ÁLBUM DE LIBÉLULAS (219)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1793. LE HABLO A USTED

Aunque con gran frecuencia no lo parezca, cada quien vive en su mundo, y ese mundo perfectamente personalizado casi siempre es irreconocible desde afuera. Él, que era en apariencia un ciudadano común sin ninguna nota diferenciadora, se había habituado a poner la mirada inquisitiva con creciente reiteración sobre lo que había dentro de él, que en su caso tenía la peculiaridad de ser un espacio deshabitado y cambiante. No en balde era conocido como un solitario sin accesos. Pero tal condición empezaba a hacer mella en su ánimo. Aquella tarde, sentado en un banco del parque, vio pasar a alguien que le pareció conocido. Se levantó, se le acercó y le preguntó: “¿Nos conocemos, verdad?” “Hombre, ¿y cómo no si yo soy un antepasado tuyo que anda de vacaciones…” Él lo estrechó con lágrimas. ¡Por fin una compañía segura!

1794. OFENSIVA INICIAL

Los ángeles existen y se hacen presentes, comenzando por el ángel de la guarda, que anda a la par de cada uno de nosotros en las buenas y en las malas, de día y de noche. Él era empleado de escritorio, y pasaba la jornada entera entre papeles, procesando pedidos, ajustando cuentas y enviando mensajes a los proveedores. El día había sido particularmente intenso, y la fatiga le atenazaba las coyunturas. Todos salieron a la hora, solo él se quedó, como si tuviera algo que concluir. Pero al estar solo se inclinó sobre el escritorio y se durmió. En el sueño, profundo por cierto, se le apareció el ángel. Lo supo de inmediato. “Necesitas vacaciones. Tómalas ya”. “Ayúdame con el jefe, que es inaccesible”. “Ya lo sé. Mi colega, su ángel de la guarda, quizás pueda hacer algo…” “¡Gracias, amigo! Ojalá que cuando yo despierte me tengas noticias…”

1795. MISIÓN DE MARIPOSAS

Como sabemos por experiencia cotidiana, el clima es hoy el subversivo por excelencia. Un subversivo que no se detiene ante nada y que deja en pañales a los subversivos políticos que han sido tradición. Ese año, la estación lluviosa había sido un catálogo de turbulencias tormentosas; y la estación seca, una secuencia de sequías polvorientas. La paciencia tenía que ser entonces un puente colgante sigiloso. Era sábado y ella, que trabajaba en una empresa de diseño de ropa imaginativa, quería ir a visitar el mundo vegetal, pero como era verano la naturaleza estaba desvestida. Se fue a la zona verde más cercana y se sentó a meditar en una banca de madera. Cerró los ojos, y cuando los abrió estaba rodeada de mariposas. Modelo perfecto para la próxima temporada de la moda, que se hallaba a las puertas.

1796. 23.ª CALLE ORIENTE

Alguna vez, un consejero esotérico le hizo una indicación enigmática: “Si no recuperas tu calle más vivida vas a permanecer vagando por los laberintos sin retorno”. No se atrevió a preguntarle lo que quería decir, pero el abejorro de la inquietud le quedó vibrando por los recodos de la conciencia. Pasaron los días y los meses y llegó noviembre, antiguo tiempo de vacaciones. El airecillo fresco andaba suelto por todos lados, agitando cuantos ramajes se ponían a su alcance, que en la ciudad no eran muchos. Salió a la calle, como si se dirigiera a la estación de buses más cercana, la que recibía las máquinas que iban desde allá por la iglesia de Candelaria hasta Mejicanos. Tomó el primer bus que pasó por su memoria, y apretó el timbre en la esquina de la 23.ª calle oriente. Estaba, pues, ahí, como todos los días. La ciudad del recuerdo lo abrazó por dentro.

1797. PRIMER ENCUENTRO

“¿Falta mucho para que amanezca?” La pregunta no iba dirigida a nadie en particular ni había nadie a quien pudiera ser dirigida. Entonces aspiró a fondo el aire del espacio aromado que le servía de estancia desde que se dispuso a disfrutar la vida al máximo, ya que estaba en el límite mental y sentimental de sus expectativas de siempre. La consigna era, pues, “ahora o nunca”. Y lo que ahora mismo venía era la salida del sol en un día muy diferente a todos los anteriores. Iba a verse por primera vez en persona con Wendy, a quien solo conocía por Facebook. Se vistió rápidamente y se acicaló con todo esmero. A la hora señalada se fue al cafetín previsto. Estaban desmantelándolo. “¿Aquí qué pasa?” “Demolición”. Se quedó mudo. ¿Y su encuentro? Ella estaba ahí, sonriéndole desde su silla de ruedas: “Soy joven y bella, no puedo caminar, pero puedo volar. ¿Me acompañas?”

1798. POR EL RETROVISOR

Venían de vuelta de visitar por primera vez aquel emporio de jardines incomparables llamado Gardens by the Bay, en una de las alas más próximas al centro vertical de Singapur. Había llovido la noche anterior y el ambiente se hallaba tiernamente impregnado de sensaciones animosas. Las imágenes de los jardines visitados les habían dejado la impresión de que se llevaban un nuevo refugio natural en la conciencia. Aquella noche, en su habitación de hotel ubicada en el piso 30, ambos soñaron con el mismo recorrido: venían en una barcaza atravesando el océano y de pronto se encontraban en tierra por un sendero en las vecindades del Domo de las Flores. Las orquídeas y los helechos eran los primeros en salir a su encuentro, y luego todas las plantas floridas se unían al recibimiento. Cuando despertaron, se dijeron en un murmullo sobre la almohada: “Tenemos otra familia”.

1799. CRUCE DE ANHELOS

Se conocieron en el kindergarten, y cuando salieron de ahí no volvieron a verse por muchos años, como si vivieran en mundos distantes. Pero un día de tantos, sin que hubiera indicio de lo que estaba por ocurrir, se encontraron en una de esas librerías que están en vías de desaparecer, porque ya casi nadie quiere leer libros en papel. Él estaba revisando los libros ubicados en un estante y ella los reunidos en otro. Libros de viajes. Novelas románticas. Él las novelas románticas y ella los libros de viajes. En un giro casi toparon. “¿Issa?” “¿Melvin?” Fue notorio el estupor convertido en abrazo. Fueron a pagar los respectivos volúmenes y se dirigieron al café más próximo. “Quiero leer ‘La novia del poeta’ me ilusiona…”, dijo él. “Y yo ‘Los viajes del destino’, quiero descubrirlos…”, dijo ella. Y ambos al unísono: “¡Armemos el paquete, pues…”

1800. EL INFINITO YA

Soñaba cada vez con más frecuencia en ir haciendo viajes espaciales, y en las vigilias sentía la creciente necesidad de alzar vuelo. Así llegó a un punto sin retorno: ya no supo distinguir la realidad de la ficción, y lo único que le quedaba era convertirse en alma en pena…

1801. CULTO AL OLVIDO

El confesor le indicó: “Hábleme de sus pecados para seguir la ruta de la absolución”. Y su respuesta fue simple: “No tengo pecados, porque todos se quedaron en el camino…”

 


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