ÁLBUM DE LIBÉLULAS (229)

1875. CULTO DE DESVÁN

Cuando le llegó el momento de escoger opción de trabajo, decidió, inesperadamente, abrir una cafetería que invitara al descanso. Había estudiado ingeniería industrial, y aquella decisión resultaba casi inverosímil. Sus padres, cautelosos, no indagaron nada, pero Katia, su novia de siempre, se dio por sorprendida. Él esbozó una respuesta elusiva, y así quedaron las cosas. La cafetería se abrió con ilusión de bar, y él permanecía ahí, atento hasta a los detalles mínimos. De pronto, en cualquier momento, dejaba de estar visible por algunos instantes, y nadie sabía su paradero. Hasta que Katia, un día de tantos, se propuso seguirle la pista. Lo siguió por la escalerita disimulada, y arriba lo halló recostado en el colchón. «Es lo que siempre soñé: reencontrarme con el desván de mi infancia, cualquier día y a cualquier hora…»

1876. PARÁBOLA CON PROMESA

Sus bisabuelos maternos eran familia de costureros tradicionales, y la tienda de ropa que abrieron en aquella esquina de la ciudad de entonces ya no existía como tal, pero la edificación intacta que la albergara desde el primer momento se hallaba hoy en sus manos, las de un millennial dispuesto a romper brecha. Aún estaba soltero y podía decidir por su sola cuenta. Sus padres, que emigraran hacia el Norte dejándolo en poder de una tía soltera, apenas se comunicaban en fechas especiales. Él fue a revisar la casa vacía y abandonada. Los cuartos eran penumbrosos y sólo había al fondo un pequeño espacio que alguna vez fue jardín. Se sentía en su hogar. Y al estar solo podía emocionarse a sus anchas. Lanzó un breve grito. Se arrodilló. «¡Estoy de vuelta para acompañarlos hasta que la muerte nos reúna de veras en otro taller!»

1877. MISIÓN OTOÑO

Septiembre trajo aquella vez algunas señales más intensas y reconocibles que en años anteriores. Así, algunos árboles comenzaron espontáneamente a enrojecer sus follajes y algunos amaneceres despertaron con sensaciones friolentas que parecían ser efecto de nieves anunciadas. Aquel joven imaginativo empezó a mencionar el fenómeno, y la gran mayoría de las respuestas eran casi despectivas. «Cipote loco». «Estos ya no hallan qué inventar». «Mejor estudiá en vez de andar divagando»… Pero aquella mañana se topó en la calle con un vendedor ambulante de ropa. «¡Ey, muchacho! ¿Vos sos el mensajero del otoño, verdá?» Él abrió los ojos, sorprendido. «¿Cómo lo supo, señor?» «Ah, porque te voy a contar algo muy personal: el otoño es mi maestro y sé lo que quiere… Unámonos para servirle al Dios Otoño… ¿Te parece?»

1878. DEMOCRACIA EN PANTUFLAS

Como siempre, la temperatura política fluctuaba según las circunstancias, y eso hacía que los ciudadanos estuvieran constantemente a merced de los vaivenes temperamentales del clima humano imperante. Ahora mismo se estaba iniciando una competencia electoral de gran calado, y cada día el ambiente parecía un dilatado muelle en el que atracaban y despegaban los navíos circulantes, casi siempre sin previo aviso. Pero aquella mañana, el muelle despertó vacío. «¿Qué está pasando?», se preguntaban con palabras o sin ellas los habitantes de los entornos. El día avanzó, sin que la situación variara, y al fin alguien se animó a opinar: «Quizás la democracia se ha tomado unas horas de reposo, ahí en su hogar en los alrededores del puerto. Acabo de verla asomándose a su terraza, en pantuflas… De seguro lo necesitaba».

1879. MENSAJE DESDE EL FONDO

Hay que soñar… ¡Hay que soñar!… ¡¡Hay que soñar!!… No era una voz, sino un eco, que venía persiguiéndolo desde que tenía memoria. Y hoy, cuando su vida estaba en una especie de umbral frente al horizonte de los años por venir, el eco se hacía partícipe de la inquietud existencial creciente. Y es que él iba sintiendo cada vez más desde el fondo de su ser la necesidad de ponerse en contacto con las resonancias ancestrales, como si se tratara de un rito profundamente revelador. Hasta que llegó el momento en que la ansiedad acumulada se le desbordó y lo que hizo fue tomar la vía del escape. Le latía la pregunta: «¿Escape hacia dónde?» Y en ese mismo instante el eco le respondió: «Por fin te decides: hacia tu albergue más profundo en el fondo del sueño». Entonces abrió la ventana y se lanzó al aire. Su sueño era volar sin fin.

1880. NOS VEMOS EN EL MÓVIL

Estaban por cumplir diez años de casados, y aquella sensación le había venido creciendo a ella como una verdolaga imparable. Esa noche, cargada de relámpagos cercanos y truenos distantes, la sensación de que tenía que buscar refugio en un lugar seguro se le hizo inaguantable y llamó a su padre para pedirle que le permitiera ir a dormir a la casa de siempre. La respuesta fue inmediata: «Aquí te esperamos dentro de unos pocos minutos, y así nos explicas…» Llegó, pero no explicó nada, porque conscientemente no tenía nada que explicar. Al día siguiente, él la llamó, alarmado: «¡¿Dónde estás, Iris, que anoche te perdiste…?!» «¿Me perdí? ¡No, amor: me encontré!» «No entiendo». «¿Tenés encendido tu móvil?» Si lo tenés, ahí te explico…» Y las imágenes hicieron de las suyas. El próximo orgasmo sería eterno… ¡Hurra!

1881. ROSAS INVERNALES

En esas semanas del año la lluvia llevaba la batuta del aire, y el aire, que se rebelaba a ratos, casi siempre acababa sometiéndose a los dictados de las ráfagas de humedad intrépida. El día en que estamos es uno de esos días, y la suave y todopoderosa tentación de quedarse refugiado entre las colchas matutinas es muy difícil de vencer. Pero él tenía que hacerlo, porque el trabajo no daba permiso de otra cosa. Se levantó, estirándose, realizó con desgano los preparativos para irse a cumplir sus tareas y emprendió camino. Algo desde muy adentro lo movió a ir a pie. Avanzó un par de cuadras y de pronto creyó estar en otro entorno. ¿Qué era eso? ¿Alucinación? Lo que tenía a la par era la rosaleda de don Benjamín Bloom en la Avenida España. Las rosas le extendían sus pétalos. El aire sonreía y la llovizna también.

1882. CARA O CRUZ

Ellos eran una pareja de jóvenes que dentro de muy poco saldrían a ubicarse profesionalmente, y por la excelencia de sus desempeños académicos de seguro les esperaba una buena vida. Al pensarlo se quedaban callados, porque sus imágenes respectivas estaban en las antípodas. Para muestra un botón: ella quería un penthouse de última moda; y él, una casa clásica de las de antes. Y en ese dilema estaban hasta que sus padres, en conjunto, les pusieron un ultimátum emocional: «O se deciden o se olvidan». Y entonces asomó la solución intrépida: echar la suerte a cara o cruz.

LA OTRA ESPERA

LA OTRA ESPERA

Como era su inveterada costumbre, prefería estar mucho antes de tiempo en vez de correr con la urgencia de los minutos contados. Y esto lo aplicaba muy en especial cuando se trataba de vuelos aéreos, porque sobre todo en algunos aeropuertos del arbitrariamente llamado primer mundo, donde la angustia disparada por el terrorismo alcanza límites estratosféricos. Era lo que le tocaba aquel día, en el vuelo de Nueva York hacia San Salvador sin estaciones. Estuvo en el JFK varias horas antes de la hora señalada para la salida, y fue a tomar un bocadillo en una de las cafeterías vecinas a la puerta de acceso al avión.

Estaba haciéndolo cuando se le acercó una joven de talante misterioso, que se sentó a su lado sin pedir permiso:

–Yo a usted lo conozco. ¿Es Ramiro, verdad?

–No, señorita. Creo que no nos conocemos. Lorenzo Ruiz, mucho gusto.

–¡Ah, Lorenzo! Ya decía yo. Si no es Ramiro es Lorenzo…

El la miró como si estuviera ante alguien peligrosamente despistado, y ella entonces se le acercó más para susurrarle:

–¿No te parece muy inspirador que nos hayamos encontrado en el momento preciso para conocernos de veras?

–¿Cómo?

–Yo ya sabía que eras huidizo, y eso es lo que más me atrae.

Y soltó una leve carcajada como si estuviera revelando un secreto con picardía.

–Perdón, señorita. No sé qué pretende. Aquí lo dejamos.

