ÁLBUM DE LIBÉLULAS (232)
Y en ese dilema estaban hasta que sus padres, en conjunto, les pusieron un ultimátum emocional: «O se deciden o se olvidan». Y entonces asomó la solución intrépida: echar la suerte a cara o cruz.
Y en ese dilema estaban hasta que sus padres, en conjunto, les pusieron un ultimátum emocional: «O se deciden o se olvidan». Y entonces asomó la solución intrépida: echar la suerte a cara o cruz.
Y en ese dilema estaban hasta que sus padres, en conjunto, les pusieron un ultimátum emocional: «O se deciden o se olvidan». Y entonces asomó la solución intrépida: echar la suerte a cara o cruz.
Volvieron a mirarse, con un impulso de complicidad que les nacía de un centro de iluminación que nunca antes habían identificado.
Y en ese dilema estaban hasta que sus padres, en conjunto, les pusieron un ultimátum emocional: «O se deciden o se olvidan». Y entonces asomó la solución intrépida: echar la suerte a cara o cruz.
Me aventuro al revuelo juvenil de estas aguas para entrenarme en la prueba que viene: el salvaje heroísmo de las olas agónicas.
Las voces, las manos y los alientos se unieron. El milagro anhelado, aun sin proponérselo. Liberación feliz.
Se pusieron de pie, se subieron al barandal y extendieron los brazos, en unión exacta. ¿Iban a hundirse en las aguas o iban a volar? El lucero más próximo les hacía señales.
Y en ese dilema estaban hasta que sus padres, en conjunto, les pusieron un ultimátum emocional: «O se deciden o se olvidan». Y entonces asomó la solución intrépida: echar la suerte a cara o cruz.
La miro en la memoria y es como si estuviera frente al vitral más íntimo a un paso de los rieles…
Todos los tripulantes conocían su estilo, y después de asentir sin palabras esperaron órdenes; pero lo único que recibieron fue un gesto indicativo de que podían volver a sus respectivas labores.