ÁLBUM DE LIBÉLULAS (233)

1907. ALTAR SONRIENTE

En los bordes de los tejados vecinos los grupos de palomas que venían en bandadas a volar en torno se alineaban con disciplina impecable. Siempre juntas, como si fueran una comunidad monástica. Él, que era el habitante mayor en el edificio de apartamentos que se hallaba enfrente, se asomaba constantemente desde su ventana en uno de los pisos superiores a participar contemplativamente del rito que parecía programado por un maestro que no fallaba nunca; y el fiel cumplimiento de aquella contemplación le producía una serenidad que les daba alivio inmediato a los distintos avatares de una cotidianidad cada vez más poblada de sobresaltos. Pero llegó un día en que tuvo que preguntarse a sí mismo cuál era la identidad de lo que le producía tal sensación. Y del fondo de su propia experiencia brotó la respuesta: “Estoy ante el altar del aire que sonríe…”

1908. CAMINO DE POLVO

Desde que tenía memoria, su afición a caminar descalzo por las veredas del cerro vecino se había vuelto parte natural de su rutina cotidiana. Esto sólo podía hacerlo entonces en los fines de semana y en los tiempos de vacaciones, que eran cuando estaba en la casa de la finca donde vivían su madre y su padrastro. Pero todo aquello fue cambiando para él con el paso del tiempo: cuando ingresó en la vida universitaria desaparecieron las vacaciones programadas, y sus visitas al lugar se hicieron fugaces e imprevistas. Sin embargo, la atracción original seguía ahí, en una comarca perfectamente identificable de su mente. Y el desenlace llegó cuando se decidió a adquirir vivienda propia: regresó al lugar originario, buscó a Lucía, reemprendió con ella el romance de adolescencia, y la invitó a irse en un camino de polvo, descalzos ambos, hacia el futuro.

1909. UN RESPIRO INEFABLE

La casa familiar se fue vaciando en corto tiempo, a partir de la hora en que sus padres dispusieron separarse luego de muchos años de distanciamiento progresivo. Ambos tomaron cada quien por su lado, porque los hijos ya estaban en edad de manejarse por su cuenta. Bueno, salvo él, que era el único graduado universitario pero no sabía cómo administrar su cotidianidad. Él se quedó en la casa, solo y en plan de indigente con recursos. Sólo salía a comprar algunos comestibles y, muy de vez en cuando, piezas de vestir. En verdad, sólo contaba con la compañía de su ventana, que abría muy de vez en cuando. Era como un ermitaño constipado de soledad. Pero un día recibió un regalo sin enviador ni destinatario. El bote con una sustancia para fumigación fragante. Y entonces recordó que existe el aire puro y se fue al jardín más próximo a reconciliarse con él.

1910. LA SOLEDAD ES UN ESPEJO

Sus padres casi se lo preguntaban a diario cuando era un adolescente a punto de concluir su formación secundaria: “Hijito, ¿qué querés ser cuando seás grande?” Y él, ya por costumbre, se quedaba mirándolos sin responder. Sacó su bachillerato y era la hora de elegir carrera universitaria, pero entonces les avisó a sus padres: “Me voy a ir unos cuantos días como turista de mochila. Ahi me comunico con ustedes en el trayecto…” Ellos no hallaron qué decir, y él se fue de inmediato. Pasaron los días y las semanas. Los padres comenzaron a inquietarse, pero en eso reapareció. Parecía otro. Vestido de traje oscuro, con gesto de joven emprendedor y mirada de adulto inminente. Ellos indagaron por su actitud. Él respondió: “No se extrañen. Fui a terapia conmigo mismo. La soledad es un espejo que gira hacia el interior…”

1911. QUE HABLEN LAS HOJAS

Todas las palabras se quedaban en vilo cuando aquel señor de misterioso porte aparecía en el umbral. Aquella tarde, ya con la claridad solar en retirada, el sitio de reunión, rodeado por un amplio boscaje, se hallaba prácticamente vacío, y eso le daba a la ocasión un tinte de originalidad a la vez sutil y comprometedora. Sólo había un par de jóvenes sentados sobre la alfombra, que mostraban la actitud de los iniciados incipientes. Ellos parecieron no advertir la presencia del señor, y él, sin darse por aludido por aquella inadvertencia, fue a ubicarse en su atril, se despojó de su chamarra y abrió el libro que estaba dispuesto. Comenzó su disertación trascendental, pero ellos no se dieron por aludidos. Al final, el señor les pregunto: “¿Qué les pareció el mensaje?” Ellos no disimularon su opinión: “Nosotros sólo escuchamos el mensaje de las hojas…”

1912. SERVICIO SUPERIOR

“¿Qué te pasa, amor?” Era la pregunta de siempre, y él respondió también lo de siempre: “Nada que no sea mi realidad”. Ella entonces simuló un aplauso y lanzó su frase favorita: “Eres el rutinario más original que existe. ¡Bendiciones!” Se abrazaron y ya estaban dispuestos a salir al aire abierto a buscar el lugar más propicio para tomar sus bocadillos vespertinos. Aquel restaurantito con terraza que era posición ideal aquella noche de luna creciente. Les dieron su sitio favorito, y no había nadie en las mesas aledañas. Ya ubicados, pidieron una copa de vino tinto, y él tomó impulso para sincerarse: “Debo confesarme contigo: mi realidad me impulsa a tomar mi camino en solitario. ¿Comprendes?” Ella le tomó mano, emocionada: “¡Amor, estamos en la misma onda! Si nuestros caminos se encuentran, el aire lo dirá!”

1913. LA CORBATA GRIS

Fecha de la boda estaba cada día más próxima, y los preparativos se aceleraban al mismo ritmo. Los contrayentes eran contrastantes: él, un vagabundo que se había convertido en emprendedor; ella, una bailarina que había derivado en promotora de modas. Sus personalidades, sin embargo, coincidían en algo muy básico: el ansia de notoriedad. Así las cosas, llegaron a los umbrales del compromiso definitivo. En uno de los días inmediatos había que definir los últimos detalles. Y él se centró en uno que parecía insignificante: la corbata de su traje. “Es smoking, pero yo voy a llevar mi corbata favorita. La gris que me regaló mi abuelo, que fue la primera que usé en la vida”. “¿Gris?”, preguntó ella con gesto desabrido: “¿A quién se le ocurre? Puede ser hasta de mala suerte”. “Entonces, aquí lo dejamos. Gris o nada”. Ella dio la vuelta. Adiós.

1914. INMEMORIAL FIDELIDAD

La estación lluviosa se estaba iniciando y las siembras comenzaban a multiplicarse en los entornos. Era una planicie propicia para ello, y en las pocas viviendas rústicas que había en el lugar también se activaban los huertos hogareños. Todo parecía exactamente igual a lo ocurrido por costumbre en aquella época del año, pero un curioso habitante emergía sin que nadie pareciera advertirlo. Era él, el retoño de la planta exótica que sus dueños trajeran de muy lejos hacía unas pocas semanas. Estaba habituándose al clima y a la compañía. Y si le hubieran preguntado habría respondido: “Voy a crecer hasta las nubes para atisbar desde aquí mi jardín de origen”.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (232)

1899. DESDE LA VENTANILLA

¿Cuántas veces había hecho aquella ruta que lo llevaba al jardín de Britanny? Él lo llevaba todo apuntado a mano en una agenda que había estado guardada en el ropero de su abuela materna y que él encontró unos días antes de hacer su primer viaje al jardín imaginado. En esta ocasión el recorrido en el ACELA tenía un motivo muy especial, que vinculaba los años vividos con la solemnidad del clima. Era otoño, y los árboles ya se hallaban cubiertos de veladuras rojizas, de irrupciones amarillas y de remembranzas verdosas . En el camino, de apenas dos horas y media entre Penn Station de Nueva York y Penn Station de Baltimore, iba repasando sus palabras. Pero llegó y sobraban las palabras. Britanny lo esperaba con un agasajo de compromiso. ¡Por fin! El otoño observaba, sonriente, desde su ventanilla…

1900. SE ME EXTRAVIÓ EL ÁLBUM

Como todas las mañanas, desperté antes de que amaneciera; pero hoy hubo una diferencia inesperada: cuando lo hice era yo el que estaba envuelto en una aureola igual a la que se posa entre los árboles vecinos cuando el sol se hace presente. Me sentí a la vez ilusionado y angustiado, quizás porque lo único que estaba a mi alcance era aquella sensación de que todo puede pasar cuando se abren las opciones de lo inesperado. Afuera, la nubosidad seguía prevaleciendo, y eso me hacía estar a la expectativa. De pronto, una bandada de libélulas entró por la ventana y fue a ubicarse hasta en los más escondidos rincones. En ese instante, la emergente luz solar se apoderó de todo. Yo entonces me sentí compelido a dar mi propia explicación: «Queridas libélulas, ténganme paciencia porque se me ha extraviado el álbum…»

1901. CELEBRACIÓN FLUYENTE

Era 21 de noviembre, y la fecha tenía un efecto visual inescapable. Ese día, muy temprano, y con el otoño en marcha, llegaron al Hospital para que le practicaran a ella la operación programada. Él se quedó en la sala de espera, que daba a la calle y a un sitio arbolado. Ahí aguardaría los llamados correspondientes. El primero fue al cubículo de antesala, ya ella en su silla especial, mientras le aplicaban por goteo el líquido protector. Se la llevaron a la sala de operaciones y él volvió a la sala de espera. El segundo fue hacia el salón de recuperación, ya con todo concluido. El doctor les dijo: «Todo salió bien. Ya no hay catarata. Los espero mañana para retirar el parche». Esa noche, en su cuarto frente a la bahía de Baltimore, él le anunció: «Aunque sea otoño, de aquí nos vamos a las Cataratas del Niágara, a celebrar…»

1902. ¡FELIZ AÑO NUEVO!