En ese justo instante anunciaron que los pasajeros podían empezar a embarcar. Los que iban en sillas de ruedas ya lo habían hecho, y ahora les tocaba a los de Clase Ejecutiva. Ellos dos se dirigieron hacia la puerta. Y al ingresar se dieron cuenta de que iban en la primera fila, en asientos vecinos.

–Ya ves. Todo está calculado –dijo ella, con ironía sonriente.

Él miró hacia otra parte sin responder. Y así se emprendió el vuelo, con una suavidad que semejaba el tránsito de una nube. Ambos se durmieron muy pronto después del despegue, y aunque ninguno de los dos podía saberlo, sus sueños o entresueños eran exactamente iguales. Iban por una explanada junto al mar a la vez inquieto y tranquilo, de seguro haciéndoles eco a sus respectivas emociones incipientes.

Las voces aletearon en el aire de la ensoñación:

–Tengo la impresión de que vamos hacia algún destino desconocido –dijo él, con tono de bienvenida.

–Ese destino desconocido es justamente el destino –aclaró ella, sin énfasis.

–Vamos caminando, aunque lo hagamos en vuelo –pareció descubrir él con cierta sorpresa infantil.

–Es que caminar y volar son lo mismo cuando estamos en ruta hacia el misterio que nos reúne.

–¿Será eso el amor? –preguntó él, como si estuviera revelando su propia esencia.

Reacción al mismo tiempo intrépida y nostálgica:

–¡Bingo!

–¿Y qué esperamos, entonces?

–¿Para qué?

–Para que el primer beso nos ilumine la ruta.

Y en ese instante despertaron al unísono, con la humedad entre los labios juntos. La otra espera había terminado.

FANTASÍA CON ECOS

Cuando miró a su alrededor, la aglomeración de casuchas casi a punto de derrumbarse le hizo exclamar:

–¡Lo sabía, lo sabía!

Y sin pensarlo ni un instante se fue del lugar por una de los portones semiderruidos que daban a la calle pedregosa y polvorienta lateral, que no era por la que había llegado.

La tarde estaba en su mejor momento, con una bandada de celajes moviéndose sobre las colinas y los cerros inmediatos. Sólo el volcán, erguido en su invariable actitud de almirante retirado, parecía observarlo todo sin inmutarse.

Caminó con rapidez, que tenía todas las características de la urgencia, tratando de incorporarse a la ruta que lo llevara hacia su casa. Pero el despiste parecía inmanejable, y de pronto se encontró frente a un predio baldío donde se amontonaba la chatarra. Se detuvo. Y un pálpito de inquietud le hizo retomar su andadura, pero ya con signos de ansiedad angustiosa.

Las cuadras siguientes le fueron mostrando características cada vez más notorias de una urbanización abandonada. Y allá, al fondo, las elevaciones del terreno hacían ver las depredaciones inmisericordes del cambio climático.

Él se detuvo, y exclamó de nuevo:

–¡Lo sabía, lo sabía!

Y en ese momento casi se tropezó con un pordiosero que estaba acurrucado en un rincón inmediato, y que sin que él lo advirtiera de antemano le dirigió una pregunta que parecía un eco:

–¿Qué es lo que sabía, amigo?

Él pareció haber escuchado una voz de otra dimensión, sin que eso le causara ninguna extrañeza. Se detuvo. Miró hacia abajo y luego hacia arriba, como si no hubiera nadie junto a él, y dio la respuesta que guardaba dentro de sí quizás desde hacía mucho tiempo:

–Sabía que este no era mi mundo.

–Ah, pues ya somos dos.

–¿Y entonces?

–Hay que animarse, y avanzar o retroceder, porque todos los caminos están abiertos…

–¿Quién es usted?

–¿Yo? Un desconocido. ¿Y usted?

–Otro desconocido.

–Gracias, de veras.

–Igual digo.

Y en ese preciso segundo ambos desaparecieron del lugar, como si una fuerza superior los envolviera sin alternativas. Si alguien más hubiera estado ahí presenciando la escena y escuchando el diálogo era de imaginar que habría pensado:

–La Providencia tiene sus elegidos anónimos…

PARÁBOLA DE LA URGENCIA

Estaban en los últimos trámites emocionales antes de arribar a la definición de su destino compartido, y sus respectivas familias ya se preparaban para emprender las tareas de la alianza formal. La familia de él definiría la iglesia del enlace y la familia de ella tomaría a su cargo el agasajo posterior.

Ellos, los próximos contrayentes, se dedicaban a ponerles atención a las piezas de la alianza amorosa, que hasta ese momento se movían como estaba previsto sin ponerse de acuerdo de antemano, y tal con naturalidad era muy prometedora. Por eso sonreían ilusionados cada vez que se encontraban, que era a cada instante.

Llegó el día, y todo se hallaba a punto. Ella en su casa y él en la suya estaban alistándose para la hora de la ceremonia. Y en un sorpresivo enlace de voces interiores se hablaban así:

–Estoy contando los minutos –decía él, abrochándose el esmoquin.

–A mí me sudan las manos sólo de imaginarlo…

–¿Las manos solamente?

–¡Niño, no bromees con algo tan serio!

–Es que me muero por comprobarlo.

–Bueno, para ser sincera, yo también…

–¡Jajá!

–¡Jajajá!

–Entonces, te voy a proponer algo en la máxima confianza: fuguémonos ahora mismo, para ganar tiempo.

–¿En serio? ¡Me has leído el pensamiento! ¡Pies y manos a la obra!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (228)

1867. TERTULIA CON AUSENTES

Simpatizaron en las aulas universitarias. Y un día de tantos, la simpatía derivó en atracción, ya cuando estaban a punto de graduarse. Y de la atracción brotó el enlace. Reunidos en un bar inmediato, ella le dijo: «Me gustaría mucho conocer a tu familia». Él reaccionó como si se le hiciera un desafío inesperado. Se quedó en total silencio. Ella, lejos de alarmarse, pareció recibir una señal tranquilizadora. En los días siguientes, la relación fue entrando rápidamente en zona de intimidad. Y una tarde cualquiera él la invitó con sonrisa entrañable: «¿Quieres que vayamos a compartir con los nuestros?» Y ambos se dirigieron a un parque vecino con vegetación tupida en cuyo centro había un claro luminoso. Ahí se sentaron sobre el césped, cerraron los ojos y se dejaron envolver por las voces del silencio.

1868. SANTA FRAGANCIA

Se conocieron en un parque donde todos los árboles, arbustos y pequeñas plantas de flor parecían haber formado una hermandad para mantener vivo el mosaico de los colores naturales, entre los que el verde era el almirante indiscutido. Allá al fondo asomaba un faro majestuoso, porque aquel era puerto de primer nivel. Inmediatamente después de conocerse fueron a tomar una copa de vino verdejo en La Taberna del Obispo, enfrente de la Catedral. Estuvieron ahí, aprovechando la frescura de la mañana nebulosa, y a medida que hablaban se les iba despertando un ansia de estar juntos en algún jardín privado. Y como no conocían la ciudad por ser viajeros de crucero, se hicieron la pregunta crucial: «¿En cuál crucero viajas?»… ¡Era el mismo! El jardín lo tenían a la mano…

1869. MISTERIO NATURAL

Se decía en todos los medios: el cambio climático y la irresponsabilidad humana trabajan en creciente alianza para arruinar la vida en todas las latitudes. Y ellos, que habitaban en un poblado que se había vuelto destino de buscadores de emociones naturales, lo experimentaban cada día más. Ahí, a unos pasos, las aguas del lago daban muestra perturbadora del fenómeno. Suciedades indefinidas y residuos plásticos colmaban la superficie líquida, y se iban volviendo dominantes en la superficie anímica. Ellos, que eran sinceramente religiosos, empezaron a orar por la salvación de las aguas. Dejaron sus eventuales quehaceres y la miseria empezó a rondarles. Entonces llegó el aviso: las aguas, por su sola cuenta, empezaron a lanzar al aire todos sus residuos. Y el milagro anónimo sólo ellos lo advertían.

1870. DESDE EL BALCÓN MÁS ALTO

Lo soñó siempre, y ahora ese anhelo reanimante estaba a punto de hacérsele realidad. Con el empleo que había conseguido luego de graduarse con honores en la mejor Universidad del país podía financiarse la vivienda que quisiera, y eso era justamente lo que estaba haciendo: ir hacia el mirador más encumbrado que pudiera encontrar. Era una especie de torre con un apartamento por piso. Escogió el más alto, e invitó a su novia a que se fuera a vivir con él. Ella dudó, y en aquella duda él presintió que no había unión suficiente. Pero él sí se trasladó a habitar el lugar. Ahora estaba ahí, asomado al balcón, y el impulso de volar se le hacía irresistible. Una tentación peligrosa, que le produjo una angustia súbita. Y así comenzó a entender que el balcón no era tan confiable como él soñara…

1871. HAY SÍMBOLOS QUE MANDAN

Estaba en una de las mesitas ubicadas en la pequeña plaza. Junto a él, su esposa gozaba también del paseo mañanero por las calles de la ciudad. Ella bebía una copa de tinto y él un vaso de cerveza. La mezcla cervecera de agua, cebada malteada, levadura y lúpulo parecía abrirle zonas de evocación. Entonces, justamente cuando daba el primer sorbo, empezó a repicar el campanario más cercano. En ese instante un hombre mayor se detuvo junto a ellos, con un objeto rústico para limpiar zapatos. «Señor, ¿me permite que le limpie los suyos?… Necesito ganar algo para comer este día». «No, gracias, ya nos vamos». Entonces el hombre hizo una irónica reverencia: «Buen viaje, amigos, que su insensibilidad les acompañe». Él entonces le extendió unas monedas, y el limpiabotas las recibió con sonrisa de misión cumplida.

