INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (20)

MONTAÑAS DORMIDAS

Se hallan alrededor con todas las memorias familiares haciéndome sentir que Albuquerque estará siempre aquí para darme la misma bienvenida.

31 DE OCTUBRE

Halloween para mí no significa nada; para mí el 31 de octubre es el anochecer en que comienza la antigua vacación escolar que se repite entre los sueños.

NUBES EN ASUETO

Todos los días, al asomarme a la ventana, busco mis nubes preferidas, y con frecuencia están ausentes gozando de su día de descanso.

LUNA FUGAZ

Ella se siente eterna, pero yo estoy seguro de que a diario cambia de identidad. La de este día me mira de reojo y me susurra: «Al fin poeta».

ENTRE PALOMAS MENSAJERAS

El sol va zigzagueando como un desorientado vagabundo.

EL MAR ESTÁ MUY LEJOS

Bueno, es que me hallo ahora en el centro mismo de Nuevo México; pero los ecos de las olas me vienen a buscar día a día sin falta.

DESDE EL OCTAVO PISO

Los vecindarios son alfombras íntimas; las montañas reviven sus reposos descalzos; los pocos transeúntes nunca pasan de largo; las espesuras verdes se hacen criptas rosadas…

RICHARD Y JOHANNA

Están sentados en sus sillas cuando llego a buscarlos. Me miran y sonríen. Son mis dos bisabuelos con los que sigo hablando en lenguaje de señas.

TEMPLO AMADO

Sus paredes son ramas enlazadas. Sus vitrales son nidos de colores. Sus asientos son húmedas raíces. Y sus rituales son serenatas de grillos…

VUELOS POSIBLES

Lo reafirmo este día al pie de estas colinas abrazadas que no han dejado nunca de estar aquí y a la vez me acompañan en cada uno de mis pasos.

EL BUEN VECINO

Vive junto a la casa donde viví bajo la identidad de mis antepasados aquí en las vecindades de Albuquerque hace más, mucho más de 100 años.

ÁRBOL CON FRÍO

Lo percibo al sólo contemplarlo mientras camino por la calle solitaria, y de inmediato me animo a darle protección juntando alrededor los anímicos fuegos ancestrales.

CARAVANA DE LUCIÉRNAGAS

Viene avanzando desde siempre para cruzar a tiempo la frontera entre el crepúsculo y la noche.

IGUAL A ENTONCES

Porque los corazones, las sienes y los pulsos siguen siendo los mismos, sin importar lo que haga creer el calendario.

DEL EVANGELIOINMEMORIAL

La roca donde habita el ojo de agua es el mejor altar para poner en práctica las abluciones naturales.

ALGUIEN PASA A MI LADO

¿Será un cartero del pasado, un cibernauta del presente, un emisario del futuro?

PAZ INTERIOR

Es la que vive la ciudad soñada desde que el mundo es mundo.

RECIÉN LLEGADOS

No hay música ni tragos. No hay vítores ni palmas. Lo único que hay son gestos tímidos para que cada quien se ubique en el lugar eterno que le toca.

DESAYUNO EN FAMILIA

Puede ocurrir a cualquier hora del día o de la noche; pero en todo momento los presentes se ubican en los mismos puestos, dicen las mismas frases, desenfundan las mismas remembranzas…

LUNA NUEVA

Hay un desierto amable donde todas las tardes se inaugura una iglesia para que duerma sin temor la nueva luna.

TIERRA DE SABIOS

Esa en la que no hay fuegos afligidos ni manantiales desconfiados.

VOY A HABLAR EN AZUL

Cuando me lo propongo sin decirlo, mis palabras más fieles se quedan expectantes para que el cielo se anime a conocerlas.

LA PRIMAVERA ANÓNIMA

Cada año nos visita sin revelar su identidad pero dejando que circulen sin miedo todas sus energías aleteantes.

LO QUE DICE EL OTOÑO

Como no tiene residencia aquí, el otoño circula pidiendo albergue en todas las viviendas que le parecen amigables.

GRACIAS, VERANO

Pero no vayas a creer que nos tienes en tus manos sólo porque sentimos que tu fresca armonía nos toca el alma desde siempre.

INVIERNO MAGISTRAL

Porque cada año alguna de sus intrépidas tormentas se gana la medalla de los efectos zodiacales.

DESCALZO EN EL ARROYO

Me aventuro al revuelo juvenil de estas aguas para entrenarme en la prueba que viene: el salvaje heroísmo de las olas agónicas.

CIUDADANÍA FANTASMAL (25)

CUANDO LA ARMONÍA ASUSTA

La nostalgia es húmeda, aunque a veces nos reseque el corazón. Así lo había pensado siempre, y cada día estaba menos dispuesto a reconsiderar esa aseveración que le fue tan espontánea desde que tenía memoria.

Y en esta precisa etapa de su existencia, la humedad y la resequedad parecían haberse entendido como nunca antes. Eso le daba una comodidad anímica sin precedentes. Así se lo dijo a Mónica aquel día en que ella mostraba más señales de estar a punto de abandonar la vida en común. La respuesta de ella fue esperable:

–Yo no padezco de nostalgia, como bien sabes. Estoy hecha para sobrevivir.

–¿A qué?

–A todo lo que sea inútil. Como el amor sin futuro y el desamor con anhelo.

–¡Combinación perfecta!

–¿Qué quieres decir? –reaccionó ella frente a aquella respuesta tan provocativa.

–¡Que seguimos siendo la pareja ideal: presentes y ausentes al mismo tiempo! ¡Aleluya!

EL EXACTO DISFRAZ

Aquella antigua mansión había quedado deshabitada desde tiempo inmemorial, hasta el punto que nadie de los entornos tenía ni la más remota noción de quienes fueron los últimos moradores. Ahora se halla prácticamente en ruinas: al menos así parecía desde afuera.

Y lo que más llamaba la atención era que nunca se acercó nadie a ejercer derechos sobre la propiedad en abandono, ni las autoridades vecinales hacían acto de presencia. Y eso estuvo así hasta que un forastero desconocido apareció por ahí con su vestimenta casi harapienta, su mochila casi inservible y su apariencia intemporal.

Llegó directamente a la mansión y se instaló en ella, como si tuviera todo el derecho de hacerlo. Algún vecino se percató, y el rumor se hizo viral.

Pero en los días, semanas y meses siguientes nadie se percató de ninguna presencia. En algún momento, la situación comenzó a cambiar. Las autoridades municipales, seguidas por los vecinos, se hicieron presentes, como si hubieran recibido algún aviso. Ingresaron al interior. ¡Sorpresa insospechada! Adentro la mansión se hallaba intacta. Era un palacio de los de mucho antes. Y en su silla superior, el indigente convertido en potentado. Alguien se animó a decir: «Que nos sirva de lección: esta no es una aldea miserable sino la capital de un imperio desconocido…»

AMANECER ENTRE BRUMAS

El CEO de la compañía convocó a una reunión de directores y de administradores y les lanzó sin preámbulos un anuncio inesperado:

–Este es mi último día en el cargo. A partir de mañana me dedico a lo mío.

Todos se quedaron sin palabras, y él disolvió la reunión antes de que cualquier palabra tomara la iniciativa.

En efecto, al día siguiente el CEO no se apareció por el lugar, él que era la puntualidad personificada. Y es que aquella misma mañana, desde muy temprano, estaba ejerciendo su nueva puntualidad.

Iba a pie, vestido de caminante anónimo, por aquellos senderos polvorientos hacia la cumbre. Estaba por llegar cuando apareció la sencilla cabaña en un recodo arbolado. Se detuvo e hizo un gesto reverencial. En ese instante, el sol comenzó a revelarse a través de los cortinajes brumosos. Él lo interpretó como la señal anhelada. Penetró en la cabaña donde había vivido con su abuelo toda su infancia.

Estaba, pues, rindiéndole tributo a su origen. Nunca más saldría de ahí. La claridad y la neblina lo abrazaban, dándole la bienvenida.

