Propaganda

En 1933, Joseph Goebbels fue nombrado ministro de propaganda en la Alemania nazi. El propósito de esta institución liderada por Goebbels era controlar los medios y la información que se difundía hacia la gente, con el afán de impulsar la agenda nazi. Desde acá se tergiversaba la verdad, se hacía culto a la personalidad de Hitler, y se atacaba públicamente a cualquiera que se opusiera a lo que el partido quisiera impulsar. En fin, se defendía el desempeño del oficialismo.

Pienso que la mejor defensa ante el desempeño de cualquier administración son las acciones y resultados. Parece que esta administración ha escogido compensar la falta de capacidad y de resultados con propaganda. Es así como hace una semana nace, desde el oficialismo, lo que dice ser un periódico: Diario El Salvador.

No es ningún secreto que para esta administración el periodismo ha sido uno de sus más grandes enemigos. Sí, cada medio tiene una tendencia, una línea editorial y una idea de cómo se deberían estar manejando los temas de país. Por esto es que existe una variedad de medios de donde podemos escoger consumir información. Así nos formarnos un mejor criterio de lo que está pasando en el país. Sin embargo, los medios deberían ser independientes del gobierno, pues sirven como una contraloría ciudadana.

Este «periódico» nace con dos estrategias claras a corto y mediano plazo. La primera es la estrategia económica. Se dice que este medio será rentable y pagará impuestos, pero todo indica lo contrario. Por el lado del ingreso, el precio en el mercado es una fracción del precio del resto de los periódicos impresos, esto con el afán de impulsar la circulación en el mercado aún a expensas de la rentabilidad. Otra fuente de ingresos es la publicidad, la cual probablemente se venda a un precio bajísimo por la poca circulación (lastimosamente hay empresas que se han prestado a servir de clientes a una organización con un evidente conflicto de interés). Por el lado de costos, la logística y distribución, aunque sea tercerizada, sería más cara por la falta de economías de escala. En resumen, se tiene una clara desventaja tanto del lado de ingresos como de costos. Todo indica que la rentabilidad es secundaria, lo que se intenta es entrar al mercado cueste lo que cueste.

La segunda estrategia es la comunicacional. Esta administración ha sido muy hábil en generar y reproducir contenido de manera difusa enfocándose en medios digitales. Con este nuevo medio impreso se complementa esta estrategia; un documento impreso genera una sensación de tener algo más confiable. De esta manera el oficialismo puede empujar su contenido y agenda no solo a quienes consumen información por medios digitales (que usualmente han sido jóvenes y adultos jóvenes), ahora puede alcanzar segmentos demográficos menos familiarizados con medios digitales. Así, se es más eficiente empujando su agenda, tergiversando críticas al oficialismo y, potencialmente, se puede perseguir a rivales y opositores políticos que puedan ser incómodos para la administración.

Parece que, después de todo, esta administración cumplió en no ser más de lo mismo; a diferencia del FMLN y ARENA, cuando el oficialismo se ha visto incomodado por la prensa ha ido más allá que cualquiera y ha montado su propio instrumento de propaganda estatal. Repito, la mejor defensa de una administración ante sus críticos está en los resultados. Ojalá no sea demasiado tarde cuando nos demos cuenta de que nos gobiernan funcionarios de juguete, quienes intentan compensar su falta de capacidad con propaganda.

Vergüenza ideológica

Hoy en día, la ideología pareciera ser algo satanizado. Son pocos quienes dicen abiertamente identificarse con uno u otro conjunto de ideas. Tomando en cuenta que estamos a menos de seis meses de las elecciones de alcaldes y diputados, me parece importantísimo revisitar el tema de ideologías. Es en estos meses pre-electorales donde usualmente nos formamos una mejor idea de los méritos y aptitudes de quienes están optando por un puesto de elección pública.

La ideología es un conjunto de ideas, reflejan nuestra idea de cómo pensamos que funciona el mundo y el enfoque que se debe tener para generar soluciones a problemas de país. Por ejemplo, alguien puede pensar, desde su tendencia ideológica, que la mejor manera de combatir la pobreza es generando empleos por medio del fortalecimiento del sector privado. Otra persona, desde su ideología, puede pensar que la mejor manera de hacer esto es que el Estado redistribuya la riqueza generada por los privados. No es mi intención abrir debate sobre cuál de estas visiones se acerque más a la realidad, sino resaltar que son maneras distintas de encarar el mismo problema.

