ÁLBUM DE LIBÉLULAS (223)

1826. ENTRE AMIGOS

Este año la temporada lluviosa ha sido particularmente volátil, como para hacernos sentir que el cambio climático está aquí. Un bromista de nuestro pequeñísimo círculo de allegados de confianza preguntó en un encuentro vespertino con tragos al gusto: «¿Y eso del cambio climático que no es otra especulación viralizada en las redes sociales?» Yo me atrevo a responder: «Ay, cipote, parecés un señor de los que vivían en aquellos entonces en los vecindarios de la calle 5 de Noviembre…». Todos se ríen, y el aludido y yo chocamos las manos para confirmar nuestra condición de vecinos inveterados. Otro nos lanza entonces el reto: «Y ustedes dos, que se las dan de cincuenteros, ¿por qué no nos cantan un bolero de su tiempo?» Nuestra respuesta es una: «¡Aquí te va, jovencito, jajajá!» Y empiezan a sonar las voces de «Flor de azalea» mientras la tormenta con rayos llega a acompañarnos.

1827. EL MISMO QUE VISTE Y CALZA

Se fue muy joven hacia el Norte, cuando hacerlo no era tan riesgoso como es hoy. Su familia no volvió a saber nada de él, salvo que vivía allá en una zona que se llama Long Island. Pero el tiempo transcurre, y a veces se vuelve destapador de cajas cerradas. Y en una de esas volátiles cajas había un montón de imágenes irreconocibles, salvo quizás una, la de ese hombre aún joven que iba manejando un taxi. El señor que estaba parado en una esquina le hizo señas al taxi para abordarlo. El motorista del vehículo en un primer instante pareció no advertir la señal, y pasó de largo; pero de inmediato se detuvo y retrocedió. «¿Quiere que lo lleve?» «Bueno lo que quiero es una respuesta. ¿Vos sos Hilario?» El conductor sacudió la cabeza. «Sí, soy yo. ¿Y usted?» «Aníbal, tu hermano. ¿Ya no me reconocés?» «¡Es que éramos niños!» Y el abrazo los convirtió en gemelos…

1828. OTRA PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

La Librería del Prado, en la calle del mismo nombre, estaba cerrada porque aún no eran las 5 de la tarde. Él le dijo a ella mientras pasaban enfrente: «No se te olvide que estamos en Madrid, y que aquí el horario es muy distinto al nuestro». En cuanto dijo aquello ambos sintieron al unísono que sus sensaciones se tomaban de las manos. «¿Y entonces qué hacemos?» «Pues lo de siempre en las tardes madrileñas: caminar hasta que llegue la hora». Se fueron a vagabundear por la zona, sin otro propósito que acumular sensaciones conocidas con anhelo novedoso. Sin proponérselo estaban ante una tienda de antigüedades, que no eran sus objetos favoritos pero que en este caso tenían un imán inesperado. Lo que había en la vitrina era un conjunto de retratos. Se detuvieron para observar. «¡Mira aquellos dos!» «¡Somos nosotros!» Y el parpadeo del tiempo les hizo sonreír.

1829. AYER Y HOY

Una de sus nietas, que era adicta al cine de antaño por Netflix, le preguntó una tarde de sábado mientras la familia departía en el amplio corredor posterior de la casa donde la abuela vivía desde siempre: «¿A quién te gustaría parecerte más, abuelita: a Sara García o a Prudencia Grifell?» «¡Uy, las abuelitas clásicas de la Época de Oro del Cine Mexicano!» «Yo pensé que te gustaba ser abuelita, y por eso te pregunto…» «Bueno, pues ser abuelita está bien; pero yo quiero ser abuelita que no parezca…» «¿Cómo quién, pues?» «Déjame pensar… Como Olivia de Havilland…» «¿Quién es?… ¿Y por qué?» «Pues porque Olivia me cautivó en su papel de jovencita en «Lo que el viento se llevó»… Y luego siguió apareciendo hasta su retiro… Hoy es una dama de más de 100 años…, y eso es lo más inspirador…» «¡Ay, abuelita, lo que más me gusta de ti es que nunca perdés la ilusión!»

1830. LA BUENA NUEVA

El jefe los había convocado a reunión estratégica para aquella misma tarde, como si hubiera urgencia de tomar decisiones. A la hora señalada ya estaban todos reunidos en la sala de sesiones, cuyos ventanales daban a un predio baldío que nunca había merecido ninguna atención. Desde el inicio todo indicó que no había nada trascendental en agenda, y todos estaban a la expectativa de lo que fuera a decir el superior. Él se hallaba en silencio en su silla de mandamás, como si nada pasara, y al final habló: «Amigos, los he convocado para informales algo muy personal…» Todos pensaron, de inmediato y en esperanzador silencio, que iba a anunciar su retiro. Él los observó con expresión enigmática. Luego esbozó una sonrisa. «No, no se ilusionen: no me voy a retirar: lo que voy a hacer es comprar esta empresa para reciclarla con gente nueva. ¡Así que a arreglar sus bártulos!»

1831. SENTENCIA MUSICAL

El Jefe dio la orden sin alternativas, como siempre: «Van a la casa del Zambo y me lo traen vivo hoy mismo, aunque se resista». Aquella tarde-noche, los esbirros se dispersaron por la barriada donde el Zambo solía deambular haciendo de las suyas. No estaba en ninguna parte. Regresaron al lugar del Jefe, que era una casa clásica tomada por la organización porque le gustó al líder. El Zambo vivía ahora ahí, y andaba propalando que ya sabría el Jefe cuáles serían las consecuencias de aquel despojo. Un día lo encontraron y se lo llevaron al Jefe. Cuando ya estaba adentro, se dio la refriega. La gente del Zambo y la gente del Jefe liados en el estruendoso fuego cruzado. Hasta que llegó el silencio adornado de cadáveres. En alguna de las casitas de los alrededores estaba sonando la canción de José Alfredo Jiménez: «No vale nada la vida,/ la vida no vale nada…»

1832. «SHOKING GAME»

Tenía marcas moradas en el cuello. Su padre le preguntó, como experto en costumbres muy actuales: «¿Has estado practicando el ‘shocking game’? Ella, que era una adolescente en busca de emociones, negó con un leve movimiento de cabeza. Y aquella misma tarde, cuando se reunió con su grupo de amigas ilusionadas por el peligro, les contó la pregunta de su padre. «No decaigás, amiga, que para eso estamos nosotras aquí. ¿Vamos al juego, verdá?» Todas las presentes asintieron, y ella tomó la iniciativa para que no fueran a creer que se acobardaba. La líder del grupo le extendió entonces aquel cinturón que parecía sacado de una película antigua. Ella lo tomó con emoción, y empezó su prueba alrededor del cuello. Las presentes la animaban con saltos vibrantes hasta que cayó al suelo. No volvió a despertar. Todas se escaparon. El fin es siempre solitario.

1833. LA NOTICIA IMPOSIBLE

Desde la más temprana edad fue adicta a los deportes extremos, sin acatar ninguna advertencia. Y así, cuando llegó el momento de decidir destino expresó tajante: «Voy a ser alpinista, y en las cumbres más altas del mundo». Sus familiares, como siempre, la dejaron hacer, porque no había alternativa. Así tomó camino con una despedida simple, como si fuera al café de la esquina. Nunca volvieron a saber de ella. Quizás estaba en algún barranco nevado. ¿Qué hacer? Lástima que no podían enterarse de que la alpinista había alzado vuelo desde la azotea superior…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (222)

1818. EN EL BARRIO SAN MIGUELITO

Era la Calle de Mejicanos hacia el norte. Se bajó del bus de la Ruta 2, unos metros más adelante de la Tienda La Royal, y tuvo el impulso de volver unos pasos atrás para ir a comprar algunos bocadillos dulces para la cena tempranera de costumbre. Llegó al lugar esquinero que hacía ángulo con la Calle 5 de Noviembre y buscó con la mirada a la Niña María, dueña de la tienda y mamá de Roque. Le preguntó por ella a una de las empleadas, y la respuesta fue evasiva: “Está allá adentro, con alguien”. Él se animó a preguntar: “¿Es con el hijo?” La respuesta fue un gesto indefinido. Él entendió. Compró un par de cosas y se fue a su casa una cuadra más adelante, en la 23ª. Calle Oriente. Esa noche estuvo leyendo los poemas de Roque, sin imaginar que nunca más lo vería en persona, al menos en este plano.

