Vladimir Amaya es considerado uno de los poetas más prometedores de El Salvador actual, no solo por la calidad de sus versos. También es reconocido por su labor de rescate poético en varias antologías, en las que critica y dialoga con el canon nacional. Su estandarte más importante en esta última faena es “Torre de Babel”, que en 18 tomos se erige como la colección más completa de poesía salvadoreña. Vladimir enfoca sus esfuerzos, además, por un trabajo de promoción de la poesía en espacios tradicionalmente olvidados.

El llamado de la poesía

Un reportaje de Moisés Alvarado

Fotografías de Ángel Gómez y Josué Guevara

Educación. Vladimir lee un poema de su libro “Tufo” a alumnas del Instituto Nacional Francisco Morazán, en San Salvador. Tras ello, responde preguntas de las adolescentes.
La obra. Vladimir posa con sus libros de obra propia y antológicos, que han sido publicados en sellos como la DPI, Índole Editores, Zeugma, Laberinto y Equizzero.

“Tengo la sensación de que timé a mi familia. Bien hubiera podido ser un doctor, un abogado o un comerciante, algo que me diera ingresos fijos, algo que me permitiera independizarme de la casa de mi madre. Pero les salí poeta”, comenta Vladimir Amaya frente a un grupo de estudiantes del Instituto Nacional Francisco Morazán, para las que ha llegado a leer su quinto libro de poemas, “Tufo”.

Lo hace mientras comparte, por tercera vez en esta semana, su obra con jóvenes de educación media, que dentro de un momento lo acribillarán con preguntas relacionadas, sobre todo, con el milagroso hecho de hacer poesía en El Salvador.

Son las palabras expresadas por la misma persona a la que voces tan importantes como las de Miguel Huezo Mixco, Otoniel Guevara o David Escobar Galindo consideran una de las mejores plumas de la Centroamérica actual, el llamado a inscribir su nombre con letras doradas en la tradición de la gran poesía latinoamericana.

A sus 32 años, Vladimir puede jactarse de que su nombre está inscrito al frente de al menos una treintena de volúmenes. Ocho de ellos corresponden a su obra poética original, una que comenzó con “Los ángeles anémicos” (2010), reflexión en verso de los dos extremos que moldearon su fe: una madre católica hasta los tuétanos y un padre que se declaró ateo “a los 14 años”, según el mismo lo cuenta.

Luego han venido otros títulos que comparten con el primero una característica primordial: una unidad en tono, atmósfera y tema que no admite concesiones. En una época en que la poesía y el arte en general se han inclinado por el signo de la divagación, la apuesta técnica de Amaya es una declaración de rebeldía. Una que se funda en el rigor.

El mismo rigor que le ha aplicado a una de las facetas por las que es más conocido: la de antologador. O, si se permite la licencia, de arqueólogo de la cultura, uno que bebe de las más variadas fuentes para ordenar, sistematizar y actualizar el corpus de la poesía que se ha escrito en El Salvador, y hacerlo para un nuevo público, uno que quizá todavía ignore la magnitud del esfuerzo.

Un esfuerzo en el que dialoga y critica a esa lista de grandes autores, de grandes títulos a los que se debe leer. Ese corpus que se conoce como canon, que, según la historiadora Elena Salamanca, fue instaurado en la década del treinta del siglo pasado. Así, Amaya incluye, por ejemplo, a autores que hablaron de la masacre del 32 apenas unos años después de ocurrida.

Hasta el momento, Amaya ha publicado seis títulos en los que reúne la obra ajena de sus compatriotas de todas las épocas. El primero de ellos fue “Una madrugada del siglo XXI” (2010), una suerte de carta de presentación de los poetas que integran su misma generación. Allí asomaron la cabeza algunos de los nombres que hoy definen la poesía que se escribe en El Salvador, como Mario Zetino.

Pero ninguno es tan ambicioso como “Torre de Babel”, al que le ha colocado el curioso subtítulo de “Antología de la poesía salvadoreña joven de antaño”.

Un edificio de libros. Los 18 tomos de “Torre de Babel” inician con un prólogo, “El exordio oscuro”, que ocupa todo el primer volumen de la colección.

