ÁLBUM DE LIBÉLULAS (226)

1851. CITA CON EL DESTINO

El arribo del vuelo estaba programada para las 2 de la madrugada, pero cuando él despertó de su cómoda somnolencia y vio su reloj se percató de que la hora era ya bastante más avanzada y aún iban en las mayores alturas. No le dio importancia, porque los itinerarios con frecuencia son así; pero cuando las horas fueron pasando como si nada se animó a preguntarle a la azafata: «Señorita, ¿está previsto que aterricemos pronto?» Ella se le quedó viendo con mirada de sorpresa, y sólo hizo un leve gesto indefinible. Él fue a hacer su necesidad al baño y cuando estaba ahí, frente al reducido espejo, algo se dibujó detrás, como una imagen casi mística. Entonces tuvo la corazonada de que aquel viaje era hacia el infinito. Volvió a su asiento junto a la ventana. La tierra firme estaba debajo, diciendo adiós.

1852. SOMOS DIOSES, ¿RECUERDAS?

La nave emprendió viaje sobre las aguas tranquilas, y el horizonte se fue dibujando como una estancia de acogida, sin figuras visibles. Ellos fueron a instalarse en su cabina, que era de las mejores, y luego de ponerlo todo en su lugar se asomaron a la veranda, para entrar en ambiente. En efecto, todo auguraba un trayecto naturalmente idílico, en perfecta armonía con sus estados de ánimo. Y es que aquel era un viaje de bodas, pues recién acababan de trenzar votos de amor sin fin. Como siempre pasa, de pronto surgió en la cercana lejanía un promontorio en crecimiento. «Es ahí», dijo él. «¿Tan pronto?», preguntó ella, agregando: «Pensé que sería el punto final de la travesía». «Sí, pero acabo de mover las piezas del mapa para llegar de inmediato. Ya no aguanto el ansia de ocupar nuestro nuevo hogar en la isla encantada…»

1853. AMISTAD PERFECTA

Estaban reunidos por primera vez desde hacía mucho tiempo, porque en lo que algunos viajaban otros estaban inmersos en sus trabajos profesionales. No eran familiares, pero como si lo fueran; más aún, la antigua amistad se les había ido volviendo un vínculo anímico indisoluble. Lo curioso era que en tanto menos se veían más unidos estaban, como si la cercanía física tuviera efecto de repelente invisible pero invencible. Aquella vez, en el encuentro todo transcurría con la lasitud acostumbrada, hasta que uno de ellos preguntó: «¿Qué hacemos aquí: por qué no nos vamos a la orilla del mar, donde al menos las olas se mueven?» Fue suficiente para que todos se levantaran para coger cada quien su camino. Y la frase de alguno dio la pista: «Amigos para siempre, como siempre, ahí nos vemos sin tener que vernos…»

1854. TRANSFIGURACIÓN AL DÍA

En el barrio se decía que aquel muchacho con apariencia de inocente vagabundo era en verdad gatillero de un grupo criminal. Nadie se sorprendía, porque la delincuencia estaba a tope, salvo aquella señora que tenía en la zona su tiendita desde siempre. No hacía ningún comentario, pero pensaba para sus adentros: «¿Cómo es posible que Nachito, al que le enseñé catecismo con otros cipotes del vecindario, ande en ésas…?» Hasta que un día la noticia la zarandeó. Nacho, el gatillero, había quedado sin vida, con el cuerpo cruzado de balas, luego de un enfrentamiento con la Policía en uno de los callejones más peligrosos del entorno. La Niña Tere se fue a la iglesia a rezar un rosario por el alma de Nacho, y como por arte de magia lo halló en la calle: «¡Chit, chit, chit, Niña Tere, ya no tengo armas, sólo recuerdos!»

1855. ¡UNA AYUDITA, POR FAVOR!

Sin saber por qué, la suerte se le había venido volviendo un deshoje constante y progresivo. El tronco y el ramaje de su existencia estaban cada vez más a merced de lo inevitable, y eso se manifestaba a las claras en su forma de vida. La familia se le alejaba inmisericordemente. Los trabajos iban en picada, perdiendo categoría y frecuencia. Los bienes desaparecían como piedras rodantes. Nuevas oportunidades ni por asomo. Sólo la salud permanecía intacta. Un día de tantos, tuvo que quedarse a vivir en la calle. Buscó una que fuera muy transitada para tener más acceso a la caridad transeúnte. Nadie parecía advertir su presencia. Pero de pronto una imagen se le acercó y le tendió la mano, sonriente. Él lo reconoció sin más: «¡Tú por fin! ¡Has venido sin que te llame, Ángel de la Guarda! ¡Una ayudita, por favor!»

1856. SON COSAS DE LA SED

Cuando le cogió aquel ahogo desesperado, sus familiares inmediatos lo llevaron al hospital público más cercano, para que no fuera producírsele un cierre total de la respiración. Con frecuencia había venido padeciendo episodios más o menos análogos, pero nunca tan inquietantes como aquél. Los médicos, luego de hacerle los exámenes exteriores del caso, concluyeron que su comportamiento orgánico no presentaba ningún síntoma alarmante. «Quizás es un ataque de ansiedad», les dijo sonriendo uno de los galenos, el más joven, que apenas estaba iniciándose en el ejercicio. Ellos respiraron tranquilizados y se lo llevaron a casa. Pero esa noche vino un nuevo acceso. Todos dormían, menos él. Se incorporó y buscó auxilio líquido. Lo único disponible a la mano era aquella botellita de tequila. El trago le hizo respirar. ¡Aleluya!

1857. TRAGALUZ HACIA EL SUEÑO

Se conocieron en un festejo. Armaron su relación como un pequeño rompecabezas inocente. Iniciaron su vida en común con lo estrictamente necesario. Y fueron incorporándose a la rutina doméstica sin ningún sobresalto anticipado. Muy pronto Delmy quedó embarazada y Julián pasó a buscar ocupaciones adicionales para poder sufragar los gastos de las obligaciones presentes y por venir. Entonces, y de manera súbita, empezó a crecer entre ellos una especie de maraña de sentimientos encontrados. Ninguno de los dos se animaba a comentar aquel hecho, hasta que él no aguantó: «Has dejado de quererme, ¿verdá, Delmy?» «Pues yo creo que sos vos el que ha dejado de quererme». Y entonces ambos al unísono miraros hacia arriba. Ahí estaba el tragaluz, animándolos a no darse por vencidos. Anochecía con invitación.

1858. CADENAS ESCONDIDAS

Aquella noche, después de departir con amigos en el bar de siempre, regresó a su estancia en el edificio vertical al que acababa de pasarse. Su piso era el más alto, y desde ahí podía contemplar las etapas del día y de la noche como si fuera un pájaro posado en una nube. Esa medianoche, sin embargo, el juego de sus sensaciones parecía trastornado. Un ahogo sin causa aparente le dominaba el ánimo. Se tendió en el piso de la pequeña terraza y cerró los ojos. La lejanía abierta estaba causándole pánico. ¿Qué era aquello? Sus memorias de infancia infeliz lo invitaban al sótano…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (225)

1842. ENIGMA VOCACIONAL

Cuando le preguntaban qué quería ser al llegar a grande, él daba la misma respuesta con toda seriedad: «Astronauta». Por supuesto, los que le oían tomaban aquello como una excentricidad infantil, aunque algo quedaba resonando en el aire circundante. Llegó a la adolescencia y la transición no le trajo novedades. Vino el inicio de la adultez y entonces pareció tentado por el ansia de desaparecer del ambiente que le rodeaba. Usó el argumento del estudio superior para que sus padres lo enviaran al extranjero. Y curiosamente lo que eligió estudiar fue ingeniería de minas. Nadie le puso atención al contraste entre su primera ilusión de vida y lo que estaba escogiendo como destino. En su interior, sin embargo, todo estaba claro: la subterraneidad sería su trampolín hacia lo alto. ¿Acaso estaba empezando a pensar como poeta?

1843. MISTERIO PRENOCTURNO

Fuimos vecinos desde mucho antes de tener voluntad propia, y aunque nuestras familias eran muy diferentes por sus orígenes y por sus puntos de vista frente a la vida, el hecho de estar ahí, compartiendo vecindario, nos provocaba una afinidad espontánea. Como niño y niña apenas nos comunicábamos, porque cada quien andaba con sus congéneres; y luego como adolescentes las miradas comenzaron a funcionar de otra manera. Un día la invité al cine. La película era romántica, al estilo de entonces. A la salida, la invité a tomar algo fresco en un lugarcito cercano. Y luego nos fuimos caminando, ya con la noche alrededor. De pronto estábamos avanzando por la acera a la par de un jardín. Me detuve, porque una rosa parecía estarme llamando para ofrecerse. La corté y se la di a ella. Y esa rosa se mantiene viva desde entonces, perfumada de ilusión.

