El Retail después del covid-19

Los avances de Pfizer y Moderna para crear una vacuna contra el Coivd-19 las últimas semanas parecen ser una luz al final del túnel. Todo indica que ya vamos encaminados a regresar a una dinámica un poco más parecida a la vida pre-covid. Este virus ha parado muchas cosas, pero también ha acelerado muchas tendencias y novedades que podrían ser más permanentes que transitorias. Y como cualquier economía dinámica, un cambio permanente en el comportamiento de los consumidores generará oportunidades que se pueden aprovechar por sectores productivos.

El retail representa casi un tercio del PIB global y es, quizás, una de las industrias que más ha sido afectadas por el covid, especialmente por su propia naturaleza de tener mucho contacto con el consumidor final. Hemos visto cómo empresas que ya, incluso antes de la pandemia, estaban pasando por momentos difíciles se declararon en bancarrota. Para empresas como JC Penney, Brooks Brothers, y NeimanMarcus, el Covid fue la gota que derramó el vaso. Pero la historia no es la misma para todos los retailers. Empresas como Target, Amazon y Walmart han incrementado sus ventas muchísimo. ¿Qué es lo que ha hecho que este fenómeno afecte de manera tan distinta a jugadores dentro de la misma industria?

Todo se reduce a las competencias centrales de las empresas. En gran parte este incremento ha sido gracias al enfoque se le ha dado dos elementos. Primero el e-commerce; la habilidad de poder tomar pedidos en línea y poder hacer entregas a domicilio ha hecho que muchos clientes se vuelquen a este canal sin necesidad de tener contacto con ninguna persona para limitar su exposición a contagiarse. El segundo es la reingeniería de procesos internos; algo que ha caracterizado a retailers como Target y Walmart es lo ágil que han reaccionado en cuanto a la toma de pedidos en línea para entregar en tienda. Este esfuerzo involucra modificar procesos, renegociar contratos de logística, convertir tiendas en una especie de centros de distribución y recalibrar pronósticos de flujo de inventarios.

¿Qué podemos esperar en El Salvador y Latinoamérica? Lastimosamente nuestra región todavía tiene mucho camino que recorrer en términos de transformación digital. Sin embargo, ya hay importantes jugadores que han nacido como canales digitales o le han apostado a los mismos. Empresas como Hugo, Rappi, Ubereats tienen ventajas muy importantes en sus capacidades digitales. Estas competencias pueden ser transferibles a otros negocios (Supermercados, logística, e-banca, etc). Bien hecho, esto genera oportunidades con muchísimo potencial en un mercado que está cambiando de manera acelerada.

No todos van a sobrevivir a esta evolución en comportamientos de los consumidores. El gran riesgo que tienen los grandes negocios tradicionales es el no poder adaptarse a tiempo por tener procesos de decisiones demasiado lentas y burocráticas. Como en cualquier crisis o “shock” económico, no todo son malas noticias. Quienes sepan leer los cambios en el comportamiento de los consumidores, y puedan cumplir las expectativas del mercado de una manera rápida y eficiente, serán quienes salgan con mejores resultados de esta situación, por lo menos hasta que nos enfrentemos a otro evento externo que genere disrupción en la economía global.

Las horas más bajas de la Policía

Nunca, desde que se desplegó en el país entre 1993 y 1994, la Policía Nacional Civil de El Salvador había visto horas tan aciagas. Nunca, desde que nació, la PNC se había parecido tanto a los nefastos cuerpos de seguridad a los que debió sustituir después de los Acuerdos de Paz de 1992.

Por primera vez desde que aquellos pactos le dieron la responsabilidad constitucional absoluta de la seguridad pública y reiteraron su calidad de órgano auxiliar en la investigación criminal, la PNC asume hoy el vergonzoso lugar de sumisión antidemocrática al presidente de la república, más allá de lo que establece la ley.

Esto es complicado en un momento como este en que ese presidente, Nayib Bukele, parece entender que el estado, incluidos el Legislativo y el Judicial, le deben también sumisión, y vende ante El Salvador que ese estado de cosas es la única forma de gobierno posible.