MISIÓN DEL ESPEJISMO

Desde la adolescencia fue conocido como un ser eminentemente práctico, que no se dejaba seducir por las fantasías circulantes, que siempre van cambiando con el paso del tiempo. Y así llegó a la trepidante adolescencia, pasó a la primera madurez cargada de retos de supervivencia y se asomó al otro nivel de la evolución personal, ya con las primeras canas asomando entre los matochos oscuros.

Pero entonces la interioridad se dio una especie de licencia liberadora, como si toda su vida anterior hubiera estado dominada por mandatos insensibles. Y ese despertar de los impulsos imaginativos lo movió a retraerse de otra manera.

Acababa de entablar su primera relación amorosa ya con intención de permanencia, y la primera en enterarse de que algo estaba mutando en su ánimo fue ella, la pintora de imágenes que eran identidades desconocidas en formas realistas.

–¿Qué estás queriendo hacer, Adán?

–Lo mismo que tú: imaginar que la ilusión es lo más natural que existe…

–¡Ah, pues entonces tenemos intención de habitar el mismo Paraíso!

INVENTOR DE CREPÚSCULOS

Sus padres lo trataban como a un ser de otra galaxia, porque era hijo único y ellos tenían todos los recursos disponibles para rodearlo de una aureola de irrealidad que podía costar lo que se quisiera.

Él, que fue creciendo así desde antes de tener uso de conciencia, prácticamente no se daba cuenta de aquel artificio privilegiado, que sentía como lo más natural del mundo, hasta que los signos de la burla y del repudio de sus contemporáneos empezaron a llegarle con más fuerza. «Ahí va el ratoncito vestido de gaviota»… «Que se cuide porque los alacranes no perdonan»… «¡Uy, qué bebé más anciano!»…

Entonces le resonaba dentro del cerebro aquel mandato de superioridad que sus padres al unísono venían imponiéndole entre sonrisas y besos: «Tienes que ser un inventor de auroras, como la luz que todos los días despierta». Y el eco de ese mandato comenzó a fermentársele en el fondo de sí mismo, como una sustancia perversa de la que había que liberarse. ¿Pero cómo hacer para que no pareciera una rebelión injusta?

Al fin descubrió la fórmula. Dijo que había descubierto la vocación monástica, y optó por el encierro dentro de sí mismo: «Voy a ser un inventor de crepúsculos para no tenerle nunca miedo a la oscuridad…»

ALMAS EN DULCE PENA

Dicen que el amor a primera vista es lo más espontáneo del mundo, y así se ha venido creyendo siempre. Ellos, desde que compartieron aula y recreos en el kindergarten, lo experimentaron en mirada y en sensación propias. Cuando pasaron a la formación primaria ya no pudieron compartir la cotidianidad del estudio, y eso se acentuó al llegar la etapa secundaria. Luego la universidad los separó del todo, porque fueron enviados a diferentes países. Las comunicaciones virtuales servían de nexo, pero inevitablemente se fueron espaciando en el tiempo.

Pero el aire tiene su propia lógica virtuosa, y así se dio.

El vuelo aéreo del Aeropuerto JFK al Aeropuerto San Óscar Arnulfo Romero estaba lleno y ya se había cerrado la puerta de ingreso. Los pasajeros se acomodaban en sus respectivas ubicaciones, y en la fila 1 estaban ellos, uno junto al otro, sin advertirlo. Pero de pronto las miradas se cruzaron, como ráfagas atónitas.

–¡Eres tú, Inés!

–¡Eres tú, Lucio!

Las voces, las manos y los alientos se unieron. El milagro anhelado, aun sin proponérselo. Liberación feliz.

La nave alzó vuelo y ese fue el mejor augurio de su nueva vida.

CIUDADANÍA FANTASMAL (24)

DOBLE SEÑAL

Los primeros en llegar fueron los guardianes de la zona, con sus aperos de seguridad. El lugar tenía las características de un campo para distracción dominical.

Minutos después comenzaron a arribar los visitantes, y se fueron instalando en los espacios y en los rincones escogidos. Era lo que ocurría siempre.

Todo se desenvolvía sin novedad hasta que aquel jovencito apareció en su motocicleta como un bólido entusiasta. Los presentes reaccionaron con estupor.

–¿Quién es usted, joven? –le preguntó con imperio uno de los mayores.

–Soy un enviado de las potencias superiores para supervisar el ánimo de los próximos enfermos…

Todos reaccionaron con intensidad colérica:

–¡Fuera de aquí! ¡Fuera de aquí! ¡Salga, intruso! ¡Si no, lo sacamos a golpes!

Y cuando él partió en su moto explosiva, los presentes cayeron al suelo inertes.

SOÑAR SIN FILTRO

Se conocieron en una discoteca de las que estaban abriéndose, en la que el colorido sonoro le daba al ambiente una originalidad casi alucinante. Él era eufórico y ella era reservada, y quizás por eso hicieron clic, porque los contrarios se atraen.

Aquella misma noche salieron juntos hacia un destino compartido, y a su paso se iban cerrando puertas y ventanas. El silencio era entonces el mejor testigo.

A la mañana siguiente, salieron del lugar cada quien por su lado. Las sonrisas respectivas tenían el mismo color vibrante que imperaba en el lugar donde se conocieran. Y todo hacía creer que en unas horas volverían a encontrarse.

Pero eso no sucedió, al menos a los ojos ajenos. Tanto él como ella continuaron en lo suyo. ¿Y qué era lo suyo? Imaginémoslo, porque no hay forma de saberlo. Hasta aquella tarde en el parquecito del centro de la ciudad.

–¿Qué has hecho? –le pregunto él, mirándola a los ojos con humedad insinuante.

–Soñar sin filtro en mi pequeño mundo privado –respondió ella, sonriendo.

–¡Yo he hecho lo mismo a mi manera, y por eso estoy aquí! Vámonos para siempre…

AMALIA BAILA MAMBO

La camioneta que venía del Norte se detuvo en el parqueo de La Garita, y todos los viajeros fueron saliendo hacia sus respectivos destinos. Faltaba poco para el mediodía, y él, que era un niño a punto de ser adolescente, tomó camino por la Calle 5 de Noviembre, a toda prisa. Tenía que llegar a la hora.

Arribó a su casa en el número 220 de la 23ª. Calle Oriente, a tiempo para un par de bocados antes de salir hacia la función de las 2:45 p.m. en el Teatro Principal, allá al inicio de la Calle de Mejicanos, en el mero centro capitalino.

Era la hora en que abría la taquilla. Él subió los gruesos escalones y se colocó entre los pilares frondosos a la espera de que se pudieran comprar las entradas.

Sentado en su silla de madera esperaba el inicio de la función. Y todo se llenó de pronto de aquel ritmo que tenía nombre propio: Dámaso Pérez Prado. Un cubano de mínima estatura vestido siempre de traje formal, que ese día traía a alguien de la mano. Ella, la rumbera sonriente, Amalia Aguilar.

Pero alguien se interpuso como una fuerza irresistible: Adalberto Martínez “Resortes”, el coprotagonista alámbrico. Era “Al Son del Mambo”, y Amalia volaba alrededor…

DESENLACE CON ENLACE

Desde que tuvo noticia, externa o interna, de que sobre todas las estructuras corporales hay un aura que nunca deja de estar presente, sus reacciones personales se pusieron en guardia y cuantos se hallaban a su alrededor empezaron a sentir que él se iba convirtiendo en un ser indescifrable en muchos sentidos. Eso lo fue encerrando en una especie de cápsula de colores cambiantes.

Ahí apareció Romina, que nunca le había puesto resistencia al desafío de los

sentimientos. Se le acercó, lo envolvió y él parecía un animalito asustado que no tenía escape. Y eso hizo que aquella relación pareciera perfecta a los ojos de todos.

Hasta que la presunta perfección comenzó a languidecer, para luego desvanecerse.

–No me esperes, que no voy a volver.

–¿Esta tarde?

–No, nunca.

quien salió por su lado. Sin retorno, hasta el próximo encuentro en algún destino nuevo.

AZOTEA DESTINADA

Le costó mucho decidirse porque sus condiciones personales y económicas no eran ni nunca habían sido bonancibles, pero al fin, y sin que mostrara signos de ello de antemano, optó por irse a vivir solo por primera vez en un edificio antiguo del centro de la ciudad, que recién había sido rehabilitado para vivienda luego de largo tiempo de permanecer en el abandono.

