La colonia Málaga es reconocida como un auténtico oasis dentro del barrio Santa Anita, en San Salvador. Las claves de su éxito están en su organización, que se basa, sobre todo, en la pasión expresada por sus habitantes a este conjunto de edificios. La Universidad Tecnológica ha iniciado en ella un programa que buscará solidificar aún más sus virtudes de comunitarismo.

Un remanso llamado Málaga

Un reportaje de Moisés Alvarado

Fotografías de Melvin Rivas y Éricka Chávez

Colonia Málaga

Raymundo Campos tiene 99 años, 62 de ellos los ha vivido en la colonia Málaga, en el barrio Santa Anita, de San Salvador. Habla pausado y, sobre todo, divaga, pero es muy certero al recordar el momento en el que decidió vivir ahí, cuando todavía no se había levantado ni un edificio, cuando el proyecto todavía estaba en el papel y los ingenieros comenzaban a explorar el terreno. En el predio, todo estaba cubierto por naranjales.

“Mire qué buenos naranjales salieron estos, me han dado tantos y tan satisfactorios frutos. Aquí han nacido hijos, nietos, bisnietos, tataranietos… aquí de seguro yo me voy a morir. Yo quiero mucho este lugar, lo quiero casi como que fuera una persona”, comenta Raymundo, con la mirada puesta en la ventana que da a la calle desde el cuarto piso del edificio.

El nombre de la colonia Málaga está indeleblemente relacionado con la tragedia que sucedió justo enfrente suyo: un bus que llevaba 32 feligreses de la iglesia Elim fue arrastrado por la correntada después de que el caudal del Arenal desbordó hasta la calle. Pero la Málaga se resiste a ser solo eso.

Se trata de una colonia conformada por 34 edificios, por 324 apartamentos, en los que vive un aproximado, según los cálculos de los vecinos, de 1,400 personas. La extensión de todo el conjunto no llega al kilómetro cuadrado. El complejo fue construido en 1956, bajo el gobierno del presidente militar Óscar Osorio.

Para quienes viven aquí y para los vecinos de colonias aledañas, la Málaga conforma un pequeño oasis de tranquilidad en medio de la violencia pandilleril de la zona. A pesar de tener variados accesos peatonales, que se suman al de la pluma de la entrada vehicular, es uno los pocos sitios donde se puede caminar con relativa seguridad, sin la certidumbre de que está en juego el pellejo si no se sale lo suficientemente rápido.

Parte de este conseguido éxito se lo deben a su organización y, sobre todo, a la identidad sentida por quienes viven ahí. “La Málaga no son sus edificios, es su gente”, dice un eslogan pintado con coloridos motivos en varios puntos de la colonia y que los vecinos repiten como una especie de mantra.

Todo un logro si se toma en cuenta que los edificios están justo en la frontera entre dos grupos de pandillas: hacia el occidente se extiende el territorio del Barrio 18, en la San Antonio, Los Arcos y la Santa Cristina, hasta llegar a la colonia Dina; hacia el oriente viven sus enemigos de la MS, en comunidades como la 15 de Septiembre, la Modelo o La Prado.

Ricardo Valdez es uno de los personajes más veteranos involucrados en el trabajo organizativo de la Málaga. Tiene 69 años y vive ahí casi desde que nació. Cuando habla de este espacio, los ojos le brillan, la sonrisa acude a decorar su boca. Y cuando camina entre las zonas verdes, los pasadizos entre edificios y las áreas comunes, parece necesitar de más voces para responder a tantos saludos.

Ricardo habla de varias conquistas comunales, de canchas que no se hubieran podido construir sin la voluntad del colectivo. Incluso la caseta de Policía Comunitaria que custodia la entrada vehicular fue una decisión de los vecinos: consiguieron patrocinios para que una empresa les regalara cemento, la alcaldía les ayudó con mano de obra, el resto de insumos lo pusieron ellos.

