ÁLBUM DE LIBÉLULAS (232)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1899. DESDE LA VENTANILLA

¿Cuántas veces había hecho aquella ruta que lo llevaba al jardín de Britanny? Él lo llevaba todo apuntado a mano en una agenda que había estado guardada en el ropero de su abuela materna y que él encontró unos días antes de hacer su primer viaje al jardín imaginado. En esta ocasión el recorrido en el ACELA tenía un motivo muy especial, que vinculaba los años vividos con la solemnidad del clima. Era otoño, y los árboles ya se hallaban cubiertos de veladuras rojizas, de irrupciones amarillas y de remembranzas verdosas . En el camino, de apenas dos horas y media entre Penn Station de Nueva York y Penn Station de Baltimore, iba repasando sus palabras. Pero llegó y sobraban las palabras. Britanny lo esperaba con un agasajo de compromiso. ¡Por fin! El otoño observaba, sonriente, desde su ventanilla…

1900. SE ME EXTRAVIÓ EL ÁLBUM

Como todas las mañanas, desperté antes de que amaneciera; pero hoy hubo una diferencia inesperada: cuando lo hice era yo el que estaba envuelto en una aureola igual a la que se posa entre los árboles vecinos cuando el sol se hace presente. Me sentí a la vez ilusionado y angustiado, quizás porque lo único que estaba a mi alcance era aquella sensación de que todo puede pasar cuando se abren las opciones de lo inesperado. Afuera, la nubosidad seguía prevaleciendo, y eso me hacía estar a la expectativa. De pronto, una bandada de libélulas entró por la ventana y fue a ubicarse hasta en los más escondidos rincones. En ese instante, la emergente luz solar se apoderó de todo. Yo entonces me sentí compelido a dar mi propia explicación: «Queridas libélulas, ténganme paciencia porque se me ha extraviado el álbum…»

1901. CELEBRACIÓN FLUYENTE

Era 21 de noviembre, y la fecha tenía un efecto visual inescapable. Ese día, muy temprano, y con el otoño en marcha, llegaron al Hospital para que le practicaran a ella la operación programada. Él se quedó en la sala de espera, que daba a la calle y a un sitio arbolado. Ahí aguardaría los llamados correspondientes. El primero fue al cubículo de antesala, ya ella en su silla especial, mientras le aplicaban por goteo el líquido protector. Se la llevaron a la sala de operaciones y él volvió a la sala de espera. El segundo fue hacia el salón de recuperación, ya con todo concluido. El doctor les dijo: «Todo salió bien. Ya no hay catarata. Los espero mañana para retirar el parche». Esa noche, en su cuarto frente a la bahía de Baltimore, él le anunció: «Aunque sea otoño, de aquí nos vamos a las Cataratas del Niágara, a celebrar…»

1902. ¡FELIZ AÑO NUEVO!

Habían culminado los preparativos para llevar adelante aquella celebración que era la tradicional todos los años en el seno familiar. La mesa arreglada, las luces encendidas, la música dispuesta… El más expresivo de los organizadores preguntó, a su estilo: «¿Todo está puesto donde debe estar?» Y los que circulaban por ahí asintieron con sus respectivos gestos. Sólo faltaba dejar transcurrir los últimos minutos. ¿Minutos? Eso era lo que decía el reloj, pero algo muy distinto se dibujaba en el entorno. «¿Alguien falta?» «¡Sí, Luciano!» Luciano era el hijo menor, que se caracterizaba por ser el más servicial. Una hora después, y ya traspasada la medianoche, apareció Luciano, jadeante. «¡Perdonen la tardanza, pero es que el Año Nuevo andaba de escapada, y me costó atraparlo para que estuviera aquí, en su cena!»

1903. VOZ EN LA RUTA

«El otoño es mágico», acaba de decirme ella mientras el tren se desplaza por la planicie donde toda la vegetación ha cambiado de traje para estar a tono con la estación imperante. Los verdes han ido escapando cada día más de prisa y en su lugar están aquí los rojos y los amarillos en sus más atrevidos matices. Ahí, de pronto, y por los segundos que permite el tránsito rápido de la máquina, un árbol de proporciones ancestrales nos envía con su iluminación espontánea un saludo de fraternidad inspiradora. ¡Sí, vamos aquí, de regreso al nido neoyorquino, con las ánimas dispuestas a seguir adelante, luego de una prueba de salud que los artistas del Johns Hopkins Hospital han resuelto a su estilo. El tren se acerca a la Gran Manzana, y entonces ella me recuerda: «Si así es el otoño de la vida, vivámoslo al máximo!»

1904. PROEZA DEL DESTINO

Hay seres de agua, hay seres se polvo, hay seres de humo… Lo tenía claro desde que a muy temprana edad comenzó a tener conciencia de los matices humanos. Porque se trataba justamente de eso: de matices emocionalmente relevantes. Y por eso, cuando entró en la edad de las conexiones amorosas, lo primero que él tenía en cuenta era la identidad profunda de la persona, que casi nunca era un dato consciente. Y en eso llegó ella, Marigold, que arribaba con inspiración floral. Después de conectar con las miradas, ella le lanzó un dardo sonriente: «Soy nadadora, caminante y rescatista.. ¿Te suena?..» Él se quedó en silencio, como si revisara su cuaderno de pistas interiores. Y después de unos segundos le brotó la respuesta: «¡Eres la mujer perfecta: los elementos nos alumbran!»

1905. REALISMO INGRÁVIDO

Ayer hubo solsticio, y las hojas de los árboles vecinos, que eran una comunidad superpoblada, lo hicieron sentir con pálpitos ilusionados. Nuestro conocido era uno de esos personajes que se hacen sentir más por su ausencia que por su presencia, y en esta oportunidad eso tenía un significado muy especial: llegó a la cena a la que lo habíamos invitado en confianza cubierto con el abrigo de sus antepasados. Lo miramos con extrañeza, aunque lo conocíamos desde siempre. Uno de nosotros le susurró con una sonrisa: «El verano ya está aquí. ¿Te diste cuenta?» Él, que era un detallista compulsivo, nos miró con expresión casi desconcertada: «¿El verano? ¿Y eso qué significa?» Nos quedamos estupefactos, sobre todo viniendo de él. Y de inmediato lo entendimos. ¿Verano, invierno, humedad, resequedad? Ilusiones anímicas del aire. ¿O no?

1906. OBRA DE SÍMBOLOS

Era apasionado de los aromas, y en estos tiempos en que prácticamente todas las fragancias creadas para el uso se van volviendo usables por ambos sexos, tal adicción le era aún más abundante y cautivadora. Aquel día descubrió en la tienda Diptyque una loción nueva: Geranium Odorata. La adquirió de inmediato, y esa noche se la aplicó abundantemente para ir a cenar con ella, la mujer de sus ensueños odoríficos. Ella lo miró con ilusión instantánea: «Vienes como conquistador, ¿verdad?» Y él le tomó la palabra: «¡Es que soy un geranio reencarnado!»

 


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