Es así como podemos tener predictibilidad de qué tipo de decisiones se tomarán una vez en el poder.

Ser afín a una ideología tampoco significa no poder debatir, ni poder llegar a consensos, ni poder cambiar de opinión. Ninguna ideología tiene la razón absoluta ni la mejor manera de resolver temas de país. Es por medio del diálogo y la apertura a escuchar las ideas de los demás que se llega a mejores soluciones. Las ideologías tampoco son unidimensionales, “derecha” contra “izquierda” tienen implicaciones distintas, donde el espectro se expande a hablar más de libertades individuales y económicas. Sin embargo, hay quienes (y esto viene de décadas no es propio de solo esta administración) prefieren manejar un discurso apartado de ideologías.

¿Cuál es el problema con esto? Suena muy bonito y conveniente decir que no se tiene ideología o que se está por encima de ellas. Cuidado con estas personas. El no tener ideología es no tener una brújula con la cual guiamos nuestro actuar. Usualmente este tipo de personas usan eslóganes tibios como “creemos en la gente” o en “el estado de derecho” o “estamos en contra de la pobreza”. Estos eslóganes venden electoralmente pero no nos dicen nada de qué esperar del tipo de políticas públicas que se pretende ejecutar, nos hablan del “qué” pero no el “cómo”. Engloban todo lo “bueno” en abstracto y le permiten al populista etiquetarse como que está “del lado del “pueblo” y a todos sus opositores como “enemigos del pueblo”.

Es útil para el votante tener candidatos que se identifican con una ideología, ya que podemos exigir un actuar coherente. Sabemos sus posturas. Alguien sin ideología va a inclinarse por lo que más le conviene y no por principios. No los tienen. Y es aquí cuando el nepotismo se comienza a disfrazar de méritos y capacidades falsas. Es aquí cuando las acciones “pro-pueblo” se traducen en que allegados al círculo de poder vendan mascarillas a sobreprecio al Ministerio de Salud.

Nunca vamos a estar de acuerdo en todas las opiniones y posturas que un partido o una persona puedan tener. No hay dos personas que piensen exactamente igual. Sin embargo, tenemos que votar. El votar es como el transporte público; difícilmente nos va a llevar exactamente al destino que queremos, pero nos va a llevar cerca de este. La diferencia está en cuánto y desde dónde queremos caminar para llegar a ese destino.

El Monopolio de la (des)información

Nunca antes hemos tenido tanto acceso a información como la tenemos ahora. Desde medios escritos hasta digitales, el número de fuentes ha aumentado de tal manera que ahora nos enfrentamos a otro desafío como ciudadanía: la desinforma ción. Y es en este nuevo mundo de la desinformación donde administraciones con comportamientos totalitarios han aprendido a aprovecharse.

Con la proliferación de seudo-medios digitales y trolles en twitter creando contenido tendencioso y hasta falso, e s muy fácil que estos mensajes se viralicen. Se vende una narrativa, y así se puede empujar una agenta partidaria y electoral. Este modo de operar pareciera no ser ajeno a muchas figuras que destacan en la política salvadoreña. Algunos incluso han estado involucrados en la clonación de medios escritos como La Prensa Gráfica y El Diario de hoy con el fin de desprestigiar a quienes cuestionaban sus acciones.

Puede que para valoración de algunos el manejo de información falsa en la prensa sea algo casi inofensivo. Nada puede estar más lejos de la verdad: eso fue un claro atentado contra la libertad de prensa. Fue entonces cuando comenzamos a descubrir que hay quienes, lejos de refutar críticas con argumentos u obras, tratan de desprestigiar a quien lo cuestiona. Dice mucho sobre su falta de ética como servidores públicos y sobre lo que están dispuestos a hacer por concentrar y acumular más poder.

