Opinión desde acá

por Sigfredo Ramírez, Árbol de fuego

 

Sigfredo Ramírez
Periodista y comunicador institucional

Una calle sin salida

¿Por qué cuesta tanto encontrar la salida al tráfico? Porque no hay una solución individual a un problema colectivo. En lugar de exigir un mejor transporte público nos hemos dado por vencidos, y cada quien ha buscado su propia respuesta, que en realidad va agravando el caos.

No importa cuándo lea esto. Puede ser cualquier día de la semana. No importa el partido político que haya triunfado en las elecciones ni el resultado del Barcelona o el Real Madrid. En realidad, parece ser inevitable para quienes viven en el área del Gran San Salvador. Sépalo: la próxima vez que arranque su carro o aborde un bus lo más seguro es que, después de avanzar un poco, se tope con una trabazón. Algo que aceleradamente se está convirtiendo en parte de la cotidianidad capitalina. Carros y más carros que parecen copar hasta el último callejón. Todos ansiosos por pasar primero que los demás. Todos los días desayunando, almorzando y cenando tráfico. Sin importar lo que suceda durante la jornada.

Antes los días de peor trabazón eran las quincenas de pago, el fin de mes, las “horas pico”. Ahora parece ser casi todo el tiempo y hay horas de la mañana en las que la ciudad se vuelve intransitable. Un lento avanzar entre pitazos y cafres que, sin seguir la línea de carros, quieren meterse adelante. Ralentizando aún más el lento flujo vehicular. Gasto de gasolina, gasto de tiempo y energía. Cada quien ha respondido a su modo a esta crisis de ciudad que embarga a tantas ciudades del mundo. Los que tienen el poder adquisitivo suficiente tienen una salida individualista y se han comprado un carro. Vehículos chocados en Estados Unidos, reparados aquí, y que taquean cada vez más las principales arterias de la ciudad. Nadie parece frenar esa importación masiva que puede representar un colapso mayor. En El Salvador hay alrededor de 1.5 millones de automóviles, de los que poco menos de la mitad se concentran en el Gran San Salvador.

Otros han resuelto comprar motocicletas para sortear el tráfico. Esquivando la trabazón por los carriles auxiliares, al lado de los carros, trayendo más anarquía en calles donde, de por sí, no se respetan las leyes de tránsito. Algunos hasta han perdido la vida por su imprudencia. Y el Gobierno también ha ideado su respuesta al caos con la construcción de más pasos a desnivel, más ampliaciones de carreteras. Calles que son como los tentáculos de un pulpo que se extienden por todos los rumbos. Solo en las obras que ha edificado en el Rancho Navarra tiene una inversión de más de $21 millones. Dinero que se pudo invertir para mejorar la infraestructura de escuelas públicas se usó en ese hoyo enorme que busca ser una válvula de escape a una de las zonas más agobiadas por el tráfico en el Gran San Salvador. El Estado construye y construye como queriendo equiparar el flujo interminable de vehículos, pero, a la fecha, solo crea nuevos escenarios para la trabazón, como el paso de tres niveles en el redondel de Naciones Unidas o el paso bajo la estatua de Alberto Masferrer en la colonia Escalón. Nada parece ser suficiente.

Y buscar la solución al problema es como estar dando vueltas varias veces en el mismo redondel. De alguna forma todos sabemos la salida, pero no se hace: mejorar el deplorable transporte público. Es tan elemental y ya suena hasta inverosímil. Como si solo fuera paja. Esta es una ciudad en donde rutas completas de autobuses, en lugar de modernizarse, van desmejorando. Como la 101-D, que antes tenía de las mejores unidades en la ciudad y ahora renueva su flota con buses viejos y desvencijados. Esta solo es una ruta entre tantas. Algo que parece tener sin cuidado a las autoridades ni a los políticos, que se sienten tan a gusto negociando con las mafias del transporte en la Asamblea Legislativa y el Viceministerio de Transporte. Entonces más gente busca comprar una moto o endeudarse con algún banco por un carro.

¿Por qué cuesta tanto encontrar la salida al tráfico? Porque no hay una solución individual a un problema colectivo. En lugar de exigir un mejor transporte público nos hemos dado por vencidos, y cada quien ha buscado su propia respuesta, que en realidad va agravando el caos. Las autoridades no van a mejorar el transporte colectivo porque va en contra de sus intereses; si no, hace rato lo hubieran hecho. Debe ser una exigencia ciudadana de primer orden para mejorar el caótico transitar por el Gran San Salvador. Exigir más orden en todo sentido. Hasta entonces, todas las arterias de la ciudad parecerán una calle sin salida.


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