Historia centroamericana oculta

Razones de peso me llevaron a escribir por primera vez una novela histórica cuyos hechos me llevaron de la mano, como al ciego privado de luz, por una épica insólita y asombrosa que ha pasado por alto en Centroamérica; y no creo que por razones políticas contemporáneas, pues todo ocurrió entre 1855 y 1860. Pero ni los especialistas la proyectan de acuerdo con el significado para la región centroamericana. En ese entonces un estadounidense de nombre William Walker quiso establecer la esclavitud en Centroamérica por considerarla fuente de riqueza económica de cultura superior. Sin embargo, la vastedad de esa gesta histórica ha quedado reducida a los especialistas en historia, aun para Costa Rica y Nicaragua, pese a que fueron los dos países que más sufrieron la guerra.

Se trató de una épica libertadora donde participaron en primer lugar el presidente costarricense de ese entonces Juan Rafael Mora, como estratega político, y el general salvadoreño José María Cañas, como el combatiente de primera línea en contra de los que llamaron filibusteros, y que se auto llamaron falange americana. En el transcurso del tiempo se convirtió en historia oral plagada de mitos, no obstante, que ha sido la historia más cruenta y más dramática que ha vivido nuestra Centroamérica, en una pelea por lo que quería ser. No hay otra gesta similar por lo heroica y por lo trágica para cientos de centroamericanos. Por ese heroísmo somos como somos, de otra manera se hubiera impuesto el esclavismo para “civilizar” a una región habitada por “mestizos indolentes”, decía Walker.

Esos vacíos me inclinaron a escribir una obra narrativa que califico como novela histórica basada en bibliografía existente, aunque poco conocida en nuestro medio, pese a que se enviaron de El Salvador más de 2,000 soldados, y que el jefe de los ejércitos aliados centroamericanos era el general salvadoreño Ramón Belloso, además de los generales Bracamonte y Asturias, este último de San Miguel. Incluso estuvo Gerardo Barrios con 800 hombres, pero por arribar tarde no se incorporó a la guerra, pues ya los aliados tenían derrotados a los filibusteros, y Barrios iba a sustituir a las cansadas y destruidas tropas de Belloso; vencida la llamada falange americana fue obligada por la misma marina norteamericana a su repatriación, pues una derrota total sería cruenta y humillante para el Gobierno de Estados Unidos, además que oficialmente Walker no estaba autorizado para emprender ese tipo de guerra de invasión.

Cuando llega Gerardo Barrios, muchos filibusteros habían desertado debido al cerco implantado por los centroamericanos. Se habían quedado sin medicinas y sin alimentos y perdido el sueño de dominar la región. Y todo porque los costarricenses en una jugada creativa del presidente Juan Rafael Mora lograron cortar las vías interminables de abastecimientos para los auto llamados falange americana, que recibían de California o de Nueva Orleans. Se hizo por medio de un comando de 200 hombres cuya misión era cortar los abastecimientos recibidos desde los dos océanos. Walker pretendía también como objetivo, además de apoderarse de los cinco países centroamericanos, manejar el canal interoceánico que la naturaleza proveyó a Nicaragua con su gran lago y el río San Juan, desde el Pacífico en San Juan del Sur hasta el Atlántico en San Juan del Norte.

Este es el tema que manejo en la novela histórica donde la realidad supera la ficción. Como Walker tenía casi toda su fuerza en San Juan del Sur, el comando invadió por un río, el San Carlos, casi virgen, situado en la región norte de Costa Rica y que desemboca en el San Juan. Esto permitió sorprender a los vapores que circulaban libremente con armas, medicinas y más relevos de hombres ante las bajas de heridos. Ya en esa etapa de la guerra se habían integrado cientos de tropas guatemaltecas y hondureñas, además de los tres países antes mencionados. Porque la lucha fue regional ante un peligro común, no obstante, que en ese tiempo privaban diversas ideologías entre los cinco países, entre liberales y conservadores, y que dificultaba vencer a Walker.

En verdad, se trata de una historia novelada para que cada quien, como lector cómplice defina lo que debe creer o no creer o investigar ante lo inverosímil. Porque hay dos clases de realidades: la que se cree porque se percibe por la razón; y la que, por ser literatura, se acepta por las emociones que produce. Personalmente, como escritor, descubrí que se trata de una historia con mucha conmoción y emotividad donde la verdad histórica compite con la ficción.

Mi obra lista para entrar en prensa, escrita a partir de quienes investigaron esa épica y nos dieron a conocer sucesos que fueron ocultados en la región; se trata de revelaciones históricas que, pese a lo dicho por Benedetto Croce, “toda investigación sobre el pasado es historia contemporánea”. Me digo entonces que es el momento de vivir esa historia para tratar de aprender que la violencia impuesta por un poder solo trae desgracias e inhumanidad.

En otras novelas me negué a ser real para no parecer irreal, en esta por lo contrario opté por buscar al lector protagonista, que reflexione sobre una verdad histórica que pudo hacer de Centroamérica una región que retrocediera a un pasado de esclavitud abolida 55 años antes (1821); porque los mercenarios, como extraños, quisieron imponer la forma esclavista del sur de Estados Unidos; lo que implicaba traer otra religión, otro idioma y el “exterminio del mestizo”, como decía Walker para imponer sus ideas de supremacía blanca.

Costa Rica ha declarado héroes de la patria y les ha erigido un monumento en Ciudad Puntarenas. Por tal motivo, todos los 30 de noviembre, fecha en Mora y Cañas, fueron fusilados al llegar desde Santa Tecla a esa ciudad. A partir de 2017, el Gobierno y cuerpo diplomático se trasladará ese día a la ciudad de Puntarenas. Agradezco el privilegio de ser nombrado huésped de honor para esa gran celebración al ser reconocido mi trabajo literario.

Las chifladuras de la creatividad

Recuerdo que en horas del atardecer, cuando niño me gustaba acostarme sobre la grama de la calle, porque mi casa tenía características rurales. No había electricidad ni agua potable, para dar una idea. Pero sí había mucha alegría de vivir que transmitía mi modesto grupo familiar. En ese entonces, quizá en primer grado, me propuse contar las estrellas, boca arriba. La idea era descubrir la primera, comenzar la cuenta. Pensaba sorprender al cielo si las contaba a medida que iban apareciendo, pues mi maestra de parvularia me había dicho que el número de astros era infinito. En San Miguel, de cielo limpio, era fácil el conteo, pero a medida que se tachonaba de parpadeos de luz se volvía difícil contar. Y así comenzó mi interés por los números.

Ya más crecidito, en educación básica, me dio por hacer operaciones sobre la distancia en kilómetros entre el planeta Tierra y el Sol; o los lejanos soles. Supe que la luz solar tarda en llegar a la Tierra 8 minutos. Me asombró saber que la medida de longitud entre los astros era el segundo-luz; y que Alfa del Centauro, la estrella o sol más cercano de la Tierra está a 4.36 años luz, y si en segundos equivalía a 299,792 kilómetros, en una hora la distancia-luz sería de 1,080 millones de kilómetros. Desconocía que existen otros medios de medición de distancias astronómicas para ahorrarse papel y dígitos… y locura infantil.

¿Se pueden imaginar la distancia calculada a Alfa del Centauro, si está a cuatro años y medio-luz? Comenzaba a multiplicar cuántos segundos hay en una hora, y en cuatro años y pico. Si el segundo equivale a casi 300,000 kilómetros por segundo. Un asombro hermoso.