Habían culminado los preparativos para llevar adelante aquella celebración que era la tradicional todos los años en el seno familiar. La mesa arreglada, las luces encendidas, la música dispuesta… El más expresivo de los organizadores preguntó, a su estilo: «¿Todo está puesto donde debe estar?» Y los que circulaban por ahí asintieron con sus respectivos gestos. Sólo faltaba dejar transcurrir los últimos minutos. ¿Minutos? Eso era lo que decía el reloj, pero algo muy distinto se dibujaba en el entorno. «¿Alguien falta?» «¡Sí, Luciano!» Luciano era el hijo menor, que se caracterizaba por ser el más servicial. Una hora después, y ya traspasada la medianoche, apareció Luciano, jadeante. «¡Perdonen la tardanza, pero es que el Año Nuevo andaba de escapada, y me costó atraparlo para que estuviera aquí, en su cena!»

1903. VOZ EN LA RUTA

«El otoño es mágico», acaba de decirme ella mientras el tren se desplaza por la planicie donde toda la vegetación ha cambiado de traje para estar a tono con la estación imperante. Los verdes han ido escapando cada día más de prisa y en su lugar están aquí los rojos y los amarillos en sus más atrevidos matices. Ahí, de pronto, y por los segundos que permite el tránsito rápido de la máquina, un árbol de proporciones ancestrales nos envía con su iluminación espontánea un saludo de fraternidad inspiradora. ¡Sí, vamos aquí, de regreso al nido neoyorquino, con las ánimas dispuestas a seguir adelante, luego de una prueba de salud que los artistas del Johns Hopkins Hospital han resuelto a su estilo. El tren se acerca a la Gran Manzana, y entonces ella me recuerda: «Si así es el otoño de la vida, vivámoslo al máximo!»

1904. PROEZA DEL DESTINO

Hay seres de agua, hay seres se polvo, hay seres de humo… Lo tenía claro desde que a muy temprana edad comenzó a tener conciencia de los matices humanos. Porque se trataba justamente de eso: de matices emocionalmente relevantes. Y por eso, cuando entró en la edad de las conexiones amorosas, lo primero que él tenía en cuenta era la identidad profunda de la persona, que casi nunca era un dato consciente. Y en eso llegó ella, Marigold, que arribaba con inspiración floral. Después de conectar con las miradas, ella le lanzó un dardo sonriente: «Soy nadadora, caminante y rescatista.. ¿Te suena?..» Él se quedó en silencio, como si revisara su cuaderno de pistas interiores. Y después de unos segundos le brotó la respuesta: «¡Eres la mujer perfecta: los elementos nos alumbran!»

1905. REALISMO INGRÁVIDO

Ayer hubo solsticio, y las hojas de los árboles vecinos, que eran una comunidad superpoblada, lo hicieron sentir con pálpitos ilusionados. Nuestro conocido era uno de esos personajes que se hacen sentir más por su ausencia que por su presencia, y en esta oportunidad eso tenía un significado muy especial: llegó a la cena a la que lo habíamos invitado en confianza cubierto con el abrigo de sus antepasados. Lo miramos con extrañeza, aunque lo conocíamos desde siempre. Uno de nosotros le susurró con una sonrisa: «El verano ya está aquí. ¿Te diste cuenta?» Él, que era un detallista compulsivo, nos miró con expresión casi desconcertada: «¿El verano? ¿Y eso qué significa?» Nos quedamos estupefactos, sobre todo viniendo de él. Y de inmediato lo entendimos. ¿Verano, invierno, humedad, resequedad? Ilusiones anímicas del aire. ¿O no?

1906. OBRA DE SÍMBOLOS

Era apasionado de los aromas, y en estos tiempos en que prácticamente todas las fragancias creadas para el uso se van volviendo usables por ambos sexos, tal adicción le era aún más abundante y cautivadora. Aquel día descubrió en la tienda Diptyque una loción nueva: Geranium Odorata. La adquirió de inmediato, y esa noche se la aplicó abundantemente para ir a cenar con ella, la mujer de sus ensueños odoríficos. Ella lo miró con ilusión instantánea: «Vienes como conquistador, ¿verdad?» Y él le tomó la palabra: «¡Es que soy un geranio reencarnado!»

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (231)

1891. ETERNO RETORNO

El velero se desplazaba sobre las aguas de aquel mar que sólo se sabía que lo era porque así lo caracterizaban los mapas. En cubierta, unos cuantos tripulantes iban atentos a los perfiles que se dibujaban en el horizonte. Y uno de ellos hizo de pronto el gesto anunciador con sonido emocionado: “¡Ahí está! Por fin llegamos”. Todos los demás le hicieron eco, apretujándose sobre la borda. Y uno de ellos dio la orden: “Hay que ir a avisarle, para que salga”. El más joven de los marineros lo fue a hacer de inmediato. Pero el aludido ya venía hacia arriba a paso rápido. “¡Ahí está la isla, señor! Montecristo lo aguarda. Es mucho tiempo desde aquel día”. No había dónde atracar, porque la isla seguía deshabitada. El Conde alzó los brazos, agradeciéndole al promontorio que estaba enfrente. Una bandada de gaviotas le daba la bienvenida.

1892. INOCENCIA CÓSMICA

Durante mucho tiempo se creyó que la tierra era plana, y luego se ha venido creyendo que la tierra es redonda. La ciencia da su dictamen en los tiempos sucesivos, y así queda abierta siempre la posibilidad de que nuevas imágenes vayan surgiendo en el devenir. Y ahora, cuando las imaginerías virtuales han ganado todas las iniciativas, hay que prepararse para cualquier cosa, por inverosímil que parezca. Él era un millennial ya casi a punto de estar incluido en la Generación Z, y tal temporalidad anímica lo movía a experimentar novedades. Así empezó a sentir por las noches que escalaba una pendiente con ramas interminables. Y su conclusión fue tajante: “La tierra no es una formación redonda sino una estructura vertical. Y para entenderla a fondo hay que ser un escalador sin miedo. ¡Comprobémoslo!”

1893. FELICIDAD EN CAMINO

Ella le puso una sola condición cuando formalizaron el entendimiento amoroso ya en ruta hacia las ceremonias civiles y religiosas: “Lo único que te pido es que consigamos una casita con jardín, porque si no hay hojas y flores alrededor me siento en el vacío”. El sonrió, porque ya la conocía, y dio su consentimiento inmediato. Ella reaccionó cuando él la llevó a conocer su nuevo hogar: “¿Casita con jardín? ¡Pero si este es una mansión en la cumbre!” Concluyeron todos los trámites y llegó la hora de la luna de miel. Ella puso otra condición: “Que esa luna sea aquí mismo, para que nos conozcamos con el aire que nos rodea”. Él volvió a asentir. Y aquella noche, desnudos, salieron a recorrer el entorno arbolado como si fueran fantasmas de cuento de hadas…

1894. LÁSTIMA QUE FUE ESO

Subió la escalera de caracol y se encontró con un ático dispuesto a todas luces para recibir a un huésped especial. No era lo que él esperaba, porque según lo que tenía previsto aquel era un lugar abandonado. Pero de inmediato recordó lo que la promotora de alquileres habitacionales le dijo cuando cerraron trato: “Puede ser que se sorprenda, y entonces me lo comunica”. Y, claro, estaba sorprendido, pero como era una sorpresa grata se le pasó por alto comunicarlo. Acomodó sus cosas y se dispuso al descanso. Fue a ubicarse en el camastrón clásico entre sábanas y colchas de gran tersura y de exquisito aroma. Se durmió al instante. Despertó con el día, y se encontró en un catre desnivelado, entre trapos sucios. “¿Pero qué es esto?” La voz sonó en su oído: “La realidad: lo otro sólo era un detalle de bienvenida”.