Todo el tiempo estuvo conviviendo con su familia de origen, en aquella casa donde había corredores y jardín, y que se hallaba en el centro de la colonia tradicional que estaba viniendo a menos. Ahora, ya graduado y con empleo prometedor, iba en busca de su propio espacio, para ver luego si lo compartía.

Escogió el piso más alto, con azotea hacia el volcán y sus alrededores. Y en cuanto se instaló tuvo una sensación de plenitud desconocida.

Casi de inmediato recibió un mensaje por WhattsApp: “¿Ya estás ahí, verdad? ¿Te gusta el sitio que escogí para nosotros? ¡Llego cuanto antes!” Sorpresa total. ¿Qué era aquello? ¿Una broma cibernética? Y el WhattApp volvió a encenderse: “¿Broma? ¿Cómo crees? Soy la mujer de tus sueños no soñados y estoy ahora mismo desembarcando en tu azotea… ¿Me reconoces?”

EL LUCERO MÁS PRÓXIMO

Acababan de embarcar y la sensación del mar abierto se les iba acercando a todos los sentidos como un velo de emoción envolvente. Su camarote tenía terraza, y desde ella podían asomarse al vaivén que estaba iniciándose.

–Vamos a estar aquí todo el tiempo que nos sea posible. Este es un viaje íntimo.

Era la voz de él, que empalmaba a la perfección con la sonrisa de ella. El barco despegó. La tierra fue lentamente quedando atrás, y el horizonte de la tarde avanzada se les iba acercando. Era notorio que la noche se hallaba muy cerca, y ellos estaban ahí para recibirla con todos sus honores emotivos. Sin palabras.

Alguien llamó a la puerta. De seguro el asistente asignado. No respondieron. El avance sobre las aguas era sereno hasta el fondo. Sí, hasta el fondo de sus ánimas. Y de repente algo les hizo reaccionar como si estuvieran en un templo ideal.

–¡Ahí, ahí, ahí está, vamos a su encuentro!

Se pusieron de pie, se subieron al barandal y extendieron los brazos, en unión exacta. ¿Iban a hundirse en las aguas o iban a volar? El lucero más próximo les hacía señales. Y ellos se quedaron en suspenso, extasiados.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (229)

1875. CULTO DE DESVÁN

Cuando le llegó el momento de escoger opción de trabajo, decidió, inesperadamente, abrir una cafetería que invitara al descanso. Había estudiado ingeniería industrial, y aquella decisión resultaba casi inverosímil. Sus padres, cautelosos, no indagaron nada, pero Katia, su novia de siempre, se dio por sorprendida. Él esbozó una respuesta elusiva, y así quedaron las cosas. La cafetería se abrió con ilusión de bar, y él permanecía ahí, atento hasta a los detalles mínimos. De pronto, en cualquier momento, dejaba de estar visible por algunos instantes, y nadie sabía su paradero. Hasta que Katia, un día de tantos, se propuso seguirle la pista. Lo siguió por la escalerita disimulada, y arriba lo halló recostado en el colchón. «Es lo que siempre soñé: reencontrarme con el desván de mi infancia, cualquier día y a cualquier hora…»

1876. PARÁBOLA CON PROMESA

Sus bisabuelos maternos eran familia de costureros tradicionales, y la tienda de ropa que abrieron en aquella esquina de la ciudad de entonces ya no existía como tal, pero la edificación intacta que la albergara desde el primer momento se hallaba hoy en sus manos, las de un millennial dispuesto a romper brecha. Aún estaba soltero y podía decidir por su sola cuenta. Sus padres, que emigraran hacia el Norte dejándolo en poder de una tía soltera, apenas se comunicaban en fechas especiales. Él fue a revisar la casa vacía y abandonada. Los cuartos eran penumbrosos y sólo había al fondo un pequeño espacio que alguna vez fue jardín. Se sentía en su hogar. Y al estar solo podía emocionarse a sus anchas. Lanzó un breve grito. Se arrodilló. «¡Estoy de vuelta para acompañarlos hasta que la muerte nos reúna de veras en otro taller!»

1877. MISIÓN OTOÑO

Septiembre trajo aquella vez algunas señales más intensas y reconocibles que en años anteriores. Así, algunos árboles comenzaron espontáneamente a enrojecer sus follajes y algunos amaneceres despertaron con sensaciones friolentas que parecían ser efecto de nieves anunciadas. Aquel joven imaginativo empezó a mencionar el fenómeno, y la gran mayoría de las respuestas eran casi despectivas. «Cipote loco». «Estos ya no hallan qué inventar». «Mejor estudiá en vez de andar divagando»… Pero aquella mañana se topó en la calle con un vendedor ambulante de ropa. «¡Ey, muchacho! ¿Vos sos el mensajero del otoño, verdá?» Él abrió los ojos, sorprendido. «¿Cómo lo supo, señor?» «Ah, porque te voy a contar algo muy personal: el otoño es mi maestro y sé lo que quiere… Unámonos para servirle al Dios Otoño… ¿Te parece?»

1878. DEMOCRACIA EN PANTUFLAS

Como siempre, la temperatura política fluctuaba según las circunstancias, y eso hacía que los ciudadanos estuvieran constantemente a merced de los vaivenes temperamentales del clima humano imperante. Ahora mismo se estaba iniciando una competencia electoral de gran calado, y cada día el ambiente parecía un dilatado muelle en el que atracaban y despegaban los navíos circulantes, casi siempre sin previo aviso. Pero aquella mañana, el muelle despertó vacío. «¿Qué está pasando?», se preguntaban con palabras o sin ellas los habitantes de los entornos. El día avanzó, sin que la situación variara, y al fin alguien se animó a opinar: «Quizás la democracia se ha tomado unas horas de reposo, ahí en su hogar en los alrededores del puerto. Acabo de verla asomándose a su terraza, en pantuflas… De seguro lo necesitaba».

1879. MENSAJE DESDE EL FONDO

Hay que soñar… ¡Hay que soñar!… ¡¡Hay que soñar!!… No era una voz, sino un eco, que venía persiguiéndolo desde que tenía memoria. Y hoy, cuando su vida estaba en una especie de umbral frente al horizonte de los años por venir, el eco se hacía partícipe de la inquietud existencial creciente. Y es que él iba sintiendo cada vez más desde el fondo de su ser la necesidad de ponerse en contacto con las resonancias ancestrales, como si se tratara de un rito profundamente revelador. Hasta que llegó el momento en que la ansiedad acumulada se le desbordó y lo que hizo fue tomar la vía del escape. Le latía la pregunta: «¿Escape hacia dónde?» Y en ese mismo instante el eco le respondió: «Por fin te decides: hacia tu albergue más profundo en el fondo del sueño». Entonces abrió la ventana y se lanzó al aire. Su sueño era volar sin fin.

1880. NOS VEMOS EN EL MÓVIL

Estaban por cumplir diez años de casados, y aquella sensación le había venido creciendo a ella como una verdolaga imparable. Esa noche, cargada de relámpagos cercanos y truenos distantes, la sensación de que tenía que buscar refugio en un lugar seguro se le hizo inaguantable y llamó a su padre para pedirle que le permitiera ir a dormir a la casa de siempre. La respuesta fue inmediata: «Aquí te esperamos dentro de unos pocos minutos, y así nos explicas…» Llegó, pero no explicó nada, porque conscientemente no tenía nada que explicar. Al día siguiente, él la llamó, alarmado: «¡¿Dónde estás, Iris, que anoche te perdiste…?!» «¿Me perdí? ¡No, amor: me encontré!» «No entiendo». «¿Tenés encendido tu móvil?» Si lo tenés, ahí te explico…» Y las imágenes hicieron de las suyas. El próximo orgasmo sería eterno… ¡Hurra!

