MEMORIAS DEL VERANO

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

INDECISIÓN DE OCTUBRE

El año parecía estar entrando anualmente en el espacio de los indecisos, porque antes sus fechas eran puntuales: fin del invierno y principio del verano. La última gran tormenta invernal era el 4 de octubre por la tarde, y después del día 15 los famosos vientos octubrinos se paseaban audazmente por las arboledas. Hoy, cualquier cosa podía pasar. El clima andaba suelto, enarbolando cuanta excentricidad se le ocurría. Aquel día, el indigente que dormía bajo un pequeño puente, despertó como si nada, preguntándose: «¿Lloverá o no lloverá?» A su alrededor pasó una bandada de palomas, con entusiasmo notorio. Él sacó su conclusión nacida de la experiencia: «¡Entonces va a ser un día de sol y brisa!» No acababa de decirlo cuando el retumbo de un trueno lo puso a la expectativa. Comenzó la borrasca. Desde los aleros, el clima observaba, burlesco.

NOVIEMBRE DE PUNTILLAS

El último día de octubre, es decir el 31, era puntualmente la Clausura escolar, en un acto tempranero nocturno, ubicado una parte bajo techo y otra a la intemperie. Como por esas fechas ya nunca llovía, nadie llevaba ropas protectoras, salvo los sacos de los señores, que eran de rigor y las blusas espesas de las señoras por si había frescura excesiva. Ese año, nada parecía alterar el ritual tradicional. Pero de pronto, uno de los jovencitos que estaba entrando en Secundaria se dio cuenta de que entre el público asistente había una presencia enigmática. Cuando lo llamaron al podio, porque era el mejor de su tanda, pasó junto a la señora del enigma. Se detuvo, y todos lo observaron. «Ella es mi hada madrina. Me está enseñando a ser poeta». Ella le sonrió. El público se quedó en silencio reverente. Era la mejor consagración.

12 DE DICIEMBRE

En el barrio más pobre de la ciudad las gentes se desplazaban muy temprano hacia sus ocupaciones cotidianas, de las que obtenían apenas lo necesario para medio sobrevivir cada día. Pero aquella era una fecha muy especial, porque se celebraba el Día de la Virgen de Guadalupe. Ellos, una pareja muy joven, eran desde niños devotos incondicionales de la Guadalupana, y aquel día se fueron muy temprano a la Basílica, a rendirle tributo antes de correr a sus respectivos trabajos, él en una sastrería y ella en una floristería. Se verían hasta por la tarde en su sencillísima vivienda de lámina. Pero llegada la hora ninguno de los dos apareció. Pasaron los días. Algún vecino preguntó: «¿Alguien sabe algo de los Miranda?» Silencio. Pero alguien de pronto explicó en un susurro: «–No van a volver, porque la Virgen les ofreció posada y ellos aceptaron…»

ENERO CON ALAS

Todos los niños de los alrededores estaban de vacaciones, porque noviembre acababa de iniciar su jornada anual, y por las calles correteaban los infantes como personajes salidos de los cuentos. Aquella tarde, el maestro de la escuelita primaria, que era la única del lugar, llegó al aula donde daba clases durante el año escolar, y fue a ubicarse en su mesa de trabajo. Abrió las gavetas en busca de algo, y luego de revisarlo todo se dio por vencido. Lo que buscaba no se encontraba ahí. Salió del recinto y comenzó a caminar por la calle que llevaba a la plaza céntrica del pueblo, donde estaba la iglesia principal. Entró por impulso, y al nomás atravesar la puerta, una anciana le salió al encuentro: «Esto es lo que buscas. Toma». Y le extendió un manojo de plumas. «Son tus alas. Tómalas. Aprovecha las vacaciones tú también…»

EL RÍO SE DISTIENDE

Se encontraba él ahí, a unas cuantas piedras y arenillas del agua fluyente. Se acercó, vestido como estaba, y desde la otra orilla, oyó que lo llamaban: «¡Niño José, lo estamos esperando, anímese!» La lancha se acercaba, surcando la tranquila corriente, y él se dispuso a embarcar de un salto en cuanto arribara. Cuando eso ocurrió, él saltó hacia adentro, sin darle importancia al hecho de que nadie parecía ir conduciendo la lancha. Se acomodó en la tabla de siempre, y dirigió la mirada hacia la otra orilla. El gran conacaste al fondo era el signo de la ruta. Pero en ese instante se dio súbita cuanta de que ese conacaste tan firme en su puesto parecía cada vez más distante. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde se hallaba hoy la orilla? Cerró los ojos, y cuando los abrió se encontraba a punto de arribar a una extensísima playa. Como por encanto el río se había convertido en mar.