1895. DESTINO FINAL

Se lo preguntaba siempre: “¿Cuál va a ser mi lugar ideal para vivir?” Y esa pregunta nunca la exponía en voz alta porque sus condiciones familiares y económicas no daban para andar pensando en ningún desplazamiento. Desde su cuartito con techo de lámina y paredes de madera insegura podía, sin embargo, imaginar cualquier cosa, y sobre todo las que provenían de un pasado con cien imágenes y con mil vueltas. Cerraba los ojos y las imágenes se hacían presentes, sobre todo la de él, la de don Alonso, el originario de Lanzarote en las Islas Canarias. Su tatarabuelo, que quién sabe cómo había llegado hasta ahí. Y sin don Alonso había podido, allá en medio del siglo XIX, ¿por qué no iba a poder él, en los comienzos del siglo XXI? ¡Ya, se iría a vivir a una isla perdida en cualquier mar!, ¿y por qué no en el mar de la memoria?

1896. PARÁBOLA DEL BUEN CONSEJO

Por tradición familiar, la política parecía ser su destino prefijado, y eso lo ponía en una encrucijada: dedicarse a lo supuestamente predispuesto aunque no le despertara ninguna ilusión o desechar esa posibilidad aunque no tuviera otras opciones imaginadas. Así las cosas, tuvo el impulso de ir a consultar a Magnolia, la echadora de cartas que vivía a tres pasos de su casa y que había estado ahí desde siempre, aunque él ni siquiera la saludara en ningún cruce casual. Magnolia lo miró a los ojos con la baraja en la mano: “Tu suerte no está aquí sino aquí”. Y se tocó la sien con un dedo. Luego lo invitó a sentarse. “Pareces indeciso pero no lo estás. Y aquí tengo el Rey de Oros que te hace un gesto. ¿Entiendes?” Él juntó las manos. “Voy a peregrinar en mi propio camino. No sé hacia dónde pero con una compañía dorada…”

1897. EN EL ÚLTIMO MINUTO

Él era un peregrino que estaba reposando por algunas horas antes de seguir su caminata. Aquel era un refugio para transeúntes incansables, y en el fogón que estaba en el centro de la cocina las llamitas humeantes no descansaban ni un minuto. Él miró a su alrededor y descubrió una presencia inadvertida. No pudo evitar acercársele para hacer la pregunta de cajón: “¿Quién es usted, amigo?” El aludido giró su cabeza fatigada hacia él: “¿Yo? ¿No me reconoces? Hemos estado juntos a lo largo de todos estos meses… Creo que en verdad somos amigos…” Y a él entonces le cayó el veinte: “Ay, hombre, claro que sí. Sos el Año que se va, ¿verdad? ¡Brindemos por la despedida”… Y ambos se levantaron para ir a recoger un par de copas de vino en el barcito rinconero.

1898. FICCIÓN VIRAL

“¿Sabés cuál es nuestro principal problema de adaptación?” “Pues tendría que pensarlo un momento…” “Ah, eso es lo que siempre se dice para no asumir responsabilidades”. “¿Y entonces?” “Vamos al terreno de los hechos para no seguir divagando”. Y el terreno era un predio baldío en el que nada parecía capaz de sobrevivir. “Yo aquí me adapto muy bien”. “Y yo también lo hago”. Silencio cara a cara. Eran un ratón y una lagartija. Es decir, un par de humanoides sublimados. La historia viva podía reiniciar su curso.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (230)

1883. CRUCE DE IDENTIDADES

El caminante se detuvo ya cuando estaba a unos pasos la entrada a la pequeña y rústica construcción que podía ser muchas cosas, desde una taberna hasta una capilla, porque en aquellas soledades semidesérticas todas las identidades eran volátiles. Empujó la puerta de madera agujereada por la intemperie, y ya estaba adentro. Lo recibió una oscuridad total, que en ese mismo instante empezó a desvanecerse. Él no pudo controlar el susurro: «¿Dónde estoy?» Y de inmediato otro susurro le respondió: «En la casa del señor». Él reaccionó como si la respuesta fuera en mayúsculas: La Casa del Señor. Hizo el intento de arrodillarse; pero el susurro se convirtió en carcajada: «¡No, hombre, es la casa del dueño de estas tierras, un forajido con ínfulas de señor… Le gusta recibir a viajeros inocentes, jajá!»

1884. TARDE EN CONFIANZA

El vehículo, uno de esos carros clásicos que se han vuelto tan apetecidos por los coleccionistas jóvenes, iba haciendo alarde de su capacidad intacta de avance veloz, y en un giro de ojos el que iba en el asiento vecino al del conductor le advirtió a éste, con la confianza de los allegados de siempre: «¡Te pasaste, cabrón, tenés que retroceder!» El conductor hizo un instantáneo derrape hacia la orilla, sin decir nada, yendo hacia atrás. Y el acompañante le agradeció: «Gracias, amigo, hoy sí estamos llegando al puesto». La reacción fue risueña, con la ironía del caso: «Ah, qué bien que en un segundo pasé de ser cabrón a ser amigo…» Risotadas mutuas. Ya estaban ahí, frente a la casa de muchachas que era la favorita de ambos. «¡Apurémonos, pues, que se nos va a notar!», dijeron al unísono, tapándose por aquello de las dudas…

1885. LEALTAD SIN FIN

Hacía buen rato que había amanecido y el pito del ferrocarril anunciando su próximo arribo a la estación inmediata era la mejor prueba de ello. El niño que hacía las veces de testigo superior de todo lo que ocurría en los entornos se hallaba despierto y levantado desde que el sol apenas se anunciaba. Ahora iba descendiendo a toda prisa por la cuesta polvosa para llegar a la orilla e los rieles antes de que el tren apareciera entre los paredones orientales. Así sucedió, en efecto, y cuando la máquina de larga vida se dio a ver seguida por su lista de vagones trepidantes, él estaba ahí, con el saludo a flor de mano. Todos los maquinistas lo conocían, y el que estaba de turno esa mañana le envió un saludo en altavoz natural: «¡Buenos días, chelito fiel, que estarás ahí aun cuando tu tren amigo ya no exista!»

1886. EL COLOR DEL TIEMPO

El adolescente se le acercó a aquel señor octogenario que vivía muy cerca. El jovencito, que estaría a lo sumo en vísperas de sus 16 abriles, se halló así frente al anciano que de seguro bordeaba su década novena. Sentados frente a frente, emprendieron el encuentro. «¿Qué te preocupa, muchacho? No puede ser el tiempo, porque a tu edad el tiempo no existe…» «No es el tiempo, sino el color que me provoca». «¿El color? No lo había pensado. ¿De qué color lo ves y de qué color quisieras verlo?» «Es lo que no sé: los colores se me cruzan». «Ah, pues no eres el único. Me pasa lo mismo». «¿Y entonces cuál es la enseñanza de los años?» «Que todos los momentos están siempre presentes, con sus colores característicos. El tiempo es sólo un juego. El tablero es la vida. ¡Somos contemporáneos, ahora y siempre!»

1887. LECCIÓN PARA NOVATOS

La dama vestida de rojo a la última estaba ubicada en uno de los sillones de espera, mientras él, su pareja trajeada formalmente en azul marino, iba a recoger las entradas a la ventanilla correspondiente. Volvió con ellas, viendo su Apple watch. «Falta un buen rato para que empiece la función, y bien podemos ir a tomar algo por ahí entre tanto». «¿Algo?», inquirió ella con la mirada provocadora que le era tan característica. «Bueno, una copa de Don Perignon, donde haya». «Así ya entiendo. Vamos», aceptó ella, dirigiéndose sin vacilar hacia el sitio conocido. Era un rincón en penumbra con una cuantas mesas de corte clásico. «¡Ah –dijo él en voz de adolescente ilusionado–, si aquí fue donde nos vimos por primera vez!» Ella sonrió como una estrella de los años 50: «Es que el Dom Perignon hace milagros».

1888. FUSIÓN DE GUSTOS

Desde la ventanilla del avión se observaban los matices pictóricos del paisaje, que cambiaba con el avance del vuelo. Ellos Iban de Dallas a Nueva York en una tempranera ruta vespertina, y esperaban llegar a tiempo para ir a cenar al restaurante hindú que se hallaba lateralmente enfrente del edificio donde estaba ubicado su apartamento. Él iba junto a la ventanilla y ella en el asiento vecino. Ella se hallaba a punto de dormirse y él continuaba en su labor contemplativa. «¡Eso parece una ración de Palak Paneer!», dijo él refiriéndose a una de las formaciones de la tierra vista desde el aire. Ella reaccionó, y se acercó al cristal: «¡Y lo que está ahí es una porción de Jeera Rice!» Se tomaron de las manos. El juego podía continuar. Y ambos dijeron en una sola voz: «¡Este menú viajero es lo más apetitoso que hay!»