Si para usted eso no es prueba suficiente de lo peligrosos que pueden ser estos personajes a quienes les incomoda la prensa, veamos los riesgos de la concentración de la información y la desinformación en el contexto del Covid-19. El manejo de las cifras de pruebas, infecciones, recuperación y muertes las ha manejado exclusivamente el Estado. Estas cifras parecen no ser del todo transparentes. Hay expertos en epidemiología que han hecho proyecciones (con metodologías que han funcionado de manera muy acertada en otros países) que se han alejado de la realidad en El Salvador por la mala calidad de datos que existen por parte de fuentes oficiales. El Salvador, a diferencia de otros países del mundo, se ha tardado demasiado tiempo en autorizar que laboratorios privados puedan realizar pruebas de Covid-19, algo que desafía el sentido común cuando estamos en medio de una pandemia y se necesita de la participación de todas las personas capacitadas en el sistema de salud.

No sería descabellado ni cínico pensar que las cifras se están divulgando en coordinación con la evolución de una agenda partidaria. Sería tentador para alguien con poca ética pintarnos, por ejemplo, la narrativa de que la Asamblea es el enemigo del pueblo y luego revelar un auge en la cifra de infectados. De esta manera se matan dos pájaros de un tiro: se desprestigia a rivales políticos y se empuja una agenda sin tener que justificar el uso de fondos y sin tener contraloría sobre el destino de estos.

Esto es jugar con la salud y la vida de la gente. Abramos bien los ojos, desde hace tiempo se ven acciones que no son simples destellos de totalitarismo. Cada vez son más quienes están obteniendo plazas de influencia en el Estado a quienes claramente les incomoda la crítica y la balanza de poderes. Ojalá hagamos caso a estas señales de cara a las elecciones, y que dentro de cinco o diez años no estemos lamentando reformas constitucionales donde la presidencia se gana con menos de la mayoría simple y las reelecciones son indefinidas. Una dictadura está más cerca de lo que pensamos.

Nuestro Tiempo: ¿Licuadora Ideológica?

Desde la separación de Johnny Wright y Juan Valiente de ARENA, muchos hemos seguido con interés la formación de su nuevo partido: Nuestro Tiempo. Guiados por la constante decepción de ARENA y el FMLN, muchos vimos en este nuevo esfuerzo una oportunidad para quebrar con las malas prácticas de hacer política del pasado y comenzar a llenar el espacio público de perfiles honestos y capaces.

Ha sido muy alentador ver perfiles de gente muy preparada y con espíritu de servicio (Leonor Selva, Aída Betancourt, Javier Cándido, etc.) en las elecciones internas de Nuestro Tiempo. Hay que tener mucha valentía en estos tiempos de acoso virtual y abusos de poder para animarse a participar en puestos de elección pública. Sin embargo, algo que siempre me ha inquietado sobre el partido, como lo comenté en una columna en 2019, es la falta de claridad en cuando a posturas e ideología. Pienso que vale la pena revisitarlo, y preguntarse qué postura tiene Nuestro Tiempo sobre temas relevantes como el manejo del sistema de pensiones, o sobre la protección deliberada a ciertos sectores económicos como el azúcar, o sobre el rol del Estado para el desarrollo de la economía, y muchos temas más.

Reconozco que la diversidad de pensamiento siempre es saludable dentro de cualquier organización. El debate sano ayuda no solo a que surjan mejores soluciones, también fomenta valores democráticos que tanta falta hacen en la política salvadoreña. Sin embargo, hay perfiles que tienen posturas diametralmente opuestas en aspectos tanto económicos como sociales dentro del partido. El ejemplo más claro que se me ocurre es el de Bertha DeLeón, quien tiene muchísimas credenciales como abogada y activista social, pero, probablemente, tiene posturas muy distintas a otros perfiles dentro del partido. Esto hace que sea difícil trazar una línea de pensamiento clara o una idea que una al partido completo.