1872. A SOÑAR DESCALZOS

Las inundaciones y las sequías se hallaban alternativamente a la orden del día, como si el clima sufriera trastornos bipolares. Esa vez, al fin de la estación lluviosa, los impulsos rafagosos venían con violencia excepcional. Y ellos, la pareja de jóvenes que iniciaban su vida en condiciones muy estrechas, tenían que ingeniárselas para llegar a sus trabajos: él como cuidador de ventanas y ella como limpiadora de pisos. Hasta que en esa fecha el agobio turbulento era tal que no pudieron salir. La casucha en que vivían estaba por inundarse y quizás por derrumbarse. Ellos, desvelados y abrazados sobre el lecho frágil, aguardaban, sin saber cómo resguardarse de lo que podría ocurrir. Y entonces algo pasó. Cesó de súbito la borrasca y el sol se asomó por el ventanuco, para decirles: «¡Salgan al aire, se lo ofrezco a ambos para que vayan a soñar descalzos!»

1873. LIBERACIÓN ANTICIPADA

El día que fue a pedir la mano de Aurelia fue justamente el siguiente después de aquella noche en que durmieron juntos por primera vez en la más estricta clandestinidad, porque ambas familias eran tradicionales de pura cepa, y no admitían ninguna libertad fuera de lo establecido. Cuando estuvieron todos sentados en las poltronas heredadas, las miradas comenzaron a cruzarse, como si todos estuvieran tratando de averiguar algo. Por fin, y ya cuando la bandeja andaba repartiendo copas de Dom Perignon, la madre de la novia rasguñó el incómodo silencio: «Que un beso de amor inaugure la nueva época…» Los futuros desposados se rieron, bajando las miradas; y eso bastó para que el ambiente se alterara de súbito. Todos comenzaron a levantarse, y los novios, liberados, se fueron a un rincón a hacer planes para su nueva vida sin ataduras formales.

1874. IMAGEN PARA DESPISTADOS

Estaba acumulando días para tener a la mano lo más pronto posible su período vacacional. En la empresa donde trabajaba las consideraciones para los empleados eran prácticamente inexistentes, y por eso él no se hacía muchas ilusiones. Al final consiguió un par de semanas. Y en cuanto les dio inicio se dio cuenta de que no tenía ningún plan previsto. La pregunta de siempre volvió a brotarle: «¿Y ahora para dónde cojo?» Se sentó en el borde de la acera y todos los que pasaban junto a él imaginaban de seguro que era un indigente. Y sin saberlo estaban en lo justo.

LOS ECOS DEL MAÑANA

LOS ECOS DEL MAÑANA

Cuando sus padres, casi al azar, lo matricularon en la Academia Británica no podían haberse enterado de que aquella decisión movida por el interés de que su hijo primogénito pudiera tener una educación primaria y media de primer nivel iba a ser un surtidor de imágenes que llegarían hasta los más remotos rincones del futuro. Una de esas imágenes estaba hoy junto a él en una de aquellas sillas tradicionales de la Shepherds Tavern, en la calle del mismo nombre de Westminster 1, en el corazón de Londres.

A esa taberna esquinera, de apariencia invitadoramente clásica, había llegado aquella mañana de septiembre, ya cuando los respiros del otoño circulaban por el ambiente medio nublado. Se detuvo y entró, sin más, como si alguien estuviera invitándolo desde adentro. Se ubicó en una de las sillas altas que estaban junto al ventanal que daba a la calle, y la única persona que atendía se le acercó para preguntarle qué iba a ordenar. Pidió un doble de vodka Grey Goose en las rocas, y se puso a observar a los pocos transeúntes que pasaban. De pronto la vio y no pudo contener el impulso de salir a su encuentro:

–Disculpe, ¿es usted Olivia?

Ella, sorprendida, no supo qué responder, porque él estaba preguntándoselo en español en pleno Londres. Él no se dio por entendido y siguió hablándole en su idioma:

–¡Disculpe, ando en busca del almacén Harrods, y pensé que usted podría orientarme!

Ella, entonces, lo tomó de la mano y lo llevó hacia adelante por Park Lane, frente al Hyde Park, superpoblado de árboles invitadores a excursionar entre ellos como si la gran ciudad no existiera alrededor. Y él, en un golpe de intuición iluminadora, se detuvo sin más:

–Perdón, me confundí, lo que quiero no es ir a un almacén, por deslumbrante que sea, sino internarme en un espacio verde, como en mis mejores memorias…

Ella se sintió tocada a reconocer:

–Sí, soy Olivia, y estoy aquí para servirte de dama de compañía…

–¿Sólo de compañía?

Y la pregunta pareció diluirse en el aire levemente fresco del mediodía ya casi otoñal. Las nubes de siempre eran la cobija anhelada de aquel encuentro sin previo aviso, al menos en el plano de la conciencia indagadora, porque todo aquello bien pudiera ser un ensueño puramente imaginativo que brotara de alguna laptop mental.

Pero las sensaciones eran tan vivas que no podía haber duda fundada: estaban ahí, entre la vegetación inconfundible, ese mundo de hojas que les envolvía la conciencia.

–¿Quieres que vayamos a alguna parte?

–Sí, a mi refugio temporal.

Caminaron entonces hacia los alrededores de The Dorchester, el emblemático hotel donde seguían deambulando las imágenes de Elizabeth Taylor y de Richard Burton, huéspedes habituales que se caracterizaron siempre por su vitalidad destructora y por su figuración legendaria. Y cuando estuvieron dentro, en The Promenade, esa sucesión de mesas para comer y beber con el kiosco de las bebidas y el piano al fondo, fueron a sentarse en un rincón y ahí estuvieron hasta que las luces se fueron desvaneciendo…

Después, nadie supo lo que pasó con ellos. De seguro pagaron su cuenta y se retiraron. O tal vez tomaron un cuarto del hotel y se fueron a descansar luego de aquella jornada tan intensamente insospechada.

Es lo único que podemos decir antes de cerrar el capítulo de aquella historia sin principio ni fin.

MEMORIAS INVERNALES

Se quedó pensando en ellas, en esas memorias pobladas de relámpagos y de rayos que parecían a punto de dejar en pedazos las lejanías, y lo que ahora tenía enfrente era aquel paisaje urbano en el que las arboledas veraniegas parecían no animarse a dejarle paso al otoño inminente. Salió a la calle después de avisarle a ella, a Melanie, que permanecía como todas las mañanas de sábado inmersa en su jacuzzi rebosante de espuma.

Cuando llegó a la calle sintió que aquel sábado traería sorpresas envolventes, quizás porque el influjo espumoso le circulaba amablemente por la conciencia. Fue a deambular por la ciudad serena y clásica antes de ir a comer sus ostras favoritas en L´Orléans, la brasserie ubicada en Allée d´Orléans, muy cerca de las aguas. Se quedó como siempre en una de las mesas que dan a la calle, junto a las bicicletas puestas en fila.

En ese instante, el aire parecía expectante, como si estuviera observándolo para percibir hasta el mínimo detalle de sus expresiones, más mentales que faciales. Llegó el mesero a pedirle su orden, y lo hizo en francés, que afortunadamente era el idioma en el que él iba entrenándose día a día. Lo que pidió, como era de prever, fueron esas ostras incomparables que estaban siempre a disposición, por ser emblemáticas del ambiente.

Estaba en Bordeaux, al borde del Atlántico, y había llegado ahí después de dar muchas vueltas en la mente y en el mapa. Pero aquel arribo tenía otro significado, con nombre propio. Melanie, la joven a quien conociera en la penumbra de un sábado invernal en un restaurante estudiantil muy cerca de la Universidad parisina donde, como un juego magnánimo de la suerte que de seguro andaba rondándole desde que tenía conciencia, allá en los desnudos cerros de su origen, él había logrado la beca inimaginable.