“Málaga no son sus edificios, es su gente”, dice un eslogan pintado con coloridos motivos en varios puntos de la colonia y que los vecinos repiten como una especie de mantra. Todo un logro si se toma en cuenta que los edificios están justo en la frontera entre dos grupos de pandillas: hacia el occidente se extiende el territorio del Barrio 18, en la San Antonio, Los Arcos y la Santa Cristina hasta llegar a la colonia Dina; hacia el oriente viven sus enemigos de la MS, en comunidades como la 15 de Septiembre, la Modelo o La Prado.

Los apartamentos. Cada espacio tiene tres cuartos, una sala y cocina. El área de cada uno varía según el edificio. En promedio, según los vecinos, cinco personas viven en cada apartamento.

Construyeron el inmueble antes siquiera de solicitarle a la policía su presencia: llenaron un vacío previamente para que las autoridades lo llegaran solo a ocupar. El grupo de personas que se encarga de dirigir los trabajos comunales de la colonia está aglutinado en una asociación con personería jurídica propia. Dicen que rechazaron la posibilidad de convertirse en una ADESCO ante el pensamiento de que las áreas comunes construidas por ellos pasarían a la administración de la Alcaldía de San Salvador. Y para gente como Valdez, quien ocupa el puesto de dirigente honorario, es un trabajo sin fin. Uno que hacen, sin embargo, con pasión.

“Nosotros veníamos de mesones donde estábamos hacinados, de cuartuchos, de cualquier lugar que usted se pueda imaginar. Cuando vinimos aquí, vimos este sitio lleno de zonas verdes, con los servicios más o menos cubiertos, lo vimos como si fuera, digamos, la Escalón”, dice Ricardo.

Por sus características, que la hacen distinta al resto de colonias en la zona, la Málaga ha sido elegida por la Universidad Tecnológica para convertirse en la primera comunidad en la que ese centro de estudios colabora de manera profunda, poniendo a disposición de la comunidad las habilidades de sus estudiantes y profesionales.
Esta tarde de agosto, parece que toda la colonia ha decidido reunirse dentro y en torno de la casa comunal. Afuera, la orquesta del Centro Penal La Esperanza toca piezas del repertorio tropical para que habitantes y las autoridades de la universidad pasen un rato ameno. Adentro, decenas de personas han conformado mesas redondas, donde tocan temáticas como el manejo de la basura, el mantenimiento de las zonas verdes, el consumo de alcohol, la vulnerable seguridad que siempre hay que defender.

Habitantes de la colonia Málaga.

Discuten y dan ideas sobre lo que se podría hacer, lo que se está realizando de forma errónea o incompleta, como la ausencia de pasamanos en algunas gradas de paso en la colonia, que hacen difícil que un anciano pueda transitar por ahí sin el miedo a caerse.

Roberta Molina es una de las integrantes de la asociación directiva de la Málaga. A pesar de que no vivió aquí en su infancia, visitaba a sus abuelos cada vez que podía. Siempre le gustó la mística de la colonia, de conocerse todos, de ayudarse todos.

Decidió conseguir un apartamento alquilado dentro de la colonia cuando se convirtió en madre. La seguridad que le ofrecía ese espacio significaría que su hijo tendría la oportunidad de desarrollarse sanamente.

“Quería un mejor futuro para mi hijo, que creciera como un niño normal y no reprimido. Allá donde vivíamos, no tenía la libertad de dejarlo salir. El niño se me comenzó a hacer bien cohibido. Yo quería que fuera un niño normal, que creciera como yo crecí, que tuviera la libertad de salir a jugar con otros niños”, comenta Roberta. Al separarse de su esposo, ella emigró a otro sitio, pero ha continuado siendo parte de la directiva y sueña con algún día poder volver.

