VICTORIA PROFUNDA

Estaba haciendo sus primeras andanzas en el mundo de esa realidad de la que siempre fue tan desconfiado, y eso que hoy, en el mundo invasoramente virtual, se sentía más cómodo y más dispuesto que nunca. No era casualidad entonces que a la hora de buscar destino para ganarse profesionalmente la vida se hubiera decidido por el área que se movía en la avanzada de los tiempos; y así estaba ya incorporado a aquella empresa de innovación tecnológica comunicacional, que a diario alzaba vuelo hacia todas las latitudes disponibles.

En cuanto inició labores como promotor de novedades imaginativas, sus jefes inmediatos se dieron cuenta de que ahí tenían a un gestor de primera calidad, que le aportaría al negocio ventajas ilimitadas. Lo dejaron hacer por unos meses, y, al evaluar su desempeño y los resultados económicos del mismo, fueron a comunicarles las apreciaciones al CEO y a su círculo inmediato:

–En este muchacho hay una mina de oro, y eso hay que aprovecharlo al máximo.

La exposición de los hechos concretos que llevaban a tal conclusión dejó a la cúpula convencida sin reservas de que el joven era un vivero de iniciativas que efectivamente había que aprovechar al máximo, y lo más pronto posible, para evitar que alguien de la competencia les fuera a robar el mandado. Así, trascurrido un par de días, el CEO hizo el llamado correspondiente. Se presentó el aludido a recibir órdenes o instrucciones, y la primera frase que oyó lo puso en ascuas emotivas:

–Te quiero hacer una oferta de destino. ¿Estás preparado?

Su respuesta inmediata fue a su estilo:

–Señor, para el destino nadie se prepara, porque si hay algo impredecible es el destino.

–¡Excelente respuesta! Vamos entonces al grano.

–Soy todo oídos.

El CEO se levantó de su esponjada poltrona, y se fue hacia el ventanal abierto, que daba a un paisaje con horizonte, porque estaban en un décimo piso.

–Ven para acá.

Obedeció como si fuera un ejemplar hijo de dominio.

–Ahí está el mundo a nuestros pies. Lo único que falta es caminar hacia él, y tú estás en el mejor momento para emprender la ruta.

–¿Y eso qué significa, señor?

–Que te estoy ofreciendo un mapa abierto para que te dirijas al lugar del mundo donde quieras seguir formándote como el genio tecnológico que ya eres…

Él se quedó serio, porque aquello era mucho más que una oportunidad común. Y por un fugaz instante se sintió como un inocente elegido de los dioses. Y le dio miedo, aunque sus ambiciones imaginadas nunca habían respetado límites.

–Le repito, señor: ¿eso qué significa?

–Que te estoy ofreciendo enviarte al sitio que escojas, para perfeccionar tu visión de ti mismo en lo que ya estás desempeñando con tanta creatividad: la innovación sin límites en el campo de la tecnología avanzada…

–¿Y qué significa cualquier parte del mundo?

–Esto.

Y le extendió un documento que desde el principio había tenido a su alcance: un mapamundi multicolor, con todos los nombres distinguibles.

Él lo tomó entre las manos, como si fuera un objeto sagrado, y se quedó esperando.

–Te lo dejo para que te sirva de referencia, y así se te haga más fácil trazar tu propia ruta hacia el lugar que más te llame. Porque este es también una cuestión de llamado, como todo lo que tiene que ver con los impulsos interiores.

Nunca había oído hablar al CEO en términos semejantes, y tuvo la inmediata sensación de que todo aquello era un mensaje de otras latitudes. Se sacudió telarañas vivas por dentro: «Yo, que soy un devoto de la tecnología, ¿me estoy descubriendo como ilusionista trascendental?…»

Aquella tarde, ya cuando estaba anocheciendo, llegó a su casa y se encerró en su cuarto a pensar. El mapamundi se hallaba extendido sobre la mesita que le servía de escritorio. Y él, tendido en su cama de colchón liviano, jugaba mentalmente con las imágenes de los lugares posibles. Llegó la hora de la cena, y la familia, como siempre, se reunió en torno a la mesa.

–¿Qué te pasa, hijo, por qué estás tan ensimismado? –le preguntó el padre, mientras se servía la cuajada y los frijoles molidos, que eran su plato vespertino favorito.

–Nada en especial. Sólo que estoy asomado a mi futuro.

Frase enigmática, que pasó inadvertida. Por eso todo fue sorpresa cuando les avisó a sus padres:

–Me voy para Bengaluru, en el sur de la India, a prepararme más. La empresa me envía.

–¿Y por qué ahí, si no vas a hacerte monje?

–No, no me voy a hacer sacerdote védico ni pandit, sino gestor tecnológico de primer nivel. Hoy lo antiguo y lo moderno van ahí de la mano. No me costó mucho decidir. Ustedes ya me conocen, y esta es mi hora…

La ruta aérea fue Nueva York, Dubai, Bengaluru. Y cuando llegó, temprano por la noche, se fue directamente hacia aquel apartamentito que había conseguido vía Internet, en Race Course Road. Como no había mobiliario ni objetos de casa, se acomodó en el suelo y se durmió de inmediato. Tenía que estar despejado al amanecer.

Y aquel amanecer traía consigo todas las nubes anheladas para ubicarlas en un cielo con denominación de origen.

En las fechas siguientes contactó con la empresa filial, visitó el recinto universitario al que se incorporaría y se aperó de lo necesario para asegurar su estadía personal. En los momentos intermedios, se desplazaba por los alrededores, y pasaba a cada momento por la entrada del Taj West End, aquel hotel con apariencia de bosque habitado.

Y el primer día en el aula se topó con ella. Como ocurre en las crónicas románticas, la conmoción interior fue espontánea. Y ese mismo día se le acercó para verla de cerca y preguntarle su nombre.

–Manisha.

–Yo soy Víctor.

Bastaba, porque los efluvios compartidos lo hacían todo. Y desde aquel preciso instante quedó sellado el pacto sin palabras. Eran, como se dice, el uno para el otro, sin ningún otro vínculo que la corriente de los anhelos espontáneos, esos que brotan de la profundidad desconocida.

Pero en él aquel enlace fue un motor desconcertante. La nostalgia encendida se levantaba de su lecho atávico para envolverlo en una lucha de emociones. ¿Se quedaría ahí para siempre, renunciando a la humedad vital de sus orígenes, o volvería a estos con la intimidad dividida?

Estuvo así por muchos días, como si en su interior se hubiera desatado una guerra de decisiones irreconciliables. Una nueva fidelidad amorosa estaba atacando sin piedad su determinación hasta aquel momento incuestionada de regresar a su tierra y a su mundo al cumplir la misión formativa.

Entonces Manisha le tomó las manos, y el calor de aquel contacto decidió por su cuenta. Ella lo contemplaba desde la profundidad de sus propias fuentes existenciales, y no había cómo escapar a dicho influjo.

–Te acepto, Víctor, para que hagamos vida en común de aquí hasta siempre, con una sola condición: que te pongas un nombre que yo pueda recordar en mis sueños…

–¿Y cuál sería ese nombre?

–Tú decides: Shankar, Venkatesh, Saidul, Rabi, Ramakrishna…

Él se quedó pensativo. Una mariposilla blanca le revoloteaba por los pasillos del cerebro. Quiso estar solo, y así se lo dijo a Manisha:

–Voy a pensar hacia adentro. ¿Puedo, verdad?

Manisha lo miró, ilusionada.

–Hasta mañana, pues.

El cielo de Bengaluru lo recibió en la calle con ansia de mapamundi. Había airecillo de lluvia, pero sin que la luz perdiera su inspiración multicolor. Y todo eso junto le humedeció los ojos.

Al llegar a su refugio fue a buscar de inmediato el mapamundi que le entregara su jefe, y lo extendió junto a él en el reducido lecho. Se durmió casi al instante, y el sueño fue la nave aérea más veloz del mundo. Volvió a su país y les comunicó a todos la decisión tomada. Abrazos a granel. Y entonces despertó, ya de vuelta.

Manisha lo aguardaba, en el lugar acostumbrado los domingos al mediodía: Blue Ginger, el restaurante vietnamita sin paredes y rodeado de estanques poblados de peces, entre la vegetación frondosa, ubicado en el Taj West End.

–Hola, Ramakrishna.

–¿Cómo te enteraste de que ahora me llamo así?

–Porque no sólo eres el soldado victorioso de tu guerra profunda, sino el enamorado más comunicativo en la tertulia del ensueño… ¡Gracias para siempre!