1881. ROSAS INVERNALES

En esas semanas del año la lluvia llevaba la batuta del aire, y el aire, que se rebelaba a ratos, casi siempre acababa sometiéndose a los dictados de las ráfagas de humedad intrépida. El día en que estamos es uno de esos días, y la suave y todopoderosa tentación de quedarse refugiado entre las colchas matutinas es muy difícil de vencer. Pero él tenía que hacerlo, porque el trabajo no daba permiso de otra cosa. Se levantó, estirándose, realizó con desgano los preparativos para irse a cumplir sus tareas y emprendió camino. Algo desde muy adentro lo movió a ir a pie. Avanzó un par de cuadras y de pronto creyó estar en otro entorno. ¿Qué era eso? ¿Alucinación? Lo que tenía a la par era la rosaleda de don Benjamín Bloom en la Avenida España. Las rosas le extendían sus pétalos. El aire sonreía y la llovizna también.

1882. CARA O CRUZ

Ellos eran una pareja de jóvenes que dentro de muy poco saldrían a ubicarse profesionalmente, y por la excelencia de sus desempeños académicos de seguro les esperaba una buena vida. Al pensarlo se quedaban callados, porque sus imágenes respectivas estaban en las antípodas. Para muestra un botón: ella quería un penthouse de última moda; y él, una casa clásica de las de antes. Y en ese dilema estaban hasta que sus padres, en conjunto, les pusieron un ultimátum emocional: «O se deciden o se olvidan». Y entonces asomó la solución intrépida: echar la suerte a cara o cruz.

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (19)

IGUAL NOS PASA

Cada playa tiene su propio horizonte, y por eso las olas nunca cambian de destino.

ARMONÍA NATURAL

Cuando tengamos los pies desnudos a su alcance, dejemos que la espuma nos ofrezca la cortesía máxima: su juego de caricias ancestrales.

ES COSA DE SIEMPRE

La red virtual originaria tuvo su primera estación en el centro del alma, y desde ahí se animan todos los pulsos de la conciencia en movimiento.

LA MEJOR CLAVE NOCTURNA

Estamos permanentemente en deuda con el sueño escondido entre las sábanas acogedoras que nos reciben cada noche como a perfectos oficiantes.

FÓRMULA INFALIBLE

Para entender los giros y los saltos de la felicidad hay que entrenarse día a día en la gimnasia del aletear desconocido.

PARA RECORDAR A DIARIO

El amor es un soplo luminoso con vocación de galaxia inagotable.

FUEGO NATURAL

Todo lo que sabemos del destino es que viene cada día con un candil del monte y se va con un juego de luces zodiacales.

OTRA CALLE DE ACCESO

Estará abierta mientras reconozcamos que la inspiración en marcha puede más que la realidad acomodada.

CIUDAD EN CONSTRUCCIÓN

La conciencia jamás se cansará de recordarnos que tiene a nuestra disposición terrenos baldíos en oferta anímica.

ROSTRO TRAS EL ESPEJO

¿Será el nuestro de ahora o será el de otra vida que se asoma a buscarnos para que no perdamos el contacto?

PAGO POR CELULAR

Es lo que hacemos hoy para que nuestras cuentas de adentro y de afuera pasen a los niveles de la nube.

ESCULTURA ENTRE RAMAS

El autor es el árbol que busca trascender con una imagen inventada en familia.

LOS PRIMEROS AUSENTES

Abrimos la ventana y el paisaje nos fue desconocido. Entonces sospechamos que estábamos en otra dimensión. Y nos tomamos de las manos para sentirnos juntos para siempre.

LITURGIA PARA PEREGRINOS

Somos nosotros, y la vamos aprendiendo sin pausa desde el momento de nacer. Cualquier descuido nos convierte en náufragos.

DEL EVANGELIOINMEMORIAL

La roca donde habita el ojo de agua es el mejor altar para poner en práctica las abluciones naturales.

DETRÁS DE LA COLINA

Una aldea sin nombre nos aguarda, y sólo presentirlo hace que recordemos que nunca faltarán los refugios sagrados.

ESCENA NEORREALISTA

Cuando el paisaje se desnuda las hadas se le acercan para que les permita compartir una horas en el lecho de hierba.

FAST TRACK

Todo lo que pedimos es que la travesía para ingresar al sueño se reduzca a tres pasos; o sea, a tres suspiros.

DÍA NUBLADO, NOCHE FELIZ

El aire es el mejor animador de fantasías. Y así, cuando las nubes vespertinas nos preparan el lecho, las sábanas se vuelven las más finas aliadas del desvelo gozoso.

GRACIAS, CREPÚSCULO

Las golondrinas aletean en torno. Las brisas frescas animan los cristales. Occidente es un nido de espejismos. ¿Y nosotros, qué hacemos? Nos quedamos aquí, como imágenes fieles.

CENIZA ROSA

Y después de la hoguera florece el cielo diáfano. Es el mejor vestido de la noche.

PAN PARA MI MATATE

Los días pasan con la exquisita naturalidad de los que saben que están llamados a no volver. Mensaje recibido.

SOBRAN RAZONES

Y cuando sobran las razones los espejismos faltan.

EL MEJOR DISCÍPULO

No lo tuvo Él, sino su remembranza: fue el aire matutino que cada día augura que el Sol vendrá a buscarnos.

PIEDRAS DEL ARROYO

Han visto pasar tantas caravanas fluyentes que ya lo que más desean es tener una tarde en perfecta quietud.

ESTACIÓN DE LAS CAÑAS

La miro en la memoria y es como si estuviera frente al vitral más íntimo a un paso de los rieles..

LA OTRA ESPERA

LA OTRA ESPERA

Como era su inveterada costumbre, prefería estar mucho antes de tiempo en vez de correr con la urgencia de los minutos contados. Y esto lo aplicaba muy en especial cuando se trataba de vuelos aéreos, porque sobre todo en algunos aeropuertos del arbitrariamente llamado primer mundo, donde la angustia disparada por el terrorismo alcanza límites estratosféricos. Era lo que le tocaba aquel día, en el vuelo de Nueva York hacia San Salvador sin estaciones. Estuvo en el JFK varias horas antes de la hora señalada para la salida, y fue a tomar un bocadillo en una de las cafeterías vecinas a la puerta de acceso al avión.

Estaba haciéndolo cuando se le acercó una joven de talante misterioso, que se sentó a su lado sin pedir permiso:

–Yo a usted lo conozco. ¿Es Ramiro, verdad?

–No, señorita. Creo que no nos conocemos. Lorenzo Ruiz, mucho gusto.

–¡Ah, Lorenzo! Ya decía yo. Si no es Ramiro es Lorenzo…

El la miró como si estuviera ante alguien peligrosamente despistado, y ella entonces se le acercó más para susurrarle:

–¿No te parece muy inspirador que nos hayamos encontrado en el momento preciso para conocernos de veras?

–¿Cómo?

–Yo ya sabía que eras huidizo, y eso es lo que más me atrae.

Y soltó una leve carcajada como si estuviera revelando un secreto con picardía.

–Perdón, señorita. No sé qué pretende. Aquí lo dejamos.

En ese justo instante anunciaron que los pasajeros podían empezar a embarcar. Los que iban en sillas de ruedas ya lo habían hecho, y ahora les tocaba a los de Clase Ejecutiva. Ellos dos se dirigieron hacia la puerta. Y al ingresar se dieron cuenta de que iban en la primera fila, en asientos vecinos.

–Ya ves. Todo está calculado –dijo ella, con ironía sonriente.

Él miró hacia otra parte sin responder. Y así se emprendió el vuelo, con una suavidad que semejaba el tránsito de una nube. Ambos se durmieron muy pronto después del despegue, y aunque ninguno de los dos podía saberlo, sus sueños o entresueños eran exactamente iguales. Iban por una explanada junto al mar a la vez inquieto y tranquilo, de seguro haciéndoles eco a sus respectivas emociones incipientes.

Las voces aletearon en el aire de la ensoñación:

–Tengo la impresión de que vamos hacia algún destino desconocido –dijo él, con tono de bienvenida.

–Ese destino desconocido es justamente el destino –aclaró ella, sin énfasis.

–Vamos caminando, aunque lo hagamos en vuelo –pareció descubrir él con cierta sorpresa infantil.

–Es que caminar y volar son lo mismo cuando estamos en ruta hacia el misterio que nos reúne.