1844. AQUELLA TARDE EN EL LEELA

Ahmed puso como siempre sobre el vidrio del mostrador, en cuyo interior guardaba multitud de objetos a la venta, aquella caja de piedras preciosas muy al estilo del lugar. La pareja de visitantes compradores le pusieron atención al contenido, que él, con su gesticulante elocuencia habitual, iba mostrándoles, pieza por pieza. Se detuvo por un instante antes de enseñarles la que parecía ser la joya de la corona. Como ellos ya conocían al vendedor en muchas visitas anteriores, aguardaban la oferta del día. Pero en esa ocasión resultaron sorprendidos, porque no era un topacio ni una amatista, sino una curiosa piedra que parecía guijarro común con aquel fulgor en el centro. Ahmed lo tomó en la palma de la mano y se lo extendió a ambos: «Es un corazón para compartir. Viene de una gruta desconocida. Ustedes son los destinatarios». Ellos, conmovidos, lo aceptaron.

1845. A BUEN ENTENDEDOR…

Comenzaba a atardecer y el trabajador puntual se disponía a recoger todos sus útiles cotidianos para iniciar la vuelta a casa. A la hora en punto dejó su esquinado escritorio y salió del recinto. «Hasta mañana, don Sóstenes. Feliz tarde clara», le dijo el guardián de la puerta. Él, a su estilo, respondió con un gesto. Afuera, la tarde resplandecía. Sacó su gruesa chamarra con gorra añadida y se la puso. Los transeúntes lo miraban de reojo. No tardó mucho para que el inocente resplandor del cielo les dejara paso a los nubarrones amenazantes. Estaba por llegar a su vivienda, en el extremo de una callecita de colonia marginal. La borrasca se desató. El agente policial que circulaba por ahí saludó a don Sóstenes: «¿Y usté, mi amigo, cómo supo que iba a llover así? Ahora sí respondió: «Es que las nubes me mandaron un correo. Nos conocemos desde siempre…»

1846. BUENOS DÍAS, INCIENSO

El amanecer era aún esa caja de destellos imaginados en las manos del aire. Lo que casi nadie era capaz de percibir de antemano era que aquel día la llegada de la luz solar iba a ser un rito desconocido. Quien sí lo percibía de manera espontánea era aquella joven que estaba esperando su primer hijo, ya separada de su pareja por incompatibilidades no imaginadas de antemano. La joven salió de su humilde morada y se dirigió hacia el arroyo más cercano, que fluía entre árboles y peñascos como si quisiera ocultarse haciéndose más visible. Al estar junto al agua, se arrodilló, tomándose entre las manos el redondo refugio del niño por llegar. Y el parto comenzó a ocurrir, sin ningún auxilio adicional. Cuando ella tuvo a la criatura entre sus brazos se sintió envuelta por una nubecilla de aroma consagrado. El arroyo pareció detenerse por un instante. Amanecía.

1847. CUERVO MISIONERO

Cuando el inspector pasó revista, su conclusión fue la de siempre: «Todos los escombros están en orden». Los habitantes del condominio estaban reunidos como en tantas ocasiones anteriores, pero esta vez surgió un detalle fuera de lo común. El habitante recién llegado pidió la palabra: «Perdone, señor, pero yo tengo la sensación de que aquí se ha dado algo sobrenatural». Lo vieron como si fuera un extraño peligroso, pero él se quedó impávido, como si lo poseyera una convicción inalterable. Entonces del fondo de los escombros acumulados se fue levantando la forma de un ser con alas, y el sonido estridente de su canto circuló hasta por los más escondidos rincones. El grupo de los que estaban ahí cambiaron el gesto, y se volvieron círculo, animados por una repentina afinidad. El cuervo se elevó hasta la ventana más alta y ahí se disolvió.

1848. Y DE NUEVO LAS NUBES

Era verano incipiente, y aquel borbollón de nubes era lo menos esperable entre el atardecer bordado de luces. Pero ahora, no sólo climáticamente sino en cualquier sentido, todo puede pasar, hasta lo más inverosímil. Y desde aquella ventana, que más bien era un ventanuco, la percepción era personal al máximo. El adolescente que por ahí se asomaba parecía en éxtasis, como si estuviera ante un altar que lo acogiera con los brazos abiertos. No tardaría mucho en llegar la hora de la cena, que siempre hacían temprano y en familia. Él se unió las manos sobre el pecho y empezó a murmurar una oración. Sólo unos segundos después se desató una tormenta insospechada, con rayos y centellas. El adolescente se arrodilló. Nadie estaría pensando en cenar. Podía permanecer ahí, en compañía de sus eternas aliadas, las nubes, el tiempo que quisiera…

1849. IDENTIDAD OCULTA

Desde que tuvo conciencia supo que su vocación era ser peregrino. Así, pues, salió muy pronto a recorrer el mundo. Llevaba un mapa, que de repente se le volvió borroso. «¿Hacia dónde voy?», se preguntó. Y una voz profunda le respondió: «Hacia el Olimpo, que es tu vivienda original».

1850. DESPERTÓ BLANCANIEVES

Alrededor, los árboles movían armoniosamente sus ramajes, en un aplauso inmemorial. «¡Sí, Blancanieves ha despertado de nuevo, y el bosque lo celebra como su amigo más fiel!»

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (17)

CICLO SAGRADO

Hoy nuestro antiguo Paraíso es un predio baldío donde los hormigueros imaginan su polvorienta salvación.

LAS GOLONDRINAS MISIONERAS

Llegan todas las tardes al alero más alto de la casa a revivir el rito de los veranos vagabundos.

JAMÁS UN PASO ATRÁS

Lo dice el horizonte cada vez que una nube lo invita a recoger las sombras que han quedado regadas en la ruta.

POETA A MUCHA HONRA

Eso lo dije por primera vez en el justo momento en que tocó mi frente el primer rayo de sol.

LABERINTO VIRTUAL

Lo recorremos cada día desde que el tiempo nos unió a su red originaria.

PUERTO DE ARRIBO

Es el que nos recuerda como sus navegantes favoritos; pero eso sólo lo sabremos en el momento de llegar.

ADIÓS, DISTANCIA

Será nuestro mensaje cuando por fin toquemos la otra punta del círculo.

HELIOTROPO A LA VISTA

Y sólo en ese instante mi conciencia retoma su misión de jardín.

EL VENTARRÓN DESCALZO

Lo encontré en el camino de regreso a mi casa de pensador irreverente, y él se paró ante mí para reconocerme como si fuera yo su antepasado más dispuesto.

G20

Ya todos reunidos, alguien anuncia: “La Historia se ha escapado”.

PRIMER AMOR

Se hallaron aquel día en el parque más próximo y fue como si hubieran llegado a la hora exacta al encuentro acordado. ¿Y acordado por quién? Por la última ventana de su vida anterior.

PUENTE COLGANTE

Cada paso nos hace recordar que venimos de una aventura cósmica en la que somos transeúntes insomnes.

BREXIT

¿Será acaso otra forma de rebeldía adolescente?

EN EL GIMNASIO SIDERAL

Desde el ferrocarril el paisaje se observa como un vecino inmemorial que hiciera puntualmente su gimnasia matutina.

QUE LA AVENTURA SIGA

Es lo que les pedimos día a día al sol amaneciente y a la luna agotada.

RECUENTO EXISTENCIAL

Lo único intocable que nos viene dejando la experiencia vivida es esta sensación de que vamos haciendo cada minuto un tránsito sin destino visible.

ÁRBOL DE CIUDAD

Está ahí, en una acera, como el más próspero indigente.

FLORACIÓN ANTICIPADA

Al asomarnos al balcón las estrellas nos dan la bienvenida aunque el sol sigue aquí preparando sus prendas para escapar por unas cuantas horas.

LOS BESOS HABLAN

Y el amor los escucha con el aura en un hilo, como en los sueños clásicos.

EL MEJOR ALBOR

Cerró la caja de sus joyas y la puso en el sitio acostumbrado. Luego se fue a correr por el parque más próximo. Y en eso amaneció. ¡Sorpresa ingrávida: todas sus joyas volaban por ahí, como estrellas intrépidas!