SE DESCUBRE EL SECRETO

Desde el mismo instante en que se despertó a la conciencia, fue para todos evidente que aquel retoño familiar tendría una inventiva fuera de serie. Entre los familiares inmediatos empezó a funcionar al respecto una especie de lotería de símbolos: ¿sería artista innovador, científico de avanzada, guía espiritual de nuevo cuño…?
Cuando llegó el momento de iniciar su formación escolar, las expectativas parecieron desvanecerse: el niño, y luego el joven, no mostraba ningún signo excepcional. Sus notas eran de rango corriente y estaban con frecuencia en el límite justo entre lo mediocre y lo aceptable. Los padres empezaron a hacer cálculos resignados:
— Quizás va a ser un empleado común, si acaso.
—Yo digo que simplemente no hay que hacerse ilusiones.
— Pero dicen que la esperanza es lo último que muere.
—Dejemos, entonces, que la esperanza se arme de paciencia.
Así, dando traspiés en la carretera polvorienta del aprendizaje formal, llegó hasta la primera estación definitoria: el bachillerato general, ya que no optó por ninguna especialización en ese nivel. Los padres dieron un respiro de alivio, porque al menos estaba ya a las puertas de su nueva fase, que lo pondría en el umbral de la vida propia.
Se hallaba haciendo el papeleo para ingresar en su etapa universitaria, y ni siquiera sus padres sabían hacia dónde iba a dirigirse. Cuando por alguna pregunta directa se refería al tema lo hacía en un lenguaje en apariencia explícito pero en verdad plagado de rendijas inexplicables. Sin duda era un enigma personalizado, y eso hizo que por fin la madre, luego de muchas idas y venidas por los pasillos del insomnio, se sintiera tentada a acudir al consejo de una médium que llegó a instalarse inesperadamente por los alrededores, ya que en aquel ambiente nunca se habían ofrecido servicios de esa naturaleza.
La respuesta inicial de la médium la dejó en silencio:
—Su hijo quiere ser una persona común en apariencia, para poder dedicarse con libertad al cultivo de su propio huerto.
Y ante su expresión desconcertada, la respuesta explicativa hizo crecer aún más el enigma:
—Ese huerto es aún invisible, aun para él, pero está perfectamente imaginado en el centro de su conciencia. Y si usted quiere apoyarlo de veras tiene que animarse a llegar a la entrada de dicho huerto por la vía de la intuición maternal, que nunca falla. Bueno, que casi nunca falla… Y en este caso, el hecho de que usted haya venido a solicitar consejo es el mejor mensaje de lo que significa tal intuición…
— Lo voy a hacer, porque lo que a mí más me importa es que mi hijo halle la ruta de su propia suerte…
Ella, entonces, ansiosa como estaba, no pudo contenerse, y en cuanto tuvo a su hijo cerca de ella le abordó la cuestión:
— ¿Ya sabés a qué carrera vas a ingresar?
— Claro que lo sé.
— ¿Y por qué lo tenés tan guardado?
— Porque ese es uno de los requisitos: no soltar prenda.
— ¿Cómo es eso, hijo? ¿Me querés tomar el pelo?
Él, a su estilo, soltó la risa:
— ¿Pero cuál pelo, mamá, si apenas le alcanza para esa colita que se tiene que completar con un listón, que por cierto está hoy bien llamativo?
—¡Hijo, no te salgás por la tangente! Yo quiero estar contigo, acompañándote y apoyándote.
—Buena madre. Buena madre. Y por eso le ruego que me deje tranquilo…
— ¿En tu propio huerto?
— No sé a qué se refiere.
— Yo sí sé: al huerto de tus anhelos.
— Yo no tengo anhelos, madre. Soy un buscador, solo eso.
— ¿Buscador de qué?
— Bueno, voy a decírselo, pero sin más explicación: buscador de follajes compartibles.
La madre se quedó en silencio, como si de pronto se hubiera puesto temerosa de romper un encanto; y no volvió a tratar el punto.
En los días, en las semanas y en los meses subsiguientes todo pareció continuar en una normalidad muy semejante a la de cualquier familia que tuviera retoños adolescentes que estuvieran en el filo de una nueva etapa de sus vidas. Sin embargo, a un observador perspicaz algunos detalles de seguro le hubieran parecido al menos reveladores.
Los tres hijos estaban ya en las aulas universitarias, y eso era lo único que se hacía visible. Pero en lo referente a él, a Ángel, algo muy peculiar comenzó a manifestarse. Cursaba estudios formales, pero apenas salía de su cuarto. Y ahí, adentro, lo que reinaba en torno a él era un silencio que daba la impresión de que aquello era muy semejante a un recinto subterráneo.
La madre volvió a angustiarse, y una vez más acudió a la médium:
— ¿Será posible que mi hijo se esté muriendo en vida?
— No, es al contrario: revive cada día.
— ¿Y cómo es eso?
— Es que todos sus árboles interiores están floreciendo y fruteciendo. Es una estación perfecta para que el huerto empiece a dar todo de sí.
— Ah, usted ya me habló del huerto, pero no me ha explicado de qué huerto se trata.
—Se lo digo si está dispuesta a tomarlo como lo que es: una petición de acompañamiento respetuoso.
—¡Claro que sí! No olvide que soy su madre.
—Sí, lo sé, pero es que con gran frecuencia los padres son los menos dispuestos a entender las novedades existenciales.
— No es mi caso, se lo aseguro.
— Entonces, prosigo: su hijo es un inventor de emociones, y su destino va por ahí. ¿Entiende?
— No entiendo, pero estoy dispuesta a entender.
— Ah, pues déjelo estar. Él es un horticultor de sí mismo.
— Le repito: no entiendo.
— Si es así, observe desde afuera. Su hijo sabe lo que busca, aunque aún ande averiguando lo que eso significa.
Al oí aquello la madre no volvió a insistir. Y fue como si la casa se convirtiera de pronto en una capilla sin sonidos externos. Lo que todos estaban necesitando.
Ángel tomó entonces la decisión que se le venía dibujando en la subconsciencia desde hacía tanto tiempo:
— Voy a hacer un viaje. Los tendré informados.
Desde aquel mensaje, lo que se abrió fue un vacío que tenía todas las características de una ausencia sin retorno. Pero el misterio seguía revolviendo sus ecos.
Y así, en algún momento no identificable, llegó inesperadamente la tan esperada noticia:
“El viajero que salió de su casa está hoy en su propia casa: el huerto de la memoria”.
Y muy poco tiempo después se hizo presente la carta que traía las ansiadas explicaciones:
“Madre, estoy por fin en mi huerto, como un árbol más entre hermanos de savia y de follaje. Desde siempre, una voz interior me hizo saber la forma de mi destino. Yo sería un cronista de memorias, y no solo de las mías sino de las de todos los que forman mi comunidad de semejantes. Es decir, los árboles del huerto. ¿Cómo explicar esto, si cualquiera puede pensar que no es más que una fantasía ingenua? Así lo pensé yo mismo por largo tiempo, y por eso nunca hablé con nadie de esta condición tan original, que me hace un ser de otra esfera; en este caso, la esfera de los misterios vegetales. Yo ahora soy un árbol con memorias, y cada uno de mis vecinos inmediatos también lo es. La suerte providencial me ha dado el encargo de poner en palabras humanas el testimonio memorioso de los integrantes de esta comunidad familiar a la que hoy pertenezco. Sé que usted puede comprenderme, madre, porque así me lo ha confirmado mi amiga, la médium a la que usted acudió hace tiempos para encontrar explicaciones sobre el incógnito rumbo de mi vida. Dentro de poco le hará llegar por las rutas del aire mi primer grupo de vivencias existenciales compartidas. Están escritas sobre hojas con tintas de amanecer y de atardecer. No sé si usted podrá descifrarlas, pero al menos sentirá sus pálpitos. ¡Gracias, madre, en nombre del huerto y de todos los que hemos albergado aquí nuestras raíces!”
En los días subsiguientes, el aire estuvo quieto, como si aguardara señales. Y por fin, una mañana la atmósfera pareció palpitar en forma de anuncio, y las ráfagas comenzaron a traer infinidad de hojas voladoras. Promesa cumplida.

Historias sin Cuento

LAS CENIZAS FELICES

Nunca fue fácil, pero hoy estaba siendo cada vez más difícil. Lo venía pensando desde mucho antes de que emprendiera la mayor aventura de su vida, y a pesar de todas las retrancas emocionales y todas las incertidumbres situacionales se decidió a tomar camino, con sólo lo puesto y muy poco más.

La ayuda de algunos parientes que siempre habían estado cerca le permitió juntar el dinero necesario para pagar lo que pedía el coyote para llevarlo hacia arriba, hacia el Norte. Las fronteras son así: puertas que se abren y se cierran al impulso del más atrevido.

Todo listo, pues. Las despedidas y los augurios en primer lugar:

–Que Dios te acompañe, Licho.

–No vayás a olvidarte de nosotros, cipote.

–Lo tenés todo para salir adelante, y lo primero es la fe. Que la virgencita de Guadalupe guíe tus pasos. Y que el éxito que vas a lograr no te pervierta, porque para eso contás con los valores que te hemos inculcado.

–Aquí vamos a estar, atentos a tu suerte. Esa suerte que vas a levantar con tu propia fuerza, como lo hacías de niño con los sacos de café allá en el volcán.

Y todas aquellas frases, pintadas con los colores del cariño, las llevaba en su cuaderno mental, como la escritura del presente para inspirar los desvelos del futuro.

