VICTORIA PROFUNDA

Estaba haciendo sus primeras andanzas en el mundo de esa realidad de la que siempre fue tan desconfiado, y eso que hoy, en el mundo invasoramente virtual, se sentía más cómodo y más dispuesto que nunca. No era casualidad entonces que a la hora de buscar destino para ganarse profesionalmente la vida se hubiera decidido por el área que se movía en la avanzada de los tiempos; y así estaba ya incorporado a aquella empresa de innovación tecnológica comunicacional, que a diario alzaba vuelo hacia todas las latitudes disponibles.

En cuanto inició labores como promotor de novedades imaginativas, sus jefes inmediatos se dieron cuenta de que ahí tenían a un gestor de primera calidad, que le aportaría al negocio ventajas ilimitadas. Lo dejaron hacer por unos meses, y, al evaluar su desempeño y los resultados económicos del mismo, fueron a comunicarles las apreciaciones al CEO y a su círculo inmediato:

–En este muchacho hay una mina de oro, y eso hay que aprovecharlo al máximo.

La exposición de los hechos concretos que llevaban a tal conclusión dejó a la cúpula convencida sin reservas de que el joven era un vivero de iniciativas que efectivamente había que aprovechar al máximo, y lo más pronto posible, para evitar que alguien de la competencia les fuera a robar el mandado. Así, trascurrido un par de días, el CEO hizo el llamado correspondiente. Se presentó el aludido a recibir órdenes o instrucciones, y la primera frase que oyó lo puso en ascuas emotivas:

–Te quiero hacer una oferta de destino. ¿Estás preparado?

Su respuesta inmediata fue a su estilo:

–Señor, para el destino nadie se prepara, porque si hay algo impredecible es el destino.

–¡Excelente respuesta! Vamos entonces al grano.

–Soy todo oídos.

El CEO se levantó de su esponjada poltrona, y se fue hacia el ventanal abierto, que daba a un paisaje con horizonte, porque estaban en un décimo piso.

–Ven para acá.

Obedeció como si fuera un ejemplar hijo de dominio.

–Ahí está el mundo a nuestros pies. Lo único que falta es caminar hacia él, y tú estás en el mejor momento para emprender la ruta.

–¿Y eso qué significa, señor?

–Que te estoy ofreciendo un mapa abierto para que te dirijas al lugar del mundo donde quieras seguir formándote como el genio tecnológico que ya eres…

Él se quedó serio, porque aquello era mucho más que una oportunidad común. Y por un fugaz instante se sintió como un inocente elegido de los dioses. Y le dio miedo, aunque sus ambiciones imaginadas nunca habían respetado límites.

–Le repito, señor: ¿eso qué significa?

–Que te estoy ofreciendo enviarte al sitio que escojas, para perfeccionar tu visión de ti mismo en lo que ya estás desempeñando con tanta creatividad: la innovación sin límites en el campo de la tecnología avanzada…

–¿Y qué significa cualquier parte del mundo?

–Esto.

Y le extendió un documento que desde el principio había tenido a su alcance: un mapamundi multicolor, con todos los nombres distinguibles.

Él lo tomó entre las manos, como si fuera un objeto sagrado, y se quedó esperando.

–Te lo dejo para que te sirva de referencia, y así se te haga más fácil trazar tu propia ruta hacia el lugar que más te llame. Porque este es también una cuestión de llamado, como todo lo que tiene que ver con los impulsos interiores.

Nunca había oído hablar al CEO en términos semejantes, y tuvo la inmediata sensación de que todo aquello era un mensaje de otras latitudes. Se sacudió telarañas vivas por dentro: «Yo, que soy un devoto de la tecnología, ¿me estoy descubriendo como ilusionista trascendental?…»

Aquella tarde, ya cuando estaba anocheciendo, llegó a su casa y se encerró en su cuarto a pensar. El mapamundi se hallaba extendido sobre la mesita que le servía de escritorio. Y él, tendido en su cama de colchón liviano, jugaba mentalmente con las imágenes de los lugares posibles. Llegó la hora de la cena, y la familia, como siempre, se reunió en torno a la mesa.

–¿Qué te pasa, hijo, por qué estás tan ensimismado? –le preguntó el padre, mientras se servía la cuajada y los frijoles molidos, que eran su plato vespertino favorito.

–Nada en especial. Sólo que estoy asomado a mi futuro.

Frase enigmática, que pasó inadvertida. Por eso todo fue sorpresa cuando les avisó a sus padres:

–Me voy para Bengaluru, en el sur de la India, a prepararme más. La empresa me envía.

–¿Y por qué ahí, si no vas a hacerte monje?

–No, no me voy a hacer sacerdote védico ni pandit, sino gestor tecnológico de primer nivel. Hoy lo antiguo y lo moderno van ahí de la mano. No me costó mucho decidir. Ustedes ya me conocen, y esta es mi hora…

La ruta aérea fue Nueva York, Dubai, Bengaluru. Y cuando llegó, temprano por la noche, se fue directamente hacia aquel apartamentito que había conseguido vía Internet, en Race Course Road. Como no había mobiliario ni objetos de casa, se acomodó en el suelo y se durmió de inmediato. Tenía que estar despejado al amanecer.

Y aquel amanecer traía consigo todas las nubes anheladas para ubicarlas en un cielo con denominación de origen.

En las fechas siguientes contactó con la empresa filial, visitó el recinto universitario al que se incorporaría y se aperó de lo necesario para asegurar su estadía personal. En los momentos intermedios, se desplazaba por los alrededores, y pasaba a cada momento por la entrada del Taj West End, aquel hotel con apariencia de bosque habitado.

Y el primer día en el aula se topó con ella. Como ocurre en las crónicas románticas, la conmoción interior fue espontánea. Y ese mismo día se le acercó para verla de cerca y preguntarle su nombre.

–Manisha.

–Yo soy Víctor.

Bastaba, porque los efluvios compartidos lo hacían todo. Y desde aquel preciso instante quedó sellado el pacto sin palabras. Eran, como se dice, el uno para el otro, sin ningún otro vínculo que la corriente de los anhelos espontáneos, esos que brotan de la profundidad desconocida.

Pero en él aquel enlace fue un motor desconcertante. La nostalgia encendida se levantaba de su lecho atávico para envolverlo en una lucha de emociones. ¿Se quedaría ahí para siempre, renunciando a la humedad vital de sus orígenes, o volvería a estos con la intimidad dividida?

Estuvo así por muchos días, como si en su interior se hubiera desatado una guerra de decisiones irreconciliables. Una nueva fidelidad amorosa estaba atacando sin piedad su determinación hasta aquel momento incuestionada de regresar a su tierra y a su mundo al cumplir la misión formativa.

Entonces Manisha le tomó las manos, y el calor de aquel contacto decidió por su cuenta. Ella lo contemplaba desde la profundidad de sus propias fuentes existenciales, y no había cómo escapar a dicho influjo.

–Te acepto, Víctor, para que hagamos vida en común de aquí hasta siempre, con una sola condición: que te pongas un nombre que yo pueda recordar en mis sueños…

–¿Y cuál sería ese nombre?

–Tú decides: Shankar, Venkatesh, Saidul, Rabi, Ramakrishna…

Él se quedó pensativo. Una mariposilla blanca le revoloteaba por los pasillos del cerebro. Quiso estar solo, y así se lo dijo a Manisha:

–Voy a pensar hacia adentro. ¿Puedo, verdad?

Manisha lo miró, ilusionada.

–Hasta mañana, pues.

El cielo de Bengaluru lo recibió en la calle con ansia de mapamundi. Había airecillo de lluvia, pero sin que la luz perdiera su inspiración multicolor. Y todo eso junto le humedeció los ojos.

Al llegar a su refugio fue a buscar de inmediato el mapamundi que le entregara su jefe, y lo extendió junto a él en el reducido lecho. Se durmió casi al instante, y el sueño fue la nave aérea más veloz del mundo. Volvió a su país y les comunicó a todos la decisión tomada. Abrazos a granel. Y entonces despertó, ya de vuelta.

Manisha lo aguardaba, en el lugar acostumbrado los domingos al mediodía: Blue Ginger, el restaurante vietnamita sin paredes y rodeado de estanques poblados de peces, entre la vegetación frondosa, ubicado en el Taj West End.

–Hola, Ramakrishna.

–¿Cómo te enteraste de que ahora me llamo así?

–Porque no sólo eres el soldado victorioso de tu guerra profunda, sino el enamorado más comunicativo en la tertulia del ensueño… ¡Gracias para siempre!