Leonor Selva explicó esta semana, en una columna publicada en este periódico, lo que ella piensa que une a todos los candidatos de Nuestro Tiempo: «Una vocación democrática irrenunciable e innegociable», «un profundo desprecio a la corrupción, el abuso de poder y el ejercicio de la función pública para el beneficio propio y no de la sociedad» y «una visión centro-humanista, que no es más que la convicción de que la libertad y el bienestar de la persona es el fin y el origen del Estado». Todas me parecen excelentes guías para el ejercicio de la política, aunque, a mi parecer, no dejan de ser muy genéricas. Es un poco triste que un partido destaque por expresar explícitamente ideales tan básicos que deberían estar presentes en un país democrático, lo cual habla muy mal del resto de partidos políticos.

Tal vez ahora no sea el momento para tirar líneas partidarias sobre los temas más relevantes del país, después de todo, las elecciones que se vienen son de diputados y alcaldes, y, afortunadamente, podemos evaluar y votar por cada candidato por sus credenciales y posturas. Sin embargo, la dilución de posturas claras le puede jugar mal a Nuestro Tiempo de cara a elecciones Presidenciales en el futuro, donde se vota por una persona que, en teoría, debería reflejar las posturas y principios del partido a la hora de hacer política. Como votante, pienso que es necesario saber en qué exactamente cree Nuestro Tiempo, más allá de los principios democráticos.

Enjaranados

La deuda pública parece una cifra fuera de nuestro entorno. Se habla de la deuda como si fuera algo que no nos afectara. El tener deuda alta se ve como algo preocupante, pero no realmente urgente, pareciera que son números que no se traducen a la vida del ciudadano de a pie, no es algo más que un tema de discusión para analistas políticos o economistas. Sin embargo, vale la pena entender como funciona la emisión de deuda externa y qué es lo que estamos sacrificando como sociedad.

Conceptualmente, el crédito es consumir un poco más ahora sacrificando el consumo del futuro. Es conseguir esos fondos hoy, con la promesa de pagarlo el día de mañana. No toda la deuda es mala. El tener deuda nos permite invertir hoy en proyectos que generan rendimientos que pueden ser mayores que los costos, aumentando el consumo total a través del tiempo. El nivel de deuda usualmente se ve en relación con el Producto Interno Bruto. Esta es una buena manera de estimar qué tanto «aguanta» nuestra economía con el nivel de deuda. El Salvador históricamente ha sido un buen acreedor de deuda, ya que siempre hemos pagado a tiempo y hemos tenido un nivel saludable de deuda.

Otro elemento importante a entender sobre la deuda es que esta se hace más cara a medida va aumentando. Cada dólar extra de endeudamiento incrementa el riesgo del país de caer en default, riesgo que de alguna manera está reflejado en la tasa de interés. No es lo mismo cuando el país toma prestados $100 millones teniendo un 50 % de deuda a PIB, que cuando esos mismos $100 millones se coman con un 80 % de deuda a PIB. El pago de esta deuda, junto con intereses, va acaparando más de los ingresos del Estado, el cual tiene muchos otros gastos más que mantener, como el salario de empleados públicos (profesores, médicos, policías, diputados, etc.) u otros gastos recurrentes (mantenimiento de carreteras, oficinas públicas, puertos, etc.).

En El Salvador, estamos llegando a niveles alarmantes de deuda contra PIB. Incluso antes de la pandemia, ya rondábamos niveles cercanos al 75 % de deuda sobre PIB (hace 20 años no llegábamos ni al 30 %). Obviamente, con la pandemia se ha necesitado de fondos de emergencia para poder hacerle frente a la crisis sanitaria en el país. Si las cosas siguen como hasta ahora, podríamos llegar a una deuda cercana al 90 % del PIB para el final del año. Con o sin pandemia, es importantísimo que cada emisión de deuda sea justificada con un proyecto que dé rendimientos positivos. Ya sean proyectos sociales o de infraestructura, cada centavo debe ir destinado a inversiones que generen beneficios para la población.

Aunque sea difícil verlo, el impacto será más evidente en un futuro. El tener problemas para repagar la deuda se traduce en peores servicios del Estado y en presión para subir impuestos. En algunos países la presión ha sido tal que ha resultado en la estatización industrias (obvio siempre con el discurso barato que estas empresas son enemigas del pueblo) para de alguna manera generar más ingresos. ¿Estamos nosotros cerca de eso? Yo pensaría que no, pero tampoco pensé que en El Salvador, luego de sobrevivir a dos cambios de gobierno desde los Acuerdos de Paz, tuviéramos una administración a la que le incomodara tanto la Constitución y la balanza de poderes.