El trayecto afortunadamente se dio sin incidentes traumáticos. Aun su recorrido mexicano en el tren La Bestia transcurrió sin incidentes. Todo le hizo sentir que la esperanza era la guía, y que en ningún momento se apartaba de su lado. Y cuando por fin arribó al lugar de destino sintió que su decisión había sido un mensaje providencial. Estaba ya ahí, a unos pasos de la Estatua de la Libertad, en aquel rinconcito que unos amigos de antaño le habían permitido ocupar como primera estancia.

Pocos días después consiguió trabajo como mesero en una pequeña taberna latina, que se llenaba a diario más que todo con gente de la raza, y eso le facilitó la comunicación, ya que del idioma inglés apenas iba conociendo unas cuantas voces a salto de mata.

Era muy del caso agradecérselo a la Providencia, porque al menos no había tenido que sufrir en el limbo de la desocupación angustiosa, y así lo hizo yendo con frecuencia a visitar una capilla que desde afuera no mostraba ninguna señal de ser tal.

Todo parecía irse moviendo para él con la naturalidad de lo que está concebido de antemano, pero de pronto la ansiedad se hizo presente como una deidad que traía consigo una alforja cargada de amenazas.

Fue entonces cuando uno de sus compañeros de trabajo le hizo la advertencia:

–Hay que tener cuidado, mano, porque la Migra anda más hambrienta que nunca, y esa es la política malvada de aquel que te conté…

–¿El mandamás de la Casa Blanca?

–¡Shhhh! Aquí ahora no sólo las paredes oyen, sino también las copas y los platos…

Sintió que el fantasma de la deportación pasaba sonriendo malévolamente a su lado, y por un segundo la vista se le nubló, y la esperanza comenzó a tragarle gordo. Había oído hablar de aquello, pero sentirlo era otra cosa.

Empezó a padecer de insomnios recurrentes, y eso hacía que el cansancio que nunca había sentido se le mostrara como una compañía insidiosa. También se le desorganizó el apetito, y su estructura corporal, que era propia de los jóvenes con voluntad deportiva, apareciera cada vez más frágil. Uno de sus compañeros de trabajo le preguntó, mientras preparaban unas bebidas remembrantes:

–¿Te está pegando duro la nostalgia, no es cierto?

–A mí, no; lo que pasa es que no acabo de acostumbrarme al horario.

–Ah, pues aquí no hay de otra: aceptar las reglas o caerse de la moto.

–Eso no. Vine a quedarme, y a ganar terreno. Para mí y para mi gentes.

–¿Y quiénes son tus gentes?

–Los que aquí aparecen.

Sacó su celular y buscó una imagen. Al encontrarla se la mostró a su compañero.

–Todos son niños.

–Hermanos y sobrinos. Los que vienen.

–¿Para acá?

–No, hombre, para la vida. Quiero ayudares a que sean alguien. Allá es difícil, pero se puede más que en ninguna otra parte.

–Vos no pudiste.

–Pero yo no logré estudiar allá, y ellos sí van a poder. Se lo he jurado a mis tatas, que ya no están, pero nos miran desde alguna parte.

–¿Y vos qué?

–Yo voy a ser guitarrista, cuando me llegue el momento.

–¿Guitarrista? ¡Jajajá!

–¿Sabés qué? Voy a entrar en una academia de música en cuanto pueda. Todavía estoy joven, hombre, y el mundo me espera. Te ofrezco desde ya una entrada gratis a mi primer concierto, que va a ser en un gran auditorio…

–¿Y de qué vas a vivir, entretanto, cuando además estás mandando remesas a los tuyos?

–Del aire, cabrón, del aire. En estos tiempos no hay de otra.

–Ah, pues empecemos ya. ¿Querés una copita de aire con piquete?

–Pues para después es tarde…

Y como dice el bolero, todo lo que viene es música. Cuando el dueño de la pequeña taberna se enteró por boca del compañero que su vocación era la música guitarreada, se le acercó a preguntarle si estaría dispuesto a tocar y a cantar algunas noches según el gusto de los asistentes. Él, sorprendido, no pudo decir que no. Quizás era en verdad el principio de su nueva vida.

El repertorio de boleros clásicos, que era lo que había oído desde los más remotos años en su casa y en la voz ronca de su padre, resultaba perfectamente compatible con el ambiente que se quería crear en el lugar.

El dueño se entusiasmó más de lo esperable, ya que en la cotidianidad era una especie de aprendiz de ogro:

–Con Los Panchos, Los Diamantes y Los Tres Reyes estaríamos en onda.

–Por mí, no hay ningún problema. Sólo reviso algunas letras, y ya.

–Entonces, comenzamos mañana a las 8 de la noche, cuando empiezan a llegar los clientes.

–OK.

–Ah, se me olvidaba. ¿Y si alguien pide alguna ranchera, también te podés las más comunes?

–Y no sólo eso: conozco temas de Juan Gabriel y de José José, que también les gustan a muchos. Acuérdese de que yo vengo de donde asustan con canciones entradoras…

–Ah, pues estamos en onda.

Así logró ganar todos los días unos dólares más, y así también el anhelo de ingresar en una academia de música se hacía más visible. En ésas estaba cuando le llegó la súbita noticia de que allá, en su tierra familiar, un incendio de origen desconocido había acabado con la casa donde nació y creció.

La llamada de su tía no se hizo esperar:

–Lo perdimos todo, Licho, todo, todo, todito… Estamos en la calle, como pordioseros…

–¡No se angustie, nanita, voy para allá!

–Pero, hijo, ¿y tu futuro? ¿Dónde va a quedar tu sueño?

–Entre sus manos, para que me lo acaricie cuando yo esté allá.

Y en verdad cogió camino de inmediato, sin pensarlo dos veces. Sin imaginárselo, la necesidad de volver le iba detonando la ilusión. El dueño de la taberna, que sin duda le había tomado cariño, lo despidió con un obsequio:

–Te regalo la guitarra, porque allá también te puede ser útil.

Regresó como pudo, por cualquier vía al alcance. Y a medida que se iba acercando le nacía un entusiasmo desconocido. Al arribar, entre los abrazos poblados de lágrimas, el aroma a fuego manso los envolvió a todos.

Eran las cenizas del incendio convertidas en anuncio de reverberaciones entrañables. Apretó su guitarra entre los brazos, y anunció en voz alta su propósito:

–¡Voy a cantar para vivir, como hacen los pájaros libres!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (223)

1826. ENTRE AMIGOS

Este año la temporada lluviosa ha sido particularmente volátil, como para hacernos sentir que el cambio climático está aquí. Un bromista de nuestro pequeñísimo círculo de allegados de confianza preguntó en un encuentro vespertino con tragos al gusto: «¿Y eso del cambio climático que no es otra especulación viralizada en las redes sociales?» Yo me atrevo a responder: «Ay, cipote, parecés un señor de los que vivían en aquellos entonces en los vecindarios de la calle 5 de Noviembre…». Todos se ríen, y el aludido y yo chocamos las manos para confirmar nuestra condición de vecinos inveterados. Otro nos lanza entonces el reto: «Y ustedes dos, que se las dan de cincuenteros, ¿por qué no nos cantan un bolero de su tiempo?» Nuestra respuesta es una: «¡Aquí te va, jovencito, jajajá!» Y empiezan a sonar las voces de «Flor de azalea» mientras la tormenta con rayos llega a acompañarnos.

1827. EL MISMO QUE VISTE Y CALZA

Se fue muy joven hacia el Norte, cuando hacerlo no era tan riesgoso como es hoy. Su familia no volvió a saber nada de él, salvo que vivía allá en una zona que se llama Long Island. Pero el tiempo transcurre, y a veces se vuelve destapador de cajas cerradas. Y en una de esas volátiles cajas había un montón de imágenes irreconocibles, salvo quizás una, la de ese hombre aún joven que iba manejando un taxi. El señor que estaba parado en una esquina le hizo señas al taxi para abordarlo. El motorista del vehículo en un primer instante pareció no advertir la señal, y pasó de largo; pero de inmediato se detuvo y retrocedió. «¿Quiere que lo lleve?» «Bueno lo que quiero es una respuesta. ¿Vos sos Hilario?» El conductor sacudió la cabeza. «Sí, soy yo. ¿Y usted?» «Aníbal, tu hermano. ¿Ya no me reconocés?» «¡Es que éramos niños!» Y el abrazo los convirtió en gemelos…

1828. OTRA PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

La Librería del Prado, en la calle del mismo nombre, estaba cerrada porque aún no eran las 5 de la tarde. Él le dijo a ella mientras pasaban enfrente: «No se te olvide que estamos en Madrid, y que aquí el horario es muy distinto al nuestro». En cuanto dijo aquello ambos sintieron al unísono que sus sensaciones se tomaban de las manos. «¿Y entonces qué hacemos?» «Pues lo de siempre en las tardes madrileñas: caminar hasta que llegue la hora». Se fueron a vagabundear por la zona, sin otro propósito que acumular sensaciones conocidas con anhelo novedoso. Sin proponérselo estaban ante una tienda de antigüedades, que no eran sus objetos favoritos pero que en este caso tenían un imán inesperado. Lo que había en la vitrina era un conjunto de retratos. Se detuvieron para observar. «¡Mira aquellos dos!» «¡Somos nosotros!» Y el parpadeo del tiempo les hizo sonreír.