JUDY GARLAND SE ACERCA…

Es ella porque todas las mariposas de los alrededores la saludan.

EN LA ASAMBLEA GENERAL

Se abren las puertas y los miembros del cónclave van pasando a ocupar sus puestos respectivos. Entonces las lámparas se apagan, y en la densa penumbra toma alguien la palabra: “Primer punto de agenda: el Fin del Mundo está por comenzar…”

LOS INDOCUMENTADOS DEL DESTINO

Están en un refugio fronterizo donde los han llevado los agentes de la patrulla inmemorial. Y ahí se quedarán quién sabe cuántos siglos…

SONÓ LA HORA

¡Qué alivio! Porque se multiplican los peligros cuando la hora no se anima a sonar.

JUDAS ERA BIPOLAR

Por eso aquella tarde, después de consumar su traición alevosa, se fue a cortar frutos radiantes para la mesa del Señor.

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (16)

EL ROSTRO AUSENTE

Alguien abrió la puerta y quien entró fue el soplo de una respiración desconocida.

SEPTIEMBRE GÓTICO

Las fantasías fieles nos visitan, y al fin nos encontramos todos reunidos en el vitral que está por encenderse.

PASÓ EL TREN MATUTINO

Y el amate guardián, como todos los días, se quedó emocionado por la memoria de los rieles.

TIERRA DE POR MEDIO

Y el agua se dispone a recordarle al aire que son los responsables de ese tránsito.

CUANDO ARDIÓ TROYA

Los veleros que estaban aguardando expectantes en los alrededores se quedaron en vela para siempre.

SOMOS DIOSES A PUNTO

De recordar nuestra ilusión originaria que era recuperar la condición humana.

UN RITO ASTRAL

Ayer le pregunté al cometa que pasaba: «¿Tienes alguna prueba apostillada de tu origen divino?»

EL REPERTORIO DEL AZAR

La claridad se hizo visible y entonces los agentes encubiertos de la oscuridad se colaron por todas las rendijas disponibles para dar la batalla prometida.

MI HOGAR ES EL JARDÍN

Lo supe desde siempre, pero hoy lo puedo constatar con certidumbre ingrávida, porque el amor está presente como el más cariñoso jardinero.

29 DE JUNIO

Y San Pedro y San Pablo se encontraban ahí, sonriendo ilusionados como siempre, mientras el sacerdote me daba la Primera Comunión.

VIGILANTE SECRETO

No se equivoquen: sólo es un asteroide disfrazado para sobrevivir.

EL OTRO ESCOMBRO

Tiene forma de altar, como en las épocas heroicas.

LA MAÑANA SIGUIENTE

Viene a ser, aunque casi nunca lo advirtamos así, la mejor experiencia que el tiempo en marcha nos regala a diario.

EL BUEN VECINO

Comenzó siendo un tímido heliotropo. Después sentí que era una inmemorial enredadera. Y hoy sé que me acompaña como el ashoka que habla en lenguas.

PASIÓN A CIELO ABIERTO

Somos producto de las estaciones; y en nuestro caso nacional, la herencia se reparte en un doble horizonte: nubes que lloran, nubes que sonríen.

MAÑANA ESTARÉ EN ROMA

Aún no sé en qué antiguo desván me hospedaré, pero lo que sí tengo claro es que todas mis voces interiores estarán a mi lado y soñando despiertas.

Y PASADO MAÑANA EN BENGALURU

Las sombras de los árboles vendrán a recibirme como lo han hecho desde que la memoria me acompaña.

LOS ECOS DEL CREPÚSCULO

Son nuestras mismas voces que aspiran a volver a sus primeros sitios de acogida.

DESTINO VIRGINAL

Hubo una vez un niño que soñaba con dirigirse cada día hasta el fondo de la luz, y tuvo el privilegio de que la Providencia le regalara el brillo de una hoguera en el alma.

LA FE NOS TOMA DE LA MANO

Este no es el Camino de Santiago, pero sí es un arroyo cuyos guijarros húmedos llevan al Paraíso.

LA DISTANCIA NO EXISTE

Lo sé porque me acerco cada día al arroyo donde las piedras hablan, y el eco que recibo es el del mar que habita sangre adentro.

HOY SE FIRMÓ LA PAZ

Ustedes me conocen: yo ese día escribí mi nombre más profundo por primera vez. Y desde entonces floto en el estanque prometido.

ACLARACIÓN MUY OPORTUNA

Estanque prometido. «¿Hablas de Giverny, donde Monet es el eterno velador de nenúfares?» Y la respuesta sólo puede dármela el aire transeúnte: «Giverny es la promesa que te mantiene alerta entre los pétalos…»

HUBO UNA VEZ…

Así empezaban todos los cuentos de hadas de la edad ya invisible. Y hoy hay que retomar ese inocente augurio para que el tiempo nos admita como alados discípulos.

CAYÓ LA TARDE

Y para incorporarse tuvo que recordar el auxilio de todas las estrellas a punto de volver.

¿CÓMO ESTÁS, EDGAR ALLAN?

Aquí, entre los cipreses, como un guardián que nunca se resigna a dejar que mis propios fantasmas desterrados quieran tomar mi puesto…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (224)

1834. ALBORADA CREPUSCULAR

La jornada estaba por concluir y todos se preparaban para regresar a los respectivos espacios hogareños. Era en ese momento cuando Erick se sentía más ajeno a todo, porque desde hacía unas pocas semanas carecía de hogar. El día en cuestión empezó a percibir desde temprano que algo estaba reverberando dentro de su conciencia. Cerró todo en su pequeño despacho, salió de la oficina y se quedó vagando por los alrededores. Sin proponérselo, estaba ahí, en el parquecito que hacía tanto que no visitaba. Se internó en él, y de pronto la vio. Era ella, Ligia, su aún esposa. Se le acercó: “¿Me permites?” “¿Qué?” “Compartir el silencio”. Ella lo miró con un énfasis olvidado: “Vamos entonces a nuestra casa, la que dejamos al separarnos. Necesitamos refugio…”

1835. OTRA FORMA DE AMAR

Se miraron intensamente a los ojos frente al reflejo vivo de la luna llena, que estaba haciéndose presente como lo que era, una deidad puntual, y aunque muchas veces lo habían hecho antes, en esta oportunidad el flujo compartido tenía un toque de tierna luminosidad que bien se podía calificar de mágico. Pero ellos no sentían en ese instante ningún efecto desconocido; por el contrario, la naturalidad más espontánea iba envolviéndolos hasta que ambos murmuraron al unísono: “Vamos a visitar la espuma de la playa…” Y de inmediato emprendieron camino, como si el sonido de la eternidad estuviera llamándoles con urgencia. De seguro el trayecto fue muy largo, porque cuando el mar en movimiento espumoso estuvo a su alcance ya casi era noche de luna nueva. Entonces volvieron a mirarse a los ojos, y en compañía de la espuma se sumergieron en el mar del alma.

1836. LOS NAVEGANTES SIGILOSOS

En el muelle principal, que había sido reconstruido, cada día iban apareciendo naves diferentes, desde veleros clásicos hasta buques casi virtuales. Por ahí circulaban a toda hora los encargados de atraque, de descarga, de limpieza y de seguridad; pero había muchos momentos en los que la soledad y el silencio imperaban de manera impecable. Y aquel era uno de esos momentos. De pronto, apareció una figura en uno de los extremos del muelle, a la que se le fueron uniendo otras. Y cuando todas estuvieron reunidas frente a una de las embarcaciones, alguno de los presentes dio la orden en silencio, pero con una elocuencia irresistible. Subieron entonces por la escalinata que había aparecido de repente. Al ingresar el último, el barco se desperezó y alzó vuelo. Nadie se dio cuenta.

1837. TAREA DEL DÍA

No era por supuesto la primera tarea en la ruta, ni siquiera una de las primeras. Aquella especie de batallón servicial cumplía encargos sucesivos. Los miembros del grupo, organizados con disciplina estricta, lo tenían todo preparado. Y como era de esperar, en un instante llegó la orden inapelable. Todos comenzaron a moverse hacia el objetivo, que ya era visible: un volcán de desechos en el filo de un muro de piedra antigua. Avanzaron, se acercaron, llegaron. Al estar frente al promontorio, el que dirigía la tarea se puso enfrente y dio las órdenes del caso. Cada uno de los participantes tomó su carga, y todos, en fila india, se fueron dirigiendo de regreso a su lugar de origen, que estaba ahí, a flor de tierra, porque todos pertenecían al mismo hormiguero.