La historia de nuestra Policía fue difícil desde el principio. En pleno despliegue territorial, en 1994, la PNC sufrió su primer boicot cuando la administración de Alfredo Cristiani, con la complicidad del FMLN, mintió a Naciones Unidas para asegurar que jóvenes tenientes y capitanes del ejército y los recién extintos cuerpos de seguridad quedaran al mando de la nueva Policía. Con un decreto ejecutivo, el número 221 de ese año, el gobierno metió a la PNC de forma irregular a 25 oficiales del ejército, incluido el director actual.

Lo que pasa ahora es que el mando de la PNC, formado por esos oficiales que nunca comulgaron con la civilidad de la institución, encontraron protección para ser, de nuevo, una policía política. Son oficiales que nunca renegaron de la doctrina militar según la cual el principal enemigo, más que cualquier organización criminal, es el adversario político interno del poder de turno, sea este un periodista, un ciudadano común o el fiscal general de la república.

A partir de entonces, y salvo breves periodos, oficiales acusados de complicidad con el narcotráfico, de torturas, de crear o tolerar grupos de exterminio son los que mandan en la PNC. A ellos, un gobierno que les permite torcer la ley en aras de la seguridad del estado y un presidente que les posibilita la matonería como argumento les ha dado un contexto ideal para operar.

Mauricio Arriaza Chicas, el actual director y uno de los oficiales que llegó a la PNC sin haberse dado de baja del ejército en los 90, ha operado bajo esa premisa de que todo está permitido si lo hecho satisface al comandante en jefe. Y me atrevo a escribir que, en el esquema doctrinario del comisionado, que en público hace cosas como desvirtuar el carácter civil de la Policía al vestir uniformes del ejército, el presidente es eso, su comandante militar, al que debe obediencia absoluta.

Hoy sobre Arriaza pesa la posibilidad de un antejuicio por sospechas de que ha transgredido la ley para favorecer a funcionarios de la administración Bukele. Si Arriaza deja la dirección policial por este proceso, es muy posible que alguno de sus compañeros de aquella promoción de capitanes y tenientes que, en contra de los Acuerdos de Paz, entraron a la PNC, asuman más poder.

Uno de los nombres que vuelve a estar en la palestra del poder interno es el del comisionado Douglas Omar García Funes, otro de los favorecidos por el decreto 221 de 1994 y actual subdirector de Áreas Especializadas de la PNC, quien, según una nota de El Faro, intentó impedir el 10 de noviembre pasado que fiscales realizaran allanamientos en el Ministerio de Salud en el marco de la investigación por presunta corrupción de la administración Bukele más importante a la fecha.

García Funes, según multitud de documentos oficiales, investigaciones internas y legajos judiciales, ha sido sospechosos de favorecer a narcotraficantes, de abuso de poder, de negligencia en el manejo de explosivos entre otras cosas. Hoy, su poder es tal que no se arruga al intentar impedir investigaciones de la Fiscalía General.

Lo dicho, nunca la PNC había visto horas tan bajas.

Harakiri de Trump

En la jerga política estadounidense se emplea la expresión “sorpresa de octubre” para aludir a un evento intempestivo que cambie la relación de fuerzas entre los candidatos en el tramo final de la campaña presidencial. Este año la expresión se quedó corta. No hubo una, sino tres sorpresas.

La primera se anticipó el 18 de septiembre con la muerte de la magistrada más liberal de la Corte Suprema de Justicia, Ruth Bader Ginsburg. La segunda fue la enfermedad y hospitalización de Donald Trump, el 2 de octubre. Y la tercera, equivalente a un disparo que este se dio en el pie, fue su desafiante anuncio de que si es derrotado, no aceptará el resultado electoral.

Nunca antes un presidente lanzó una amenaza semejante contra el sistema democrático estadounidense, una provocación que puede llevar a Estados Unidos al borde de la guerra civil. Esta no es una exageración, pues la grieta que Trump y sus exaltados seguidores han abierto en la sociedad estadounidense es comparable a la que separó hace dos siglos a los estados esclavistas del sur y los abolicionistas del norte hasta conducirlos a la confrontación armada.

Para la muestra, un botón: el plan de los conspiradores que intentaron secuestrar a los gobernadores demócratas de Míchigan, Gretchen Whitmer, y de Virginia, Ralph Northam, como parte de un complot para derrocar a varios gobernadores opuestos a Trump. Sus autores pertenecen al ejército de sus partidarios, dispuestos a defenderlo a sangre y fuego contra lo que él anuncia como el fraude que preparan los demócratas.