Comencé a calcular distancias de otros soles, a puro lápiz. Hasta ahora sé que las chifladuras tienen que ver con la creatividad, esa capacidad de generar ideas propias a partir de ideas ajenas o estrafalarias que el oficio de escritor me permitió. Me gusta, por ejemplo, lo de mi novela “Los poetas del mal”, donde hablo del arma de destrucción masiva de los chinos: una cuerda de nylon y un reloj, para que cuando venga por el aire la lluvia atómica, saltar la cuerda al mismo tiempo y desviar la ruta del planeta. Y que la bomba se pierda en las galaxias. O la posibilidad masculina de salir embarazado.

Después reparé que la Tierra viaja unos 210 kilómetros por segundo hacia las galaxias, como ir en un vehículo a la velocidad de 12,600 kilómetros por minuto, es trasladarse de Nueva York a Pekín (China) en 45 segundos. Y tenemos millones de años moviéndonos en el espacio interestelar. Inimaginable lo que recorre en una hora, en un mes, o en 100 siglos si en un segundo recorre casi 13,000 kilómetros.
Como estudiante de educación media hacía operaciones por recreación, medir la distancia de la Tierra a una estrella a 100 años-luz. ¿Cuántos segundos hay en un año, esto se multiplica por la cantidad de segundos que hay en 100 años-luz. En esos intríngulis mi madre que su hijo era raro, “me das miedo”, me dijo un día. Quizá porque para tales experimentos necesitaba estar solo, aunque más tarde me iba a jugar fútbol y a hacer maldades de niños con mis primos Éver Cristo y Ennio de Jesús: cazar garrobos o sustraer frutas del cercado ajeno.

Agradezco esas chifladuras porque desde niño fui cultivando una vocación por los números (en sexto grado daba clases de aritmética a las niñas del barrio, no sé por qué solo a niñas). Cuando vine a San Salvador a estudiar jurisprudencia (el famoso doctorado de siete años), pese a tener a temprana edad dos primeros premios de poesía, y gran amor por la literatura, opté por certificarme en el MINED como profesor de Matemáticas. Di clases de álgebra en Santa Tecla, el Damián Villacorta, hasta que por “orden superior” fui despedido.

La razón: antes de comenzar la clase de álgebra, daba unos 3 minutos de educación cívica, y el único que me protestaba era un niño de 13 años que después fue un reconocido oficial, blanco de amor y odio, según la gente se considere víctima o victimaria. Cuando las autoridades se dieron cuenta de mis 3 minutos cívicos, después de tres años de impartir la materia, me prohibieron continuar como profesor por hablar temas ajenos a las Matemáticas (aunque solo eran 2 o 3 minutos). O bien por poeta de versos excedidos en ideas, pues ya era reconocido por los premios. Me quedé sin trabajo, dejé de ser “poeta rico”, como me decían mis compañeros de generación literaria, pues como profesor joven (desde 18 a los 21 años), los podía invitar al estilo de los jóvenes de la época, a café o bohemia sana con intercambio de ideas y libros de literatura.

Cuando ingresé a la universidad, un talentoso catedrático, mi gran amigo Pepe, me decía que yo le preocupaba pues me encontraba ciertos rasgos de retraso mental. Claro, si desde niño me proponía a hacer esas investigaciones sin mayores fuentes de investigación, excepto por lecturas periódicas (diarios y revistas), me imagino que como poeta o estudiante de derecho planteaba problemas chiflados (nunca referido a las ciencias jurídicas), esto lo dejábamos para las aburridas horas de clase.

Estas experiencias nos formaron una cultura propositiva precoz. Por ejemplo, Roberto Armijo ya había publicado libros de ensayos sobre T. S. Eliot y sobre Rubén Darío antes de los 24 años; Roque Dalton, a los 25 años, conoció la penitenciaría central, siendo reconocido poeta, periodista y polemista inteligente; mi persona conoció la expatriación, o expulsión, a los 23 años; Ítalo López Vallecillos era director de un periódico nacional a los 26 años; y a la misma edad, Álvaro Menéndez Leal fundaba el primer TV periódico y dirigía un semanario escrito (verlo en la Biblioteca Nacional). Precocidades y chifladuras demasiado riesgosas por romper con el aullido de la palabra los conformismos del silencio.

Ocio y reflexiones literarias

Desde hace varios años me ha llamado la atención el poco interés de la crítica latinoamericana sobre los escritores de Centroamérica; pero también suplementos literarios y críticos de nuestro país, que optan por estudiar a los “grandes” escritores. No falta ni García Márquez, ni Mario Vargas Llosa (para mí, uno de los mejores narradores contemporáneos) o Julio Cortázar (uno de mis maestros). A veces se menciona al argentino Ernesto Sábato o al uruguayo Juan Carlos Onetti. Jorge Luis Borges es omnipresente, en especial por las influencias europeas.

Por lo demás, poco a poco se está excluyendo a Pablo Neruda, casi olvidado; Octavio Paz, a punto del olvido; Miguel Ángel Asturias (totalmente invisible). Sin embargo, los dos primeros mencionados por tener un entorno cultural y educativo avanzado (Chile y México respectivamente) no afecta mucho, por lo menos no son marginados en su propio país. Con Asturias ha comenzado su resurrección, en la actual Guatemala. Los tres son Premio Nobel, y su obra los hace permeables a su estudio, quizás el futuro los salve.

Aquí es donde vienen algunas de las preguntas relacionadas con la crítica: ¿cuándo se habla de “grandes” será por provenir de países grandes? ¿Grandes por tener editoriales muy profesionales que les interesa comercializar al libro y al autor como corresponde a toda editorial? ¿Qué pasaría si Gabriela Mistral o García Márquez hubiesen nacido en El Salvador o en Honduras o Haití, se habrían congelado en sus propios países? A propósito recuerdo el consejo de Juan J. Cañas cuando le dijo, en El Salvador, al adolescente Rubén Darío (la gran excepción): “Debes salir de estos países si quieres desarrollar el talento que tienes para la poesía”. Darío acogió el consejo, previas cartas de recomendación de su “maestro” y exdiplomático para que pudiera ubicarse en Chile o en Argentina. Se ve que desde aquellas épocas existió gueto literario en los países pequeños, donde la palabra no se vende o se vuelve prisionera.
Respecto de los encierros también hay países centroamericanos que se liberan fortaleciendo la capacidad lectora, caso de Costa Rica y Panamá. Creo que Ecuador, Venezuela y Perú han decrecido si comparamos la literatura actual con su literatura de la última mitad del siglo XX. Colombia es un caso especial con gran promoción de la poesía, el despliegue de narradores tiene pujante presencia.

De acuerdo con una tendencia de mediados del siglo XX se dijo que antes de pensar en libros, en lectura y aun en educación lo primero es comer; les pareció inocuo o riesgoso liberar la palabra. Se hizo caso omiso de que el libro es complemento educativo, produce mentalidades de cambio, forma conductas propositivas y creativas e implica desarrollo. Porque educa al ciudadano para conseguir su comida y la de otros, tiene “armas” imperecederas que nadie va a pensar en destruir o a entregar (“armas” de papel o digitales), diferentes a las otras armas de coyuntura. Veamos si no, en el pasado, a Napoleón Bonaparte, o Hitler, y entre nosotros Barrios y Morazán. Masferrer ya planteaba en 1915 esta idea de manera muy fuerte: la lectura educa “para no ser manipulado”.

Es posible que el prejuicio provenga desde la antigüedad porque tanto “escuela” como “filosofía” y “literatura” tienen origen lingüístico en el ocio. Los guerreros eran los propiciadores de la riqueza por medio de invasiones y despojos. A propósito, repito la conocida anécdota sobre el escritor inglés Bernard Shaw, sentado en el porche de su casa, quien es saludado por un vecino: “Mr. Shaw, ¿descansando? El humanista le responde: “No, trabajando”. Otro día pasa el mismo vecino mientras Shaw limpia su jardín. El vecino: “¿Mr. Shaw, trabajando? Shaw la responde: “No, descansando”. Para el vecino Shaw era además de ocioso un loco.

