Historias sin Cuento

AMNESIA IMAGINARIA

El vecino más notorio de los alrededores nos convocó aquella mañana para hacernos saber, a su estilo, melodramático por naturaleza:

–El otoño acaba de fallecer, y como es su costumbre se ha desvanecido sin dejar huella. Lo que está aquí es el primer respiro del invierno. ¡Brindemos por el frío inminente!

Y todos los que estábamos a su alrededor alzamos nuestras copas, que él acababa de llenar con vino proveniente de los viñedos más próximos.

Alguien advirtió entonces:

–Ya nos vamos, para cubrirnos con los abrigos que tenga cada quien a la mano. No queremos exponernos a los caprichos del clima. ¡Vámonos!

Un instante después, el lugar se hallaba sin ninguna presencia humana, y entonces hubo una especie de brote de señales luminosas, como si el aire quisiera hacerse sentir como protagonista del momento. Y aunque nadie podía oírlo, el pálpito dejó fluir su mensaje:

–Aquí estoy, ¿me recuerdan?

Todas las ramas respondieron, agitando las pocas hojas que les quedaban, y el mensaje podía traducirse así:

–Aunque no eres nuestro amigo favorito, te recibimos con toda la naturalidad que nos corresponde por el hecho de convivir en el mismo espacio y respirar el mismo aire.

En ese instante regresábamos y, sin saber por qué vía auditiva, percibimos el breve diálogo que acababa de suceder a nuestro lado.

–¿No sienten que el frío se ha vuelto de repente más intenso? –preguntó uno de los asiduos.

–Eso es pura percepción voluntaria –comentó otro, abriéndose el abrigo.

–Cuidado, que el invierno puede sentirse aludido…

–¿Y? Hagámonos los desentendidos para que los abrigos y las cobijas nos aguanten.

–Bueno, después de todo el invierno sólo se ocupa de sus cosas. Hoy debe estar alistando sus chimeneas, recorriendo sus roperos y dándoles atención a sus trineos…

–Ah, pues que se olvide de nosotros, y mejor vámonos a nuestro bar favorito para que nos renazcan líquidamente las buenas vibras. ¡Perfecta práctica para olvidar todo lo demás! ¿Saben quiénes me han enseñado esto?

–¿Quiénes?

–Los tres Reyes Magos, que después de cumplir su misión se van a tequilear al mismo lugar al que ahora vamos. ¡Que la memoria obsesiva no nos interrumpa!

SI ALGUIEN PREGUNTA POR MÍ

Había sido siempre un ciudadano común y corriente, con las responsabilidades y los hábitos que son característicos de tal condición. Pero de un tiempo a esta parte tanto los hábitos como las responsabilidades parecían estársele volviendo cada vez más imprevisibles, como si la libertad quisiera tomar control de su vida. Una libertad que apuntaba hacia el libertinaje. Los que lo conocían apenas lo notaban porque esos cambios direccionales se mantenían recluidos en su intimidad más estricta.

Hasta que aquella tarde sufrió un desmayo de origen desconocido ya cuando iba a dejar su escritorio de trabajo. Los compañeros de oficina corrieron a atenderlo, y llamaron de inmediato a sus familiares y también a una ambulancia que lo llevara al hospital donde se atendía a los asegurados. En unos cuantos minutos se hallaba en el área de emergencias.

Cuando concluyó el examen inicial, el médico de turno se acercó a él, que estaba solo en su cama, porque ningún familiar había llegado todavía.

–¿Qué me pasó, doctor?

–Aún no lo sé a ciencia cierta. Pudo ser una descompensación cerebral repentina. Hay que hacer varios exámenes.

–Yo sí sé lo que me pasó, pero le ruego que no se lo diga a nadie. Me distraje al volante.

–¿Pero cómo si usted estaba en su oficina, ya para concluir la jornada?

–Cuando me refiero al volante quiero decir: mi vehículo mental. Ahora mismo vuelvo a tomar la ruta, y lo haré con más cuidado. Las carreteras interiores son las más peligrosas. Y por eso si alguien pregunta por mí, hágase el desentendido. No quiero interrupciones en mi camino…

PASAR LA PÁGINA

Sam fue a buscar a su clóset aquella chamarra que le había regalado Susan en la Navidad anterior a su separación. Susan ya no estaba ahí, porque desde que tomaron en presunta armonía el propósito de reiniciar cada uno su camino, ella decidió retirarse y él decidió permanecer. Y desde entonces no había habido comunicación alguna, porque tampoco existía ningún vínculo para hacerlo. Buscaron en su momento tener un hijo, pero todos los embarazos se frustraron, y ese fue sin duda uno de los motivos de la separación concertada.

Ya con su chamarra puesta, Sam salió a la calle en dirección hacia el café que se hallaba justo a la par de la sala de exposiciones en la que Susan tenía montada su colección de cuadros más recientes; porque desde que tomó dirección propia, el ímpetu de la creatividad pictórica se le fue volviendo impulso vívido.

Llegó al café, y cuando atisbó que la sala inmediata se iba llenando de público, se escabulló hasta ahí como uno más, con la intención de pasar inadvertido.

No hubo ceremonia de inauguración, pero Susan se adelantó a decir unas palabras, y en lo que hablaba descubrió a Sam entre los presentes. Se interrumpió por un segundo, como si aquella presencia inesperada le trajera aleteos mentales ya prácticamente dejados en el baúl de los recuerdos.

Lo que dijo después pareció una ligera perorata de la que apenas se enteró. Tenía el pensamiento poblado de otras imágenes. El aplauso de los concurrentes pareció devolverla al plano de los hechos. Vinieron los saludos, y ella esperó que Sam apareciera, aunque ya no lo identificaba entre el flujo de concurrentes.

En una mesa rinconera estaban las bebidas y los bocadillos. Cuando se acercó a ese lugar tuvo a Sam junto a ella, con un libro en la mano.

–Hola, ¿qué haces?

–Aquí, mi tarea de los últimos tiempos.

–¿Con un libro? ¿Es tu nuevo libro? ¿Has vuelto a la escritura?

–No, este libro no es mío. Lo encontré por ahí, y me sirve para seguir en esa tarea…

–¿Cuál?

–La de darle vuelta a la página. No es fácil, porque algunas páginas se resisten…

–¿Quieres que te ayude? Quizás es eso podamos coincidir, y a lo mejor…

Y sus sonrisas coincidentes eran la novedad del día.

AMAR AL AIRE LIBRE

–¡Qué pregunta! El amor no da explicaciones.

–Es que yo no te pido explicaciones: sólo una respuesta en forma de monosílabo. Sí o no.

–Ah, pues entonces te voy a responder con un movimiento de cabeza.

Y ese movimiento, como sucede con todos los de su especie, se prestaba a interpretaciones. Ella se quedó impávida, como si estuviera gozando de la incertidumbre creada. Pasado un par de minutos, ella hizo su comentario:

–Hoy me toca preguntar a mí: Te gusta dejarme en Babia, ¿verdad?

–No fui yo el del gesto.

–Pero ese gesto me nació de muy adentro, de ese lugar al que sólo tú tienes acceso.

–Quiere decir que ese lugar existe.

–¿No lo sabías? ¿O al menos no lo imaginabas?

–Es que los ensueños personales nunca sueltan prenda.

–Bueno, si es así, ya te puedes dar por respondido.

–No es tan fácil, Melissa.

–¿Y qué quieres, entonces: una declaración de amor?

–Me encantaría.

–Pues ahí la tienes. Si algo se resiste a las palabras fáciles es el amor.

–¡Aleluya! Tengo el mensaje entre los labios, y está a punto de convertirse en beso. El beso a la intemperie para que sea más entrañable.

Historias sin Cuento

TORMENTA DE CRISTAL

Los visitantes habituales de este lado de la orilla estaban ya en el borde del agua fluyente, aguardando que el lanchero llegara a recogerlos desde la otra orilla. El día era uno de esos primeros del verano tropical, y en el aire se confundían constantemente los respiros aún húmedos y los soplos de calidez anunciada. Ellos sabían que era preciso tener paciencia, porque Melquíades nunca era puntual, y eso lo resolvía con un gesto de paisano envalentonado. Entretanto, iban pasando por ahí gentes conocidas y desconocidas, que saludaban y se iban de largo, hacia abajo y hacia arriba por las playas abruptas del río mayor que tenía un nombre emblemático: Lempa.

De repente, y como si apareciera por arte de magia, ya estaba llegando a la arena pedregosa la lancha conducida por Melquíades, y luego de que les hiciera un saludo puramente gestual los pasajeros fueron ingresando al vehículo tambaleante a pesar de que la corriente que iba suavemente hacia abajo a cruzar de manera sesgada frente a un paredón de lajas imponentes no tenía ningún sobresalto.

Uno de los que estaban sentados adentro comentó:

–Miren para allá: parece que va a haber tormenta. ¿Estás de acuerdo, Melquíades?

