Personajes: Escobar Velado y Láscaris (II)

Cuando me refiero al poeta Oswaldo Escobar Velado y al filósofo Constantino Láscaris no pretendo un boceto biográfico, sino verlos a ellos desde mi persona, como cuando uno está frente a un espejo. Comenzar por ellos tiene que ver con la distancia que nos separa desde su ausencia, antes que el tiempo empañe el cristal y desaparezcan sus imágenes en las que me observo.

Porque cuando se escribe para hacer trascender un hecho, no solo para exponerlo, la clave para lograrlo se puede graficar en la famosa frase atribuida al novelista francés Gustave Flaubert: “Madame Bovary c’est moi” (“la señora Bovary soy yo”) refiriéndose al personaje de esa gran novela. Esa asimilación no incluye solo la escritura de ficción, sino también al periodismo, donde quien escribe se encuentra a sí mismo en un relato que va más allá de exponer el hecho. En pocas palabras, escribir siempre con el propio sentimiento. La emoción soy yo.

Esto me impulsó a pensar en la posibilidad de escribir dos partes sobre mis personajes: Oswaldo Escobar Velado y Constantino Láscaris. Porque siempre he encontrado una interacción entre ambas disciplinas: poesía y filosofía. Con más razón si son disciplinas donde las ideas y los sentimientos se imbrican para explicar otra realidad, la óptima, la que se está redescubriendo en el desarrollo humano, desde el uso del palo y el grito, hasta la fusión nuclear y las amenazas de exterminio humano.

Eso me hace unir a los dos personajes. Cada uno mira la vida en su peculiar modo de interpretar su papel social. Escobar Velado, un profesional de la jurisprudencia, escribe para decir “moriré, morirás, pero conmigo continuará mi grito…”. Con eso explica el deseo de hacer resonar su voz en favor de los demás, y espera que otros lo escuchen.

Láscaris escribe para conocer el país ajeno (Costa Rica) que hace suyo y para ello debe escribir sobre él para comprenderlo mejor. Importa que los escuchen diez o cien o mil personas, pero quiere dejar constancia que pasó por un mundo centroamericano buscando una verdad. Hace uso de la palabra “no solo para comunicar sino para sensibilizar”, (Heidegger). Cómo somos, cómo pensamos, tanto el costarricense, como el centroamericano, y por eso escribe sobre las ideas de Centroamérica, y se apropia de esa realidad, cómo convivimos, cómo somos. Y en el caso específico de su país de adopción lo reconoce como país de cultura campesina, sencillo en su origen, sin que signifique perder esa raíz. Al auscultar un alma nacional también debe juzgar o merodear entre bienestar y malestar social para construir. Se construye revelando identidad.

Escobar Velado escribe “Cristo América” (Venid a ver mi mapa desgarrado.

Ved el cuerpo del Cristo y sus venas azules); el poeta no solo molesta; punza el dolor mismo. Cada quien con las particularidades de la palabra de acuerdo con su disciplina trata de descubrir el destello entre las flores y las espinas. Los riesgos de la búsqueda.

Recuerdo cuando trabajé con Láscaris en el Instituto de Estudios Centroamericanos, Universidad de Costa Rica. Bajábamos acompañándolo, su equipo de trabajo, de la segunda planta hacia la primera planta del edificio de la facultad (Estudios Generales), a tomar café, ahí conversábamos. ¿Qué se puede conversar mientras se toma café a las 10 de la mañana? Cuando un equipo está por consolidarse se tiene que ser muy suelto, conversar sobre los temas, desde cómo proyectarse con la revista de poesía (que me tocaba a mí), y con ella tener canje para enriquecer la biblioteca inicial que quería construir sin presupuesto para libros; o bien planear un programa radial sobre antropología centroamericana.

Con esa soltura propia del que ve en la vida los problemas, Láscaris nos dice: “La gente pensará que estamos sentados en el café ganando fácil un salario, lo que no saben es que estamos haciendo filosofía”. Lo expresaba con sentido de humor y a la vez nos defendía con ironía crítica. Como decir no se preocupen, están con el sabio Láscaris. De esa manera, nos daba una lección antiburocrática, no se trata solo de calentar la silla de un escritorio. Para el filósofo la vida estaba en todas partes.

Constantino Láscaris desde lejanos ancestros, una noble familia griega originaria de Constantinopla, cuyo abolengo y apellidos se carga desde el siglo XIII, se enamoró de un país cuando aún no le llegaban los atisbos de modernización. Por eso había que participar en el cambio de una universidad relativamente nueva, mediante una reforma universitaria. Parte de un equipo académico que vio la educación como la clave de cambio (1956). “Hombre de buena fe que nunca se negaba a nada… Era una persona generosa que jamás haya conocido”, dicen sus colegas españoles.

Escobar Velado se dispersaba en diversas actividades, podía desarrollar diferentes disciplinas en coherencia con su palabra, siempre buscando tres pies al gato. Desde una revista (Gallo Gris) o un programa radial, ambos literarios, hasta la formación de un partido político, en una época que era una aventura ese tipo de manifestaciones. Incluso se unió a un militar reconocido, con lo cual ambos, militar y poeta, terminaron marginados de una vida normal, era un enemigo.

Pero no dejaba de participar en certámenes literarios, que por ser un maestro de la poesía era el usual ganador de premios, que él calificaba como “municipales y espesos”; y le cantaba a las reinas de las fiestas de las comunidades donde llegaba como poeta laureado. Así, jugando con la poesía, en la búsqueda de la democratización estuvo en el exilio en Costa Rica y Guatemala. ¿Cómo era posible una oveja negra en una familia de ovejas blancas? De Costa Rica trajo hermosos poemas de amor dedicados a Urania, y desde Guatemala nos trajo la palabra para “seguir cantando lo que nos duele cotidianamente, y cae como una gota amarga en el corazón”. Murió (1961) interno en un hospital siquiátrico, porque quiso estar solo, víctima de un cáncer; fomentemos un árbol de ceiba como monumento. Láscaris muere en 1979. Sin embargo, ambas vidas sobreviven.