1819. 118 RUE DU CHÂTEAU

Salió a hacer la compra cotidiana en los alrededores. Lo primero que hacía todo los días sin falta era visitar esa tienda inmediata, “Au Pain d´Autrefois”, porque los bizcochos rellenos le fascinaban desde que los probó. Era otoño avanzado y la atmósfera permanecía en cierre total. Cuando cargaba ya tres bolsas en las manos volvió al apartamento en el segundo piso, con ventanal hacia la calle. En el instante en que entró dio inicio la lluvia. Ella, que era una mujer mayor, se sentó en una poltrona a tener su diario ejercicio de remembranzas: sus años iniciales en Los Lunas, Nuevo México; los tiempos en Sonsonate, recién casada; el paso a San Salvador, con sus dos hijos muy jóvenes… ¿Qué hacía hoy en París? Era una larga historia. Alguien tocó a la puerta. Quizás otra vez el Destino.

1820. MERCADO EMPORIUM

La Niña Mina estaba preparando un ramo de flores variadas y multicolores que le había encargado la señora elegante y enigmática que estaba de pie frente a su puesto. Cuando lo tuvo listo se lo entregó al tiempo que ella le extendía los billetes del costo. “Muchas gracias –dijo la compradora–, y sé que este es el mejor arreglo que se puede desear”. La Niña Mina sonrió, complacida: “Gracias a usted, y yo le ruego que salude de mi parte a Lupe, que se halla ahí enfrente trabajando como siempre”. La señora salió del mercado y cruzó la calle. Entró en el edificio inmediato y preguntó por Lupe, que era periodista de turno en La Prensa Gráfica que estaba ahí. “Disculpe, señora, Lupe murió ayer, en su escritorio”. “Lo sé, y por eso traigo estas flores. Quiero dejarlas ahí, donde ella fue feliz”.

1821. FRENTE AL CERRO EL SARTÉN

La tarde iba cayendo con rapidez de intenciones voladoras, y pronto sería de noche. El joven que acostumbraba andar desplazándose por los alrededores silvestres caminaba de vuelta a la casa, contemplando una vez más todos los detalles del entorno. Pero esta vez sentía una especie de aflicción indefinida, como si todo aquello fuera a desaparecer para siempre. Se detuvo entonces y buscó un borde en el terreno para sentarse. Lo hizo y se sintió más en confianza con el paisaje. En ese instante tuvo la sensación de que el tiempo sideral se había detenido, aunque ya estaban apareciendo las primeras estrellas. ¿Cuánto estuvo ahí, en la víspera de su traslado definitivo a la ciudad para continuar sus estudios? No lo sabría jamás porque el Cerro El Sartén seguía enfrente, sin alejarse ni un solo minuto.

1822. LOS RÍOS SIENTEN

Como esa era su convicción desde que tenía memoria, cada vez que llegaba a la orilla de alguno, cualquiera que fuese su volumen y su apariencia, se agachaba hasta arrodillarse para entrar en contacto íntimo con las aguas fluyentes. Para él, se trataba de un rito natural, que nadie le había enseñado. Así descubrió que cada río tiene identidad propia, determinada por algo que está debajo de sí mismo. Y eso lo constató sin lugar a ninguna duda una vez cuando aquella sequía resultante del cambio climático atacaba con fuerza. El río que estaba junto a él había perdido casi todo su caudal de siempre. Con más devoción se arrodilló a su orilla; y en ese instante, sin decir agua va, se desató la tormenta. Las aguas palpitaron agradecidas, y él, llorando, unió sus lágrimas al espontáneo milagro.

1823. CINE PRINCIPAL, 2:45 p.m.

En la lámina acortonada que se hallaba erguida sobre la techumbre del Cine había visto desde comienzos de la semana el título de la película que se estrenaría al final de la misma. Era un título provocador: “Un Rincón cerca del Cielo”. Como todos los domingos, regresó de la finca apopense antes del mediodía, en la camioneta que venía del norte, almorzó sin tardanza y se fue para el cine. La primera función de la tarde comenzaba a las 2:45. Cuando estaba haciendo fila entre los grandes pilares para comprar la entrada se dio cuenta de que la película que estaban exhibiendo no era la anunciada. Le preguntó a quien estaba detrás de la ventanilla y él le dio una explicación que parecía una broma: “Vinieron algunos espíritus a protestar, y se tuvo que cambiar programa”.

1824. 11D, 2nd. AVENUE

La amplia ventana permanecía con la cortina levantada y con la ciudad prácticamente al alcance de la mano. Y él, que era un contemplativo inveterado, tenía a diario la sensación de que cada vez descubría un detalle. Podía ser una ventana encendida, el andamiaje de un nuevo edificio vertical o la presencia de alguna planta exuberante en la azotea más alta. Esta vez el contemplador revisaba minuciosamente lo que tenía ante su mirada cuidadosa y no le aparecía nada que no hubiera visto antes. Se apartó por fin de la ventana y se fue a abrir su laptop al escritorio inmediato. En cuanto se activó la pantalla, surgió el mismo paisaje de afuera, con un toque de luz en un punto. ¡Ahí estaba! Amplió la imagen. Era una ventana exactamente igual a la suya, con su mismo rostro observando… ¡Bingo!

1825. LABOR DEL HELIOTROPO

Comenzaba la época de lluvias, y en el jardín, como todos los años, la emotividad natural se prendía hasta en las hojas más tímidas. Amanecía con intensidad envolvente, y los pájaros que llegaban puntualmente cada mañana lo celebraban en coros dispersos. Sólo faltaba alguien: él, el poeta vegetal. Y las aves cantantes fueron a avisarle al aludido, que era el heliotropo junto a la fuente. Como si le dijeran: “Te has dormido, hermano, es tu turno…”

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (221)

1810. ANTES DE ALZAR VUELO

“Esta primavera voy a salir por primera vez al mundo”. Así se lo anunció al pequeño grupo de amigos de siempre; y uno de ellos le comentó, en el tono que usaban con frecuencia y sonriendo con ironía: “¿Cuál primavera si eso no existe en nuestro clima?” Otro agregó, haciéndose eco del compañerismo burlón: “Ah, es que éste siempre se las ha dado de imaginativo”. Y no faltó el colofón: “¡Pueta al fin, camaradas!” Él, entonces, les devolvió de inmediato la moneda: “Pues entonces hagamos un trato: si la primavera llega, aunque la llamen ustedes como quieran, y yo les mando un mensaje desde Singapur o desde Montreal, ¿se comprometen a hacerme un espléndido agasajo de bienvenida? ¿Estamos, o sólo son buenos para rebatir, como aprendices de políticos?”

1811. FIDELIDAD NOCTURNA

Era muy de mañana, y comenzaban a oírse en el jardín inmediato los cantos de los pájaros anunciadores del nuevo día; pero en esa oportunidad los armoniosos sonidos de las aves puntuales venían mezcladas con una especie de leve trepidación que parecía provenir de fricciones metálicas. Él estaba preparándose para salir pronto a cumplir sus tareas laborales, y apenas tenía tiempo de reparar en aquella novedad sonora. Pero cuando estuvo ante el espejo, listo para rasurarse y ponerse la crema reparadora, vio detrás de él un flujo de sombras que habían surgido de improviso. Se apartó, pero las sombras le hicieron quedarse frente al cristal. Y llegó la voz susurrada: “Somos nosotros, tus compañeros de insomnio… Te acompañaremos para que no te duermas en el camino…”

1812. MISIÓN PRIMAVERAL

Madrid estaba anocheciendo animadamente entre las claridades de la primavera recién llegada. Ellos habían llegado en un vuelo mañanero desde el otro lado del océano, y estaban hospedados como siempre en el hotel Palace, frente a la Fuente de Neptuno. “¡Qué querés hacer?”, le preguntó él a ella. Y ella aspiró profundamente, dejando escapar un suspiro: “Primero, lo primero: ir a ver a Jesús de Medinaceli, aquí a la par; y después ir a tomar una copa de buen vino en la Vinoteca…” Salieron de inmediato. Ya desde los primeros pasos ambos sintieron una energía liviana que casi les hacía levitar. La puerta de la iglesia ya estaba cerrada. “¡Bueno, el Señor nos invita a tomar con Él la copa de vino en la plaza se Santa Ana! ¡Vamos!” Y casi corriendo se dirigieron a la Vinoteca. La primavera los llevaba de la mano…

