¿Qué pasa cuando un inmigrante sin papeles pone una denuncia en contra de las autoridades del país al que ha ingresado? Los Linares querían llegar hasta Estados Unidos, pero en México los interceptaron seis hombres. Francisco fue separado de su esposa, Delmy, y cada uno vivió su pesadilla. Los abusos en contra de centroamericanos se reportan en cantidades abultadas, y esta es una más de esas historias desgraciadas. Sin embargo, el caso tuvo, en su momento, la peculiaridad de una denuncia oficial y el respaldo de instituciones que vieron en esto algo para ejemplarizar.

Un percance rumbo al Norte

Una crónica de Glenda Girón

Fotografías de Edu Ponces

Doble de reportaje original

 

Lo único que brilla hoy en la casa del joyero es el recuerdo de los $5.15 por hora que ganaba cosechando sandías, tomates, pepinos o cebollas en Texas, en Estados Unidos. Cuando lo deportaron en 2007, a Francisco Linares no le quedó más que regresar a su oficio de orfebre, de forjador de oro ajeno. Así fue hasta que tras el segundo de los asaltos sufridos se quedó solo con sus herramientas: una mesa ennegrecida y un puñado de trastos retorcidos. Desde ese momento ya no pudo pagar los $17 mensuales de la cuota por la casa en las afueras de Santa Ana. Los $4 diarios que reunía Delmy de Linares con su trabajo de doméstica apenas alcanzaban para la comida de los tres hijos y el matrimonio, y los mandatos de desadjudicación que se deslizaron bajo la puerta presionaron. A Francisco, de 44 años, Estados Unidos se le hizo tan necesario como un salvavidas para un náufrago. Convenció a Delmy para que lo acompañara por una ruta sin guía y sin garantías en la que la única ventaja era que él ya la había recorrido una vez. Trabajar con sandías en el norte, debió pensar, es más dignificante que trabajar con oro en El Salvador.

Se despidieron de los hijos y de la casa el martes 26 de febrero de este año. Dos días después, ingresaron en México. Recorrían alguna carretera de Chiapas a bordo de un microbús cuando agentes de la Policía Federal Preventiva salieron al paso. Detuvieron la unidad, y lo que sucedió fue que ella titubeó, se cortó, le ganaron los nervios, y no supo contestar con la rapidez necesaria a la pregunta que le hicieron los agentes. La bajaron del microbús. Francisco le leyó la preocupación en la cara y, no sin antes evaluarlo unos segundos, decidió confesar su origen. Los bajaron a los dos, igual que a otros que tampoco llevaban papeles y que, despojados de las sutilezas de las banderas, los escudos, los gobiernos y las nacionalidades, cayeron en una sola bolsa: centroamericanos.

Aquella vez no les fue tan mal. Los regresaron a Guatemala porque, previendo que los podían detener, Francisco había recomendado a Delmy que dijera que era de ese país. Él aseguró lo mismo. Y como las autoridades mexicanas no se molestaron en confirmar las versiones, los dejaron en una frontera que los mexicanos llaman Talismán y los guatemaltecos, El Carmen. Antes tuvieron que pasar una noche detenidos, él con los hombres y ella con las mujeres. Aguantaron hambre y no dejaron de preocuparse el uno por el otro, pero no les fue tan mal.

El contratiempo no fue significativo y no mermó la intención de los Linares. El mismo día en que los agentes mexicanos los dejaron en la frontera, Delmy y Francisco tomaron un autobús e hicieron el recorrido de una media hora hasta la siguiente frontera, que se llama Tecún Umán y que, a diferencia de la anterior, está abierta las 24 horas. Así, siguieron por la ruta que Francisco conocía.

El sábado 1.º de marzo, iban de nuevo en un microbús. Era temprano. Habían cruzado el río Suchiate, el que une y separa los dos países, a las 6 de la mañana y, debido a que el sol apenas empezaba a salir, él pensó que no iba a haber nadie con ganas de sorprenderlos. Esta vez ella no habló. Fue él quien, con simulado acento mexicano, dijo al motorista que les permitiera bajar antes de llegar a la garita. “¿Vas a rodear?”, dice Francisco que le preguntó el conductor. Una respuesta afirmativa no fue suficiente para desactivar la curiosidad. ¿No traes papeles?, volvió a preguntar el motorista, a lo que Francisco, recuerda que en tono molesto contestó: “¿Y para qué te estoy diciendo que me dejes aquí?”. El conductor se detuvo y la pareja se bajó.

