PRENDAS EN EL ALAMBRE

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1940

Afortunadamente fue un parto normal, en casa, como se estilaba en esos entonces. Cuando salió de la habitación tapiada donde había permanecido durante 9 meses lo primero que hizo fue respirar fuerte y entreabrir los ojos que al fin estaban viendo la luz. A su alrededor, un par de caras desconocidas lo observaban. Oyó una voz: «Por lo que se ve este niño va a ser un niño precoz». La otra voz, áspera y distante, terció a su modo: «Yo lo veo igual que todos los recién nacidos». En ese instante él entendió que llegaba a un espacio de discordias, y cerró los ojos para sólo ver lo que estaba dentro de sí. Después se sumergió en una especie de alberca mental, de aguas tranquilas y transparentes. En una de las orillas estaba sentado un señor que parecía pastor de ovejas, y que hizo una señal desde lejos. El rebaño se acercó. Y él supo que esa sería su verdadera familia.

1950

Aquella tarde de junio el cielo estaba inesperadamente translúcido. Ellos, la pareja imperfecta, vivían ahora en una casita de la Colonia Santa Eugenia, rumbo a Mejicanos. Y por fin estaban esperando su primer hijo. Los vecinos que vivían a la par, sólo separados por una verja de madera, eran un par de señores muy mayores, y que no salían nunca, los observaban a cada instante desde su corredorcito de madera, hasta que aquella tarde, los dos hombres cruzaron un par de palabras: –Su hijo va a ser poeta –dijo el mayor. El joven se detuvo, como si no hubiera entendido. Y reaccionó a la defensiva: –¿Entonces, según usted, va a ser un pobre iluso? El mayor respondió, sonriente: –Eso es lo que todo el mundo cree, pero aquí está usted para dar fe de que es lo contrario… –¿Y cómo voy a hacerlo? –Dejándolo estar, respetando sus manuscritos.

1960

La ciudad despertaba, esta vez con una cierta aura de destino. Él era aún un colegial que hacía el tránsito cotidiano, cuatro veces a día, mañana y tarde, en las camionetas del transporte público de la Ruta 2. Era sábado, y muy temprano se alistó para ir hacia la estación central del ferrocarril de la IRCA, que tomaba para llegar a Las Cañas, un poco más allá de Apopa. Pero hoy, en vez de tomar rumbo hacia la estación, se fue a un pequeño comedor que estaba en las inmediaciones de la Iglesia de San Francisco, casi esquina opuesta a la refresquería «Bambi». Cuando le preguntaron si quería desayunar, él se quedó en suspenso. El mesero hizo un gesto de indiferencia. De repente repicó una campana. Él lo sintió como un llamado. Se levantó y salió. Desde ese momento, nadie volvió a saber de él, aunque él, como siempre, andaba por sus mismos sitios.

1970

Fue el 1 de enero cuando conoció a Elisa, que era la hija menor de un matrimonio de acababa de llegar a vivir a la colonia. El padre era ingeniero y la madre era enfermera. Se vieron en una cenita de Año Nuevo que había organizado, como todos los años, uno de los vecinos más sociables del lugar a quien llamaban San Valentín. En la mesa estaban apiñadas unas veinte personas, sobre todo mayores, y quizás por eso sentaron juntos a Elisa y a él, los jóvenes, que por la apretazón de los asientos se rozaban piernas y brazos. Como no se conocían personalmente, les tardó atreverse a hablarse. «Por fin te encuentro», dijo él sin pensarlo. «Yo en cuanto te vi me di cuenta». Aquellas dos sencillas frases se les volvieron un nudo de luz en las conciencias. En eso se levantó el anfitrión, y antes de que hablara los dos jóvenes expresaron en alta voz: «¡Gracias, San Valentín!»