De nuevo un gesto de él que hubiera podido interpretarse como “Pregúntenle a las nubes, como discípulos agradecidos”.

Cuando tocaron la otra orilla, en la hacienda Jiboa, sólo unos segundos después, comenzó a desatarse una llovizna que los envolvió como si fuera una frazada de briznas voladoras. Y el más joven de los transeúntes dijo sin poder contenerse:

–Vamos a llegar empapados a la casa de la hacienda…

A lo que le respondió el mayor luego de hacerle una señal de despedida a Melquíades:

–Algo se quebró arriba, allá en lo alto del cielo, y lo que nos ha caído es un reguero de cristales. Algo querrá decir. Y antes de subir la cuesta persignémonos para dar las gracias…

Y en ese instante se detuvo la llovizna con un suspiro.

FARO A LA VISTA

Era campesino por tradición familiar, pero su ilusión de origen desconocido era ser marinero. Y aunque el mar estaba a corta distancia del cantón en que él había vivido siempre, apenas lo había atisbado desde uno de los cerros inmediatos. Cuando arribó a la adolescencia, los anhelos de horizonte líquido se le hicieron aún más entrañables. No se lo decía a nadie, pero lo sentía como una necesidad que estaba prendida a sus células mayores, las de la imaginación en movimiento.

La adolescencia es un brote de impulsos, y para él fue el despertar de la espuma, esa que llevaba escondida en el fondo de su conciencia desde el mismo instante en que ésta se le empezó a revelar. Una espuma salada e incansable, que le llamaba sin descanso.

Se fue entonces en dirección a la costa marítima, con la urgencia que caracteriza a los mandatos misteriosos y supremos, como si las voces interiores hubieran tomado ahora sí control de todos sus impulsos. Y cuando tuvo el mar abierto a la vista se fue directamente al área en la que había embarcaciones atracadas.

–¿Hay algún trabajo para un desconocido que quiere salir al mar al momento?

–Aquel barquito necesita un ayudante de motores. ¿Usté tiene experiencia? ¿Se anima?

Sin responder, corrió hacia donde le indicaban, tropezando con todo lo que le salía al paso. Y como no había disponible nadie más, le dieron la plaza. Él saltó de alegría. Sin ocuparse de ir a avisar a sus familiares, se instaló ahí, porque el viaje iba a comenzar en unos momentos.

El barco evidentemente era de los de antes, pero para él eso ni siquiera era advertible, porque no tenía ninguna información al respecto. En unos minutos estaban navegando hacia altamar. Él, inclinado sobre unos de los barandales de cubierta, observaba en éxtasis. Y de pronto vio algo que lo invitó a saltar sobre las estructuras metálicas: era el faro en la punta de la costa.

Saltó al aire, porque ahí estaba su nuevo hogar. Y las olas lo envolvieron, emocionadas.

HAY QUE SOÑAR DE PIE

–¿Me permite pasar, señor?

–Este no es lugar para indigentes, perdone.

–Ya lo sé, y por eso le pido permiso respetuosamente. Yo no soy un hombre que vive en la calle, sino que tengo una preciosa casa en las laderas más exclusivas.

–No me diga. ¿Puede comprobarlo?

–No a usted, que me ha rechazado sin conocerme.

–¿Y entonces a quién?

–A aquel guardián que está allá, mire, en la entrada principal. ¿Me permite llegar hasta él?

–Si me presenta algún documento que dé fe, con todo gusto.

–Aquí tiene.

–¿Y esto qué es?

–Lo que escribí ayer por la noche.

–Ay, señor, no quiera verme la cara. Este es un papel cualquiera con unas líneas mal escritas.

–Pero no ha leído lo que ahí dice.

–Es que eso es lo de menos. Yo lo que le pido es una constancia sobre usted.

–¿Y qué de seguro tiene un papel firmado y sellado?

–Bueno, es lo que establece la ley.

–¿Cuál ley?

–La ley de la sociedad.

–Ah, pues yo le estoy presentando algo superior: una hoja donde está escrita la ley de Dios.

–¿Cómo es eso? Usted está loco. ¿Quién se cree?

–Un enviado de Dios que viene a constatar que la tierra puede ser un refugio seguro.

OBRAS SON AMORES

Don Emigdio estaba en su rústico lugar de trabajo ubicado en la parte trasera de su casa suburbana. Era un artesano de vocación heredada, porque su padre, su abuelo y se seguro también su bisabuelo habían hecho lo mismo en sus respectivas épocas. Las artesanías buscaban reproducir los sueños heredados, y por eso las maderas procesadas parecían florecer en ruta hacia el futuro. Don Emigdio ahora tenía un solo nieto, porque el hijo murió en los últimos meses de la guerra interna, allá en 1991, cuando el nietro acababa de nacer.

Fermán, el nieto, recibió su nombre del comandante del grupo guerrillero al que perteneció su padre, y ahora también era artesano. El abuelo decía: “Fermán es un maestro de los de antes. Lo que yo le he enseñado es sólo una señal para que él camine hacia sus orígenes. Verdaderamente el que me enseña es él”.

Y fue entonces cuando Fermán conoció a Milagro, la maestra de parvularia que había llegado al cantón a trabajar en la escuela recién abierta.

–Usted es nueva, ¿verdá?

–Novísima, como la luna que se ve allá, detrás de aquel muro de árboles.

–¿Y cómo se llama?

–Milagro, para que vea.

–Ah caray.

–¿Y usté?

–Yo soy Fermán, un pinche artesano.

–¿Cómo que pinche? En la vida nadie es menos que nadie, salvo por su conducta.

Desde ese mismo minuto el enlace emocional se hizo presente, y ambos dijeron al unísono, con tonos diferentes pero con la misma intensidad:

–Hasta ver a Dios.

Y entonces pareció emerger de las respectivas conciencias una nueva artesanía, que tenía todas las características del destino compartido.

Frente a ellos, una pequeña plazoleta sin arriates ni bancos los invitaba a estar de pie, como si fueran transeúntes que necesitaran un momento de sosiego. Así lo tomaron, sin pensar en ello, y sólo unos minutos después estaban agarrados de las manos, perfectamente seguros de hallarse en la mejor estancia de sus vidas.

–Vamos a trabajar juntos, ¿verdad? –dijo ella, con su sonrisa más incitante.

–¡Claro: artesanías para infantes, como en el principio de los tiempos!

–¿Y eso qué significa?

–Que el amor es la Creación en movimiento… ¡Milagro en vivo!

Historias sin Cuento

DE VENTANA A VENTANA

Ahora que tenía enfrente aquel paisaje de habitaciones verticales sin fin visible, al menos desde su mirador personal, podía sentir en forma patente y entrañable lo que es estar inmerso en un vecindario accesible cara a cara; es decir, de cristal a cristal, sólo con el aire libre de por medio. Y eso era justamente lo que él estaba asumiendo anímicamente desde que llegó al lugar por obra de una casualidad que tenía en el fondo una vibrante resonancia de destino. Esa casualidad se había dado cuando sus padres escogieron la emigración como destino familiar, y se conectaron con el coyote que los llevó hacia el Norte a través de todos los desvíos azarosos imaginables. Al fin de cuentas, era la ruta soñada, pese a todos los tropiezos en el avance.

Las mañanas de domingo eran sus momentos favoritos, ya que entonces todas las ventanas del entorno, incluyendo desde luego la de él, tenían habitantes a la vista o al fácil alcance de la vista. Y en esta oportunidad la mañana presentaba de pronto signos fuera de lo común.

Allí, en la cúspide de unos de los edificios más cercanos, estaba brotando una humareda, de algún aparato productor de energía; y como la atmósfera se hallaba impregnada de friolentas ráfagas invernales, los humos eran aún más intensos.

Asomado a su ventanal recibió al instante una impresión de memoria escondida: ¡Sí, aquello era la presencia revivida de su volcán originario, allá en la cordillera a cuyos pies habían transcurrido los primeros años de su vida!

Cerró los ojos humedecidos por el recuerdo, y la escena de afuera se le reprodujo hacia adentro. La pregunta fluyó inevitable: «¿Dónde estoy, entonces?»

Y la respuesta se le fue atragantando antes de emerger sin palabras:

–En el encuentro de dos mundos.

Alrededor, todas las ventanas parecieron enterarse de aquel anuncio estrictamente personal, y de seguro si hubieran tenido manos disponibles habrían iniciado un aplauso de reconocimiento compartido.

PRUEBA SUPERADA

–¡Chantal!, ¿eres tú?

La aludida volvió la cabeza hacia quien le hacía la emocionada pregunta.

–¡Pablo, tú si eres!

