AQUELLAS FECHAS INTACTAS

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

PRIMERO DE ENERO

El sol parecía indeciso entre salir o no salir, y algunos ramajes de los alrededores estaban evidentemente a la expectativa. Por fin, un soplo de brisa pareció ser la señal esperada para que la transparencia se animara a iniciar su cotidiana labor. Cuando la claridad se abrió paso, todo empezó a cobrar presencia en movimiento, Incluyéndolo a él que era un desidioso por naturaleza. Al asomarse por la puerta de entrada, un rayo solar le envolvió la frente. Fue como un fogonazo de vida. Él no pudo evitar la pregunta que parecía inoficiosa: «¿Quién eres tú, que vienes con esta confianza a tomarme desprevenido?» «¿Desprevenido? ¡Hombre, por Dios, si hoy es Primero de Enero, el día de mi debut, y todos deben reconocérmelo… Espabílate, pues, para no quedar como un trapo roto a la orilla del camino!…

14 DE FEBRERO

Cuando se rompe el encanto parece que todo se rompe, y eso justamente era lo que él sentía en aquellos momentos tan insospechados, cuando Lucy emigró sin decir agua va, ni siquiera a él, que era, según ella decía con frecuencia, el gran amor de su vida. Pero por un impulso incontenible, lo que él hizo de inmediato fue volver la mirada hacia la pared de enfrente, donde estaba el retrato de adolescencia que Lucy le había dado como primer regalo. Junto al retrato se hallaba el calendario que él le había dado en correspondencia, abierto en el mes de febrero y encerrada en un círculo dorado la fecha 14. Aquella coincidencia, en la que hasta hoy reparaba, tenía también su encanto, y él así lo sintió de súbito. Entonces, entre ilusionado y escéptico, se encerró en la casa. Ya cuando atardecía sonó el timbre de la entrada, con eco de retorno…

8 DE ABRIL

A lo lejos, sonaban campanas, aunque era tan a lo lejos que bien hubieran podido ser campanas simplemente añoradas. Ahora que vivía en aquella lejanía tan remota, y no por razones externas sino por impulso que le nacía de lo más profundo de la conciencia, aquellas campanas matutinas o vespertinas tenían la virtud de recordarle que aún estaba en el mundo. Se apartó del ventanuco de su vivienda rústica al máximo, y volvió la mirada hacia el pequeño calendario que estaba colgado a la par. Se fijó en la fecha: 8 de abril, y cayó en cuenta de inmediato: Domingo de Resurrección. Fue como si una campanita en su interior le estuviera enviando un mensaje. Y tuvo, en ese mismo instante, la tentación invencible de salir al descampado, lo que no hacía desde mucho antes. Y al salir le brotó el flujo anímico: «¡Esta es mi resurrección, ir al encuentro del aire libre!»

3 DE MAYO

¿Cuánto tiempo seguiremos estando así, atrapados en la maraña de los acontecimientos imprevisibles, mientras las balas zumban alrededor? La pregunta no rompe la barrera de los labios, pero se queda girando por los espacios de la mente ansiosa. Esa tarde ha quedado con Celeste en ir a una función cinematográfica en un cine cercano. Se prepara y sale. La casa de Celeste está al otro lado de la ciudad, y tiene que ir por ella, cruzando todo aquel espacio cundido de amenazas. Esa tarde, el ambiente parece inusualmente tranquilo. Como si no hubiera guerra en los entornos. Se dirige en su Chevrolet al lugar de Celeste. La ciudad parece un oasis. Él avanza, ilusionado. Pero de pronto un grupo de autos se le pone enfrente: «¿Para dónde va, joven?» «A la casa de mi novia». Las risotadas lo rodean. «¡Entonces, vaya, pero no podrá volver!»

22 DE JUNIO

¡Día del Maestro! ¿Cómo olvidarlo si todos los años, por la noche, había en el Colegio un acto conmemorativo en el que menudeaban los elogios y los agradecimientos? Aquel año, sin embargo, y por obra de los desmanes del clima, cada vez más frecuentes, el acto no pudo realizarse porque un torrente de lluvia implacable lo invadía todo, como si fuera un retrato hablado del Diluvio Universal. Su familia y él que eran devotos de tal celebración porque los padres eran maestros en ejercicio y él, ya adolescente, era un adicto a los símbolos, se quedaron en casa, protegiéndose de la borrasca. Al concluir, todos hicieron su respectiva oración, en estricto silencio. Estaban de pie, juntos, con las manos unidas. Cuando terminaron los rezos respectivos, en el debido secreto, se separaron. Y cada uno pensó: «Una vez más comprobamos que el silencio es el mejor maestro».

