OTRAS REVELACIONES

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

6 AM.

Se levantó suficientemente a tiempo para hacer sin tardanza el recorrido que le tocaba todas las mañanas desde una de las colonias suburbanas más recientes de la ciudad hasta su sitio de trabajo que era una fábrica de utensilios metálicos para el hogar, en la que se desempeñaba como contador. Se bañó en la ducha, se puso la ropa limpia, se acicaló lo mejor que pudo, tomó sus objetos de escritorio y se dispuso a salir. Vivía sólo, porque su boda se venía postergando… Como su carrito se segunda estaba en el taller, tomó el bus que pasaba más cerca. Sólo había un asiento disponible, junto a aquella mujer cubierta con un velo. No se animó a mirarla, pero ella le susurró: «No me tengás miedo. Estoy aquí para rescatarte». Después de unos segundos de desconcierto, él le preguntó: «¿De qué?». «De tu miedo al compromiso. Conmigo vas a ser libre».

EN NÚMEROS ROJOS

Sus padres vivieron siempre «a tres menos cuartillo», y eso es lo que él tenía en la mente. Pero sus padres no fueron longevos, y se fueron con muy poco tiempo de diferencia, sin dar mayores detalles sobre aquello que parecía un escape. Cuando él se quedó solo en la casa, lo primero que hizo fue emprender una revisión minuciosa de todos los espacios y de todos los rincones. En los muebles no había nada. Todas las gavetas y los estantes vacíos. Entonces miró hacia el techo, y se puso a husmear por ahí. De pronto, algo sonaba como un desván secreto. Quitó la pieza, teniendo que romperla. Adentro, un montón de cajas y bolsas. Subió, y las fue abriendo una por una. ¡Sorpresa insólita! Todo era dinero, desde grandes fajos de billetes hasta monedas de oro. Se rio a carcajadas. ¡Entonces los números rojos sólo habían sido un cuento de hadas!

LA BUENA NUEVA

El tío Anselmo era el mayor de los hermanos, y según las cuentas de algunos otros parientes ya debía andar rondando los cien años, aunque se veía fuerte y ágil. Por eso no era de extrañar que, adicto a los romances como siempre había sido, apareciera con alguna frecuencia en compañía de señoras maduras, de mujeres jóvenes y hasta de una que otra adolescente. Pero esta vez las imágenes despertaron más que nunca: el tío Anselmo apareció con un halo de rejuvenecimiento casi inverosímil, ágil como un deportista superentrenado, y con él una anciana sonriente que parecía un retrato irreal. Todos se detuvieron a observar. Él, entonces, con inocultable picardía, sacó un aparatito y lo activó. Al instante se cambiaron los papeles: él decrépito y ella juvenil. Lo activó de nuevo. Cambiaron los papeles. «Es el último invento de los dioses».

MEDITERRÁNEO EN VELA

Despertó con la íntima sensación de que iba en camino de vuelta a sus orígenes. Entreabrió los ojos, y nada de lo que estaba a su alrededor se le hizo reconocible. Se incorporó, y el ventanal abierto le trajo imágenes de costas lejanas y de islotes inmediatos. ¿Dónde se encontraba, si la noche anterior, al iniciar su reposo nocturno lo que tenía en torno era su vecindario de siempre, en la zona más despoblada del pequeño pueblo en que vivía? No supo cuánto tiempo pasó antes de que volviera a tomar conciencia. Lo que sí supo de inmediato es que iba en un espacio en movimiento. ¿Cómo era posible, si él vivía en una especie de choza al borde del camino? Pero entonces empezó a sospechar que el anhelo es más fuerte que la realidad. Estaba navegando mentalmente hacia el Mediterráneo Oriental, como los descubridores perfectos…

SABOR DE REENCUENTRO

Él observaba mientras en el entorno se agrupaban espontáneamente los visitantes de aquel lugar recién revelado. Para muchos sólo era una cueva profunda, cavada quién sabe cuándo o abierta por algún fenómeno natural; pero más de algún estudioso hallaba en aquello características de catacumba, y él que era imaginativo por naturaleza apuntaba en esa línea. Se incorporó a la fila, y en unos minutos se hallaba a la entrada del enigmático recinto. Pero ya a punto de dar el primer paso hacia adentro, se detuvo y se apartó de la fila. En ese instante, alguien se le acercó, hasta el punto de poder hablarle en murmullo: «Tú sí sabes a lo que vienes, ¿verdad?» Él se sorprendió con tal afirmación. El otro continuó: «Sí, lo sabes muy bien: A reencontrarte con tu familia original. Te llevaré por el paso reservado. Ellos están esperándote».

