ÁLBUM DE LIBÉLULAS (220)

1802. LITURGIA ÍNTIMA

Llegó bastante más temprano que otros días a ocupar su escritorio en la oficina donde estaba ubicado desde que lo elevaran de nivel en la empresa. En el espacio había otros tres escritorios, que antes fueron de los más antiguos y hoy eran de los más modernos. Él se dedicó a escudriñar en sus archivos, aprovechando que se hallaba solo. Llegó a aquel legajo de páginas manuscritas. Cartas de amor de las de antes. Y mientras leía sintió una punzada en el corazón, y se lo apretó con ambas manos, gimiendo. Parecía un gemido terminal, pero se incorporó de pronto como si nada hubiera pasado. Acarició la carta que tenía visible, con un suspiro que venía del fondo del alma. Pronto empezaron a llegar los ocupantes de los otros tres escritorios. Él los saludó sonriente: “Llegué más temprano para que me alcanzara el tiempo”. No dijo para qué porque la punzada en el corazón venía de nuevo, y esta vez para quedarse.

1803. ODISEA DE BARRIO

Como lo hacía a diario, estaba viendo y oyendo el noticiero de CNN cuando aquella golondrina comenzó a pasar y repasar al otro lado de su ventana en la pequeña estancia que le servía de vivienda. Siempre había oído decir que una sola golondrina no hace verano, pero lo que él estaba sintiendo en aquel preciso momento era que el verano se iba haciendo presente de manera expansiva como el recién llegado más espontáneo y ceremonioso. La golondrina hizo un leve piqueteo en el cristal, y él entendió que le pedía permiso para entrar. En ese preciso momento las imágenes de CNN iban recorriendo una serie de paisajes de las más diversas latitudes. Entonces él se preguntó sin palabras: “¿En qué lugar estoy?” Y la golondrina, que ya se hallaba adentro le respondió a su modo: “En tu barrio, que es el mundo…”

1804. MISTERIO SUBTERRÁNEO

“Quién iba a decirlo”, se dijo mientras pasaban a su alrededor todos sus vecinos de siempre. Y es que se trataba de una protesta callejera por la ya prolongada ausencia de agua potable en aquella colonia que todo el tiempo había estado bien abastecida de los servicios básicos. Entre los manifestantes iba ella, que todo el tiempo lo pasaba dentro de su casa escribiendo historias de seres imaginarios. No pudo contener el impulso y se le acercó: “Alexia, ¿qué andás haciendo aquí?” Ella lo miró como si él fuera un completo desconocido, y así le espetó: “¡Defendiendo nuestros derechos! ¿No le parece suficiente?” Él se sintió agredido: “¡Alexia, ¿qué te pasa? Si querés hago el trabajo por vos!” Ella soltó la carcajada sarcástica, pero en ese mismo instante fueron brotando del suelo chorros de agua que lo mojaban todo. Y la manifestación se dispersó de repente.

1805. WINGS OF PEACE

El muelle se hallaba solitario cuando la nave atracó para estar ahí por algunas horas. Ellos, que habían trasnochado en el Panorama Lounge, al ritmo de la música disco que activaba el discjockey Rob, que mostraba una energía muy a tono con su tarea nocturna, apenas estaban despertando. “¿Dónde estamos?”, preguntó ella, liberando el bostezo sobre la almohada. “En cualquier lugar en ruinas –respondió él, que era adicto a dramatizar en broma–; y por eso aquí todos los tours tienen guías fantasma…”. Y soltó la carcajada. Ella se incorporó para abrir la cortina. La luz del día era perfectamente vivificante. Ahí enfrente, en el muelle, un conjunto típico del lugar daba la bienvenida. Y los buses de las excursiones estaban en fila. “¿En cuál vamos?”, preguntó ella; y él respondió: “¡En aquél!” En el costado del bus había un rótulo: “Wings of peace”. ¡Perfecto augurio!

1806. DESTINOS PARALELOS

La primera sonrisa del bebé llenó la casa de destellos subliminales. Y esos destellos, que de algún modo eran perceptibles para todos, iban inequívocamente dirigidos hacia él, bisabuelo paterno. Un señor que no parecía ni siquiera abuelo. La interrogación saltaba de boca en boca: “¿Cómo hará don Fili para ganarle todos los días la batalla al calendario?” Y él, don Filiberto, que nunca se daba por aludido, apenas sonreía. Desde el primer instante, el bebé solo tuvo ojos para don Fili. Era como si los padres y los abuelos no existieran. Y así fue cada vez más con el paso del tiempo. Cuando el bisnieto estaba por cumplir 15 años, el bisabuelo le hizo una propuesta: “¿Te gustaría que nos fuéramos juntos a recorrer el mundo?” Los otros parientes pusieron cara de estupor. “¡Sí, señores, dejen vivir a los jóvenes! Es la ley de la vida”.

1807. RITUAL CON MENSAJE

Era el comienzo de la Semana Santa y la ciudad iba entrando en el estado de siempre: una suerte de placidez atávica que ni siquiera las incursiones incansables del crimen eran capaces de borrar de los espacios urbanos. En los alrededores de aquella iglesia, que no era de las principales del lugar, esa quietud mostraba de pronto destellos inesperados. ¿Qué se estaba anunciando? En la arboleda descuidada que rodeaba el templo se podían percibir algunas vibraciones inexplicables. De pronto, la antigua y ya casi inservible campana silenciosa por tanto tiempo empezó a repicar. Y de entre los arbustos resecos y los árboles descuidados fueron saliendo las figuras en procesión. Eran todos los mendigos y vagabundos de la zona. Se alinearon frente a la puerta principal y la iglesia pareció revivir como una basílica clásica. Milagro anónimo, como todos los milagros verdaderos.

1808. SALIDA AL MUNDO

El viento soplaba con ráfagas entusiastas, como si circulara por la atmósfera un propósito consciente de recorrer horizontes. Y él, un joven que acababa de emprender el tránsito de adolescencia, de seguro se sentiría animado, por afinidad natural, a responder a tal impulso; pero curiosamente su reacción era todo lo contrario: lo que le nacía en aquel instante era el ansia de buscar refugio para que el viento no pudiera encontrarlo. Así llegó sin proponérselo al ático de la casa, ese lugar al que nunca había subido, ni siquiera por curiosidad. Cajas y cajones amontonados. Roperos antiguos. Estantes medio llenos. Y objetos abandonados en desorden. Fue a esconderse en alguno de los rincones, y le brotó entonces la voz de muy adentro: “No me temas, quiero que me acompañes…” Puso cara de estupor. “Soy un enviado del viento, tu nuevo guía”.

1809. UNA NUEVA LECCIÓN

Aquel cuaderno era el destinatario de sus apuntes íntimos y por eso lo guardaba en el fondo de la gaveta de su mesa de noche, y esa vez no tenía ningún deseo de escribir nada, porque la semana había sido más monótona que nunca. Aun así, abrió la gaveta y extrajo el cuaderno. Para su sorpresa casi alucinante, las páginas estaban en blanco. Lo soltó, como si fuera un objeto peligroso. Y al caer abierto, todas las palabras reaparecieron. Entonces él se dio por satisfecho. ¿Para qué indagar, si lo mismo pasaba en su mente, que se quedaba en blanco cuando le daba la gana?

Historias sin Cuento

AL FIN LLEGASTE

Mariluz caminaba todos los días unas cuantas cuadras desde aquella parada en que la dejaba el microbús que la traía desde su colonia hasta el lugar de trabajo, la fábrica de productos saludables que se expandía comercialmente cada vez más. Ella era puntual por enseñanza familiar desde que tenía memoria, y cualquiera podía seguirle la pista, con reloj en mano, sin que en ningún momento se alterara la cronología del trayecto.
Lo que ella no advertía era que, a diario, desde la ventana de un edificio que se hallaba en la ruta, unos ojos la observaban con disciplina impecable. No tenía idea de aquella observación obsesiva, y por eso avanzaba tranquilamente, con el ritmo cronometrado habitual.
Pero un día de tantos se le atrasó el trabajo, y tuvo que salir más tarde. Estaba anocheciendo, y la negrura del cielo anunciaba tormenta inminente. Pese a ello, siguió con su paso normal. E iba ya a pasar enfrente del edificio donde estaba el pertinaz vigilante. En ese preciso minuto se desató la lluvia torrencial, con ráfagas incontenibles.
Se tuvo que refugiar en el vestíbulo, y hasta ahí, con sus ojos fijos e intensos, había bajado el hombre que la observaba. Ella quiso disimular, pero él se le acercó hasta casi tocarle la piel:
–Te trajo la lluvia, y ya no vas a salir nunca de aquí.
–¿Te conozco, verdad?
–Sí, me conoces y te pertenezco. Soy tu amante.
Ella soltó la risa. Podía deshacerse de todos sus disimulos.

