Más allá del paisaje

Hay pocos vínculos tan profundos como el de las letras que fraguan a la literatura salvadoreña y la naturaleza. No solo se trata de plasmar la más pura belleza escénica y descriptiva del país, sino de la relación entre la gente y su entorno. Es un registro de las creencias populares sobre remedios, animales, ríos y bosques –que en algunos casos ya no existen–. Una relación trascendental que cada vez parece más rota. Y más allá de lo contemplativo, en muchas ocasiones, busca plantear que el hombre más sabio es quien coexiste en armonía con lo natural y sabe como interpretarlo.

Los hermanos Espino son solo un ejemplo entre tantos textos. El más conocido es Alfredo por libros como «Jícaras tristes» en los que despliega el talante naturalista con el que tanto se relaciona a los literatos locales de principios del siglo XX. Sin embargo, es Miguel Ángel Espino quien en su novela «Hombres contra la muerte» ubica a sus protagonistas en la densa selva beliceña para explorar el conflicto entre el hombre y la depredación natural. La lucha contra la naturaleza como fuente de conflicto con el que se asocia al desarrollo.

El embate natural también fue elemental para Arturo Ambrogi. En sus cuentos, describe fenómenos naturales y plagas devastadoras. En el texto «Cuando brama la barra», el hijo de padre italiano y madre apopense presenta el drama de una inundación hasta las últimas consecuencias. Se narra el minuto a minuto de un diluvio –como el de la tormenta tropical 12-E, en 2011– hasta que los protagonistas del relato mueren ahogados. Mientras que en la narración «El Chapulín», Ambrogi describe una manga de langosta voladora cuando se devoran por completo los cultivos de una pareja de campesinos. A pesar de su desesperación, no pueden hacer nada ante la plaga.

El padre Ignacio Ellacuría valoró el vínculo entre la literatura local y la naturaleza para recomendar a UCA Editores la publicación de «El asma de Leviatán» de Roberto Armijo. El jesuita pocas veces recomendaba un texto. Unos meses antes de morir, en 1989, Ellacuría escribió una carta a Armijo en la que expresaba que una de las cosas que más le impresionó de su libro fue que recogía la vida del pueblo salvadoreño en cuanto a plantas, animales, costumbres.

Desde su exilio en la ciudad de París, el escritor chalateco añora todo y a orillas del Sena fantasea con el rey zope y hace un minucioso recuento de los animales –y la descripción que de ellos hacen los campesinos– que habitan los bosques del norte del país, como «el zorro de agua que en las noches viene a pescar al río Sumpul… la taltuza, animalito que arruina los cafetales y platanares; el cusuco, alimento sabroso; el tepezcuintle de carne que se corta en tasajos y se deja orear» y un largo etcétera.

Pero no solo eso, Armijo se sumerge en la mitología que rodea a animales fantásticos como la zumbadora. Una serpiente llena de magia que, si un hombre es capaz de vencer, después de un férreo combate, le otorga una piedra que lo convierte en mago. Una persona capaz de «conocer el secreto de las plantas, adivinar el canto de los pájaros y deletrear la huella de los animales, saber el paso de la muerte cuando cacarean las gallinas o canta la lechuza». Al final, el hombre sabio no es el que hace hechizos sobre los demás lugareños, sino el que sabe leer lo que dicta la naturaleza.

Los primeros cincuenta días de Nayib Bukele

Me he puesto hoy una camiseta de Nayib, recién llegada de Amazon.com. En la camiseta aparece su cara pixelada con lentes y cachucha y abajo el texto, «Se les ordena comer pupusas de loroco». La referencia a las pupusas de loroco y la imagen en arte digital es una mezcla de nostalgia y futurismo. Capta algo del espíritu con que observamos los primeros 50 días de la presidencia de Nayib Bukele, desde acá.

Según las estadísticas más recientes de ONU, un 20 % de los salvadoreños vivimos fuera del país en diáspora. Somos los hijos de un país que continuamente nos expulsa y que nunca se ha hecho cargo de esa situación. Por eso llamó tanto la atención que Bukele asumiera responsabilidad por el hecho de que tantos salvadoreños nos sentimos obligados a irnos del país. En los primeros días de julio de este año, Bukele fue entrevistado por la periodista Cordelia Lynch, de Sky News, quien lo interrogó sobre la crisis migratoria de centroamericanos que buscan entrar a Estados Unidos. En esa entrevista el presidente reconoció lo que ningún líder salvadoreño había reconocido antes, que El Salvador tiene una responsabilidad por las condiciones que impulsan la migración. Ante dicha noticia, Bukele aseguró hacer todo lo posible por construir un país donde irse a Estados Unidos sea una opción y no una obligación. Fue la primera vez que un presidente salvadoreño nos haya dado alguna esperanza de poder, algún día, volver.

De ahí y de acuerdo con el refrán, «dime con quién andas, y te diré quién eres», Bukele le pidió a Estados Unidos un trato migratorio distinto a Honduras y Guatemala, nuestros vecinos del llamado Triángulo Norte de Centroamérica. El presidente declaró en una rueda de prensa, «que no se nos meta en la buchaca (bolsa de mesa de billar)». En el caso de la droga, hizo ver que El Salvador incauta el 75 % de la cocaína que grupos criminales pretenden llevar a Estados Unidos, mientras que en Honduras es el 2 o 3 %, y que cuando se establece el promedio del Triángulo Norte se dice injustamente que los decomisos son del 30 %. Este comentario también nos dio alguna esperanza de poder zafarnos de los problemas que acometen a Centroamérica como una región.

Los pasos que ha tomado Nayib Bukele para buscar reducir la delincuencia y la violencia de pandillas como equipar bien a policías, cortar el wifi en las cárceles y lanzar una campaña mediática y cultural para educar a los jóvenes nos han dejado pensando, desde acá, por qué nadie lo había hecho ya antes.

Sin embargo, y aunque Bukele esté haciendo muchas cosas bien, nadie es perfecto. La periodista Beatriz Calderón le hizo un llamado al presidente para no dejar al feminicidio fuera de su Plan de Control Territorial y para también hacerse cargo de esta crisis. Quiero también hacerle eco a la crítica constructiva de Calderón aquí cuando Bukele se refirió al caso de Keni Guadalupe Larios como un crimen pasional difícil de controlar fuera de la seguridad pública. El presidente caracterizó al caso de la mujer asesinada por su pareja como un caso doméstico que tenía «más que ver con la salud mental y con la cultura que con las pandillas». Claro, es un problema cultural que la sociedad salvadoreña siempre se ha hecho la vista gorda ante el problema de la violencia contra las mujeres. A pesar de lo difícil que pueda ser combatir al feminicidio, también es necesario hacerlo para mejorar las condiciones de muchas mujeres del país.

Muchos dicen que por fin se siente que hay un líder en El Salvador y una visión para el país que nos inspira. Lo claro es que nunca hemos pasado tanto tiempo en Twitter por las noches. Falta ver cómo responden las pandillas a las nuevas medidas del Plan de Control Territorial y cómo responden los jóvenes a las nuevas oportunidades que se les presentan. También falta ver cómo Bukele se enfrenta con la violencia de género. Con todo, y desde acá toda la evidencia de los primeros 50 días sugiere que tenemos razón de sentir que hay, por primera vez, mucha esperanza.

Carta Editorial

“De los problemas de enamorarse” es un libro escrito por Ana Escoto, una joven salvadoreña que reside en México desde hace varios años.

El libro es una recopilación de cuentos que relatan, con intensidad y gracia, ese torbellino de emociones que son las relaciones incipientes o que, en realidad, nunca comienzan.

En principio, este libro de Escoto tiene todo para ser entretenido. Pero no se queda ahí. Detrás de estos pasajes que van entre el suspenso y lo cómico, hay también una oportunidad para reflexionar acerca de cómo establecemos vínculos.

Somos de donde están nuestras “querencias”. Somos de ahí en donde haya cualquier oportunidad para tener esperanza. Entre uno y otro texto, Escoto también explora ese momento en que la ilusión, alimentada con nada, es capaz de transformarnos el entorno.