Dos personas, dos naciones (I)

Hace una semana estuve en un conversatorio con 137 docentes en el evento de final de un diplomado-maestría sobre literatura y lenguaje. Las preguntas más frecuentes que me hicieron fueron respecto a escritores que me influyeron en novela y poesía. Aunque no lo mencioné, hasta ahora reparo que no solo influyen otros escritores y libros, sino personas, escriban o no escriban. Hay influencias para escribir y para vivir, y esto se conjunta en la literatura.

Recuerdo a dos grandes personalidades que influyeron en ejemplos de sensibilidad humana. Uno salvadoreño, Oswaldo Escobar Velado, poeta y abogado; otro español-costarricense, el maestro y filósofo Constantino Láscaris.

Del primero leí a temprana edad: “Árbol de lucha y esperanza”, donde encontré un poema inolvidable: “Romance de dos mujeres”, un poema que es un memorial a dos mujeres: Altagracia Kalil y Adelina Suncín, asesinadas por la seguridad del general Hernández Martínez. Por ese poema esas dos mártires siguen vivas para siempre.

Esto me hace recordar que en algunas poblaciones africanas se conmemora a una personalidad eligiendo un árbol. Nosotros podríamos elegir un poema o también hermosos árboles de ceibas, conacastes y de fuego. Y así tendríamos monumentos a Salarrué, a Claudia Lars, a Masferrer, a Escobar Velado, a García Flamenco, a Roque Dalton sin aplicar presupuesto estatal que debe destinarse a necesidades educativas, seguridad o salud.

Según Pedro Geoffroy Rivas, un iconoclasta por excelencia, el mejor poema en El Salvador de esa época de floración poética es “Moriré… morirás” de Escobar Velado. Aunque también está “Elegía infinita”, dedicado a su madre, o el más declamado en la bohemia soñadora de la época del Centro Histórico: “Patria exacta”. A Oswaldo le gustaba leer sus poemas a los poetas jóvenes en los encuentros de cafetín. Era su manera modesta de ofrecer un aprendizaje a los poetas. Recuerdo que le sugerí cambiar el verso final de su poema “Patria exacta”, con un verso final inmerecido; otro día me mostró el cambio: “Yo no la cambio, aunque me cueste el alma”.

Oswaldo tenía por el lado materno genes de sensibilidad humana y literaria, por bisabuelos y abuelos, los Velados. Y por el lado paterno, los Escobar, tenía propiedades dejadas a la madre que amaba a su hijo poeta, nunca lo abandonó en sus exilios ni en su enfermedad dipsómana. Vivían de sus rentas.

Otro personaje inolvidable fue el español-costarricense Constantino Láscaris Conmeno Micolaw, conocido como el sabio Láscaris en la Universidad de Costa Rica, descendiente directo de príncipes imperiales griegos.

Cuando llegamos decenas de funcionarios universitarios desterrados a Costa Rica (1972), se nos hizo silencio explicable, por ser desterrados en una Costa Rica paradisíaca. En plena ciudad de San Pedro, donde se sitúa la universidad icónica, dormíamos con las puertas abiertas; la leche y el pan se dejaban en la calle frente a las casas, desde la madrugada, lo que creaba malas tentaciones para los forasteros sin trabajo.

Un día, en una gasolinera con mi amigo abogado Tomás Guerra, también salvadoreño desterrado desde antes, me encontré con don Constantino. “¿Ya está trabajando?”, me preguntó. Le respondí que no, aunque ya editaba libros como freelance, recomendado por otro poeta salvadoreño en Costa Rica, director de la editorial EDUCA, Ítalo López Vallecillos. En la gasolinera, a la par nuestra se estacionó otro auto. Conocía de vista a la persona. Lo saludé. ¿Quién no conocía al sabio Lácaris?

La pregunta me la hizo desde su vehículo. Respondo dudoso que no. “Usted no trabaja porque no quiere, aquí hay muchos que lo conocen y estiman”. Tomás me pregunta: “¿Cómo has conocido a don Constantino?” Respondo: “Sé algo de sus libros, pero hasta ahora lo conozco en persona”. “Oye, con él tenés abiertas las puertas de la universidad, tomale la palabra”. Yo tenía apenas tres meses de estar en Costa Rica y me sentía desempleado.

Constantino Láscaris escribió un libro que parte de una verdad: “Quien ve algo todos los días no lo ve, entonces se aprecia mejor a Costa Rica como forastero, el ser y convivir de los costarricenses”. Así se justifica y se disculpa por lo que diga, pero con un elogio: “Los modos de convivencia costarricenses son únicos, modelo para el mundo”.

Yo comencé a conocer Costa Rica por los libros, trabajando como editor: “La dinastía de los conquistadores”, Samuel Stone; “El costarricense”, Constantino Láscaris; “Los grupos de presión en Costa Rica”, Óscar Arias Sánchez; “Así vivimos los ticos”, de Miguel Salguero. Sin este trabajo cuidando ediciones, hubiese sido difícil conocer algunos aspectos del corazón costarricense, alguien que había llegado en contra de su voluntad. Mucho después conocí la extensa bibliografía épica de la Guerra Patria Centroamericana contra el supremacista William Walker.

Me convencí de visitar al Dr. Láscaris a la Universidad de Costa Rica (UCR); además, por intercesión de esta, nos sufragaba al grupo universitario desterrado la vivienda y el desayuno. Me explicó que estaba queriendo fundar, sin presupuesto, un Instituto de Estudios Centroamericanos, y que los salvadoreños desterrados podían ser la base para ese instituto.

Con modestas funciones y salarios ídem, entramos a trabajar con él tres compatriotas. Láscaris pensaba que a la universidad le faltaba una proyección centroamericana, que estaba pensando en varios contratos para su proyecto. Y me nombró director de una revista de poesía. Después me sugirió visitar al poeta clásico de Costa Rica Isaac Felipe Azofeifa, que tenía buenas referencias mías y era decano de la facultad más grande de la UCR. “Conmigo gana apenas para comer, pero ahora ya es empleado universitario, y puede visitar a don Isaac, propóngase como profesor de literatura centroamericana”.

Y con ese gesto de la magia sensible del filósofo Láscaris, pude ingresar a esa universidad que en estos momentos su ciudad universitaria ha crecido el doble con su increíble Universidad de las Ciencias.

Renuncié ocho años después, cuando llegaron miles de campesinos salvadoreños refugiados por la guerra, fui a trabajar con ellos, a apoyar su desarrollo en un país y ciudad diferentes a su dramática condición de vida.

