Un video viralizó su rostro en las redes sociales. A sus 11 años, el Gran Luigi ha logrado que a su talento se le preste atención en un país que ignora a sus artistas. Proveniente de una realidad de pobreza, la música se ha convertido en su posible salida. ¿Cómo es ser artista en El Salvador? ¿Cuáles son las claves para que una carrera perdure en el tiempo?

El Gran Luigi: música en el país que ignora a sus artistas

Un reportaje de Moisés Alvarado

Fotografías de Franklin Zelaya y Archivo

Luis Mauricio «El Gran Luigi»

Luis Mauricio tiene 11 años. Y, como a todo niño de esa edad, las palabras le salen a cuentagotas. Mira hacia abajo, con los hombros y los brazos caídos, en un cuadro que bien puede definir la timidez. Pero todo cambia cuando al fondo suena una pista para que él la decore con su voz. La postura de su cuerpo es mucho más relajada y los brazos se acompasan al ritmo mientras improvisa algunos versos.

Luis Mauricio saltó a la fama en El Salvador hace un mes y medio, cuando los miembros de una conocida página de Facebook lo grabaron haciendo lo que más le gusta en el mundo, después de que se frustró su intento por participar en el evento de un programa televisivo.

Desde entonces, su nombre artístico, el Gran Luigi, se ha convertido en uno de los más populares del ciberespacio salvadoreño: el video de su primera canción, «La vida», cuenta con más de 61,000 reproducciones con apenas una semana de lanzado. Todo un hito en un país de 6 millones de habitantes.

Aquí, sentado en el tronco de un árbol, en una acera cualquiera de San Salvador, el Gran Luigi parece no ser consciente de lo que eso significa. Apenas hace unas semanas le ayudaba a su madre, Brenda, quien vende dulces en el transporte público, a ganar algunos dólares cantando en los buses junto a su todavía inseparable bocina. Un trabajo que hacía desde hace unos años, sin el que su familia no podría haber pagado las cuentas a final de mes.

—¿Qué fue lo más arriesgado que te pasó trabajando en el transporte colectivo –se le consulta al pequeño.

—Aprender a tirarse de los buses –dice, entre risas, Brenda, su madre de 28 años, atajando la pregunta.

—¿Y él andaba solo desde el principio, cuando era un niño de nueve?

—Sí, andaba solo. Como allá en el trabajo de los vendedores es un bus cada uno. Él se iba en un bus y yo me iba en el que lo seguía, fuera la ruta que fuera –dice Brenda. El circuito de trabajo con el que cumplían todos los días iba del mercado Las Pulgas del bulevar de Los Héroes hasta Metrocentro. Unos 200 metros para ganarse la vida.

Comenzó, cuenta Luigi, cantando «canciones viejitas» acompañado de una caña, un instrumento conformado por una lata rellena de arroz o maicillo. Luego probó el beatboxing, el arte de hacer sonidos con la boca. Se decidió a rapear hace año y medio, para comenzar a imitar lo que hacían sus grandes referentes, el venezolano Canserbero y el mexicano C-Kan. Eso le cambiaría la vida.

Ahora, este niño de 11 años, residente en un barrio popular cercano al campus de la Universidad de El Salvador y asolado por las pandillas, puede jactarse de contar con casi 90,000 seguidores en Facebook y otros 45,000 en Instagram cuando apenas ha grabado una canción, una que suena por lo menos cuatro veces cada hora en la radio, según las cuentas de las emisoras Scan y YXY.

—Mi niño ha tenido suerte –dice Brenda, mirando a su hijo con una sonrisa repleta de orgullo. Yo he visto a muchos como él, pero nadie los toma en serio. Este país es un mal país para ser artista.

El Gran Luigi, además del empuje de la viralidad, ha contado con un apoyo adicional: Jota Sánchez, un veterano de la escena nacional que se ha movido como pez en el agua en el hip hop y otras hierbas. Ahora también capitanea el grupo Cumbia Negra, que combina este género musical con el rock.

Los veteranos. Adhesivo ha logrado presentarse en importantes escenarios de Colombia y México.

Él ha tomado las riendas de la carrera del pequeño después de algunas experiencias previas, como XD Five, un dúo de chalatecos que brilló hace algunos años con temas como «Dulzura», que compitió en las listas de popularidad nacionales con los artistas extranjeros.

Jota es ahora el encargado de sus redes sociales, de su agenda, de a quién o a quién no se le brinda un show, se le da una entrevista. Quien impide que un medio de comunicación visite la casa donde vive el niño, ubicada en un barrio empobrecido entre la frontera de San Salvador y Mejicanos. Brenda dice que el hombre moreno que guarda bajo una gorra su cabellera rubia se ha convertido en un regalo del cielo.