¿Y FEBRERO DÓNDE ESTÁ?

Aquel sótano desde hace tanto tiempo es el lugar olvidado de la casa. Nadie baja la escalera tronadora que lleva hasta él. ¿Es que ahí sólo hay cosas inútiles? Como es un niño de muy pocas palabras, no se lo pregunta a nadie, ni siquiera a los más allegados, que además son los perros de la casa, Pepino y Corsario. Pero ese día los llama a ambos, con el gesto que ambos captan de inmediato. Bajan la escalera, y ningún peldaño suena. Es como si fuera una escalera recién ubicada ahí. Al fondo, lo que reina es una penumbra apenas mitigada por una rendija. No hay nada. Es un sótano evidentemente abandonado. Pero él, curioso por naturaleza, va recorriendo cada rincón, y en uno de ellos hay una pequeña alcoba. Empuja la persiana. Adentro hay alguien. «No te asustes, soy Febrero, y aquí me alojo en el invierno. ¿Quieres hacerme compañía? Soy poeta como tú…»

MARZO EN EL COLUMPIO

Maribel era la muchacha más tímida del grupo, y sin embargo era la que tenía más pegue en el ambiente juvenil. Eso le despertaba envidias y admiraciones a cada instante. Por esos días, ya con el verano preparando equipaje, Maribel les avisó a sus padres, que siempre la consideraron una niña seria y responsable: «Me voy de viaje. Quiero pasar un invierno a mi manera». Era una revelación perfectamente inesperada; o más bien, insospechada. «¿Qué dices, muchacha?» «Que me voy de viaje». Más estupefacción. «¿Y cómo es eso?», preguntó el padre, con ansia. «Alguien me ha contratado para que me vaya como trapecista a un circo de París…» «¡Ah, ya sé, –dijo la madre–, esa película, «Trapecio», te tiene embrujada…» Maribel sonrió, y en ese mismo instante so oyó la voz imperiosa del director: «¡Todos a escena!»…

ABRIL CON ECOS

Las calles y los callejoncitos del pueblo están cada día más inundados de polvo, que se levanta al menor impulso de la brisa cálida que lo reseca todo. Las plantas de los alrededores suspiran casi asfixiadas, porque el calor se impone sin piedad. Sobre las tapias y los cercos, las enredaderas, que en invierno son gallardetes orgullosos, ahora apenas se animan a quedarse quietas para no sufrir más de sofocos inútiles. Es un atardecer cualquiera, pero la vidente del lugar, que es una lagartija curiosa que se mete por todas partes queriendo descubrir secretos, en este momento está erguida sobre la última línea de tejas del alero. De repente se alcanzan a oír algunos retumbos leves pero inconfundibles. La lagartija se yergue, y anuncia con su sonido inmemorial: «Las ráfagas ya vienen acercándose. ¡Cuando el torogoz lo anuncie, refúgiense todos!»

CUANDO MAYO DESPIERTA

La primera tormenta llegó con amagos de valentía y con remilgos de timidez. «Es lo de siempre», concluyó el monje Benedicto, que apuntaba todos sus pensamientos y sensaciones en un cuaderno de los de antes. Pero aquel día, las impresiones se le cruzaban, y él pensó que eso era producto de la inestabilidad anímica que venía sufriendo en silencio desde hacía algún tiempo. Se encerró en su celda, y dispuso quedarse ahí todo el tiempo que le fuera posible, ya que era día de reflexión íntima. Llovió durante toda la jornada, y él se acomodó mentalmente a aquel ritmo. Después de medianoche, él, recién despertado, recordó que era 3 de mayo. Y curiosamente amaneció con sol deslumbrante. Él se incorporó. Abrió su única ventana. «¡Gracias, Mayo, por recordarnos que hoy eres tú el conductor de la nave!»

 


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