Recuerdos de un pasado presente

Hay un presente vivo en San Salvador. Un ejemplo: cuando Alberto Masferrer plantea (1915) la necesidad de crear una biblioteca pública en cada comunidad; o cuando Salarrué relaciona el concepto de patria al amor por la naturaleza, adelantándose a los conceptos relacionados con las políticas ambientalistas (“Carta a los patriotas”, 1933); o Francisco Gavidia, a los 17 años, cuando le advierte al visitante poeta niño nicaragüense (Rubén Darío tenía 15 años), la posibilidad futura de transformar la poesía castellana.

En los cinco escritores citados se confirma una fuerza creativa explicable por la adivinación o intuición, fundamental para un artista. Razón histórica suficiente para calificarlos de visionarios. ¿Los olvidados? No importa, los olvidos son recuerdos ocultos (excepto Darío, que sigue vivo en los nicaragüenses y en la poesía castellana). Las anteriores ideas se las di a una talentosa periodista y escritora joven, doctora en Historia. No sé si escribió algo; pero le referí relatos de escritores, de los años 1955 y 1958, época de ingreso al corpus literario salvadoreño de Italo López Vallecillos, Alvaro Menén Desleal, Armijo, Dalton, Bogrand, Canales y otros. También hablé de los poetas mayores como Oswaldo Escobar Velado, Pedro Geoffroy y Matilde Elena López, cercanos al grupo de jóvenes ansiosos de tertulias; Matilde Elena no participó por encontrarse en Ecuador; tampoco Irma Lanzas y Waldo Chávez Velasco, ambos en Italia. Muy raras veces se agregaron René Arteaga, periodista y cuentista, casi olvidado, Mercedes Durand y periodistas amigos. Ese pasado presente se relaciona con el marco urbanístico de la ciudad histórica de San Salvador.

En la esquina del parque Libertad y la iglesia El Rosario hubo un edificio de seis plantas, ahora en proceso de remodelación, pues le quitaron dos y le dejaron cuatro, su estructura resistió el terremoto de 1986, era el edificio de la Cafetalera Salvadoreña, que servía café de calidad, Café Doreña, para que los clientes cafeteros nos acostumbráramos a tomar café de verdad, no el soluble, ni el de cáscaras y semillas de aguacate. También había otras dos: cafetería La Corona, a unos metros del Doreña y la Americana, en avenida España, en el costado poniente de catedral, cerca del predio de la antigua universidad quemada por el vandalismo institucional (sobre esto tengo un libro inédito, premiado por la Fundación Guggenheim, Nueva York).

El lugar favorito de los poetas era el Doreña, solo vendía café. Era un lugar bastante pequeño, pero el sitio favorito de los jóvenes intelectuales (perdón por la mala palabra) y del abogado, poeta Oswaldo Escobar Velado. A pocos pasos estaba otra cafetería: La Corona. Sitio preferido por los periodistas, pues se vendía tamales y pan. La atracción para los periodistas era que estaba cerca del Palacio Nacional, sede de los órganos de Estado, donde se esperaban las noticias políticas. Además de poetas y periodistas también llegaban los llamados “coyotes” y los “orejas”, (confidentes policiales), en búsqueda de conspiraciones inventadas.

Una cuadra y media al norte, cerca del parque San José, estaba el hotel Café Izalco ubicado en un hermoso edificio art deco, aún está ahí, invisible y perdido entre basura y ventas informales. Enfrente estaba la librería de Ana Rosa Ochoa, secretaria eterna de Alberto Masferrer. El Izalco tenía sillones por ser también hotel. En este lugar las tertulias eran más discusiones, donde se sumaban Pedro Geoffroy Rivas, Roque Dalton, Jorge Arias Gómez y los periodistas Luis Mejía Vides, director del suplemento literario de LPG; Raúl Monzón, Danilo Velado y Otto René Castillo (este último poeta guatemalteco casi adolescente, también reportero de LPG).

En la librería Claridad, de Ana Rosa Ochoa, conocimos desde esas épocas juveniles a escritores como Jorge Amado, Maiakovski, Kafka, Miguel Hernández, Lorca, Alberti, Neruda, Vallejo, León Felipe, Nazim Himet, Antonio Machado, casi todos poetas ligados a la literatura e ideas de los intelectuales exiliados de la España republicana.

En el 58 cerraron el café Doreña y lo abrieron donde fue el Círculo Internacional, frente a la cripta de Monseñor Romero, ahora es un almacén de electrodomésticos. Ahí también se trasladó toda aquella clientela de locos, entre poetas y periodistas, o soñadores de la época. Por supuesto no podían faltar los “orejas”. La otra cafetería importante, la Americana, no era visitada por los poetas, sino por políticos y señores respetables. Por su precio más elevado, no cabían los poetas, los periodistas, vendedores y menos los “orejas”. El precio en las otras cafeterías andaba entre 10 y 20 centavos de colón y eran de permanencia voluntaria donde se podía escribir poemas en las servilletas de papel o leer los poemas escritos la noche anterior.

Las tertulias eran literarias, en especial sobre poesía, pero también se daban los desahogos políticos que criticaban los regímenes autoritarios de la época.

Por último, pero eso ya en los años setenta, surgió un lugar clásico, en las cercanías del portal La Dalia, la cafetería Bella Nápoles. ¡Aún está en el mismo lugar! Aquí llegaron los escritores de la Cebolla Púrpura, la generación de los poetas muertos, entre otros: Jaime Suárez, David Hernández, Rigoberto Góngora, Alfonso Hernández y otros más de los cuales cuatro sobrevivieron la guerra.

Las cafeterías eran para el esparcimiento diurno, pues los nocturnos, tipo bar con restaurantes cercanos al Teatro Nacional y la plaza Morazán eran el Lutecia, Mercedes, México, La Praviana; eran sitios visitados por Roque Dalton, Pepe Rodríguez Ruiz, Miguel Parada, Armijo y Ricardo Bogrand.