JUEGOS PARA INOCENTES

La fiesta de despedida estaba por iniciar. El conjunto de pop rock se hallaba ya instalado en su tarima. Todas las mesas aparecían completamente aperadas para el momento, con sus manteles blancos de falda larga y sus candelabros erguidos. Él observó el panorama desde la puerta de ingreso, y sintió de inmediato que había arribado a un club emblemático del Hollywood de los años 50. Era como si de pronto fuera a aparecer Gilda para iniciar su danza, es decir Rita Hayworth a la vista de Glenn Ford…
Los invitados comenzaron a arribar. Sus compañeros de siempre, hoy casi todos con sus parejas. Él se puso en la entrada, para los saludos correspondientes, como era del caso por ser el centro de atención. La música empezó a sonar. El rock y el pop es alianza solidaria. Y al estar la concurrencia completa las luces comenzaron a parpadear y se oyeron los brotes sonoros del champán emergente. Había llegado la hora.
–¡Amigos todos!, ¿Quieren discursos o no?
El silencio tuvo en ese instante cierto carácter fantasmal. Y lo rompió una voz casi susurrante que parecía venir de una taberna clásica:
–Lo que queremos es refrescarnos alegremente la garganta con Dom Perignon…
–Pero no olviden que nuestro compañero de adolescencia hoy se va a descubrir otros horizontes, porque la suerte así se lo ordena. Es una despedida y hay que tomarla con la seriedad del caso…
El aludido reaccionó:
–Sí, me voy, pero también me quedo, porque dicen que el Más Allá está en todas partes.

ESPECTROS FUGITIVOS

Las autoridades policiales llegaron ante el apremiante llamado de unos vecinos que dieron parte de una serie de asaltos en cadena en cosa de minutos. Los agentes se distribuyeron por la zona, tratando de identificar y detener a los asaltantes, pero daba la impresión de que se los había tragado la tierra.
Tocaron a muchas puertas, y los vecinos asustados apenas asomaban, sin poder dar mayores detalles de lo ocurrido. Las víctimas se resistían a aparecer, por temor a las represalias de los criminales, que como siempre se hallaban instalados de seguro en algunas de las vecindades de los alrededores.
Luego de los recorridos inútiles, los agentes comenzaron a regresar a sus puntos de concentración, que eran las delegaciones más cercanas. La zona de loa asaltos quedó en silencio, como si ahí no hubiera pasado nada. Las luces encendidas en el interior de las viviendas fueron extinguiéndose. Y en el parquecito central de la urbanización los indigentes de siempre se hallaban todos ubicados en sus rincones, tendidos sobre el suelo encementado, queriendo sentir que la noche era el mejor refugio. Y en medio de ese silencio empezó a brotar un murmullo sin origen identificable. Un murmullo que con evidente voluntad atávica iba volviéndose voz:
–Identifíquense los que se van en la caravana.
Las puertas se fueron entreabriendo, y las figuras salieron a hacerse presentes.
–¿Están completos?
El mutismo fue una forma de afirmación, la más elocuente de todas.
–Bueno, la prueba de esta tarde ha sido el último eslabón de la cadena. Lo que sigue es la liberación. Nos vamos de aquí, sin saber hacia dónde, pero con la convicción de que cualquier otro lugar será una especie de tierra prometida…
La fuerza de las respiraciones se hizo sentir, y el que hablaba lo tradujo así:
–Ya veo que todos ustedes están en total sintonía con el aire. Los ahogos van a quedar atrás. Ya podrán comprobarlo cada uno a su manera…
Y el murmullo sonriente se alzaba: era la melodía que alguna vez surgió de la garganta de Frank Sinatra, y que hoy trataba de reencarnar entre las sienes de aquellos fugitivos a punto de tomar su ruta. Eran los latidos animándose al impulso de transformarse en voces:
–¡Vámonos ya, vámonos ya, vámonos ya, antes de que la noche nos atrape de nuevo! ¡Hay que dejarlo todo para poder alcanzarlo todo!
Y la caravana se volvió un caudal indetenible.

ENTRE LAS SÁBANAS

Aquel diálogo, independientemente de las palabras que se activaran en cada ocasión, era tan común entre ellos que ya parecía un juego mecánico; pero algo adictivo había en ese juego que nunca se cansaban de practicarlo:
–La memoria nos da fuerzas para seguir –decía él.
–Pero esas fuerzas nunca alcanzan… –respondía ella.
–¿Y qué quieres que hagamos entonces?
–Que le pongamos pruebas a la memoria –acotaba ella.
–¿Pruebas? ¿Por ejemplo?
–Que se anime a salir de su encierro y que empiece a hacerle señas al presente y a comunicarse sensorialmente con el futuro.
–¿Y qué vamos a ganar nosotros con todo eso? –objetaba él.
–Una libertad desconocida.
–¿No te parece demasiado simple? La memoria es ella misma, y no va a dejar de serlo. Es tradicionalista por naturaleza…
–El tradicionalista eres tú –replicaba ella, con un amago de impaciencia.
–¿Yo? ¿Y eso de dónde lo sacas?
–De tu sumisión a la memoria.
–¿Yo?
–Sí, tú, el imaginativo por excelencia, que en esto pareces tener atados los cables de la inspiración…
–¡Dios mío, es una frase perfecta! ¿Me la regalas? –reaccionó él, ilusionado.
Y tal reacción generó un dinamismo inédito. Por primera vez en muchísimo tiempo, y quizás como nunca, se miraron directa y profundamente a los ojos. Estaban ahí, en su lecho compartido, y el aroma de la intimidad los envolvía.
–¡Manos a la obra! –dijo él, alzándose como un gimnasta olímpico.
–¿Sólo manos? ¡Estrenemos orgasmo!
Las risas envueltas en la blancura crepitante de las sábanas fueron el disparo de salida. Comenzaba la fiesta, más crepitante que nunca. Ahí, junto al lecho, la memoria también sonreía.

Historias sin Cuento

AVENTURA PRIVADA

Las noticias meteorológicas tenían explícitamente anunciado aquel brote de emoción nevada con la puntualidad que hoy caracteriza al quehacer noticioso. Desde temprano, pues, él se encontraba ubicado frente al ventanal de cristales con las cortinas descorridas a la espera de la nieve por llegar. Y unos minutos después del tiempo previsto comenzaron a flotar los primeros copos. Ahora estaba solo porque su mujer y sus dos hijos adolescentes andaban de vacación en su país de origen, allá en tierras del benigno trópico centroamericano.
Tenía enfrente una copa de vino tinto y una bandejita de bocadillos de pollo, que serían su cena anticipada. Podía hacerlo así porque el horario se hallaba a su disposición, lo cual para él era una invitación a ponerse en contacto íntimo consigo mismo.
Se apartó del ventanal que daba a un convivio de edificios elevados uno junto a otro, y se fue a buscar algo en la pantalla televisiva, porque aún no se acostumbraba a ver imágenes en el iPhone. En ese preciso momento estaban pasando, con propósito rememorativo, una película de los años cincuenta ambientada en el Lejano Oeste. Por las llanuras abiertas se desplazaban los jinetes casi voladores y en los pequeños poblados las jóvenes vestidas de largo y tocadas con sobreros de alas anchas llevaban paquetes para el consumo hogareño.
Sin que se pudiera anticipar su procedencia, el galope de un caballo resonó en el entorno inmediato. Él movió la cabeza como si quisiera desprenderse de cualquier espejismo que estuviera invadiéndole los espacios conscientes; pero el galope no parecía estar ahí, sino afuera, en alguna de las calles vecinas. Volvió entonces a ubicarse frente al ventanal, y en verdad lo que le rodeaba era el paisaje urbano de siempre, con sus vehículos y sus motocicletas inagotables.
En la pantalla, la película seguía pasando, pero ahora, sin que él hubiera hecho ningún movimiento de canal, se trataba de uno de aquellos filmes musicales que conmovían a los espectadores de otros tiempos, por no decir de otros siglos. Una pareja de bailarines estaban en el centro de las arrobadoras armonías que también envolvieron a Gene Kelly y a Leslie Caron…
De pronto sonó el timbre de la puerta de entrada. Se levantó a ver quién era.
—¿Ustedes?
—Sí, tus amigos de siempre. ¿Nos recuerdas, verdad?
—¡Pasen, pasen, por favor!
En ese preciso instante comenzó a nevar de veras. La tormenta anunciada. Cualquier otra imagen había desaparecido como por encanto. Los recién llegados le adivinaron el pensamiento:
—La nostalgia es el mejor condimento de la inspiración, amigo nuestro. Por eso hemos venido a visitarte, para recordar en compañía. Así como nos conocimos en alguno de los cines del viejo San Salvador, podemos hoy reconocernos en alguno de los novedosos bares de aquí… ¿Te animas?…
La nevada arreciaba. Él fue a recoger su abrigo.
—¡Vamos!
Y entonces él y los dos fantasmas de la memoria salieron animosos a comprobar una vez más que la vivencia actual era solo una copia al carbón del verdadero presente, que estaba en la remembranza inmarchitable.