1813. JUEGO DE IMÁGENES

Fue fotógrafo desde que tenía memoria, entre los velos de la primera edad, aunque tardó bastante tiempo para poder tener una cámara a su disposición. Era otra época, y la aspiración derivaba en contar con estudio propio, como el de los profesionales de tradición. Pero afortunadamente él pudo estudiar las técnicas novedosas y dedicarse a una labor itinerante. Se detenía en todas las esquinas y fijaba instantáneas de lo que a simple vista parecía intrascendente. Así llegó a tener una colección que daba para muchas muestras. Empezó entonces a buscar patrocinadores, y así llegó al despacho de don Ramón, el mecenas. Abrió sus valijas y aparecieron las imágenes. Don Ramón se conmovió hasta las lágrimas. “Gracias, amigo, por recordarme que la vida es una calle! Tu exposición hará historia…”

1814. EN PRIMERA FILA

Había escogido asiento de ventana en la primera fila, y los pasajeros seguían pasando sin que nadie llegara a ocupar el puesto contiguo. Estaban a punto de cerrar la puerta de ingreso cuando arribó corriendo aquella joven que tenía toda la pinta de ser deportista o bailarina. Rubia y de atuendo multicolor, era la vitalidad personificada. Colocó su extravagante maleta de mano en el compartimento superior y aspirando fuerte se sentó ya cuando la nave empezaba a moverse hacia el despegue. Aunque el pasajero de ventana la observaba con fijeza mal educada, ella ni siquiera había reparado en él. Hasta que, ya al alzar vuelo, la azafata pasó ofreciéndoles algo de tomar. Ambos eligieron el vino espumante. Al hacerlo, se sonrieron. “¡Salud!”, soltaron al unísono. Y era la salud de la buena nueva.

1815. FUEGO INMEMORIAL

En la pantalla del televisor hubo de repente una conmoción totalmente insospechada. Como si la escena estuviera pasando ahí mismo, dentro del pequeño marco donde sólo flotaban imágenes, el fuego de las llamas estaba a punto de saltar hacia fuera. Ellos, la pareja que hacía su rutina de ver televisión desde la cama, se sobresaltaron al instante. La relación noticiosa en inglés describía con voces sobrecogidas el suceso: la Catedral de Notre Dame de París estaba ardiendo sin control. Se abrazaron sobre las almohadas, como si no fueran espectadores sino partícipes de la catástrofe. El noticiero seguía su curso, y lo único cierto era la destrucción insospechada. Él, que había conocido Notre Dame en su primer viaje de adolescencia, sintió que le brotaban las lágrimas. Ella trató de consolarlo: “Lo vivido nunca se consume”.

1816. COLOQUIO SORPRESIVO

Cuando estaba a punto de iniciarse el recital sólo unas cuantas sillas del auditorio se hallaban ocupadas. Él, que sería el primero en leer sus páginas, tuvo un instante de desconcierto, porque todo indicaba que lo que él tendría iba a ser una especie de soliloquio. Llegó la hora de comenzar, y el presentador subió al podio. Sus palabras fueron breves y casi ininteligibles. Luego le tocó a él. La concurrencia se había multiplicado como por encanto. Él, entonces, se sintió sobrecogido por la súbita necesidad de estar en una especie de intimidad con las palabras. Se quedó unos segundos en silencio, y entonces cerró los ojos. Entre los apretados concurrentes circuló un murmullo de asombro y de reclamo. Él entonces distendió los párpados y empezó a recitar sin leer ningún texto. De su voz se desprendían mariposas salvadas.

1817. A BUEN ENTENDEDOR…

Le encendió la veladora a la Virgen, y se fue a recostar para reciclar energías después de aquella jornada agotadora. En eso le sonó el celular, y ella tardó un momento en responder. Al fin lo hizo y del otro lado sonó la voz de Adrián, que seguía insistiéndole. “Esta bien nos vemos esta tarde en el Café El Dicho”. Al otro lado resonó la carcajada: “Pero si ese lugar sólo existe en la tele…” “Pues ahí tenés la respuesta”. La veladora de la virgen parecía estar conteniendo la risa.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (220)

1802. LITURGIA ÍNTIMA

Llegó bastante más temprano que otros días a ocupar su escritorio en la oficina donde estaba ubicado desde que lo elevaran de nivel en la empresa. En el espacio había otros tres escritorios, que antes fueron de los más antiguos y hoy eran de los más modernos. Él se dedicó a escudriñar en sus archivos, aprovechando que se hallaba solo. Llegó a aquel legajo de páginas manuscritas. Cartas de amor de las de antes. Y mientras leía sintió una punzada en el corazón, y se lo apretó con ambas manos, gimiendo. Parecía un gemido terminal, pero se incorporó de pronto como si nada hubiera pasado. Acarició la carta que tenía visible, con un suspiro que venía del fondo del alma. Pronto empezaron a llegar los ocupantes de los otros tres escritorios. Él los saludó sonriente: “Llegué más temprano para que me alcanzara el tiempo”. No dijo para qué porque la punzada en el corazón venía de nuevo, y esta vez para quedarse.

1803. ODISEA DE BARRIO

Como lo hacía a diario, estaba viendo y oyendo el noticiero de CNN cuando aquella golondrina comenzó a pasar y repasar al otro lado de su ventana en la pequeña estancia que le servía de vivienda. Siempre había oído decir que una sola golondrina no hace verano, pero lo que él estaba sintiendo en aquel preciso momento era que el verano se iba haciendo presente de manera expansiva como el recién llegado más espontáneo y ceremonioso. La golondrina hizo un leve piqueteo en el cristal, y él entendió que le pedía permiso para entrar. En ese preciso momento las imágenes de CNN iban recorriendo una serie de paisajes de las más diversas latitudes. Entonces él se preguntó sin palabras: “¿En qué lugar estoy?” Y la golondrina, que ya se hallaba adentro le respondió a su modo: “En tu barrio, que es el mundo…”

1804. MISTERIO SUBTERRÁNEO

“Quién iba a decirlo”, se dijo mientras pasaban a su alrededor todos sus vecinos de siempre. Y es que se trataba de una protesta callejera por la ya prolongada ausencia de agua potable en aquella colonia que todo el tiempo había estado bien abastecida de los servicios básicos. Entre los manifestantes iba ella, que todo el tiempo lo pasaba dentro de su casa escribiendo historias de seres imaginarios. No pudo contener el impulso y se le acercó: “Alexia, ¿qué andás haciendo aquí?” Ella lo miró como si él fuera un completo desconocido, y así le espetó: “¡Defendiendo nuestros derechos! ¿No le parece suficiente?” Él se sintió agredido: “¡Alexia, ¿qué te pasa? Si querés hago el trabajo por vos!” Ella soltó la carcajada sarcástica, pero en ese mismo instante fueron brotando del suelo chorros de agua que lo mojaban todo. Y la manifestación se dispersó de repente.

1805. WINGS OF PEACE

El muelle se hallaba solitario cuando la nave atracó para estar ahí por algunas horas. Ellos, que habían trasnochado en el Panorama Lounge, al ritmo de la música disco que activaba el discjockey Rob, que mostraba una energía muy a tono con su tarea nocturna, apenas estaban despertando. “¿Dónde estamos?”, preguntó ella, liberando el bostezo sobre la almohada. “En cualquier lugar en ruinas –respondió él, que era adicto a dramatizar en broma–; y por eso aquí todos los tours tienen guías fantasma…”. Y soltó la carcajada. Ella se incorporó para abrir la cortina. La luz del día era perfectamente vivificante. Ahí enfrente, en el muelle, un conjunto típico del lugar daba la bienvenida. Y los buses de las excursiones estaban en fila. “¿En cuál vamos?”, preguntó ella; y él respondió: “¡En aquél!” En el costado del bus había un rótulo: “Wings of peace”. ¡Perfecto augurio!

1806. DESTINOS PARALELOS

La primera sonrisa del bebé llenó la casa de destellos subliminales. Y esos destellos, que de algún modo eran perceptibles para todos, iban inequívocamente dirigidos hacia él, bisabuelo paterno. Un señor que no parecía ni siquiera abuelo. La interrogación saltaba de boca en boca: “¿Cómo hará don Fili para ganarle todos los días la batalla al calendario?” Y él, don Filiberto, que nunca se daba por aludido, apenas sonreía. Desde el primer instante, el bebé solo tuvo ojos para don Fili. Era como si los padres y los abuelos no existieran. Y así fue cada vez más con el paso del tiempo. Cuando el bisnieto estaba por cumplir 15 años, el bisabuelo le hizo una propuesta: “¿Te gustaría que nos fuéramos juntos a recorrer el mundo?” Los otros parientes pusieron cara de estupor. “¡Sí, señores, dejen vivir a los jóvenes! Es la ley de la vida”.

