MARGARITA VINO AYER

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

MARGARITA VINO AYER

Y en cuanto abrió los ojos ella lo supo: aquel era sólo un destino provisional. Los que estaban a su alrededor, que eran el padre y la madre parturienta y un hermano un poco mayor ni siquiera podían imaginar aquella sensación en la mente anticipatoria de la recién nacida.

–¿Y cómo va a llamarse la niña? –preguntó el hermano con la curiosidad natural.

–Margarita, como ya lo habíamos acordado con tu mamá, porque a ella siempre le ha encantado aquel verso que dice «Margarita, está linda la mar…»

Al niño no le impresionó el nombre, pero sí la referencia al agua marina, porque su distracción favorita era jugar con la espuma, que estaba tan lejos de su casa.

Cuando Margarita pudo salir al aire, ya había llegado el verano, y los días despertaban resplandecientes. Ese sábado dispusieron la excursión, y de pronto, ahí, muy cerca, la inmensa superficie líquida se hizo presente. Arribaron a la cabaña de unos amigos, ubicada sobre una roca elevada al borde del agua, que se la dejaban a ellos cuando se iban de viaje.

Entraron en el penumbroso lugar, que en verdad parecía abandonado, y en cuanto estuvieron ahí, Margarita pareció tomar inmediata conciencia de ello. Se incorporó en los brazos del padre, que tuvo que hacer un movimiento protector.

–¡Qué precoz es esta niña! –exclamó él, y esa frase, dicha espontáneamente, iba a resumir la clave de su vida.

Desde ese momento, y aunque parezca inverosímil desde afuera, Margarita se apoderó de su ruta vital. Un día, cuando apenas acababa de cruzar los cinco años, miró a su padre intensamente a los ojos. Él de inmediato reaccionó:

–Sí, te entiendo. Vamos a tomar un crucero para viajar alrededor del mundo. Y en el puerto que tú quieras, nos quedamos. Después, Dios dirá. Para algo deben servir las fortunas heredadas.

Ella se abrazó a él, y él dijo en voz alta:

–¡Margarita, está linda la mar!

PASIÓN SAGRADA

Desde la infancia se hizo adicto a los videojuegos, e inmediatamente después, ya en la adolescencia, tal adicción se le extendió a todas la expresiones de la comunicación digital, hasta el punto de irse volviendo una especie de otro yo con doble destino, en el que el tiempo cotidiano era sólo una pieza en permanente movimiento. En su casa estaban ya preocupados por aquella simbiosis, hasta que un neurólogo de confianza los tranquilizó:

–Él es un adelantado. Y su destino virtual le permitirá todos los éxitos que quiera.

Pero en verdad no se veía claro. Cuando le preguntaban «¿Qué querés estudiar?», simplemente se quedaba impávido, sin responder. Y así seguían pasando los días, las semanas y los meses, como si nada fuera capaz de alterar aquella rutina de siempre. Los padres fueron entonces a consultar a un psiquiatra, que los oyó y les pidió que llevan al joven a su consulta. Al día siguiente llegaron con él.

–Hola, Néstor. ¿Cómo está hoy la red?

–No existe fuera de cada cabeza. Y dicen que cada cabeza es un mundo.

–¿Y el tuyo?

–Igual que el suyo.

–Entonces, ¿estás tranquilo?

–Sí como usted, desde su sillita giratoria.

El psiquiatra sonrió, y luego se puso serio.

–Es todo, señores. No hay nada que descubrir, porque el único que puede hacerlo es él, y ya se ve que ese descubrimiento es íntimo al máximo. No vamos a llegar ni a sus orillas.

Los padres se resignaron. Su hijo seguía igual. Y quizás así seguiría para siempre.

JUNTO AL BARRANCO

Las enredaderas estaban en su hábitat normal: sobre un muro de piedra, de ladrillo o de hilos de alambre. Uno de los ritos familiares, y no sólo de esta generación sino de varias anteriores, era vivir al borde de una pendiente, sólo con el muro como protección. Uno de los nietos, sin duda el más avispado, le preguntó una tarde al abuelo, mientras engullían la merienda vespertina:

–¿Qué vas a ser cuando seás grande, abuelo?

