CIUDADANÍA FANTASMAL (24)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

DOBLE SEÑAL

Los primeros en llegar fueron los guardianes de la zona, con sus aperos de seguridad. El lugar tenía las características de un campo para distracción dominical.

Minutos después comenzaron a arribar los visitantes, y se fueron instalando en los espacios y en los rincones escogidos. Era lo que ocurría siempre.

Todo se desenvolvía sin novedad hasta que aquel jovencito apareció en su motocicleta como un bólido entusiasta. Los presentes reaccionaron con estupor.

–¿Quién es usted, joven? –le preguntó con imperio uno de los mayores.

–Soy un enviado de las potencias superiores para supervisar el ánimo de los próximos enfermos…

Todos reaccionaron con intensidad colérica:

–¡Fuera de aquí! ¡Fuera de aquí! ¡Salga, intruso! ¡Si no, lo sacamos a golpes!

Y cuando él partió en su moto explosiva, los presentes cayeron al suelo inertes.

SOÑAR SIN FILTRO

Se conocieron en una discoteca de las que estaban abriéndose, en la que el colorido sonoro le daba al ambiente una originalidad casi alucinante. Él era eufórico y ella era reservada, y quizás por eso hicieron clic, porque los contrarios se atraen.

Aquella misma noche salieron juntos hacia un destino compartido, y a su paso se iban cerrando puertas y ventanas. El silencio era entonces el mejor testigo.

A la mañana siguiente, salieron del lugar cada quien por su lado. Las sonrisas respectivas tenían el mismo color vibrante que imperaba en el lugar donde se conocieran. Y todo hacía creer que en unas horas volverían a encontrarse.

Pero eso no sucedió, al menos a los ojos ajenos. Tanto él como ella continuaron en lo suyo. ¿Y qué era lo suyo? Imaginémoslo, porque no hay forma de saberlo. Hasta aquella tarde en el parquecito del centro de la ciudad.

–¿Qué has hecho? –le pregunto él, mirándola a los ojos con humedad insinuante.

–Soñar sin filtro en mi pequeño mundo privado –respondió ella, sonriendo.

–¡Yo he hecho lo mismo a mi manera, y por eso estoy aquí! Vámonos para siempre…

AMALIA BAILA MAMBO

La camioneta que venía del Norte se detuvo en el parqueo de La Garita, y todos los viajeros fueron saliendo hacia sus respectivos destinos. Faltaba poco para el mediodía, y él, que era un niño a punto de ser adolescente, tomó camino por la Calle 5 de Noviembre, a toda prisa. Tenía que llegar a la hora.

Arribó a su casa en el número 220 de la 23ª. Calle Oriente, a tiempo para un par de bocados antes de salir hacia la función de las 2:45 p.m. en el Teatro Principal, allá al inicio de la Calle de Mejicanos, en el mero centro capitalino.

Era la hora en que abría la taquilla. Él subió los gruesos escalones y se colocó entre los pilares frondosos a la espera de que se pudieran comprar las entradas.

Sentado en su silla de madera esperaba el inicio de la función. Y todo se llenó de pronto de aquel ritmo que tenía nombre propio: Dámaso Pérez Prado. Un cubano de mínima estatura vestido siempre de traje formal, que ese día traía a alguien de la mano. Ella, la rumbera sonriente, Amalia Aguilar.

Pero alguien se interpuso como una fuerza irresistible: Adalberto Martínez “Resortes”, el coprotagonista alámbrico. Era “Al Son del Mambo”, y Amalia volaba alrededor…

DESENLACE CON ENLACE

Desde que tuvo noticia, externa o interna, de que sobre todas las estructuras corporales hay un aura que nunca deja de estar presente, sus reacciones personales se pusieron en guardia y cuantos se hallaban a su alrededor empezaron a sentir que él se iba convirtiendo en un ser indescifrable en muchos sentidos. Eso lo fue encerrando en una especie de cápsula de colores cambiantes.

Ahí apareció Romina, que nunca le había puesto resistencia al desafío de los

sentimientos. Se le acercó, lo envolvió y él parecía un animalito asustado que no tenía escape. Y eso hizo que aquella relación pareciera perfecta a los ojos de todos.

Hasta que la presunta perfección comenzó a languidecer, para luego desvanecerse.

–No me esperes, que no voy a volver.

–¿Esta tarde?

–No, nunca.

quien salió por su lado. Sin retorno, hasta el próximo encuentro en algún destino nuevo.

AZOTEA DESTINADA

Le costó mucho decidirse porque sus condiciones personales y económicas no eran ni nunca habían sido bonancibles, pero al fin, y sin que mostrara signos de ello de antemano, optó por irse a vivir solo por primera vez en un edificio antiguo del centro de la ciudad, que recién había sido rehabilitado para vivienda luego de largo tiempo de permanecer en el abandono.

Todo el tiempo estuvo conviviendo con su familia de origen, en aquella casa donde había corredores y jardín, y que se hallaba en el centro de la colonia tradicional que estaba viniendo a menos. Ahora, ya graduado y con empleo prometedor, iba en busca de su propio espacio, para ver luego si lo compartía.

Escogió el piso más alto, con azotea hacia el volcán y sus alrededores. Y en cuanto se instaló tuvo una sensación de plenitud desconocida.

Casi de inmediato recibió un mensaje por WhattsApp: “¿Ya estás ahí, verdad? ¿Te gusta el sitio que escogí para nosotros? ¡Llego cuanto antes!” Sorpresa total. ¿Qué era aquello? ¿Una broma cibernética? Y el WhattApp volvió a encenderse: “¿Broma? ¿Cómo crees? Soy la mujer de tus sueños no soñados y estoy ahora mismo desembarcando en tu azotea… ¿Me reconoces?”

EL LUCERO MÁS PRÓXIMO

Acababan de embarcar y la sensación del mar abierto se les iba acercando a todos los sentidos como un velo de emoción envolvente. Su camarote tenía terraza, y desde ella podían asomarse al vaivén que estaba iniciándose.

–Vamos a estar aquí todo el tiempo que nos sea posible. Este es un viaje íntimo.

Era la voz de él, que empalmaba a la perfección con la sonrisa de ella. El barco despegó. La tierra fue lentamente quedando atrás, y el horizonte de la tarde avanzada se les iba acercando. Era notorio que la noche se hallaba muy cerca, y ellos estaban ahí para recibirla con todos sus honores emotivos. Sin palabras.

Alguien llamó a la puerta. De seguro el asistente asignado. No respondieron. El avance sobre las aguas era sereno hasta el fondo. Sí, hasta el fondo de sus ánimas. Y de repente algo les hizo reaccionar como si estuvieran en un templo ideal.

–¡Ahí, ahí, ahí está, vamos a su encuentro!

Se pusieron de pie, se subieron al barandal y extendieron los brazos, en unión exacta. ¿Iban a hundirse en las aguas o iban a volar? El lucero más próximo les hacía señales. Y ellos se quedaron en suspenso, extasiados.

 


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