1807. RITUAL CON MENSAJE

Era el comienzo de la Semana Santa y la ciudad iba entrando en el estado de siempre: una suerte de placidez atávica que ni siquiera las incursiones incansables del crimen eran capaces de borrar de los espacios urbanos. En los alrededores de aquella iglesia, que no era de las principales del lugar, esa quietud mostraba de pronto destellos inesperados. ¿Qué se estaba anunciando? En la arboleda descuidada que rodeaba el templo se podían percibir algunas vibraciones inexplicables. De pronto, la antigua y ya casi inservible campana silenciosa por tanto tiempo empezó a repicar. Y de entre los arbustos resecos y los árboles descuidados fueron saliendo las figuras en procesión. Eran todos los mendigos y vagabundos de la zona. Se alinearon frente a la puerta principal y la iglesia pareció revivir como una basílica clásica. Milagro anónimo, como todos los milagros verdaderos.

1808. SALIDA AL MUNDO

El viento soplaba con ráfagas entusiastas, como si circulara por la atmósfera un propósito consciente de recorrer horizontes. Y él, un joven que acababa de emprender el tránsito de adolescencia, de seguro se sentiría animado, por afinidad natural, a responder a tal impulso; pero curiosamente su reacción era todo lo contrario: lo que le nacía en aquel instante era el ansia de buscar refugio para que el viento no pudiera encontrarlo. Así llegó sin proponérselo al ático de la casa, ese lugar al que nunca había subido, ni siquiera por curiosidad. Cajas y cajones amontonados. Roperos antiguos. Estantes medio llenos. Y objetos abandonados en desorden. Fue a esconderse en alguno de los rincones, y le brotó entonces la voz de muy adentro: “No me temas, quiero que me acompañes…” Puso cara de estupor. “Soy un enviado del viento, tu nuevo guía”.

1809. UNA NUEVA LECCIÓN

Aquel cuaderno era el destinatario de sus apuntes íntimos y por eso lo guardaba en el fondo de la gaveta de su mesa de noche, y esa vez no tenía ningún deseo de escribir nada, porque la semana había sido más monótona que nunca. Aun así, abrió la gaveta y extrajo el cuaderno. Para su sorpresa casi alucinante, las páginas estaban en blanco. Lo soltó, como si fuera un objeto peligroso. Y al caer abierto, todas las palabras reaparecieron. Entonces él se dio por satisfecho. ¿Para qué indagar, si lo mismo pasaba en su mente, que se quedaba en blanco cuando le daba la gana?

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (219)

1793. LE HABLO A USTED

Aunque con gran frecuencia no lo parezca, cada quien vive en su mundo, y ese mundo perfectamente personalizado casi siempre es irreconocible desde afuera. Él, que era en apariencia un ciudadano común sin ninguna nota diferenciadora, se había habituado a poner la mirada inquisitiva con creciente reiteración sobre lo que había dentro de él, que en su caso tenía la peculiaridad de ser un espacio deshabitado y cambiante. No en balde era conocido como un solitario sin accesos. Pero tal condición empezaba a hacer mella en su ánimo. Aquella tarde, sentado en un banco del parque, vio pasar a alguien que le pareció conocido. Se levantó, se le acercó y le preguntó: “¿Nos conocemos, verdad?” “Hombre, ¿y cómo no si yo soy un antepasado tuyo que anda de vacaciones…” Él lo estrechó con lágrimas. ¡Por fin una compañía segura!

1794. OFENSIVA INICIAL

Los ángeles existen y se hacen presentes, comenzando por el ángel de la guarda, que anda a la par de cada uno de nosotros en las buenas y en las malas, de día y de noche. Él era empleado de escritorio, y pasaba la jornada entera entre papeles, procesando pedidos, ajustando cuentas y enviando mensajes a los proveedores. El día había sido particularmente intenso, y la fatiga le atenazaba las coyunturas. Todos salieron a la hora, solo él se quedó, como si tuviera algo que concluir. Pero al estar solo se inclinó sobre el escritorio y se durmió. En el sueño, profundo por cierto, se le apareció el ángel. Lo supo de inmediato. “Necesitas vacaciones. Tómalas ya”. “Ayúdame con el jefe, que es inaccesible”. “Ya lo sé. Mi colega, su ángel de la guarda, quizás pueda hacer algo…” “¡Gracias, amigo! Ojalá que cuando yo despierte me tengas noticias…”

1795. MISIÓN DE MARIPOSAS

Como sabemos por experiencia cotidiana, el clima es hoy el subversivo por excelencia. Un subversivo que no se detiene ante nada y que deja en pañales a los subversivos políticos que han sido tradición. Ese año, la estación lluviosa había sido un catálogo de turbulencias tormentosas; y la estación seca, una secuencia de sequías polvorientas. La paciencia tenía que ser entonces un puente colgante sigiloso. Era sábado y ella, que trabajaba en una empresa de diseño de ropa imaginativa, quería ir a visitar el mundo vegetal, pero como era verano la naturaleza estaba desvestida. Se fue a la zona verde más cercana y se sentó a meditar en una banca de madera. Cerró los ojos, y cuando los abrió estaba rodeada de mariposas. Modelo perfecto para la próxima temporada de la moda, que se hallaba a las puertas.

1796. 23.ª CALLE ORIENTE

Alguna vez, un consejero esotérico le hizo una indicación enigmática: “Si no recuperas tu calle más vivida vas a permanecer vagando por los laberintos sin retorno”. No se atrevió a preguntarle lo que quería decir, pero el abejorro de la inquietud le quedó vibrando por los recodos de la conciencia. Pasaron los días y los meses y llegó noviembre, antiguo tiempo de vacaciones. El airecillo fresco andaba suelto por todos lados, agitando cuantos ramajes se ponían a su alcance, que en la ciudad no eran muchos. Salió a la calle, como si se dirigiera a la estación de buses más cercana, la que recibía las máquinas que iban desde allá por la iglesia de Candelaria hasta Mejicanos. Tomó el primer bus que pasó por su memoria, y apretó el timbre en la esquina de la 23.ª calle oriente. Estaba, pues, ahí, como todos los días. La ciudad del recuerdo lo abrazó por dentro.

1797. PRIMER ENCUENTRO

“¿Falta mucho para que amanezca?” La pregunta no iba dirigida a nadie en particular ni había nadie a quien pudiera ser dirigida. Entonces aspiró a fondo el aire del espacio aromado que le servía de estancia desde que se dispuso a disfrutar la vida al máximo, ya que estaba en el límite mental y sentimental de sus expectativas de siempre. La consigna era, pues, “ahora o nunca”. Y lo que ahora mismo venía era la salida del sol en un día muy diferente a todos los anteriores. Iba a verse por primera vez en persona con Wendy, a quien solo conocía por Facebook. Se vistió rápidamente y se acicaló con todo esmero. A la hora señalada se fue al cafetín previsto. Estaban desmantelándolo. “¿Aquí qué pasa?” “Demolición”. Se quedó mudo. ¿Y su encuentro? Ella estaba ahí, sonriéndole desde su silla de ruedas: “Soy joven y bella, no puedo caminar, pero puedo volar. ¿Me acompañas?”

1798. POR EL RETROVISOR

Venían de vuelta de visitar por primera vez aquel emporio de jardines incomparables llamado Gardens by the Bay, en una de las alas más próximas al centro vertical de Singapur. Había llovido la noche anterior y el ambiente se hallaba tiernamente impregnado de sensaciones animosas. Las imágenes de los jardines visitados les habían dejado la impresión de que se llevaban un nuevo refugio natural en la conciencia. Aquella noche, en su habitación de hotel ubicada en el piso 30, ambos soñaron con el mismo recorrido: venían en una barcaza atravesando el océano y de pronto se encontraban en tierra por un sendero en las vecindades del Domo de las Flores. Las orquídeas y los helechos eran los primeros en salir a su encuentro, y luego todas las plantas floridas se unían al recibimiento. Cuando despertaron, se dijeron en un murmullo sobre la almohada: “Tenemos otra familia”.