La reacción mutua fue de alborozo. Habían sido años sin reencontrarse, y ahora, sin ninguna búsqueda específica, estaban otra vez frente a frente, con los aromas respectivos al alcance de los correspondientes olfatos y con el calor de los cuerpos en actitud de enlace. Las sonrisas se les iban convirtiendo en risas y las imágenes de la cercanía parecían pugnar por animarse al tacto. Sólo las voces, sin embargo, hacían de las suyas:

–Te busqué por todas las direcciones, sin importarme si alguna de ellas me estuviera llevando al fin del mundo…

–Ah, pues yo no me quedé atrás, porque las redes de la Internet se me hicieron escasas para seguirte la pista…

Y sin decir más tomaron rumbo hacia aquel barcito tequilero en el que habían pasado tantas veladas rebosantes de historias personales y de revelaciones imaginadas. Y en el trayecto hacia ahí, cada uno se hizo interiormente la misma pregunta: «¿Cómo fue que de repente nos perdimos de vista y luego de tanto tiempo estamos reencontrándonos como si nada?»

Y ya con las dos copas en la mano volvieron a mirarse a los ojos, hasta el fondo del ser, y las palabras fluyeron con efusión de manantial:

–Yo quise ir a probarme a mí mismo, para volver ya con todas mis dudas resueltas…

–Y yo te leí el pensamiento y me dispuse a lo mismo…

–¡Feliz reencuentro!

–¡Lo mismo digo!

EL SABOR DE LA FE

Cuando arribaron a aquella pequeña explanada que tenía un gran amate en el centro y algunos arbustos de flor desperdigados en los alrededores, ella suspiró hacia adentro como si quisiera que el aire le llegara hasta los más remotos rincones de su ser material y anímico. Luego fueron a ubicarse, como siempre, en un extremo, junto al resedo que albergaba su aroma favorito. Eran los primeros en llegar, y eso les hacía sentirse privilegiados por opción.

–Como no hay brisa, hace calorcito –dijo ella, despojándose del suéter que llevaba encima.

–Es cierto, calorcito del bueno –acotó, él, sonriendo con su picardía característica.

–Eso se va a saber cuando nos retiremos a descansar –murmuró ella con retintín prometedor.

–¿Descansar? ¿Y eso qué significa? –bromeó él con igual murmullo.

En ese justo instante los que siempre se reunían en aquel lugar empezaron a llegar, con la puntualidad acostumbrada. Ellos dos eran los que se anticipaban todas las veces, y eso era algo sabido y aceptado. En cada ocasión uno de los presentes tomaba la iniciativa de presidir la espontánea ceremonia, que no tenía nada de formal. Y esta vez le tocaba a él; pero él hizo un gesto de evasiva y le pasó la voz a ella, que nunca había hablado antes.

–Bueno, me animo porque esta es era de igualdad. Es lo que nos deberían enseñar las deidades supremas…

Uno de los presentes tomó la palabra sin pedirla, porque ahí eso no se estilaba:

–¡Pero si eso es lo que nos enseñan nuestras deidades vegetales!

Todos hicieron un gesto de reverencia, inclinando los rostros hacia el pecho. Y en ese segundo sopló un impulso de brisa que removió los ramajes del amate mayor y de los arbolitos cercanos, haciendo que los aromas despertaran. Y en la brisa venía también un aleteo de llovizna que cayó sobre todos, yéndose a alojar en los labios. Todos saborearon la humedad inspiradora, que fue el don de aquel día.

El aura de tal experiencia se difuminó en el ambiente, dejando una impresión plenamente compartida de que las raíces, los troncos, las ramas, las hojas y las flores cumplían su misión religiosa con nitidez incomparable.

PRIMAVERA INVERNAL EN EL MET

Las lámparas ubicadas en los extremos de la gran sala comenzaron a subir, como señal de que la función estaba por comenzar; y en segundos se abrió el escenario, con la magnificencia característica. Giacomo Puccini ya estaba ahí, con fragmentos inolvidables de tres óperas creadas sucesivamente en el tiempo: el primer acto de La Boheme, el primer acto de Tosca y el segundo acto de Turandot.

Ellos se encontraban ubicados en la fila U, dispuestos emocionalmente a recoger aquel flujo de armonía como un saludo amoroso del tiempo. Y para más beneficio se hallaba presente la voz de Anna Netrebko, la soprano rusa incomparable.

El momento fue mágico, y las armonías largamente conocidas y revividas los envolvieron una y otra vez, dentro del aura creada por las fantásticas escenografías de Franco Zeffirelli.

Luego de tres horas y cuarenta minutos de actuación intensamente vocalizada y de intermedios prolongados para poder ir cambiando los impresionantes escenarios, el vigoroso aplauso final selló la experiencia. Era, pues, momento de salir a la gran plazoleta frente a The Metropolitan Opera. Y el frío amable, inesperado aquel último día del año en la atmósfera de Nueva York, estaba invitándolos a volver a su refugio gozoso, allí junto al amplio ventanal del piso 11 sobre la 2ª. Avenida y sus entornos arborizados en cemento y en metal. Él y ella caminaban hacia la calle congestionada de vehículos con todas sus energías animadas por invitación de don Giacomo, el productor de armonías perfectas.

–Pero vamos antes a ocupar nuestra mesa en Lusardi´s, como siempre antes de la gran medianoche.

–¿Medianoche? ¿De qué hablas?

–Del momento en que el año termina y el año comienza.

–¿Y quién dice que eso pasa en la medianoche?

–Nuestro mejor instructor: el tiempo.

–Pero antes vamos a casa, a lavarnos las manos.

–¡Perfecto: para que el nuevo año nos reciba sin ninguna culpa!

–Jajá.

Así lo hicieron, y unos minutos después cruzaron la calle para llegar a Lusardi´s. Ya en su mesa, se tomaron de las manos:

–Vamos a brindar.

–Ahorita con vino tinto y después con champán.

Y en aquel instante se apagaron todas las luces, y cuando volvieron a encenderse lo que había alrededor era una escenografía al estilo de Zeffirelli. Y ellos, al unísono:

–¡Aleluya, y que el año que entra sea una nueva obra de Puccini!

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PROEZAS DEL DESVELO

Eran ya tres hijos que habían llegado en secuencia cronológica perfecta, y ahora ya tocaba el arribo del cuarto, que por acuerdo de los progenitores sería el último. Los tres anteriores tenían dos años de diferencia entre sí, y los nacimientos se habían dado en meses inmediatamente sucesivos: julio, agosto y septiembre. Al cuarto, pues, le tocaba octubre. Y para cumplir al punto con las fechas designadas, la concepción debía producirse en enero.

Había pasado el Año Nuevo, y el mes comenzaba a avanzar con el paso rápido que hoy acostumbran los tiempos. El padre de ella sólo miraba a la hija directamente a los ojos; pero la madre sí hacía observaciones al respecto, a su estilo sesgado:

–¿Cómo va la cosa, cariño?

–¿Cuál cosa? –reaccionaba ella, con el retintín usual.

–La cuarta estación…

–Ay, mamá, quién te oyera…

Y así los días continuaban pasando, con la sensación de que lo hacían con aceleración creciente, como ocurre siempre cuando hay una tarea por hacer que no sólo depende de las voluntades puestas en juego. Y ya cuando enero estaba en su recta final, Melvin llevó a Alina al que siempre había sido para ellos el rincón favorito de la pequeña casa que compartían en el suburbio densamente arbolado:

–Alin, ¿está pasando algo dentro de ti?

–Lo dices por…

–No sólo por eso. Te he estado viendo ausente, como si no estuvieras aquí.

–Es que paso muchas horas en su búsqueda.

–¿Búsqueda de quién?

–De cuarto niño que aún no se deja sentir.

–¿Pero dónde lo buscas?

–Por todas partes, pero sobre todo en las noches, porque algo me dice que anda por ahí escondiéndose para que no lo encontremos… Quizás pretende ser un inconforme bromista de nacimiento. No quiere ser el cuarto, sino el primero.

–¡Ah!, ¿y qué te parece si lo buscamos juntos? –se rio él, abrazándola.

–¡Pero de prisa, porque el tiempo se acaba!

Las noches siguientes fueron de desvelo total compartido. Y lo más curioso fue que tal desvelo no les produjo somnolencia diurna, sino al contrario: una energía que parecía obra de magia. Y ya en la víspera del fin de enero ella amaneció casi desvanecida.

–¡¿Qué te pasa, amor?!

–Shhh, no me interrumpas. Estoy esperando que el niño despierte. Ya está aquí. Escúchalo. Pon tu oído sobre mi piel.

MISIÓN DEL TRAGALUZ

Se habían trasladado a aquella ciudad del Norte extremo con la ilusión de todos: lograr una mejor vida y asegurar un futuro más promisorio. El trayecto desde su lugar de origen hasta su nuevo lugar de destino tuvo todas las vicisitudes previsibles cuando se trata de un ingreso indocumentado, pero al final llegaron sanos y salvos, lo cual le agradecieron de inmediato a la Providencia encarnada en la Virgencita de Guadalupe.