Dieciocho tomos en los que rescata a los escritores que nacieron incluso cuando esta parcela de tierra no era llamada aún El Salvador, como Isaac Ruiz Araujo, considerado como el primer poeta lírico en la historia nacional. Para esa parte, la más alejada en el tiempo, sus fuentes principales, como lo declara el compilador, fueron las dos más antiguas antologías de la producción nacional: “Guirnalda salvadoreña” y “Parnaso salvadoreño”. Pero su mayor aporte para ese periodo es, quizá, la inclusión de dos autoras mujeres que ya no estaban en el mapa: Antonia Galindo y Ana Dolores Arias.

Lo mismo pasa en los siguientes tomos. Las autoras femeninas ocupan un 30 por ciento del espacio total. Un porcentaje importante teniendo en cuenta la sociedad en la que desarrollaron su obra, una en la que el talento femenino ha sido tradicionalmente suprimido.
La muestra llega hasta los poetas nacidos en las últimas dos décadas del siglo XX, a los que agrupa en “Los huérfanos grises”, donde la mayoría de autores son mujeres.

“Torre de Babel” es, sin duda, la más completa compilación de poesía que se ha hecho en toda la historia de El Salvador, que bebe de todos los trabajos precedentes. Pero no solo eso: también va a las fuentes originales y rescata nombres que el olvido y el polvo parecían ya tener atados en sus dominios.

“Lo que puedo decirte es que es un esfuerzo titánico, ese adjetivo le viene bien. Un esfuerzo en apariencia inconmensurable que se hizo conmensurable porque él lo pudo reunir a través de varios tomos”, comenta Elena Salamanca, quien también ha sido incluida en las antologías.

 

Un esfuerzo de un solo hombre

Para erigir su edificio, en el que caben cientos de autores, Vladimir Amaya no contó con más que con él mismo y los días y noches que le dejaba libres la carrera de Licenciatura en Letras.

En este restaurante de San Salvador, Amaya recuerda cómo fue esa aventura, una que justo en 2017 cumple 10 años de iniciada. Jornadas y jornadas enteras de búsqueda en pequeñas bibliotecas municipales o en antologías ya olvidas y que solo se conocían en la ciudad en la que fueron compuestas, o en las más variadas publicaciones periódicas de los pasados dos siglos. Allí encontró poetas populares que eran conocidos solo en sus lugares de origen, como Sonsonate y Morazán.

Cuando los celulares con cámaras aún no eran tan accesibles, Amaya tuvo que echar mano de lo más básico y barato: lapiceros y un cuaderno para anotar, de su puño y letra, cientos y cientos de versos. Luego, al llegar a casa, los transcribía en su computadora. Así se fue haciendo de un envidiable material, que, por cierto, solo en un pequeño porcentaje ha sido publicado en “Torre de Babel”.

Quizá la tarea más ardua fue la de compilar lo que estaba fuera del centro. Ir hasta bibliotecas de Morazán o de La Unión lo más temprano posible para aprovechar el día. Salir de madrugada en los buses interdepartamentales pagados de su propio bolsillo. Regresar hasta muy tarde, inseguro de que hubiera podido recopilar todo lo posible en esta visita. Volver y volver hasta estar satisfecho. Luego, sí, vino el celular con cámara o la cámara fotográfica accesible para ahorrar algo de tiempo. Así continuó hasta 2015, cuando pudo ver impreso su trabajo de ocho años.

“A este trabajo le entregué mi juventud. Por este trabajo no he sido una persona normal. No he salido a fiestas, no he buscado otras formas de ganarme la vida. No he recibido ningún pago, pero fue algo que me propuse hacer y me alegra haberlo completado”, comenta Vladimir, mientras con un tenedor toma otro trozo de pan dulce.

Lo que ha compilado es historia nacional. Por eso, lo más lógico es que el esfuerzo, ya terminado, fuera acuerpado por una institución gubernamental o una empresa privada preocupada por la cultura en El Salvador. No fue así.