1838. EL VIENTO SÍ RESPONDE

Tuvo siempre la ilusión obsesiva de que los seres naturales se comunicaran con él por la vía que fuera. Y así, cuando era niño, arrimaba el oído a los troncos de los árboles del entorno, para tratar de recibir alguna señal de vida que fuera reconocible; cuando era adolescente, se arrodillaba al borde del arroyo que le salía al paso en la ruta cotidiana, y ahí, con los ojos cerrados, aguardaba los mensajes del agua fluyente; luego, en su primera adultez, iba a los parques con la novia de turno y se tendían juntos sobre la hierba fresca para descubrir algún pálpito subterráneo. Nada en ningún momento. Y hoy, cuando ya andaba en trance de madurez mayor, se propuso el último intento. Subió la colina y cerró los ojos. Luego de un tiempo indefinido oyó aquella voz. La del viento en su interior.

1839. TODO PUEDE PASAR

La autoridad policial y militar ha emprendido la tarea de recuperar el control territorial usurpado por las organizaciones pandilleriles. Los policías y los soldados patrullan por colonias y caseríos en busca de delincuentes, y en cualquier momento del día y de la noche pueden aparecer de improviso. Así ha ocurrido esta madrugada en el pasaje que sirve de frontera entre los territorios que controlan ahí las dos maras presentes. Los habitantes de la casita número 7 duermen como todos los días, y no se dan cuenta de nada de lo que pasa afuera. Cuando amanece, comienza la actividad matutina. Y al salir ellos a sus respectivos destinos cotidianos se percatan: una curiosa quietud impera. Parece que están en un mundo totalmente deshabitado. Nadie circula. Nada se mueve. Hasta el aire brilla por su ausencia. ¿Es un juego del tiempo?

1840. LAS FLORES POR VENIR

Estaba iniciando su formación universitaria, y había escogido una carrera que nadie hubiera imaginado: horticultura urbana. Él había sido siempre muy reservado, aunque sin llegar a la hurañez; y su madre se animó a preguntarle cuál era su mayor deseo de cara al futuro. Luego de un silencio característico respondió: “Tener mi propio huerto con alma de jardín”. Ella sonrió en tono que estaba a punto de ser burlón: “Pero hijo, para tener jardín primero tienes que tener casa, y para tener casa tienes que estar en condiciones de adquirirla… Nada de eso puede darse como por obra de magia. La vida es un proyecto”. Él soltó su respuesta, que parecía preparada: “Voy a ser un horticultor exitoso, ya van a ver. Y ese jardín que anhelo ya se está preparando aquí…” Y se tocó la sien. Ella entonces dejó el tema tranquilo.

1841. MANDATO SUPERIOR

El consejo de familia estaba reunido para tratar el caso de Máximo, que era el nieto menor, cuya extraña conducta ponía velos sombríos sobre la suerte del conglomerado familiar. Máximo, sin ser invitado, se hizo presente: “Dejen a un lado todas sus especulaciones. Yo soy un emisario de nuestros antepasados y vengo a poner orden… Vamos a volver al origen: somos campesinos y volveremos a serlo…” Hubo un relámpago, y de repente todos estaban sentados sobre el polvo húmedo, con todos sus otros recuerdos borrados.

VICTORIA PROFUNDA

Estaba haciendo sus primeras andanzas en el mundo de esa realidad de la que siempre fue tan desconfiado, y eso que hoy, en el mundo invasoramente virtual, se sentía más cómodo y más dispuesto que nunca. No era casualidad entonces que a la hora de buscar destino para ganarse profesionalmente la vida se hubiera decidido por el área que se movía en la avanzada de los tiempos; y así estaba ya incorporado a aquella empresa de innovación tecnológica comunicacional, que a diario alzaba vuelo hacia todas las latitudes disponibles.

En cuanto inició labores como promotor de novedades imaginativas, sus jefes inmediatos se dieron cuenta de que ahí tenían a un gestor de primera calidad, que le aportaría al negocio ventajas ilimitadas. Lo dejaron hacer por unos meses, y, al evaluar su desempeño y los resultados económicos del mismo, fueron a comunicarles las apreciaciones al CEO y a su círculo inmediato:

–En este muchacho hay una mina de oro, y eso hay que aprovecharlo al máximo.

La exposición de los hechos concretos que llevaban a tal conclusión dejó a la cúpula convencida sin reservas de que el joven era un vivero de iniciativas que efectivamente había que aprovechar al máximo, y lo más pronto posible, para evitar que alguien de la competencia les fuera a robar el mandado. Así, trascurrido un par de días, el CEO hizo el llamado correspondiente. Se presentó el aludido a recibir órdenes o instrucciones, y la primera frase que oyó lo puso en ascuas emotivas:

–Te quiero hacer una oferta de destino. ¿Estás preparado?

Su respuesta inmediata fue a su estilo:

–Señor, para el destino nadie se prepara, porque si hay algo impredecible es el destino.

–¡Excelente respuesta! Vamos entonces al grano.

–Soy todo oídos.

El CEO se levantó de su esponjada poltrona, y se fue hacia el ventanal abierto, que daba a un paisaje con horizonte, porque estaban en un décimo piso.

–Ven para acá.

Obedeció como si fuera un ejemplar hijo de dominio.

–Ahí está el mundo a nuestros pies. Lo único que falta es caminar hacia él, y tú estás en el mejor momento para emprender la ruta.

–¿Y eso qué significa, señor?

–Que te estoy ofreciendo un mapa abierto para que te dirijas al lugar del mundo donde quieras seguir formándote como el genio tecnológico que ya eres…

Él se quedó serio, porque aquello era mucho más que una oportunidad común. Y por un fugaz instante se sintió como un inocente elegido de los dioses. Y le dio miedo, aunque sus ambiciones imaginadas nunca habían respetado límites.

–Le repito, señor: ¿eso qué significa?

–Que te estoy ofreciendo enviarte al sitio que escojas, para perfeccionar tu visión de ti mismo en lo que ya estás desempeñando con tanta creatividad: la innovación sin límites en el campo de la tecnología avanzada…

–¿Y qué significa cualquier parte del mundo?

–Esto.

Y le extendió un documento que desde el principio había tenido a su alcance: un mapamundi multicolor, con todos los nombres distinguibles.

Él lo tomó entre las manos, como si fuera un objeto sagrado, y se quedó esperando.

–Te lo dejo para que te sirva de referencia, y así se te haga más fácil trazar tu propia ruta hacia el lugar que más te llame. Porque este es también una cuestión de llamado, como todo lo que tiene que ver con los impulsos interiores.

Nunca había oído hablar al CEO en términos semejantes, y tuvo la inmediata sensación de que todo aquello era un mensaje de otras latitudes. Se sacudió telarañas vivas por dentro: «Yo, que soy un devoto de la tecnología, ¿me estoy descubriendo como ilusionista trascendental?…»

Aquella tarde, ya cuando estaba anocheciendo, llegó a su casa y se encerró en su cuarto a pensar. El mapamundi se hallaba extendido sobre la mesita que le servía de escritorio. Y él, tendido en su cama de colchón liviano, jugaba mentalmente con las imágenes de los lugares posibles. Llegó la hora de la cena, y la familia, como siempre, se reunió en torno a la mesa.

–¿Qué te pasa, hijo, por qué estás tan ensimismado? –le preguntó el padre, mientras se servía la cuajada y los frijoles molidos, que eran su plato vespertino favorito.

–Nada en especial. Sólo que estoy asomado a mi futuro.

Frase enigmática, que pasó inadvertida. Por eso todo fue sorpresa cuando les avisó a sus padres:

–Me voy para Bengaluru, en el sur de la India, a prepararme más. La empresa me envía.

–¿Y por qué ahí, si no vas a hacerte monje?

–No, no me voy a hacer sacerdote védico ni pandit, sino gestor tecnológico de primer nivel. Hoy lo antiguo y lo moderno van ahí de la mano. No me costó mucho decidir. Ustedes ya me conocen, y esta es mi hora…

La ruta aérea fue Nueva York, Dubai, Bengaluru. Y cuando llegó, temprano por la noche, se fue directamente hacia aquel apartamentito que había conseguido vía Internet, en Race Course Road. Como no había mobiliario ni objetos de casa, se acomodó en el suelo y se durmió de inmediato. Tenía que estar despejado al amanecer.