La afirmación de Trump tuvo el efecto de un harakiri porque levantó en su contra una oleada de rechazos de los medios, los líderes de opinión y las organizaciones que consideran sagrados los principios que sustentan la democracia estadounidense. No fue menor la reacción que despertó su conducta ante las primeras dos ‘sorpresas’, que generaron alarma, confusión y muchas dudas en el mundo político y en el electorado estadounidense. Trump contribuyó a aumentarlas, primero al nombrar una jueza ultraconservadora en reemplazo de la magistrada y luego negándose a seguir los protocolos de precaución contra el Covid-19.

Desde el primer debate con Joe Biden, en el que exhibió su intemperancia, el lenguaje de Trump en encuentros con sus seguidores y entrevistas con los periodistas creció en belicosidad contra los que llama enemigos, aun dentro de su gobierno. Y aunque en el segundo debate fue menos agresivo, incurrió en su viejo hábito de decir mentiras sobre varios temas, incluyendo la epidemia en Estados Unidos, que siguió ignorando para agravio de los millones de contagiados.

El clima prebélico creado por Trump llevó a las autoridades de varios estados a tomar medidas especiales para evitar incidentes el día final de las elecciones, que por primera vez transcurrirá con la presencia de patrullas policiales en las calles de muchas ciudades. Lo que siempre fue para los estadounidenses un non-event (literalmente, un día en el que no pasaba nada), será esta vez una fecha peligrosa por la pugnacidad que él alienta.

Pero, por otra parte, hay que tener en cuenta que este singular personaje es, ante todo, lo que en términos coloquiales aquí llamamos ‘un bocón’. Dice y se desdice con gran facilidad. Es posible que no haga nada frente al triunfo de Biden, que cada día parece más probable. Todo indica que una mayoría de estadounidenses pondrá fin con sus votos a la caótica presidencia de los últimos cuatro años, que, en lugar de responder a su cacareado eslogan de que rescataría la grandeza de Estados Unidos, solo consiguió que la superpotencia perdiera amigos en todo el mundo.

En Chile ganó el “Apruebo”: habrá una nueva constitución

Obvio. No era tan difícil predecirlo. Luego de un año de manifestaciones, donde claramente se declaraba la consigna “una nueva constitución para Chile” era bastante evidente que esa sería la opción ganadora.

¿Qué sigue ahora? Elegir a quienes serán los 155 miembros de la asamblea constituyente.

Durante las elecciones del pasado domingo, los chilenos también pudieron elegir qué tipo de órgano prefieren que redacte la nueva carta magna. Las opciones eran dos: asamblea constituyente o asamblea mixta constituyente.

La primera opción -que resultó ganadora- implica que el 100% de los miembros de dicha asamblea son independientes. Es decir, estará conformada en su totalidad por representantes de la sociedad civil que no necesariamente cuentan con vínculos partidarios. Esto, en un afán por generar inclusión y representatividad de todos los sectores en el documento que dictará el futuro del país. Uno de sus principales hitos es que, por primera vez en la historia, habrá participación femenina en la redacción de una constitución.

La segunda opción -la perdedora- implicaba que un 50% de los miembros de la asamblea constituyente, pertenecerían a partidos políticos. El hecho de que esta opción perdiera rotundamente -con solo un 20% de adhesión- refleja el profundo descontento de los votantes con la clase política: por eso decidieron dejarlos fuera de la discusión.

Este es un dato súper relevante para el contexto salvadoreño, donde ciertos políticos vincularon el hito chileno con “lo que se viene” para nuestro país. Lamento decirles que son situaciones que no ameritan ninguna comparación, y mucho menos una esperanza politiquera para quienes quieren abanderarse con el tema.

Es imposible comparar la redacción de una nueva constitución -que nadie pidió- en la oficina del vicepresidente, con la experiencia chilena; la que nació de una ciudadanía enfurecida, que exigió de manera bastante violenta un cambio estructural, donde la participación de los políticos quedó vetada y será escrita con la participación de todos los sectores de la sociedad.

Insisto, no hay espacio a las comparaciones.

Y si tanto quieren reescribir la constitución, entonces háganlo de forma consciente, transparente y participativa. Consideren a todos los sectores, usen las herramientas de la democracia, pero no pretendan que escribir una constitución entre cuatro paredes en pleno 2020 es algo de lo que enorgullecerse.