–¿Será eso el amor? –preguntó él, como si estuviera revelando su propia esencia.

Reacción al mismo tiempo intrépida y nostálgica:

–¡Bingo!

–¿Y qué esperamos, entonces?

–¿Para qué?

–Para que el primer beso nos ilumine la ruta.

Y en ese instante despertaron al unísono, con la humedad entre los labios juntos. La otra espera había terminado.

FANTASÍA CON ECOS

Cuando miró a su alrededor, la aglomeración de casuchas casi a punto de derrumbarse le hizo exclamar:

–¡Lo sabía, lo sabía!

Y sin pensarlo ni un instante se fue del lugar por una de los portones semiderruidos que daban a la calle pedregosa y polvorienta lateral, que no era por la que había llegado.

La tarde estaba en su mejor momento, con una bandada de celajes moviéndose sobre las colinas y los cerros inmediatos. Sólo el volcán, erguido en su invariable actitud de almirante retirado, parecía observarlo todo sin inmutarse.

Caminó con rapidez, que tenía todas las características de la urgencia, tratando de incorporarse a la ruta que lo llevara hacia su casa. Pero el despiste parecía inmanejable, y de pronto se encontró frente a un predio baldío donde se amontonaba la chatarra. Se detuvo. Y un pálpito de inquietud le hizo retomar su andadura, pero ya con signos de ansiedad angustiosa.

Las cuadras siguientes le fueron mostrando características cada vez más notorias de una urbanización abandonada. Y allá, al fondo, las elevaciones del terreno hacían ver las depredaciones inmisericordes del cambio climático.

Él se detuvo, y exclamó de nuevo:

–¡Lo sabía, lo sabía!

Y en ese momento casi se tropezó con un pordiosero que estaba acurrucado en un rincón inmediato, y que sin que él lo advirtiera de antemano le dirigió una pregunta que parecía un eco:

–¿Qué es lo que sabía, amigo?

Él pareció haber escuchado una voz de otra dimensión, sin que eso le causara ninguna extrañeza. Se detuvo. Miró hacia abajo y luego hacia arriba, como si no hubiera nadie junto a él, y dio la respuesta que guardaba dentro de sí quizás desde hacía mucho tiempo:

–Sabía que este no era mi mundo.

–Ah, pues ya somos dos.

–¿Y entonces?

–Hay que animarse, y avanzar o retroceder, porque todos los caminos están abiertos…

–¿Quién es usted?

–¿Yo? Un desconocido. ¿Y usted?

–Otro desconocido.

–Gracias, de veras.

–Igual digo.

Y en ese preciso segundo ambos desaparecieron del lugar, como si una fuerza superior los envolviera sin alternativas. Si alguien más hubiera estado ahí presenciando la escena y escuchando el diálogo era de imaginar que habría pensado:

–La Providencia tiene sus elegidos anónimos…

PARÁBOLA DE LA URGENCIA

Estaban en los últimos trámites emocionales antes de arribar a la definición de su destino compartido, y sus respectivas familias ya se preparaban para emprender las tareas de la alianza formal. La familia de él definiría la iglesia del enlace y la familia de ella tomaría a su cargo el agasajo posterior.

Ellos, los próximos contrayentes, se dedicaban a ponerles atención a las piezas de la alianza amorosa, que hasta ese momento se movían como estaba previsto sin ponerse de acuerdo de antemano, y tal con naturalidad era muy prometedora. Por eso sonreían ilusionados cada vez que se encontraban, que era a cada instante.

Llegó el día, y todo se hallaba a punto. Ella en su casa y él en la suya estaban alistándose para la hora de la ceremonia. Y en un sorpresivo enlace de voces interiores se hablaban así:

–Estoy contando los minutos –decía él, abrochándose el esmoquin.

–A mí me sudan las manos sólo de imaginarlo…

–¿Las manos solamente?

–¡Niño, no bromees con algo tan serio!

–Es que me muero por comprobarlo.

–Bueno, para ser sincera, yo también…

–¡Jajá!

–¡Jajajá!

–Entonces, te voy a proponer algo en la máxima confianza: fuguémonos ahora mismo, para ganar tiempo.

–¿En serio? ¡Me has leído el pensamiento! ¡Pies y manos a la obra!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (228)

1867. TERTULIA CON AUSENTES

Simpatizaron en las aulas universitarias. Y un día de tantos, la simpatía derivó en atracción, ya cuando estaban a punto de graduarse. Y de la atracción brotó el enlace. Reunidos en un bar inmediato, ella le dijo: «Me gustaría mucho conocer a tu familia». Él reaccionó como si se le hiciera un desafío inesperado. Se quedó en total silencio. Ella, lejos de alarmarse, pareció recibir una señal tranquilizadora. En los días siguientes, la relación fue entrando rápidamente en zona de intimidad. Y una tarde cualquiera él la invitó con sonrisa entrañable: «¿Quieres que vayamos a compartir con los nuestros?» Y ambos se dirigieron a un parque vecino con vegetación tupida en cuyo centro había un claro luminoso. Ahí se sentaron sobre el césped, cerraron los ojos y se dejaron envolver por las voces del silencio.

1868. SANTA FRAGANCIA

Se conocieron en un parque donde todos los árboles, arbustos y pequeñas plantas de flor parecían haber formado una hermandad para mantener vivo el mosaico de los colores naturales, entre los que el verde era el almirante indiscutido. Allá al fondo asomaba un faro majestuoso, porque aquel era puerto de primer nivel. Inmediatamente después de conocerse fueron a tomar una copa de vino verdejo en La Taberna del Obispo, enfrente de la Catedral. Estuvieron ahí, aprovechando la frescura de la mañana nebulosa, y a medida que hablaban se les iba despertando un ansia de estar juntos en algún jardín privado. Y como no conocían la ciudad por ser viajeros de crucero, se hicieron la pregunta crucial: «¿En cuál crucero viajas?»… ¡Era el mismo! El jardín lo tenían a la mano…

1869. MISTERIO NATURAL

Se decía en todos los medios: el cambio climático y la irresponsabilidad humana trabajan en creciente alianza para arruinar la vida en todas las latitudes. Y ellos, que habitaban en un poblado que se había vuelto destino de buscadores de emociones naturales, lo experimentaban cada día más. Ahí, a unos pasos, las aguas del lago daban muestra perturbadora del fenómeno. Suciedades indefinidas y residuos plásticos colmaban la superficie líquida, y se iban volviendo dominantes en la superficie anímica. Ellos, que eran sinceramente religiosos, empezaron a orar por la salvación de las aguas. Dejaron sus eventuales quehaceres y la miseria empezó a rondarles. Entonces llegó el aviso: las aguas, por su sola cuenta, empezaron a lanzar al aire todos sus residuos. Y el milagro anónimo sólo ellos lo advertían.

1870. DESDE EL BALCÓN MÁS ALTO

Lo soñó siempre, y ahora ese anhelo reanimante estaba a punto de hacérsele realidad. Con el empleo que había conseguido luego de graduarse con honores en la mejor Universidad del país podía financiarse la vivienda que quisiera, y eso era justamente lo que estaba haciendo: ir hacia el mirador más encumbrado que pudiera encontrar. Era una especie de torre con un apartamento por piso. Escogió el más alto, e invitó a su novia a que se fuera a vivir con él. Ella dudó, y en aquella duda él presintió que no había unión suficiente. Pero él sí se trasladó a habitar el lugar. Ahora estaba ahí, asomado al balcón, y el impulso de volar se le hacía irresistible. Una tentación peligrosa, que le produjo una angustia súbita. Y así comenzó a entender que el balcón no era tan confiable como él soñara…

1871. HAY SÍMBOLOS QUE MANDAN

Estaba en una de las mesitas ubicadas en la pequeña plaza. Junto a él, su esposa gozaba también del paseo mañanero por las calles de la ciudad. Ella bebía una copa de tinto y él un vaso de cerveza. La mezcla cervecera de agua, cebada malteada, levadura y lúpulo parecía abrirle zonas de evocación. Entonces, justamente cuando daba el primer sorbo, empezó a repicar el campanario más cercano. En ese instante un hombre mayor se detuvo junto a ellos, con un objeto rústico para limpiar zapatos. «Señor, ¿me permite que le limpie los suyos?… Necesito ganar algo para comer este día». «No, gracias, ya nos vamos». Entonces el hombre hizo una irónica reverencia: «Buen viaje, amigos, que su insensibilidad les acompañe». Él entonces le extendió unas monedas, y el limpiabotas las recibió con sonrisa de misión cumplida.

