LOS ECOS DEL MAÑANA

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

LOS ECOS DEL MAÑANA

Cuando sus padres, casi al azar, lo matricularon en la Academia Británica no podían haberse enterado de que aquella decisión movida por el interés de que su hijo primogénito pudiera tener una educación primaria y media de primer nivel iba a ser un surtidor de imágenes que llegarían hasta los más remotos rincones del futuro. Una de esas imágenes estaba hoy junto a él en una de aquellas sillas tradicionales de la Shepherds Tavern, en la calle del mismo nombre de Westminster 1, en el corazón de Londres.

A esa taberna esquinera, de apariencia invitadoramente clásica, había llegado aquella mañana de septiembre, ya cuando los respiros del otoño circulaban por el ambiente medio nublado. Se detuvo y entró, sin más, como si alguien estuviera invitándolo desde adentro. Se ubicó en una de las sillas altas que estaban junto al ventanal que daba a la calle, y la única persona que atendía se le acercó para preguntarle qué iba a ordenar. Pidió un doble de vodka Grey Goose en las rocas, y se puso a observar a los pocos transeúntes que pasaban. De pronto la vio y no pudo contener el impulso de salir a su encuentro:

–Disculpe, ¿es usted Olivia?

Ella, sorprendida, no supo qué responder, porque él estaba preguntándoselo en español en pleno Londres. Él no se dio por entendido y siguió hablándole en su idioma:

–¡Disculpe, ando en busca del almacén Harrods, y pensé que usted podría orientarme!

Ella, entonces, lo tomó de la mano y lo llevó hacia adelante por Park Lane, frente al Hyde Park, superpoblado de árboles invitadores a excursionar entre ellos como si la gran ciudad no existiera alrededor. Y él, en un golpe de intuición iluminadora, se detuvo sin más:

–Perdón, me confundí, lo que quiero no es ir a un almacén, por deslumbrante que sea, sino internarme en un espacio verde, como en mis mejores memorias…

Ella se sintió tocada a reconocer:

–Sí, soy Olivia, y estoy aquí para servirte de dama de compañía…

–¿Sólo de compañía?

Y la pregunta pareció diluirse en el aire levemente fresco del mediodía ya casi otoñal. Las nubes de siempre eran la cobija anhelada de aquel encuentro sin previo aviso, al menos en el plano de la conciencia indagadora, porque todo aquello bien pudiera ser un ensueño puramente imaginativo que brotara de alguna laptop mental.

Pero las sensaciones eran tan vivas que no podía haber duda fundada: estaban ahí, entre la vegetación inconfundible, ese mundo de hojas que les envolvía la conciencia.

–¿Quieres que vayamos a alguna parte?

–Sí, a mi refugio temporal.

Caminaron entonces hacia los alrededores de The Dorchester, el emblemático hotel donde seguían deambulando las imágenes de Elizabeth Taylor y de Richard Burton, huéspedes habituales que se caracterizaron siempre por su vitalidad destructora y por su figuración legendaria. Y cuando estuvieron dentro, en The Promenade, esa sucesión de mesas para comer y beber con el kiosco de las bebidas y el piano al fondo, fueron a sentarse en un rincón y ahí estuvieron hasta que las luces se fueron desvaneciendo…

Después, nadie supo lo que pasó con ellos. De seguro pagaron su cuenta y se retiraron. O tal vez tomaron un cuarto del hotel y se fueron a descansar luego de aquella jornada tan intensamente insospechada.

Es lo único que podemos decir antes de cerrar el capítulo de aquella historia sin principio ni fin.

MEMORIAS INVERNALES

Se quedó pensando en ellas, en esas memorias pobladas de relámpagos y de rayos que parecían a punto de dejar en pedazos las lejanías, y lo que ahora tenía enfrente era aquel paisaje urbano en el que las arboledas veraniegas parecían no animarse a dejarle paso al otoño inminente. Salió a la calle después de avisarle a ella, a Melanie, que permanecía como todas las mañanas de sábado inmersa en su jacuzzi rebosante de espuma.