Hasta antes del viaje, Delmy no conocía ni la capital de su país, San Salvador, a escasos 65 kilómetros de su lugar de residencia. Pero para cuando el sol de ese sábado salió, ella y su marido habían dejado El Salvador, habían atravesado Guatemala y caminaban por un paraje conocido como La Arrocera, en Huixtla (Chiapas). Se bajaron del microbús a unos 500 metros de la garita de control migratorio, y caminaron unas cuatro cuadras para rodearla. Ahí es donde empieza lo más negro de su historia. Ahí empieza ese episodio al que los esposos Linares prefieren referirse como el percance.

Dice Francisco que apuraron el paso y que casi corrieron para escapar de ellos. No funcionó. De un salto, uno de los tres uniformados se les puso delante, y les preguntó que de dónde venían, que para dónde iban, que si estaban afligidos, que si llevaban dinero, que si la vieja llevaba dinero. Eran tres. Tenían escopetas.

En la casa de los Linares hay unas cuantas sillas, un par de camas, un cancel y detrás del cancel una cocina raquítica. Francisco accedió a contar esta historia el 22 de abril, cuando tenía sus recuerdos como llagas vivas. Habló, porque quería exigir justicia. Llevaba menos de 48 horas en El Salvador. Y revivía con gestos y rabia su parte del percance.

El agente preguntó a Francisco si estaba afligido. “No, estoy contento, contento porque los veo a ustedes. Eso me hace a mí sentir que aquí no hay ladrones, no me puede pasar nada. Y al mismo tiempo estoy preocupado, porque ustedes me pueden entregar a la Migra”, dice él que les contestó.

Los agentes al principio eran tres, dos con gorros navarone y uno con gorra. Uno de los de cara tapada se pasó el arma de un brazo al otro. Y el que estaba hablando con Francisco hizo un gesto para que se acercaran otros tres hombres. Estos iban vestidos con camisetas y pantalones color verde olivo, color militar. Ellos, los últimos, se quedaron con Delmy. Los otros tres, los primeros, se llevaron a Francisco. Dijeron que a Delmy la soltarían en unos 10 minutos para que se reuniera con él.

Con diplomática cortesía, Gustavo Gutiérrez, encargado de asuntos migratorios del estado de Chiapas, reconoce que el respeto a los derechos de los migrantes y la depuración del personal policiaco son “un reto”, uno grande. Así, al reducir acciones a palabras, lo que los Linares bautizaron como el percance sirve a Gutiérrez para dimensionar su reto. “No es un caso que se pueda tomar como único, lamentablemente ilustra el tamaño del reto que tenemos”, dijo el funcionario.

Francisco se les corrió a los hombres con uniformes de la Policía Federal Preventiva. Huyó y se metió en una quebrada. Como en las películas, dice que escuchó que sus perseguidores caminaban arriba de su escondite y los escuchó decir “Ese güey ya se largó”. Y se quedó ahí, despierto, asomando la cabeza por si Delmy se acercaba. Pasó un día y medio esperándola y no apareció.

Francisco asegura que la buscó. Dice que se paseó por el lugar en donde los habían interceptado, y que no halló ni rastro de la que desde hacía más de 25 años era su mujer. Él decidió continuar, pero el peso de la pena se le hizo una carga demasiado pesada como para avanzar hacia su sueño de trabajar en la cosecha de sandías, tomates, pepinos y cebollas en Texas, en Estados Unidos.

Se colgó del tren del sur —que discurre por los estados de Chiapas y Oaxaca— y se logró bajar entero. Ya sin un centavo, todo se lo quedaron los seis uniformados, decidió aceptar el techo y la comida que ofrece el albergue “Hogar de la misericordia”, que administra en el municipio de Ixtepec un sacerdote mexicano llamado Alejandro Solalinde. Y ahí las noches fueron lágrimas. Pasaba solo, porque le caía mal que sus colegas de viaje, también rotos y también cansados, intentaran darle ánimo.