1799. CRUCE DE ANHELOS

Se conocieron en el kindergarten, y cuando salieron de ahí no volvieron a verse por muchos años, como si vivieran en mundos distantes. Pero un día de tantos, sin que hubiera indicio de lo que estaba por ocurrir, se encontraron en una de esas librerías que están en vías de desaparecer, porque ya casi nadie quiere leer libros en papel. Él estaba revisando los libros ubicados en un estante y ella los reunidos en otro. Libros de viajes. Novelas románticas. Él las novelas románticas y ella los libros de viajes. En un giro casi toparon. “¿Issa?” “¿Melvin?” Fue notorio el estupor convertido en abrazo. Fueron a pagar los respectivos volúmenes y se dirigieron al café más próximo. “Quiero leer ‘La novia del poeta’ me ilusiona…”, dijo él. “Y yo ‘Los viajes del destino’, quiero descubrirlos…”, dijo ella. Y ambos al unísono: “¡Armemos el paquete, pues…”

1800. EL INFINITO YA

Soñaba cada vez con más frecuencia en ir haciendo viajes espaciales, y en las vigilias sentía la creciente necesidad de alzar vuelo. Así llegó a un punto sin retorno: ya no supo distinguir la realidad de la ficción, y lo único que le quedaba era convertirse en alma en pena…

1801. CULTO AL OLVIDO

El confesor le indicó: “Hábleme de sus pecados para seguir la ruta de la absolución”. Y su respuesta fue simple: “No tengo pecados, porque todos se quedaron en el camino…”

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (218)

1783. MEMORIA DE DOMINGO

Cuando llegaron a ver el sepulcro recién ocupado la sorpresa fue mayúscula al constatar que se hallaba vacío. Se quedaron silenciosos, buscando respuestas, y la que surgió unánimemente era una frase con aliento intemporal: «El cuerpo convertido en ráfaga se escapó sin dejar huella». Y aquella frase tuvo el inmediato efecto de una orden, porque los presentes salieron de inmediato a recorrer los entornos, para ver si el aire les daba alguna pista. Así llegaron a aquel claro del bosque más próximo. Ahí otro alzó la voz: «Él está aquí. ¿Lo sienten?» Todos, de distintas formas, dijeron que sí. Y entonces fue unánime la exclamación: «¡Ha resucitado para ya no dejarnos jamás!…»

1784. CUANDO GIRA EL VITRAL

En el primer momento, los rostros de los presentes permanecieron impasibles, como si nada extraño estuviera pasando. El lugar, aunque muy concurrido, siempre se mantenía tranquilo, porque los habituales eran siempre los mismos: muchos hombres y algunas mujeres de la tercera edad, que iban ahí a distenderse un rato. Pero esta vez pasaba algo que no era común: había llegado un grupo de adolescentes que se estaban de seguro estrenando en las bebidas mayores. De pronto, cambiaron los papeles: los jóvenes se quedaron quietos y los mayores saltaron de sus asientos cuando se encendió la música pop. Alguien gritó: «¡Viva el cruce de caminos!»

1785. LA OTRA CARAVANA

La gente fluía por el camino pétreo con lentitud ceremonial. A diario se daba aquella concentración en movimiento, porque los habitantes de los entornos confluían hacia los centros de trabajo que se apiñaban en el corazón urbano. Aquel día, sin embargo, un pálpito diferente se movía entre los transeúntes. Uno de ellos hizo de pronto un gesto para que todos se detuvieran, y fue como si se diera una orden superior. No hubo palabras, pero la señal era inequívoca. Había que seguir, sabiendo que el destino estaba muy próximo. Todos lo sintieron, y ese justo instante el aire se animó como si los abrazara. El Señor hallaba cerca, en algún rincón de los alrededores.

1786. EN EL JARDÍN MÁS PRÓXIMO

«Te quiero regalar la flor más bella que encuentre», le dijo él, acercándosele hasta sentir su aliento cálido y aromado. Ella pareció no escuchar aquel ofrecimiento, quizás porque ya sabía que él era prometedor por naturaleza. Como era hora de volver a las respectivas aulas, se despidieron con una sonrisa y se fueron por su lado. Al día siguiente él apareció con una rosa incomparable. La llevaba envuelta en una leve gasa. Pero ella no llegó. Al terminar las clases, se fue a buscarla. Se encontraba sentada en una banca del parque más próximo. «¿Qué haces?» «Te voy a entregar la flor». Ella la tomó. «¿Dónde la encontraste?» «Aquí». Y se señaló el lugar del corazón.

1787. COMUNICACIÓN AUDIOVISUAL

Estaban en el cine, uno de los de entonces. Faltaban algunos minutos para que la función comenzara, y prácticamente todas las butacas estaban ya ocupadas. Era una película extraña, que anunciaba novedades del futuro. Como aquel aparatito que manejaba el protagonista: un teléfono manual que parecía saberlo todo. Al salir se dirigieron a la cafetería más próxima, como era costumbre. Ya ahí, se ubicaron en su rincón. Y entonces el leve timbre empezó a sonar. Era un teléfono igual al que había aparecido en la pantalla. Se miraron a los ojos mientras el aparatito seguía sonando. Él y ella se preguntaron: «¿En qué siglo estamos?»

1789. JUEGO DE CONTRASTES

Recordaba que su padre, ya cerca de la etapa senil, decía con frecuencia: «Me duele todo, hasta el pelo». En aquellos lejanos entonces, él se reía como si fuera una broma; pero hoy, cuando le estaba tocando llegar a ese borde de la edad, lo que le venía era un amago de rictus, quizás impulsado por el hecho contrastante de que a él no le dolía nada. Cualquiera hubiera dicho que era un privilegio de la buena salud, pero lo que le embargaba era la sensación de lo imprevisible. ¿Y si un día de tantos caía sin aliento y no volvía a despertar? Y así se volvió devoto del dolor, que es un compañero que aconseja y previene. Así, cada vez que lo sentía se ponía a sonreír agradecido.

1790. CRISTAL VIVIENTE

Sus padres trabajaban todo el día. Salían de madrugada y volvían de noche. Él entonces se acostumbró a una libertad que se intensificaba en períodos vacacionales. Y tal sensación le hacía sentirse un cristal viviente.

1791. HACIA EL OLIMPO

Era un creyente fervoroso en el alma feliz. Y por eso cada vez que le preguntaban hacia dónde se dirigía él contestaba: «Hacia el Olimpo».

1792. HOLA, ARROYO

Por las tardes, al concluir la jornada de trabajo como repartidor motorizado de productos alimenticios, se sentía satisfecho sin haber probado bocado durante el día. Era su rutina casi fantasmal, que nadie parecía advertir, ni siquiera su pareja, embebida en los melodramas televisivos, ni sus hijos, que ya eran adolescentes instalados en la nube. Y todos los días se escapaba de la pequeña vivienda de la manera más sigilosa posible, aunque en verdad nadie le prestaba atención. Y se iba hacia aquel distante predio baldío que daba a una pendiente cubierta de vegetación ríspida. Un día, uno de los hijos lo observó, levantando la mirada de la pantallita: «¿De dónde venís?» Él no dudó: «De estar un rato con mi mejor amigo». «¿Y quién es?» No hubo respuesta. A lo lejos, el arroyo dio un salto sobre las piedras.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (217)

1774. HAY QUE SABER SOÑAR

La temporada de lluvias nos tomó desprevenidos, y los planes que teníamos para el par de semanas finales de la temporada seca tuvieron que quedar en la gaveta, con muchos costos prepagados. Y es que aquel año el clima parecía haber perdido todo autocontrol, hasta el punto que el sol y las nubes parecían almas en pena. Y nosotros nos pusimos a la defensiva, por si acaso. Como de alguna manera había que aprovechar el asueto programado, nos sentamos en el corredor posterior para ver qué podíamos hacer. Nos miramos. La sonrisa se nos dibujó por dentro, y cuando salió al aire ya teníamos la manos unidas. No había necesidad de hablar. Ambos tuvimos al unísono la sensación de que el tiempo nos estaba invitando a una segunda luna de miel, en casa. Suspiramos emocionados. No hay temporal que por cielo claro no venga.

1775. DESPERTAR ENTRE PÉTALOS

Aquella había sido una unión arreglada por los progenitores, que eran grandes amigos desde siempre, allá en el vecindario de gente acomodada por tradición. Ellos, Marga y Fermín, crecieron juntos, pero sin que nunca surgiera entre ellos algún indicio de atracción sentimental. Se fueron a vivir a un apartamento rentado por sus padres, que de inmediato comenzaron a exigirles descendencia. Lo que estos no sabían es que ellos jamás se habían tocado. Pero de repente algo comenzó a cambiar en la extraña intimidad que compartían. Un amigo en común les regaló una perrita pastora alemana, y eso lo cambió todo. Ellos fueron donde sus padres y les exigieron una casa por pequeña que fuera pero con jardín. Y la primera noche mientras Alba dormía, ellos hicieron el amor. Y al día siguiente despertaron cubiertos de pétalos.