SE DESCUBRE EL SECRETO

Desde el mismo instante en que se despertó a la conciencia, fue para todos evidente que aquel retoño familiar tendría una inventiva fuera de serie. Entre los familiares inmediatos empezó a funcionar al respecto una especie de lotería de símbolos: ¿sería artista innovador, científico de avanzada, guía espiritual de nuevo cuño…?
Cuando llegó el momento de iniciar su formación escolar, las expectativas parecieron desvanecerse: el niño, y luego el joven, no mostraba ningún signo excepcional. Sus notas eran de rango corriente y estaban con frecuencia en el límite justo entre lo mediocre y lo aceptable. Los padres empezaron a hacer cálculos resignados:
— Quizás va a ser un empleado común, si acaso.
—Yo digo que simplemente no hay que hacerse ilusiones.
— Pero dicen que la esperanza es lo último que muere.
—Dejemos, entonces, que la esperanza se arme de paciencia.
Así, dando traspiés en la carretera polvorienta del aprendizaje formal, llegó hasta la primera estación definitoria: el bachillerato general, ya que no optó por ninguna especialización en ese nivel. Los padres dieron un respiro de alivio, porque al menos estaba ya a las puertas de su nueva fase, que lo pondría en el umbral de la vida propia.
Se hallaba haciendo el papeleo para ingresar en su etapa universitaria, y ni siquiera sus padres sabían hacia dónde iba a dirigirse. Cuando por alguna pregunta directa se refería al tema lo hacía en un lenguaje en apariencia explícito pero en verdad plagado de rendijas inexplicables. Sin duda era un enigma personalizado, y eso hizo que por fin la madre, luego de muchas idas y venidas por los pasillos del insomnio, se sintiera tentada a acudir al consejo de una médium que llegó a instalarse inesperadamente por los alrededores, ya que en aquel ambiente nunca se habían ofrecido servicios de esa naturaleza.
La respuesta inicial de la médium la dejó en silencio:
—Su hijo quiere ser una persona común en apariencia, para poder dedicarse con libertad al cultivo de su propio huerto.
Y ante su expresión desconcertada, la respuesta explicativa hizo crecer aún más el enigma:
—Ese huerto es aún invisible, aun para él, pero está perfectamente imaginado en el centro de su conciencia. Y si usted quiere apoyarlo de veras tiene que animarse a llegar a la entrada de dicho huerto por la vía de la intuición maternal, que nunca falla. Bueno, que casi nunca falla… Y en este caso, el hecho de que usted haya venido a solicitar consejo es el mejor mensaje de lo que significa tal intuición…
— Lo voy a hacer, porque lo que a mí más me importa es que mi hijo halle la ruta de su propia suerte…
Ella, entonces, ansiosa como estaba, no pudo contenerse, y en cuanto tuvo a su hijo cerca de ella le abordó la cuestión:
— ¿Ya sabés a qué carrera vas a ingresar?
— Claro que lo sé.
— ¿Y por qué lo tenés tan guardado?
— Porque ese es uno de los requisitos: no soltar prenda.
— ¿Cómo es eso, hijo? ¿Me querés tomar el pelo?
Él, a su estilo, soltó la risa:
— ¿Pero cuál pelo, mamá, si apenas le alcanza para esa colita que se tiene que completar con un listón, que por cierto está hoy bien llamativo?
—¡Hijo, no te salgás por la tangente! Yo quiero estar contigo, acompañándote y apoyándote.
—Buena madre. Buena madre. Y por eso le ruego que me deje tranquilo…
— ¿En tu propio huerto?
— No sé a qué se refiere.
— Yo sí sé: al huerto de tus anhelos.
— Yo no tengo anhelos, madre. Soy un buscador, solo eso.
— ¿Buscador de qué?
— Bueno, voy a decírselo, pero sin más explicación: buscador de follajes compartibles.
La madre se quedó en silencio, como si de pronto se hubiera puesto temerosa de romper un encanto; y no volvió a tratar el punto.
En los días, en las semanas y en los meses subsiguientes todo pareció continuar en una normalidad muy semejante a la de cualquier familia que tuviera retoños adolescentes que estuvieran en el filo de una nueva etapa de sus vidas. Sin embargo, a un observador perspicaz algunos detalles de seguro le hubieran parecido al menos reveladores.
Los tres hijos estaban ya en las aulas universitarias, y eso era lo único que se hacía visible. Pero en lo referente a él, a Ángel, algo muy peculiar comenzó a manifestarse. Cursaba estudios formales, pero apenas salía de su cuarto. Y ahí, adentro, lo que reinaba en torno a él era un silencio que daba la impresión de que aquello era muy semejante a un recinto subterráneo.
La madre volvió a angustiarse, y una vez más acudió a la médium:
— ¿Será posible que mi hijo se esté muriendo en vida?
— No, es al contrario: revive cada día.
— ¿Y cómo es eso?
— Es que todos sus árboles interiores están floreciendo y fruteciendo. Es una estación perfecta para que el huerto empiece a dar todo de sí.
— Ah, usted ya me habló del huerto, pero no me ha explicado de qué huerto se trata.
—Se lo digo si está dispuesta a tomarlo como lo que es: una petición de acompañamiento respetuoso.
—¡Claro que sí! No olvide que soy su madre.
—Sí, lo sé, pero es que con gran frecuencia los padres son los menos dispuestos a entender las novedades existenciales.
— No es mi caso, se lo aseguro.
— Entonces, prosigo: su hijo es un inventor de emociones, y su destino va por ahí. ¿Entiende?
— No entiendo, pero estoy dispuesta a entender.
— Ah, pues déjelo estar. Él es un horticultor de sí mismo.
— Le repito: no entiendo.
— Si es así, observe desde afuera. Su hijo sabe lo que busca, aunque aún ande averiguando lo que eso significa.
Al oí aquello la madre no volvió a insistir. Y fue como si la casa se convirtiera de pronto en una capilla sin sonidos externos. Lo que todos estaban necesitando.
Ángel tomó entonces la decisión que se le venía dibujando en la subconsciencia desde hacía tanto tiempo:
— Voy a hacer un viaje. Los tendré informados.
Desde aquel mensaje, lo que se abrió fue un vacío que tenía todas las características de una ausencia sin retorno. Pero el misterio seguía revolviendo sus ecos.
Y así, en algún momento no identificable, llegó inesperadamente la tan esperada noticia:
“El viajero que salió de su casa está hoy en su propia casa: el huerto de la memoria”.
Y muy poco tiempo después se hizo presente la carta que traía las ansiadas explicaciones:
“Madre, estoy por fin en mi huerto, como un árbol más entre hermanos de savia y de follaje. Desde siempre, una voz interior me hizo saber la forma de mi destino. Yo sería un cronista de memorias, y no solo de las mías sino de las de todos los que forman mi comunidad de semejantes. Es decir, los árboles del huerto. ¿Cómo explicar esto, si cualquiera puede pensar que no es más que una fantasía ingenua? Así lo pensé yo mismo por largo tiempo, y por eso nunca hablé con nadie de esta condición tan original, que me hace un ser de otra esfera; en este caso, la esfera de los misterios vegetales. Yo ahora soy un árbol con memorias, y cada uno de mis vecinos inmediatos también lo es. La suerte providencial me ha dado el encargo de poner en palabras humanas el testimonio memorioso de los integrantes de esta comunidad familiar a la que hoy pertenezco. Sé que usted puede comprenderme, madre, porque así me lo ha confirmado mi amiga, la médium a la que usted acudió hace tiempos para encontrar explicaciones sobre el incógnito rumbo de mi vida. Dentro de poco le hará llegar por las rutas del aire mi primer grupo de vivencias existenciales compartidas. Están escritas sobre hojas con tintas de amanecer y de atardecer. No sé si usted podrá descifrarlas, pero al menos sentirá sus pálpitos. ¡Gracias, madre, en nombre del huerto y de todos los que hemos albergado aquí nuestras raíces!”
En los días subsiguientes, el aire estuvo quieto, como si aguardara señales. Y por fin, una mañana la atmósfera pareció palpitar en forma de anuncio, y las ráfagas comenzaron a traer infinidad de hojas voladoras. Promesa cumplida.

Historias sin Cuento

LAS CENIZAS FELICES

Nunca fue fácil, pero hoy estaba siendo cada vez más difícil. Lo venía pensando desde mucho antes de que emprendiera la mayor aventura de su vida, y a pesar de todas las retrancas emocionales y todas las incertidumbres situacionales se decidió a tomar camino, con sólo lo puesto y muy poco más.

La ayuda de algunos parientes que siempre habían estado cerca le permitió juntar el dinero necesario para pagar lo que pedía el coyote para llevarlo hacia arriba, hacia el Norte. Las fronteras son así: puertas que se abren y se cierran al impulso del más atrevido.

Todo listo, pues. Las despedidas y los augurios en primer lugar:

–Que Dios te acompañe, Licho.

–No vayás a olvidarte de nosotros, cipote.

–Lo tenés todo para salir adelante, y lo primero es la fe. Que la virgencita de Guadalupe guíe tus pasos. Y que el éxito que vas a lograr no te pervierta, porque para eso contás con los valores que te hemos inculcado.

–Aquí vamos a estar, atentos a tu suerte. Esa suerte que vas a levantar con tu propia fuerza, como lo hacías de niño con los sacos de café allá en el volcán.

