Historias sin Cuento

LA FUENTE SOTERRADA

Las condiciones familiares se les habían venido tornando cada día más dificultosas, hasta el punto de sentir laceraciones crecientes en todas las experiencias del vivir cotidiano. Y no es que los sentimientos originales hubieran desaparecido del todo: lo que pasaba era que tales sentimientos iban asumiendo modos diferentes.

Una noche, estaban los dos cónyuges en el camastrón de siempre, que les regalara el abuelo paterno de ella como presente de boda. Despiertos en la densa penumbra, y enfundados en los atuendos nocturnos, comenzaron a hablar:

–No tengo sueño, pero siento que el sueño me llama –dijo él, en su modo enigmático.

–¿Y por qué no atendés al llamado? –le preguntó ella, conocedora de tales gestos.

–Es que no quiero que la fuente se me vaya a derramar…

–¿Fuente? ¿Cuál fuente? No me vayás a decir que tenés menstruación –se burló ella, medio ocultando la risa entre las sábanas para hacerla más provocadora.

Y la reacción de él fue inusualmente compungida:

–No, qué va a ser. Es la fuente del buen deseo. Quiero tenerla bajo control. ¿Me ayudás?

Y entonces se abrazaron, desnudos como estaban. Respiraban como recién casados.

¿Y AHORA QUIÉN NOS PROTEGE?

Para llegar a la vivienda ubicada en el pasaje final de la colonia había que recorrer varias cuadras urbanizadas por las que circulaban aquellos muchachos que a todas luces pertenecían a los grupos delincuenciales instalados por toda la zona.

Él, que laboraba como conductor de vehículo comercial en una empresa que estaba ubicada bien lejos de ahí, hacía el recorrido de ida y vuelta en la motocicleta que le proveían en el trabajo. Todos los días la misma ruta; y como nunca se desviaba, el horario de mañana y tarde era impecable.

El pasaje era el límite entre los territorios que se repartían las dos pandillas dominantes. Él estaba perfectamente consciente de ello, y nunca hacía nada que pudiera levanta sospechas, ni en la autoridad policial que tenía una sede muy cerca ni en los pandilleros que rondaban constantemente, conforme a sus reglas de reparto, por todo el lugar.

Esa tarde, sin embargo, algo estaba pasándole en el interior de la mente, porque el paisaje se le confundía a cada instante. Detuvo su motocicleta junto a un predio baldío para no levantar sospechas, y cerró los ojos. Adentro, como es natural, reinaba lo oscuro, que parecía ser tranquilizante; pero de súbito se abrió una rendija insospechada, y entró un amago de claridad.

–¿Quién está entrando? –pensó, casi tembloroso.

Y lo que oyó fue un sonido muy semejante al que se hace para guardar silencio. Y en el silencio venía un mensaje perfectamente inteligible:

–Somos los de la pandilla contraria. Vos no nos conocés, así como tampoco conocés a los de la otra pandilla. Vas a tener que tirar una moneda, porque estás entre la vida y la muerte. ¡Rápido, que aquí nadie tiene tiempo!

MISIÓN AÉREA

A la familia ni siquiera le alcanzaban los escasísimos fondos disponibles para pagar el transporte público de todos los que formaban parte de ella, y eso había hecho que los integrantes de la misma se turnaran en la forma de conducirse a sus destinos educativos y laborales. Alternativamente, algunos caminaban y otros se movilizaban en autobuses o microbuses, y los días estaban previamente decididos sin tomar en cuenta las circunstancias.

Las exigencias de la formación académica en la Universidad recién iniciada hacían que aquel adolescente ilusionado e inventivo casi no tuviera tiempo para nada más. Iba a las aulas, frecuentaba las bibliotecas y volvía a su casa, a encerrarse en su «torre de marfil», que era un desván en el que antes se arrinconaban los objetos algún día desechables, y que hoy estaban apilados como escombros de una catástrofe por venir.

Ese día, a media semana, le tocaba a él irse a pie. Emprendió camino con apuro, porque tenía examen tempranero, y era una prueba decisiva para la suerte del semestre. Había muchos vehículos y mucha gente en el trayecto, y era preciso ir sorteando obstáculos para que la marcha no se perturbara.

En una de esas, y al arribar a la acera contraria, tuvo un deslizón y fue a dar al suelo encementado, con la rodilla lastimada. Trató de incorporarse pero no pudo. Algunos transeúntes trataron de ayudarle. Él los rechazaba suavemente. Y optó por desvanecerse. Alguien llamó a una ambulancia, pero antes de que el sonido característico apareciera, ocurrió lo que tenía que ocurrir: sin que fuera visible para nadie que no fuera el desmayado apareció del aire aquella águila clásica que lo alzó como si fuera una hoja y se lo llevó en vuelo hasta su destino.

EL MEJOR SALUDO MATINAL

Cuando estaba en aquella casa de campo de los remotos entonces pasando fines de semana y vacaciones, ocupaba un cuarto esquinero cuya ventana hacia el exterior daba a un largo arriate poblado de plantas de flor aromática, que eran la debilidad gozosa de su madre. Él fue entonces asumiendo, desde la primerísima infancia, la condición instintiva de los seres privilegiados; y tal condición no la compartía con nadie porque era estrictamente íntima.

Aquel día, la noche se acercaba como si tuviera pereza de hacerlo, y las sombras iban aposentándose en cualquier lugar que encontraban a su disposición. Él no tenía la somnolencia acostumbrada, y cuando llegó la hora de retirarse al descanso porque todos lo hacían a la vez, se fue a su cama y se quedó ahí, entre la colcha de siempre, pensando con los ojos abiertos.

Cuando al fin el sueño se hizo presente, ya los primeros destellos del amanecer iban poniéndose a la vista. Entonces se incorporó, tal si tuviera la intención de iniciar el arreglo personal de todas las mañanas. Pero se quedó ahí, como si aguardara a alguien. Y lo que apareció sólo era visible para él:

–¡Buenos días, Ángel de la Guarda!

ENSUEÑO VIRAL

En esta era en la que le había tocado construir académicamente sus bases de futuro lo que llevaba la delantera en todo era la tecnología, hasta el punto de sentir –sobre todo los mayores— que la vida era un ejercicio fuera de control personal. Para él, en cambio, la volatividad tecnológica era un juego de niños y lo que en verdad le ponía los pelos de punta estaba en materias como la filosofía y la literatura clásica.

–¿Y por qué no te gusta el conocimiento serio, hijo? –le preguntaba con suavidad su padre, que era justamente experto en enseñanza trascendental.

Él movía la cabeza, como lo hacen los hindúes para decir sí o no, según se interprete. Y el padre proseguía:

–Vas a tener que ganarte la vida, y para eso se necesita más que dominar los caprichos de una máquina. ¿Entendés?

El movimiento de cabeza se reiteraba. Y así fueron pasando los días, los meses y los años, sin cambio perceptible, al menos en apariencia. Hasta que llegó el momento de decidir destino final.

Todos se miraron a los ojos, a la espera de la palabra definitoria, que al fin llegó:

–Voy a vivir de mi máquina. Ya tengo un blog que me comunica con el mundo entero. Distribuyo mensajes de ensueño viral. ¿Comprenden?

Estupor sin palabras. Él se levantó, cogió su máquina y se dirigió hacia la puerta:

–Hasta muy pronto. Nos vemos en el paraíso cibernético. Los invito a pasar una temporada sin que les cueste ni un solo centavo. ¡Bye!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (222)

1818. EN EL BARRIO SAN MIGUELITO

Era la Calle de Mejicanos hacia el norte. Se bajó del bus de la Ruta 2, unos metros más adelante de la Tienda La Royal, y tuvo el impulso de volver unos pasos atrás para ir a comprar algunos bocadillos dulces para la cena tempranera de costumbre. Llegó al lugar esquinero que hacía ángulo con la Calle 5 de Noviembre y buscó con la mirada a la Niña María, dueña de la tienda y mamá de Roque. Le preguntó por ella a una de las empleadas, y la respuesta fue evasiva: “Está allá adentro, con alguien”. Él se animó a preguntar: “¿Es con el hijo?” La respuesta fue un gesto indefinido. Él entendió. Compró un par de cosas y se fue a su casa una cuadra más adelante, en la 23ª. Calle Oriente. Esa noche estuvo leyendo los poemas de Roque, sin imaginar que nunca más lo vería en persona, al menos en este plano.