Me hago la pregunta en la modernidad, ¿se aprovechan los escritores del trabajo de los demás? ¿Sirve escribir un libro que nadie va a leer? Preguntas del millón. ¿O es para ganar honores mientras otros sudan la gota gorda? Por ahí, el prejuicio cultivado desde la antigüedad.

A medida que avanzaron los tiempos, el ocio se volvió visible al surgir el humanismo, la literatura; la imprenta revoluciona al mundo, puso el libro fuera de las catacumbas religiosas, rompe las ataduras oscuras de la herejía y las brujas para ir avanzando la civilización con ideas transformadoras y deja atrás la sociedad basada en el garrote, la guerra y las hechicerías. Todo parecía inamovible. Iba bien sin imprenta, sin libros… y sin Gutenberg.

Según como respondamos estas preguntas, podemos complicarnos las respuestas. Pero mis reflexiones son para preguntarse si acaso la literatura joven y la contemporánea servirán para algo. Y si vamos a considerar ociosas las proyecciones de este oficio ahora relacionado con la imagen y la palabra y el pensamiento volando a la velocidad de la luz.

Continuemos preguntándonos: ¿Qué pasará con nuestra narrativa de inicios del siglo XXI? ¿Será borrada con la prisa de los nuevos tiempos? ¿Seremos los primeros en desaparecer, los grandes y pequeños de América Latina? La pregunta pareciera boba, pero recordemos que a Francisco Gavidia ya lo tenemos guardado en el clóset. Masferrer sí logra sacar la cabeza. Conste, a ninguno de los dos se les desconoce el nombre y hasta se les hace algún afiche para no olvidar los rostros. A Claudia Lars, pese a su dimensión, se desconoce más allá de El Salvador. A Alfredo Espino por lo menos gusta a los neófitos de la literatura y los niños lo disfrutan, perciben su sencillez y musicalidad.

Pese a todos las nuevas generaciones de escritores de alguna manera se regeneran y hacen despertar los fantasmas, porque el libro y la lectura nos recuerdan a cada quien –lectores o no lectores– que existimos. Sin duda la obra actual es contrapropuesta a la obra del pasado. Los invisibles subsisten en la nueva literatura, respiran al unísono. El escritor necesita del ocio y siendo el oficio más solitario del mundo aparece como un asocial. No importa, propone y contribuye a un mundo distinto.

Personajes: Escobar Velado y Láscaris (II)

Cuando me refiero al poeta Oswaldo Escobar Velado y al filósofo Constantino Láscaris no pretendo un boceto biográfico, sino verlos a ellos desde mi persona, como cuando uno está frente a un espejo. Comenzar por ellos tiene que ver con la distancia que nos separa desde su ausencia, antes que el tiempo empañe el cristal y desaparezcan sus imágenes en las que me observo.

Porque cuando se escribe para hacer trascender un hecho, no solo para exponerlo, la clave para lograrlo se puede graficar en la famosa frase atribuida al novelista francés Gustave Flaubert: “Madame Bovary c’est moi” (“la señora Bovary soy yo”) refiriéndose al personaje de esa gran novela. Esa asimilación no incluye solo la escritura de ficción, sino también al periodismo, donde quien escribe se encuentra a sí mismo en un relato que va más allá de exponer el hecho. En pocas palabras, escribir siempre con el propio sentimiento. La emoción soy yo.

Esto me impulsó a pensar en la posibilidad de escribir dos partes sobre mis personajes: Oswaldo Escobar Velado y Constantino Láscaris. Porque siempre he encontrado una interacción entre ambas disciplinas: poesía y filosofía. Con más razón si son disciplinas donde las ideas y los sentimientos se imbrican para explicar otra realidad, la óptima, la que se está redescubriendo en el desarrollo humano, desde el uso del palo y el grito, hasta la fusión nuclear y las amenazas de exterminio humano.

Eso me hace unir a los dos personajes. Cada uno mira la vida en su peculiar modo de interpretar su papel social. Escobar Velado, un profesional de la jurisprudencia, escribe para decir “moriré, morirás, pero conmigo continuará mi grito…”. Con eso explica el deseo de hacer resonar su voz en favor de los demás, y espera que otros lo escuchen.

Láscaris escribe para conocer el país ajeno (Costa Rica) que hace suyo y para ello debe escribir sobre él para comprenderlo mejor. Importa que los escuchen diez o cien o mil personas, pero quiere dejar constancia que pasó por un mundo centroamericano buscando una verdad. Hace uso de la palabra “no solo para comunicar sino para sensibilizar”, (Heidegger). Cómo somos, cómo pensamos, tanto el costarricense, como el centroamericano, y por eso escribe sobre las ideas de Centroamérica, y se apropia de esa realidad, cómo convivimos, cómo somos. Y en el caso específico de su país de adopción lo reconoce como país de cultura campesina, sencillo en su origen, sin que signifique perder esa raíz. Al auscultar un alma nacional también debe juzgar o merodear entre bienestar y malestar social para construir. Se construye revelando identidad.

Escobar Velado escribe “Cristo América” (Venid a ver mi mapa desgarrado.

Ved el cuerpo del Cristo y sus venas azules); el poeta no solo molesta; punza el dolor mismo. Cada quien con las particularidades de la palabra de acuerdo con su disciplina trata de descubrir el destello entre las flores y las espinas. Los riesgos de la búsqueda.

Recuerdo cuando trabajé con Láscaris en el Instituto de Estudios Centroamericanos, Universidad de Costa Rica. Bajábamos acompañándolo, su equipo de trabajo, de la segunda planta hacia la primera planta del edificio de la facultad (Estudios Generales), a tomar café, ahí conversábamos. ¿Qué se puede conversar mientras se toma café a las 10 de la mañana? Cuando un equipo está por consolidarse se tiene que ser muy suelto, conversar sobre los temas, desde cómo proyectarse con la revista de poesía (que me tocaba a mí), y con ella tener canje para enriquecer la biblioteca inicial que quería construir sin presupuesto para libros; o bien planear un programa radial sobre antropología centroamericana.

Con esa soltura propia del que ve en la vida los problemas, Láscaris nos dice: “La gente pensará que estamos sentados en el café ganando fácil un salario, lo que no saben es que estamos haciendo filosofía”. Lo expresaba con sentido de humor y a la vez nos defendía con ironía crítica. Como decir no se preocupen, están con el sabio Láscaris. De esa manera, nos daba una lección antiburocrática, no se trata solo de calentar la silla de un escritorio. Para el filósofo la vida estaba en todas partes.

Constantino Láscaris desde lejanos ancestros, una noble familia griega originaria de Constantinopla, cuyo abolengo y apellidos se carga desde el siglo XIII, se enamoró de un país cuando aún no le llegaban los atisbos de modernización. Por eso había que participar en el cambio de una universidad relativamente nueva, mediante una reforma universitaria. Parte de un equipo académico que vio la educación como la clave de cambio (1956). “Hombre de buena fe que nunca se negaba a nada… Era una persona generosa que jamás haya conocido”, dicen sus colegas españoles.

Escobar Velado se dispersaba en diversas actividades, podía desarrollar diferentes disciplinas en coherencia con su palabra, siempre buscando tres pies al gato. Desde una revista (Gallo Gris) o un programa radial, ambos literarios, hasta la formación de un partido político, en una época que era una aventura ese tipo de manifestaciones. Incluso se unió a un militar reconocido, con lo cual ambos, militar y poeta, terminaron marginados de una vida normal, era un enemigo.