1889. PARÁBOLA DEL CLIMA

El solsticio de verano estaba haciéndose el rogado, como es reiterada tendencia estacional en estos caprichosos tiempos. Los meteorólogos, cada día más desconcertados, ya casi hablaban en lenguas, y esta vez anunciaban una nueva onda tropical ya cuando era fecha más que sobrada para que aparecieran los afamados vientos de octubre. Entonces a alguien se le ocurrió ir a consultar a un maestro en señales extraterrestres. La respuesta inmediata del aludido tuvo sabor premonitorio: «No habrá vientos, pero habrá brisas, porque las brisas son más condescendientes con el cambio climático, que es el que hoy gobierna. Y pidámosle a las brisas que convenzan al verano de que es mejor cantar en coro que enmudecer en solitario… ¡Así sea!…»

1890. PASAJERO MISTERIOSO

El piloto acababa de anunciar el inicio del descenso, y toda la ceremonia formal se emprendió al instante. Él, que había dormido durante todo el trayecto, se espabiló sin dificultad. La aeromoza pasaba junto a su asiento, y él le preguntó: «¿Cuánto durará la caída?» Ella se detuvo asustada: «¿Caída, dice? ¿Pero cómo se le ocurre semejante cosa?» Él respondió como si todo aquello fuera un chiste ingenuo: «Ay, señorita, usted y yo sabemos que en este desierto es imposible aterrizar…» Ella se autodefendió con el gesto: «Yo no soy quién para opinar al respecto, pero si usted lo dice sus razones tendrá…» Y él entonces lanzó una mirada a su alrededor como diciendo: misión cumplida.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (229)

1875. CULTO DE DESVÁN

Cuando le llegó el momento de escoger opción de trabajo, decidió, inesperadamente, abrir una cafetería que invitara al descanso. Había estudiado ingeniería industrial, y aquella decisión resultaba casi inverosímil. Sus padres, cautelosos, no indagaron nada, pero Katia, su novia de siempre, se dio por sorprendida. Él esbozó una respuesta elusiva, y así quedaron las cosas. La cafetería se abrió con ilusión de bar, y él permanecía ahí, atento hasta a los detalles mínimos. De pronto, en cualquier momento, dejaba de estar visible por algunos instantes, y nadie sabía su paradero. Hasta que Katia, un día de tantos, se propuso seguirle la pista. Lo siguió por la escalerita disimulada, y arriba lo halló recostado en el colchón. «Es lo que siempre soñé: reencontrarme con el desván de mi infancia, cualquier día y a cualquier hora…»

1876. PARÁBOLA CON PROMESA

Sus bisabuelos maternos eran familia de costureros tradicionales, y la tienda de ropa que abrieron en aquella esquina de la ciudad de entonces ya no existía como tal, pero la edificación intacta que la albergara desde el primer momento se hallaba hoy en sus manos, las de un millennial dispuesto a romper brecha. Aún estaba soltero y podía decidir por su sola cuenta. Sus padres, que emigraran hacia el Norte dejándolo en poder de una tía soltera, apenas se comunicaban en fechas especiales. Él fue a revisar la casa vacía y abandonada. Los cuartos eran penumbrosos y sólo había al fondo un pequeño espacio que alguna vez fue jardín. Se sentía en su hogar. Y al estar solo podía emocionarse a sus anchas. Lanzó un breve grito. Se arrodilló. «¡Estoy de vuelta para acompañarlos hasta que la muerte nos reúna de veras en otro taller!»

1877. MISIÓN OTOÑO

Septiembre trajo aquella vez algunas señales más intensas y reconocibles que en años anteriores. Así, algunos árboles comenzaron espontáneamente a enrojecer sus follajes y algunos amaneceres despertaron con sensaciones friolentas que parecían ser efecto de nieves anunciadas. Aquel joven imaginativo empezó a mencionar el fenómeno, y la gran mayoría de las respuestas eran casi despectivas. «Cipote loco». «Estos ya no hallan qué inventar». «Mejor estudiá en vez de andar divagando»… Pero aquella mañana se topó en la calle con un vendedor ambulante de ropa. «¡Ey, muchacho! ¿Vos sos el mensajero del otoño, verdá?» Él abrió los ojos, sorprendido. «¿Cómo lo supo, señor?» «Ah, porque te voy a contar algo muy personal: el otoño es mi maestro y sé lo que quiere… Unámonos para servirle al Dios Otoño… ¿Te parece?»

1878. DEMOCRACIA EN PANTUFLAS

Como siempre, la temperatura política fluctuaba según las circunstancias, y eso hacía que los ciudadanos estuvieran constantemente a merced de los vaivenes temperamentales del clima humano imperante. Ahora mismo se estaba iniciando una competencia electoral de gran calado, y cada día el ambiente parecía un dilatado muelle en el que atracaban y despegaban los navíos circulantes, casi siempre sin previo aviso. Pero aquella mañana, el muelle despertó vacío. «¿Qué está pasando?», se preguntaban con palabras o sin ellas los habitantes de los entornos. El día avanzó, sin que la situación variara, y al fin alguien se animó a opinar: «Quizás la democracia se ha tomado unas horas de reposo, ahí en su hogar en los alrededores del puerto. Acabo de verla asomándose a su terraza, en pantuflas… De seguro lo necesitaba».

1879. MENSAJE DESDE EL FONDO

Hay que soñar… ¡Hay que soñar!… ¡¡Hay que soñar!!… No era una voz, sino un eco, que venía persiguiéndolo desde que tenía memoria. Y hoy, cuando su vida estaba en una especie de umbral frente al horizonte de los años por venir, el eco se hacía partícipe de la inquietud existencial creciente. Y es que él iba sintiendo cada vez más desde el fondo de su ser la necesidad de ponerse en contacto con las resonancias ancestrales, como si se tratara de un rito profundamente revelador. Hasta que llegó el momento en que la ansiedad acumulada se le desbordó y lo que hizo fue tomar la vía del escape. Le latía la pregunta: «¿Escape hacia dónde?» Y en ese mismo instante el eco le respondió: «Por fin te decides: hacia tu albergue más profundo en el fondo del sueño». Entonces abrió la ventana y se lanzó al aire. Su sueño era volar sin fin.

1880. NOS VEMOS EN EL MÓVIL

Estaban por cumplir diez años de casados, y aquella sensación le había venido creciendo a ella como una verdolaga imparable. Esa noche, cargada de relámpagos cercanos y truenos distantes, la sensación de que tenía que buscar refugio en un lugar seguro se le hizo inaguantable y llamó a su padre para pedirle que le permitiera ir a dormir a la casa de siempre. La respuesta fue inmediata: «Aquí te esperamos dentro de unos pocos minutos, y así nos explicas…» Llegó, pero no explicó nada, porque conscientemente no tenía nada que explicar. Al día siguiente, él la llamó, alarmado: «¡¿Dónde estás, Iris, que anoche te perdiste…?!» «¿Me perdí? ¡No, amor: me encontré!» «No entiendo». «¿Tenés encendido tu móvil?» Si lo tenés, ahí te explico…» Y las imágenes hicieron de las suyas. El próximo orgasmo sería eterno… ¡Hurra!

1881. ROSAS INVERNALES

En esas semanas del año la lluvia llevaba la batuta del aire, y el aire, que se rebelaba a ratos, casi siempre acababa sometiéndose a los dictados de las ráfagas de humedad intrépida. El día en que estamos es uno de esos días, y la suave y todopoderosa tentación de quedarse refugiado entre las colchas matutinas es muy difícil de vencer. Pero él tenía que hacerlo, porque el trabajo no daba permiso de otra cosa. Se levantó, estirándose, realizó con desgano los preparativos para irse a cumplir sus tareas y emprendió camino. Algo desde muy adentro lo movió a ir a pie. Avanzó un par de cuadras y de pronto creyó estar en otro entorno. ¿Qué era eso? ¿Alucinación? Lo que tenía a la par era la rosaleda de don Benjamín Bloom en la Avenida España. Las rosas le extendían sus pétalos. El aire sonreía y la llovizna también.

1882. CARA O CRUZ

Ellos eran una pareja de jóvenes que dentro de muy poco saldrían a ubicarse profesionalmente, y por la excelencia de sus desempeños académicos de seguro les esperaba una buena vida. Al pensarlo se quedaban callados, porque sus imágenes respectivas estaban en las antípodas. Para muestra un botón: ella quería un penthouse de última moda; y él, una casa clásica de las de antes. Y en ese dilema estaban hasta que sus padres, en conjunto, les pusieron un ultimátum emocional: «O se deciden o se olvidan». Y entonces asomó la solución intrépida: echar la suerte a cara o cruz.