A LA PAR DEL FUEGO

El vehículo, que era un Studebaker de los antiguos, que eran emblemáticos allá en los años cincuenta del pasado siglo, se detuvo frente al portón de la casona donde vivían hoy los dueños de todos aquellos alrededores. De él se bajaron dos personajes que, en todos sus detalles, parecían traídos directamente de aquellas épocas, cada día más remotas. Las hojas herrumbrosas se abrieron sin que se viera nadie por ahí, como si los hubieran estado esperando desde algún ángulo no visible.
El carro quedó afuera y ellos avanzaron hacia la puerta interior. Junto a ellos, un señor vestido de mayordomo les hacía guardia. Al traspasar esa puerta interior estaban en una estancia evidentemente privada, con camastrón y ropero clásicos. En una poltrona se hallaba ella:
—Pasen, muchachos. Los he llamado para que me asistan en mis últimos momentos. Estoy feliz, y quiero compartirlo con ustedes, mis sobrinos favoritos. No tengo ya nada que ofrecerles, salvo mi fervor familiar. Sé que a ustedes eso no les importa mucho, pero en este límite cualquier sonrisa es bienvenida.
Ellos, sin demostrar mayor emoción, se le acercaron y le sonrieron. En la chimenea encendida los leños ardientes temblaban de emoción.

OBSESIÓN PERDIDA

Aquel adolescente parecía más problemático de lo normal, y sus padres, inmersos casi siempre en las agitadas urgencias de ganar dinero para satisfacer el consumo expansivo, actuaban como si no se dieran cuenta. En la casa no había momentos de comunicación familiar, y cada quien tiraba por su lado. El hijo hacia las conductas provocadoras que no lograban su objetivo; el padre hacia la búsqueda de estímulos indecentes en las redes sociales; y la madre hacia el coqueteo con su propia imagen sobre todo en el vestuario, en el arreglo facial y en el ejercicio remodelador…

Pero un día de tantos aquella desconexión afinada por la costumbre pareció dejar de funcionar como tal. Y eso quizás respondía al hecho de que una hermana de la madre, mucho menor que ella y que había vivido por larguísimo tiempo en la zona norte de Estados Unidos, específicamente en Wisconsin, estaba de vuelta por razones no reveladas y sólo tenía la casa de ellos como lugar de arribo. Las hermanas, que no se habían visto por años, recuperaron de inmediato las afinidades dormidas; el marido miró a la recién llegada y sin tardanza le revisó visualmente los atributos externos; y el hijo tuvo que disimular el efecto alucinatorio que aquella presencia le provocaba…

Muy pronto los efectos de tales sensaciones se hicieron sentir. La madre del muchacho prácticamente adoptó a su hermana como la otra mitad genética, tratándola tal si fuera una niña puesta a su directo y exclusivo cuidado; el marido se hallaba cada día más obsesionado por la ilusión perversa de tenerla desnuda a su disposición para fotografiarla hasta el cansancio y así conservarla en su propia contemplación erótica; y el joven iba sintiéndose envuelto por primera vez en una ansiedad ilusionada que, aunque él no la identificara así, era la fase inicial del enamoramiento encadenante…

Nada de aquello se podía quedar tranquilo en la conciencia y en la imaginación de cada uno de ellos. Y entretanto la joven iba y venía como si no se diera cuenta de nada. Eso sí: se aprovechaba de todo lo que la situación hogareña le pudiera proveer. De la hermana, los servicios de la buena vida; del cuñado, los regalos que se sucedían sin cesar; y del sobrino, los anuncios constantes de la dependencia amorosa…

Así las cosas, llegó inesperadamente el momento de las definiciones finales. Ella les anunció, sin decir agua va:
—Mañana me voy de aquí. Me han ofrecido un trabajo que no puedo desechar.
Los tres se quedaron en suspenso, como si aquella declaración de intenciones les hubiera privado de súbito de sus puntos de apoyo.
—¿Y qué va a ser de nosotros? –exclamó el cuñado.
—¡Piensa en lo que tenemos y en lo que vamos a perder! –reclamó la hermana.
—¡Voy a quedarme solo para siempre! –suplicó el sobrino.
Ella pareció no haber oído nada. Tenía la maleta a su lado.
—Adiós, espejismos inútiles.
Y avanzó hacia la puerta. Pero los tres se abalanzaron sobre ella. Quedó inerte sobre el piso. Ellos se abrazaron, como si acabaran de consumar la máxima proeza de sus vidas.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (219)

1793. LE HABLO A USTED

Aunque con gran frecuencia no lo parezca, cada quien vive en su mundo, y ese mundo perfectamente personalizado casi siempre es irreconocible desde afuera. Él, que era en apariencia un ciudadano común sin ninguna nota diferenciadora, se había habituado a poner la mirada inquisitiva con creciente reiteración sobre lo que había dentro de él, que en su caso tenía la peculiaridad de ser un espacio deshabitado y cambiante. No en balde era conocido como un solitario sin accesos. Pero tal condición empezaba a hacer mella en su ánimo. Aquella tarde, sentado en un banco del parque, vio pasar a alguien que le pareció conocido. Se levantó, se le acercó y le preguntó: “¿Nos conocemos, verdad?” “Hombre, ¿y cómo no si yo soy un antepasado tuyo que anda de vacaciones…” Él lo estrechó con lágrimas. ¡Por fin una compañía segura!

1794. OFENSIVA INICIAL

Los ángeles existen y se hacen presentes, comenzando por el ángel de la guarda, que anda a la par de cada uno de nosotros en las buenas y en las malas, de día y de noche. Él era empleado de escritorio, y pasaba la jornada entera entre papeles, procesando pedidos, ajustando cuentas y enviando mensajes a los proveedores. El día había sido particularmente intenso, y la fatiga le atenazaba las coyunturas. Todos salieron a la hora, solo él se quedó, como si tuviera algo que concluir. Pero al estar solo se inclinó sobre el escritorio y se durmió. En el sueño, profundo por cierto, se le apareció el ángel. Lo supo de inmediato. “Necesitas vacaciones. Tómalas ya”. “Ayúdame con el jefe, que es inaccesible”. “Ya lo sé. Mi colega, su ángel de la guarda, quizás pueda hacer algo…” “¡Gracias, amigo! Ojalá que cuando yo despierte me tengas noticias…”

1795. MISIÓN DE MARIPOSAS

Como sabemos por experiencia cotidiana, el clima es hoy el subversivo por excelencia. Un subversivo que no se detiene ante nada y que deja en pañales a los subversivos políticos que han sido tradición. Ese año, la estación lluviosa había sido un catálogo de turbulencias tormentosas; y la estación seca, una secuencia de sequías polvorientas. La paciencia tenía que ser entonces un puente colgante sigiloso. Era sábado y ella, que trabajaba en una empresa de diseño de ropa imaginativa, quería ir a visitar el mundo vegetal, pero como era verano la naturaleza estaba desvestida. Se fue a la zona verde más cercana y se sentó a meditar en una banca de madera. Cerró los ojos, y cuando los abrió estaba rodeada de mariposas. Modelo perfecto para la próxima temporada de la moda, que se hallaba a las puertas.

1796. 23.ª CALLE ORIENTE

Alguna vez, un consejero esotérico le hizo una indicación enigmática: “Si no recuperas tu calle más vivida vas a permanecer vagando por los laberintos sin retorno”. No se atrevió a preguntarle lo que quería decir, pero el abejorro de la inquietud le quedó vibrando por los recodos de la conciencia. Pasaron los días y los meses y llegó noviembre, antiguo tiempo de vacaciones. El airecillo fresco andaba suelto por todos lados, agitando cuantos ramajes se ponían a su alcance, que en la ciudad no eran muchos. Salió a la calle, como si se dirigiera a la estación de buses más cercana, la que recibía las máquinas que iban desde allá por la iglesia de Candelaria hasta Mejicanos. Tomó el primer bus que pasó por su memoria, y apretó el timbre en la esquina de la 23.ª calle oriente. Estaba, pues, ahí, como todos los días. La ciudad del recuerdo lo abrazó por dentro.