Tuvieron casi de inmediato la suerte que muchos tienen que esperar por largo tiempo y a veces nunca llega: les salieron trabajos coincidentes con su experiencia anterior, él como conductor de autobuses y ella como trabajadora doméstica. Estaban rebosantes de alegría, y así se lo comunicaron por WattsApps a sus parientes que habían quedado allá abajo, en un población rural de la costa pacífica.

Era verano, y a pesar de que la temperatura del lugar, supuestamente cálida para el ambiente, era casi fría para ellos, se pusieron sus trajes veraniegos, comprados en una tienda de conveniencia, y así salieron a recorrer los entornos.

Era una comunidad de religiosos que habían dispuesto irse a vivir en el entorno de su iglesia, que era la única del lugar con aquella denominación. No preguntaron cuál era, y simplemente penetraron en el recinto que era muy semejante a una cueva de paredes terrosas con un pequeño tragaluz en lo alto.

Se fueron a sentar en un rincón, y muy pronto llegó a ponerse junto a ellos, de pie, un joven con aire sacerdotal:

–¿Qué vienen a buscar, amigos? –les preguntó con suavidad envolvente.

Ellos en un principio no hallaron qué responder. Sólo sonrieron, cohibidos.

–Ya me respondieron, no son necesarias las palabras. Pasen, pasen y ubíquense.

Fueron a acomodarse en un rincón, ahí donde la tierra tenía más olor a entierro. Un entierro con luz de amanecer. No tardó mucho en comenzar la ceremonia: un coro de seres de distintas identidades, pero todos ellos unidos por una aureola de terrenidad inocultable.

En algún momento, quién sabe cuánto tiempo después, ellos se preguntaron con las miradas:

–¿Y ahora qué hacemos?

Entonces cerraron los ojos y ahí vino la respuesta: el pequeño tragaluz pareció abrirse, como si estuviera invitándolos a la resurrección natural.

Todos fueron saliendo en fila y afuera no había ninguna señal sobrenatural. Al contrario, las gentes se comportaban como lo que eran: personas perfectamente comunes, y ellos en primera línea.

Después de esa experiencia tan fuera de lo normal, ambos tuvieron la sensación íntima de que pertenecían a esa comunidad desconocida en la que el culto no era a una divinidad sino a un encuentro con la tierra. Y desde el instante en que tal sensación se les hizo presente en las respectivas conciencias le dieron gracias a los poderes superiores por haberlos llevado hasta ahí para reconocer la plenitud de sus orígenes.

Y sólo les quedaba decir: «¡Gracias, tragaluz!»

OBRAS SON AMORES

El tiempo había roto todas las barreras y se derramaba por los alrededores con la voluntad espontánea de llegar a tocar los horizontes que estuvieran a su alcance. Eso lo sentía él como cosa propia porque desde que tuvo conciencia empezó a desarrollar el anhelo multifacético de programar su vida tal si fuera una aventura en el tiempo.

Cuando se lo contó a su novia Francine ella lo miró a los ojos como si no acabara de entender.

–¿Estás dispuesta a acompañarme?

Francine le tomó las manos:

–Yo contigo iría hasta el fin de los tiempos…

Todo estaba listo, pues, para el enlace, que se produjo en una soleada playa de última generación, con todas las amenidades costosas a la mano. Pero aquella tarde, sin decir agua va, se desató una tormenta con rayos y centellas, y la ceremonia y el agasajo tuvieron que escapar hacia adentro, a unos espacios que apenas daban para albergar a todos los invitados de pie. La vida en común estaba comenzando, entonces, con una broma pesada del tiempo.

Y desde aquel momento, incluyendo la luna de miel, todo comenzó a mezclarse en su vida y en sus vidas, como si el tiempo la hubiera cogido con ellos. Y la mezcla aludida apuntaba cada vez más hacia una intimidad que no hubieran imaginado ni en sus momentos de mayor ebullición de sentimientos. Lo estaban sintiendo, pero aún no se animaban a vivenciarlo, hasta el día en que todos los espejos de la casa parecieron confabularse para hacerlo ver.

Aquella noche, que ya apuntaba hacia el amanecer, se hallaban acostados en su lecho común, y él dijo de pronto, como si acabara de despertar:

–Voy a cerrar la ventana porque ya no tarda en salir el sol…

–¡Déjalo así, porque el sol ya salió!

–¿Y dónde está?

–Aquí –y tocó con el dedo la sien de él y la sien de ella.

Se abrazaron y se besaron tal si lo hicieran por primera vez.

Y aquello fue como el despertar que ambos, cada uno a su manera, habían venido dejando que les creciera en las mentes, y que hoy, en una insospechada manifestación de anhelos manantializados, se hacía presente para envolverlos en la mejor colcha de todas.

La aventura estaba empezando a materializarse de veras.

La aventura de soñar que al fin estaba convirtiéndose en la aventura de ser. Y el conductor de todo aquello había sido el amor, que es el eterno vigía visionario.

Ahora él podía entender a plenitud la respuesta que le había dado ella en el inicio:

–Yo contigo iría hasta el fin de los tiempos…

Los tiempos que caben en una almohada, que brillan en un ventanal, que alientan en una caricia…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (233)

1907. ALTAR SONRIENTE

En los bordes de los tejados vecinos los grupos de palomas que venían en bandadas a volar en torno se alineaban con disciplina impecable. Siempre juntas, como si fueran una comunidad monástica. Él, que era el habitante mayor en el edificio de apartamentos que se hallaba enfrente, se asomaba constantemente desde su ventana en uno de los pisos superiores a participar contemplativamente del rito que parecía programado por un maestro que no fallaba nunca; y el fiel cumplimiento de aquella contemplación le producía una serenidad que les daba alivio inmediato a los distintos avatares de una cotidianidad cada vez más poblada de sobresaltos. Pero llegó un día en que tuvo que preguntarse a sí mismo cuál era la identidad de lo que le producía tal sensación. Y del fondo de su propia experiencia brotó la respuesta: “Estoy ante el altar del aire que sonríe…”

1908. CAMINO DE POLVO

Desde que tenía memoria, su afición a caminar descalzo por las veredas del cerro vecino se había vuelto parte natural de su rutina cotidiana. Esto sólo podía hacerlo entonces en los fines de semana y en los tiempos de vacaciones, que eran cuando estaba en la casa de la finca donde vivían su madre y su padrastro. Pero todo aquello fue cambiando para él con el paso del tiempo: cuando ingresó en la vida universitaria desaparecieron las vacaciones programadas, y sus visitas al lugar se hicieron fugaces e imprevistas. Sin embargo, la atracción original seguía ahí, en una comarca perfectamente identificable de su mente. Y el desenlace llegó cuando se decidió a adquirir vivienda propia: regresó al lugar originario, buscó a Lucía, reemprendió con ella el romance de adolescencia, y la invitó a irse en un camino de polvo, descalzos ambos, hacia el futuro.

1909. UN RESPIRO INEFABLE

La casa familiar se fue vaciando en corto tiempo, a partir de la hora en que sus padres dispusieron separarse luego de muchos años de distanciamiento progresivo. Ambos tomaron cada quien por su lado, porque los hijos ya estaban en edad de manejarse por su cuenta. Bueno, salvo él, que era el único graduado universitario pero no sabía cómo administrar su cotidianidad. Él se quedó en la casa, solo y en plan de indigente con recursos. Sólo salía a comprar algunos comestibles y, muy de vez en cuando, piezas de vestir. En verdad, sólo contaba con la compañía de su ventana, que abría muy de vez en cuando. Era como un ermitaño constipado de soledad. Pero un día recibió un regalo sin enviador ni destinatario. El bote con una sustancia para fumigación fragante. Y entonces recordó que existe el aire puro y se fue al jardín más próximo a reconciliarse con él.