“Torre de Babel” fue editado e impreso por una pequeña y artesanal editorial llamada Equizzero. Fue fundada por dos jóvenes de la generación de Amaya, Omar Chávez y Carlos Flores, otros “locos” de la poesía que comparten con su colega el amor por los proyectos en apariencia improbables.

Equizzero no es un lugar, es una idea. Cada quien trabaja en su casa. Los materiales se imprimen en negocios ajenos y echando mano de la creatividad para bajar costos. Así, cada tomo de “Torre de Babel”, empastado en un sencillo papel blanco, puede comprarse a unos $3. Previa petición a la editorial, pues los libros están permanentemente agotados.

En una entrevista realizada por la revista Contracultura en 2013, justo antes de graduarse como licenciado en Letras, Amaya resentía la apatía del Estado con respecto de su trabajo: “Por esto (Vladimir toma la antología ‘Perdidos y olvidados’ entre sus manos) ya hubiera tenido alguna propuesta, un trabajo pequeño pero en el área, por parte de alguna entidad cultural, privada o del Estado; eso en otra parte del mundo pero aquí no”. Tenía miedo de que su único destino fuera ser profesor de Literatura, algo que no le iba a dejar tiempo para hacer su proyecto.

Ahora, cuatro años después y tras la publicación de “Torre de Babel”, Vladimir sonríe al recordar esas palabras y sopesa las ventajas de que haya sido un proyecto que se publicó con esfuerzos suyos y de sus compañeros de generación. Si no hubiera sido así, no hubieran contado con la misma libertad. El Estado le dio una oportunidad a Vladimir hasta el año pasado, cuando lo nombró director de la revista Cultura, un puesto de medio tiempo.

Para el poeta Otoniel Guevara, esto, el abandono de instituciones gubernamentales y privadas a un esfuerzo como el de Vladimir, ha sido la norma en El Salvador. Lo que apoya la historiadora Elena Salamanca, quien para ejemplificar esa tesis explica que la única antología precedente a las de Amaya que fue apoyada por el Estado fue “Guirnalda salvadoreña” (1884), de Román Mayorga Rivas. Pero esta tuvo un objetivo más político que artístico: el presidente de entonces, Rafael Zaldívar, quería dotar de referentes identitarios a la recién nacida República de El Salvador. Pero la crítica de Otoniel Guevara va más allá, al observar la labor presente de la editorial estatal, la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI).

“La DPI te sale con cosas como que no tienen papel para imprimir. Y la oferta literaria, las novedades son pírricas. Vladimir Amaya ha publicado más novedades que la DPI en los últimos cinco años. Me atrevería a decir que es más institución Vladimir Amaya que la DPI en materia de publicación”, asegura Guevara.

Algo parecido opina el escritor Miguel Huezo Mixco, quien define a Amaya como el autor que más está trabajando para conectar la poesía salvadoreña del siglo XXI con su tradición literaria.

“Vladimir está haciendo lo que debiera corresponderle a la editorial del Estado. Esfuerzos independientes de documentar, estudiar y poner en valor la literatura, como el de Vladimir o el de Claudia Cristiani, con AccesArte, están llenando el vacío dejado por el Estado”, afirma el escritor.

 

Contra la noción de olvido

Elena Salamanca está en contra de una noción nombrada comúnmente para referirse a El Salvador. La de que en este país no existe memoria, que es el olvido el que prevalece. La académica cataloga lo anterior como un vicio de análisis.

Según la historiadora, el verdadero problema es que le creemos demasiado a la historia oficial o, lo que es su equivalente en la poesía, al canon, establecido, según comenta, en la década del treinta y en el que se incluye solo a una mujer, Claudia Lars. Para ella, el gran obstáculo es atreverse a cuestionarlo.

“‘Torre de Babel’ es importante porque dialoga con ese canon y lo cuestiona porque trae a cuenta a otros artistas que desaparecieron de él, otros autores, otras voces”, asegura Salamanca. Por lo tanto, para la académica la labor de Amaya es una de disrupción, de romper con lo establecido y con la retórica dominante, ir a la periferia para demostrar que no toda la identidad es lo que ha estado, tradicionalmente, en el centro.