1797. PRIMER ENCUENTRO

“¿Falta mucho para que amanezca?” La pregunta no iba dirigida a nadie en particular ni había nadie a quien pudiera ser dirigida. Entonces aspiró a fondo el aire del espacio aromado que le servía de estancia desde que se dispuso a disfrutar la vida al máximo, ya que estaba en el límite mental y sentimental de sus expectativas de siempre. La consigna era, pues, “ahora o nunca”. Y lo que ahora mismo venía era la salida del sol en un día muy diferente a todos los anteriores. Iba a verse por primera vez en persona con Wendy, a quien solo conocía por Facebook. Se vistió rápidamente y se acicaló con todo esmero. A la hora señalada se fue al cafetín previsto. Estaban desmantelándolo. “¿Aquí qué pasa?” “Demolición”. Se quedó mudo. ¿Y su encuentro? Ella estaba ahí, sonriéndole desde su silla de ruedas: “Soy joven y bella, no puedo caminar, pero puedo volar. ¿Me acompañas?”

1798. POR EL RETROVISOR

Venían de vuelta de visitar por primera vez aquel emporio de jardines incomparables llamado Gardens by the Bay, en una de las alas más próximas al centro vertical de Singapur. Había llovido la noche anterior y el ambiente se hallaba tiernamente impregnado de sensaciones animosas. Las imágenes de los jardines visitados les habían dejado la impresión de que se llevaban un nuevo refugio natural en la conciencia. Aquella noche, en su habitación de hotel ubicada en el piso 30, ambos soñaron con el mismo recorrido: venían en una barcaza atravesando el océano y de pronto se encontraban en tierra por un sendero en las vecindades del Domo de las Flores. Las orquídeas y los helechos eran los primeros en salir a su encuentro, y luego todas las plantas floridas se unían al recibimiento. Cuando despertaron, se dijeron en un murmullo sobre la almohada: “Tenemos otra familia”.

1799. CRUCE DE ANHELOS

Se conocieron en el kindergarten, y cuando salieron de ahí no volvieron a verse por muchos años, como si vivieran en mundos distantes. Pero un día de tantos, sin que hubiera indicio de lo que estaba por ocurrir, se encontraron en una de esas librerías que están en vías de desaparecer, porque ya casi nadie quiere leer libros en papel. Él estaba revisando los libros ubicados en un estante y ella los reunidos en otro. Libros de viajes. Novelas románticas. Él las novelas románticas y ella los libros de viajes. En un giro casi toparon. “¿Issa?” “¿Melvin?” Fue notorio el estupor convertido en abrazo. Fueron a pagar los respectivos volúmenes y se dirigieron al café más próximo. “Quiero leer ‘La novia del poeta’ me ilusiona…”, dijo él. “Y yo ‘Los viajes del destino’, quiero descubrirlos…”, dijo ella. Y ambos al unísono: “¡Armemos el paquete, pues…”

1800. EL INFINITO YA

Soñaba cada vez con más frecuencia en ir haciendo viajes espaciales, y en las vigilias sentía la creciente necesidad de alzar vuelo. Así llegó a un punto sin retorno: ya no supo distinguir la realidad de la ficción, y lo único que le quedaba era convertirse en alma en pena…

1801. CULTO AL OLVIDO

El confesor le indicó: “Hábleme de sus pecados para seguir la ruta de la absolución”. Y su respuesta fue simple: “No tengo pecados, porque todos se quedaron en el camino…”

Historias sin Cuento

RESURRECCIÓN VIRTUAL

Se miró en el espejo que parecía a punto de cerrar los párpados, y dijo en voz tenue:

–Dicen que me toca morir, pero en mi interior todo se rebela contra ese mandato…

La imagen reflejada le envió entonces una señal de prudencia, como diciéndole: «No te opongas de manera frontal a los mandatos supremos».

–¿Y qué hago entonces: me resigno?

En la habitación rinconera la luz se fue haciendo borrosa, hasta quedar convertida en un refugio penumbroso. Él se apretó el pecho con los brazos y aspiró el aire retenido como si quisiera apropiarse de él para siempre. De ese aire brotó un suspiro con voluntad de susurro:

–«Si te animas a convertirte en imagen de ti mismo, todo estará resuelto».

–¡Hago lo que sea para no dejar de ser lo que soy y lo que he sido desde que tengo memoria! ¡Dame las indicaciones y las cumpliré al minuto y al detalle!

Apareció de pronto esa figura casi etérea, pero lo suficientemente identificable para reconocerle características humanas. Se le acercó hasta poder verle a los ojos:

–¿Quién eres? –le preguntó él, en forma directa.

La figura se retiró un par de pasos, haciendo aletear su túnica:

–Soy el que te ha enviado, y el que puede traerte de nuevo a tu estado original entre las eternas nubes; pero hoy, como bien sabes, te necesito aquí, para cumplir mi misión y la tuya, que son una sola. Tienes que morir y luego resucitar.

–¡Eso es lo que no quiero! ¡Quiero seguir como estoy! ¡Ya me enamoré de la tierra y del aire! Pero alguien me dijo que si me animo a convertirme en imagen de mi mismo, puedo dejar circulando esa imagen e irme yo a peregrinar anónimamente por el mundo…

–El que te dijo eso también es enviado mío. Es el nuevo jefe de mi red de comunicaciones digitales. Hay que estar al día siempre, y eso nos abarca a todos… Hagámoslo como él indica, pues. Te conviertes en imagen virtual, y en tal condición mueres y resucitas. Nadie va a advertir el recurso. Así estarás en todas partes y a toda hora, y todos te recibirán como la presencia más próxima… Y tú, el que ahora eres, podrás irte a vagar como un peregrino anónimo y feliz por este mundo que te ha ganado la voluntad…

FUNCIÓN DEL HUMO

La empresa, que fue pionera en la innovación tecnológica estaba viniendo a menos, como si la creatividad se le agotara por falta de inventiva. El dueño, que era a la vez el CEO, comenzó a buscar auxilio, abriéndose cada vez más a los consejos enigmáticos. Nadie más que él lo sabía, y lo que se captaba desde afuera era sólo un ir y venir de personas desconocidas a su despacho.

Cuando uno de los empleados de mediano relieve llegó al trabajo aquel lunes por la mañana tenía un mensaje del jefe sobre su escritorio. Curiosamente no se lo había enviado por el correo electrónico sino en una hoja manuscrita. Le indicaba que se presentara a su despacho lo más pronto posible. Era la primera vez que lo hacía en esa forma, y al empleado le dio mala espina. Acomodó las cosas que llevaba y se dirigió al despacho, subiendo la escalera mecánica de siempre, aunque esta vez el ascenso le produjo un amago de vértigo.

La puerta estaba entreabierta, y la empujó suavemente, anunciándose:

–Aquí estoy, señor.

Desde bien adentro respondió una voz ronca y mecánica:

–Pase y cierre la puerta.

Fue la última vez que aquellas dos voces sonaron al unísono. Cuando pasaron unas horas y el silencio comenzó a llamar la atención, uno de los empleados de alto nivel se animó a abrir la puerta del despacho. Detrás de él llegaron otros de los que ahí trabajaban, atraídos por las intensas bocanadas de humo que escapaban por el hueco de la puerta.

Lo que encontraron adentro fue una escena que parecía inventada para una historia de ciencia ficción.

El jefe se hallaba sentado ante su escritorio y frente a él permanecía de pie el empleado a quien llamara. Sobre la superficie de madera se hallaba una hoja con un dibujo encabezado por una leyenda: «Usted ha sido escogido para acompañarme en la misión de buscarle nuevos horizontes al trabajo productivo que desempeña la empresa. Se trata de una decisión existencial que se va a activar con el auxilio de una hoguera del futuro».

Todos se quedaron inmóviles mientras el humo continuaba saliendo. Cuando el aire quedó libre se percataron de lo que ocurría.

El jefe y el empleado tenían exactamente las mismas apariencias de siempre, pero parecían figuras sin vida. Hasta que empezaron a reaccionar con mecánica lentitud. Y entonces a los presentes se les activó la sospecha: todo aquel ceremonial desconocido los había dejado transformados en insensibles robots…

Y la voz del jefe se dejó oír como un mandato superior:

–¡Todos a trabajar, que la nueva era ya dio inicio!

DIARIO DE VIAJE

El mar parecía estar esperándolos como a fieles conocidos que merecían la consideración ancestral. Era un mar muy distante del que ellos acostumbraban visitar en su zona de vida; pero, como siempre, para distinguir los mares había que hacer esfuerzos de identificación que estaban relacionales especialmente con el clima. Y lo curioso en este caso era que, a pesar de hallarse en una latitud contrastante con la que ellos conocían, ese mar que tenían a la vista mostraba una familiaridad impecable.

Al nomás tocar tierra se fueron descalzos a comunicarse con la espuma, que parecía hacerles sonrientes reverencias.

Uno de ellos se arrodilló sobre la superficie espumosa, extendió los brazos y exclamó:

–Estamos aquí, en la visita prometida. Hemos recorrido muchos siglos y la ilusión de llegar a este momento nos ha mantenido en pie sobre las aguas. ¡Se ha cumplido la orden trascendental que recibimos!