2 DE AGOSTO

Plena vacación de agosto, y esta vez la vacación era sinónimo de reclusión. ¿Quién iba a decirlo? En el vecindario, el silencio casi era total, porque lo único que se oía eran los cantos de los pájaros que andaban entre los ramajes de los alrededores, como celebrando la ausencia humana. El joven que estaba encerrado en un cuarto de azotea tuvo, de pronto, la sensación de un concierto jamás imaginado. Y en cuanto le llegó la imagen fue como si el director de la orquesta hiciera su primer movimiento de la nueva pieza. El joven tendido en su catre cerró los ojos, y de inmediato se imaginó a sí mismo batuta en mano. Se estaba iniciando en el estudio de la música, y aquel sería su primer concierto en vivo. Durante los minutos siguientes la orquesta de pájaros invisibles ardió en melodías desconocidas. Él, su director natural, estaba en la gloria.

13 de SEPTIEMBRE

Se sentaron por primera vez en torno a esa mesa angosta, en una oficina administrativa del Seguro Social, como si aquel fuera un encuentro más entre los que ahí tenían lugar a diario. Pero ellos eran diferentes, porque habían llegado al Distrito Federal a iniciar el proceso de negociación de la paz que podía cambiar el destino de todo un pueblo, allá en las comarcas centroamericanas del sur. Alguien abrió la sesión. Todos –los de un bando y los del otro; es decir, los del Gobierno y los de la guerrilla— se vieron directamente a los ojos por primera vez. Y aunque ninguno se percató de ello, aquellas miradas dibujaban una hoja de ruta. Es lo que siempre ocurre: las imágenes predibujan el futuro. Sólo las fuerzas superiores eran capaces de rotar el escenario: ahora no era el 13 de septiembre de 1989 sino el 16 de enero de 1992, en Chapultepec. ¡Gracias, calendario!

21 de NOVIEMBRE

En aquella fecha de noviembre el día amaneció con una frescura inspiradora, como casi todos los años, aunque en esta oportunidad esa frescura tenía un mensaje más íntimo. Descorrió la cortina de su habitación de adolescente, y aunque la niebla matinal aún no se había disipado, él tuvo la instantánea impresión de que esa mañana traía consigo algo nuevo, quizás desconocido. Volvió a cerrar, pero no pudo controlar el inmediato impulso de abrir de nuevo. Sí, ¿qué era aquello? Un paisaje de colinas casi desnudas con algunos caminos serpenteantes. Se quedó inmóvil, observando, hasta que una voz suave y cariñosa lo animó: «Sal a caminar, y muy pronto nos encontraremos». Conocía aquella voz. La recordaba. Era ella, su abuela Lilliam. Corrió a su encuentro. «¿Dónde estamos, Lila?» «Aquí, en Nuevo México, de donde somos, vengo a traerte».

23 de DICIEMBRE

Víspera, la eterna víspera. Pero mientras él avanzaba por aquella vereda polvorienta no aparecía en el ambiente ninguna señal inusitada, y mucho menos providencial. Allá, en la distancia, se dibujaba un pequeño caserío. Cuando lo advirtió iba pasando junto a él, en el lado contrario del camino, un señor que tenía toda la pinta de ser un pastor de ovejas. Él no pudo evitar preguntarle: «¿Conoce usted a los que viven en aquel grupo de casas?» El aludido apenas se detuvo: «Ahí vive gente de paso. Ayer, por ejemplo llegó una pareja de forasteros, y ella está en las últimas del embarazo…» Él, entonces, sin hacer ningún comentario, caminó más rápido hacia aquel rumbo. Se detuvo, temblando de expectativa, sin saber qué iba a pasar. Y de pronto ahí, frente a la puerta abierta, la Virgen, San José y el Niño le sonreían… Los reconoció al instante.

 


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