Pero no dejaba de participar en certámenes literarios, que por ser un maestro de la poesía era el usual ganador de premios, que él calificaba como “municipales y espesos”; y le cantaba a las reinas de las fiestas de las comunidades donde llegaba como poeta laureado. Así, jugando con la poesía, en la búsqueda de la democratización estuvo en el exilio en Costa Rica y Guatemala. ¿Cómo era posible una oveja negra en una familia de ovejas blancas? De Costa Rica trajo hermosos poemas de amor dedicados a Urania, y desde Guatemala nos trajo la palabra para “seguir cantando lo que nos duele cotidianamente, y cae como una gota amarga en el corazón”. Murió (1961) interno en un hospital siquiátrico, porque quiso estar solo, víctima de un cáncer; fomentemos un árbol de ceiba como monumento. Láscaris muere en 1979. Sin embargo, ambas vidas sobreviven.

Dos personas, dos naciones (I)

Hace una semana estuve en un conversatorio con 137 docentes en el evento de final de un diplomado-maestría sobre literatura y lenguaje. Las preguntas más frecuentes que me hicieron fueron respecto a escritores que me influyeron en novela y poesía. Aunque no lo mencioné, hasta ahora reparo que no solo influyen otros escritores y libros, sino personas, escriban o no escriban. Hay influencias para escribir y para vivir, y esto se conjunta en la literatura.

Recuerdo a dos grandes personalidades que influyeron en ejemplos de sensibilidad humana. Uno salvadoreño, Oswaldo Escobar Velado, poeta y abogado; otro español-costarricense, el maestro y filósofo Constantino Láscaris.

Del primero leí a temprana edad: “Árbol de lucha y esperanza”, donde encontré un poema inolvidable: “Romance de dos mujeres”, un poema que es un memorial a dos mujeres: Altagracia Kalil y Adelina Suncín, asesinadas por la seguridad del general Hernández Martínez. Por ese poema esas dos mártires siguen vivas para siempre.

Esto me hace recordar que en algunas poblaciones africanas se conmemora a una personalidad eligiendo un árbol. Nosotros podríamos elegir un poema o también hermosos árboles de ceibas, conacastes y de fuego. Y así tendríamos monumentos a Salarrué, a Claudia Lars, a Masferrer, a Escobar Velado, a García Flamenco, a Roque Dalton sin aplicar presupuesto estatal que debe destinarse a necesidades educativas, seguridad o salud.

Según Pedro Geoffroy Rivas, un iconoclasta por excelencia, el mejor poema en El Salvador de esa época de floración poética es “Moriré… morirás” de Escobar Velado. Aunque también está “Elegía infinita”, dedicado a su madre, o el más declamado en la bohemia soñadora de la época del Centro Histórico: “Patria exacta”. A Oswaldo le gustaba leer sus poemas a los poetas jóvenes en los encuentros de cafetín. Era su manera modesta de ofrecer un aprendizaje a los poetas. Recuerdo que le sugerí cambiar el verso final de su poema “Patria exacta”, con un verso final inmerecido; otro día me mostró el cambio: “Yo no la cambio, aunque me cueste el alma”.

Oswaldo tenía por el lado materno genes de sensibilidad humana y literaria, por bisabuelos y abuelos, los Velados. Y por el lado paterno, los Escobar, tenía propiedades dejadas a la madre que amaba a su hijo poeta, nunca lo abandonó en sus exilios ni en su enfermedad dipsómana. Vivían de sus rentas.

Otro personaje inolvidable fue el español-costarricense Constantino Láscaris Conmeno Micolaw, conocido como el sabio Láscaris en la Universidad de Costa Rica, descendiente directo de príncipes imperiales griegos.

Cuando llegamos decenas de funcionarios universitarios desterrados a Costa Rica (1972), se nos hizo silencio explicable, por ser desterrados en una Costa Rica paradisíaca. En plena ciudad de San Pedro, donde se sitúa la universidad icónica, dormíamos con las puertas abiertas; la leche y el pan se dejaban en la calle frente a las casas, desde la madrugada, lo que creaba malas tentaciones para los forasteros sin trabajo.

Un día, en una gasolinera con mi amigo abogado Tomás Guerra, también salvadoreño desterrado desde antes, me encontré con don Constantino. “¿Ya está trabajando?”, me preguntó. Le respondí que no, aunque ya editaba libros como freelance, recomendado por otro poeta salvadoreño en Costa Rica, director de la editorial EDUCA, Ítalo López Vallecillos. En la gasolinera, a la par nuestra se estacionó otro auto. Conocía de vista a la persona. Lo saludé. ¿Quién no conocía al sabio Lácaris?

La pregunta me la hizo desde su vehículo. Respondo dudoso que no. “Usted no trabaja porque no quiere, aquí hay muchos que lo conocen y estiman”. Tomás me pregunta: “¿Cómo has conocido a don Constantino?” Respondo: “Sé algo de sus libros, pero hasta ahora lo conozco en persona”. “Oye, con él tenés abiertas las puertas de la universidad, tomale la palabra”. Yo tenía apenas tres meses de estar en Costa Rica y me sentía desempleado.

Constantino Láscaris escribió un libro que parte de una verdad: “Quien ve algo todos los días no lo ve, entonces se aprecia mejor a Costa Rica como forastero, el ser y convivir de los costarricenses”. Así se justifica y se disculpa por lo que diga, pero con un elogio: “Los modos de convivencia costarricenses son únicos, modelo para el mundo”.

Yo comencé a conocer Costa Rica por los libros, trabajando como editor: “La dinastía de los conquistadores”, Samuel Stone; “El costarricense”, Constantino Láscaris; “Los grupos de presión en Costa Rica”, Óscar Arias Sánchez; “Así vivimos los ticos”, de Miguel Salguero. Sin este trabajo cuidando ediciones, hubiese sido difícil conocer algunos aspectos del corazón costarricense, alguien que había llegado en contra de su voluntad. Mucho después conocí la extensa bibliografía épica de la Guerra Patria Centroamericana contra el supremacista William Walker.

Me convencí de visitar al Dr. Láscaris a la Universidad de Costa Rica (UCR); además, por intercesión de esta, nos sufragaba al grupo universitario desterrado la vivienda y el desayuno. Me explicó que estaba queriendo fundar, sin presupuesto, un Instituto de Estudios Centroamericanos, y que los salvadoreños desterrados podían ser la base para ese instituto.

Con modestas funciones y salarios ídem, entramos a trabajar con él tres compatriotas. Láscaris pensaba que a la universidad le faltaba una proyección centroamericana, que estaba pensando en varios contratos para su proyecto. Y me nombró director de una revista de poesía. Después me sugirió visitar al poeta clásico de Costa Rica Isaac Felipe Azofeifa, que tenía buenas referencias mías y era decano de la facultad más grande de la UCR. “Conmigo gana apenas para comer, pero ahora ya es empleado universitario, y puede visitar a don Isaac, propóngase como profesor de literatura centroamericana”.

Y con ese gesto de la magia sensible del filósofo Láscaris, pude ingresar a esa universidad que en estos momentos su ciudad universitaria ha crecido el doble con su increíble Universidad de las Ciencias.

Renuncié ocho años después, cuando llegaron miles de campesinos salvadoreños refugiados por la guerra, fui a trabajar con ellos, a apoyar su desarrollo en un país y ciudad diferentes a su dramática condición de vida.

Recuerdos de un pasado presente

Hay un presente vivo en San Salvador. Un ejemplo: cuando Alberto Masferrer plantea (1915) la necesidad de crear una biblioteca pública en cada comunidad; o cuando Salarrué relaciona el concepto de patria al amor por la naturaleza, adelantándose a los conceptos relacionados con las políticas ambientalistas (“Carta a los patriotas”, 1933); o Francisco Gavidia, a los 17 años, cuando le advierte al visitante poeta niño nicaragüense (Rubén Darío tenía 15 años), la posibilidad futura de transformar la poesía castellana.