Esta tarde, a Roberta se le ve angustiada, ocupada en que cada aspecto del evento salga bien. Abajo, frente a la tarima en la que reos en fase de confianza tocan, Rami Rabinovich y Elías Soae Freue bailan a pesar de que el sudor ya les ha empapado la camisa.

Los dos expertos vienen de una realidad muy distinta a la salvadoreña. A pesar de que nacieron en Argentina y hablan perfectamente el español, ahora viven en Israel y cuentan con esa nacionalidad. Ese país es uno de culturas muy heterogéneas, donde el principal obstáculo a vencer es el miedo al que es culturalmente diferente. Pero no hay comunidades asediadas por grupos criminales.

Están en El Salvador como parte de una capacitación en comunitarismo y en aplicación de Policía Comunitaria, como lo han hecho en otros países de Latinoamérica.

Rabinovich es un experto en la creación de comunidades, en la solidificación de lazos entre vecinos. Habla rápido y seguro, a pesar de que admite que nunca antes había tenido contacto con El Salvador. Solo a través de las lecturas ha tenido una idea de cómo es una comunidad en este país, y en esta ciudad, San Salvador, que proyecta una tasa de 105 homicidios por cada 100,000 habitantes para este año, según datos de la PNC.

Rabinovich dice que no tiene recetas, que cada comunidad es un mundo aparte, que solo quien vive dentro de ella conoce sus necesidades. Pero, sí, existen principios para realizar el trabajo. El primero de ellos es delimitar el terreno, saber que solo se puede trabajar con poblaciones pequeñas. El israelí habla de cifras no mayores a 5,000 personas.
Luego apunta a la importancia de que cada persona adquiera, después de un proceso educativo, un sentimiento de pertenencia, de compromiso y significación con respecto de su comunidad.

Actividades. En la colonia hay actividades impulsadas por sus mismos habitantes, como clases de fútbol y de danza. La idea es que cada quien aporte lo que sabe.

“¿Qué pasa con los chicos que buscan la pandilla? Están buscando exactamente eso. Pero como en su comunidad no existe, tratan de encontrarlo en la pandilla, la que los acoge y les da justamente eso, aunque con un propósito delictivo. Construir ese sentimiento con respecto a la comunidad es, realmente, un trabajo de prevención”, comenta.
A Rabinovich le parece ejemplar el caso de la Málaga. Según datos de la PNC, actualmente no hay ni un solo habitante que esté perfilado como pandillero que viva dentro de la colonia. También los índices delincuenciales se han desplomado: apenas un reporte de robo en todo el año.

Para Rabinovich, el trabajo comunitario debe estar integrado por cuatro ejes: la comunidad misma, los líderes, las autoridades gubernamentales y la sociedad civil o, como se puede entender, la empresa privada. En el caso de la Málaga han sido diferentes organizaciones las que han decidido brindarle su apoyo a través de los años; entre ellas, Glasswing, USAID y FEPADE. Esta vez se pretende que el actor que ocupe ese puesto sea la Universidad Tecnológica.
Elías Soae Freue es un expolicía de Jerusalén. Estuvo en la corporación 30 años, 10 de los cuales los dedicó al tema de Policía Comunitaria. Un trabajo realmente de excepción: de 35,000 agentes que conforman toda la plana de la institución, solo 360 corresponden a esa categoría.

Pero la siempre latente inseguridad no es el único problema de la Málaga. Está el deficiente servicio de agua, los tejados que se han roto y, sobre todo, los edificios D y E, dañados durante los terremotos de 1986. Desde entonces, la Asociación Salvadoreña de Ingenieros (ASI) los declaró inhabitables. Otro desastre podría tirarlos por completo. Eso se puede ver en las grietas que cruzan sus costados o en el hecho de que parecen hundirse en la tierra.