MISIÓN VESPERTINA

Dejó el maletín en la silla de siempre y empezó a despojarse de toda la ropa que llevaba encima, hasta quedar como vino al mundo. Luego se dirigió hacia el baño donde había una estrecha tina, soltó el agua más fría que caliente y se introdujo como en un rito religioso. Era la ceremonia de todas las tardes al regresar de la faena cotidiana que nunca tenía variaciones.

Cuando el agua estaba por llegar a su límite, se sumergió hasta el nivel de la mandíbula. No había peligro de derrame porque a esa altura el exceso de líquido se iba por un desagüe puesto al efecto. Era simplemente el efecto repetitivo de su ansia ya bien dominada de estar en el límite sin caer en el hueco de la angustia. Como si vivir fuera una piscina infinita, que se derramaba justamente hacia el infinito.

Se levantó, soltando gotas. Fue a vestirse para salir, y lo hizo por la ruta reiterada. Se dirigía al mismo jardín, ese que frecuentaban sus hadas conocidas desde la infancia.

Llegó hasta ahí, y sintió de súbito una conmoción inesperada: un conjunto de máquinas niveladoras del terreno estaban derribándolo todo, hasta dejar la tierra lista para iniciar los trabajos de construcción vertical que ahora se estilan.

Tomó una decisión explosiva y volvió corriendo a su vivienda. Fue al clóset a abrir una gaveta y extrajo el instrumento que necesitaba. Volvió de prisa al lugar de la demolición. Los trabajadores se están bajando de las máquinas. Él tomó una posición estratégica y empezó a disparar, poniendo en marcha su habilidad de experto en tiro al blanco.

Caían los cuerpos y él lanzaba gritos al aire. Cuando llegó la Policía, él se entregó sin más. Se lo llevaron esposado. En cuanto él desapareció, los cuerpos de los baleados comenzaron a incorporarse y el jardín empezó a revivir. ¿Qué había sido entonces todo aquello? Las hadas, desde sus rincones, lo observaban todo sin inmutarse.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (218)

1783. MEMORIA DE DOMINGO

Cuando llegaron a ver el sepulcro recién ocupado la sorpresa fue mayúscula al constatar que se hallaba vacío. Se quedaron silenciosos, buscando respuestas, y la que surgió unánimemente era una frase con aliento intemporal: «El cuerpo convertido en ráfaga se escapó sin dejar huella». Y aquella frase tuvo el inmediato efecto de una orden, porque los presentes salieron de inmediato a recorrer los entornos, para ver si el aire les daba alguna pista. Así llegaron a aquel claro del bosque más próximo. Ahí otro alzó la voz: «Él está aquí. ¿Lo sienten?» Todos, de distintas formas, dijeron que sí. Y entonces fue unánime la exclamación: «¡Ha resucitado para ya no dejarnos jamás!…»

1784. CUANDO GIRA EL VITRAL

En el primer momento, los rostros de los presentes permanecieron impasibles, como si nada extraño estuviera pasando. El lugar, aunque muy concurrido, siempre se mantenía tranquilo, porque los habituales eran siempre los mismos: muchos hombres y algunas mujeres de la tercera edad, que iban ahí a distenderse un rato. Pero esta vez pasaba algo que no era común: había llegado un grupo de adolescentes que se estaban de seguro estrenando en las bebidas mayores. De pronto, cambiaron los papeles: los jóvenes se quedaron quietos y los mayores saltaron de sus asientos cuando se encendió la música pop. Alguien gritó: «¡Viva el cruce de caminos!»

1785. LA OTRA CARAVANA

La gente fluía por el camino pétreo con lentitud ceremonial. A diario se daba aquella concentración en movimiento, porque los habitantes de los entornos confluían hacia los centros de trabajo que se apiñaban en el corazón urbano. Aquel día, sin embargo, un pálpito diferente se movía entre los transeúntes. Uno de ellos hizo de pronto un gesto para que todos se detuvieran, y fue como si se diera una orden superior. No hubo palabras, pero la señal era inequívoca. Había que seguir, sabiendo que el destino estaba muy próximo. Todos lo sintieron, y ese justo instante el aire se animó como si los abrazara. El Señor hallaba cerca, en algún rincón de los alrededores.

1786. EN EL JARDÍN MÁS PRÓXIMO

«Te quiero regalar la flor más bella que encuentre», le dijo él, acercándosele hasta sentir su aliento cálido y aromado. Ella pareció no escuchar aquel ofrecimiento, quizás porque ya sabía que él era prometedor por naturaleza. Como era hora de volver a las respectivas aulas, se despidieron con una sonrisa y se fueron por su lado. Al día siguiente él apareció con una rosa incomparable. La llevaba envuelta en una leve gasa. Pero ella no llegó. Al terminar las clases, se fue a buscarla. Se encontraba sentada en una banca del parque más próximo. «¿Qué haces?» «Te voy a entregar la flor». Ella la tomó. «¿Dónde la encontraste?» «Aquí». Y se señaló el lugar del corazón.

1787. COMUNICACIÓN AUDIOVISUAL

Estaban en el cine, uno de los de entonces. Faltaban algunos minutos para que la función comenzara, y prácticamente todas las butacas estaban ya ocupadas. Era una película extraña, que anunciaba novedades del futuro. Como aquel aparatito que manejaba el protagonista: un teléfono manual que parecía saberlo todo. Al salir se dirigieron a la cafetería más próxima, como era costumbre. Ya ahí, se ubicaron en su rincón. Y entonces el leve timbre empezó a sonar. Era un teléfono igual al que había aparecido en la pantalla. Se miraron a los ojos mientras el aparatito seguía sonando. Él y ella se preguntaron: «¿En qué siglo estamos?»

1789. JUEGO DE CONTRASTES

Recordaba que su padre, ya cerca de la etapa senil, decía con frecuencia: «Me duele todo, hasta el pelo». En aquellos lejanos entonces, él se reía como si fuera una broma; pero hoy, cuando le estaba tocando llegar a ese borde de la edad, lo que le venía era un amago de rictus, quizás impulsado por el hecho contrastante de que a él no le dolía nada. Cualquiera hubiera dicho que era un privilegio de la buena salud, pero lo que le embargaba era la sensación de lo imprevisible. ¿Y si un día de tantos caía sin aliento y no volvía a despertar? Y así se volvió devoto del dolor, que es un compañero que aconseja y previene. Así, cada vez que lo sentía se ponía a sonreír agradecido.

1790. CRISTAL VIVIENTE

Sus padres trabajaban todo el día. Salían de madrugada y volvían de noche. Él entonces se acostumbró a una libertad que se intensificaba en períodos vacacionales. Y tal sensación le hacía sentirse un cristal viviente.

1791. HACIA EL OLIMPO

Era un creyente fervoroso en el alma feliz. Y por eso cada vez que le preguntaban hacia dónde se dirigía él contestaba: «Hacia el Olimpo».

1792. HOLA, ARROYO

Por las tardes, al concluir la jornada de trabajo como repartidor motorizado de productos alimenticios, se sentía satisfecho sin haber probado bocado durante el día. Era su rutina casi fantasmal, que nadie parecía advertir, ni siquiera su pareja, embebida en los melodramas televisivos, ni sus hijos, que ya eran adolescentes instalados en la nube. Y todos los días se escapaba de la pequeña vivienda de la manera más sigilosa posible, aunque en verdad nadie le prestaba atención. Y se iba hacia aquel distante predio baldío que daba a una pendiente cubierta de vegetación ríspida. Un día, uno de los hijos lo observó, levantando la mirada de la pantallita: «¿De dónde venís?» Él no dudó: «De estar un rato con mi mejor amigo». «¿Y quién es?» No hubo respuesta. A lo lejos, el arroyo dio un salto sobre las piedras.

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE AZOTEA

–Qué hermoso nombre tienes, Ifigenia. Te lo he dicho muchas veces, pero en este instante me suena como si lo oyera por primera vez…

–Solo yo me llamo así.

–Es nombre clásico.

–Me lo puso mi abuelo, que era un lector empedernido.

–De esos que ya casi no existen.

–Es que ahora la tecla es la que manda.

El señor que estaba frente a ella se rió. Bien hubiera podido ser su abuelo, o su bisabuelo; pero entre ellos, que vivían en el mismo vecindario suburbano, se había establecido una relación que más que eso era un vínculo que cualquier analista sigiloso hubiera podido decir que tenía origen sobrenatural.

–Pero tú, para ser tan joven, tienes, según lo que se adivina con solo mirarte a los ojos, una larga experiencia de vida.

–No sé qué quiere decir con eso, don Segismundo; pero usted bien sabe que su nombre es como una invitación a soñar…

–Y eso, ¿por qué?

–Porque la vida es sueño…

–¡No me digas!

–Don Pedro Calderón de la Barca me lo susurró al oído.

–¡Ifigenia, voy a proponerte algo!

Ella, entonces, se puso a la defensiva.