1829. AYER Y HOY

Una de sus nietas, que era adicta al cine de antaño por Netflix, le preguntó una tarde de sábado mientras la familia departía en el amplio corredor posterior de la casa donde la abuela vivía desde siempre: «¿A quién te gustaría parecerte más, abuelita: a Sara García o a Prudencia Grifell?» «¡Uy, las abuelitas clásicas de la Época de Oro del Cine Mexicano!» «Yo pensé que te gustaba ser abuelita, y por eso te pregunto…» «Bueno, pues ser abuelita está bien; pero yo quiero ser abuelita que no parezca…» «¿Cómo quién, pues?» «Déjame pensar… Como Olivia de Havilland…» «¿Quién es?… ¿Y por qué?» «Pues porque Olivia me cautivó en su papel de jovencita en «Lo que el viento se llevó»… Y luego siguió apareciendo hasta su retiro… Hoy es una dama de más de 100 años…, y eso es lo más inspirador…» «¡Ay, abuelita, lo que más me gusta de ti es que nunca perdés la ilusión!»

1830. LA BUENA NUEVA

El jefe los había convocado a reunión estratégica para aquella misma tarde, como si hubiera urgencia de tomar decisiones. A la hora señalada ya estaban todos reunidos en la sala de sesiones, cuyos ventanales daban a un predio baldío que nunca había merecido ninguna atención. Desde el inicio todo indicó que no había nada trascendental en agenda, y todos estaban a la expectativa de lo que fuera a decir el superior. Él se hallaba en silencio en su silla de mandamás, como si nada pasara, y al final habló: «Amigos, los he convocado para informales algo muy personal…» Todos pensaron, de inmediato y en esperanzador silencio, que iba a anunciar su retiro. Él los observó con expresión enigmática. Luego esbozó una sonrisa. «No, no se ilusionen: no me voy a retirar: lo que voy a hacer es comprar esta empresa para reciclarla con gente nueva. ¡Así que a arreglar sus bártulos!»

1831. SENTENCIA MUSICAL

El Jefe dio la orden sin alternativas, como siempre: «Van a la casa del Zambo y me lo traen vivo hoy mismo, aunque se resista». Aquella tarde-noche, los esbirros se dispersaron por la barriada donde el Zambo solía deambular haciendo de las suyas. No estaba en ninguna parte. Regresaron al lugar del Jefe, que era una casa clásica tomada por la organización porque le gustó al líder. El Zambo vivía ahora ahí, y andaba propalando que ya sabría el Jefe cuáles serían las consecuencias de aquel despojo. Un día lo encontraron y se lo llevaron al Jefe. Cuando ya estaba adentro, se dio la refriega. La gente del Zambo y la gente del Jefe liados en el estruendoso fuego cruzado. Hasta que llegó el silencio adornado de cadáveres. En alguna de las casitas de los alrededores estaba sonando la canción de José Alfredo Jiménez: «No vale nada la vida,/ la vida no vale nada…»

1832. «SHOKING GAME»

Tenía marcas moradas en el cuello. Su padre le preguntó, como experto en costumbres muy actuales: «¿Has estado practicando el ‘shocking game’? Ella, que era una adolescente en busca de emociones, negó con un leve movimiento de cabeza. Y aquella misma tarde, cuando se reunió con su grupo de amigas ilusionadas por el peligro, les contó la pregunta de su padre. «No decaigás, amiga, que para eso estamos nosotras aquí. ¿Vamos al juego, verdá?» Todas las presentes asintieron, y ella tomó la iniciativa para que no fueran a creer que se acobardaba. La líder del grupo le extendió entonces aquel cinturón que parecía sacado de una película antigua. Ella lo tomó con emoción, y empezó su prueba alrededor del cuello. Las presentes la animaban con saltos vibrantes hasta que cayó al suelo. No volvió a despertar. Todas se escaparon. El fin es siempre solitario.

1833. LA NOTICIA IMPOSIBLE

Desde la más temprana edad fue adicta a los deportes extremos, sin acatar ninguna advertencia. Y así, cuando llegó el momento de decidir destino expresó tajante: «Voy a ser alpinista, y en las cumbres más altas del mundo». Sus familiares, como siempre, la dejaron hacer, porque no había alternativa. Así tomó camino con una despedida simple, como si fuera al café de la esquina. Nunca volvieron a saber de ella. Quizás estaba en algún barranco nevado. ¿Qué hacer? Lástima que no podían enterarse de que la alpinista había alzado vuelo desde la azotea superior…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (222)

1818. EN EL BARRIO SAN MIGUELITO

Era la Calle de Mejicanos hacia el norte. Se bajó del bus de la Ruta 2, unos metros más adelante de la Tienda La Royal, y tuvo el impulso de volver unos pasos atrás para ir a comprar algunos bocadillos dulces para la cena tempranera de costumbre. Llegó al lugar esquinero que hacía ángulo con la Calle 5 de Noviembre y buscó con la mirada a la Niña María, dueña de la tienda y mamá de Roque. Le preguntó por ella a una de las empleadas, y la respuesta fue evasiva: “Está allá adentro, con alguien”. Él se animó a preguntar: “¿Es con el hijo?” La respuesta fue un gesto indefinido. Él entendió. Compró un par de cosas y se fue a su casa una cuadra más adelante, en la 23ª. Calle Oriente. Esa noche estuvo leyendo los poemas de Roque, sin imaginar que nunca más lo vería en persona, al menos en este plano.

1819. 118 RUE DU CHÂTEAU

Salió a hacer la compra cotidiana en los alrededores. Lo primero que hacía todo los días sin falta era visitar esa tienda inmediata, “Au Pain d´Autrefois”, porque los bizcochos rellenos le fascinaban desde que los probó. Era otoño avanzado y la atmósfera permanecía en cierre total. Cuando cargaba ya tres bolsas en las manos volvió al apartamento en el segundo piso, con ventanal hacia la calle. En el instante en que entró dio inicio la lluvia. Ella, que era una mujer mayor, se sentó en una poltrona a tener su diario ejercicio de remembranzas: sus años iniciales en Los Lunas, Nuevo México; los tiempos en Sonsonate, recién casada; el paso a San Salvador, con sus dos hijos muy jóvenes… ¿Qué hacía hoy en París? Era una larga historia. Alguien tocó a la puerta. Quizás otra vez el Destino.

1820. MERCADO EMPORIUM

La Niña Mina estaba preparando un ramo de flores variadas y multicolores que le había encargado la señora elegante y enigmática que estaba de pie frente a su puesto. Cuando lo tuvo listo se lo entregó al tiempo que ella le extendía los billetes del costo. “Muchas gracias –dijo la compradora–, y sé que este es el mejor arreglo que se puede desear”. La Niña Mina sonrió, complacida: “Gracias a usted, y yo le ruego que salude de mi parte a Lupe, que se halla ahí enfrente trabajando como siempre”. La señora salió del mercado y cruzó la calle. Entró en el edificio inmediato y preguntó por Lupe, que era periodista de turno en La Prensa Gráfica que estaba ahí. “Disculpe, señora, Lupe murió ayer, en su escritorio”. “Lo sé, y por eso traigo estas flores. Quiero dejarlas ahí, donde ella fue feliz”.

1821. FRENTE AL CERRO EL SARTÉN

La tarde iba cayendo con rapidez de intenciones voladoras, y pronto sería de noche. El joven que acostumbraba andar desplazándose por los alrededores silvestres caminaba de vuelta a la casa, contemplando una vez más todos los detalles del entorno. Pero esta vez sentía una especie de aflicción indefinida, como si todo aquello fuera a desaparecer para siempre. Se detuvo entonces y buscó un borde en el terreno para sentarse. Lo hizo y se sintió más en confianza con el paisaje. En ese instante tuvo la sensación de que el tiempo sideral se había detenido, aunque ya estaban apareciendo las primeras estrellas. ¿Cuánto estuvo ahí, en la víspera de su traslado definitivo a la ciudad para continuar sus estudios? No lo sabría jamás porque el Cerro El Sartén seguía enfrente, sin alejarse ni un solo minuto.

1822. LOS RÍOS SIENTEN

Como esa era su convicción desde que tenía memoria, cada vez que llegaba a la orilla de alguno, cualquiera que fuese su volumen y su apariencia, se agachaba hasta arrodillarse para entrar en contacto íntimo con las aguas fluyentes. Para él, se trataba de un rito natural, que nadie le había enseñado. Así descubrió que cada río tiene identidad propia, determinada por algo que está debajo de sí mismo. Y eso lo constató sin lugar a ninguna duda una vez cuando aquella sequía resultante del cambio climático atacaba con fuerza. El río que estaba junto a él había perdido casi todo su caudal de siempre. Con más devoción se arrodilló a su orilla; y en ese instante, sin decir agua va, se desató la tormenta. Las aguas palpitaron agradecidas, y él, llorando, unió sus lágrimas al espontáneo milagro.