Hace rato hacía falta un abordaje así de estas generaciones a las que cada vez les calza menos el estereotipo de género y las casillas. Estos textos no son una confrontación. Son más un espejo que nos hace ver que en las rutinas hay mucho de interesante y mágico para contar.

La de Escoto es una voz nueva en la literatura de este país. Es necesaria, oxigena y se aleja de lo que estamos acostumbrados a ver nacer por acá. Hace tener muy presente que el ejercicio de escribirnos es también el ejercicio de reconocernos diversos. Es el de ampliar horizontes al mismo tiempo que nos reímos o lloramos ante las historias.

Por acá vamos a necesitar siempre referentes. Vamos a necesitar que la niñez ahora sí crezca con la idea bien clara de que el talento, indiscutiblemente, necesita de disciplina para desarrollarse. Y acá es en donde Escoto y su libro se paran firmes.

«A mis 23 años puedo decir que tengo el empleo perfecto»

¿Cuál es el carácter histórico que más rechaza?

La impunidad a todo nivel.

¿Quién le habría gustado ser?

Sin pensarlo dos veces diré que Aquiles, el de los pies ligeros.

¿Qué es lo peor que le podría pasar?

Darme cuenta de que he luchado en vano por las causas que considero correctas.

¿Cuál sería su empleo perfecto?

A mis 23 años puedo decirte que tengo el empleo perfecto. Trabajo en mi propia empresa y hago lo que me apasiona.

Mencione tres libros que haya leído en los últimos seis meses.

«La cabaña», de Paul Young; «El principito«, de Antoine de Saint-Exupéry; y el libro que es mentor en todas mis áreas: la biblia.

¿Cuál es su estado mental más común?

Definitivamente el creativo, constantemente estoy creando o replanteando ideas para llevarlas a la práctica.

Si tuviera que ser un animal, ¿cuál sería?

Sin duda sería un águila, me identifico con sus habilidades de caza, su destreza y la forma en la que se reinventa de forma autónoma. Eso hace que tengamos similitudes.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (223)

1826. ENTRE AMIGOS

Este año la temporada lluviosa ha sido particularmente volátil, como para hacernos sentir que el cambio climático está aquí. Un bromista de nuestro pequeñísimo círculo de allegados de confianza preguntó en un encuentro vespertino con tragos al gusto: «¿Y eso del cambio climático que no es otra especulación viralizada en las redes sociales?» Yo me atrevo a responder: «Ay, cipote, parecés un señor de los que vivían en aquellos entonces en los vecindarios de la calle 5 de Noviembre…». Todos se ríen, y el aludido y yo chocamos las manos para confirmar nuestra condición de vecinos inveterados. Otro nos lanza entonces el reto: «Y ustedes dos, que se las dan de cincuenteros, ¿por qué no nos cantan un bolero de su tiempo?» Nuestra respuesta es una: «¡Aquí te va, jovencito, jajajá!» Y empiezan a sonar las voces de «Flor de azalea» mientras la tormenta con rayos llega a acompañarnos.

1827. EL MISMO QUE VISTE Y CALZA

Se fue muy joven hacia el Norte, cuando hacerlo no era tan riesgoso como es hoy. Su familia no volvió a saber nada de él, salvo que vivía allá en una zona que se llama Long Island. Pero el tiempo transcurre, y a veces se vuelve destapador de cajas cerradas. Y en una de esas volátiles cajas había un montón de imágenes irreconocibles, salvo quizás una, la de ese hombre aún joven que iba manejando un taxi. El señor que estaba parado en una esquina le hizo señas al taxi para abordarlo. El motorista del vehículo en un primer instante pareció no advertir la señal, y pasó de largo; pero de inmediato se detuvo y retrocedió. «¿Quiere que lo lleve?» «Bueno lo que quiero es una respuesta. ¿Vos sos Hilario?» El conductor sacudió la cabeza. «Sí, soy yo. ¿Y usted?» «Aníbal, tu hermano. ¿Ya no me reconocés?» «¡Es que éramos niños!» Y el abrazo los convirtió en gemelos…

1828. OTRA PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

La Librería del Prado, en la calle del mismo nombre, estaba cerrada porque aún no eran las 5 de la tarde. Él le dijo a ella mientras pasaban enfrente: «No se te olvide que estamos en Madrid, y que aquí el horario es muy distinto al nuestro». En cuanto dijo aquello ambos sintieron al unísono que sus sensaciones se tomaban de las manos. «¿Y entonces qué hacemos?» «Pues lo de siempre en las tardes madrileñas: caminar hasta que llegue la hora». Se fueron a vagabundear por la zona, sin otro propósito que acumular sensaciones conocidas con anhelo novedoso. Sin proponérselo estaban ante una tienda de antigüedades, que no eran sus objetos favoritos pero que en este caso tenían un imán inesperado. Lo que había en la vitrina era un conjunto de retratos. Se detuvieron para observar. «¡Mira aquellos dos!» «¡Somos nosotros!» Y el parpadeo del tiempo les hizo sonreír.

1829. AYER Y HOY

Una de sus nietas, que era adicta al cine de antaño por Netflix, le preguntó una tarde de sábado mientras la familia departía en el amplio corredor posterior de la casa donde la abuela vivía desde siempre: «¿A quién te gustaría parecerte más, abuelita: a Sara García o a Prudencia Grifell?» «¡Uy, las abuelitas clásicas de la Época de Oro del Cine Mexicano!» «Yo pensé que te gustaba ser abuelita, y por eso te pregunto…» «Bueno, pues ser abuelita está bien; pero yo quiero ser abuelita que no parezca…» «¿Cómo quién, pues?» «Déjame pensar… Como Olivia de Havilland…» «¿Quién es?… ¿Y por qué?» «Pues porque Olivia me cautivó en su papel de jovencita en «Lo que el viento se llevó»… Y luego siguió apareciendo hasta su retiro… Hoy es una dama de más de 100 años…, y eso es lo más inspirador…» «¡Ay, abuelita, lo que más me gusta de ti es que nunca perdés la ilusión!»

1830. LA BUENA NUEVA

El jefe los había convocado a reunión estratégica para aquella misma tarde, como si hubiera urgencia de tomar decisiones. A la hora señalada ya estaban todos reunidos en la sala de sesiones, cuyos ventanales daban a un predio baldío que nunca había merecido ninguna atención. Desde el inicio todo indicó que no había nada trascendental en agenda, y todos estaban a la expectativa de lo que fuera a decir el superior. Él se hallaba en silencio en su silla de mandamás, como si nada pasara, y al final habló: «Amigos, los he convocado para informales algo muy personal…» Todos pensaron, de inmediato y en esperanzador silencio, que iba a anunciar su retiro. Él los observó con expresión enigmática. Luego esbozó una sonrisa. «No, no se ilusionen: no me voy a retirar: lo que voy a hacer es comprar esta empresa para reciclarla con gente nueva. ¡Así que a arreglar sus bártulos!»

1831. SENTENCIA MUSICAL

El Jefe dio la orden sin alternativas, como siempre: «Van a la casa del Zambo y me lo traen vivo hoy mismo, aunque se resista». Aquella tarde-noche, los esbirros se dispersaron por la barriada donde el Zambo solía deambular haciendo de las suyas. No estaba en ninguna parte. Regresaron al lugar del Jefe, que era una casa clásica tomada por la organización porque le gustó al líder. El Zambo vivía ahora ahí, y andaba propalando que ya sabría el Jefe cuáles serían las consecuencias de aquel despojo. Un día lo encontraron y se lo llevaron al Jefe. Cuando ya estaba adentro, se dio la refriega. La gente del Zambo y la gente del Jefe liados en el estruendoso fuego cruzado. Hasta que llegó el silencio adornado de cadáveres. En alguna de las casitas de los alrededores estaba sonando la canción de José Alfredo Jiménez: «No vale nada la vida,/ la vida no vale nada…»

1832. «SHOKING GAME»

Tenía marcas moradas en el cuello. Su padre le preguntó, como experto en costumbres muy actuales: «¿Has estado practicando el ‘shocking game’? Ella, que era una adolescente en busca de emociones, negó con un leve movimiento de cabeza. Y aquella misma tarde, cuando se reunió con su grupo de amigas ilusionadas por el peligro, les contó la pregunta de su padre. «No decaigás, amiga, que para eso estamos nosotras aquí. ¿Vamos al juego, verdá?» Todas las presentes asintieron, y ella tomó la iniciativa para que no fueran a creer que se acobardaba. La líder del grupo le extendió entonces aquel cinturón que parecía sacado de una película antigua. Ella lo tomó con emoción, y empezó su prueba alrededor del cuello. Las presentes la animaban con saltos vibrantes hasta que cayó al suelo. No volvió a despertar. Todas se escaparon. El fin es siempre solitario.