Cuando esto pase

Es difícil verle fin a la situación actual. Apenas vamos viendo cómo algunos países están controlando la velocidad de contagio. Sin tener pruebas masivas, tanto de diagnóstico como de anticuerpos, y sin vacuna para el COVID-19, parece que nos queda algo de tiempo por recorrer. Sin embargo, vale la pena comenzar a pensar en cómo elementos, tanto de la vida personal como profesional, van a cambiar.

Algunas industrias serán más afectadas que otras. Esto ya lo estamos viendo en aerolíneas, hotelería y turismo, y otras industrias donde existe constante contacto entre muchas personas. Es difícil imaginar, aún en un escenario donde reabrimos la economía de manera «normal» otra vez. Ver salas de cine o el Estadio Cuscatlán llenos, sin que esto represente una verdadera amenaza para un rebrote, parece poco realizable a mediano plazo.

Sí, el desempleo está empeorando, la actividad económica está bajando. La gente y los negocios están haciendo malabares para seguir llevando sustento a sus hogares. Ahora, cuando más necesitamos a un gobierno conciliador y capaz es cuando desafortunadamente tenemos la mala suerte de haber elegido a uno que prioriza las guerras mediáticas y el armar «planes» pegados con saliva, más que diseñar una estrategia que vele por la salud y economía (enfoques que no son mutuamente excluyentes).

A pesar de esto, siempre podemos detectar oportunidades que surgen a partir de las crisis. Muchos de los comportamientos van a cambiar y con esto cambia lo que demanda el mercado y de qué manera lo demanda. Todo lo que tenga base sobre tecnología y comunicación tiene potencial de ampliarse. Trabajos como diseño, consultoría y asistencia virtual tiene la gran ventaja de no necesitar un contacto permanente con su clientela. Lo vamos ahora con casos como el de Zoom, que ha visto sus ingresos multiplicarse al ver cómo la demanda por sus servicios explota por la necesidad de las empresas y personas de seguirse comunicando por medio de plataformas virtuales. Ahora más que nunca, de cara al futuro, debemos entender lo importante de invertir en educación y tecnología en el país.

Además de un período de disrupción en la manera de hacer negocios, también se viene un período de oportunidad para financiar nuevos proyectos. Ya comenzamos a ver estímulos fiscales en algunas economías, lo cual se puede traducir en alta liquidez, acceso al crédito, y bajas tasas de interés. Esto baja las barreras a la inversión y tiene el potencial de traducirse en nuevos polos de desarrollo para el país.

Nuestro entorno personal también se ha visto afectado. El encierro extendido tiene impactos sicológicos serios para muchos, especialmente para las familias que no pueden verse. También hay compatriotas que no pueden regresar al país por miedo a terminar en los centros de contención del Estado, que, lejos de brindar seguridad, parecen más una sentencia a muerte. Ojalá también aprendamos de esto. Ojalá valoremos la compañía de la familia y de los seres queridos. Que aprendamos a ignorar el celular y a estar más presentes cuando estamos hablando cara a cara con otros. Que no hay tecnología que pueda sustituir al contacto humano.

Estudien

Desde antes de las elecciones hablemos de si es necesario o no que tengamos servidores públicos con educación más allá del bachillerato. Sigue siendo un tema relevante, especialmente en estos momentos de crisis, donde son ellos quienes dan la pauta para tomar decisiones que afectan a millones de personas. La importancia de insistir en preparación académica pasa precisamente por comportamientos de funcionarios como Bukele. Solo quien no valora la educación piensa que esta no va más allá de memorizar información, o aprender a hacer modelos financieros, o a usar Excel, o a usar un programa de diseño. El valor de la educación va más allá de lo técnico.

