Opinión

por Jacinta Escudos, Gabinete Caligari

 

Jacinta Escudos
Escritora

Nuestra forma de leer

Vivo y concibo el ejercicio de la escritura como una forma de vida y de pensamiento. El escritor plantea dudas, busca respuestas, encuentra belleza.

Va en aumento el número de estudios e investigaciones sobre el impacto que las nuevas tecnologías tienen y tendrán en los hábitos de lectura de las actuales y futuras generaciones. Desde lo más obvio, como la poca lectura de libros en papel, hasta otros aspectos menos analizados, como lo que podrá ser considerado literatura a futuro o la evolución misma del cerebro, las consecuencias de la omnipresencia de la tecnología son todavía impredecibles.
En un artículo publicado en agosto en el periódico The Guardian, Maryanne Wolf, profesora de la UCLA, sostiene que es importante analizar la forma en que la tecnología modifica nuestra lectura comprensiva. La saturación informativa provoca una presión y un sentido de prisa o de urgencia en leer textos, de preferencia cortos, en las redes sociales. Ese sentido de inmediatez hace que adoptemos el hábito de leer por encima, pasando la vista por las líneas para distinguir las palabras claves y terminar pronto.

Wolf sostiene que la lectura superficial incide en el desarrollo de algunos de nuestros más importantes procesos intelectuales y afectivos, como internalizar conocimiento, hacer análisis crítico, generar empatía y construir una opinión propia. Una investigación mencionada por Wolf en su artículo agrega que la lectura superficial impide percibir la profundidad del texto o captar su belleza.

Cabe preguntarse qué pasará a futuro con lo que entendemos hoy por literatura, uno de cuyos atributos es precisamente la belleza, sea a través del lenguaje o de la manera de contar una historia. En una columna de meses atrás comenté ya cómo la tendencia de los adolescentes actuales es leer historias en aplicaciones telefónicas, siendo el celular algo así como la central de mando de gran parte de su actividad pública y privada. Es común que cuando se les pregunta a los jóvenes si leen responden que sí, argumentando que lo leído en pantallas también cuenta como lectura. Su interés más grande es encontrar historias con las cuales sentirse identificados, que reflejen su cotidianidad. La forma, es decir, las sutilezas de las técnicas literarias, son relegadas a un segundo plano. Para ellos predomina el contenido.

El artículo de Wolf también menciona la incidencia que tiene para el proceso cognitivo leer en papel o en dispositivos digitales. El tacto y la vista activan otras funciones que complementan la experiencia mental. Estudios hechos con grupos que leyeron el mismo libro pero en medios de lectura diferente demostraron que quienes leyeron en papel no solo habían comprendido y asimilado mejor el texto, sino que habían disfrutado la experiencia más que quienes leyeron a través de una pantalla.

Este tipo de información es útil para sustentar la necesidad de emprender reformas educativas radicales, de manera que las futuras generaciones no pierdan funciones cognitivas y sensibilidades importantes. Se debe pensar en una nueva forma de enseñar materias como lenguaje, lectura y literatura. Lo vital durante los años formativos es seducir a los futuros lectores permitiéndoles acceso a todo tipo de libros, aun aquellos que puedan parecer demasiado complicados para determinadas edades. Pero su libre acceso a textos les permitirá encontrar las lecturas adecuadas para su nivel de entendimiento e interés.

Alguien que lea de manera superficial en primaria y secundaria tendrá muchas dificultades para realizar estudios superiores, no solamente en su habilidad lectora, sino también en su desenvolvimiento académico. Sin duda, esto afectará su desempeño laboral y, por ende, su calidad de vida.

Deberán implementarse métodos pedagógicos que permitan a los maestros tomar ventaja plena de los dispositivos y las aplicaciones necesarios no solo para seducir al estudiantado, sino también, y sobre todo, para construir hábitos de lectura comprensiva y analítica, condiciones necesarias para la formación de adultos pensantes, críticos y propositivos.

Como escritora, estas consideraciones siempre me hacen cuestionar y poner en perspectiva los temas de mi narrativa y la forma de abordarlos. ¿Debe el escritor enfocarse en escribir según los nuevos paradigmas? ¿Debe el escritor sacrificar la profundidad y la belleza del lenguaje de una obra para limitarse a contar una historia en términos menos complicados pero de mejor entendimiento para el común de las personas? ¿O debe continuar adelante con su proceso y sus búsquedas personales, sin tomar en cuenta este tipo de demandas?

Vivo y concibo el ejercicio de la escritura como una forma de vida y de pensamiento. El escritor plantea dudas, busca respuestas, encuentra belleza en el sonido de una palabra o desahoga rabias, ambiciones, imaginaciones y deseos sobre el papel. Aunque dicho “papel” resulte ser una pantalla. Desviar la narrativa personal para adaptarla y complacer el gusto lector mayoritario sería, según mi perspectiva, contravenir la esencia misma de la escritura.
En el artículo, Wolf menciona algo escrito por Sherry Turkle, académica de MIT: “No erramos como sociedad cuando innovamos, sino cuando ignoramos lo que interrumpimos o disminuimos”.

Pensemos en cómo el cerebro humano fue evolucionando hasta convertirse en lo que es hoy. Cómo ciertas partes del cerebro fueron cambiando de tamaño y adaptando sus circuitos nerviosos, y cómo el mismo cuerpo físico se fue adaptando y modificando a sí mismo para llegar a lo que somos hoy en día. Pasaron años de evolución para que dejáramos de emitir gruñidos y fuéramos capaces de articular lenguaje, pensamiento y escritura, todo por la necesidad de mejorar la comunicación a medida que el entorno y la sobrevivencia así lo demandaban.

Pienso en las pinturas rupestres, en las imágenes y las técnicas utilizadas para hacerlas. Estoy convencida de que para nuestros ancestros, aquellos dibujos eran una forma primaria de contar algo. O quizás eran un ejercicio de asombro al descubrir o probar las propiedades de algunos pigmentos y lo que se podía lograr con ellos, convirtiendo las rocas en los lienzos de sus pinturas, como ocurrió en la cueva de Chauvet, en Francia, y la Cueva de las Manos en río Pintura, Argentina.

Que la tecnología sirva para construir mentes críticas, socializar el conocimiento y mejorar nuestras condiciones de vida. No para mutarnos en zombis obedientes y sin criterio propio

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  • 9 septiembre, 2018 / Opinión de Jacinta Escudos  (SÉPTIMO SENTIDO)

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