El señor se apoyó en su bastón y se incorporó lo mejor que pudo.

–¿Yo? ¿Cuándo sea grande? –reaccionó con una carcajada risueña–. ¿Qué me sugieres que sea?

–Pues yo diría que no te vendría nada mal ser astronauta… –respondió el joven provocativo.

–¿Yo? ¿Astronauta? ¡Me muero del aburrimiento!

–¿Y entonces?

–Pues a mí me gustaría ser constructor de puentes, aunque sea de puentes rústicos de los de antes, cuando yo era adulto…

–Ah, pues hoy es cuándo, porque ahora que eres adolescente de nuevo puedes tomar el camino que quieras…

–Vamos de ida y vuelta, ¿verdad?

–A mí no sé qué es lo que me espera.

–Lo mismo que a todos: vivir al borde de un barranco… Ese barranco que llamamos vida.

COLONIA CON HORIZONTE

Cuando la familia sintió la necesidad de instalarse en un lugar urbano donde los hijos pudieran tener oportunidades de estudio concordantes con sus aspiraciones de superación, los padres los reunieron a todos en el corredor posterior de la casita familiar que había habitado en el cantón desde siempre:

–Muchachos, vamos tener que irnos de aquí, para que ustedes sigan su ruta…

Eran tres niños al borde de la adolescencia, y se quedaron serios, aguardando.

–Y es tiempo de decidir –dijo la madre, como si hablara de algo intrascendente.

–¿Y para dónde vamos? –preguntó el menor de los tres, que era el más expresivo.

–A mí me gustaría irme a vivir a un cerro cerca de la ciudad… –apuntó el segundo de edad.

Y el mayor, como siempre, se quedó taciturno, pensando.

–Entonces, piénsenlo, porque la decisión no puede tardar mucho, porque los días vuelan…

Se dispersaron, y poco después, ante el silencio de ellos, la madre tomó la iniciativa:

–Nos vamos el próximo fin de semana. Preparen sus cosas.

Ninguno preguntó hacia dónde. Todo siguió como siempre. Y así llegó el otro fin de semana.

Los equipajes estaban en la puerta, aguardando el vehículo de transporte. Los cuatro, de pie, permanecían en silencio, como si se tratara de una espera con algo de misterioso.

–¿A dónde vamos? –se animó a preguntar el más joven como si hablara con una sombra.

En ese instante llegaba la camioneta lista para el traslado, y no hubo respuesta.

El motorista, ya cuando todos estaban adentro, indagó:

–¿Saben hacia dónde vamos, verdad?

El padre respondió con un gesto.

–Adelante, pues. No está muy lejos.

Nadie volvió a verlos en los días siguientes. Pero en algún momento un desconocido llegó a avisar:

–Los que viajaban en aquella camioneta se perdieron en el horizonte. No fue un accidente. Fue una escapada. Y la hicieron en vuelo. Si no me creen, busquen otra respuesta, y se quedarán buscando porque el horizonte no existe. Es una invención de soñadores…

ALBORADA

Era su primera noche en la nueva casa, y él, que había sido el promotor del cambio de domicilio, pensó que dicho cambio le traería una tranquilidad que había estado imaginando desde hacía bastante tiempo. Él dejó entreabierta la ventana que daba hacia afuera, con el ansia de aspirar el aire libre, que prácticamente no existía en el superpoblado vecindario anterior.

Se acostaron, cada uno en su lado tradicional de la cama, que era un camastrón de los de antes, que había sido regalo de bodas de sus abuelos. Pero curiosamente, él se tendió con los ojos abiertos y ella, en cuanto puso la frente sobre la almohada, se sumergió en una somnolencia que unos pocos segundos después era un sueño profundo.

El sol estaba ya brillando intensamente cuando ella despertó. Él no había pegado los ojos en toda la noche.

–Hola, mi amor –susurró ella, desperezándose.

—Hola. ¿Vamos a conocer los alrededores?

–Uhh, prefiero conocer los interiores…

Él, entonces, sonrió, como no lo había hecho en mucho tiempo.

Y abrazados se fueron sumergiendo en otro sueño: el de su reencuentro inmemorial. ¡Feliz aurora!

 


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