1910. LA SOLEDAD ES UN ESPEJO

Sus padres casi se lo preguntaban a diario cuando era un adolescente a punto de concluir su formación secundaria: “Hijito, ¿qué querés ser cuando seás grande?” Y él, ya por costumbre, se quedaba mirándolos sin responder. Sacó su bachillerato y era la hora de elegir carrera universitaria, pero entonces les avisó a sus padres: “Me voy a ir unos cuantos días como turista de mochila. Ahi me comunico con ustedes en el trayecto…” Ellos no hallaron qué decir, y él se fue de inmediato. Pasaron los días y las semanas. Los padres comenzaron a inquietarse, pero en eso reapareció. Parecía otro. Vestido de traje oscuro, con gesto de joven emprendedor y mirada de adulto inminente. Ellos indagaron por su actitud. Él respondió: “No se extrañen. Fui a terapia conmigo mismo. La soledad es un espejo que gira hacia el interior…”

1911. QUE HABLEN LAS HOJAS

Todas las palabras se quedaban en vilo cuando aquel señor de misterioso porte aparecía en el umbral. Aquella tarde, ya con la claridad solar en retirada, el sitio de reunión, rodeado por un amplio boscaje, se hallaba prácticamente vacío, y eso le daba a la ocasión un tinte de originalidad a la vez sutil y comprometedora. Sólo había un par de jóvenes sentados sobre la alfombra, que mostraban la actitud de los iniciados incipientes. Ellos parecieron no advertir la presencia del señor, y él, sin darse por aludido por aquella inadvertencia, fue a ubicarse en su atril, se despojó de su chamarra y abrió el libro que estaba dispuesto. Comenzó su disertación trascendental, pero ellos no se dieron por aludidos. Al final, el señor les pregunto: “¿Qué les pareció el mensaje?” Ellos no disimularon su opinión: “Nosotros sólo escuchamos el mensaje de las hojas…”

1912. SERVICIO SUPERIOR

“¿Qué te pasa, amor?” Era la pregunta de siempre, y él respondió también lo de siempre: “Nada que no sea mi realidad”. Ella entonces simuló un aplauso y lanzó su frase favorita: “Eres el rutinario más original que existe. ¡Bendiciones!” Se abrazaron y ya estaban dispuestos a salir al aire abierto a buscar el lugar más propicio para tomar sus bocadillos vespertinos. Aquel restaurantito con terraza que era posición ideal aquella noche de luna creciente. Les dieron su sitio favorito, y no había nadie en las mesas aledañas. Ya ubicados, pidieron una copa de vino tinto, y él tomó impulso para sincerarse: “Debo confesarme contigo: mi realidad me impulsa a tomar mi camino en solitario. ¿Comprendes?” Ella le tomó mano, emocionada: “¡Amor, estamos en la misma onda! Si nuestros caminos se encuentran, el aire lo dirá!”

1913. LA CORBATA GRIS

Fecha de la boda estaba cada día más próxima, y los preparativos se aceleraban al mismo ritmo. Los contrayentes eran contrastantes: él, un vagabundo que se había convertido en emprendedor; ella, una bailarina que había derivado en promotora de modas. Sus personalidades, sin embargo, coincidían en algo muy básico: el ansia de notoriedad. Así las cosas, llegaron a los umbrales del compromiso definitivo. En uno de los días inmediatos había que definir los últimos detalles. Y él se centró en uno que parecía insignificante: la corbata de su traje. “Es smoking, pero yo voy a llevar mi corbata favorita. La gris que me regaló mi abuelo, que fue la primera que usé en la vida”. “¿Gris?”, preguntó ella con gesto desabrido: “¿A quién se le ocurre? Puede ser hasta de mala suerte”. “Entonces, aquí lo dejamos. Gris o nada”. Ella dio la vuelta. Adiós.

1914. INMEMORIAL FIDELIDAD

La estación lluviosa se estaba iniciando y las siembras comenzaban a multiplicarse en los entornos. Era una planicie propicia para ello, y en las pocas viviendas rústicas que había en el lugar también se activaban los huertos hogareños. Todo parecía exactamente igual a lo ocurrido por costumbre en aquella época del año, pero un curioso habitante emergía sin que nadie pareciera advertirlo. Era él, el retoño de la planta exótica que sus dueños trajeran de muy lejos hacía unas pocas semanas. Estaba habituándose al clima y a la compañía. Y si le hubieran preguntado habría respondido: “Voy a crecer hasta las nubes para atisbar desde aquí mi jardín de origen”.

Historias sin Cuento

REGRESAR AL FINAL

Hizo todos los esfuerzos mentales y disciplinarios para obtener su grado académico al más alto nivel. Era esforzado por naturaleza, y tal condición estaba presente en todos sus ejercicios de voluntad, del tipo que fueren. Bueno, salvo en un punto: le era imposible, y siempre le había sido, controlar los impulsos del sueño, independientemente del lugar donde estuviera.

Sus familiares más cercanos ya estaban tranquilamente al tanto de tal condición y por eso la pasaban de largo sin ningún signo de alerta. Y sus amigos de siempre también. Bueno, salvo uno: el artista en cierne que conoció en una exposición de sus grabados imaginativos, ya que él también insospechadamente había empezado a sentir la vaga tentación de entrar en una de esas rutas creativas.

Ese amigo nuevo le dijo un día:

–Franz, tú eres un reconocido profesional de una de esas ingenierías de última moda, pero no creo que estés en lo tuyo.

–¿Y qué es lo mío? –le preguntó él con curiosidad casi inocente.

–Otra ingeniería, pero de las antiguas en el tiempo: la de las construcciones interiores…

–A ver, a ver, barajámela con más lentitud…

–Te lo digo con una sola frase: ese sueño que te persigue es tu propia búsqueda hacia adentro…

–¡Hombre, hablá claro!

–Aterrizo, entonces: ¿Qué te parece si intentás escribir tus memorias?

La risa se le volvió inevitable:

–¡Pero hombre! ¿Y qué tiene que ver el sueño con mis memorias?

–Eso es lo que vas a descubrir si te animás…

Unos cuantos días después, los dos amigos se encontraron de nuevo, y esta vez en el pequeño estudio del pintor imaginativo, y ahora por decisión no anunciada del novel ingeniero casi renunciante a tal ruta de vida.

–¡Hola, Franz, aunque no me avisaste que ibas a venir, sos bienvenido! Yo aquí paso, en intimidad con la imaginación…

–Quería decirte que ya estoy haciendo mi propio experimento. ¿Querés verlo?

–Sí, cuando querrás…

Entonces Franz comenzó a desvestirse y a enfundarse en una túnica que llevaba en un pequeño dispositivo. Luego buscó un rincón y ahí se tendió contra la pared en posición fetal. Unos segundos después, dormía profundamente, pero casi de inmediato se incorporó sin abrir los ojos. Y empezó a caminar como lo que ahora era: un sonámbulo.

El amigo se ubicó en un asiento próximo a contemplar la escena. Franz se sacó de algún hueco de la túnica un delgado cuaderno. Y en su momento se lo extendió a su amigo. Era el instante de despertar.

–¿Es tu diario?

–Adivinaste. Son mis recuerdos puestos en el papel…

–¿Y por qué no los estás escribiendo en la compu?

–Ah, porque recuerda que yo soy un ser de otro mundo mental, que deambula por su pasado y por su presente con toda la libertad del mundo. ¿No es lo que me auguraste?

Y ambos se abrazaron, como los hermanos inverosímiles que ya eran.

OTRA COPA, POR FAVOR

Cuando se trata de celebrar un acontecimiento tan entrañable como es el aniversario de bodas, lo que se impone como ilusión cumplida es hacerlo bajo la iluminación lunar. Y precisamente aquella vez su aniversario coincidía exactamente con la luna llena. Era, pues, una ocasión más que propicia para reverdecer laureles emocionales a la luz del generoso plenilunio.

Se preguntaron entonces con las miradas unánimes:

–¿A dónde vamos hoy por la noche?

Y la respuesta se dio por la misma vía:

–A la terraza de nuestro bar favorito.

Emprendieron camino de inmediato, y cuando llegaron al sitio lo encontraron cerrado, con un aviso en cartón sobre la puerta de entrada: «Clausurado por orden de la autoridad».

«¿Autoridad? ¿Y eso qué significa?», se preguntaron al unísono.

En un árbol vecino se oyó entonces un canto totalmente insospechado, porque estaban en pleno corazón urbano. Era un búho. Lo reconocieron, aunque era la primera vez que lo oían, y eso fue como una llave maestra para arribar al plano superior.

–¡Vamos, pues, al bar de los anhelos desconocidos a tomarnos una copa de inspiración sin límites!

–¡Vamos, que la noche es nuestra para siempre, como la vida en común!

BLACK FRIDAY

Por reflejo de lo que pasa en el Norte, las caudalosas ofertas comerciales del Black Friday estaban ganando cada vez más terreno. Y ahora también se empezaba a hablar del Ciber Monday. Y las experiencias al respecto iban de la mano con la sucesión generacional. Aunque, como siempre pasa, no todo podía ser previsible, porque como se dice por costumbre: cada cabeza es un mundo, que gira en su propia órbita. Así, pues, la casa de los Guerra Paz mostraba hoy su atmósfera propia, en la que las contradicciones parecían estar entrando en fase cada vez más surrealista.

Él, Ovidio Guerra, era la serenidad encarnada; y ella, Victoria Paz, representaba la adicción a los saltos en el vacío. Era, pues, como si sus respectivos nombres estuvieran invitándoles a la contradicción perfecta.

En ésas habían estado desde que se conocieron y muy pronto entablaran la relación permanente, que les surgió como un imperativo emocional irresistible. Ninguno de los dos se detuvo a reconocer la naturaleza posible de tal impulso, porque el sabor existencial del mismo era suficientemente vivo para que no prosperaran las preguntas dubitativas. Los jugos de la emoción pasional se les repartían por las venas como bocanadas de estación.