Y todas aquellas frases, pintadas con los colores del cariño, las llevaba en su cuaderno mental, como la escritura del presente para inspirar los desvelos del futuro.

El trayecto afortunadamente se dio sin incidentes traumáticos. Aun su recorrido mexicano en el tren La Bestia transcurrió sin incidentes. Todo le hizo sentir que la esperanza era la guía, y que en ningún momento se apartaba de su lado. Y cuando por fin arribó al lugar de destino sintió que su decisión había sido un mensaje providencial. Estaba ya ahí, a unos pasos de la Estatua de la Libertad, en aquel rinconcito que unos amigos de antaño le habían permitido ocupar como primera estancia.

Pocos días después consiguió trabajo como mesero en una pequeña taberna latina, que se llenaba a diario más que todo con gente de la raza, y eso le facilitó la comunicación, ya que del idioma inglés apenas iba conociendo unas cuantas voces a salto de mata.

Era muy del caso agradecérselo a la Providencia, porque al menos no había tenido que sufrir en el limbo de la desocupación angustiosa, y así lo hizo yendo con frecuencia a visitar una capilla que desde afuera no mostraba ninguna señal de ser tal.

Todo parecía irse moviendo para él con la naturalidad de lo que está concebido de antemano, pero de pronto la ansiedad se hizo presente como una deidad que traía consigo una alforja cargada de amenazas.

Fue entonces cuando uno de sus compañeros de trabajo le hizo la advertencia:

–Hay que tener cuidado, mano, porque la Migra anda más hambrienta que nunca, y esa es la política malvada de aquel que te conté…

–¿El mandamás de la Casa Blanca?

–¡Shhhh! Aquí ahora no sólo las paredes oyen, sino también las copas y los platos…

Sintió que el fantasma de la deportación pasaba sonriendo malévolamente a su lado, y por un segundo la vista se le nubló, y la esperanza comenzó a tragarle gordo. Había oído hablar de aquello, pero sentirlo era otra cosa.

Empezó a padecer de insomnios recurrentes, y eso hacía que el cansancio que nunca había sentido se le mostrara como una compañía insidiosa. También se le desorganizó el apetito, y su estructura corporal, que era propia de los jóvenes con voluntad deportiva, apareciera cada vez más frágil. Uno de sus compañeros de trabajo le preguntó, mientras preparaban unas bebidas remembrantes:

–¿Te está pegando duro la nostalgia, no es cierto?

–A mí, no; lo que pasa es que no acabo de acostumbrarme al horario.

–Ah, pues aquí no hay de otra: aceptar las reglas o caerse de la moto.

–Eso no. Vine a quedarme, y a ganar terreno. Para mí y para mi gentes.

–¿Y quiénes son tus gentes?

–Los que aquí aparecen.

Sacó su celular y buscó una imagen. Al encontrarla se la mostró a su compañero.

–Todos son niños.

–Hermanos y sobrinos. Los que vienen.

–¿Para acá?

–No, hombre, para la vida. Quiero ayudares a que sean alguien. Allá es difícil, pero se puede más que en ninguna otra parte.

–Vos no pudiste.

–Pero yo no logré estudiar allá, y ellos sí van a poder. Se lo he jurado a mis tatas, que ya no están, pero nos miran desde alguna parte.

–¿Y vos qué?

–Yo voy a ser guitarrista, cuando me llegue el momento.

–¿Guitarrista? ¡Jajajá!

–¿Sabés qué? Voy a entrar en una academia de música en cuanto pueda. Todavía estoy joven, hombre, y el mundo me espera. Te ofrezco desde ya una entrada gratis a mi primer concierto, que va a ser en un gran auditorio…

–¿Y de qué vas a vivir, entretanto, cuando además estás mandando remesas a los tuyos?

–Del aire, cabrón, del aire. En estos tiempos no hay de otra.

–Ah, pues empecemos ya. ¿Querés una copita de aire con piquete?

–Pues para después es tarde…

Y como dice el bolero, todo lo que viene es música. Cuando el dueño de la pequeña taberna se enteró por boca del compañero que su vocación era la música guitarreada, se le acercó a preguntarle si estaría dispuesto a tocar y a cantar algunas noches según el gusto de los asistentes. Él, sorprendido, no pudo decir que no. Quizás era en verdad el principio de su nueva vida.

El repertorio de boleros clásicos, que era lo que había oído desde los más remotos años en su casa y en la voz ronca de su padre, resultaba perfectamente compatible con el ambiente que se quería crear en el lugar.

El dueño se entusiasmó más de lo esperable, ya que en la cotidianidad era una especie de aprendiz de ogro:

–Con Los Panchos, Los Diamantes y Los Tres Reyes estaríamos en onda.

–Por mí, no hay ningún problema. Sólo reviso algunas letras, y ya.

–Entonces, comenzamos mañana a las 8 de la noche, cuando empiezan a llegar los clientes.

–OK.

–Ah, se me olvidaba. ¿Y si alguien pide alguna ranchera, también te podés las más comunes?

–Y no sólo eso: conozco temas de Juan Gabriel y de José José, que también les gustan a muchos. Acuérdese de que yo vengo de donde asustan con canciones entradoras…

–Ah, pues estamos en onda.

Así logró ganar todos los días unos dólares más, y así también el anhelo de ingresar en una academia de música se hacía más visible. En ésas estaba cuando le llegó la súbita noticia de que allá, en su tierra familiar, un incendio de origen desconocido había acabado con la casa donde nació y creció.

La llamada de su tía no se hizo esperar:

–Lo perdimos todo, Licho, todo, todo, todito… Estamos en la calle, como pordioseros…

–¡No se angustie, nanita, voy para allá!

–Pero, hijo, ¿y tu futuro? ¿Dónde va a quedar tu sueño?

–Entre sus manos, para que me lo acaricie cuando yo esté allá.

Y en verdad cogió camino de inmediato, sin pensarlo dos veces. Sin imaginárselo, la necesidad de volver le iba detonando la ilusión. El dueño de la taberna, que sin duda le había tomado cariño, lo despidió con un obsequio:

–Te regalo la guitarra, porque allá también te puede ser útil.

Regresó como pudo, por cualquier vía al alcance. Y a medida que se iba acercando le nacía un entusiasmo desconocido. Al arribar, entre los abrazos poblados de lágrimas, el aroma a fuego manso los envolvió a todos.

Eran las cenizas del incendio convertidas en anuncio de reverberaciones entrañables. Apretó su guitarra entre los brazos, y anunció en voz alta su propósito:

–¡Voy a cantar para vivir, como hacen los pájaros libres!

CIUDADANÍA FANTASMAL (23)

PARÁBOLA DEL EMISARIO

La salida del vuelo estaba marcada para las 7:50 de la noche, y él, conforme a su costumbre, llegó a chequearse cuatro horas antes, para prevenir cualquier tipo de angustia sorpresiva. Se fue a instalar, como siempre, en el lounge que correspondía a la línea en que iba a viajar, la de siempre, porque era la que comunicaba sin escalas su ciudad de origen y su ciudad de destino. Al entrar en el salón le causó sorpresa constatar que se encontraba totalmente vacío, lo cual nunca había ocurrido antes; pero en el sitio donde colocaban los bocadillos y las bebidas disponibles todo se halla debidamente dispuesto, y con una abundancia radiante que no era lo común en tales condiciones.

–Lo estábamos esperando a usted, señor –le dijo al verlo la señorita que atendía.

Él se quedó en suspenso. ¿A él? ¿Y por qué a él, que era un pasajero común, como lo había sido toda la vida? No preguntó nada, pero la explicación llegó por su cuenta:

–Sabemos que usted es un mensajero de las nubes, y queremos reconocérselo…

–Gracias, acepto lo que me ofrecen. Gracias por hacérmelo sentir. Trataré de estar a la altura.

DOMINGO EN FAMILIA

Fabián, el aprendiz de pensador, pasaba el día entero junto a su ventana abierta en el reducido cuarto donde moraba desde que se escapó de la casa de sus padres, con unas pocas prendas y unos cuantos ahorros. Aquella reclusión era el precio de su libertad, y aunque nadie lo entendiera así, él se sentía acompañado por el aire fugaz y por los destellos del clima, cada vez más impredecibles…

Quizás a consecuencia del encierro físico apenas aliviado por las fugaces salidas en busca de alimento, él se había ido volviendo una especie de presidiario gozoso. Pensaba y repensaba los temas que se le aparecían en la pantalla de la conciencia. Hablaba solo y se refugiaba en su lucidez escondida, como un en resort misterioso. Y al ser así, para él todas las jornadas eran dominicales en el más anhelante sentido del término.

Pero aquel domingo pasó algo inusual. Alguien llamó a su puerta, y al principio él creyó que era un juego de resonancias interiores. Cuando el llamado insistió, se dio cuenta de que alguien estaba afuera. Sin pensarlo, acudió.