Melanie trabajaba como gestora de ventas luego de concluir sus estudios en esa misma Universidad, y en cuanto se vieron hicieron clic. Él, que provenía de aquella zona pobre del trópico, y ella, que era originaria de los alrededores de la capital francesa. Como si la mano traviesa del destino quisiera hacer alegremente de las suyas, según viene haciéndolo desde que el mundo es mundo, allá en el imaginario Paraíso.

Muy poco tiempo después de armar relación, sin saber si sería fugaz o duradera, tuvieron otro aviso insospechado: una doble oportunidad de trabajo en la zona vinícola de Bordeaux, él como encargado de seguridad y ella como promotora de negocios.

En un comienzo, el diálogo de la cercanía había sido simple:

–¿Te llamas?

–Melanie. ¿Y tú?

–Heriberto.

Se quedaron mirándose fijamente, como si esperaran los apellidos:

–Urbain –dijo ella.

–Montes –dijo él.

El contraste animador lo decía todo.

Y ahora ese diálogo tenía otra carga anímica:

–¿Te interesa el amor? –preguntó ella.

–Me interesa soñar despierto.

–¡Ah, poeta el joven!

–No, inventor de respuestas.

Y esa mañana, con cielo levemente encapotado, pensaba en una nueva respuesta: la de su ansia de buscar horizontes. El mesero se le acercó:

–¿Otra copa de Pinot Noir, señor?

–No gracias: agua pura.

Y al decir agua pura apareció de inmediato la llovizna alrededor. Era como si sus experiencias más hondas e imborrables resurgieran para decirle: «Estamos aquí, acompañándote en el umbral de tu nueva vida»…

LLEGÓ LA HORA O

La luminosidad solar era esplendorosa, y entonces el capitán reunió a la tripulación bajo las alas de los velámenes que avanzaban en mar abierto y habló con su austeridad característica:

–Aunque no lo parezca, vamos a enfrentar una borrasca de consecuencias imprevisibles. Les ordeno que estén preparados.

Todos los tripulantes conocían su estilo, y después de asentir sin palabras esperaron órdenes; pero lo único que recibieron fue un gesto indicativo de que podían volver a sus respectivas labores.

Las horas siguientes transcurrieron sin ninguna novedad; pero ya cuando la tarde estaba por emprender su jornada de retiro, algo como una gran mancha en movimiento fue dibujándose en el horizonte sin fin. Y la mancha creció segundo a segundo hasta que se derramó estrepitosamente sobre el navío. Era un conglomerado de aves desconocidas. Cuando se levantaron, el velero alzó vuelo con ellas. La hora 0 era un mensaje de la eternidad.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (227)

1859. MISTERIO DE LA LUZ

Dentro de muy poco empezaría a amanecer, y ya algunos de los sonidos circundantes lo anunciaban con la puntualidad sabida. Las aguas, como era su inveterada costumbre, se movían como si estuvieran dando la bienvenida, en ese momento a la claridad emergente, que era la expresión entusiasta de un nuevo día. Éste, el día del arribo. Toda la tripulación se hallaba lista para integrar sus tareas, y nada parecía diferente a lo de todas las jornadas. Hasta que algo comenzó a dar la pauta de una extraordinaria novedad. Y es que lo que iba poniéndose a la vista no era el puerto esperado, sino una multitud de rocas inhóspitas. Los tripulantes se pusieron en guardia, y la luz del día les hizo saber que estaban por arribar al escombro del destino imaginado…

1860. SOL CON MEMORIA

Allá al fondo están los cerros de distintas tonalidades de color según la época del año: verdeantes o verdosos en tiempo de lluvias y cafés o terrosos en los meses de la temporada seca. La luz decide. Él los observa a diario por esa ventana que es su mirador desde que adquirió aquella vivienda precisamente para tener la anhelada perspectiva. Se halla justamente ahí esta tarde en que ya la luz solar comienza a mostrar las ansias de la despedida. Entonces él no puede contener el impulso de hablar en voz alta: “Amigo de toda la vida, ¿no te parece que ya es hora de que compartamos experiencias?” Y el Sol le toma de inmediato la palabra: “¡Si lo hemos hecho mil veces, hombre! Lo que hoy tenemos que hacer es irnos juntos de juerga entre la penumbra de la noche…”

1861. MISIÓN DEL CONACASTE

Había crecido tanto que ya casi todo su amplio ramaje se alzaba sobre la pendiente empinada que daba a la calle vecinal, que seguía siendo de polvo. Todos los habitantes de los alrededores tenían aquel árbol como una especie de guardián natural, y con frecuencia iban a reunirse bajo su sombra, como si cumplieran así con un ceremonial de espiritualidad espontánea, sin credo pero con fe. En algún momento llegó a instalarse al lugar aquel joven con pinta de misionero, y en cuanto llegó a estar debajo del conacaste se sintió envuelto por un aura de destino. Pronto se decidió a hablar entre los asistentes, no de religión sino de familiaridad. Todos empezaron a sentir que eran discípulos del árbol, que los abrazaba cada vez que estaban cerca. Protección perfecta.

1862. AUGURIO INMEMORIAL

Almorzaban en el restaurante Ibo, frente al Tajo, aquí río urbano que viene de tan lejanas alturas. Habían llegado a Lisboa, que era la última estación de su viaje de bodas, y al brindar con vino verde sintieron al unísono que aquel momento les traía augurios de entrega irreversible. ¿Por qué? Nada excepcional estaba pasando afuera: la ciudad, alzada sobre colinas, simplemente los observaba como a dos paseantes más; pero las aguas fluyentes sí parecían saludarlos a él y a ella como si se tratara de entrañables compañeros de ruta. El larguísimo río se entregaba a la inmensidad del mar a cada instante; y ellos estaban ingresando a cada instante en una nueva vida con horizonte abierto. Brindaron, entonces. Y ambos, ellos y el mar, se saludaban mutuamente.

1863. MISTER PRASAD

Al verlo por primera vez le pareció un curioso personaje fantasmal entre la impresionante arboleda de aquel bosque de ciudad. Supo que se trataba del encargado de cuidar el entorno natural en el hotel más que centenario que había sobrevivido con todos sus árboles en medio de las construcciones. Pero ese jardinero mayor mostraba una característica externa muy propia: siempre iba vestido de traje oscuro, con corbata y pañuelo, como en una ceremonia de gala. En algún momento de su estadía en el Taj West End se le acercó ya sabedor de que lo llamaban Mister Pradad. El aludido lo miró y de inmediato le dijo: “Gracias por estar aquí, en Bengaluru; la próxima vez que venga por favor tráigame semillas de su tierra, ya que nuestros climas son idénticos…”

1864. EL AIRE TAMBIÉN DUERME

A la hora de escoger dónde vivir en su nuevo destino profesional lo hizo con una dedicación personalizada al máximo, como si presintiera sin alternativa que iba a establecerse ahí para siempre. Se fue a la zona más alta de la ciudad de provincia donde había conseguido la mejor oportunidad laboral para un principiante, y ahí se decidió por aquella especie de balcón sobre la roca donde había una construcción muy antigua, recientemente rehabilitada para responder a las excentricidades del gusto actual. Se instaló, y el primer día soplaba un viento animado al máximo. Él, con ánimo juvenil, tuvo que aferrarse a un saliente para no volar. Pero al día siguiente la calma era total. Y él creyó entender el mensaje: “Es que también el aire tiene que reposar para poder cumplir con su tarea”…

1865. PRIMER AMOR

Fue adicto a ver películas románticas desde que inició, en la infancia más temprana, sus excursiones solitarias por la ciudad en la que vivía desde siempre. Sus padres habían tomado camino cada quién por su lado, y él estaba a cargo de la abuela materna, que pasaba el día entero dedicada a su labor docente. Aquella tarde de enero, ya cuando las vacaciones de fin de año tocaban a su fin, él se fue a su cine favorito a ver la película de reestreno que protagonizaban Ingrid Bergman y Humphrey Bogart. A la salida sintió que el aire le traía un mensaje, como si fuera una soplo fragante de arena del Sahara. Y desde aquel momento se marcó su camino: en algún momento del futuro llegaría al Marruecos imaginario, a revivir su Casablanca.

1866. VECINDARIO FUGAZ

¿Qué extraño fenómeno venía produciéndose y reproduciéndose en aquel reducido valle entre montañas imponentes? Los pocos habitantes del lugar no se lo preguntaban, porque nunca habían tenido ninguna tentación de interpretar los signos que les rodeaban. Fue el explorador recién llegado el que se cuestionó el hecho de que ahí, en abierto contraste con lo usual, todo parecía desaparecer con gran rapidez, hasta las vidas de los residentes. ¿Qué era aquello? Y al hacerse la pregunta, él mismo comenzó a desvanecerse. Y sintió la infinita paz de los elegidos del aire y de la luz…

EL AMOR ES UN DUENDE

EL AMOR ES UN DUENDE

La bailarina bajó de la amplia tarima donde actuaba todas las noches frente al auditorio masculino característico del lugar. Cuando hacía su número en el tubo crecía el entusiasmo de los asistentes, que a esa hora ya estaban poseídos por la euforia alcohólica. En el lugar, como era natural, reinaba una penumbra poblada de imágenes y de aromas muy propios, y lo que se sentía en todo momento era que ahí todos estaban a sus anchas. Pero, como siempre ocurre en cualquier circunstancia donde lo humano se manifiesta, dentro de cada mente había luces y sombras.