1823. CINE PRINCIPAL, 2:45 p.m.

En la lámina acortonada que se hallaba erguida sobre la techumbre del Cine había visto desde comienzos de la semana el título de la película que se estrenaría al final de la misma. Era un título provocador: “Un Rincón cerca del Cielo”. Como todos los domingos, regresó de la finca apopense antes del mediodía, en la camioneta que venía del norte, almorzó sin tardanza y se fue para el cine. La primera función de la tarde comenzaba a las 2:45. Cuando estaba haciendo fila entre los grandes pilares para comprar la entrada se dio cuenta de que la película que estaban exhibiendo no era la anunciada. Le preguntó a quien estaba detrás de la ventanilla y él le dio una explicación que parecía una broma: “Vinieron algunos espíritus a protestar, y se tuvo que cambiar programa”.

1824. 11D, 2nd. AVENUE

La amplia ventana permanecía con la cortina levantada y con la ciudad prácticamente al alcance de la mano. Y él, que era un contemplativo inveterado, tenía a diario la sensación de que cada vez descubría un detalle. Podía ser una ventana encendida, el andamiaje de un nuevo edificio vertical o la presencia de alguna planta exuberante en la azotea más alta. Esta vez el contemplador revisaba minuciosamente lo que tenía ante su mirada cuidadosa y no le aparecía nada que no hubiera visto antes. Se apartó por fin de la ventana y se fue a abrir su laptop al escritorio inmediato. En cuanto se activó la pantalla, surgió el mismo paisaje de afuera, con un toque de luz en un punto. ¡Ahí estaba! Amplió la imagen. Era una ventana exactamente igual a la suya, con su mismo rostro observando… ¡Bingo!

1825. LABOR DEL HELIOTROPO

Comenzaba la época de lluvias, y en el jardín, como todos los años, la emotividad natural se prendía hasta en las hojas más tímidas. Amanecía con intensidad envolvente, y los pájaros que llegaban puntualmente cada mañana lo celebraban en coros dispersos. Sólo faltaba alguien: él, el poeta vegetal. Y las aves cantantes fueron a avisarle al aludido, que era el heliotropo junto a la fuente. Como si le dijeran: “Te has dormido, hermano, es tu turno…”

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (221)

1810. ANTES DE ALZAR VUELO

“Esta primavera voy a salir por primera vez al mundo”. Así se lo anunció al pequeño grupo de amigos de siempre; y uno de ellos le comentó, en el tono que usaban con frecuencia y sonriendo con ironía: “¿Cuál primavera si eso no existe en nuestro clima?” Otro agregó, haciéndose eco del compañerismo burlón: “Ah, es que éste siempre se las ha dado de imaginativo”. Y no faltó el colofón: “¡Pueta al fin, camaradas!” Él, entonces, les devolvió de inmediato la moneda: “Pues entonces hagamos un trato: si la primavera llega, aunque la llamen ustedes como quieran, y yo les mando un mensaje desde Singapur o desde Montreal, ¿se comprometen a hacerme un espléndido agasajo de bienvenida? ¿Estamos, o sólo son buenos para rebatir, como aprendices de políticos?”

1811. FIDELIDAD NOCTURNA

Era muy de mañana, y comenzaban a oírse en el jardín inmediato los cantos de los pájaros anunciadores del nuevo día; pero en esa oportunidad los armoniosos sonidos de las aves puntuales venían mezcladas con una especie de leve trepidación que parecía provenir de fricciones metálicas. Él estaba preparándose para salir pronto a cumplir sus tareas laborales, y apenas tenía tiempo de reparar en aquella novedad sonora. Pero cuando estuvo ante el espejo, listo para rasurarse y ponerse la crema reparadora, vio detrás de él un flujo de sombras que habían surgido de improviso. Se apartó, pero las sombras le hicieron quedarse frente al cristal. Y llegó la voz susurrada: “Somos nosotros, tus compañeros de insomnio… Te acompañaremos para que no te duermas en el camino…”

1812. MISIÓN PRIMAVERAL

Madrid estaba anocheciendo animadamente entre las claridades de la primavera recién llegada. Ellos habían llegado en un vuelo mañanero desde el otro lado del océano, y estaban hospedados como siempre en el hotel Palace, frente a la Fuente de Neptuno. “¡Qué querés hacer?”, le preguntó él a ella. Y ella aspiró profundamente, dejando escapar un suspiro: “Primero, lo primero: ir a ver a Jesús de Medinaceli, aquí a la par; y después ir a tomar una copa de buen vino en la Vinoteca…” Salieron de inmediato. Ya desde los primeros pasos ambos sintieron una energía liviana que casi les hacía levitar. La puerta de la iglesia ya estaba cerrada. “¡Bueno, el Señor nos invita a tomar con Él la copa de vino en la plaza se Santa Ana! ¡Vamos!” Y casi corriendo se dirigieron a la Vinoteca. La primavera los llevaba de la mano…

1813. JUEGO DE IMÁGENES

Fue fotógrafo desde que tenía memoria, entre los velos de la primera edad, aunque tardó bastante tiempo para poder tener una cámara a su disposición. Era otra época, y la aspiración derivaba en contar con estudio propio, como el de los profesionales de tradición. Pero afortunadamente él pudo estudiar las técnicas novedosas y dedicarse a una labor itinerante. Se detenía en todas las esquinas y fijaba instantáneas de lo que a simple vista parecía intrascendente. Así llegó a tener una colección que daba para muchas muestras. Empezó entonces a buscar patrocinadores, y así llegó al despacho de don Ramón, el mecenas. Abrió sus valijas y aparecieron las imágenes. Don Ramón se conmovió hasta las lágrimas. “Gracias, amigo, por recordarme que la vida es una calle! Tu exposición hará historia…”

1814. EN PRIMERA FILA

Había escogido asiento de ventana en la primera fila, y los pasajeros seguían pasando sin que nadie llegara a ocupar el puesto contiguo. Estaban a punto de cerrar la puerta de ingreso cuando arribó corriendo aquella joven que tenía toda la pinta de ser deportista o bailarina. Rubia y de atuendo multicolor, era la vitalidad personificada. Colocó su extravagante maleta de mano en el compartimento superior y aspirando fuerte se sentó ya cuando la nave empezaba a moverse hacia el despegue. Aunque el pasajero de ventana la observaba con fijeza mal educada, ella ni siquiera había reparado en él. Hasta que, ya al alzar vuelo, la azafata pasó ofreciéndoles algo de tomar. Ambos eligieron el vino espumante. Al hacerlo, se sonrieron. “¡Salud!”, soltaron al unísono. Y era la salud de la buena nueva.

1815. FUEGO INMEMORIAL

En la pantalla del televisor hubo de repente una conmoción totalmente insospechada. Como si la escena estuviera pasando ahí mismo, dentro del pequeño marco donde sólo flotaban imágenes, el fuego de las llamas estaba a punto de saltar hacia fuera. Ellos, la pareja que hacía su rutina de ver televisión desde la cama, se sobresaltaron al instante. La relación noticiosa en inglés describía con voces sobrecogidas el suceso: la Catedral de Notre Dame de París estaba ardiendo sin control. Se abrazaron sobre las almohadas, como si no fueran espectadores sino partícipes de la catástrofe. El noticiero seguía su curso, y lo único cierto era la destrucción insospechada. Él, que había conocido Notre Dame en su primer viaje de adolescencia, sintió que le brotaban las lágrimas. Ella trató de consolarlo: “Lo vivido nunca se consume”.

1816. COLOQUIO SORPRESIVO

Cuando estaba a punto de iniciarse el recital sólo unas cuantas sillas del auditorio se hallaban ocupadas. Él, que sería el primero en leer sus páginas, tuvo un instante de desconcierto, porque todo indicaba que lo que él tendría iba a ser una especie de soliloquio. Llegó la hora de comenzar, y el presentador subió al podio. Sus palabras fueron breves y casi ininteligibles. Luego le tocó a él. La concurrencia se había multiplicado como por encanto. Él, entonces, se sintió sobrecogido por la súbita necesidad de estar en una especie de intimidad con las palabras. Se quedó unos segundos en silencio, y entonces cerró los ojos. Entre los apretados concurrentes circuló un murmullo de asombro y de reclamo. Él entonces distendió los párpados y empezó a recitar sin leer ningún texto. De su voz se desprendían mariposas salvadas.