Primero, lo normal es que en la universidad te toque trabajar en equipo junto a otros alumnos que también se están preparando. Cada uno tiene sus distintos criterios, puntos de vista y maneras de enfrentar problemas. Esto te obliga a darte cuenta de que no siempre tenés la razón, a compartir tus ideas, que estas sean examinadas, criticadas y cuestionadas por otros. En este ejercicio repensás y fortalecés tus opiniones y puntos de vista. Aprendés a escuchar a otros y a estar abierto a que se puede aprender de los compañeros tanto o más que de los profesores o de los libros.

Segundo, te da una red de amistades y profesionales para el resto de la vida que te pueden convertir en mejor persona. Tus colegas se van a trabajar a distintas organizaciones, tanto públicas como privadas). Se va distintas ciudades y países, fundan empresas. Esa reciprocidad de estar pendiente de ellos, y ellos de uno, te muestra qué cosas van funcionando en la vida, qué cosas evitar y de qué manera se pueden enfrentar desafíos personales y profesionales. Tu mundo se expande.

Ahora pensemos en un tipo que no estudió porque no quiso, a pesar de tener todos los recursos disponibles para ello. Solo eso ya dice mucho del carácter y los valores de una persona. Pensemos que este tipo, a través de toda su vida laboral siempre fue el hijo del dueño. ¿Qué oportunidad de formar buen criterio hay en un lugar donde nadie te cuestiona las malas decisiones y te dicen que «sí» a todo? ¿Qué incentivo hay para el diálogo y la construcción de ideas donde los berrinches priman sobre la razón? ¿De qué tipo de profesionales te estás rodeando, cuando lo único que hacés es manejar (y quebrar) discotecas y vender motos? Que no nos sorprenda entonces el tipo de gente que tenemos en el gabinete y la falta de capacidad de este. Que tampoco nos sorprenda que de cara a las elecciones se ya se están enfocando en guerras mediáticas, bien saben que la cancha en la que se sienten cómodos es en la de la división y desacreditación, no en la de la capacidad para gobernar.

Así que no, no exigimos preparación académica porque un «cartón», como lo llaman de manera peyorativa quienes no la valoran, solucione todo. Y si bien la educación no te garantiza todo debería ser el mínimo de exigencia para nuestros funcionarios. Es que la educación te debería hacer mejor persona y profesional. Son precisamente estos dos elementos los que más hacen falta en esta administración, y se nota.

¿Qué sigue?

La situación que está viviendo El Salvador y el mundo no es fácil. Es complicado para esta administración planificar y pensar más allá de los próximos días o semanas. Es natural que, con tantas vidas en juego, se priorice la urgencia de contener las infecciones de COVID-19. Estemos de acuerdo o no con las medidas de emergencia que se estén tomando, esto se superará y nunca es muy temprano para que comencemos a pensar en qué sigue después.

El impacto económico que el COVID-19 ha tenido en tan solo unas semanas es inmenso. Aunque esto no se pudo haber prevenido ni es culpa de nadie, mal haría esta administración en no prestar atención a medidas para mantener viva la economía. Se debe elaborar un plan para la reactivación de sectores productivos. Preocuparse por la economía no significa dejar de lado el tema de salud, ni viceversa. No son temas mutuamente excluyentes. Son temas que deberían ir de la mano, ya que el sacrificio completo de uno tiene inevitables consecuencias en detrimento del otro.

¿Cómo comenzamos? Primero, como con cualquier mal, hay que hacer un diagnóstico. No todas las industrias han sido impactadas de la misma manera. El aumento en la demanda de ciertos productos ha tenido un impacto positivo en varias industrias. En algunos países hemos visto como las ventas en supermercados, distribuidoras, artículos de primera necesidad, videojuegos, y hasta rompecabezas se han disparado de una manera acelerada. Así también en El Salvador tenemos sectores que están experimentando un aumento precipitado en demanda. El Estado debe reunir expertos en economía, líderes de sectores (tanto la gran empresa como las MIPYMES) y comenzar a mapear el estado y tendencia de los distintos sectores productivos.

Segundo, hay que priorizar cuáles sectores son más importantes. ¿Por dónde comienza este ejercicio de priorización? Es importante fijarse en el tamaño de las industrias, la interdependencia entre ellas, y el impacto en número de empleados. El tamaño es importante, porque nos da una idea de cuánto es el impacto económico de descuidar un sector. La interdependencia también importa, los sectores económicos no son silos que viven aislados unos de los otros. El que un sector no funcione puede tener un impacto altísimo en el funcionamiento de otros alterando su cadena de suministros. De igual manera el número de empleados también es importante, ya que es el consumo agregado de todos lo que mantiene viva economía una economía.