1833. LA NOTICIA IMPOSIBLE

Desde la más temprana edad fue adicta a los deportes extremos, sin acatar ninguna advertencia. Y así, cuando llegó el momento de decidir destino expresó tajante: «Voy a ser alpinista, y en las cumbres más altas del mundo». Sus familiares, como siempre, la dejaron hacer, porque no había alternativa. Así tomó camino con una despedida simple, como si fuera al café de la esquina. Nunca volvieron a saber de ella. Quizás estaba en algún barranco nevado. ¿Qué hacer? Lástima que no podían enterarse de que la alpinista había alzado vuelo desde la azotea superior…

Los olvidados de Machu Picchu

Machu Picchu

Amenos de una hora en tren y alejado de las comodidades que encuentran los turistas en los lujosos alojamientos cercanos a la ciudadela de Machu Picchu, el agricultor Francisco Silva Uscamayta (62) detalla su rutina en las tierras de Mesada, uno de los 10 centros poblados ubicados en los alrededores del distrito turístico más visitado y conocido del Perú.

En la zona rural del distrito de Machu Picchu conviven más de 800 personas. El 88 % de ellas no cuenta con alumbrado eléctrico en sus viviendas y solo el 17.5% dispone de agua potable durante toda la semana, según las cifras del último censo del Instituto de Estadística e Informática (INEI). Mientras que en el sector urbano, los servicios turísticos son la actividad económica más importante, en comunidades como las de Francisco Silva Uscamayta la agricultura es la principal fuente de subsistencia.

La precariedad en el acceso a los servicios básicos en estos sectores se contradice con los millonarios ingresos que percibe el distrito por turismo: solo en 2018, los recaudos por boletos de ingreso a la ciudadela inca superaron los 189 millones de soles ($57 millones). De este total, el 10 % va a las arcas de la municipalidad distrital con el fin de que se destine a obras públicas, de acuerdo con un decreto legislativo vigente desde 2010, pero un recorrido realizado por Ojo-Publico.com por los centros poblados ubicados alrededor del centro arqueológico revela el abandono del Estado hacia estos sectores rurales.

Centros poblados ubicados alrededor del centro arqueológico revela el abandono del Estado hacia estos sectores rurales.
“Nadie tiene un trabajo permanente, ni seguro. No hay eso. Puede ser con la municipalidad o el Ministerio de Cultura, pero son temporales, por proyectos de cuatro o cinco meses. Y si no hay, te quedas sin trabajo”, señala Dionicia Rigra, exsecretaria del centro poblado de Qorihuayrachina.

Para llegar a Mesada, la tierra de Francisco Silva, se parte de la ciudad del Cusco en tren y se desciende en la estación llamada Hidroeléctrica, el penúltimo paradero antes de llegar a Machu Picchu. La angosta ruta en la que apenas caben un par de autos es rocosa y el período de lluvia de inicios de año es intenso, pasadas las 5 de la tarde.

El primer centro poblado que se atraviesa camino a Mesada es Ccollpani, ubicado a las orillas del río Urubamba y donde viven alrededor de 30 familias. En esta zona, los lugareños cuentan con una capilla, los restos de un cementerio destruido hace casi una década por el desborde del río, un pequeño salón comunal y una losa deportiva donde detrás de sus arcos los pobladores han ubicado maderas usadas para prender sus cocinas caseras.

Desde este punto se caminan unos minutos más, a través de una trocha improvisada y sin electricidad, salpicada de pequeñas casas de piedra. Francisco, con machete en mano y sombrero para cubrirse de la lluvia, da la bienvenida a menos de 10 metros de distancia.

Ojo-Publico.com, en el marco de una alianza con la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las AméricasCONNECTAS, llegó a la zona para conocer la situación de los centros poblados vecinos al destino turístico que más ingresos económicos genera en el país.

Abandono. Los habitantes de Huayllabamba no reciben ningún pago por ceder sus jardines a visitantes de paso o trabajadores de agencias turísticas. El Estado peruano, como a muchas de las zonas aledañas al Machu Picchu, los tiene en abandono.

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Un lugar para los mangos

Mesada pertenece al distrito de Machu Picchu, que se encuentra en la provincia cusqueña de Urubamba a poco más de 2,400 metros sobre el nivel del mar. Sus habitantes aprovechan los alrededores de sus viviendas para dedicarse a la agricultura. Allí cultivan mangos, plátanos y yucas.

Pero la bucólica atmósfera contrasta con el olor a podrido que proviene del suelo. Francisco Silva nos lleva a su campo de cultivo. La mitad de los frutos de los árboles está malogrado y ha caído al piso convertido estos días por la lluvia en una alfombra de barro.

El desconocimiento de los lugareños en técnicas de fumigación para enfrentar a los insectos ha dado paso a que estos infecten las pocas cosechas, usadas en su mayoría para el consumo propio. En la región, según datos del Censo Nacional Agropecuario, personas como Francisco –entre los 45 y 64 años y con secundaria completa– representan al 31.4 % de los agricultores. Quienes no culminaron la secundaria corresponden al 36.5 %.

Francisco Silva también comparte sus preocupaciones diarias. «Lo que me falta es un ingeniero agrónomo que me oriente con qué abonar. Por ejemplo, para mí esto es mala rama», señala. Al mismo tiempo, muestra algunos de sus frutos malogrados y cuestiona la poca colaboración de sus vecinos en enfrentar el problema de los insectos. «Todos debemos unirnos y poner las trampas. Así podemos prevenir, pero nadie toma empeño», agrega.

En la última década, frente a las dificultades, las autoridades de Machu Picchu no han podido sostener algún proyecto para el desarrollo económico de la población de Mesada.

Precariedad. A diferencia del área urbana del distrito de Machu Picchu, en la zona rural, más de 800 familias residentes no cuentan con los servicios básicos. Esto contradice los millones de ingresos que recibe el distrito por el turismo.

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Obras y promesas pendientes

«Cuando estoy enfermo no viene la ambulancia. No sabemos qué nos puede pasar en cualquier rato. Hasta en la chacra me puede dar cualquier enfermedad. Yo tengo esa emergencia», relata con preocupación Francisco Silva Uscamayta, quien nació en Mesada en julio de 1957 y hoy se le complica la asistencia médica por la falta del puente que antes conectaba su localidad con el distrito de Santa Teresa.

En Ccollpani, centro poblado vecino de Mesada y donde viven cerca de 50 familias, llama la atención un monumento ubicado en la entrada del lugar. Una base de piedra decorada por dos animales, conserva la placa del entonces alcalde David Gayoso García –cuyo mandato culminó el 31 de diciembre de 2018– y recuerda que entre sus obras solo destacaron instalaciones como la estatua del ingreso. Sin embargo, no se conocen proyectos para reconstruir el puente, que impide a la población de Ccollpani y Mesada trasladarse con facilidad y la obliga a invertir 2 horas adicionales en sus actividades diarias –como llevar a sus hijos al colegio– por la falta de esta construcción.

Desde 2010, cuando el desborde del río Urubamba hizo colapsar al puente, ninguna de las gestiones municipales ha priorizado la construcción de esta infraestructura que era usada a diario por los habitantes de Ccollpani y de Mesada.

La ausencia del puente afecta a cerca de un centenar de familias que deben desplazarse de manera directa hacia Santa Teresa, distrito vecino de Machu Picchu y donde se ubican las escuelas a las que asisten los adolescentes de los centros poblados nombrados. La educación ofrecida en Ccollpani y Mesada solo llega al nivel primario.

A la falta de un puente, se suma una carretera inconclusa que estaba destinada a crear una ruta alterna hacia Santa Teresa. Como evidencian las fotografías capturadas por Ojo-Publico.com a inicios de enero, los avances se encontraban tan estancados como las inmensas piedras regadas en el camino.