Sobre la vestia

La relación con las luces y las cámaras empezó en ese albergue. Solalinde reunió a los huéspedes de turno para que, como en terapia de grupo, contaran su experiencia. Francisco pidió la palabra, pero para decir al padre que quería hablar con él en privado. El de Solalinde no es un nombre extraño para los medios. En los últimos meses lo han citado Prensa Libre, Reforma, El Universal, Vanguardia, Noticias de Oaxaca, El Periódico de México y Gatopardo. En todas las notas él habla de violaciones a los derechos de los migrantes y siempre ha tenido como fuente para sus denuncias a los mismos migrantes. Para recibir en privado a Francisco, sin embargo, se tardó dos días, y Francisco aún lo dice como reclamo.

La plática con Solalinde no solo sirvió de desahogo. También plantó en Francisco la semilla de la denuncia. Y el salvadoreño, que no sabía nada de su mujer desde el encuentro con los uniformados, que no tenía ni un centavo partido por la mitad y que se sentía colmado de incertidumbre, la dejó germinar.

Abrir el proceso de denuncia significaba retroceder en el viaje hacia el Norte. Y retroceder, cuando cada paso hacia adelante ha dolido tanto, no es sencillo. Francisco debía regresar desde Ixtepec, en el estado de Oaxaca, al Estado de Chiapas. “Acepté, no más porque no sabía nada de ella y era una injusticia no saber nada”, recuerda.

Francisco es un hombre moreno —dice que tanto como los policías que le quitaron dinero y esposa—, de convicciones firmes, miembro de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días —mormón—, papá de tres, y esposo de esa mujer de su misma edad, 44, a la que conoció cuando de niños jugaban en la colonia España, de Santa Ana, la que llaman la Sucursal del Cielo.

El 14 de marzo, 14 días después del percance, Francisco estuvo en una conferencia de prensa. Al orfebre santaneco lo sentaron frente a quién sabe cuántos periodistas. Porque la estancia de Francisco en México coincidió con la del relator de asuntos migratorios para la Organización de Naciones Unidas (ONU), Jorge Bustamante. Tras atender a los periodistas, los dos se reunieron en privado.

Desde diciembre de 2006, Bustamante ha visitado República de Corea, Indonesia, Estados Unidos, Guatemala y México como relator especial sobre derechos de los migrantes de la ONU. Bustamante es doctor en Sociología y Ciencias Políticas, y ha participado en la elaboración de libros como “Decadencia y auge de las identidades”, “Economía fronteriza y libre comercio” y “Frontera y migraciones”. Francisco, por su lado, estudió hasta primer grado, ha sido deportado de Estados Unidos, fue eventual del Cuerpo de Agente Metropolitanos de Santa Ana y debe $1,100 a un amigo. Con esas credenciales, ambos se sentaron frente a frente.

“Ahorita disfráceme a un par de vigilantes suyos con una mochila y que se vayan conmigo a pasar por una garita, a ver si no les hacen algo, a ver si no los asaltan. Ustedes saben, pero se lucran de eso. Saben que el único delito de nosotros es cruzar México, y saben que venimos a contribuir al país de ustedes, porque los salvadoreños dólares traemos y dólares les dejamos”, dijo Francisco que fue la acusación que le dejó al relator.

Bustamante levantó un informe de su visita a México. “El relator especial manifiesta su conmoción por los crecientes abusos contra personas migrantes, especialmente contra aquellas de origen centroamericano”, son las líneas que, dentro del documento, se pueden aplicar a lo que los Linares vivieron.

Tras la reunión con Bustamante en Tapachula, siempre en el estado de Chiapas, Francisco puso la denuncia. En ese momento, tenía el ánimo de justicia encendido. En ese momento, apareció la desaparecida Delmy.

Delmy llegó a su casa el lunes 10 de marzo. Iba sola, vestida con una ropa que alguien —quién sabe quién— le regaló. El viaje desde La Arrocera, en Huixtla, hasta su humilde casa en Santa Ana le tomó cinco días. Los otros cuatro los había pasado en los montes.