1872. A SOÑAR DESCALZOS

Las inundaciones y las sequías se hallaban alternativamente a la orden del día, como si el clima sufriera trastornos bipolares. Esa vez, al fin de la estación lluviosa, los impulsos rafagosos venían con violencia excepcional. Y ellos, la pareja de jóvenes que iniciaban su vida en condiciones muy estrechas, tenían que ingeniárselas para llegar a sus trabajos: él como cuidador de ventanas y ella como limpiadora de pisos. Hasta que en esa fecha el agobio turbulento era tal que no pudieron salir. La casucha en que vivían estaba por inundarse y quizás por derrumbarse. Ellos, desvelados y abrazados sobre el lecho frágil, aguardaban, sin saber cómo resguardarse de lo que podría ocurrir. Y entonces algo pasó. Cesó de súbito la borrasca y el sol se asomó por el ventanuco, para decirles: «¡Salgan al aire, se lo ofrezco a ambos para que vayan a soñar descalzos!»

1873. LIBERACIÓN ANTICIPADA

El día que fue a pedir la mano de Aurelia fue justamente el siguiente después de aquella noche en que durmieron juntos por primera vez en la más estricta clandestinidad, porque ambas familias eran tradicionales de pura cepa, y no admitían ninguna libertad fuera de lo establecido. Cuando estuvieron todos sentados en las poltronas heredadas, las miradas comenzaron a cruzarse, como si todos estuvieran tratando de averiguar algo. Por fin, y ya cuando la bandeja andaba repartiendo copas de Dom Perignon, la madre de la novia rasguñó el incómodo silencio: «Que un beso de amor inaugure la nueva época…» Los futuros desposados se rieron, bajando las miradas; y eso bastó para que el ambiente se alterara de súbito. Todos comenzaron a levantarse, y los novios, liberados, se fueron a un rincón a hacer planes para su nueva vida sin ataduras formales.

1874. IMAGEN PARA DESPISTADOS

Estaba acumulando días para tener a la mano lo más pronto posible su período vacacional. En la empresa donde trabajaba las consideraciones para los empleados eran prácticamente inexistentes, y por eso él no se hacía muchas ilusiones. Al final consiguió un par de semanas. Y en cuanto les dio inicio se dio cuenta de que no tenía ningún plan previsto. La pregunta de siempre volvió a brotarle: «¿Y ahora para dónde cojo?» Se sentó en el borde de la acera y todos los que pasaban junto a él imaginaban de seguro que era un indigente. Y sin saberlo estaban en lo justo.

LOS ECOS DEL MAÑANA

LOS ECOS DEL MAÑANA

Cuando sus padres, casi al azar, lo matricularon en la Academia Británica no podían haberse enterado de que aquella decisión movida por el interés de que su hijo primogénito pudiera tener una educación primaria y media de primer nivel iba a ser un surtidor de imágenes que llegarían hasta los más remotos rincones del futuro. Una de esas imágenes estaba hoy junto a él en una de aquellas sillas tradicionales de la Shepherds Tavern, en la calle del mismo nombre de Westminster 1, en el corazón de Londres.

A esa taberna esquinera, de apariencia invitadoramente clásica, había llegado aquella mañana de septiembre, ya cuando los respiros del otoño circulaban por el ambiente medio nublado. Se detuvo y entró, sin más, como si alguien estuviera invitándolo desde adentro. Se ubicó en una de las sillas altas que estaban junto al ventanal que daba a la calle, y la única persona que atendía se le acercó para preguntarle qué iba a ordenar. Pidió un doble de vodka Grey Goose en las rocas, y se puso a observar a los pocos transeúntes que pasaban. De pronto la vio y no pudo contener el impulso de salir a su encuentro:

–Disculpe, ¿es usted Olivia?

Ella, sorprendida, no supo qué responder, porque él estaba preguntándoselo en español en pleno Londres. Él no se dio por entendido y siguió hablándole en su idioma:

–¡Disculpe, ando en busca del almacén Harrods, y pensé que usted podría orientarme!

Ella, entonces, lo tomó de la mano y lo llevó hacia adelante por Park Lane, frente al Hyde Park, superpoblado de árboles invitadores a excursionar entre ellos como si la gran ciudad no existiera alrededor. Y él, en un golpe de intuición iluminadora, se detuvo sin más:

–Perdón, me confundí, lo que quiero no es ir a un almacén, por deslumbrante que sea, sino internarme en un espacio verde, como en mis mejores memorias…

Ella se sintió tocada a reconocer:

–Sí, soy Olivia, y estoy aquí para servirte de dama de compañía…

–¿Sólo de compañía?

Y la pregunta pareció diluirse en el aire levemente fresco del mediodía ya casi otoñal. Las nubes de siempre eran la cobija anhelada de aquel encuentro sin previo aviso, al menos en el plano de la conciencia indagadora, porque todo aquello bien pudiera ser un ensueño puramente imaginativo que brotara de alguna laptop mental.

Pero las sensaciones eran tan vivas que no podía haber duda fundada: estaban ahí, entre la vegetación inconfundible, ese mundo de hojas que les envolvía la conciencia.

–¿Quieres que vayamos a alguna parte?

–Sí, a mi refugio temporal.

Caminaron entonces hacia los alrededores de The Dorchester, el emblemático hotel donde seguían deambulando las imágenes de Elizabeth Taylor y de Richard Burton, huéspedes habituales que se caracterizaron siempre por su vitalidad destructora y por su figuración legendaria. Y cuando estuvieron dentro, en The Promenade, esa sucesión de mesas para comer y beber con el kiosco de las bebidas y el piano al fondo, fueron a sentarse en un rincón y ahí estuvieron hasta que las luces se fueron desvaneciendo…

Después, nadie supo lo que pasó con ellos. De seguro pagaron su cuenta y se retiraron. O tal vez tomaron un cuarto del hotel y se fueron a descansar luego de aquella jornada tan intensamente insospechada.

Es lo único que podemos decir antes de cerrar el capítulo de aquella historia sin principio ni fin.

MEMORIAS INVERNALES

Se quedó pensando en ellas, en esas memorias pobladas de relámpagos y de rayos que parecían a punto de dejar en pedazos las lejanías, y lo que ahora tenía enfrente era aquel paisaje urbano en el que las arboledas veraniegas parecían no animarse a dejarle paso al otoño inminente. Salió a la calle después de avisarle a ella, a Melanie, que permanecía como todas las mañanas de sábado inmersa en su jacuzzi rebosante de espuma.

Cuando llegó a la calle sintió que aquel sábado traería sorpresas envolventes, quizás porque el influjo espumoso le circulaba amablemente por la conciencia. Fue a deambular por la ciudad serena y clásica antes de ir a comer sus ostras favoritas en L´Orléans, la brasserie ubicada en Allée d´Orléans, muy cerca de las aguas. Se quedó como siempre en una de las mesas que dan a la calle, junto a las bicicletas puestas en fila.

En ese instante, el aire parecía expectante, como si estuviera observándolo para percibir hasta el mínimo detalle de sus expresiones, más mentales que faciales. Llegó el mesero a pedirle su orden, y lo hizo en francés, que afortunadamente era el idioma en el que él iba entrenándose día a día. Lo que pidió, como era de prever, fueron esas ostras incomparables que estaban siempre a disposición, por ser emblemáticas del ambiente.

Estaba en Bordeaux, al borde del Atlántico, y había llegado ahí después de dar muchas vueltas en la mente y en el mapa. Pero aquel arribo tenía otro significado, con nombre propio. Melanie, la joven a quien conociera en la penumbra de un sábado invernal en un restaurante estudiantil muy cerca de la Universidad parisina donde, como un juego magnánimo de la suerte que de seguro andaba rondándole desde que tenía conciencia, allá en los desnudos cerros de su origen, él había logrado la beca inimaginable.