Chile en pleno salió a celebrar el triunfo del “apruebo”. Incluso en medio de la pandemia, las calles se abarrotaron con gente entusiasmada al sentir que su sueño de cambios se hará realidad. Algunos comparaban su felicidad con el resultado del plebiscito del 88, cuando el “No” se impuso para sacar al General Pinochet del poder. Esta constitución era su último vestigio.

Sin embargo, mi pragmatismo no me permite más que la incertidumbre: esto apenas está empezando. No es que después del domingo el documento aparecerá mágicamente escrito. Lo que sigue es elegir a los 155 miembros del órgano redactor, quienes ya han encontrado dificultades en el proceso de postulación por lo que seguramente veremos profundas discusiones al respecto. ¡Y qué decir del proceso de redacción!

¿Hacia dónde se dirigirá el nuevo Chile? ¿Se cumplirán las expectativas de cambio que guarda el 80% de los votantes? ¿Quiénes serán parte de la asamblea constituyente? ¿Lograrán los políticos participar como independientes?

Aun quedan muchas cosas por resolver en esta novela sudamericana constituyente.

Propaganda

En 1933, Joseph Goebbels fue nombrado ministro de propaganda en la Alemania nazi. El propósito de esta institución liderada por Goebbels era controlar los medios y la información que se difundía hacia la gente, con el afán de impulsar la agenda nazi. Desde acá se tergiversaba la verdad, se hacía culto a la personalidad de Hitler, y se atacaba públicamente a cualquiera que se opusiera a lo que el partido quisiera impulsar. En fin, se defendía el desempeño del oficialismo.

Pienso que la mejor defensa ante el desempeño de cualquier administración son las acciones y resultados. Parece que esta administración ha escogido compensar la falta de capacidad y de resultados con propaganda. Es así como hace una semana nace, desde el oficialismo, lo que dice ser un periódico: Diario El Salvador.

No es ningún secreto que para esta administración el periodismo ha sido uno de sus más grandes enemigos. Sí, cada medio tiene una tendencia, una línea editorial y una idea de cómo se deberían estar manejando los temas de país. Por esto es que existe una variedad de medios de donde podemos escoger consumir información. Así nos formarnos un mejor criterio de lo que está pasando en el país. Sin embargo, los medios deberían ser independientes del gobierno, pues sirven como una contraloría ciudadana.

Este “periódico” nace con dos estrategias claras a corto y mediano plazo. La primera es la estrategia económica. Se dice que este medio será rentable y pagará impuestos, pero todo indica lo contrario. Por el lado del ingreso, el precio en el mercado es una fracción del precio del resto de los periódicos impresos, esto con el afán de impulsar la circulación en el mercado aún a expensas de la rentabilidad. Otra fuente de ingresos es la publicidad, la cual probablemente se venda a un precio bajísimo por la poca circulación (lastimosamente hay empresas que se han prestado a servir de clientes a una organización con un evidente conflicto de interés). Por el lado de costos, la logística y distribución, aunque sea tercerizada, sería más cara por la falta de economías de escala. En resumen, se tiene una clara desventaja tanto del lado de ingresos como de costos. Todo indica que la rentabilidad es secundaria, lo que se intenta es entrar al mercado cueste lo que cueste.

La segunda estrategia es la comunicacional. Esta administración ha sido muy hábil en generar y reproducir contenido de manera difusa enfocándose en medios digitales. Con este nuevo medio impreso se complementa esta estrategia; un documento impreso genera una sensación de tener algo más confiable. De esta manera el oficialismo puede empujar su contenido y agenda no solo a quienes consumen información por medios digitales (que usualmente han sido jóvenes y adultos jóvenes), ahora puede alcanzar segmentos demográficos menos familiarizados con medios digitales. Así, se es más eficiente empujando su agenda, tergiversando críticas al oficialismo y, potencialmente, se puede perseguir a rivales y opositores políticos que puedan ser incómodos para la administración.

Parece que, después de todo, esta administración cumplió en no ser más de lo mismo; a diferencia del FMLN y ARENA, cuando el oficialismo se ha visto incomodado por la prensa ha ido más allá que cualquiera y ha montado su propio instrumento de propaganda estatal. Repito, la mejor defensa de una administración ante sus críticos está en los resultados. Ojalá no sea demasiado tarde cuando nos demos cuenta de que nos gobiernan funcionarios de juguete, quienes intentan compensar su falta de capacidad con propaganda.