–Hola, vecino, soy tu otro yo, y vengo a compartir casa contigo. No tienes alternativa…

EL MEJOR AUGURIO

Según el horario establecido, el tren llamado de Oriente llegaba temprano por la mañana y volvía cuando ya estaba casi anocheciendo. Él era un niño, y los sábados tomaba el tren mañanero para llegar a aquella estación muy próxima a la casa de su familia inmediata que nunca salió del campo. Venía de la capital, donde estudiaba bajo el amparo de su abuela materna.

Era sábado de lluvia matutina, sin truenos ni ráfagas, y como no tenía capa protectora, llegó corriendo y empapado a la vivienda familiar, donde la madre lo recibió con ansiedad:

–¡Niño, te vas a resfriar, y hasta te puede dar neumonía! Te voy a traer una toalla para que te sequés bien…

Pero en vez de resfriarse pareció que la lluvia temprana le producía un efecto revitalizador, que desde luego era inesperado, hasta el punto que la madre no pudo evitar el comentario:

–A mí se me hace que el agua llovida te hace feliz. Y ya no voy a prohibirte que te bañés con ella. Quizás tu destino está en las nubes…

HORTICULTURA INGRÁVIDA

Alrededor de la pequeña construcción habitable se extendía el estanque poblado de nenúfares y a su alrededor la vegetación frondosa y apacible hacía recordar que aquel era un refugio natural por excelencia. El encargado de cuidar aquel ambiente era mister Prasad, quien a pesar de estar moviéndose constantemente por los senderos bordeados de árboles centenarios y de plantas multicolores andaba siempre vestido como un empleado de oficina, con su traje oscuro y su pañuelo satinado en el bolsillo superior del saco.

Ellos eran huéspedes asiduos, y conocían los detalles de cada espacio y cada rincón, que recorrían como rutina casi sagrada. Y aquella tarde fueron a desplazarse, como todos los días que permanecerían ahí, por las callejuelas nutridamente arboladas. Y por ahí se desplazaban cuando en sintonía indescifrable sintieron que todo lo que les rodeaba en un mundo desconocido.

–¿Dónde estamos? –se preguntó él, apretándose a ella.

–En nuestro paraíso propio –respondió ella, con sonrisa inspirada.

Y al decirlo ambos sintieron que volaban sin que sus pies se alzaran del suelo.

RESIDENCIA FOLIAR

Contraerían matrimonio muy pronto, y andaban en busca de un espacio donde vivir. Pero en verdad lo que ellos anhelaban era más que convivir al estilo convencional: desplegar sus alas aunque fuera en una pequeña estancia sin ningún horizonte visible. Recorrieron todos los anuncios que aparecían en los periódicos tanto tradicionales como digitales, y luego empezaron a visitar lugares para tomar la decisión que se ajustara a sus propósitos.

Se sucedían las visitas y nada les satisfacía. Llegó el día de la boda, que tuvo lugar en un hotelito de montaña donde la vegetación era especialmente acogedora. Mientras la ceremonia se desarrollaba bajo los ramajes entre los que la intensa claridad solar se colaba como una efusión traviesa, los dos contrayentes tuvieron una sensación simultánea, y eso les provocó imaginar que levitaban.

Volvieron los ojos hacia arriba, sin que nadie lo advirtiera, y el impulso feliz los invadió. Ya tenían su respuesta.

Buscaron entonces lo que ansiaban: un pequeño terreno con un gran árbol. Y hubo quien asumió el desafío arquitectónico: armar la casita arriba, entre las ramas. ¿Cómo imaginar mejor destino?

BENGALURU, 6 A.M.

No tenía necesidad de abrir los ojos para enterarse de que el día comenzaba a hacerse sentir, porque los pájaros que pernoctaban en los alrededores lo testimoniaban con sus múltiples cánticos. Y aquel concierto espontáneo y puntual le hacía a él reencontrarse a diario instintivamente con sus impresiones antepasadas, que venía revisando en la memoria desde que tenía conciencia.

Y tales impresiones le parecieron siempre una muestra de cariño del día anterior, como si la vida fuera sólo un incesante tránsito de horas, cada una con su propio ser.

Ese día, él estaba especialmente inspirado, con una inspiración que parecía surgir a la vez de afuera y de adentro. De afuera, de las arboledas vecinas; de adentro, de las arboledas profundas. Y cuando sintió que un cuervo venía a avisarle que tenía la jornada a su disposición, se dispuso a recoger y asumir el mensaje.

Muy pronto iba ya camino a Puttaparthi, en excursión espiritual. Las colinas rocosas y las llanuras pobladas de sembradíos le hicieron sentir que el paisaje era parte íntima de su ser.

Y cuando estuvo en aquel poblado tradicional que hoy era ciudad moderna supo que el amanecer seguía estando dentro de él ya para siempre.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (223)

1826. ENTRE AMIGOS

Este año la temporada lluviosa ha sido particularmente volátil, como para hacernos sentir que el cambio climático está aquí. Un bromista de nuestro pequeñísimo círculo de allegados de confianza preguntó en un encuentro vespertino con tragos al gusto: «¿Y eso del cambio climático que no es otra especulación viralizada en las redes sociales?» Yo me atrevo a responder: «Ay, cipote, parecés un señor de los que vivían en aquellos entonces en los vecindarios de la calle 5 de Noviembre…». Todos se ríen, y el aludido y yo chocamos las manos para confirmar nuestra condición de vecinos inveterados. Otro nos lanza entonces el reto: «Y ustedes dos, que se las dan de cincuenteros, ¿por qué no nos cantan un bolero de su tiempo?» Nuestra respuesta es una: «¡Aquí te va, jovencito, jajajá!» Y empiezan a sonar las voces de «Flor de azalea» mientras la tormenta con rayos llega a acompañarnos.

1827. EL MISMO QUE VISTE Y CALZA

Se fue muy joven hacia el Norte, cuando hacerlo no era tan riesgoso como es hoy. Su familia no volvió a saber nada de él, salvo que vivía allá en una zona que se llama Long Island. Pero el tiempo transcurre, y a veces se vuelve destapador de cajas cerradas. Y en una de esas volátiles cajas había un montón de imágenes irreconocibles, salvo quizás una, la de ese hombre aún joven que iba manejando un taxi. El señor que estaba parado en una esquina le hizo señas al taxi para abordarlo. El motorista del vehículo en un primer instante pareció no advertir la señal, y pasó de largo; pero de inmediato se detuvo y retrocedió. «¿Quiere que lo lleve?» «Bueno lo que quiero es una respuesta. ¿Vos sos Hilario?» El conductor sacudió la cabeza. «Sí, soy yo. ¿Y usted?» «Aníbal, tu hermano. ¿Ya no me reconocés?» «¡Es que éramos niños!» Y el abrazo los convirtió en gemelos…

1828. OTRA PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

La Librería del Prado, en la calle del mismo nombre, estaba cerrada porque aún no eran las 5 de la tarde. Él le dijo a ella mientras pasaban enfrente: «No se te olvide que estamos en Madrid, y que aquí el horario es muy distinto al nuestro». En cuanto dijo aquello ambos sintieron al unísono que sus sensaciones se tomaban de las manos. «¿Y entonces qué hacemos?» «Pues lo de siempre en las tardes madrileñas: caminar hasta que llegue la hora». Se fueron a vagabundear por la zona, sin otro propósito que acumular sensaciones conocidas con anhelo novedoso. Sin proponérselo estaban ante una tienda de antigüedades, que no eran sus objetos favoritos pero que en este caso tenían un imán inesperado. Lo que había en la vitrina era un conjunto de retratos. Se detuvieron para observar. «¡Mira aquellos dos!» «¡Somos nosotros!» Y el parpadeo del tiempo les hizo sonreír.

1829. AYER Y HOY

Una de sus nietas, que era adicta al cine de antaño por Netflix, le preguntó una tarde de sábado mientras la familia departía en el amplio corredor posterior de la casa donde la abuela vivía desde siempre: «¿A quién te gustaría parecerte más, abuelita: a Sara García o a Prudencia Grifell?» «¡Uy, las abuelitas clásicas de la Época de Oro del Cine Mexicano!» «Yo pensé que te gustaba ser abuelita, y por eso te pregunto…» «Bueno, pues ser abuelita está bien; pero yo quiero ser abuelita que no parezca…» «¿Cómo quién, pues?» «Déjame pensar… Como Olivia de Havilland…» «¿Quién es?… ¿Y por qué?» «Pues porque Olivia me cautivó en su papel de jovencita en «Lo que el viento se llevó»… Y luego siguió apareciendo hasta su retiro… Hoy es una dama de más de 100 años…, y eso es lo más inspirador…» «¡Ay, abuelita, lo que más me gusta de ti es que nunca perdés la ilusión!»