Ella se dirigió hacia la barra inmediata, donde alguien desde hacía buen rato estaba enviándole señales discretas pero inconfundibles. Era un hombre bien vestido, de mediana edad, que desde la perspectiva del lugar en que ella hacía su número parecía mayor de lo que mostraba la cercanía.

–Hola, ¿nos conocemos? –preguntó ella, con sonrisa provocativa.

–De seguro que sí, aunque yo sinceramente no te recuerdo –respondió él, devolviéndole la provocación.

–Entonces estamos correspondidos –agregó ella–, porque yo tampoco te recuerdo, aunque…

–Aunque todo puede pasar, sobre todo entre personas como tú y yo.

–Ah, ¿y eso qué significa?

–Que estamos hechos el uno para el otro.

Ella sonrió, y de inmediato soltó la carcajada.

–Sos un iluso, amigo. Porque yo no estoy hecha para nadie.

–Bueno, eso podemos comprobarlo.

–¿Cómo?

–Con una noche en penumbra en la que nuestras manos les hagan el trabajo a nuestros ojos…

–¡Qué lindo! ¡Vamos!

Y se fueron de ahí, sin decir a dónde. A la mañana siguiente cada quien apareció en su propio entorno. Nadie supo nunca lo que pasó aquella noche, pero no era necesario averiguarlo: a todas luces la felicidad los había convertido en fantasmas gemelos.

SI ANOCHECE, DESPIÉRTAME

Se conocieron una tarde de octubre, mientras caía sobre el parque una leve llovizna. Aunque siempre habían vivido en el mismo vecindario, extrañamente jamás se habían cruzado, y por ende aquel encuentro tenía la condición radiante de la primera vez. En cuanto se vieron comenzaron a sonreír, sin saber por qué. Y como el parque era de los de antes y estaba poblado de tupidos arriates, sin proponérselo conscientemente fueron dirigiéndose hacia el banco más rodeado de ramajes y de malezas, que más parecía un camarín olvidado. Al encontrarlo, ambos se sentaron. Hasta ahí, no había habido palabras. Pero al estar ubicados, las frases simultáneas se hicieron presentes:

–Tú te llamas Aurora, ¿verdad?

–Y tú te llamas Ángel, ¿no es cierto?

Se rieron suavemente al unísono.

–Pero no creas que vivo en las alturas.

–Ni tú vayas a pensar que tengo condición de luz primeriza.

De nuevo la risa los envolvió.

Se fueron separando a lentos pasos, hasta que estaban suficientemente cerca para escucharse y suficientemente lejos para no alcanzarse.

–¿Qué te parece si nos vamos juntos a esperar la noche en algún lugar que nos reciba como a viejos conocidos? –dijo él, provocativamente.

–¿Por ejemplo?

–Tu casa o la mía.

Ella bajó la cabeza, con expresión de vergüenza, mientras susurraba:

–Yo no tengo casa.

–Ah, pues yo tampoco.

–Qué misteriosa coincidencia.

–Y eso significa que, como dice aquel bolero clásico, estamos en las mismas condiciones –explicó él, con tono casi profesoral.

–Pues yo nunca he oído un bolero.

–Ah, pues te falta vivir mucho.

–Eso sí, porque aún soy virgen.

–¡Dios mío: milagro!

–¿Por qué, si la verdadera virginidad se aloja aquí? –afirmó ella, tocándose la sien, como si le hablara a un párvulo.

Se levantaron de la banca y se fueron al ático donde él tenía sus cosas de estudiante soltero. La tarde estaba en las últimas y ninguna luz se hallaba encendida.

–Somos libres –expresó él.

–Libres para jugar con el tiempo.

–Entonces, juguemos. Si anochece, despiértame.

–Y si amanece, acúname.

MISIÓN DEL HUMO

Era ya muy tarde en la noche cuando aquella pareja de recién reconciliados llegó de regreso a su vivienda, después de asistir a un espectáculo de música contemporánea en un pequeño teatro de los alrededores. Al abrir la puerta de entrada lo que les recibió fue una humareda con olor a cocina de las de antes. Se detuvieron sin entrar, como si la sorpresa les hubiera paralizado la voluntad. Pero él reaccionó casi de inmediato:

–Algo está pasando adentro. Vamos a ver.

Ella se resistió sin decir palabra, y sólo cedió cuando él la tomó de la cintura y la hizo avanzar con impulso de caricia.

Ingresaron, y, en cuanto estuvieron adentro la humareda pareció abrazarlos cariñosamente. A medida que penetraban hasta el dormitorio, que estaba en un segundo piso de madera crujiente, el humo iba adquiriendo, quizás por obra de una desconocida imaginación, el carácter de efusión consagrada.

No recordaban haber dejado así las cosas, pero el lecho matrimonial se encontraba perfectamente ordenado para ser el mejor refugio nocturno.

Se miraron a los ojos.

–Quizás alguien entró a darnos esta sorpresa –dijo ella, emocionada.

–¿Alguien? ¿Pero quién, si no tenemos parientes en los alrededores ni amigos en el vecindario?

–Es que en estos tiempos cualquier cosa puede pasar.

–Sí pero nosotros nunca olvidamos las llaves ni hay signos de que forzaron la cerradura…

–¿Y qué hacemos, pues?

–Nada. Gozar el momento.

espectrosMEMORIOSOS

Murió don Adilio después de padecer durante mucho tiempo una enfermedad terminal. Era un señor reservado y escurridizo. Sus familiares inmediatos –la esposa y dos hijos, un varón y una hembra a punto de dejar la adolescencia— ya se habían resignado a esa separación anunciada. Y por eso el velorio no estaba envuelto en aura deprimente, sino más bien parecía un encuentro de antiguos conocidos.

Ya cuando la noche iba alejándose de sus horas tempranas, casi no había nadie en el recinto, aunque los deudos cercanos permanecían reunidos muy cerca del féretro.

La esposa les dijo entonces a los hijos:

–Dentro de poco nos vamos, porque mañana tenemos que estar aquí temprano, ya que mucha gente prefiere dar el pésame lo más pronto posible…

Ambos asintieron aliviados. Y en ese justo momento ingresó un grupo de personas que para ninguno de ellos eran identificables.

Los recién llegados no saludaron a los presentes y se fueron a ubicar en un extremo de la sala.

De pronto esos recién llegados se incorporaron de sus asientos, y sin previo aviso comenzaron a cantar a capela. Canciones de los años 60. Rock en diversos estilos.

Al concluir una de esas canciones, el mayor de los cantores tomó la palabra:

–Esto es en honor a Dilo, nuestro compañero de tantas aventuras juveniles. Si no resucita con esto ya no habrá cómo…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (226)

1851. CITA CON EL DESTINO

El arribo del vuelo estaba programada para las 2 de la madrugada, pero cuando él despertó de su cómoda somnolencia y vio su reloj se percató de que la hora era ya bastante más avanzada y aún iban en las mayores alturas. No le dio importancia, porque los itinerarios con frecuencia son así; pero cuando las horas fueron pasando como si nada se animó a preguntarle a la azafata: «Señorita, ¿está previsto que aterricemos pronto?» Ella se le quedó viendo con mirada de sorpresa, y sólo hizo un leve gesto indefinible. Él fue a hacer su necesidad al baño y cuando estaba ahí, frente al reducido espejo, algo se dibujó detrás, como una imagen casi mística. Entonces tuvo la corazonada de que aquel viaje era hacia el infinito. Volvió a su asiento junto a la ventana. La tierra firme estaba debajo, diciendo adiós.