Se viene el 3 de noviembre

Buena parte del mundo se dispone a contener el aliento en espera de los resultados de la elección presidencial en Estados Unidos que ocurrirá el primer martes de noviembre.

Las encuestas, por primera vez desde que empezó la contienda, dan una ventaja de dos dígitos al demócrata Joseph Biden, la cual parece estable. Y, en algunos de llamados estados bisagra -en los que los dos partidos grandes se han repartido victorias-, como Florida, Ohio, Carolina del Norte o Pensilvania, Biden lleva una leve ventaja, según un cálculo basado en varias mediciones que ha hecho El País.
Otros estados que han solido votar republicano, como Texas y Arizona, hoy se pintan también a favor de Biden.

Aún es pronto, y a tres semanas de la elección los números se ven bastante parecidos a los que en 2016 daban ventaja a Hillary Clinton en la presidencial que Trump terminó ganando. Hoy, como hace cuatro años, todo vuelve a indicar que los demócratas ganaran la mayoría del voto popular. Eso, sin embargo, no es garantía de que recuperarán la presidencia: Clinton ganó más votos que Trump y, en 2000, el demócrata Al Gore obtuvo más votos que George W. Bush, pero al final el republicano recaló en la Casa Blanca.

Lo anterior es posible por el sistema sufragista estadounidense, en el que los votantes eligen a sus funcionarios de forma indirecta, a través de representantes de colegios electorales en cada estado. Al final, el que suma 270 votos electorales gana su pase a Washington. El sistema se presta a una aritmética que hace posible ganar, aun sin ganar la mayoría del sufragio.

Este año, según varios especialistas en Washington con los que hablé en los últimos días, y a pesar de que las encuestas se parecen un tanto a las de 2016, varias cosas juegan en favor de Biden. La más importante es, acaso, la desastrosa respuesta de Trump al coronavirus y el impacto que la pandemia ya tiene en la economía estadounidense.

Trump, fiel a su guion de político matón que desprecia el conocimiento, minimizó la pandemia, trató de achacarla a un complot chino e incluso se burló de sus víctimas. Más de 215,000 muertos y casi 8 millones de contagios después, la mayoría de los estadounidenses coincide en que el presidente falló.
La incapacidad de Trump para alejarse de su base racista, y de su propio racismo, parece haber potenciado a favor de los demócratas el apoyo más claro de algunas minorías -sobre todo la afroamericana- que no votaron a favor de Hillary Clinton en 2016 y a quienes hoy atrae la figura de la vice presidenciable Kamala Harris, de orígenes africanos e hindúes.

Diferente será hoy, también, la disposición de Trump a aceptar la derrota, según se desprende de algunas de sus declaraciones públicas y silencios. Ya a mediados del año pasado, un académico basado en Washington me adelantaba que el trumpismo es perfectamente capaz de apelar a la violencia ante un resultado adverso. La semana pasada, un exdiplomático estadounidense en Centroamérica, me confirmó el temor: “Será una noche muy larga”, me dijo.

Al final, si Trump pierde y los demócratas terminan ganando mayoría en la cámara de representantes y el senado -varios puestos del congreso van a elección también el 3 de noviembre-, un nuevo escenario político se abrirá en Estados Unidos y el mundo.

En el Triángulo Norte de Centroamérica, uno de esos cambios puede ser que los presidentes que lograron cheques en blanco a cambio de arrodillarse ante las políticas migratorias inhumanas de Trump dejen de contar con el apoyo incondicional de Washington y sus embajadores. (Más de esto en próximas entregas).

Adiós

Cuando era pequeña aprendí a evitar decir adiós y que de alguna manera las despedidas eran menos dolorosas de esa manera. Recuerdo que mi tía vivía en una ciudad unas horas al norte de nosotros. A veces llegaba en moto, otras veces con sus perros y en otras ocasiones, con amigos. Sus visitas siempre estaban llenas de comida y energía alegre y yo la ponía al día con todas las cosas que se había perdido desde la última visita. En algún momento más tarde, simplemente me daba cuenta de que ya no estaba y que se había ido. Mi madre me explicó que a mi tía no le gustaban las despedidas.