«Nosotros no queremos que nos den casas. Ellos (las autoridades) deberían preocuparse por las vías, por la comunicación, por los puentes. La municipalidad nunca se preocupa por esas cosas», señala Lucio Ramírez Román, vecino del centro poblado de Ccollpani.

Uno de los pocos acercamientos que ha tenido la municipalidad con los centros poblados de Ccollpani y Mesada se dio en 2016 cuando, como parte de un proyecto para mejorar los ingresos económicos de los agricultores con actividades productivas, otorgó equipos para procesar granos de café. Pero no hubo asistencia técnica, y a la fecha los equipos no han podido ser utilizados.

Estas máquinas tampoco contaban con un sistema adecuado de electricidad para ponerlas en funcionamiento. Han pasado más de tres años y hoy siguen inoperativas pese a la inversión inicial de 63,900 soles (unos $18,000) que destinó el municipio. Los agricultores continúan con un trabajo artesanal y su producción no les genera las ganancias que desearían para incrementar sus ingresos económicos.

Poblado. Ccollpani es el primer centro poblado que se atraviesa camino a Mesada. Ahí están los restos de un cementerio destruido hace casi una década por el desborde de un río.

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Gestión renovada

La nueva administración municipal del distrito de Machu Picchu, cuyo alcalde es Darwin Baca León (35) del Frente Amplio, consideró en su plan de gobierno varios puntos que incluyen los centros poblados. Entre ellos, la promoción y creación de hospedajes comunitarios y el turismo vivencial, el mejoramiento en el suministro del agua para el consumo humano y la mejora en los accesos peatonales hacia la estación de tren llamada Hidroeléctrica con el fin de generar mayor cantidad de visitas en la ruta hacia Machu Picchu. Sin embargo, a cinco meses de iniciado el cargo, aún los proyectos no se han concretado.

Las cifras generales revisadas para el presente reportaje indican que los proyectos de los alcaldes de turno –algunos cuestionados por manejos irregulares durante su gestión– se han centrado en el sector de Aguas Calientes (Machu Picchu Pueblo), una zona de paso obligatorio para los más de 3,000 turistas que se dirigen a la ciudadela inca cada día. El comercio abunda en esta zona del distrito de Machu Picchu, así como las obras construidas en los alrededores de la plaza de armas.

Un recorrido por el centro del distrito muestra no solo un imponente edificio municipal –con una construcción que demandó más de 4 millones de soles (poco más de $1,300,000)–, sino también modernas esculturas inauguradas a fines del año pasado. El paisaje es completado por un pequeño e inoperativo centro médico ubicado al lado de la estación del tren.

Ojo-Publico.com también accedió a una publicación institucional en la que se evidencian los principales proyectos ejecutados por el municipio en el periodo 2013-2018 y encontró que en ninguna de las más de 50 páginas se menciona a alguno de los centros poblados como parte de alguna de las obras destacadas por el exalcalde David Gayoso García, de Alianza para el Progreso. En la lista, sin embargo, se menciona un edificio que llama la atención sobre todo por el lugar donde está ubicado y por su uso.

Se trata de la denominada Casa del Pueblo de Machu Picchu, una obra levantada en el distrito cusqueño de Wanchaq, destinada a actividades culturales y deportivas. Para construirla se ejecutaron más de 4 millones de soles (poco más de $1,300,000), parte de los cuales fue aportado por Consettur, consorcio integrado por la empresa municipal Tramusa, S. A. y encargado del transporte de turistas desde Aguas Calientes a la entrada de la ciudadela de Machu Picchu.

Al ser consultado sobre la construcción, el exalcalde Gayoso indicó que era uno de los compromisos de campaña a favor de las personas oriundas de Machu Picchu que vivían en la capital de Cusco.

Respecto a la falta de reconstrucción del puente de Ccollpani, el exburgomaestre dijo a Ojo-Publico.com que no iniciaron la obra porque la empresa eléctrica que iba a ejecutar el proyecto, bajo la modalidad de obras por impuestos, desistió de hacer la inversión de 15 millones de soles, monto que la municipalidad tampoco pudo asumir de acuerdo con la versión de Gayoso.

Al mismo tiempo, Ojo-Publico.com consultó sobre la gestión municipal a representantes de la región Cusco de la Contraloría General de la República –institución que investiga presuntas irregularidades en el desempeño de funcionarios públicos del país–. Sin embargo, evitaron declarar sobre si habían iniciado en los últimos meses investigaciones contra funcionarios de la municipalidad de Machu Picchu.

En una búsqueda en la plataforma que contiene el registro de control de esta entidad fiscalizadora aparecieron dos informes administrativos realizados al municipio. Uno, emitido en 2003, contenía recomendaciones para un manejo adecuado de la gestión ambiental del distrito. Mientras que el otro, generado en 2011, incluía observaciones sobre la prevención de desastres y el tratamiento del agua.

Como se evidencia, ninguno ha estado enfocado en el manejo presupuestal del distrito y la falta de inversiones a favor de los centros poblados.

Inconclusa. Esta es una carretera inconclusa, aledaña a Ccollpani y Mesada, que impide el tránsito para una ruta alterna hacia el distrito vecino de Santa Teresa.

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Progreso trunco

A menos de una hora de Ccollpani y Mesada se encuentra otro grupo de centros poblados que también cuestionan la falta de obras y proyectos de la municipalidad. El recorrido en esta zona empezó en Qorihuayrachina, donde no viven más de 40 familias y cuya principal demanda es que el municipio realice las gestiones necesarias para promover el turismo en su zona. Apenas dos pequeñas tiendas de abarrotes son todo lo que ofrece a los turistas que llegan como parte de la ruta hacia el camino inca.

«Nadie tiene un trabajo permanente, ni seguro. No hay eso. Puede ser con la municipalidad o el Ministerio de Cultura, pero son temporales, por proyectos de cuatro o cinco meses. Y si no hay, te quedas sin trabajo», señala Dionicia Rigra, exsecretaria del centro poblado de Qorihuayrachina.

La red de alcantarillado y el sistema de agua recién se terminaron de instalar en diciembre del año pasado. La conexión telefónica solo permite el acceso a una de las cuatro compañías que brinda este servicio en la región. El resto se encuentra incomunicado.

La mayoría de familias del lugar se dedica a la agricultura para consumo propio. Otras deben trasladarse a diario en tren hacia la zona de Aguas Calientes para trabajar en el sector construcción. En Machu Picchu Pueblo –como también se le conoce a Aguas Calientes– se concentra la oferta hotelera, la presencia de la actividad comercial del distrito y la municipalidad tiene su sede. En la zona, a menos de 10 minutos por un camino empinado, también se ubican unos baños termales para los turistas que deciden descansar antes de dirigirse a la ciudadela inca.

En los últimos cinco años la población de Huayllabamba, centro poblado donde viven cerca de 200 familias, ha notado bajas en las ventas de sus productos para los turistas que recorren el camino inca. El motivo: las agencias de turismo ya proveen, como parte de sus paquetes, los alimentos y bebidas que los acompañarán en la ruta y no hay necesidad de que compren sus provisiones a la población de Huayllabamba.

«Nosotros debemos arrendarles nuestros terrenos para el campamento, pero las agencias dicen que están pagando al Ministerio de Cultura y a nosotros no nos dan nada», señala Juan de Dios Surco del centro poblado de Huayllabamba.

La visita de las autoridades municipales también ha estado ausente y por ahora los pobladores locales no tienen forma de enfrentar a las agencias que incluso usan algunas zonas de Huayllabamba para que turistas, extranjeros en la mayor parte, acampen y en otras oportunidades pernocten. Por su parte, los pobladores no reciben algún beneficio económico por el uso de las áreas de su comunidad como hoteles de paso.

Al cierre de este reportaje, a pesar de los reiterados pedidos y comunicaciones con la municipalidad, ninguna de las solicitudes de información sobre la ejecución detallada del presupuesto, ingresadas por Ojo-Publico.com a finales de 2018, fueron atendidas. Tampoco respondieron ante el pedido de entrevistas personales o por vía telefónica. Los datos en el portal de transparencia del municipio también están desactualizados.