Y enfrente de la actual Biblioteca Nacional, diagonal a la plaza Cívica, estaba el Casino Salvadoreño, y a pocos pasos estaba el Chalo’s Bar, el más elegante de San Salvador, (ahora hay un pollo frito), visitado por Armando López Muñoz, Dalton, Armijo y Argueta, toda vez invitara Álvaro Menén Desleal, quien pagaba la cuenta por ser el poeta rico, gracias a dirigir el primer tv. periódico de El Salvador. Enfrente de dicho bar estaba la Librería Cultural del inolvidable alemán don Kurt, ahora hay un famoso supermercado. En fin, todo un pasado presente en la medida que podamos darle respiración a la bella e histórica ciudad de San Salvador.

Libro, lectura y vida

Alberto Masferrer escribió (1915): “La mitad de los salvadoreños no sabe leer ni escribir”. Han pasado ciento dos años y la cifra ha disminuido considerablemente, pero solo lectura y escritura elemental. “Leer” puede significar deletrear el nombre de un banco, de una medicina, de un comercio o el anuncio publicitario de un periódico. No debemos conformarnos con esa alfabetización elemental. También se crea entusiasmo por lo números, para llevar cuentas en los bancos o telefonear para pedir la remesa. En una de mis visitas a comunidades excluidas le preguntaba a una campesina sobre su principal interés en saber leer y conocer los números; su respuesta fue más o menos esa.

Masferrer vio el libro y la lectura como el cordón umbilical que da pautas para crecer. Para el desarrollo individual y nacional. Inspirado en estas ideas, cien años después, pienso que el fomento y promoción de la lectura da conocimiento, información y despierta el espíritu crítico, la acción educativa que “puede y debe realizarse dentro y fuera del marco gubernamental”, como lo mencionaba don Alberto, quien además combatía el analfabetismo por desuso, del que aprende pero olvida. Quien sabe leer pero no lee, desaprovecha ese potencial de desarrollo para contribuir al bienestar social. Hay que aprovechar las bibliotecas decía el maestro, periodista y filósofo, para ser más sensibles y sujetos creativos y con iniciativas. Y ser menos objetos políticos.

En fin, el libro nos da calidad integral; y para lograrlo debemos una sinergia que parta desde la institucionalidad y se multiplique con las organizaciones civiles, las empresas, los maestros (cito a Masferrer).

En nuestro caso, impulsamos desde la institucionalidad una biblioteca móvil, (solo en los seis meses de 2017 recorrió casi 2,000 kilómetros) con un vehículo modelo 1992, pero gracias al mantenimiento preventivo y restaurativo visita comunidades de difícil acceso. La iniciativa fructificó. Y el bibliobús con sus libros hace milagros llevando la maravilla de la lectura, especialmente a niños y jóvenes, visita comunidades de difícil acceso en Chalatenango; Morazán o La Unión. El bus y los libros hacen el milagro.

Pese a que el vehículo fue donado, no fue fácil implementarlo porque no todos creían en el proyecto, un bibliobús no se consideraba viable. ¿Por gastos en combustible? ¿Por echarse una responsabilidad adicional? ¿Por motivos políticos? Imposible, no podíamos devolver un vehículo donado por un organismo internacional. Pero la disyuntiva era esa. Dimos la pelea institucional y por fin fue aceptado. La biblioteca móvil existe desde 2007.
Es increíble el entusiasmo en las comunidades. También por excepción se hace visitas a los cascos urbanos, a centros escolares. Porque “atender a un niño o niña en el presente es prepararlo para toda la vida”.

Tener respuestas de niños y niñas al visitar, por ejemplo, el cantón Loma del Muerto, es tan estimulante como una visita a universidades extranjeras. Los estímulos internacionales son importantes, porque igual lo son esos ejemplos de formación educativa esperanzadora. Otro ejemplo: en junio recibí la visita de una niña de cinco años, llegó a mi oficina para decir de memoria mi poema publicado en la antología “Lluvia de estrellas” (MINED, 2016), a cambio solicitó fotografiarse conmigo. Olvidé pedir sus señas, pero estoy seguro que la encontraré de nuevo, porque ella es presente y futuro. Es como si hubiera dejado escapar la esperanza nacional, esa niña destruye todo pesimismo y construye patria.

Con esos dos ejemplos es suficiente para sentir que he “ganado” el año. Un abono que hace sentirnos ganadores. No estamos desvalidos, pero debemos salir del buró. La esperanza no es abstracta, podemos revertirla con resultados reales.

Muchos de estos sueños los tuvo Masferrer, que está por cumplir 150 años de su nacimiento. Cito sus palabras: las bondades de “la lectura (es para) no ser presa fácil de cualquier nación poderosa… (sino hay bondad) el ignorante es fácilmente víctima del instruido… y lo mismo que se dice de los individuos cabe decir de las naciones” (“Leer y escribir”, Masferrer, DPI, 1996). Es una paradoja que esta edición tenga 21 años y que aún hay ejemplares en bodega. Sea porque no hay lectores o porque no interesa el tema o porque la edición fue de miles de ejemplares o porque la tecnología inhibe de leer, un pretexto para explicar el déficit lector. Falso. Desde antes de la tecnología informática tenemos ese vacío: don Alberto pidió hace un siglo fundar bibliotecas en cada comunidad. Además, la informática tiene variadas modalidades para informarse, investigar y conocer. Se lee en esa modalidad, incluso obras literarias.

Cabe mencionar que con afán de promover el libro nuestra institución bibliotecaria cuenta con un espacio cada semana, apoyado por un canal de TV, con el espacio “Letras salvadoreñas”, más de un año sin interrupciones.

Todas las mencionadas “chifladuras” (ojo este concepto promueve y asocia el aprendizaje con creatividad) tienen por objeto llamar la atención sobre obras literarias y científicas, fomentar su lectura, propiciar acercarse a todo público, incluso internacional, caso de la TV o los alojamientos digitales (REDICCES y Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano).

Nos alegramos que junio ha sido fructífero en promoción de lectura en la Biblioteca Nacional. Cito tres casos: presentación del libro de poesía de Alexánder Campos, quien tiene el “atrevimiento” de hacer ediciones de cinco mil ejemplares, ¡¡de poesía!! Luego siguió un libro científico, Paul Amaroli: “Antropología de El Salvador”, obra que puede proyectarse a un público no académico, promueve el conocimiento de nuestra riqueza ancestral. Asistieron más de cien estudiantes universitarios.