Tercero, se tiene que armar el plan. Para esto no hace falta reinventar la rueda. Otros países ya han comenzado a echar a andar paquetes de estímulo económico a las industrias que están sufriendo más. ¿En qué se traduce esto? Créditos baratos (especialmente a las MIPYMES y otros sectores que concentran una gran cantidad de empleados), subsidios temporales a empleadores para hacer frente a compromisos salariales, seguros de desempleo, entre otros.

Hay mucho que hacer, y para esto existe un Estado. Es difícil resolver en medio de tanta ambigüedad, por eso es saludable y necesario rodearse de expertos. Ahora, más que nunca, es cuando necesitamos integrar a la gente correcta a la discusión; expertos en salud pública y epidemiologia deben formar parte de la discusión de planes de salud. Economistas, líderes sectoriales y expertos en cadenas de suministro deben de ser incluidos para idear un plan de reactivación económica. Los spots publicitarios, y demás acrobacias comunicacionales deberían pasar a segundo plano.

Aliados

El pasado 8 de marzo fue el día internacional de la mujer. Hubo manifestaciones en muchas ciudades, San Salvador no fue la excepción, en las que mujeres se juntaron para exigir más avances y hacer conciencia sobre temas como la igualdad de género y la violencia de género entre otros. Existe una disparidad real de género en el ámbito profesional que va más allá del hecho que las mujeres en promedio ganen alrededor del 80% de lo que gana un hombre.

Solamente el 6% de los CEOs (Directores ejecutivos) de las 500 compañías más grandes de EEUU son mujeres. Aunque muchos argumentan que esto es causado en parte por las decisiones profesionales de las mujeres, hay mucho más detrás de este número. En este contexto las expectativas «sociales» influyen en que las mujeres terminen en áreas de soporte como Recursos Humanos o Marketing y no en unidades de negocio, que son por lo general los puestos desde donde salen candidatos más fuertes para un puesto de CEO. También existen sesgos, tanto conscientes como inconscientes, que solo abonan a la discriminación por género dentro del trabajo. Una misma acción puede ser vista como valiente cuando la hace un hombre, pero agresiva cuando la hace una mujer, o empático cuando la hace un hombre, pero débil o suave cuando la hace una mujer. Esto tiene un impacto en qué tan rápido puede subir una mujer dentro de una organización y en la probabilidad de que le den un aumento o una promoción.

Existen varias políticas internas que se pueden hacer desde el ámbito profesional para minimizar la desigualdad de género. Primero, establecer métricas claras y objetivas para decidir sobre aumentos, promociones y evaluaciones de desempeño. Segundo, a la hora de reclutar se pueden hacer paneles de reclutamiento más diversos además de hacer el filtro de Curriculums omitiendo el nombre de los candidatos. Tercero, programas de «apadrinamiento» o «coaches» internos que empujen por, y apoyen, el desarrollo de las mujeres dentro de las organizaciones. Y así como estas hay muchas otras más acciones relacionadas con el tema laboral que se pueden implementar para cerrar esta brecha desde lo laboral. El imperativo de empujar por esto no solo es del Estado, las empresas también pueden comenzar a implementar cambios de manera proactiva.

Algo que abarca ambas esferas, tanto profesional como personal, es el «mansplaining». Esta es la actitud de menospreciar el conocimiento o credenciales de una mujer en un tema y explicárselo de una manera condescendiente. ¿De qué manera podemos ser mejores aliados para evitar el mansplaining? Primero estar consciente y detectar cuando nosotros mismos lo hacemos. Cuando interrumpimos a una mujer que está hablando o cuando preferimos pedirle una opinión a un hombre que ni es experto en el tema, estamos haciendo mansplaining también. Segundo, levantar la mano cuando vemos que está pasando. Si no hacemos nada por evitar que esto pase cuando sabemos que está pasando estamos siendo cómplices. Y tercero, podemos educarnos más. Leer y hablar más sobre esto ayudan a crear consciencia sobre el tema y a que tengamos más presente como nuestros propios sesgos pueden fomentar la discriminación.