LA OTRA ESPERA

LA OTRA ESPERA

Como era su inveterada costumbre, prefería estar mucho antes de tiempo en vez de correr con la urgencia de los minutos contados. Y esto lo aplicaba muy en especial cuando se trataba de vuelos aéreos, porque sobre todo en algunos aeropuertos del arbitrariamente llamado primer mundo, donde la angustia disparada por el terrorismo alcanza límites estratosféricos. Era lo que le tocaba aquel día, en el vuelo de Nueva York hacia San Salvador sin estaciones. Estuvo en el JFK varias horas antes de la hora señalada para la salida, y fue a tomar un bocadillo en una de las cafeterías vecinas a la puerta de acceso al avión.

Estaba haciéndolo cuando se le acercó una joven de talante misterioso, que se sentó a su lado sin pedir permiso:

–Yo a usted lo conozco. ¿Es Ramiro, verdad?

–No, señorita. Creo que no nos conocemos. Lorenzo Ruiz, mucho gusto.

–¡Ah, Lorenzo! Ya decía yo. Si no es Ramiro es Lorenzo…

El la miró como si estuviera ante alguien peligrosamente despistado, y ella entonces se le acercó más para susurrarle:

–¿No te parece muy inspirador que nos hayamos encontrado en el momento preciso para conocernos de veras?

–¿Cómo?

–Yo ya sabía que eras huidizo, y eso es lo que más me atrae.

Y soltó una leve carcajada como si estuviera revelando un secreto con picardía.

–Perdón, señorita. No sé qué pretende. Aquí lo dejamos.

En ese justo instante anunciaron que los pasajeros podían empezar a embarcar. Los que iban en sillas de ruedas ya lo habían hecho, y ahora les tocaba a los de Clase Ejecutiva. Ellos dos se dirigieron hacia la puerta. Y al ingresar se dieron cuenta de que iban en la primera fila, en asientos vecinos.

–Ya ves. Todo está calculado –dijo ella, con ironía sonriente.

Él miró hacia otra parte sin responder. Y así se emprendió el vuelo, con una suavidad que semejaba el tránsito de una nube. Ambos se durmieron muy pronto después del despegue, y aunque ninguno de los dos podía saberlo, sus sueños o entresueños eran exactamente iguales. Iban por una explanada junto al mar a la vez inquieto y tranquilo, de seguro haciéndoles eco a sus respectivas emociones incipientes.

Las voces aletearon en el aire de la ensoñación:

–Tengo la impresión de que vamos hacia algún destino desconocido –dijo él, con tono de bienvenida.

–Ese destino desconocido es justamente el destino –aclaró ella, sin énfasis.

–Vamos caminando, aunque lo hagamos en vuelo –pareció descubrir él con cierta sorpresa infantil.

–Es que caminar y volar son lo mismo cuando estamos en ruta hacia el misterio que nos reúne.

–¿Será eso el amor? –preguntó él, como si estuviera revelando su propia esencia.

Reacción al mismo tiempo intrépida y nostálgica:

–¡Bingo!

–¿Y qué esperamos, entonces?

–¿Para qué?

–Para que el primer beso nos ilumine la ruta.

Y en ese instante despertaron al unísono, con la humedad entre los labios juntos. La otra espera había terminado.

FANTASÍA CON ECOS

Cuando miró a su alrededor, la aglomeración de casuchas casi a punto de derrumbarse le hizo exclamar:

–¡Lo sabía, lo sabía!

Y sin pensarlo ni un instante se fue del lugar por una de los portones semiderruidos que daban a la calle pedregosa y polvorienta lateral, que no era por la que había llegado.

La tarde estaba en su mejor momento, con una bandada de celajes moviéndose sobre las colinas y los cerros inmediatos. Sólo el volcán, erguido en su invariable actitud de almirante retirado, parecía observarlo todo sin inmutarse.

Caminó con rapidez, que tenía todas las características de la urgencia, tratando de incorporarse a la ruta que lo llevara hacia su casa. Pero el despiste parecía inmanejable, y de pronto se encontró frente a un predio baldío donde se amontonaba la chatarra. Se detuvo. Y un pálpito de inquietud le hizo retomar su andadura, pero ya con signos de ansiedad angustiosa.

Las cuadras siguientes le fueron mostrando características cada vez más notorias de una urbanización abandonada. Y allá, al fondo, las elevaciones del terreno hacían ver las depredaciones inmisericordes del cambio climático.

Él se detuvo, y exclamó de nuevo:

–¡Lo sabía, lo sabía!

Y en ese momento casi se tropezó con un pordiosero que estaba acurrucado en un rincón inmediato, y que sin que él lo advirtiera de antemano le dirigió una pregunta que parecía un eco:

–¿Qué es lo que sabía, amigo?

Él pareció haber escuchado una voz de otra dimensión, sin que eso le causara ninguna extrañeza. Se detuvo. Miró hacia abajo y luego hacia arriba, como si no hubiera nadie junto a él, y dio la respuesta que guardaba dentro de sí quizás desde hacía mucho tiempo:

–Sabía que este no era mi mundo.

–Ah, pues ya somos dos.

–¿Y entonces?

–Hay que animarse, y avanzar o retroceder, porque todos los caminos están abiertos…

–¿Quién es usted?

–¿Yo? Un desconocido. ¿Y usted?

–Otro desconocido.

–Gracias, de veras.

–Igual digo.

Y en ese preciso segundo ambos desaparecieron del lugar, como si una fuerza superior los envolviera sin alternativas. Si alguien más hubiera estado ahí presenciando la escena y escuchando el diálogo era de imaginar que habría pensado:

–La Providencia tiene sus elegidos anónimos…

PARÁBOLA DE LA URGENCIA

Estaban en los últimos trámites emocionales antes de arribar a la definición de su destino compartido, y sus respectivas familias ya se preparaban para emprender las tareas de la alianza formal. La familia de él definiría la iglesia del enlace y la familia de ella tomaría a su cargo el agasajo posterior.

Ellos, los próximos contrayentes, se dedicaban a ponerles atención a las piezas de la alianza amorosa, que hasta ese momento se movían como estaba previsto sin ponerse de acuerdo de antemano, y tal con naturalidad era muy prometedora. Por eso sonreían ilusionados cada vez que se encontraban, que era a cada instante.

Llegó el día, y todo se hallaba a punto. Ella en su casa y él en la suya estaban alistándose para la hora de la ceremonia. Y en un sorpresivo enlace de voces interiores se hablaban así:

–Estoy contando los minutos –decía él, abrochándose el esmoquin.

–A mí me sudan las manos sólo de imaginarlo…

–¿Las manos solamente?

–¡Niño, no bromees con algo tan serio!

–Es que me muero por comprobarlo.

–Bueno, para ser sincera, yo también…

–¡Jajá!

–¡Jajajá!

–Entonces, te voy a proponer algo en la máxima confianza: fuguémonos ahora mismo, para ganar tiempo.

–¿En serio? ¡Me has leído el pensamiento! ¡Pies y manos a la obra!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (228)

1867. TERTULIA CON AUSENTES

Simpatizaron en las aulas universitarias. Y un día de tantos, la simpatía derivó en atracción, ya cuando estaban a punto de graduarse. Y de la atracción brotó el enlace. Reunidos en un bar inmediato, ella le dijo: «Me gustaría mucho conocer a tu familia». Él reaccionó como si se le hiciera un desafío inesperado. Se quedó en total silencio. Ella, lejos de alarmarse, pareció recibir una señal tranquilizadora. En los días siguientes, la relación fue entrando rápidamente en zona de intimidad. Y una tarde cualquiera él la invitó con sonrisa entrañable: «¿Quieres que vayamos a compartir con los nuestros?» Y ambos se dirigieron a un parque vecino con vegetación tupida en cuyo centro había un claro luminoso. Ahí se sentaron sobre el césped, cerraron los ojos y se dejaron envolver por las voces del silencio.

1868. SANTA FRAGANCIA

Se conocieron en un parque donde todos los árboles, arbustos y pequeñas plantas de flor parecían haber formado una hermandad para mantener vivo el mosaico de los colores naturales, entre los que el verde era el almirante indiscutido. Allá al fondo asomaba un faro majestuoso, porque aquel era puerto de primer nivel. Inmediatamente después de conocerse fueron a tomar una copa de vino verdejo en La Taberna del Obispo, enfrente de la Catedral. Estuvieron ahí, aprovechando la frescura de la mañana nebulosa, y a medida que hablaban se les iba despertando un ansia de estar juntos en algún jardín privado. Y como no conocían la ciudad por ser viajeros de crucero, se hicieron la pregunta crucial: «¿En cuál crucero viajas?»… ¡Era el mismo! El jardín lo tenían a la mano…

1869. MISTERIO NATURAL

Se decía en todos los medios: el cambio climático y la irresponsabilidad humana trabajan en creciente alianza para arruinar la vida en todas las latitudes. Y ellos, que habitaban en un poblado que se había vuelto destino de buscadores de emociones naturales, lo experimentaban cada día más. Ahí, a unos pasos, las aguas del lago daban muestra perturbadora del fenómeno. Suciedades indefinidas y residuos plásticos colmaban la superficie líquida, y se iban volviendo dominantes en la superficie anímica. Ellos, que eran sinceramente religiosos, empezaron a orar por la salvación de las aguas. Dejaron sus eventuales quehaceres y la miseria empezó a rondarles. Entonces llegó el aviso: las aguas, por su sola cuenta, empezaron a lanzar al aire todos sus residuos. Y el milagro anónimo sólo ellos lo advertían.