Otro libro fue “Así era mi pueblo, memorias de Berlín”, de Miguel Ángel Reyes, que proyecta una visión cultural con historias del pasado popular de esa población oriental. Esto me hace recordar a Salarrué que propuso dignificar “el espacio donde nacemos, el río cercano, el árbol de pájaros, el volcán y su paisaje; esa es la patria, nos dijo. Descubramos sus valores, escribiendo y leyendo para conocernos mejor en paz fraterna; porque hay vida y humanismo en todas partes.

Casa en tierra ajena

He visitado Estados Unidos más de una veintena de veces, incluye visita a unos 20 estados y el doble de universidades; además de centros culturales. Esto lo considero como acciones de humanización educativa, promoción de valores, solidaridad y fraternidad. Nunca recibí maltrato en Migración. Alguna vez lo tuve en Noruega y en México, aunque solo fueron zipizapes desagradables. En los años ochenta me pasó algo excepcional en Estados Unidos, venía de la Feria del Libro de Fráncfort, Alemania, vía Nueva York hacia Costa Rica, mi país de residencia. Al hacer migración, percibí movimientos extraños en mi cercanía, aunque éramos cientos de personas. De pronto una joven, vestida de jeans y jacket, se me acerca y me dice de buen modo que si puedo salir de la fila. La sigo y me lleva a una oficina cercana donde hay cuatro personas. Estoy sorprendido porque nunca me había pasado algo similar en ese país y solo estoy en tránsito.

Interrogatorio: “¿Qué hacía usted en Fráncfort el 20 de diciembre el año pasado?” Respondo: “visitaba la feria del libro”. Me dicen: “En esa fecha viajaste en Panamerican, y hoy, un año después, estás viajando Bonn-Fráncfort-Nueva York”. Respondo: “Vengo de presentar un libro en la Deutsche Welle (DW), en Bonn”. Sacan de mi maletín la edición en inglés de mi novela “Un Día en la vida”, y la traducción alemana de “Cuscatlán, donde bate la mar del Sur”. Los hojean, comparan nombre del autor con mi pasaporte. Soy escritor, son mis libros. La edición inglesa lleva mi foto. “Sin problema, continúe a Migración”, me dicen.

Entonces recordé que un año antes, regresando de la Feria del Libro de Fráncfort se anunció en el vuelo que la compañía aérea invitaba a una comida especial a todos los pasajeros, con un brindis de pésame. Por venir leyendo no escuché el motivo. Las azafatas lloraban al servir, y reparé que el día anterior, por esa misma línea, un atentado terrorista había derribado ese mismo vuelo sobre Escocia, con más de doscientos soldados de Estados Unidos radicados en Berlín, viajaban Fráncfort-Nueva York, a pasar la Navidad.

Así aclaré el registro decente de los agentes especiales. Por coincidencia había hecho dos viajes en la misma fecha con intermedio de un año, por la misma ruta y línea aérea. Ese es el Estados Unidos que conozco, deferente, puntual en sus investigaciones y sospechas, incluso amables en un caso grave como el trágico atentado.

Todo cambió el 11 de septiembre de 2001; aunque con posterioridad nunca he tenido ningún problema, las universidades me invitan con gastos pagados (siempre viajo sin viáticos). No los acepto por principio, son dineros que pueden ocuparse en necesidades prioritarias: escuelas, edición de libros, salud. Además, voy al “mandado” con mi cultura migueleña de frugalidad. Es la cultura de la diáspora, concepto que implica migración forzada; no es mi caso, pero me considero incluido en la dispersión poblacional que me permite visitar casi todo el mundo, el exilio trashumante de la tribu mesoamericana.

Para el común de la gente, en Estados Unidos y en el Caribe, nos conocen como “mexicanos”, por el evidente mestizaje, híbridos indígenas, afros y españoles. De modo que cuando se dice que los “mexicanos” somos los tales por cuales, criminales, delincuentes, que padecemos todas las pestes sociales, se están refiriendo a toda la región de Mesoamérica. Son calificativos ingratos que con razón los verdaderos mexicanos se sienten ofendidos, como si solo fuera con ellos, en verdad nos incluyen a los mesoamericanos en el mismo guacal.
No cabe duda que toda diáspora es problema estatal y global; tragedia de la población excluida. Ahora somos unos, mañana seremos otros; ayer fueron los irlandeses, los judíos, eslovacos y griegos, que viajaron de Europa a Estados Unidos para formar más tarde una comunidad aceptable.

Igual será el caso de la diáspora mesoamericana, los que buscan Canadá, Australia, Estados Unidos y el mundo entero, una emigración no exenta de tragedias, prejuicios, odio, desprecio y muerte, por querer vivir en tierra ajena. Pero así que se han formado los pueblos a lo largo de la historia. Lo vemos ahora con las migraciones de afganos, iraquíes, libios, algunas comunidades africanas y asiáticas que se toman por asalto Europa. Buscan oportunidades para vivir en un mundo que gira alrededor de la infinita galaxia, donde todos somos pasajeros de la misma nave, con divisiones de primera, segunda y tercera clase, pero es igual, la diáspora con diversos matices, exceptuando aquellos que hacen viajes de placer turístico en primera clase y con nuestros impuestos.

Este tema me lo inspiró el documental costarricense “Casa en tierra ajena”, película sobre la tragedia de la migración del llamado Triángulo Norte: Honduras, Guatemala y El Salvador.
Lo triste es cuando se presentan datos de 200 mil muertos en las últimas tres décadas; y 50 mil desaparecidos, incluye violencia interna, muertes y violaciones en el camino de la diáspora. Y es más trágico cuando la mitad de esas cifras han ocurrido en la década del noventa y principios del 2000, después de haberse establecido la paz regional. Un cuarto de la migración mundial es de Centroamérica.

Reflexión para todos: ¿Qué sucedió? ¿Por qué se excluyó a parte de la población que debió abandonar su país en calidad de desechables y por paradoja producen estabilidad económica circulante?

Recuerdo que después de dar una charla en la Universidad de Stanford, fui acompañado por el escritor chileno Poli Délano, presidente de la Sociedad de Escritores Chilenos. Y cometí un lapsus linguae que hizo retorcer mi interioridad, le dije que en El Salvador nos estábamos acostumbrando a la muerte. Me reclamó con ese estilo chileno que no camina por las ramas: ¿Cómo es posible que hables de acostumbrarse a la muerte? A él le sonaba de mal gusto, pese a haber padecido los muertos de la dictadura de Pinochet. Fue difícil explicarle que para nosotros la muerte era el eslabón de una cadena esclava difícil de romper para liberarse.