Y aquel amanecer traía consigo todas las nubes anheladas para ubicarlas en un cielo con denominación de origen.

En las fechas siguientes contactó con la empresa filial, visitó el recinto universitario al que se incorporaría y se aperó de lo necesario para asegurar su estadía personal. En los momentos intermedios, se desplazaba por los alrededores, y pasaba a cada momento por la entrada del Taj West End, aquel hotel con apariencia de bosque habitado.

Y el primer día en el aula se topó con ella. Como ocurre en las crónicas románticas, la conmoción interior fue espontánea. Y ese mismo día se le acercó para verla de cerca y preguntarle su nombre.

–Manisha.

–Yo soy Víctor.

Bastaba, porque los efluvios compartidos lo hacían todo. Y desde aquel preciso instante quedó sellado el pacto sin palabras. Eran, como se dice, el uno para el otro, sin ningún otro vínculo que la corriente de los anhelos espontáneos, esos que brotan de la profundidad desconocida.

Pero en él aquel enlace fue un motor desconcertante. La nostalgia encendida se levantaba de su lecho atávico para envolverlo en una lucha de emociones. ¿Se quedaría ahí para siempre, renunciando a la humedad vital de sus orígenes, o volvería a estos con la intimidad dividida?

Estuvo así por muchos días, como si en su interior se hubiera desatado una guerra de decisiones irreconciliables. Una nueva fidelidad amorosa estaba atacando sin piedad su determinación hasta aquel momento incuestionada de regresar a su tierra y a su mundo al cumplir la misión formativa.

Entonces Manisha le tomó las manos, y el calor de aquel contacto decidió por su cuenta. Ella lo contemplaba desde la profundidad de sus propias fuentes existenciales, y no había cómo escapar a dicho influjo.

–Te acepto, Víctor, para que hagamos vida en común de aquí hasta siempre, con una sola condición: que te pongas un nombre que yo pueda recordar en mis sueños…

–¿Y cuál sería ese nombre?

–Tú decides: Shankar, Venkatesh, Saidul, Rabi, Ramakrishna…

Él se quedó pensativo. Una mariposilla blanca le revoloteaba por los pasillos del cerebro. Quiso estar solo, y así se lo dijo a Manisha:

–Voy a pensar hacia adentro. ¿Puedo, verdad?

Manisha lo miró, ilusionada.

–Hasta mañana, pues.

El cielo de Bengaluru lo recibió en la calle con ansia de mapamundi. Había airecillo de lluvia, pero sin que la luz perdiera su inspiración multicolor. Y todo eso junto le humedeció los ojos.

Al llegar a su refugio fue a buscar de inmediato el mapamundi que le entregara su jefe, y lo extendió junto a él en el reducido lecho. Se durmió casi al instante, y el sueño fue la nave aérea más veloz del mundo. Volvió a su país y les comunicó a todos la decisión tomada. Abrazos a granel. Y entonces despertó, ya de vuelta.

Manisha lo aguardaba, en el lugar acostumbrado los domingos al mediodía: Blue Ginger, el restaurante vietnamita sin paredes y rodeado de estanques poblados de peces, entre la vegetación frondosa, ubicado en el Taj West End.

–Hola, Ramakrishna.

–¿Cómo te enteraste de que ahora me llamo así?

–Porque no sólo eres el soldado victorioso de tu guerra profunda, sino el enamorado más comunicativo en la tertulia del ensueño… ¡Gracias para siempre!

SE DESCUBRE EL SECRETO

Desde el mismo instante en que se despertó a la conciencia, fue para todos evidente que aquel retoño familiar tendría una inventiva fuera de serie. Entre los familiares inmediatos empezó a funcionar al respecto una especie de lotería de símbolos: ¿sería artista innovador, científico de avanzada, guía espiritual de nuevo cuño…?
Cuando llegó el momento de iniciar su formación escolar, las expectativas parecieron desvanecerse: el niño, y luego el joven, no mostraba ningún signo excepcional. Sus notas eran de rango corriente y estaban con frecuencia en el límite justo entre lo mediocre y lo aceptable. Los padres empezaron a hacer cálculos resignados:
— Quizás va a ser un empleado común, si acaso.
—Yo digo que simplemente no hay que hacerse ilusiones.
— Pero dicen que la esperanza es lo último que muere.
—Dejemos, entonces, que la esperanza se arme de paciencia.
Así, dando traspiés en la carretera polvorienta del aprendizaje formal, llegó hasta la primera estación definitoria: el bachillerato general, ya que no optó por ninguna especialización en ese nivel. Los padres dieron un respiro de alivio, porque al menos estaba ya a las puertas de su nueva fase, que lo pondría en el umbral de la vida propia.
Se hallaba haciendo el papeleo para ingresar en su etapa universitaria, y ni siquiera sus padres sabían hacia dónde iba a dirigirse. Cuando por alguna pregunta directa se refería al tema lo hacía en un lenguaje en apariencia explícito pero en verdad plagado de rendijas inexplicables. Sin duda era un enigma personalizado, y eso hizo que por fin la madre, luego de muchas idas y venidas por los pasillos del insomnio, se sintiera tentada a acudir al consejo de una médium que llegó a instalarse inesperadamente por los alrededores, ya que en aquel ambiente nunca se habían ofrecido servicios de esa naturaleza.
La respuesta inicial de la médium la dejó en silencio:
—Su hijo quiere ser una persona común en apariencia, para poder dedicarse con libertad al cultivo de su propio huerto.
Y ante su expresión desconcertada, la respuesta explicativa hizo crecer aún más el enigma:
—Ese huerto es aún invisible, aun para él, pero está perfectamente imaginado en el centro de su conciencia. Y si usted quiere apoyarlo de veras tiene que animarse a llegar a la entrada de dicho huerto por la vía de la intuición maternal, que nunca falla. Bueno, que casi nunca falla… Y en este caso, el hecho de que usted haya venido a solicitar consejo es el mejor mensaje de lo que significa tal intuición…
— Lo voy a hacer, porque lo que a mí más me importa es que mi hijo halle la ruta de su propia suerte…
Ella, entonces, ansiosa como estaba, no pudo contenerse, y en cuanto tuvo a su hijo cerca de ella le abordó la cuestión:
— ¿Ya sabés a qué carrera vas a ingresar?
— Claro que lo sé.
— ¿Y por qué lo tenés tan guardado?
— Porque ese es uno de los requisitos: no soltar prenda.
— ¿Cómo es eso, hijo? ¿Me querés tomar el pelo?
Él, a su estilo, soltó la risa:
— ¿Pero cuál pelo, mamá, si apenas le alcanza para esa colita que se tiene que completar con un listón, que por cierto está hoy bien llamativo?
—¡Hijo, no te salgás por la tangente! Yo quiero estar contigo, acompañándote y apoyándote.
—Buena madre. Buena madre. Y por eso le ruego que me deje tranquilo…
— ¿En tu propio huerto?
— No sé a qué se refiere.
— Yo sí sé: al huerto de tus anhelos.
— Yo no tengo anhelos, madre. Soy un buscador, solo eso.
— ¿Buscador de qué?
— Bueno, voy a decírselo, pero sin más explicación: buscador de follajes compartibles.
La madre se quedó en silencio, como si de pronto se hubiera puesto temerosa de romper un encanto; y no volvió a tratar el punto.
En los días, en las semanas y en los meses subsiguientes todo pareció continuar en una normalidad muy semejante a la de cualquier familia que tuviera retoños adolescentes que estuvieran en el filo de una nueva etapa de sus vidas. Sin embargo, a un observador perspicaz algunos detalles de seguro le hubieran parecido al menos reveladores.
Los tres hijos estaban ya en las aulas universitarias, y eso era lo único que se hacía visible. Pero en lo referente a él, a Ángel, algo muy peculiar comenzó a manifestarse. Cursaba estudios formales, pero apenas salía de su cuarto. Y ahí, adentro, lo que reinaba en torno a él era un silencio que daba la impresión de que aquello era muy semejante a un recinto subterráneo.
La madre volvió a angustiarse, y una vez más acudió a la médium:
— ¿Será posible que mi hijo se esté muriendo en vida?
— No, es al contrario: revive cada día.
— ¿Y cómo es eso?
— Es que todos sus árboles interiores están floreciendo y fruteciendo. Es una estación perfecta para que el huerto empiece a dar todo de sí.
— Ah, usted ya me habló del huerto, pero no me ha explicado de qué huerto se trata.
—Se lo digo si está dispuesta a tomarlo como lo que es: una petición de acompañamiento respetuoso.
—¡Claro que sí! No olvide que soy su madre.
—Sí, lo sé, pero es que con gran frecuencia los padres son los menos dispuestos a entender las novedades existenciales.
— No es mi caso, se lo aseguro.
— Entonces, prosigo: su hijo es un inventor de emociones, y su destino va por ahí. ¿Entiende?
— No entiendo, pero estoy dispuesta a entender.
— Ah, pues déjelo estar. Él es un horticultor de sí mismo.
— Le repito: no entiendo.
— Si es así, observe desde afuera. Su hijo sabe lo que busca, aunque aún ande averiguando lo que eso significa.
Al oí aquello la madre no volvió a insistir. Y fue como si la casa se convirtiera de pronto en una capilla sin sonidos externos. Lo que todos estaban necesitando.
Ángel tomó entonces la decisión que se le venía dibujando en la subconsciencia desde hacía tanto tiempo:
— Voy a hacer un viaje. Los tendré informados.
Desde aquel mensaje, lo que se abrió fue un vacío que tenía todas las características de una ausencia sin retorno. Pero el misterio seguía revolviendo sus ecos.
Y así, en algún momento no identificable, llegó inesperadamente la tan esperada noticia:
“El viajero que salió de su casa está hoy en su propia casa: el huerto de la memoria”.
Y muy poco tiempo después se hizo presente la carta que traía las ansiadas explicaciones:
“Madre, estoy por fin en mi huerto, como un árbol más entre hermanos de savia y de follaje. Desde siempre, una voz interior me hizo saber la forma de mi destino. Yo sería un cronista de memorias, y no solo de las mías sino de las de todos los que forman mi comunidad de semejantes. Es decir, los árboles del huerto. ¿Cómo explicar esto, si cualquiera puede pensar que no es más que una fantasía ingenua? Así lo pensé yo mismo por largo tiempo, y por eso nunca hablé con nadie de esta condición tan original, que me hace un ser de otra esfera; en este caso, la esfera de los misterios vegetales. Yo ahora soy un árbol con memorias, y cada uno de mis vecinos inmediatos también lo es. La suerte providencial me ha dado el encargo de poner en palabras humanas el testimonio memorioso de los integrantes de esta comunidad familiar a la que hoy pertenezco. Sé que usted puede comprenderme, madre, porque así me lo ha confirmado mi amiga, la médium a la que usted acudió hace tiempos para encontrar explicaciones sobre el incógnito rumbo de mi vida. Dentro de poco le hará llegar por las rutas del aire mi primer grupo de vivencias existenciales compartidas. Están escritas sobre hojas con tintas de amanecer y de atardecer. No sé si usted podrá descifrarlas, pero al menos sentirá sus pálpitos. ¡Gracias, madre, en nombre del huerto y de todos los que hemos albergado aquí nuestras raíces!”
En los días subsiguientes, el aire estuvo quieto, como si aguardara señales. Y por fin, una mañana la atmósfera pareció palpitar en forma de anuncio, y las ráfagas comenzaron a traer infinidad de hojas voladoras. Promesa cumplida.

