ÁLBUM DE LIBÉLULAS (223)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1826. ENTRE AMIGOS

Este año la temporada lluviosa ha sido particularmente volátil, como para hacernos sentir que el cambio climático está aquí. Un bromista de nuestro pequeñísimo círculo de allegados de confianza preguntó en un encuentro vespertino con tragos al gusto: «¿Y eso del cambio climático que no es otra especulación viralizada en las redes sociales?» Yo me atrevo a responder: «Ay, cipote, parecés un señor de los que vivían en aquellos entonces en los vecindarios de la calle 5 de Noviembre…». Todos se ríen, y el aludido y yo chocamos las manos para confirmar nuestra condición de vecinos inveterados. Otro nos lanza entonces el reto: «Y ustedes dos, que se las dan de cincuenteros, ¿por qué no nos cantan un bolero de su tiempo?» Nuestra respuesta es una: «¡Aquí te va, jovencito, jajajá!» Y empiezan a sonar las voces de «Flor de azalea» mientras la tormenta con rayos llega a acompañarnos.

1827. EL MISMO QUE VISTE Y CALZA

Se fue muy joven hacia el Norte, cuando hacerlo no era tan riesgoso como es hoy. Su familia no volvió a saber nada de él, salvo que vivía allá en una zona que se llama Long Island. Pero el tiempo transcurre, y a veces se vuelve destapador de cajas cerradas. Y en una de esas volátiles cajas había un montón de imágenes irreconocibles, salvo quizás una, la de ese hombre aún joven que iba manejando un taxi. El señor que estaba parado en una esquina le hizo señas al taxi para abordarlo. El motorista del vehículo en un primer instante pareció no advertir la señal, y pasó de largo; pero de inmediato se detuvo y retrocedió. «¿Quiere que lo lleve?» «Bueno lo que quiero es una respuesta. ¿Vos sos Hilario?» El conductor sacudió la cabeza. «Sí, soy yo. ¿Y usted?» «Aníbal, tu hermano. ¿Ya no me reconocés?» «¡Es que éramos niños!» Y el abrazo los convirtió en gemelos…

1828. OTRA PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

La Librería del Prado, en la calle del mismo nombre, estaba cerrada porque aún no eran las 5 de la tarde. Él le dijo a ella mientras pasaban enfrente: «No se te olvide que estamos en Madrid, y que aquí el horario es muy distinto al nuestro». En cuanto dijo aquello ambos sintieron al unísono que sus sensaciones se tomaban de las manos. «¿Y entonces qué hacemos?» «Pues lo de siempre en las tardes madrileñas: caminar hasta que llegue la hora». Se fueron a vagabundear por la zona, sin otro propósito que acumular sensaciones conocidas con anhelo novedoso. Sin proponérselo estaban ante una tienda de antigüedades, que no eran sus objetos favoritos pero que en este caso tenían un imán inesperado. Lo que había en la vitrina era un conjunto de retratos. Se detuvieron para observar. «¡Mira aquellos dos!» «¡Somos nosotros!» Y el parpadeo del tiempo les hizo sonreír.

1829. AYER Y HOY

Una de sus nietas, que era adicta al cine de antaño por Netflix, le preguntó una tarde de sábado mientras la familia departía en el amplio corredor posterior de la casa donde la abuela vivía desde siempre: «¿A quién te gustaría parecerte más, abuelita: a Sara García o a Prudencia Grifell?» «¡Uy, las abuelitas clásicas de la Época de Oro del Cine Mexicano!» «Yo pensé que te gustaba ser abuelita, y por eso te pregunto…» «Bueno, pues ser abuelita está bien; pero yo quiero ser abuelita que no parezca…» «¿Cómo quién, pues?» «Déjame pensar… Como Olivia de Havilland…» «¿Quién es?… ¿Y por qué?» «Pues porque Olivia me cautivó en su papel de jovencita en «Lo que el viento se llevó»… Y luego siguió apareciendo hasta su retiro… Hoy es una dama de más de 100 años…, y eso es lo más inspirador…» «¡Ay, abuelita, lo que más me gusta de ti es que nunca perdés la ilusión!»

1830. LA BUENA NUEVA

El jefe los había convocado a reunión estratégica para aquella misma tarde, como si hubiera urgencia de tomar decisiones. A la hora señalada ya estaban todos reunidos en la sala de sesiones, cuyos ventanales daban a un predio baldío que nunca había merecido ninguna atención. Desde el inicio todo indicó que no había nada trascendental en agenda, y todos estaban a la expectativa de lo que fuera a decir el superior. Él se hallaba en silencio en su silla de mandamás, como si nada pasara, y al final habló: «Amigos, los he convocado para informales algo muy personal…» Todos pensaron, de inmediato y en esperanzador silencio, que iba a anunciar su retiro. Él los observó con expresión enigmática. Luego esbozó una sonrisa. «No, no se ilusionen: no me voy a retirar: lo que voy a hacer es comprar esta empresa para reciclarla con gente nueva. ¡Así que a arreglar sus bártulos!»

1831. SENTENCIA MUSICAL

El Jefe dio la orden sin alternativas, como siempre: «Van a la casa del Zambo y me lo traen vivo hoy mismo, aunque se resista». Aquella tarde-noche, los esbirros se dispersaron por la barriada donde el Zambo solía deambular haciendo de las suyas. No estaba en ninguna parte. Regresaron al lugar del Jefe, que era una casa clásica tomada por la organización porque le gustó al líder. El Zambo vivía ahora ahí, y andaba propalando que ya sabría el Jefe cuáles serían las consecuencias de aquel despojo. Un día lo encontraron y se lo llevaron al Jefe. Cuando ya estaba adentro, se dio la refriega. La gente del Zambo y la gente del Jefe liados en el estruendoso fuego cruzado. Hasta que llegó el silencio adornado de cadáveres. En alguna de las casitas de los alrededores estaba sonando la canción de José Alfredo Jiménez: «No vale nada la vida,/ la vida no vale nada…»

1832. «SHOKING GAME»

Tenía marcas moradas en el cuello. Su padre le preguntó, como experto en costumbres muy actuales: «¿Has estado practicando el ‘shocking game’? Ella, que era una adolescente en busca de emociones, negó con un leve movimiento de cabeza. Y aquella misma tarde, cuando se reunió con su grupo de amigas ilusionadas por el peligro, les contó la pregunta de su padre. «No decaigás, amiga, que para eso estamos nosotras aquí. ¿Vamos al juego, verdá?» Todas las presentes asintieron, y ella tomó la iniciativa para que no fueran a creer que se acobardaba. La líder del grupo le extendió entonces aquel cinturón que parecía sacado de una película antigua. Ella lo tomó con emoción, y empezó su prueba alrededor del cuello. Las presentes la animaban con saltos vibrantes hasta que cayó al suelo. No volvió a despertar. Todas se escaparon. El fin es siempre solitario.

1833. LA NOTICIA IMPOSIBLE

Desde la más temprana edad fue adicta a los deportes extremos, sin acatar ninguna advertencia. Y así, cuando llegó el momento de decidir destino expresó tajante: «Voy a ser alpinista, y en las cumbres más altas del mundo». Sus familiares, como siempre, la dejaron hacer, porque no había alternativa. Así tomó camino con una despedida simple, como si fuera al café de la esquina. Nunca volvieron a saber de ella. Quizás estaba en algún barranco nevado. ¿Qué hacer? Lástima que no podían enterarse de que la alpinista había alzado vuelo desde la azotea superior…

 


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