1817. A BUEN ENTENDEDOR…

Le encendió la veladora a la Virgen, y se fue a recostar para reciclar energías después de aquella jornada agotadora. En eso le sonó el celular, y ella tardó un momento en responder. Al fin lo hizo y del otro lado sonó la voz de Adrián, que seguía insistiéndole. “Esta bien nos vemos esta tarde en el Café El Dicho”. Al otro lado resonó la carcajada: “Pero si ese lugar sólo existe en la tele…” “Pues ahí tenés la respuesta”. La veladora de la virgen parecía estar conteniendo la risa.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (220)

1802. LITURGIA ÍNTIMA

Llegó bastante más temprano que otros días a ocupar su escritorio en la oficina donde estaba ubicado desde que lo elevaran de nivel en la empresa. En el espacio había otros tres escritorios, que antes fueron de los más antiguos y hoy eran de los más modernos. Él se dedicó a escudriñar en sus archivos, aprovechando que se hallaba solo. Llegó a aquel legajo de páginas manuscritas. Cartas de amor de las de antes. Y mientras leía sintió una punzada en el corazón, y se lo apretó con ambas manos, gimiendo. Parecía un gemido terminal, pero se incorporó de pronto como si nada hubiera pasado. Acarició la carta que tenía visible, con un suspiro que venía del fondo del alma. Pronto empezaron a llegar los ocupantes de los otros tres escritorios. Él los saludó sonriente: “Llegué más temprano para que me alcanzara el tiempo”. No dijo para qué porque la punzada en el corazón venía de nuevo, y esta vez para quedarse.

1803. ODISEA DE BARRIO

Como lo hacía a diario, estaba viendo y oyendo el noticiero de CNN cuando aquella golondrina comenzó a pasar y repasar al otro lado de su ventana en la pequeña estancia que le servía de vivienda. Siempre había oído decir que una sola golondrina no hace verano, pero lo que él estaba sintiendo en aquel preciso momento era que el verano se iba haciendo presente de manera expansiva como el recién llegado más espontáneo y ceremonioso. La golondrina hizo un leve piqueteo en el cristal, y él entendió que le pedía permiso para entrar. En ese preciso momento las imágenes de CNN iban recorriendo una serie de paisajes de las más diversas latitudes. Entonces él se preguntó sin palabras: “¿En qué lugar estoy?” Y la golondrina, que ya se hallaba adentro le respondió a su modo: “En tu barrio, que es el mundo…”

1804. MISTERIO SUBTERRÁNEO

“Quién iba a decirlo”, se dijo mientras pasaban a su alrededor todos sus vecinos de siempre. Y es que se trataba de una protesta callejera por la ya prolongada ausencia de agua potable en aquella colonia que todo el tiempo había estado bien abastecida de los servicios básicos. Entre los manifestantes iba ella, que todo el tiempo lo pasaba dentro de su casa escribiendo historias de seres imaginarios. No pudo contener el impulso y se le acercó: “Alexia, ¿qué andás haciendo aquí?” Ella lo miró como si él fuera un completo desconocido, y así le espetó: “¡Defendiendo nuestros derechos! ¿No le parece suficiente?” Él se sintió agredido: “¡Alexia, ¿qué te pasa? Si querés hago el trabajo por vos!” Ella soltó la carcajada sarcástica, pero en ese mismo instante fueron brotando del suelo chorros de agua que lo mojaban todo. Y la manifestación se dispersó de repente.

1805. WINGS OF PEACE

El muelle se hallaba solitario cuando la nave atracó para estar ahí por algunas horas. Ellos, que habían trasnochado en el Panorama Lounge, al ritmo de la música disco que activaba el discjockey Rob, que mostraba una energía muy a tono con su tarea nocturna, apenas estaban despertando. “¿Dónde estamos?”, preguntó ella, liberando el bostezo sobre la almohada. “En cualquier lugar en ruinas –respondió él, que era adicto a dramatizar en broma–; y por eso aquí todos los tours tienen guías fantasma…”. Y soltó la carcajada. Ella se incorporó para abrir la cortina. La luz del día era perfectamente vivificante. Ahí enfrente, en el muelle, un conjunto típico del lugar daba la bienvenida. Y los buses de las excursiones estaban en fila. “¿En cuál vamos?”, preguntó ella; y él respondió: “¡En aquél!” En el costado del bus había un rótulo: “Wings of peace”. ¡Perfecto augurio!

1806. DESTINOS PARALELOS

La primera sonrisa del bebé llenó la casa de destellos subliminales. Y esos destellos, que de algún modo eran perceptibles para todos, iban inequívocamente dirigidos hacia él, bisabuelo paterno. Un señor que no parecía ni siquiera abuelo. La interrogación saltaba de boca en boca: “¿Cómo hará don Fili para ganarle todos los días la batalla al calendario?” Y él, don Filiberto, que nunca se daba por aludido, apenas sonreía. Desde el primer instante, el bebé solo tuvo ojos para don Fili. Era como si los padres y los abuelos no existieran. Y así fue cada vez más con el paso del tiempo. Cuando el bisnieto estaba por cumplir 15 años, el bisabuelo le hizo una propuesta: “¿Te gustaría que nos fuéramos juntos a recorrer el mundo?” Los otros parientes pusieron cara de estupor. “¡Sí, señores, dejen vivir a los jóvenes! Es la ley de la vida”.

1807. RITUAL CON MENSAJE

Era el comienzo de la Semana Santa y la ciudad iba entrando en el estado de siempre: una suerte de placidez atávica que ni siquiera las incursiones incansables del crimen eran capaces de borrar de los espacios urbanos. En los alrededores de aquella iglesia, que no era de las principales del lugar, esa quietud mostraba de pronto destellos inesperados. ¿Qué se estaba anunciando? En la arboleda descuidada que rodeaba el templo se podían percibir algunas vibraciones inexplicables. De pronto, la antigua y ya casi inservible campana silenciosa por tanto tiempo empezó a repicar. Y de entre los arbustos resecos y los árboles descuidados fueron saliendo las figuras en procesión. Eran todos los mendigos y vagabundos de la zona. Se alinearon frente a la puerta principal y la iglesia pareció revivir como una basílica clásica. Milagro anónimo, como todos los milagros verdaderos.

1808. SALIDA AL MUNDO

El viento soplaba con ráfagas entusiastas, como si circulara por la atmósfera un propósito consciente de recorrer horizontes. Y él, un joven que acababa de emprender el tránsito de adolescencia, de seguro se sentiría animado, por afinidad natural, a responder a tal impulso; pero curiosamente su reacción era todo lo contrario: lo que le nacía en aquel instante era el ansia de buscar refugio para que el viento no pudiera encontrarlo. Así llegó sin proponérselo al ático de la casa, ese lugar al que nunca había subido, ni siquiera por curiosidad. Cajas y cajones amontonados. Roperos antiguos. Estantes medio llenos. Y objetos abandonados en desorden. Fue a esconderse en alguno de los rincones, y le brotó entonces la voz de muy adentro: “No me temas, quiero que me acompañes…” Puso cara de estupor. “Soy un enviado del viento, tu nuevo guía”.

1809. UNA NUEVA LECCIÓN

Aquel cuaderno era el destinatario de sus apuntes íntimos y por eso lo guardaba en el fondo de la gaveta de su mesa de noche, y esa vez no tenía ningún deseo de escribir nada, porque la semana había sido más monótona que nunca. Aun así, abrió la gaveta y extrajo el cuaderno. Para su sorpresa casi alucinante, las páginas estaban en blanco. Lo soltó, como si fuera un objeto peligroso. Y al caer abierto, todas las palabras reaparecieron. Entonces él se dio por satisfecho. ¿Para qué indagar, si lo mismo pasaba en su mente, que se quedaba en blanco cuando le daba la gana?

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (219)

1793. LE HABLO A USTED

Aunque con gran frecuencia no lo parezca, cada quien vive en su mundo, y ese mundo perfectamente personalizado casi siempre es irreconocible desde afuera. Él, que era en apariencia un ciudadano común sin ninguna nota diferenciadora, se había habituado a poner la mirada inquisitiva con creciente reiteración sobre lo que había dentro de él, que en su caso tenía la peculiaridad de ser un espacio deshabitado y cambiante. No en balde era conocido como un solitario sin accesos. Pero tal condición empezaba a hacer mella en su ánimo. Aquella tarde, sentado en un banco del parque, vio pasar a alguien que le pareció conocido. Se levantó, se le acercó y le preguntó: “¿Nos conocemos, verdad?” “Hombre, ¿y cómo no si yo soy un antepasado tuyo que anda de vacaciones…” Él lo estrechó con lágrimas. ¡Por fin una compañía segura!