Historias sin Cuento

LAS CENIZAS FELICES

Nunca fue fácil, pero hoy estaba siendo cada vez más difícil. Lo venía pensando desde mucho antes de que emprendiera la mayor aventura de su vida, y a pesar de todas las retrancas emocionales y todas las incertidumbres situacionales se decidió a tomar camino, con sólo lo puesto y muy poco más.

La ayuda de algunos parientes que siempre habían estado cerca le permitió juntar el dinero necesario para pagar lo que pedía el coyote para llevarlo hacia arriba, hacia el Norte. Las fronteras son así: puertas que se abren y se cierran al impulso del más atrevido.

Todo listo, pues. Las despedidas y los augurios en primer lugar:

–Que Dios te acompañe, Licho.

–No vayás a olvidarte de nosotros, cipote.

–Lo tenés todo para salir adelante, y lo primero es la fe. Que la virgencita de Guadalupe guíe tus pasos. Y que el éxito que vas a lograr no te pervierta, porque para eso contás con los valores que te hemos inculcado.

–Aquí vamos a estar, atentos a tu suerte. Esa suerte que vas a levantar con tu propia fuerza, como lo hacías de niño con los sacos de café allá en el volcán.

Y todas aquellas frases, pintadas con los colores del cariño, las llevaba en su cuaderno mental, como la escritura del presente para inspirar los desvelos del futuro.

El trayecto afortunadamente se dio sin incidentes traumáticos. Aun su recorrido mexicano en el tren La Bestia transcurrió sin incidentes. Todo le hizo sentir que la esperanza era la guía, y que en ningún momento se apartaba de su lado. Y cuando por fin arribó al lugar de destino sintió que su decisión había sido un mensaje providencial. Estaba ya ahí, a unos pasos de la Estatua de la Libertad, en aquel rinconcito que unos amigos de antaño le habían permitido ocupar como primera estancia.

Pocos días después consiguió trabajo como mesero en una pequeña taberna latina, que se llenaba a diario más que todo con gente de la raza, y eso le facilitó la comunicación, ya que del idioma inglés apenas iba conociendo unas cuantas voces a salto de mata.

Era muy del caso agradecérselo a la Providencia, porque al menos no había tenido que sufrir en el limbo de la desocupación angustiosa, y así lo hizo yendo con frecuencia a visitar una capilla que desde afuera no mostraba ninguna señal de ser tal.

Todo parecía irse moviendo para él con la naturalidad de lo que está concebido de antemano, pero de pronto la ansiedad se hizo presente como una deidad que traía consigo una alforja cargada de amenazas.

Fue entonces cuando uno de sus compañeros de trabajo le hizo la advertencia:

–Hay que tener cuidado, mano, porque la Migra anda más hambrienta que nunca, y esa es la política malvada de aquel que te conté…

–¿El mandamás de la Casa Blanca?

–¡Shhhh! Aquí ahora no sólo las paredes oyen, sino también las copas y los platos…

Sintió que el fantasma de la deportación pasaba sonriendo malévolamente a su lado, y por un segundo la vista se le nubló, y la esperanza comenzó a tragarle gordo. Había oído hablar de aquello, pero sentirlo era otra cosa.

Empezó a padecer de insomnios recurrentes, y eso hacía que el cansancio que nunca había sentido se le mostrara como una compañía insidiosa. También se le desorganizó el apetito, y su estructura corporal, que era propia de los jóvenes con voluntad deportiva, apareciera cada vez más frágil. Uno de sus compañeros de trabajo le preguntó, mientras preparaban unas bebidas remembrantes:

–¿Te está pegando duro la nostalgia, no es cierto?

–A mí, no; lo que pasa es que no acabo de acostumbrarme al horario.

–Ah, pues aquí no hay de otra: aceptar las reglas o caerse de la moto.

–Eso no. Vine a quedarme, y a ganar terreno. Para mí y para mi gentes.

–¿Y quiénes son tus gentes?

–Los que aquí aparecen.

Sacó su celular y buscó una imagen. Al encontrarla se la mostró a su compañero.

–Todos son niños.

–Hermanos y sobrinos. Los que vienen.

–¿Para acá?

–No, hombre, para la vida. Quiero ayudares a que sean alguien. Allá es difícil, pero se puede más que en ninguna otra parte.

–Vos no pudiste.

–Pero yo no logré estudiar allá, y ellos sí van a poder. Se lo he jurado a mis tatas, que ya no están, pero nos miran desde alguna parte.

–¿Y vos qué?

–Yo voy a ser guitarrista, cuando me llegue el momento.

–¿Guitarrista? ¡Jajajá!

–¿Sabés qué? Voy a entrar en una academia de música en cuanto pueda. Todavía estoy joven, hombre, y el mundo me espera. Te ofrezco desde ya una entrada gratis a mi primer concierto, que va a ser en un gran auditorio…

–¿Y de qué vas a vivir, entretanto, cuando además estás mandando remesas a los tuyos?

–Del aire, cabrón, del aire. En estos tiempos no hay de otra.

–Ah, pues empecemos ya. ¿Querés una copita de aire con piquete?

–Pues para después es tarde…

Y como dice el bolero, todo lo que viene es música. Cuando el dueño de la pequeña taberna se enteró por boca del compañero que su vocación era la música guitarreada, se le acercó a preguntarle si estaría dispuesto a tocar y a cantar algunas noches según el gusto de los asistentes. Él, sorprendido, no pudo decir que no. Quizás era en verdad el principio de su nueva vida.