SIEMPRE HAY SALIDA

Todo se había venido de repente, como esas tormentas que se dibujan en el aire unos minutos antes de estallar. Pero esta no era tormenta líquida, sino emocional. Fallecimientos, pérdidas económicas, depresiones galopantes… Y por fin, aquello: la sensación de que no había salidas a la vista. Salió aquella tarde a caminar, para ver si el aire libre le podía servir de aliciente, aunque fuera como un alivio transitorio. De repente sintió que estaba totalmente desorientado. ¿Qué calle era aquella? ¿En qué ciudad se desplazaba? ¿De dónde había surgido aquella atmósfera friolenta en medio del verano inusualmente cálido? Miró a su alrededor. Todo le era desconocido, hasta el punto de preguntarse entre dientes: «¿Y quién soy yo?» Y cuando se hizo la pregunta una sensación gratificante lo envolvió. Desprenderse de sí mismo era la única liberación posible.

ÁRBOL AL FONDO

«¿Qué querés ser cuando seás grande?», le preguntaron en su casa cuando ya estaba al borde de la adolescencia. Trece años, y la voz comenzaba a cambiarle, y en las próximas semanas sería otra. Respondió con un gesto: «Horticultor». Los que lo interrogaban no entendieron, y cada quien se fue a lo suyo: la madre a la cocina y el padre a su cuarto de lectura. Días después, el padre quiso saber más: «¿No querés ser escritor como yo?» La respuesta fue enigmática: «Sí quiero, pero escribir en la tierra, no en la pantalla de la láptop, porque la tierra nunca se acaba…» La madre llegaba en ese momento: «¡Mirá la respuesta que te ha dado! Es más inteligente que tus personajes…» El padre se dio por aludido: «Pero ahí no vas a tener maestros». «Ya tengo al mejor». «¿Quién?», preguntó el padre burlándose. «¡Aquel» Y el joven apuntó hacia el árbol que estaba al fondo.

REGALO MÍSTICO

El sol venía saliendo, esta vez con una actitud perezosa que no le era habitual. En las habitaciones del vecindario iban despertando los ruidos con igual lentitud. Entonces recordó que estaban en Semana Santa, y que toda la actividad comercial se hallaba suspendida. Él, sin embargo, que era un hombre activo por naturaleza, saltó de la cama, dejando a su mejer dormida, y muy pronto salió a la calle. Sólo unos cuantos transeúntes iban por ahí. Él se dirigió directamente hacia el borde del río que cruzaba muy cerca, en una hondonada. Descendió con la agilidad de siempre, y ya abajo se dirigió hacia el ojo de agua que estaba escondido entre las rocas. Al llegar, se arrodilló. Tomó agua pura entre las palmas de las manos, y en ese mismo segundo un rayo de sol tocó su frente con fuerza vívida. Bebió el agua y alzó la frente: «Gracias por la bienvenida cotidiana».

SUENAN VIOLINES

Eran vecinos desde siempre, y como casi tenían la misma edad se cruzaban por todas partes. Las respectivas familias no eran muy cercanas, pero entre ellos dos la afinidad fue constante. Y cuando llegó el momento de los noviazgos, ellos tomaron la iniciativa. Era algo tan natural que aquello pasó inadvertido. Transcurrió el tiempo, y llegó la hora de la formalización acostumbrada. Ellos anunciaron: «No vamos a hacer ningún compromiso formal, porque esto lo llevamos en el alma». Los padres los oyeron casi como oír llover. Y pasados unos días llegó el otro anunció: «Como ya cumplimos esta etapa, viene ahora el enlace matrimonial». Igual indiferencia. La ceremonia en la humilde iglesia del barrio. Cuando los novios entraban empezó a oírse un grandioso concierto de violines. Todos se miraron extrañados. Los novios sonreían. Era su música interior saliendo al aire.

 


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