1776. AQUÍ ESTAMOS, A BORDO

«¿Qué será que el vuelo no despega, cuando ya tenemos más de una hora de estar ubicados todos los pasajeros y de hallarse el avión en la pista?» Se lo preguntó a la azafata, que le respondió con una sonrisa enigmática: «No se preocupe, estamos a tiempo». Ella miró su reloj de puño, que había sido el último regalo de su esposo recién fallecido en un accidente de motocicleta mientras se desplazaba a gran velocidad por un terreno montañoso. Siguieron pasando los minutos, y ella quiso distraerse un poco abriendo su laptop. Y, aunque no había entrado en Facebook, un mensaje le salió de inmediato al paso: «Gaviota, no te impacientes. El mar está picado, y es peligroso volar en este momento. Mejor duérmete unos minutos. Yo te cuido». Sí, era él, desde su nueva latitud. No hubo sollozo, sino suspiro.

1777. ALBOR CREPUSCULAR

El calendario se hallaba colgado en la pared y ellos lo tenían a la vista a cada instante. Pero esta vez el diálogo entre los tres –ellos dos y el calendario— tuvo más movilidad emocional.

— Como la vida avanza, hay que programar –dijo él.

— Pero si uno programa, se pierde la gracia de lo inesperado –acotó ella.

— ¿Y tú qué piensas? –se dirigió él al calendario.

La hoja que estaba expuesta se quedó impávida.

— Ya ves, el calendario nos lo deja todo a nosotros –sonrió ella.

— Nos trata como a adolescentes maduros –concluyó él, devolviendo la sonrisa.

Y el calendario también pareció sonreír como un maestro satisfecho.

1778. POR LA CALLE DE ZORRILLA

Desde que estaba en Madrid haciendo su Maestría en Letras Hispánicas iba a recorrer La Castellana casi como un rito. Compartía alojamiento con unos compatriotas que también estudiaban especialidad, y sin decirlo él anhelaba vivir solo. Muchas veces había pasado frente a la boca de aquella angosta calle que iba en ascenso por el Viejo Madrid; y el nombre de la calle era evocador: calle de Zorrilla. Ese día, soleado en pleno invierno, tuvo el repentino impulso de doblar hacia arriba, y al pasar junto al restorán La Ancha no resistió la tentación de entrar. Esa misma tarde inició la búsqueda de un pequeño piso en aquella calle. Cuando se lo comunicó a sus compañeros de vivienda, uno de ellos soltó la carcajada: «¡Ya apareció el peine! De seguro sos un Tenorio solapado, y hoy estás saliendo del clóset existencial. ¡Buen provecho, mano!»

1779. EN LA ESPALDA DEL CERRO

Los caminos nacían en las tierras bajas y tomaban impulso hacia arriba. Ahí, a la par de una quebrada que iba a disolverse en el río más próximo, el Guaicume, andaba él de la mano de aquella señora que parecía una figura de tiempos remotos, pero que hablaba como los personajes de las radionovelas del momento. A medida que avanzaban la vereda se iba haciendo más empinada y más sólida, como si el terreno se sintiera inspirado por la ascensión y anhelara llegar la cumbre para animarse al salto. La señora se detuvo y el niño que llevaba de la mano le preguntó: «Carmen, ¿ya llegamos?» «Sí, niño José, ya va a poder descansar en una hamaca». Y ahí enfrente estaba la choza rústica, que no tenía puertas ni ventanas. Se detuvieron. La vereda seguía subiendo, sin mirar hacia atrás. Ellos se quedaron ahí, y de seguro siguen estando ahí.

1780. ME LO DIJO JUAN RUIZ DE TORRES

Conocí a Juan sin proponérmelo, como ocurre casi siempre en el mundo de las letras que vuelan alrededor. No era aún la época de las redes sociales, y ya no recuerdo si él me envió alguno de sus trabajos o si yo le hice llegar uno de los míos. Lo cierto es que cuando contactamos, su energía creadora inagotable ya no dejó de sorprenderme. Tenía proyectos literarios a granel, y me invitó a participar en muchos de ellos. Un día de tantos, en el Madrid enerino, departíamos con nuestras respectivas esposas en la Vinoteca Barbechera, frente a la plaza de Santa Ana. Yo le pregunté de pronto: «Juan, ¿qué piensas hacer mañana?» Me miró con su expresión inquisitiva: «¿A qué mañana te refieres?» «Al único que existe: el que amanece y anochece». «Ah, pues entonces te respondo: «Voy a rasurarme, voy a salir a la calle y voy a escribir una línea, una sola…»

1781. ENTRE COMETAS

— ¿A ti cuándo te toca ir a recordarles a los mortales que existimos?

— Después de ti.

— ¡No me digas! Entonces puedes esperar sentado.

1782. HUELGA DE TAXIS

Era la noticia del día: «Los taxis de Madrid le han declarado la guerra al Uber y a sus congéneres». Y debajo una nota: «La guerra comercial ha bajado de las esferas globales a los laberintos urbanos».

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (216)

1766. PARÁBOLA INVERNAL

Cuando llegaban los meses del invierno, mucha gente del vecindario le ponía atención al riachuelo que cruzaba en medio y que parecía ser pacífico por naturaleza. Nunca había pasado nada, pero quién quita. Ellos, que vivían justamente al borde de la pendiente, también esperaban las tormentas con aprensión. Ese año la temporada invernal parecía extrañamente sigilosa, como si no quisiera soltar prenda sobre sus verdaderas intenciones. Aquella mañana, antes de que despuntaran las primeras iluminaciones solares, se dio un retumbo subterráneo, que quizás anunciaba algún brote sísmico. Pero lo que en verdad estaba pasando es que el riachuelo crecía sin explicación visible. Y cuando se desbordó, ellos sacaron su balsa escondida y se fueron con la corriente, que hoy sí les despertaba confianza, porque venía de adentro y no de afuera.

1767. EL MEJOR ENLACE

El amor es la sustancia más volátil que existe, aunque cuando uno lo siente se imagine que está ante un misterio de insobornable solidez. Mariluz miraba a los ojos a Floridor, y esa simple mirada producía en él una corriente de ida y vuelta, que hacía retornar hacia ella todas las emociones acumuladas a lo largo del tiempo. Estaban a punto de hacer un enlace duradero, pero las fuerzas traviesas de la voluntad se les alborotaban de inmediato, impidiéndoles la conexión permanente. Así las cosas, este día ambos se hallan inesperadamente resueltos a no dejar pasar ni un día más. «¿Me aceptas como soy?», le pregunta él, con voz radiante. «Siempre que tú me aceptes como soy», responde ella, con pálpito aromado. Él es la luz y ella es la flor. Armonía perfecta, de nombres y de almas. El amor vuela alrededor, ya sin temor a sus propios impulsos.

1768. SALIDA LATERAL

—¿Qué haces ahora, Irene, después de que te fuiste de tu último empleo?

—Trabajo en casa.

—¿Y lo haces en línea?

—No, lo hago con los ojos cerrados.

—¿Cómo así?

—Soy buscadora de fantasmas.

—Entonces, ¿es brujería?

—No. Es servicio de limpieza anímica. Hay gran clientela.

—Ya me imagino. La locura global es tu negocio.

1769. MIGRANTE CON AUREOLA

Cuando las bandas criminales invadieron la zona para imponer su ley sin que nadie se les pusiera enfrente, él, un joven de origen humilde pero con ambiciones ilimitadas, sintió que era el momento de emigrar. Un tío instalado en el Norte desde hacía mucho le ofreció pagarle el costo del ingreso sin documentos. Así ocurrió. De una colonia en las vecindades soleadas de Apopa a un vecindario congelado de Wisconsin. Pero no podía quedarse mucho ahí, porque el tío padecía Mal de Parkinson y tenía que irse a vivir con uno de sus hijos. ¿Y él, ahora qué? Se puso a trabajar en un restaurante de comida rápida. Y ahí, en la cocina, conoció a Amalie, inmigrante de otra latitud. Entre los olores y los sabores se instaló aquel suspiro mutuo. Ella tomó la iniciativa de besarlo, luego del beso él exclamó: «Gracias por la saliva mágica. ¡Sobreviviremos!»