Y aquel día viernes, Black Friday, coincidieron en el impulso de ir a gastarse sus sueldos respectivos en los almacenes favoritos. Y por obra del azar se fueron de inicio a aquella tienda de vestimentas que estaban a un punto de ser disfraces, lo cual las hacía muy buscadas por los jóvenes del momento.

Anduvieron viendo perchas y estantes, como si peregrinaran por un mundo recién descubierto. Sus gestos faciales eran diferentes, pero de seguro venían de la misma fuente mental. Hasta que llegaron a aquel rincón. Ahí fueron directamente a lo que les captaba la atención con fuerza inefable:

–Quiero esta vestimenta.

–Yo, este juego.

Lo de ella, una especie de uniforme de batalla. Lo de él, un pantalón y una camisa flotantes, con simulación de alas.

Salieron de ahí con la emoción a flor de piel y a luz de labios:

–¡Aleluya!

–¡Aleluya!

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (21)

TENGO QUE DESPERTAR

Me lo digo a mí mismo, pero de inmediato el eco de estas palabras se me diluye en el interior, haciendo que los poderes del sueño se sientan intocables.

ENERO EN LAS COLINAS

Quiero sumarse a esa caravana de nubes que retozan entre las arboledas distendidas al abrigo del sol.

LA MEJOR CAUSA

Soltar al aire todas las fichas emocionales que quedaron guardadas en la laptop del año que acaba de escapar sin equipaje.

TERCERA GENERACIÓN

Desde el instante de nacer tuve una abuela dulce y una abuela amarga, y ese contraste vívido me enseñó a respirar con doble aliento.

CAMBIO CLIMÁTICO

Las azoteas abiertas son las más afectadas por la volatilidad hormonal de los aires vigentes.

REGAR EL JARDÍN

El único trabajo conocido de nuestro padre Adán fue dar garantía cotidiana de que su jardín tendría la humedad necesaria mañana y tarde.

CIBERATAQUE

Ocurrió al inicio del Séptimo Día de la Creación, y los misteriosos espíritus promotores lo que se propusieron fue borrar todas las evidencias del trabajo realizado en los Seis Días anteriores.

CONVOCATORIA SUBURBANA

Todos los árboles de los alrededores quisieran poder reunirse alguna vez en el predio baldío más cercano.

RESPUESTA CON MENSAJE

«¿Qué estás pintando ahora?», le preguntaban cada vez que lo veían por ahí, deambulando. Y él, que era un pintor surgido de la nada, siempre respondía: «El mismo cuadro de todos los días».

DOBLE FUNCIÓN

En los días soleados, la luz del cielo pone en evidencia su identidad más profunda: ser al mismo tiempo guía de caminantes e indicadora de refugios.

APUNTE AL MARGEN

Sabemos que todos los caminos llevan a Roma; lo que no sabemos es cómo hace Roma para albergarlos.

HORIZONTE CON ALAS

Debe existir alguno, porque a alguno de ellos se le tiene que cumplir el máximo anhelo.

PADRE NUESTRO

Más que una oración es un desahogo.

TERTULIAÍNTIMA

Cuando alguien llama a la puerta a deshora, todos los habitantes de la conciencia se ponen en guardia animosa, por si es el mensajero de los sueños realizables.

JARDÍN EN CASA

Los retratos de los miembros de la familia que están ya en otro plano se juntan sin que los veamos para revivir a diario y en estricta confianza sus experiencias vividas.

ACLARACIÓN NECESARIA

Dicen que ahora el tiempo vuela, pero en verdad lo que ocurre es que las horas se han vuelto gimnastas obsesivas y los días van saltando de tejado en tejado.

CUANDO LA SOLEDAD ECHA RETOÑOS

Nos corresponde hacernos partícipes de ese brote de signos en los que se revela la auténtica identidad de nuestro ser más íntimo.

SOBREMESA A LA LUZ DE LA LUNA

La noche viene a sentarse a nuestro lado para que compartamos los augurios del día por venir.

MAÑANA ES VIAJE

Y las maletas puestas en fila parecen estarnos recordando que amanecerá más pronto de lo que imaginamos.

OTRO CUENTO DE HADAS

Todo está preparado para emprender camino cuando la luz regrese; pero ella se hace la rogada y empieza a enviarnos WatsApps sobre los dulces juegos de la noche.

NINGÚN MISTERIO ES INOCENTE

Tendríamos que saberlo por experiencia propia, desde la alborada del Primer Día de la Creación.

CAMINOS DE POLVO

Se van haciendo menos cada día, y tal disminución se le adjudica al progreso científico y tecnológico. Pero la realidad de los hechos está haciendo surgir una pregunta que se cuela cada vez más: «¿Será verdad?»

UN ROSTRO EN LA PENUMBRA

Cuando se observa a alguien detenidamente en la tenue oscuridad, la difuminación de los trazos superficiales le deja paso a la identificación de las líneas ocultas.

SECRETO A PLENA LUZ

Toda ciudad que se precie de tal lleva una calle escondida entre los pliegues de su vestuario personal.

AYER EN EL BALCÓN

Hay golondrinas que se detienen un brevísimo momento para asomarse a la habitación más encumbrada de la casa.

EXPLICACIÓN ONLINE

Cuando algún espejismo nos visita acudimos de inmediato a la laptop para tratar de descubrir sus intenciones ocultas.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (232)

1899. DESDE LA VENTANILLA

¿Cuántas veces había hecho aquella ruta que lo llevaba al jardín de Britanny? Él lo llevaba todo apuntado a mano en una agenda que había estado guardada en el ropero de su abuela materna y que él encontró unos días antes de hacer su primer viaje al jardín imaginado. En esta ocasión el recorrido en el ACELA tenía un motivo muy especial, que vinculaba los años vividos con la solemnidad del clima. Era otoño, y los árboles ya se hallaban cubiertos de veladuras rojizas, de irrupciones amarillas y de remembranzas verdosas . En el camino, de apenas dos horas y media entre Penn Station de Nueva York y Penn Station de Baltimore, iba repasando sus palabras. Pero llegó y sobraban las palabras. Britanny lo esperaba con un agasajo de compromiso. ¡Por fin! El otoño observaba, sonriente, desde su ventanilla…

1900. SE ME EXTRAVIÓ EL ÁLBUM

Como todas las mañanas, desperté antes de que amaneciera; pero hoy hubo una diferencia inesperada: cuando lo hice era yo el que estaba envuelto en una aureola igual a la que se posa entre los árboles vecinos cuando el sol se hace presente. Me sentí a la vez ilusionado y angustiado, quizás porque lo único que estaba a mi alcance era aquella sensación de que todo puede pasar cuando se abren las opciones de lo inesperado. Afuera, la nubosidad seguía prevaleciendo, y eso me hacía estar a la expectativa. De pronto, una bandada de libélulas entró por la ventana y fue a ubicarse hasta en los más escondidos rincones. En ese instante, la emergente luz solar se apoderó de todo. Yo entonces me sentí compelido a dar mi propia explicación: «Queridas libélulas, ténganme paciencia porque se me ha extraviado el álbum…»

1901. CELEBRACIÓN FLUYENTE

Era 21 de noviembre, y la fecha tenía un efecto visual inescapable. Ese día, muy temprano, y con el otoño en marcha, llegaron al Hospital para que le practicaran a ella la operación programada. Él se quedó en la sala de espera, que daba a la calle y a un sitio arbolado. Ahí aguardaría los llamados correspondientes. El primero fue al cubículo de antesala, ya ella en su silla especial, mientras le aplicaban por goteo el líquido protector. Se la llevaron a la sala de operaciones y él volvió a la sala de espera. El segundo fue hacia el salón de recuperación, ya con todo concluido. El doctor les dijo: «Todo salió bien. Ya no hay catarata. Los espero mañana para retirar el parche». Esa noche, en su cuarto frente a la bahía de Baltimore, él le anunció: «Aunque sea otoño, de aquí nos vamos a las Cataratas del Niágara, a celebrar…»

1902. ¡FELIZ AÑO NUEVO!

Habían culminado los preparativos para llevar adelante aquella celebración que era la tradicional todos los años en el seno familiar. La mesa arreglada, las luces encendidas, la música dispuesta… El más expresivo de los organizadores preguntó, a su estilo: «¿Todo está puesto donde debe estar?» Y los que circulaban por ahí asintieron con sus respectivos gestos. Sólo faltaba dejar transcurrir los últimos minutos. ¿Minutos? Eso era lo que decía el reloj, pero algo muy distinto se dibujaba en el entorno. «¿Alguien falta?» «¡Sí, Luciano!» Luciano era el hijo menor, que se caracterizaba por ser el más servicial. Una hora después, y ya traspasada la medianoche, apareció Luciano, jadeante. «¡Perdonen la tardanza, pero es que el Año Nuevo andaba de escapada, y me costó atraparlo para que estuviera aquí, en su cena!»