1852. SOMOS DIOSES, ¿RECUERDAS?

La nave emprendió viaje sobre las aguas tranquilas, y el horizonte se fue dibujando como una estancia de acogida, sin figuras visibles. Ellos fueron a instalarse en su cabina, que era de las mejores, y luego de ponerlo todo en su lugar se asomaron a la veranda, para entrar en ambiente. En efecto, todo auguraba un trayecto naturalmente idílico, en perfecta armonía con sus estados de ánimo. Y es que aquel era un viaje de bodas, pues recién acababan de trenzar votos de amor sin fin. Como siempre pasa, de pronto surgió en la cercana lejanía un promontorio en crecimiento. «Es ahí», dijo él. «¿Tan pronto?», preguntó ella, agregando: «Pensé que sería el punto final de la travesía». «Sí, pero acabo de mover las piezas del mapa para llegar de inmediato. Ya no aguanto el ansia de ocupar nuestro nuevo hogar en la isla encantada…»

1853. AMISTAD PERFECTA

Estaban reunidos por primera vez desde hacía mucho tiempo, porque en lo que algunos viajaban otros estaban inmersos en sus trabajos profesionales. No eran familiares, pero como si lo fueran; más aún, la antigua amistad se les había ido volviendo un vínculo anímico indisoluble. Lo curioso era que en tanto menos se veían más unidos estaban, como si la cercanía física tuviera efecto de repelente invisible pero invencible. Aquella vez, en el encuentro todo transcurría con la lasitud acostumbrada, hasta que uno de ellos preguntó: «¿Qué hacemos aquí: por qué no nos vamos a la orilla del mar, donde al menos las olas se mueven?» Fue suficiente para que todos se levantaran para coger cada quien su camino. Y la frase de alguno dio la pista: «Amigos para siempre, como siempre, ahí nos vemos sin tener que vernos…»

1854. TRANSFIGURACIÓN AL DÍA

En el barrio se decía que aquel muchacho con apariencia de inocente vagabundo era en verdad gatillero de un grupo criminal. Nadie se sorprendía, porque la delincuencia estaba a tope, salvo aquella señora que tenía en la zona su tiendita desde siempre. No hacía ningún comentario, pero pensaba para sus adentros: «¿Cómo es posible que Nachito, al que le enseñé catecismo con otros cipotes del vecindario, ande en ésas…?» Hasta que un día la noticia la zarandeó. Nacho, el gatillero, había quedado sin vida, con el cuerpo cruzado de balas, luego de un enfrentamiento con la Policía en uno de los callejones más peligrosos del entorno. La Niña Tere se fue a la iglesia a rezar un rosario por el alma de Nacho, y como por arte de magia lo halló en la calle: «¡Chit, chit, chit, Niña Tere, ya no tengo armas, sólo recuerdos!»

1855. ¡UNA AYUDITA, POR FAVOR!

Sin saber por qué, la suerte se le había venido volviendo un deshoje constante y progresivo. El tronco y el ramaje de su existencia estaban cada vez más a merced de lo inevitable, y eso se manifestaba a las claras en su forma de vida. La familia se le alejaba inmisericordemente. Los trabajos iban en picada, perdiendo categoría y frecuencia. Los bienes desaparecían como piedras rodantes. Nuevas oportunidades ni por asomo. Sólo la salud permanecía intacta. Un día de tantos, tuvo que quedarse a vivir en la calle. Buscó una que fuera muy transitada para tener más acceso a la caridad transeúnte. Nadie parecía advertir su presencia. Pero de pronto una imagen se le acercó y le tendió la mano, sonriente. Él lo reconoció sin más: «¡Tú por fin! ¡Has venido sin que te llame, Ángel de la Guarda! ¡Una ayudita, por favor!»

1856. SON COSAS DE LA SED

Cuando le cogió aquel ahogo desesperado, sus familiares inmediatos lo llevaron al hospital público más cercano, para que no fuera producírsele un cierre total de la respiración. Con frecuencia había venido padeciendo episodios más o menos análogos, pero nunca tan inquietantes como aquél. Los médicos, luego de hacerle los exámenes exteriores del caso, concluyeron que su comportamiento orgánico no presentaba ningún síntoma alarmante. «Quizás es un ataque de ansiedad», les dijo sonriendo uno de los galenos, el más joven, que apenas estaba iniciándose en el ejercicio. Ellos respiraron tranquilizados y se lo llevaron a casa. Pero esa noche vino un nuevo acceso. Todos dormían, menos él. Se incorporó y buscó auxilio líquido. Lo único disponible a la mano era aquella botellita de tequila. El trago le hizo respirar. ¡Aleluya!

1857. TRAGALUZ HACIA EL SUEÑO

Se conocieron en un festejo. Armaron su relación como un pequeño rompecabezas inocente. Iniciaron su vida en común con lo estrictamente necesario. Y fueron incorporándose a la rutina doméstica sin ningún sobresalto anticipado. Muy pronto Delmy quedó embarazada y Julián pasó a buscar ocupaciones adicionales para poder sufragar los gastos de las obligaciones presentes y por venir. Entonces, y de manera súbita, empezó a crecer entre ellos una especie de maraña de sentimientos encontrados. Ninguno de los dos se animaba a comentar aquel hecho, hasta que él no aguantó: «Has dejado de quererme, ¿verdá, Delmy?» «Pues yo creo que sos vos el que ha dejado de quererme». Y entonces ambos al unísono miraros hacia arriba. Ahí estaba el tragaluz, animándolos a no darse por vencidos. Anochecía con invitación.

1858. CADENAS ESCONDIDAS

Aquella noche, después de departir con amigos en el bar de siempre, regresó a su estancia en el edificio vertical al que acababa de pasarse. Su piso era el más alto, y desde ahí podía contemplar las etapas del día y de la noche como si fuera un pájaro posado en una nube. Esa medianoche, sin embargo, el juego de sus sensaciones parecía trastornado. Un ahogo sin causa aparente le dominaba el ánimo. Se tendió en el piso de la pequeña terraza y cerró los ojos. La lejanía abierta estaba causándole pánico. ¿Qué era aquello? Sus memorias de infancia infeliz lo invitaban al sótano…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (225)

1842. ENIGMA VOCACIONAL

Cuando le preguntaban qué quería ser al llegar a grande, él daba la misma respuesta con toda seriedad: «Astronauta». Por supuesto, los que le oían tomaban aquello como una excentricidad infantil, aunque algo quedaba resonando en el aire circundante. Llegó a la adolescencia y la transición no le trajo novedades. Vino el inicio de la adultez y entonces pareció tentado por el ansia de desaparecer del ambiente que le rodeaba. Usó el argumento del estudio superior para que sus padres lo enviaran al extranjero. Y curiosamente lo que eligió estudiar fue ingeniería de minas. Nadie le puso atención al contraste entre su primera ilusión de vida y lo que estaba escogiendo como destino. En su interior, sin embargo, todo estaba claro: la subterraneidad sería su trampolín hacia lo alto. ¿Acaso estaba empezando a pensar como poeta?

1843. MISTERIO PRENOCTURNO

Fuimos vecinos desde mucho antes de tener voluntad propia, y aunque nuestras familias eran muy diferentes por sus orígenes y por sus puntos de vista frente a la vida, el hecho de estar ahí, compartiendo vecindario, nos provocaba una afinidad espontánea. Como niño y niña apenas nos comunicábamos, porque cada quien andaba con sus congéneres; y luego como adolescentes las miradas comenzaron a funcionar de otra manera. Un día la invité al cine. La película era romántica, al estilo de entonces. A la salida, la invité a tomar algo fresco en un lugarcito cercano. Y luego nos fuimos caminando, ya con la noche alrededor. De pronto estábamos avanzando por la acera a la par de un jardín. Me detuve, porque una rosa parecía estarme llamando para ofrecerse. La corté y se la di a ella. Y esa rosa se mantiene viva desde entonces, perfumada de ilusión.

1844. AQUELLA TARDE EN EL LEELA

Ahmed puso como siempre sobre el vidrio del mostrador, en cuyo interior guardaba multitud de objetos a la venta, aquella caja de piedras preciosas muy al estilo del lugar. La pareja de visitantes compradores le pusieron atención al contenido, que él, con su gesticulante elocuencia habitual, iba mostrándoles, pieza por pieza. Se detuvo por un instante antes de enseñarles la que parecía ser la joya de la corona. Como ellos ya conocían al vendedor en muchas visitas anteriores, aguardaban la oferta del día. Pero en esa ocasión resultaron sorprendidos, porque no era un topacio ni una amatista, sino una curiosa piedra que parecía guijarro común con aquel fulgor en el centro. Ahmed lo tomó en la palma de la mano y se lo extendió a ambos: «Es un corazón para compartir. Viene de una gruta desconocida. Ustedes son los destinatarios». Ellos, conmovidos, lo aceptaron.