1830. LA BUENA NUEVA

El jefe los había convocado a reunión estratégica para aquella misma tarde, como si hubiera urgencia de tomar decisiones. A la hora señalada ya estaban todos reunidos en la sala de sesiones, cuyos ventanales daban a un predio baldío que nunca había merecido ninguna atención. Desde el inicio todo indicó que no había nada trascendental en agenda, y todos estaban a la expectativa de lo que fuera a decir el superior. Él se hallaba en silencio en su silla de mandamás, como si nada pasara, y al final habló: «Amigos, los he convocado para informales algo muy personal…» Todos pensaron, de inmediato y en esperanzador silencio, que iba a anunciar su retiro. Él los observó con expresión enigmática. Luego esbozó una sonrisa. «No, no se ilusionen: no me voy a retirar: lo que voy a hacer es comprar esta empresa para reciclarla con gente nueva. ¡Así que a arreglar sus bártulos!»

1831. SENTENCIA MUSICAL

El Jefe dio la orden sin alternativas, como siempre: «Van a la casa del Zambo y me lo traen vivo hoy mismo, aunque se resista». Aquella tarde-noche, los esbirros se dispersaron por la barriada donde el Zambo solía deambular haciendo de las suyas. No estaba en ninguna parte. Regresaron al lugar del Jefe, que era una casa clásica tomada por la organización porque le gustó al líder. El Zambo vivía ahora ahí, y andaba propalando que ya sabría el Jefe cuáles serían las consecuencias de aquel despojo. Un día lo encontraron y se lo llevaron al Jefe. Cuando ya estaba adentro, se dio la refriega. La gente del Zambo y la gente del Jefe liados en el estruendoso fuego cruzado. Hasta que llegó el silencio adornado de cadáveres. En alguna de las casitas de los alrededores estaba sonando la canción de José Alfredo Jiménez: «No vale nada la vida,/ la vida no vale nada…»

1832. «SHOKING GAME»

Tenía marcas moradas en el cuello. Su padre le preguntó, como experto en costumbres muy actuales: «¿Has estado practicando el ‘shocking game’? Ella, que era una adolescente en busca de emociones, negó con un leve movimiento de cabeza. Y aquella misma tarde, cuando se reunió con su grupo de amigas ilusionadas por el peligro, les contó la pregunta de su padre. «No decaigás, amiga, que para eso estamos nosotras aquí. ¿Vamos al juego, verdá?» Todas las presentes asintieron, y ella tomó la iniciativa para que no fueran a creer que se acobardaba. La líder del grupo le extendió entonces aquel cinturón que parecía sacado de una película antigua. Ella lo tomó con emoción, y empezó su prueba alrededor del cuello. Las presentes la animaban con saltos vibrantes hasta que cayó al suelo. No volvió a despertar. Todas se escaparon. El fin es siempre solitario.

1833. LA NOTICIA IMPOSIBLE

Desde la más temprana edad fue adicta a los deportes extremos, sin acatar ninguna advertencia. Y así, cuando llegó el momento de decidir destino expresó tajante: «Voy a ser alpinista, y en las cumbres más altas del mundo». Sus familiares, como siempre, la dejaron hacer, porque no había alternativa. Así tomó camino con una despedida simple, como si fuera al café de la esquina. Nunca volvieron a saber de ella. Quizás estaba en algún barranco nevado. ¿Qué hacer? Lástima que no podían enterarse de que la alpinista había alzado vuelo desde la azotea superior…

Historias sin Cuento

LA FUENTE SOTERRADA

Las condiciones familiares se les habían venido tornando cada día más dificultosas, hasta el punto de sentir laceraciones crecientes en todas las experiencias del vivir cotidiano. Y no es que los sentimientos originales hubieran desaparecido del todo: lo que pasaba era que tales sentimientos iban asumiendo modos diferentes.

Una noche, estaban los dos cónyuges en el camastrón de siempre, que les regalara el abuelo paterno de ella como presente de boda. Despiertos en la densa penumbra, y enfundados en los atuendos nocturnos, comenzaron a hablar:

–No tengo sueño, pero siento que el sueño me llama –dijo él, en su modo enigmático.

–¿Y por qué no atendés al llamado? –le preguntó ella, conocedora de tales gestos.

–Es que no quiero que la fuente se me vaya a derramar…

–¿Fuente? ¿Cuál fuente? No me vayás a decir que tenés menstruación –se burló ella, medio ocultando la risa entre las sábanas para hacerla más provocadora.

Y la reacción de él fue inusualmente compungida:

–No, qué va a ser. Es la fuente del buen deseo. Quiero tenerla bajo control. ¿Me ayudás?

Y entonces se abrazaron, desnudos como estaban. Respiraban como recién casados.

¿Y AHORA QUIÉN NOS PROTEGE?

Para llegar a la vivienda ubicada en el pasaje final de la colonia había que recorrer varias cuadras urbanizadas por las que circulaban aquellos muchachos que a todas luces pertenecían a los grupos delincuenciales instalados por toda la zona.

Él, que laboraba como conductor de vehículo comercial en una empresa que estaba ubicada bien lejos de ahí, hacía el recorrido de ida y vuelta en la motocicleta que le proveían en el trabajo. Todos los días la misma ruta; y como nunca se desviaba, el horario de mañana y tarde era impecable.

El pasaje era el límite entre los territorios que se repartían las dos pandillas dominantes. Él estaba perfectamente consciente de ello, y nunca hacía nada que pudiera levanta sospechas, ni en la autoridad policial que tenía una sede muy cerca ni en los pandilleros que rondaban constantemente, conforme a sus reglas de reparto, por todo el lugar.

Esa tarde, sin embargo, algo estaba pasándole en el interior de la mente, porque el paisaje se le confundía a cada instante. Detuvo su motocicleta junto a un predio baldío para no levantar sospechas, y cerró los ojos. Adentro, como es natural, reinaba lo oscuro, que parecía ser tranquilizante; pero de súbito se abrió una rendija insospechada, y entró un amago de claridad.

–¿Quién está entrando? –pensó, casi tembloroso.

Y lo que oyó fue un sonido muy semejante al que se hace para guardar silencio. Y en el silencio venía un mensaje perfectamente inteligible:

–Somos los de la pandilla contraria. Vos no nos conocés, así como tampoco conocés a los de la otra pandilla. Vas a tener que tirar una moneda, porque estás entre la vida y la muerte. ¡Rápido, que aquí nadie tiene tiempo!

MISIÓN AÉREA

A la familia ni siquiera le alcanzaban los escasísimos fondos disponibles para pagar el transporte público de todos los que formaban parte de ella, y eso había hecho que los integrantes de la misma se turnaran en la forma de conducirse a sus destinos educativos y laborales. Alternativamente, algunos caminaban y otros se movilizaban en autobuses o microbuses, y los días estaban previamente decididos sin tomar en cuenta las circunstancias.

Las exigencias de la formación académica en la Universidad recién iniciada hacían que aquel adolescente ilusionado e inventivo casi no tuviera tiempo para nada más. Iba a las aulas, frecuentaba las bibliotecas y volvía a su casa, a encerrarse en su «torre de marfil», que era un desván en el que antes se arrinconaban los objetos algún día desechables, y que hoy estaban apilados como escombros de una catástrofe por venir.

Ese día, a media semana, le tocaba a él irse a pie. Emprendió camino con apuro, porque tenía examen tempranero, y era una prueba decisiva para la suerte del semestre. Había muchos vehículos y mucha gente en el trayecto, y era preciso ir sorteando obstáculos para que la marcha no se perturbara.

En una de esas, y al arribar a la acera contraria, tuvo un deslizón y fue a dar al suelo encementado, con la rodilla lastimada. Trató de incorporarse pero no pudo. Algunos transeúntes trataron de ayudarle. Él los rechazaba suavemente. Y optó por desvanecerse. Alguien llamó a una ambulancia, pero antes de que el sonido característico apareciera, ocurrió lo que tenía que ocurrir: sin que fuera visible para nadie que no fuera el desmayado apareció del aire aquella águila clásica que lo alzó como si fuera una hoja y se lo llevó en vuelo hasta su destino.

EL MEJOR SALUDO MATINAL

Cuando estaba en aquella casa de campo de los remotos entonces pasando fines de semana y vacaciones, ocupaba un cuarto esquinero cuya ventana hacia el exterior daba a un largo arriate poblado de plantas de flor aromática, que eran la debilidad gozosa de su madre. Él fue entonces asumiendo, desde la primerísima infancia, la condición instintiva de los seres privilegiados; y tal condición no la compartía con nadie porque era estrictamente íntima.

Aquel día, la noche se acercaba como si tuviera pereza de hacerlo, y las sombras iban aposentándose en cualquier lugar que encontraban a su disposición. Él no tenía la somnolencia acostumbrada, y cuando llegó la hora de retirarse al descanso porque todos lo hacían a la vez, se fue a su cama y se quedó ahí, entre la colcha de siempre, pensando con los ojos abiertos.

Cuando al fin el sueño se hizo presente, ya los primeros destellos del amanecer iban poniéndose a la vista. Entonces se incorporó, tal si tuviera la intención de iniciar el arreglo personal de todas las mañanas. Pero se quedó ahí, como si aguardara a alguien. Y lo que apareció sólo era visible para él:

–¡Buenos días, Ángel de la Guarda!

