Opinión desde acá

por Mariana Belloso, De cuentos y cuentas

 

Mariana Belloso
Periodista

Cosas imprescindibles

La falta de memoria histórica es una falla de nuestra sociedad y ahora vemos los resultados: se aplauden y defienden prácticas y actitudes que recuerdan a lo ya sufrido en los 70.

¿De qué nos sirven las leyes e instituciones? ¿Por qué le cedemos poder sobre nosotros a las autoridades? ¿De qué me beneficia la existencia de cosas tan abstractas como la República, la democracia, el orden constitucional?

Como humanos, tendemos a vivir en grupos. Con el paso de los siglos, la organización humana dio forma a sistemas políticos y a normas de convivencia plasmadas en leyes: qué se vale, qué no, qué me es permitido, qué definitivamente no se debe tolerar, qué merece castigo y cuál será ese castigo. Las reglas básicas del juego social y ciudadano.

Sin leyes, todo sería un caos. Imagine vivir en un entorno en el que no hubiera reglas que definieran qué es un crimen , su persecución y su castigo. Usted estaría bajo un constante sálvese-quien-pueda, expuesto a todo tipo de abusos y vejámenes, sin nadie a quien recurrir más que su propia fuerza y recursos. Los más débiles y pobres llevarían las de perder, bueno, más todavía.

Entonces es necesario ese código que diga que si alguien me roba, me agrede, atenta contra mi vida, lo puedo denunciar. Que si alguien pasa por mi dignidad humana o mis derechos fundamentales, puedo también ponerle un alto. ¿Quién aplica ese código? ¿Quién vela que las leyes se apliquen? Las diferentes instituciones.

En la historia de El Salvador hemos visto varios experimentos totalitarios, dictatoriales incluso, manoseos de la democracia en los que la voluntad de las mayorías se desechaba en forma de urnas que desaparecían en apagones el día de la votación, o en papeletas encontradas, días después, deshechas en algún río.

La transición entre ese estado de cosas y la democracia que actualmente conocemos —en la que la alternancia nos ha llevado de gobiernos de derecha a otros de izquierda y a la actual administración, que se ha autodenominado «sin ideología»— fue desgraciadamente un conflicto armado que dejó cientos de miles de muertes, un país en ruinas, desintegración familiar y social, y una polarización política que parece solo cambiar de colores.

Nos dimos una nueva oportunidad como nación cuando decidimos dialogar para poner fin al conflicto armado. No me meteré en esta columna al debate sobre si se le debe llamar o no «la firma de la paz», sino al hecho de que se dejaron atrás las armas como método de imposición sobre el adversario político y decidimos apostarle, nuevamente, a la democracia.

Es difícil que quienes no vivieron el conflicto armado o los regímenes militares que le antecedieron le den la misma importancia a lo que ahora tenemos, que quienes sí sufrieron de represión y persecución. La falta de memoria histórica es una falla de nuestra sociedad y ahora vemos los resultados: se aplauden y defienden prácticas y actitudes que recuerdan a lo ya sufrido en los 70 y que dio pie a la guerra en los 80.

Sobre todo, hay un enorme desdén por cosas que se perciben abstractas y lejanas, y que ya mencionaba al principio: la República, la democracia, la institucionalidad. Y se les resta importancia pese a que son imprescindibles, a que nos han costado mucho y a que apenas comenzamos el proceso de perfeccionarlas.

Necesitamos leyes, e instituciones fuertes y probas que las apliquen, para defendernos a cada uno de los ciudadanos que cohabitamos este país. Requerimos de un sistema en el que el poder no se concentre para evitar los abusos que ha hemos vivido en el pasado. Urgimos de defender la democracia para que las decisiones no sean impuestas por sectores, sino reflejo de la voluntad popular, sin dejar de trabajar por mejorarla, por corregir lo que se ha venido haciendo mal y por volverla cada vez más representativa.

Hace falta trabajar para que los ciudadanos participemos y decidamos basados en el conocimiento, y no el rumor o el miedo. La salud, la educación, la protección de los más necesitamos deben dejar de ser temas marginales o apuestas de coyuntura electoral, para que crezcamos como país, como seres humanos, como tomadores de decisiones y como forjadores de nuestro propio futuro.

El miedo, la confrontación y la intimidación son precisamente todo lo contrario a este propósito.


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