Pero, en un país como El Salvador, con tantas ausencias, ¿de qué le sirve al ciudadano común, de a pie, que se traigan desde las sombras a estos autores? Salamanca da una respuesta, que tiene que ver con la identidad.

“El ciudadano puede encontrar en estas voces rescatadas mayor identificación y mayores vínculos que con los autores del canon… Puede que le digan mucho más de él mismo y de su manera de ser”, afirma.

Paciencia. Amaya se adecúa a su audiencia y explica conceptos complejos con términos sencillos para que puedan ser fácilmente comprendidos por los jóvenes a los que les habla.

 

La gira del poeta

Cuando el año pasado asistió al festival centroamericano de poesía que se realiza en Quetzaltenango, Guatemala, un colega colombiano le preguntó a Amaya por sus años dentro de la labor poética. El salvadoreño no había caído en la cuenta de que en este 2017 cumpliría 10 años de haberle entregado su vida a una pasión.

Por eso se le ocurrió una idea para celebrar su primera década: una gira por los 14 departamentos del país, con encuentros en los que pudiera compartir sus poemas con gente afuera del mundo académico. Así nació la gira “Reflexiones de un viaje sin sentido”, en el que los sitios de reunión son centros escolares o casas de la cultura. Ya ha visitado por lo menos un lugar de cada departamento en El Salvador. Para ello pidió apoyo a la Secretaría de la Cultura de la Presidencia que le brinda transporte la mayoría de las veces.

En esta travesía lo acompaña Javier López Serrano, actual director de la Casa del Escritor y su amigo desde hace muchos años.

Esta mañana de septiembre ha iniciado una segunda fase del proyecto, en la que Vladimir visitará lugares que tienen que ver con su historia personal. Por eso ha venido a Cojutepeque, el municipio de origen de su familia y el lugar donde descansan los restos de la mayoría de sus parientes muertos.

En el instituto Walter Thilo Deininger, unos 20 adolescentes ocupan la mayor parte de una pequeña sala, adornada con las fotos de algunos de los autores más importantes de la historia del país. Vladimir, con sus lentes, su ropa y su cabellera desordenada, parece un joven cualquiera, no el responsable de 31 volúmenes.

Dice su nombre, un breve resumen de su trayectoria y presenta el libro del que leerá algunos poemas esta mañana. Se trata de “Mausoleo familiar”, un volumen aún no publicado, en el que ha reunido algunas de sus piezas más autobiográficas. Todo comenzó, explica, cuando su abuela falleció. Ya había escrito algunos versos basados en personajes ya muertos de su familia. Completó estos con el poema escrito para la ocasión. Decidió hacer de ellos un pequeño volumen para regalárselo a sus parientes, quienes no terminaron de apreciar el detalle.

“Siempre he sido callado, solitario y me he sentido cómodo siendo así. Pero en esa ocasión quería demostrarle a mis familiares que este hecho también me dolía. Quería que ellos compartieran conmigo su dolor. Pero no lo entendieron del todo. Así que este libro sirve para desquitarme porque me encachimbé”, dice Vladimir, y los adolescente que lo escuchan sueltan una tímida risa.

La apuesta de Vladimir, sin embargo, se amplió: además de las piezas escritas para sus familiares muertos, escribió otros para sus familiares aún vivos, pero asumiendo que ya habían muerto.

“Era más cómodo para mí hacerlo de esta manera, porque los colocaba en el terreno de lo irrecuperable. Paradójicamente era más fácil establecer una comunicación que hacerlo con las palabras de todos los días”, dice.

En “Mausoleo familiar” desfilan los suyos con nombre propio: su padre, con el que no ha tenido una buena relación, y del que le ha quedado, más bien, una ausencia; su tía Ester, aquella muchacha de la que la familia rehuía hablar directamente en las reuniones y de la que decían que había muerto en un accidente para ocultar el hecho de que se suicidó cuando su familia reprimió su amor por una mujer; la tía Zoila, que sufría de un retraso mental y se escapaba para apedrear a los transeúntes que se burlaban de su estado; el bisabuelo violinista, que igual tocaba en la iglesia que en un burdel.