1845. A BUEN ENTENDEDOR…

Comenzaba a atardecer y el trabajador puntual se disponía a recoger todos sus útiles cotidianos para iniciar la vuelta a casa. A la hora en punto dejó su esquinado escritorio y salió del recinto. «Hasta mañana, don Sóstenes. Feliz tarde clara», le dijo el guardián de la puerta. Él, a su estilo, respondió con un gesto. Afuera, la tarde resplandecía. Sacó su gruesa chamarra con gorra añadida y se la puso. Los transeúntes lo miraban de reojo. No tardó mucho para que el inocente resplandor del cielo les dejara paso a los nubarrones amenazantes. Estaba por llegar a su vivienda, en el extremo de una callecita de colonia marginal. La borrasca se desató. El agente policial que circulaba por ahí saludó a don Sóstenes: «¿Y usté, mi amigo, cómo supo que iba a llover así? Ahora sí respondió: «Es que las nubes me mandaron un correo. Nos conocemos desde siempre…»

1846. BUENOS DÍAS, INCIENSO

El amanecer era aún esa caja de destellos imaginados en las manos del aire. Lo que casi nadie era capaz de percibir de antemano era que aquel día la llegada de la luz solar iba a ser un rito desconocido. Quien sí lo percibía de manera espontánea era aquella joven que estaba esperando su primer hijo, ya separada de su pareja por incompatibilidades no imaginadas de antemano. La joven salió de su humilde morada y se dirigió hacia el arroyo más cercano, que fluía entre árboles y peñascos como si quisiera ocultarse haciéndose más visible. Al estar junto al agua, se arrodilló, tomándose entre las manos el redondo refugio del niño por llegar. Y el parto comenzó a ocurrir, sin ningún auxilio adicional. Cuando ella tuvo a la criatura entre sus brazos se sintió envuelta por una nubecilla de aroma consagrado. El arroyo pareció detenerse por un instante. Amanecía.

1847. CUERVO MISIONERO

Cuando el inspector pasó revista, su conclusión fue la de siempre: «Todos los escombros están en orden». Los habitantes del condominio estaban reunidos como en tantas ocasiones anteriores, pero esta vez surgió un detalle fuera de lo común. El habitante recién llegado pidió la palabra: «Perdone, señor, pero yo tengo la sensación de que aquí se ha dado algo sobrenatural». Lo vieron como si fuera un extraño peligroso, pero él se quedó impávido, como si lo poseyera una convicción inalterable. Entonces del fondo de los escombros acumulados se fue levantando la forma de un ser con alas, y el sonido estridente de su canto circuló hasta por los más escondidos rincones. El grupo de los que estaban ahí cambiaron el gesto, y se volvieron círculo, animados por una repentina afinidad. El cuervo se elevó hasta la ventana más alta y ahí se disolvió.

1848. Y DE NUEVO LAS NUBES

Era verano incipiente, y aquel borbollón de nubes era lo menos esperable entre el atardecer bordado de luces. Pero ahora, no sólo climáticamente sino en cualquier sentido, todo puede pasar, hasta lo más inverosímil. Y desde aquella ventana, que más bien era un ventanuco, la percepción era personal al máximo. El adolescente que por ahí se asomaba parecía en éxtasis, como si estuviera ante un altar que lo acogiera con los brazos abiertos. No tardaría mucho en llegar la hora de la cena, que siempre hacían temprano y en familia. Él se unió las manos sobre el pecho y empezó a murmurar una oración. Sólo unos segundos después se desató una tormenta insospechada, con rayos y centellas. El adolescente se arrodilló. Nadie estaría pensando en cenar. Podía permanecer ahí, en compañía de sus eternas aliadas, las nubes, el tiempo que quisiera…

1849. IDENTIDAD OCULTA

Desde que tuvo conciencia supo que su vocación era ser peregrino. Así, pues, salió muy pronto a recorrer el mundo. Llevaba un mapa, que de repente se le volvió borroso. «¿Hacia dónde voy?», se preguntó. Y una voz profunda le respondió: «Hacia el Olimpo, que es tu vivienda original».

1850. DESPERTÓ BLANCANIEVES

Alrededor, los árboles movían armoniosamente sus ramajes, en un aplauso inmemorial. «¡Sí, Blancanieves ha despertado de nuevo, y el bosque lo celebra como su amigo más fiel!»

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (224)

1834. ALBORADA CREPUSCULAR

La jornada estaba por concluir y todos se preparaban para regresar a los respectivos espacios hogareños. Era en ese momento cuando Erick se sentía más ajeno a todo, porque desde hacía unas pocas semanas carecía de hogar. El día en cuestión empezó a percibir desde temprano que algo estaba reverberando dentro de su conciencia. Cerró todo en su pequeño despacho, salió de la oficina y se quedó vagando por los alrededores. Sin proponérselo, estaba ahí, en el parquecito que hacía tanto que no visitaba. Se internó en él, y de pronto la vio. Era ella, Ligia, su aún esposa. Se le acercó: “¿Me permites?” “¿Qué?” “Compartir el silencio”. Ella lo miró con un énfasis olvidado: “Vamos entonces a nuestra casa, la que dejamos al separarnos. Necesitamos refugio…”

1835. OTRA FORMA DE AMAR

Se miraron intensamente a los ojos frente al reflejo vivo de la luna llena, que estaba haciéndose presente como lo que era, una deidad puntual, y aunque muchas veces lo habían hecho antes, en esta oportunidad el flujo compartido tenía un toque de tierna luminosidad que bien se podía calificar de mágico. Pero ellos no sentían en ese instante ningún efecto desconocido; por el contrario, la naturalidad más espontánea iba envolviéndolos hasta que ambos murmuraron al unísono: “Vamos a visitar la espuma de la playa…” Y de inmediato emprendieron camino, como si el sonido de la eternidad estuviera llamándoles con urgencia. De seguro el trayecto fue muy largo, porque cuando el mar en movimiento espumoso estuvo a su alcance ya casi era noche de luna nueva. Entonces volvieron a mirarse a los ojos, y en compañía de la espuma se sumergieron en el mar del alma.

1836. LOS NAVEGANTES SIGILOSOS

En el muelle principal, que había sido reconstruido, cada día iban apareciendo naves diferentes, desde veleros clásicos hasta buques casi virtuales. Por ahí circulaban a toda hora los encargados de atraque, de descarga, de limpieza y de seguridad; pero había muchos momentos en los que la soledad y el silencio imperaban de manera impecable. Y aquel era uno de esos momentos. De pronto, apareció una figura en uno de los extremos del muelle, a la que se le fueron uniendo otras. Y cuando todas estuvieron reunidas frente a una de las embarcaciones, alguno de los presentes dio la orden en silencio, pero con una elocuencia irresistible. Subieron entonces por la escalinata que había aparecido de repente. Al ingresar el último, el barco se desperezó y alzó vuelo. Nadie se dio cuenta.

1837. TAREA DEL DÍA

No era por supuesto la primera tarea en la ruta, ni siquiera una de las primeras. Aquella especie de batallón servicial cumplía encargos sucesivos. Los miembros del grupo, organizados con disciplina estricta, lo tenían todo preparado. Y como era de esperar, en un instante llegó la orden inapelable. Todos comenzaron a moverse hacia el objetivo, que ya era visible: un volcán de desechos en el filo de un muro de piedra antigua. Avanzaron, se acercaron, llegaron. Al estar frente al promontorio, el que dirigía la tarea se puso enfrente y dio las órdenes del caso. Cada uno de los participantes tomó su carga, y todos, en fila india, se fueron dirigiendo de regreso a su lugar de origen, que estaba ahí, a flor de tierra, porque todos pertenecían al mismo hormiguero.

1838. EL VIENTO SÍ RESPONDE

Tuvo siempre la ilusión obsesiva de que los seres naturales se comunicaran con él por la vía que fuera. Y así, cuando era niño, arrimaba el oído a los troncos de los árboles del entorno, para tratar de recibir alguna señal de vida que fuera reconocible; cuando era adolescente, se arrodillaba al borde del arroyo que le salía al paso en la ruta cotidiana, y ahí, con los ojos cerrados, aguardaba los mensajes del agua fluyente; luego, en su primera adultez, iba a los parques con la novia de turno y se tendían juntos sobre la hierba fresca para descubrir algún pálpito subterráneo. Nada en ningún momento. Y hoy, cuando ya andaba en trance de madurez mayor, se propuso el último intento. Subió la colina y cerró los ojos. Luego de un tiempo indefinido oyó aquella voz. La del viento en su interior.

1839. TODO PUEDE PASAR

La autoridad policial y militar ha emprendido la tarea de recuperar el control territorial usurpado por las organizaciones pandilleriles. Los policías y los soldados patrullan por colonias y caseríos en busca de delincuentes, y en cualquier momento del día y de la noche pueden aparecer de improviso. Así ha ocurrido esta madrugada en el pasaje que sirve de frontera entre los territorios que controlan ahí las dos maras presentes. Los habitantes de la casita número 7 duermen como todos los días, y no se dan cuenta de nada de lo que pasa afuera. Cuando amanece, comienza la actividad matutina. Y al salir ellos a sus respectivos destinos cotidianos se percatan: una curiosa quietud impera. Parece que están en un mundo totalmente deshabitado. Nadie circula. Nada se mueve. Hasta el aire brilla por su ausencia. ¿Es un juego del tiempo?