Pero ¿qué es un policía comunitario? Es un profesional que debe formar parte integral de esa comunidad, que cada uno de quienes están en su jurisdicción conozca su nombre, que tengan su número de teléfono y la confianza de consultarlo. Su función es resolver, sobre todo, pequeños problemas, aquellos que para el agente común podrían parecer una pérdida de tiempo: discusiones de vecinos, peleas de muchachos, etcétera. Por eso, un solo policía comunitario puede ocupar un puesto para una población de varios miles de habitantes. Elías habla de la realidad de su país, Jerusalén.

Inhabitables. Dos edificios de colonia Málaga fueron declarados inhabitables después de los terremotos de 1986. Sin embargo, todavía hay personas que viven en sus apartamentos.

En El Salvador, es bastante difícil que una comunidad, al menos no una por debajo del umbral de la clase media, cumpla con las condiciones para que exista un policía comunitario como el que describe Elías. En la colonia Málaga existe, actualmente, algo que se le quiere parecer.

Los cinco policías que conforman el puesto han sido invitados a integrarse a la comunidad. Así, no solo realizan patrullajes o cualquier otra labor represiva, también colaboran en labores de limpieza, asisten a las reuniones de la directiva y, como el policía de apellido Pérez, participan en los eventos; en esta ocasión, Pérez pone su voz para cantar.

“Esto no lo había podido vivir en ninguno de los lugares en los que había estado antes. Es algo que no es muy común. Para decirle que yo no conozco el nombre de los policías que viven cerca de mi casa”, comenta uno de los agentes, quien escucha desde el puesto policial la música que nace en la casa comunal.

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PERO EL PELIGRO siempre está latente. Si bien la Málaga es un remanso en el barrio Santa Anita, la violencia no le es totalmente extraña. Hace tres años, por ejemplo, el puesto policial de la colonia fue atacado por pandilleros de las zonas aledañas.

La sensación para los habitantes, por lo mismo, no es de certidumbre total. Este es el comité de ancianos, un espacio dentro de la colonia donde personas de la tercera edad pueden reunirse para pasar el tiempo. Lo hacen todos los miércoles por la mañana. Hacen rifas y toman café.

También hablan de lo sucedido hace un par de años, cuando un joven fue asesinado en una de las canchas de la colonia, en pleno día y en medio de un torneo relámpago, con una multitud de niños en el lugar. O de otro homicidio que sucedió justo detrás del edificio de una de las señoras que platican. El hecho la obligó a colocar grandes cortinas en sus ventanas: piensa que ver algo que no le conviene puede convertirse en una sentencia de muerte para ella o uno de los suyos.

Pero se tratan, en efecto, de hechos ocurridos hace un par de años. Según una de las vecinas, eso, que ya no hayan ocurrido más homicidios y otros hechos violentos, es el efecto de haber corrido de la colonia a aquellos que estaban perfilados como pandilleros o simpatizantes. La comunidad y las autoridades se unieron para identificarlos y obligarlos a salir.

“Es que no íbamos a dejar que dos o tres se quedaran con el dominio del territorio. Si los otros somos más de 1,000”, comenta. En la Málaga ha habido, en los últimos tiempos, operativos en los que se ha capturado a pandilleros. Sin embargo, según agentes del puesto policial, se trata de personas que han llegado a refugiarse en un centro de rehabilitación de alcohólicos, que se ha convertido en un verdadero problema de salubridad: en un solo apartamento de 20 metros cuadrados llegan a dormir hasta 50 personas. Ninguna de ellas es de la colonia.
Pero la siempre latente inseguridad no es el único problema de la Málaga. Está el deficiente servicio de agua, los tejados que se han roto y, sobre todo, los dos edificios D, dañados durante los terremotos de 1986.

Desde entonces, la Asociación Salvadoreña de Ingenieros (ASI) los declaró inhabitables. Otro desastre podría tirarlos por completo. Eso se puede ver en las grietas que cruzan sus costados o en el hecho de que parecen hundirse en la tierra.