1819. 118 RUE DU CHÂTEAU

Salió a hacer la compra cotidiana en los alrededores. Lo primero que hacía todo los días sin falta era visitar esa tienda inmediata, “Au Pain d´Autrefois”, porque los bizcochos rellenos le fascinaban desde que los probó. Era otoño avanzado y la atmósfera permanecía en cierre total. Cuando cargaba ya tres bolsas en las manos volvió al apartamento en el segundo piso, con ventanal hacia la calle. En el instante en que entró dio inicio la lluvia. Ella, que era una mujer mayor, se sentó en una poltrona a tener su diario ejercicio de remembranzas: sus años iniciales en Los Lunas, Nuevo México; los tiempos en Sonsonate, recién casada; el paso a San Salvador, con sus dos hijos muy jóvenes… ¿Qué hacía hoy en París? Era una larga historia. Alguien tocó a la puerta. Quizás otra vez el Destino.

1820. MERCADO EMPORIUM

La Niña Mina estaba preparando un ramo de flores variadas y multicolores que le había encargado la señora elegante y enigmática que estaba de pie frente a su puesto. Cuando lo tuvo listo se lo entregó al tiempo que ella le extendía los billetes del costo. “Muchas gracias –dijo la compradora–, y sé que este es el mejor arreglo que se puede desear”. La Niña Mina sonrió, complacida: “Gracias a usted, y yo le ruego que salude de mi parte a Lupe, que se halla ahí enfrente trabajando como siempre”. La señora salió del mercado y cruzó la calle. Entró en el edificio inmediato y preguntó por Lupe, que era periodista de turno en La Prensa Gráfica que estaba ahí. “Disculpe, señora, Lupe murió ayer, en su escritorio”. “Lo sé, y por eso traigo estas flores. Quiero dejarlas ahí, donde ella fue feliz”.

1821. FRENTE AL CERRO EL SARTÉN

La tarde iba cayendo con rapidez de intenciones voladoras, y pronto sería de noche. El joven que acostumbraba andar desplazándose por los alrededores silvestres caminaba de vuelta a la casa, contemplando una vez más todos los detalles del entorno. Pero esta vez sentía una especie de aflicción indefinida, como si todo aquello fuera a desaparecer para siempre. Se detuvo entonces y buscó un borde en el terreno para sentarse. Lo hizo y se sintió más en confianza con el paisaje. En ese instante tuvo la sensación de que el tiempo sideral se había detenido, aunque ya estaban apareciendo las primeras estrellas. ¿Cuánto estuvo ahí, en la víspera de su traslado definitivo a la ciudad para continuar sus estudios? No lo sabría jamás porque el Cerro El Sartén seguía enfrente, sin alejarse ni un solo minuto.

1822. LOS RÍOS SIENTEN

Como esa era su convicción desde que tenía memoria, cada vez que llegaba a la orilla de alguno, cualquiera que fuese su volumen y su apariencia, se agachaba hasta arrodillarse para entrar en contacto íntimo con las aguas fluyentes. Para él, se trataba de un rito natural, que nadie le había enseñado. Así descubrió que cada río tiene identidad propia, determinada por algo que está debajo de sí mismo. Y eso lo constató sin lugar a ninguna duda una vez cuando aquella sequía resultante del cambio climático atacaba con fuerza. El río que estaba junto a él había perdido casi todo su caudal de siempre. Con más devoción se arrodilló a su orilla; y en ese instante, sin decir agua va, se desató la tormenta. Las aguas palpitaron agradecidas, y él, llorando, unió sus lágrimas al espontáneo milagro.

1823. CINE PRINCIPAL, 2:45 p.m.

En la lámina acortonada que se hallaba erguida sobre la techumbre del Cine había visto desde comienzos de la semana el título de la película que se estrenaría al final de la misma. Era un título provocador: “Un Rincón cerca del Cielo”. Como todos los domingos, regresó de la finca apopense antes del mediodía, en la camioneta que venía del norte, almorzó sin tardanza y se fue para el cine. La primera función de la tarde comenzaba a las 2:45. Cuando estaba haciendo fila entre los grandes pilares para comprar la entrada se dio cuenta de que la película que estaban exhibiendo no era la anunciada. Le preguntó a quien estaba detrás de la ventanilla y él le dio una explicación que parecía una broma: “Vinieron algunos espíritus a protestar, y se tuvo que cambiar programa”.

1824. 11D, 2nd. AVENUE

La amplia ventana permanecía con la cortina levantada y con la ciudad prácticamente al alcance de la mano. Y él, que era un contemplativo inveterado, tenía a diario la sensación de que cada vez descubría un detalle. Podía ser una ventana encendida, el andamiaje de un nuevo edificio vertical o la presencia de alguna planta exuberante en la azotea más alta. Esta vez el contemplador revisaba minuciosamente lo que tenía ante su mirada cuidadosa y no le aparecía nada que no hubiera visto antes. Se apartó por fin de la ventana y se fue a abrir su laptop al escritorio inmediato. En cuanto se activó la pantalla, surgió el mismo paisaje de afuera, con un toque de luz en un punto. ¡Ahí estaba! Amplió la imagen. Era una ventana exactamente igual a la suya, con su mismo rostro observando… ¡Bingo!

1825. LABOR DEL HELIOTROPO

Comenzaba la época de lluvias, y en el jardín, como todos los años, la emotividad natural se prendía hasta en las hojas más tímidas. Amanecía con intensidad envolvente, y los pájaros que llegaban puntualmente cada mañana lo celebraban en coros dispersos. Sólo faltaba alguien: él, el poeta vegetal. Y las aves cantantes fueron a avisarle al aludido, que era el heliotropo junto a la fuente. Como si le dijeran: “Te has dormido, hermano, es tu turno…”

CIUDADANÍA FANTASMAL (22)

DÍA DEL MAESTRO

Aquello era como un teatro al aire libre, y temprano por la tarde comenzaron a llegar tanto los profesores como los estudiantes a ocupar los puestos ordenados alrededor de la tarima donde había un podio y unas cuantas sillas alineadas detrás. Aunque era una ceremonia tradicional, ese día nadie sabía qué iba a pasar. Cuando el espacio estaba lleno de presencias, apareció el maestro de ceremonias. Subió al podio y tomó la palabra:

—Todos estamos presentes. Ya se hizo el recuento correspondiente. El invitado de honor está por llegar. Solo un poco de paciencia, por favor.

Fueron pasando los minutos y el presunto invitado de honor no aparecía. Y cuando ya la paciencia de los asistentes estaba por agotarse subió de nuevo al podio el maestro de ceremonias:

—Ustedes perdonen, pero el invitado me acaba de pedir que lo represente. En verdad, yo soy su principal discípulo, y ahora se lo doy a conocer a ustedes. Él es mi Padre celestial, y yo soy su Hijo terrestre. ¿No les dice algo esta explicación que acabo de ofrecerles? –agregó con una sonrisa que aspiraba a ser sublime.

Los asistentes iniciaron un abucheo casi subterráneo, que subió hasta la atmósfera como una prueba de confianza extrema.

DEJÉMOSLO COMO ESTÁ

Los padres se desentendieron de su suerte prácticamente desde que nació, y eso, en vez de producirle las frustraciones angustiosas que son comunes, le abrieron espacios de libertad que desde afuera hubieran podido parecer inverosímiles.

Estaba hoy con un pie en el estribo, es decir, en actitud de tomar impulso por el pasadizo cerrado que llevaba a la entrada de la nave aérea de última generación que lo conduciría hacia el aire y desde ahí hacia una nueva tierra.

El vuelo resultó tranquilo, sin altibajos ni convulsiones. Él se durmió profundamente, de seguro con el propósito de despertar cuando el avión estuviera por aterrizar. Comenzó el descenso. Tocaron tierra. Él soltó un ronquido feliz.

La asistente de cabina tuvo que mover su hombro para despertarlo. Fue inútil. Entonces, mientras los otros pasajeros salían en fila, un asistente médico entró a revisarlo. Resultado indefinido:

—Vamos a sacarlo para el hospital. Hay que recoger sus documentos personales y su equipaje de mano.

Desde aquel momento la presencia del pasajero desvanecido se perdió de vista. ¿Qué fue de él? Nadie sabía nada. Nadie podía saber nada. Era como si el silencio al respecto envolviera una conclusión sin retorno: «Dejémoslo como está».

CARTA MARCADA

Sobre la madera de la puerta de entrada alguien desconocido había pintado un mensaje en letras muy visibles: Espero respuesta lo más pronto posible. Si no… Y cuando el habitante de la casa que estaba al fondo del pasaje, justo al borde de la quebrada que corría bien abajo, llegó al final de la jornada y leyó el mensaje se introdujo de inmediato por la puerta luego de forcejear algunos segundos con la llave, que parecía no querer ceder.