La precariedad en el acceso a los servicios básicos en estos sectores se contradice con los millonarios ingresos que percibe el distrito por turismo: solo en 2018, los recaudos por boletos de ingreso a la ciudadela inca superaron los 189 millones de soles ($57 millones). De este total, el 10 % va a las arcas de la municipalidad distrital con el fin de que se destinen a obras públicas, de acuerdo con un decreto legislativo vigente desde 2010, pero un recorrido realizado por Ojo-Publico.com por los

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Cuestionadas gestiones

En 2015, el entonces alcalde de Machu Picchu (2014- 2018), David Gayoso García, fue investigado como cómplice por el presunto delito de peculado doloso en agravio del Estado. Las indagaciones fiscales, recogidas por la prensa local, detectaron al menos 2 millones de soles destinados de manera sospechosa para celebraciones y aniversarios.

Otro de los procesos contra el exburgomaestre estuvo enfocado a altos pagos por asesorías municipales, así como la probable existencia de trabajadores que recibieron honorarios sin, aparentemente, haber realizado trabajo alguno. Gayoso García indicó a Ojo-Publico.com que culminó su gestión con las investigaciones archivadas.

En tanto, en septiembre de 2012, Óscar Valencia Aucca fue destituido del cargo máximo en Machu Picchu luego de un estrecho margen en las votaciones que decidieron su vacancia. El exalcalde, que ingresó al municipio en enero de 2011, fue acusado de haber incurrido en nepotismo al presuntamente haber dado trabajo a sus familiares en el consorcio de transporte donde la municipalidad era accionista.

Años más tarde, en octubre de 2014, la fiscalía de Machu Picchu inició indagaciones contra Valencia Aucca, aunque a la fecha no se ha formalizado investigación alguna en su contra. Incluso el exburgomaestre tentó nuevamente la alcaldía en las elecciones 2018, y ocupó el segundo lugar en los comicios distritales.

Las investigaciones por corrupción no han frenado el auge del turismo, sin embargo, la riqueza de Aguas Calientes no alcanza a los agricultores que habitan en las comunidades ubicadas alrededor de la zona arqueológica más visitada del país.


*Este reportaje es realizado por Aramis Castro para Ojo-Publico.com y difundido gracias a un acuerdo de republicación de contenidos con CONNECTAS.

Las ciudades sin parques

Fotografía de Frederick Meza

A pocos metros de la zona centro del municipio de Ayutuxtepeque, desde hace 38 años, vive Félix Huezo. Lo hace en una de las zonas más populares. Mientras describe el municipio, comenta algo que le parece una curiosidad en la que no había caído: que en el casco de Ayutuxtepeque no existe ninguna área verde. Y concluye que es un fenómeno que, en gran parte, se debe a la sobrepoblación: «Las áreas menos pobladas son los cantones. El resto está».

Según la Dirección General de Estadísticas y Censos (DIGESTYC), Ayutuxtepeque cuenta con una población de 38,414 y una extensión territorial de 8.14 kilómetros cuadrados. Hasta 2018, según la mesa tripartita que incluye a la Policía Nacional Civil (PNC), Medicina Legal (ML) y a la Fiscalía General de la República (FGR), Ayutuxtepeque fue colocado como unos de los 10 municipios con mayor tasa de homicidios.

El Área Metropolitana de San Salvador se compone de 14 municipios, que no necesariamente pertenecen a un mismo departamento. Los unen más características que tienen que ver con urbanidad y también un organismo que entre sus responsabilidades está velar por la distribución del espacio. Es la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (OPAMSS).

Según la OPAMSS, en los 14 municipios en donde se agolpan más de 2 millones de personas, la cantidad de áreas verdes disponibles apenas llega a un 30 % de lo que se considera básico de acuerdo con cálculos internacionales.

En comunidad. De acuerdo con indicadores internacionales, los espacios públicos deben ser inclusivos. Una cancha, por ejemplo, no la utilizan todos.

La AMSS está muy lejos de alcanzar los 16 metros cuadrados por habitante que demanda la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y los nueve que establece como mínimo la Organización Mundial para la Salud (OMS). «La mayor parte de las zonas de Ayutuxtepeque no tienen áreas verdes, de hecho, no hay parque central, lo que hay es una plaza y no tiene estos espacios verdes», comenta Félix.

Félix vive en un condominio en el que hay pequeños espacios de recreación para las personas que lo habitan. Sin embargo, asegura: «Fuera de los condominios no hay espacio; es más, hasta hace poco, no había ni aceras». Al menos las dos áreas verdes que tiene el condominio donde vive son espacios utilizados por niños, jóvenes y adultos. Es una zona poblada de árboles, que son cuidados y protegidos por los habitantes de ese lugar. Hay mesas en donde comúnmente están jóvenes que se reúnen a platicar. También hay juegos, como columpios, en donde es visible el involucramiento de los niños.

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La OPAMSS determinó que Ayutuxtepeque y Cuscatancingo son los dos municipios con menos área libre por habitante. Los dos están abajo de 0.65 metros cuadrados. La abogada y gestora ambiental Alma Sánchez se hace una pregunta: «¿En dónde va a poder desarrollarse una persona con buena salud mental, si no tiene los espacios verdes necesarios para su recreación?»

Para Sánchez, que haya áreas verdes dentro de zonas residenciales, como los condominios de Félix, genera un impacto positivo, pero no cumple con la misión de integración que facilitan también los espacios comunales. «Viven en una isla que ya no interacciona con el resto de la ciudad, entonces, se vuelve una segregación espacial. Eso divide más a la sociedad, que de por sí ya está dividida».

La Ley de Urbanismo y Construcción considera que «la gran mayoría de las urbanizaciones que se han llevado a efecto en la ciudad capital lo han hecho en forma desordenada, mirando por regla general solo el beneficio de los urbanizadores y no el de las personas».

Félix recuerda que, cuando estaba pequeño, iba a cortar fruta o a dar un paseo de domingo al cerro El Carmen; era el área verde más grande de Ayutuxtepeque. Pero, hace algunos años, fue ocupado para construir viviendas. «Fue eliminado casi todo. Ahora es una zona en donde está la mayor parte de una populosa colonia», cuenta.

«Hemos encontrado en algunas colonias áreas que estaban reservadas para espacios públicos y han sido invadidas por asentamientos informales que se quedaron ahí, apropiándose de estos espacios», expone el técnico de la Unidad de Planificación Urbana de la OPAMSS, Carlos Calderón.

Sin espacio. En Mejicanos no hay espacios públicos que fomenten la interacción y el esparcimiento. Las personas ocupan, para esto, un área frente a la alcaldía municipal.

El déficit de áreas verdes no es solamente un problema del crecimiento acelerado de la población, sino también de la falta de interés por parte de las instituciones a las que compete el cuidado de estos espacios. La Política de Espacios Públicos considera que «dentro de las municipalidades las asignaciones presupuestarias son deficientes para el mantenimiento de los espacios verdes. Además, no hay asignación para la creación y el mantenimiento de los espacios públicos».

En 2015 fue cercado con tubos y malla ciclón el parque Balboa, ubicado en Los Planes de Renderos, por el Instituto Salvadoreño de Turismo (ISTU). En ese momento, las autoridades de la institución en su página web informaron que pretendían brindar un mejor mantenimiento e iluminación al parque.

El abogado y defensor ambiental Camilo Melara es vecino de la zona y lleva ya cinco años realizando gestiones y organizando a la comunidad para que se conserven las áreas verdes y también para que estos espacios sean accesibles para todos y gratuitos. Con los vecinos de su lugar de residencia han unido esfuerzos para hacer llegar su demanda a las autoridades. Sin embargo, hasta la fecha no ha logrado una respuesta por parte de la Asamblea Legislativa y el Instituto Salvadoreño de Turismo (ISTU).

Cuscatancingo es el segundo municipio con menos espacio verde del Área Metropolitana de San Salvador. Con más de 25 años de residir en este municipio, Sofía Calderón explica que el hecho de que haya pocas áreas verdes y que sean pequeñas, como el caso de su lugar de residencia, dificulta los espacios de recreación. «A lo mucho hay unas dos áreas verdes. Y no tengo entendido que la alcaldía esté ejecutando algún plan para erradicar el déficit de áreas verdes acá en el municipio», expone Calderón.