Cuando llegó a la calle sintió que aquel sábado traería sorpresas envolventes, quizás porque el influjo espumoso le circulaba amablemente por la conciencia. Fue a deambular por la ciudad serena y clásica antes de ir a comer sus ostras favoritas en L´Orléans, la brasserie ubicada en Allée d´Orléans, muy cerca de las aguas. Se quedó como siempre en una de las mesas que dan a la calle, junto a las bicicletas puestas en fila.

En ese instante, el aire parecía expectante, como si estuviera observándolo para percibir hasta el mínimo detalle de sus expresiones, más mentales que faciales. Llegó el mesero a pedirle su orden, y lo hizo en francés, que afortunadamente era el idioma en el que él iba entrenándose día a día. Lo que pidió, como era de prever, fueron esas ostras incomparables que estaban siempre a disposición, por ser emblemáticas del ambiente.

Estaba en Bordeaux, al borde del Atlántico, y había llegado ahí después de dar muchas vueltas en la mente y en el mapa. Pero aquel arribo tenía otro significado, con nombre propio. Melanie, la joven a quien conociera en la penumbra de un sábado invernal en un restaurante estudiantil muy cerca de la Universidad parisina donde, como un juego magnánimo de la suerte que de seguro andaba rondándole desde que tenía conciencia, allá en los desnudos cerros de su origen, él había logrado la beca inimaginable.

Melanie trabajaba como gestora de ventas luego de concluir sus estudios en esa misma Universidad, y en cuanto se vieron hicieron clic. Él, que provenía de aquella zona pobre del trópico, y ella, que era originaria de los alrededores de la capital francesa. Como si la mano traviesa del destino quisiera hacer alegremente de las suyas, según viene haciéndolo desde que el mundo es mundo, allá en el imaginario Paraíso.

Muy poco tiempo después de armar relación, sin saber si sería fugaz o duradera, tuvieron otro aviso insospechado: una doble oportunidad de trabajo en la zona vinícola de Bordeaux, él como encargado de seguridad y ella como promotora de negocios.

En un comienzo, el diálogo de la cercanía había sido simple:

–¿Te llamas?

–Melanie. ¿Y tú?

–Heriberto.

Se quedaron mirándose fijamente, como si esperaran los apellidos:

–Urbain –dijo ella.

–Montes –dijo él.

El contraste animador lo decía todo.

Y ahora ese diálogo tenía otra carga anímica:

–¿Te interesa el amor? –preguntó ella.

–Me interesa soñar despierto.

–¡Ah, poeta el joven!

–No, inventor de respuestas.

Y esa mañana, con cielo levemente encapotado, pensaba en una nueva respuesta: la de su ansia de buscar horizontes. El mesero se le acercó:

–¿Otra copa de Pinot Noir, señor?

–No gracias: agua pura.

Y al decir agua pura apareció de inmediato la llovizna alrededor. Era como si sus experiencias más hondas e imborrables resurgieran para decirle: «Estamos aquí, acompañándote en el umbral de tu nueva vida»…

LLEGÓ LA HORA O

La luminosidad solar era esplendorosa, y entonces el capitán reunió a la tripulación bajo las alas de los velámenes que avanzaban en mar abierto y habló con su austeridad característica:

–Aunque no lo parezca, vamos a enfrentar una borrasca de consecuencias imprevisibles. Les ordeno que estén preparados.

Todos los tripulantes conocían su estilo, y después de asentir sin palabras esperaron órdenes; pero lo único que recibieron fue un gesto indicativo de que podían volver a sus respectivas labores.

Las horas siguientes transcurrieron sin ninguna novedad; pero ya cuando la tarde estaba por emprender su jornada de retiro, algo como una gran mancha en movimiento fue dibujándose en el horizonte sin fin. Y la mancha creció segundo a segundo hasta que se derramó estrepitosamente sobre el navío. Era un conglomerado de aves desconocidas. Cuando se levantaron, el velero alzó vuelo con ellas. La hora 0 era un mensaje de la eternidad.

 


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