Se dirigió de inmediato al escritorito esquinero que le servía de lugar de trabajo en la casa; y aunque la laptop se hallaba a disposición, tomó una hoja y comenzó a escribir a mano, como ya no se estilaba. Cuando concluyó la escritura dobló la hoja y la metió en un pequeño sobre de manila.

Le puso el nombre del destinatario y le colocó la estampilla correspondiente. Salió de la casa y caminó hasta el buzón donde se depositaban los envíos postales. Toda aquella escena era una copia al carbón de lo que ocurría al respecto en otros tiempos. Él hizo un gesto de afirmación, mientras regresaba a su refugio hogareño. Después, se puso a ver televisión en un aparato evidentemente de otra época.

En algún momento se abrió la puerta de entrada y su esposa llegó con alarma:

—¿No has visto lo que han pintado en nuestra puerta?

Él respondió con una mirada interrogadora.

—Es una frase bien extraña y preocupante: recibí la respuesta. Espero que cumplas… ¿Te están extorsionando?

Él sonrió para apaciguarla:

—No, mi amor. Solo me están pidiendo ayuda de palabra. Es un espíritu desconocido que necesita consejo escrito sobre cómo expresar sus sentimientos… Y como yo soy poeta, acudió a mí.

—Ah, eso me tranquiliza. En estos tiempos en que la delincuencia abunda uno se alarma.

—Ya respondí. Voy a colaborar. Te cuento lo que siga.

CUANDO LLEGA LA HORA

En el vecindario había una chimenea que lanzaba humaredas sofisticadas. A veces eran columnas renacentistas y en otras ocasiones surgían estructuras posmodernas. Él, que era el residente más original de aquel vecindario de «millennials», se asomaba todas las tardes a su ínfimo balcón para descubrir cuál era la nota del día.

Y por primera vez en mucho tiempo la chimenea permanecía impávida, sin nada que surgiera de su interior. Estuvo ahí por algunos minutos, aguardando, y luego dio la vuelta hacia el interior, a abrir su computadora, que ya parecía un anuncio de reliquia tecnológica.

De pronto, una tímida bocanada de humo comenzó a brotar del interior de la máquina. Él se asustó, porque aquello de seguro era signo de combustión interior. Pero antes de que pudiera tomar alguna medida protectora, algo se fue escribiendo espontáneamente en la pantallita:

Estamos por iniciar el abordaje del vuelo. Que los pasajeros se pongan en fila.

Y entonces la humareda se intensificó. Él corrió a buscar su maleta que siempre estaba a medio hacer, y volvió a ponerse junto a la máquina, que iba tomando forma de chimenea.

EL PROPIO AMANECER

Aquel día, el profesor de literatura soltó una expresión que casi para todos los oyentes pasó inadvertida, pero que al alumno más joven se le prendió en la sien como un insecto inescapable: «Cada quien tiene para sí una gran bolsa de palabras, y la clave de nuestro destino está en ir extrayéndolas de ahí como si fueran objetos mágicos».

Cuando el adolescente regresó a su casa en horas de la tarde se encontró con que no había nadie, lo cual no era la habitual, porque alguno de sus padres y de sus hermanos estaba siempre ahí. Entonces se fue a la pequeña bodega donde se guardaban los bultos de cosas por usar, y sin más descubrió una bolsa que se le hizo familiar de inmediato.

La abrió, y en efecto ahí estaban. Las palabras. Sus palabras.

—¿Quieren venirse conmigo, a mi cuarto? Las voy a tratar muy bien, no se preocupen.

Y las palabras, que mostraban la misma volatilidad de los insectos que surgieran de la expresión del maestro, revolotearon entonces a su alrededor, mostrando de esa forma su voluntad de acompañar a su destinatario natural.

Él tembló de emoción, como nunca antes lo había hecho. No se lo iba a decir a nadie, porque el destino profundo no es compartible.

Afuera, el sol atardeciente sonreía.

Historias sin Cuento

PARÁBOLA DEL BUEN VECINO

Aquella comunidad suburbana se había venido formando desde hacía muy largo tiempo, pero las condiciones de la realidad en los decenios inmediatamente anteriores determinaron un crecimiento expansivo sin precedentes. Expansivo y aglutinante, porque ahora las viviendas estaban literalmente apiñadas, sin espacios para las siembras caseras de antaño y sin senderos semejantes a las veredas de otro tiempo. Y todo eso hacía que el costo de una de aquellas viviendas fuera más accesible para la gente desposeída que iba en aumento.

Así llegó Lucio a vivir ahí con su pequeña familia, inmediatamente después de que el logro de un trabajo mejor remunerado le permitiera optar a un crédito en el sistema público. Se instalaron en aquel espacio con sólo dos reducidas habitaciones, un par de metros de acceso y una ínfima mediagua posterior. Como era la última construcción del pasaje, únicamente estaba el vecino de al lado, y ni siquiera lo habían visto, aunque ya hacía algunas semanas del arribo.

En los primeros días, el silencio tras la pared divisoria era total, como si nadie viviera ahí; pero poco a poco se fue percibiendo una especie de rumor, que bien podía ser el efecto de un grifo que estuviera fluyendo sigilosamente. Y ese rumor iba transformándose en algo como una conversación casi secreta. Lo curioso era que sólo Lucio percibía aquellos signos, como si fueran dirigidos a él. No lo comentó con nadie, pero al fin se animó a indagar.

Salió, dio la vuelta y tocó. No había timbre, Se tenia que hacer con la coyuntura de los dedos. El silencio volvió a ser total. Entonces tuvo el impulso no pensado de empujar la puerta, que cedió sin ninguna resistencia. Estaba adentro. ¿Pero qué era aquello?

–Bienvenido, hermano, aquí estamos a la espera del Apocalipsis que nos toca. Sólo vos faltabas, vos que sos el más sencillo de los escogidos…

Él quiso escapar, porque aquello bien podía ser una trampa mortal, de esas que hoy abundan.

–Shhh, no te preocupés. Por algo somos vecinos. Esto es ley superior. Y por tu familia tampoco te preocupés. Los otros hermanos velarán por ellos, mientras nosotros nos dedicamos a la confianza en lo desconocido…

Y al decir aquellas frases, una iluminación envolvente que parecía cobija sagrada se apoderó de todo, incluyéndolos a ellos.

GRACIAS, CAMBIO CLIMÁTICO

El día amaneció soleado, aunque los servicios meteorológicos habían anunciado una vaguada de alta intensidad. Y como era domingo, lo que estaba en perspectiva era ir a algún paseo por los alrededores, que eran predominantemente arbolados. Él le dijo entonces a su esposa:

–¿Tenés preparados los bocadillos del almuerzo, ¿verdá?… Ah, bueno, entonces vamos a ir a caminar un poco por el bosquecito que tanto nos gusta. Hay que decirle a la niñera que se quede con los cipotes…

–Ella se fue desde bien temprano. Vamos a tener que llevarlos.

–Ah, no. Es que entonces no vamos a gozar el paseo como nos gusta.

–Bueno, pues lo que queda es que nos vayamos a boquear en el ático, mientras los niños permanecen encerrados en su cuarto viendo sus programas favoritos en la tele o moviéndose como animalitos voladores por las redes sociales…

–¡Uf, pues que así sea!

Subieron al ático por la casi desquiciada escalerilla de caracol, y fue como si el trayecto ascendente durara por tiempo indefinido. Así lo sintieron. Y al llegar arriba los envolvió de pronto una densa bruma que se colaba hasta por las más leves rendijas.

Detenidos entre los promontorios de objetos ya sin destino, la pregunta les nació de muy adentro y al unísono:

–¿Y qué pasó afuera mientras subíamos?

No había respuesta disponible. De la claridad deslumbrante a la espesura envolvente. Y en cosas de minutos, al menos dentro de la lógica de los relojes. Ahora se hallaban ahí, como en una cúpula sin tragaluz.

Se fueron a ubicar en una de las esquinas de aquel espacio y la somnolencia se apoderó de ellos. En un par de minutos ya estaban con los ojos cerrados y levitando hacia adentro. Hasta que…

Sonó la campana, de origen desconocido pero con ecos familiares.

–¡¿Qué es esto?! ¡¿Qué es esto?!

Y con la campana llegaba un torrente de rayos solares. El aire se había despejado por completo y por la ventana de cortinaje corrido entraban todos los destellos imaginables.