1870. DESDE EL BALCÓN MÁS ALTO

Lo soñó siempre, y ahora ese anhelo reanimante estaba a punto de hacérsele realidad. Con el empleo que había conseguido luego de graduarse con honores en la mejor Universidad del país podía financiarse la vivienda que quisiera, y eso era justamente lo que estaba haciendo: ir hacia el mirador más encumbrado que pudiera encontrar. Era una especie de torre con un apartamento por piso. Escogió el más alto, e invitó a su novia a que se fuera a vivir con él. Ella dudó, y en aquella duda él presintió que no había unión suficiente. Pero él sí se trasladó a habitar el lugar. Ahora estaba ahí, asomado al balcón, y el impulso de volar se le hacía irresistible. Una tentación peligrosa, que le produjo una angustia súbita. Y así comenzó a entender que el balcón no era tan confiable como él soñara…

1871. HAY SÍMBOLOS QUE MANDAN

Estaba en una de las mesitas ubicadas en la pequeña plaza. Junto a él, su esposa gozaba también del paseo mañanero por las calles de la ciudad. Ella bebía una copa de tinto y él un vaso de cerveza. La mezcla cervecera de agua, cebada malteada, levadura y lúpulo parecía abrirle zonas de evocación. Entonces, justamente cuando daba el primer sorbo, empezó a repicar el campanario más cercano. En ese instante un hombre mayor se detuvo junto a ellos, con un objeto rústico para limpiar zapatos. «Señor, ¿me permite que le limpie los suyos?… Necesito ganar algo para comer este día». «No, gracias, ya nos vamos». Entonces el hombre hizo una irónica reverencia: «Buen viaje, amigos, que su insensibilidad les acompañe». Él entonces le extendió unas monedas, y el limpiabotas las recibió con sonrisa de misión cumplida.

1872. A SOÑAR DESCALZOS

Las inundaciones y las sequías se hallaban alternativamente a la orden del día, como si el clima sufriera trastornos bipolares. Esa vez, al fin de la estación lluviosa, los impulsos rafagosos venían con violencia excepcional. Y ellos, la pareja de jóvenes que iniciaban su vida en condiciones muy estrechas, tenían que ingeniárselas para llegar a sus trabajos: él como cuidador de ventanas y ella como limpiadora de pisos. Hasta que en esa fecha el agobio turbulento era tal que no pudieron salir. La casucha en que vivían estaba por inundarse y quizás por derrumbarse. Ellos, desvelados y abrazados sobre el lecho frágil, aguardaban, sin saber cómo resguardarse de lo que podría ocurrir. Y entonces algo pasó. Cesó de súbito la borrasca y el sol se asomó por el ventanuco, para decirles: «¡Salgan al aire, se lo ofrezco a ambos para que vayan a soñar descalzos!»

1873. LIBERACIÓN ANTICIPADA

El día que fue a pedir la mano de Aurelia fue justamente el siguiente después de aquella noche en que durmieron juntos por primera vez en la más estricta clandestinidad, porque ambas familias eran tradicionales de pura cepa, y no admitían ninguna libertad fuera de lo establecido. Cuando estuvieron todos sentados en las poltronas heredadas, las miradas comenzaron a cruzarse, como si todos estuvieran tratando de averiguar algo. Por fin, y ya cuando la bandeja andaba repartiendo copas de Dom Perignon, la madre de la novia rasguñó el incómodo silencio: «Que un beso de amor inaugure la nueva época…» Los futuros desposados se rieron, bajando las miradas; y eso bastó para que el ambiente se alterara de súbito. Todos comenzaron a levantarse, y los novios, liberados, se fueron a un rincón a hacer planes para su nueva vida sin ataduras formales.

1874. IMAGEN PARA DESPISTADOS

Estaba acumulando días para tener a la mano lo más pronto posible su período vacacional. En la empresa donde trabajaba las consideraciones para los empleados eran prácticamente inexistentes, y por eso él no se hacía muchas ilusiones. Al final consiguió un par de semanas. Y en cuanto les dio inicio se dio cuenta de que no tenía ningún plan previsto. La pregunta de siempre volvió a brotarle: «¿Y ahora para dónde cojo?» Se sentó en el borde de la acera y todos los que pasaban junto a él imaginaban de seguro que era un indigente. Y sin saberlo estaban en lo justo.

LOS ECOS DEL MAÑANA

LOS ECOS DEL MAÑANA

Cuando sus padres, casi al azar, lo matricularon en la Academia Británica no podían haberse enterado de que aquella decisión movida por el interés de que su hijo primogénito pudiera tener una educación primaria y media de primer nivel iba a ser un surtidor de imágenes que llegarían hasta los más remotos rincones del futuro. Una de esas imágenes estaba hoy junto a él en una de aquellas sillas tradicionales de la Shepherds Tavern, en la calle del mismo nombre de Westminster 1, en el corazón de Londres.

A esa taberna esquinera, de apariencia invitadoramente clásica, había llegado aquella mañana de septiembre, ya cuando los respiros del otoño circulaban por el ambiente medio nublado. Se detuvo y entró, sin más, como si alguien estuviera invitándolo desde adentro. Se ubicó en una de las sillas altas que estaban junto al ventanal que daba a la calle, y la única persona que atendía se le acercó para preguntarle qué iba a ordenar. Pidió un doble de vodka Grey Goose en las rocas, y se puso a observar a los pocos transeúntes que pasaban. De pronto la vio y no pudo contener el impulso de salir a su encuentro:

–Disculpe, ¿es usted Olivia?

Ella, sorprendida, no supo qué responder, porque él estaba preguntándoselo en español en pleno Londres. Él no se dio por entendido y siguió hablándole en su idioma:

–¡Disculpe, ando en busca del almacén Harrods, y pensé que usted podría orientarme!

Ella, entonces, lo tomó de la mano y lo llevó hacia adelante por Park Lane, frente al Hyde Park, superpoblado de árboles invitadores a excursionar entre ellos como si la gran ciudad no existiera alrededor. Y él, en un golpe de intuición iluminadora, se detuvo sin más:

–Perdón, me confundí, lo que quiero no es ir a un almacén, por deslumbrante que sea, sino internarme en un espacio verde, como en mis mejores memorias…

Ella se sintió tocada a reconocer:

–Sí, soy Olivia, y estoy aquí para servirte de dama de compañía…

–¿Sólo de compañía?

Y la pregunta pareció diluirse en el aire levemente fresco del mediodía ya casi otoñal. Las nubes de siempre eran la cobija anhelada de aquel encuentro sin previo aviso, al menos en el plano de la conciencia indagadora, porque todo aquello bien pudiera ser un ensueño puramente imaginativo que brotara de alguna laptop mental.

Pero las sensaciones eran tan vivas que no podía haber duda fundada: estaban ahí, entre la vegetación inconfundible, ese mundo de hojas que les envolvía la conciencia.

–¿Quieres que vayamos a alguna parte?

–Sí, a mi refugio temporal.

Caminaron entonces hacia los alrededores de The Dorchester, el emblemático hotel donde seguían deambulando las imágenes de Elizabeth Taylor y de Richard Burton, huéspedes habituales que se caracterizaron siempre por su vitalidad destructora y por su figuración legendaria. Y cuando estuvieron dentro, en The Promenade, esa sucesión de mesas para comer y beber con el kiosco de las bebidas y el piano al fondo, fueron a sentarse en un rincón y ahí estuvieron hasta que las luces se fueron desvaneciendo…

Después, nadie supo lo que pasó con ellos. De seguro pagaron su cuenta y se retiraron. O tal vez tomaron un cuarto del hotel y se fueron a descansar luego de aquella jornada tan intensamente insospechada.

Es lo único que podemos decir antes de cerrar el capítulo de aquella historia sin principio ni fin.

MEMORIAS INVERNALES

Se quedó pensando en ellas, en esas memorias pobladas de relámpagos y de rayos que parecían a punto de dejar en pedazos las lejanías, y lo que ahora tenía enfrente era aquel paisaje urbano en el que las arboledas veraniegas parecían no animarse a dejarle paso al otoño inminente. Salió a la calle después de avisarle a ella, a Melanie, que permanecía como todas las mañanas de sábado inmersa en su jacuzzi rebosante de espuma.