Los adolescentes escuchan atentos al autor, quien les revela la magia de ciertas palabras y lo que existe detrás de una lectura, que nada tiene que ver con una tarea escolar: la posibilidad de comunicarse de una manera más profunda con otro ser humano que escribe desde otra época u otra realidad. Pero que es, en suma, igual a uno. Que tiene las mismas incertidumbres y debilidades que uno, aquellas que no osan confesarse al que está más próximo.

Tras la primera plática y una ronda de lecturas, se abre el espacio para las preguntas de los adolescentes. Entre estas están aquellas tan sencillas, como “¿qué significa mausoleo?”, que Vladimir responde en el momento, seriamente, y otras un poco más difíciles de contestar, como “¿por qué escribís”. Vladimir y su amigo Javier López Serrano, actual director de la Casa del Escritor, atienden a dos grupos de alumnos.

Vladimir no vino con las manos vacías: en un pesado bolsón, que parece ser su fiel acompañante en ocasiones como esta, ha traído 30 libros de su autoría, que regala a los alumnos y a la biblioteca del instituto para que cualquiera pueda consultarlos. Al final de la actividad, adolescentes y maestras le piden que firme sus ejemplares.

Vladimir, sin embargo, también percibe recursos monetarios de sus libros, por ejemplo, cuando se presenta frente a un grupo de alumnos en algún centro escolar al que le solicitan que asista. Como dos horas más tarde de la visita a Cojutepeque, en el Instituto Francisco Morazán de San Salvador. Lo ha invitado una practicante de Profesorado de la Universidad de El Salvador para discutir su quinto libro de poemas, “Tufo”.

El mismo se ha convertido en uno muy popular entre los profesores de educación media por una casualidad: la persona que brindó una capacitación del Ministerio de Educación para maestros de Literatura lo usó para ilustrar un contenido referido al posmodernismo. A los educadores les gustó tanto que decidieron compartirlo con sus alumnos en clase.

En las librerías, casi no existen copias de “Tufo”. Por eso muchos profesores han contactado personalmente a Vladimir para que él les facilite algunos ejemplares, los que vende a $3. Hoy ha traído más de 10.

“Gracias a Dios puedo obtener recursos de vender mis libros. No es mucho, pero sirve para pagar algunos recibos en la casa”, comenta Amaya.

Nuevamente se explaya ante los adolescentes comentando el proceso de su libro, la manera en la que lo ha dividido, el tema que toca, el lenguaje elegido para hacerlo. “Tufo” es un volumen que profundiza en la descomposición social de El Salvador. La metáfora de un cuerpo que lentamente se corrompe es el hilo conductor.

A los adolescentes les parece todo un descubrimiento que en la poesía se puedan usar frases sencillas e, incluso, malas palabras, que en “Tufo” van hasta en los títulos, como en “Señorita, su poema se parecen mucho al mío, ¿qué putas pasa?”. También les enseña algo que pocas veces se hace en un salón de clases: que la escritura de un poema no es literal, que el poeta puede echar mano de muchos recursos para expresarse, como las máscaras o los personajes. Que no todo tiene que ver con la vida de todos los días de quien escribe.

Vladimir afirma que estos ejercicios le ayudan mucho a difundir el amor por la poesía y a mercadear, de alguna manera, su trabajo, algo que le elogia Otoniel Guevara. También, dice, puede dar un mensaje a aquellos que son más jóvenes que él.

“Como yo no soy profesor, me gusta que no haya solemnidad. Yo les digo, por ejemplo, para provocarlos, porque es una realidad: ‘allá arriba, en el Gobierno, en las clases dominantes, hay alguien que quiere que pensés que son un pendejo, que no podés mejorar tu vida, salir de aquí’. Y les pongo mi ejemplo. Yo he hecho lo que he soñado, en una rama que parece quijotesca no solo en El Salvador. Me cuesta llegar a fin de mes, no soy capaz de tener una familia por el momento, pero no he dejado de hacer lo que amo. No me arrepiento de quién soy”, comenta Vladimir.

El contacto. Los educadores aseguran que el hecho de que sus alumnos conozcan en persona al autor del libro los estimula a leerlo más fácilmente.

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