Melanie trabajaba como gestora de ventas luego de concluir sus estudios en esa misma Universidad, y en cuanto se vieron hicieron clic. Él, que provenía de aquella zona pobre del trópico, y ella, que era originaria de los alrededores de la capital francesa. Como si la mano traviesa del destino quisiera hacer alegremente de las suyas, según viene haciéndolo desde que el mundo es mundo, allá en el imaginario Paraíso.

Muy poco tiempo después de armar relación, sin saber si sería fugaz o duradera, tuvieron otro aviso insospechado: una doble oportunidad de trabajo en la zona vinícola de Bordeaux, él como encargado de seguridad y ella como promotora de negocios.

En un comienzo, el diálogo de la cercanía había sido simple:

–¿Te llamas?

–Melanie. ¿Y tú?

–Heriberto.

Se quedaron mirándose fijamente, como si esperaran los apellidos:

–Urbain –dijo ella.

–Montes –dijo él.

El contraste animador lo decía todo.

Y ahora ese diálogo tenía otra carga anímica:

–¿Te interesa el amor? –preguntó ella.

–Me interesa soñar despierto.

–¡Ah, poeta el joven!

–No, inventor de respuestas.

Y esa mañana, con cielo levemente encapotado, pensaba en una nueva respuesta: la de su ansia de buscar horizontes. El mesero se le acercó:

–¿Otra copa de Pinot Noir, señor?

–No gracias: agua pura.

Y al decir agua pura apareció de inmediato la llovizna alrededor. Era como si sus experiencias más hondas e imborrables resurgieran para decirle: «Estamos aquí, acompañándote en el umbral de tu nueva vida»…

LLEGÓ LA HORA O

La luminosidad solar era esplendorosa, y entonces el capitán reunió a la tripulación bajo las alas de los velámenes que avanzaban en mar abierto y habló con su austeridad característica:

–Aunque no lo parezca, vamos a enfrentar una borrasca de consecuencias imprevisibles. Les ordeno que estén preparados.

Todos los tripulantes conocían su estilo, y después de asentir sin palabras esperaron órdenes; pero lo único que recibieron fue un gesto indicativo de que podían volver a sus respectivas labores.

Las horas siguientes transcurrieron sin ninguna novedad; pero ya cuando la tarde estaba por emprender su jornada de retiro, algo como una gran mancha en movimiento fue dibujándose en el horizonte sin fin. Y la mancha creció segundo a segundo hasta que se derramó estrepitosamente sobre el navío. Era un conglomerado de aves desconocidas. Cuando se levantaron, el velero alzó vuelo con ellas. La hora 0 era un mensaje de la eternidad.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (227)

1859. MISTERIO DE LA LUZ

Dentro de muy poco empezaría a amanecer, y ya algunos de los sonidos circundantes lo anunciaban con la puntualidad sabida. Las aguas, como era su inveterada costumbre, se movían como si estuvieran dando la bienvenida, en ese momento a la claridad emergente, que era la expresión entusiasta de un nuevo día. Éste, el día del arribo. Toda la tripulación se hallaba lista para integrar sus tareas, y nada parecía diferente a lo de todas las jornadas. Hasta que algo comenzó a dar la pauta de una extraordinaria novedad. Y es que lo que iba poniéndose a la vista no era el puerto esperado, sino una multitud de rocas inhóspitas. Los tripulantes se pusieron en guardia, y la luz del día les hizo saber que estaban por arribar al escombro del destino imaginado…

1860. SOL CON MEMORIA

Allá al fondo están los cerros de distintas tonalidades de color según la época del año: verdeantes o verdosos en tiempo de lluvias y cafés o terrosos en los meses de la temporada seca. La luz decide. Él los observa a diario por esa ventana que es su mirador desde que adquirió aquella vivienda precisamente para tener la anhelada perspectiva. Se halla justamente ahí esta tarde en que ya la luz solar comienza a mostrar las ansias de la despedida. Entonces él no puede contener el impulso de hablar en voz alta: “Amigo de toda la vida, ¿no te parece que ya es hora de que compartamos experiencias?” Y el Sol le toma de inmediato la palabra: “¡Si lo hemos hecho mil veces, hombre! Lo que hoy tenemos que hacer es irnos juntos de juerga entre la penumbra de la noche…”

1861. MISIÓN DEL CONACASTE

Había crecido tanto que ya casi todo su amplio ramaje se alzaba sobre la pendiente empinada que daba a la calle vecinal, que seguía siendo de polvo. Todos los habitantes de los alrededores tenían aquel árbol como una especie de guardián natural, y con frecuencia iban a reunirse bajo su sombra, como si cumplieran así con un ceremonial de espiritualidad espontánea, sin credo pero con fe. En algún momento llegó a instalarse al lugar aquel joven con pinta de misionero, y en cuanto llegó a estar debajo del conacaste se sintió envuelto por un aura de destino. Pronto se decidió a hablar entre los asistentes, no de religión sino de familiaridad. Todos empezaron a sentir que eran discípulos del árbol, que los abrazaba cada vez que estaban cerca. Protección perfecta.

1862. AUGURIO INMEMORIAL

Almorzaban en el restaurante Ibo, frente al Tajo, aquí río urbano que viene de tan lejanas alturas. Habían llegado a Lisboa, que era la última estación de su viaje de bodas, y al brindar con vino verde sintieron al unísono que aquel momento les traía augurios de entrega irreversible. ¿Por qué? Nada excepcional estaba pasando afuera: la ciudad, alzada sobre colinas, simplemente los observaba como a dos paseantes más; pero las aguas fluyentes sí parecían saludarlos a él y a ella como si se tratara de entrañables compañeros de ruta. El larguísimo río se entregaba a la inmensidad del mar a cada instante; y ellos estaban ingresando a cada instante en una nueva vida con horizonte abierto. Brindaron, entonces. Y ambos, ellos y el mar, se saludaban mutuamente.

1863. MISTER PRASAD

Al verlo por primera vez le pareció un curioso personaje fantasmal entre la impresionante arboleda de aquel bosque de ciudad. Supo que se trataba del encargado de cuidar el entorno natural en el hotel más que centenario que había sobrevivido con todos sus árboles en medio de las construcciones. Pero ese jardinero mayor mostraba una característica externa muy propia: siempre iba vestido de traje oscuro, con corbata y pañuelo, como en una ceremonia de gala. En algún momento de su estadía en el Taj West End se le acercó ya sabedor de que lo llamaban Mister Pradad. El aludido lo miró y de inmediato le dijo: “Gracias por estar aquí, en Bengaluru; la próxima vez que venga por favor tráigame semillas de su tierra, ya que nuestros climas son idénticos…”

1864. EL AIRE TAMBIÉN DUERME

A la hora de escoger dónde vivir en su nuevo destino profesional lo hizo con una dedicación personalizada al máximo, como si presintiera sin alternativa que iba a establecerse ahí para siempre. Se fue a la zona más alta de la ciudad de provincia donde había conseguido la mejor oportunidad laboral para un principiante, y ahí se decidió por aquella especie de balcón sobre la roca donde había una construcción muy antigua, recientemente rehabilitada para responder a las excentricidades del gusto actual. Se instaló, y el primer día soplaba un viento animado al máximo. Él, con ánimo juvenil, tuvo que aferrarse a un saliente para no volar. Pero al día siguiente la calma era total. Y él creyó entender el mensaje: “Es que también el aire tiene que reposar para poder cumplir con su tarea”…

1865. PRIMER AMOR

Fue adicto a ver películas románticas desde que inició, en la infancia más temprana, sus excursiones solitarias por la ciudad en la que vivía desde siempre. Sus padres habían tomado camino cada quién por su lado, y él estaba a cargo de la abuela materna, que pasaba el día entero dedicada a su labor docente. Aquella tarde de enero, ya cuando las vacaciones de fin de año tocaban a su fin, él se fue a su cine favorito a ver la película de reestreno que protagonizaban Ingrid Bergman y Humphrey Bogart. A la salida sintió que el aire le traía un mensaje, como si fuera una soplo fragante de arena del Sahara. Y desde aquel momento se marcó su camino: en algún momento del futuro llegaría al Marruecos imaginario, a revivir su Casablanca.