Cuando llegó a la calle sintió que aquel sábado traería sorpresas envolventes, quizás porque el influjo espumoso le circulaba amablemente por la conciencia. Fue a deambular por la ciudad serena y clásica antes de ir a comer sus ostras favoritas en L´Orléans, la brasserie ubicada en Allée d´Orléans, muy cerca de las aguas. Se quedó como siempre en una de las mesas que dan a la calle, junto a las bicicletas puestas en fila.

En ese instante, el aire parecía expectante, como si estuviera observándolo para percibir hasta el mínimo detalle de sus expresiones, más mentales que faciales. Llegó el mesero a pedirle su orden, y lo hizo en francés, que afortunadamente era el idioma en el que él iba entrenándose día a día. Lo que pidió, como era de prever, fueron esas ostras incomparables que estaban siempre a disposición, por ser emblemáticas del ambiente.

Estaba en Bordeaux, al borde del Atlántico, y había llegado ahí después de dar muchas vueltas en la mente y en el mapa. Pero aquel arribo tenía otro significado, con nombre propio. Melanie, la joven a quien conociera en la penumbra de un sábado invernal en un restaurante estudiantil muy cerca de la Universidad parisina donde, como un juego magnánimo de la suerte que de seguro andaba rondándole desde que tenía conciencia, allá en los desnudos cerros de su origen, él había logrado la beca inimaginable.

Melanie trabajaba como gestora de ventas luego de concluir sus estudios en esa misma Universidad, y en cuanto se vieron hicieron clic. Él, que provenía de aquella zona pobre del trópico, y ella, que era originaria de los alrededores de la capital francesa. Como si la mano traviesa del destino quisiera hacer alegremente de las suyas, según viene haciéndolo desde que el mundo es mundo, allá en el imaginario Paraíso.

Muy poco tiempo después de armar relación, sin saber si sería fugaz o duradera, tuvieron otro aviso insospechado: una doble oportunidad de trabajo en la zona vinícola de Bordeaux, él como encargado de seguridad y ella como promotora de negocios.

En un comienzo, el diálogo de la cercanía había sido simple:

–¿Te llamas?

–Melanie. ¿Y tú?

–Heriberto.

Se quedaron mirándose fijamente, como si esperaran los apellidos:

–Urbain –dijo ella.

–Montes –dijo él.

El contraste animador lo decía todo.

Y ahora ese diálogo tenía otra carga anímica:

–¿Te interesa el amor? –preguntó ella.

–Me interesa soñar despierto.

–¡Ah, poeta el joven!

–No, inventor de respuestas.

Y esa mañana, con cielo levemente encapotado, pensaba en una nueva respuesta: la de su ansia de buscar horizontes. El mesero se le acercó:

–¿Otra copa de Pinot Noir, señor?

–No gracias: agua pura.

Y al decir agua pura apareció de inmediato la llovizna alrededor. Era como si sus experiencias más hondas e imborrables resurgieran para decirle: «Estamos aquí, acompañándote en el umbral de tu nueva vida»…

LLEGÓ LA HORA O

La luminosidad solar era esplendorosa, y entonces el capitán reunió a la tripulación bajo las alas de los velámenes que avanzaban en mar abierto y habló con su austeridad característica:

–Aunque no lo parezca, vamos a enfrentar una borrasca de consecuencias imprevisibles. Les ordeno que estén preparados.

Todos los tripulantes conocían su estilo, y después de asentir sin palabras esperaron órdenes; pero lo único que recibieron fue un gesto indicativo de que podían volver a sus respectivas labores.

Las horas siguientes transcurrieron sin ninguna novedad; pero ya cuando la tarde estaba por emprender su jornada de retiro, algo como una gran mancha en movimiento fue dibujándose en el horizonte sin fin. Y la mancha creció segundo a segundo hasta que se derramó estrepitosamente sobre el navío. Era un conglomerado de aves desconocidas. Cuando se levantaron, el velero alzó vuelo con ellas. La hora 0 era un mensaje de la eternidad.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (227)

1859. MISTERIO DE LA LUZ

Dentro de muy poco empezaría a amanecer, y ya algunos de los sonidos circundantes lo anunciaban con la puntualidad sabida. Las aguas, como era su inveterada costumbre, se movían como si estuvieran dando la bienvenida, en ese momento a la claridad emergente, que era la expresión entusiasta de un nuevo día. Éste, el día del arribo. Toda la tripulación se hallaba lista para integrar sus tareas, y nada parecía diferente a lo de todas las jornadas. Hasta que algo comenzó a dar la pauta de una extraordinaria novedad. Y es que lo que iba poniéndose a la vista no era el puerto esperado, sino una multitud de rocas inhóspitas. Los tripulantes se pusieron en guardia, y la luz del día les hizo saber que estaban por arribar al escombro del destino imaginado…

1860. SOL CON MEMORIA

Allá al fondo están los cerros de distintas tonalidades de color según la época del año: verdeantes o verdosos en tiempo de lluvias y cafés o terrosos en los meses de la temporada seca. La luz decide. Él los observa a diario por esa ventana que es su mirador desde que adquirió aquella vivienda precisamente para tener la anhelada perspectiva. Se halla justamente ahí esta tarde en que ya la luz solar comienza a mostrar las ansias de la despedida. Entonces él no puede contener el impulso de hablar en voz alta: “Amigo de toda la vida, ¿no te parece que ya es hora de que compartamos experiencias?” Y el Sol le toma de inmediato la palabra: “¡Si lo hemos hecho mil veces, hombre! Lo que hoy tenemos que hacer es irnos juntos de juerga entre la penumbra de la noche…”

1861. MISIÓN DEL CONACASTE

Había crecido tanto que ya casi todo su amplio ramaje se alzaba sobre la pendiente empinada que daba a la calle vecinal, que seguía siendo de polvo. Todos los habitantes de los alrededores tenían aquel árbol como una especie de guardián natural, y con frecuencia iban a reunirse bajo su sombra, como si cumplieran así con un ceremonial de espiritualidad espontánea, sin credo pero con fe. En algún momento llegó a instalarse al lugar aquel joven con pinta de misionero, y en cuanto llegó a estar debajo del conacaste se sintió envuelto por un aura de destino. Pronto se decidió a hablar entre los asistentes, no de religión sino de familiaridad. Todos empezaron a sentir que eran discípulos del árbol, que los abrazaba cada vez que estaban cerca. Protección perfecta.

1862. AUGURIO INMEMORIAL

Almorzaban en el restaurante Ibo, frente al Tajo, aquí río urbano que viene de tan lejanas alturas. Habían llegado a Lisboa, que era la última estación de su viaje de bodas, y al brindar con vino verde sintieron al unísono que aquel momento les traía augurios de entrega irreversible. ¿Por qué? Nada excepcional estaba pasando afuera: la ciudad, alzada sobre colinas, simplemente los observaba como a dos paseantes más; pero las aguas fluyentes sí parecían saludarlos a él y a ella como si se tratara de entrañables compañeros de ruta. El larguísimo río se entregaba a la inmensidad del mar a cada instante; y ellos estaban ingresando a cada instante en una nueva vida con horizonte abierto. Brindaron, entonces. Y ambos, ellos y el mar, se saludaban mutuamente.

1863. MISTER PRASAD

Al verlo por primera vez le pareció un curioso personaje fantasmal entre la impresionante arboleda de aquel bosque de ciudad. Supo que se trataba del encargado de cuidar el entorno natural en el hotel más que centenario que había sobrevivido con todos sus árboles en medio de las construcciones. Pero ese jardinero mayor mostraba una característica externa muy propia: siempre iba vestido de traje oscuro, con corbata y pañuelo, como en una ceremonia de gala. En algún momento de su estadía en el Taj West End se le acercó ya sabedor de que lo llamaban Mister Pradad. El aludido lo miró y de inmediato le dijo: “Gracias por estar aquí, en Bengaluru; la próxima vez que venga por favor tráigame semillas de su tierra, ya que nuestros climas son idénticos…”

1864. EL AIRE TAMBIÉN DUERME

A la hora de escoger dónde vivir en su nuevo destino profesional lo hizo con una dedicación personalizada al máximo, como si presintiera sin alternativa que iba a establecerse ahí para siempre. Se fue a la zona más alta de la ciudad de provincia donde había conseguido la mejor oportunidad laboral para un principiante, y ahí se decidió por aquella especie de balcón sobre la roca donde había una construcción muy antigua, recientemente rehabilitada para responder a las excentricidades del gusto actual. Se instaló, y el primer día soplaba un viento animado al máximo. Él, con ánimo juvenil, tuvo que aferrarse a un saliente para no volar. Pero al día siguiente la calma era total. Y él creyó entender el mensaje: “Es que también el aire tiene que reposar para poder cumplir con su tarea”…

1865. PRIMER AMOR

Fue adicto a ver películas románticas desde que inició, en la infancia más temprana, sus excursiones solitarias por la ciudad en la que vivía desde siempre. Sus padres habían tomado camino cada quién por su lado, y él estaba a cargo de la abuela materna, que pasaba el día entero dedicada a su labor docente. Aquella tarde de enero, ya cuando las vacaciones de fin de año tocaban a su fin, él se fue a su cine favorito a ver la película de reestreno que protagonizaban Ingrid Bergman y Humphrey Bogart. A la salida sintió que el aire le traía un mensaje, como si fuera una soplo fragante de arena del Sahara. Y desde aquel momento se marcó su camino: en algún momento del futuro llegaría al Marruecos imaginario, a revivir su Casablanca.