Si bien este es un tema liderado por mujeres pienso que como hombres también podemos aportar en este esfuerzo, tanto desde nuestro trabajo como desde nuestro círculo social. El género no debería ser una condena para qué tipos de trabajo se tiene acceso o qué tan rápido se puede crecer dentro de una organización o empresa. El compromiso con esta causa requiere de un involucramiento más activo que comienza, en lo mínimo, con las interacciones del día a día.

Apesta

Construir país puede tomar generaciones. Con trabajo, y un poco de suerte, una administración tras otra puede aportar un poco para ir avanzando. Muchos pensamos que lo que en El Salvador ha tomado más de dos décadas en construir, en términos de Estado de Derecho y respeto a las instituciones, estaba muy bien cimentado.

Como república joven hemos celebrado muchísimas elecciones libres, tanto presidenciales como legislativas. Hemos logrado hacer la transición entre guerra y paz, entre distintas aritméticas legislativas y entre presidentes de derecha y de izquierda. Todo siempre amparado en las leyes y en la Constitución. Y, aunque hayamos tenido episodios (muchos todavía recordamos el famoso decreto 743) en los cuales se ha puesto a prueba la institucionalidad, nada ha llegado a ser tan dañino como lo que pasó en el Salón Azul el domingo pasado.

Nunca, durante la posguerra, un órgano del Estado se había aprovechado la poca dignificación que tiene la fuerza armada para instrumentalizarla para intimidar a otro órgano. Querer minimizar o trivializar este evento es ser ciegos al frágil episodio democrático que estamos atravesando como país.

¿Y todo por qué? Aparentemente por querer la aprobación para negociar un préstamo de $109 Millones, cifra que representa apenas un 0.4% de nuestro PIB. Pero no nos engañemos, esto no se trata de préstamos ni de planes territoriales antiviolencia. Esto se trata de alguien queriéndose imponer a su manera, pasando por encima de la Constitución y las leyes, para lograr desprestigiar a un órgano del Estado y monopolizar más poder. Apesta a dictadura.

El precio de este golpe va mucho más allá de $109 Millones. Es desechar los esfuerzos y los costos de la guerra. El conflicto armado nos costó casi dos décadas de desarrollo. Nos costó la vida de 75,000 personas y la sangre de muchos más. Nos costó decenas de miles de familias desintegradas y la migración masiva de muchos. Nos costó la unión de un país que se separaba en 2 bandos. Y si bien ni ARENA ni el FMLN han hecho mucho por reconstruir una sociedad fragmentada, Bukele solo ha tirado mucha más sal en unas heridas que no terminan de cicatrizar casi tres décadas después.

Tres cosas sorprenden de esta situación. La primera es el cinismo con la que Bukele ha intentado tergiversar su error, queriendo vender la barata narrativa que él (magnánimo líder ungido por un poder divino) ha sido quien ha calmado al pueblo que quiere deshacerse del órgano legislativo. Segundo, Bukele ha logrado, increíblemente, que los diputados comiencen a parecer funcionarios decentes que no están cediendo ante matonerías antidemocráticas. Y tercera (probablemente lo más preocupante y decepcionante), que haya tanta gente engañada que piense que lo que está haciendo Bukele es la manera correcta en la que se comporta un verdadero Estadista.

Si Bukele quiere tener más apoyo en la Asamblea tiene dos opciones legales: o se espera a las elecciones legislativas para intentar lograr más tracción, o comienza a tender puentes entre partidos y para colaborar en conjunto. Amenazar con «apretar un botón» cuando se tiene al Salón Azul rodeado de militares es tener poca valoración a lo que hemos sufrido históricamente como país. Resolver la violencia no pasa por más violencia. La reducción de violencia pasa por tener lo mínimo: instituciones democráticas que funcionen. Con anarquía no resolvemos nada. Si usted, lector, no es capaz de ver la importancia de respetar el Estado de Derecho, reconsidere, porque está siendo parte del problema.