Se abrazaron como si acabaran de encontrarse, y ahora fue ella la que habló:

–Quedémonos aquí, porque el ático nos invita a compartir desde su sencillo mirador las travesuras del cambio climático. Es como un templo que no se anima a decir su nombre…

–Oremos, pues, con la confianza de los elegidos.

PELUQUERO DE SEÑORAS

Desde que era niño, Edwin dio muestras de ambición imaginativa, que no era lo común en su entorno familiar de siempre. Aprendió a leer antes de llegar al kindergarten, y su ánimo lector se le desplegó de inmediato. En su cuarto de pequeñas dimensiones tenía una aglomeración de volúmenes, que no dejaba de hojear y de leer, y eso ya era parte de su naturaleza.

Todos creían que iba a decantarse por alguna profesión científica o literaria, y ni siquiera la preguntaban, porque era claro que iba a tomar una opción de primer nivel, ingeniándoselas para hacérsela costeable. Estaba ya a finales de su formación media, y ya pronto llegaría el momento de culminar el bachillerato. Entonces el padre y la madre se juntaron un día con él para conocer sus intenciones de futuro.

–Edwin, ya llegó el momento de la gran decisión sobre lo que querés ser como profesional. ¿Ya lo pensante.

–Claro que sí: voy a ser peluquero de señoras.

Estupor indisimulable. ¿Qué significaba aquello? Se lo preguntaron con las miradas inquisitivas. Él no se inmutó. Y como no daba signos de explicarse, se lo preguntaron en directo:

–¿Y de dónde has sacado semejante cosa?

–De la opinión de un gran autor. ¿Quieren que les comparta el texto?

Lo tenía a la mano, como si esperara la ocasión. Era el libro «Viajes con Charley», de John Steinbeck. Lo abrió y empezó a leer:

«—De acuerdo –dije–, ha tocado usted un tema en el que he pensado mucho. Conozco a varias mujeres y muchachas de todas las edades, todas las clases, todos los tipos. No hay dos que se parezcan salvo en una cosa: el peluquero. En mi modesta opinión, el peluquero de mujeres es el hombre más influyente de cualquier comunidad.

–Usted se burla de mí.

–De ningún modo. Lo he estudiado profundamente. Cuando las mujeres van a la peluquería, y todas van si pueden pagarlo, algo les ocurre. Se sienten seguras, se relajan. No tienen que fingir nada. El peluquero sabe cómo es la piel de ellas bajo el maquillaje, les conoce la edad, las operaciones faciales. Por esa razón, las mujeres cuentan a un peluquero cosas que no se atreverían a contar a un sacerdote, y se explayan sobre asuntos que le ocultarían al médico.

–No me diga.

–Sí le digo. Le repito que he estudiado el fenómeno. Cuando las mujeres ponen su vida secreta en manos del peluquero, el obtiene una autoridad que pocos hombres alcanzan. He oído citar peluqueros con absoluta convicción en materia de arte, literatura, política, economía, puericultura y moral.

–¿Habla usted en serio?

–No sonrío al decirlo. Le aseguro que un peluquero inteligente, astuto y ambicioso esgrime un poder más allá de la comprensión de la mayoría de los hombres».

Edwin levantó los ojos de la página y los fijó, sonriente, en las expresiones de sus progenitores.

–Yo me voy a entrenar como peluquero de señoras, con todas las habilidades que se necesitan, y después voy a usar esa experiencia en otras labores de mayor influencia. ¿Qué les parece?

Ellos movieron las cabezas, incrédulos y confundidos, pero no dijeron nada. Sabían que Edwin era inconmovible.

–Ya tengo la academia donde voy a ir a estudiar en cuanto termine… Ah, y algo más, para que no vaya a haber ningún malentendido, por todos los prejuicios que existen: no soy gay –exclamó, con el risueño gesto que le era tan característico.

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (15)

PRIMAVERA CON ECO

Las flores renacientes nos traen el mensaje de los viveros subterráneos.

VERANO AL PIE DEL MURO

Alguien suelta una ráfaga de sed para que nadie olvide las lloviznas felices.

OTOÑO QUE HACE GUARDIA

Y con solo entreabrir las cortinas del tiempo reconocemos su presencia gótica.

INVIERNO NAVEGANTE

Viene de puerto en puerto coleccionando nubes que nunca volverán al horizonte.

AMANECER ENTRE ESPEJOS

La temperatura lo puede todo, y su colección de imágenes va repartiendo testimonios en cada cristal que asoma.

MEDIODÍA A PUNTO DE SOÑAR

Cuando el amor se acuerda de sí mismo nos pone al borde de un crepúsculo en pleno mediodía.

ATARDECER SIN TEDIO

Solo me es accesible cuando vuelvo a sentir que soy un pensador en cierne.

MEDIANOCHE EN VUELO

Es lo que anuncian las almohadas aromáticas.

JARDÍN PARA APRENDER

Alguna vez dejaremos atrás las espesuras del desierto para reconciliarnos con la fertilidad de los arriates.

LLANURA DESDE EL FONDO

Los caballos astrales transpiran en su tierra originaria.

ARROYO AL HAZ DEL HUMO

—El agua sueña con los astros.

—Y por eso las íntimas corrientes tienen la inspiración del arco iris.

—¡Somos el flujo del primer desvelo!

ARBOLEDA HACIA ADENTRO

Y los libros sonríen para que alguien se anime a llegar hasta el claro del bosque imaginario.

PENUMBRA DE CELAJES

La ciudad está sola, y de pronto las viejas hogueras reconocen que en esa soledad todos los cielos son posibles.

CLARIDAD HECHA HISTORIA

Ayer subí a la cumbre del Kilimanjaro, y lo hice sin saber que allá arriba los sueños se visten de luciérnagas.

DOBLE CARA DEL AIRE

Hay que hacerle sentir al misterio fluyente que todas sus esencias son fantasías voladoras.

OSCURIDAD A CIEGAS

Es lo que nos faltaba: que la noche flotara con gozoso anhelo sobre el pantano de lo indescifrable.

DORMITORIO ASCENDENTE

Lo traemos vivido desde el momento de nacer, y por eso ninguna escalada del tiempo nos deja sin refugio.

DESVÁN DE LA MEMORIA

Manhattan por la noche es el mejor destino de los aventureros invisibles.

SALÓN NEORREALISTA

Allá al fondo la efigie de Silvana Mangano nos recuerda que toda posguerra emocional es un vitral de antigüedades.

COMEDOR PARA AUSENTES

Se abre la puerta y pasan. Las sillas olvidadas cobran vida. Pronto será de noche: lo anuncian los espejos. El menú es un escombro de colores fragantes.

MANHATTAN 6 a. m.

Los rascacielos van desperezándose antes de que la luz solar los ponga en orden.

MADRID 2 p. m.

La Rotonda del Palace nos invita al almuerzo en altamar.

SAN SALVADOR 5 p. m.

Los caminos de polvo llegan a recibir la bendición de la ciudad que vuelve cada día.

APOPA 1 a. m.

En los alrededores del riachuelo Las Cañas y del cerro El Sartén hay un niño que observa sin dormirse, cuidado como siempre por un cortejo de hadas.

GRACIAS, DESTINO

—Te regalo esta flor de mi jardín, mujer amada.

—La recibo con todas mis ventanas abiertas alma adentro.

—Entonces refugiémonos en la estancia profunda de estar vivos.

Historias sin Cuento

EN LA VECINDAD DE LOS INVISIBLES

La repentina ráfaga de balazos de arma de grueso calibre rompió de manera abrupta y despiadada el silencio nocturno, pero en el segundo siguiente todo volvió a la perfecta calma.

Al amanecer, empezaron a darse algunos movimientos indagatorios. Todos los vecinos se conocían por efecto de la prolongada convivencia, y aunque algunos eran más antiguos y otros más recientes, como siempre ocurre, la familiaridad era lo que imperaba en aquel ambiente suburbano, que desafortunadamente se había venido volviendo cada vez más inseguro. Las pandillas dominaban los alrededores y tenían perfectamente demarcadas sus fronteras, y ¡ay de aquél que traspasara los límites!, aunque fuera de la forma más inocente.

Unos cuantos vecinos se reunieron en el rústico café donde con frecuencia iban a tomar algo de desayuno los fines de semana; pero ese día era miércoles, y de seguro lo que los convocaba era aquel curioso incidente de la noche anterior.

El mayor de los que estaban ahí tomó la palabra:

—¿No será todo esto una señal del más allá?

Las risas no se hicieron esperar:

—¡Ya te volviste esotérico!

—Bueno, ¿por qué no? Si los delincuentes se imaginan y ponen en práctica cualquier barbaridad, que nos dejen al menos el derecho a inventar lo que se nos ocurra…

—¡Qué lástima que es de mañana y no hay guaro disponible!