Autovaloración tres: El Salvador

En 1967 me encontré en la disyuntiva de escoger entre dedicarme al género literario de la poesía o a la novela. La primera no me permitió realizarla a cabalidad debido a circunstancias extraliterarias, y por escribir en un contexto de escasa atención a este género. Con la novela, tuve mayor realización.

Antes, hice el intento de incursionar en otro género cercano al público. Solo llegué a rasguñarlo: el teatro. Participé como actor secundario en la obra “Alondra” de Jean Anouilh. Asistí como estudiante, malo por cierto, a las clases de André Moreau, de quien gané, por lo menos, descubrir el teatro escrito. Mi pánico escénico no permitió desarrollarme como actor pero sí concentrarme en el teatro leído, desde los clásicos griegos hasta los contemporáneos, entre ellos Arthur Miller, Tennessee Williams, Henrik Ibsen, Samuel Beckett, O’Neill, y muchos más. Una época de mucho teatro en las librerías.

En 1965 cerré mi ventana poética y coincidió con el gané del Premio Rubén Darío, organizado por Nicaragua-Costa Rica. Había decidido dedicarme a la novela. Aunque tuve un gran estímulo en 2007 cuando me publicaron “Poesías completas”, Editorial Hispamérica, Universidad de Maryland. Poesía del pobrecito poeta joven que fui.

Llegué a la narrativa por casualidad. Eso fue al encontrarme, mientras me pelaban, en una barbería un ejemplar de House & Garden, el cuento de un autor estadounidense para mí desconocido: J. D. Salinger. El título del cuento era “Hace un buen día para cazar el pez banana”. Recibí un impacto tremendo, aprendí que un relato podía ligarse a la poesía, desplegada en lenguaje con más libertad, con las mismas emociones sin los límites lingüísticos del poema debido a las exigencias de impactante brevedad. Salinger me hizo escribir mi primer cuento: “El nombre” (Revista Vida Universitaria, 1965). Luego intenté otros cuatro cuentos publicados en las revistas Cultura, dirigidas por Claudia Lars; y en “La Universidad”, dirigida por el inolvidable Italo López Vallecillos.

Entonces me interesé en descubrir libros de Salinger y lo logré en inglés: “Nine Stories”, “Nueve cuentos” y confirmé lo que había previsto, las emociones en un cuento no son menos que en la poesía. Esto coincidió con el aparecimiento de los escritores del boom latinoamericano, en especial Vargas Llosa (“La ciudad y los perros”), Julio Cortázar (“Rayuela”), y García Márquez (“Cien años de soledad”). En los dos primeros encontré el camino hacia la novela de más extensión que el cuento. Vargas Llosa por la realidad narrativa y Cortázar por cómo lo narra. Realidad predominante en el primero. Poesía narrada en el segundo.

Así me propuse tirarme al ruedo narrando con los instrumentos poéticos que más conocía. Antes consulté con Claudia Lars su parecer en caso que yo escribiese un poemario novelado de tipo histórico. La respuesta de la “madre” Claudia fue cortante: “Me parece mal, la poesía es una amante celosa y no admitirá que coquetees con otro género”. Y escribí mi primera novela: “El valle de las hamacas”, con la cual gané un premio único centroamericano en Costa Rica, que tendría el privilegio de ser publicado en la mayor editorial de habla hispana de ese entonces, Sudamericana de Buenos Aires, donde habían publicado los escritores del boom. Mejor suerte, ninguna.

De “El valle de las hamacas” recibí dos críticas al nuevo novelista de Centroamérica: de Mario Monteforte Toledo, novelista guatemalteco “yo soy novelista, pero tú con una novela has llegado más alto”; y de nuestro Salarrué: “Por fin tenemos a un novelista en El Salvador”, me dijo. Creo que se refería a que toda nuestra generación se dedicaba por completo a la poesía. Ambos maestros resaltaban el hecho de ser publicado en Argentina.
Comenzaba con pie derecho. Recuerdo que luego de la publicación me enviaron dos comentarios de prensa de Buenos Aires, uno desfavorable: “Argueta demuestra en esta novela que no tiene nada que decir”. Fue un reto, pues si un escritor tiene mucho que decir es un centroamericano, por la historia de la región, por sus realidades inimaginables que no requieren inventar.

Y otro fue favorable, después me di cuenta de que se trataba de quien sería futuro Premio Nobel: Camilo José Cela, este analizaba a un escritor joven desconocido de una región desconocida. En ese entonces no conocía al novelista español porque era nula la presencia literaria española en América Latina, quizás debido a la dictadura franquista que semejaba a las dictaduras centroamericanas de censura y represión de la palabra.

Luego viajé obligado a Costa Rica, con apenas una novela escrita, y la pena de abandonar El Salvador en contra de mi voluntad. Solo cargaba mi oficio de poeta. Ya habituado al país hermano pensé que podía escribir la segunda novela y lo hice entre muchos avatares: “Caperucita en la zona roja”, premio latinoamericano, Casa de las Américas. Así me di cuenta que podía ser novelista, pues aún dudaba si la poesía predominaba en mi novela, género que requiere personajes y contar cosas.

Siete años con deseos de visitar El Salvador, 1979, me doy cuenta de los riesgos, y me apena haber escrito solo dos novelas. Antes del viaje escribí de manera relámpago una tercera novela, aprovechaba un certamen nacional de UCA Editores. Escrita en apenas tres meses, “Un día en la vida”. Gané ese premio y retorné a Costa Rica, prefería mi oficio de novelista. Ahí escribí mi cuarta obra: “Cuzcatlán donde bate la mar del sur”.

Estos dos libros fueron publicados en inglés en una de las cinco editoriales más grandes de los EUA, Random House; y la segunda, además, publicada en Hogarth Press, Londres, editora de los clásicos ingleses, que perteneció a Virginia Woolf (personaje de “Las Horas”, con Nicole Kidman).