1866. VECINDARIO FUGAZ

¿Qué extraño fenómeno venía produciéndose y reproduciéndose en aquel reducido valle entre montañas imponentes? Los pocos habitantes del lugar no se lo preguntaban, porque nunca habían tenido ninguna tentación de interpretar los signos que les rodeaban. Fue el explorador recién llegado el que se cuestionó el hecho de que ahí, en abierto contraste con lo usual, todo parecía desaparecer con gran rapidez, hasta las vidas de los residentes. ¿Qué era aquello? Y al hacerse la pregunta, él mismo comenzó a desvanecerse. Y sintió la infinita paz de los elegidos del aire y de la luz…

EL AMOR ES UN DUENDE

EL AMOR ES UN DUENDE

La bailarina bajó de la amplia tarima donde actuaba todas las noches frente al auditorio masculino característico del lugar. Cuando hacía su número en el tubo crecía el entusiasmo de los asistentes, que a esa hora ya estaban poseídos por la euforia alcohólica. En el lugar, como era natural, reinaba una penumbra poblada de imágenes y de aromas muy propios, y lo que se sentía en todo momento era que ahí todos estaban a sus anchas. Pero, como siempre ocurre en cualquier circunstancia donde lo humano se manifiesta, dentro de cada mente había luces y sombras.

Ella se dirigió hacia la barra inmediata, donde alguien desde hacía buen rato estaba enviándole señales discretas pero inconfundibles. Era un hombre bien vestido, de mediana edad, que desde la perspectiva del lugar en que ella hacía su número parecía mayor de lo que mostraba la cercanía.

–Hola, ¿nos conocemos? –preguntó ella, con sonrisa provocativa.

–De seguro que sí, aunque yo sinceramente no te recuerdo –respondió él, devolviéndole la provocación.

–Entonces estamos correspondidos –agregó ella–, porque yo tampoco te recuerdo, aunque…

–Aunque todo puede pasar, sobre todo entre personas como tú y yo.

–Ah, ¿y eso qué significa?

–Que estamos hechos el uno para el otro.

Ella sonrió, y de inmediato soltó la carcajada.

–Sos un iluso, amigo. Porque yo no estoy hecha para nadie.

–Bueno, eso podemos comprobarlo.

–¿Cómo?

–Con una noche en penumbra en la que nuestras manos les hagan el trabajo a nuestros ojos…

–¡Qué lindo! ¡Vamos!

Y se fueron de ahí, sin decir a dónde. A la mañana siguiente cada quien apareció en su propio entorno. Nadie supo nunca lo que pasó aquella noche, pero no era necesario averiguarlo: a todas luces la felicidad los había convertido en fantasmas gemelos.

SI ANOCHECE, DESPIÉRTAME

Se conocieron una tarde de octubre, mientras caía sobre el parque una leve llovizna. Aunque siempre habían vivido en el mismo vecindario, extrañamente jamás se habían cruzado, y por ende aquel encuentro tenía la condición radiante de la primera vez. En cuanto se vieron comenzaron a sonreír, sin saber por qué. Y como el parque era de los de antes y estaba poblado de tupidos arriates, sin proponérselo conscientemente fueron dirigiéndose hacia el banco más rodeado de ramajes y de malezas, que más parecía un camarín olvidado. Al encontrarlo, ambos se sentaron. Hasta ahí, no había habido palabras. Pero al estar ubicados, las frases simultáneas se hicieron presentes:

–Tú te llamas Aurora, ¿verdad?

–Y tú te llamas Ángel, ¿no es cierto?

Se rieron suavemente al unísono.

–Pero no creas que vivo en las alturas.

–Ni tú vayas a pensar que tengo condición de luz primeriza.

De nuevo la risa los envolvió.

Se fueron separando a lentos pasos, hasta que estaban suficientemente cerca para escucharse y suficientemente lejos para no alcanzarse.

–¿Qué te parece si nos vamos juntos a esperar la noche en algún lugar que nos reciba como a viejos conocidos? –dijo él, provocativamente.

–¿Por ejemplo?

–Tu casa o la mía.

Ella bajó la cabeza, con expresión de vergüenza, mientras susurraba:

–Yo no tengo casa.

–Ah, pues yo tampoco.

–Qué misteriosa coincidencia.

–Y eso significa que, como dice aquel bolero clásico, estamos en las mismas condiciones –explicó él, con tono casi profesoral.

–Pues yo nunca he oído un bolero.

–Ah, pues te falta vivir mucho.

–Eso sí, porque aún soy virgen.

–¡Dios mío: milagro!

–¿Por qué, si la verdadera virginidad se aloja aquí? –afirmó ella, tocándose la sien, como si le hablara a un párvulo.

Se levantaron de la banca y se fueron al ático donde él tenía sus cosas de estudiante soltero. La tarde estaba en las últimas y ninguna luz se hallaba encendida.

–Somos libres –expresó él.

–Libres para jugar con el tiempo.

–Entonces, juguemos. Si anochece, despiértame.

–Y si amanece, acúname.

MISIÓN DEL HUMO

Era ya muy tarde en la noche cuando aquella pareja de recién reconciliados llegó de regreso a su vivienda, después de asistir a un espectáculo de música contemporánea en un pequeño teatro de los alrededores. Al abrir la puerta de entrada lo que les recibió fue una humareda con olor a cocina de las de antes. Se detuvieron sin entrar, como si la sorpresa les hubiera paralizado la voluntad. Pero él reaccionó casi de inmediato:

–Algo está pasando adentro. Vamos a ver.

Ella se resistió sin decir palabra, y sólo cedió cuando él la tomó de la cintura y la hizo avanzar con impulso de caricia.

Ingresaron, y, en cuanto estuvieron adentro la humareda pareció abrazarlos cariñosamente. A medida que penetraban hasta el dormitorio, que estaba en un segundo piso de madera crujiente, el humo iba adquiriendo, quizás por obra de una desconocida imaginación, el carácter de efusión consagrada.

No recordaban haber dejado así las cosas, pero el lecho matrimonial se encontraba perfectamente ordenado para ser el mejor refugio nocturno.

Se miraron a los ojos.

–Quizás alguien entró a darnos esta sorpresa –dijo ella, emocionada.

–¿Alguien? ¿Pero quién, si no tenemos parientes en los alrededores ni amigos en el vecindario?

–Es que en estos tiempos cualquier cosa puede pasar.

–Sí pero nosotros nunca olvidamos las llaves ni hay signos de que forzaron la cerradura…

–¿Y qué hacemos, pues?

–Nada. Gozar el momento.

espectrosMEMORIOSOS

Murió don Adilio después de padecer durante mucho tiempo una enfermedad terminal. Era un señor reservado y escurridizo. Sus familiares inmediatos –la esposa y dos hijos, un varón y una hembra a punto de dejar la adolescencia— ya se habían resignado a esa separación anunciada. Y por eso el velorio no estaba envuelto en aura deprimente, sino más bien parecía un encuentro de antiguos conocidos.

Ya cuando la noche iba alejándose de sus horas tempranas, casi no había nadie en el recinto, aunque los deudos cercanos permanecían reunidos muy cerca del féretro.

La esposa les dijo entonces a los hijos:

–Dentro de poco nos vamos, porque mañana tenemos que estar aquí temprano, ya que mucha gente prefiere dar el pésame lo más pronto posible…

Ambos asintieron aliviados. Y en ese justo momento ingresó un grupo de personas que para ninguno de ellos eran identificables.

Los recién llegados no saludaron a los presentes y se fueron a ubicar en un extremo de la sala.

De pronto esos recién llegados se incorporaron de sus asientos, y sin previo aviso comenzaron a cantar a capela. Canciones de los años 60. Rock en diversos estilos.

Al concluir una de esas canciones, el mayor de los cantores tomó la palabra:

–Esto es en honor a Dilo, nuestro compañero de tantas aventuras juveniles. Si no resucita con esto ya no habrá cómo…