1770. OPERACIÓN CLANDESTINA

Desde el primer momento se sintió vinculada a él por un lazo que era aún más fuerte que los lazos de sangre. Y, sin que hablaran de ello, él sentía lo mismo. Armonía subliminal hubiera dicho un experto en misterios psíquicos. Se veían casi clandestinamente, porque las condiciones del ambiente así lo determinaban –vivían en una comunidad donde dominaban dos pandillas contrapuestas–, y siempre en lugares escondidos que favorecían la intimidad. Una intimidad que, contra todo lo que hubiera sido presumible, nunca se daba en el plano físico. Y es que ellos, por sus respectivas naturalezas anímicas, se asumían más como almas que como cuerpos. Aquello no tenían que decírselo a nadie, precisamente porque era una convicción y no un secreto. Así les llegó el punto en que todo los impulsaba a hacer vida en común. La hicieron desapareciendo.

1771. A VECES LO QUE BRILLA ES CENIZA

—Te propongo lo mejor que puedo proponerte.

—¿Boda?

—Es que eso ya no lo necesitamos. Somos uno.

—De todas maneras importan los papeles.

—Sobre todo los papeles en blanco.

—¿Qué quieres decir?

—Que te propongo que escribamos juntos una historia.

—Ah, tus consejeras las libélulas andan por aquí.

—No, no son ellas. Son los restos de las hogueras que nos quemaron antes de conocernos.

1772. LITURGIA SOLAR

Caminaba como siempre por una de aquellas callecitas del viejo Madrid que tenía un nombre grande: calle Lope de Vega. Y lo hacía a diario, en ruta al trabajo en una de los restaurantes de la zona, porque su ilusión cotidiana era ver, aunque fuera desde lejos, a aquel muchacho que provenía sin duda de otra zona del mundo. Cada vez lo veía menos, como si se le estuviera ocultando. Pero en ese momento de la mañana, un impulso desconocido la fue conduciendo hacia ese vivero que estaba muy cerca de la plaza de Santa Ana, a la par de la iglesia donde está enterrado Lope de Vega. Entró en el vivero, cuyo nombre es El Jardín del Ángel, y ahí estaba él, con traje de servicio. «¿Eres tú?», le preguntó, conmovida. Él sonrió. «¿No reconoces a tu ángel de la guarda?» El beso fue inmediato y fragante. Y el sol se abrió paso entre las nubes de invierno.

1773. INTIMIDADES DE LA LUZ

Aquella pareja de jóvenes estaba apenas conociéndose, y a las habilidades del tacto iban sumándole las animaciones de la trascendencia. Parecían seres comunes, y en realidad lo eran, aunque esa normalidad se les apareciera de pronto como una deidad voluntariosa. «Yo soy un enamorado del crepúsculo». «Y yo una apasionada de la aurora». ¿Y cuál es la diferencia?» «La aurora nunca duerme y el crepúsculo siempre sueña». «Ah, entonces son perfectamente compatibles». «Como tú y como yo». «Probémoslo, pues, en el lecho de los elegidos». «¡Qué buena onda».

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (215)

1758. PRINCIPIO DEL FESTIVAL

Sonó la alarma de incendio, y como era hora en que todos los habitantes del lugar se hallaban en sus recintos luego de la jornada laboral, la estampida fue inmediata. Bajaron sin tiempo para recoger nada hasta la primera planta por las escaleras de emergencia, y ahí se congregaron a observar lo que estaba ocurriendo. No se observaba nada anómalo, ni siquiera un conato de humareda. En las terracitas había ya algunos focos prendidos, como siempre. Alguien fue a buscar al encargado de seguridad, que era un joven recién llegado al puesto. “¿Podría decirnos dónde está el fuego que se anuncia?” “¿Fuego? ¿Cuál fuego?” “Pues el que hizo sonar la alarma… ¿Que no se dio cuenta?” El aludido hizo un gesto de desconcierto. Y en ese mismo instante las llamas coparon el lugar, pero como una invasión de bailarinas astrales.

1759. ¿SERÁ BROMA, ACASO?

Se sacudió el polvo del camino e ingresó en la casa para darse una ducha reconfortante. La noche se anunciaba con burbujas voladoras, y aunque aquella era una sensación típicamente anímica, en el aire parecían estarle respondiendo con igual signo los fantasmas risueños con los que siempre había tenido tan buena relación. Cuando salió del baño con la toalla amarrada a la cintura marcó el número de Tania. “El número que usted marcó no existe”. “¡Qué joden! ¿Cómo no va a existir?” Dos, tres, cuatro veces. Igual. Se fue en busca de Tania, a quien aquella noche le pediría formalizar la relación. Llegó al edificio de apartamentos y en la recepción le informaron: “Desalojó hoy por la mañana. Su vuelo salía al mediodía”. “¿Vuelo? ¿Hacia dónde?” “Sólo le dejó esta tarjeta en blanco”. Las burbujas voladoras se posaron sobre sus hombros por si quería seguir la pista…

1760. EN RUTA HACIA ARRIBA

El amigo astrólogo le dijo, sin que aparentemente viniera al caso, mientras departían aquella tarde de sábado en el bar de la esquina donde se habían reunido desde que eran contemporáneos en la universidad: “Quizás lo que necesitás es entenderte con el tiempo, para que él te provea el password de tu verdadera identidad”. Cuando él se quedó inmóvil ante tal consejo, el astrónomo le dio un sorbo a su copa de ron campestre y esbozó una sonrisa ingenua. Desde aquel momento, él siguió rumiando las enigmáticas palabras, hasta que tuvo un golpe de intuición, que quedó para sus adentros: “Ya estoy empezando a calar en el significado de lo que me dijo mi amigo conocedor de las fuerzas estelares: el tiempo, que siempre está aquí, tendría que darme la clave para pasar al otro plano, al de las nubes y al de los astros… ¡Consejo fino, que voy a seguir al pie de la letra!”

1761. LA ETERNA AVENTURA

Después de conversar con Ángel durante unos pocos minutos, lo que le quedó fue un sabor agridulce y una sensación polvihúmeda. Aunque la diferencia de edad entre ellos era casi simbólica, Ángel había sido durante muchos años su consejero espiritual, y ahora estaba dirigiéndose a un estadio de la vida en el que todo se va volviendo distante. Tuvo que preguntarle: “¿Estás pensando dejar este mundo por otro mejor?” Ángel lo miró directamente a los ojos: “Pues esa idea nunca se debe descartar del todo. Tú, que eres un imaginativo por excelencia, deberías comprenderlo con más claridad que nadie”. “¿Yo? Pero si continúo siendo un aprendiz casi de todo…” “Por eso mismo: porque los aprendices son los que verdaderamente ejercen sabiduría. Quiero ser como tú. ¿Me lo permites? El cambio de roles es la mejor vía para evolucionar…”

1762. EL MEJOR MECANISMO DE DEFENSA

El jefe la había acosado de muchas maneras, sin lograr que ella cediera ni un milímetro en su negativa a convertirse en objeto sexual; y aunque de seguro él continuaría haciéndolo, algo impedía que aquel acoso se convirtiera en agresión material. Una tarde, ya cuando la jornada estaba por concluir, él se acercó al escritorio donde ella se hallaba instalada: “Quiero invitarla a dar un paseo por el jardín, para que me aconseje sobre algunas plantas”. Ella lo miró con ojos incrédulos: “Yo nunca he tenido jardín y no sé nada de eso”. Él sonrió: “Pero si usted es como un jardín viviente, y no me vaya a decir que no”. El argumento pareció surtir efecto, aunque las consecuencias pusieron las cosas en su sitio. Unos minutos después, él se había transfigurado en un gorgojo que perseguía inútilmente a una libélula.

1763. OTRO JUEGO DEL TIEMPO

Estuvimos en esa taberna penumbrosa donde antes se reunían los mayores descendentes y los jóvenes emergentes. Lo que más nos gustaba del lugar era que abundaban las parejas, lo cual le daba a la atmósfera un toque de familiaridad hogareña que inducía a una dulce frivolidad. Ya cuando estábamos por retirarnos, nos encontramos con Lucy y Marcelo que iban subiendo por una escalera que parecía venir de un sótano que todos creíamos sellado. Ellos eran nuestros amigos de siempre, pero en cuanto los encontramos nos dimos cuenta de que mostraban una cierta imagen desconocida. Intercambiamos sólo unas pocas palabras, y lo que más nos tocó fue una frase de Marcelo: “Todos estamos por salir a un viaje muy largo, pero no tenemos que despedirnos”. Enigma total. Se fueron sin más, y nosotros también. Hoy es el día siguiente, aunque no lo parece.