En los cinco escritores citados se confirma una fuerza creativa explicable por la adivinación o intuición, fundamental para un artista. Razón histórica suficiente para calificarlos de visionarios. ¿Los olvidados? No importa, los olvidos son recuerdos ocultos (excepto Darío, que sigue vivo en los nicaragüenses y en la poesía castellana). Las anteriores ideas se las di a una talentosa periodista y escritora joven, doctora en Historia. No sé si escribió algo; pero le referí relatos de escritores, de los años 1955 y 1958, época de ingreso al corpus literario salvadoreño de Italo López Vallecillos, Alvaro Menén Desleal, Armijo, Dalton, Bogrand, Canales y otros. También hablé de los poetas mayores como Oswaldo Escobar Velado, Pedro Geoffroy y Matilde Elena López, cercanos al grupo de jóvenes ansiosos de tertulias; Matilde Elena no participó por encontrarse en Ecuador; tampoco Irma Lanzas y Waldo Chávez Velasco, ambos en Italia. Muy raras veces se agregaron René Arteaga, periodista y cuentista, casi olvidado, Mercedes Durand y periodistas amigos. Ese pasado presente se relaciona con el marco urbanístico de la ciudad histórica de San Salvador.

En la esquina del parque Libertad y la iglesia El Rosario hubo un edificio de seis plantas, ahora en proceso de remodelación, pues le quitaron dos y le dejaron cuatro, su estructura resistió el terremoto de 1986, era el edificio de la Cafetalera Salvadoreña, que servía café de calidad, Café Doreña, para que los clientes cafeteros nos acostumbráramos a tomar café de verdad, no el soluble, ni el de cáscaras y semillas de aguacate. También había otras dos: cafetería La Corona, a unos metros del Doreña y la Americana, en avenida España, en el costado poniente de catedral, cerca del predio de la antigua universidad quemada por el vandalismo institucional (sobre esto tengo un libro inédito, premiado por la Fundación Guggenheim, Nueva York).

El lugar favorito de los poetas era el Doreña, solo vendía café. Era un lugar bastante pequeño, pero el sitio favorito de los jóvenes intelectuales (perdón por la mala palabra) y del abogado, poeta Oswaldo Escobar Velado. A pocos pasos estaba otra cafetería: La Corona. Sitio preferido por los periodistas, pues se vendía tamales y pan. La atracción para los periodistas era que estaba cerca del Palacio Nacional, sede de los órganos de Estado, donde se esperaban las noticias políticas. Además de poetas y periodistas también llegaban los llamados “coyotes” y los “orejas”, (confidentes policiales), en búsqueda de conspiraciones inventadas.

Una cuadra y media al norte, cerca del parque San José, estaba el hotel Café Izalco ubicado en un hermoso edificio art deco, aún está ahí, invisible y perdido entre basura y ventas informales. Enfrente estaba la librería de Ana Rosa Ochoa, secretaria eterna de Alberto Masferrer. El Izalco tenía sillones por ser también hotel. En este lugar las tertulias eran más discusiones, donde se sumaban Pedro Geoffroy Rivas, Roque Dalton, Jorge Arias Gómez y los periodistas Luis Mejía Vides, director del suplemento literario de LPG; Raúl Monzón, Danilo Velado y Otto René Castillo (este último poeta guatemalteco casi adolescente, también reportero de LPG).

En la librería Claridad, de Ana Rosa Ochoa, conocimos desde esas épocas juveniles a escritores como Jorge Amado, Maiakovski, Kafka, Miguel Hernández, Lorca, Alberti, Neruda, Vallejo, León Felipe, Nazim Himet, Antonio Machado, casi todos poetas ligados a la literatura e ideas de los intelectuales exiliados de la España republicana.

En el 58 cerraron el café Doreña y lo abrieron donde fue el Círculo Internacional, frente a la cripta de Monseñor Romero, ahora es un almacén de electrodomésticos. Ahí también se trasladó toda aquella clientela de locos, entre poetas y periodistas, o soñadores de la época. Por supuesto no podían faltar los “orejas”. La otra cafetería importante, la Americana, no era visitada por los poetas, sino por políticos y señores respetables. Por su precio más elevado, no cabían los poetas, los periodistas, vendedores y menos los “orejas”. El precio en las otras cafeterías andaba entre 10 y 20 centavos de colón y eran de permanencia voluntaria donde se podía escribir poemas en las servilletas de papel o leer los poemas escritos la noche anterior.

Las tertulias eran literarias, en especial sobre poesía, pero también se daban los desahogos políticos que criticaban los regímenes autoritarios de la época.

Por último, pero eso ya en los años setenta, surgió un lugar clásico, en las cercanías del portal La Dalia, la cafetería Bella Nápoles. ¡Aún está en el mismo lugar! Aquí llegaron los escritores de la Cebolla Púrpura, la generación de los poetas muertos, entre otros: Jaime Suárez, David Hernández, Rigoberto Góngora, Alfonso Hernández y otros más de los cuales cuatro sobrevivieron la guerra.

Las cafeterías eran para el esparcimiento diurno, pues los nocturnos, tipo bar con restaurantes cercanos al Teatro Nacional y la plaza Morazán eran el Lutecia, Mercedes, México, La Praviana; eran sitios visitados por Roque Dalton, Pepe Rodríguez Ruiz, Miguel Parada, Armijo y Ricardo Bogrand.

Y enfrente de la actual Biblioteca Nacional, diagonal a la plaza Cívica, estaba el Casino Salvadoreño, y a pocos pasos estaba el Chalo’s Bar, el más elegante de San Salvador, (ahora hay un pollo frito), visitado por Armando López Muñoz, Dalton, Armijo y Argueta, toda vez invitara Álvaro Menén Desleal, quien pagaba la cuenta por ser el poeta rico, gracias a dirigir el primer tv. periódico de El Salvador. Enfrente de dicho bar estaba la Librería Cultural del inolvidable alemán don Kurt, ahora hay un famoso supermercado. En fin, todo un pasado presente en la medida que podamos darle respiración a la bella e histórica ciudad de San Salvador.

Libro, lectura y vida

Alberto Masferrer escribió (1915): “La mitad de los salvadoreños no sabe leer ni escribir”. Han pasado ciento dos años y la cifra ha disminuido considerablemente, pero solo lectura y escritura elemental. “Leer” puede significar deletrear el nombre de un banco, de una medicina, de un comercio o el anuncio publicitario de un periódico. No debemos conformarnos con esa alfabetización elemental. También se crea entusiasmo por lo números, para llevar cuentas en los bancos o telefonear para pedir la remesa. En una de mis visitas a comunidades excluidas le preguntaba a una campesina sobre su principal interés en saber leer y conocer los números; su respuesta fue más o menos esa.

Masferrer vio el libro y la lectura como el cordón umbilical que da pautas para crecer. Para el desarrollo individual y nacional. Inspirado en estas ideas, cien años después, pienso que el fomento y promoción de la lectura da conocimiento, información y despierta el espíritu crítico, la acción educativa que “puede y debe realizarse dentro y fuera del marco gubernamental”, como lo mencionaba don Alberto, quien además combatía el analfabetismo por desuso, del que aprende pero olvida. Quien sabe leer pero no lee, desaprovecha ese potencial de desarrollo para contribuir al bienestar social. Hay que aprovechar las bibliotecas decía el maestro, periodista y filósofo, para ser más sensibles y sujetos creativos y con iniciativas. Y ser menos objetos políticos.

