ÁLBUM DE LIBÉLULAS (216)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1766. PARÁBOLA INVERNAL

Cuando llegaban los meses del invierno, mucha gente del vecindario le ponía atención al riachuelo que cruzaba en medio y que parecía ser pacífico por naturaleza. Nunca había pasado nada, pero quién quita. Ellos, que vivían justamente al borde de la pendiente, también esperaban las tormentas con aprensión. Ese año la temporada invernal parecía extrañamente sigilosa, como si no quisiera soltar prenda sobre sus verdaderas intenciones. Aquella mañana, antes de que despuntaran las primeras iluminaciones solares, se dio un retumbo subterráneo, que quizás anunciaba algún brote sísmico. Pero lo que en verdad estaba pasando es que el riachuelo crecía sin explicación visible. Y cuando se desbordó, ellos sacaron su balsa escondida y se fueron con la corriente, que hoy sí les despertaba confianza, porque venía de adentro y no de afuera.

1767. EL MEJOR ENLACE

El amor es la sustancia más volátil que existe, aunque cuando uno lo siente se imagine que está ante un misterio de insobornable solidez. Mariluz miraba a los ojos a Floridor, y esa simple mirada producía en él una corriente de ida y vuelta, que hacía retornar hacia ella todas las emociones acumuladas a lo largo del tiempo. Estaban a punto de hacer un enlace duradero, pero las fuerzas traviesas de la voluntad se les alborotaban de inmediato, impidiéndoles la conexión permanente. Así las cosas, este día ambos se hallan inesperadamente resueltos a no dejar pasar ni un día más. «¿Me aceptas como soy?», le pregunta él, con voz radiante. «Siempre que tú me aceptes como soy», responde ella, con pálpito aromado. Él es la luz y ella es la flor. Armonía perfecta, de nombres y de almas. El amor vuela alrededor, ya sin temor a sus propios impulsos.

1768. SALIDA LATERAL

—¿Qué haces ahora, Irene, después de que te fuiste de tu último empleo?

—Trabajo en casa.

—¿Y lo haces en línea?

—No, lo hago con los ojos cerrados.

—¿Cómo así?

—Soy buscadora de fantasmas.

—Entonces, ¿es brujería?

—No. Es servicio de limpieza anímica. Hay gran clientela.

—Ya me imagino. La locura global es tu negocio.

1769. MIGRANTE CON AUREOLA

Cuando las bandas criminales invadieron la zona para imponer su ley sin que nadie se les pusiera enfrente, él, un joven de origen humilde pero con ambiciones ilimitadas, sintió que era el momento de emigrar. Un tío instalado en el Norte desde hacía mucho le ofreció pagarle el costo del ingreso sin documentos. Así ocurrió. De una colonia en las vecindades soleadas de Apopa a un vecindario congelado de Wisconsin. Pero no podía quedarse mucho ahí, porque el tío padecía Mal de Parkinson y tenía que irse a vivir con uno de sus hijos. ¿Y él, ahora qué? Se puso a trabajar en un restaurante de comida rápida. Y ahí, en la cocina, conoció a Amalie, inmigrante de otra latitud. Entre los olores y los sabores se instaló aquel suspiro mutuo. Ella tomó la iniciativa de besarlo, luego del beso él exclamó: «Gracias por la saliva mágica. ¡Sobreviviremos!»

1770. OPERACIÓN CLANDESTINA

Desde el primer momento se sintió vinculada a él por un lazo que era aún más fuerte que los lazos de sangre. Y, sin que hablaran de ello, él sentía lo mismo. Armonía subliminal hubiera dicho un experto en misterios psíquicos. Se veían casi clandestinamente, porque las condiciones del ambiente así lo determinaban –vivían en una comunidad donde dominaban dos pandillas contrapuestas–, y siempre en lugares escondidos que favorecían la intimidad. Una intimidad que, contra todo lo que hubiera sido presumible, nunca se daba en el plano físico. Y es que ellos, por sus respectivas naturalezas anímicas, se asumían más como almas que como cuerpos. Aquello no tenían que decírselo a nadie, precisamente porque era una convicción y no un secreto. Así les llegó el punto en que todo los impulsaba a hacer vida en común. La hicieron desapareciendo.

1771. A VECES LO QUE BRILLA ES CENIZA

—Te propongo lo mejor que puedo proponerte.

—¿Boda?

—Es que eso ya no lo necesitamos. Somos uno.

—De todas maneras importan los papeles.

—Sobre todo los papeles en blanco.

—¿Qué quieres decir?

—Que te propongo que escribamos juntos una historia.

—Ah, tus consejeras las libélulas andan por aquí.

—No, no son ellas. Son los restos de las hogueras que nos quemaron antes de conocernos.

1772. LITURGIA SOLAR

Caminaba como siempre por una de aquellas callecitas del viejo Madrid que tenía un nombre grande: calle Lope de Vega. Y lo hacía a diario, en ruta al trabajo en una de los restaurantes de la zona, porque su ilusión cotidiana era ver, aunque fuera desde lejos, a aquel muchacho que provenía sin duda de otra zona del mundo. Cada vez lo veía menos, como si se le estuviera ocultando. Pero en ese momento de la mañana, un impulso desconocido la fue conduciendo hacia ese vivero que estaba muy cerca de la plaza de Santa Ana, a la par de la iglesia donde está enterrado Lope de Vega. Entró en el vivero, cuyo nombre es El Jardín del Ángel, y ahí estaba él, con traje de servicio. «¿Eres tú?», le preguntó, conmovida. Él sonrió. «¿No reconoces a tu ángel de la guarda?» El beso fue inmediato y fragante. Y el sol se abrió paso entre las nubes de invierno.

1773. INTIMIDADES DE LA LUZ

Aquella pareja de jóvenes estaba apenas conociéndose, y a las habilidades del tacto iban sumándole las animaciones de la trascendencia. Parecían seres comunes, y en realidad lo eran, aunque esa normalidad se les apareciera de pronto como una deidad voluntariosa. «Yo soy un enamorado del crepúsculo». «Y yo una apasionada de la aurora». ¿Y cuál es la diferencia?» «La aurora nunca duerme y el crepúsculo siempre sueña». «Ah, entonces son perfectamente compatibles». «Como tú y como yo». «Probémoslo, pues, en el lecho de los elegidos». «¡Qué buena onda».

 


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