ENSUEÑO VIRAL

En esta era en la que le había tocado construir académicamente sus bases de futuro lo que llevaba la delantera en todo era la tecnología, hasta el punto de sentir –sobre todo los mayores— que la vida era un ejercicio fuera de control personal. Para él, en cambio, la volatividad tecnológica era un juego de niños y lo que en verdad le ponía los pelos de punta estaba en materias como la filosofía y la literatura clásica.

–¿Y por qué no te gusta el conocimiento serio, hijo? –le preguntaba con suavidad su padre, que era justamente experto en enseñanza trascendental.

Él movía la cabeza, como lo hacen los hindúes para decir sí o no, según se interprete. Y el padre proseguía:

–Vas a tener que ganarte la vida, y para eso se necesita más que dominar los caprichos de una máquina. ¿Entendés?

El movimiento de cabeza se reiteraba. Y así fueron pasando los días, los meses y los años, sin cambio perceptible, al menos en apariencia. Hasta que llegó el momento de decidir destino final.

Todos se miraron a los ojos, a la espera de la palabra definitoria, que al fin llegó:

–Voy a vivir de mi máquina. Ya tengo un blog que me comunica con el mundo entero. Distribuyo mensajes de ensueño viral. ¿Comprenden?

Estupor sin palabras. Él se levantó, cogió su máquina y se dirigió hacia la puerta:

–Hasta muy pronto. Nos vemos en el paraíso cibernético. Los invito a pasar una temporada sin que les cueste ni un solo centavo. ¡Bye!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (222)

1818. EN EL BARRIO SAN MIGUELITO

Era la Calle de Mejicanos hacia el norte. Se bajó del bus de la Ruta 2, unos metros más adelante de la Tienda La Royal, y tuvo el impulso de volver unos pasos atrás para ir a comprar algunos bocadillos dulces para la cena tempranera de costumbre. Llegó al lugar esquinero que hacía ángulo con la Calle 5 de Noviembre y buscó con la mirada a la Niña María, dueña de la tienda y mamá de Roque. Le preguntó por ella a una de las empleadas, y la respuesta fue evasiva: “Está allá adentro, con alguien”. Él se animó a preguntar: “¿Es con el hijo?” La respuesta fue un gesto indefinido. Él entendió. Compró un par de cosas y se fue a su casa una cuadra más adelante, en la 23ª. Calle Oriente. Esa noche estuvo leyendo los poemas de Roque, sin imaginar que nunca más lo vería en persona, al menos en este plano.

1819. 118 RUE DU CHÂTEAU

Salió a hacer la compra cotidiana en los alrededores. Lo primero que hacía todo los días sin falta era visitar esa tienda inmediata, “Au Pain d´Autrefois”, porque los bizcochos rellenos le fascinaban desde que los probó. Era otoño avanzado y la atmósfera permanecía en cierre total. Cuando cargaba ya tres bolsas en las manos volvió al apartamento en el segundo piso, con ventanal hacia la calle. En el instante en que entró dio inicio la lluvia. Ella, que era una mujer mayor, se sentó en una poltrona a tener su diario ejercicio de remembranzas: sus años iniciales en Los Lunas, Nuevo México; los tiempos en Sonsonate, recién casada; el paso a San Salvador, con sus dos hijos muy jóvenes… ¿Qué hacía hoy en París? Era una larga historia. Alguien tocó a la puerta. Quizás otra vez el Destino.

1820. MERCADO EMPORIUM

La Niña Mina estaba preparando un ramo de flores variadas y multicolores que le había encargado la señora elegante y enigmática que estaba de pie frente a su puesto. Cuando lo tuvo listo se lo entregó al tiempo que ella le extendía los billetes del costo. “Muchas gracias –dijo la compradora–, y sé que este es el mejor arreglo que se puede desear”. La Niña Mina sonrió, complacida: “Gracias a usted, y yo le ruego que salude de mi parte a Lupe, que se halla ahí enfrente trabajando como siempre”. La señora salió del mercado y cruzó la calle. Entró en el edificio inmediato y preguntó por Lupe, que era periodista de turno en La Prensa Gráfica que estaba ahí. “Disculpe, señora, Lupe murió ayer, en su escritorio”. “Lo sé, y por eso traigo estas flores. Quiero dejarlas ahí, donde ella fue feliz”.

1821. FRENTE AL CERRO EL SARTÉN

La tarde iba cayendo con rapidez de intenciones voladoras, y pronto sería de noche. El joven que acostumbraba andar desplazándose por los alrededores silvestres caminaba de vuelta a la casa, contemplando una vez más todos los detalles del entorno. Pero esta vez sentía una especie de aflicción indefinida, como si todo aquello fuera a desaparecer para siempre. Se detuvo entonces y buscó un borde en el terreno para sentarse. Lo hizo y se sintió más en confianza con el paisaje. En ese instante tuvo la sensación de que el tiempo sideral se había detenido, aunque ya estaban apareciendo las primeras estrellas. ¿Cuánto estuvo ahí, en la víspera de su traslado definitivo a la ciudad para continuar sus estudios? No lo sabría jamás porque el Cerro El Sartén seguía enfrente, sin alejarse ni un solo minuto.

1822. LOS RÍOS SIENTEN

Como esa era su convicción desde que tenía memoria, cada vez que llegaba a la orilla de alguno, cualquiera que fuese su volumen y su apariencia, se agachaba hasta arrodillarse para entrar en contacto íntimo con las aguas fluyentes. Para él, se trataba de un rito natural, que nadie le había enseñado. Así descubrió que cada río tiene identidad propia, determinada por algo que está debajo de sí mismo. Y eso lo constató sin lugar a ninguna duda una vez cuando aquella sequía resultante del cambio climático atacaba con fuerza. El río que estaba junto a él había perdido casi todo su caudal de siempre. Con más devoción se arrodilló a su orilla; y en ese instante, sin decir agua va, se desató la tormenta. Las aguas palpitaron agradecidas, y él, llorando, unió sus lágrimas al espontáneo milagro.

1823. CINE PRINCIPAL, 2:45 p.m.

En la lámina acortonada que se hallaba erguida sobre la techumbre del Cine había visto desde comienzos de la semana el título de la película que se estrenaría al final de la misma. Era un título provocador: “Un Rincón cerca del Cielo”. Como todos los domingos, regresó de la finca apopense antes del mediodía, en la camioneta que venía del norte, almorzó sin tardanza y se fue para el cine. La primera función de la tarde comenzaba a las 2:45. Cuando estaba haciendo fila entre los grandes pilares para comprar la entrada se dio cuenta de que la película que estaban exhibiendo no era la anunciada. Le preguntó a quien estaba detrás de la ventanilla y él le dio una explicación que parecía una broma: “Vinieron algunos espíritus a protestar, y se tuvo que cambiar programa”.

1824. 11D, 2nd. AVENUE

La amplia ventana permanecía con la cortina levantada y con la ciudad prácticamente al alcance de la mano. Y él, que era un contemplativo inveterado, tenía a diario la sensación de que cada vez descubría un detalle. Podía ser una ventana encendida, el andamiaje de un nuevo edificio vertical o la presencia de alguna planta exuberante en la azotea más alta. Esta vez el contemplador revisaba minuciosamente lo que tenía ante su mirada cuidadosa y no le aparecía nada que no hubiera visto antes. Se apartó por fin de la ventana y se fue a abrir su laptop al escritorio inmediato. En cuanto se activó la pantalla, surgió el mismo paisaje de afuera, con un toque de luz en un punto. ¡Ahí estaba! Amplió la imagen. Era una ventana exactamente igual a la suya, con su mismo rostro observando… ¡Bingo!

1825. LABOR DEL HELIOTROPO

Comenzaba la época de lluvias, y en el jardín, como todos los años, la emotividad natural se prendía hasta en las hojas más tímidas. Amanecía con intensidad envolvente, y los pájaros que llegaban puntualmente cada mañana lo celebraban en coros dispersos. Sólo faltaba alguien: él, el poeta vegetal. Y las aves cantantes fueron a avisarle al aludido, que era el heliotropo junto a la fuente. Como si le dijeran: “Te has dormido, hermano, es tu turno…”

CIUDADANÍA FANTASMAL (22)

DÍA DEL MAESTRO

Aquello era como un teatro al aire libre, y temprano por la tarde comenzaron a llegar tanto los profesores como los estudiantes a ocupar los puestos ordenados alrededor de la tarima donde había un podio y unas cuantas sillas alineadas detrás. Aunque era una ceremonia tradicional, ese día nadie sabía qué iba a pasar. Cuando el espacio estaba lleno de presencias, apareció el maestro de ceremonias. Subió al podio y tomó la palabra:

—Todos estamos presentes. Ya se hizo el recuento correspondiente. El invitado de honor está por llegar. Solo un poco de paciencia, por favor.