—¿Y quién dice que no? ¡A ver, joven, tráiganos por lo menos unas cuantas birrias!

En ese justo instante otra ráfaga de balazos de arma de grueso calibre se hizo sentir muy cerca. Y ahora sí hubo consecuencias: todos los que estaban entorno a aquella mesa cayeron al suelo, exánimes. Pero ninguno de los otros comensales se dio cuenta…

A ellos les había tocado sumarse esta vez a la legión de los que desaparecían sin dejar rastro.

CICLO VITAL

Los huéspedes de la casa de retiro que llevaba aquel nombre tan curioso –La Mansión Circular– tenían que estar reunidos casi siempre, y no porque lo buscaran, sino porque los espacios eran inevitablemente compartidos. Pero como es natural en cualquier actividad de la vida, no faltaban los que querían salirse del huacal, por tendencia o por travesura. Y él era uno de ellos.

Por las mañanas se iba al predio baldío inmediato a las construcciones y ahí tenía un lugarcito ya señalado: aquel rincón donde la escasa vegetación formaba una especie de toldo casi en forma de capilla. Por las tardes subía al piso más alto de la casa, que era un tercero con azotea, desde el cual podía entrar en absorta contemplación de los rituales de la luz. Y por la noche se quedaba solo en el reducido salón de lectura, donde ya tenía su silla y su lámpara y desde luego el volumen correspondiente a cada jornada.

Pero aquel día, sin decir agua va, el orden de los factores sí alteró el producto. Por la mañana, sesión de lectura. Por la tarde, sesión de capilla. Por la noche, sesión de azotea.

En la hora de lectura, su mente fue quedando en blanco, como si ninguna de las palabras recorridas se le quedara prendida entre las sienes. Al momento de irse al refugio de hojas que invitaba al recogimiento interiorista descubrió que un hormiguero había brotado muy cerca y los insectos parecían en plan de ataque. Y ya con todas las sombras alrededor, en el cielo abierto se empezó a visualizar un pequeño racimo de estrellas que casi le hablaban con parpadeos intermitentes.

La confusión se apoderó de su ánimo. ¿Quién había movido todas las fichas de su rutina cotidiana hasta dejarlo a él hundido en ese desconcierto en el que no había de dónde asirse?

Era hora de dormir, y acudió a su ínfima estancia de anciano con las horas contadas. “¿Pero contadas por quién?”, se preguntó entonces mientras apartaba la esmirriada sábana para entrar en el lecho casi inexistente.

Y en ese preciso instante se dio cuenta de que todo lo poco que había a su alrededor comenzaba a girar como si fuera el anuncio de que cuanto lo rodeaba estaba a punto de alzar vuelo. El aparente trastorno de su horario de seguro no era más que el preámbulo de aquella sensación.

Todas las luces se encendieron. No afuera, sino en la interioridad de sí mismo. Y el nombre de la casa de retiro adquirió sentido súbito: la Mansión Circular.

A la mañana siguiente su cama se hallaba vacía. Nadie pareció preocuparse por tal ausencia. Los encargados de la limpieza lo arreglaron todo para recibir al próximo inquilino.

Cuando este llegó, todo como si nada. Lo primero que hizo fue a verse en el espejo. Y la reacción fue instantánea:

—Esta cara me resulta conocida.

COSA DEL DESTINO

Aquel hombre ya de mediana edad acababa de regresar del Norte y no por su propia voluntad. Y para no ser presa de las especulaciones malévolas, que nunca faltan en ninguna parte, se apuraba a explicar por su cuenta:

—Volví deportado, porque me cachó la Migra.

Las reacciones eras variadas, pero casi siempre intrascendentes, porque a muy pocas personas les importa en realidad la suerte de los demás; y esto abarca aun a familiares y a conocidos.

Estaba iniciando la búsqueda de ocupación, y así acudió a ver a un primo lejano que tenía instalada una empresa de distribución de productos novedosos, de esos que hoy llaman tanto la atención de la gente, desde ropa hasta electrodomésticos, desde aparatos electrónicos hasta piezas esotéricas, y así.

—Hola, Cirio, cuánto tiempo de no verte. Andabas allá arriba, ¿verdá?

—Pues sí, pero aquí estoy, y ando en busca de chamba.

—Ya veo que estabas entre mexicanos…

—Allá hay de todo, hasta gringos. Lo que necesito ahora es trabajar. ¿Tenés algo?

—Pues siempre hay. Voy a pensar y te aviso.

Y unos días después le llegó la respuesta en un WhatsApp:

“Tengo un puestecito como promotor de audífonos para oír a Dios. ¿Te interesa?”

Él respondió de inmediato:

“No solo me interesa: me encanta. ¿Oír a Dios? Si eso es lo que he querido toda mi vida”.

El primo comentó por su cuenta:

“¡Ah!, pero esto no es propaganda barata, sino auxilio de veras. Por eso su costo no es para cualquiera. ¿Entendés, verdá? Lo que me da buena señal es tu nombre, porque llamarse Cirio significa que estás hecho para ser una llama prendida frente al Señor”.

—“Ja, ja, eso nunca lo había pensado, pero lo acepto. Y además, si mi trabajo tiene éxito voy a poder reunir lo necesario para poder pagarle al coyote la cuota para que me lleve de nuevo para allá. Diosito va a poner de su parte”.

—A trabajar, pues, que Dios no espera…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (221)

1810. ANTES DE ALZAR VUELO

“Esta primavera voy a salir por primera vez al mundo”. Así se lo anunció al pequeño grupo de amigos de siempre; y uno de ellos le comentó, en el tono que usaban con frecuencia y sonriendo con ironía: “¿Cuál primavera si eso no existe en nuestro clima?” Otro agregó, haciéndose eco del compañerismo burlón: “Ah, es que éste siempre se las ha dado de imaginativo”. Y no faltó el colofón: “¡Pueta al fin, camaradas!” Él, entonces, les devolvió de inmediato la moneda: “Pues entonces hagamos un trato: si la primavera llega, aunque la llamen ustedes como quieran, y yo les mando un mensaje desde Singapur o desde Montreal, ¿se comprometen a hacerme un espléndido agasajo de bienvenida? ¿Estamos, o sólo son buenos para rebatir, como aprendices de políticos?”

1811. FIDELIDAD NOCTURNA

Era muy de mañana, y comenzaban a oírse en el jardín inmediato los cantos de los pájaros anunciadores del nuevo día; pero en esa oportunidad los armoniosos sonidos de las aves puntuales venían mezcladas con una especie de leve trepidación que parecía provenir de fricciones metálicas. Él estaba preparándose para salir pronto a cumplir sus tareas laborales, y apenas tenía tiempo de reparar en aquella novedad sonora. Pero cuando estuvo ante el espejo, listo para rasurarse y ponerse la crema reparadora, vio detrás de él un flujo de sombras que habían surgido de improviso. Se apartó, pero las sombras le hicieron quedarse frente al cristal. Y llegó la voz susurrada: “Somos nosotros, tus compañeros de insomnio… Te acompañaremos para que no te duermas en el camino…”

1812. MISIÓN PRIMAVERAL

Madrid estaba anocheciendo animadamente entre las claridades de la primavera recién llegada. Ellos habían llegado en un vuelo mañanero desde el otro lado del océano, y estaban hospedados como siempre en el hotel Palace, frente a la Fuente de Neptuno. “¡Qué querés hacer?”, le preguntó él a ella. Y ella aspiró profundamente, dejando escapar un suspiro: “Primero, lo primero: ir a ver a Jesús de Medinaceli, aquí a la par; y después ir a tomar una copa de buen vino en la Vinoteca…” Salieron de inmediato. Ya desde los primeros pasos ambos sintieron una energía liviana que casi les hacía levitar. La puerta de la iglesia ya estaba cerrada. “¡Bueno, el Señor nos invita a tomar con Él la copa de vino en la plaza se Santa Ana! ¡Vamos!” Y casi corriendo se dirigieron a la Vinoteca. La primavera los llevaba de la mano…

1813. JUEGO DE IMÁGENES

Fue fotógrafo desde que tenía memoria, entre los velos de la primera edad, aunque tardó bastante tiempo para poder tener una cámara a su disposición. Era otra época, y la aspiración derivaba en contar con estudio propio, como el de los profesionales de tradición. Pero afortunadamente él pudo estudiar las técnicas novedosas y dedicarse a una labor itinerante. Se detenía en todas las esquinas y fijaba instantáneas de lo que a simple vista parecía intrascendente. Así llegó a tener una colección que daba para muchas muestras. Empezó entonces a buscar patrocinadores, y así llegó al despacho de don Ramón, el mecenas. Abrió sus valijas y aparecieron las imágenes. Don Ramón se conmovió hasta las lágrimas. “Gracias, amigo, por recordarme que la vida es una calle! Tu exposición hará historia…”

1814. EN PRIMERA FILA

Había escogido asiento de ventana en la primera fila, y los pasajeros seguían pasando sin que nadie llegara a ocupar el puesto contiguo. Estaban a punto de cerrar la puerta de ingreso cuando arribó corriendo aquella joven que tenía toda la pinta de ser deportista o bailarina. Rubia y de atuendo multicolor, era la vitalidad personificada. Colocó su extravagante maleta de mano en el compartimento superior y aspirando fuerte se sentó ya cuando la nave empezaba a moverse hacia el despegue. Aunque el pasajero de ventana la observaba con fijeza mal educada, ella ni siquiera había reparado en él. Hasta que, ya al alzar vuelo, la azafata pasó ofreciéndoles algo de tomar. Ambos eligieron el vino espumante. Al hacerlo, se sonrieron. “¡Salud!”, soltaron al unísono. Y era la salud de la buena nueva.