Desde aquel entonces las despedidas nunca han sido fáciles. Quizás es porque decir adiós se trata de aceptar que los procesos de la vida tienen un principio, un medio y un final. Al mismo tiempo, el adiós significa que hemos aprendido a cerrar ciclos cuando un proceso se ha secado para que no continúe invocando nuestra energía de una manera que ya no nos sirve de la misma forma que antes. Adiós significa que sabemos liberarnos de fases y procesos para estar psíquicamente disponibles para asumir nuevos compromisos.

Como seres humanos, tendemos a ceñirnos a lo que sabemos y conocemos. Es un hábito muy fuerte que nos empuja a la inercia total. Consideramos que es más fácil seguir haciendo algo familiar que reflexionar sobre cómo mejor invertir el tiempo y la energía de una manera que valore nuestra autenticidad y el hecho de que el tiempo es finito. Cerrar un ciclo conscientemente significa reflexionar sobre quiénes somos en este momento y reconocer los procesos personales de evolución y de transformación.

Cuando empecé a escribir esta columna “Meridiano 89 oeste”, con Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, estaba en medio del doctorado, animada con teorías, con las palabras y con los textos. Quería discutir ideas y argumentos, pero, a veces, pienso que de tanto leer se me secó el cerebro como Don Quijote que: “Se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro.” Cuando soy honesta conmigo misma, lo que anima mi creatividad ahora es el trabajo manual; la carpintería, el dibujo, la siembra, el arte y fijarme en las sombras de mi aguacatero mientras caminamos. Si pienso en mi trabajo ideal, después de tanto leer, estudiar y analizar textos, me fascinaría ser cartero y caminar distancias entregando cartas como las de antes; sobres llenos de palabras y textos pero sin escribir, leer, ni analizarlas.

Antes de morir, Don Quijote se vuelve hacía Sancho y le pide perdón por la ocasión que le había dado de parecer loco como él, haciéndole caer en el error en que él había caído de que su imaginación era la realidad y no una locura. Con esto mis queridos amigos también les pido perdón y les agradezco su lectura a lo largo de los cuatro años de Meridiano 89 oeste. Cierro esta columna con mucho agradecimiento y cariño.

Estallido social: a un año de que Chile despertara

Hace un año, luego de un inesperado anuncio de aumento de 30 pesos al pasaje del Metro de Santiago, empezaron a manifestarse algunos signos de indignación entre estudiantes y algunos ciudadanos. Estos atisbos de molestia fueron olímpicamente ignorados por las autoridades. La tensión fue aumentando en las semanas siguientes, hasta llegar al evento que marcó un antes y después para Chile: el estallido social.

Luego del alto grado de violencia inicial, medio país saqueado y toque de queda instalado, durante las jornadas posteriores empezaron a surgir las demandas de fondo. Ahí, la rabia que un día antes había -literalmente- incendiado Chile, se manifestaba a través de pancartas y marchas donde abundaban mensajes como: “Chile despertó”, “Educación gratuita y de calidad”, “No + AFP“, “Renuncia Piñera“, “Mejores salarios”, “Nueva Constitución para Chile”, “Hasta que la dignidad se haga costumbre”, etc.

Estos mensajes buscaban evidenciar temas valóricos como desigualdad y dignidad; así como problemas prácticos como educación, pensiones, salud, transporte público, sobre endeudamiento y muchos más.

Esta ebullición social se mantuvo intensamente de manifiesto en las calles entre octubre y diciembre. Durante el verano, la intensidad bajó, aunque un mensaje central se mantuvo en la agenda como la demanda más trascendental: una nueva constitución para Chile.

Hoy, a un año del inesperado estallido social chileno que dio la vuelta al mundo, nos encontramos a pocos días de lo que se puede catalogar como su gran triunfo: el plebiscito. En esa instancia los chilenos podrán votar “apruebo” o “rechazo” para definir si este largo país del sur tendrá una nueva Constitución, una que deje atrás el legado político-económico de largo plazo de la dictadura de Augusto Pinochet. Además, deberán votar cómo debería construirse esta nueva Carta Magna.

Aquí se manifiesta una innovación, a la que fue difícil llegar, ya que haya dos opciones para responder a la pregunta ¿Qué tipo de órgano debiera redactar la Nueva Constitución? Las alternativas son “Convención Mixta Constitucional” o “Convención Constitucional”.