Félix, por su parte, considera que «Ayutuxtepeque también se ha vuelto un problema de sobrepoblación. Todo el espacio en el que se podría crear un área verde ya está ocupado por residenciales, incluso el mismo cerro está casi totalmente poblado».

Y aún así, este avance de la mancha urbana no ha sido suficiente para resolver otro problema. En 2018, el «Estudio sobre el Estado de la Vivienda en Centroamérica», elaborado por el Centro Latinoamericano para la Competitividad y el Desarrollo Sostenible (CLADCS) del INCAE, reveló que el país tiene un déficit de casi 1.4 millones de viviendas dignas de las cuales 245,369 deben construirse nuevas y el 82 %, equivalente a unas 1.5 millones de las casas, debe renovarse.

«En Ayutuxtepeque, por ejemplo, hay colonias en donde las viviendas son muy accesibles para vivir», afirma Félix. La densidad poblacional de Ayutuxtepeque ascendió a los 3,373 habitantes por kilómetro cuadrado, según el último censo. El aumento en la población ha propiciado que se construyan más complejos habitacionales y se reduzca el espacio de las áreas verdes.

Según el jefe de la Unidad de Turicentros y Parques Recreativos del ISTU, Héctor Galdámez, la falta de áreas verdes en el Área Metropolitana de San Salvador es un problema de urbanismo, y adjudica al alto grado poblacional la construcción de más espacios habitacionales y menos áreas verdes.

El déficit de áreas verdes no es solamente un problema del crecimiento acelerado de la población sino también de la falta de interés por parte de las instituciones a las que compete el cuidado de estos espacios. La Política de Espacios Públicos considera que “dentro de las municipalidades las asignaciones presupuestarias son deficientes para el mantenimiento de los espacios verdes. Además, no hay una asignación para la creación y el mantenimiento de los espacios públicos”.

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A 300 metros del centro de Ayutuxtepeque vive Carlos Clará, en una residencial con un aproximado de 40 casas. En medio del bullicio que genera vivir en una de las partes más transitadas de este municipio, Clará comenta que no solo existe escasez de áreas verdes, además, las que existen no son visitadas por la crisis delincuencial que atraviesa el territorio. En 2018, LPG Datos por medio de las estadísticas brindadas por la PNC, Medicina Legal y la FGR colocó a Ayutuxtepeque como uno de los municipios más violentos del país.

«A los gobiernos centrales y municipales no les interesan los temas ambientales. Deberían poner énfasis en la seguridad, las personas no van a ir a una zona verde si a lo que pueden ir es a perder la vida. Lejos de ser lugares agradable para recrearse con la familia, se han convertido en lugares para delinquir», comenta el inspector ambiental de la Alcaldía Municipal de Mejicanos, Orlando Roque.

Según Sánchez, los espacios públicos deben ser inclusivos para que permitan democratizar y dar una dosis de sanidad mental, psicológica y física a los habitantes, que son derechos constitucionales. La Política de Espacios Públicos contempla que, al diseñar y habilitar los espacios públicos de recreación, no se ha considerado a toda la población y la diversidad de sus necesidades. Esto deja de lado a sectores que tienen limitadas oportunidades de acceso.

Libre entrada. Hay comunidades que se han organizado para exigir que los parques sean gratuitos y así facilitar a la población ejercer uno de sus derechos.

«Una cancha es lo que tradicionalmente se ha considerado un espacio público barrial, en la mayoría de los casos no ofrece todas las ofertas para todas las personas», acota el jefe del Observatorio Metropolitano de la OPAMSS, Tito Arias. Félix, el vecino de Ayutuxtepeque, comenta que el único espacio que ha sobrevivido de aquel cerro El Carmen en donde iba a recoger fruta es, justamente, una cancha.

Por su parte, Calderón considera que, por nuestra cultura, el espacio público recreativo lo concebimos y lo mezclamos con actividades deportivas, en otros países lo separan completamente. «Por eso se da el fenómeno de que cuando uno va a hacer un espacio público, lo primero que la gente pide es una cancha; en ese caso, estoy excluyendo a la otra parte de la población, a los adultos, a las mujeres y a los niños. En una cancha de fútbol, los que van a hacer uso son los 22 jugadores, pero no las demás personas», expresa Calderón.

Además, los espacios públicos deben estar dotados de áreas verdes. «Muchos alaban la revitalización urbanística del espacio público que hizo el gobierno de Nayib Bukele en su periodo como alcalde de San Salvador, en la plaza Gerardo Barrios, frente a Catedral. Es una plaza bella por la noche, pero, al mediodía, ¿quién se va a ir a sentar o interactuar a una plaza de cemento, si no hay áreas verdes?», comenta la abogada y gestora ambiental Sánchez.

Actualmente, la OPAMSS es la única institución que mide el área verde por cada habitante en la Zona Metropolitana de San Salvador. Sin embargo, este indicador no toma en cuenta la calidad del espacio público, es decir, si es accesible, si se encuentra en buen estado, si está siendo funcional, si se encuentra en desuso o si las autoridades correspondientes le brindan mantenimiento.

Además, los espacios públicos deben estar dotados de áreas verdes. “Muchos alaban la revitalización urbanística del espacio público que hizo el gobierno de Nayib Bukele en su periodo como alcalde de San Salvador, en la plaza Gerardo Barrios, frente a Catedral. Es una plaza bella por la noche, pero, al mediodía, ¿quién se va a ir a sentar o interactuar a una plaza de cemento, si no hay áreas verdes?”, comenta la abogada y gestora ambiental Sánchez.

Para sacar el indicador de cuánto espacio verde hay por cada habitante, la OPAMSS realiza las mediciones con 10 metros cuadrados por habitante, como parámetro. En 2015, se encontró que existía 3.17 metros cuadrados por habitante. En 2018, la cifra bajó a 3.14. Es decir, hay menos área verde para cada habitante.

«Si la población aumenta, debería de aumentar proporcionalmente el espacio público, pero eso no está pasando. Entonces, el déficit de áreas verdes aumenta», asegura Calderón. La Ley de Medio Ambiente plantea que debe existir un equilibrio entre los asentamientos humanos, es decir, el lugar donde se establece una persona o comunidad y las medidas de conservación del medio ambiente y de interacción de la comunidad, en este caso, las áreas verdes.

Roque considera que existe una construcción irresponsable no solo en complejos habitacionales sino también en la industria, porque se han construido empresas extranjeras, fábricas y gasolineras en zonas verdes. Expone el caso de grandes industrias que fueron ubicadas en lugares donde antes eran áreas verdes.

Ante la falta de áreas verdes, los habitantes no tienen la oportunidad de socializar con otras personas. «La carencia de estos espacios limita la convivencia con otras colonias, con otras personas, el compartir con nuestros hijos y que ellos hagan amigos. Llegamos del trabajo, nos encerramos en la casa, pero es un micromundo que podría ser más grande», comenta Clará.

Aunque, según las estadísticas de la OPAMMS, existen municipios como Antiguo Cuscatlán que cuentan con espacios verdes con los que se superan el indicador de 10 metros cuadrados por habitante. Pese a ello, la distribución de este espacio verde no es equitativa, ya que este municipio cuenta con residenciales en las que los parques están adentro y no todos tienen acceso a ellos.

«El indicador puede decir que en cuanto a número está muy bien, pero en cuanto a distribución de ese espacio público no está distribuido de la mejor manera o no es accesible para la mayoría de personas que lo visita. A parte que Antiguo Cuscatlán es un municipio con menos población que el resto de los medidos por la OPAMMS», explica Tito.

Sin embargo, en medio del déficit de áreas verdes que existe, aún hay parques que se convierten en un intento por solventar estos vacíos, entre ellos el parque Bicentenario, el parque El Recreo y el parque Satélite que son de las áreas verdes más grandes del país. Aunque existen otros 14 parques que son administrados por el ISTU, entre ellos el Cerro Verde, el parque Walter Thilo Deininger y el parque Balboa. El acceso a estos espacios verdes genera un costo.