1794. OFENSIVA INICIAL

Los ángeles existen y se hacen presentes, comenzando por el ángel de la guarda, que anda a la par de cada uno de nosotros en las buenas y en las malas, de día y de noche. Él era empleado de escritorio, y pasaba la jornada entera entre papeles, procesando pedidos, ajustando cuentas y enviando mensajes a los proveedores. El día había sido particularmente intenso, y la fatiga le atenazaba las coyunturas. Todos salieron a la hora, solo él se quedó, como si tuviera algo que concluir. Pero al estar solo se inclinó sobre el escritorio y se durmió. En el sueño, profundo por cierto, se le apareció el ángel. Lo supo de inmediato. “Necesitas vacaciones. Tómalas ya”. “Ayúdame con el jefe, que es inaccesible”. “Ya lo sé. Mi colega, su ángel de la guarda, quizás pueda hacer algo…” “¡Gracias, amigo! Ojalá que cuando yo despierte me tengas noticias…”

1795. MISIÓN DE MARIPOSAS

Como sabemos por experiencia cotidiana, el clima es hoy el subversivo por excelencia. Un subversivo que no se detiene ante nada y que deja en pañales a los subversivos políticos que han sido tradición. Ese año, la estación lluviosa había sido un catálogo de turbulencias tormentosas; y la estación seca, una secuencia de sequías polvorientas. La paciencia tenía que ser entonces un puente colgante sigiloso. Era sábado y ella, que trabajaba en una empresa de diseño de ropa imaginativa, quería ir a visitar el mundo vegetal, pero como era verano la naturaleza estaba desvestida. Se fue a la zona verde más cercana y se sentó a meditar en una banca de madera. Cerró los ojos, y cuando los abrió estaba rodeada de mariposas. Modelo perfecto para la próxima temporada de la moda, que se hallaba a las puertas.

1796. 23.ª CALLE ORIENTE

Alguna vez, un consejero esotérico le hizo una indicación enigmática: “Si no recuperas tu calle más vivida vas a permanecer vagando por los laberintos sin retorno”. No se atrevió a preguntarle lo que quería decir, pero el abejorro de la inquietud le quedó vibrando por los recodos de la conciencia. Pasaron los días y los meses y llegó noviembre, antiguo tiempo de vacaciones. El airecillo fresco andaba suelto por todos lados, agitando cuantos ramajes se ponían a su alcance, que en la ciudad no eran muchos. Salió a la calle, como si se dirigiera a la estación de buses más cercana, la que recibía las máquinas que iban desde allá por la iglesia de Candelaria hasta Mejicanos. Tomó el primer bus que pasó por su memoria, y apretó el timbre en la esquina de la 23.ª calle oriente. Estaba, pues, ahí, como todos los días. La ciudad del recuerdo lo abrazó por dentro.

1797. PRIMER ENCUENTRO

“¿Falta mucho para que amanezca?” La pregunta no iba dirigida a nadie en particular ni había nadie a quien pudiera ser dirigida. Entonces aspiró a fondo el aire del espacio aromado que le servía de estancia desde que se dispuso a disfrutar la vida al máximo, ya que estaba en el límite mental y sentimental de sus expectativas de siempre. La consigna era, pues, “ahora o nunca”. Y lo que ahora mismo venía era la salida del sol en un día muy diferente a todos los anteriores. Iba a verse por primera vez en persona con Wendy, a quien solo conocía por Facebook. Se vistió rápidamente y se acicaló con todo esmero. A la hora señalada se fue al cafetín previsto. Estaban desmantelándolo. “¿Aquí qué pasa?” “Demolición”. Se quedó mudo. ¿Y su encuentro? Ella estaba ahí, sonriéndole desde su silla de ruedas: “Soy joven y bella, no puedo caminar, pero puedo volar. ¿Me acompañas?”

1798. POR EL RETROVISOR

Venían de vuelta de visitar por primera vez aquel emporio de jardines incomparables llamado Gardens by the Bay, en una de las alas más próximas al centro vertical de Singapur. Había llovido la noche anterior y el ambiente se hallaba tiernamente impregnado de sensaciones animosas. Las imágenes de los jardines visitados les habían dejado la impresión de que se llevaban un nuevo refugio natural en la conciencia. Aquella noche, en su habitación de hotel ubicada en el piso 30, ambos soñaron con el mismo recorrido: venían en una barcaza atravesando el océano y de pronto se encontraban en tierra por un sendero en las vecindades del Domo de las Flores. Las orquídeas y los helechos eran los primeros en salir a su encuentro, y luego todas las plantas floridas se unían al recibimiento. Cuando despertaron, se dijeron en un murmullo sobre la almohada: “Tenemos otra familia”.

1799. CRUCE DE ANHELOS

Se conocieron en el kindergarten, y cuando salieron de ahí no volvieron a verse por muchos años, como si vivieran en mundos distantes. Pero un día de tantos, sin que hubiera indicio de lo que estaba por ocurrir, se encontraron en una de esas librerías que están en vías de desaparecer, porque ya casi nadie quiere leer libros en papel. Él estaba revisando los libros ubicados en un estante y ella los reunidos en otro. Libros de viajes. Novelas románticas. Él las novelas románticas y ella los libros de viajes. En un giro casi toparon. “¿Issa?” “¿Melvin?” Fue notorio el estupor convertido en abrazo. Fueron a pagar los respectivos volúmenes y se dirigieron al café más próximo. “Quiero leer ‘La novia del poeta’ me ilusiona…”, dijo él. “Y yo ‘Los viajes del destino’, quiero descubrirlos…”, dijo ella. Y ambos al unísono: “¡Armemos el paquete, pues…”

1800. EL INFINITO YA

Soñaba cada vez con más frecuencia en ir haciendo viajes espaciales, y en las vigilias sentía la creciente necesidad de alzar vuelo. Así llegó a un punto sin retorno: ya no supo distinguir la realidad de la ficción, y lo único que le quedaba era convertirse en alma en pena…

1801. CULTO AL OLVIDO

El confesor le indicó: “Hábleme de sus pecados para seguir la ruta de la absolución”. Y su respuesta fue simple: “No tengo pecados, porque todos se quedaron en el camino…”

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (218)

1783. MEMORIA DE DOMINGO

Cuando llegaron a ver el sepulcro recién ocupado la sorpresa fue mayúscula al constatar que se hallaba vacío. Se quedaron silenciosos, buscando respuestas, y la que surgió unánimemente era una frase con aliento intemporal: «El cuerpo convertido en ráfaga se escapó sin dejar huella». Y aquella frase tuvo el inmediato efecto de una orden, porque los presentes salieron de inmediato a recorrer los entornos, para ver si el aire les daba alguna pista. Así llegaron a aquel claro del bosque más próximo. Ahí otro alzó la voz: «Él está aquí. ¿Lo sienten?» Todos, de distintas formas, dijeron que sí. Y entonces fue unánime la exclamación: «¡Ha resucitado para ya no dejarnos jamás!…»

1784. CUANDO GIRA EL VITRAL

En el primer momento, los rostros de los presentes permanecieron impasibles, como si nada extraño estuviera pasando. El lugar, aunque muy concurrido, siempre se mantenía tranquilo, porque los habituales eran siempre los mismos: muchos hombres y algunas mujeres de la tercera edad, que iban ahí a distenderse un rato. Pero esta vez pasaba algo que no era común: había llegado un grupo de adolescentes que se estaban de seguro estrenando en las bebidas mayores. De pronto, cambiaron los papeles: los jóvenes se quedaron quietos y los mayores saltaron de sus asientos cuando se encendió la música pop. Alguien gritó: «¡Viva el cruce de caminos!»

1785. LA OTRA CARAVANA

La gente fluía por el camino pétreo con lentitud ceremonial. A diario se daba aquella concentración en movimiento, porque los habitantes de los entornos confluían hacia los centros de trabajo que se apiñaban en el corazón urbano. Aquel día, sin embargo, un pálpito diferente se movía entre los transeúntes. Uno de ellos hizo de pronto un gesto para que todos se detuvieran, y fue como si se diera una orden superior. No hubo palabras, pero la señal era inequívoca. Había que seguir, sabiendo que el destino estaba muy próximo. Todos lo sintieron, y ese justo instante el aire se animó como si los abrazara. El Señor hallaba cerca, en algún rincón de los alrededores.

1786. EN EL JARDÍN MÁS PRÓXIMO

«Te quiero regalar la flor más bella que encuentre», le dijo él, acercándosele hasta sentir su aliento cálido y aromado. Ella pareció no escuchar aquel ofrecimiento, quizás porque ya sabía que él era prometedor por naturaleza. Como era hora de volver a las respectivas aulas, se despidieron con una sonrisa y se fueron por su lado. Al día siguiente él apareció con una rosa incomparable. La llevaba envuelta en una leve gasa. Pero ella no llegó. Al terminar las clases, se fue a buscarla. Se encontraba sentada en una banca del parque más próximo. «¿Qué haces?» «Te voy a entregar la flor». Ella la tomó. «¿Dónde la encontraste?» «Aquí». Y se señaló el lugar del corazón.

1787. COMUNICACIÓN AUDIOVISUAL

Estaban en el cine, uno de los de entonces. Faltaban algunos minutos para que la función comenzara, y prácticamente todas las butacas estaban ya ocupadas. Era una película extraña, que anunciaba novedades del futuro. Como aquel aparatito que manejaba el protagonista: un teléfono manual que parecía saberlo todo. Al salir se dirigieron a la cafetería más próxima, como era costumbre. Ya ahí, se ubicaron en su rincón. Y entonces el leve timbre empezó a sonar. Era un teléfono igual al que había aparecido en la pantalla. Se miraron a los ojos mientras el aparatito seguía sonando. Él y ella se preguntaron: «¿En qué siglo estamos?»