–Recuerde, don Segismundo, que los años cuentan.

–¿Para qué?

–Para entender lo que uno anhela.

–Ah, pues ahí está la clave: en lo que tú anhelas y en lo que yo anhelo.

–Una azotea que dé al follaje.

–Una azotea que dé a la espuma.

–La montaña.

–El mar.

–¿Cuál es la diferencia?

–La única diferencia es la tiempo.

–No me salga usted también con el tema de los años.

–¿Los años? ¿Qué tienen que ver con soñar?

–Y entonces, don Segismundo, ¿de qué estamos hablando?

–De que los dos queremos ver hacia lo más bello que nos rodea.

–Silencio envuelto en hojas.

–Oleaje convertido en copos.

–Lo triste es que tanto usted como yo vivimos en casitas sin azotea.

–Pero eso tiene remedio.

–¿Cómo?

–Buscando una vivienda que sí la tenga.

–¡Don Segismundo!, ¿qué me está proponiendo?

–Nada, solo conseguir azotea. Y si no se puede de otro modo, por lo menos construyámosla en la mente.

Ambos se rieron, tomados de las manos por primera vez.

Y desde entonces esas manos no volvieron a separarse.
El tiempo las acompaña, sonriente.

AL HAZ DEL HORIZONTE

Los peregrinos se detuvieron como hacían siempre que había que comer algo o descansar un rato. Pero en esa oportunidad, aunque apremiaba el hambre y el cansancio agobiaba, no había en los alrededores nada que les ofreciera auxilio.

–¿Nos quedamos aquí o seguimos caminando? –preguntó el que llevaba la iniciativa.

Todos se miraron a los ojos.

Y el que había preguntado interpretó aquel silencio dubitativo como una señal de seguir. Así lo hicieron.

No muy lejos de ahí encontraron una posada para descansar por algunos momentos y para tomar algunos bocados. Pronto se hallaban de nuevo en ruta.

Pasaron las horas, muy rápido por dentro y muy lentamente por fuera. Y cuando el cansancio y la necesidad ya hacían de las suyas, la voz anterior volvió a sonar:

–¿Nos detenemos o continuamos?

Lo que respondió fue un murmullo de origen desconocido. Todos volvieron a mirarse entre sí. Y alguien se animó a explicar:

–¡Sigamos, porque el horizonte nos avisa que está muy cerca, aguardándonos!

NUBES EN CAMINO

Aquel lugar habitado ni siquiera llegaba a la condición de aldea, y eso hacía que ellos tuvieran tan viva la ilusión de recogerse para entrar en directo contacto con sus experiencias más entrañables. Ahora podían darse el lujo de tal reencuentro emocional, porque un impulso compartido les había llevado a dejar sus ocupaciones normales en función de una aventura de ingenuidad perfecta.

Se instalaron donde pudieron, y no en un sitio de alquiler sino en una habitación casi inexistente que unos moradores dadivosos les ofrecieron por ser los primeros visitantes del lugar en mucho tiempo.

Solo hubo una pregunta dirigida evidentemente a hacer contacto humano:

–Ustedes vienen del trópico, ¿verdad? ¿Y qué los ha guiado hacia estas tierras heladas donde la luz solar parece tan diferente a lo que ustedes conocen en su clima de siempre?

–Las nubes aventureras…

–¿Cómo?

–Las nubes aventureras, que nunca se cansan de inventar cielos alternativos…

Menudearon las sonrisas. Y sin que ninguno de ellos se diera cuenta, las nubes agradecidas estaban ahí, asomadas a las ventanas, reconfirmando su misión de inspiradoras perpetuas.

HUESOS AZULES

La dama vestida con el esmero imaginativo de los personajes que van a lucirse a la alfombra roja en la ceremonia de la entrega del Óscar se detuvo en el vestíbulo de aquel pequeño hotel donde de seguro alguien la aguardaba.

Le preguntó al primer empleado que pasó junto a ella:

–¿Sabe usted por casualidad dónde está el vizconde de Bragelonne?

El aludido puso cara de sorpresa aturdida:

–Disculpe, señora, yo soy del servicio de mantenimiento y no tengo ese dato…

–¿De mantenimiento? Qué emoción, porque yo he sido la eterna mantenida.

En ese instante pasaba alguien que evidentemente era de mayor rango.

–Oiga, ¿tiene usted idea de dónde puede estar el marqués de Casa Molina?

–Le ruego que me acompañe a la recepción.

Ella sonrió con inocultada ironía:

–¡Ah, pero hay una recepción! ¿Y qué celebramos?

–No sé a qué se refiere, señora. ¿Quiere información sobre alguna persona hospedada o sobre alguien a quien hayan invitado a algún evento?

–Ay, no, ¡qué aburrido! Gracias.

A su alrededor siguieron pasando personas del más variado estilo, porque sin duda era un anochecer con buena vibra. Ella lo observaba todo, como si quisiera descubrir algún detalle que fuera verdaderamente de su interés. Y de repente giraron los papeles. Un hombre joven se detuvo junto a ella, vibrando:

–¡Dios mío, estás aquí! ¿Quién me iba a decir que iba a encontrarme con la Reina de Corazones?

–¡Eres tú, Juan del Diablo!

–Perdón: yo soy de sangre azul –dijo él, fingiendo seriedad.

–Ah, qué bien. Ya lo sé, porque yo soy de huesos azules. Vamos adentro y te lo demuestro.

Historias sin Cuento

PODER DEL FUEGO

Según las respectivas normas familiares, ellos eran muy jóvenes para tener una relación en forma, y por eso sólo se veían de reojo cuando había alguien alrededor. Pero un día de tantos, en sus casas se percataron de que algo muy raro estaba pasándoles: tenían los rostros intensamente requemados, como si hubieran estado expuestos a agresiva combustión solar. El diálogo fue igual en ambos casos:

–¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te quemaste así?

–No es nada, sólo que la hoguera que tengo adentro se salió de su escondite y me envolvió sin que pudiera evitarlo…

MEMORIA DE LA ALTURA

El sendero polvoriento iba hacia arriba, entre la espesa vegetación de arbustos que extendían sus brazos como si fueran una multitud en pose fraternal frente a cualquier presencia invisible. Por esa ruta iba un grupo de laborantes sencillos con destino directo hacia la parte más alta del terreno, donde todo estaba listo para el trabajo de cada día en esa época del año. El clima era, desde luego, el director de orquesta, con todas sus excentricidades a la mano, y el nombre de la finca cafetalera invitaba al juego de la veleidad sincronizada: La Rosa de los Vientos.

La voz del mandador se hizo oír, con el imperativo tono de siempre:

–¡Apúrense, muchachos, que los granos rojos no esperan, sobre todo cuando hay amenazas de aguacero!

Y en efecto aquella voz pareció ser una señal permisiva lanzada hacia las nubes, que se congregaron al instante y soltaron sus ráfagas líquidas como si ya no resistieran los apremios urinarios. Los cortadores corrieron a refugiarse en una galera que estaba muy cerca de ahí, y donde se guardaban antes de ser aplicados los fertilizantes y los venenos. El lugar era sombrío, y el mandador, que era experto en ese tipo de emergencias, fue a sacar unas lámparas de mano para que todos se sintieran seguros en la oscuridad. No era la primera vez que lo hacían, y por eso no había de qué asustarse.

La tormenta novembrina fue mucho más intensa de lo esperable, y todo hacía indicar que aquel año la cosecha de café sería más reducida que las de los años anteriores, cuando ya la productividad de las fincas venía en descenso por el agobio de las plagas y por las excentricidades del clima. Al amanecer del día siguiente, Romualdo, el mandador, fue a reconocer los estragos en las distintas zonas de la propiedad, desde las partes bajas que estaban a la par de la carretera pavimentada hasta los tablones que subían por las faldas del cerro.

Después llamó por teléfono al propietario de la finca para informarle de lo ocurrido. Don Eligio estaba fuera del país por algunos días, y él tenía que tomar la decisión de recolectar de inmediato los granos caídos, que formaban una alfombra purpúrea extendida hacia todos los linderos. Así lo hizo.

En los días siguientes, la atmósfera climática pareció querer entrar en contacto directo con los cultivos de estación, y el café era el más sensible de todos. Los arbustos, en cercanía fraternal, se estaban reponiendo anímicamente del embate de las aguas superiores, y eso hacía que toda aquella comunidad vegetal de brazos entrelazados fuera una invitación al encuentro fervoroso de los espíritus anhelantes de confianza inmemorial. Los cortadores con sus sacos a cuestas iban a depositarlos en el amplio patio ubicado frente a la casa patronal, que no hacía mucho había sido remodelada para que el dueño y su familia pudieran ir a pasar ahí cómodamente sus vacaciones de fin de año, recibiendo los frescos efluvios de las tierras de altura. Muy pronto llegarían esas fechas en la segunda quincena de diciembre.

