MISIÓN DE FE

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

MISIÓN DE FE

Iba a ser noche de luna, y como siempre en aquellas épocas del año lo que se estaba anunciando era un plenilunio inminente. El escultor de figuras religiosas había vuelto hacía muy poco a su rutina creadora, luego de varias semanas de estar en retiro voluntario, según él para limpiar la mente de imágenes intrusas, que en realidad eran una sola: la de Luciana, esa mujer que desde el primer instante le había sorbido el seso.
El retiro lo había hecho en una casa de campo en las montañas, donde sólo podía ver a unos cuantos vecinos que aparecían muy de vez en cuando. A Luciana le anunció su retiro, sin darle señales de dónde lo haría, y apenas explicándole que aquella era una limpieza mental necesaria, y que volvería muy pronto. Ella lo miró con incredulidad pero no cuestionó nada.
Cuando pasaron los días, en aquel anochecer de su retiro comenzaron a verse iluminaciones fuera de lo usual. Y es que en verdad era plenilunio. Él se encerró en su lugar de trabajo, entre todas aquellas imágenes que ya eran una comunidad familiar.
Muchos minutos después salió al aire libre y una imagen desconocida se le acercó sin previo aviso:
–Soy yo, Luciana, tu nueva imagen religiosa…
El se arrodilló, como ante una aparición sagrada.
–Entendiste el mensaje. Ahora ya sé que nuestro vínculo va a ser eterno.

ENTENDER EL MENSAJE

En este mundo cada vez más abierto y dado a las excursiones imprevistas en el terreno y en la imaginación, ¿quién iba a decirnos que nos vendría una invasión de cuarentenas con vocación de encierros compulsivos?
El monje se lo preguntó a sí mismo en silencio, mientras los asistentes a la reunión que se había vuelto costumbre inexcusable se acomodaban en los asientos rústicos de aquella capilla que no se animaba a reconocerse como tal.
–Les agradezco que sigan estando presentes pese a todo lo que pasa…
–¿Y qué es lo que pasa? –preguntó con sospechosa ingenuidad aquella dama recién llegada, de la que nadie conocía la identidad ni por supuesto el nombre.
Silencio con miradas cruzadas.
–Les pregunto, ¿qué pasa?
Alguno se animó a responder:
–Que estamos en encierro obligatorio, ¿no se ha dado cuenta?
Ella sonrió, como si aquella respuesta fuera una broma ingenua.
–Señora, ¿usted en que planeta vive?
Ella lo miró como si él fuera un alumno de kindergarten:
–En el planeta de los seres reales, en el que no asustan las provocaciones del misterio. Porque esto que llamamos pandemia, amigos míos, no es más que una broma del tiempo…
–¿Y las muertes que se suceden a diario en torrente indetenible, qué son: invenciones sin consecuencias? ¡Por favor!
Silencio cargado de respiraciones anhelantes. Y fue el monje el que se animó a responder:
–Dense cuenta, amigos míos, contertulios dignos de mi mayor respeto: esta experiencia nos está informando de que ya nada va a ser igual de aquí en adelante. Estamos dejando de ser autómatas de nuestra propia voluntad para pasar a convertirnos en inventores de espesuras desconocidas… ¿No es eso un privilegio de la evolución?
Se entrecruzaron las miradas. Y entonces se encendieron las luces alrededor. ¿Dónde estaban, entonces?
Ahí, en la antesala de los nuevos desvelos. ¡Feliz anuncio!