«En otros países el acceso a espacios verdes cuesta entre $10 y $12 la entrada, en cambio en el país nosotros cobramos $1.50, que se utiliza para el mantenimiento de estas áreas naturales. También se destina a educación ambiental para prevenir que las áreas verdes no se continúen dañando», acota Galdámez. El ISTU recibe un subsidio por parte del Gobierno, el resto de los ingresos los generan a partir de las cuotas que las personas deben pagar para acceder a estos lugares naturales.

Desde Los Planes de Renderos, Camilo Melara recuerda que, una mañana, las autoridades del ISTU llegaron al parque Balboa y lo cercaron, comenzaron a cobrar una cuota por cada visitante. Lo que él considera que generó menos visitas, un declive en el comercio y un aumento de la delincuencia.

«A la hora de definir los cobros, tenían que considerar la capacidad económica de las personas, cobran $1.50 cuando el salario mínimo ni siquiera incluye recreación; es injusto», aclara Melara. Sin embargo, Galdámez considera que «el costo es mínimo y los ingresos se ocupan para el mantenimiento de las áreas verdes que se encuentran bajo nuestra responsabilidad», como el caso del parque Balboa.

Melara considera que «la Asamblea Legislativa debería interesarse en el déficit de áreas verdes y el Gobierno debe invertir en estos espacios. Es fundamental para el bienestar de la ciudadanía, porque no se está haciendo nada sobre el tema».

Entre sombras. Diseñar áreas de recreación y esparcimiento implica también hacerlas cómodas y funcionales, con árboles para que la estancia sea agradable y segura a cualquier hora del día.

El estudio «Los espacios verdes en las ciudades» establece que, desde el punto de vista social, las áreas verdes son lugares de encuentro donde se practican determinadas actividades, generalmente recreativas, que requieren de mayor espacio que el que nos ofrece una vivienda. En la actualidad es muy común observar ciudadanos que utilizan los parques y plazas como lugar de entrenamiento para correr o de aquellos que corren como actividad sana o de interacción con otros. También son utilizados para un paseo familiar o para convivir con otras personas del mismo sitio.

Según Calderón, en el país no hay lugares de sano esparcimiento. Los jóvenes, que son los más vulnerables, no tienen donde ocupar su tiempo libre en espacios de recreación. Pese a los esfuerzos que ciudadanos como Melara han realizado para lograr la conservación de las áreas verdes, en el país sigue existiendo una diferencia abismal entre los parámetros que proponen organizaciones como la OMS y lo que realmente se tiene. En lugar de que el déficit se reduzca, con el paso de los años, aumenta.

Las áreas verdes son sitios para recreación en la mayoría de las ciudades, especialmente para los habitantes con menos ingresos. Estos tienden a frecuentar más los parques, sin embargo, al tener un costo monetario, la probabilidad para acceder es menor. «Una familia de escasos recursos, de al menos cinco personas, ya no entra, para ellos significa un gasto grande», detalla Melara.

Melara expone que cuando cercaron el parque Balboa y comenzó junto con sus vecinos a hacer demandas al ISTU y a la Sala de lo Contencioso Administrativo, las autoridades no mostraron interés en responder a las solicitudes, por lo que esperan que el nuevo gobierno pueda implementar medidas ambientales que contemplen el mantenimiento y la accesibilidad de las áreas verdes como espacios libres y vitales para la recreación de los ciudadanos.

La sombra de una guerra

El 14 de julio de 1969 marcó el inicio de las acciones militares que dieron lugar a la guerra entre El Salvador y Honduras, conocida también como guerra de las 100 horas, guerra de la dignidad nacional o guerra del fútbol, este último nombre acuñado por el periodista polaco Ryszard Kapuscinski y el reportero jamaiquino Bob Dickens.

Ya se sabe que este último y desafortunado término coincidió con los partidos de fútbol clasificatorios para el Mundial de 1970, pero que las causas reales de la guerra tenían que ver con los intereses hegemónicos de los grandes terratenientes de ambos países. Se calculaba que en Honduras vivían unos trescientos mil salvadoreños, sobre todo campesinos y comerciantes, quienes buscaron en el país vecino las oportunidades que no tenían en el propio.

El entonces presidente de Honduras, general Osvaldo López Arellano, decidió emprender una reforma agraria para apaciguar una creciente tensión con jornaleros que exigían tierras para sembrar. La mejor manera de hacerlo, para quedar bien con campesinos y terratenientes al mismo tiempo, era enfocarse en las tierras donde se habían afincado nuestros compatriotas.

Por otro lado, datos de la época afirman que El Salvador dominaba el 30 % del comercio centroamericano, gracias al Mercado Común Centroamericano, y se había apropiado de parte importante del mercado hondureño desplazando a los industriales locales, quienes iniciaron protestas e incitaron a no comprar productos salvadoreños de ningún tipo.

Las tensiones políticas y comerciales entre ambos países culminaron con el rompimiento de las relaciones diplomáticas a finales de junio. Nuestros compatriotas comenzaron a ser expulsados de sus casas, a ser amenazados y asesinados. Un grupo denominado La Mancha Brava se encargaba de las ejecuciones, mientras un amenazante ambiente antisalvadoreño iba en aumento. Volantes y campos pagados en prensa escrita describían a nuestros connacionales como «ladrones, borrachos, vividores, maleantes y rufianes». La OEA, que comenzó a mediar para evitar el conflicto, era catalogada de «Organismo Encubridor de Agresores».

Muchos salvadoreños fueron capturados y mantenidos en lo que la prensa de nuestro país describió como auténticos campos de concentración. Otros comenzaron a retornar, muchos de ellos con apenas la ropa que traían puesta, dejando atrás todas sus pertenencias a merced del saqueo y la expropiación.

El gobierno del entonces presidente general Fidel Sánchez Hernández fue tomado por sorpresa. No estaba preparado para recibir a miles de personas que regresaban en una situación desesperada ni tampoco para lanzarse a una guerra. No había presupuesto ni logística para brindar la ayuda humanitaria que se necesitaba, trabajo que fue asumido por organizaciones benéficas, pero sin lograr dar abasto inmediato a los miles de expulsados de Honduras, cuya cifra total se estima fue superior a las 95,000 personas.

Para apoyar el gasto militar, la Asamblea Legislativa aprobó la emisión del «bono de la dignidad nacional». Los bonos, que estaban en el rango de los cinco a los diez mil colones, tenían una vigencia de 20 años y podían ser comprados por toda la ciudadanía.

Aunque el cese al fuego se dio de manera formal el 18 de julio de 1969, con la intervención de la OEA, se siguieron dando algunos combates esporádicos hasta el final del mismo mes. Las tropas salvadoreñas se mantuvieron en las posiciones ocupadas en Honduras hasta agosto. Las repatriaciones de salvadoreños continuaron durante el resto del año. Muchos de quienes retornaban venían con enfermedades como hepatitis y tifoidea, debido a las condiciones de hacinamiento e insalubridad en las que permanecieron detenidos en Honduras.

El retorno de todos aquellos expulsados hizo crecer los asentamientos informales que se venían formando en los núcleos urbanos de nuestro país y tensionó todos los servicios sociales desde lo habitacional hasta lo laboral. Esto fue particularmente sensible en San Salvador que, a partir del crecimiento industrial de los años sesenta, se había convertido en el destino de cientos de personas que se desplazaron del campo a la ciudad en busca de mejores oportunidades de vida y de trabajo.

El Mercado Común Centroamericano se vio gravemente afectado a partir del cierre de las rutas terrestres de los productos por parte de Honduras. También hubo conflictos de intereses con Nicaragua y Costa Rica. La incipiente bonanza económica salvadoreña decayó. El acumulado de las demandas por mejores niveles de vida y la eventual represión por parte del Gobierno contra quienes organizaban o participaban en las protestas públicas llevó a la creación de movimientos armados, que culminarían en las acciones que llevaron a la guerra civil de los ochenta.

Terminada la guerra El Salvador-Honduras, los ejércitos de la región renovaron su armamento y equipo, algo que al Gobierno de Estados Unidos vio con buenos ojos. Se temía la influencia que podría tener el régimen de Fidel Castro en Cuba sobre los incipientes movimientos insurgentes centroamericanos. Sin saberlo, esa modernización de equipo y técnica militar resultarían útiles para las guerras internas que se desarrollarían en varios países centroamericanos.