Delmy empieza su relato desde el momento en que los hombres la dejaron tirada. Caminó deshaciendo los pasos que había dado con su marido. Avanzó a pie hasta donde pudo, y ahí empezó a pedir dinero.

Ella, que nunca había salido de Santa Ana, tuvo que encontrar la manera de sobrevivir sola. Ahí no había pena, ni conocidos ante los cuales sentir vergüenza o confianza. “De lo que me daba la gente pagaba los buses. En unos, me cobraban, en otros no”, dice sin alzar la voz.

Contrario a su esposo, habla poco y se ríe menos. Se seca las lágrimas antes de que le rueden por las mejillas.

Los que la separaron de su marido —los uniformados, los de verde, los que traían escopetas— la retuvieron durante cuatro días. La violaron durante cuatro días.

Se acuerda de que le dieron de comer, pero no sabe qué. Recuerda que la golpearon, pero no sabe cuánto. Sabe que fue abusada sexualmente, pero está segura de que no podría reconstruir un rostro, una escena o algún nombre. Sabe de la cicatriz, no de cómo la hirieron. “Es que yo me corto, pierdo el conocimiento”, dice como exponiendo un defecto de fábrica.

En la mano, Delmy lleva un anillo dorado que Francisco le forjó y que conserva porque nunca lo sacó de su casa en Santa Ana. Ese lugar al que regresó el 10 de marzo: “Al no más venir, lo primero que hice fue preguntar si él ya había hablado”.

Lo que las autoridades mexicanas dijeron acerca del paradero de Delmy fue que había sido “asegurada” en un operativo de la Policía Federal Preventiva y que ya había sido liberada, según recogieron los medios de comunicación locales. Solalinde no quedó satisfecho con esa explicación. “¿Cómo puede tratarse de un operativo de Migración sin agentes de Migración? ¿O acaso Migración usa pasamontañas? Pero además, amenazaron con armas de alto poder, los insultaron, amenazaron, los robaron y secuestraron a la señora”, fueron las palabras del religioso ante periodistas.

En el momento en que la vivencia de los Linares atrajo cámaras y plumas, las autoridades del estado de Chiapas se comprometieron a investigar y a responder por lo que había pasado. El caso se puso en manos de Gustavo Gutiérrez, el encargado de asuntos migratorios.

Movilidad Humana es el nombre de la ONG que documentó el caso de los Linares y lo empujó hasta los oídos de Bustamante, el relator de Naciones Unidas. En Movilidad Humana trabaja Solalinde, y fue él quien el 18 de marzo recibió la noticia de parte de las autoridades estatales: Delmy estaba en su casa. Lo supieron ocho días después de que ella, por sus medios, hubiera logrado volver a su país.

Solalinde es una fuente recurrente para los periodistas. En una nota en la que aparece su nombre se dice que intervino para que no golpearan a 22 centroamericanos de madrugada, en otra se denuncia que las autoridades no hicieron nada por investigar el paradero de 12 guatemaltecos secuestrados, en otra noticia se consigna que 700 indocumentados llegaron a su albergue colgados del tren. Todo en grandes números, con innumerables testimonios de violaciones a los derechos humanos. Encontrar en ese mar de desgracias a alguien con ganas exigir justicia por la vía institucional no ocurre de todos los días. Por eso fue importante.

Francisco no solo recibió exhortaciones para que se animara a poner la denuncia ante las instancias respectivas. También recibió ofrecimientos para que acompañara todo el proceso hasta que finalizara. Gustavo Gutiérrez aseguró a Francisco que de parte del estado de Chiapas él, Delmy y los tres hijos de ambos serían apoyados con domicilio, trabajo y estudio para que regresaran a México a residir de forma legal. Si aceptaban los beneficios, claro, también tendrían que aceptar continuar con el proceso, lo que en primer lugar requería una ratificación de la declaración de parte de él y una primera declaración de parte de ella.