No cabe duda, he sido privilegiado como escritor y gracias a ello conozco el mundo. En 1993 retorno a residir en El Salvador, 20 años ausente. Esto me impulsó a conocerlo mejor en sus cantones y comunidades, en sus niños y niñas pobres, llevarles la poesía de quienes pronto serán los ciudadanos distintos que necesitamos.

Poesía y libro contra la violencia

En 1856 el invasor filibustero William Walker se convirtió en presidente de Nicaragua por la fuerza de las armas. Pero quería algo más: “five or none” (“los cinco países o nada”), decía el lema en la bandera que cobijaba lo que llamó “la falange americana”.

Pocos saben que gobernó Nicaragua sin saber hablar castellano y que pretendía imponer la esclavitud en Centroamérica, que ya había sido abolida 55 años antes. Walker se aprovechó de la guerra civil entre liberales y conservadores para lograr su cometido: los primeros lo contrataron como mercenario para derrotar a sus hermanos conservadores. El filibustero basó su optimismo para vencer diciendo que “cada nicaragüense es un país enemigo”. Hizo de ese odio fratricida su carta ganadora para presentarse como salvador. Un sacerdote liberal llegó a decir que Walker era un ángel caído del cielo para salvar a Nicaragua.

Pero el filibustero tenía otros planes, y los dejó por escrito, porque además de militar era periodista, abogado y médico. El progreso de las naciones –decía– reside en la agricultura y en los esclavos. Agregaba algo más: el blanco y el negro son razas puras, por consiguiente, agentes de civilización, el blanco como propietario y el negro como animal de recolección. Lo peor de Walker, entre otras cosas, era creer en la pureza racial y que los híbridos (los mestizos) eran impuros, ociosos, incivilizados. Pensaba que, si se quería cambiar la región centroamericana, lo mejor era exterminarlos.

Ese plan depredador impulsó a los cinco países a crear ejércitos aliados para combatir al presidente filibustero. Al frente de estos estuvieron los salvadoreños Ramón Belloso y José María Cañas. Este último peleó al lado de los costarricenses: 15 años antes había sido parte del estado mayor de Francisco Morazán, quien, pese a ser hondureño, ocupo la presidencia de Costa Rica. Fue fusilado por los mismos ticos, pero esa es otra historia.

Algo excepcional que me encontré al conocer esta historia integracionista es que el coronel nica que acompañó a Walker en la primera batalla fue el liberal Félix Ramírez, años más tarde, padre adoptivo de Rubén Darío. Cuando Walker organizó esa primera batalla contra los conservadores nicaragüenses, atacándolos en Rivas, pidió que el mestizo solo fuera un acompañante decorativo. No intervendría en la batalla. Ramírez desde un principio captó la soberbia de los blancos y el inocultable desprecio del filibustero contra sus propios aliados y contratantes liberales, por lo cual decidió abandonarlo en dicha batalla, que terminó en una dura derrota de las fuerzas centroamericanas contra los filibusteros “inmortales”.

Esta historia me motivó a pensar en el país hermano de Nicaragua, que acaba de organizar, en febrero, su XIII Festival Internacional de Poesía en Granada (con la participación de más de 200 poetas de 67 países). Esta es la misma ciudad que Walker incendió hace 161 años, cuando se vio sitiado por los ejércitos de Centroamérica. Antes de salir de ella, después de saquear iglesias y casas de los conservadores, dejó un cartel: “Aquí fue Granada”.

Nada de esto se mencionó en el festival, pero yo anduve escudriñando los sitios de las batallas porque me interesa esta historia de la patria centroamericana. Estuve dando un recital en el convento de San Francisco donde Walker tuvo su cuartel general. No me lo iba a perder en esa visita como admirador de esta épica trascendental, donde Costa Rica y el presidente Mora jugaron un primer papel que terminó con William Walker. Por ello Centroamérica no se transformó en una región esclava.

En el XIII Festival Internacional de Poesía hubo poetas invitados de África, Europa, Asia y toda América. Invitados con gastos pagados. Revisé a los patrocinadores para calcular la inversión en pasajes aéreos, alojamiento en hoteles y alimentación de los participantes y atenciones. Y comprobé que entre los patrocinadores está la empresa privada, la Unión Europea, la Presidencia de la República, medios de comunicación, embajadas y amigos del festival.
Y no vi ningún signo de su presencia en el festival, ni banderas, ni discursos políticos, ni afiches, ni colores, apenas la limitada participación protocolaria de los donantes internacionales. Quizá es porque entre ellos existe la conciencia de que donan sin condiciones para un encuentro de poesía, no de política o ideologías.

Esto lo tienen claro los organizadores. Es un apoyo incondicional. Parten de la idea de que la lectura y el libro contribuyen al desarrollo de la nación con independencia de quién lo patrocine. La sociedad civil ha creado esa conciencia: el libro, literario o científico, sensibiliza, crea conocimiento, contribuye al desarrollo, además de prevenir la violencia. Por tanto, no hay discursos contaminantes extraños a una fiesta poética excepcional, acompañada de música y danzas nicaragüenses.

Y volviendo al coronel Ramírez, padre adoptivo de Rubén Darío, príncipe de la poesía castellana, tuve la oportunidad de leer una segunda parte de su presencia en Centroamérica, en sendos libros escritos por Francisco Bautista Lara. Sí, Darío ilumina a los nicaragüenses y debe iluminar a los centroamericanos.

Hace más de 160 años el filibustero Walker decía que cada nicaragüense era un país enemigo: el odio entre dos bandos. En el festival, por el contrario, he visto una cultura de convivencia ejemplar. Dos casos: en ocho días de estancia en Granada no vi un hombre armado en la ciudad, ni en los hoteles. Viajé a Managua para participar en un recital; al regreso, reparé que había perdido el teléfono celular y la tarjeta de crédito. Horror, quedaba incomunicado. Me di cuenta cuando había regresado a Granada. Pero otro día me llevaron los objetos perdidos, se me habían salido en el carro que me transportó.

Y conste, Nicaragua también sufrió una larga guerra, y es económicamente más pobre que El Salvador. Pregunté por el santo: superar en lo posible las desigualdades. Ellos también son blancos del tráfico ilegal que azota a Centroamérica, pero la tranquilidad es evidente. El milagro: la poesía. El respeto al príncipe Darío y la divulgación de su bella palabra.