En fin, el libro nos da calidad integral; y para lograrlo debemos una sinergia que parta desde la institucionalidad y se multiplique con las organizaciones civiles, las empresas, los maestros (cito a Masferrer).

En nuestro caso, impulsamos desde la institucionalidad una biblioteca móvil, (solo en los seis meses de 2017 recorrió casi 2,000 kilómetros) con un vehículo modelo 1992, pero gracias al mantenimiento preventivo y restaurativo visita comunidades de difícil acceso. La iniciativa fructificó. Y el bibliobús con sus libros hace milagros llevando la maravilla de la lectura, especialmente a niños y jóvenes, visita comunidades de difícil acceso en Chalatenango; Morazán o La Unión. El bus y los libros hacen el milagro.

Pese a que el vehículo fue donado, no fue fácil implementarlo porque no todos creían en el proyecto, un bibliobús no se consideraba viable. ¿Por gastos en combustible? ¿Por echarse una responsabilidad adicional? ¿Por motivos políticos? Imposible, no podíamos devolver un vehículo donado por un organismo internacional. Pero la disyuntiva era esa. Dimos la pelea institucional y por fin fue aceptado. La biblioteca móvil existe desde 2007.
Es increíble el entusiasmo en las comunidades. También por excepción se hace visitas a los cascos urbanos, a centros escolares. Porque “atender a un niño o niña en el presente es prepararlo para toda la vida”.

Tener respuestas de niños y niñas al visitar, por ejemplo, el cantón Loma del Muerto, es tan estimulante como una visita a universidades extranjeras. Los estímulos internacionales son importantes, porque igual lo son esos ejemplos de formación educativa esperanzadora. Otro ejemplo: en junio recibí la visita de una niña de cinco años, llegó a mi oficina para decir de memoria mi poema publicado en la antología “Lluvia de estrellas” (MINED, 2016), a cambio solicitó fotografiarse conmigo. Olvidé pedir sus señas, pero estoy seguro que la encontraré de nuevo, porque ella es presente y futuro. Es como si hubiera dejado escapar la esperanza nacional, esa niña destruye todo pesimismo y construye patria.

Con esos dos ejemplos es suficiente para sentir que he “ganado” el año. Un abono que hace sentirnos ganadores. No estamos desvalidos, pero debemos salir del buró. La esperanza no es abstracta, podemos revertirla con resultados reales.

Muchos de estos sueños los tuvo Masferrer, que está por cumplir 150 años de su nacimiento. Cito sus palabras: las bondades de “la lectura (es para) no ser presa fácil de cualquier nación poderosa… (sino hay bondad) el ignorante es fácilmente víctima del instruido… y lo mismo que se dice de los individuos cabe decir de las naciones” (“Leer y escribir”, Masferrer, DPI, 1996). Es una paradoja que esta edición tenga 21 años y que aún hay ejemplares en bodega. Sea porque no hay lectores o porque no interesa el tema o porque la edición fue de miles de ejemplares o porque la tecnología inhibe de leer, un pretexto para explicar el déficit lector. Falso. Desde antes de la tecnología informática tenemos ese vacío: don Alberto pidió hace un siglo fundar bibliotecas en cada comunidad. Además, la informática tiene variadas modalidades para informarse, investigar y conocer. Se lee en esa modalidad, incluso obras literarias.

Cabe mencionar que con afán de promover el libro nuestra institución bibliotecaria cuenta con un espacio cada semana, apoyado por un canal de TV, con el espacio “Letras salvadoreñas”, más de un año sin interrupciones.

Todas las mencionadas “chifladuras” (ojo este concepto promueve y asocia el aprendizaje con creatividad) tienen por objeto llamar la atención sobre obras literarias y científicas, fomentar su lectura, propiciar acercarse a todo público, incluso internacional, caso de la TV o los alojamientos digitales (REDICCES y Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano).

Nos alegramos que junio ha sido fructífero en promoción de lectura en la Biblioteca Nacional. Cito tres casos: presentación del libro de poesía de Alexánder Campos, quien tiene el “atrevimiento” de hacer ediciones de cinco mil ejemplares, ¡¡de poesía!! Luego siguió un libro científico, Paul Amaroli: “Antropología de El Salvador”, obra que puede proyectarse a un público no académico, promueve el conocimiento de nuestra riqueza ancestral. Asistieron más de cien estudiantes universitarios.

Otro libro fue “Así era mi pueblo, memorias de Berlín”, de Miguel Ángel Reyes, que proyecta una visión cultural con historias del pasado popular de esa población oriental. Esto me hace recordar a Salarrué que propuso dignificar “el espacio donde nacemos, el río cercano, el árbol de pájaros, el volcán y su paisaje; esa es la patria, nos dijo. Descubramos sus valores, escribiendo y leyendo para conocernos mejor en paz fraterna; porque hay vida y humanismo en todas partes.

Casa en tierra ajena

He visitado Estados Unidos más de una veintena de veces, incluye visita a unos 20 estados y el doble de universidades; además de centros culturales. Esto lo considero como acciones de humanización educativa, promoción de valores, solidaridad y fraternidad. Nunca recibí maltrato en Migración. Alguna vez lo tuve en Noruega y en México, aunque solo fueron zipizapes desagradables. En los años ochenta me pasó algo excepcional en Estados Unidos, venía de la Feria del Libro de Fráncfort, Alemania, vía Nueva York hacia Costa Rica, mi país de residencia. Al hacer migración, percibí movimientos extraños en mi cercanía, aunque éramos cientos de personas. De pronto una joven, vestida de jeans y jacket, se me acerca y me dice de buen modo que si puedo salir de la fila. La sigo y me lleva a una oficina cercana donde hay cuatro personas. Estoy sorprendido porque nunca me había pasado algo similar en ese país y solo estoy en tránsito.

Interrogatorio: “¿Qué hacía usted en Fráncfort el 20 de diciembre el año pasado?” Respondo: “visitaba la feria del libro”. Me dicen: “En esa fecha viajaste en Panamerican, y hoy, un año después, estás viajando Bonn-Fráncfort-Nueva York”. Respondo: “Vengo de presentar un libro en la Deutsche Welle (DW), en Bonn”. Sacan de mi maletín la edición en inglés de mi novela “Un Día en la vida”, y la traducción alemana de “Cuscatlán, donde bate la mar del Sur”. Los hojean, comparan nombre del autor con mi pasaporte. Soy escritor, son mis libros. La edición inglesa lleva mi foto. “Sin problema, continúe a Migración”, me dicen.

Entonces recordé que un año antes, regresando de la Feria del Libro de Fráncfort se anunció en el vuelo que la compañía aérea invitaba a una comida especial a todos los pasajeros, con un brindis de pésame. Por venir leyendo no escuché el motivo. Las azafatas lloraban al servir, y reparé que el día anterior, por esa misma línea, un atentado terrorista había derribado ese mismo vuelo sobre Escocia, con más de doscientos soldados de Estados Unidos radicados en Berlín, viajaban Fráncfort-Nueva York, a pasar la Navidad.

Así aclaré el registro decente de los agentes especiales. Por coincidencia había hecho dos viajes en la misma fecha con intermedio de un año, por la misma ruta y línea aérea. Ese es el Estados Unidos que conozco, deferente, puntual en sus investigaciones y sospechas, incluso amables en un caso grave como el trágico atentado.

Todo cambió el 11 de septiembre de 2001; aunque con posterioridad nunca he tenido ningún problema, las universidades me invitan con gastos pagados (siempre viajo sin viáticos). No los acepto por principio, son dineros que pueden ocuparse en necesidades prioritarias: escuelas, edición de libros, salud. Además, voy al “mandado” con mi cultura migueleña de frugalidad. Es la cultura de la diáspora, concepto que implica migración forzada; no es mi caso, pero me considero incluido en la dispersión poblacional que me permite visitar casi todo el mundo, el exilio trashumante de la tribu mesoamericana.