1903. VOZ EN LA RUTA

«El otoño es mágico», acaba de decirme ella mientras el tren se desplaza por la planicie donde toda la vegetación ha cambiado de traje para estar a tono con la estación imperante. Los verdes han ido escapando cada día más de prisa y en su lugar están aquí los rojos y los amarillos en sus más atrevidos matices. Ahí, de pronto, y por los segundos que permite el tránsito rápido de la máquina, un árbol de proporciones ancestrales nos envía con su iluminación espontánea un saludo de fraternidad inspiradora. ¡Sí, vamos aquí, de regreso al nido neoyorquino, con las ánimas dispuestas a seguir adelante, luego de una prueba de salud que los artistas del Johns Hopkins Hospital han resuelto a su estilo. El tren se acerca a la Gran Manzana, y entonces ella me recuerda: «Si así es el otoño de la vida, vivámoslo al máximo!»

1904. PROEZA DEL DESTINO

Hay seres de agua, hay seres se polvo, hay seres de humo… Lo tenía claro desde que a muy temprana edad comenzó a tener conciencia de los matices humanos. Porque se trataba justamente de eso: de matices emocionalmente relevantes. Y por eso, cuando entró en la edad de las conexiones amorosas, lo primero que él tenía en cuenta era la identidad profunda de la persona, que casi nunca era un dato consciente. Y en eso llegó ella, Marigold, que arribaba con inspiración floral. Después de conectar con las miradas, ella le lanzó un dardo sonriente: «Soy nadadora, caminante y rescatista.. ¿Te suena?..» Él se quedó en silencio, como si revisara su cuaderno de pistas interiores. Y después de unos segundos le brotó la respuesta: «¡Eres la mujer perfecta: los elementos nos alumbran!»

1905. REALISMO INGRÁVIDO

Ayer hubo solsticio, y las hojas de los árboles vecinos, que eran una comunidad superpoblada, lo hicieron sentir con pálpitos ilusionados. Nuestro conocido era uno de esos personajes que se hacen sentir más por su ausencia que por su presencia, y en esta oportunidad eso tenía un significado muy especial: llegó a la cena a la que lo habíamos invitado en confianza cubierto con el abrigo de sus antepasados. Lo miramos con extrañeza, aunque lo conocíamos desde siempre. Uno de nosotros le susurró con una sonrisa: «El verano ya está aquí. ¿Te diste cuenta?» Él, que era un detallista compulsivo, nos miró con expresión casi desconcertada: «¿El verano? ¿Y eso qué significa?» Nos quedamos estupefactos, sobre todo viniendo de él. Y de inmediato lo entendimos. ¿Verano, invierno, humedad, resequedad? Ilusiones anímicas del aire. ¿O no?

1906. OBRA DE SÍMBOLOS

Era apasionado de los aromas, y en estos tiempos en que prácticamente todas las fragancias creadas para el uso se van volviendo usables por ambos sexos, tal adicción le era aún más abundante y cautivadora. Aquel día descubrió en la tienda Diptyque una loción nueva: Geranium Odorata. La adquirió de inmediato, y esa noche se la aplicó abundantemente para ir a cenar con ella, la mujer de sus ensueños odoríficos. Ella lo miró con ilusión instantánea: «Vienes como conquistador, ¿verdad?» Y él le tomó la palabra: «¡Es que soy un geranio reencarnado!»

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (231)

1891. ETERNO RETORNO

El velero se desplazaba sobre las aguas de aquel mar que sólo se sabía que lo era porque así lo caracterizaban los mapas. En cubierta, unos cuantos tripulantes iban atentos a los perfiles que se dibujaban en el horizonte. Y uno de ellos hizo de pronto el gesto anunciador con sonido emocionado: “¡Ahí está! Por fin llegamos”. Todos los demás le hicieron eco, apretujándose sobre la borda. Y uno de ellos dio la orden: “Hay que ir a avisarle, para que salga”. El más joven de los marineros lo fue a hacer de inmediato. Pero el aludido ya venía hacia arriba a paso rápido. “¡Ahí está la isla, señor! Montecristo lo aguarda. Es mucho tiempo desde aquel día”. No había dónde atracar, porque la isla seguía deshabitada. El Conde alzó los brazos, agradeciéndole al promontorio que estaba enfrente. Una bandada de gaviotas le daba la bienvenida.

1892. INOCENCIA CÓSMICA

Durante mucho tiempo se creyó que la tierra era plana, y luego se ha venido creyendo que la tierra es redonda. La ciencia da su dictamen en los tiempos sucesivos, y así queda abierta siempre la posibilidad de que nuevas imágenes vayan surgiendo en el devenir. Y ahora, cuando las imaginerías virtuales han ganado todas las iniciativas, hay que prepararse para cualquier cosa, por inverosímil que parezca. Él era un millennial ya casi a punto de estar incluido en la Generación Z, y tal temporalidad anímica lo movía a experimentar novedades. Así empezó a sentir por las noches que escalaba una pendiente con ramas interminables. Y su conclusión fue tajante: “La tierra no es una formación redonda sino una estructura vertical. Y para entenderla a fondo hay que ser un escalador sin miedo. ¡Comprobémoslo!”

1893. FELICIDAD EN CAMINO

Ella le puso una sola condición cuando formalizaron el entendimiento amoroso ya en ruta hacia las ceremonias civiles y religiosas: “Lo único que te pido es que consigamos una casita con jardín, porque si no hay hojas y flores alrededor me siento en el vacío”. El sonrió, porque ya la conocía, y dio su consentimiento inmediato. Ella reaccionó cuando él la llevó a conocer su nuevo hogar: “¿Casita con jardín? ¡Pero si este es una mansión en la cumbre!” Concluyeron todos los trámites y llegó la hora de la luna de miel. Ella puso otra condición: “Que esa luna sea aquí mismo, para que nos conozcamos con el aire que nos rodea”. Él volvió a asentir. Y aquella noche, desnudos, salieron a recorrer el entorno arbolado como si fueran fantasmas de cuento de hadas…

1894. LÁSTIMA QUE FUE ESO

Subió la escalera de caracol y se encontró con un ático dispuesto a todas luces para recibir a un huésped especial. No era lo que él esperaba, porque según lo que tenía previsto aquel era un lugar abandonado. Pero de inmediato recordó lo que la promotora de alquileres habitacionales le dijo cuando cerraron trato: “Puede ser que se sorprenda, y entonces me lo comunica”. Y, claro, estaba sorprendido, pero como era una sorpresa grata se le pasó por alto comunicarlo. Acomodó sus cosas y se dispuso al descanso. Fue a ubicarse en el camastrón clásico entre sábanas y colchas de gran tersura y de exquisito aroma. Se durmió al instante. Despertó con el día, y se encontró en un catre desnivelado, entre trapos sucios. “¿Pero qué es esto?” La voz sonó en su oído: “La realidad: lo otro sólo era un detalle de bienvenida”.

1895. DESTINO FINAL

Se lo preguntaba siempre: “¿Cuál va a ser mi lugar ideal para vivir?” Y esa pregunta nunca la exponía en voz alta porque sus condiciones familiares y económicas no daban para andar pensando en ningún desplazamiento. Desde su cuartito con techo de lámina y paredes de madera insegura podía, sin embargo, imaginar cualquier cosa, y sobre todo las que provenían de un pasado con cien imágenes y con mil vueltas. Cerraba los ojos y las imágenes se hacían presentes, sobre todo la de él, la de don Alonso, el originario de Lanzarote en las Islas Canarias. Su tatarabuelo, que quién sabe cómo había llegado hasta ahí. Y sin don Alonso había podido, allá en medio del siglo XIX, ¿por qué no iba a poder él, en los comienzos del siglo XXI? ¡Ya, se iría a vivir a una isla perdida en cualquier mar!, ¿y por qué no en el mar de la memoria?

1896. PARÁBOLA DEL BUEN CONSEJO

Por tradición familiar, la política parecía ser su destino prefijado, y eso lo ponía en una encrucijada: dedicarse a lo supuestamente predispuesto aunque no le despertara ninguna ilusión o desechar esa posibilidad aunque no tuviera otras opciones imaginadas. Así las cosas, tuvo el impulso de ir a consultar a Magnolia, la echadora de cartas que vivía a tres pasos de su casa y que había estado ahí desde siempre, aunque él ni siquiera la saludara en ningún cruce casual. Magnolia lo miró a los ojos con la baraja en la mano: “Tu suerte no está aquí sino aquí”. Y se tocó la sien con un dedo. Luego lo invitó a sentarse. “Pareces indeciso pero no lo estás. Y aquí tengo el Rey de Oros que te hace un gesto. ¿Entiendes?” Él juntó las manos. “Voy a peregrinar en mi propio camino. No sé hacia dónde pero con una compañía dorada…”

1897. EN EL ÚLTIMO MINUTO

Él era un peregrino que estaba reposando por algunas horas antes de seguir su caminata. Aquel era un refugio para transeúntes incansables, y en el fogón que estaba en el centro de la cocina las llamitas humeantes no descansaban ni un minuto. Él miró a su alrededor y descubrió una presencia inadvertida. No pudo evitar acercársele para hacer la pregunta de cajón: “¿Quién es usted, amigo?” El aludido giró su cabeza fatigada hacia él: “¿Yo? ¿No me reconoces? Hemos estado juntos a lo largo de todos estos meses… Creo que en verdad somos amigos…” Y a él entonces le cayó el veinte: “Ay, hombre, claro que sí. Sos el Año que se va, ¿verdad? ¡Brindemos por la despedida”… Y ambos se levantaron para ir a recoger un par de copas de vino en el barcito rinconero.