Autovaloración (dos)

Cuando daba clases de Matemáticas, estudiante del primer año de Derecho, de eso hace medio siglo, pensé que podía dar 3 minutos de educación cívica. Eso propició que dos años después, por “orden superior”, se me prohibiera dar clases en centros de educación pública. Y como necesitaba mantener los estudios de una profesión que nunca ejercí, ni pensaba ejercer, en vista de que iniciaba con paso importante mi carrera literaria, comencé a dar clases en colegios privados. Continué con los estudios de leyes, pese a mi nula vocación, pero quería cumplirle a mi madre Adelina con lo de tener una profesión, y me dio por criticar la realidad legal injusta. ¿Qué podía esperar en esa etapa nuestro país, donde lo característico no era la violencia, sino imposición del autoritarismo también violento? Todo por las letras de Jean Jacques Rousseau, Víctor Hugo y Giovanni Papini leídas a edad temprana.

Explico por qué repito esto: hace unos cuatro años propuse que en todas las asignaturas de educación media debería leerse cuentos. Pensaba en cuentos cortos que solo implicaran 3 minutos y que los leyeran los profesores de Ciencias y Matemáticas. Tres minutos de oro para los jóvenes. En esa ocasión propuse “Cuentos de cipotes”. Pero ahora han surgido escritores que escriben cuentos cortos. ¿Se imaginan la gran contribución social que harían esos ciento ochenta segundos? Más tiempo inútil es el que se emplea en escribir en el pizarrón para que los estudiantes copien. Además, el aprendizaje se volvería integral. Tendremos profesionales cultos, menos propensos a delinquir; sí, lo que estamos viendo todos los días.

Porque la lectura sensibiliza, crea ciudadanos críticos, informa, forma y permite conocer más allá de la educación escolar sistemática. Lo tengo comprobado, nada de teoría. Me informé del mundo desde jovencito gracias a las lecturas. Claro, en esa época no había TV, ni tabletas, ni internet. Entre paréntesis, el avance tecnológico no se contradice con la lectura, solo distrae más de lo necesario para crear sociabilidad, por el tiempo que se le aplica. Ni modo, cuando apareció la TV, se dijo que iba a empobrecer mentalmente a los jóvenes. Y nada sucedió.

Quizás igual sucedió cuando con Gutenberg promovió uno de los inventos más importantes de la historia, pues ponía a la orden de la sociedad el medio mágico de producir libros y textos y se abandonaba las copias manuscritas (300 años antes los chinos la habían inventado, y después, antes de Gutenberg, los holandeses). Esa sí fue una revolución no frustrada de los siglos. Así como la tecnología informática revoluciona el conocimiento y la comunicación en proceso continuo e inimaginable.

En verdad, la ausencia de lectura no se debe defender diciendo que los libros son caros. Se puede usar un solo ejemplar leyendo en voz alta. En mi anterior trabajo narré cómo mi madre fue mi “lectora” de poemas aprendidos por ella de memoria. Me dio por intuición la fundamental educación inicial, que permite fortalecer las células cerebrales. Según los científicos, si se hace desde cero a cinco años, el efecto es valioso, por ser la edad límite de crecimiento neuronal.

Y con la actual tecnología editorial se pueden hacer libros de forma masiva. Esto facilitaría que las políticas educativas propicien los necesarios libros infantiles. Está en juego la vida ciudadana. Educación, salud y seguridad social son la clave contra la violencia y la migración. Promover las lecturas hasta la educación media. En la universidad ya es demasiado tarde. Se produce integralidad profesional si se aborda este fundamental tema educativo. Hay que decirlo en voz alta, con terquedad, algún día se entenderá que la lectura crea humanismo, propicia la paz, porque mejora la comprensión del mundo.

Allá en San Miguel, que era una ciudad muy marginal hace quinimil años, cuando estudié la escuela primaria (primero a sexto grado), le di continuidad a los poemas leídos por la memoria de Adelina. Me sirvieron los “libros de lectura”, y con ellos descubrí a temprana edad a Ambrogi, Claudia Lars, Gabriela Mistral, Rodó y hasta de José Asunción Silva (“Nocturno a Rosario”), apenas cursaba cuarto grado de educación básica.
Claro, las terquedades no siempre producen respuestas positivas, pero por lo menos desabrochan el cerebro en las personas; también es posible a quienes producen políticas públicas. Imagínense que Alberto Masferrer, hace 101, pedía una biblioteca pública para cada municipio, y daba la clave. Y la voz de Masferrer es vigente, más que otros a quienes se promueve pese a los fracasos sociales. Masferrer vive hoy en los actuales sueños de mejoría social.

Repito, me hice escritor por intuición, pues nada aprendí de quienes podrían orientarme. Al contrario, en cuarto grado, por tener facilidades en las Matemáticas, se me obligaba en la escuela a no escribir poemas. Tema que trato más ampliado en mi novela “Siglo de O(g)ro”, sobre mi infancia.

A los 28 años dejé de escribir poemas, aunque el amor no se pierde mientras hay vida, y convertí a El Salvador en mi moza y musa desde mi primera novela, y también comencé con pie derecho: un premio centroamericano. Sin estar seguro de si era poeta o novelista, escribí la segunda novela, que también logró un premio latinoamericano.

Por último, al fin de milenio (1999), críticos de la biblioteca depositaria de William Faulkner (Modern Library, Nueva York) seleccionaron las mejores obras del siglo XX en español. Si no hubiese sido por la educación inicial de mi madre Adelina, sus poemas dichos al niño, me hubiera desmayado cuando Los Ángeles Times me anunció como cuarto escritor por una sola obra sobresaliente: “Un día en la vida”. De 100 seleccionados, arriba mío se ubicaron tres premios Nobel. Algunos vieron extraño que el libro de un salvadoreño estuviera encima de “Rayuela” del argentino Julio Cortázar. Yo también me sorprendí, pues había leído seis veces dicha obra. Cortázar y “Rayuela” fueron mis maestros, aprendí que la narrativa se fortalece con lenguaje poético. Hacer de El Salvador mi musa no era posible en poesía. Porque el poema expresa emociones internas individuales que debe hacer que el lector las haga suyas. Mientras la novela solo debe captar la esencia de otra realidad.