Como dato curioso debe mencionarse que la guerra entre El Salvador y Honduras quedó registrada en los anales de la historia militar mundial como la última en la cual se realizaron combates aéreos entre aviones de pistón y hélice, remanentes de la Segunda Guerra Mundial, y que componían las fuerzas aéreas de ambos países.

El Tratado General de Paz entre El Salvador y Honduras no se llegaría a firmar hasta el 30 de octubre de 1980, en Lima (Perú), pero la disputa fronteriza que quedó abierta a partir de la guerra se resolvería en la Corte Internacional de Justicia. Poco menos de 450 kilómetros cuadrados, conocidos como Los Bolsones, pasaron a formar parte del territorio hondureño, en detrimento del territorio salvadoreño.

Más allá de los hechos y de la poca relevancia que se le da a este conflicto en nuestra historia, es necesario notar que la guerra de las cien horas, a pesar de su brevedad, tuvo consecuencias que alimentaron las causas que llevarían a la guerra civil de los ochenta.

A 50 años de aquel evento, bien cabe recordarlo.

Comprender el problema para cambiarlo

Escribo regularmente sobre el patriarcado. Soy como un gusano y disfruto viajando a las profundidades de un tema cuando me apasiona. Así es que me convertiré, si es que no lo soy ya, en el mosquito que incomoda al oído con este asunto. Porque, como dijo Einstein, un problema no puede ser resuelto con la misma mentalidad que lo creó.

Al patriarcado como sistema lo sostenemos todos (hombres y mujeres). Debido a ello, este ha tenido, a lo largo de los siglos, una gran capacidad para reinventarse. Para desmontarlo necesitamos comprenderlo en toda su extensión.

Las mujeres venimos, desde siempre, iniciando movimientos para salirnos de ese corsé mental, físico y emocional. Sin embargo, aún nos hace falta profundizar y reconocer que nosotras, por más que busquemos romperlo, lo llevamos dentro. Necesitamos reconocer cómo opera oprimiéndonos con creencias del tipo: «No estoy completa, si no tengo hijos», «no me respetarán, si no estoy casada o acompañada», «me acosarán, si no me visto adecuadamente», «debo hablar como ellos para que me escuchen», «debo evitar expresar mis emociones para que no me consideren histérica».

Esas creencias y otras relacionadas con la raza, el color de la piel o la clase social nos presionan a seguir «patrones» establecidos por el patriarcado y, sobre todo, por hombres blancos con poder económico, político o militar, que son los poderes que cuentan para ese sistema.

Las mujeres hemos internalizado ese modelo, aceptando el «juego» bajo esas reglas, transmitiéndolo a nuestras familias y entornos. Deshacer esa maraña de creencias es complicado, si no ejercitamos una mente flexible y somos valientes para confrontarnos a nosotras mismas y darnos cuenta de cuál ha sido nuestro rol en fortalecer, aceptar y ejercer el patriarcado.

El Foro Económico Mundial, en sus informes de 2017 y 2018 sobre la paridad de género señaló que tardaremos más de cien años en logar que «hombres y mujeres tengan la misma participación política, acceso a la educación, a la salud e igualdad económica y laboral» y que «las mujeres tendrán que esperar 217 años antes de llegar a ganar lo mismo que los hombres y tener igual representación en el trabajo». ¡Esto es inconcebible! Además, ofensivo y frustrante.

Se requiere leyes y políticas públicas diseñadas desde la comprensión de este fenómeno que lleva milenios instalado en la humanidad. Pero quienes las diseñan ¿entienden realmente el problema?, ¿han realizado un autoexamen profundo para identificar sus prejuicios ocultos acerca de esas creencias antidemocráticas y antihumanistas? o ¿simplemente diseñan programas y ofrecen discursos sobre la mujer porque el tema está de moda?

Como mujer no estoy dispuesta a esperar a que el sistema me otorgue lo que es mi derecho, no solo por mí, sino por millones de niñas y niños que son violentados y abusados diariamente. El cambio requiere que más mujeres nos volvamos conscientes de los efectos destructivos de este sistema de creencias para nosotras, las niñas y los niños, y también para los hombres.

Para mí el camino hacia la comprensión y sanidad ha sido hacia dentro. Bien temprano en mi vida me observé despreciando expresiones y actos abusivos sobre lo femenino; luego de adulta, sentí que algo no funcionaba conmigo. Y esa idea me llevó a cuestionarme acerca de lo que circulaba en mi interior que no me permitía avanzar ni experimentar plenitud.

Tomar conciencia de mi historia personal, familiar y nacional me regaló una perspectiva bastante clara acerca de esas circunstancias que me mantenían atascada y que también mantienen al país operando con un machismo cada vez más enfermo.

Nutrir mental y emocionalmente a una niña o a una mujer es sembrar de árboles frondosos el camino a la regeneración de un país claramente enfermo. Las mujeres continuaremos siendo valientes para cuestionar, confrontar y exigir lo que es nuestro derecho, no solo por un interés individual, sino principalmente por las niñas que continúan sufriendo violencia y abuso bajo este modelo.

Sobre la migración

La primera vez que escuché la palabra «coyote» sin que hiciera alusión a un animal fue durante una conversación bastante casual entre algunos familiares: «¿Así que el Marito se fue para Estados Unidos?» «Sí, con un coyote. Todavía no sé si ya llegó, pero un tío lo iba a estar esperando, ojalá que llegue bien porque le tuvo que pedir dinero a montón de gente y es bien peligroso ese viaje».

Marito, según yo, era ya un adulto, pero ahora que lo pienso debe haber tenido unos 20 años. Lo veía muy de vez en cuando. Lo recuerdo muy delgado y sonriente, con bigote. Lo recuerdo moviendo bolsas de cemento, atendiendo gente y usando siempre una camisa blanca que le quedaba demasiado grande y cuyos primeros cuatro botones prefería no abrochar. Lo recuerdo trabajando. Pero, claramente, él estaba buscando una vida mejor.

Mi mente infantil no lograba procesar qué era un coyote y por qué Marito se había ido con uno, hasta que mi papá me explicó. Meses después supimos que Marito no había logrado cruzar, pero que lo iba a intentar otra vez. El coyote los había dejado abandonados a medio camino. «¡Y otra vez a juntar los mil dólares!» «Pues sí, ojalá que esta vez sí llegue».

Marito logró cruzar a la tercera vez. Eso supe como año y medio después de que inició toda esta historia. Siempre me impresionó saber que había personas que se atrevían a cruzar un desierto con tal de llegar a Estados Unidos.

Esto fue hace al menos 20 años.

¡Qué valientes los salvadoreños! Durante décadas miles han dejado su vida en manos de un coyote. Y ese, si lo logran, es solo el inicio de un viaje durísimo, que luego los enfrentará a un país incluso más desafiante, con otro clima, otro idioma, otras costumbres y, durante el último tiempo, un nivel de hostilidad hacia el inmigrante centroamericano que es especialmente severo. Pero todos esos inconvenientes son mejores que su vida actual.

Muchos han triunfado y ahora cuentan una historia de éxito, riqueza y libertad. Además, han conformado una red que inyecta millones de dólares al país a través de las remesas. Y es que la migración es un fenómeno sociológico milenario, es casi inherente al ser humano, así como el deseo de superación. Sin embargo, las condiciones que Donald Trump y su política migratoria han instalado han convertido el sueño americano en una pesadilla.

Si bien un país no tiene capacidad infinita de recibir inmigrantes, hay un rechazo particular al inmigrante centroamericano provocado por una característica generalizada: la pobreza. «Lo que molesta de los inmigrantes es que sean pobres», dice la filósofa Adela Cortina, quien ha ofrecido una explicación triste pero contundente, creando la palabra aporofobia para explicar esta fobia al pobre, que es capaz de describir la realidad de los cientos de personas que integran las caravanas.

¿Es evitable la inmigración? Lo posible es mejorar las condiciones de vida del país para entregar menos incentivos para querer abandonarlo.