Fueron pasando los minutos y el presunto invitado de honor no aparecía. Y cuando ya la paciencia de los asistentes estaba por agotarse subió de nuevo al podio el maestro de ceremonias:

—Ustedes perdonen, pero el invitado me acaba de pedir que lo represente. En verdad, yo soy su principal discípulo, y ahora se lo doy a conocer a ustedes. Él es mi Padre celestial, y yo soy su Hijo terrestre. ¿No les dice algo esta explicación que acabo de ofrecerles? –agregó con una sonrisa que aspiraba a ser sublime.

Los asistentes iniciaron un abucheo casi subterráneo, que subió hasta la atmósfera como una prueba de confianza extrema.

DEJÉMOSLO COMO ESTÁ

Los padres se desentendieron de su suerte prácticamente desde que nació, y eso, en vez de producirle las frustraciones angustiosas que son comunes, le abrieron espacios de libertad que desde afuera hubieran podido parecer inverosímiles.

Estaba hoy con un pie en el estribo, es decir, en actitud de tomar impulso por el pasadizo cerrado que llevaba a la entrada de la nave aérea de última generación que lo conduciría hacia el aire y desde ahí hacia una nueva tierra.

El vuelo resultó tranquilo, sin altibajos ni convulsiones. Él se durmió profundamente, de seguro con el propósito de despertar cuando el avión estuviera por aterrizar. Comenzó el descenso. Tocaron tierra. Él soltó un ronquido feliz.

La asistente de cabina tuvo que mover su hombro para despertarlo. Fue inútil. Entonces, mientras los otros pasajeros salían en fila, un asistente médico entró a revisarlo. Resultado indefinido:

—Vamos a sacarlo para el hospital. Hay que recoger sus documentos personales y su equipaje de mano.

Desde aquel momento la presencia del pasajero desvanecido se perdió de vista. ¿Qué fue de él? Nadie sabía nada. Nadie podía saber nada. Era como si el silencio al respecto envolviera una conclusión sin retorno: «Dejémoslo como está».

CARTA MARCADA

Sobre la madera de la puerta de entrada alguien desconocido había pintado un mensaje en letras muy visibles: Espero respuesta lo más pronto posible. Si no… Y cuando el habitante de la casa que estaba al fondo del pasaje, justo al borde de la quebrada que corría bien abajo, llegó al final de la jornada y leyó el mensaje se introdujo de inmediato por la puerta luego de forcejear algunos segundos con la llave, que parecía no querer ceder.

Se dirigió de inmediato al escritorito esquinero que le servía de lugar de trabajo en la casa; y aunque la laptop se hallaba a disposición, tomó una hoja y comenzó a escribir a mano, como ya no se estilaba. Cuando concluyó la escritura dobló la hoja y la metió en un pequeño sobre de manila.

Le puso el nombre del destinatario y le colocó la estampilla correspondiente. Salió de la casa y caminó hasta el buzón donde se depositaban los envíos postales. Toda aquella escena era una copia al carbón de lo que ocurría al respecto en otros tiempos. Él hizo un gesto de afirmación, mientras regresaba a su refugio hogareño. Después, se puso a ver televisión en un aparato evidentemente de otra época.

En algún momento se abrió la puerta de entrada y su esposa llegó con alarma:

—¿No has visto lo que han pintado en nuestra puerta?

Él respondió con una mirada interrogadora.

—Es una frase bien extraña y preocupante: recibí la respuesta. Espero que cumplas… ¿Te están extorsionando?

Él sonrió para apaciguarla:

—No, mi amor. Solo me están pidiendo ayuda de palabra. Es un espíritu desconocido que necesita consejo escrito sobre cómo expresar sus sentimientos… Y como yo soy poeta, acudió a mí.

—Ah, eso me tranquiliza. En estos tiempos en que la delincuencia abunda uno se alarma.

—Ya respondí. Voy a colaborar. Te cuento lo que siga.

CUANDO LLEGA LA HORA

En el vecindario había una chimenea que lanzaba humaredas sofisticadas. A veces eran columnas renacentistas y en otras ocasiones surgían estructuras posmodernas. Él, que era el residente más original de aquel vecindario de «millennials», se asomaba todas las tardes a su ínfimo balcón para descubrir cuál era la nota del día.

Y por primera vez en mucho tiempo la chimenea permanecía impávida, sin nada que surgiera de su interior. Estuvo ahí por algunos minutos, aguardando, y luego dio la vuelta hacia el interior, a abrir su computadora, que ya parecía un anuncio de reliquia tecnológica.

De pronto, una tímida bocanada de humo comenzó a brotar del interior de la máquina. Él se asustó, porque aquello de seguro era signo de combustión interior. Pero antes de que pudiera tomar alguna medida protectora, algo se fue escribiendo espontáneamente en la pantallita:

Estamos por iniciar el abordaje del vuelo. Que los pasajeros se pongan en fila.

Y entonces la humareda se intensificó. Él corrió a buscar su maleta que siempre estaba a medio hacer, y volvió a ponerse junto a la máquina, que iba tomando forma de chimenea.

EL PROPIO AMANECER

Aquel día, el profesor de literatura soltó una expresión que casi para todos los oyentes pasó inadvertida, pero que al alumno más joven se le prendió en la sien como un insecto inescapable: «Cada quien tiene para sí una gran bolsa de palabras, y la clave de nuestro destino está en ir extrayéndolas de ahí como si fueran objetos mágicos».

Cuando el adolescente regresó a su casa en horas de la tarde se encontró con que no había nadie, lo cual no era la habitual, porque alguno de sus padres y de sus hermanos estaba siempre ahí. Entonces se fue a la pequeña bodega donde se guardaban los bultos de cosas por usar, y sin más descubrió una bolsa que se le hizo familiar de inmediato.

La abrió, y en efecto ahí estaban. Las palabras. Sus palabras.

—¿Quieren venirse conmigo, a mi cuarto? Las voy a tratar muy bien, no se preocupen.

Y las palabras, que mostraban la misma volatilidad de los insectos que surgieran de la expresión del maestro, revolotearon entonces a su alrededor, mostrando de esa forma su voluntad de acompañar a su destinatario natural.

Él tembló de emoción, como nunca antes lo había hecho. No se lo iba a decir a nadie, porque el destino profundo no es compartible.

Afuera, el sol atardeciente sonreía.

Historias sin Cuento

PARÁBOLA DEL BUEN VECINO

Aquella comunidad suburbana se había venido formando desde hacía muy largo tiempo, pero las condiciones de la realidad en los decenios inmediatamente anteriores determinaron un crecimiento expansivo sin precedentes. Expansivo y aglutinante, porque ahora las viviendas estaban literalmente apiñadas, sin espacios para las siembras caseras de antaño y sin senderos semejantes a las veredas de otro tiempo. Y todo eso hacía que el costo de una de aquellas viviendas fuera más accesible para la gente desposeída que iba en aumento.

Así llegó Lucio a vivir ahí con su pequeña familia, inmediatamente después de que el logro de un trabajo mejor remunerado le permitiera optar a un crédito en el sistema público. Se instalaron en aquel espacio con sólo dos reducidas habitaciones, un par de metros de acceso y una ínfima mediagua posterior. Como era la última construcción del pasaje, únicamente estaba el vecino de al lado, y ni siquiera lo habían visto, aunque ya hacía algunas semanas del arribo.

En los primeros días, el silencio tras la pared divisoria era total, como si nadie viviera ahí; pero poco a poco se fue percibiendo una especie de rumor, que bien podía ser el efecto de un grifo que estuviera fluyendo sigilosamente. Y ese rumor iba transformándose en algo como una conversación casi secreta. Lo curioso era que sólo Lucio percibía aquellos signos, como si fueran dirigidos a él. No lo comentó con nadie, pero al fin se animó a indagar.

Salió, dio la vuelta y tocó. No había timbre, Se tenia que hacer con la coyuntura de los dedos. El silencio volvió a ser total. Entonces tuvo el impulso no pensado de empujar la puerta, que cedió sin ninguna resistencia. Estaba adentro. ¿Pero qué era aquello?

–Bienvenido, hermano, aquí estamos a la espera del Apocalipsis que nos toca. Sólo vos faltabas, vos que sos el más sencillo de los escogidos…

Él quiso escapar, porque aquello bien podía ser una trampa mortal, de esas que hoy abundan.

–Shhh, no te preocupés. Por algo somos vecinos. Esto es ley superior. Y por tu familia tampoco te preocupés. Los otros hermanos velarán por ellos, mientras nosotros nos dedicamos a la confianza en lo desconocido…

Y al decir aquellas frases, una iluminación envolvente que parecía cobija sagrada se apoderó de todo, incluyéndolos a ellos.

GRACIAS, CAMBIO CLIMÁTICO

El día amaneció soleado, aunque los servicios meteorológicos habían anunciado una vaguada de alta intensidad. Y como era domingo, lo que estaba en perspectiva era ir a algún paseo por los alrededores, que eran predominantemente arbolados. Él le dijo entonces a su esposa:

–¿Tenés preparados los bocadillos del almuerzo, ¿verdá?… Ah, bueno, entonces vamos a ir a caminar un poco por el bosquecito que tanto nos gusta. Hay que decirle a la niñera que se quede con los cipotes…

–Ella se fue desde bien temprano. Vamos a tener que llevarlos.

