Opinión desde allá

por Héctor Silva Ávalos, La ciudad de la furia

 

Héctor Silva Ávalos
Periodista

Fracasos

En el caso salvadoreño, centenares de ciudadanos fueron encerrados en albergues improvisados donde, según decenas de testimonios, no existían condiciones higiénicas para, en efecto, contener al virus.

Las respuestas de los tres gobiernos del Triángulo Norte centroamericano a la pandemia del coronavirus han estado marcadas por la corrupción, delirios autoritarios e importantes dosis de incompetencia. En los tres países las cifras de infecciones y muertes no baja mientras los sistemas de salud colapsan y el estancamiento económico está a pocos pasos de la recesión.

Guatemala, Honduras y El Salvador recibieron la llegada del coronavirus con medidas estrictas de confinamiento que, en general, recibieron elogios. Al final, sin embargo, los encierros regentados por los tres gobiernos no previnieron ni evitaron mucho.

En El Salvador, detrás de la estridente narrativa del presidente Nayib Bukele, que anunciaba el encierro como la única medida posible ante el advenimiento de un escenario apocalíptico plagado de miles de muertos en las calles, no hubo nunca un plan consistente para utilizar la cuarentena para lo que, según los epidemiólogos, debe servir, como cortafuegos para evitar la propagación del virus.

Que el encierro hubiese servido para cortarle los caminos al virus dependía, en buena medida, de estudios epidemiológicos que determinasen focos críticos de propagación, rutas de contagio o políticas de aislamientos escalonados. Nada de eso acompañó, en El Salvador, al confinamiento.

El encierro siempre fue, en los casos que hoy son considerados exitosos en este tema -como España o Corea del Sur-, solo un componente de respuestas mucho más complejas, pensadas por salubristas, médicos y científicos, no por políticos estridentes.

En el caso salvadoreño, centenares de ciudadanos fueron encerrados en albergues improvisados donde, según decenas de testimonios, no existían condiciones higiénicas para, en efecto, contener al virus.

Otro guion común, en los casos de Guatemala y El Salvador, fue el del gobernante como víctima. Bukele lo hizo sobre todo en sus redes sociales, donde volcó una de las líneas preferidas de sus propagandistas: recibí al país en la ruina, pero soy un gobernante esforzado, un líder que está haciendo todo lo posible con lo poco que me dejaron. Giammattei prefirió la televisión para recitar, domingo a domingo, la misma perorata: recibimos mal el país… Y así. La culpa siempre fue de alguien más.

Para Juan Orlando Hernández ese argumento era muy difícil. El hondureño va para su séptimo año en el poder -cuestionada reelección de por medio-, con lo que buscar culpables antes que él no parece viable.

La gestión de JOH también acudió al encierro estricto desde el principio de la pandemia y, si se escucha a organismos locales e internacionales de Derechos Humanos, esto le ha servido para desplegar aún más al ejército y la policía en todas las ciudades y pueblos del país. Para este presidente, arrinconado como está por múltiples acusaciones de ser parte de una red internacional de narcotráfico, los militares siempre han sido un sostén vital.

Bukele también ha utilizado la pandemia para extender su impronta en la fuerza armada de su país, a la que acude para todo, desde cercar pueblos y ciudades que no cumplen la cuarentena hasta utilizar a los militares para repartir víveres con logos de su gobierno o para que combatan una epidemia de langostas en el campo. No es poco para un presidente que, un mes antes de la llegada del virus, había entrado a la Asamblea Legislativa escoltado por soldados con armas largas.

Al coronavirus lo ha acompañado otra plaga que ya es endémica en Centroamérica, la de la corrupción. En Honduras, un empresario designado por la presidencia para hacer las compras de emergencia pagó sobreprecios de hasta 40 millones de dólares por hospitales móviles que nunca llegaron. En El Salvador, familiares del ministro de Salud vendieron insumos al Estado. Y así.

Casi cinco meses después, con la economía en serio riesgo y las desigualdades históricas a flor de piel, Centroamérica debe lidiar, una vez más, con lo que deja la incompetencia de sus líderes.


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