Opinión desde acá

por Mariana Belloso, De cuentos y cuentas

 

Mariana Belloso
Periodista

Quedémonos en casa

Más allá de estar pensando en que un decreto va a dejar de estar vigente para irme para la calle, todos deberíamos estar pensando en forma para reducir nuestras salidas al mínimo posible.

El mundo enfrenta una situación sin precedentes. En pocos meses, una enfermedad ha puesto bajo cuarentena a una cuarta de la población mundial, ha paralizado buena parte de la economía y ha cobrado decenas de miles de vidas. Cada día se reportan nuevos contagios, y pese a que la carrera por encontrar un tratamiento eficaz o una vacuna avanza a todo vapor, no se tendrá fármacos aprobados y viables hasta dentro de unos 18 meses.

El COVID-19 es la enfermedad causada por un tipo de coronavirus descubierto a finales de 2019 en China. En pocas semanas se esparció por el mundo y se convirtió en pandemia. Es altamente contagiosa, y la evidencia recabada hasta hoy muestra que un 20 % de los casos termina necesitando atención médica. La mortalidad, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) es del 2 %.

Para una gran parte de quienes se contagian, no pasa de manifestarse como una gripe. En personas con condiciones preexistentes, como diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, males renales o incluso obesidad, suele ser más grave.

La propagación del COVID-19 se da principalmente por la exposición a pequeñas gotas de secreción que el portador del virus expulsa al estornudar o toser. El virus también puede sobrevivir en distintos tipos de superficies, principalmente sobre acero y plástico, por lo que las principales medidas de prevención que los expertos aconsejan son el lavado constante de manos y el aislamiento social.

En El Salvador se decretó cuarentena domiciliar obligatoria el pasado mes de marzo, cuando aún no se registraban muertes por la enfermedad. La medida, que generó polémica en cuanto su ejecución y el efecto que tendría sobre la economía y los ingresos de las personas, es la más acertada y la que están recurriendo cada vez más países.

No hay, por el momento, una cura probada para el coronavirus. Los casos reportados como recuperaciones van desde personas en las que los síntomas no fueron tan agudos, hasta pacientes que sí debieron estar incluso con respiración asistida por complicaciones en la neumonía que les generó el COVID-19.

En El Salvador hay, hasta este viernes 3 de abril, medio centenar de casos confirmados y tres muertes a raíz de la enfermedad. A poco más de dos semanas de haberse iniciado la cuarentena obligatoria, las cifras comienzan a despuntar y, extrañamente, la población parece más relajada, se ven más personas y vehículos circulando por la calle, pese a que las autoridades han advertido que a quien se encuentre violando la cuarentena sin una justificación válida, se le trasladará a los centros de contención, donde poco más de 4,000 salvadoreños están recluidos.

Hay varias excepciones de circulación aún, como los empleados de sectores como los alimentos y el área de salud, los medios de comunicación y los trabajadores de diferentes ámbitos del aparato estatal, así como la Corte Suprema y la Asamblea Legislativa.

La cuarentena y otras medidas aplicadas durante la emergencia están amparadas en diferentes decretos ejecutivos, que en su momento también han generado polémica. Realmente la situación es sumamente seria y grave. Más allá de estar pensando en que un decreto va a dejar de estar vigente para irme para la calle, todos deberíamos estar pensando en forma para reducir nuestras salidas al mínimo posible. El Salvador es un país con un sistema de salud con muchísimas carencias, y el gran reto debe ser reducir al máximo el riesgo de contagio, para no saturar el sistema.

El encierro es desesperante; sí, veremos reducidos nuestros ingresos económicos, sí; la economía sufrirá, sí, pero será todavía peor que no logremos reducir la propagación de la enfermedad, que nuestro sistema de salud colapse y que se dispare la cifra de fallecidos.

Más allá de los decretos y las órdenes desde el Ejecutivo, más allá de lo que apruebe el Legislativo, si le es posible, quédese en casa. Hay aún miles y miles de salvadoreños que deben seguir circulando, porque de ellos depende que aún contemos con los servicios básicos y de alimentos a disposición, pero si no es su caso, no se guíe por los legalismos, guíese por el sentido común, por la razón, por el amor a los suyos.

Lo del COVID-19 es grave y va para largo, la OMS calcula que América alcanzará el pico de casos en dos meses. Más lejana aún está la esperanza de una cura o una vacuna. Por el momento, nuestra única arma es exponernos lo menos posible. Muchos no podrán, pero los que sí, por favor, quédense en casa.


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