Sin embargo ahí sigue viviendo la gente. Ese es el caso de Ana Gloria Chacón. Es la hija de uno de los trabajadores que estuvieron en la construcción de estos edificios hace más de 60 años. Se crio aquí, en un edificio ubicado en otra zona. Cuando alcanzó la madurez, se fue a otra parte de la ciudad, a una comunidad a la que sus ingresos le permitieron llegar.

Allí tuvo a sus hijos. Decidió salir de allí cuando a uno de ellos lo golpearon miembros de una pandilla. Solo se le ocurrió volver a su Málaga. Pero el único edificio con apartamentos disponibles era el D, el declarado inhabitable.
“Somos conscientes de ese peligro, de que esto se nos puede venir encima en cualquier momento. Pero preferimos esa incertidumbre a la otra. Aquí nos sentimos seguros”, comenta Chacón.

Evento. El expolicía israelí Elías Soae Freue posa en la foto de arriba con habitantes de la colonia en el evento realizado el 14 de agosto. En la de abajo, custodios vigilan a los reos de la orquesta.

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EL 7 DE SEPTIEMBRE, la Málaga cumplirá 62 años de existencia. Para ese día, los vecinos planean una fiesta, a la que también asistirán decenas de malagueños residentes en el exterior. Ese es uno de los principales orgullos de sus habitantes: que aquel que se va se sigue sintiendo parte de la comunidad. Por eso, cada año reciben donativos desde el extranjero para la realización de obras.

Ricardo Valdez, el directivo honorario, remarca el hecho y hace un recuento de todas las personas ilustres que han vivido en los edificios de la Málaga: Tonatiuh Ramos, campeón panamericano de natación; Esteban Servellón, director de la Orquesta Sinfónica de El Salvador. Hace una pausa y mira el enorme mural que decora uno de los edificios de la entrada de automóviles.

Allí están, dice, dos de los mayores orgullos de la colonia, aquellos con los que se puede identificar cualquier malagueño. Una de ellas es la maestra Juana Linares, quien enseñó a leer a muchos niños de la Málaga y los alrededores durante décadas; el otro es Gilberto Orellana, quien dirigió la Orquesta Sinfónica de El Salvador durante 30 años. Jenny Sánchez, su nieta, se emociona al recordarlo y al remarcar el cariño que sus vecinos le tienen a su memoria.

Casi todos en la Málaga, dice, lo conocen, saben de sus logros y sus valores. Eso se comprueba con un rápido sondeo a habitantes que, por azar, pasan junto al mural. “La Málaga no son sus edificios, es su gente”, repiten.
Roberta Molina, la dirigente que ahora vive en otro lugar, fue una de las elegidas para asistir a las capacitaciones de los expertos israelíes en la Universidad Tecnológica. Fueron pocos días, dice, pero ha podido sacar en claro algunas lecciones: que lo más importante es hacerle entender a cada habitante de la comunidad que debe ser parte activa para solucionar las deficiencias del lugar donde viven, no esperar a que las directivas se encarguen en soledad. Dice que, actualmente, solo un 40 % de toda la Málaga participa en alguna actividad. “El resto descansa en la apatía”, bromea Roberta.

El proyecto de la Universidad Tecnológica todavía está en pañales y no ha habido más actividades que las iniciales, que aquel evento en el que conformaron mesas redondas con la presencia de los expertos israelíes. A Roberta se le pregunta sobre las expectativas de esta nueva experiencia, de algo que, de alguna forma, continúa con su tradición.
“Estamos contentos de que nos eligieran, pero no estamos atenidos a eso. Vamos a seguir siendo lo que somos, orgullosamente malagueños, con ayuda o sin ella”, dice Roberta, con una sonrisa retadora, mientras vuelve a ver, de reojo, los murales de sus mayores.

Familiaridad. Muchas de las personas que habitan los edificios de la colonia lo han hecho durante casi toda su vida. Por eso la identificación con los inmuebles es una de sus marcas distintivas.

 


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