Francisco regresó a su casa en las afueras de Santa Ana el 20 de abril. Un día antes había hablado con Delmy. Fue la primera conversación desde el percance. Se pusieron de acuerdo. Él le llamaría a ella cuando ya estuviera en San Salvador para que ella se trasladara con sus hijos a un lugar cercano de donde el autobús lo dejaría a él. Querían verse cuanto antes. Los planes fueron nada más eso, planes. Porque Francisco se quedó sin dinero para llamar a su familia. Se encontraron en casa.

Francisco regresó a El Salvador por la vía legal, no por deportación. El consulado salvadoreño en Tapachula le dio asistencia para que obtuviera un pasaporte provisional. Recibió el documento el 18 de abril.

El cónsul de El Salvador en Tapachula es Nelson Cuéllar. Para él, las obligaciones de esta oficina para con Francisco estuvieron bien delimitadas y fueron brindarle atención en la obtención de sus documentos, como sacarle el permiso ante Migración para que él estuviera en México sin problemas, tramitarle una certificación de origen y aprobarle un pasaporte provisional.

Desde el percance, estuvo mes y medio en México. En ese tiempo, él fue la preocupación y el centro de atenciones de parte del Estado de Chiapas. El ejecutor y el encargado directo del caso fue siempre Gustavo Gutiérrez.

Francisco es hombre de convicciones firmes. Tan firmes, que le causan problemas. “A mí siempre me ha gustado comer monte (hierbas y verduras). Por eso con unos hermanos nos uníamos para cocinarnos sopas y para que así las del albergue no tuvieran que darnos comida y que se la dieran a otros que la necesitaran”, así resume Francisco “el problema” por el que fue trasladado de albergue. Una acción en la que intervino Gustavo Gutiérrez.

Porque Gustavo Gutiérrez, a diferencia del cónsul salvadoreño, no pone límites a lo que hicieron por Francisco. “Nos hicimos cargo de él”, dice y la lista de lo que encierra la frase es larga. “Estuvimos pendientes de dónde estuviera durmiendo, de qué estuviera comiendo, de que tuviera sus apoyos psicológicos, lo llevamos con su consulado, hicimos el procedimiento para que el consulado lo pudiera apoyar y luego hicimos una estrategia para que con el consulado trabajaran con Migración”, afirmó, vía telefónica, el funcionario chiapaneco.

El encargado de asuntos migratorios del estado de Chiapas necesitaba tiempo. El tiempo de Francisco. Como el mismo funcionario reconoce, lo difícil en México no es encontrar inmigrantes con historias dignas de denuncia. Lo difícil está en que el interesado desista de o retrase su viaje al Norte, para poder interponer la demanda y luego ratificarla. “Los centroamericanos no se quedan lo suficiente”, dice con resignación.

México es un país que pide y no da. Eso es lo que se lee, al menos, en las declaraciones de Bustamante: “Les hacemos a los emigrantes centroamericanos cosas peores de las que nos hacen a los mexicanos en Estados Unidos”. Lo dijo el 12 de marzo, un día antes de conocer a Francisco.

Cuando Gustavo Gutiérrez habla de lo que falta por hacer, empieza por el lado de sensibilizar a los empleados de las instituciones gubernamentales para que no menosprecien las denuncias de los inmigrantes, y continúa por el de convencer a los inmigrantes para que tomen sus denuncias y las lleven a término.

“Yo siento que fue por interés. A cambio de que yo pusiera esa denuncia, ellos me iban a ayudar”, es la conclusión que, sentado en una de las sillas de su casa, saca Francisco.

Francisco regresó a casa el 20 de abril, y lo hizo gracias a que el gobierno chiapaneco le entregó $95 con los que se suponía debía financiar los costos de los documentos de su familia, como partidas de nacimiento, fotos, documentos únicos de identidad y pasaportes. Cuando ingresó El Salvador, sin embargo, ya no tenía ni para una llamada. Porque, aunque Gustavo Gutiérrez insiste que el estado de Chiapas pagó el transporte, Francisco asegura que fue con esos $95 que tuvo que comprar su boleto de autobús. “Y de eso también comí y pagué lo que me cobraron por unos sellos en la frontera”, insiste.

Desde que volvió, Francisco no ha podido conseguir más que trabajos esporádicos. A pesar de las reiteradas violaciones, Delmy no ha visto ni a médicos, ni a psicólogos, y se dedica a hacer oficios domésticos en casas ajenas para poder ganar lo de la comida.