La cosecha estaba en áscuas, y las tormentas inesperadas traían malos augurios. Por eso cada día, al amanecer, Romualdo lo primero que hacía era abrir la ventana de su casita de madera para ver el cielo, y si la claridad estaba intacta siempre le agradecía en voz alta a la Virgen de Guadalupe:

–¡Gracias, Señora, por mantener a raya a las nubes rebeldes!

La frase se mantuvo incólume durante los días siguientes, hasta aquel en que estaba anunciado el regreso de don Eligio. Esa mañana, más temprano que de costumbre, Romualdo, en vez de asomarse a su ventana salió directamente al aire. Dada su experiencia climática, percibió al instante que la humedad estaba de vuelta.

Refunfuñó sin hablar, y unos segundos después soltó la frase:

–Sólo esto nos faltaba.

Los cortadores iban recogiendo ya sus aperos de colecta para irse a los tablones que tenían asignados, desde aquella explanada rumbo a la coronilla del volcán.

Romualdo les preguntó cuando ya estaban reunidos:

–¿No sienten que está cayendo una lloviznita menuda?

Todos extendieron los brazos con las palmas de las manos hacia arriba. La mayoría negó con un gesto, pero aquel cipote que estaba iniciándose en las labores se animó a decir:

–A mí me cayó una gota.

En ese preciso momento sonó muy cerca el vehículo del dueño, que todos conocían. Una camioneta de doble tracción, apta para caminos como aquellos en cualquier época del año.

Don Eligio desmontaba de un salto, a su estilo de equilibrista frustrado. Y se dirigió a Romualdo, como si los otros no existieran:

–Vamos adentro, porque tenemos que hablar.

En el interior, que era un cómodo espacio más urbano que rural, don Eligio, de pie, le informó a Romualdo:

–Voy a vender esta finca. Ya tengo el comprador.

El mandador tuvo al instante la sensación de que a su alrededor todos los espacios estaban a la expectativa. Aquel anuncio no era tan inesperado como parecía, porque en varias ocasiones de los tiempos recientes había soñado que la finca cambiaba de dueño, y los nuevos propietarios se le aparecían con distintos rostros.

–¿Y se puede saber quién es?

–Sí, se puede: Valentín, el vecino.

–¡Ah, don Valentín, estuve hablando ayer con él!

–¿Y no te dijo nada?

–Sólo me dijo que no hay que tenerles miedo a las nubes que llegan.

–¿Nubes? ¿Cuáles nubes?

Romualdo se quedó haciendo gestos para que don Eligio no insistiera en más explicaciones. Valentín era un recién llegado al cultivo del café, porque hacía muy poco que había heredado la finca de su padre. Romualdo discretamente le estaba dando consejos para que pudiera trabajar con eficiencia en esta época de múltiples desafíos tanto naturales como comerciales.

Cuando Romualdo salió al aire, sintió que las nubes estaban esperándolo. Habían bajado a encontrarse con él desde la cumbre del volcán.

BUENOS DÍAS, DESVELO

Su habitación era la más distante de la puerta de entrada y daba a un predio baldío que luego se extendía hacia una arboleda rústica. Y quizás por las crecientes tensiones del trabajo, refugiarse en ese rincón se le había vuelto adictivo.

Aquella noche el ambiente estaba cargado de amenazas de lluvia. Se acostó sobre su lado derecho, casi frente a la ventana que daba al entorno. Empezaron a destellar relámpagos y las agitadas ráfagas líquidas no se hicieron esperar.

Él, que era fervoroso amigo de las emociones naturales, estaba casi en éxtasis. Los truenos de diferentes registros eran el anuncio de un entrañable concierto de música pop. Y así fue pasando en vela la noche entera, hasta que las luminarias del día se hicieron presentes. Entonces él se incorporó y se arrodilló en la cama.

Historias sin Cuento

LA CARAVANA PERFECTA

Aunque no tenían ningún mapa disponible que les diera orientación segura sobre las rutas que había que seguir para llegar al punto de destino, contaban con una inspiración inesperada, que les había surgido del aire, que es el reservorio alentador por excelencia.

Los vehículos todoterreno en los que iniciaran el recorrido se habían quedado en un garaje alquilado que se hallaba cerca del lugar en que emprendieran la marcha, porque ellos, que no renunciaban a las ventajas de los tiempos actuales, querían sentirse peregrinos, y por eso iban a pie, en busca de aquella luz que les hacía recónditas señales desde siempre.

En las primeras jornadas de la travesía las condiciones climáticas se mostraron adversas, con ráfagas de viento que lo conmovían todo y con lloviznas repentinas que parecían ondas virtuales. Y aunque nadie podía considerarse formalmente el conductor de la caravana, alguien en cada momento asumía la voz cantante:

–Allá en lo alto hay algo que parece una hoguera en suspenso, cuyos latidos se derraman como si estuvieran enviándonos una señal de guía. Quizás hacia ahí deberíamos enfilar el rumbo.

Otra voz expuso entonces su reticencia:

–Nada es seguro. Mejor esperemos a tener algún indicio cierto.

Una tercera voz salió al paso:

–Dejemos que el instinto nos conduzca. Aunque el instinto es tan libre que nunca se sabe dónde está.

Y al decir en voz alta la palabra “instinto” un leve revuelo de luces se activó en el aire quieto, como si todas las palomas y las golondrinas de los alrededores respondieran instintivamente a un llamado superior.

Se asomaron en ese mismo instante a un valle que hasta entonces había permanecido invisible. Era un valle enteramente abierto, que llegaba hasta la línea del horizonte y parecía estar totalmente desierto. Los tres viajeros reaccionaron con la unanimidad del anhelo angustioso:

–¡Necesitamos que alguien nos guíe! ¿Pero quién va a auxiliarnos en esta soledad?

Se acurrucaron en el suelo arenoso, y comenzaron a rogar en silencio, alzando las manos hacia arriba, como si en el aire estuvieran todos los auxilios disponibles.

Una música suave y densa empezó a sonar en los alrededores, haciendo sentir que una orquesta en la que se mezclaban los intérpretes consagrados con los adolescentes en formación había llegado a dar una muestra perfecta de lo que son las alianzas virtuosas de la fe.

–¡Avancemos, avancemos, que este es el camino! No podemos permitirnos el falso lujo de llegar tarde.

Y al decirlo, la estrella que estaba en la parte más alta del cielo fulguró con un destello superior, que les hizo recordar de inmediato que su propia iluminación de siempre se había vuelto de pronto visible y sensible para llevarlos hacia el lugar que buscaban.

–Nuestra luz está aquí, recordándonos que somos los portadores del mejor regalo…

Y al decirlo, tres aleteos llegaron a posarse a la par de ellos, que ya estaban incorporados para continuar su travesía. Eran aleteos que no mostraban sus alas porque de seguro provenían de seres de otra esfera. Así lo entendieron de inmediato los tres peregrinos, que se miraron a los ojos buscando alguna respuesta.

–¡Son ellos!

–¿Quiénes?

–Los guías.

–Yo no los veo, y por eso no puedo identificarlos.

–Ah, pero lo bueno es que ellos sí nos identifican a nosotros.

–¿Y tú cómo lo sabes, Gaspar?

–Porque estoy entrenado en señales extraterrestres.

–Quizás eres sólo un iluso.

–¡Gaspar, Melchor, basta de disputas inútiles! Lo que hay que hacer es preguntarles a los guías…

Y al decirlo, las tres formas etéreas que ahora les acompañaban tomaron cuerpo a su lado.

–¿Quiénes son ustedes? –preguntó Baltasar, con voz imperiosa.

–Sus ángeles de la guarda, y estamos aquí para acompañarlos hasta el sitio destinado, que ustedes por su sola cuenta no podrían identificar. Es todo lo contrario de los regalos que ustedes traen en sus alforjas. Pero ahí todos vamos a tener que convencernos de que la paja envolvente, la tela rústica y el aliento cálido valen más que la mirra, el oro y el incienso…

SUEÑOS EN LÍNEA

Somos tres compañeros desde siempre, es decir, desde antes del kindergarten hasta después de recibir los grados académicos. Pero ahora hay que tener en cuenta que nuestras orientaciones profesionales no tienen nada que ver entre sí. Yo soy coordinador de proyectos para proteger el medio ambiente; y mis dos amigos son, respectivamente, periodista en el área política y promotor de la cultura del emprendimiento con vocación internacional.

Nos va bien en nuestras labores correspondientes, y para los tres ha llegado el momento de sentar cabeza emocional. Necesitamos familia propia con ansias de descendencia. Estamos, pues, reunidos para hablar del punto.

–¿Por quién te has decidido?

–Por Tania, que es jardinera nata. ¿Y tú?

–Por Rosalía, que es promotora de la mujer en el campo público. ¿Y tú?

