ÁLBUM DE LIBÉLULAS (236)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1923. PARA PENSAR UN SEGUNDO

«Así como va la aceleración de los tiempos, debemos prepararnos para el día en que la memoria empiece a convertirse en una especie en vías de extinción». La frase era una de las que soltaba el profesor Ascanio, experto en flujo existencial, con ánimo de provocar a sus oyentes, que eran siempre de las edades más diversas. En esta oportunidad, el grupo reunido lo ha hecho en un lugar de la costa marítima, porque el verano invita a ello. «Lo que debemos hacer, entonces, es aprender del mar, que constantemente inventa olas sin renunciar a sus movimientos consabidos, y eso es lo que le ha mantenido saludable desde siempre». Uno de los jóvenes presentes reaccionó: «El mar es lo menos humano que existe». Y uno de los mayores lo miró de reojo: «Quizás tú tienes alma de arroyo».

1924. SOL A LA PUERTA

«¿Quién estará tocando a esta hora?» La pregunta, apenas murmurada, se cernía sobre las almohadas donde aún se anidaban los dos habitantes del camastrón heredado. La cortina del ventanal permanecía totalmente cerrada desde el momento en que se acostaron, y por ahí no podía penetrar ninguna señal de afuera. El y ella volvieron a sumergirse en la somnolencia prematutina. Minutos más tarde se repitió la pregunta: «¿Quién estará tocando a esta hora?». Entonces, ambos se incorporaron, sin dejar sus respectivas posiciones en el lecho. Él emprendió su natural impulso y fue a descorrer la cortina. Aún parecía de noche, pero ya no era hora de que lo fuera. «Voy a ver». Abrió la puerta de entrada. Y de inmediato entró por ahí, como si hubiera estado a la espera, el primer rayo de sol.

1925. ADIÓS A LA LLUVIA

«Parece que la lluvia ya no quiere permanecer aquí…» «Pero no tiene ningún motivo para estar descontenta con el trato que ha recibido». «Las señales de afuera indican lo contrario: las nubes lluviosas se esconden a cada rato, los soplos húmedos del aire resbalan por los tejados queriendo escabullirse, los colores del cielo andan a la deriva sin atinar a fijarse en ningún alero…» «¡Ah, pero qué bien lo has descrito: quizás te estás volviendo poeta… ¿Quién lo hubiera imaginado?, ¡jajajá!» «No te riás, porque la poesía es sagrada». «Ah, caramba, di en el clavo, y la lluvia parece que sí te comprende». «No te burlés, porque te puede caer un rayo». Dicho y hecho: en ese segundo se desató una tronazón retumbante y los rayos vinieron acompañados por una tromba de agua, que era la despedida de la humedad y el anuncio de la sequía.

1926. PARÁBOLA DEL ECO

A lo lejos sonaban aleteantes campanas. El recién llegado estaba aún acomodándose en su cuarto del hostal al que acababa de llegar. Cuando oyó el revuelo, se detuvo y fue a asomarse a la única ventana disponible, aunque desde ahí no era dable identificar ninguno de los sitios de donde venían los sonidos entrañablemente metálicos. De repente creyó ver a lo lejos el borde de una estructura que bien podía ser un monasterio. No tardó mucho en salir en esa búsqueda. Llegó al punto, y lo que había ahí era una plazoleta árida, en cuyo centro se alzaba un faro que no tenía sentido en aquel lugar donde no había aguas de ningún tipo. ¿Y las campanas? Cuando lo pensó, el faro empezó a temblar y de su interior resurgió el sonido, como si fuera la memoria de un cruce de mundos…

1927. CLIMA EN CAMINO

Cada vez que había cambio de estación climática, las sensaciones le regresaban con puntualidad impecable. Era su más antigua tradición existencial. Aunque el clima había perdido su disciplina tradicional, siempre había un tránsito que se hacía sentir. Ahora estaba a mitad de octubre, y aunque los vientos de entonces brillaban por su ausencia, la memoria se esmeraba por marcar momentos y perspectivas. «¿Qué te pasa, mi amor, por qué tiritás?», le preguntó ella, que andaba con uno de sus más atrevidos escotes. «Es que octubre nunca se olvida del todo de sí mismo, y si uno lo provoca, suelta prenda». En cuanto lo dijo, se desató una ráfaga inesperada. Él saltó, como lo hacía en sus juegos infantiles, y lanzó el risueño grito: «¡Verano, gracias por volver, volver, volver!»

1928. A LA LUZ DE LA LUNA LLENA

El ermitaño fue saliendo de la espesura con la perfecta pinta de un anciano despojado de todo signo de vitalidad y de todo recurso de supervivencia. Y lo hizo cuando una jovencita esbelta y radiante pasaba por ahí con un libro en la mano. Nunca se habían visto, y al cruzarse tuvieron una visión casi sobrenatural. Él se sacudió, como si quisiera despojarse de todos sus residuos, y ella se quedó extática, como si encontrara una imagen ya vivida, y abrió al segundo el libro que llevaba en la mano, leyendo en voz alta: «Soy un príncipe encantado por un hada maligna y obligado a vivir en un bosque como anciano de pelo cual la nieve…» «¡Soy yo!», gimió él. Y ella clamó: «Es un cuento de los Grimm… que me ha hecho conocer a mi príncipe…»

1929. BASÍLICA PROPIA

«Ahora que estoy liberado de todas mis obligaciones empresariales puedo pensar en adquirir un piso en el Madrid que amo desde que lo conocí». «Como tienes alma joven te apasiona el Viejo Madrid». «Me alegra que compartas mi idea…» «Yo también tengo alma joven, recuerda». «Ummm… Y ya me decidí: será un piso en la Calle del Duque de Medinaceli». «Ah, es por la Basílica de Jesús de Medinaceli, ¿verdad?» «¡Diste en el clavo: ya sabés que yo siempre ando a la búsqueda de lo sobrenatural que se deja ver!» «Si tenemos un piso en la Calle del Duque o en la Calle de Cervantes podrás ser vecino de tus mejores ensueños espirituales». «Es lo que quiero: salir a la calle y sentirme a la puerta de mi fe». «Entonces, adelante, que el milagro es nuestro».

1930. EN TOTAL ACUERDO

La pregunta le nació por impulso espontáneo: «¿Estás ya dispuesta a que vayamos esta tarde a reposar tranquilamente sobre la hierba?» Ella, que era dada a sacarle sonrisas a cualquier detalle y a coger al vuelo toda inspiración escurridiza, le tomó la barbilla con un guiño suave: «Chiquito, ¿qué te pasa? ¿De qué hierba me estás hablando? ¿Será una hierba tejida en forma de colcha silvestre?» «Jamás me atrevería a insinuar semejante cosa», dijo él en son de broma. «¡Ah, no, hoy te vas a animar a responsabilizarte de tus insinuaciones!» Y entonces se abrazaron, temblando de risa.

 


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