Para el común de la gente, en Estados Unidos y en el Caribe, nos conocen como “mexicanos”, por el evidente mestizaje, híbridos indígenas, afros y españoles. De modo que cuando se dice que los “mexicanos” somos los tales por cuales, criminales, delincuentes, que padecemos todas las pestes sociales, se están refiriendo a toda la región de Mesoamérica. Son calificativos ingratos que con razón los verdaderos mexicanos se sienten ofendidos, como si solo fuera con ellos, en verdad nos incluyen a los mesoamericanos en el mismo guacal.
No cabe duda que toda diáspora es problema estatal y global; tragedia de la población excluida. Ahora somos unos, mañana seremos otros; ayer fueron los irlandeses, los judíos, eslovacos y griegos, que viajaron de Europa a Estados Unidos para formar más tarde una comunidad aceptable.

Igual será el caso de la diáspora mesoamericana, los que buscan Canadá, Australia, Estados Unidos y el mundo entero, una emigración no exenta de tragedias, prejuicios, odio, desprecio y muerte, por querer vivir en tierra ajena. Pero así que se han formado los pueblos a lo largo de la historia. Lo vemos ahora con las migraciones de afganos, iraquíes, libios, algunas comunidades africanas y asiáticas que se toman por asalto Europa. Buscan oportunidades para vivir en un mundo que gira alrededor de la infinita galaxia, donde todos somos pasajeros de la misma nave, con divisiones de primera, segunda y tercera clase, pero es igual, la diáspora con diversos matices, exceptuando aquellos que hacen viajes de placer turístico en primera clase y con nuestros impuestos.

Este tema me lo inspiró el documental costarricense “Casa en tierra ajena”, película sobre la tragedia de la migración del llamado Triángulo Norte: Honduras, Guatemala y El Salvador.
Lo triste es cuando se presentan datos de 200 mil muertos en las últimas tres décadas; y 50 mil desaparecidos, incluye violencia interna, muertes y violaciones en el camino de la diáspora. Y es más trágico cuando la mitad de esas cifras han ocurrido en la década del noventa y principios del 2000, después de haberse establecido la paz regional. Un cuarto de la migración mundial es de Centroamérica.

Reflexión para todos: ¿Qué sucedió? ¿Por qué se excluyó a parte de la población que debió abandonar su país en calidad de desechables y por paradoja producen estabilidad económica circulante?

Recuerdo que después de dar una charla en la Universidad de Stanford, fui acompañado por el escritor chileno Poli Délano, presidente de la Sociedad de Escritores Chilenos. Y cometí un lapsus linguae que hizo retorcer mi interioridad, le dije que en El Salvador nos estábamos acostumbrando a la muerte. Me reclamó con ese estilo chileno que no camina por las ramas: ¿Cómo es posible que hables de acostumbrarse a la muerte? A él le sonaba de mal gusto, pese a haber padecido los muertos de la dictadura de Pinochet. Fue difícil explicarle que para nosotros la muerte era el eslabón de una cadena esclava difícil de romper para liberarse.

Autovaloración tres: El Salvador

En 1967 me encontré en la disyuntiva de escoger entre dedicarme al género literario de la poesía o a la novela. La primera no me permitió realizarla a cabalidad debido a circunstancias extraliterarias, y por escribir en un contexto de escasa atención a este género. Con la novela, tuve mayor realización.

Antes, hice el intento de incursionar en otro género cercano al público. Solo llegué a rasguñarlo: el teatro. Participé como actor secundario en la obra “Alondra” de Jean Anouilh. Asistí como estudiante, malo por cierto, a las clases de André Moreau, de quien gané, por lo menos, descubrir el teatro escrito. Mi pánico escénico no permitió desarrollarme como actor pero sí concentrarme en el teatro leído, desde los clásicos griegos hasta los contemporáneos, entre ellos Arthur Miller, Tennessee Williams, Henrik Ibsen, Samuel Beckett, O’Neill, y muchos más. Una época de mucho teatro en las librerías.

En 1965 cerré mi ventana poética y coincidió con el gané del Premio Rubén Darío, organizado por Nicaragua-Costa Rica. Había decidido dedicarme a la novela. Aunque tuve un gran estímulo en 2007 cuando me publicaron “Poesías completas”, Editorial Hispamérica, Universidad de Maryland. Poesía del pobrecito poeta joven que fui.

Llegué a la narrativa por casualidad. Eso fue al encontrarme, mientras me pelaban, en una barbería un ejemplar de House & Garden, el cuento de un autor estadounidense para mí desconocido: J. D. Salinger. El título del cuento era “Hace un buen día para cazar el pez banana”. Recibí un impacto tremendo, aprendí que un relato podía ligarse a la poesía, desplegada en lenguaje con más libertad, con las mismas emociones sin los límites lingüísticos del poema debido a las exigencias de impactante brevedad. Salinger me hizo escribir mi primer cuento: “El nombre” (Revista Vida Universitaria, 1965). Luego intenté otros cuatro cuentos publicados en las revistas Cultura, dirigidas por Claudia Lars; y en “La Universidad”, dirigida por el inolvidable Italo López Vallecillos.

Entonces me interesé en descubrir libros de Salinger y lo logré en inglés: “Nine Stories”, “Nueve cuentos” y confirmé lo que había previsto, las emociones en un cuento no son menos que en la poesía. Esto coincidió con el aparecimiento de los escritores del boom latinoamericano, en especial Vargas Llosa (“La ciudad y los perros”), Julio Cortázar (“Rayuela”), y García Márquez (“Cien años de soledad”). En los dos primeros encontré el camino hacia la novela de más extensión que el cuento. Vargas Llosa por la realidad narrativa y Cortázar por cómo lo narra. Realidad predominante en el primero. Poesía narrada en el segundo.

Así me propuse tirarme al ruedo narrando con los instrumentos poéticos que más conocía. Antes consulté con Claudia Lars su parecer en caso que yo escribiese un poemario novelado de tipo histórico. La respuesta de la “madre” Claudia fue cortante: “Me parece mal, la poesía es una amante celosa y no admitirá que coquetees con otro género”. Y escribí mi primera novela: “El valle de las hamacas”, con la cual gané un premio único centroamericano en Costa Rica, que tendría el privilegio de ser publicado en la mayor editorial de habla hispana de ese entonces, Sudamericana de Buenos Aires, donde habían publicado los escritores del boom. Mejor suerte, ninguna.

De “El valle de las hamacas” recibí dos críticas al nuevo novelista de Centroamérica: de Mario Monteforte Toledo, novelista guatemalteco “yo soy novelista, pero tú con una novela has llegado más alto”; y de nuestro Salarrué: “Por fin tenemos a un novelista en El Salvador”, me dijo. Creo que se refería a que toda nuestra generación se dedicaba por completo a la poesía. Ambos maestros resaltaban el hecho de ser publicado en Argentina.
Comenzaba con pie derecho. Recuerdo que luego de la publicación me enviaron dos comentarios de prensa de Buenos Aires, uno desfavorable: “Argueta demuestra en esta novela que no tiene nada que decir”. Fue un reto, pues si un escritor tiene mucho que decir es un centroamericano, por la historia de la región, por sus realidades inimaginables que no requieren inventar.

Y otro fue favorable, después me di cuenta de que se trataba de quien sería futuro Premio Nobel: Camilo José Cela, este analizaba a un escritor joven desconocido de una región desconocida. En ese entonces no conocía al novelista español porque era nula la presencia literaria española en América Latina, quizás debido a la dictadura franquista que semejaba a las dictaduras centroamericanas de censura y represión de la palabra.