–Por Melania, que es analista de proyectos innovadores en el área de los negocios.

Y los tres al unísono:

–¡Vamos a formar una red de sueños cumplidos! ¡Que viva la armonía de los contrastes!

¿CUÁNTO FALTA PARA LLEGAR?

Nunca nos ha sido posible definir el cálculo sobre la duración del trayecto. Y es que hay muchos misterios envueltos en dicho cálculo. Y además, una voz muy profunda nos está repitiendo constantemente: “¿Para qué quieres saber lo que sólo te va a servir para sentirte preso en la inminencia de lo desconocido?” Ah, pero entonces hay qué saber al menos de quién procede esa voz. Preguntémoselo sin ambages:

–¿Y quién eres tú para hablarnos con esa confianza?

–¿Yo? ¿No me has reconocido? Soy la Vida, es decir tu nodriza y tu maestra…

–Perdón, no quise ofenderte.

AROMA ENTRE EL HUMO

De ventana a ventana, con la angosta calle de por medio, se habían estado viendo desde que tenían memoria; y aunque se trataba de miradas directas a los ojos, nunca a lo largo del tiempo llegaron a conocerse en persona. Parecía inverosímil, pero ellos lo tomaban como lo más natural.

¿Cómo era posible que viviendo enfrente en un lugar tan apartado de aquella zona suburbana jamás se hubieran cruzado? Era como si estuvieran separados por una barrera invisible pero impenetrable. Eso sí, de ventana a ventana la comunicación visual era perfecta.

Pero aquel día domingo de intenso calor veraniego comenzó a circular por el aire la sensación de una novedad climática. Era media mañana, y ellos dos estaban en su respectiva ventana, observándose.

De súbito, una explosión desconocida sacudió el ambiente, y de inmediato las llamas se alzaron por doquier. Ellos desaparecieron de sus ventanas y bajaron a la calle. La humazón era insoportable. Sin pensarlo dos veces, corrieron el uno hacia el otro, y el intenso abrazo los fundió en un solo suspiro.

El incendio se esfumó así como había llegado. Quedó una claridad impecable dominada por el aroma que sólo ellos dos sentían.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (217)

1774. HAY QUE SABER SOÑAR

La temporada de lluvias nos tomó desprevenidos, y los planes que teníamos para el par de semanas finales de la temporada seca tuvieron que quedar en la gaveta, con muchos costos prepagados. Y es que aquel año el clima parecía haber perdido todo autocontrol, hasta el punto que el sol y las nubes parecían almas en pena. Y nosotros nos pusimos a la defensiva, por si acaso. Como de alguna manera había que aprovechar el asueto programado, nos sentamos en el corredor posterior para ver qué podíamos hacer. Nos miramos. La sonrisa se nos dibujó por dentro, y cuando salió al aire ya teníamos la manos unidas. No había necesidad de hablar. Ambos tuvimos al unísono la sensación de que el tiempo nos estaba invitando a una segunda luna de miel, en casa. Suspiramos emocionados. No hay temporal que por cielo claro no venga.

1775. DESPERTAR ENTRE PÉTALOS

Aquella había sido una unión arreglada por los progenitores, que eran grandes amigos desde siempre, allá en el vecindario de gente acomodada por tradición. Ellos, Marga y Fermín, crecieron juntos, pero sin que nunca surgiera entre ellos algún indicio de atracción sentimental. Se fueron a vivir a un apartamento rentado por sus padres, que de inmediato comenzaron a exigirles descendencia. Lo que estos no sabían es que ellos jamás se habían tocado. Pero de repente algo comenzó a cambiar en la extraña intimidad que compartían. Un amigo en común les regaló una perrita pastora alemana, y eso lo cambió todo. Ellos fueron donde sus padres y les exigieron una casa por pequeña que fuera pero con jardín. Y la primera noche mientras Alba dormía, ellos hicieron el amor. Y al día siguiente despertaron cubiertos de pétalos.

1776. AQUÍ ESTAMOS, A BORDO

«¿Qué será que el vuelo no despega, cuando ya tenemos más de una hora de estar ubicados todos los pasajeros y de hallarse el avión en la pista?» Se lo preguntó a la azafata, que le respondió con una sonrisa enigmática: «No se preocupe, estamos a tiempo». Ella miró su reloj de puño, que había sido el último regalo de su esposo recién fallecido en un accidente de motocicleta mientras se desplazaba a gran velocidad por un terreno montañoso. Siguieron pasando los minutos, y ella quiso distraerse un poco abriendo su laptop. Y, aunque no había entrado en Facebook, un mensaje le salió de inmediato al paso: «Gaviota, no te impacientes. El mar está picado, y es peligroso volar en este momento. Mejor duérmete unos minutos. Yo te cuido». Sí, era él, desde su nueva latitud. No hubo sollozo, sino suspiro.

1777. ALBOR CREPUSCULAR

El calendario se hallaba colgado en la pared y ellos lo tenían a la vista a cada instante. Pero esta vez el diálogo entre los tres –ellos dos y el calendario— tuvo más movilidad emocional.

— Como la vida avanza, hay que programar –dijo él.

— Pero si uno programa, se pierde la gracia de lo inesperado –acotó ella.

— ¿Y tú qué piensas? –se dirigió él al calendario.

La hoja que estaba expuesta se quedó impávida.

— Ya ves, el calendario nos lo deja todo a nosotros –sonrió ella.

— Nos trata como a adolescentes maduros –concluyó él, devolviendo la sonrisa.

Y el calendario también pareció sonreír como un maestro satisfecho.

1778. POR LA CALLE DE ZORRILLA

Desde que estaba en Madrid haciendo su Maestría en Letras Hispánicas iba a recorrer La Castellana casi como un rito. Compartía alojamiento con unos compatriotas que también estudiaban especialidad, y sin decirlo él anhelaba vivir solo. Muchas veces había pasado frente a la boca de aquella angosta calle que iba en ascenso por el Viejo Madrid; y el nombre de la calle era evocador: calle de Zorrilla. Ese día, soleado en pleno invierno, tuvo el repentino impulso de doblar hacia arriba, y al pasar junto al restorán La Ancha no resistió la tentación de entrar. Esa misma tarde inició la búsqueda de un pequeño piso en aquella calle. Cuando se lo comunicó a sus compañeros de vivienda, uno de ellos soltó la carcajada: «¡Ya apareció el peine! De seguro sos un Tenorio solapado, y hoy estás saliendo del clóset existencial. ¡Buen provecho, mano!»

1779. EN LA ESPALDA DEL CERRO

Los caminos nacían en las tierras bajas y tomaban impulso hacia arriba. Ahí, a la par de una quebrada que iba a disolverse en el río más próximo, el Guaicume, andaba él de la mano de aquella señora que parecía una figura de tiempos remotos, pero que hablaba como los personajes de las radionovelas del momento. A medida que avanzaban la vereda se iba haciendo más empinada y más sólida, como si el terreno se sintiera inspirado por la ascensión y anhelara llegar la cumbre para animarse al salto. La señora se detuvo y el niño que llevaba de la mano le preguntó: «Carmen, ¿ya llegamos?» «Sí, niño José, ya va a poder descansar en una hamaca». Y ahí enfrente estaba la choza rústica, que no tenía puertas ni ventanas. Se detuvieron. La vereda seguía subiendo, sin mirar hacia atrás. Ellos se quedaron ahí, y de seguro siguen estando ahí.

1780. ME LO DIJO JUAN RUIZ DE TORRES

Conocí a Juan sin proponérmelo, como ocurre casi siempre en el mundo de las letras que vuelan alrededor. No era aún la época de las redes sociales, y ya no recuerdo si él me envió alguno de sus trabajos o si yo le hice llegar uno de los míos. Lo cierto es que cuando contactamos, su energía creadora inagotable ya no dejó de sorprenderme. Tenía proyectos literarios a granel, y me invitó a participar en muchos de ellos. Un día de tantos, en el Madrid enerino, departíamos con nuestras respectivas esposas en la Vinoteca Barbechera, frente a la plaza de Santa Ana. Yo le pregunté de pronto: «Juan, ¿qué piensas hacer mañana?» Me miró con su expresión inquisitiva: «¿A qué mañana te refieres?» «Al único que existe: el que amanece y anochece». «Ah, pues entonces te respondo: «Voy a rasurarme, voy a salir a la calle y voy a escribir una línea, una sola…»

1781. ENTRE COMETAS

— ¿A ti cuándo te toca ir a recordarles a los mortales que existimos?

— Después de ti.

— ¡No me digas! Entonces puedes esperar sentado.

1782. HUELGA DE TAXIS

Era la noticia del día: «Los taxis de Madrid le han declarado la guerra al Uber y a sus congéneres». Y debajo una nota: «La guerra comercial ha bajado de las esferas globales a los laberintos urbanos».