1815. FUEGO INMEMORIAL

En la pantalla del televisor hubo de repente una conmoción totalmente insospechada. Como si la escena estuviera pasando ahí mismo, dentro del pequeño marco donde sólo flotaban imágenes, el fuego de las llamas estaba a punto de saltar hacia fuera. Ellos, la pareja que hacía su rutina de ver televisión desde la cama, se sobresaltaron al instante. La relación noticiosa en inglés describía con voces sobrecogidas el suceso: la Catedral de Notre Dame de París estaba ardiendo sin control. Se abrazaron sobre las almohadas, como si no fueran espectadores sino partícipes de la catástrofe. El noticiero seguía su curso, y lo único cierto era la destrucción insospechada. Él, que había conocido Notre Dame en su primer viaje de adolescencia, sintió que le brotaban las lágrimas. Ella trató de consolarlo: “Lo vivido nunca se consume”.

1816. COLOQUIO SORPRESIVO

Cuando estaba a punto de iniciarse el recital sólo unas cuantas sillas del auditorio se hallaban ocupadas. Él, que sería el primero en leer sus páginas, tuvo un instante de desconcierto, porque todo indicaba que lo que él tendría iba a ser una especie de soliloquio. Llegó la hora de comenzar, y el presentador subió al podio. Sus palabras fueron breves y casi ininteligibles. Luego le tocó a él. La concurrencia se había multiplicado como por encanto. Él, entonces, se sintió sobrecogido por la súbita necesidad de estar en una especie de intimidad con las palabras. Se quedó unos segundos en silencio, y entonces cerró los ojos. Entre los apretados concurrentes circuló un murmullo de asombro y de reclamo. Él entonces distendió los párpados y empezó a recitar sin leer ningún texto. De su voz se desprendían mariposas salvadas.

1817. A BUEN ENTENDEDOR…

Le encendió la veladora a la Virgen, y se fue a recostar para reciclar energías después de aquella jornada agotadora. En eso le sonó el celular, y ella tardó un momento en responder. Al fin lo hizo y del otro lado sonó la voz de Adrián, que seguía insistiéndole. “Esta bien nos vemos esta tarde en el Café El Dicho”. Al otro lado resonó la carcajada: “Pero si ese lugar sólo existe en la tele…” “Pues ahí tenés la respuesta”. La veladora de la virgen parecía estar conteniendo la risa.

Historias sin Cuento

AL FIN LLEGASTE

Mariluz caminaba todos los días unas cuantas cuadras desde aquella parada en que la dejaba el microbús que la traía desde su colonia hasta el lugar de trabajo, la fábrica de productos saludables que se expandía comercialmente cada vez más. Ella era puntual por enseñanza familiar desde que tenía memoria, y cualquiera podía seguirle la pista, con reloj en mano, sin que en ningún momento se alterara la cronología del trayecto.
Lo que ella no advertía era que, a diario, desde la ventana de un edificio que se hallaba en la ruta, unos ojos la observaban con disciplina impecable. No tenía idea de aquella observación obsesiva, y por eso avanzaba tranquilamente, con el ritmo cronometrado habitual.
Pero un día de tantos se le atrasó el trabajo, y tuvo que salir más tarde. Estaba anocheciendo, y la negrura del cielo anunciaba tormenta inminente. Pese a ello, siguió con su paso normal. E iba ya a pasar enfrente del edificio donde estaba el pertinaz vigilante. En ese preciso minuto se desató la lluvia torrencial, con ráfagas incontenibles.
Se tuvo que refugiar en el vestíbulo, y hasta ahí, con sus ojos fijos e intensos, había bajado el hombre que la observaba. Ella quiso disimular, pero él se le acercó hasta casi tocarle la piel:
–Te trajo la lluvia, y ya no vas a salir nunca de aquí.
–¿Te conozco, verdad?
–Sí, me conoces y te pertenezco. Soy tu amante.
Ella soltó la risa. Podía deshacerse de todos sus disimulos.

JUEGOS PARA INOCENTES

La fiesta de despedida estaba por iniciar. El conjunto de pop rock se hallaba ya instalado en su tarima. Todas las mesas aparecían completamente aperadas para el momento, con sus manteles blancos de falda larga y sus candelabros erguidos. Él observó el panorama desde la puerta de ingreso, y sintió de inmediato que había arribado a un club emblemático del Hollywood de los años 50. Era como si de pronto fuera a aparecer Gilda para iniciar su danza, es decir Rita Hayworth a la vista de Glenn Ford…
Los invitados comenzaron a arribar. Sus compañeros de siempre, hoy casi todos con sus parejas. Él se puso en la entrada, para los saludos correspondientes, como era del caso por ser el centro de atención. La música empezó a sonar. El rock y el pop es alianza solidaria. Y al estar la concurrencia completa las luces comenzaron a parpadear y se oyeron los brotes sonoros del champán emergente. Había llegado la hora.
–¡Amigos todos!, ¿Quieren discursos o no?
El silencio tuvo en ese instante cierto carácter fantasmal. Y lo rompió una voz casi susurrante que parecía venir de una taberna clásica:
–Lo que queremos es refrescarnos alegremente la garganta con Dom Perignon…
–Pero no olviden que nuestro compañero de adolescencia hoy se va a descubrir otros horizontes, porque la suerte así se lo ordena. Es una despedida y hay que tomarla con la seriedad del caso…
El aludido reaccionó:
–Sí, me voy, pero también me quedo, porque dicen que el Más Allá está en todas partes.

ESPECTROS FUGITIVOS

Las autoridades policiales llegaron ante el apremiante llamado de unos vecinos que dieron parte de una serie de asaltos en cadena en cosa de minutos. Los agentes se distribuyeron por la zona, tratando de identificar y detener a los asaltantes, pero daba la impresión de que se los había tragado la tierra.
Tocaron a muchas puertas, y los vecinos asustados apenas asomaban, sin poder dar mayores detalles de lo ocurrido. Las víctimas se resistían a aparecer, por temor a las represalias de los criminales, que como siempre se hallaban instalados de seguro en algunas de las vecindades de los alrededores.
Luego de los recorridos inútiles, los agentes comenzaron a regresar a sus puntos de concentración, que eran las delegaciones más cercanas. La zona de loa asaltos quedó en silencio, como si ahí no hubiera pasado nada. Las luces encendidas en el interior de las viviendas fueron extinguiéndose. Y en el parquecito central de la urbanización los indigentes de siempre se hallaban todos ubicados en sus rincones, tendidos sobre el suelo encementado, queriendo sentir que la noche era el mejor refugio. Y en medio de ese silencio empezó a brotar un murmullo sin origen identificable. Un murmullo que con evidente voluntad atávica iba volviéndose voz:
–Identifíquense los que se van en la caravana.
Las puertas se fueron entreabriendo, y las figuras salieron a hacerse presentes.
–¿Están completos?
El mutismo fue una forma de afirmación, la más elocuente de todas.
–Bueno, la prueba de esta tarde ha sido el último eslabón de la cadena. Lo que sigue es la liberación. Nos vamos de aquí, sin saber hacia dónde, pero con la convicción de que cualquier otro lugar será una especie de tierra prometida…
La fuerza de las respiraciones se hizo sentir, y el que hablaba lo tradujo así:
–Ya veo que todos ustedes están en total sintonía con el aire. Los ahogos van a quedar atrás. Ya podrán comprobarlo cada uno a su manera…
Y el murmullo sonriente se alzaba: era la melodía que alguna vez surgió de la garganta de Frank Sinatra, y que hoy trataba de reencarnar entre las sienes de aquellos fugitivos a punto de tomar su ruta. Eran los latidos animándose al impulso de transformarse en voces:
–¡Vámonos ya, vámonos ya, vámonos ya, antes de que la noche nos atrape de nuevo! ¡Hay que dejarlo todo para poder alcanzarlo todo!
Y la caravana se volvió un caudal indetenible.