La fiebre de Francisco por justicia ha ido enfriando. Y Delmy, que nunca ardió en deseos por denunciar, cubre de olvido su pena y se concentra en callar y trabajar. “No quiero ir a acusar a nadie injustamente, no les vi el rostro”, se excusa ella.

El 20 de mayo, los esposos Linares viajaron a San Salvador. Ella venía de traje y él con camisa de botones y cincho. Se bajaron del autobús interdepartamental en la parada que está frente a la Basílica de Guadalupe, en Antiguo Cuscatlán. Ahí los llegó a recoger personal del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana (IDHUCA).

Francisco había cumplido un mes de haber regresado, y en ese tiempo lidió con los mismos problemas de pago de casa y manutención por los que se había ido. Los Linares ocupan una vivienda entregada por una institución que se dedica a ayudar a las familias de escasos recursos para que adquieran una casa digna. Las familias, no obstante, se comprometen a cancelar una cuota para conservar su derecho de adjudicación. Los Linares casi pierden ese derecho. Para conservarlo, se comprometieron a pagar la mora, con eso, la cuota inicial de $17 mensuales se les elevó a $50.

A esa deuda se suma la que adquirieron antes del viaje, los $1,100 que debe a un amigo, el dinero con el que los esposos pretendían llegar a Estados Unidos. Pero casi todo les quedó a los hombres que los interceptaron.

Con esas preocupaciones pero aún con la idea de justicia en mente, Francisco llegó al IDHUCA a pedir asesoría para seguir el proceso de denuncia desde aquí. Pero a los dos días, el ánimo se le ahogó. Se le quedó, como él ilustra, helado.

Aunque la coordinadora del programa de migrantes del IDHUCA, Gilma Pérez, haya dicho que la denuncia “es un caso sin precedentes” y “ejemplarizante”, Francisco había empezado ya a desechar esa vía. Los delitos por los que puso la denuncia en México son privación ilegal de libertad, abuso de autoridad, desaparición de persona y robo. El único desvanecido a la fecha, por la presencia de Delmy, es el de desaparición de persona.

El IDHUCA opina que Francisco no debe regresar a México. Pérez no estima conveniente que se exponga a represalias. Desde México, Gustavo Gutiérrez no solo considera que es necesario que Francisco vuelva, sino que también lo esperan con toda su familia, para ofrecer trabajo a Delmy y para incluir a los hijos en el sistema educativo. Al menos ese es el ofrecimiento. Y, según el funcionario mexicano, Francisco solo debe cumplir con la parte de los documentos, porque los boletos correrían por cuenta de la Gobernación de Chiapas.

Pero Francisco ya no está en caliente. Las llagas se han cerrado. Ahora, como si la pobreza le hubiera lavado la voluntad, dice que se arrepiente de haber aceptado denunciar. “Me hubiera ido (al norte)”, dice mientras da rienda suelta a su frustración.

Y es que lo único que brilla hoy en la casa del joyero es el recuerdo de los $5.15 por hora que ganaba cosechando sandías, tomates, pepinos o cebollas en Texas, en Estados Unidos. Después de que se regresó de México hace dos meses, Francisco ya no retomó su oficio de orfebre. La mesa ennegrecida y el puñado de trastos retorcidos con los que hacía sus trabajos antes del segundo asalto siguen en desuso. Todavía no han encontrado modo de pagar los $50 de la cuota de la casa, ya con mora, en las afueras de Santa Ana. Los mandatos de desadjudicación pronto volverán a ser deslizados bajo la puerta. Los $4 que aporta Delmy de Linares con su trabajo de doméstica no van más allá de la comida. A Francisco, de 44 años, Estados Unidos se le hace tan necesario como un salvavidas para un náufrago. Convenció a Delmy para que le permita volver a intentar llegar. Esta vez lo haría solo y con $20 en la bolsa. Un viaje en el que la única ventaja es que él cree conocer el camino. Trabajar con sandías en el norte, está convencido, es más dignificante que trabajar con oro en El Salvador.

 

 


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