1789. JUEGO DE CONTRASTES

Recordaba que su padre, ya cerca de la etapa senil, decía con frecuencia: «Me duele todo, hasta el pelo». En aquellos lejanos entonces, él se reía como si fuera una broma; pero hoy, cuando le estaba tocando llegar a ese borde de la edad, lo que le venía era un amago de rictus, quizás impulsado por el hecho contrastante de que a él no le dolía nada. Cualquiera hubiera dicho que era un privilegio de la buena salud, pero lo que le embargaba era la sensación de lo imprevisible. ¿Y si un día de tantos caía sin aliento y no volvía a despertar? Y así se volvió devoto del dolor, que es un compañero que aconseja y previene. Así, cada vez que lo sentía se ponía a sonreír agradecido.

1790. CRISTAL VIVIENTE

Sus padres trabajaban todo el día. Salían de madrugada y volvían de noche. Él entonces se acostumbró a una libertad que se intensificaba en períodos vacacionales. Y tal sensación le hacía sentirse un cristal viviente.

1791. HACIA EL OLIMPO

Era un creyente fervoroso en el alma feliz. Y por eso cada vez que le preguntaban hacia dónde se dirigía él contestaba: «Hacia el Olimpo».

1792. HOLA, ARROYO

Por las tardes, al concluir la jornada de trabajo como repartidor motorizado de productos alimenticios, se sentía satisfecho sin haber probado bocado durante el día. Era su rutina casi fantasmal, que nadie parecía advertir, ni siquiera su pareja, embebida en los melodramas televisivos, ni sus hijos, que ya eran adolescentes instalados en la nube. Y todos los días se escapaba de la pequeña vivienda de la manera más sigilosa posible, aunque en verdad nadie le prestaba atención. Y se iba hacia aquel distante predio baldío que daba a una pendiente cubierta de vegetación ríspida. Un día, uno de los hijos lo observó, levantando la mirada de la pantallita: «¿De dónde venís?» Él no dudó: «De estar un rato con mi mejor amigo». «¿Y quién es?» No hubo respuesta. A lo lejos, el arroyo dio un salto sobre las piedras.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (217)

1774. HAY QUE SABER SOÑAR

La temporada de lluvias nos tomó desprevenidos, y los planes que teníamos para el par de semanas finales de la temporada seca tuvieron que quedar en la gaveta, con muchos costos prepagados. Y es que aquel año el clima parecía haber perdido todo autocontrol, hasta el punto que el sol y las nubes parecían almas en pena. Y nosotros nos pusimos a la defensiva, por si acaso. Como de alguna manera había que aprovechar el asueto programado, nos sentamos en el corredor posterior para ver qué podíamos hacer. Nos miramos. La sonrisa se nos dibujó por dentro, y cuando salió al aire ya teníamos la manos unidas. No había necesidad de hablar. Ambos tuvimos al unísono la sensación de que el tiempo nos estaba invitando a una segunda luna de miel, en casa. Suspiramos emocionados. No hay temporal que por cielo claro no venga.

1775. DESPERTAR ENTRE PÉTALOS

Aquella había sido una unión arreglada por los progenitores, que eran grandes amigos desde siempre, allá en el vecindario de gente acomodada por tradición. Ellos, Marga y Fermín, crecieron juntos, pero sin que nunca surgiera entre ellos algún indicio de atracción sentimental. Se fueron a vivir a un apartamento rentado por sus padres, que de inmediato comenzaron a exigirles descendencia. Lo que estos no sabían es que ellos jamás se habían tocado. Pero de repente algo comenzó a cambiar en la extraña intimidad que compartían. Un amigo en común les regaló una perrita pastora alemana, y eso lo cambió todo. Ellos fueron donde sus padres y les exigieron una casa por pequeña que fuera pero con jardín. Y la primera noche mientras Alba dormía, ellos hicieron el amor. Y al día siguiente despertaron cubiertos de pétalos.

1776. AQUÍ ESTAMOS, A BORDO

«¿Qué será que el vuelo no despega, cuando ya tenemos más de una hora de estar ubicados todos los pasajeros y de hallarse el avión en la pista?» Se lo preguntó a la azafata, que le respondió con una sonrisa enigmática: «No se preocupe, estamos a tiempo». Ella miró su reloj de puño, que había sido el último regalo de su esposo recién fallecido en un accidente de motocicleta mientras se desplazaba a gran velocidad por un terreno montañoso. Siguieron pasando los minutos, y ella quiso distraerse un poco abriendo su laptop. Y, aunque no había entrado en Facebook, un mensaje le salió de inmediato al paso: «Gaviota, no te impacientes. El mar está picado, y es peligroso volar en este momento. Mejor duérmete unos minutos. Yo te cuido». Sí, era él, desde su nueva latitud. No hubo sollozo, sino suspiro.

1777. ALBOR CREPUSCULAR

El calendario se hallaba colgado en la pared y ellos lo tenían a la vista a cada instante. Pero esta vez el diálogo entre los tres –ellos dos y el calendario— tuvo más movilidad emocional.

— Como la vida avanza, hay que programar –dijo él.

— Pero si uno programa, se pierde la gracia de lo inesperado –acotó ella.

— ¿Y tú qué piensas? –se dirigió él al calendario.

La hoja que estaba expuesta se quedó impávida.

— Ya ves, el calendario nos lo deja todo a nosotros –sonrió ella.

— Nos trata como a adolescentes maduros –concluyó él, devolviendo la sonrisa.

Y el calendario también pareció sonreír como un maestro satisfecho.

1778. POR LA CALLE DE ZORRILLA

Desde que estaba en Madrid haciendo su Maestría en Letras Hispánicas iba a recorrer La Castellana casi como un rito. Compartía alojamiento con unos compatriotas que también estudiaban especialidad, y sin decirlo él anhelaba vivir solo. Muchas veces había pasado frente a la boca de aquella angosta calle que iba en ascenso por el Viejo Madrid; y el nombre de la calle era evocador: calle de Zorrilla. Ese día, soleado en pleno invierno, tuvo el repentino impulso de doblar hacia arriba, y al pasar junto al restorán La Ancha no resistió la tentación de entrar. Esa misma tarde inició la búsqueda de un pequeño piso en aquella calle. Cuando se lo comunicó a sus compañeros de vivienda, uno de ellos soltó la carcajada: «¡Ya apareció el peine! De seguro sos un Tenorio solapado, y hoy estás saliendo del clóset existencial. ¡Buen provecho, mano!»

1779. EN LA ESPALDA DEL CERRO

Los caminos nacían en las tierras bajas y tomaban impulso hacia arriba. Ahí, a la par de una quebrada que iba a disolverse en el río más próximo, el Guaicume, andaba él de la mano de aquella señora que parecía una figura de tiempos remotos, pero que hablaba como los personajes de las radionovelas del momento. A medida que avanzaban la vereda se iba haciendo más empinada y más sólida, como si el terreno se sintiera inspirado por la ascensión y anhelara llegar la cumbre para animarse al salto. La señora se detuvo y el niño que llevaba de la mano le preguntó: «Carmen, ¿ya llegamos?» «Sí, niño José, ya va a poder descansar en una hamaca». Y ahí enfrente estaba la choza rústica, que no tenía puertas ni ventanas. Se detuvieron. La vereda seguía subiendo, sin mirar hacia atrás. Ellos se quedaron ahí, y de seguro siguen estando ahí.

1780. ME LO DIJO JUAN RUIZ DE TORRES

Conocí a Juan sin proponérmelo, como ocurre casi siempre en el mundo de las letras que vuelan alrededor. No era aún la época de las redes sociales, y ya no recuerdo si él me envió alguno de sus trabajos o si yo le hice llegar uno de los míos. Lo cierto es que cuando contactamos, su energía creadora inagotable ya no dejó de sorprenderme. Tenía proyectos literarios a granel, y me invitó a participar en muchos de ellos. Un día de tantos, en el Madrid enerino, departíamos con nuestras respectivas esposas en la Vinoteca Barbechera, frente a la plaza de Santa Ana. Yo le pregunté de pronto: «Juan, ¿qué piensas hacer mañana?» Me miró con su expresión inquisitiva: «¿A qué mañana te refieres?» «Al único que existe: el que amanece y anochece». «Ah, pues entonces te respondo: «Voy a rasurarme, voy a salir a la calle y voy a escribir una línea, una sola…»

1781. ENTRE COMETAS

— ¿A ti cuándo te toca ir a recordarles a los mortales que existimos?

— Después de ti.

— ¡No me digas! Entonces puedes esperar sentado.

1782. HUELGA DE TAXIS

Era la noticia del día: «Los taxis de Madrid le han declarado la guerra al Uber y a sus congéneres». Y debajo una nota: «La guerra comercial ha bajado de las esferas globales a los laberintos urbanos».