La primera opción estaría conformada en partes iguales por miembros del Congreso, así como otros que la ciudadanía podrá elegir en una nueva votación. La segunda opción, más innovadora, implica que todos los miembros serán electos por la ciudadanía. Es decir, con esta última alternativa, “los mismos de siempre” no tendrán una participación asegurada en el proceso, permitiendo que sea un documento libre de sesgos o intereses políticos.

La pandemia ha atrasado este proceso, cuya votación debería haber sido en abril. Así, la crisis sanitaria ha jugado un rol polémico. Por ejemplo, el grupo que promueve el “rechazo” argumenta que muchos adultos mayores y sus cuidadores no podrán votar, ya que es muy arriesgado salir y enfermarse, convirtiéndola en una votación poco legítima. Por otra parte, como en nuestro país, el Covid ha puesto de manifiesto con mayor intensidad las numerosas falencias sociales que inspiraron el estallido social inicialmente, por lo que el incentivo para votar podría, incluso, verse incrementado.

Vivir este proceso de transformación social inmerso en una pandemia ha sido, por decir lo menos, un vaivén de pensamientos, emociones e incertidumbre. Como fanática de la política, lo vivo y lo analizo con afán de aprender de las experiencias y extrapolarlo a la realidad salvadoreña, más convencida que nunca que un proceso constitucional es profundamente complejo y trascendental.

Vergüenza ideológica

Hoy en día, la ideología pareciera ser algo satanizado. Son pocos quienes dicen abiertamente identificarse con uno u otro conjunto de ideas. Tomando en cuenta que estamos a menos de seis meses de las elecciones de alcaldes y diputados, me parece importantísimo revisitar el tema de ideologías. Es en estos meses pre-electorales donde usualmente nos formamos una mejor idea de los méritos y aptitudes de quienes están optando por un puesto de elección pública.

La ideología es un conjunto de ideas, reflejan nuestra idea de cómo pensamos que funciona el mundo y el enfoque que se debe tener para generar soluciones a problemas de país. Por ejemplo, alguien puede pensar, desde su tendencia ideológica, que la mejor manera de combatir la pobreza es generando empleos por medio del fortalecimiento del sector privado. Otra persona, desde su ideología, puede pensar que la mejor manera de hacer esto es que el Estado redistribuya la riqueza generada por los privados. No es mi intención abrir debate sobre cuál de estas visiones se acerque más a la realidad, sino resaltar que son maneras distintas de encarar el mismo problema.

Es así como podemos tener predictibilidad de qué tipo de decisiones se tomarán una vez en el poder.

Ser afín a una ideología tampoco significa no poder debatir, ni poder llegar a consensos, ni poder cambiar de opinión. Ninguna ideología tiene la razón absoluta ni la mejor manera de resolver temas de país. Es por medio del diálogo y la apertura a escuchar las ideas de los demás que se llega a mejores soluciones. Las ideologías tampoco son unidimensionales, “derecha” contra “izquierda” tienen implicaciones distintas, donde el espectro se expande a hablar más de libertades individuales y económicas. Sin embargo, hay quienes (y esto viene de décadas no es propio de solo esta administración) prefieren manejar un discurso apartado de ideologías.

¿Cuál es el problema con esto? Suena muy bonito y conveniente decir que no se tiene ideología o que se está por encima de ellas. Cuidado con estas personas. El no tener ideología es no tener una brújula con la cual guiamos nuestro actuar. Usualmente este tipo de personas usan eslóganes tibios como “creemos en la gente” o en “el estado de derecho” o “estamos en contra de la pobreza”. Estos eslóganes venden electoralmente pero no nos dicen nada de qué esperar del tipo de políticas públicas que se pretende ejecutar, nos hablan del “qué” pero no el “cómo”. Engloban todo lo “bueno” en abstracto y le permiten al populista etiquetarse como que está “del lado del “pueblo” y a todos sus opositores como “enemigos del pueblo”.

Es útil para el votante tener candidatos que se identifican con una ideología, ya que podemos exigir un actuar coherente. Sabemos sus posturas. Alguien sin ideología va a inclinarse por lo que más le conviene y no por principios. No los tienen. Y es aquí cuando el nepotismo se comienza a disfrazar de méritos y capacidades falsas. Es aquí cuando las acciones “pro-pueblo” se traducen en que allegados al círculo de poder vendan mascarillas a sobreprecio al Ministerio de Salud.