El repertorio de boleros clásicos, que era lo que había oído desde los más remotos años en su casa y en la voz ronca de su padre, resultaba perfectamente compatible con el ambiente que se quería crear en el lugar.

El dueño se entusiasmó más de lo esperable, ya que en la cotidianidad era una especie de aprendiz de ogro:

–Con Los Panchos, Los Diamantes y Los Tres Reyes estaríamos en onda.

–Por mí, no hay ningún problema. Sólo reviso algunas letras, y ya.

–Entonces, comenzamos mañana a las 8 de la noche, cuando empiezan a llegar los clientes.

–OK.

–Ah, se me olvidaba. ¿Y si alguien pide alguna ranchera, también te podés las más comunes?

–Y no sólo eso: conozco temas de Juan Gabriel y de José José, que también les gustan a muchos. Acuérdese de que yo vengo de donde asustan con canciones entradoras…

–Ah, pues estamos en onda.

Así logró ganar todos los días unos dólares más, y así también el anhelo de ingresar en una academia de música se hacía más visible. En ésas estaba cuando le llegó la súbita noticia de que allá, en su tierra familiar, un incendio de origen desconocido había acabado con la casa donde nació y creció.

La llamada de su tía no se hizo esperar:

–Lo perdimos todo, Licho, todo, todo, todito… Estamos en la calle, como pordioseros…

–¡No se angustie, nanita, voy para allá!

–Pero, hijo, ¿y tu futuro? ¿Dónde va a quedar tu sueño?

–Entre sus manos, para que me lo acaricie cuando yo esté allá.

Y en verdad cogió camino de inmediato, sin pensarlo dos veces. Sin imaginárselo, la necesidad de volver le iba detonando la ilusión. El dueño de la taberna, que sin duda le había tomado cariño, lo despidió con un obsequio:

–Te regalo la guitarra, porque allá también te puede ser útil.

Regresó como pudo, por cualquier vía al alcance. Y a medida que se iba acercando le nacía un entusiasmo desconocido. Al arribar, entre los abrazos poblados de lágrimas, el aroma a fuego manso los envolvió a todos.

Eran las cenizas del incendio convertidas en anuncio de reverberaciones entrañables. Apretó su guitarra entre los brazos, y anunció en voz alta su propósito:

–¡Voy a cantar para vivir, como hacen los pájaros libres!

CIUDADANÍA FANTASMAL (23)

PARÁBOLA DEL EMISARIO

La salida del vuelo estaba marcada para las 7:50 de la noche, y él, conforme a su costumbre, llegó a chequearse cuatro horas antes, para prevenir cualquier tipo de angustia sorpresiva. Se fue a instalar, como siempre, en el lounge que correspondía a la línea en que iba a viajar, la de siempre, porque era la que comunicaba sin escalas su ciudad de origen y su ciudad de destino. Al entrar en el salón le causó sorpresa constatar que se encontraba totalmente vacío, lo cual nunca había ocurrido antes; pero en el sitio donde colocaban los bocadillos y las bebidas disponibles todo se halla debidamente dispuesto, y con una abundancia radiante que no era lo común en tales condiciones.

–Lo estábamos esperando a usted, señor –le dijo al verlo la señorita que atendía.

Él se quedó en suspenso. ¿A él? ¿Y por qué a él, que era un pasajero común, como lo había sido toda la vida? No preguntó nada, pero la explicación llegó por su cuenta:

–Sabemos que usted es un mensajero de las nubes, y queremos reconocérselo…

–Gracias, acepto lo que me ofrecen. Gracias por hacérmelo sentir. Trataré de estar a la altura.

DOMINGO EN FAMILIA

Fabián, el aprendiz de pensador, pasaba el día entero junto a su ventana abierta en el reducido cuarto donde moraba desde que se escapó de la casa de sus padres, con unas pocas prendas y unos cuantos ahorros. Aquella reclusión era el precio de su libertad, y aunque nadie lo entendiera así, él se sentía acompañado por el aire fugaz y por los destellos del clima, cada vez más impredecibles…

Quizás a consecuencia del encierro físico apenas aliviado por las fugaces salidas en busca de alimento, él se había ido volviendo una especie de presidiario gozoso. Pensaba y repensaba los temas que se le aparecían en la pantalla de la conciencia. Hablaba solo y se refugiaba en su lucidez escondida, como un en resort misterioso. Y al ser así, para él todas las jornadas eran dominicales en el más anhelante sentido del término.

Pero aquel domingo pasó algo inusual. Alguien llamó a su puerta, y al principio él creyó que era un juego de resonancias interiores. Cuando el llamado insistió, se dio cuenta de que alguien estaba afuera. Sin pensarlo, acudió.

–Hola, vecino, soy tu otro yo, y vengo a compartir casa contigo. No tienes alternativa…

EL MEJOR AUGURIO

Según el horario establecido, el tren llamado de Oriente llegaba temprano por la mañana y volvía cuando ya estaba casi anocheciendo. Él era un niño, y los sábados tomaba el tren mañanero para llegar a aquella estación muy próxima a la casa de su familia inmediata que nunca salió del campo. Venía de la capital, donde estudiaba bajo el amparo de su abuela materna.

Era sábado de lluvia matutina, sin truenos ni ráfagas, y como no tenía capa protectora, llegó corriendo y empapado a la vivienda familiar, donde la madre lo recibió con ansiedad:

–¡Niño, te vas a resfriar, y hasta te puede dar neumonía! Te voy a traer una toalla para que te sequés bien…

Pero en vez de resfriarse pareció que la lluvia temprana le producía un efecto revitalizador, que desde luego era inesperado, hasta el punto que la madre no pudo evitar el comentario:

–A mí se me hace que el agua llovida te hace feliz. Y ya no voy a prohibirte que te bañés con ella. Quizás tu destino está en las nubes…

HORTICULTURA INGRÁVIDA

Alrededor de la pequeña construcción habitable se extendía el estanque poblado de nenúfares y a su alrededor la vegetación frondosa y apacible hacía recordar que aquel era un refugio natural por excelencia. El encargado de cuidar aquel ambiente era mister Prasad, quien a pesar de estar moviéndose constantemente por los senderos bordeados de árboles centenarios y de plantas multicolores andaba siempre vestido como un empleado de oficina, con su traje oscuro y su pañuelo satinado en el bolsillo superior del saco.

Ellos eran huéspedes asiduos, y conocían los detalles de cada espacio y cada rincón, que recorrían como rutina casi sagrada. Y aquella tarde fueron a desplazarse, como todos los días que permanecerían ahí, por las callejuelas nutridamente arboladas. Y por ahí se desplazaban cuando en sintonía indescifrable sintieron que todo lo que les rodeaba en un mundo desconocido.

–¿Dónde estamos? –se preguntó él, apretándose a ella.

–En nuestro paraíso propio –respondió ella, con sonrisa inspirada.

Y al decirlo ambos sintieron que volaban sin que sus pies se alzaran del suelo.

RESIDENCIA FOLIAR

Contraerían matrimonio muy pronto, y andaban en busca de un espacio donde vivir. Pero en verdad lo que ellos anhelaban era más que convivir al estilo convencional: desplegar sus alas aunque fuera en una pequeña estancia sin ningún horizonte visible. Recorrieron todos los anuncios que aparecían en los periódicos tanto tradicionales como digitales, y luego empezaron a visitar lugares para tomar la decisión que se ajustara a sus propósitos.

Se sucedían las visitas y nada les satisfacía. Llegó el día de la boda, que tuvo lugar en un hotelito de montaña donde la vegetación era especialmente acogedora. Mientras la ceremonia se desarrollaba bajo los ramajes entre los que la intensa claridad solar se colaba como una efusión traviesa, los dos contrayentes tuvieron una sensación simultánea, y eso les provocó imaginar que levitaban.

Volvieron los ojos hacia arriba, sin que nadie lo advirtiera, y el impulso feliz los invadió. Ya tenían su respuesta.

Buscaron entonces lo que ansiaban: un pequeño terreno con un gran árbol. Y hubo quien asumió el desafío arquitectónico: armar la casita arriba, entre las ramas. ¿Cómo imaginar mejor destino?

BENGALURU, 6 A.M.