1764. PETICIÓN CUMPLIDA

“Que los ángeles me ayuden a encontrarte”, esa era la petición que él hacía cada día en un susurro que iba repitiendo tanto entre paredes como al aire libre. Pero los ángeles parecían estar ocupados en otras cosas, porque no aparecía por ningún lado alguna señal de que el encuentro estuviera por ocurrir. Los signos, sin embargo, se presentan cuando uno menos lo espera; y para él eso se manifestó aquella tarde mientras regresaba a su vivienda solitaria por una ruta enmontada. De pronto estaba junto a un pequeño arroyo que jamás había descubierto, y al seguirlo se halló ante una fila de ashokas que cubrían la entrada de una cueva entre las rocas. Ya en la cueva se percató de que en verdad era una capilla subterránea. Al fondo, la oficiante se volvió: ¡Era ella, la diosa anhelada! Y a su alrededor, los ángeles disfrazados de duendes le hacían valla…

1765. PUDIERA SER VERDAD

Toda la vida estuvo marcado por un ansia indescifrable: acercarse a cualquier forma de Divinidad sin perder contacto con los anhelos cotidianos. Y nunca se lo dijo a nadie para no perder la pureza del impulso. Pero pasaba el tiempo y poco a poco iba sintiéndose ajeno a sí mismo. Entonces le vino una prueba de fuego emocional: conoció a Nadine, que era una virgen incandescente. Él se sintió envuelto en una nube de deseos sin control. Y eso le hizo sentirse expuesto a un desafío casi mágico: la Divinidad acariciable dormía junto a él, sin tener que hacer ningún tránsito. Anhelo realizado.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (214)

1750. PRUEBA FINAL

El taxi se detuvo frente al número indicado en la calle correspondiente, la 78. El pasajero, vestido como si tuviera que asistir de inmediato a una ceremonia formal, pagó la carrera desde el aeropuerto internacional y esperó que el portero del edificio le ayudara con el equipaje. Pero nadie apareció. Entró y el sitio del doorman se hallaba vacío. Entonces se dirigió hacia el ascensor para subir al piso 12 donde estaba ubicado su apartamento. Caminó hasta su puerta, y tuvo la sensación de que lo hacía por una larga ruta desconocida, aunque externamente todo estaba igual. Llegó a la puerta y en cuanto introdujo la llave la hoja se abrió. ¿Pero qué era aquello? Un espacio totalmente ajeno al suyo. Entonces, sin ninguna ansiedad, empezó a sospecharlo: todo era el ensayo de una nueva realidad en otra dimensión, y por eso sin proponérselo iba vestido así.

1751. ENCUENTRO EN EL CAMINO

La vio en una parada de buses y desde el primer instante sintió que la atracción era irresistible, al menos de su parte. Iban en la misma ruta hacia el mismo punto: una colonia suburbana, superpoblada y peligrosa como tantas otras. Ella se bajó antes que él, y él no tuvo tiempo de hacerlo antes de que el vehículo reemprendiera la marcha. Desde ese momento, el ansia de identificar el lugar donde ella vivía se le volvió obsesiva. Hasta que lo logró algunos días después. Era en una casita que parecía choza, al borde de una ladera con quebrada al fondo. Se le acercó, sin más. «Estoy dispuesto a acompañarte a donde me digas. Tengo vacaciones en mi trabajo y dispongo de todo el tiempo libre». Ella no pareció sorprenderse por el ofrecimiento repentino: «Ah, pues entonces vámonos hacia el nuevo destino. Soy un hada que está de paso y que ya quiere escapar…»

1752. ACCIÓN DE GRACIAS

El jueves 22 de noviembre de 2018 fue el día de Thanksgiving en Estados Unidos, y por una de esas travesuras cada vez más usuales del clima resultó el más frío desde 1901. En la escalera de la iglesia de Santa Mónica, en la neoyorquina Calle 79 ya muy cerca del cruce con la 2ª. Avenida, el indigente mayor que acudía siempre a la iglesia a buscar refugio y no consuelo estaba esperando que el templo abriera sus puertas. La frigidez del aire contrastaba con la luminosidad del cielo. Parecía un contraste fuera de razón natural, y en el interior de aquel hombre perfectamente desprotegido ese contraste tenía su reflejo fiel: la necesidad total con el ansia sublime. Si alguien hubiera podido escuchar el susurro que salía de sus labios habría oído una oración sin fin con propósito de trascendencia agradecida. Se abrieron las hojas de entrada, pero él se quedó ahí, en éxtasis ya perpetuo.

1753. DE LAS OLAS AL NIDO

Despertó en el límite del tiempo necesario para estar listo a iniciar la jornada. Para colmo era lunes, ese día en que según decían nuestros antepasados «ni las gallinas ponen». Él había nacido un lunes, a las 4:20 de la madrugada, y siempre le dijo a su madre: «Dicen que el lunes ni las gallinas ponen, pero usté sí puso». Habían pasado los años y este era otro lunes, el día en que le tocaba ir a pedir la mano de Debbie, la novia que había descubierto en una de las playas donde menudean los surfistas. Iban, pues, a emprender la aventura sobre otras olas. Pero él lo que ahora quería era nido. Y luego de la petición de mano, ya cuando todos los presentes alzaban sus copas, él le expresó casi al oído a su novia ya formal: «Lo que te pido es que no nos casemos un lunes caluroso, porque lo que anhelo es que mi gallinita dé a luz entre las mantas suaves y no entre la espuma crispada…»

1754. PETICIÓN NATURAL

La fiesta se prolongó hasta que la luz solar estuvo a las puertas. Era uno de esos días especialmente luminosos, como si el aire quisiera demostrar a plenitud sus poderes más íntimos. Y cuando la señora encargada del servicio se asomó al amplio espacio de la casa donde se había dado el festejo, lo que vio fue una buena cantidad de jóvenes acomodados en los muebles o tendidos en el suelo, en total privación durmiente. No hizo ningún ruido, pero su presencia tuvo efecto. El que despertó era el más bizarro, y la orden estentórea no se hizo esperar: «¡Arriba, huevones, que la vida sigue!» Todos reaccionaron, cada uno a su manera, menos la bailarina del vientre, que parecía inmersa en un reposo mágico. Él fue a animarla, y ella al fin abrió los ojos: «No me interrumpas, que estoy ensayando mi próximo manejo de placenta…»

1755. EL MEJOR CONSEJO

En el cielo no había ni una sola nube. Era, pues, muy oportuno salir a pasear al aire libre para recibir directamente los efluvios de aquella nitidez estelar. Y así lo hizo, en compañía de su perrita basset hound, que ya tenía bastantes años de estar con ella. Mientras caminaban por una calle tranquila de los alrededores se les acercó casi corriendo un joven con un paquete en las manos. Ella se retrajo asustada, pero él quiso tranquilizarla, jadeante: «No tema nada, señora, que yo lo que quiero es ofrecerle esta mercancía con la que estoy juntado pisto para irme hacia el Norte». Abrió el paquete y aparecieron las imágenes pintadas en los cartones. Ella las revisó. «Ésta». Era su basset hound en persona. Le pagó mucho más de lo que él le pedía. «Gracias, sos un alma grande aunque parezcás un cipote pequeño. Y no tenés que irte al Norte: buscá los cuatro puntos cardinales…»

1756. TESTIMONIO VIVIENTE

Estaban preparando su próxima exposición en común, y ya había acuerdo en llamarla «La Artista y el Poeta». Ella era escultora y pintora y él narrador y poeta. La combinación perfecta, afirmaban los que los conocían. Habría imágenes y textos alternados. Lo que nadie advirtió, ni ellos mismos, fue que aquello que en apariencia era sólo un esfuerzo de armonía en común iba a convertirse en una aventura existencial de proyecciones abiertas. Cuando la exposición estaba montada, y la inauguración vendría muy pronto, fueron ellos dos solos, una tarde ya casi de noche, a revisar lo expuesto. En la penumbra, las dos figuras fantasmales iban recorriendo su propio universo íntimo. Cuando concluyeron la caminata, se quedaron detenidos en la puerta de acceso, y entonces el horizonte se les dilató hasta sus respectivos infinitos. La noche viva los llevaba de la mano.

1757. LA COMPAÑÍA IDEAL

Todas las estaciones del año tienen su agenda, porque la Naturaleza, como los seres personalizados, cumple un destino propio. En ese momento, y en el hemisferio norte, el otoño estaba en funciones. Y, como es normal en estos tiempos imprevisibles, había días gélidos y días amables. ¿Cómo era aquel día? Los recién casados salieron a la intemperie a constatarlo. Y lo primero que ella hizo fue preguntarle a su compañero: «¿Y nosotros en qué estación estamos?» Él se quedó dudando sin responder. Ella lo miró a los ojos: «Tu respuesta es perfecta: el calendario es todo nuestro…»