EVOCACIÓN MEMORABLE

Llegaron a vivir a aquella alde a perdida entre los cerros de los entornos cuando se esfumaron todas las reservas económicas heredadas y ambos, en sincronía impecable, perdieron sus respectivos empleos en las empresas donde estaban ubicados. Sólo había una opción disponible por el momento: emigrar a la cabaña abandonada que había sido de un tío que murió sin descendencia.
Aquello era una ruina, y la primera noche la pasaron entre escombros polvorientos y húmedos. Apenas se podía respirar. Sin embargo, en cuanto se reclinaron en la almohada arrugada y maloliente todo pareció transfigurarse. Se durmieron de inmediato, como si lo hicieran en un lecho de cuento de hadas. A su alrededor, el aire había adquirido de súbito una frescura indescriptible. Espontáneamente se abrazaron como nunca antes lo habían hecho, ni en la luna de miel. Y el tiempo empezó a fluir como una fuente mágica.
Por fin, amaneció, y ambos despertaron a la vez.
–¿Descansaste, mi amor?
–No lo recuerdo. Lo único que sé es que estamos juntos como nunca, y que mi mayor anhelo es salir al aire en igual unión…
Se incorporaron al mismo tiempo.
–¿Está lloviendo?
–No, sopla una brisa cálida.
–Entonces, vamos.
Adentro, todo se había transformado desde la noche anterior. Los escombros habían desaparecido, y daba la impresión de estar un refugio para personas pudientes. Había cuadros clásicos en las paredes y el mobiliario mostraba caracteres también clásicos. Ellos se miraron, y cualquiera hubiera podido pensar que estaban íntimamente asombrados de aquel cambio inexplicable; pero no era así:
–Ya ves, no se necesita un milagro para que la memoria recupere su destino…

VIAJE DE BODAS

Anselmo había sido su primer novio y Noemí fue en aquellos años su costurera favorita. Nada de aquello parecía tener nada que ver, hasta que con el paso de los días comenzó a dibujarse en la atmósfera de sus vidas jóvenes la imagen de un inminente enlace, y así llegaron al momento de las definiciones. Todo fue dándose de la manera establecida por la costumbre tradicional: fecha de ceremonia, elección de notario, templo escogido, decisión sobre el agasajo, planificación de la luna de miel… Y a ella le tocaba, desde luego, decidir sobre su atuendo de aquel día que ya se perfilaba en el horizonte inmediato.
Pero algo ocurrió que pareció disolver de un golpe toda esa normalidad. Tres días antes de la ceremonia nupcial, Olivia desapareció sin dejar señales ni rastros, llevándose su traje de boda. Muy poco después, las autoridades iniciaron la búsqueda, porque en estos tiempos todo puede pasar. Y nada. La desaparición era perfecta. Así fueron pasando los días, las semanas, los meses y hasta los años.
Cuando estaba por iniciarse el cuarto año de aquel silencio invisible, una tarde de febrero ocurrió algo a lo que en un comienzo nadie le prestó atención. En uno de los balcones del apartamento vacío de Olivia se vio colgada una pieza de ropa femenina con muchos encajes blancos. Y en algún momento alguien se detuvo a contemplar desde la acera de enfrente. Y de pronto se oyó decir en voz alta:
–¿No es ese el vestido de boda de nuestra amiga Olivia?
Anselmo fue avisado de la aparición de la prenda, y por curiosidad se acercó a constatar. Si, era el vestido de boda de Olivia. Noemí lo confirmó. Ambos fueron a tocar la puerta del apartamento, ubicado en el cuarto piso, en cuyo balcón ondeaba el traje. Tocaron y nadie respondió. ¿Qué pasaba, pues?
La curiosidad creció en Anselmo. Llegó al apartamento inmediato, y alguien abrió la puerta.
–Disculpe, ¿quién vive ahí a la par?
La señora que había abierto pareció desconcertada.
–¿A la par? Nadie.
–¿Está desocupado?
–No, pero ahí nadie vive.
–¿Cómo es eso?
–A veces, por las noches, aparece una señora, pero al amanecer ya no está. Por cierto, ayer me la encontré en el pasillo. Venía con un paquete que parecía un traje. Y por primera vez se dirigió a mí. Y me dijo: “Vengo a dejar este encargo. Si alguna persona le pregunta, dígale que ahora sí me voy para siempre…”
–¿Y dónde está el encargo? ¿Puedo pasar?
Entró, sin decir más, y se dirigió al balcón. En ese mismo instante, el traje de desprendió de la baranda, y alzó vuelo. Él se subió en la baranda y también se lanzó al aire. Y aquellos dos objetos voladores se fueron perdiendo en la lejanía, como si volaran a su destino…

 


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