Mientras el pequeño y su mamá hablan, Jota vigila la conversación desde muy cerca. El niño dice que uno de sus temas favoritos para escribir canciones es la política. Quien platica con él, curioso, busca saber cuál es la opinión de un muchacho de 11 años sobre aquellos que manejan la cosa pública.

Jota se acerca aún más e interrumpe la conversación. Para él, este es un tema vedado, uno que les ha traído problemas en el pasado. Hace unas semanas, el Gran Luigi cantó en un evento organizado por el Gobierno. En las redes se desataron ataques contra él, en los que criticaban su apoyo a Hugo Martínez, el candiato del FMLN, que estuvo presente en esa ocasión.

—Te invitan a un evento de INJUVE y llega un político. Ya te relacionan con él… ¡si el niño ni siquiera vota! La realidad del niño es pensar en las necesidades que él tiene, que la música se puede convertir en el instrumento para cubrirlas –comenta Jota, la voz alzada, amenazando con terminar con la entrevista si se continúa con el tema.

Jota afirma que se preparan grandes cosas para el niño, como la grabación de un disco, que estará a cargo de PRV, su productor de cabecera y uno de los más respetados de la escena hip hop del país. Este se encargará de todo el proceso: el diseño de las pistas, la captación de la voz, el masterizado del producto final. No quiere que vuelva a hablarse del tema de la política alrededor de una criatura de 11 años. Por eso ha declinado las invitaciones de los equipos de campaña de los candidatos presidenciales para que el Gran Luigi dé un show en alguno de sus mítines.

—Nosotros en el trabajo con él no queremos que sea un King Flyp, pues, un fenómeno viral, sino alguien a quien se le construya una carrera. Y, usted sabe, la política es capaz de matar cualquier carrera –dice Jota.

Con tanta experiencia, Omniom sabe hablar al vuelo de lo que cuesta, por ejemplo, grabar una sola canción para una banda de cuatro personas: $300 por la captación de instrumentos y voces en el estudio, $100 por la mezcla y otros $150 por la masterización (un proceso que permite la optimización de los sonidos). En total, $550 por una sola pieza, algo elevado para una realidad económica como la salvadoreña.

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COMO EN EL TRABAJO de todo emprendedor, quien se decide a ser músico debe pensar en una inversión inicial, un primer empuje económico que permita que las potencialidades de un talento se conviertan en sonidos concretos. Si no se cuenta con recursos propios para dar este primer paso, o con el apoyo de un patrocinador que lo cubra, es prácticamente imposible. Sobre todo si quien lo sueña es un niño de 11 años que se dedica a cantar en los buses para ayudar con la subsistencia de su familia.

«Tener ingresos constantes es tan importante como el talento», dice Roberto Burgos, vocalista de la banda de death metal Dreamlore, una voz experta en el tema porque lleva casi dos décadas liderando una banda que, a pesar de su prestigio, con múltiples premios regionales, decenas de videos y canciones, todavía no es capaz de generarles ganancias a sus miembros.

Y en la música, una carrera comienza a perfilarse con el lanzamiento de un disco. La realidad es diferente dependiendo del género. No es lo mismo grabar a un solista que a una banda completa: el precio aumentará dependiendo de la complejidad y de las horas requeridas para completar el trabajo. En el país, cada corriente musical tiene un productor especializado. Si se trata de conjuntos musicales, sobre todo de jazz, el indicado es Jorge Lara, «la Vaca». Julio Rodas, por su lado, es el encargado del rock.

Agustín Anaya, mejor conocido como Omniom, es el maestro del hip hop, un estatus alcanzado en el país gracias a su trabajo de más de una década como productor del grupo Pescozada, quizá el más importante en el género de todos los que ha parido el país.

En su estudio de Mejicanos, un lugar acogedor pero diminuto, Omniom mira atento tres grandes pantallas. Allí calcula el volumen y el lugar exacto en el espacio que debe ocupar cada sonido. Acaba de recibir una visita bastante sui géneris para él: un dúo hondureño de música folclórica que colaboró con Los Guaraguao de Venezuela. Esta mañana, en cambio, trabajaba sobre una grabación del español Rapsusklei, una de las figuras más importantes del rap cantado en castellano.