1840. LAS FLORES POR VENIR

Estaba iniciando su formación universitaria, y había escogido una carrera que nadie hubiera imaginado: horticultura urbana. Él había sido siempre muy reservado, aunque sin llegar a la hurañez; y su madre se animó a preguntarle cuál era su mayor deseo de cara al futuro. Luego de un silencio característico respondió: “Tener mi propio huerto con alma de jardín”. Ella sonrió en tono que estaba a punto de ser burlón: “Pero hijo, para tener jardín primero tienes que tener casa, y para tener casa tienes que estar en condiciones de adquirirla… Nada de eso puede darse como por obra de magia. La vida es un proyecto”. Él soltó su respuesta, que parecía preparada: “Voy a ser un horticultor exitoso, ya van a ver. Y ese jardín que anhelo ya se está preparando aquí…” Y se tocó la sien. Ella entonces dejó el tema tranquilo.

1841. MANDATO SUPERIOR

El consejo de familia estaba reunido para tratar el caso de Máximo, que era el nieto menor, cuya extraña conducta ponía velos sombríos sobre la suerte del conglomerado familiar. Máximo, sin ser invitado, se hizo presente: “Dejen a un lado todas sus especulaciones. Yo soy un emisario de nuestros antepasados y vengo a poner orden… Vamos a volver al origen: somos campesinos y volveremos a serlo…” Hubo un relámpago, y de repente todos estaban sentados sobre el polvo húmedo, con todos sus otros recuerdos borrados.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (223)

1826. ENTRE AMIGOS

Este año la temporada lluviosa ha sido particularmente volátil, como para hacernos sentir que el cambio climático está aquí. Un bromista de nuestro pequeñísimo círculo de allegados de confianza preguntó en un encuentro vespertino con tragos al gusto: «¿Y eso del cambio climático que no es otra especulación viralizada en las redes sociales?» Yo me atrevo a responder: «Ay, cipote, parecés un señor de los que vivían en aquellos entonces en los vecindarios de la calle 5 de Noviembre…». Todos se ríen, y el aludido y yo chocamos las manos para confirmar nuestra condición de vecinos inveterados. Otro nos lanza entonces el reto: «Y ustedes dos, que se las dan de cincuenteros, ¿por qué no nos cantan un bolero de su tiempo?» Nuestra respuesta es una: «¡Aquí te va, jovencito, jajajá!» Y empiezan a sonar las voces de «Flor de azalea» mientras la tormenta con rayos llega a acompañarnos.

1827. EL MISMO QUE VISTE Y CALZA

Se fue muy joven hacia el Norte, cuando hacerlo no era tan riesgoso como es hoy. Su familia no volvió a saber nada de él, salvo que vivía allá en una zona que se llama Long Island. Pero el tiempo transcurre, y a veces se vuelve destapador de cajas cerradas. Y en una de esas volátiles cajas había un montón de imágenes irreconocibles, salvo quizás una, la de ese hombre aún joven que iba manejando un taxi. El señor que estaba parado en una esquina le hizo señas al taxi para abordarlo. El motorista del vehículo en un primer instante pareció no advertir la señal, y pasó de largo; pero de inmediato se detuvo y retrocedió. «¿Quiere que lo lleve?» «Bueno lo que quiero es una respuesta. ¿Vos sos Hilario?» El conductor sacudió la cabeza. «Sí, soy yo. ¿Y usted?» «Aníbal, tu hermano. ¿Ya no me reconocés?» «¡Es que éramos niños!» Y el abrazo los convirtió en gemelos…

1828. OTRA PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

La Librería del Prado, en la calle del mismo nombre, estaba cerrada porque aún no eran las 5 de la tarde. Él le dijo a ella mientras pasaban enfrente: «No se te olvide que estamos en Madrid, y que aquí el horario es muy distinto al nuestro». En cuanto dijo aquello ambos sintieron al unísono que sus sensaciones se tomaban de las manos. «¿Y entonces qué hacemos?» «Pues lo de siempre en las tardes madrileñas: caminar hasta que llegue la hora». Se fueron a vagabundear por la zona, sin otro propósito que acumular sensaciones conocidas con anhelo novedoso. Sin proponérselo estaban ante una tienda de antigüedades, que no eran sus objetos favoritos pero que en este caso tenían un imán inesperado. Lo que había en la vitrina era un conjunto de retratos. Se detuvieron para observar. «¡Mira aquellos dos!» «¡Somos nosotros!» Y el parpadeo del tiempo les hizo sonreír.

1829. AYER Y HOY

Una de sus nietas, que era adicta al cine de antaño por Netflix, le preguntó una tarde de sábado mientras la familia departía en el amplio corredor posterior de la casa donde la abuela vivía desde siempre: «¿A quién te gustaría parecerte más, abuelita: a Sara García o a Prudencia Grifell?» «¡Uy, las abuelitas clásicas de la Época de Oro del Cine Mexicano!» «Yo pensé que te gustaba ser abuelita, y por eso te pregunto…» «Bueno, pues ser abuelita está bien; pero yo quiero ser abuelita que no parezca…» «¿Cómo quién, pues?» «Déjame pensar… Como Olivia de Havilland…» «¿Quién es?… ¿Y por qué?» «Pues porque Olivia me cautivó en su papel de jovencita en «Lo que el viento se llevó»… Y luego siguió apareciendo hasta su retiro… Hoy es una dama de más de 100 años…, y eso es lo más inspirador…» «¡Ay, abuelita, lo que más me gusta de ti es que nunca perdés la ilusión!»

1830. LA BUENA NUEVA

El jefe los había convocado a reunión estratégica para aquella misma tarde, como si hubiera urgencia de tomar decisiones. A la hora señalada ya estaban todos reunidos en la sala de sesiones, cuyos ventanales daban a un predio baldío que nunca había merecido ninguna atención. Desde el inicio todo indicó que no había nada trascendental en agenda, y todos estaban a la expectativa de lo que fuera a decir el superior. Él se hallaba en silencio en su silla de mandamás, como si nada pasara, y al final habló: «Amigos, los he convocado para informales algo muy personal…» Todos pensaron, de inmediato y en esperanzador silencio, que iba a anunciar su retiro. Él los observó con expresión enigmática. Luego esbozó una sonrisa. «No, no se ilusionen: no me voy a retirar: lo que voy a hacer es comprar esta empresa para reciclarla con gente nueva. ¡Así que a arreglar sus bártulos!»

1831. SENTENCIA MUSICAL

El Jefe dio la orden sin alternativas, como siempre: «Van a la casa del Zambo y me lo traen vivo hoy mismo, aunque se resista». Aquella tarde-noche, los esbirros se dispersaron por la barriada donde el Zambo solía deambular haciendo de las suyas. No estaba en ninguna parte. Regresaron al lugar del Jefe, que era una casa clásica tomada por la organización porque le gustó al líder. El Zambo vivía ahora ahí, y andaba propalando que ya sabría el Jefe cuáles serían las consecuencias de aquel despojo. Un día lo encontraron y se lo llevaron al Jefe. Cuando ya estaba adentro, se dio la refriega. La gente del Zambo y la gente del Jefe liados en el estruendoso fuego cruzado. Hasta que llegó el silencio adornado de cadáveres. En alguna de las casitas de los alrededores estaba sonando la canción de José Alfredo Jiménez: «No vale nada la vida,/ la vida no vale nada…»

1832. «SHOKING GAME»

Tenía marcas moradas en el cuello. Su padre le preguntó, como experto en costumbres muy actuales: «¿Has estado practicando el ‘shocking game’? Ella, que era una adolescente en busca de emociones, negó con un leve movimiento de cabeza. Y aquella misma tarde, cuando se reunió con su grupo de amigas ilusionadas por el peligro, les contó la pregunta de su padre. «No decaigás, amiga, que para eso estamos nosotras aquí. ¿Vamos al juego, verdá?» Todas las presentes asintieron, y ella tomó la iniciativa para que no fueran a creer que se acobardaba. La líder del grupo le extendió entonces aquel cinturón que parecía sacado de una película antigua. Ella lo tomó con emoción, y empezó su prueba alrededor del cuello. Las presentes la animaban con saltos vibrantes hasta que cayó al suelo. No volvió a despertar. Todas se escaparon. El fin es siempre solitario.

1833. LA NOTICIA IMPOSIBLE

Desde la más temprana edad fue adicta a los deportes extremos, sin acatar ninguna advertencia. Y así, cuando llegó el momento de decidir destino expresó tajante: «Voy a ser alpinista, y en las cumbres más altas del mundo». Sus familiares, como siempre, la dejaron hacer, porque no había alternativa. Así tomó camino con una despedida simple, como si fuera al café de la esquina. Nunca volvieron a saber de ella. Quizás estaba en algún barranco nevado. ¿Qué hacer? Lástima que no podían enterarse de que la alpinista había alzado vuelo desde la azotea superior…