1898. FICCIÓN VIRAL

“¿Sabés cuál es nuestro principal problema de adaptación?” “Pues tendría que pensarlo un momento…” “Ah, eso es lo que siempre se dice para no asumir responsabilidades”. “¿Y entonces?” “Vamos al terreno de los hechos para no seguir divagando”. Y el terreno era un predio baldío en el que nada parecía capaz de sobrevivir. “Yo aquí me adapto muy bien”. “Y yo también lo hago”. Silencio cara a cara. Eran un ratón y una lagartija. Es decir, un par de humanoides sublimados. La historia viva podía reiniciar su curso.

Historias sin Cuento

RUTA DE ESCAPE

Su padre estaba a punto de retirarse de la conducción de la compañía de envíos internacionales que los abuelos habían fundado poco tiempo después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Eran tiempos de expectativas, y las nuevas rutas del mundo apenas iban asomando. Le tocaría a él entonces asumir, por mandato genético, el control superior del ente empresarial, que se había expandido al impulso de las dinámicas globalizadoras que se imponían cada vez más, sin que nada pudiera contenerlas.

El padre anunciaba su retiro cada vez que se le venía a la mente, y sobre todo cuando estaban reunidos en la mesa en los tiempos de comida, y a él esa sola referencia le quitaba el hambre, porque su intención original era dedicarse a recorrer el mundo como turista de mochila, condición que también se viralizaba cada vez más.

Hasta que llegó el día en que la amenaza iba a concretarse:

–Iván, este será tu despacho a partir de mañana. Yo ya hice todos los arreglos para irme con tu mamá dentro de unos cuantos días a un crucero alrededor del mundo. A gozar de esa libertad flotante a la que siempre aspiré.

Él no respondió con palabras, pero su gesto tenía la ambivalencia que era un susurro que estaba a punto de salir a flote.

–Nos reunimos mañana para afinar detalles.

«¿Afinar detalles? –pensó él, con un repunte de rebeldía interior–. ¿Pero qué importan los detalles cuando la realidad es un monumento de piedra?»

Y al día siguiente no se apareció, ni contestaba el celular, ni respondía el WhatsApp. Había desaparecido, y cuando pasaron los días y las semanas, el padre tomó su decisión: en vez del hijo mayor iba a ser la hija que venía después la que asumiría el cargo. Y para el padre, machista por excelencia, era una decisión dolorosa, que el ausente, desde su refugio en una de las buhardillas más pobres de los entornos, que era la antesala de su fuga para siempre, celebró con gran ilusión: «Más vale ser vagabundo sin nada que prisionero con todo…»

MISIÓN MILLENNIAL

A pesar de ser millennial en el estricto sentido cronológico del término, él era alérgico a todas las formas manuales de la tecnología de punta, y usaba aún cuadernos a rayas y plumas fuentes con tinta azul, como sus antepasados. Los que lo conocían y estaban a su alrededor ya habían asumido aquel curioso distanciamiento como algo natural en él, que en muchos sentidos parecía haber nacido en los años 40 o a lo más en los 50 del pasado siglo. Pero tal distanciamiento sin origen conocido estaba haciéndole mella en la interioridad anímica hasta el punto que se vio impulsado a acudir a la opinión de un experto:

–Doctor, ya le di a conocer mi círculo de enigmas y lo que le pido es que me indique alguna salida porque me siento cada día más distanciado del presente…

–Bueno, eso primero que todo habría que descifrarlo.

–¿Qué más quiere que le diga, doctor?

–Así, en síntesis, sus frustraciones y sus anhelos.

–¿Frustraciones? Ninguna que yo sepa. Anhelos, pues le confieso que no me he puesto a reconocerlos.

–O sea, vive usted en el limbo.

–Pues si usted le llama limbo al culto a las distancias, sí.

–¿Culto a las distancias? ¿Quiere decir hacia adentro?

–Exactamente.

–Bueno, pues tenemos que dibujar un mapa. ¿Se anima?

–A eso he venido, doctor.

En las sesiones siguientes las palabras fueron y vinieron. Él, tendido sobre el diván y con los ojos cerrados, iba recorriendo las distintas parcelas de su paisaje interior. Hasta que llegó a aquella casita que parecía abandonada. Sin moverse, penetró en ella. Y ese fue el comienzo de otra aventura.

El profesional acudió a la asistencia médica porque su paciente parecía haber quedado sin signos vitales. Llegaron los expertos y dieron su diagnóstico: «Está en coma, y habría que buscar de inmediato la causa. Hay que llevarlo a Cuidados Intensivos».

La familia, asustada y angustiada, pedía opiniones por doquier, pero la primera impresión se convirtió de inmediato en misterio indescifrable, hasta que llegó el momento en que vino la recomendación final: desconectarlo de todos los soportes externos y dejarlo que se fuera sin más.

Alguien lo dijo junto a él, en el cuarto donde permanecía desde hacía tanto; y en ese preciso minuto hubo una primera reacción espasmódica, de la que nadie se dio cuenta; pero cuando los encargados llegaron él ya estaba sentado en la cama, con todas las señales externas de hallarse plenamente consciente. La orden fue inmediata:

–Ha despertado el paciente número 20. Hay que hacerle sin tardanza los exámenes que determinen las medidas a tomar.

Se realizó la evaluación exhaustiva del caso, y lo indicado estaba ya por escrito:

–Hay que pasarlo a una habitación normal, y de ahí ver lo que viene.

Cuando despertó su primera petición fue inesperada, al menos para quienes lo conocían:

–Necesito mi laptop ya.

Se la llevaron en el momento, y él la abrazó, como si se tratara de un encuentro anhelado por largo tiempo.

–¡Gracias, gracias! Por fin he logrado llegar a mi punto de partida.

LOS COLORES DEL KARMA

Aunque hacía ya mucho tiempo que se hallaba integrado a su familia propia, la que formó con Olivia luego de un largo noviazgo juvenil, desde hacía algunos meses venía experimentando una especie de distanciamiento anímico con todo lo que estaba en su círculo de mayor cercanía. Y las personas eran la parte más viva de tal sentimiento. Hasta que el hecho llegó a ser tan notorio que Olivia se animó a preguntarle:

–¿Algo te pasa, verdad?

–¿A mí? Quizás, aunque los nudos nunca tienen una sola cuerda de origen.

–¿Y entonces?

–¿Tú no sientes nada?

–¿Quieres decir que puedo ser la otra cuerda del nudo?

–Bueno, quizás en el punto de encuentro está la causa.

–Lo que me dices es que estamos compartiendo un efecto…

–¿Cómo saberlo si no interiorizamos la sensación y luego la ponemos en claro?

Ella asintió sin palabras. En las horas siguientes había que emprender la experiencia. Y así lo hicieron, cada uno por su lado. Ella se fue en ferrocarril hacia su pueblo natal, en las montañas invisibles; y se quedó muy cerca de la casa en una posada para transeúntes.

Transcurridos unos pocos días, ambos se reencontraron sin ponerse de acuerdo en su casa de siempre. Era como si nunca hubieran hecho el experimento:

–¿Lograste tu propósito? –le preguntó ella.

–¿Y tú?

La pregunta cruzada se les graficó por dentro como la distensión del mismo nudo.

–Lo que conseguí fue identificar mi color interior.

–Ah, pues es lo mismo que a mí se me dio.

Se miraron directamente a los ojos, y esa mirada era una ruta de ida y vuelta. Una especie de bruma protectora estaba envolviéndolos.

–¿Y cuál es tu color?

–¿Y el tuyo?

Volvieron a mirarse, con un impulso de complicidad que les nacía de un centro de iluminación que nunca antes habían identificado. Y les brotó la risa con el mismo color de sus respectivos karmas, que estaban por primera vez a la vista; al menos a la vista de sus percepciones individuales.

Y no pudieron contener el impulso esclarecedor:

–Color amanecer.

–Color atardecer.

–Son lo mismo, ¿verdad?

–Si tú lo dices…