Con tanta experiencia, Omniom sabe hablar al vuelo de lo que cuesta, por ejemplo, grabar una sola canción para una banda de cuatro personas: $300 por la captación de instrumentos y voces en el estudio, $100 por la mezcla y otros $150 por la masterización (un proceso que permite la optimización de los sonidos). En total, $550 por una sola pieza, algo elevado para una realidad económica como la salvadoreña. El hip hop y otros géneros parecidos, como el reguetón, resultan más baratos, sobre todo porque se trabaja sobre una pista. Un EP (disco de no más de media hora) puede grabarse en esas mismas cuatro horas.

Los veteranos. Pescozada, proveniente de Chalatenango, es el talento nacido en la periferia.

Otro asunto es el trabajo de producción. Expertos como él han sabido adaptarse al mercado salvadoreño y ofrecer facilidades. Él, por ejemplo, se ha inclinado por una suerte de combos. El artista, por ejemplo, puede comprarle una de las pistas compuestas por él, un «beat Omniom«, desde $189. A esto puede adicionarse la grabación de la voz y algunos ajustes de la mezcla. Todo esto junto a la masterización cuesta $325. Y hay todavía otras opciones, como el EP exclusivo, donde el productor se encarga de todo el proceso de hasta 30 minutos de música por $800. Una suma impensable para una familia como la del Gran Luigi y Brenda, que tendrían que ahorrar por meses todos los ingresos de su hogar para cubrirla.

Después de grabar un disco, comienza la rebusca, las estrategias por penetrar en el mercado, aquello que impida que esta inversión quede en el olvido. Una labor en la que los miembros de Pescozada son unos expertos. El grupo de Omniom, además de contar con una fuerte presencia en redes, está afiliado a dos organizaciones colectoras de regalías en Estados Unidos: así se aseguran de recibir el dinero generado cada vez que su música suena en cualquier parte del mundo.

A diferencia de Pescozada, Adhesivo, otra duradera banda nacional, no cuenta con este tipo de asociaciones. Por ello, no puede recibir más regalías por su música que aquellas que se reparten en servicios de streaming, como Spotify. Así lo explica Guillermo Serrano, líder del grupo de ska.

Guillermo es, desde hace más de una década, empleado de la Corte Suprema de Justicia. Cumple con un trabajo de 8 de la mañana a 4 de la tarde. La música, como sus tatuajes, es un elemento que se libera solo cuando deja de ser el Guillermo burócrata. Pero no podría sobrevivir sin la combinación de ambos mundos.

Adhesivo es una de las bandas salvadoreñas más conocidas a escala internacional. Ha logrado presentarse en festivales importantes, como Rock Al Parque, en Bogotá, o Vive Latino, en México. También ha colaborado con leyendas del ska como Doctor Shenka, vocalista de Panteón Rococó. Pero ello, dice Guillermo, es el resultado de una inversión: todo el dinero que Adhesivo genera (shows, venta de mercancías, streaming) no va a los bolsillos de sus miembros, sino a la banda, para que esta pueda dar unos pasos más.

«Tratamos de ser ordenados. Creo que la clave para durar está en eso. Nosotros planeamos nuestro futuro para un año o 18 meses», comenta Serrano, quien espera, después de más de 20 años de liderar a su banda, que la música alguna vez se convierta en un negocio rentable.

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EL GRAN LUIGI tiene claras sus prioridades: terminar la escuela y superar la formación de su madre, quien llegó al noveno grado, para convertirse en abogado; comprar una casa propia, donde sus hermanos y sus padres puedan, al fin, vivir con certidumbre; que de todo ello sobre algo para un carro, como el que Jota, su mánager, maneja. Por ello no le importa el cansancio, la agenda apretada para un niño de 11 años que, en un mundo ideal, debería estar en su casa y no ganándose el pan cantando en los buses.

Según Brenda, su madre, todas las pocas ganancias que se han generado con el trabajo del niño han ido a parar a sus bolsillos. Tanto que ahora ella ha podido dejar de vender dulces en los buses para acompañarlo en sus compromisos. En todo este tiempo, dice, Jota no ha recibido ni un centavo.

—Esto de la música es una inversión. No se miran ganancias sino mucho después. Mire lo que dicen los promotores de Ozuna, que para llevarlo donde está tuvieron que gastar más de $3 millones sin ver ni un solo centavo de vuelta por varios años. Esto es así, si se hace bien, es un trabajo de paciencia –comenta Jota, un hombre con pensamiento empresarial. Luego matiza su respuesta, y asegura que lo hace como una forma de devolver algo de lo que la música le ha dado. —A mí mi esposa me dice que ella nunca creyó que algún día podríamos vivir exclusivamente de la música.

El Gran Luigi, allá lejos, mientras le toman una fotografía, activa su bocina, su compañera de siempre, e improvisa algunos versos, feliz de poder sentir que el futuro, su futuro, se llena de música.

 


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