Opinión desde allá

por Héctor Silva Ávalos, La ciudad de la furia

 

Héctor Silva Ávalos
Periodista

Los mataniños

Cercado por múltiples acusaciones de corrupción, nepotismo y misoginia, Trump acudió siempre a la narrativa antinmigrante para consolidar a su base política. Y le resultó.

La fotografía provoca terror, el que se asocia a la muerte de cualquier niña. El terror de reconocer tantas fragilidades en un cuerpo que yace indefenso, muerto, ante la indolencia de quienes observamos. La fotografía también provoca náusea, la que nace al entender que los caprichos políticos de los funcionarios más poderosos del planeta se cuentan entre los principales responsables de la muerte de esa niña, que se llama Valeria y murió ahogada junto a su padre, Óscar, cuando intentaban cruzar el río Grande.

Esa fotografía, como ya sugirió algún periodista en Estados Unidos, tendrá que ser para nosotros, salvadoreños, la estampa que identifique la administración del republicano Donald Trump en Washington. Han sido las políticas públicas del trumpismo en torno a la migración las que han convertido a Estados Unidos en uno de los principales violadores de los derechos humanos de quienes migran.

La administración Trump ha llenado de niños con más suerte que Valeria centros de detención temporal que, según defensores, activistas y periodistas estadounidenses, tienen todos los rasgos de campos de concentración.

Ha sido esa administración la que, a través del uso draconiano de la legislación, la militarización de la frontera y el uso punitivo de la diplomacia, ha logrado criminalizar la migración como no se había visto antes en Estados Unidos.

Es cierto que la ruta que lleva del norte de Centroamérica al sur de la Unión Americana ha estado plagada de peligros, de asaltos sexuales, de muerte, y hasta masacres desde siempre, pero hay ahora una diferencia importante: hasta hoy todo eso era atribuible, en gran medida, al crimen organizado y a la corrupción de las autoridades mexicanas; desde hace tres años los principales artífices del odio visten de saco oscuro y corbata roja, de uniforme de guardia fronterizo o de ranchero texano. Hoy los mataniños migrantes son otros.

La xenofobia y la narrativa antinmigrante han sido el eje central del discurso político del trumpismo desde 2015, cuando el magnate neoyorquino lanzó la cruzada electoral que terminó sentándolo en el despacho oval de la Casa Blanca. Cercado por múltiples acusaciones de corrupción, nepotismo y misoginia, Trump acudió siempre a la narrativa antinmigrante para consolidar a su base política. Y le resultó.

Veamos el mapa actual. La opinión pública respecto a la migración, aún entre los latinos, está más polarizada que antes. El irrespeto a los derechos de los migrantes en instituciones públicas estadounidenses, que ya existía y se había profundizado durante la administración humanos, ha alcanzado cotas inéditas. Y el panorama de políticas públicas que se puede esperar a un año de la próxima presidenciable y de un posible segundo término de Trump es el mismo. O peor.

Atrás, muy atrás, ha quedado el tímido intento de la administración Obama de utilizar el poder de la diplomacia estadounidense para embarcar a los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras –orígenes de la mayoría de migrantes indocumentados que llegan a la frontera sur de Estados Unidos– en un plan regional que atacara la violencia, la desigualdad, el estancamiento económico, la corrupción, que son las causas principales de las migraciones centroamericanas.

Cuando Donald Trump llegó al poder, los gobiernos del Triángulo Norte no estaban para planes. Sumidos en vorágines de corrupción, de alianzas con el crimen organizado o simplemente de ineficacia, las administraciones de Jimmy Morales, de Salvador Sánchez Cerén y de Juan Orlando Hernández utilizaron todos sus espacios políticos para protegerse a sí mismos y a los suyos. Los migrantes no fueron, nunca, su prioridad. Y por no tener no tuvieron nunca ni el diálogo mínimo con Washington para hablar del tema con un mínimo de dignidad.

En El Salvador hay un nuevo gobierno, el de Nayib Bukele. También en México, el de López Obrador. La canciller del primero ha dicho que le duele mucho la muerte de Valeria y su padre; hasta ahí. El segundo es, por hoy, el que ha llevado hasta la frontera norte de Guatemala la fuerza antinmigrante de Washington.


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