Luego viajé obligado a Costa Rica, con apenas una novela escrita, y la pena de abandonar El Salvador en contra de mi voluntad. Solo cargaba mi oficio de poeta. Ya habituado al país hermano pensé que podía escribir la segunda novela y lo hice entre muchos avatares: “Caperucita en la zona roja”, premio latinoamericano, Casa de las Américas. Así me di cuenta que podía ser novelista, pues aún dudaba si la poesía predominaba en mi novela, género que requiere personajes y contar cosas.

Siete años con deseos de visitar El Salvador, 1979, me doy cuenta de los riesgos, y me apena haber escrito solo dos novelas. Antes del viaje escribí de manera relámpago una tercera novela, aprovechaba un certamen nacional de UCA Editores. Escrita en apenas tres meses, “Un día en la vida”. Gané ese premio y retorné a Costa Rica, prefería mi oficio de novelista. Ahí escribí mi cuarta obra: “Cuzcatlán donde bate la mar del sur”.

Estos dos libros fueron publicados en inglés en una de las cinco editoriales más grandes de los EUA, Random House; y la segunda, además, publicada en Hogarth Press, Londres, editora de los clásicos ingleses, que perteneció a Virginia Woolf (personaje de “Las Horas”, con Nicole Kidman).

No cabe duda, he sido privilegiado como escritor y gracias a ello conozco el mundo. En 1993 retorno a residir en El Salvador, 20 años ausente. Esto me impulsó a conocerlo mejor en sus cantones y comunidades, en sus niños y niñas pobres, llevarles la poesía de quienes pronto serán los ciudadanos distintos que necesitamos.

Poesía y libro contra la violencia

En 1856 el invasor filibustero William Walker se convirtió en presidente de Nicaragua por la fuerza de las armas. Pero quería algo más: “five or none” (“los cinco países o nada”), decía el lema en la bandera que cobijaba lo que llamó “la falange americana”.

Pocos saben que gobernó Nicaragua sin saber hablar castellano y que pretendía imponer la esclavitud en Centroamérica, que ya había sido abolida 55 años antes. Walker se aprovechó de la guerra civil entre liberales y conservadores para lograr su cometido: los primeros lo contrataron como mercenario para derrotar a sus hermanos conservadores. El filibustero basó su optimismo para vencer diciendo que “cada nicaragüense es un país enemigo”. Hizo de ese odio fratricida su carta ganadora para presentarse como salvador. Un sacerdote liberal llegó a decir que Walker era un ángel caído del cielo para salvar a Nicaragua.

Pero el filibustero tenía otros planes, y los dejó por escrito, porque además de militar era periodista, abogado y médico. El progreso de las naciones –decía– reside en la agricultura y en los esclavos. Agregaba algo más: el blanco y el negro son razas puras, por consiguiente, agentes de civilización, el blanco como propietario y el negro como animal de recolección. Lo peor de Walker, entre otras cosas, era creer en la pureza racial y que los híbridos (los mestizos) eran impuros, ociosos, incivilizados. Pensaba que, si se quería cambiar la región centroamericana, lo mejor era exterminarlos.

Ese plan depredador impulsó a los cinco países a crear ejércitos aliados para combatir al presidente filibustero. Al frente de estos estuvieron los salvadoreños Ramón Belloso y José María Cañas. Este último peleó al lado de los costarricenses: 15 años antes había sido parte del estado mayor de Francisco Morazán, quien, pese a ser hondureño, ocupo la presidencia de Costa Rica. Fue fusilado por los mismos ticos, pero esa es otra historia.

Algo excepcional que me encontré al conocer esta historia integracionista es que el coronel nica que acompañó a Walker en la primera batalla fue el liberal Félix Ramírez, años más tarde, padre adoptivo de Rubén Darío. Cuando Walker organizó esa primera batalla contra los conservadores nicaragüenses, atacándolos en Rivas, pidió que el mestizo solo fuera un acompañante decorativo. No intervendría en la batalla. Ramírez desde un principio captó la soberbia de los blancos y el inocultable desprecio del filibustero contra sus propios aliados y contratantes liberales, por lo cual decidió abandonarlo en dicha batalla, que terminó en una dura derrota de las fuerzas centroamericanas contra los filibusteros “inmortales”.

Esta historia me motivó a pensar en el país hermano de Nicaragua, que acaba de organizar, en febrero, su XIII Festival Internacional de Poesía en Granada (con la participación de más de 200 poetas de 67 países). Esta es la misma ciudad que Walker incendió hace 161 años, cuando se vio sitiado por los ejércitos de Centroamérica. Antes de salir de ella, después de saquear iglesias y casas de los conservadores, dejó un cartel: “Aquí fue Granada”.

Nada de esto se mencionó en el festival, pero yo anduve escudriñando los sitios de las batallas porque me interesa esta historia de la patria centroamericana. Estuve dando un recital en el convento de San Francisco donde Walker tuvo su cuartel general. No me lo iba a perder en esa visita como admirador de esta épica trascendental, donde Costa Rica y el presidente Mora jugaron un primer papel que terminó con William Walker. Por ello Centroamérica no se transformó en una región esclava.

En el XIII Festival Internacional de Poesía hubo poetas invitados de África, Europa, Asia y toda América. Invitados con gastos pagados. Revisé a los patrocinadores para calcular la inversión en pasajes aéreos, alojamiento en hoteles y alimentación de los participantes y atenciones. Y comprobé que entre los patrocinadores está la empresa privada, la Unión Europea, la Presidencia de la República, medios de comunicación, embajadas y amigos del festival.
Y no vi ningún signo de su presencia en el festival, ni banderas, ni discursos políticos, ni afiches, ni colores, apenas la limitada participación protocolaria de los donantes internacionales. Quizá es porque entre ellos existe la conciencia de que donan sin condiciones para un encuentro de poesía, no de política o ideologías.

Esto lo tienen claro los organizadores. Es un apoyo incondicional. Parten de la idea de que la lectura y el libro contribuyen al desarrollo de la nación con independencia de quién lo patrocine. La sociedad civil ha creado esa conciencia: el libro, literario o científico, sensibiliza, crea conocimiento, contribuye al desarrollo, además de prevenir la violencia. Por tanto, no hay discursos contaminantes extraños a una fiesta poética excepcional, acompañada de música y danzas nicaragüenses.

Y volviendo al coronel Ramírez, padre adoptivo de Rubén Darío, príncipe de la poesía castellana, tuve la oportunidad de leer una segunda parte de su presencia en Centroamérica, en sendos libros escritos por Francisco Bautista Lara. Sí, Darío ilumina a los nicaragüenses y debe iluminar a los centroamericanos.

Hace más de 160 años el filibustero Walker decía que cada nicaragüense era un país enemigo: el odio entre dos bandos. En el festival, por el contrario, he visto una cultura de convivencia ejemplar. Dos casos: en ocho días de estancia en Granada no vi un hombre armado en la ciudad, ni en los hoteles. Viajé a Managua para participar en un recital; al regreso, reparé que había perdido el teléfono celular y la tarjeta de crédito. Horror, quedaba incomunicado. Me di cuenta cuando había regresado a Granada. Pero otro día me llevaron los objetos perdidos, se me habían salido en el carro que me transportó.

Y conste, Nicaragua también sufrió una larga guerra, y es económicamente más pobre que El Salvador. Pregunté por el santo: superar en lo posible las desigualdades. Ellos también son blancos del tráfico ilegal que azota a Centroamérica, pero la tranquilidad es evidente. El milagro: la poesía. El respeto al príncipe Darío y la divulgación de su bella palabra.