1866. VECINDARIO FUGAZ

¿Qué extraño fenómeno venía produciéndose y reproduciéndose en aquel reducido valle entre montañas imponentes? Los pocos habitantes del lugar no se lo preguntaban, porque nunca habían tenido ninguna tentación de interpretar los signos que les rodeaban. Fue el explorador recién llegado el que se cuestionó el hecho de que ahí, en abierto contraste con lo usual, todo parecía desaparecer con gran rapidez, hasta las vidas de los residentes. ¿Qué era aquello? Y al hacerse la pregunta, él mismo comenzó a desvanecerse. Y sintió la infinita paz de los elegidos del aire y de la luz…

EL AMOR ES UN DUENDE

EL AMOR ES UN DUENDE

La bailarina bajó de la amplia tarima donde actuaba todas las noches frente al auditorio masculino característico del lugar. Cuando hacía su número en el tubo crecía el entusiasmo de los asistentes, que a esa hora ya estaban poseídos por la euforia alcohólica. En el lugar, como era natural, reinaba una penumbra poblada de imágenes y de aromas muy propios, y lo que se sentía en todo momento era que ahí todos estaban a sus anchas. Pero, como siempre ocurre en cualquier circunstancia donde lo humano se manifiesta, dentro de cada mente había luces y sombras.

Ella se dirigió hacia la barra inmediata, donde alguien desde hacía buen rato estaba enviándole señales discretas pero inconfundibles. Era un hombre bien vestido, de mediana edad, que desde la perspectiva del lugar en que ella hacía su número parecía mayor de lo que mostraba la cercanía.

–Hola, ¿nos conocemos? –preguntó ella, con sonrisa provocativa.

–De seguro que sí, aunque yo sinceramente no te recuerdo –respondió él, devolviéndole la provocación.

–Entonces estamos correspondidos –agregó ella–, porque yo tampoco te recuerdo, aunque…

–Aunque todo puede pasar, sobre todo entre personas como tú y yo.

–Ah, ¿y eso qué significa?

–Que estamos hechos el uno para el otro.

Ella sonrió, y de inmediato soltó la carcajada.

–Sos un iluso, amigo. Porque yo no estoy hecha para nadie.

–Bueno, eso podemos comprobarlo.

–¿Cómo?

–Con una noche en penumbra en la que nuestras manos les hagan el trabajo a nuestros ojos…

–¡Qué lindo! ¡Vamos!

Y se fueron de ahí, sin decir a dónde. A la mañana siguiente cada quien apareció en su propio entorno. Nadie supo nunca lo que pasó aquella noche, pero no era necesario averiguarlo: a todas luces la felicidad los había convertido en fantasmas gemelos.

SI ANOCHECE, DESPIÉRTAME

Se conocieron una tarde de octubre, mientras caía sobre el parque una leve llovizna. Aunque siempre habían vivido en el mismo vecindario, extrañamente jamás se habían cruzado, y por ende aquel encuentro tenía la condición radiante de la primera vez. En cuanto se vieron comenzaron a sonreír, sin saber por qué. Y como el parque era de los de antes y estaba poblado de tupidos arriates, sin proponérselo conscientemente fueron dirigiéndose hacia el banco más rodeado de ramajes y de malezas, que más parecía un camarín olvidado. Al encontrarlo, ambos se sentaron. Hasta ahí, no había habido palabras. Pero al estar ubicados, las frases simultáneas se hicieron presentes:

–Tú te llamas Aurora, ¿verdad?

–Y tú te llamas Ángel, ¿no es cierto?

Se rieron suavemente al unísono.

–Pero no creas que vivo en las alturas.

–Ni tú vayas a pensar que tengo condición de luz primeriza.

De nuevo la risa los envolvió.

Se fueron separando a lentos pasos, hasta que estaban suficientemente cerca para escucharse y suficientemente lejos para no alcanzarse.

–¿Qué te parece si nos vamos juntos a esperar la noche en algún lugar que nos reciba como a viejos conocidos? –dijo él, provocativamente.

–¿Por ejemplo?

–Tu casa o la mía.

Ella bajó la cabeza, con expresión de vergüenza, mientras susurraba:

–Yo no tengo casa.

–Ah, pues yo tampoco.

–Qué misteriosa coincidencia.

–Y eso significa que, como dice aquel bolero clásico, estamos en las mismas condiciones –explicó él, con tono casi profesoral.

–Pues yo nunca he oído un bolero.

–Ah, pues te falta vivir mucho.

–Eso sí, porque aún soy virgen.

–¡Dios mío: milagro!

–¿Por qué, si la verdadera virginidad se aloja aquí? –afirmó ella, tocándose la sien, como si le hablara a un párvulo.

Se levantaron de la banca y se fueron al ático donde él tenía sus cosas de estudiante soltero. La tarde estaba en las últimas y ninguna luz se hallaba encendida.

–Somos libres –expresó él.

–Libres para jugar con el tiempo.

–Entonces, juguemos. Si anochece, despiértame.

–Y si amanece, acúname.

MISIÓN DEL HUMO

Era ya muy tarde en la noche cuando aquella pareja de recién reconciliados llegó de regreso a su vivienda, después de asistir a un espectáculo de música contemporánea en un pequeño teatro de los alrededores. Al abrir la puerta de entrada lo que les recibió fue una humareda con olor a cocina de las de antes. Se detuvieron sin entrar, como si la sorpresa les hubiera paralizado la voluntad. Pero él reaccionó casi de inmediato:

–Algo está pasando adentro. Vamos a ver.

Ella se resistió sin decir palabra, y sólo cedió cuando él la tomó de la cintura y la hizo avanzar con impulso de caricia.

Ingresaron, y, en cuanto estuvieron adentro la humareda pareció abrazarlos cariñosamente. A medida que penetraban hasta el dormitorio, que estaba en un segundo piso de madera crujiente, el humo iba adquiriendo, quizás por obra de una desconocida imaginación, el carácter de efusión consagrada.

No recordaban haber dejado así las cosas, pero el lecho matrimonial se encontraba perfectamente ordenado para ser el mejor refugio nocturno.

Se miraron a los ojos.

–Quizás alguien entró a darnos esta sorpresa –dijo ella, emocionada.

–¿Alguien? ¿Pero quién, si no tenemos parientes en los alrededores ni amigos en el vecindario?

–Es que en estos tiempos cualquier cosa puede pasar.

–Sí pero nosotros nunca olvidamos las llaves ni hay signos de que forzaron la cerradura…

–¿Y qué hacemos, pues?

–Nada. Gozar el momento.

espectrosMEMORIOSOS

Murió don Adilio después de padecer durante mucho tiempo una enfermedad terminal. Era un señor reservado y escurridizo. Sus familiares inmediatos –la esposa y dos hijos, un varón y una hembra a punto de dejar la adolescencia— ya se habían resignado a esa separación anunciada. Y por eso el velorio no estaba envuelto en aura deprimente, sino más bien parecía un encuentro de antiguos conocidos.

Ya cuando la noche iba alejándose de sus horas tempranas, casi no había nadie en el recinto, aunque los deudos cercanos permanecían reunidos muy cerca del féretro.

La esposa les dijo entonces a los hijos:

–Dentro de poco nos vamos, porque mañana tenemos que estar aquí temprano, ya que mucha gente prefiere dar el pésame lo más pronto posible…

Ambos asintieron aliviados. Y en ese justo momento ingresó un grupo de personas que para ninguno de ellos eran identificables.

Los recién llegados no saludaron a los presentes y se fueron a ubicar en un extremo de la sala.

De pronto esos recién llegados se incorporaron de sus asientos, y sin previo aviso comenzaron a cantar a capela. Canciones de los años 60. Rock en diversos estilos.

Al concluir una de esas canciones, el mayor de los cantores tomó la palabra:

–Esto es en honor a Dilo, nuestro compañero de tantas aventuras juveniles. Si no resucita con esto ya no habrá cómo…