ÁLBUM DE LIBÉLULAS (230)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1883. CRUCE DE IDENTIDADES

El caminante se detuvo ya cuando estaba a unos pasos la entrada a la pequeña y rústica construcción que podía ser muchas cosas, desde una taberna hasta una capilla, porque en aquellas soledades semidesérticas todas las identidades eran volátiles. Empujó la puerta de madera agujereada por la intemperie, y ya estaba adentro. Lo recibió una oscuridad total, que en ese mismo instante empezó a desvanecerse. Él no pudo controlar el susurro: «¿Dónde estoy?» Y de inmediato otro susurro le respondió: «En la casa del señor». Él reaccionó como si la respuesta fuera en mayúsculas: La Casa del Señor. Hizo el intento de arrodillarse; pero el susurro se convirtió en carcajada: «¡No, hombre, es la casa del dueño de estas tierras, un forajido con ínfulas de señor… Le gusta recibir a viajeros inocentes, jajá!»

1884. TARDE EN CONFIANZA

El vehículo, uno de esos carros clásicos que se han vuelto tan apetecidos por los coleccionistas jóvenes, iba haciendo alarde de su capacidad intacta de avance veloz, y en un giro de ojos el que iba en el asiento vecino al del conductor le advirtió a éste, con la confianza de los allegados de siempre: «¡Te pasaste, cabrón, tenés que retroceder!» El conductor hizo un instantáneo derrape hacia la orilla, sin decir nada, yendo hacia atrás. Y el acompañante le agradeció: «Gracias, amigo, hoy sí estamos llegando al puesto». La reacción fue risueña, con la ironía del caso: «Ah, qué bien que en un segundo pasé de ser cabrón a ser amigo…» Risotadas mutuas. Ya estaban ahí, frente a la casa de muchachas que era la favorita de ambos. «¡Apurémonos, pues, que se nos va a notar!», dijeron al unísono, tapándose por aquello de las dudas…

1885. LEALTAD SIN FIN

Hacía buen rato que había amanecido y el pito del ferrocarril anunciando su próximo arribo a la estación inmediata era la mejor prueba de ello. El niño que hacía las veces de testigo superior de todo lo que ocurría en los entornos se hallaba despierto y levantado desde que el sol apenas se anunciaba. Ahora iba descendiendo a toda prisa por la cuesta polvosa para llegar a la orilla e los rieles antes de que el tren apareciera entre los paredones orientales. Así sucedió, en efecto, y cuando la máquina de larga vida se dio a ver seguida por su lista de vagones trepidantes, él estaba ahí, con el saludo a flor de mano. Todos los maquinistas lo conocían, y el que estaba de turno esa mañana le envió un saludo en altavoz natural: «¡Buenos días, chelito fiel, que estarás ahí aun cuando tu tren amigo ya no exista!»

1886. EL COLOR DEL TIEMPO

El adolescente se le acercó a aquel señor octogenario que vivía muy cerca. El jovencito, que estaría a lo sumo en vísperas de sus 16 abriles, se halló así frente al anciano que de seguro bordeaba su década novena. Sentados frente a frente, emprendieron el encuentro. «¿Qué te preocupa, muchacho? No puede ser el tiempo, porque a tu edad el tiempo no existe…» «No es el tiempo, sino el color que me provoca». «¿El color? No lo había pensado. ¿De qué color lo ves y de qué color quisieras verlo?» «Es lo que no sé: los colores se me cruzan». «Ah, pues no eres el único. Me pasa lo mismo». «¿Y entonces cuál es la enseñanza de los años?» «Que todos los momentos están siempre presentes, con sus colores característicos. El tiempo es sólo un juego. El tablero es la vida. ¡Somos contemporáneos, ahora y siempre!»

1887. LECCIÓN PARA NOVATOS

La dama vestida de rojo a la última estaba ubicada en uno de los sillones de espera, mientras él, su pareja trajeada formalmente en azul marino, iba a recoger las entradas a la ventanilla correspondiente. Volvió con ellas, viendo su Apple watch. «Falta un buen rato para que empiece la función, y bien podemos ir a tomar algo por ahí entre tanto». «¿Algo?», inquirió ella con la mirada provocadora que le era tan característica. «Bueno, una copa de Don Perignon, donde haya». «Así ya entiendo. Vamos», aceptó ella, dirigiéndose sin vacilar hacia el sitio conocido. Era un rincón en penumbra con una cuantas mesas de corte clásico. «¡Ah –dijo él en voz de adolescente ilusionado–, si aquí fue donde nos vimos por primera vez!» Ella sonrió como una estrella de los años 50: «Es que el Dom Perignon hace milagros».

1888. FUSIÓN DE GUSTOS

Desde la ventanilla del avión se observaban los matices pictóricos del paisaje, que cambiaba con el avance del vuelo. Ellos Iban de Dallas a Nueva York en una tempranera ruta vespertina, y esperaban llegar a tiempo para ir a cenar al restaurante hindú que se hallaba lateralmente enfrente del edificio donde estaba ubicado su apartamento. Él iba junto a la ventanilla y ella en el asiento vecino. Ella se hallaba a punto de dormirse y él continuaba en su labor contemplativa. «¡Eso parece una ración de Palak Paneer!», dijo él refiriéndose a una de las formaciones de la tierra vista desde el aire. Ella reaccionó, y se acercó al cristal: «¡Y lo que está ahí es una porción de Jeera Rice!» Se tomaron de las manos. El juego podía continuar. Y ambos dijeron en una sola voz: «¡Este menú viajero es lo más apetitoso que hay!»

1889. PARÁBOLA DEL CLIMA

El solsticio de verano estaba haciéndose el rogado, como es reiterada tendencia estacional en estos caprichosos tiempos. Los meteorólogos, cada día más desconcertados, ya casi hablaban en lenguas, y esta vez anunciaban una nueva onda tropical ya cuando era fecha más que sobrada para que aparecieran los afamados vientos de octubre. Entonces a alguien se le ocurrió ir a consultar a un maestro en señales extraterrestres. La respuesta inmediata del aludido tuvo sabor premonitorio: «No habrá vientos, pero habrá brisas, porque las brisas son más condescendientes con el cambio climático, que es el que hoy gobierna. Y pidámosle a las brisas que convenzan al verano de que es mejor cantar en coro que enmudecer en solitario… ¡Así sea!…»

1890. PASAJERO MISTERIOSO

El piloto acababa de anunciar el inicio del descenso, y toda la ceremonia formal se emprendió al instante. Él, que había dormido durante todo el trayecto, se espabiló sin dificultad. La aeromoza pasaba junto a su asiento, y él le preguntó: «¿Cuánto durará la caída?» Ella se detuvo asustada: «¿Caída, dice? ¿Pero cómo se le ocurre semejante cosa?» Él respondió como si todo aquello fuera un chiste ingenuo: «Ay, señorita, usted y yo sabemos que en este desierto es imposible aterrizar…» Ella se autodefendió con el gesto: «Yo no soy quién para opinar al respecto, pero si usted lo dice sus razones tendrá…» Y él entonces lanzó una mirada a su alrededor como diciendo: misión cumplida.

 


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