosperidad, que se debe lograr en alianzas «entre Estado, gobierno y sociedad». Algunas metas ya tienen un avance en El Salvador (Ver Informe 2019 sobre esos compromisos y cumplimientos, Cooperación Española, 2019, AECID).

Para abordar los temas relacionados con cambio y tecnología aplicados a la educación se necesita formación especializada, y ese reto deben retomarlo las universidades prepararse para recibir «el futuro», representado por esos geniecitos de las generaciones Alpha y centenial (entre 9 y 23 años), que nacieron con el chip tecnológico incorporado. Igualmente deben prepararse las bibliotecas (4º. Objetivo), libro, lectura, investigación, y creatividad.

Cuando se pensó que cada estudiante debería tener una computadora se olvidó que gran porcentaje de la población carece de energía eléctrica y de Internet, de agua, y asistencia en salud. Son las instancias educativas y culturales las que deben prepararse para guiar al usuario planetario en el uso de las «aplicaciones» tecnológicas.

Recuerdo una frase en «Edipo Rey», Sófocles (496 a.C., y 406 a.C.): «Nada es la nave, nada la torre, sin alguien dentro que la habite» (una frase para mí inolvidable), porque bromeamos tras bambalinas en la obra presentada en el Gimnasio Nacional, entre otros con Roque Dalton, uno de los actores de la producción del «Teatro Universitario» ¿1963?), a mi persona la habían rebajado a ayudante. Del un elenco de 25 personas recuerdo a Elisa Mesa, a Orlando Castro de la Cotera, a Miguel Parada (+), a Raúl Monzón (+) a Roque Dalton (+).a Arístides Larín (+); Carmencita de Vides (+), todos fueron después profesionales y académicos.

Estas son las reflexiones a partir de mis experiencias:

1. Deponer intereses personales para formular e implementar políticas públicas en el ramo educativo para no partir de cero en cada gestión institucional. El compromiso lo tenemos con las tiernas generaciones Alpha (nacidos después del 2010), un compromiso que corresponde cumplir a las generaciones adultas sin distinción edad, pues el uso de las nuevas tecnologías, involucran a la familia.

2. ¿Cómo apropiarnos de la torre y la nave tecnológica para que sean habitadas por un cerebro creativo? E informar al mundo e informarnos. Para ello requerimos investigación, inventivas, conocimiento técnico integral de los ejecutivos, y presupuesto de inversión.

3. Casi siempre atendemos en la Biblioteca a grupos preadolescentes y adolescentes, con sus respectivos maestros. En el pasado mes de enero uno de los docentes preguntó cuáles eran los Países Bajos (yo había hecho mención por ser el holandés la primera traducción de Un Día en la Vida). Devolví la pregunta. «¿Alguien lo sabe?». Algunos profesores mencionaron varios países de Europa, incluyendo Suecia, Bélgica, Holanda, Finlandia, incluso Groenlandia. «¿Nadie sabe?»

Entonces un chico de unos once años levantó la man para responder: «Los Países Bajos es solo un país llamado Holanda». Y explicó que tiene varias provincias (doce) dos de ellas llevan el nombre de Holanda. «Perfecto», respondí. El nombre del estado soberano es Países Bajos. No Holanda. A esta estas respuestas le llamo efecto generacional.

Comparé con otro error similar cuando decimos hablar el español. En verdad es el castellano, pues en España hay seis comunidades con su propia lengua cooficial, además del castellano, idioma oficial del país.

4. Para innovar necesitamos socializar entre sectores diversos y estimular formación creatividad para que nos tome desprevenidos la cuarta generación industrial y nos convirtamos en precarios consumidores. Para ello debemos fomentar y promover la investigación, el libro, las bibliotecas, la lectura, medios de conocimiento como pueden serlo las aplicaciones tecnológicas para apoyar el aprendizaje.

5. Tenemos que apropiarnos de esa realidad digital para orientar a niños y niñas y rescatar así su futuro. El futuro de todos. No dejarles como solución las caravanas, las deserciones o los barrotes por falta de inversión estratégica.

6. Innovar las bibliotecas y la escuela en todos sus niveles, con criterio amplio, hacerlas atractivas para el nuevo usuario generacional. Sin olvidar que entre las innovaciones está la lectura y la investigación; incluye las mismas Bibliotecas Nacionales, cuyo objetivo histórico es recopilar el patrimonio bibliográfico de la Nación, organizarlo, preservarlo y ponerlo a disponibilidad.

Por su lado, las Bibliotecas Públicas (BPs), tienen función adicional de la lectura la prevención de violencia. Ejemplo es Medellín, donde se crearon jardines bibliotecarios pensando en la familia, incluyen talleres, anfiteatros, y juegos recreativos. .

En Costa Rica se informa que sus Bibliotecas Públicas cuentan con un millón de usuarios anuales, inclusive imparten sesiones de zumba gimnastica, yoga, juegos en línea, cursos de inglés (Daniela Cerdas, La Nación, 14/01/2018). Creo que debemos incorporar la prohibición de guardar silencio en una biblioteca. En fin, implementar creatividad para promover la lectura como último fin hacia el conocimiento formativo. También las bibliotecas nacionales deben contar con sus propias modalidades culturales y tecnológicas para fomentar la investigación.

Resumo: crear e Innovar con sensibilidad social. Los robots, que ya en China manejan algunos restaurantes, son producto demostrable que «nada es la torre y la nave» si adentro no hay un cerebro que la habite.