1980

A lo lejos se oían los intermitentes estallidos de las ráfagas que se iban volviendo cada vez más comunes, sobre todo en las noches. Aunque muchos aún lo dudaban, la contienda bélica estaba ya en el terreno. Su esposa era incrédula por excelencia, y cada vez que oía alguno de aquellos rafagueos decía la misma frase: «Qué bromistas son los guerrilleros». Él no respondía nada, porque sabía que era inútil; pero en su interior la guerra iba tomando espacios anímicos. Hasta que aquella noche una bomba explotó sobre su terraza. Ella, que ya se hallaba acostada para dormir, saltó con sobresalto: «¡Dios mío, esto sí de veras es en serio!». Y él, que se encontraba en aquel instante haciéndole su rezo cotidiano a la Virgen de Guadalupe frente a una imagen sobre la consola, reaccióno con cierta picardía: «¡Qué bromistas son los guerrilleros!»

1990

Era hora de volver. París, como siempre, a la espera con sus mejores galas. Desde la misma ventana del hotel Splendid donde había estado tantas veces antes observó hoy una perspectiva totalmente nueva; y eso le hizo pensar que se hallaba de veras en otra época, pero una época estrictamente personal. Era el París otoñal de siempre, con todos los árboles en actitud de sacrificio y todas las nubes a la expectativa. París lo recibió con una llovizna casi irreal. Sin pensarlo ni un instante, salió de inmediato después de ubicar su equipaje, y el aire húmedo lo envolvió con su mejor caricia. Entonces, un aleteo del aire le trajo un mensaje inconfundible: «Estás en casa, pero tienes que descansar unas horas antes de reconocer al amor de tu vida…» Así lo hizo, y cuando despertó la tenía a ella enfrente, sonriéndole. Misión cumplida.

2000

Ahora, su maestro más virtuoso y eficiente era el jardín que los rodeaba tanto de día como de noche. Y lo más original de aquel jardín era que respondía a diario al estado de ánimo de la pareja que lo habitaba. Porque ellos, en verdad, aunque pernoctaban en las habitaciones de la casa, vivían realmente entre las plantas y los árboles que estaban alrededor. Por eso aquella mañana de sol apenas perceptible se fueron, por un impulso espontáneo, a buscar un sitio entre las hojas y los pájaros, que los recibieron con la naturalidad de los amigos más afines. «¿Te has dado cuenta de la fecha que es?», le preguntó él a ella sin énfasis. «»Sí, el primer día del Tercer Milenio». «Entonces, recibámoslo acostados sobre la hierba». Ella se reclinó junto a él, extendiendo su cuerpo. Y en ese mismo instante el jardín los envolvió, dándoles la bienvenida.

2010

Eran excursionistas por naturaleza, y los fines de semana los dedicaban a ir por cerros, montañas y lagos a descubrir sitios insospechados, con la ventaja de que el repertorio de búsquedas nunca se agotaba, porque siempre había algo nuevo en algún rincón. Aquel sábado casi todos los asiduos estaban indispuestos o tenían algo especial que hacer; y sólo ellos tres se reunieron en el lugar acostumbrado, a la hora usual. «¿No será esta una señal de que esta vez tenemos que ir al encuentro de otro destino?» «¿Por ejemplo?», preguntó el otro presente. Y el tercero se adelantó: «¡Vamos a la cantina más antigua de la ciudad!» «El Ciervo Azul, ¿verdad? ¿Se acuerdan cuando éramos adolescentes?» Risa general. A la mañana siguiente, cada quien en su casa y en su cama, los tres celebraban su excursión nocturna por el bosque de la memoria…

2020

Se asomó a la ventana y lo único que se le ocurrió en ese instante fue preguntarse: «¿Qué le está pasando al clima, que cada día se vuelve más díscolo?» Y al sólo decirlo, la claridad emergente del día se envolvió de pronto en una nebulosidad que anunciaba tormenta inminente. Pasaron varios minutos, y nada, sólo había sido el presagio caprichoso. Él hizo un gesto de desdén. «Ya ven: el clima se ha vuelto bromista sin gracia, y lo mejor es que no le hagamos caso». Una llovizna apenas perceptible fue la respuesta del aire. Así pasaron algunos minutos, como si el clima, retado por aquella pregunta, estuviera elucubrando una respuesta pertinente. Y, de súbito, se vino un aluvión de ráfagas, que lo lleno todo de presagios torrenciales. Y en medio de aquella borrasca pudo oírse una advertencia: «Y esperen lo mejor, que será una pandemia que nadie ha imaginado, jajá»…

 


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