–Ah, no. Es que entonces no vamos a gozar el paseo como nos gusta.

–Bueno, pues lo que queda es que nos vayamos a boquear en el ático, mientras los niños permanecen encerrados en su cuarto viendo sus programas favoritos en la tele o moviéndose como animalitos voladores por las redes sociales…

–¡Uf, pues que así sea!

Subieron al ático por la casi desquiciada escalerilla de caracol, y fue como si el trayecto ascendente durara por tiempo indefinido. Así lo sintieron. Y al llegar arriba los envolvió de pronto una densa bruma que se colaba hasta por las más leves rendijas.

Detenidos entre los promontorios de objetos ya sin destino, la pregunta les nació de muy adentro y al unísono:

–¿Y qué pasó afuera mientras subíamos?

No había respuesta disponible. De la claridad deslumbrante a la espesura envolvente. Y en cosas de minutos, al menos dentro de la lógica de los relojes. Ahora se hallaban ahí, como en una cúpula sin tragaluz.

Se fueron a ubicar en una de las esquinas de aquel espacio y la somnolencia se apoderó de ellos. En un par de minutos ya estaban con los ojos cerrados y levitando hacia adentro. Hasta que…

Sonó la campana, de origen desconocido pero con ecos familiares.

–¡¿Qué es esto?! ¡¿Qué es esto?!

Y con la campana llegaba un torrente de rayos solares. El aire se había despejado por completo y por la ventana de cortinaje corrido entraban todos los destellos imaginables.

Se abrazaron como si acabaran de encontrarse, y ahora fue ella la que habló:

–Quedémonos aquí, porque el ático nos invita a compartir desde su sencillo mirador las travesuras del cambio climático. Es como un templo que no se anima a decir su nombre…

–Oremos, pues, con la confianza de los elegidos.

PELUQUERO DE SEÑORAS

Desde que era niño, Edwin dio muestras de ambición imaginativa, que no era lo común en su entorno familiar de siempre. Aprendió a leer antes de llegar al kindergarten, y su ánimo lector se le desplegó de inmediato. En su cuarto de pequeñas dimensiones tenía una aglomeración de volúmenes, que no dejaba de hojear y de leer, y eso ya era parte de su naturaleza.

Todos creían que iba a decantarse por alguna profesión científica o literaria, y ni siquiera la preguntaban, porque era claro que iba a tomar una opción de primer nivel, ingeniándoselas para hacérsela costeable. Estaba ya a finales de su formación media, y ya pronto llegaría el momento de culminar el bachillerato. Entonces el padre y la madre se juntaron un día con él para conocer sus intenciones de futuro.

–Edwin, ya llegó el momento de la gran decisión sobre lo que querés ser como profesional. ¿Ya lo pensante.

–Claro que sí: voy a ser peluquero de señoras.

Estupor indisimulable. ¿Qué significaba aquello? Se lo preguntaron con las miradas inquisitivas. Él no se inmutó. Y como no daba signos de explicarse, se lo preguntaron en directo:

–¿Y de dónde has sacado semejante cosa?

–De la opinión de un gran autor. ¿Quieren que les comparta el texto?

Lo tenía a la mano, como si esperara la ocasión. Era el libro «Viajes con Charley», de John Steinbeck. Lo abrió y empezó a leer:

«—De acuerdo –dije–, ha tocado usted un tema en el que he pensado mucho. Conozco a varias mujeres y muchachas de todas las edades, todas las clases, todos los tipos. No hay dos que se parezcan salvo en una cosa: el peluquero. En mi modesta opinión, el peluquero de mujeres es el hombre más influyente de cualquier comunidad.

–Usted se burla de mí.

–De ningún modo. Lo he estudiado profundamente. Cuando las mujeres van a la peluquería, y todas van si pueden pagarlo, algo les ocurre. Se sienten seguras, se relajan. No tienen que fingir nada. El peluquero sabe cómo es la piel de ellas bajo el maquillaje, les conoce la edad, las operaciones faciales. Por esa razón, las mujeres cuentan a un peluquero cosas que no se atreverían a contar a un sacerdote, y se explayan sobre asuntos que le ocultarían al médico.

–No me diga.

–Sí le digo. Le repito que he estudiado el fenómeno. Cuando las mujeres ponen su vida secreta en manos del peluquero, el obtiene una autoridad que pocos hombres alcanzan. He oído citar peluqueros con absoluta convicción en materia de arte, literatura, política, economía, puericultura y moral.

–¿Habla usted en serio?

–No sonrío al decirlo. Le aseguro que un peluquero inteligente, astuto y ambicioso esgrime un poder más allá de la comprensión de la mayoría de los hombres».

Edwin levantó los ojos de la página y los fijó, sonriente, en las expresiones de sus progenitores.

–Yo me voy a entrenar como peluquero de señoras, con todas las habilidades que se necesitan, y después voy a usar esa experiencia en otras labores de mayor influencia. ¿Qué les parece?

Ellos movieron las cabezas, incrédulos y confundidos, pero no dijeron nada. Sabían que Edwin era inconmovible.

–Ya tengo la academia donde voy a ir a estudiar en cuanto termine… Ah, y algo más, para que no vaya a haber ningún malentendido, por todos los prejuicios que existen: no soy gay –exclamó, con el risueño gesto que le era tan característico.

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (15)

PRIMAVERA CON ECO

Las flores renacientes nos traen el mensaje de los viveros subterráneos.

VERANO AL PIE DEL MURO

Alguien suelta una ráfaga de sed para que nadie olvide las lloviznas felices.

OTOÑO QUE HACE GUARDIA

Y con solo entreabrir las cortinas del tiempo reconocemos su presencia gótica.

INVIERNO NAVEGANTE

Viene de puerto en puerto coleccionando nubes que nunca volverán al horizonte.

AMANECER ENTRE ESPEJOS

La temperatura lo puede todo, y su colección de imágenes va repartiendo testimonios en cada cristal que asoma.

MEDIODÍA A PUNTO DE SOÑAR

Cuando el amor se acuerda de sí mismo nos pone al borde de un crepúsculo en pleno mediodía.

ATARDECER SIN TEDIO

Solo me es accesible cuando vuelvo a sentir que soy un pensador en cierne.

MEDIANOCHE EN VUELO

Es lo que anuncian las almohadas aromáticas.

JARDÍN PARA APRENDER

Alguna vez dejaremos atrás las espesuras del desierto para reconciliarnos con la fertilidad de los arriates.

LLANURA DESDE EL FONDO

Los caballos astrales transpiran en su tierra originaria.

ARROYO AL HAZ DEL HUMO

—El agua sueña con los astros.

—Y por eso las íntimas corrientes tienen la inspiración del arco iris.

—¡Somos el flujo del primer desvelo!

ARBOLEDA HACIA ADENTRO

Y los libros sonríen para que alguien se anime a llegar hasta el claro del bosque imaginario.

PENUMBRA DE CELAJES

La ciudad está sola, y de pronto las viejas hogueras reconocen que en esa soledad todos los cielos son posibles.

CLARIDAD HECHA HISTORIA

Ayer subí a la cumbre del Kilimanjaro, y lo hice sin saber que allá arriba los sueños se visten de luciérnagas.

DOBLE CARA DEL AIRE

Hay que hacerle sentir al misterio fluyente que todas sus esencias son fantasías voladoras.

OSCURIDAD A CIEGAS

Es lo que nos faltaba: que la noche flotara con gozoso anhelo sobre el pantano de lo indescifrable.

DORMITORIO ASCENDENTE

Lo traemos vivido desde el momento de nacer, y por eso ninguna escalada del tiempo nos deja sin refugio.

DESVÁN DE LA MEMORIA

Manhattan por la noche es el mejor destino de los aventureros invisibles.

SALÓN NEORREALISTA

Allá al fondo la efigie de Silvana Mangano nos recuerda que toda posguerra emocional es un vitral de antigüedades.

COMEDOR PARA AUSENTES

Se abre la puerta y pasan. Las sillas olvidadas cobran vida. Pronto será de noche: lo anuncian los espejos. El menú es un escombro de colores fragantes.

MANHATTAN 6 a. m.

Los rascacielos van desperezándose antes de que la luz solar los ponga en orden.

MADRID 2 p. m.

La Rotonda del Palace nos invita al almuerzo en altamar.

SAN SALVADOR 5 p. m.

Los caminos de polvo llegan a recibir la bendición de la ciudad que vuelve cada día.

APOPA 1 a. m.

En los alrededores del riachuelo Las Cañas y del cerro El Sartén hay un niño que observa sin dormirse, cuidado como siempre por un cortejo de hadas.

GRACIAS, DESTINO

—Te regalo esta flor de mi jardín, mujer amada.

—La recibo con todas mis ventanas abiertas alma adentro.

—Entonces refugiémonos en la estancia profunda de estar vivos.