No tenía necesidad de abrir los ojos para enterarse de que el día comenzaba a hacerse sentir, porque los pájaros que pernoctaban en los alrededores lo testimoniaban con sus múltiples cánticos. Y aquel concierto espontáneo y puntual le hacía a él reencontrarse a diario instintivamente con sus impresiones antepasadas, que venía revisando en la memoria desde que tenía conciencia.

Y tales impresiones le parecieron siempre una muestra de cariño del día anterior, como si la vida fuera sólo un incesante tránsito de horas, cada una con su propio ser.

Ese día, él estaba especialmente inspirado, con una inspiración que parecía surgir a la vez de afuera y de adentro. De afuera, de las arboledas vecinas; de adentro, de las arboledas profundas. Y cuando sintió que un cuervo venía a avisarle que tenía la jornada a su disposición, se dispuso a recoger y asumir el mensaje.

Muy pronto iba ya camino a Puttaparthi, en excursión espiritual. Las colinas rocosas y las llanuras pobladas de sembradíos le hicieron sentir que el paisaje era parte íntima de su ser.

Y cuando estuvo en aquel poblado tradicional que hoy era ciudad moderna supo que el amanecer seguía estando dentro de él ya para siempre.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (223)

1826. ENTRE AMIGOS

Este año la temporada lluviosa ha sido particularmente volátil, como para hacernos sentir que el cambio climático está aquí. Un bromista de nuestro pequeñísimo círculo de allegados de confianza preguntó en un encuentro vespertino con tragos al gusto: «¿Y eso del cambio climático que no es otra especulación viralizada en las redes sociales?» Yo me atrevo a responder: «Ay, cipote, parecés un señor de los que vivían en aquellos entonces en los vecindarios de la calle 5 de Noviembre…». Todos se ríen, y el aludido y yo chocamos las manos para confirmar nuestra condición de vecinos inveterados. Otro nos lanza entonces el reto: «Y ustedes dos, que se las dan de cincuenteros, ¿por qué no nos cantan un bolero de su tiempo?» Nuestra respuesta es una: «¡Aquí te va, jovencito, jajajá!» Y empiezan a sonar las voces de «Flor de azalea» mientras la tormenta con rayos llega a acompañarnos.

1827. EL MISMO QUE VISTE Y CALZA

Se fue muy joven hacia el Norte, cuando hacerlo no era tan riesgoso como es hoy. Su familia no volvió a saber nada de él, salvo que vivía allá en una zona que se llama Long Island. Pero el tiempo transcurre, y a veces se vuelve destapador de cajas cerradas. Y en una de esas volátiles cajas había un montón de imágenes irreconocibles, salvo quizás una, la de ese hombre aún joven que iba manejando un taxi. El señor que estaba parado en una esquina le hizo señas al taxi para abordarlo. El motorista del vehículo en un primer instante pareció no advertir la señal, y pasó de largo; pero de inmediato se detuvo y retrocedió. «¿Quiere que lo lleve?» «Bueno lo que quiero es una respuesta. ¿Vos sos Hilario?» El conductor sacudió la cabeza. «Sí, soy yo. ¿Y usted?» «Aníbal, tu hermano. ¿Ya no me reconocés?» «¡Es que éramos niños!» Y el abrazo los convirtió en gemelos…

1828. OTRA PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

La Librería del Prado, en la calle del mismo nombre, estaba cerrada porque aún no eran las 5 de la tarde. Él le dijo a ella mientras pasaban enfrente: «No se te olvide que estamos en Madrid, y que aquí el horario es muy distinto al nuestro». En cuanto dijo aquello ambos sintieron al unísono que sus sensaciones se tomaban de las manos. «¿Y entonces qué hacemos?» «Pues lo de siempre en las tardes madrileñas: caminar hasta que llegue la hora». Se fueron a vagabundear por la zona, sin otro propósito que acumular sensaciones conocidas con anhelo novedoso. Sin proponérselo estaban ante una tienda de antigüedades, que no eran sus objetos favoritos pero que en este caso tenían un imán inesperado. Lo que había en la vitrina era un conjunto de retratos. Se detuvieron para observar. «¡Mira aquellos dos!» «¡Somos nosotros!» Y el parpadeo del tiempo les hizo sonreír.

1829. AYER Y HOY

Una de sus nietas, que era adicta al cine de antaño por Netflix, le preguntó una tarde de sábado mientras la familia departía en el amplio corredor posterior de la casa donde la abuela vivía desde siempre: «¿A quién te gustaría parecerte más, abuelita: a Sara García o a Prudencia Grifell?» «¡Uy, las abuelitas clásicas de la Época de Oro del Cine Mexicano!» «Yo pensé que te gustaba ser abuelita, y por eso te pregunto…» «Bueno, pues ser abuelita está bien; pero yo quiero ser abuelita que no parezca…» «¿Cómo quién, pues?» «Déjame pensar… Como Olivia de Havilland…» «¿Quién es?… ¿Y por qué?» «Pues porque Olivia me cautivó en su papel de jovencita en «Lo que el viento se llevó»… Y luego siguió apareciendo hasta su retiro… Hoy es una dama de más de 100 años…, y eso es lo más inspirador…» «¡Ay, abuelita, lo que más me gusta de ti es que nunca perdés la ilusión!»

1830. LA BUENA NUEVA

El jefe los había convocado a reunión estratégica para aquella misma tarde, como si hubiera urgencia de tomar decisiones. A la hora señalada ya estaban todos reunidos en la sala de sesiones, cuyos ventanales daban a un predio baldío que nunca había merecido ninguna atención. Desde el inicio todo indicó que no había nada trascendental en agenda, y todos estaban a la expectativa de lo que fuera a decir el superior. Él se hallaba en silencio en su silla de mandamás, como si nada pasara, y al final habló: «Amigos, los he convocado para informales algo muy personal…» Todos pensaron, de inmediato y en esperanzador silencio, que iba a anunciar su retiro. Él los observó con expresión enigmática. Luego esbozó una sonrisa. «No, no se ilusionen: no me voy a retirar: lo que voy a hacer es comprar esta empresa para reciclarla con gente nueva. ¡Así que a arreglar sus bártulos!»

1831. SENTENCIA MUSICAL

El Jefe dio la orden sin alternativas, como siempre: «Van a la casa del Zambo y me lo traen vivo hoy mismo, aunque se resista». Aquella tarde-noche, los esbirros se dispersaron por la barriada donde el Zambo solía deambular haciendo de las suyas. No estaba en ninguna parte. Regresaron al lugar del Jefe, que era una casa clásica tomada por la organización porque le gustó al líder. El Zambo vivía ahora ahí, y andaba propalando que ya sabría el Jefe cuáles serían las consecuencias de aquel despojo. Un día lo encontraron y se lo llevaron al Jefe. Cuando ya estaba adentro, se dio la refriega. La gente del Zambo y la gente del Jefe liados en el estruendoso fuego cruzado. Hasta que llegó el silencio adornado de cadáveres. En alguna de las casitas de los alrededores estaba sonando la canción de José Alfredo Jiménez: «No vale nada la vida,/ la vida no vale nada…»

1832. «SHOKING GAME»

Tenía marcas moradas en el cuello. Su padre le preguntó, como experto en costumbres muy actuales: «¿Has estado practicando el ‘shocking game’? Ella, que era una adolescente en busca de emociones, negó con un leve movimiento de cabeza. Y aquella misma tarde, cuando se reunió con su grupo de amigas ilusionadas por el peligro, les contó la pregunta de su padre. «No decaigás, amiga, que para eso estamos nosotras aquí. ¿Vamos al juego, verdá?» Todas las presentes asintieron, y ella tomó la iniciativa para que no fueran a creer que se acobardaba. La líder del grupo le extendió entonces aquel cinturón que parecía sacado de una película antigua. Ella lo tomó con emoción, y empezó su prueba alrededor del cuello. Las presentes la animaban con saltos vibrantes hasta que cayó al suelo. No volvió a despertar. Todas se escaparon. El fin es siempre solitario.

1833. LA NOTICIA IMPOSIBLE

Desde la más temprana edad fue adicta a los deportes extremos, sin acatar ninguna advertencia. Y así, cuando llegó el momento de decidir destino expresó tajante: «Voy a ser alpinista, y en las cumbres más altas del mundo». Sus familiares, como siempre, la dejaron hacer, porque no había alternativa. Así tomó camino con una despedida simple, como si fuera al café de la esquina. Nunca volvieron a saber de ella. Quizás estaba en algún barranco nevado. ¿Qué hacer? Lástima que no podían enterarse de que la alpinista había alzado vuelo desde la azotea superior…