Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

RUTA DE ESCAPE

Su padre estaba a punto de retirarse de la conducción de la compañía de envíos internacionales que los abuelos habían fundado poco tiempo después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Eran tiempos de expectativas, y las nuevas rutas del mundo apenas iban asomando. Le tocaría a él entonces asumir, por mandato genético, el control superior del ente empresarial, que se había expandido al impulso de las dinámicas globalizadoras que se imponían cada vez más, sin que nada pudiera contenerlas.

El padre anunciaba su retiro cada vez que se le venía a la mente, y sobre todo cuando estaban reunidos en la mesa en los tiempos de comida, y a él esa sola referencia le quitaba el hambre, porque su intención original era dedicarse a recorrer el mundo como turista de mochila, condición que también se viralizaba cada vez más.

Hasta que llegó el día en que la amenaza iba a concretarse:

–Iván, este será tu despacho a partir de mañana. Yo ya hice todos los arreglos para irme con tu mamá dentro de unos cuantos días a un crucero alrededor del mundo. A gozar de esa libertad flotante a la que siempre aspiré.

Él no respondió con palabras, pero su gesto tenía la ambivalencia que era un susurro que estaba a punto de salir a flote.

–Nos reunimos mañana para afinar detalles.

«¿Afinar detalles? –pensó él, con un repunte de rebeldía interior–. ¿Pero qué importan los detalles cuando la realidad es un monumento de piedra?»

Y al día siguiente no se apareció, ni contestaba el celular, ni respondía el WhatsApp. Había desaparecido, y cuando pasaron los días y las semanas, el padre tomó su decisión: en vez del hijo mayor iba a ser la hija que venía después la que asumiría el cargo. Y para el padre, machista por excelencia, era una decisión dolorosa, que el ausente, desde su refugio en una de las buhardillas más pobres de los entornos, que era la antesala de su fuga para siempre, celebró con gran ilusión: «Más vale ser vagabundo sin nada que prisionero con todo…»

MISIÓN MILLENNIAL

A pesar de ser millennial en el estricto sentido cronológico del término, él era alérgico a todas las formas manuales de la tecnología de punta, y usaba aún cuadernos a rayas y plumas fuentes con tinta azul, como sus antepasados. Los que lo conocían y estaban a su alrededor ya habían asumido aquel curioso distanciamiento como algo natural en él, que en muchos sentidos parecía haber nacido en los años 40 o a lo más en los 50 del pasado siglo. Pero tal distanciamiento sin origen conocido estaba haciéndole mella en la interioridad anímica hasta el punto que se vio impulsado a acudir a la opinión de un experto:

–Doctor, ya le di a conocer mi círculo de enigmas y lo que le pido es que me indique alguna salida porque me siento cada día más distanciado del presente…

–Bueno, eso primero que todo habría que descifrarlo.

–¿Qué más quiere que le diga, doctor?

–Así, en síntesis, sus frustraciones y sus anhelos.

–¿Frustraciones? Ninguna que yo sepa. Anhelos, pues le confieso que no me he puesto a reconocerlos.

–O sea, vive usted en el limbo.

–Pues si usted le llama limbo al culto a las distancias, sí.

–¿Culto a las distancias? ¿Quiere decir hacia adentro?

–Exactamente.

–Bueno, pues tenemos que dibujar un mapa. ¿Se anima?

–A eso he venido, doctor.

En las sesiones siguientes las palabras fueron y vinieron. Él, tendido sobre el diván y con los ojos cerrados, iba recorriendo las distintas parcelas de su paisaje interior. Hasta que llegó a aquella casita que parecía abandonada. Sin moverse, penetró en ella. Y ese fue el comienzo de otra aventura.

El profesional acudió a la asistencia médica porque su paciente parecía haber quedado sin signos vitales. Llegaron los expertos y dieron su diagnóstico: «Está en coma, y habría que buscar de inmediato la causa. Hay que llevarlo a Cuidados Intensivos».

La familia, asustada y angustiada, pedía opiniones por doquier, pero la primera impresión se convirtió de inmediato en misterio indescifrable, hasta que llegó el momento en que vino la recomendación final: desconectarlo de todos los soportes externos y dejarlo que se fuera sin más.

Alguien lo dijo junto a él, en el cuarto donde permanecía desde hacía tanto; y en ese preciso minuto hubo una primera reacción espasmódica, de la que nadie se dio cuenta; pero cuando los encargados llegaron él ya estaba sentado en la cama, con todas las señales externas de hallarse plenamente consciente. La orden fue inmediata:

–Ha despertado el paciente número 20. Hay que hacerle sin tardanza los exámenes que determinen las medidas a tomar.

Se realizó la evaluación exhaustiva del caso, y lo indicado estaba ya por escrito:

–Hay que pasarlo a una habitación normal, y de ahí ver lo que viene.

Cuando despertó su primera petición fue inesperada, al menos para quienes lo conocían:

–Necesito mi laptop ya.

Se la llevaron en el momento, y él la abrazó, como si se tratara de un encuentro anhelado por largo tiempo.

–¡Gracias, gracias! Por fin he logrado llegar a mi punto de partida.

LOS COLORES DEL KARMA

Aunque hacía ya mucho tiempo que se hallaba integrado a su familia propia, la que formó con Olivia luego de un largo noviazgo juvenil, desde hacía algunos meses venía experimentando una especie de distanciamiento anímico con todo lo que estaba en su círculo de mayor cercanía. Y las personas eran la parte más viva de tal sentimiento. Hasta que el hecho llegó a ser tan notorio que Olivia se animó a preguntarle:

–¿Algo te pasa, verdad?

–¿A mí? Quizás, aunque los nudos nunca tienen una sola cuerda de origen.

–¿Y entonces?

–¿Tú no sientes nada?

–¿Quieres decir que puedo ser la otra cuerda del nudo?

–Bueno, quizás en el punto de encuentro está la causa.

–Lo que me dices es que estamos compartiendo un efecto…

–¿Cómo saberlo si no interiorizamos la sensación y luego la ponemos en claro?

Ella asintió sin palabras. En las horas siguientes había que emprender la experiencia. Y así lo hicieron, cada uno por su lado. Ella se fue en ferrocarril hacia su pueblo natal, en las montañas invisibles; y se quedó muy cerca de la casa en una posada para transeúntes.

Transcurridos unos pocos días, ambos se reencontraron sin ponerse de acuerdo en su casa de siempre. Era como si nunca hubieran hecho el experimento:

–¿Lograste tu propósito? –le preguntó ella.

–¿Y tú?

La pregunta cruzada se les graficó por dentro como la distensión del mismo nudo.

–Lo que conseguí fue identificar mi color interior.

–Ah, pues es lo mismo que a mí se me dio.

Se miraron directamente a los ojos, y esa mirada era una ruta de ida y vuelta. Una especie de bruma protectora estaba envolviéndolos.

–¿Y cuál es tu color?

–¿Y el tuyo?

Volvieron a mirarse, con un impulso de complicidad que les nacía de un centro de iluminación que nunca antes habían identificado. Y les brotó la risa con el mismo color de sus respectivos karmas, que estaban por primera vez a la vista; al menos a la vista de sus percepciones individuales.

Y no pudieron contener el impulso esclarecedor:

–Color amanecer.

–Color atardecer.

–Son lo mismo, ¿verdad?

–Si tú lo dices…

 


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