ÁLBUM DE LIBÉLULAS (224)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1834. ALBORADA CREPUSCULAR

La jornada estaba por concluir y todos se preparaban para regresar a los respectivos espacios hogareños. Era en ese momento cuando Erick se sentía más ajeno a todo, porque desde hacía unas pocas semanas carecía de hogar. El día en cuestión empezó a percibir desde temprano que algo estaba reverberando dentro de su conciencia. Cerró todo en su pequeño despacho, salió de la oficina y se quedó vagando por los alrededores. Sin proponérselo, estaba ahí, en el parquecito que hacía tanto que no visitaba. Se internó en él, y de pronto la vio. Era ella, Ligia, su aún esposa. Se le acercó: “¿Me permites?” “¿Qué?” “Compartir el silencio”. Ella lo miró con un énfasis olvidado: “Vamos entonces a nuestra casa, la que dejamos al separarnos. Necesitamos refugio…”

1835. OTRA FORMA DE AMAR

Se miraron intensamente a los ojos frente al reflejo vivo de la luna llena, que estaba haciéndose presente como lo que era, una deidad puntual, y aunque muchas veces lo habían hecho antes, en esta oportunidad el flujo compartido tenía un toque de tierna luminosidad que bien se podía calificar de mágico. Pero ellos no sentían en ese instante ningún efecto desconocido; por el contrario, la naturalidad más espontánea iba envolviéndolos hasta que ambos murmuraron al unísono: “Vamos a visitar la espuma de la playa…” Y de inmediato emprendieron camino, como si el sonido de la eternidad estuviera llamándoles con urgencia. De seguro el trayecto fue muy largo, porque cuando el mar en movimiento espumoso estuvo a su alcance ya casi era noche de luna nueva. Entonces volvieron a mirarse a los ojos, y en compañía de la espuma se sumergieron en el mar del alma.

1836. LOS NAVEGANTES SIGILOSOS

En el muelle principal, que había sido reconstruido, cada día iban apareciendo naves diferentes, desde veleros clásicos hasta buques casi virtuales. Por ahí circulaban a toda hora los encargados de atraque, de descarga, de limpieza y de seguridad; pero había muchos momentos en los que la soledad y el silencio imperaban de manera impecable. Y aquel era uno de esos momentos. De pronto, apareció una figura en uno de los extremos del muelle, a la que se le fueron uniendo otras. Y cuando todas estuvieron reunidas frente a una de las embarcaciones, alguno de los presentes dio la orden en silencio, pero con una elocuencia irresistible. Subieron entonces por la escalinata que había aparecido de repente. Al ingresar el último, el barco se desperezó y alzó vuelo. Nadie se dio cuenta.

1837. TAREA DEL DÍA

No era por supuesto la primera tarea en la ruta, ni siquiera una de las primeras. Aquella especie de batallón servicial cumplía encargos sucesivos. Los miembros del grupo, organizados con disciplina estricta, lo tenían todo preparado. Y como era de esperar, en un instante llegó la orden inapelable. Todos comenzaron a moverse hacia el objetivo, que ya era visible: un volcán de desechos en el filo de un muro de piedra antigua. Avanzaron, se acercaron, llegaron. Al estar frente al promontorio, el que dirigía la tarea se puso enfrente y dio las órdenes del caso. Cada uno de los participantes tomó su carga, y todos, en fila india, se fueron dirigiendo de regreso a su lugar de origen, que estaba ahí, a flor de tierra, porque todos pertenecían al mismo hormiguero.

1838. EL VIENTO SÍ RESPONDE

Tuvo siempre la ilusión obsesiva de que los seres naturales se comunicaran con él por la vía que fuera. Y así, cuando era niño, arrimaba el oído a los troncos de los árboles del entorno, para tratar de recibir alguna señal de vida que fuera reconocible; cuando era adolescente, se arrodillaba al borde del arroyo que le salía al paso en la ruta cotidiana, y ahí, con los ojos cerrados, aguardaba los mensajes del agua fluyente; luego, en su primera adultez, iba a los parques con la novia de turno y se tendían juntos sobre la hierba fresca para descubrir algún pálpito subterráneo. Nada en ningún momento. Y hoy, cuando ya andaba en trance de madurez mayor, se propuso el último intento. Subió la colina y cerró los ojos. Luego de un tiempo indefinido oyó aquella voz. La del viento en su interior.

1839. TODO PUEDE PASAR

La autoridad policial y militar ha emprendido la tarea de recuperar el control territorial usurpado por las organizaciones pandilleriles. Los policías y los soldados patrullan por colonias y caseríos en busca de delincuentes, y en cualquier momento del día y de la noche pueden aparecer de improviso. Así ha ocurrido esta madrugada en el pasaje que sirve de frontera entre los territorios que controlan ahí las dos maras presentes. Los habitantes de la casita número 7 duermen como todos los días, y no se dan cuenta de nada de lo que pasa afuera. Cuando amanece, comienza la actividad matutina. Y al salir ellos a sus respectivos destinos cotidianos se percatan: una curiosa quietud impera. Parece que están en un mundo totalmente deshabitado. Nadie circula. Nada se mueve. Hasta el aire brilla por su ausencia. ¿Es un juego del tiempo?

1840. LAS FLORES POR VENIR

Estaba iniciando su formación universitaria, y había escogido una carrera que nadie hubiera imaginado: horticultura urbana. Él había sido siempre muy reservado, aunque sin llegar a la hurañez; y su madre se animó a preguntarle cuál era su mayor deseo de cara al futuro. Luego de un silencio característico respondió: “Tener mi propio huerto con alma de jardín”. Ella sonrió en tono que estaba a punto de ser burlón: “Pero hijo, para tener jardín primero tienes que tener casa, y para tener casa tienes que estar en condiciones de adquirirla… Nada de eso puede darse como por obra de magia. La vida es un proyecto”. Él soltó su respuesta, que parecía preparada: “Voy a ser un horticultor exitoso, ya van a ver. Y ese jardín que anhelo ya se está preparando aquí…” Y se tocó la sien. Ella entonces dejó el tema tranquilo.

1841. MANDATO SUPERIOR

El consejo de familia estaba reunido para tratar el caso de Máximo, que era el nieto menor, cuya extraña conducta ponía velos sombríos sobre la suerte del conglomerado familiar. Máximo, sin ser invitado, se hizo presente: “Dejen a un lado todas sus especulaciones. Yo soy un emisario de nuestros antepasados y vengo a poner orden… Vamos a volver al origen: somos campesinos y volveremos a serlo…” Hubo un relámpago, y de repente todos estaban sentados sobre el polvo húmedo, con todos sus otros recuerdos borrados.

 


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