ENTRE LAS SÁBANAS

Aquel diálogo, independientemente de las palabras que se activaran en cada ocasión, era tan común entre ellos que ya parecía un juego mecánico; pero algo adictivo había en ese juego que nunca se cansaban de practicarlo:
–La memoria nos da fuerzas para seguir –decía él.
–Pero esas fuerzas nunca alcanzan… –respondía ella.
–¿Y qué quieres que hagamos entonces?
–Que le pongamos pruebas a la memoria –acotaba ella.
–¿Pruebas? ¿Por ejemplo?
–Que se anime a salir de su encierro y que empiece a hacerle señas al presente y a comunicarse sensorialmente con el futuro.
–¿Y qué vamos a ganar nosotros con todo eso? –objetaba él.
–Una libertad desconocida.
–¿No te parece demasiado simple? La memoria es ella misma, y no va a dejar de serlo. Es tradicionalista por naturaleza…
–El tradicionalista eres tú –replicaba ella, con un amago de impaciencia.
–¿Yo? ¿Y eso de dónde lo sacas?
–De tu sumisión a la memoria.
–¿Yo?
–Sí, tú, el imaginativo por excelencia, que en esto pareces tener atados los cables de la inspiración…
–¡Dios mío, es una frase perfecta! ¿Me la regalas? –reaccionó él, ilusionado.
Y tal reacción generó un dinamismo inédito. Por primera vez en muchísimo tiempo, y quizás como nunca, se miraron directa y profundamente a los ojos. Estaban ahí, en su lecho compartido, y el aroma de la intimidad los envolvía.
–¡Manos a la obra! –dijo él, alzándose como un gimnasta olímpico.
–¿Sólo manos? ¡Estrenemos orgasmo!
Las risas envueltas en la blancura crepitante de las sábanas fueron el disparo de salida. Comenzaba la fiesta, más crepitante que nunca. Ahí, junto al lecho, la memoria también sonreía.

Historias sin Cuento

AVENTURA PRIVADA

Las noticias meteorológicas tenían explícitamente anunciado aquel brote de emoción nevada con la puntualidad que hoy caracteriza al quehacer noticioso. Desde temprano, pues, él se encontraba ubicado frente al ventanal de cristales con las cortinas descorridas a la espera de la nieve por llegar. Y unos minutos después del tiempo previsto comenzaron a flotar los primeros copos. Ahora estaba solo porque su mujer y sus dos hijos adolescentes andaban de vacación en su país de origen, allá en tierras del benigno trópico centroamericano.
Tenía enfrente una copa de vino tinto y una bandejita de bocadillos de pollo, que serían su cena anticipada. Podía hacerlo así porque el horario se hallaba a su disposición, lo cual para él era una invitación a ponerse en contacto íntimo consigo mismo.
Se apartó del ventanal que daba a un convivio de edificios elevados uno junto a otro, y se fue a buscar algo en la pantalla televisiva, porque aún no se acostumbraba a ver imágenes en el iPhone. En ese preciso momento estaban pasando, con propósito rememorativo, una película de los años cincuenta ambientada en el Lejano Oeste. Por las llanuras abiertas se desplazaban los jinetes casi voladores y en los pequeños poblados las jóvenes vestidas de largo y tocadas con sobreros de alas anchas llevaban paquetes para el consumo hogareño.
Sin que se pudiera anticipar su procedencia, el galope de un caballo resonó en el entorno inmediato. Él movió la cabeza como si quisiera desprenderse de cualquier espejismo que estuviera invadiéndole los espacios conscientes; pero el galope no parecía estar ahí, sino afuera, en alguna de las calles vecinas. Volvió entonces a ubicarse frente al ventanal, y en verdad lo que le rodeaba era el paisaje urbano de siempre, con sus vehículos y sus motocicletas inagotables.
En la pantalla, la película seguía pasando, pero ahora, sin que él hubiera hecho ningún movimiento de canal, se trataba de uno de aquellos filmes musicales que conmovían a los espectadores de otros tiempos, por no decir de otros siglos. Una pareja de bailarines estaban en el centro de las arrobadoras armonías que también envolvieron a Gene Kelly y a Leslie Caron…
De pronto sonó el timbre de la puerta de entrada. Se levantó a ver quién era.
—¿Ustedes?
—Sí, tus amigos de siempre. ¿Nos recuerdas, verdad?
—¡Pasen, pasen, por favor!
En ese preciso instante comenzó a nevar de veras. La tormenta anunciada. Cualquier otra imagen había desaparecido como por encanto. Los recién llegados le adivinaron el pensamiento:
—La nostalgia es el mejor condimento de la inspiración, amigo nuestro. Por eso hemos venido a visitarte, para recordar en compañía. Así como nos conocimos en alguno de los cines del viejo San Salvador, podemos hoy reconocernos en alguno de los novedosos bares de aquí… ¿Te animas?…
La nevada arreciaba. Él fue a recoger su abrigo.
—¡Vamos!
Y entonces él y los dos fantasmas de la memoria salieron animosos a comprobar una vez más que la vivencia actual era solo una copia al carbón del verdadero presente, que estaba en la remembranza inmarchitable.

A LA PAR DEL FUEGO

El vehículo, que era un Studebaker de los antiguos, que eran emblemáticos allá en los años cincuenta del pasado siglo, se detuvo frente al portón de la casona donde vivían hoy los dueños de todos aquellos alrededores. De él se bajaron dos personajes que, en todos sus detalles, parecían traídos directamente de aquellas épocas, cada día más remotas. Las hojas herrumbrosas se abrieron sin que se viera nadie por ahí, como si los hubieran estado esperando desde algún ángulo no visible.
El carro quedó afuera y ellos avanzaron hacia la puerta interior. Junto a ellos, un señor vestido de mayordomo les hacía guardia. Al traspasar esa puerta interior estaban en una estancia evidentemente privada, con camastrón y ropero clásicos. En una poltrona se hallaba ella:
—Pasen, muchachos. Los he llamado para que me asistan en mis últimos momentos. Estoy feliz, y quiero compartirlo con ustedes, mis sobrinos favoritos. No tengo ya nada que ofrecerles, salvo mi fervor familiar. Sé que a ustedes eso no les importa mucho, pero en este límite cualquier sonrisa es bienvenida.
Ellos, sin demostrar mayor emoción, se le acercaron y le sonrieron. En la chimenea encendida los leños ardientes temblaban de emoción.

OBSESIÓN PERDIDA

Aquel adolescente parecía más problemático de lo normal, y sus padres, inmersos casi siempre en las agitadas urgencias de ganar dinero para satisfacer el consumo expansivo, actuaban como si no se dieran cuenta. En la casa no había momentos de comunicación familiar, y cada quien tiraba por su lado. El hijo hacia las conductas provocadoras que no lograban su objetivo; el padre hacia la búsqueda de estímulos indecentes en las redes sociales; y la madre hacia el coqueteo con su propia imagen sobre todo en el vestuario, en el arreglo facial y en el ejercicio remodelador…

Pero un día de tantos aquella desconexión afinada por la costumbre pareció dejar de funcionar como tal. Y eso quizás respondía al hecho de que una hermana de la madre, mucho menor que ella y que había vivido por larguísimo tiempo en la zona norte de Estados Unidos, específicamente en Wisconsin, estaba de vuelta por razones no reveladas y sólo tenía la casa de ellos como lugar de arribo. Las hermanas, que no se habían visto por años, recuperaron de inmediato las afinidades dormidas; el marido miró a la recién llegada y sin tardanza le revisó visualmente los atributos externos; y el hijo tuvo que disimular el efecto alucinatorio que aquella presencia le provocaba…

Muy pronto los efectos de tales sensaciones se hicieron sentir. La madre del muchacho prácticamente adoptó a su hermana como la otra mitad genética, tratándola tal si fuera una niña puesta a su directo y exclusivo cuidado; el marido se hallaba cada día más obsesionado por la ilusión perversa de tenerla desnuda a su disposición para fotografiarla hasta el cansancio y así conservarla en su propia contemplación erótica; y el joven iba sintiéndose envuelto por primera vez en una ansiedad ilusionada que, aunque él no la identificara así, era la fase inicial del enamoramiento encadenante…