Nunca vamos a estar de acuerdo en todas las opiniones y posturas que un partido o una persona puedan tener. No hay dos personas que piensen exactamente igual. Sin embargo, tenemos que votar. El votar es como el transporte público; difícilmente nos va a llevar exactamente al destino que queremos, pero nos va a llevar cerca de este. La diferencia está en cuánto y desde dónde queremos caminar para llegar a ese destino.

Terrorismo contra la prensa

Corren días difíciles para la prensa en Centroamérica. Impulsados por sus ansias de amasar poder sin contrapesos, varios gobernantes de la región han emprendido o profundizado ataques e intentos de callar, desprestigiar y arrodillar a la prensa independiente que ha descubierto en ellos y sus administraciones indicios de corrupción, comportamientos antidemocráticos e incluso posibles crímenes.
Empiezo por El Salvador.

La más reciente arremetida del presidente Nayib Bukele y su administración contra periodistas y medios inició los primeros días de septiembre. El primer día del mes, el sitio La Página, administrado por el estado salvadoreño, publicó una nota calumniosa en mi contra, basada en una supuesta investigación de la fiscalía que, si existió, nunca fue judicializada y sobre la que nunca autoridad alguna me notificó.

Como ya es usual en este guion de difamación, la noticia falsa fue retomada por el mismo presidente, media docena de sus funcionarios más cercanos, otros sitios con apariencia noticiosa que son manejados desde el Ejecutivo, acólitos y decenas de cuentas apócrifas en Twitter y Facebook.

Dos días después de aquel ruido que el gobierno pretendió generar, El Faro publicó una investigación sobre pláticas entre la administración Bukele y el liderazgo de la pandilla MS13 en las cárceles del país. El reportaje está basado en decenas de documentos oficiales cuya autenticidad ningún vocero del gobierno ha podido desmentir hasta la fecha.

Tras esa publicación supimos, por una demanda de amparo que El Faro introdujo ante la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, que el gobierno de Bukele lleva meses utilizando al Ministerio de Hacienda como otra forma de intimidar al periódico y a sus periodistas y de obstaculizar su trabajo. Agentes de Hacienda y de la Policía también han intentado intimidar a mi familia en El Salvador.

Estas denuncias y otras interpuestas por colegas en lo que va de esta presidencia encendieron todas las alarmas entre organizaciones de protección a periodistas y en el congreso y Departamento de Estado de los Estados Unidos, el principal aliado político de Bukele.

El 10 de septiembre, 14 congresistas, incluidos presidentes de comités legislativos y uno de los senadores demócratas más influyentes en temas de cooperación con Centroamérica, mandaron una carta al presidente Bukele para mostrarle su preocupación por los ataques al periodismo. El secretario jurídico de la presidencia intentó bajar el tono a la misiva diciendo que era “una carta más”, lo que, antes que otra cosa, demuestra su profunda ignorancia sobre cómo funciona Washington.
Estos desmanes del Ejecutivo salvadoreño deben de entenderse como una muestra más de las tendencias autoritarias que Bukele mostró sin contrición el 9 de febrero, cuando entró acompañado de militares al Palacio Legislativo. A esto se ha sumado, durante el encierro por la pandemia, el desprecio a resoluciones emanadas de la Sala de lo Constitucional, el uso indiscriminado de la fuerza pública y, de nuevo, el gasto de miles de dólares en el aparato propagandístico estatal para intentar acallar ya no solo a la prensa sino a cualquier voz crítica o de oposición. Es, en suma, una estrategia deliberada para aterrorizar a las voces no amigables; a los críticos; a quienes han descubierto la entraña de la corrupción y el autoritarismo.

El mismo patrón se ha profundizado en la Nicaragua de Daniel Ortega, quien recién embargó bienes de un canal de televisión crítico de su régimen.
En Guatemala, el 11 de septiembre, la policía detuvo a Sonny Figueroa, un periodista que ha publicado temas de corrupción relacionados al gobierno de Alejandro Giammattei. Figueroa fue liberado por un juez y la fiscalía investiga posible mal procedimiento policial.
La alerta debe de ser clara: la prensa centroamericana está en peligro.