Nada de aquello se podía quedar tranquilo en la conciencia y en la imaginación de cada uno de ellos. Y entretanto la joven iba y venía como si no se diera cuenta de nada. Eso sí: se aprovechaba de todo lo que la situación hogareña le pudiera proveer. De la hermana, los servicios de la buena vida; del cuñado, los regalos que se sucedían sin cesar; y del sobrino, los anuncios constantes de la dependencia amorosa…

Así las cosas, llegó inesperadamente el momento de las definiciones finales. Ella les anunció, sin decir agua va:
—Mañana me voy de aquí. Me han ofrecido un trabajo que no puedo desechar.
Los tres se quedaron en suspenso, como si aquella declaración de intenciones les hubiera privado de súbito de sus puntos de apoyo.
—¿Y qué va a ser de nosotros? –exclamó el cuñado.
—¡Piensa en lo que tenemos y en lo que vamos a perder! –reclamó la hermana.
—¡Voy a quedarme solo para siempre! –suplicó el sobrino.
Ella pareció no haber oído nada. Tenía la maleta a su lado.
—Adiós, espejismos inútiles.
Y avanzó hacia la puerta. Pero los tres se abalanzaron sobre ella. Quedó inerte sobre el piso. Ellos se abrazaron, como si acabaran de consumar la máxima proeza de sus vidas.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (219)

1793. LE HABLO A USTED

Aunque con gran frecuencia no lo parezca, cada quien vive en su mundo, y ese mundo perfectamente personalizado casi siempre es irreconocible desde afuera. Él, que era en apariencia un ciudadano común sin ninguna nota diferenciadora, se había habituado a poner la mirada inquisitiva con creciente reiteración sobre lo que había dentro de él, que en su caso tenía la peculiaridad de ser un espacio deshabitado y cambiante. No en balde era conocido como un solitario sin accesos. Pero tal condición empezaba a hacer mella en su ánimo. Aquella tarde, sentado en un banco del parque, vio pasar a alguien que le pareció conocido. Se levantó, se le acercó y le preguntó: “¿Nos conocemos, verdad?” “Hombre, ¿y cómo no si yo soy un antepasado tuyo que anda de vacaciones…” Él lo estrechó con lágrimas. ¡Por fin una compañía segura!

1794. OFENSIVA INICIAL

Los ángeles existen y se hacen presentes, comenzando por el ángel de la guarda, que anda a la par de cada uno de nosotros en las buenas y en las malas, de día y de noche. Él era empleado de escritorio, y pasaba la jornada entera entre papeles, procesando pedidos, ajustando cuentas y enviando mensajes a los proveedores. El día había sido particularmente intenso, y la fatiga le atenazaba las coyunturas. Todos salieron a la hora, solo él se quedó, como si tuviera algo que concluir. Pero al estar solo se inclinó sobre el escritorio y se durmió. En el sueño, profundo por cierto, se le apareció el ángel. Lo supo de inmediato. “Necesitas vacaciones. Tómalas ya”. “Ayúdame con el jefe, que es inaccesible”. “Ya lo sé. Mi colega, su ángel de la guarda, quizás pueda hacer algo…” “¡Gracias, amigo! Ojalá que cuando yo despierte me tengas noticias…”

1795. MISIÓN DE MARIPOSAS

Como sabemos por experiencia cotidiana, el clima es hoy el subversivo por excelencia. Un subversivo que no se detiene ante nada y que deja en pañales a los subversivos políticos que han sido tradición. Ese año, la estación lluviosa había sido un catálogo de turbulencias tormentosas; y la estación seca, una secuencia de sequías polvorientas. La paciencia tenía que ser entonces un puente colgante sigiloso. Era sábado y ella, que trabajaba en una empresa de diseño de ropa imaginativa, quería ir a visitar el mundo vegetal, pero como era verano la naturaleza estaba desvestida. Se fue a la zona verde más cercana y se sentó a meditar en una banca de madera. Cerró los ojos, y cuando los abrió estaba rodeada de mariposas. Modelo perfecto para la próxima temporada de la moda, que se hallaba a las puertas.

1796. 23.ª CALLE ORIENTE

Alguna vez, un consejero esotérico le hizo una indicación enigmática: “Si no recuperas tu calle más vivida vas a permanecer vagando por los laberintos sin retorno”. No se atrevió a preguntarle lo que quería decir, pero el abejorro de la inquietud le quedó vibrando por los recodos de la conciencia. Pasaron los días y los meses y llegó noviembre, antiguo tiempo de vacaciones. El airecillo fresco andaba suelto por todos lados, agitando cuantos ramajes se ponían a su alcance, que en la ciudad no eran muchos. Salió a la calle, como si se dirigiera a la estación de buses más cercana, la que recibía las máquinas que iban desde allá por la iglesia de Candelaria hasta Mejicanos. Tomó el primer bus que pasó por su memoria, y apretó el timbre en la esquina de la 23.ª calle oriente. Estaba, pues, ahí, como todos los días. La ciudad del recuerdo lo abrazó por dentro.

1797. PRIMER ENCUENTRO

“¿Falta mucho para que amanezca?” La pregunta no iba dirigida a nadie en particular ni había nadie a quien pudiera ser dirigida. Entonces aspiró a fondo el aire del espacio aromado que le servía de estancia desde que se dispuso a disfrutar la vida al máximo, ya que estaba en el límite mental y sentimental de sus expectativas de siempre. La consigna era, pues, “ahora o nunca”. Y lo que ahora mismo venía era la salida del sol en un día muy diferente a todos los anteriores. Iba a verse por primera vez en persona con Wendy, a quien solo conocía por Facebook. Se vistió rápidamente y se acicaló con todo esmero. A la hora señalada se fue al cafetín previsto. Estaban desmantelándolo. “¿Aquí qué pasa?” “Demolición”. Se quedó mudo. ¿Y su encuentro? Ella estaba ahí, sonriéndole desde su silla de ruedas: “Soy joven y bella, no puedo caminar, pero puedo volar. ¿Me acompañas?”

1798. POR EL RETROVISOR

Venían de vuelta de visitar por primera vez aquel emporio de jardines incomparables llamado Gardens by the Bay, en una de las alas más próximas al centro vertical de Singapur. Había llovido la noche anterior y el ambiente se hallaba tiernamente impregnado de sensaciones animosas. Las imágenes de los jardines visitados les habían dejado la impresión de que se llevaban un nuevo refugio natural en la conciencia. Aquella noche, en su habitación de hotel ubicada en el piso 30, ambos soñaron con el mismo recorrido: venían en una barcaza atravesando el océano y de pronto se encontraban en tierra por un sendero en las vecindades del Domo de las Flores. Las orquídeas y los helechos eran los primeros en salir a su encuentro, y luego todas las plantas floridas se unían al recibimiento. Cuando despertaron, se dijeron en un murmullo sobre la almohada: “Tenemos otra familia”.

1799. CRUCE DE ANHELOS

Se conocieron en el kindergarten, y cuando salieron de ahí no volvieron a verse por muchos años, como si vivieran en mundos distantes. Pero un día de tantos, sin que hubiera indicio de lo que estaba por ocurrir, se encontraron en una de esas librerías que están en vías de desaparecer, porque ya casi nadie quiere leer libros en papel. Él estaba revisando los libros ubicados en un estante y ella los reunidos en otro. Libros de viajes. Novelas románticas. Él las novelas románticas y ella los libros de viajes. En un giro casi toparon. “¿Issa?” “¿Melvin?” Fue notorio el estupor convertido en abrazo. Fueron a pagar los respectivos volúmenes y se dirigieron al café más próximo. “Quiero leer ‘La novia del poeta’ me ilusiona…”, dijo él. “Y yo ‘Los viajes del destino’, quiero descubrirlos…”, dijo ella. Y ambos al unísono: “¡Armemos el paquete, pues…”

1800. EL INFINITO YA

Soñaba cada vez con más frecuencia en ir haciendo viajes espaciales, y en las vigilias sentía la creciente necesidad de alzar vuelo. Así llegó a un punto sin retorno: ya no supo distinguir la realidad de la ficción, y lo único que le quedaba era convertirse en alma en pena…

1801. CULTO AL OLVIDO

El confesor le indicó: “Hábleme de sus pecados para seguir la ruta de la absolución”. Y su respuesta fue simple: “No tengo pecados, porque todos se quedaron en el camino…”